Candado en la boca
Eduardo de la Serna
Muchas
veces el querido Jorge Novak contaba esta anécdota:
La
diócesis de Quilmes fue creada en 1976, tiempos en los que empezaba la feroz
dictadura cívico-militar con bendición eclesiástica y él fue nombrado su primer
obispo. Con ese motivo, el gobernador, el general Ibérico Saint-Jean, lo
convocó para ofrecerle ayuda para la creación del obispado. Él fue – y aquí la
anécdota – “fui con la firme decisión que plata en el bolsillo no
significara candado en la boca”. Si hay algo cierto es que ¡no lo significó!
Más de una vez, contaba también, al volver de noche a su casa y ver un auto con
gente dentro, que se decía “¡quizás ahora me toca a mí!” Era el “precio” de no
haber callado.
Todo
indica, y él lo decía más de una vez, que fue elegido obispo por ser una
persona de escritorio y no tener mucha “conexión con la realidad”. Sólo que –
al elegirlo – no tuvieron en cuenta dos cosas fundamentales: sabía escuchar y
creía en el Espíritu Santo.
Escuchar
era algo fundamental en su ministerio y su vocación de pastor; ¡y vaya si escuchó!
Esa realidad, de la que parecía desconectado, le gritó al oído y le agredió los
ojos. ¡Y escuchó! La Biblia nos presenta un Dios dispuesto a escuchar, y – por lo
tanto – incapaz de permanecer indiferente ante el “clamor de su pueblo”, los
gritos o aullidos de dolor, del dolor de la violencia, de los látigos de los capataces
egipcios. Y Jorge Novak no pudo, no supo, no quiso permanecer en un escritorio –
esta vez episcopal – ante los clamores de madres a las que sus hijos les fueron
arrancados. Y esto le implicó también conflictos en el seno de su cuerpo
colegial (sus “colegas”). Recuerdo que, en un viaje a Europa había podido
conseguir de una institución alemana un subsidio para ayudar a las madres o
familias a las que el genocidio les había secuestrado la esperanza. Y recuerdo,
también, que un eminentísimo cardenal cordobés frenó ese subsidio.
Vaya
una anécdota personal: yo había vivido un seminario bastante eclesiocéntrico;
la “obediencia” y “el obispo” eran casi el centro de la vida. Después de una
serie de “no” logré que el cardenal me permitiera ir (venir) a la diócesis de
Quilmes, y un tiempo antes viajé a Bolivia, donde vi otra Iglesia (creo que
Juan Pablo se ocupó de ella, para que no sea “otra”). Allí me di cuenta que –
si, por ejemplo, la Iglesia dice “opción por los pobres” y un obispo no lo
trasunta en sus actividades pastorales, mi obediencia debe ser a la Iglesia, no
al obispo, porque ¡él es el desobediente, no yo! Al llegar a Quilmes, vi que
Novak tenía esa misma actitud, y por eso podía tener conflictos con sus “hermanos
obispos”, porque él era, por ejemplo, fiel a Medellín y Puebla, o a lo que
decía el mismo Papa. Por ejemplo, si Puebla había alentado las Comunidades
Eclesiales de Base, ¿por qué no las acompañaría en Quilmes aunque fueran
rechazadas por sus colegas?
Todo
eso fue consecuencia de que Novak supo escuchar. Supo tener un oído en el
pueblo, y dejarse conmover por sus clamores.
Pero
también creía en el Espíritu Santo (de hecho, ese fue su lema episcopal: “¡Ven,
Espíritu Santo!”). Una vez, bromeando, con un histórico cura del MSTM le decía
que hay obispos que creen que escuchan al Espíritu Santo y obispos que creen
que lo tienen atado, y él me corrigió: “- te falta un grupo: ¡los obispos que
creen que ellos son el Espíritu Santo!” Nadie que conociera a Novak dudaría un
segundo en afirmar que era una persona de profunda oración. Y creer en el
Espíritu Santo significa estar abierto a la novedad de aquel que “sopla donde
quiere”, o del que “hace nuevas todas las cosas”. No se ató a viejos esquemas,
a recetas o a códigos preestablecidos, sino que también escuchó al Espíritu
Santo, a aquel que Pablo VI había llamado “el alma de la Iglesia”.
En
la Biblia, el espíritu de Dios, la ruah, es la fuerza, el impulso con el
que Dios anima y alienta (dos palabras “parientas”) a su pueblo, o a los que él
envía para acompañarlo, guiarlo, iluminarlo o corregirlo… El Credo dice que el Espíritu Santo “habló por
los profetas”, precisamente.
Y
Novak supo poner el otro oído en las cosas de Dios, el que sopla en lo
inesperado con una dirección de vida.
Así,
después de escuchar los clamores de la vida y la muerte, y después de escuchar
al Espíritu de Dios, Novak hablaba (o escribía). Por eso, como aquel otro
profeta que proponía tener un oído en el Evangelio y otro oído en el pueblo, Novak
fue, también él, profeta. Una voz que, en ocasiones, clamaba en el desierto, una
voz silenciada por los medios y por sus hermanos, pero “podrán callar al
profeta / pero su voz de justicia no / y le impondrán el silencio / y su palabra
no callará”, como dice la canción El Profeta dedicada a monseñor Romero.
Y no puedo menos que recordar al profeta Ezequiel: amenazado por Dios si calla
cuando debe hablar, pero mudo para no hablar sino cuando Dios lo convoca.
Quizás
hoy falten obispos profetas, ¡quizás! Pero nada impide que el Espíritu siga
soplando, el pueblo siga clamando y haya (debiera haber) quienes tengan los dos
oídos atentos para después pronunciar palabras. Quizás molestas. Quizás duras.
Pero, eso sí, sin un candado en la boca.
Fresco
del profeta Ezequiel tomado de https://painting-planet.com/el-profeta-ezequiel-fresco-michelangelo-buonarroti/
No hay comentarios.:
Publicar un comentario
Cualquiera puede comentar y no será eliminado, aunque no este de acuerdo con lo dicho, siempre que sea respetuoso (caso contrario, será borrado). Pero habitualmente no responderé los comentarios, ni unos ni otros, para no transformar este blog en un foro. De todos modos, podrán expresar su opinión.