La pena de muerte
Eduardo de
la Serna
Es
llamativa la cantidad de gente que se manifiesta a favor de la pena de muerte.
Y no pienso en aquellas personas que han sufrido en seres queridos una situación
de violencia extrema, a las que, su situación post-traumática hace comprensible
la reacción. Me refiero a quienes la ven cómo una solución ante situaciones que
no les tocan, pero de las que se enteran (se enteran como se les ha narrado,
obviamente).
En general,
mi experiencia con estas personas, es que no hay análisis, criterios, contrapropuestas,
estadísticas ni nada que sirva. Es casi una especie de dogma. O, para ser más
precisos, una suerte de receta mágica. Puede ser que haya errores, y la susodicha
pena se aplique a alguien por error, pero eso entra dentro del margen de
tolerancia. No afecta al dogma.
Y,
curiosamente, en el discurso de los “penademuertistas” en un momento u otro,
más rápido o más tarde aparece la denostación de los organismos de Derechos
Humanos. O, para ser precisos… no es curioso. Es comprensible. Y, cuando uno
escucha el mismo discurso aquí y más allá, en un negocio, una peluquería o en una
fila esperando, es justo preguntarse si el discurso es propio, o es
introyectado. Pero, todavía más, cuando, unos minutos después aparecen nombres,
los que sí, los que no… entonces ya queda claro. Y queda claro, también, que
nada que se diga aportará nada… ni directamente, ni colateralmente, ni de modo
alguno. Son dos idiomas distintos, por ejemplo.
Y quizás, a
modo de ejemplo tengamos un botón de muestra (en todo el sentido de la palabra)
en nuestra inefable ministra.
La que (no)
“puso bombas en jardines de infantes”, la montonerita que dio el mal paso,
celebraba muertes, y, hasta quizás, brindaba. La muerte ajena era una especie
de orgasmo para su neurona a-sináptica… Pero como la sed de muerte no se
saciaba tan fácil, dar un salto inescrupuloso a “la contra” permitía también
celebrar muertes ajenas… o torturas… o lo que fuere y con visos, apariencia o
ficción de legalidad (protocolar, por cierto). Ver sufrir al enemigo resulta,
para la insaciable, un nuevo orgasmo. Entonces, provocará, y provocará, contará
las dizque toneladas de piedras para calcular los litros de pimienta, las
personas que manifiestan disconformidad para calcular los rottweiler bípedos, o
la cantidad de jubilados para calcular el largo de los bastones… La sangre
parece ser el elixir que la sacia… si es que alguna vez lo lograra (además,
sabiendo que nadie le pasará la factura por ello).
La sangre,
que es vida, y que es muerte, pareciera ser el criterio. Y la sangre ajena –
siempre ajena – pareciera ser la solución mágica a todos los problemas. Así
que, ya lo sabemos… nada de educación para todos, nada de justicia para todos,
nada de pan y trabajo para todos… la sangre de otros derramada es la panacea de
la paz. Curiosamente. Sorprendente. Claro que “habemos otros” que no estaríamos
de ese lado, pero, tristemente, es más probable que seamos sus víctimas que sus
maestros, sus señalados que sus compañeros de camino. Eso sí… otros que
queremos seguir caminando, como pueblo, con la sangre adentro y el sudor
afuera, y creyendo que la justicia, la paz, la vida no son palabras mágicas,
pero sí palabras de esperanza.
Foto tomada
de https://theconversation.com/es-el-momento-de-la-abolicion-universal-de-la-pena-de-muerte-125044
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