sábado, 19 de noviembre de 2016

La posverdad. Un desafío

La posverdad. Un desafío


Eduardo de la Serna



Sin duda a partir del (inesperado) triunfo de Donald Trump muchos empezaron a preguntarse el “por qué”. No me interesa, en este apartado, las respuestas políticas, económicas, sociales que muchos pueden hacer con autoridad. Y no yo. Lo que me interesa es que el resultado de las elecciones para muchos fue sorpresivo, como lo fue el triunfo del “brexit” en Gran Bretaña, del “no” en el plebiscito colombiano, o incluso de Mauricio Macri en Argentina. Dentro de los muchos análisis, en los últimos días, en diferentes partes del mundo ha sobrevolado un concepto, la “posverdad”. Ahora sabemos que el término tiene ya un buen recorrido, una historia, unas aplicaciones, autores, etc. Lo cierto es que la idea supone que hay un mundo, un “algo”, que cuenta “más allá” (= post) de la verdad. Tanto se la tiene en cuenta que para el diccionario de Oxford fue considerada “la palabra del año”. Varios ejemplos pueden verse en https://en.wikipedia.org/wiki/Post-truth_politics.

Ya se ha hablado con seriedad también sobre el concepto de “verdad”. El mundo en general, y habitualmente con mucha razón y sanidad, rechaza los dogmatismos (salvando las personas más débiles, que los necesitan como al aire). Quizás también sea una exageración el planteo opuesto, tipo “la verdad no existe”, “todo es relativo”. Hay datos duros que constituyen “verdad”. Ganó el “no” en Colombia es “verdadero”, que determinada cosa ocurrió (fulano murió, mengano quedó sin trabajo, zutano vino de visita) aunque después podamos rodearlas de comentarios, análisis, interpretaciones… El hecho verdadero no puede discutirse. ¿O sí?

Precisamente la posverdad se plantea que no importa el “dato duro”, no importa el hecho verdadero, importa que “se crea”. ¡Y ya! Y entonces los medios (sean los medios o las redes sociales, etc.) pueden difundir una mentira con toda naturalidad, lo importante es que se crea y ¡listo! Aunque luego haya ríos de tinta para desmentirla.

Desde hace años vemos en las redes sociales que amigos nos mandan cosas que debemos alertarles que no son ciertas: que un discurso de un cacique en la ONU, que una donación de medicamentos por vencer, que fulano esto o aquello, etc. Los creadores de la información saben que no es verdadera, los difusores lo creen. ¡Eligen creer! Y no importa si es verdadero o no, lo que importa es que “quiero creerlo”, y me vuelvo difusor de ese “dato”. La eterna sospecha en confabulaciones, o la imagen habitual de la conspiración (y los numerosos malos: "los migrantes", "los judíos", "los K", "la Iglesia") lleva a creer. Lleva a querer creer.

El jefe de la campaña del “no” en Colombia, Juan Carlos Vélez Uribe, lo dijo claramente: no nos interesó debatir los acuerdos, lo bueno o lo malo. Sólo nos interesó “que la gente ¡vaya a votar verraca!” Lo mismo dijo Jaime Durán Barba a los candidatos del macrismo: no digan lo que van a hacer, a nadie le interesa. Hablen de la familia, hagan un chiste… Y lo mismo se afirma de Trump frente a la gente “enojada” por los gobiernos anteriores. Lo que importa es tocar los sentimientos, no la razón. No la verdad.

Ya lo afirmaba un viejo dicho italiano: “si non è vero è ben trovatto” (si no es verdadero, está bien encontrado). Lo importante es mover al enojo acá, a la alegría allá y listo, sea con globos o refranes o promesas. Nada que mueva a la inteligencia. “El gobierno anterior robó todo”, listo… mueve al enojo. Y se repite. “La inflación está bajando”, “ya pasó lo peor”… “¡estamos ganando!”

Y no está de más preguntarnos, como cristianos, ¿cómo anunciar el Evangelio ante esta realidad? Sin duda hay mucho del “éxito pentecostal” allí. Quiero creer en un Dios titiritero, quiero creer que mi hija está mejor, quiero creer que puedo (“tú puedes”) salir del alcohol… Incluso los estudios de psicología social sobre “la conversión” muestran esto con profundidad. El paso para un proceso de conversión se da en una motivación sensible (cercanía, abrazo, visita) pero una vez dado el paso, cuando se pregunta por la motivación, esta se expresa como “verdad”: “lo anterior no me parecía”, “eran mentirosos”, “es más sensato”, etc…

Hace ya un tiempo escribí sobre esto en mi blog:

«Desde distintas perspectivas, la sociología contemporánea ha trabajado y pensado el tema que se llama la “conversión”. Incluso en buenos comentarios bíblicos de hoy: por ejemplo, la búsqueda de conversiones – lo que es propio de las sectas proselitistas como era el cristianismo de los orígenes – es vista como “acciones encaminadas a incorporar personas percibidas como extrañas dentro de una comunidad particular de modo que acepten los puntos de vista sostenidos por dicha comunidad” (M. Goodman [1994]). Visto, en cambio, desde el que acepta este proceso, se lo presenta como “la reorientación de la mente de un individuo, el paso deliberado de una forma anterior de piedad a otra, un paso que implicaba la conciencia… de que lo antiguo era equivocado y lo nuevo era correcto” (A. D. Nock [1933], el autor fundamental para comprender la moderna investigación sobre el tema). (…) Los modernos estudios psicológicos, sociológicos y antropológicos “muestran que, sin minimizar el papel que juegan las motivaciones religiosas o filosóficas, es necesario considerar también los factores psicológicos, sociales y culturales que inciden en el proceso de conversión” (S. Guijarro [2013]), “hay abundantes factores personales y sociales que proveen un campo fértil para que las nuevas religiones, como el cristianismo, para las que el movimiento cristiano fue simplemente exitoso” (J. T. Sanders [2002])». http://blogeduopp.blogspot.com.co/2013/05/converso-eduardo-de-la-serna.html

En este clima de posverdad, creo que la predicación del Evangelio se encuentra ante un gran desafío. Especialmente porque no puede utilizar el inescrupuloso criterio de la publicidad, la mentira o la manipulación (y si algunos los utilizaran – ¡y los utilizan! – su conciencia y – ojalá – sus comunidades deberían reprenderlos). Y la doctrina social de la Iglesia también debería sentirse desafiada, exigida a no renunciar a aquello que debe anunciar aunque podamos revisar los modos y los medios.

Mientras tanto, con la poderosa complicidad de los Medios de Comunicación, el uso de las redes sociales (y sus granjas de trolls) la verdad parece quedar guardada “hasta que lleguen mejores días…” (Serrat).



Foto tomada de http://doctorpolitico.com/?p=48137&cpage=1

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