Comentario a las lecturas del Triduo Pascual
o también en
https://youtu.be/j81j4HEC6jo
Eduardo
Comentario a las lecturas del Triduo Pascual
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https://youtu.be/j81j4HEC6jo
Eduardo
La mesa de la Pascua
Eduardo
de la Serna
El pan y el vino en la mesa
Es imagen de comida
Es imagen de una fiesta
De la familia reunida
Es un grupo de celebra
Que ama y canta la vida
Que perdona, canta y baila,
Y que a veces se arrodilla
Ante niños y sus juegos
Ante ancianos en sus sillas.
Y en esa mesa de todos
Donde siempre hay más cabida
El pan se parte y reparte
vino se sirve y se brinda
Y un nosotros se hace pueblo
En los manteles servida
No hay un yo si no hay nosotros
Sin una manta que abriga
Y aunque sea larga la noche
No hay encierro sin salida
Y aunque nos duela la guerra
Pues no hay sangre sin herida
No hay dolor sin esperanza
Pues no hay pozo sin subida
Porque la vida es más fuerte
Y está la luz de salida
La mesa resucitada
Es la Pascua compartida
Unos pastores
Como es fácil de imaginar, en los tiempos bíblicos
había dos tipos de pastores: los que eran miembros de una familia que tenía
ovejas y cabritos y debían llevarlos diariamente a pastar y, también, aquellos
que eran contratados para esa tarea.
Ambos hacían lo mismo, pero había diferencias sustanciales:
La diferencia principal era que unos – aunque se
tratara del más pequeño de la familia (ver 1 Sam 16,11) – eran los dueños del rebaño, mientras
que los segundos eran simplemente responsables circunstanciales.
Otra diferencia, y esta muy importante, era la
responsabilidad. Los poseedores de pequeños rebaños saben que cada oveja o
cabra es importante, por la lana y la leche, para empezar, y – muy
ocasionalmente – la provisión de carne, y – entonces – ante el peligro, como
pueden representar animales salvajes que pongan en riesgo la vida de alguna de ellas, el
pastor arriesga su propia vida porque toda su familia depende de ello. En
cambio, el contratado difícilmente acepte el riesgo por algo que no es suyo.
Queda, todavía, una tercera diferencia: precisamente
por no ser propia, no son pocas las veces que un contratado dirá que un animal
se desbarrancó o que las arrebató un lobo, cuando, en realidad, lo comió él con
otros pastores-contratados amigos. Eso jamás lo haría un propietario, ciertamente. Al
menos, no uno que sea responsable. Precisamente por esta característica, es
decir, que no haya manera de demostrar lo que realmente ocurrió y que exista la
posibilidad de aprovecharse de la situación es que – como ocurre con otros
oficios – el ser pastores contratados era algo sumamente despreciado y mal
mirado.
Estos dos tipos son destacados, por un lado, por Jesús
cuando se presenta a sí mismo como “buen pastor” (Jn 10,11.14) destaca que,
evidentemente, por serlo, arriesga su vida frente al peligro, a diferencia del
contratado que, en ese caso, huye (10,12).
Señalemos brevemente que, precisamente por todo lo que
acá destacamos, es habitual en el mundo antiguo, utilizar la imagen del pastor
para aludir a todos los que tienen alguna responsabilidad dirigente en la
sociedad: responsabilidad política, como reyes o gobernantes, o responsabilidad
religiosa, como los sacerdotes. Es muy frecuente en los textos destacar el
desconcierto, por ejemplo, de un pueblo cuando no tiene un buen pastor (Núm 27,17; 1 Re
22,17; 2 Cr 18,16; Jdt 11,19; Jl 1,18…) cosa que reiteran los Evangelios
(Mt 9,36; Mc 6,34).
El criterio para señalar si se trata de buenos o malos
pastores es la atención y cuidado que presten a la vida de los que le son
confiados. El profeta Ezequiel (cap. 34) – que iluminó al evangelio de Juan en
el texto que citamos – destaca críticamente a los malos pastores y los que “se
alimentan” del rebaño, o “se apacientan a sí mismos” (Jud 12). Por eso, Jesús
contrasta la actitud del pastor con la que aquellos ladrones y salteadores que
pretenden “robar, matar y destruir” (Jn 10,8.10).
Pero queda, todavía un signo muy interesante narrado
por san Lucas. Jesús ha nacido, y – porque no había lugar en el
alojamiento – es acostado en un pesebre, es decir, el lugar propio de un asno o de un
buey (Isaías 1,3; Lucas 13,15).
Pero no solamente esto, sino que los enviados de Dios, los ángeles, quieren
comunicar “una gran alegría
para todo el pueblo” (2,10) y para anunciar eso lo hacen comenzando por los despreciados
sociales, es decir, un grupo de pastores (sea por ser contratados, o sea por ser niños pobres que tienen unas pocas ovejas o cabras). Una vez más Dios se manifiesta
empezando por lo ínfimo y despreciado: un pesebre, pastores, y el “gran signo”
que estos verán es un niño en pañales (es decir, como todos los niños) y esto será la
gloria de Dios “en el cielo” y que traerá paz a los seres humanos en la tierra
(2,14), es decir, este niño pobre, no el Imperio Romano y su impuesta “paz” del
miedo y las armas. Los pastores, es decir, los últimos de la sociedad son los
que dieron a conocer a todos lo que la voz del cielo les había comunicado y
todos los oyentes “se maravillaban” de lo que escuchaban (2,17-18). Una vez
más, “Dios ha elegido los necios del mundo
para humillar a los sabios, Dios ha elegido a los débiles del mundo para
humillar a los fuertes” (1Cor 1:27), y los pastores en el pesebre son un buen
ejemplo de esto.
Imagen tomada de https://es.dreamstime.com/pastores-cuidando-sus-reba%C3%B1os-bajo-un-cielo-estrellado-una-escena-pastoral-de-paz-y-tranquilidad-ba%C3%B1ada-la-luz-luna-suave-image373433578
El árbol, el bosque… y las flores
Eduardo de la Serna
Como es una obviedad, en el medio
de una marcha – por eso de que el árbol tapa el bosque – suele ser imposible
saber si hay mucha o poca gente. Después los medios se ocupan de informar (o “des”,
según les interese el resultado). Inclusive, a veces, hasta con una imagen de
drones se puede tener una idea mayor, aunque los negacionistas o terraplanistas
sacarán extrañas cuentas por metro cuadrado para concluir que había 346
personas.
Yo suelo guiarme por dos elementos,
que, a su vez se complementan. Uno es que me gusta caminar… caminar y caminar,
mirar, oír, sacar conclusiones. Otra es la cantidad de amigos y/o conocidos a
los que tengo la oportunidad de saludar al cruzarnos. Con el riesgo de ser mal
entendido (aunque mis amigos y amigas me conocen) cuando me dicen “Nos vemos en
la Plaza” suelo decirles “¡ojalá que no!” No porque no quiera verlos o verlas,
sino porque cuanta más gente hay, más difícil es ver y reconocer personas, y lo
que quiero es que la plaza explote de gente. Yo sé de muchas personas que hoy
estuvieron en la plaza, y, casi no vi a nadie. ¡Y lo celebro! Buen indicio,
¡explotó la Plaza!
El otro, como digo, es caminar.
Y, cuando días como hoy, en los que caminar es verdaderamente imposible, y se
avanza una cuadra en una hora, también es buen indicio. ¡Explotaron las calles!
Y, en esto, aunque el día es día
de memoria, de dolor, de duelo, de reflexión, de gritar ¡Nunca Más!, no deja de
ser un día de alegría, ¡de fiesta! Fiesta por ver la cantidad de personas, particularmente
jóvenes, que se resisten a la mentira, la impunidad y el Alzheimer. De saber
por ver, que los que dicen que la juventud se corrió a la derecha, solo hablan
de “su juventud”, pero que hay otra, una impresionante otra juventud que hoy
caminó. A eso llamamos pañuelos que han florecido…
Debo confesar que no me llamó la
atención, pero sí me alegró, y sí me sorprendió la cantidad, la presencia casi
por doquier de la figura de Maradona. Creo – a “ojímetro” – que era el personaje
más visible o visibilizado. Lo más omnipresente, de todos modos, eran pañuelos.
Por acá y por allá. Pañuelos de todo tipo y forma, tamaño y diseños, pero
pañuelos. Los dueños de la Plaza.
Y, como siempre, la creatividad
siempre sorprendente de La Poderosa. Carteles y frases siempre novedosos,
siempre dicentes… siempre lo que deben decir, donde deben y como deben hacerlo.
Llegué a cada destruido. Agotado.
Felizmente dolorido. Con la sensación de haber estado donde quería y debía, y
una vez más, con la sensación de que ¡hay esperanza!
Impunidad, mentira y Alzheimer
Los que vivimos de cerca la
dictadura cívico-militar con bendición eclesiástica no queremos dejar de hacer
memoria, de reclamar justicia y exigir verdad.
Eso no nos transforma en
ingenuos; sabemos que el poder judicial es parte del mismo sistema cómplice del
genocidio; sabemos que los Medios de comunicación fueron - ¡y son! – artífices
de la mentira y que el poder económico pretende convencernos que ¡ya está!, que
no hay que seguir hurgando la historia. Y es por eso que sabemos que no es cosa
de “tener” memoria, verdad y justicia sino de militarlas. No es cosa de que
cuatro o cinco preservativos sean encarcelados para invisibilizar a quienes los
motivaron, impulsaron y manejaron (“idiotas útiles” los llamaban en mi época);
no es cosa de aceptar cuatro o cinco slogans que caricaturicen el pasado; no es
cosa de que un tic toc nos “sintetice” lo ocurrido. La verdad es ardua, exige
ser investigada, discutida, debatida, pensada; la justicia exige que, hasta el
último responsable, por microscópico que sea, pueda ser sancionado si se
demuestra su responsabilidad en el genocidio; la memoria es militancia, es
hacer memoria, buscar memoria, resistir la negación, el olvido o la
complicidad.
Cincuenta años es militancia…
Militar la justicia frente a un poder judicial cómplice, artífice de la
impunidad… Militar la verdad es buscar, rastrear, exigir datos (los que son
silenciados, invisibilizados, negados) … Militar la memoria es resistir la
comodidad de aceptar lo que nos quieren vender desde el poder.
Con este gobierno perverso que
corrompe el poder judicial, que no acepta la búsqueda de la verdad y que
caricaturiza la memoria, no nos queda sino la revolución… la militante
revolución de persistir, la subversiva revolución de exigir, la sencilla
revolución de resistir. Más tarde, o más temprano habrá verdad, habrá justicia,
habrá memoria. ¡Los 30.000 lo merecen!
Imagen tomada de https://www.meridiano63.com/post/la-corrupcion-y-la-impunidad-404
Bendito el que viene en el nombre del Señor
Is 62,11 Zac 9,9 Mt 21,5 Miren que Yahvé hace oír hasta los confines de la tierra: «Digan a la hija de Sión:Mira que viene tu salvación; mira, su salario le acompaña, y su paga le precede. ¡Exulta sin freno,
hija de Sión, grita de alegría, hija de Jerusalén!He aquí que viene
a ti tu rey: justo él y victorioso,humilde y montado en un asno, en un pollino, cría de asna. Digan a la hija de Sión:
He aquí que tu Rey viene a ti,humilde y montado en un asna y un pollino, hijo de jumento.