jueves, 9 de abril de 2026

Isaías, un profeta con mayúscula

 Isaías, un profeta con mayúscula

 Eduardo de la Serna



Si miramos en nuestras biblias los libros de los profetas, veremos que el primero en la lista es Isaías, que, por otro lado, es el más largo de todos (tiene 66 capítulos); pero, además, se habla de él en algunos libros considerados históricos (2 Reyes 19-20 y 2 Crónicas 26,22; 32,20.32), se lo menciona en el Eclesiástico (48,20-22), y es el profeta más citado en el Nuevo Testamento, sea en los cuatro Evangelios y Hechos de los apóstoles, como también en la carta de san Pablo a los Romanos.

Señalemos, para ser precisos, que fue tan importante que, detrás de él quedó una escuela… grupos de personas que se remitían a él y, a veces, escribían en su nombre como una manera de decir “si hoy viviera Isaías nos diría esto”. Por eso, cuando hablamos del profeta y su predicación tenemos que distinguir lo propio de lo que dicen sus discípulos; sobre todo, porque los tiempos son distintos y, por lo tanto, serán distintas las propuestas, las críticas o las predicaciones que se hagan “en nombre de Isaías”. Además, evidentemente, hay que tener en cuenta que los profetas predicaban y otros, contemporáneamente en ocasiones, o, habitualmente más tarde, ponían lo dicho por escrito.

Si miramos lo que nos dice el relato inaugural, veremos que predicó “en tiempos de Ozías, de Jotán, de Acaz y de Ezequías, reyes de Judá” (Is 1,1; es bueno notar que muchas veces en el versículo inaugural de los libros de los diferentes profetas se nos dice en qué período histórico predicó cada uno). En este caso (las fechas son estimativas) se trata de: Ozías (781-744 a.C.), Jotán (744-742 a.C.), Acaz (742-727 a.C.) y Ezequías (727-698 a.C.), reyes de Judá, es decir, del Sur. Como vemos, el período de predicación de Isaías es de casi 50 años (aunque empieza a hacerlo cuando muere Ozías (ver Is 6,1). Los discípulos, por su parte, predicarán en tiempos más tardíos (por ejemplo, durante el exilio en Babilonia o al regresar, entre los años 545 y 515 a.C., aproximadamente; cosa que encontramos en el actual libro de Isaías en los capítulos 40 a 66.

Como los profetas procuran hablar de parte de Dios a los tiempos en que viven, es importante conocer qué pasaba en cada uno de ellos ya que allí éste dirá que “esto sí” o “esto no” es fiel al proyecto de Dios para su pueblo. Isaías – como dijimos – parece ser alguien importante, por eso puede tener fácil acceso al rey y al palacio (ver, por ejemplo 7,4.10; 22,15).

Durante el período del rey Jotán, Isaías critica las expresiones religiosas que son formales, pero no van acompañadas por una vida coherente con la voluntad de Dios. Muchos creen que lo que le agrada a Dios es el culto, las oraciones, los ayunos… pero el profeta les dice que “primero” deben vivir como Dios propone, y después sí, participar en el culto (ver 1,10-20; 29,13-14); vivir conforme con la voluntad de Dios es lo más importante.

Durante el período del rey Ajaz, el clima internacional es muy preocupante: el terrible ejército asirio avanza y domina todo, extermina, arrasa, destruye. Algunos proponen una alianza para enfrentarlos (e incluso quieren derrocar al rey de Judá - es decir del Sur - para poner uno amigable), e Isaías le dice a Ajaz con toda vehemencia que “no tema”, que confíe en Dios; que no vaya a buscar ayuda con los asirios ni tampoco se una a los que lo quieren enfrentar (ver 7,16-17; 8,4).

Durante el período de Ezequías, Isaías encuentra un rey que pretende ser fiel a Dios, por lo que lo apoya y acompaña (9,1-6), incluso en su resistencia contra el ejército extranjero (10,20-23; 14,24-27).

Como se ve (lo que acá señalamos son simplemente ejemplos), en cada período histórico la palabra del profeta tiene matices y acentos diferentes. Obviamente, en Isaías y en los demás profetas, de ayer y de hoy, cada uno con sus características, sus propuestas, sus críticas o acentos, y en los momentos diversos, pretenden siempre señalar lo importante: ¡la búsqueda de que se realice la voluntad de Dios en los tiempos concretos que vivimos!

 

Imagen tomada de https://es.wikipedia.org/wiki/Isa%C3%ADas

miércoles, 8 de abril de 2026

Jorge Novak, santo

Jorge Novak, santo

Eduardo de la Serna



La curia romana, siempre atenta a hacer todo lo contrario a lo que se espera y desea de ella, acaba de confirmar que la causa de beatificación de Jorge Novak ha quedado anulada. La razón es que no hizo – dicen – todo lo que debiera en el caso del comportamiento de un presbítero de la diócesis.

Antes de avanzar quisiera decir algo sobre eso:

  • 1.      Como hombre de Dios que era, Jorge Novak le creyó al cura que decía que no era verdad aquello de lo que lo acusaban; no podía entender que un cura mintiera (porque él no lo hacía ni lo haría).
  • 2.      Cuando los testimonios y pruebas fueron abrumadores sobre el obrar del cura, Novak dijo que se había equivocado, le había creído y dijo que debía renunciar a la conducción de la diócesis (algo a lo que los curas que estábamos con él en ese momento lo desalentamos).

En lo personal no tengo dudas de que el cese de la causa tiene que ver con el tiempo eclesial que vivimos, es decir, el fallecimiento de Francisco y un nuevo pontificado tibio y mediocre. No importa que hubiera no uno, sino muchos casos semejantes para la canonización del obispo de Cracovia Karol Wojtyla y luego papa Juan Pablo II. El solo caso de su apoyo a Marcial Maciél, el depredador y fundador de los Legionarios de Cristo es harto evidente. Es decir, es evidencia de la doble vara con la que se guía la curia romana cuando de canonizaciones se trata.

Ya fuimos testigos de que Roma “cajoneó” el proceso de beatificación – canonización de monseñor Romero. Un santo obispo molesto para la doble vara eclesial. Recién cuando afirmaron que Romero era del Opus Dei y no estaba con la Teología de la Liberación (sic, irónico sic) se desempolvó el proceso y se llegó a buen término.

El 13 de octubre de 2025 se informó de la revocación del nihil obstat (nada obsta) con la continuidad del proceso de beatificación de Jorge Novak. Hoy decenas de voces en distintos medios celebran a San Jorge Novak, canonizado por el pueblo de Dios, el mismo que es infalible “in credendo” (en lo que cree). Roma podrá decir lo que quiera (son tan buenos que nos permiten seguir llamándolo “Siervo de Dios”, ¡tanta ternura!) el pueblo también habla. Y quienes queremos escuchar lo que el Espíritu de Dios dice a las Iglesias lo reconocemos. Lo celebramos. Lo festejamos. San Jorge, ¡ruega por nosotros! (y por la Iglesia).

 

martes, 7 de abril de 2026

Comentario a las lecturas del domingo 2º de Pascua "A"

 

Una comunidad que nace de la Pascua

DOMINGO SEGUNDO DE PASCUA - "A"


Eduardo de la Serna



Lectura de los Hechos de los Apóstoles     2, 42-47

Resumen: Lucas presenta la comunidad ideal de los orígenes como caracterizada por cuatro elementos: la enseñanza, la oración, la eucaristía y poner los bienes en común, y lo repite a fin de encontrar en ellos la continuidad con el camino de Jesús.

El sumario de Hechos presenta por primera vez (cf. 4,32-35) a la comunidad originaria, la comunidad de Jerusalén. A partir del cap. 6 se empieza a referir a los seguidores de Jesús originados en la diáspora, y más adelante se abrirá el grupo a recibir a los paganos. 

En 2,41 Lucas había dicho que ante la predicación de Pedro “los que acogieron su palabra se bautizaron y aquel día se les unieron unas tres mil almas (psyjaì = vidas, personas)”. Son estos, entonces los que “acudían asiduamente”…

Lo primero que se afirma de este grupo es que acudían a:
  • La enseñanza (didajê) de los apóstoles (en 5,28; 13,12; 17,19 se refiere a una enseñanza ya fijada, por lo que puede traducirse también por “doctrina”;
  • La comunión (koinônía); única vez en Hch, muy frecuente en Pablo para aludir a la vida compartida, a la comunión de vida con Dios, o a los bienes compartidos (por ejemplo, en la Colecta);
  • La fracción del pan (klásei tou artou) en Lc 24,35 alude al reconocimiento de Jesús por parte de los peregrinos de Emaús, ciertamente se refiere a la Eucaristía;
  • Las oraciones (proseujais) ya eran algo que se había dicho del grupo germinal (1,14) y es algo frecuente en la comunidad (3,1; 6,4; 12,5).
En todos ellos (psyjê) ocurrió un “gran temor”. El temor reverencial es característico de la religiosidad (5,5.11; 9,31; 19,17; cf. Lc 1,12.65; 2,9; 5,26; 7,16; 8,37), puede incluir el miedo, pero también el “temor de ofender”, el respeto y la reverencia. La referencia a los “signos y prodigios” (térata kaì sêmeia) particularmente desde Dt 34,11 alude al profetismo (como Moisés). La comunidad de los apóstoles, así como Jesús, se caracteriza por su ser profeta en la teología de Lucas-Hechos. El profetismo la caracteriza todo a lo largo de la obra en varios aspectos (cf. 2,19; 4,30; 5,12; 6,8; 7,36; 14,3; 15,12).

Todo el grupo es calificado de “creyentes” (pisteúontes), ellos vivían unidos y tenían todo en “común” (koinà; es la koinônía de la que había hablado más arriba). Los antiguos griegos hablaban de la amistad como los que tienen todo en común y viven unidos con lo que –podemos decir- Lucas califica la comunidad como de “hermanos” (uso judío) y de “amigos” (uso griego). La referencia a lo que se vende, se pone en común y se reparte según las necesidades será algo que especificará más claramente en caps. 4 y 5: (4,32-35 en el sumario, 4,36-37 en el ejemplo de Bernabé; y en 5,1-11 en el anti-testimonio de Ananías y Safira). 

Como se trata de la comunidad de Jerusalén, acuden diariamente al Templo (lo que se reiterará en 3,1; 5,25…), y con “perseverancia”, como la que hay en la oración (1,14) o en la enseñanza (didajê) de los apóstoles, quienes a su vez se dedican a la oración y la predicación de la palabra (6,4), e “íntimamente” (1,14; 4,24; 5,12; 8,6), pero a su vez “partían el pan” en las casas y compartían el alimento. La alabanza (ainoûntes) es casi exclusivamente lucana en el NT (6x de 8x, Rom 15,11; Ap 19,5) y siempre se dirige a Dios. Y tenían la “gracia” (járin) de “todo el pueblo (laos)”. 

Y a modo conclusivo (como lo que vimos de 2,41) se alude a que se agregan a ellos los que “el Señor” (¿Jesús?) añade para que sean “salvados” (sôzomenous). 

Como puede verse, el relato luego de haber señalado a modo de sumario cuatro características de la comunidad primitiva, las desarrolla un poco para que se comprendan mejor:


La enseñanza de los apóstoles
43 El temor se apoderaba de todos, pues los apóstoles realizaban muchos prodigios y señales. (2:43)
La comunión
44 Todos los creyentes vivían unidos y tenían todo en común;
 45 vendían sus posesiones y sus bienes y repartían el precio entre todos, según la necesidad de cada uno. (2:44-45)
La fracción del pan
… partían el pan por las casas y tomaban el alimento con alegría y sencillez de corazón. (v.46b)
Las oraciones
46 Acudían al Templo todos los días con perseverancia y con un mismo espíritu (…) 47 Alababan a Dios y gozaban de la simpatía de todo el pueblo.  (2:46a-47)



Y concluye mostrando –como ya lo había hecho (2,41) y repetirá- que “la comunidad crecía…” (cf. 6,7).



Lectura de la primera carta de san Pedro     1, 3-9

Resumen: el comienzo de la carta de Pedro prepara la totalidad del texto. Con un esquema trinitario, pero centrado en los sufrimientos y la resurrección de Cristo, alienta los destinatarios a animarse en el servicio a los despreciados de la sociedad.

Como otras cartas del Nuevo Testamento, la primera carta de Pedro comienza con un himno (“bendito sea Dios”) en lugar de una acción de gracias, como es habitual (cf. 2 Cor y Ef). De todos modos, ambos modos de introducción sirven para presentar los temas principales de la carta.

La carta de Pedro es motivo de interesantes debates entre los estudiosos, pero veamos brevemente algunos elementos a tener en cuenta: el himno comienza bendiciendo a Dios (Padre) por sus dones (vv.3-5), pero abandona la bendición para seguir considerando y destacando la alegría en medio de los sufrimientos como los de Cristo (vv.6-9) y concluye destacando a los destinatarios como receptores de la buena noticia dada por el Espíritu (vv.10-12). El honor que reciben viene dado por la participación en la familia de los renacidos. A pesar de la semejanza con el contexto bautismal, el texto es propio de los cantos de transmisión oral. El bautismo es el trasfondo con el que el cristiano debe mostrarse en la sociedad en la que vive (1,14-2,3; 2,9-10.11-12; 3,13-4,6). La tradición (también judía) de la alegría en medio del sufrimiento (1,6; 4,12-13; cf. 3,14; 4,14) la seguridad de la protección divina y la presencia del espíritu no exime a los creyentes de la realidad del sufrimiento (4,12; 5,9), la inminencia del juicio (4,17) y la perspectiva de la salvación y gloria (1,8-9; 4,14.16; 5,10). Los versículos vv.10-12 contienen para muchos la unidad clave para comprender 1 Pedro (aunque los vv.11-12 están omitidos en el texto litúrgico) porque introducen los sufrimientos y gloria de Jesús como clave de interpretación de la vida del cristiano. La carta en su totalidad intenta dar aliento y coraje a sus destinatarios que son “extranjeros” (despreciados, rechazados) en el medio ambiente y por lo tanto presentar como una buena noticia la actual situación a semejanza de Cristo preparando también la gloria futura.

La regeneración, que es lo que motiva la bendición, se determina por la esperanza viva (v.3), la herencia incorruptible (v.4a) y la salvación que se revelará (v.4b). Estas características marcarán definitivamente un modo totalmente nuevo de vida que debe caracterizar al cristiano, aun en medio de las dificultades y por el que tiene sentido dedicarse al servicio de los extranjeros revelándoles una nueva vida, una nueva “casa”.


+ Evangelio según san Juan    20, 19-31

Resumen: en dos escenas Jesús se aparece a su comunidad otorgando los dones plenos esperados para el final de los tiempos. Por otra parte, se resalta la identidad entre el resucitado con el crucificado en los signos visibles de la cruz, pero -como el discípulo amado- el Evangelio se dirige a quienes creerán sin ver y así alcanzarán la vida plena de Dios.


El día de la resurrección está concluyendo. De madrugada, María Magdalena fue al sepulcro (20,1); más tarde ella se encuentra con Jesús a quien confunde con el “jardinero” (20,15) y lo comunica a los “discípulos” y al atardecer de ese mismo día tiene lugar la aparición a “los discípulos”. No sabemos quiénes eran los que estaban en este relato (por lo cual “los discípulos” como conjunto son los que deben ser tenidos en cuenta en el relato), sólo sabemos quién faltaba, Tomás, que será el protagonista, junto con Jesús, de la próxima y última escena. Esta unidad tiene entonces dos partes separadas por una semana (a fin de que la nueva aparición del resucitado vuelva a ocurrir en domingo). La ausencia y presencia de Tomás marca el elemento -nuevo en la segunda- que las relaciona, pero no hace falta caer en el fundamentalismo de preguntar si entonces Tomás no recibe los dones dados por Jesús en la primera visita.

Empecemos señalando que la presencia de Jesús con las puertas cerradas (v.19.26) parece intentar aludir a que Jesús no ha vuelto a la misma vida pasada: su cuerpo es el mismo, pero es a su vez distinto, es glorificado. Como en la escena que sigue, las palabras de Jesús reconocen el don de la paz (shalom, algo necesario en medio del “temor”; no es justo decir que la paz ya está entre ellos –a causa de la ausencia de verbo, lit. “la paz con ustedes”- ya que el temor y la alegría posterior parecen desmentirlo) que Jesús les otorga (vv.19.26) y a continuación “les muestra las manos y el costado” reforzando así la idea de que “el resucitado es el crucificado”, continuidad y diferencia. Esto dicho anticipa la escena de Tomás, pero también nos adelanta que lo que dirá luego de los que “creen sin ver” no se refiere a los discípulos (que "ven") sino a los lectores del Evangelio.

La alegría y la paz nuevamente otorgadas tienen una nueva dimensión. No se trata simplemente de repetir un saludo y que los discípulos se “alegren” por verlo resucitado, la “paz” y la “alegría” son dones escatológicos, como es escatológico todo el ambiente de esta escena. La resurrección de Jesús empieza a derramar sobre los suyos, los discípulos, los dones esperados para el final de los tiempos. Precisamente el gran don, el que engendra los anteriores, es el Espíritu que ahora entrega el resucitado. Nosotros lectores ya sabemos que sobre el pequeño grupo al pie de la cruz –los creyentes representados en la madre y el discípulo amado- se ha dado el espíritu (19,30), como estaba anunciado (7,39). Pero el espíritu –recordar los dichos del Paráclito (ver 14,16.26; 15,26; 16,7, siempre en el discurso de despedida)- no se derrama sobre el pequeño grupo, sino sobre todos los creyentes para ser testigos (20,22; ver 15,26-27).

Ahora bien, como se puede ver en una lectura integral de todo el Evangelio, uno de los elementos centrales de la cristología joánica es presentar a Jesús como “enviado” del Padre. El “enviado” (hebreo “sheliah”) es una institución característica para la cual la persona tiene “la misma autoridad que tiene quien lo envía”, es decir, lo que dice, lo que decide, lo que deja de hacer es el mismo ‘enviador’ quien lo hace. Siendo Jesús “enviado del Padre” evidentemente pronuncia su misma palabra, opera sus mismas obras como queda claro todo a lo largo del Evangelio. “Enviado” en griego se dice con dos términos, pempô apostellô (de donde viene “apóstol”). Así podemos decir que en el cuerpo del evangelio de Juan sólo hay un “apóstol” que es Jesús. Sin embargo, una vez resucitado, Jesús “envía” a sus discípulos así “como el Padre me envió” (ver 13,16.20; 17,18), y –en coherencia con los textos mencionados- es un envío “al mundo”.

A continuación les da la capacidad de hacer llegar a todos el perdón de Dios (en un texto que tiene cierto contacto con Mt 16,19; 18,18).

La escena queda abruptamente interrumpida –no hay despedida ni partida- con la referencia a la ausencia de Tomás. En un diálogo entre ambas escenas los asistentes confirman que han “visto al Señor” (nuevamente se confirma que la alusión a "los que creen sin ver" no se refiere a ellos) pero Tomás manifiesta explícitamente su incredulidad yendo más allá de la visión, él quiere tocar.

Ocho días más tarde la escena inicial vuelve a repetirse, como dijimos, pero ahora Jesús se dirige directamente a Tomás invitándolo a hacer lo que había solicitado e invitándolo a no ser increyente sino creyente. La escena concluye con la magnífica confesión de fe de Tomás, “Señor mío y Dios mío”.

Pero veamos algunos elementos fundamentales para entender más plenamente esta unidad: como se ha dicho, la paz y la alegría no son un simple saludo. La paz ya había sido anunciada por Jesús para su vuelta (14,27-28; 16,33; ver Is 52,7, 60,17, 66,12); y también la alegría (14,19; 16,21-22; ver Is 51,3 11, Sal 35,9). El “soplo” podría aludir al relato de la (nueva) creación (Gen 2,7; Sab 15,11) pero parece también coherente con la imagen de la resurrección en alusión a Ez 37 en el relato de los “huesos secos”; la humanidad resucita por el poder creador de Jesús resucitado. La referencia a perdonar y retener se mueve entre dos extremos, y tiene la apariencia de lo que se llama un “merismo”, es decir una figura retórica que quiere señalar la totalidad moviéndose entre los dos extremos. En este caso parece simbolizar el control total del acceso a la casa (ver Is 22,22 con términos similares, que también inspira –como dijimos- a Mt 16,19 y 18,18). Puesto que la escena refiere a “los discípulos” sin especificar, parece que debe entenderse que es toda la comunidad creyente la que recibe este “ministerio”.

Los discípulos ya habían escuchado palabras semejantes de María Magdalena que “había visto al Señor”, pero el texto no dice nada sobre las consecuencias de esto (lo que podría estar incluido si creemos que Juan ha desarmado el texto –como hemos dicho la semana pasada- y puesto la reacción de los discípulos al comienzo de la unidad). Las mismas palabras dicen ahora los discípulos a Tomás: “hemos visto al Señor”.

La respuesta de Tomás a los discípulos marca un segundo estadio en su itinerario de fe –luego de la ausencia- Está dispuesto a dejar su incredulidad si es que el resucitado se ajusta a sus criterios, pero «si no» (ean me) cumple sus condiciones, permanecerá en la incredulidad, «no creeré» (ou me pisteuso). Tomás exige “tocar” a Jesús así como María quería aferrarse a su cuerpo (20,17); Tomas –ahora, al menos, está presente- exige experimentar el cuerpo resucitado del crucificado. Pero el sentido fuerte de “tocar” y “meter” parece destacar, además, la continuidad entre el mundo pasado y presente de Jesús (algo que el paso a través de las puertas refuta, como dijimos). Para creer, Jesús debe aceptar sus exigencias.  Al aparecerse Jesús manifiesta aceptar las condiciones de Tomás, pero a su vez también pretende: “y no seas incrédulo, sino creyente…” (no hace falta destacar la reiteración e importancia del verbo “creer”). Nada indica que Tomás tocara, ahora es él el que acepta la condición de Jesús y manifiesta su fe. Lo que había ido mostrándose en el Evangelio sobre “la palabra” en 1,1-2, el uso por parte de Jesús del absoluto “yo soy” (ver 4,26, 8,24.28.58; 13,19; cf. 18,5.8), y su afirmación «yo y el Padre somos uno» (10,30 y también 10,38) llegan a su “climax” en esta confesión de fe: “Señor mío, Dios mío”. Se ha destacado que el emperador Domiciano (81-96 d.C.) quería ser venerado como Dominus et Deus noster ("Señor y Dios nuestro", Suetonio, Domiciano 13). El ambiente del “culto al emperador” era muy importante en el imperio romano, y quizás sea el trasfondo del dicho, pero no hace honor al texto entenderlo solamente como una confrontación; el dicho debe entenderse especialmente en el contexto del mismo Evangelio y su texto (cf. Sal 35,23; Am 5,16).

La confesión finaliza con un dicho de Jesús, “Dichosos los que no han visto y han creído” abriendo así el relato a los lectores del Evangelio, a un nuevo tiempo histórico (17,20; cf. 1 Pe 1,8). Pero no es justo, tampoco, descuidar –en una misma proyección a los discípulos y al tiempo de los lectores del Evangelio- que antes, se ha destacado que el discípulo amado creyó sin ver (20,8). Eso es lo que están invitados a confesar los destinatarios del cuarto evangelio, y ese ejemplo están (estamos) invitados a seguir.

En los vv.30-31 se presenta la conclusión de todo el Evangelio, el “para qué” fue escrito: “para que crean” y creyendo “tengan vida” (divina). “Juan” ha hecho una selección de signos en esta obra con esta finalidad, “que crean”. No se debe descuidar que este creer aquí se señala explícitamente: “que crean que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios”, algo que en el Evangelio es confesado por Marta (11,27). Siendo idénticas palabras a las de Pedro en la llamada “confesión de fe de Pedro” (Mt 16,16), seguramente debería referirse a Marta con idéntica idea, “confesión de fe de Marta”; por eso a ella Jesús le aclara “el que crea en mí, aunque muera vivirá, y todo el que vive y cree en mí no morirá jamás. ¿Crees?” (11,26; notar en ambos casos –de Marta y de la conclusión del Evangelio- la centralidad de “creer”). Siendo esta la máxima confesión de fe del Evangelio, no se debería dejar a Marta en un segundo lugar al leerlo [la lectura machista habitualmente habla de la "confesión de fe de Pedro" y silencia la "confesión de fe de Marta" aunque sean prácticamente idénticas]. Pero –en este caso concreto de la liturgia de la fecha- siendo esta la conclusión de todo el Evangelio, la unidad merecería un desarrollo mucho más extenso. Simplemente reiteremos aquí la estrecha relación entre fe y vida (divina), eso es lo que el autor del Evangelio pretende. Esos son los “creyentes” –y discípulos amados- y esa es la comunicación de la vida “resucitada” para “todo el que cree”.

lunes, 6 de abril de 2026

Propagar tonterías

Propagar tonterías

Eduardo de la Serna



Un día, hace mucho tiempo, el 3 de febrero de 1945, hubo un fotógrafo, Joe Rosenthal, que difundió en los medios una foto suya tomada en Iwo Jima, Japón. Allí se ve a 6 personas levantando una bandera de los EEUU en medio del conflicto bélico. La foto le mereció a don Joe el premio Pulitzer a la mejor fotografía ese año. Ciertamente era muy discente. No mucho después surgió el planteo de que, en realidad, la foto no había sido una instantánea sino una foto “armada”. Sospechando esto último, pero sin ser el tema que me interesa, la reflexión más que evidente es que, sea como fuere, la fotografía no solo dijo, sino también movilizó, impulsó (y por eso se difundió). El nacionalismo (una especie de fuerza latente en tantas ocasiones) se vio alimentado y revitalizado, cosa que en una guerra siempre es conveniente. A eso también se lo llama “propaganda”.

Y eso, que tantos supieron siempre, lo impulsan y alientan todavía hoy otros tantos. Los asirios, por ejemplo, quizás uno de los imperios más sanguinarios de la historia, supieron hacer ostentación de la sangre, y, cual película de Mel Gibson, la mostraban por doquier. Sabiendo que venían, la cosa era rendirse o escapar antes que llegaran. Algo semejante hicieron los romanos, desperdigando monumentos por todas partes del imperio. Todos podían ver las omnipotentes y omnipresentes legiones y su paso triunfal (quizás aprendido, a su vez, de la propaganda de Alejandro Magno). Algo semejante, siglos después, hicieron los grupos paramilitares de las AUC, provocando que Colombia fuera el segundo país con más desplazados del mundo. La propaganda es poderosa, y en muchas ocasiones, indispensable al menos para sobrevivir. La propaganda, obviamente, propaga.

De eso se tratan hoy las fotografías oficiales. No puede dudarse. Ver una foto de Milei saludando a un bombero en la Patagonia incendiada, una cantando el himno, o una comiendo milanesas en Casa Rosada (con un fondo en el que se ve ¡la Casa Rosada!) no pretenden comunicar información, pretenden “propagar”. Y, especialmente dirigida a grupos humanos que solo ven (civilización de la pantalla) sin analizar, ¡y mucho menos leer!, lo cual ayuda a entender o responder a muchos por qué.

Las Fuerzas Armadas lo hicieron en Malvinas y, antes, con el Mundial 78, y un poco, también, con la “inminente guerra con Chile”. Por supuesto que existe también una “contra propaganda”: en el Mundial, empezando, aparentemente, por el periodismo de los Países Bajos, mostraron el “ejército de mujeres armadas con pañuelos blancos sobre sus cabezas”, lo cual también fue propagado. A eso puede sumarse la leyenda acerca del por qué no vino Johan Cruyff y el rumor que afirmaba que, de ganar la final (algo que jamás podría ocurrir, sospecho), los holandeses se negarían a recibir la copa de manos de Videla. Eso también es propaganda. Pero, en este caso, lo que cuenta no es quién transmite mejor “la verdad” sino aquello que los destinatarios “quieren creer”. Obviamente, en Argentina, muchos eligieron creer que había una “campaña antiargentina en el exterior”, que Amnesty International eran perversos, que los argentinos somos derechos y humanos y muchas otras sandeces más. Sandeces que, todavía hoy, y, ¡por supuesto, propaganda mediante!, muchos eligen seguir creyendo.

Claro que los medios de propagación no son hoy los de ayer. La foto de Rosenthal, cuyo rollo fue enviado, revelado y analizado en Guam, a más de 1.000 kilómetros de Iwo Jima (con todo el tiempo y riesgos que eso implica) y luego enviada por fax por Associated Press a todo el mundo, fue algo que demoró más de 17 horas en llegar. Ciertamente, esto es hoy impensable e incomprensible para tantos… o para casi todos. Hoy, la propaganda se propaga casi al instante, en “tiempo real”, la publicidad se hace “pública” al momento. Y se elige creer simultáneamente. ¿Analizar? ¡No! ¡Yo no me meto en política!

Evangelio del 2do domingo de Pascua A

Evangelio del 2do domingo de Pascua A



o también en

https://youtu.be/tOHBm4M367k

Eduardo

sábado, 4 de abril de 2026

“¿Cuándo querrá el Dios del cielo que la tortilla se vuelva?”

“¿Cuándo querrá el Dios del cielo que la tortilla se vuelva?”

Eduardo de la Serna



Con toda intención elegí como título una canción que fue popularísima a fines de los 60 y comienzos de los 70, originada en la República española y difundida, especialmente, por maravillosos músicos chilenos (Víctor Jara y Quilapayún). Y no para referirme al tema, complicado, que celebraría cuando “los pobres coman pan y los ricos mierda, mierda”, porque tengo la sensación que, quienes queremos tener el corazón junto a los pobres, en ese hipotético entonces, deberíamos pelear por el pan para los apellidos ilustres. Es que, sospecho, en muchos, el imaginario pascual es como una suerte de tortilla: los que la pasan mal la pasarán bien, los que la pasan bien la pasarán mal en la resurrección. ¡Horror!

Con la resurrección “tenemos un problema” que se remonta al año 1054. Entonces ocurrió lo que se llama “el cisma de Oriente”, el cual creo – personalmente – fue el momento más dramático para la teología católica romana. Dentro de las muchas cosas que “perdimos” estuvieron la “Trinidad”, la Biblia, el Espíritu Santo y la Resurrección. Me refiero a que dejaron de ser “temas”, se dejaron de “teologizar” … Es interesante, por ejemplo, que recién cuando todo conducía al Concilio Vaticano II, recién entonces empezaron a aparecer obras teológicas sobre la Resurrección (Durwell, “La resurrección de Jesús. Misterio de Salvación” [1950], y luego, Léon-Dufour, “Resurrección de Cristo y mensaje pascual” [1971], ambos en francés originalmente).

Ciertamente, el tema quedaba centrado en la muerte de Jesús (en contraste con el Cristo resucitado frecuente en Oriente); basta con ver la cantidad de pinturas, por ejemplo sobre la cruz (y cuánto más sangrante, era preferible). Y, obviamente, esto repercutió en la catequesis. Toda América Latina quedó marcada por la teología centrada en el dolor originada en la península Ibérica. Ciertamente eso influye en que, todavía hoy, en muchos ambientes, al menos, sea más popular el Via Crucis que la celebración de la Vigilia Pascual.

Veamos muy brevemente. La teología tradicional del Antiguo Testamento por la cual Dios retribuye el bien o el mal que hacemos quedó herida de muerte con el libro de Job, pero, siempre quedó vigente la pregunta, ¿Y Dios? Así, algunos – en el período griego – empezaron a suponer que Dios volvería a la vida a las personas (no era unánime, algunos pensaban que solamente a los buenos; otros que sería a todos, pero los malvados lo serían para el padecimiento… ¡y acá la tortilla!). Es decir, pasado un tiempo, se volvería a la vida con la cual – sin males, enfermedades o violencias – se viviría, alimentaría, reproduciría en paz hasta finalmente “apagarse”. Es bueno notar que, en muchas culturas, y tal parece ser también lo que ocurre en Israel, se vive con alegría y paz la muerte cuando ocurre “naturalmente”, cuando un anciano se va después de haber vivido (“se acuesta con sus padres”), mientras que se vive con angustia o dolor la muerte por enfermedad, accidente o violencia. La resurrección, entonces, sería - ironicemos – una suerte de “segunda temporada”.

Pero los cristianos se encontraron con una experiencia totalmente novedosa: ¡la resurrección de Cristo! Y, así como cuando murió el primero (= Adán) todos murieron, pues cuando resucitó el primero (= Cristo) todos resucitarán. Con Jesús empieza la “era de los resucitados” insiste Pablo (1 Tesalonicenses, 1 Corintios, Romanos).

Pero, como ocurre con tantas cosas, hemos sido incapaces de profundizar la novedad de Jesús, y hemos vuelto atrás, al Antiguo Testamento, también en esto, y, entonces, entendemos la resurrección como una suerte de premio. Y – sigamos ironizando – para ganar un premio debo comprar números. Así, se mezclan una serie de cosas que en nada se asemejan a Jesús: resucitarán los que hicieron el bien (= mérito), los que lo ganan (= premio), los que Dios decide (= predestinados) …

La resurrección de Jesús no fue un premio o un pago de Dios al mérito de su Hijo, evidentemente. La resurrección de Jesús nos cuenta dónde está Dios en el drama de la historia que significó la cruz.

Quedarnos en la cruz (olvidando la resurrección) nos lleva a mirar a un Dios violento (René Girard, Giuseppe Barbaglio) e ignorar la impotencia de Dios – porque el amor es impotente – que, en el drama, ¡calla! Pero no porque sea mudo, no porque sea indiferente, no porque “decida no hacer nada”, sino simplemente porque no puede hacer nada. Dios no puede bajar a su hijo de la cruz y mandar un ejército de ángeles. Pero Dios sí es amor, es vida y vida plena, y, por eso la resurrección. La resurrección, la de Jesús y también la nuestra es don, es gracia.

La gracia es un Dios que – otra vez – no puede quedarse solo “allá arriba” mirando el show de la humanidad desorientada. Porque es amor, y “es propio del amor abajarse” ... y abajarse hasta lo más bajo. La gracia es el abajamiento de Dios, pero no para quedarse allí, abajo, sino para levantarnos (y no está de más recordar que, en griego, levantar y resucitar se dicen con la misma palabra). Levantarnos hasta sus rodillas maternales (Teresa de Lisieux).

En nuestros tiempos de meritocracia, de competencia y de individualismo, pareciera que la resurrección y la “salvación” son algo personal, “¡mío!”, algo que se me debe (¡Dios me debe!). Y, ante tanta tontería, no está mal, si queremos mirar con otros ojos, volver a la resurrección de Jesús. Porque así será la que esperamos.

Como no hemos sabido romper esquemas dualistas (cuerpo y alma), en otros ambientes, pareciera que “el alma” anda flotando a la espera de “que le devuelvan el envase” que ocurrirá “al final de los tiempos”.

Y como no hemos, tampoco, roto el esquema jurídico de un “juicio final” entendido con nuestras categorías jurídicas (ironizo una vez más, pero si fuera como el poder judicial argentino hay “infierno para todos y todas”) toca temblar hasta ver si el dedo imperial de Dios se dirige hacia arriba o hacia abajo.

Isabel de la Trinidad decía, con exactitud teológica: “el cielo es Dios”. Si la resurrección es un encuentro con Dios, el encuentro de un pueblo (no de individuos), lo mejor para entenderla es sencillamente mirar a Dios, a ese Dios padre-madre (abbá-imma) enamorado de sus hijos e hijas. Ciertamente un Dios que celebra y hace fiesta cuando el hijo o la hija se encuentran con Él-Ella, un Dios comunidad que ni se entiende solo ni quiere estarlo.

Y sabemos cómo es una fiesta… en la que los niños y niñas corren, hacen ruido y, a veces, hasta rompen algo, en la que el abuelo repite anécdotas que escuchamos mil veces, en la que una tía malhumorada casi no habla y un primo reparte chimentos, no siempre agradables. Y brindamos, y celebramos, y nos alegramos, y cantamos… y esperamos volvernos a ver “el año que viene”. ¿E imaginamos la fiesta de Dios como una suerte de desfile militar sin nada que se salga de la raya? Discúlpenme, pero pienso la resurrección y la vida como una fiesta en la que Dios brinda porque sus hijos e hijas están reunidos y celebramos. ¡Salud!


Imagen tomada de https://mundococina.es/como-dar-la-vuelta-a-la-tortilla-trucos

La esperanza no se pierde (curas opp - Pascua)

La esperanza no se pierde                          



Pascua es esperanza, es la vida que brota allí donde reinaba la muerte, es repetir una y mil veces que “el amor es más fuerte”.

La muerte es poderosa, destruye, aniquila, desaparece, pero los creyentes en el Dios de la vida sabemos que “si el grano de trigo no muere queda solo, pero si muere da mucho fruto” (Juan 12,24).

Compartiendo la vida y la muerte de los y las pobres sabemos de su dolor, de su tristeza y su muerte cotidiana, pero los mismos pobres nos enseñan que “la esperanza es lo último que se pierde”, y la Pascua lo reitera. “Resucitó Cristo, mi esperanza” insiste María Magdalena. Y en este tiempo Pascual queremos repetir, “la muerte no tiene la última palabra”, hay vida y Dios es su garante. ¡Felices Pascuas!

 

Curas en opción por las y los pobres

Semana Santa 2026