Roma locuta, causa finita
Eduardo de la Serna
El
dicho que encabeza estas reflexiones es casi un apotegma [tomado del sermón
131.10 de san Agustín, pero referido a los judíos], que “como corresponde, se
formula en latín”. Significa que, puesto que “Roma” (= el Vaticano) ha hablado
sobre un tema, ya no hay nada más que decir. El tema está terminado. Por más
que la milenaria historia de la Iglesia lo ha desmentido y sigue desmintiendo,
sin embargo, en ciertos ambientes eclesiales, se sigue esperando la palabra
definitiva de Roma que ya no se modificará… Hasta que se modifique por el peso
de la realidad.
Habitualmente
suelen pronunciarlo los sectores más conservadores o tradicionalistas de la
Iglesia, los que, con frecuencia, no se caracterizan por su libertad para
avanzar con la osadía impulsada por el Espíritu Santo; por el contrario, suelen
atarse a la ley, (por ejemplo, al Código de Derecho Canónico, o a momentos de
la historia leídos sin ninguna mediación hermenéutica). Hijos o hijas del temor
necesitan la seguridad que les da la ley, o la “madre” Iglesia que les da la seguridad
necesaria para la vida sin zozobras. El miedo al error, por ejemplo, o a no
hacer “lo debido” los o las paraliza hasta que “Roma habla” y, entonces, los o las
invade una extraña paz. En ocasiones, además, algunas o algunos, después de que
“Roma ha hablado”, “militan” la obediencia, la fidelidad, la “estricta
observancia”, y – puesto que – según dicen – el tema está concluido por la “palabra
romana” – levantan banderas religiosas de unidad, comunión, carismas, además de
las mencionadas…
Se
podría analizar el tema en su complejidad y preguntarnos si antes no han roto
la unidad o la comunión las actitudes y acciones subrepticias, ocultas o demás
mientras salen de cacería de la esperada palabra romana, luego de la cual respiran
aliviados o aliviadas, y, ahora sí, visiblemente, pretenden exhibir a “los
otros” como artífices de la desunión o la falta de unidad y comunión…
Por
otro lado, podríamos hacer referencia a lo que Pedro Casaldáliga llamó “una
rebelde fidelidad”, o – más todavía – a que muchos dudamos claramente que la
“causa, realmente sea, finita”.
Empecemos
señalando que nuestra primera fidelidad ha de ser a nuestra conciencia, el
ámbito primero e ineludible de la obediencia. Pero luego de esta, es evidente
que la obediencia fundamental y primera ha de ser al Evangelio del Reino.
Obediencia que debe también “Roma”, algo que – no pocas veces – ha manifestado
desconocer, aunque en ocasiones pida perdones 500 o 1000 años después.
Obedecer
remite, etimológicamente (tanto en el latín como en el griego) a la audición.
Se trata de una reacción ante lo que se ha escuchado (ob-audire). Una
reacción acorde a lo escuchado.
Pero
es importante destacar que – teniendo todo esto en cuenta – ciertamente no es
lo mismo cuando la obediencia se aplica a ministros ordenados, a religiosos y
religiosas y a laicos y laicas. Las y los religiosos, por ejemplo, profesan un
“voto” de obediencia. Esta es a un “superior” o “superiora” (sic) y hace
referencia, ciertamente, al carisma fundacional de la orden o congregación. De
todos modos, ha de señalarse que, carismáticamente, no es lo mismo la
obediencia entre los jesuitas que entre los franciscanos, por ejemplo. Se ha de
señalar, claramente, que los votos (castidad, pobreza y obediencia) son
constitutivos de la vida religiosa, aunque ciertamente estos hayan de
entenderse teológicamente y antropológicamente además de carismáticamente
(nunca fundamentalistamente). Otra es la obediencia de los ministros ordenados,
presbíteros y diáconos, al obispo (“¿prometes respeto y obediencia?”). en este
caso no se trata de un voto sino una promesa y, además, ligada al respeto. Pero
no debe descuidarse lo ya dicho: también el obispo debe “respeto y obediencia”
a la comunidad eclesial (también el obispo de Roma, ciertamente). Si un obispo
“mandara” algo contrario al decir y sentir eclesial, ciertamente nadie estaría
obligado a “obedecerlo”. Finalmente, la obediencia laical ciertamente se
despliega según el propio carisma del laicado. Veamos:
Es
sabido que se solía decir que había una Iglesia docente y una Iglesia discente
(catecismo de Pio X [1905], nros. 181-192), es decir, una Iglesia que enseña y
una que recibe la enseñanza, una que manda y una que obedece. La imagen
piramidal que esto implica indicaba que el laicado debe “obedecer” a la Iglesia
jerárquica. Dejamos de lado esta imagen de las y los laicos como “menores de
edad” (los mismos que merecen ser alimentados con papilla, como sería un
catecismo, y a quienes se les da la comunión en la boca). Esta eclesiología
quedó felizmente detonada con el Concilio Vaticano II, aunque muchas y muchos
que esperan que “Roma” hable, se resisten a sepultar.
Una
breve nota sobre el laicado: antes del concilio, y del despliegue de la
teología post-conciliar, era habitual presentar a los laicos y laicas como
aquellas y aquellos que “no son” … No son religiosos, no son ministros
ordenados. No están dirigidos a la perfección (vida religiosa), no son los que
deben “conducir” (ministros ordenados), son quienes deben ser enseñados. Modelo
de esta eclesiología eran aquellos laicos o laicas cuyo sentido estaba dado por
actuar bajo la enseñanza de la jerarquía (ieros – arjé, “principio
sagrado”, sic). Los modernos estudios teológicos y bíblicos llevaron a la
teología (y al Concilio) a entender la Iglesia como “pueblo de Dios”, una
comunidad ya no “jerárquica” sino circular (o poliédrica, como le gusta decir
al papa Francisco). Un pueblo en medio de los pueblos implica la urgencia (como
la levadura en medio de la masa) de “encarnarse” en la historia, en los
sindicatos, la empresa, la educación, la política, los medios de comunicación, etc.
Pero no como “obedientes” a una orden superior (al estilo de los antiguos
partidos cristianos, empresarios cristianos, etc.) sino como fermento. Quizás
hoy la pregunta no sea tanto cuál es el rol o el ser del laicado, sino el de
los ministros ordenados. Pero es otro tema.
Decenas
de comunidades religiosas, movimientos o instituciones laicales nacidas en la
historia, han debido, con resistencias y creatividades, modelarse según la
nueva vida eclesial del postconcilio. Curiosamente, hay quienes en nombre de la
fidelidad se han resistido y resisten a aquel que “hace nuevas todas las
cosas” (ver Ap 21,5). El ejemplo de lo ocurrido con las carmelitas descalzas ciertamente es
significativo (curiosamente, en todo el proceso de renovación y división del
Carmelo, “Roma” habló varias veces y se desdijo otras tantas) y – como ocurre
tantas veces – hoy asistimos a dos grupos bastante diferentes entre sí y cada
una afirma y se sienten las “herederas del verdadero espíritu y carisma de
Teresa”. Debemos decir, además, que, en este caso, “Roma”, en lugar de ser
garante de la unidad, fue artífice de la división.
Muchas
palabras entran en cuestión cuando de “obediencia” se trata. Para empezar, una
palabra que se escucha y ante la que se reacciona. Pero una palabra que debe
“pesarse”, ya que una es la palabra que pronuncia nuestra conciencia, otra la
palabra de Dios en las Escrituras, otra la palabra que la Iglesia ha
pronunciado de un modo comunitario y universal (un Concilio, por ejemplo), etc.
Los llamados “lugares teológicos”, codificados por Melchor Cano (1509 – 1560)
pueden ser un buen punto de partida de esta “jerarquía” de “palabras”. Pero no
es posible – sería teológicamente insustancial – ignorar el presente. La
historia es el ámbito donde se pronuncia (o se encarna) la “palabra”. Es
evidente que una palabra sabiamente pronunciada ayer, ha de mirar sabiamente el
hoy antes de ser “escuchada” y “obedecida”. El fundamentalismo, una especie de
“suicidio del pensamiento”, conduce a una obediencia que está lejos de la
libertad, lejos de la vida y lejos de una verdadera “escucha”. Seguir
“ciegamente” los textos bíblicos, conduce a una evidente deshumanización y,
además, manifiesta un Dios bastante diferente al que Jesús en su vida y
palabras eligió revelar. Y, ciertamente, es evidente que, si hemos de
“interpretar” a los nuevos tiempos los viejos textos bíblicos, no es menos
evidente que hemos de interpretar, adaptados a esos mismos nuevos tiempos, los
carismas fundacionales, por ejemplo. “Roma” podrá hablar – ¡tantas veces movida
por el temor, por el “siempre se hizo así” o por ideologías siempre
conservadoras, cuando no por otras razones menos sanctas todavía! (y
algunas canonizaciones son expresión evidente de esto) – pero, ciertamente,
antes, es indispensable escuchar lo que “el Espíritu dice a las Iglesias” (Ap
2-3). “Roma habló” al hablar de Iglesia docente e Iglesia discente (algo que
fue aceptado durante todo el s. XX hasta el Concilio) pero luego “Roma habló”
otras palabras. Si de unidad y comunión se trata, no es esto en torno a una
“palabra” fija sino en torno a un pueblo de Dios vivo, a una unidad “perijorética”
(comunión en la diversidad y el amor). La comunión incluye las diferencias en
la gestación de la unidad. Sin diferencias se trataría de “uniformidad”, que es
algo bastante diferente… y dudosamente evangélico. Habrá quienes, desde el
temor, o desde ideologías esclerosadas, salen de cacería en búsqueda de
“palabras romanas”, pero habrá quienes desde el amor (que vence al temor, como
se sabe; ver 1 Jn 4,18) eligen la osada escucha del Espíritu. Creo que ya sé
dónde elijo estar.
Foto
tomada de https://archive.org/details/CatecismoMayorDeSanPoX/mode/2up
No hay comentarios.:
Publicar un comentario
Cualquiera puede comentar y no será eliminado, aunque no este de acuerdo con lo dicho, siempre que sea respetuoso (caso contrario, será borrado). Pero habitualmente no responderé los comentarios, ni unos ni otros, para no transformar este blog en un foro. De todos modos, podrán expresar su opinión.