De eso se trata
Eduardo de la Serna
Después de leer varios
comentarios sobre la marcha de ayer, 17 de octubre (y como es razonable
hacerlo, también artículos críticos), quisiera decir brevemente algo para quién
le interese, o le sirva.
Empiezo con dos refranes. Los
escuché, y no es el caso confirmar su autenticidad (tienen razonabilidad, que
en este caso es lo que cuenta): en casa de un amigo, en nuestra adolescencia,
recuerdo que en su habitación tenía pegada una frase que atribuía a Pascal: “o
se tienen pocos amigos o se tienen pocas ideas”. La otra es un dicho que parece
que proviene de la India: “si todo es azul, ¡el azul no existe!”.
Tengo claro, y más en estos
momentos, que un estilo confrontativo puede no servir para conducir. Este
estilo parece que resta, mientras uno “acuerdista” pareciera que suma. Pero el
problema es sumar a quién, el problema es qué significa sumar, el problema es
para que se sumaría a algunos. Si algo hemos podido aprender es que “todos” no
existe. Muchos quizás sí. Los odiadores, los injustos, los despreciadores no
debieran ser sumados porque su ser es la resta. Y pretender incluirlos en un
ilusorio todos significaría sumar a quienes restarán. ¡Raro! Esa actitud de
pretender tener un millón de amigos, como se ironiza, de invitar a los grandes
empresarios, abrazar a sindicalistas que se negaban a poner una fecha, de
sentar o sentarse ante las cámaras de la mentira, en realidad, no suma. Ni un
poroto. Y muchos, al verlo, se sienten (nos sentimos) excluidos. Si yo sé que
Tal busca y buscará mi aniquilación, prefiero que sea claro que está enfrente y
no que esté en casa; yo no entraría en ese “todos”.
Varias veces hemos referido a
la profundidad del imprescindible: “si un traidor puede más que unos cuantos,
que esos cuantos no lo olviden fácilmente” (que parece aludir a otro grande, también
muy grande: “dice mi padre que un solo traidor puede con mil valientes”) … E
invitar a cenar a un/a traidor/a es, por lo menos insensato. O estúpido. O
suicida.
Ayer, en la plaza, me pareció
sentir esa mezcla de alegría y reproche. Y no me refiero a los discursos, lo
que sería una obviedad, me refiero a los miles y miles de autoconvocados. Me
refiero a los cantos, a los aplausos, a los carteles, a los comentarios. Y no
me interesa “ni un tantico así” lo que digan los hegemónicos sobre la
vandalización de las piedras por los muertos por COVID cuando nunca dijeron
media palabra sobre las vandalizaciones de los pañuelos, ni me importa la
insistencia en la supuesta – y falaz – afrenta a un pobre dibujante y evidente
plagiador cuando callaron ante amenazas con cohetes a la luna, cuando se hacen
los escandalizados por espionaje, porque en este caso no lo manipulaban Arribas
y Majdalani, probablemente; porque en ese caso era buenísimo, aunque yo fuera
la espiada.
Pero ayer hubo también alivio.
No electoral, que es otro tema. Alivio de ver caras y escuchar cantos. Y no las
caras de todos, sino las caras de los nuestros. Nuestros rostros. Y, ahora sí, “todos”
nosotros. Desentumecernos, aliviarnos de la abstinencia, y que al final de la
tarde (es mi caso) nos duela todo, con el dolor del alivio, el dolor del “¡al
fin!”
Habrá otras marchas, sin duda.
Hoy mismo muchos de los que no pueden festejar lealtad celebran la corporación,
e invitan a movimientos sociales amigos desinvitando centrales no tan
cómplices. Otros trabajadores participarán, sin duda, celebrando. Y mañana
mismo el músculo desentumecido puede estar alerta para el grito y el canto eventual
“de los que amamos tanto”. Las elecciones pasarán, bien, mal o no tanto, pero
hay y habrá un pueblo unido, que quizás sea vencido (lo fue en varias
ocasiones, porque “¡pasaron!”) pero unidos empieza la resistencia. Y un 17 de octubre
lo mostró, muchos años ha, y otros lo gritarán, con tiza o con carbón, con
redes o con marchas (aunque sean “bullrichescamente” reprimidas). Se trata de
causas, de trata de luchas, se trata de utopías. ¡De vida se trata!
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