lunes, 22 de diciembre de 2025

El Dios en quien no creo

El Dios en quien no creo

Eduardo de la Serna



Para estas fechas, tan cercanas a la Navidad, empiezan a llegar, por los medios más diversos, distintos mensajes, textos, oraciones y demás cosas. Y, debo confesar, de la inmensa mayoría de ellos, me encuentro en las antípodas.

Antes de señalar algunos aspectos, quiero destacar algo que me parece muy importante… Que yo no me siento cerca de ellos no implica (o, al menos, no necesariamente y no pretendo destacarlo), que tal cosa sea negativa o cuestionable. Pero, eso a su vez indica – por mi parte – que tampoco acepto que cuestionen lo que yo entiendo es preferible. La diferencia y la comunión deberían caracterizar toda eclesialidad. Ciertamente, no “todo vale”, “no todo edifica” repite Pablo, pero no soy yo quien crea tener autoridad para decir “¡esto no!”

En mi adolescencia había en mi casa, y leí, un libro muy interesante, de Juan Arias, “El Dios en quien no creo”. No pretendo aquí ni repetirlo ni complementarlo; simplemente, partiendo de su idea, señalar algunos aspectos de aquello en lo que no creo y dar algunas razones.

Y, nuevamente, otro paréntesis: lamentablemente, en la sociedad contemporánea, no creo que sirva “presentar razones”, ya que las razones no son razonadas… lo que cuenta y lo que es aceptado o rechazado es lo que “siento”, y, por tanto, si en lo que cuestionaré, alguno siente positivamente, creo que lo que yo diga será simplemente rechazado. Pero no me parece sensato dejar de decirlo…

Creo que hay una serie de cosas que se conjugan en lo que decimos de Dios, o de Jesús… Por un lado, si algo realmente Jesús lo dijo o hizo (o los Evangelios dicen que dijo o hizo). Por supuesto que eso no es todo… queda la pregunta, siempre razonable si tal o cual cosa hoy y acá, Jesús la diría. Ya entramos en otro terreno, porque no basta con pensar que “me gustaría” que hoy y acá dijera o hiciera tal cosa… (en otras ocasiones he señalado que habitualmente eso de “Jesús (u otra persona) hoy diría o haría” suele reflejar lo que “yo” diría o haría… lo cual es bastante sospechoso).

Creo que un criterio razonable es partir de Jesús (de lo que sabemos de Jesús) y, en coherencia con eso, mirar seriamente nuestra realidad. Eso significa ser “honrados con lo real”, porque mucho de lo que tenemos que ver es desagradable, es violento, es pecado.

Otro elemento, creo que fundamental, es partir de lo que somos, quienes somos (no es lo mismo si somos madres o padres, que si catequistas, curas, diáconos, obispos…) lo cual significa, a su vez, una responsabilidad con personas. Como curas, por ejemplo, tenemos una responsabilidad pastoral y, siguiendo la metáfora, una responsabilidad de cuidar la comunidad, de alimentarla, atender a las personas débiles, orientar a las descarriadas… Y, siguiendo el ejemplo bíblico, el ambiente está lleno de “malos pastores” que se apacientan a sí mismos, que se alimentan del rebaño, que no cuidan su vida, que huyen ante el peligro…

En lo personal, no creo en un Dios que manda rayos benéficos de misericordia, sí en uno que nos compromete a ser misericordiosos como es misericordioso el Padre. No creo en un Dios que manda carismas sanadores para tener bienestar, trabajo o salud, sí en uno que nos compromete a ser artesanos de la paz, trabajadores por la justicia, militantes de la vida. No creo en un Dios que manda golosinas dulces, bellas y hermosas sino en uno que nace en medio del estiércol, que es perseguido y calumniado y termina su vida asesinado en una cruz.

Debo confesar que escucho cosas dulces, piadosas y románticas con olor navideño y mi sensación es que Jesús no está allí. Escucho videítos de sanadores que “en nombre de Jesús” mandan salud y bienestar y quiero gritar que ese no es ni así hace las cosas Jesús. Y me pregunto por qué para la simpleza superficial resulta todo “tan fácil” … si hay maldad, muerte, violencia, es el diablo, que debe ser exorcizado; si hay paz, pan y trabajo es el padre orador y sanador… Claro que, en ese caso, queda la pregunta ¿por qué sigue habiendo maldad, injusticia, mentira, violencia, muerte? ¿por qué Dios necesita instrumentos específicos (y que, con frecuencia se enriquecen con ello) para hacer llegar su sanación, pseudo-liberación y bienestar? Recuerdo una vez al querido Jon Sobrino decir irónicamente “- Yo creo en los milagros… lo que no entiendo es ¡por qué hay tan pocos!” Y, así, resulta que, como todo lo hace una suerte de Dios titiritero por sus instrumentos sanadores o exorcistas, o por las golosinas del espíritu, que ya no tenemos el compromiso militante de seguir las huellas de Jesús, no necesitamos eso de “cargar la cruz”, de buscar el reino y su justicia, de saber que “si a mi me persiguieron los perseguirán a ustedes”. Pero no, aplaudimos tarjetitas y tic toc piadosos y dulzones, llenamos los cultos de curas liberadores de los males y demonios (y nos liberamos de unos cuantos pesos también), y, para más, miramos raro a quienes militan las luchas por la paz, la justicia y la liberación verdadera. Y olvidamos aquello de “Ay de ustedes cuando todos los aplaudan… como a los falsos profetas”.

En fin, el Dios en quien no creo es el que suele tener éxito en estas navidades, y en momentos duros; en cambio, en la opresión de Augusto y la violencia de Herodes, el estiércol del pesebre y la ausencia de signos extraordinarios, nace un niño. La clave está en los pañales.

 

 

Comentario al Evangelio de la Navidad

Comentario al Evangelio de la Navidad



o también en

https://youtu.be/634Bgw7xHFs

Eduardo

viernes, 19 de diciembre de 2025

Deconstruyendo el pesebre

Deconstruyendo el pesebre

 Eduardo de la Serna




Augusto ordenó un censo

Porque se debe aprender

Y saber quién es que manda

Y quien debe obedecer.

Un pesebre no es muy propio

No es lugar para nacer

Hay bueyes, vacas y estiércol,

también un burro, tal vez.

Madre y padre desplazados

No hay lugar para el bebé

Será la tierra de reyes

Pero el que viene no es rey.

Y pastores van a verlo,

¡un gran signo para ver!

Un niño envuelto en pañales

todo niño ha de tener.

Así, lo insignificante

Y lo pequeño ha de ser

La mirada de la historia

Pedagogía al revés.

No hay un viejo sino un niño

No hay renos sino una res

No hay gnomos sino pastores

Pañales no algo de piel

No hay trineos sino ovejas

En un pesebre un Dios fiel

Entre bosta, un padre y madre

No hay nieve sino Belén.

"La experiencia de fray Lorenzo es uno de los textos que más han marcado mi vida espiritual" (León XIV)

 "La experiencia de fray Lorenzo es uno de los textos que más han marcado mi vida espiritual" (León XIV)

Eduardo de la Serna



Hace unos días escuché la referencia del papa León al librito de fray Lorenzo [digo “librito” por lo breve, no por la calidad, como es obvio]. Y me puse a mirar un poco… Que sea un libro de finales del 1600 no debería incomodar ya que muchos grandes espirituales son, incluso, anteriores. Pero me surgen una serie de elementos (el texto completo se puede ver en https://tesoroscristianos.co/wp-content/uploads/2020/07/La-Practica-De-La-Presencia-De-Dios.pdf para que cada quien se forme su propia opinión; yo daré la mía)

El texto presenta 4 conversaciones del hno. Lorenzo y 15 cartas. Estas fueron recopiladas por Fray José de Beaufort, representante del arzobispado, por tanto, se debe distinguir lo claramente dicho por Lorenzo (las cartas) de lo que José transmite (conversaciones). Y, antes de avanzar algo me llama la atención: la primera carta (no tienen fecha) dice esto:

Debido a que deseas tan fervientemente que te comunique el método mediante el cual he llegado a experimentar este habitual sentido de la presencia de Dios, que el Señor en su misericordia se ha agradado concederme, debo decirte que me has convencido con tu tozudez. Pero voy a compartirlo contigo con la condición de que no muestres mi carta a nadie. Si supiera que permitiste que otro la vea, todo el deseo que tengo de que tú progreses no sería capaz convencerme de que lo hiciera.

La condición es que no muestre a nadie la carta… cosa que, evidentemente, fray José está haciendo…

Luego de leer atentamente, me llama la atención lo siguiente: el dios que muestra es amable y buen "tipo", no es un patriarca, castigador, severo... pero:

Jesús no aparece (2 veces en boca del comentarista); la Iglesia, ¡ausente!, la Virgen María, ¡ausente!, la Biblia, ¡ausente!, la Eucaristía, ¡ausente!, los pobres, ¡ausentes!, el "amor al prójimo" ¡ausente!

Es una espiritualidad entre “Dios y yo”, nada más... totalmente intimista e individualista. "La experiencia de fray Lorenzo es uno de los textos que más han marcado mi vida espiritual" ha dicho León XIV. Lamento que la espiritualidad del Papa León esté tan lejos de la mía…

jueves, 18 de diciembre de 2025

Ágabo, un extraño profeta

Ágabo, un extraño profeta

Eduardo de la Serna



En el libro de los Hechos de los Apóstoles, en dos momentos totalmente aislados, sin conexión entre sí, se hace referencia a un profeta, aparentemente de Jerusalén, llamado “Ágabo”. Decimos que sería proveniente de Jerusalén porque en las dos ocasiones se dice que “bajó” (11,27-28; 21,10) y, es habitual señalar esto para indicar que alguien viene de Jerusalén (a la cual se “sube”).

Lo que se señala de él parece ser coherente con las imágenes y modos de obrar de los clásicos profetas de Israel.

En la primera ocasión se señala que un grupo de profetas “bajó de Jerusalén a Antioquía” y Ágabo tomó la palabra “movido por el espíritu” y predijo una “gran hambre” que habría en todo el mundo. Y aclara, “ella tuvo efecto durante (el Emperador) Claudio [41-54 d.C.]. Propiamente hablando no sabemos que hubiera habido una situación universal de hambre, pero sí en Israel, entre el 46 y 48 d.C. Esto provoca que la comunidad de Antioquía lleve una importante colaboración económica a la ciudad, llevada por Pablo y Bernabé. Es interesante que, por su parte, Pablo narra que viajó (“subió”) a Jerusalén con Bernabé “movido por una revelación” (Gal 2,2) y que luego de la reunión le encargan que “no se olvide de los pobres” (2,10); es muy probable que el texto de Pablo (que no menciona a Ágabo) haga referencia al mismo momento.

En la segunda ocasión Pablo se está dirigiendo a Jerusalén. Se ha detenido en el puerto de Cesarea desde donde “subirá” a la ciudad santa, mientras se ha establecido en casa de Felipe, uno de los “siete evangelistas” (21,8). Al estilo de los habituales gestos con los que los profetas introducen con frecuencia sus palabras (Is 20; Jer 31,1-11; etc.) Ágabo toma el cinturón de Pablo y se ata con él sus manos y pies diciendo que el Espíritu Santo afirma que “los judíos atarán en Jerusalén al dueño del cinturón y lo entregarán a los paganos” (21,11). Es cierto que al llegar a Jerusalén los judíos quieren capturar a Pablo (y asesinarlo) cosa que los romanos impiden. Literalmente hablando, la “profecía” no se cumplió, aunque no fue totalmente errónea..

Como se ve, es prácticamente nada lo que sabemos de este profeta, aunque en ambos casos se hace expresa alusión al Espíritu Santo (es frecuente que se señale que los profetas hablan movidos por el espíritu de Dios; ver Núm 11,29; 1 Sam 10,10; Joel 2,28; etc.; Hch 19,6), en ambos casos, proveniente de Jerusalén alude a cosas que ocurrirán en las que Pablo es protagonista (aunque, como dijimos, Pablo jamás haga referencia a él), evidentemente, además, es un cristiano. En el primero de los casos, además, como vimos, se hace referencia a otros varios profetas que “bajaron” a Antioquía, aunque poco después señalará que también en Antioquía había profetas (13,1). Es siempre importante recordar que los profetas miran la realidad (el hambre próximo, el martirio inminente, por caso de Ágabo), pero que también son responsables de “animar y confirmar a los hermanos” (15,32).

De todos modos, precisamente por ser un personaje del que sólo de habla en Hechos de los Apóstoles, es interesante notar que en este libro ser profetas es algo que compete a toda la Iglesia (por haber recibido el Espíritu Santo; 2,17-18) porque es seguidora de Jesús “el profeta” como Moisés (ver Dt 18,18; Hch 3,21-25; 7,37).

En síntesis, en las comunidades primitivas, el Espíritu Santo acompañó a las Iglesias para animarlas y confirmarlas, para ayudarlas a mirar la realidad desde la voluntad de Dios y para impulsarlas a vivir conforme a esa misma voluntad. Ágabo impulsó la solidaridad de las comunidades de la dispersión para acompañar el hambre que se abatió sobre Israel, y también sostuvo a Pablo señalándole que los maltratos que le sobrevendrán (como los que a su vez padeció Jesús) no son ajenos a la “pasión” que espera a Pablo en Jerusalén.


Imagen tomada de https://santabiblia.fandom.com/es/wiki/Ágabo?file=Agabus.JPG



miércoles, 17 de diciembre de 2025

Dios, el culto y la resistencia al Evangelio

Dios, el culto y la resistencia al Evangelio

Eduardo de la Serna

 


Siguiendo una vieja tradición, originalmente Reformada, el Concilio Vaticano II repitió, haciendo propia la necesidad de que la Iglesia debe estar en continuo proceso de reforma (“semper reformanda”):

Pues mientras Cristo, «santo, inocente, inmaculado» (Hb 7,26), no conoció el pecado (cf. 2 Co 5,21), sino que vino únicamente a expiar los pecados del pueblo (cf. Hb 2,17), la Iglesia encierra en su propio seno a pecadores, y siendo al mismo tiempo santa y necesitada de purificación, avanza continuamente por la senda de la penitencia y de la renovación [Lumen Gentium 8].

Ahora bien, la reforma, siempre necesaria, no puede ser un “lifting”, un refresco de cara, una estética que muestre una juventud inexistente, o una moda. Lo que la Iglesia necesita, siempre, es reforma, renovación.

Al habar de reforma, es importante entenderlo, nos referimos a una doble tensión entre el ayer y el mañana; es imprescindible mirar los orígenes fundacionales y, desde allí, mirar la Iglesia que el mañana necesita. Esta necesidad de mirar los orígenes ya lo señalaba el teólogo Josef Ratzinger y lo ha repetido en estos días el Papa León XIV.

Pero un problema, característico de los humanos, es que al “mirar para atrás” no nos dirigimos a los orígenes, sino a los momentos que o bien conocemos, o bien consideramos una suerte de Edad de Oro; pero de momentos fundacionales se trata. Es interesante recordar, para entendernos bien, que los estudios de la historicidad cristiana han pasado por diferentes momentos, y que, desde la mitad del 1980 somos testigos de un florecimiento muy importante; los estudios sobre lo que se llama el “Jesús histórico” y, a partir de ellos, de los orígenes cristianos nos permiten, con una importante seriedad, conocer críticamente elementos que permanecían en penumbras medio siglo atrás (y, por lo tanto, en el inmediato postconcilio).

Es normal reconocer (como lo señalan los autores citados) que en el caminar de la historia se van añadiendo elementos, aspectos, conceptos que no son identitarios, que no constituyen el “ser eclesial”, y es, precisamente, esa mirada a los orígenes la que nos permite saber qué aspectos nos facilitan el camino y cuáles lo dificultan y, por lo tanto, es razonable extirparlos.

Pretendo acá señalar unos pocos aspectos que creo que se han añadido, que no son ciertamente fundacionales y, creo, además, que hoy no facilitan el mostrar el rostro de una Iglesia vital y dócil al Espíritu Santo (omitiré las citas bibliográficas que sustentan o dan más hondura a lo que señalo simplemente para facilitar la lectura, aunque, ciertamente se podrían proponer).

 

I.- Dios. Es sabido que la Biblia no es ni un GPS para ir al cielo, ni un manual de Instrucciones para la vida, sino un Dios que elige revelarse. De eso se trata. Y, como es obvio, en su pedagogía progresiva, Dios se va manifestando de acuerdo a como los humanos de cada tiempo podemos entenderlo. Ciertamente no es lo mismo hablar del “terror de Isaac” (Gen 31,42.53) o del muy frecuente Yahvé Tzeba’ot (de los ejércitos) que hablar de un Dios que se revela como “abbá”, papá de Jesús. Es interesante, además, que – obviamente para traducir un término hebreo al griego – si bien algunas veces la Biblia griega mantiene sabaôth, con mucha frecuencia lo traduce por “pantókratôr”, todopoderoso. No es menos interesante que, sabaôth se encuentra solo dos veces en el Segundo Testamento (ambas en referencias al Primer Testamento: Rom 9,29 y Sgo 5,5); pantókratôr (todopoderoso), en cambio, jamás se encuentra en el Segundo Testamento salvo en el género literario apocalíptico (9x en Apocalipsis y 1x en 2 Cor 6,18). El Dios de Jesús no es de los ejércitos ni todopoderoso, sino que es padre (y madre).

Se dirá que la relación padre – hijo en su tiempo era una relación de autoridad y, en ocasiones violencia y, por tanto, Jesús tiene hacia su padre una actitud de sumisión y de aceptación acrítica de su “voluntad / deseo / imposición”. Ciertamente Jesús tiene una clara disposición a la voluntad de Dios (a eso se refiere al hablar del reinado de Dios), y, por tanto, de obediencia, aunque, curiosamente, los términos griegos peritarjéô o hypakoúô no se encuentran en los Evangelios en referencia a Dios (a Jesús los espíritus impuros o el viento y el mar lo obedecen). Además, es interesante que en las numerosas parábolas de los Evangelios (casi 50, se dice; no importa acá saber cuáles se pueden atribuir con cierta seguridad al Jesús histórico), solo en dos de ellas se hace referencia a un padre que puede referenciar a Dios, y en ambas, ese padre es desobedecido y tratado sin honor por un hijo, pero nada de eso afecta el encuentro con el hijo. Que el padre quisiera ser obedecido no implica la negación filial del desobediente. Un tema aparte, que no podemos destacar acá, pero no puede ignorarse, es la referencia en algunas ocasiones a Dios como madre en las Escrituras. Ciertamente, la relación de los hijos (particularmente varones no niños) con la madre es muy diferente a la de la autoridad “patriarcal”. El Dios abbá es también imma.

Pero, no se puede negar que, a pesar de todo esto, el Dios “Todopoderoso” resiste y allí está, especialmente en nuestras liturgias (y más, cuanto más solemnes); y se repite una y otra vez con todas las dificultades que, además, el término tiene en nuestro lenguaje: ¿puede todo? ¿puede, pero no quiere? ¿por qué no quiere, especialmente cuando son afectadas las víctimas, es decir, sus preferidos y preferidas? Esa imagen del Todopoderoso, ¿no es útil y servicial a una Iglesia en la que el papado es Todopoderoso (en especial el papado que algunos pretenden que sea)? La única monarquía absoluta de Occidente, ¿no se referencia en el Todopoderoso? ¿No sería todo diferente si el punto de partida (porque de Dios hablamos) es un Dios abbá-imma?

 

II.- El culto. Es sabido que la crisis provocada en Israel por la destrucción del templo, la prohibición de ingreso en Jerusalén, y la desaparición del sacerdocio fue muy importante y difícil (ya lo había sido seis siglos antes cuando Babilonia también destruye la ciudad y el templo y deporta la elite sacerdotal). Para los cristianos, que se saben parte de Israel, esto también provocó una crisis; particularmente porque en el grupo de Jesús no había templo ni sacerdotes; la comunidad misma se presentaba como “templo del Espíritu Santo” (o, incluso, cada cristiana o cristiano en alguna ocasión), y los ministros eran personas, varones o mujeres, al servicio de la comunidad:  servidores de los pobres, los enfermos, los ausentes (diakonos [también mujeres, aunque el término, entonces, no tiene femenino]), ancianos o ancianas que podían orientar, especialmente a los más jóvenes (presbýteros y presbýteras) y personas encargadas de vigilar y cuidar el bien del “rebaño” (episkopos, vigilantes). La crisis condujo – como se ve en la carta a los Hebreos – a reflexionar, en una lectura espiritual, que Jesús es sacerdote. Puesto que era laico, y no al modo de Leví, debía serlo de otro modo, y la figura de Melquisedec fue de gran aporte a esa reflexión. Es sacerdote de un modo nuevo, no por nacimiento (que no lo sería) sino por la resurrección en la que entra en el único templo, por el único sacrificio (la cruz) y es único sacerdote. Como resucitado ya no muere, es “sacerdote para siempre” (a diferencia de los levíticos que dejaban de serlo al morir y eran reemplazado por otro).

Pero el culto se resistió a ser la mesa compartida. El simple pan (es muy probable que en las primeras eucaristías se celebraran solamente con pan, sin vino) parecía demasiado sencillo, y hasta pobre. Cultos excelsos, sacerdotes y sumos sacerdotes, sacrificios, inciensos, oros eran necesarios para “agradar” al Todopoderoso, templos inmensos y basílicas para el basileus (= rey) eran expresión de la dignidad imperial (por más que no se cansaran decenas de Padres de la Iglesia de repetir y actualizar las voces de los profetas sobre el culto y el lujo). Adoración al Dios lejano era casi una imposición, más allá de la mesa, el pan y los pobres. Así regresa el sacerdocio, el templo, el culto… Y que no se entienda, de ninguna manera esto como un rechazo a la celebración eucarística; sí, en todo caso, a cierto modo de celebrarla – tan diferente a la de los orígenes – o, incluso, a la negación de la mesa compartida, el pan comido, la paz otorgada, algo ausente habitualmente en adoraciones y custodias.

 

No sé si en el llamado “inconsciente colectivo” o en qué lugar de nuestro ser hay un dios, un culto que pareciera que debe ser de una manera, y, por tanto, se resiste a la novedad que aporta, trae y regala Jesús. Un Dios todopoderoso, un culto solemne, un pueblo casi ausente, una jerarquía casi celestial (al estilo Dionisio el Areopagita) no se parece demasiado a Jesús.

Curiosamente, Jesús rompe con muchos de los esquemas de su tiempo. El esquema del honor y la vergüenza, de lo que es según todos pueden observar, no se asemeja al Padre que ve en lo secreto; el esquema en el que cuanto más honorable se era, se era más importante, y entonces, se exalta a la persona con títulos o nombres añadidos: Rabí, Padre, Magno… (y monseñor, excelencia o santo padre…) no se parece al que debe colocarse en el último lugar en el banquete… Parece que algo que tenemos muy adentro se resiste a la conversión, se niega al cambio, confronta con el Evangelio. ¡Y vuelve! Y, no solamente vuelve, sino que aparece, con frecuencia, como si fuera más fiel a Jesús… Y, entonces, “¡tenemos un problema!

 

Escena de Jesús recotado en la Cena, tomada de https://www.lanacion.com.ar/sociedad/la-ultima-cena-que-sucedio-en-la-comida-final-de-jesus-y-por-que-se-recuerda-hoy-nid17042025/

martes, 16 de diciembre de 2025

Adviento 4A

José interviene para que Jesús tenga raíz en la historia






Lectura del libro de Isaías     7, 10-14

Resumen: en un contexto histórico concreto, el rey Ajaz escucha de parte de Dios la invitación a pedir una señal de parte de Dios. Pero el rey no es del agrado de Dios, se niega al pedido, y Dios mismo le da como señal un nacimiento de un rey que hará presente a Dios en medio de los suyos.


Para ser precisos, no es lo mismo lo que “dice” el texto de Isaías que hoy la liturgia propone y lo que ese texto “nos dice” a partir de la Nueva Alianza. El texto comienza con una nueva intervención de Yahvé (v.10: “Volvió Yahvé a hablar…”) y concluye en v.17, ya que en v.18 comienza una unidad enmarcada por los frecuentes “en aquel día” (cf. vv. 18.20.21.23). 

Para reforzar la idea, señala que el que habla a Ajaz, el rey, es “Yahvé”, aunque el diálogo es con Isaías (v.13). El tema parece estar radicado en el “miedo” del rey (v.16) a causa de “dos reyes”. Por los versículos anteriores sabemos que se trata de Rasón, rey de Damasco (arameo) y Pécaj, de Samaría (israelita, del norte) (cf. v.1) que han sitiado la ciudad de Jerusalén con intención de tomarla y obligar a los judeos a participar de la coalición contra Asiria (año 734). En la perícopa anterior se ha dicho al rey “Alerta, pero ten calma. No temas; que no desmaye tu corazón” (v.4). Allí Isaías le ha dicho al rey que ambos reyes, en poco tiempo, ya no serán un peligro. El rey, en cambio, parece preferir poner su confianza en el ejército asirio y planea pedirle ayuda. En este contexto encontramos el segundo oráculo (el de la liturgia de hoy): ante la duda del rey, el profeta le dice que Dios ha decidido darle un signo, el que pida, a fin de que ponga su confianza en Dios y no en el ejército asirio (v.9b).

El rey (coherentemente con lo que dice la Ley, cf. Dt 6,16) se niega a “tentar al Señor”. El profeta, entonces, pone distancia con el rey (donde antes decía “tu Dios”, v.11, ahora afirma “mi Dios”, v.13). El rey “cansa” (cf. 1,14; 16,12; 47,13 en el sentido de provocar hastío, enojo) a Dios y a los hombres. Y a raíz de eso Dios mismo le dará una señal al rey. Y esta señal viene dada por un embarazo presente (“está embarazada”). Pero la diferencia con este rey agotador está en que el que nacerá será fiel a Dios, hará presente a Dios en medio de los suyos. Siendo que 2 Re 18,7 hablando del rey Ezequías, hijo de Ajaz, afirma que “Dios estaba con él”, y que es propuesto por la literatura deuteronómica como un rey ideal (“Confió en Yahvé, Dios de Israel. Después de él no le ha habido semejante entre todos los reyes de Judá,  ni tampoco antes”, 18,5), es muy probable que el anuncio haga referencia al embarazo de la mujer del rey visto como señal de que su hijo será bien distinto que éste. Otros han pensado en el embarazo de la mujer de Isaías, profetisa también ella (cf. 8,3) lo cierto es que Dios da a su pueblo y al rey una señal que sea indicio de que está en medio suyo cuando se encuentra amenazado por los reyes enemigos. Por eso, le afirma, que antes que el niño tenga uso de razón (“sepa rehusar lo malo y elegir lo bueno”, v.15) los reyes amenazantes habrán abandonado el territorio. Pero la torpeza del rey actual hará que hasta entonces [es razonable pensar entre 13 y 20 años], este tiempo sea un tiempo duro: habrán “días como no los hubo desde” la ruptura entre el norte y el sur (v.17) y por eso el hijo tendrá comida campesina (“cuajada y miel”, v.15).

Sin embargo, este texto sufrió una interesante relectura con la cual “entró” en el N.T.

Con el paso de los tiempos, Judá ya no tenía rey, y las esperanzas pasaron a ser cada vez más “de futuro”. No se esperaba nada bueno para los tiempos próximos. Entonces, este texto (y otros) pasaron a leerse en futuro. Los verbos presentes se tradujeron al futuro para indicar que es algo que podemos esperar, pero no para nuestros días. Incluso,  para dar más sentido futuro, la joven (v.14) es cambiada a una “virgen”, para remarcar que todavía falta bastante. Así quedó reflejado en la versión griega, compuesta varios años más tarde. Y es esta versión la que conoce y a la que alude el Evangelio de Mateo en el texto de hoy. Veamos las diferencias:

Isaías (hebreo)
Isaías (griego)
Mateo
Pues bien, el Señor mismo va a darte una señal: He aquí que la joven [’almáh] está encinta y va a dar a luz un hijo, y le pondrá por nombre Emmanuel.Por esto, el Señor te dará una señal: la virgen [parthénos] estará embarazada y dará a luz un hijo al que se llamará con el nombre de Emmanuel
Mira,
la virgen [parthénos]
estará embarazada y dará a luz un hijo, al que llamarán con el nombre de Emmanuel, que se traduce “Dios con nosotros”

Como se ve, los cambios tienen su sentido en la esperanza posterior de Israel, y es de este modo que Mateo los asumirá más adelante.


Lectura de la carta de san Pablo a los cristianos de Roma     1, 1-7

Resumen: Pablo dirige su carta a una comunidad en Roma pero no se conocen mutuamente. Por eso presenta brevemente el “Evangelio” que él predica a todos los paganos. La centralidad de Cristo es ese Evangelio, y su acción en los creyentes constituidos “santos y amados” por gracia de Dios. 


La carta de Pablo a los romanos tiene una serie de características que la distinguen de las demás del Apóstol. Para empezar, se trata de la única dirigida a una comunidad que él no fundó, ni conoce. Y que tampoco lo conocen a él salvo algunos comentarios malintencionados (ver 3,8). Esto es interesante para la unidad que hoy nos presenta la liturgia. Si se presta atención a las restantes cartas, es evidente que en todas, el primer párrafo de cada carta está compuesto de las siguientes partes: Remitente(s) [generalmente con un “título”, como habitualmente “apóstol”] + destinatarios [habitualmente también con “título”, como “santos”, o “Iglesia/s”] + saludo [siempre “gracia y paz”]. Pueden verse las siete cartas auténticas de Pablo, y algunas de las escritas por sus discípulos y se verá en todas este mismo esquema:

1 Tesalonica
1 Corinto
Gálacia
2 Corinto
Pablo, Silvano y Timoteo
Pablo, llamado a ser apóstol de Cristo Jesús por voluntad de Dios, y Sóstenes, el hermano,


Pablo y Timoteo, siervos de Cristo Jesús,

Pablo, preso de Cristo Jesús, y Timoteo, el hermano,
Pablo, apóstol, no de parte de los hombres ni por mediación de hombre alguno, sino por Jesucristo y Dios Padre, que le resucitó de entre los muertos,
 2 y todos los hermanos que conmigo están,
Pablo, apóstol de Jesucristo por la voluntad de Dios, y Timoteo, el hermano,


a la Iglesia de los Tesalonicenses, en Dios Padre y en el Señor Jesucristo.2 a la Iglesia de Dios que está en Corinto: a los santificados en Cristo Jesús, llamados a ser santos, con cuantos en cualquier lugar invocan el nombre de Jesucristo, Señor nuestro, de nosotros y de ellosa todos los santos en Cristo Jesús, que están en Filipos, con los epíscopos y diáconos.
a nuestro querido amigo y colaborador Filemón,
 2 a la hermana Apfia, a nuestro compañero de armas, Arquipo, y a la Iglesia de tu casa.
a las Iglesias de Galacia.a la Iglesia de Dios que está en Corinto, con todos los santos que están en toda Acaya;
A ustedes gracia y paz. (1Tes 1:1)3 gracia a ustedes y paz de parte   de Dios, Padre nuestro, y del Señor Jesucristo. (1Co 1:1-3)2 Gracia a ustedes y paz de parte   de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo. (Fil 1:1-2)3 Gracia y paz a ustedes de parte de Dios, nuestro Padre, y del Señor Jesucristo. (Flm 1:1-3)
3 Gracia a ustedes y paz de parte de Dios, nuestro Padre, y del Señor Jesucristo, (GAL 1:1-3)
2 a ustedes gracia y paz de parte de Dios, Padre nuestro, y del Señor Jesucristo. (2Co 1:1-2)

Como se puede ver, con matices propios de cada carta, en general el esquema es el mismo, y no pasan más de tres versículos antes que toda la primera parte quede presentada. Sin embargo, en romanos recién hemos de esperar al v.7 para encontrar los destinatarios: “a todos los que están en Roma” y la “gracia y la paz”. La novedad radica, principalmente en lo que hemos señalado: Pablo no es conocido por las comunidades de Roma, y debe presentarse. Esto es lo que comienza a hacer precisamente luego de haber dado su nombre como remitente de la carta.

Pablo ha sido “enviado” (= apóstol) por Dios, ha sido “separado” (aforízô) de entre muchos “para el Evangelio de Dios” (es interesante notar que la buena noticia sea “de Dios”, como también en 15,16, mientras en 1,9 y 15,19 es “de su Hijo/ de Cristo” y por ocasiones es “mi Evangelio”, 2,16; 16,25. Probablemente pueda sintetizarse de esta manera: la buena noticia es “de Dios”, en cuanto dada por Dios; la buena noticia que se predica es “Cristo”, es decir, “la buena noticia que es Cristo”, y eso es lo que Pablo predica (mi predicación). Pero no puede dejarse de lado una doble dimensión del término: en el AT griego la Buena noticia esperada es que Dios intervendrá en la historia en favor de su pueblo (Jl 3,5; Nah 1,15; Is 40,9; 52,7; 61,1); pero en el ambiente romano (y recordar que es una carta a las comunidades romanas) la “buena noticia” está ligada al Emperador, sea la conmemoración de su nacimiento, o sus triunfos militares. En la famosa “Inscripción de Priene” se dice que Augusto:


«dio nuevo aspecto al mundo entero: éste se habría arruinado si en él, que ahora nace, no hubiese brillado una suerte común. Rectamente juzga quien en este natalicio reconoce el comienzo de la vida y de toda fuerza vital... La Providencia que gobierna toda vida colmó a este hombre de tales dotes para bien de los hombres, que nos lo envió como salvador a nosotros y a las generaciones venideras... En su aparición se han colmado las esperanzas de los antepasados; él no sólo ha sobrepujado a todos los pasados bienhechores de la humanidad, sino que hasta es imposible que surja uno mayor. El nacimiento del Dios ha introducido en el mundo la buena nueva que con él se relaciona. Con su nacimiento debe comenzar un nuevo cómputo del tiempo»

Pablo contraculturalmente afirma que la buena noticia no viene dada por el Emperador, sino por Dios y esto es la resurrección de su Hijo con lo que empiezan los nuevos tiempos (notar que Pablo no hace referencia al nacimiento de Jesús, sino a su resurrección). 

Este Evangelio, además, ya había sido anunciado por los profetas, y hace referencia a Jesús como hijo según lo prometido en las “escrituras sagradas”. 

Breve nota sobre el “hijo de Dios”. A partir de los concilios dogmáticos solemos entender la filiación de Cristo como “hijo eterno, engendrado no creado y de la misma naturaleza que el Padre”. Sin dudas que esto es lo que creemos los llamados cristianos. Pero sería anacrónico entender que esto está formulado en la Biblia (no habría habido discusiones cristológicas en los primeros siglos si así fuera). En el AT la idea de “Hijo de Dios” es polisémica (es decir, con varios sentidos). De Israel se afirma que es “hijo de Dios” (ver Ex 4,22; Os 11,1), el rey es adoptado por Dios como hijo (2 Sam 7,14; Sal 2,7), un texto claramente mitológico habla de “los hijos de Dios” que engendraron hijos con “las hijas de los hombres” (Gen 6,1-4) y con el tiempo, en textos tardíos [como Henoc, o en Qumrán] fue interpretado en el sentido de los “ángeles” (para aludir a su vez a los “ángeles caídos”; tema al que alude Jds 4 y 2 Pe 2,4 pero que cuestiona Heb 1,5 movido probablemente por su crítica al culto de los ángeles que era frecuente, cf. Col 2,18). Precisamente esta polisemia permite al NT afirmar que Jesús “es hijo”. En un primer momento influenciado por los textos mesiánicos: si el rey es hijo de Dios, por tanto Jesús lo es (1,3). Pero Pablo (o probablemente antes que él, aunque él lo profundice y aporte nuevos elementos) afirma que además, Dios “eleva” en la resurrección a Jesús a una nueva categoría de hijo (1,4). Es decir: Jesús “es” hijo por “la carne” (= hijo de David) y es “hecho hijo” por la resurrección. 

El centro de la predicación (= Evangelio) de Pablo está puesto en la resurrección de Jesús. El espíritu de Dios lleno de vida a Jesús elevándolo hasta Dios. Y “por él” recibimos –afirma Pablo- la “gracia” y el “apostolado”. La gracia es la fuerza divina, Dios que se abaja a la humanidad para elevarla. Eso ha hecho con Pablo para poder predicar el Evangelio (cf. 1 Cor 15,10). En este caso se refiere a la gracia del apostolado. De allí que a continuación explicará qué es lo que predica, cuál es su “apostolado”: “predicar… entre todos los gentiles”. Pablo no predica a judíos, sino a paganos, “entre los cuales se encuentran ustedes”, los de Roma. 

Breve nota sobre la “predicación a los paganos” de Pablo. La asamblea de Jerusalén había dejado claro que Pablo y Bernabé predicarían “a los paganos”, mientras “Santiago, Pedro y Juan” predicarían a los “circuncisos” (Gal 2,1-10). No es evidente si se refieren a “predicar a las personas paganas” o a “predicar en territorios paganos”. La ida posterior de Pedro a Antioquía, y casi seguramente a Roma, hacen posible la primera opción; pero la predicación de Pablo a personas judías hace posible la segunda (cf. 1 Cor 1,14 [cf. Hch 18,8]; 9,20). Es posible que se refieran a territorios mayoritariamente paganos y mayoritariamente judíos. Antioquía y Roma tenían una importante comunidad judía, lo que justifica la presencia de Pedro. Pablo, de todos modos, no pretende instalarse en Roma, sino solamente pasar por ella, cf. 15,24. Pero desconocemos –de todos modos- quién/es ha/n fundado la comunidad de Roma, y la proporción de gentiles y de judíos que tenían las comunidades romanas en estos tiempos ya que han pasado por diferentes momentos de conflicto.

A estos romanos, Pablo les reitera que son “santos por vocación” (lit.: “amados de Dios, llamados santos”), es decir invitados a incorporarse al pueblo santo (cf. 8,27; 11,16; 12,13; 16,2.15). Son santos y amados (cf. Col 3,12), y –ahora sí- Pablo les comunica la “gracia y la paz”.



Evangelio según san Mateo     1, 18-24

Resumen: Dios se dirige a José en sueños para expresarle que también él tiene un rol que jugar en el plan de salvación que comienza en el embarazo de María. Darle el nombre a Jesús implica poner a Jesús en el contexto de la historia, en la genealogía. Y así empieza a cumplirse todo lo anunciado por los profetas llevándolos a plenitud.


Para comprender el Evangelio de hoy es conveniente recurrir al contexto ya que –en cierta medida- se trata de la continuación de lo que le precede. Todo el cap. 1 conforma la unidad, ya que en 2,1 Jesús ha nacido y unos magos de Oriente vienen a visitarlo. Pero este cap. 1 tiene dos partes bien marcadas que aluden a lo mismo:

  • 1,1: Libro de la generación (génesis) de Jesús, el Cristo
  • 1,18: De Jesús, el Cristo, su generación (génesis) fue así:

Como en seguida diremos, la segunda parte (1,18-25) es la continuación o complementación de la primera (1,1-17). Podemos decir que toda la primera perícopa queda incompleta. Así como se encuentra, no dice nada. Teóricamente quiere mostrarnos que Jesús es “hijo de David, hijo de Abraham” (1b) pero la genealogía muestra precisamente que no lo es. Basta con ver el esquema para notar que el relato queda interrumpido e incompleto: toda la genealogía (= historia) sigue el mismo esquema: A engendró a B / B engendró a C / C engendró a D… pero al llegar a José no afirma;: “José engendró a Jesús” sino que “Jacob engendró a José, el esposo de María de la que nació Jesús, el llamado Cristo” (v.16). Podemos decir que toda la genealogía se ve frustrada ya que José no es el que ha engendrado a Jesús, y ese parece el sentido de toda la primera parte. Ahora empieza el segundo aspecto de esta “génesis”. 

Se afirma que José y María estaban casados (cosa que ya había dicho el v.16) y que María quedó encinta “por el espíritu santo”. Sin duda no es acá el espacio para el análisis histórico, sino para tratar de leer qué quiere decir Mateo en esta unidad. Sin duda quiere dejar claro, antes de empezar la narración, explicar que el embarazo de María no tiene origen humano. La reacción de José tiene dos lecturas posibles:

     1.      José sabe que él no ha sido el responsable del embarazo de su esposa y decide divorciarse de su mujer infiel; 
      2.        José sabe que el hijo tiene origen divino y no quiere ser obstáculo al plan de Dios en María, por lo que decide dar “un paso al costado”.

Hay una serie de términos que nos invitan a preferir la segunda variante:

José es “justo”, lo que implica que es “cumplidor de la voluntad de Dios”. Y no parece que sea cumplir la voluntad de Dios un simple “divorcio” ante una mujer supuestamente pecadora. No consta que hubiera apedreamiento en este tiempo, pero parece que algún tipo de manifestación pública ante el adulterio sería de esperar de un “justo”. En cambio, un justo sí puede pretender no ser obstáculo a lo que Dios está obrando en su mujer. Hay que recordar que “repudio” (v.19) no necesariamente ha de entenderse como “rechazo”, sino también es simplemente “separación” con lo cual ambos (especialmente la mujer) quedan liberados para hacer una vida independiente. 

El ángel le dice “no temas”, que no se trata de un temor en cuanto al posible engaño, sino el temor reverencial, lo que explica el deseo de José de retirarse. 

El término “porque” (gar) puede entenderse de los dos modos: “no temas, tu mujer no te ha sido infiel… no temas, porque no es otro hombre sino es el espíritu santo el que ha actuado en ella”, pero también “no temas a causa de la intervención del espíritu santo… no tengas temor reverencial porque (a causa de) la intervención sea del espíritu”. 

Leyendo el texto en este sentido, el ángel no le dice una verdad que José ignoraba sino que lo invita a seguir junto a María ya que también José tiene un rol: “tú le pondrás por nombre Jesús” (v.21). Habitualmente el nombre lo elegía la madre (Gen 29,31-30,24; 35,18; 1 Sam 1,20), a veces el padre (Gen 16,15; 17,19; Ex 2,22) y en tiempos del N.T. le era impuesto al hijo en la circuncisión, al octavo día (Lc 1,59; 2,21), y como sabemos en este caso (como en el de Juan), el nombre es elegido por Dios (v.21; cf. Lc 1,13.31).

Los sueños (onar) como revelación de Dios ocupan un lugar importante en Mateo (cf. 1,20; 2,12.13.19; 27,19 [sólo aquí en todo el NT]) y en cierto modo recuerdan la relación de otro José, también hijo de Jacob, con los sueños en Gen 40 y 41. 

Lo cierto, y aquí lo fundamental, es que este José, “hijo de David” (v.20) recibe el encargo de tomar a María y darle nombre al hijo por nacer. Desde ahora será “Jesús, hijo de José” (cf. Lc 3,23). Pero entonces, al “darle el nombre” (= dar el apellido), Jesús pasa a completar la genealogía que estaba trunca, ahora también él es “hijo de David”, y esta es su “génesis”.

Mateo relee ahora el texto de Isaías 7 que hemos comentado más arriba. Es muy frecuente en todo su Evangelio destacar el “cumplimiento” (plêroô) de lo dicho por los profetas (1,22; 2,15.17.23; 3,15; 4,14; 5,17; 8,17; 12,17; 13,35; 21,4; 26,54.56; 27,9; en Marcos, en cambio, sólo ocurre una vez, 14,49; y dos en Lucas: 4,21; 24,44). Mateo quiere mostrar a su comunidad que la Iglesia es el Israel fiel que da plenitud (plêroô) a las Escrituras porque en Jesús, sus palabras y obras, han alcanzado dicha plenitud. Por otra parte es interesante notar que las diferentes escenas de los relatos de la historia previas al ministerio de Jesús son jalonados por sendos cumplimientos de las Escrituras.

El relato termina con un versículo, omitido en la liturgia, que viene a reforzar lo que ya sabemos: durante el tiempo que vivieron esperando el nacimiento de Jesús, José y María no tuvieron relaciones sexuales (v.25). Con esto el autor quiere reforzar lo antedicho: este nacimiento ocurre sin intervención humana. No hace referencia concreta a la vida de ambos después de este momento que es lo único que le interesa señalar.



Foto tomada de www.elciudadano.cl