Animarnos a amar como Dios / Jesús… ¡Nada menos!
Eduardo de la Serna
La Biblia, que no suele “andar
con chiquitas”, nos pone un desafío mayúsculo, ¡el amor! Y, para darle entidad,
nos invita a “amar como Dios”, o “como Jesús nos amó”. ¿No es excesivo? ¿Quién
puede amar como Dios? ¿Quién puede amar como Jesús? En estos párrafos pretendo “recoger
el guante” e intentar mirar ambos aspectos con la intención de entender qué nos
dice el profeta y qué el evangelista.
«ve y ama… como ama Yahvé…» (Oseas 3,1)
El texto se encuentra en la sección narrativa del profeta, probablemente
uno de los párrafos de mayor ternura de todo el Antiguo Testamento.
Veamos el contexto (omitimos algunos temas debatidos que no hacen a la
intención de esta página). Oseas toma por mujer a Gómer (1,3) que se dedica a
la prostitución (¿sagrada?) y engendran un hijo al que pondrán el nombre
Yizreel (1,4). La motivación de este nombre – una región de llanura (Jue 6,33),
donde hay una fuente (1 Sam 29,1) pero está ligada al derramamiento de sangre: fue
allí que la reina Jezabel tiene un palacio (1 Re 18,45-46) y asesina a Nabot
con la finalidad de apropiarse de su viña para su marido, el rey Acaz (1 Re
21,1) y allí el general Jehú – luego rey de Israel – provoca una increíble masacre,
comenzando por Jezabel, y toda la corte y sacerdotes (2 Re 9,30.36; 10,6.7.11).
El hijo del profeta recibe ese nombre porque “dentro de poco visitaré yo la
casa de Jehú por la sangre derramada en Yizreel, y pondré fin al reinado de la
casa de Israel. Aquel día romperé el arco de Israel en el valle de Yizreel”
(Os 1,4-5).
Gómer tiene todavía dos hijos más (¿con Oseas?, no se dice); la primera
es una hija a la que pone el nombre de Lo’-ruhamah [no-compadecida] “porque
ya no me compadeceré [raham] de la casa de Israel ni los perdonaré” (1,6). El término raham
alude al seno (materno), y de allí a la ternura, la compasión, la misericordia,
el amor, y puede traducirse con cualquiera de estas variantes (ver Os 14,4
referido al huérfano); en Oseas 9,14 refiere al seno abortivo. Lo cierto es que
el nombre de la hija refiere a que Dios “ya no” lo tendrá por Israel como lo
tuvo desde el origen (Ex 33,19; Dt 13,8; 30,3). El siguiente hijo recibe por
nombre Lo’-ami “ [no-mi-pueblo] porque ustedes no son mi pueblo [‘am]
ni yo soy el que estoy con ustedes” (1,9). Nuevamente nos remite al comienzo,
al mismo nombre “Yahvé” (yo soy el que estoy [con ustedes]); Dios da por
terminado lo que empezó en el Sinaí.
Sin embargo, sin explicación, irrumpe una nota de esperanza: los dos pueblos
se reunirán, y “no mi pueblo” se llamará “hijos de Dios vivo” (2,1), será “grande
el día de Yizreel” y digan a sus hermanos “mi pueblo [‘ami] y a sus
hermanas “compadecida” [ruhamah] (2,3). Aunque, en seguida, parece
continuar la misma tesitura crítica a su mujer “pleiteen con su madre
(obviamente dirigida a sus hijos) … ella ya no es mi mujer” (2,4). Su objetivo
es que “quite las prostituciones”, si no, de sus hijos “no me compadeceré”
(2,6). La prostitución remite a los amantes que la alimentan: pan, agua, lana,
lino, vino, aceite (referencia a los dioses de la fecundidad, como Baal,
propios de Canaan; 2,7). Pero lo que hará Yahvé es impedirle ir con ellos
(vallas, barreras) con la finalidad de que diga “voy a volver con mi primer
marido… me iba mejor que ahora” (2,9). Evidentemente Oseas lee su historia
personal (él y Gómer) a la luz de la relación de Yahvé e Israel, y la
infidelidad remite a la idolatría de Israel que pretende fecundidad con los
dioses paganos:
Ella no había comprendido ella que era yo
quien le daba el trigo, el vino y el aceite, ¡la plata y el oro en abundancia y
lo empleaban haciéndose un ídolo! Por eso volveré a tomar mi trigo a su tiempo
y mi vino a su estación, retiraré mi lana y mi lino que habían de cubrir su
desnudez (Os 2,10-11)
Y, para lograr su cometido, el amante la engaña (seducirla) y la lleva
al desierto, lugar sin fecundidad, lugar del amor primero… y “allí les daré sus
viñas” y “responderá como en su juventud” (2,16-17) y “me llamará esposo [‘ish]
mío y no Baal mío” (2,18 [además de la referencia a la divinidad, baal
también significa “señor”]). Y el “precio” de este reencuentro de amor será “derecho
(tzedaqa), justicia (mishpat), afecto (jesed), cariño (rahamim),
fidelidad (‘emun’ah), conocimiento (yada’) de Yahve (2,21-22; señalo
los términos hebreos porque todos son importantísimos); eso – ¡nada menos! – es
el compromiso de amor de los amantes. La consecuencia de esto:
responderé a los cielos, y ellos responderán
a la tierra [es decir, lloverá, ¡fecundidad!]; la tierra responderá al trigo,
al vino y al aceite, y ellos responderán a Yizreel. Yo la sembraré para mí en
esta tierra, me compadeceré de «No-compadecida», y diré a «No-mi-pueblo»: Tú
«Mi pueblo», y él dirá: «¡Mi Dios!» (2,23-25).
Después de este final esplendoroso, el capítulo 3 parece volver atrás. Parece
retomar el comienzo con evidente referencia histórica a la relación de Israel y
su infidelidad persistente. Pero, y aquí la frase: ¡Así ama Yahve!
El que en su irritación inicial había dicho “ya no”, es un “Dios
misericordioso [rahum] y clemente [hanun], tardo a la cólera y
rico en amor [jesed] y fidelidad [hemet]” (Ex 34,6; ver Jon 4,2).
Israel está, desde los orígenes hasta los últimos escritos, invitado al
derecho y la justicia (mishpat we tzedaqa; aparecen juntas en
los textos más diversos casi 50 veces en la Biblia hebrea), pero – es frecuente
también – la insistencia en que el pueblo no las ha respetado. Los diferentes
autores reaccionan diferentemente, pero Oseas lo presenta en “clave amor”, amor
esponsal (en el sentido de los esposos de aquel tiempo, por cierto; no hemos de
entenderlo en el sentido contemporáneo). Amor que no supone ignorar las
infidelidades, lo que provoca enojo e, incluso, ruptura de las relaciones. Pero
ese amor, que se expresa en el perdón, supone también reencuentro, reconciliación,
e, incluso, hasta trampa (seducción) con la finalidad de reconquistarla.
Ciertamente no como si “acá no ha pasado nada” pero si un reencuentro de “amor
y fidelidad” que se expresa – en ese caso, políticamente – en los nombres de
los dos hijos últimos. Dios se ha enojado, ha roto con su esposa, con su pueblo…
pero el amor que le tiene implica que el “ya no” cambiará y “sucederá aquel día”
que “mi pueblo” me dirá “mi Dios” …
“ámense los unos a los otros como yo los he
amado” (Juan 15,12)
Después de mostrar
a Jesús en su ministerio, el Evangelio de Juan decide presentar un largo discurso
de despedida de Jesús con “los suyos” (13,1; ver 13-17). Es un ejemplo para que “hagan como yo hice
con ustedes” (13,15), y eso es indicado como “amor” (13,34) que es un amor como
el del Padre por Jesús (15,9), que lleva a ambos a ser “uno” (17,11), porque,
así como el Padre ama al Hijo así también ama a “los suyos” (17,23), expresado,
también, como un “guardar los mandamientos” (15,10) pero un mandamiento que es,
precisamente, “amar” como él amó (15,12).
Ciertamente, la pregunta es ¿cómo amó Jesús?, y Juan mismo lo dice: “¡hasta el extremo!” (13,1). Este extremo es, ciertamente “poner la vida”, como el pastor que se “pone” delante del peligro para proteger a sus ovejas (10,11.15) o el amigo que arriesga su vida para defender al suyo (15,13) o Pedro, que, acelerada e impulsivamente, dice que arriesgará su vida por Jesús (cosa que no hace, por cierto, 13,37-38). Este arriesgar la vida, “ponerla” delante del peligro (10,17-18) es razón por la que el Padre ama al Hijo (“por eso”). Ese extremo, ciertamente, lo lleva a la muerte, porque la vida le es arrebatada; él la pone, otros la toman. Ese amor, ese extremo que es servicio, ponerse en el último lugar los unos en bien de los otros (13,4.17). Pero eso provoca vida: “el Padre tiene vida en sí mismo y también le da al hijo tener vida en sí mismo” (5,26). Amor y vida van juntos en Juan: “tanto amó Dios al mundo, que dio a su Hijo único, para que quien crea en él no perezca, sino tenga vida eterna” (3,16).
El amor “como” el de Jesús no es un “cómo” en cantidad, sino en “intensidad”,
sin guardarse nada, entregando (“poniendo”) todo, arriesgando incluso la vida
en bien de quienes son amados.
El “como”, insistimos, no ha de entenderse “cuánto”, porque parecería imposible:
¿amar como Dios? ¿amar como Jesús? Pero los textos no se detienen en un tema de
cantidad y perfección, sino en una propuesta de vida; amor capaz de perdón
(insisto, también, no un perdón que ignora o invisibiliza lo ocurrido, sino que
se mueve para pretender en los amados un cambio de actitud), amor capaz de no
guardarse nada (hasta el extremo) en beneficio de quienes son amados y es capaz
de arriesgar todo, precisamente por ellos. De ese amor se trata…
Imagen tomada de https://www.youtube.com/watch?v=eTc_2Ix8O3I




