Para estas fechas, tan cercanas a
la Navidad, empiezan a llegar, por los medios más diversos, distintos mensajes,
textos, oraciones y demás cosas. Y, debo confesar, de la inmensa mayoría de
ellos, me encuentro en las antípodas.
Antes de señalar algunos aspectos,
quiero destacar algo que me parece muy importante… Que yo no me siento cerca de
ellos no implica (o, al menos, no necesariamente y no pretendo destacarlo), que
tal cosa sea negativa o cuestionable. Pero, eso a su vez indica – por mi parte –
que tampoco acepto que cuestionen lo que yo entiendo es preferible. La
diferencia y la comunión deberían caracterizar toda eclesialidad. Ciertamente,
no “todo vale”, “no todo edifica” repite Pablo, pero no soy yo quien crea tener
autoridad para decir “¡esto no!”
En mi adolescencia había en mi
casa, y leí, un libro muy interesante, de Juan Arias, “El Dios en quien no creo”.
No pretendo aquí ni repetirlo ni complementarlo; simplemente, partiendo de su
idea, señalar algunos aspectos de aquello en lo que no creo y dar algunas
razones.
Y, nuevamente, otro paréntesis:
lamentablemente, en la sociedad contemporánea, no creo que sirva “presentar
razones”, ya que las razones no son razonadas… lo que cuenta y lo que es
aceptado o rechazado es lo que “siento”, y, por tanto, si en lo que cuestionaré,
alguno siente positivamente, creo que lo que yo diga será simplemente
rechazado. Pero no me parece sensato dejar de decirlo…
Creo que hay una serie de cosas
que se conjugan en lo que decimos de Dios, o de Jesús… Por un lado, si algo
realmente Jesús lo dijo o hizo (o los Evangelios dicen que dijo o hizo). Por
supuesto que eso no es todo… queda la pregunta, siempre razonable si tal o cual
cosa hoy y acá, Jesús la diría. Ya entramos en otro terreno, porque no basta
con pensar que “me gustaría” que hoy y acá dijera o hiciera tal cosa… (en otras
ocasiones he señalado que habitualmente eso de “Jesús (u otra persona) hoy diría
o haría” suele reflejar lo que “yo” diría o haría… lo cual es bastante
sospechoso).
Creo que un criterio razonable es
partir de Jesús (de lo que sabemos de Jesús) y, en coherencia con eso, mirar
seriamente nuestra realidad. Eso significa ser “honrados con lo real”, porque
mucho de lo que tenemos que ver es desagradable, es violento, es pecado.
Otro elemento, creo que
fundamental, es partir de lo que somos, quienes somos (no es lo mismo si somos
madres o padres, que si catequistas, curas, diáconos, obispos…) lo cual
significa, a su vez, una responsabilidad con personas. Como curas, por ejemplo,
tenemos una responsabilidad pastoral y, siguiendo la metáfora, una
responsabilidad de cuidar la comunidad, de alimentarla, atender a las personas débiles,
orientar a las descarriadas… Y, siguiendo el ejemplo bíblico, el ambiente está
lleno de “malos pastores” que se apacientan a sí mismos, que se alimentan del
rebaño, que no cuidan su vida, que huyen ante el peligro…
En lo personal, no creo en un
Dios que manda rayos benéficos de misericordia, sí en uno que nos compromete a
ser misericordiosos como es misericordioso el Padre. No creo en un Dios que
manda carismas sanadores para tener bienestar, trabajo o salud, sí en uno que
nos compromete a ser artesanos de la paz, trabajadores por la justicia,
militantes de la vida. No creo en un Dios que manda golosinas dulces, bellas y
hermosas sino en uno que nace en medio del estiércol, que es perseguido y
calumniado y termina su vida asesinado en una cruz.
Debo confesar que escucho cosas dulces, piadosas y románticas con olor navideño y mi sensación es que Jesús no está allí. Escucho videítos de sanadores que “en nombre de Jesús” mandan salud y bienestar y quiero gritar que ese no es ni así hace las cosas Jesús. Y me pregunto por qué para la simpleza superficial resulta todo “tan fácil” … si hay maldad, muerte, violencia, es el diablo, que debe ser exorcizado; si hay paz, pan y trabajo es el padre orador y sanador… Claro que, en ese caso, queda la pregunta ¿por qué sigue habiendo maldad, injusticia, mentira, violencia, muerte? ¿por qué Dios necesita instrumentos específicos (y que, con frecuencia se enriquecen con ello) para hacer llegar su sanación, pseudo-liberación y bienestar? Recuerdo una vez al querido Jon Sobrino decir irónicamente “- Yo creo en los milagros… lo que no entiendo es ¡por qué hay tan pocos!” Y, así, resulta que, como todo lo hace una suerte de Dios titiritero por sus instrumentos sanadores o exorcistas, o por las golosinas del espíritu, que ya no tenemos el compromiso militante de seguir las huellas de Jesús, no necesitamos eso de “cargar la cruz”, de buscar el reino y su justicia, de saber que “si a mi me persiguieron los perseguirán a ustedes”. Pero no, aplaudimos tarjetitas y tic toc piadosos y dulzones, llenamos los cultos de curas liberadores de los males y demonios (y nos liberamos de unos cuantos pesos también), y, para más, miramos raro a quienes militan las luchas por la paz, la justicia y la liberación verdadera. Y olvidamos aquello de “Ay de ustedes cuando todos los aplaudan… como a los falsos profetas”.
En fin, el Dios en quien no creo
es el que suele tener éxito en estas navidades, y en momentos duros; en cambio,
en la opresión de Augusto y la violencia de Herodes, el estiércol del pesebre y
la ausencia de signos extraordinarios, nace un niño. La clave está en los
pañales.
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