Un incendio a las puertas
Eduardo de la Serna
El fuego, para el mundo
antiguo es una interesante imagen polisémica que remite a luz, calor, alimentación,
purificación, oración o hasta sanción (“el fuego que no se apaga”).
En nuestra cultura se han
perdido algunas de estas imágenes, pero se han añadido otras como al decir que
se “ponen (o no) las manos en el fuego” por algo o alguien, o que en
determinada acción se está “jugando con fuego”. En estos últimos casos, se
alude a quemar(se) o arriesgar(se) a hacerlo.
Poner las manos en el fuego
por alguien es ciertamente insensato en todos los sentidos, pero la imagen
alude a una confianza casi ciega en algo o alguien. “No te vas a quemar” sería
la conclusión, o crees que no ocurrirá. Confiar plenamente en alguien de que no
sucederá lo casi seguro remite, obviamente, a una confianza absoluta. Es
bastante insensato confiar hasta tal extremo en alguien: “el fuego quema”
podríamos decir sin dudarlo. No hay fuegos que no lo hagan. La imagen no es
demasiado razonable, aunque, sin duda, remite a una confianza total. Pocos -y
especialmente muy pocos en el ambiente público- se harían o merecen hacerse
acreedores de semejante insensatez.
“Jugar con fuego” es un poco
menos insensato, pero no carece que ilógica. Se puede jugar con fuego si
alguien sabe manejarlo bien, con prudencia, riesgos medidos y sabiduría como es
el caso de los buenos “fuegos artificiales”, aunque se cuentan por miles los
incendios ante esta insensatez. Jugar con fuego es arriesgarse a una quemadura
(un poco menos que meter las manos en el fuego, reconozcámoslo). Por ejemplo,
cuando un niño “juega con fuego” o lo hace un inexperto el riesgo es inminente.
El niño del caso es inimputable, es decir, no conoce la gravedad de sus actos
ni la criminalidad de sus acciones, pero el incendio está a las puertas.
En lo personal, creo que el
gobierno está jugando con fuego. Un abuso impune de un poder judicial mediocre
y adicto, presiones sobre gobernadores y legisladores, abuso del sentido de los
votos conseguidos perjudicando a los sectores más débiles: jubilados,
trabajadores, indígenas, desocupados, cooptación de jueces, medios de
comunicación, sindicalistas, obispos, beneficios a los amigos y sectores
poderosos… Dejando la metáfora del fuego, la del cántaro a la fuente, del
eslabón más frágil de una cadena o la soga tensa no parecen distintos en cuanto
a lo previsible. Y este fuego / cántaro / cadena / soga frágil son los pobres,
las víctimas de este modelo de impunidad y violencia. El gobierno es violento y
ejerce violencia, ¡mucha! Y así planteadas las cosas, todo indica que dolorosamente
todo va a terminar mal, ¡muy mal! Y eso indica descontrol, represión indiscriminada,
y muertes. Muertes que no saldrán en los diarios mientras puedan silenciarlo
(como nada se dijo de la marcha por Santiago Maldonado del miércoles pasado),
pero que seguirán “preparando el terreno” para un incendio que se vislumbra. Se
intuye porque impunes e inimputables juegan con fuego, juegan con la vida de
los pobres. Y el pueblo es manso y pacífico, pero es digno y es capaz de
reclamar lo que le pertenece. Si el gobierno escuchara le pediría que pare ¡ya!
todo lo que está haciendo, pero lo creo sordo; le mostraría el dolor y la
muerte en cuotas que se vive y muere en los barrios, pero lo creo ciego, le
haría tocar la carne con las heridas abiertas del hambre y las lágrimas, pero
lo creo insensible.
No veo un futuro de paz y de alegría
para nuestro país. Ojalá sepamos sembrar paz y justicia, pero -¡eso sí!- la
siembra quiero hacerla desde el lado de los pobres y las víctimas, la siembra
del odio y la indiferencia se la dejo al gobierno, ¡y vaya que lo está
haciendo!
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