jueves, 10 de septiembre de 2020

Lo bueno y lo malo


Lo bueno, lo malo… lo peor


Eduardo de la Serna



Suele ser una especie de “pecado” de curas, y de los que los (nos) siguen, medir todas, o casi todas las cosas como “buenas” o “malas”. En ocasiones eso es sensato, en ocasiones conveniente, en ocasiones parcial y en otras asfixiante… Además, queda siempre pendiente cuál es el criterio o la medida para afirmar que algo es bueno o malo. Por ejemplo, si el criterio es “el Evangelio” (lo cual sería sensato en el caso de los curas) no se puede ignorar que ese tal no es el criterio para todos: indígenas, agnósticos, judíos, musulmanes, ateos y demás no tendrán en cuenta el Evangelio; a lo sumo (y por la tolerancia es de esperar que sí), lo respetarán, pero no tienen por qué seguirlo. Algunos han pensado una suerte de “moral universal” tomando en cuenta las normas ecuménicas de todas las religiones y grupos humanos, por ejemplo, en relación a la vida, la propiedad, la verdad… Y seguramente sea sensato ahondar en esa dirección si lo que se busca es un universal de convivencia.

Pero también hay que anotar en el debe que en muchas ocasiones ese criterio de base (el que fuere) es mirado por algunos de un modo fundamentalista, lo cual hace imposible todo diálogo o encuentro. Y hay fundamentalismos en todos, absolutamente todos, los espacios de dizque pensamiento, a pesar que si algo caracteriza los fundamentalismos es la ausencia de razón en nombre de la misma.

Teniendo esto en cuenta, creo que es sensato pensar en orden a evaluar, en orden a decidir, en orden a actuar o en orden a cuestionar o criticar.

La prensa: es de esperar que en el periodismo haya diferentes miradas y, por tanto, diferentes criterios a la hora de evaluar. Es de desear que pueda actuar en total libertad para investigar e informar. Es conveniente para la convivencia, aunque no siempre sea placentero para los afectados, que la prensa pueda denunciar, explicitar cosas que evalúa injustas, corruptas, falsas. Ayuda a formar opinión a los destinatarios, o a cuestionar o limitar la propia. Pero puede ocurrir, ¡ocurre!, que la investigación no sea tal, la información no sea veraz, o que se disimulen o tapen lo que no beneficia a empresas, amigos o aportantes. Pero en este caso no se entra en la libertad de prensa sino en la libertad de empresa, al decir de muchos. La prensa dejó de serlo (aunque publique) y se ha transformado en un ámbito de presión o de poder. Ella misma se ha negado en su ser y sentido: no es la verdad, o una mirada sobre la misma, lo que cuenta.

La oposición: es de esperar que en todo sistema social de convivencia haya quienes se oponen a algo, a mucho o a casi todo. Y es sano que así sea. Especialmente porque pueden aportar otra mirada, pueden denunciar lo errado o corrupto, pueden ayudar a mejorar proyectos o hasta impedir algunos que entienden perjudiciales para el conjunto de la sociedad. Para ello cuenta con los instrumentos que la misma sociedad le provee: desde la búsqueda de consensos opositores, el debate expuesto que puede permitir alguna corrección, o hasta la ausencia a fin de evitar un debate por no cumplimentarse el mínimo necesario (quorum). Hay momentos o ámbitos en los cuales el consenso entre oficialismo y oposición son necesarios y fundamentales (por ejemplo, decisiones que requieren 2/3 de las voluntades) que pueden permitir diálogos y acuerdos. Pero puede ocurrir, ¡ocurre!, que la oposición sea sistemática, y la búsqueda de obstaculizar sea absoluta y total. Paralizar los espacios de diálogo y encuentro no es “oponerse”, ¡no los hay! Cuando no hay voluntad de parlamentar, esa tal oposición pretende actuar como oficialismo y, por tanto, ha negado su ser y sentido.

El oficialismo: en un espacio de consulta y decisiones, un grupo suele ser elegido mayoritariamente para la conducción. Es justo, entonces, entender que la dirección que pretende imprimir responde a lo decidido por la mayoría. Es lo oficial; y es sensato que quienes no fueron elegidos (la oposición) reconozca que – al menos por un tiempo – esa tal es la dirección que la mayoría propone y no debería obstaculizarla. Sí procurar mejorarla, evitar corrupciones y demás. Pero el oficialismo es el elegido para imprimir y marcar un rumbo. Pero puede ocurrir, ¡y ocurre!, que el oficialismo sea elegido por indicar que se dirigirá en una dirección que después no transita, con lo cual los consultados se ven defraudados y engañados. O puede ocurrir, ¡y ocurre!, que el oficialismo procura transformarse en la única voz (dictado) sin escuchar, sin aceptar contrapropuestas, correcciones, limitaciones o críticas. Cuando tampoco aquí hay diálogo, por la mentira o por el autoritarismo, se ha perdido el sentido y el ser.

Y podríamos seguir. Los ámbitos son incontables: Podemos ver con claridad la distancia entre el ser, el deber ser y el no-ser lo que se debiera en muchos espacios: los sindicatos, que debieran ser espacios de defensa de los trabajadores y no de negociación a sus espaldas; los empresarios, que debieran ser gestores de empresas que producen y dan trabajo y pagan sus impuestos, y no órganos de poder y fuga de capitales en beneficio propio y no de la empresa; las fuerzas de seguridad, que deberían proteger a la población de un modo transparente y con la ley “en la mano” y no ser espacios de presión y negociados; la Iglesia, que debiera ser una comunidad que quiere vivir el amor mutuo, empezando por los pobres, y mostrarse por ello, y no una institución de poder que exige o impide, por ejemplo leyes o propuestas.

Lo bueno y lo malo, o hasta lo peor pareciera que podemos descubrirlo de la mano del sentido y el ser de cada quien y su fidelidad a ello o su negativa o perversión. Al menos para conseguir todos, todas, todes una “buena” o “mala” convivencia.


foto tomada de https://www.pikist.com/free-photo-ibens/es

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