Daniel, un no-profeta
En la Biblia
encontramos un interesantísimo libro que lleva el nombre de Daniel. El libro se encuentra entre los
profetas, e incluso es llamado así en alguna ocasión (Mateo 24,15). El
nombre lo encontramos – fuera del personaje – en algunos casos; significa “Dios
es mi juez”. En la tradición anterior, además, se hace referencia a un tal
“Danel” como un sabio ideal (ver Ezequiel 14,14.20; 28,3: “eres más sabio que
Danel”); pero, como veremos, el libro de Daniel es una obra de ficción en la que presenta
a un personaje que resiste los momentos de persecución y muerte y muestra
caminos pacíficos de esperanza y de vida.
En el siglo
II antes de Cristo, el pueblo judío vivió una situación dramática: persecución
feroz, terrorismo de estado, martirio a todos los que pretendían ser fieles a
los caminos de Dios: se perseguía y mataba a los que circuncidaban a sus hijos,
se obligaba – bajo pena de muerte – a comer alimentos impuros, como la carne de
cerdo, se quemaban públicamente los rollos de la Biblia, se prohibían las
reuniones religiosas, se profanó el templo… y, por supuesto, como suele ocurrir
en estos contextos, fueron multitudes los que, para evitar todo esto,
rechazaban su ser judíos, simulaban todo lo que los identificaba y aceptaban todo lo que el imperio griego les imponía, incluso en su forma de vestir.
Es en este
contexto terrible que se escribe una obra literaria (en realidad se escriben
muchas, pero solo unas pocas quedan incluidas en las Biblias; las otras suelen
conocerse como “apócrifas” y suelen ser muy interesantes) que lleva el nombre de
Daniel.
En este
libro hay diferentes aspectos que se dicen de este personaje: por un lado, una
serie de cosas que ocurren en la corte de Nabucodonosor, rey de la terrible
Babilonia, que había oprimido a Israel varios siglos atrás; en realidad bajo el nombre de este monarca se está refiriendo simuladamente al rey griego Antíoco, que pertenecía a los
seléucidas, sucesores de Alejandro Magno, quien, al mencionarlo, se simboliza
por su crueldad (Dn 2,1; cap. 3…). Es evidente que, en tiempos de persecución,
hacer referencia explícita al rey perverso es arriesgar la vida y por eso se recurre al pseudónimo
de un rey del pasado); del mismo modo se inspira – para presentar la persona de
Daniel y la corte imperial – en lo vivido por José en la corte del faraón: los
magos, los sueños, el encargo de gobierno, etc. La característica principal (y
es lo que la obra les dice claramente a los lectores) radica en que, a pesar de
estar en diferentes circunstancias de muerte inminente, Daniel conserva la vida
por su fidelidad a la fe (1,8-15; 2,13; 3,17; 6,17-22…).
Más
adelante, recurriendo a visiones, Daniel ve una serie de bestias sanguinarias y
mortales (7,3): estas representan a los diferentes reinos que han oprimido y
masacrado a Israel (los babilonios, los persas, los ptolomeos y los seléucidas;
7,17). Estos imperios sanguinarios serán, en un futuro, reemplazados por un
pueblo que será humano (por eso lo llama “un hijo de hombre”; 7,13.18); la
humanidad reemplazará la bestialidad cruel de la muerte imperial. Evidentemente,
Daniel ve que los imperios que han oprimido y siguen oprimiendo al pueblo de
Dios causan muerte y devastación, pero sabe que mantenerse fieles a los caminos
de Dios lleva a un futuro de vida y de esperanza.
La imagen de una estatua enorme de oro, plata y bronce, pero con pies de hierro y arcilla, que representa al emperador queda pulverizada y no quedan rastros de ella cuando una piedra se desprendió sin intervención humana golpeando los pies. Y esapiedra setransformí en un gran monte que llenó toda la tierra (Dn 2,31-35). Frente a lo terrible y poderoso del imperio, Daniel invita a la esperanza y la confianza. Dios no acompaña imperios y emperadores, sino a su pueblo sencillo. Ayer y hoy.
Con el paso del tiempo, algunos autores agregaron al libro de
Daniel otros capítulos, siempre alentando a la fidelidad, sea a los
mandamientos de Dios (capítulo 13) o contra las imágenes de dioses falsos
(capítulo 14); los capítulos anteriores habían sido escritos en hebreo y
algunos en arameo, estos están escritos en griego. Estos párrafos no se
encuentran en las biblias judía o protestantes, sí en las traducciones
católicas.
En tiempos difíciles para el pueblo de Dios y para su
fidelidad, se escribió una obra invitando a la resistencia esperanzada, a la
confianza en Dios, a la fidelidad. Pero no a una resistencia violenta (como sí propondrán
algunos en este tiempo) sino pacífica. La no-violencia manifiesta una confianza
en un Dios que no abandona a sus amigos y amigas en medio de las dificultades
más terribles. No que nos saque los problemas de encima, sino que nos invita a
descubrirlo presente en la historia y nos anima a ser sus testigos para
ilustrar a todos la fe en otro mundo posible.
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