Reitero: María
Magdalena ¡no fue prostituta!
Eduardo de la Serna
En un reciente texto quise
ilustrar sobre la importancia de las fuentes cuando de historia se habla. Quise
destacar que el primer paso debe ser saber con la mayor verosimilitud posible
si algo había o no ocurrido; después, por supuesto, sigue el paso del análisis,
el por qué, cómo, cuándo, para qué, etc. Pero sin fuentes serias (y lo señalaba
para destacar que muchos – ¿la mayoría? – hoy se “informan” (sic) con poca o
nula seriedad) cualquier paso posterior queda “en el aire”, sin sustento, sin
raíces. Y, sólo para ilustrar el tema, conté una anécdota de una clase en la que
yo explicaba que María Magdalena no había sido prostituta. Y, acá el tema, curiosamente,
muchos me cuestionaron o preguntaron sobre esto, tema que, aclaro, hoy no está
en discusión en ambientes académicos. Así que voy a decir muy brevemente, algo
sobre este tema (y remitir a algún material de consulta).
Insisto en el punto de partida:
¡las fuentes! Si nos preguntamos sobre el personaje histórico de María Magdalena
(personaje del que nadie discute seriamente su existencia histórica) la pregunta
primera es ¿de dónde nos informamos sobre ella para hablar? La superficialidad
contemporánea hace que se acepte lo que “me gusta” y no lo que, con mayor o
menor seriedad, podemos saber o no sobre algo. Los Evangelios (incluso los
apócrifos) no tienen una pretensión histórica, es obvio; quieren comunicar una “buena
noticia”, constituyen una predicación, y, particularmente, sobre Jesús, el
Cristo. Y todo - ¡todo! – está en función de esa predicación, incluso el rol
que desempeñan allí los personajes, Pedro, la Virgen María, el discípulo amado
y ¡María Magdalena!
Un tema a destacar, y lo señalo
brevemente, porque hace a la cuestión, es que esa predicación, que constituyen
los Evangelios, con el paso del tiempo fue leída de dos maneras (no
contradictorias): espiritual e histórica. La proliferación de evangelios “espirituales”,
particularmente gnósticos, especialmente en Egipto, a partir del s. II fue
notablemente importante, por un lado; y los intentos de “llenar los baches” históricos
que (aparentemente) los evangelios tenían, narrando acontecimientos ausentes,
particularmente, de la infancia y “vida oculta” de Jesús para completar la “historia”,
son ejemplo de estos. Pero, destaquemos, estos evangelios se nutren por un lado
de lecturas y relecturas bíblicas (podrían multiplicarse los ejemplos, pero nos
alejaríamos del tema) y también de leyendas. El principal tema – y acá lo
importante – es que los textos se comenzaron a alejar de la intención original
de Marcos primero, y de los restantes evangelistas después, mal entendiendo “¡qué
es un Evangelio!”
Precisamente, cuando la lectura
empezó a tener una tendencia más histórica que teológica, había que “completar”
lo faltante, y pongo un par de ejemplos: ¿quién es el Discípulo Amado? El Evangelio
de Juan – el único que lo menciona – no dice absolutamente nada de él,
entonces, por decantación “debía” ser Juan. Otra, las listas de los Doce no
coinciden del todo, entonces se “unieron” y, así, Tadeo se unió al “otro Judas” y llegamos a
Judas Tadeo; nada de esto encontramos en los Evangelios. Pues eso mismo ocurre
con María Magdalena.
Como se puede ver sencillamente, salvo el
texto de Lucas 8,1-3, María sólo se encuentra en los relatos de la Pascua. Es
interesante, además, que salvo la escena del Evangelio de Juan referida a la
Madre de Jesús al pie de la cruz, en todos los textos, la Magdalena se
encuentra mencionada en primer lugar, con todo lo importante que eso significa
en los textos: ¡era importante! Pero, como los textos no dicen nada más, había
que “rellenar”, y puesto que hay una mujer anónima que unge a Jesús, aunque en
Juan esa mujer es María de Betania, y en Lucas – con modificaciones importantes
– es una “pecadora en la ciudad”. Además, hay un texto, también de una mujer anónima
sorprendida en adulterio a la que pretenden apedrear. Fue así que, con el
tiempo, se fueron integrando todas estas mujeres en una sola, la Magdalena
(hasta el punto que María “de Magdala” era también María “de Betania”, sic).
Como lo que nos dice Lucas 8,2 es que de María
Magdalena habían “salido” (no dice “expulsado”, que es el verbo habitual) siete
demonios, san Ambrosio lo interpreta en clave de los “siete pecados capitales”,
¡la totalmente pecadora! De ahí a prostituta no había más que un paso.
Los textos tardíos no son unánimes y los hay
de diferente tipo: modelo de castidad (después de su conversión), modelo de
conversión (como san Agustín en varón), apóstola de los apóstoles y hasta enamorada
(o novia) de Jesús, pero el de ex prostituta fue cada vez más el hegemónico.
A modo de nuevo ejemplo, señalo, también
brevemente, la lectura del gnosticismo y los evangelios (ss. II-IV): para
empezar, es de notar que, precisamente por gnósticos, estos evangelios rechazan
todo lo “carnal”, lo institucional, lo que cuenta es lo espiritual, y, entonces,
concentran lo primero en Pedro, “la institución” que contrasta con “la sabiduría”
(Sofía, en griego), a la que verán ejemplificada en la Magdalena. Con
matices cada uno, o hasta diferencias importantes, todos estos destacarán a
María con diferentes roles o lugares importantes en la “vida” de Jesús (es acá
que se inspira Dan Brown para El Código Da Vinci y el rol de Sofía, por ejemplo,
más allá de la obvia deformación histórica, propio de una novela, no de un
documento histórico).
Pocas, si alguna, ha trabajado y estudiado
tanto y tan bien a María Magdalena como Carmen Bernabé (1957). Desde su tesis
doctoral (María Magdalena, tradiciones en el cristianismo primitivo, Estella:
Verbo Divino 1994) a nuestros días (¿Qué se sabe de… María Magdalena?, Estella:
Verbo Divino 2020) no ha dejado de profundizar en sus estudios sobre ella. Incluso,
“con temor y temblor”, con mi amiga Consuelo Vélez, escribimos sobre María
Magdalena en un libro reciente de homenaje a Carmen Bernabé (“María Magdalena,
primera evangelizadora”, en E. Aldave y C. Gil (eds.), Voces Bíblicas olvidadas
y recordadas. Ensayos de exégesis con perspectiva de género. Libro homenaje a
Carmen Bernabé Ubieta, Estella: Verbo Divino 2024, 99-116). En sus trabajos de
puede ver con claridad y seriedad cómo fue variando la lectura del personaje y
su presentación “histórica”. También hay muchísima bibliografía además de la de
Carmen, por cierto.
Cuando los estudios bíblicos adquirieron “carta
de ciudadanía” en la Iglesia católica romana, es decir, cuando se dejó de lado
la lectura espiritual neo-platónica, casi instantáneamente la figura de la Magdalena
“cambió de rostro”.
Notemos, por ejemplo, el ritual de la misa De
María Magdalena antes del Concilio, y el actual (antes de la iniciativa del
papa Francisco sobre el tema la cual señalaremos):
En el título, se señala que María Magdalena
es “Penitente” y la oración inicial dice:
«Te suplicamos, Señor, por la
intercesión de la bienaventurada María Magdalena, por cuyas oraciones
resucitaste después de cuatro días a Lázaro, su hermano…»
Y la lectura de la misa es Lucas 7,36-50, es
decir, el texto de la mujer pecadora en la ciudad (de la que no se dice más que
eso, pecadora, pero suele concluirse que ese pecado público es la prostitución,
e, irónicamente, nos hemos preguntado por qué se supone prostitución y no, por ejemplo,
que era usurera) …
Como se ve: Penitente, hermana de Lázaro y “prostituta”
era la característica. En cambio, si miramos la oración de la misa renovada
desde el Concilio, allí dice:
Señor, Dios nuestro,
Cristo, tu Unigénito, confió, antes
que a nadie,
a María Magdalena la misión de
anunciar a los suyos la alegría pascual;
concédenos a nosotros, por
intercesión y el ejemplo
de aquella cuya fiesta celebramos,
anunciar siempre a Cristo resucitado
y verle un día glorioso en el Reino
de los cielos.
Por nuestro
Señor Jesucristo.
Como se ve, el enfoque ha
cambiado totalmente. Como se sabe, además, el Papa Francisco modificó el status
litúrgico de María Magdalena, que de ser celebración optativa pasó a
obligatoria y, ahora, es tenida como fiesta al mismo nivel de los demás
apóstoles retomando el tradicional título de Magdalena “Apóstola de los
apóstoles”.
Es evidente que la pereza
reinante hace que muchos, catequistas, pastores, comunicadores repitan lo que “siempre
se hizo así”. Para más, al ilustrar suele recurrirse a imágenes tradicionales
que la presentan sin velo, con la cabellera expuesta, como “toda prostituta”
debiera tener. Y, a pesar que desde que los estudios bíblicos son fundamentales
en la Iglesia (1943), y desde que la liturgia renovada (1965) ya nadie
seriamente lo afirma, pues se sigue repitiendo: pecadora arrepentida, prostituta
penitente… Sin embargo, hasta en el muy limitado bíblicamente documento
conclusivo del Sínodo de la Sinodalidad, se añadió al borrador originario, que “la
Iglesia la reconoce como Apóstola de los apóstoles” (#13 [el texto italiano
dice “Apostola” mientras que la versión castellana dice “apóstol” (sic)]). Así
concluíamos con Consuelo nuestro texto:
Hemos visto
que, en la iglesia católica, por siglos, se habló de María Magdalena promovidos
más por preconceptos que por lo que la Biblia nos dice de ella. De María
importaba su cuerpo (incluso cuando también se la pretendió mostrar como pareja
de Jesús), no su discipulado ejemplar. Hoy nadie podría negar la enorme
centralidad de esta apóstola sin manifestar al menos ignorancia (114)
Imagen de María Magdalena (con velo) tomada de https://www.vaticannews.va/es/iglesia/news/2020-07/maria-magdalena-apostola-de-la-mas-grande-esperanza.html