lunes, 7 de septiembre de 2026

Las deudas, ayer y hoy

Las deudas, ayer y hoy

Eduardo de la Serna



Contraer deudas es algo habitual en la historia humana. Y que esto es, en ocasiones, algo grave o hasta dramático, no es menos frecuente. Y, como es fácil de comprender, el dramatismo viene dado por las consecuencias de esta situación.

Sin pretender ser exhaustivo, pero sí ilustrativo, presento algunas notas bíblicas que pueden permitirnos vislumbrar caminos o salidas.

En Israel, el criterio de base es que se trata de un “pueblo de hermanos”, hijos todos de “Abraham, Isaac y Jacob”, y, por tanto, estará alentado o vedado todo aquello que no implique esta relación. La tierra, tema medular en un pueblo campesino, es, en realidad, de Dios, que la ha dado en una suerte de “concesión” a una familia / clan… Por eso la tierra no puede ser vendida ni expropiada (obviamente, cuando Israel pierde su libertad y es vasallo de babilonios, persas, griegos o romanos, esta legislación pierde vigencia). Sin embargo, puede ocurrir que por mala cosecha, sequía, plagas, negligencia u otros motivos, alguna familia deba pedir prestado para la siguiente cosecha; y, obviamente, esa deuda se debe pagar; mientras tanto, el acreedor ha obtenido una “prenda” del deudor a fin de garantizar su pago. Sin embargo, esta prenda no puede poner en riesgo la vida del pobre. Por ejemplo,

Si tomas en prenda el manto de tu prójimo, se lo devolverás al ponerse el sol, porque con él se abriga; es el vestido de su cuerpo. ¿Sobre qué va a dormir, si no? Clamará a mí, y yo le oiré, porque soy misericordioso (Éxodo 22,25-26; ver Deuteronomio 24,17).

Tampoco

tomarás en prenda las dos piedras de un molino, ni siquiera la piedra de moler, porque sería tomar en prenda una vida. (Deuteronomio 24,6)

Incluso se critica duramente a quienes toman en prenda “el asno del huérfano” o “el buey de la viuda” (Job 24,3) o hasta a los “hijos del pobre” (Job 24,9; ver Neh 5,2), e, incluso, al acreedor que se abusa de la deuda (Ezequiel 18,7.12) y no devuelve la prenda explotando al débil, o inclusive exigiendo prendas excesivas por una deuda pequeña (Miqueas 2,10).

Como se ve, ciertamente uno es el criterio y otra, muy distinta, es la praxis.

Pero aun en los casos en los que el endeudamiento es justo, hay una serie de criterios que deben ser tenidos en cuenta en Israel:

  1.       Cuando la prenda es una persona (a la cual no pude tratársela como a un esclavo sino como a un huésped o un jornalero) o la tierra, en realidad se debe considerar como un “arriendo”. Si por una deuda “X” se debe empeñar la tierra, esta deuda se considera saldada según las cosechas producidas y, así, vuelve a su “legítimo propietario”. Se puede decir que no se da la tierra en prenda sino una determinada cantidad de cosechas. Del mismo modo, cuando se ha debido entregar una persona (hijos, por ejemplo), la deuda se considera saldada según el pago que hubiera merecido (un jornal, año a año; Levítico 25,50) por esos tiempos de trabajo.

  2. .       Puede ocurrir que uno que ha debido dar su persona, familia o tierra en prenda tenga algún pariente en condiciones de hacerse cargo de la deuda; en ese caso, este “¡debe!” hacerlo, e, incluso, la tierra recuperada es del “propietario” anterior, ¡no de quién la pagó! Es llamado el “rescatador” (en hebreo, el go’el). Y, si no tuviera un familiar en condiciones de hacerlo, Dios mismo es go’el del pobre. Cada 7 años, o cada 49, según el caso y el tiempo, todo debe volver a ser como estaba en los comienzos. Y, hay que notarlo, no se trata de 7 años desde contraída la deuda, sino cada 7 años ya establecidos, con lo que es posible que se acepte a una persona en prenda y al año siguiente se lo deba liberar (y, además, se lo debe hacer “a manos llenas”, para que no reincida en la pobreza por no tener “conqué”)
Si se empobrece tu hermano y vende algo de su propiedad, su goel más cercano vendrá y rescatará lo vendido por su hermano. Si alguno no tiene goel, adquiera por sí mismo recursos suficientes para su rescate; calcule los años pasados desde la venta y devuelva al comprador la cantidad del tiempo que falta; así volverá a su propiedad. Pero si no halla lo suficiente para recuperarla, lo vendido quedará en poder del comprador hasta el año jubilar, y en el jubileo quedará libre; y el vendedor volverá a su posesión. (Levítico 25,25-28)

Si tu hermano hebreo, hombre o mujer, se vende a ti, te servirá durante seis años y al séptimo le dejarás libre. Al dejarle libre, no le mandarás con las manos vacías; le harás algún presente de tu ganado menor, de tu era y de tu lagar; le darás según como te haya bendecido Yahveh tu Dios (Deuteronomio 15,12-14).

 

En tiempos de Jesús, la situación era muy diferente, ciertamente, ya que el imperio romano imponía su propia ley. Un judío no podía tener a otro judío como esclavo, pero nada impedía que los romanos lo tuvieran, o que compraran (o expropiaran) tierras. Los impuestos romanos eran exorbitantes, y los campesinos (la inmensa mayoría de la población) empezaba a acumular deudas. Esto llevaba a un incremento de las mismas con lo que los antiguos propietarios debían ceder las tierras y terminaban trabajando en ellas como esclavos. En la República Romana, la ley Poetelia Papiria (s. IV a.C.) prohibió la esclavitud por deudas de los ciudadanos romanos, pero esto no aplicaba necesariamente a los no romanos, además, que no en todos los tiempos y lugares fue respetada…

A modo de ejemplo, cuando en el año 66 d.C. se produce el levantamiento contra Roma en Jerusalén (que finalizará con la guerra, y la destrucción de la ciudad en el año 70 d.C.), a fin de conseguir el apoyo de los campesinos

Inferiores en número y empuje, los soldados del rey retrocedieron y evacuaron la ciudad alta. Irrumpieron en ella los vencedores y prendieron fuego a la casa del sumo sacerdote Ananías y los palacios de Agripa y Berenice. Luego llevaron el fuego hasta los archivos públicos, dándose prisa en destruir los contratos de los préstamos, impidiendo la cobranza de las deudas, con el objeto de incorporar a sus filas a la multitud de deudores y lanzar contra los ricos a los pobres, seguros de la impunidad. Habiendo huido los guardianes, pegaron fuego a los edificios (Flavio Josefo, La Guerra de los Judíos II, 426-427).

No hace falta detenerse a señalar la frecuencia en que el tema de las “deudas” se encuentra en los textos de Jesús. Se trata, ciertamente, de deudas económicas (Mateo 18,24-34; 23,16.18; Lucas 7,41; 16,5-7) y son incluidas, nada menos, que en la oración que caracteriza a los discípulos (Mateo 6,12; Lucas 11,4). El perdón de las deudas de los hermanos es, o debiera ser, una característica constitutiva, de los seguidores de Jesús.

El mundo judeo-cristiano, entonces, no niega las deudas, pero las relativiza. La vida, la relación mutua como hermanos, está en primer lugar y por encima de todo, aunque eso significara pérdida económica. Una sociedad, un gobierno que se autopercibe “judeo-cristiano”, no puede sostener que se trata de “relaciones entre privados”, que no se debe intervenir, y que se debe priorizar el mercado. Debe procurar, por todos los medios, que se priorice la vida de los y las pobres, a menos que el Dios del que habla se asemeje más a Saturno, la divinidad romana que comía a sus propios hijos. El Dios de la Biblia, en cambio, es el que prioriza y celebra la vida empezando por la vida de las víctimas… es decir, de las y los hermanos.


Imagen de Francisco de Goya, Saturno devorando a su hijo, tomada de https://es.wikipedia.org/wiki/Saturno_devorando_a_su_hijo

Comentario al Evangelio del domingo 24º A

Comentario al Evangelio del domingo 24º A


o también en

https://youtu.be/5_0EjqmBr3M

Eduardo

viernes, 4 de septiembre de 2026

37º ENCUENTRO ANUAL DE CURAS OPP - COMUNICADO

37º ENCUENTRO ANUAL DE CURAS OPP

COMUNICADO



Como grupo de curas en opción por las y los pobres nos he os reunido en Sañogasta, La Rioja, en lugar donde fue asesinado Wenceslao Pedernera, en nuestro encuentro anual. Este año, haciendo memoria y en militante búsqueda de verdad y justicia, en el contexto de los 50 años del genocida golpe cívico-militar con bendición eclesiástica.

Hacer memoria debería comprometernos en la lucha para que Nunca Más se repita en nuestra patria todo aquello que ensangrentó nuestro suelo, enmudeció muchas gargantas y llenó de sombras nuestro futuro. Pero sería ingenuo, si no cómplice, ignorar que mucho de aquello, especialmente un modelo económico de crueldad, individualismo e injusticia, regresa una y otra vez a causa de dirigencias que no han sabido dar respuestas profundas a los grandes problemas del pueblo, a causa del gigantesco poder de los medios de comunicación y la indiferencia o desmemoria de muchos sectores populares.

La situación social es hoy más grave que nunca en nuestras comunidades barriales y campesinas. La desocupación, la pobreza, que sólo ha disminuido en los discursos oficiales y la desesperanza, son verdaderamente preocupantes. La pobreza suma hoy nuevos rostros y nuevas formas a las tradicionales: el crecimiento del trabajo informal (a la vez que se derrumba el trabajo estable y digno), los endeudamientos en los barrios, especialmente aquellos realizados en un contexto de violencia e ilegalidad, el aumento atroz de los suicidios, especialmente entre jóvenes, son síntomas de una sociedad que se encuentra sin un horizonte cierto de esperanza.

El desamparo social al que este gobierno sumerge a la población es obvia consecuencia de la falta de políticas públicas a favor de los pobres y conduce a una profunda angustia en nuestro pueblo. El tema de la salud mental de la sociedad sólo puede ignorarlo un indiferente o un cómplice.

A esto ha de añadirse el uso sistemático de la mentira como arma política, mentira multiplicada casi al infinito por trolls, bots y unos algoritmos bien direccionados en favor “de los de siempre”. Repudiamos la evidente injerencia del imperio y sus voceros comportándose impúdicamente como patrones y señores diciendo qué podemos y qué no podemos hacer, comprar o vender. A lo que se suman dirigentes que se “venden al mejor postor” negando alevosamente todo aquello que habían proclamado, traicionando así sus conciencias y a la misma Patria.

Los Derechos Humanos, que enaltecieron nuestro país y sus políticas de memoria, verdad y justicia, se opacan con discursos negacionistas y se refuerzan con políticas violatorias de esos mismos con la represión sistemática a movilizaciones populares que reclaman por sus justos derechos en ejercicio de las garantías constitucionales. Nos preocupan los internismos o personalismos en el campo nacional y popular que debilitan un proyecto en favor de una patria más justa y digna para todas y todos, y que no parecen tener en cuenta el sufrimiento de los pobres y de las víctimas de este modelo de sometimiento y crueldad.

Afirmamos que debemos salir de la encrucijada neoliberal y fascista, pero, además creemos que es posible. Debemos rechazar este, el peor gobierno de nuestra historia democrática. Debemos mostrar y reflejar que puede haber un horizonte con esperanza de un cambio. Y “puede haberlo” porque lo ha habido. Siempre mejorable, perfeccionable… pero tenemos claro que “darle tiempo” a este gobierno es alejarnos cada vez más de la salida democrática de este proyecto de muerte. Sabemos que “otro mundo es posible”.

Ante esto nos urge siempre una pregunta: ¿qué país queremos?, ¿qué país podemos generar? Sabemos que es posible una patria de hermanas y hermanos y no una patria de opresores y oprimidos, patrones y clientes, amos y esclavos. En esa Patria Nueva que queremos, estamos invitados a poner a los pobres en el centro. Es urgente un cambio absoluto de modelo para tener un país sencillamente humano. Un país en el cual las diferencias se resuelvan con el diálogo, el disenso o la discusión y no con la mentira, el agravio y el insulto. La unidad de lo que llamamos el campo popular es, no sólo importante, sino también indispensable, aunque podamos disentir en algunos aspectos o en otros; la democracia no es solamente recurrir a las urnas cada dos años sino una vida cotidiana y un esfuerzo de encuentro y un llamado a la unidad. 

Como curas queremos proponer e invitar a todos los actores sociales y políticos a ser creativos, osados y capaces de encontrar soluciones a la gravedad de la situación a la que este modelo nos está llevando. Debemos aprender a escuchar el grito lacerante de los pobres y el grito no menos urgente de la Madre Tierra. Un frente que más allá de las diferencias mire en primer lugar y casi exclusivamente la vida y la muerte de los pobres. 

Esta actitud de centralidad de los pobres y lucha por su vida, fue la que provocó el martirio de miles de hermanas y hermanos en nuestra patria, entre los cuales, especialmente estos días, hemos querido recordar a Wenceslao Pedernera, Carlos de Dios Murias, Gabriel Longueville y Enrique Angelelli. Son mártires por amor a su pueblo; ejecutados por los mismos que proponen hoy un modelo de muerte. Su martirio nos sigue interpelando en el día a día, comprometiéndonos como cristianos y como argentinos a buscar una patria para todas y todos. 

Porque sabemos que estos modelos económicos son solamente para unos pocos que no están dispuestos a resignar su modo de vida, creemos que otra vida es posible, una vida de sencillez y de austeridad que permita que todo alcance para todos y todas. Y en esta lucha, los cristianos debemos sentirnos comprometidos y exigidos por el Evangelio. El compromiso político es un compromiso con el Evangelio. 

En poco tiempo más nos visitará el papa León XIV. Y frente a esta visita nos parece importante señalar que esperamos ser testigos de un encuentro con los pobres, víctimas de este modelo económico. Esperamos que el papa, repitiendo lo que ha dicho en su reciente encíclica, haga una clara defensa de la justicia social y una profética crítica a un modelo que mata. Como cristianos esperamos que muestre el abrazo compasivo a los pobres y la denuncia indubitable a los causantes de la muerte. En su encíclica, el papa hace referencia a Enrique Angelelli como “testigo de la fraternidad y de la justicia”, que hoy nos urge reconstruir en nuestra Patria.

 

Grupo de curas en opción por las y los pobres

Sañogasta, La Rioja, 3 de septiembre 2026

 

jueves, 3 de septiembre de 2026

Si quieres ser perfecto…

Si quieres ser perfecto…

Eduardo de la Serna



Es conocido el relato del rico que sale al encuentro de Jesús y le pregunta qué debe hacer para alcanzar “vida eterna”.

Es interesante que cada uno de los tres evangelios que relatan la escena tiene sus propias características y sus propias intenciones teológicas; por ejemplo, en Marcos se trata de un adulto, en Lucas de un jefe y en Mateo de un joven; mientras en Marcos y Lucas este llama a Jesús “maestro bueno”, en Mateo le dice “Maestro… ¿Qué de bueno debo hacer?”, etc.

Lo que nos interesa en este caso es que luego que Jesús mencionara varios de los mandamientos (a los que Mateo añade “amarás a tu prójimo como a ti mismo”), el rico le responde: “todo eso lo he guardado” (“desde mi juventud” dicen Marcos y Lucas, no Mateo, puesto que en este caso se trata de un “joven”). Obviamente el acento está puesto en el “todo”; se trata, entonces, de un judío ejemplar. Pero – y acá lo que nos interesa – mientras Marcos y Lucas agregan que todavía le queda “una cosa”, que es vender “lo que tienes” y compartirlo con los pobres, algo que entristece al rico y “se fue” (Marcos; Lucas no habla de su partida con lo que sería testigo de lo que Jesús dirá a continuación sobre los ricos). Pero aquí nos interesa notar la diferencia que aporta Mateo:

El primer evangelio no dice que le falta una cosa, sino que debe vender los bienes y darlo a los pobres “si quieres ser perfecto”. Esto se ha interpretado extrañamente en muchas ocasiones. Algunos han planteado que en la Iglesia hay un “camino de perfección”, la vida religiosa, quienes hacen “votos de castidad, pobreza y obediencia” y así están más cerca de esa perfección indicada por Jesús. Otros entienden que la perfección sería una suerte de “plus” … Se es cristiano de todos modos, pero “un poco mejor” si se comparten los bienes con los pobres. Pero la pregunta sensata es ¿qué quiere decir Mateo? Eso es lo que nos importa.

“Ser perfecto” (en griego téleios) es un término de muchas interpretaciones; por ejemplo, se dice de Noé  (Gen 6,9 [ver Sir 44,17]; suele traducirse, en este caso, por “íntegro”, irreprochable o cabal; en cambió el cordero o cabrito para la pascua ha de ser “sin defecto” (Ex 12,5; ver Jue 20,26; 21,4 donde suele traducir “sacrificios” que, se supone, han de ser íntegros); a todo judío se le encarga “ser íntegro con Yahvé, tu Dios” (Dt 18,13); el corazón ha de ser “perfecto” ante Dios (1 Re 11,4; ver 15,3.14; 1 Cro 28,9). Se aplica al maestro “experto” (ver 1 Cro 25,8; Esd 2,63). El salmista exagera diciendo que “odia con odio perfecto” a los que odian a Dios (Sal 138,22). Para el enamorado, su pareja es “perfecta” (Cant 5,2; 6,9) mientras que, en Jeremías, “todos” son llevados al destierro (Jer 13,19).

En el Nuevo Testamento el sustantivo se encuentra 5 veces en Pablo y 3 en sus discípulos, 5 veces en la carta de Santiago, 2 en Hebreos y una en 1 Juan. En los Evangelios solamente se encuentra en Mateo, en nuestro texto y en 5,48. En Pablo hace referencia a quienes viven “en Cristo”, algo que deben profundizar, por cierto, por ejemplo:

No que lo tenga ya conseguido o que sea ya perfecto (usa el verbo teleióô que hace referencia, por ejemplo, a la consagración), sino que continúo mi carrera por si consigo alcanzarlo, habiendo sido yo mismo alcanzado por Cristo Jesús. Yo, hermanos, no creo haberlo alcanzado todavía. Pero una cosa hago: olvido lo que dejé atrás y me lanzo a lo que está por delante, corriendo hacia la meta, para alcanzar el premio a que Dios me llama desde lo alto en Cristo Jesús. Así pues, todos los perfectos (el sustantivo téleios) tengamos estos sentimientos, y si en algo sienten de otra manera, también eso se lo declarará Dios. Por lo demás, desde el punto a donde hayamos llegado, sigamos adelante. (Fil 3,12-16)

El verbo, en cambio, solo se encuentra una vez en Pablo (en el texto citado), 9 veces en Hebreos (como se dijo, aludiendo a la consagración sacerdotal), una vez en Santiago, 4 veces en 1 Juan (el amor perfecto). En los Evangelios se encuentra 5 veces en Juan (se trata de hacer la voluntad de Dios, por eso Jesús antes de morir para que se “cumplan [teleióô] las escrituras, dice «tengo sed»”, 19,28). En Lucas (2 veces en Lc y una en Hch) donde es completar, terminar.

Para comprender, entonces “si quieres ser perfecto” de Mateo 19, es claro que no ha de entenderse en el sentido de una perfección moral, por ejemplo, o de superioridad ética.

El otro texto de Mateo aporta un elemento más: después de señalar que Jesús quiere llevar a “plenitud” la “Ley y los Profetas” (Mt 5,15) y poner como ejemplo seis momentos en los que pretende “ir más allá” de lo que la Ley dice (“han oído que se dijo… pero yo les digo”) concluye afirmando: “por tanto, sean perfectos como es perfecto el Padre de ustedes que está en el Cielo” (5,48). La perfección, entonces es ir más allá de la ley, más que lo mandado. Y eso es lo que Jesús propone (“pero yo les digo”). Podríamos parafrasear, entonces, el encuentro de Jesús con el joven rico con esta conclusión después que este le afirma que “todo eso” lo cumplió, “¿qué me falta todavía?” (19,20). Si quieres ser “de mi grupo”, si quieres ser “cristiano” «vende tus bienes y dalo a los pobres» (19,21). El joven se marchó entristecido…

Si Marcos y Lucas habían señalado que “solo te falta una cosa”, Mateo dice lo mismo, aunque con otras palabras… para ser mi discípulo (“ser perfecto”) debes vender tus bienes y darlo a los pobres. Solo le faltaba esa cosa, ¡y decidió no hacerla! El texto continúa con otra frase de Jesús sobre los ricos, el camello y el ojo de una aguja. Es tema de otra nota.


Imagen tomada de https://es.dreamstime.com/hombre-caminando-en-un-solitario-camino-al-horizonte-para-alcanzar-su-meta-image157292413

martes, 1 de septiembre de 2026

comentario a las lecturas del domingo 23º "A"

Jesús está vivo y presente en medio de su comunidad de hermanos

DOMINGO VIGESIMOTERCERO - "A"

Eduardo de la Serna




Lectura de Ezequiel     33, 7-9

Resumen: La casi seguridad de que no será escuchado por los destinatarios puede llevar al profeta a la tentación de no hablar. Dios quiere que el pueblo sepa que Dios no ha callado y por eso exige al profeta que no deje de advertir porque en ese caso será responsable de la no conversión de su pueblo.


Ezequiel corre un serio riesgo en su ministerio profético. Ya desde su misma vocación sabe que probablemente no será escuchado (2,5.7; 3,11); que muchos irán a oírlo como quien escucha un cantante (33,32), pero no se sienten por ello exigidos a un cambio de conducta (3,7) ya que su predicación es dura: “lamentaciones, gemidos y ayes” (2,10). Por tanto, ¿tiene sentido predicar allí donde sabemos que no seremos escuchados? El texto litúrgico de hoy viene a dar respuesta a esta tentación del profeta.

El texto es una repetición idéntica del que encontramos en el contexto de la vocación de Ezequiel (3,17-19).

Dios habla a su pueblo por medio del profeta (2,4), y esa es la responsabilidad de Ezequiel. Notar, de paso, que el texto no dice qué es lo que el profeta dirá. En este caso no es eso lo importante, sino que el pueblo sepa que “hubo un profeta” (2,5). Es decir, no podrán decir que Dios se desentendió de ellos. Dios habló, ellos no escucharon. Pero, precisamente por esto, el profeta “debe” hablar, ya que si no lo hiciera parecería que Dios no lo hizo. 

Es en este contexto que ha de entenderse la imagen del vigía: “cuando oigas una palabra de mi boca” (33,7 // 3,17). Lo más probable es que el “malvado” no lo escuche (en el ejemplo no se hace referencia al cambio de conducta del “malvado”, algo que pareciera no haber ocurrido) pero si la persistencia en la maldad se debe a su “mala conducta”, él mismo es el responsable, pero si no lo hiciera porque el profeta calló, también éste es responsable por no haberlo advertido. En cambio, si el profeta – centinela se dirige al “malvado” invitándolo de parte de Dios a un cambio de conducta, queda liberado de responsabilidad ante la falta de conversión ya que habló conforme a su encargo.

Hay – entonces – una relación entre el profeta y el pueblo. Aquel es responsable. No es responsable de la respuesta, pero sí de advertir o no. “Advertir” es término frecuente en Ezequiel. El verbo tiene que ver con la “interpretación” que hace el profeta (cf. Ex 18,20; 2 Re 6,10; 2 Cr 19,10), con lo que no se transforma en un mero “vocero” sino en un intérprete de la voluntad de Dios en la historia conflictiva de su pueblo. 

Saber discernir la voluntad de Dios y expresarla en voz clara al pueblo es tarea del profeta, aunque sepa con seguridad que no será escuchado, y que - por lo tanto - "el malvado" no cambiará su conducta.


Lectura de la carta de san Pablo a los cristianos de Roma     13, 8-10

Resumen: en un contexto práctico, Pablo sintetiza toda la carta – en la que confrontó con la ley – que todo se hace pleno en el amor al prójimo en el que toda la ley alcanza su plenitud.


Pablo – lo hemos dicho días anteriores – presenta una serie de invitaciones a vivir de una manera coherente con lo que es la predicación del Evangelio. Salvando algunos puntos, lo hace tomando elementos que ha desarrollado en otras cartas (ya que no parece conocer demasiado la realidad de la comunidad de Roma que es una Iglesia que él no ha fundado). 

El imperativo (“deber”) se dirige al “amor mutuo” (ver 1 Tes 3,12; 4,9; Ga 5,13) con lo que – evidentemente – se dirige a una comunidad (no a una persona). La unidad empieza (v.8) y termina (v.10) con la referencia al cumplimiento (plêroô / plêrôma) de la “ley” (nomos, Gal 5,14; Rom 8,4). En el centro se ejemplifica con la presentación de algunos preceptos de esa ley (no adulterar, matar, robar o codiciar) con los que se alude a todos (y los demás). Este “amor” al que se invita – siguiendo la tradición que remite a Jesús (cf. Mc 12,28-31) sin embargo no refiere aquí al amor “a Dios” sino “al prójimo” (v.9). El prójimo (plêsíon) en la Biblia hebrea se refiere al miembro de la comunidad de Israel (cf. Lev 19). Pablo utiliza muy pocas veces el término (x4, de los que x3 se encuentran en este contexto [Rom 13,9.10; Ga 5,14], la restante [15,2] se encuentra en el contexto de la “edificación” mutua). Siendo que en la Biblia hebrea “prójimo” es sinónimo de “hermano”, es conveniente ver en qué sentido utiliza Pablo este término que sí es frecuente en sus escritos (x118). El “hermano” es “aquel por quien Cristo murió” (Rom 14,13-15). Y ya había señalado (5,6) que “murió por los impíos”, los “pecadores” (5,8), “por nuestros pecados” (1 Cor 15,3), “por todos” (2 Cor 5,14). Este prójimo, entonces, se refiere a la humanidad entera y no a un grupo en particular.

No es este el momento de preguntar por qué Pablo – ¡el fariseo! – parece omitir el amor a Dios, el cual ciertamente no ignora (aunque prefiere hablar del amor “de Dios”, cf. 5,5; 8,39). Para Pablo la respuesta a Dios se manifiesta visiblemente en el amor al prójimo en el que se plenifica toda la ley. De todos modos notemos: Pablo es más “cristo-lógico” que “teo-lógico”; a Dios, como buen judío, se lo descubre y ama en la historia (humana y de salvación); y si bien el “amor a Dios” no es un destacado tema paulino (pero cf. 1 Cor 8,3; Ga 4,9) – insistimos, como buen judío - sí lo es el “conocer a Dios” (conocer no es algo racional, sino “existencial” y se asemeja con frecuencia a “amor”; cf. Rom 1,21; 10,2; 1 Cor 1,21; 2 Cor 10,5; Gal 4,8…).



Evangelio según san Mateo     18, 15-20

Resumen: dos elementos señala Mateo de la vida de la comunidad, uno relacionado al hermano que peca y la actitud que se ha de tomar con él, para lo que se ha de buscar “ganarlo como hermano”, y otro el del pequeño grupo de se reúne “en mi nombre” con la presencia de Jesús en medio de ellos.


El capítulo 18 de Mateo es muy importante: presenta lo que podríamos llamar la “praxis eclesiástica”. Invita a tener en cuenta cómo actuar en el seno de la comunidad eclesial. Una serie de textos lo destacan: tener la actitud de los niños, no escandalizar, buscar la “oveja perdida”, etc… Los términos clave en este sentido son “pequeños” (o “pequeño que cree en mí”): vv.6.10.14 y “hermano” (= miembro de la comunidad creyente): vv. 15.21.35 es decir, se refiere al modo de obrar (especialmente por parte de quienes tienen una responsabilidad) con los miembros de la comunidad. 

En el texto litúrgico nos encontramos con dos breves textos que aluden a este comportamiento: 

  1. La actitud frente al “hermano” que “peca” (¿contra ti?, así lo dicen muchos manuscritos importantes, pero parece influido por Lc 17,4) [vv.15-18]. 
  2. La oración de la comunidad [vv.19-20]

1.- La actitud frente al pecador parece contradecir la actitud del pastor que debe buscar la oveja perdida (vv. 12-14). Quizás Mateo quiera señalar que ambas actitudes han de tenerse. De todos modos la contradicción no es plena ya que la oveja y el hermano han de buscarse. 

El tema es característico de la Biblia: como lo que cuenta es el “hermano”, no se lo ha de humillar, por lo que primero se ha de hacer una corrección personal (cf. Lev 19,17). En caso de persistir, los testigos (se cita Dt 19,15) garantizarán la veracidad del “pecado”. Finalmente, la “iglesia” deberá ser garante del hecho [notar que aquí y en 16,16 encontramos el término “iglesia” por única vez en los evangelios, el contexto es semejante]. Si “hasta” a la iglesia desoye será tenido como “gentil o publicano”.

Notemos, sin embargo, algunos elementos importantes:

Mateo no presenta un “manual metodológico de disciplina”, sino los criterios a seguir dentro de la comunidad. El acento está puesto en “ganar al hermano” (v.15). El pecado pone en riesgo la fraternidad, la rompe. “Ganar” al hermano es posibilitarle que se restaure la relación que constituye al grupo de Jesús (el pedido de perdón continúa en la unidad siguiente y se reitera que se ha de perdonar siempre, vv.21-35). Con el pecado, el miembro de la Iglesia estaba a punto de abandonarla, y al “ganarlo” se lo ha reinsertado en ella.

Reconocer al “pecador” como “gentil o publicano” sin dudas implica saber que ese tal se encuentra “fuera” de la comunidad, pero es alguien a quien se debe buscar que “entre” (no son miembros de la comunidad, cf. 5,46.47; pero cf. 9,10; 10,3; 11,19; 21,31; 24,14; 25,32; 28,19). 

Con ciertas diferencias, en Qumrán se encuentran textos que – de todos modos – tienen semejanza con esto (aunque no incluyen la “reprensión” en privado):

“Toda infracción que un hombre comete contra la Ley y su prójimo la ve y él está solo: si es un asunto capital el testigo lo denunciará en presencia del trasgresor al vigilante con reprensión, y el vigilante lo escribirá de su propia mano hasta que él lo cometa de nuevo en presencia de uno solo [= sin testigos] y éste lo denuncie al vigilante; si él recae por tercera vez y es sorprendido en presencia de uno solo, su juicio está completo; pero si son dos los que testifican sobre un asunto el culpable será separado del alimento puro, con tal que los testigos sean fidedignos y que cada uno lo denuncie al Vigilante el mismo día que lo presencia” (Documento de Damasco 9,17-23)
“Un hombre reprenderá a su prójimo con verdad, humildad y amor misericordioso para con el hombre. Que no hable a su hermano con ira o murmurando. O con insubordinación, o con la envidia provocada por el mal espíritu; que no le odie de su corazón; pero que en el día mismo le reprenda y no incurra en culpa por su causa. Y, además, que nadie introduzca contra su prójimo una acusación ante los Numerosos que no vaya con reprensión ante testigos” (Regla de la Comunidad 5,24-6,1).

Es importante notar la conclusión (que es paralela a lo que se había dicho a Pedro, al “atar y desatar”, dicha en este caso de la “iglesia”). La decisión tomada por la Iglesia con respecto al “hermano que peca” es una decisión que Dios (= el cielo) confirma.

Sin embargo, y a diferencia de Qumrán, es la comunidad (y no "los jefes") y es el cuidado atento y afectivo del hermano lo que debe guiar constantemente a todos.

2.- El texto pasa aparentemente a la oración, al pedido común aunque se trate de un grupo “pequeño” [es importante recordar que la comunidad de Mateo parece un “pequeño” grupo entre los judíos de Antioquía, con lo que – una vez más – Mateo quiere reforzar el ánimo de los suyos]. 

El tema central, también frecuente en Mateo, es que Jesús una vez resucitado, no se ha alejado de su comunidad: es “Dios con nosotros” (1,23) sigue entre los suyos “hasta el fin del mundo” (28,20), y debe ser visto entre los discípulos (10,40), y entre los pobres (25,40)… En la oración del pequeño grupo también se hace presente el resucitado.

También este tema se encuentra en los escritos judíos:

 Rabí Ananías decía… si dos están juntos, y la palabra de la Toráh está entre ellos, la shekiná (= la presencia de Dios) está en medio de ellos” (Misná, Abot 3,2)

 

Sin embargo, el contexto y cierta semejanza gramatical nos invita a leer el texto en continuidad con lo anterior: se repite "en verdad les digo" (vv.18 y 19), nuevamente se alude a los "dos" (vv.16,19) y nuevamente se refiere a "la tierra" y "el cielo" (vv.18.19). Así Jesús confirma a la comunidad, por pequeña que sea, que él está en medio de ella y lo que ella decida (atar o desatar) queda refrendado por el mismo Jesús que está presente. La oración, entonces, sería la actitud de confianza de la presencia de Jesús en las decisiones disciplinarias de la comunidad.


el video del Evangelio de en
https://youtu.be/0p3jUcGxazs
o también en
https://blogeduopp1.blogspot.com/2023/09/video-con-comentario-al-evangelio-del.html




Dibujo tomado de locoracion.blogspot.com

jueves, 27 de agosto de 2026

Ser ciudadanos del Cielo

Ser ciudadanos del Cielo

Eduardo de la Serna



La palabra “cielo” (en hebreo, frecuentemente, en plural, “cielos”; aunque en griego se prefiera el singular) se encuentra muchas veces en la Biblia [en hebreo 421 veces y en griego 955 veces]. El término parece significar, originalmente, “lo que está encima”, por ejemplo, de las aguas. Y se utiliza de modos y sentidos muy diversos. En algunas lenguas semitas, incluso, es nombre de alguna divinidad.

A modo, simplemente de ejemplo, se usa para hacer alusión a “las aves de los cielos”, es decir a lo que llamaríamos “espacio”, “atmósfera” o “firmamento”. O, también muy frecuentemente, para hacer referencia a la totalidad, se alude a dos extremos: “Dios creó los cielos y la tierra” (obviamente significa “todo”, es decir, también las aguas, por ejemplo; como cuando se dice “a derecha e izquierda” o “cuando me siento o me levanto” … es un uso retórico que le llama “merismo”).

A nivel simbólico, el cielo suele presentarse como el “lugar” donde Dios habita, su “morada. En ese sentido, digamos brevemente, el templo (también visto como “casa de Dios”) es como un “otro cielo”. Puesto que, para muchas culturas, la idea es que Dios está “arriba”, obviamente, “los cielos” son “el lugar” imaginable. Y, por eso, con muchísima frecuencia, en la Biblia (especialmente en los escritos posteriores al exilio) decir “cielos” es sinónimo de decir “Dios” (como cuando Mateo dice “reino de los cielos”, quiere decir “reino de Dios”).

En este sentido, en el judaísmo tardío (entendiendo como diferentes moradas que se van acercando al Trono) se ha hablado de siete cielos; en el “séptimo cielo” habitan los ángeles principales que allí pueden ver a Dios.

Pero en muchos ambientes griego (el platonismo, por ejemplo) el tema se mira de diferente manera, y es importante distinguirlo: cielo y tierra indican dos modos de ser, como cuerpo y alma, como sabio y necio. La persona sabia se “eleva”, sale de la “prisión”, que es su “cuerpo”, y se dirige al “cielo”, la ciudad verdadera. Por ejemplo, Clemente (nacido a mitad del siglo II y fallecido a comienzos del s. III), un importante escritor cristiano y neo-platónico, escribe:

«Si nos convertimos en oyentes de la Palabra, glorificamos la bendita economía, que es la manera en que el hombre es educado como un hijo de Dios, y es hecho ciudadano del cielo mientras es educado en la tierra, y recibe como Padre en el cielo a Aquel a quien el hombre llega a conocer en la tierra. La Palabra comprende, enseña y explica todo» (Clemente de Alejandría, Pedagogo XII. 99).

Valga todo esto para preguntarnos qué quiere decir Pablo al afirmar que los cristianos somos “ciudadanos del cielo” (Filipenses 3,20).

Sabemos que, en su cultura y mentalidad, Pablo era judío y no griego (aunque hablara el griego, por cierto). Leyendo a Pablo de un modo griego se corre el riesgo de entender que los cristianos deben “abandonar el mundo”, casi exiliarse, desentenderse de las “cosas mundanas”, porque su “ciudadanía” está en “las cosas de Dios”. Pero Pablo no tiene ese dualismo, sin duda. En su ambiente greco-romano, lo deseado era ser “ciudadano romano” ya que eso daba un honor y un prestigio inigualables; ser “fieles al César”, gozar de sus beneficios. Pablo subvierte este esquema imperial; para él lo valorable no es lo que está por encima (como el Emperador), sino lo que está “abajo” (como Jesús, el que se “abajó”; Filipenses 2,7), en el “humus” (humildad). Ironizando podríamos decir que para Pablo no se trata de un “campeonato” a ver quién está más arriba, si Dios o el César, sino el desafío de aprender a mirar con los ojos de Dios, quien ensalza al que se humilla y humilla al que se ensalza.

En Pablo, la palabra “cielo” (en singular, porque escribe en griego, como dijimos) no es tan frecuente. Se encuentra solamente 11 veces. Es como el lugar desde el que bajará” Cristo cuando vuelva (aunque Pablo imagina haber sido arrebatado hasta el “tercer cielo” [2 Cor 12,2]). Aquel de quien esperamos la vida, los beneficios (= gracia), en quien ponemos la confianza (= fe) no es en el Emperador; es por eso que somos “ciudadanos del cielo”, es decir atentos a las cosas de Dios, no a las del César. Y esto, para Pablo, implica una vida totalmente subversiva desde una perspectiva imperial. Nuestra mirada no está puesta en Roma, sino en Jesús, el crucificado (por Roma); lo que nos mueve no es el esquema de ser patrones o clientes, sino “ciudadanos del Evangelio” (Filipenses 1,27); una “buena noticia” que no son ni los triunfos militares ni las alabanzas al Emperador (así era usada en el Imperio la palabra “Evangelio”) sino que es una predicación feliz de que Dios está siempre dando vida a los últimos y despreciados, a los crucificados. Ser ciudadanos del cielo, entonces, es militar activamente en favor de la vida plena de los descartados, de las víctimas, confrontando con las ideologías dominantes que proponen vencedores y vencidos. Ser ciudadanos del cielo, entonces, es aceptar el desafío de vivir contra-culturalmente, el desafío de reconocer en los demás, no potenciales enemigos, sino verdaderas hermanas y hermanos, hijos del Dios Padre y Madre y, también, repitiendo a Pablo, saber reconocer que todas las cosas que se nos proponen como valiosas, como excelsas:

todo (eso) lo considero pérdida comparado con el bien supremo de conocer a Cristo Jesús mi Señor; por él doy todo por perdido y lo considero estiércol con tal de ganarme a Cristo (Filipenses 3,8).

 

Imagen tomada de https://www.religiondigital.org/religion-_biblia_y_hermeneutica_latinoamericana/Servir-amar-sacramento-subversivo_7_2327537225.html

martes, 25 de agosto de 2026

La Palabra de Dios, la obediencia… la libertad

La Palabra de Dios, la obediencia… la libertad

Eduardo de la Serna



El término griego hypakóê suele traducirse por “obediencia” (akuô, escuchar “hacia”), lo que es razonable ya que el término castellano proviene del latín ob (lo que está enfrente) audire (escuchar, oír). Ahora bien, una lectura literalista parece entender que lo que debe ocurrir es una “obediencia” acrítica”, una suerte de relación amo-esclavo. Nada que pensar, nada que analizar, nada que discutir, simplemente ¡actuar en consecuencia! Para más, en ese sentido, lo que Dios nos comunica son “mandamientos”, es decir algo que Él ha “mandado” lo cual, evidentemente, se debe “obedecer”.

No se debería negar que mucho de esto acá señalado se puede concluir de textos bíblicos, pero sería, por lo menos fundamentalista, quedarnos solo en un texto o un par de ellos. El Dios de la Biblia es uno que se va revelando, pedagógicamente, progresivamente, y, “en cristiano”, un Dios que se nos muestra “en Jesús”. Sin ser exhaustivo, pretendo aportar algunos elementos para entender la “obediencia” cristiana partiendo de textos bíblicos.

Para comenzar, el término griego tiene su ambigüedad. Veamos un simple ejemplo: Pedro golpea la puerta de casa de María y “lo escuchó” (hypakoúô) una muchacha llamada Rode (Hch 12,13). Es decir, ella reacciona ante lo que escucha. En los evangelios sinópticos, en los relatos de la llamada “tempestad calmada” se repite que a Jesús “el viento y el mar le obedecen” (Mc 4,41p). Evidentemente, en estos casos el sentido no es el habitual.

Hay algunos elementos que nos permiten otra mirada…

  •       Siendo coherente con textos del Antiguo Testamento, Jesús da el mandamiento” del amor, pero ¿se puede “mandar” el amor? ¿No es un acto libre, voluntario que surge de una decisión personal?
  •       La insistencia de Jesús en el “reinado de Dios” implica la realización de su voluntad, como incluso se repite en el Padrenuestro de Mateo: “¡hágase tu voluntad!” Claro que la clave radica en “conocer dicha voluntad”.
  •       Un elemento complicado y fascinante está dado en ¿cómo se escucha la “voluntad de Dios”? En la Biblia los profetas son quienes dicen “así dice el Señor”, pero también sabemos que con muchísima frecuencia hay quienes dicen que hablan en nombre de Dios, pero Dios no les ha dicho nada (Dt 18,20) … En este caso, la clave radica en el discernimiento; la clave radica en una “sensata interpretación” (y por eso, por inseguridad seguramente, el fundamentalismo afirma que no hay nada que interpretar sino simplemente “obedecer”). Jesús, incluso (en Mateo) replica: “han oído que se dijo … pero yo les digo”; es decir “un dicho” no necesariamente es “el último”, el “definitivo” …

Pretendo aquí mirar brevemente algunos textos:

En el Evangelio de San Mateo Jesús narra la parábola más simple de las que encontramos en sus dichos: un padre tenía dos hijos y le pide a cada uno de ellos que vayan a trabajar a la viña. El primero reacciona negativamente, pero finalmente va, mientras que el segundo, al contrario, dice que irá, pero finalmente no lo hace. “¿Cuál de los dos hizo la voluntad de su padre?” (21,31). Obviamente, hacer la voluntad es obrar en consecuencia. Pero no podemos ignorar que este padre en nada se parece al autoritario patriarca que castiga de modo ejemplar al “desobediente” (que, además, en un primer momento sería el primero). En este caso, hacer la voluntad, “obedecer” simplemente constata un dato. Y esto, en el texto, está dicho a raíz de aquellas y aquellos que “escucharon” a Juan y le creyeron o no, en un claro contraste entre prostitutas y cobradores de impuestos que si le creyeron, frente a sumos sacerdotes y ancianos del pueblo que no lo hicieron. Y creerle a Juan implica, en este caso, aceptar que Jesús era “el que ha de venir”, el “más fuerte” que “bautizará con Espíritu Santo y fuego”.

En la carta a Filemón, Pablo se dirige a su amigo diciéndole que sabe que tiene autoridad, libertad (parrêsía) para mandarle, pero prefiere exhortarlo en nombre del amor que lo caracteriza (vv.8-9). Y luego de darle una serie de sugerencias finaliza diciendo que “confiado en tu obediencia / docilidad (hypakoê) te escribo sabiendo que harás más que lo que te digo” (v.21). Obviamente Pablo ha dicho una serie de cosas (que Onésimo – un esclavo que se había fugado – sea tratado como un hermano) pero “sabe” que Filemón obrará conforme a lo escuchado, y que “hará más” todavía.

Es interesante que la carta a los Romanos, en la que Pablo destaca la centralidad de la “gracia”, la recepción libre y gratuita del actuar de Dios en nosotros, de su generosidad, está marcada en el comienzo y el final con la idea de la “obediencia de la fe”: por Jesús “recibimos la gracia y el apostolado, para la obediencia de la fe a gloria de su nombre entre todos los gentiles” (1,5), lo que es “un misterio (…) manifestado al presente, por la Escrituras que lo predicen, por disposición del Dios eterno, dado a conocer a todos los gentiles para obediencia de la fe” (16,26). Señalemos que – como es propio en Pablo – el aspecto que quiere señalar es la incorporación por la fe de los no-judíos (gentiles) a la comunidad del Pueblo de Dios. La fe es, evidentemente la clave en esto, es la recepción, la vida que se afirma en la propuesta de Dios (la fe en Pablo no es algo racional que puede aceptarse o no, sino una vida que se afirma o no en Dios mismo; tal es el sentido del sustantivo hebreo “amén”).

Vayan estos ejemplos para extraer una primera conclusión. Ciertamente, para una comunidad creyente Dios es su punto de partida. Pero no un Dios que indica caminos, que anuncia castigos o premios. Jesús nos revela un Dios que es Papá / Mamá de sus hijos e hijas que son también amigos y amigas. Conocer a un Dios que se ha manifestado en Jesús nos revela un espacio de humanidad. Se trata de conocer (escuchar) lo que nos constituye más humanos, mejor humanos, pero no repitiendo esquemas, palabras o modelos, sino pensando, mesurando, interpretando… Por ejemplo, en nuestros días muchos proponen reaccionar ante la violencia con una violencia mayor. Jesús propone romper desde la raíz esta espiral de violencia. ¿Cuál es nuestra respuesta? Y no creo que deba darse porque “obedecemos” al pie de la letra poniendo la otra mejilla, sino porque escuchando la propuesta de Jesús, estamos convencidos, creemos firmemente, que “ojo por ojo, el mundo terminará ciego” (Gandhi), que “la violencia de la no violencia” es “desarmada y desarmante”. La “obediencia” no radica en hacer “a la letra” lo dicho – en este caso – por Jesús, sino en pensar, investigar, analizar, debatir, discernir, rezar y quedar convencidos que es superadora, que, en este caso, es una mejor respuesta a la violencia.

Obedecer a Dios no se trata de no pensar sino todo lo contrario. De pensar con mucha seriedad para “actuar en consecuencia” frente a la realidad que también debe ser pensada (sería terrible creer en un Dios que nos da “recetas”). Escuchar a un Dios amigo, Padre/Madre, no es insensato para los creyentes, pero sí es insensato no pensar. El fundamentalismo entiende que no hay nada que investigar, se trata sencillamente de “obedecer”. Otros creemos que la “obediencia” es pensar seriamente la realidad y seriamente el Dios de Jesús (un oído en el pueblo y otro en el Evangelio) … y, habiendo escuchado, proponer lo que suponemos mejor, pero a su vez en escucha de otros que también tienen sus propuestas… ¡es que creemos que también en ellos Dios puede decir una palabra! Ironicemos diciendo que, si no respetamos un proceso de diálogo, de tiempo, de reflexión y nos quedamos con “lo primero” (por ejemplo, por seguir una “receta”) terminaríamos aplaudiendo al hijo que dijo “sí”, y no fue, y condenando al que dijo “no” pero finalmente fue a trabajar a la viña. Y la viña se quedaría sin frutos…

 

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