La vida sin o con sentido
Eduardo de la Serna
Quizás un “Signo de los Tiempos”,
de nuestros tiempos, sea un elemento que aporta la estadística contemporánea:
- La
mayor causa de muertes por causas no naturales en Argentina y otros países es
el suicidio. Incluso en un buque de guerra lleno de “Marines”, es decir, personas
preparadas para matar (y eventualmente morir), sin embargo, lo que preocupa es
la tasa de suicidios como los ocurridos en los portaaviones Abraham Lincoln y
George Washington (2026). Lo mismo ocurre dentro de las fuerzas de Seguridad en
Argentina, como ha reconocido recientemente la ministra de Seguridad
- Es notable en el mundo entero la importante baja de natalidad. Si en 1950 la tasa mundial era de 5 hijos por mujer, en la actualidad se ha reducido a 2,1. En Argentina se ha pasado de unos 777.000 nacimientos en 2014 a cerca de 413.000 en 2025.
Me parece evidente que ambos
elementos son “multicausales”. Sólo desde la ignorancia o la caricatura (cosas
pazguatas que caracterizan, lamentablemente, a más de un presidente en América
Latina, como el argentino, por ejemplo) se puede señalar un aspecto, ignorando
otros, y sin mirar, además, elementos fundamentales (por ejemplo, el descenso
de maternidad por parte de mujeres adolescentes [en Argentina cayó más del 60%],
lo que, ciertamente, parece positivo).
Pero, para empezar, (y teniendo
claro que para pensarlo acabadamente se debería hacer un profundo análisis de
causas, culturas, ambientes sociológicos, psicológicos, económicos…) pareciera
que el tema central es “la vida”, el sentido de la vida, o, quizás, la falta de
sentido.
Vivir, ¿para qué vivir? ¿cómo
vivir? Una vez alguien dijo: “la vida no tiene sentido… ¡nosotros debemos
dárselo!”. Sentido es dirección, ¿a dónde queremos dirigirnos?
- Es posible que esa intención sobrepase nuestras capacidades y, por tanto, lo que sobrevenga es la frustración. Veamos: en muchos ambientes populares, la sensación de fracaso personal lleva a proyectar en los hijos un futuro ideal: jugadores de fútbol, modelos, artistas… [cosas reflejadas en la canción “Princesa”, de Joan M. Serrat, o el capítulo “El último héroe”, en la serie Los Simuladores]; algo que prácticamente nadie logrará, ciertamente. Resulta sensato, por tanto, que las metas propuestas sean sensatas, alcanzables.
- Pero
también, muchas veces, quizás por la misma experiencia frustrante, que las
metas sean excesivamente bajas, sólo sobrevivir. Ser pusilánime o timorato
conlleva bajar los brazos, ni siquiera intentar.
Y, debemos reconocerlo, ambas cosas, la frustración por no alcanzar la meta, o la actitud de ni siquiera proponérselo, son sumamente convenientes para quienes, por ejemplo, no quieren que las cosas cambien. Enfrentar un rebaño que se deja conducir acríticamente, sin fuerza ni voluntad, sin coraje ni entusiasmo es, sin duda alguna, lo ideal para mandantes y poderosos. - Por otro lado, estamos habituados a ver en la gran usina de publicidad imperial, que es el cine, que la historia la puede cambiar una persona sola si acepta que “¡tú puedes!” y si es Rambo, un Duro de matar o, mejor aún Superman o Super chica… Ideal para la frustración, por cierto, para quienes experimentamos cotidianamente nuestros límites, nuestras incapacidades…
El individualismo (¡tan vigente
desde lo político a lo religioso!) es, probablemente, el gran enemigo del
cambio. Cambio necesario ¡y urgente!, señalémoslo. La historia es colectiva,
comunitaria, social. Por eso es humana. Por eso ese sentido – dirección no es
un camino solitario sino una peregrinación, un pueblo que camina. Y es el pueblo
el hacedor de historia. Ciertamente de nosotros depende que “hagamos historia”
o que “otros” la hagan. Pero – repitámoslo – de “nosotros”, no de “mí”, de “tú”
o de “él”. Nosotros es pueblo, es comunidad. Y “vida” es lucha y conflicto,
encuentro y abrazo, vida es frustraciones y felicidad, vida es también muerte.
Vida es amor, y eso siempre, ¡necesariamente!, implica otros y otras. “Solo se
trata de vivir”.
Vaya este texto iluminador para
pensar todo esto:
La historia es necesaria porque no podemos vivir sin universo de pertenencia. El ser humano es una búsqueda de sí en el mundo, deseo de vida colectivo, de reconocerse como parte de una totalidad. Justamente, cuando Émile Durkheim estudia el suicidio, entre las motivaciones de fondo propone el exceso o la falta de pertenencia, el exceso de presencia de la sociedad en el individuo o la falta de puntos de referencia, el altruismo o la anomia. Una perspectiva que encontramos en muchos autores, corrientes y literatura, también hallamos en la famosa frase que pronuncia André Malraux en su novela ‘Camino de Reyes’: “uno se mata para existir”, uno se va para hacerse un lugar en la sociedad que lo ignora o sobrepasa, en un mundo que no me reconoce tal como soy. Ser parte de un todo, sentirse integrado, de la forma y manera que cada uno considere, es indispensable para el ser humano. Aunque las relaciones sociales se construyan sobre la base de un distanciamiento social que llamamos serial, ese contexto que impone la distancia puede cada vez ser superado para volver a encontrar la propia pertenencia. No hay que olvidar que la dinámica de inclusión y exclusión está siempre presente en la vida cotidiana de la sociedad. [Claudio Tognonato, _Kairós._ Unidad y multiplicidad de la condición humana, Barcelona: Calambur (2025) p.35]
Imagen tomada de https://elatril.dominicos.org/articulos/pura-impureza/
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