miércoles, 14 de enero de 2026

Reitero: María Magdalena ¡no fue prostituta!

Reitero: María Magdalena ¡no fue prostituta!

Eduardo de la Serna



En un reciente texto quise ilustrar sobre la importancia de las fuentes cuando de historia se habla. Quise destacar que el primer paso debe ser saber con la mayor verosimilitud posible si algo había o no ocurrido; después, por supuesto, sigue el paso del análisis, el por qué, cómo, cuándo, para qué, etc. Pero sin fuentes serias (y lo señalaba para destacar que muchos – ¿la mayoría? – hoy se “informan” (sic) con poca o nula seriedad) cualquier paso posterior queda “en el aire”, sin sustento, sin raíces. Y, sólo para ilustrar el tema, conté una anécdota de una clase en la que yo explicaba que María Magdalena no había sido prostituta. Y, acá el tema, curiosamente, muchos me cuestionaron o preguntaron sobre esto, tema que, aclaro, hoy no está en discusión en ambientes académicos. Así que voy a decir muy brevemente, algo sobre este tema (y remitir a algún material de consulta).

Insisto en el punto de partida: ¡las fuentes! Si nos preguntamos sobre el personaje histórico de María Magdalena (personaje del que nadie discute seriamente su existencia histórica) la pregunta primera es ¿de dónde nos informamos sobre ella para hablar? La superficialidad contemporánea hace que se acepte lo que “me gusta” y no lo que, con mayor o menor seriedad, podemos saber o no sobre algo. Los Evangelios (incluso los apócrifos) no tienen una pretensión histórica, es obvio; quieren comunicar una “buena noticia”, constituyen una predicación, y, particularmente, sobre Jesús, el Cristo. Y todo - ¡todo! – está en función de esa predicación, incluso el rol que desempeñan allí los personajes, Pedro, la Virgen María, el discípulo amado y ¡María Magdalena!

Un tema a destacar, y lo señalo brevemente, porque hace a la cuestión, es que esa predicación, que constituyen los Evangelios, con el paso del tiempo fue leída de dos maneras (no contradictorias): espiritual e histórica. La proliferación de evangelios “espirituales”, particularmente gnósticos, especialmente en Egipto, a partir del s. II fue notablemente importante, por un lado; y los intentos de “llenar los baches” históricos que (aparentemente) los evangelios tenían, narrando acontecimientos ausentes, particularmente, de la infancia y “vida oculta” de Jesús para completar la “historia”, son ejemplo de estos. Pero, destaquemos, estos evangelios se nutren por un lado de lecturas y relecturas bíblicas (podrían multiplicarse los ejemplos, pero nos alejaríamos del tema) y también de leyendas. El principal tema – y acá lo importante – es que los textos se comenzaron a alejar de la intención original de Marcos primero, y de los restantes evangelistas después, mal entendiendo “¡qué es un Evangelio!”

Precisamente, cuando la lectura empezó a tener una tendencia más histórica que teológica, había que “completar” lo faltante, y pongo un par de ejemplos: ¿quién es el Discípulo Amado? El Evangelio de Juan – el único que lo menciona – no dice absolutamente nada de él, entonces, por decantación “debía” ser Juan. Otra, las listas de los Doce no coinciden del todo, entonces se “unieron” y, así, Tadeo se unió al “otro Judas” y llegamos a Judas Tadeo; nada de esto encontramos en los Evangelios. Pues eso mismo ocurre con María Magdalena.

Como se puede ver sencillamente, salvo el texto de Lucas 8,1-3, María sólo se encuentra en los relatos de la Pascua. Es interesante, además, que salvo la escena del Evangelio de Juan referida a la Madre de Jesús al pie de la cruz, en todos los textos, la Magdalena se encuentra mencionada en primer lugar, con todo lo importante que eso significa en los textos: ¡era importante! Pero, como los textos no dicen nada más, había que “rellenar”, y puesto que hay una mujer anónima que unge a Jesús, aunque en Juan esa mujer es María de Betania, y en Lucas – con modificaciones importantes – es una “pecadora en la ciudad”. Además, hay un texto, también de una mujer anónima sorprendida en adulterio a la que pretenden apedrear. Fue así que, con el tiempo, se fueron integrando todas estas mujeres en una sola, la Magdalena (hasta el punto que María “de Magdala” era también María “de Betania”, sic).

Como lo que nos dice Lucas 8,2 es que de María Magdalena habían “salido” (no dice “expulsado”, que es el verbo habitual) siete demonios, san Ambrosio lo interpreta en clave de los “siete pecados capitales”, ¡la totalmente pecadora! De ahí a prostituta no había más que un paso.

Los textos tardíos no son unánimes y los hay de diferente tipo: modelo de castidad (después de su conversión), modelo de conversión (como san Agustín en varón), apóstola de los apóstoles y hasta enamorada (o novia) de Jesús, pero el de ex prostituta fue cada vez más el hegemónico.

A modo de nuevo ejemplo, señalo, también brevemente, la lectura del gnosticismo y los evangelios (ss. II-IV): para empezar, es de notar que, precisamente por gnósticos, estos evangelios rechazan todo lo “carnal”, lo institucional, lo que cuenta es lo espiritual, y, entonces, concentran lo primero en Pedro, “la institución” que contrasta con “la sabiduría” (Sofía, en griego), a la que verán ejemplificada en la Magdalena. Con matices cada uno, o hasta diferencias importantes, todos estos destacarán a María con diferentes roles o lugares importantes en la “vida” de Jesús (es acá que se inspira Dan Brown para El Código Da Vinci y el rol de Sofía, por ejemplo, más allá de la obvia deformación histórica, propio de una novela, no de un documento histórico).

Pocas, si alguna, ha trabajado y estudiado tanto y tan bien a María Magdalena como Carmen Bernabé (1957). Desde su tesis doctoral (María Magdalena, tradiciones en el cristianismo primitivo, Estella: Verbo Divino 1994) a nuestros días (¿Qué se sabe de… María Magdalena?, Estella: Verbo Divino 2020) no ha dejado de profundizar en sus estudios sobre ella. Incluso, “con temor y temblor”, con mi amiga Consuelo Vélez, escribimos sobre María Magdalena en un libro reciente de homenaje a Carmen Bernabé (“María Magdalena, primera evangelizadora”, en E. Aldave y C. Gil (eds.), Voces Bíblicas olvidadas y recordadas. Ensayos de exégesis con perspectiva de género. Libro homenaje a Carmen Bernabé Ubieta, Estella: Verbo Divino 2024, 99-116). En sus trabajos de puede ver con claridad y seriedad cómo fue variando la lectura del personaje y su presentación “histórica”. También hay muchísima bibliografía además de la de Carmen, por cierto.

Cuando los estudios bíblicos adquirieron “carta de ciudadanía” en la Iglesia católica romana, es decir, cuando se dejó de lado la lectura espiritual neo-platónica, casi instantáneamente la figura de la Magdalena “cambió de rostro”.

Notemos, por ejemplo, el ritual de la misa De María Magdalena antes del Concilio, y el actual (antes de la iniciativa del papa Francisco sobre el tema la cual señalaremos):

En el título, se señala que María Magdalena es “Penitente” y la oración inicial dice:

«Te suplicamos, Señor, por la intercesión de la bienaventurada María Magdalena, por cuyas oraciones resucitaste después de cuatro días a Lázaro, su hermano…»

Y la lectura de la misa es Lucas 7,36-50, es decir, el texto de la mujer pecadora en la ciudad (de la que no se dice más que eso, pecadora, pero suele concluirse que ese pecado público es la prostitución, e, irónicamente, nos hemos preguntado por qué se supone prostitución y no, por ejemplo, que era usurera) …

Como se ve: Penitente, hermana de Lázaro y “prostituta” era la característica. En cambio, si miramos la oración de la misa renovada desde el Concilio, allí dice:

Señor, Dios nuestro,

Cristo, tu Unigénito, confió, antes que a nadie,

a María Magdalena la misión de anunciar a los suyos la alegría pascual;

concédenos a nosotros, por intercesión y el ejemplo

de aquella cuya fiesta celebramos,

anunciar siempre a Cristo resucitado

y verle un día glorioso en el Reino de los cielos.

Por nuestro Señor Jesucristo.

Como se ve, el enfoque ha cambiado totalmente. Como se sabe, además, el Papa Francisco modificó el status litúrgico de María Magdalena, que de ser celebración optativa pasó a obligatoria y, ahora, es tenida como fiesta al mismo nivel de los demás apóstoles retomando el tradicional título de Magdalena “Apóstola de los apóstoles”.

Es evidente que la pereza reinante hace que muchos, catequistas, pastores, comunicadores repitan lo que “siempre se hizo así”. Para más, al ilustrar suele recurrirse a imágenes tradicionales que la presentan sin velo, con la cabellera expuesta, como “toda prostituta” debiera tener. Y, a pesar que desde que los estudios bíblicos son fundamentales en la Iglesia (1943), y desde que la liturgia renovada (1965) ya nadie seriamente lo afirma, pues se sigue repitiendo: pecadora arrepentida, prostituta penitente… Sin embargo, hasta en el muy limitado bíblicamente documento conclusivo del Sínodo de la Sinodalidad, se añadió al borrador originario, que “la Iglesia la reconoce como Apóstola de los apóstoles” (#13 [el texto italiano dice “Apostola” mientras que la versión castellana dice “apóstol” (sic)]). Así concluíamos con Consuelo nuestro texto:

Hemos visto que, en la iglesia católica, por siglos, se habló de María Magdalena promovidos más por preconceptos que por lo que la Biblia nos dice de ella. De María importaba su cuerpo (incluso cuando también se la pretendió mostrar como pareja de Jesús), no su discipulado ejemplar. Hoy nadie podría negar la enorme centralidad de esta apóstola sin manifestar al menos ignorancia (114)


Imagen de María Magdalena (con velo) tomada de https://www.vaticannews.va/es/iglesia/news/2020-07/maria-magdalena-apostola-de-la-mas-grande-esperanza.html

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