martes, 1 de septiembre de 2026

comentario a las lecturas del domingo 23º "A"

Jesús está vivo y presente en medio de su comunidad de hermanos

DOMINGO VIGESIMOTERCERO - "A"

Eduardo de la Serna




Lectura de Ezequiel     33, 7-9

Resumen: La casi seguridad de que no será escuchado por los destinatarios puede llevar al profeta a la tentación de no hablar. Dios quiere que el pueblo sepa que Dios no ha callado y por eso exige al profeta que no deje de advertir porque en ese caso será responsable de la no conversión de su pueblo.


Ezequiel corre un serio riesgo en su ministerio profético. Ya desde su misma vocación sabe que probablemente no será escuchado (2,5.7; 3,11); que muchos irán a oírlo como quien escucha un cantante (33,32), pero no se sienten por ello exigidos a un cambio de conducta (3,7) ya que su predicación es dura: “lamentaciones, gemidos y ayes” (2,10). Por tanto, ¿tiene sentido predicar allí donde sabemos que no seremos escuchados? El texto litúrgico de hoy viene a dar respuesta a esta tentación del profeta.

El texto es una repetición idéntica del que encontramos en el contexto de la vocación de Ezequiel (3,17-19).

Dios habla a su pueblo por medio del profeta (2,4), y esa es la responsabilidad de Ezequiel. Notar, de paso, que el texto no dice qué es lo que el profeta dirá. En este caso no es eso lo importante, sino que el pueblo sepa que “hubo un profeta” (2,5). Es decir, no podrán decir que Dios se desentendió de ellos. Dios habló, ellos no escucharon. Pero, precisamente por esto, el profeta “debe” hablar, ya que si no lo hiciera parecería que Dios no lo hizo. 

Es en este contexto que ha de entenderse la imagen del vigía: “cuando oigas una palabra de mi boca” (33,7 // 3,17). Lo más probable es que el “malvado” no lo escuche (en el ejemplo no se hace referencia al cambio de conducta del “malvado”, algo que pareciera no haber ocurrido) pero si la persistencia en la maldad se debe a su “mala conducta”, él mismo es el responsable, pero si no lo hiciera porque el profeta calló, también éste es responsable por no haberlo advertido. En cambio, si el profeta – centinela se dirige al “malvado” invitándolo de parte de Dios a un cambio de conducta, queda liberado de responsabilidad ante la falta de conversión ya que habló conforme a su encargo.

Hay – entonces – una relación entre el profeta y el pueblo. Aquel es responsable. No es responsable de la respuesta, pero sí de advertir o no. “Advertir” es término frecuente en Ezequiel. El verbo tiene que ver con la “interpretación” que hace el profeta (cf. Ex 18,20; 2 Re 6,10; 2 Cr 19,10), con lo que no se transforma en un mero “vocero” sino en un intérprete de la voluntad de Dios en la historia conflictiva de su pueblo. 

Saber discernir la voluntad de Dios y expresarla en voz clara al pueblo es tarea del profeta, aunque sepa con seguridad que no será escuchado, y que - por lo tanto - "el malvado" no cambiará su conducta.


Lectura de la carta de san Pablo a los cristianos de Roma     13, 8-10

Resumen: en un contexto práctico, Pablo sintetiza toda la carta – en la que confrontó con la ley – que todo se hace pleno en el amor al prójimo en el que toda la ley alcanza su plenitud.


Pablo – lo hemos dicho días anteriores – presenta una serie de invitaciones a vivir de una manera coherente con lo que es la predicación del Evangelio. Salvando algunos puntos, lo hace tomando elementos que ha desarrollado en otras cartas (ya que no parece conocer demasiado la realidad de la comunidad de Roma que es una Iglesia que él no ha fundado). 

El imperativo (“deber”) se dirige al “amor mutuo” (ver 1 Tes 3,12; 4,9; Ga 5,13) con lo que – evidentemente – se dirige a una comunidad (no a una persona). La unidad empieza (v.8) y termina (v.10) con la referencia al cumplimiento (plêroô / plêrôma) de la “ley” (nomos, Gal 5,14; Rom 8,4). En el centro se ejemplifica con la presentación de algunos preceptos de esa ley (no adulterar, matar, robar o codiciar) con los que se alude a todos (y los demás). Este “amor” al que se invita – siguiendo la tradición que remite a Jesús (cf. Mc 12,28-31) sin embargo no refiere aquí al amor “a Dios” sino “al prójimo” (v.9). El prójimo (plêsíon) en la Biblia hebrea se refiere al miembro de la comunidad de Israel (cf. Lev 19). Pablo utiliza muy pocas veces el término (x4, de los que x3 se encuentran en este contexto [Rom 13,9.10; Ga 5,14], la restante [15,2] se encuentra en el contexto de la “edificación” mutua). Siendo que en la Biblia hebrea “prójimo” es sinónimo de “hermano”, es conveniente ver en qué sentido utiliza Pablo este término que sí es frecuente en sus escritos (x118). El “hermano” es “aquel por quien Cristo murió” (Rom 14,13-15). Y ya había señalado (5,6) que “murió por los impíos”, los “pecadores” (5,8), “por nuestros pecados” (1 Cor 15,3), “por todos” (2 Cor 5,14). Este prójimo, entonces, se refiere a la humanidad entera y no a un grupo en particular.

No es este el momento de preguntar por qué Pablo – ¡el fariseo! – parece omitir el amor a Dios, el cual ciertamente no ignora (aunque prefiere hablar del amor “de Dios”, cf. 5,5; 8,39). Para Pablo la respuesta a Dios se manifiesta visiblemente en el amor al prójimo en el que se plenifica toda la ley. De todos modos notemos: Pablo es más “cristo-lógico” que “teo-lógico”; a Dios, como buen judío, se lo descubre y ama en la historia (humana y de salvación); y si bien el “amor a Dios” no es un destacado tema paulino (pero cf. 1 Cor 8,3; Ga 4,9) – insistimos, como buen judío - sí lo es el “conocer a Dios” (conocer no es algo racional, sino “existencial” y se asemeja con frecuencia a “amor”; cf. Rom 1,21; 10,2; 1 Cor 1,21; 2 Cor 10,5; Gal 4,8…).



Evangelio según san Mateo     18, 15-20

Resumen: dos elementos señala Mateo de la vida de la comunidad, uno relacionado al hermano que peca y la actitud que se ha de tomar con él, para lo que se ha de buscar “ganarlo como hermano”, y otro el del pequeño grupo de se reúne “en mi nombre” con la presencia de Jesús en medio de ellos.


El capítulo 18 de Mateo es muy importante: presenta lo que podríamos llamar la “praxis eclesiástica”. Invita a tener en cuenta cómo actuar en el seno de la comunidad eclesial. Una serie de textos lo destacan: tener la actitud de los niños, no escandalizar, buscar la “oveja perdida”, etc… Los términos clave en este sentido son “pequeños” (o “pequeño que cree en mí”): vv.6.10.14 y “hermano” (= miembro de la comunidad creyente): vv. 15.21.35 es decir, se refiere al modo de obrar (especialmente por parte de quienes tienen una responsabilidad) con los miembros de la comunidad. 

En el texto litúrgico nos encontramos con dos breves textos que aluden a este comportamiento: 

  1. La actitud frente al “hermano” que “peca” (¿contra ti?, así lo dicen muchos manuscritos importantes, pero parece influido por Lc 17,4) [vv.15-18]. 
  2. La oración de la comunidad [vv.19-20]

1.- La actitud frente al pecador parece contradecir la actitud del pastor que debe buscar la oveja perdida (vv. 12-14). Quizás Mateo quiera señalar que ambas actitudes han de tenerse. De todos modos la contradicción no es plena ya que la oveja y el hermano han de buscarse. 

El tema es característico de la Biblia: como lo que cuenta es el “hermano”, no se lo ha de humillar, por lo que primero se ha de hacer una corrección personal (cf. Lev 19,17). En caso de persistir, los testigos (se cita Dt 19,15) garantizarán la veracidad del “pecado”. Finalmente, la “iglesia” deberá ser garante del hecho [notar que aquí y en 16,16 encontramos el término “iglesia” por única vez en los evangelios, el contexto es semejante]. Si “hasta” a la iglesia desoye será tenido como “gentil o publicano”.

Notemos, sin embargo, algunos elementos importantes:

Mateo no presenta un “manual metodológico de disciplina”, sino los criterios a seguir dentro de la comunidad. El acento está puesto en “ganar al hermano” (v.15). El pecado pone en riesgo la fraternidad, la rompe. “Ganar” al hermano es posibilitarle que se restaure la relación que constituye al grupo de Jesús (el pedido de perdón continúa en la unidad siguiente y se reitera que se ha de perdonar siempre, vv.21-35). Con el pecado, el miembro de la Iglesia estaba a punto de abandonarla, y al “ganarlo” se lo ha reinsertado en ella.

Reconocer al “pecador” como “gentil o publicano” sin dudas implica saber que ese tal se encuentra “fuera” de la comunidad, pero es alguien a quien se debe buscar que “entre” (no son miembros de la comunidad, cf. 5,46.47; pero cf. 9,10; 10,3; 11,19; 21,31; 24,14; 25,32; 28,19). 

Con ciertas diferencias, en Qumrán se encuentran textos que – de todos modos – tienen semejanza con esto (aunque no incluyen la “reprensión” en privado):

“Toda infracción que un hombre comete contra la Ley y su prójimo la ve y él está solo: si es un asunto capital el testigo lo denunciará en presencia del trasgresor al vigilante con reprensión, y el vigilante lo escribirá de su propia mano hasta que él lo cometa de nuevo en presencia de uno solo [= sin testigos] y éste lo denuncie al vigilante; si él recae por tercera vez y es sorprendido en presencia de uno solo, su juicio está completo; pero si son dos los que testifican sobre un asunto el culpable será separado del alimento puro, con tal que los testigos sean fidedignos y que cada uno lo denuncie al Vigilante el mismo día que lo presencia” (Documento de Damasco 9,17-23)
“Un hombre reprenderá a su prójimo con verdad, humildad y amor misericordioso para con el hombre. Que no hable a su hermano con ira o murmurando. O con insubordinación, o con la envidia provocada por el mal espíritu; que no le odie de su corazón; pero que en el día mismo le reprenda y no incurra en culpa por su causa. Y, además, que nadie introduzca contra su prójimo una acusación ante los Numerosos que no vaya con reprensión ante testigos” (Regla de la Comunidad 5,24-6,1).

Es importante notar la conclusión (que es paralela a lo que se había dicho a Pedro, al “atar y desatar”, dicha en este caso de la “iglesia”). La decisión tomada por la Iglesia con respecto al “hermano que peca” es una decisión que Dios (= el cielo) confirma.

Sin embargo, y a diferencia de Qumrán, es la comunidad (y no "los jefes") y es el cuidado atento y afectivo del hermano lo que debe guiar constantemente a todos.

2.- El texto pasa aparentemente a la oración, al pedido común aunque se trate de un grupo “pequeño” [es importante recordar que la comunidad de Mateo parece un “pequeño” grupo entre los judíos de Antioquía, con lo que – una vez más – Mateo quiere reforzar el ánimo de los suyos]. 

El tema central, también frecuente en Mateo, es que Jesús una vez resucitado, no se ha alejado de su comunidad: es “Dios con nosotros” (1,23) sigue entre los suyos “hasta el fin del mundo” (28,20), y debe ser visto entre los discípulos (10,40), y entre los pobres (25,40)… En la oración del pequeño grupo también se hace presente el resucitado.

También este tema se encuentra en los escritos judíos:

 Rabí Ananías decía… si dos están juntos, y la palabra de la Toráh está entre ellos, la shekiná (= la presencia de Dios) está en medio de ellos” (Misná, Abot 3,2)

 

Sin embargo, el contexto y cierta semejanza gramatical nos invita a leer el texto en continuidad con lo anterior: se repite "en verdad les digo" (vv.18 y 19), nuevamente se alude a los "dos" (vv.16,19) y nuevamente se refiere a "la tierra" y "el cielo" (vv.18.19). Así Jesús confirma a la comunidad, por pequeña que sea, que él está en medio de ella y lo que ella decida (atar o desatar) queda refrendado por el mismo Jesús que está presente. La oración, entonces, sería la actitud de confianza de la presencia de Jesús en las decisiones disciplinarias de la comunidad.


el video del Evangelio de en
https://youtu.be/0p3jUcGxazs
o también en
https://blogeduopp1.blogspot.com/2023/09/video-con-comentario-al-evangelio-del.html




Dibujo tomado de locoracion.blogspot.com

jueves, 27 de agosto de 2026

Ser ciudadanos del Cielo

Ser ciudadanos del Cielo

Eduardo de la Serna



La palabra “cielo” (en hebreo, frecuentemente, en plural, “cielos”; aunque en griego se prefiera el singular) se encuentra muchas veces en la Biblia [en hebreo 421 veces y en griego 955 veces]. El término parece significar, originalmente, “lo que está encima”, por ejemplo, de las aguas. Y se utiliza de modos y sentidos muy diversos. En algunas lenguas semitas, incluso, es nombre de alguna divinidad.

A modo, simplemente de ejemplo, se usa para hacer alusión a “las aves de los cielos”, es decir a lo que llamaríamos “espacio”, “atmósfera” o “firmamento”. O, también muy frecuentemente, para hacer referencia a la totalidad, se alude a dos extremos: “Dios creó los cielos y la tierra” (obviamente significa “todo”, es decir, también las aguas, por ejemplo; como cuando se dice “a derecha e izquierda” o “cuando me siento o me levanto” … es un uso retórico que le llama “merismo”).

A nivel simbólico, el cielo suele presentarse como el “lugar” donde Dios habita, su “morada. En ese sentido, digamos brevemente, el templo (también visto como “casa de Dios”) es como un “otro cielo”. Puesto que, para muchas culturas, la idea es que Dios está “arriba”, obviamente, “los cielos” son “el lugar” imaginable. Y, por eso, con muchísima frecuencia, en la Biblia (especialmente en los escritos posteriores al exilio) decir “cielos” es sinónimo de decir “Dios” (como cuando Mateo dice “reino de los cielos”, quiere decir “reino de Dios”).

En este sentido, en el judaísmo tardío (entendiendo como diferentes moradas que se van acercando al Trono) se ha hablado de siete cielos; en el “séptimo cielo” habitan los ángeles principales que allí pueden ver a Dios.

Pero en muchos ambientes griego (el platonismo, por ejemplo) el tema se mira de diferente manera, y es importante distinguirlo: cielo y tierra indican dos modos de ser, como cuerpo y alma, como sabio y necio. La persona sabia se “eleva”, sale de la “prisión”, que es su “cuerpo”, y se dirige al “cielo”, la ciudad verdadera. Por ejemplo, Clemente (nacido a mitad del siglo II y fallecido a comienzos del s. III), un importante escritor cristiano y neo-platónico, escribe:

«Si nos convertimos en oyentes de la Palabra, glorificamos la bendita economía, que es la manera en que el hombre es educado como un hijo de Dios, y es hecho ciudadano del cielo mientras es educado en la tierra, y recibe como Padre en el cielo a Aquel a quien el hombre llega a conocer en la tierra. La Palabra comprende, enseña y explica todo» (Clemente de Alejandría, Pedagogo XII. 99).

Valga todo esto para preguntarnos qué quiere decir Pablo al afirmar que los cristianos somos “ciudadanos del cielo” (Filipenses 3,20).

Sabemos que, en su cultura y mentalidad, Pablo era judío y no griego (aunque hablara el griego, por cierto). Leyendo a Pablo de un modo griego se corre el riesgo de entender que los cristianos deben “abandonar el mundo”, casi exiliarse, desentenderse de las “cosas mundanas”, porque su “ciudadanía” está en “las cosas de Dios”. Pero Pablo no tiene ese dualismo, sin duda. En su ambiente greco-romano, lo deseado era ser “ciudadano romano” ya que eso daba un honor y un prestigio inigualables; ser “fieles al César”, gozar de sus beneficios. Pablo subvierte este esquema imperial; para él lo valorable no es lo que está por encima (como el Emperador), sino lo que está “abajo” (como Jesús, el que se “abajó”; Filipenses 2,7), en el “humus” (humildad). Ironizando podríamos decir que para Pablo no se trata de un “campeonato” a ver quién está más arriba, si Dios o el César, sino el desafío de aprender a mirar con los ojos de Dios, quien ensalza al que se humilla y humilla al que se ensalza.

En Pablo, la palabra “cielo” (en singular, porque escribe en griego, como dijimos) no es tan frecuente. Se encuentra solamente 11 veces. Es como el lugar desde el que bajará” Cristo cuando vuelva (aunque Pablo imagina haber sido arrebatado hasta el “tercer cielo” [2 Cor 12,2]). Aquel de quien esperamos la vida, los beneficios (= gracia), en quien ponemos la confianza (= fe) no es en el Emperador; es por eso que somos “ciudadanos del cielo”, es decir atentos a las cosas de Dios, no a las del César. Y esto, para Pablo, implica una vida totalmente subversiva desde una perspectiva imperial. Nuestra mirada no está puesta en Roma, sino en Jesús, el crucificado (por Roma); lo que nos mueve no es el esquema de ser patrones o clientes, sino “ciudadanos del Evangelio” (Filipenses 1,27); una “buena noticia” que no son ni los triunfos militares ni las alabanzas al Emperador (así era usada en el Imperio la palabra “Evangelio”) sino que es una predicación feliz de que Dios está siempre dando vida a los últimos y despreciados, a los crucificados. Ser ciudadanos del cielo, entonces, es militar activamente en favor de la vida plena de los descartados, de las víctimas, confrontando con las ideologías dominantes que proponen vencedores y vencidos. Ser ciudadanos del cielo, entonces, es aceptar el desafío de vivir contra-culturalmente, el desafío de reconocer en los demás, no potenciales enemigos, sino verdaderas hermanas y hermanos, hijos del Dios Padre y Madre y, también, repitiendo a Pablo, saber reconocer que todas las cosas que se nos proponen como valiosas, como excelsas:

todo (eso) lo considero pérdida comparado con el bien supremo de conocer a Cristo Jesús mi Señor; por él doy todo por perdido y lo considero estiércol con tal de ganarme a Cristo (Filipenses 3,8).

 

Imagen tomada de https://www.religiondigital.org/religion-_biblia_y_hermeneutica_latinoamericana/Servir-amar-sacramento-subversivo_7_2327537225.html

martes, 25 de agosto de 2026

La Palabra de Dios, la obediencia… la libertad

La Palabra de Dios, la obediencia… la libertad

Eduardo de la Serna



El término griego hypakóê suele traducirse por “obediencia” (akuô, escuchar “hacia”), lo que es razonable ya que el término castellano proviene del latín ob (lo que está enfrente) audire (escuchar, oír). Ahora bien, una lectura literalista parece entender que lo que debe ocurrir es una “obediencia” acrítica”, una suerte de relación amo-esclavo. Nada que pensar, nada que analizar, nada que discutir, simplemente ¡actuar en consecuencia! Para más, en ese sentido, lo que Dios nos comunica son “mandamientos”, es decir algo que Él ha “mandado” lo cual, evidentemente, se debe “obedecer”.

No se debería negar que mucho de esto acá señalado se puede concluir de textos bíblicos, pero sería, por lo menos fundamentalista, quedarnos solo en un texto o un par de ellos. El Dios de la Biblia es uno que se va revelando, pedagógicamente, progresivamente, y, “en cristiano”, un Dios que se nos muestra “en Jesús”. Sin ser exhaustivo, pretendo aportar algunos elementos para entender la “obediencia” cristiana partiendo de textos bíblicos.

Para comenzar, el término griego tiene su ambigüedad. Veamos un simple ejemplo: Pedro golpea la puerta de casa de María y “lo escuchó” (hypakoúô) una muchacha llamada Rode (Hch 12,13). Es decir, ella reacciona ante lo que escucha. En los evangelios sinópticos, en los relatos de la llamada “tempestad calmada” se repite que a Jesús “el viento y el mar le obedecen” (Mc 4,41p). Evidentemente, en estos casos el sentido no es el habitual.

Hay algunos elementos que nos permiten otra mirada…

  •       Siendo coherente con textos del Antiguo Testamento, Jesús da el mandamiento” del amor, pero ¿se puede “mandar” el amor? ¿No es un acto libre, voluntario que surge de una decisión personal?
  •       La insistencia de Jesús en el “reinado de Dios” implica la realización de su voluntad, como incluso se repite en el Padrenuestro de Mateo: “¡hágase tu voluntad!” Claro que la clave radica en “conocer dicha voluntad”.
  •       Un elemento complicado y fascinante está dado en ¿cómo se escucha la “voluntad de Dios”? En la Biblia los profetas son quienes dicen “así dice el Señor”, pero también sabemos que con muchísima frecuencia hay quienes dicen que hablan en nombre de Dios, pero Dios no les ha dicho nada (Dt 18,20) … En este caso, la clave radica en el discernimiento; la clave radica en una “sensata interpretación” (y por eso, por inseguridad seguramente, el fundamentalismo afirma que no hay nada que interpretar sino simplemente “obedecer”). Jesús, incluso (en Mateo) replica: “han oído que se dijo … pero yo les digo”; es decir “un dicho” no necesariamente es “el último”, el “definitivo” …

Pretendo aquí mirar brevemente algunos textos:

En el Evangelio de San Mateo Jesús narra la parábola más simple de las que encontramos en sus dichos: un padre tenía dos hijos y le pide a cada uno de ellos que vayan a trabajar a la viña. El primero reacciona negativamente, pero finalmente va, mientras que el segundo, al contrario, dice que irá, pero finalmente no lo hace. “¿Cuál de los dos hizo la voluntad de su padre?” (21,31). Obviamente, hacer la voluntad es obrar en consecuencia. Pero no podemos ignorar que este padre en nada se parece al autoritario patriarca que castiga de modo ejemplar al “desobediente” (que, además, en un primer momento sería el primero). En este caso, hacer la voluntad, “obedecer” simplemente constata un dato. Y esto, en el texto, está dicho a raíz de aquellas y aquellos que “escucharon” a Juan y le creyeron o no, en un claro contraste entre prostitutas y cobradores de impuestos que si le creyeron, frente a sumos sacerdotes y ancianos del pueblo que no lo hicieron. Y creerle a Juan implica, en este caso, aceptar que Jesús era “el que ha de venir”, el “más fuerte” que “bautizará con Espíritu Santo y fuego”.

En la carta a Filemón, Pablo se dirige a su amigo diciéndole que sabe que tiene autoridad, libertad (parrêsía) para mandarle, pero prefiere exhortarlo en nombre del amor que lo caracteriza (vv.8-9). Y luego de darle una serie de sugerencias finaliza diciendo que “confiado en tu obediencia / docilidad (hypakoê) te escribo sabiendo que harás más que lo que te digo” (v.21). Obviamente Pablo ha dicho una serie de cosas (que Onésimo – un esclavo que se había fugado – sea tratado como un hermano) pero “sabe” que Filemón obrará conforme a lo escuchado, y que “hará más” todavía.

Es interesante que la carta a los Romanos, en la que Pablo destaca la centralidad de la “gracia”, la recepción libre y gratuita del actuar de Dios en nosotros, de su generosidad, está marcada en el comienzo y el final con la idea de la “obediencia de la fe”: por Jesús “recibimos la gracia y el apostolado, para la obediencia de la fe a gloria de su nombre entre todos los gentiles” (1,5), lo que es “un misterio (…) manifestado al presente, por la Escrituras que lo predicen, por disposición del Dios eterno, dado a conocer a todos los gentiles para obediencia de la fe” (16,26). Señalemos que – como es propio en Pablo – el aspecto que quiere señalar es la incorporación por la fe de los no-judíos (gentiles) a la comunidad del Pueblo de Dios. La fe es, evidentemente la clave en esto, es la recepción, la vida que se afirma en la propuesta de Dios (la fe en Pablo no es algo racional que puede aceptarse o no, sino una vida que se afirma o no en Dios mismo; tal es el sentido del sustantivo hebreo “amén”).

Vayan estos ejemplos para extraer una primera conclusión. Ciertamente, para una comunidad creyente Dios es su punto de partida. Pero no un Dios que indica caminos, que anuncia castigos o premios. Jesús nos revela un Dios que es Papá / Mamá de sus hijos e hijas que son también amigos y amigas. Conocer a un Dios que se ha manifestado en Jesús nos revela un espacio de humanidad. Se trata de conocer (escuchar) lo que nos constituye más humanos, mejor humanos, pero no repitiendo esquemas, palabras o modelos, sino pensando, mesurando, interpretando… Por ejemplo, en nuestros días muchos proponen reaccionar ante la violencia con una violencia mayor. Jesús propone romper desde la raíz esta espiral de violencia. ¿Cuál es nuestra respuesta? Y no creo que deba darse porque “obedecemos” al pie de la letra poniendo la otra mejilla, sino porque escuchando la propuesta de Jesús, estamos convencidos, creemos firmemente, que “ojo por ojo, el mundo terminará ciego” (Gandhi), que “la violencia de la no violencia” es “desarmada y desarmante”. La “obediencia” no radica en hacer “a la letra” lo dicho – en este caso – por Jesús, sino en pensar, investigar, analizar, debatir, discernir, rezar y quedar convencidos que es superadora, que, en este caso, es una mejor respuesta a la violencia.

Obedecer a Dios no se trata de no pensar sino todo lo contrario. De pensar con mucha seriedad para “actuar en consecuencia” frente a la realidad que también debe ser pensada (sería terrible creer en un Dios que nos da “recetas”). Escuchar a un Dios amigo, Padre/Madre, no es insensato para los creyentes, pero sí es insensato no pensar. El fundamentalismo entiende que no hay nada que investigar, se trata sencillamente de “obedecer”. Otros creemos que la “obediencia” es pensar seriamente la realidad y seriamente el Dios de Jesús (un oído en el pueblo y otro en el Evangelio) … y, habiendo escuchado, proponer lo que suponemos mejor, pero a su vez en escucha de otros que también tienen sus propuestas… ¡es que creemos que también en ellos Dios puede decir una palabra! Ironicemos diciendo que, si no respetamos un proceso de diálogo, de tiempo, de reflexión y nos quedamos con “lo primero” (por ejemplo, por seguir una “receta”) terminaríamos aplaudiendo al hijo que dijo “sí”, y no fue, y condenando al que dijo “no” pero finalmente fue a trabajar a la viña. Y la viña se quedaría sin frutos…

 

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Comentario a las lecturas del domingo 22º "A"

El contraste con Pedro es camino de discipulado

DOMINGO VIGESIMOSEGUNDO - "A"




Eduardo de la Serna




Lectura del libro del profeta Jeremías     20, 7-9

Resumen: En un texto dirigido a Dios, Jeremías se lamenta del mensaje terrible que debe pronunciar al pueblo, y responsabiliza a Dios por haberlo engañado y arrastrado violentamente a esa misión.



En el libro del profeta Jeremías hay una serie de textos autobiográficos a los que con frecuencia – y quizás no demasiada precisión – se los ha llamado “Confesiones”, inspirado el título en san Agustín. Son, en realidad, un progresivo lamento a Dios por la situación violenta que padece el profeta a causa de su ministerio (cf. 11,18-12,6; 15,10-21; 17,12-18; 18,18-23; 20,7-18). Puesto que su anuncio es muy duro (se aproximan amenazantes los babilonios y Jeremías anuncia “destrucción” y “terror” como castigo de Dios por haber abandonado su alianza) él es sumamente criticado, maltratado y en ocasiones se busca su muerte. Podemos decir que en su vida, Jeremías la pasa muy mal, y esto es por “culpa” de Dios que lo ha llamado como profeta a anunciar desolación. Es en este contexto donde ha de leerse el texto litúrgico.

El lamento de Jeremías, en este caso, se encuentra en 20,7-18 y en la liturgia se lee sólo la primera parte.

Lo primero que afirma el profeta, en un texto dirigido a Dios (por tanto entramos en un nuevo horizonte ya que habitualmente en los textos proféticos es Dios el que habla por intermedio del profeta) es que Dios lo ha “seducido” (petitanî). El verbo indica un uso de la fuerza hacia una víctima, particularmente sexual (cf. Ex 22,15; Job 31,9) pero también se dice del engaño (Dt 11,16; Sal 78,36; Pr 1,10; que también puede ser sexual, cf. Jue 14,15; 16,5) como por ejemplo el de los falsos profetas (1 Re 22,19-23; Ez 14,9). El verbo vuelve a encontrarse en v.10 y allí la connotación parece nuevamente sexual aunque en este caso de dice no de Dios sino de parte de los enemigos. El verbo “agarrar” (hazaq) también se utiliza en el sentido de violencia sexual (Dt 22,25; 2 Sam 13,11; Pr 7,13). El culpable de esta violación al profeta es Dios que le ha encargado profetizar contra el pueblo. Y es precisamente ese pueblo el que ejerce violencia contra el profeta. A la violencia se agregan las burlas. El profeta quisiera no tener que predicar ya que no es agradable lo que debe decir, pero no puede callar. El texto presenta, así, un Dios engañador (en otra de las “confesiones” lo ha llamado “espejismo”, 15,18) en quien no es posible confiar que no es mejor que los “amigos” de Jeremías, quienes lo traicionan. La angustia del profeta es total y parece estar dirigiendo a Dios su lamento desesperado con la intención de moverlo a actuar en su favor. Su crisis interior se manifiesta puesto que siente en su propio interior incapacidad de callar aquello que debe decir a su pueblo de parte de Dios. El contenido de la predicación, que realiza a los “gritos” y con “clamor” (gritos de angustia) es “violencia” y “destrucción”. 

El Dios que se manifiesta como “fuego que consume” (Ex 24,17; Dt 4,24; 9,3; Is 33,14) recibe en Jeremías esa imagen hablando de su palabra (Jer 5,14; 23,29). Y ese fuego está encendido en su corazón (la sede de las decisiones) y prendido en los huesos, en su más profunda interioridad. Imposible librarse.



Lectura de la carta de san Pablo a los cristianos de Roma     12, 1-2

Resumen: Comenzando la parte final de la carta a los Romanos, Pablo los exhorta – como un sacrificio – a una vida que no se amolde al tiempo, sino que sepa vivir plenamente la novedad del Evangelio.



Como muchas de las cartas paulinas, después de una primera parte “teórica”, o doctrinal, le sigue una parte “práctica”, parenética. Es frecuente que esta esté introducida por el verbo “exhortar” (parakalô) (cf. 2 Cor 10,1; Fil 4,2; Ef 4,1; 1 Tes 4,1). Sin embargo, cabe una pregunta, en esta ocasión – que los diferentes autores disienten al responder – siendo que la comunidad romana es una comunidad que Pablo no ha fundado, que no los conoce ni lo conocen, esta es ¿qué autoridad afirma Pablo tener con los romanos para exhortar a un modo de vida concreto?, ¿qué conoce realmente Pablo de los romanos como para aconsejar o exigir un comportamiento concreto? Es probable que aquello a lo que el apóstol exhorta sea a un comportamiento más bien general, como consecuencias evidentes de todo lo que ha venido diciendo (y que en algunos momentos parece inspirado en lo que ha dicho en las cartas anteriores, teniendo en cuenta que Romanos es la última carta de Pablo). Propiamente hablando parakalô tiene una serie importante de significados: exhortar, animar, pedir, invitar, solicitar, consolar, dar coraje, confortar… pero de ninguna manera es “mandar”, “exigir”, “conminar” u “obligar” (de allí también el vocativo “hermanos”, muy frecuente en las secciones exhortativas de las cartas); el lenguaje es igualitario. Es la actitud de un padre o una madre (cf. 1 Cor 4,14-15; 2 Cor 6,13; 12,14-15; Gal 4,19; 1 Tes 2,7.11; cf. Flm 8-9). Si Pablo ha hablado de la gracia (Rom 1-11) ahora hablará de la “gracia en acto”. 


La invitación a ofrecer “los cuerpos” debe entenderse – como en 6,13 – en el sentido de ofrecerse a sí mismos (cf. 1 Cor 6,20; Fil 1,20). Y esta auto-donación de sí se presenta como “sacrificio [thysían] vivo [zôsan], santo [hagían] y grato [euarestón] a Dios. El sacrificio es habitualmente animal (el verbo tiene su raíz en el humo aludiendo a la parte de la ofrenda que se quemaba para los dioses). Pablo jamás hace referencia a la muerte de Cristo como “sacrificio”, pero lo utiliza – como aquí – para aludir a la vida de los cristianos (cf. Fil 2,17; 4,18). Aquí lo califica de vivo (lo cual es una contradicción ya que el sacrificio es muerte), santo y grato a Dios. Esta vida así entendida es presentada como “liturgia espiritual” (logikên latreias). El término griego “logikós (cf. 1 Pe 2,2) puede entenderse como algo “conveniente” (en relación a Dios, como es el caso; el término viene de logos y puede significar “razonable”). La latría es propiamente servicio a Dios (no necesariamente litúrgico, cf. 1,9). Pero este servicio es calificado de “logikós”, el cristiano está llamado a vivir su vida de un modo razonable con la fe y la gracia de las que Pablo ha hablado en los capítulos anteriores. 
  
Para ejemplificar esto, Pablo recurre a dos elementos, uno negativo (no se conformen) y uno positivo (transfórmense). “Conformarse” es un verbo raro (solo aquí y en 1 Pe 1,14), refiere a tomar un molde, un esquema preestablecido (sysjêmatizô) y tiene connotación moral, es configurarse según un modelo que, en este caso, se evalúa negativo, y se refiere a “este tiempo” (aiôn). Este tiempo, en este caso, no se refiere a un elemento temporal sino a un modo de vivir “de los contemporáneos” (cf. 8,18; 2 Cor 4,17). Al estar “en Cristo” el cristiano pertenece a un “nuevo tiempo” (cf. 8,1-2; 2 Cor 5,17; Gal 6,15).

A continuación presenta la misma idea pero desde una mirada positiva. Transformarse mediante la renovación de la mente. Si no se ha de “conformarse” al tiempo, se ha de “transformarse” (metamorfousthe) en un cambio fundamental, una re-novación (anakainôsis) que se supone continua, de toda la vida. La “mente” (nous) es importante – y frecuentemente se encuentra junto con logikós – y Pablo la había usado en 11,34 citando Is 40,13 donde el término hebreo ruah (= espíritu) fue traducido al griego por “nous”, mente; Pablo habló de la “mente de Dios”, la interioridad de Dios, el modo de juzgar divino y de ver la historia. En este caso eso permitirá reconocer (dokimazô, juzgar, evaluar, saber reconocer o distinguir lo verdadero de lo falso) “la voluntad de Dios” (cf. 2,18; Fil 1,10). Siendo que Pablo – en toda la carta – confronta con la Ley, no referirá a esta como “la voluntad de Dios”, cf. 1 Tes 5,21: “examínenlo (dokimazô) todo y quédense con lo bueno”. Los tres elementos que se afirmaron del sacrificio se replican aquí: lo bueno, lo que le agrada (se repite allí y aquí), lo perfecto. Lo “bueno” (único de los tres con artículo) parece ser lo que atraerá los demás (cf. 12,9.17.21; 13,3.4). Lo perfecto (teleios) alude precisamente al nuevo tiempo, cf. 1 Cor 2,6; 13,10; Fil 3,15). Es precisamente a esta plenitud de vida a la que exhortará a sus lectores. 



Evangelio según san Mateo     16, 21-27

Resumen: dirigido primero a Pedro, en contraste con aquel que es “piedra” fundamental, se le señala que es como Satanás, alguien que impide a Jesús seguir el camino de Jesús poniéndose delante. Luego, a los discípulos, se del dice que para serlo verdaderamente, no solamente se ha de seguir a Jesús, sino que se ha de negarse a sí mismo, y evaluar sensatamente el valor de la propia vida.



Hemos comentado la primera parte de este texto con cierto detalle en un artículo bíblico sobre “Pedro” que se encuentra en nuestro primer blog (http://blogeduopp.blogspot.com.ar/2014/06/pedro-en-los-sinopticos.html). Presentamos aquí los elementos principales y remitimos allí para los que deseen más detalles.

Este texto ha de leerse en paralelo antitéticamente con el evangelio de la semana pasada (“tú eres Pedro…”) ya que se complementan mutuamente. Es esquema es evidente:


Reacción de Pedro a lo dicho por Jesús
Sobrenombre dado a Simón
Comparación con una piedra
Lo que inspira a Pedro 
Lo que no inspira a Pedro
Tú eres 
el Cristo…
Tú eres Pedro…
Sobre esta piedra edificaré…
(te ha revelado) “sino” mi Padre que está en los cielos
No te lo ha revelado la carne ni la sangre (= seres humanos)
Lejos de ti, Señor, esto no te sucederá
Satanás
Escándalo eres para mí
(tus pensamientos) “sino” de los seres humanos
Tus pensamientos no son los de Dios
 


El rol de Pedro en la Iglesia, del que hablaba el Evangelio de la semana pasada, le había sido dado porque Pedro se dejó inspirar por Dios, de allí que fuera proclamado “bienaventurado” y la metáfora de la piedra es la de una piedra sobre la que se edifica. Pero en este caso – y sin duda, la figura de Pedro va en ambas direcciones – no se ha dejado inspirar por Dios sino por sus propios pensamientos, y en este caso es una “piedra de tropiezo”. La frase “¡quítate!”, “¡vete!” (hypage) es la misma que Jesús le dirigió al diablo en las tentaciones (4,10). 

Obviamente la referencia a Satanás es metafórica, le dice “quítate de mi vista” (o “vete detrás de mí”, vade retro) con lo que se lo invita a tener la actitud del discípulo, que camina detrás del maestro y no ponerse delante impidiendo el camino de Jesús, que es camino a la cruz. 

Entonces” Jesús se dirige a todos proponiendo un criterio diferente a aquel que guía a Pedro: “tomar la cruz”, que es – evidentemente – lo que lo ha movilizado a hablar, con criterios humanos. Eso es lo que ha de hacer quien “va detrás” de Jesús, quien lo sigue (y no quien se pone delante). No sólo Jesús será matado (es interesante que no dice que será en la cruz) sino que la cruz es lo que debe cargar quien quiera ser discípulo. 

El término “negarse” (aparnéomai) se encuentra sólo una vez en la biblia griega en un contexto de rechazo a la idolatría (Is 31,7) y fuera de eso, solamente en los sinópticos, pero generalmente referido a las “negaciones” de Pedro (26,34.35.75). Pedro es – en este caso -  todo lo contrario de lo que acá Jesús afirma, es quien niega a Jesús, no quien se niega a sí mismo, Pedro niega la cruz.

La segunda parte del texto es bastante semejante a Marcos. Parecieran una serie de dichos de Jesús agrupados en torno a un mismo argumento: seguir a Jesús. Los que tengan el compromiso de seguir a Jesús (“si alguno quiere”) deben “negarse a sí mismo”, “cargar”, “seguir”. El seguimiento de un maestro que se encamina cada vez más de cerca a la muerte es el destino que espera a sus discípulos. 

Salvar la vida y perderla y – luego – ganar y perder el mundo o el alma / vida es un paralelismo antitético evidente. Te trata de evaluar lo que vale más, de arriesgar o perder la vida y quedar o no fuera de la vida que Jesús trae. Ganar la vida es ser capaces de arriesgarla. Se trata de un encontrar inesperado, un descubrimiento. Perder o encontrar la “psyjê” (alma vida) no ha de entenderse en sentido dualista, propio del mundo griego. Se trata de la vida misma. El “mundo” (no ha de entenderse en sentido joánico en el que se trata de un ambiente perverso y adverso a Jesús) aquí es lo que aparece como aquello que impide al discípulo seguir a Jesús. El sentido es escatológico.



El video con comentario al Evangelio en
también lo podés ver en

lunes, 24 de agosto de 2026

La vida sin o con sentido

La vida sin o con sentido

Eduardo de la Serna

 


Quizás un “Signo de los Tiempos”, de nuestros tiempos, sea un elemento que aporta la estadística contemporánea:

 

  1.      La mayor causa de muertes por causas no naturales en Argentina y otros países es el suicidio. Incluso en un buque de guerra lleno de “Marines”, es decir, personas preparadas para matar (y eventualmente morir), sin embargo, lo que preocupa es la tasa de suicidios como los ocurridos en los portaaviones Abraham Lincoln y George Washington (2026). Lo mismo ocurre dentro de las fuerzas de Seguridad en Argentina, como ha reconocido recientemente la ministra de Seguridad 

  2.       Es notable en el mundo entero la importante baja de natalidad. Si en 1950 la tasa mundial era de 5 hijos por mujer, en la actualidad se ha reducido a 2,1. En Argentina se ha pasado de unos 777.000 nacimientos en 2014 a cerca de 413.000 en 2025.

 

Me parece evidente que ambos elementos son “multicausales”. Sólo desde la ignorancia o la caricatura (cosas pazguatas que caracterizan, lamentablemente, a más de un presidente en América Latina, como el argentino, por ejemplo) se puede señalar un aspecto, ignorando otros, y sin mirar, además, elementos fundamentales (por ejemplo, el descenso de maternidad por parte de mujeres adolescentes [en Argentina cayó más del 60%], lo que, ciertamente, parece positivo).

 

Pero, para empezar, (y teniendo claro que para pensarlo acabadamente se debería hacer un profundo análisis de causas, culturas, ambientes sociológicos, psicológicos, económicos…) pareciera que el tema central es “la vida”, el sentido de la vida, o, quizás, la falta de sentido.

 

Vivir, ¿para qué vivir? ¿cómo vivir? Una vez alguien dijo: “la vida no tiene sentido… ¡nosotros debemos dárselo!”. Sentido es dirección, ¿a dónde queremos dirigirnos?

 

  1.       Es posible que esa intención sobrepase nuestras capacidades y, por tanto, lo que sobrevenga es la frustración. Veamos: en muchos ambientes populares, la sensación de fracaso personal lleva a proyectar en los hijos un futuro ideal: jugadores de fútbol, modelos, artistas… [cosas reflejadas en la canción “Princesa”, de Joan M. Serrat, o el capítulo “El último héroe”, en la serie Los Simuladores]; algo que prácticamente nadie logrará, ciertamente. Resulta sensato, por tanto, que las metas propuestas sean sensatas, alcanzables.

  2.       Pero también, muchas veces, quizás por la misma experiencia frustrante, que las metas sean excesivamente bajas, sólo sobrevivir. Ser pusilánime o timorato conlleva bajar los brazos, ni siquiera intentar. 

    Y, debemos reconocerlo, ambas cosas, la frustración por no alcanzar la meta, o la actitud de ni siquiera proponérselo, son sumamente convenientes para quienes, por ejemplo, no quieren que las cosas cambien. Enfrentar un rebaño que se deja conducir acríticamente, sin fuerza ni voluntad, sin coraje ni entusiasmo es, sin duda alguna, lo ideal para mandantes y poderosos.

  3. Por otro lado, estamos habituados a ver en la gran usina de publicidad imperial, que es el cine, que la historia la puede cambiar una persona sola si acepta que “¡tú puedes!” y si es Rambo, un Duro de matar o, mejor aún Superman o Super chica… Ideal para la frustración, por cierto, para quienes experimentamos cotidianamente nuestros límites, nuestras incapacidades…

El individualismo (¡tan vigente desde lo político a lo religioso!) es, probablemente, el gran enemigo del cambio. Cambio necesario ¡y urgente!, señalémoslo. La historia es colectiva, comunitaria, social. Por eso es humana. Por eso ese sentido – dirección no es un camino solitario sino una peregrinación, un pueblo que camina. Y es el pueblo el hacedor de historia. Ciertamente de nosotros depende que “hagamos historia” o que “otros” la hagan. Pero – repitámoslo – de “nosotros”, no de “mí”, de “tú” o de “él”. Nosotros es pueblo, es comunidad. Y “vida” es lucha y conflicto, encuentro y abrazo, vida es frustraciones y felicidad, vida es también muerte. Vida es amor, y eso siempre, ¡necesariamente!, implica otros y otras. “Solo se trata de vivir”.


Vaya este texto iluminador para pensar todo esto:

 

La historia es necesaria porque no podemos vivir sin universo de pertenencia. El ser humano es una búsqueda de sí en el mundo, deseo de vida colectivo, de reconocerse como parte de una totalidad. Justamente, cuando Émile Durkheim estudia el suicidio, entre las motivaciones de fondo propone el exceso o la falta de pertenencia, el exceso de presencia de la sociedad en el individuo o la falta de puntos de referencia, el altruismo o la anomia. Una perspectiva que encontramos en muchos autores, corrientes y literatura, también hallamos en la famosa frase que pronuncia André Malraux en su novela ‘Camino de Reyes’: “uno se mata para existir”, uno se va para hacerse un lugar en la sociedad que lo ignora o sobrepasa, en un mundo que no me reconoce tal como soy. Ser parte de un todo, sentirse integrado, de la forma y manera que cada uno considere, es indispensable para el ser humano. Aunque las relaciones sociales se construyan sobre la base de un distanciamiento social que llamamos serial, ese contexto que impone la distancia puede cada vez ser superado para volver a encontrar la propia pertenencia. No hay que olvidar que la dinámica de inclusión y exclusión está siempre presente en la vida cotidiana de la sociedad. [Claudio Tognonato, _Kairós._ Unidad y multiplicidad de la condición humana, Barcelona: Calambur (2025) p.35]


Imagen tomada de https://elatril.dominicos.org/articulos/pura-impureza/

Comentario al Evangelio del domingo 22º A

Comentario al Evangelio del domingo 22º A


o también en

https://youtu.be/JLCRAKzfWA8

Eduardo


PS. por lo que veo no aparece soincronizado el video y la voz, coisa que desconozco por qué (pareciera algo del youtube y no sé cómo solucionarlo. ¡Disculpas!)

jueves, 20 de agosto de 2026

Los “pobres de espíritu”

Los “pobres de espíritu”

Eduardo de la Serna



En las fascinantes bienaventuranzas del Evangelio de Mateo encontramos, ¡y en primer lugar!, mencionados a los “pobres de espíritu” de quienes se nos dice que de ellos “es el reino de los Cielos”.

Lamentablemente, con mucha frecuencia, este añadido “de espíritu” se ha prestado a malos entendidos que merecen nuestra precisión. Inclusive, de un modo extraño y totalmente falso, se ha llegado a decir que “en todo el Nuevo Testamento” los pobres son “de espíritu”, lo cual no tiene ningún fundamento, por cierto (no aparece en "todo el NuevoTestamento" sino solamente ¡una vez!). Para ser precisos, el término “pobres” (en griego ptôjos; hay otros términos para aludir a los pobres, pero este es el que se señala en este texto) se encuentra 158 veces en la Biblia (34 veces en el Nuevo Testamento) y sólo aquí, por única vez, como decimois, se habla de pobres “de espíritu”. Ciertamente sería muy extraño que lo que se encuentra una sola y única vez sea una supuesta clave de interpretación de todos los demás textos; especialmente de aquellos que desconocen la idea. La bienaventuranza en Lucas, por ejemplo, se refiere a los que son pobres concretos, los que tienen necesidad (ver Lc 6,20).

Lo razonable es intentar entender de qué habla Mateo cuando usa esta imagen. Y lo primero a descubrir es que, en las bienaventuranzas, hay algunos elementos importantes de señalar. Todo parece indicar que estas eran originalmente ocho, pero la situación de la comunidad provocó que se añadiera una novena. Esta, la última, es bastante semejante a la octava (referencia a los perseguidos); hay en la comunidad un contexto de persecución que se ve todo a lo largo del Evangelio y que provocó que a las ocho bienaventuranzas originales se añadiera, repitiendo, para fortalecer a la comunidad, el sostén de Dios a quienes son perseguidos… De hecho, la primera y la octava terminan del mismo modo y en tiempo presente: “es el reino de los cielos”. En las restantes, su conclusión es en futuro. Esto permite entender que la novena es añadida.

Lo siguiente que es razonable señalar es que, por un lado, las bienaventuranzas son un clásico modo sapiencial de dirigirse a un grupo al cual se felicita por su modo de vivir. Sería semejante a pedir “un aplauso para…” quienes hacen tales cosas; cosa que, a su vez, frecuentemente tiene la contraparte, el abucheo, “pobres de aquellos que…” La razón de la felicitación, en este caso, es mostrar cómo las mira Dios. ¿Cómo mira Dios a los mansos, a los que lloran ante la persecución, a los que tienen hambre y sed de Justicia, los misericordiosos, los limpios de corazón, los artesanos de la paz…? Ciertamente Dios está de su lado, y ¡esa es la clave! Dios les hará poseer la tierra, los consolará, los saciará en la búsqueda de la justicia, les dará misericordia, les permitirá “ver a Dios”, los llamará sus hijos… Este es el futuro, como decimos, es algo que ciertamente ocurrirá. Pero, ya en el presente, Dios está reinando en aquellos que son “perseguidos por causa de la justicia” y, también, en los que son “pobres de espíritu”.

Mateo está mostrando un modo de vida para su comunidad, por eso es el primer discurso de Jesús en su Evangelio; eso es lo que Dios quiere o, al menos, podemos ver de qué lado está Dios en el drama (la persecución, por ejemplo).

La palabra “pobre de espíritu”, concretamente, no se encuentra en ninguna otra parte de la Biblia, aunque sí la hallamos en los textos de Qumrán:

Bienaventurados los hombres de la verdad, los elegidos de la justicia, los investigadores de la inteligencia, los buscadores de sabiduría, los constructores de [...] los que aman las misericordias, los pobres de espíritu, los depurados por la miseria y los purificados por la prueba, los misericordiosos ... los que se refuerzan hasta el tiempo de tu juicio, los vigilantes de tu salvación (1QH 6,2-5).

Se trata de la actitud del que pone en Dios su confianza, quien no confía en sus fuerzas. Es a ese a quien Mateo congratula diciendo que tiene a Dios por rey.

Hemos escuchado decir, por ejemplo, que ser pobres de espíritu no afecta las riquezas “materiales” ya que se trata de algo “de espíritu”. Ciertamente en nada se asemeja esto a lo que dice el Evangelio; se trata de un abandono total y confiado en Dios, de quien no hace de las riquezas un ídolo, quien no pone en ellas su confianza; se trata, en suma, de quien elige ser pobre, confiado plenamente en Dios… y que, por eso mismo, es feliz, puesto que Dios reina en sus vidas ya en el presente. Ser "pobres de espíritu" ciertamente es expresión concreta de la solidaridad con las víctimas. Hacer una lectura “espiritualista” de un texto tan comprometido con la realidad, muestra, una vez más, que los evangelios pueden manipularse ideológicamente; pero, por su parte, que Dios reina en los que reniegan de la idolatría del dinero y ponen su confianza en el Dios de los pobres; allí Dios reina. Esos sí son bienaventurados…

 

Imagen tomada de https://www.parroquiadesantaanapanama.com/dichosos-los-pobres-de-espiritu-el-reino-de-dios-crece-entre-los-sencillos-24329.html