martes, 31 de marzo de 2026

Comentario a las lecturas del Triduo Pascual "A"

 

Triduo Pascual 


Eduardo de la Serna






 Jueves Santo

+ Lectura del Evangelio: Juan 13,1-15


Los estudiosos coinciden en general en que el Evangelio de Juan tiene 2 grandes partes. En 13,1 comienza solemnemente la segunda parte.  La clave parece estar en la llegada de “la hora” anunciada en la primera parte como algo futuro. Y esta hora ha llegado con el “paso” de Jesús de este mundo al Padre. Este “paso” tiene claras connotaciones pascuales (Pascua = paso) aunque la cena de Jesús no sea cena pascual. Este paso viene marcado por el “amor extremo” a “los suyos”. La unidad literaria parece seguir hasta el v.20 (como el doble “en verdad” del v.21, la frase conclusiva de v.20 y el nuevo comienzo del v.21 lo indican). La característica principal viene dada por el “lavado de los pies”. Esto es propio de los esclavos (ser esclavo y servir son la misma palabra en griego), y la palabra está mencionada en la interpretación que hace Jesús del hecho (omitida en la liturgia, en el v.16).  La negativa de Pedro a ser lavado tiene ese sentido, y esto es algo que será comprendido “más tarde”. Jesús, a continuación, lo explica: es algo que deben hacer “unos con otros”, es la expresión del amor que es verdadero cuando se vuelve “servicio”; ese es el “amor extremo”.


Viernes Santo


+ Lectura del Evangelio de la Pasión: Juan 18,1-19,42



Resumen: La pasión según san Juan nos muestra un Jesús siempre soberano, del principio al fin es quien decide “voluntariamente” su situación;  la comunidad de discípulos –representados en su madre y el discípulo amado- están al pie de la cruz y reciben el espíritu, y todo el AT alcanza en Jesús su plenitud.

El relato de la Pasión de Jesús según Juan, que se lee todos los años el Viernes Santo tiene muchas unidades e ideas que son propias de Juan y merecerían ser destacadas. Trataremos se señalar las principales.
Jesús aparece como soberano, él es quien conduce los acontecimientos. Por ejemplo, Él determina que dejen ir libres a sus compañeros ya que lo buscan a él. Con ironía clásica de Juan, ante el “Yo soy” de Jesús (es el nombre divino en Éxodo) caen en tierra, algo característico de los que ven a Dios. Jesús repite dos veces este término, “yo soy”, lo que debe tenerse presente. Pedro dirá dos veces “no soy”, a continuación. Por otra parte, como hace otras veces, Juan corrige o precisa datos de los Sinópticos como decir quien empuñó la espada e incluso el nombre del servidor del Sumo Sacerdote.
Con nueva ironía, Juan señala que cuando Jesús fue llevado a casa del Sumo Sacerdote, Pedro “y otro discípulo” (no dice de qué discípulo se trata; ¿el discípulo amado? No parece) “siguen” a Jesús. El verbo es irónico porque Pedro ya le había dicho a Jesús que lo seguiría (13,36-37), pero lo seguirá “físicamente”, no discipularmente. De hecho, repetirá que “no es” (18,17.25). Recién cuando Pedro vaya a dar la vida realmente por Jesús, Él le dirá “sígueme” (21,19).
Ya en el “pretorio” (Juan no tiene “juicio religioso”, sino sólo un interrogatorio) el rol de Pilato es bastante limitado. Se pasa toda esta unidad “entrando” y “saliendo” ya que los judíos no quieren entrar para poder comer la pascua (18,28; lo que muestra que para Juan la cena de Jesús no fue cena pascual).
Hay algunas ideas que es bueno destacar. A Jesús no lo van a buscar con “armas y palos” sino con “antorchas, lámparas y palos” (18,3) porque viven en la oscuridad, son de las tinieblas”; Pilato no sabe qué es la verdad, porque es “de la mentira” (18,38). Esto es importante, especialmente si recordamos que el diablo es “el padre de la mentira”(8,44) y el “príncipe de este mundo” (12,31; 14,30; 16,11). Esto dice relación con la afirmación de que “mi reino no es de este mundo” que se suele interpretar como si se separaran en dos niveles las realidades, este mundo, tierra - “no de este mundo”, cielo.  En realidad, en Juan “mundo” es el ambiente adverso a Jesús (por eso el “príncipe de este mundo”). En este mundo –podríamos parafrasear- hay quienes viven (y reinan) según las tinieblas, la mentira y la muerte, y otros viven según la luz, la verdad y la vida. A eso Juan lo llama “estar en el mundo”, “no ser del mundo” (17,11.16). Por tanto, “mi reino no es de este mundo” no refiere al cielo, sino a que no se deja guiar por los criterios del “príncipe de este mundo”. Por ejemplo, si así fuera “mi gente habría combatido” (18,36). El reino que Jesús propone es reino de paz.
Otro elemento a tener en cuenta es que los judíos (que en Juan, como también “mundo” refiere al grupo hostil a Jesús) afirma que “no tenemos más rey que el César” (19,15). Israel es el pueblo que tiene a Dios por rey, pero acá se confirman como “amigos del César” (19,12).
Pilato lo entrega para que sea crucificado, y el que lleva la cruz es Jesús, no el Cireneo; seguramente como Isaac lleva la leña para el sacrificio (Gen 22,6).
La vestidura de Jesús que se sortearán los soldados no tiene costura, se debe romper para partirla. Jesús viene a provocar unidad que la violencia, la mentira y las tinieblas rompen.
Juan incorpora una novedad al pie de la cruz, su madre y el discípulo amado. Por un lado, ambos personajes tienen gran carga simbólica en el Evangelio. Lo simbólico es evidente porque es absolutamente improbable que los romanos permitieran a alguien cerca de un crucificado. Por otro lado, llama nuevamente la atención que Jesús a su madre la llame –como en Caná (2,4) - “mujer”. No es razonable mirarlo atendiendo a lo “histórico” como señalando la crudeza del acontecimiento, o el dolor de una madre, sino en la familia que aquí se suscita. Una “mujer” (¿como Eva?) y un “discípulo” ejemplar, “amado”, que la “recibe como suya”. 
Jesús es tan soberano, en Juan, que su muerte ocurre por determinación suya. A la hora de la matanza de los corderos de pascua, sin que se le quiebren las piernas, como a los corderos, y con la última gota de sangre, como a los corderos, con una rama de hisopo, como la usada con la sangre de los corderos; Juan  nos reitera algo que señala desde el comienzo de su Evangelio, y es que Jesús reemplaza en su propia persona todo lo “religioso” de Israel: el Templo, las fiestas litúrgicas, la vid… el cordero pascual. Y al morir “entregó su espíritu”.
Finalmente, a diferencia de los Sinópticos, Jesús es sepultado y embalsamado [ungido con bálsamo en las vendas “según la costumbre judía de sepultar” (19,40)]. En un jardín comenzó el drama (18,1) y en un jardín concluye (19,41).


Vigilia Pascual 



+ Evangelio según san Mateo     28, 1-10

Resumen: La presencia del ángel que interpreta el sepulcro vacío cambia totalmente la mirada de las testigas; la aparición a ellas del resucitado refuerza el encargo.

El texto evangélico del día, propio del año litúrgico, comienza con un nuevo día. Todos los evangelios coinciden en afirmar que se trata del “primer día de la semana” (literalmente dice “el primer después del sábado”), Mateo aclara, “al clarear”. El Evangelio presenta matices interesantes con respecto a Marcos. María Magdalena y “la otra María”, la (madre) de Santiago y José (27,56.61) van a “ver el sepulcro”, es decir, no van a ungir a Jesús (Mc 16,1; Lc 24,1) ya que la piedra de acceso era muy grande (27,60) y hay guardias puestos para cuidar (27,62-66) el sepulcro “sellado”. Nuevamente ocurre un terremoto (cf. 27,51), signo evidente de los tiempos escatológicos (Is 29,6; Ez 3,13; 37,7; 38,19 y Ap 6,12; 8,5; 11,13.19; 16,18) o de una decisiva intervención de Dios (Ex 19,18; Jue 5,5; 1 Re 19,11-12; Sal 18,8) confirmado con la presencia de un ángel del Señor, con aspecto fulgurante (v.3) que hace rodar la piedra para que las mujeres puedan constatar que la tumba está vacía. Así podrán dar testimonio de lo que han visto. El “ángel del Señor” fue protagonista de los primeros capítulos del Evangelio (1,20.24; 2,13.19) pero allí habla “en sueños”, aquí, más “visible”, y “sentado” (¿para enseñar?) en la piedra, habla a las mujeres. Conforme a lo que Jesús había dicho, el ángel confirma que lo verán en Galilea (v.7; cf. 26,32). La presencia de los guardias, también testigos del movimiento telúrico, que viene preparada de la escena conclusiva de la muerte, prepara la escena del soborno (28,11-15); como se ve, ante el mismo hecho, estos no han comprendido, sino que quedan “como muertos” ya que no reciben la interpretación del ángel (a la conmoción de la tierra –seismós- les sucede a los guardias una conmoción interior –eseisthêsan-). Pero –como el mismo dicho de los Sumos sacerdotes de que el cuerpo fue robado permite comprenderlo (28,13.15)- la tumba vacía es una visión ambigua; necesita del “ángel intérprete” para comprender su sentido; la importancia de la palabra del ángel queda confirmada con la frase “tomó la palabra,,, dijo”. Ante el mismo hecho y la misma visión, la reacción de los guardias y de las mujeres son claramente contrapuestas, y la razón viene dada precisamente por las palabras del ángel. Sin embargo, Mateo no finaliza la unidad como Marcos, donde las mujeres ante el dicho del “joven” (16,5) “dominadas de temblor y estupor no dijeron nada”. Aquí, al temor de Marcos, Mateo añade “y gran gozo” por lo que “corrieron a anunciar a sus discípulos” (v.8). El contraste entre “el Crucificado – el «Despertado» (por Dios) marca el sentido de la unidad.

Una nota sobre la resurrección. Jesús resucita y sale del sepulcro sellado y con la piedra puesta. El ángel y la piedra luego corrida tienen como objeto la comprensión de las mujeres. Mateo no está interesado en responder cómo salió Jesús del sepulcro, pero el hecho ya ha ocurrido (“no está aquí, ha resucitado”, v.6; en aoristo) pero nadie es testigo del acontecimiento de la resurrección. 

A esta escena Mateo añade otra (vv.9-10) que sólo se encuentra en su Evangelio (con una ligera semejanza a la aparición a María Magdalena en Jn 20,11-18, cf. v.17). En realidad, lo que Jesús dirá a las mujeres no difiere de lo dicho por el ángel con lo que se refuerza particularmente la importancia del encuentro que se realizará en Galilea. Las saluda con el clásico “alégrense” (típico saludo griego, cf. Lc 1,28; Sgo 1,1) con lo que refuerza la gran alegría de las mujeres a la que Mateo acaba de hacer referencia (v.8). Ellas, como es común ante (un hombre de) Dios (2 Re 4,27) se aferran a sus pies.


26:32
28:5.7
28:10



Mas después de mi resurrección,

iré delante de ustedes a Galilea».

No teman …
Y ahora vayan enseguida a decir a sus discípulos: «Ha resucitado de entre los muertos
irá delante de ustedes a Galilea;
allí le verán
Ya se los he dicho».
Entonces les dice Jesús:
«No teman. Vayan, avisen a mis hermanos que




vayan a Galilea;
allí me verán».


En este encuentro con los once en Galilea –en Mateo- Jesús les encarga la misión universal, tarea para con la que contarán con la presencia permanente de Jesús en medio de ellos (28,18-20). Así como el ángel les encarga decir “a sus discípulos”, Jesús del encarga avisar “a mis hermanos”. El mensaje, en un primer momento es al pequeño grupo (no a todos) y en un monte específico de Galilea (v.16) (no en Jerusalén). Recién luego de esta aparición y su palabra de envío estarán llamados a “hacer discípulos a todas las gentes” (v.19).

Una nota sobre las mujeres en el sepulcro: en los Evangelios las mujeres (con la única exclusión de Lc 8,1-3) se encuentran siempre en el contexto de la última pascua (junto a la cruz, en la sepultura). Teniendo en cuenta la antropología cultural (ritos y lamentos), la psicología social (identidad y memoria colectiva) y elementos del folklore (la transmisión oral) resulta muy convincente entender que las mujeres que se reúnen junto a la tumba, para lamentar, hacer memoria, e incluso reivindicar y denunciar la situación en torno a “su muerto” cuya vida rememoran y recrean, repiten y comentan en torno a ellas es el ambiente adecuado para el surgimiento del anuncio e incluso el culto recreado de un modo nueva ante la experiencia de la resurrección. Es en este grupo de mujeres donde parece que debe encontrarse el inicio del culto y de transmisión de la tradición de Jesús a partir de la experiencia extraordinaria de encontrarse con aquel que “Dios ha resucitado”; la tumba ya no es el lugar del duelo sino del anuncio gozoso. Sin duda es particularmente contrastante este rol fundamental de las mujeres en el anuncio del Evangelio con el lugar restringido que poco tiempo después empezaron a tener en la Iglesia.



 Domingo de Resurrección:



 1ª lectura: Hechos 10,34ª. 37-43


Resumen: una síntesis del ministerio y pascua de Jesús da pie a la predicación a los paganos, y a que se derrame sobre ellos el Espíritu dando así lugar a la absoluta novedad de la universalidad.

El texto de Hechos es extenso. Y repetitivo. De hecho la liturgia sólo se detiene en lo central y fundamental, pero no está de más mirar la idea principal antes de detenernos en él. Se trata de una unidad cuidadosamente armada por Lucas, presentando los personajes, y repitiendo y explicando las escenas más de una vez. Sinteticemos: una vez las presenta, la siguiente le da su sentido y en tercer momento la explica ante los Doce (10,1-26. 27-48; 11,1-18). ¿Por qué la insistencia? Pues porque el paso que se dará es casi contrario a todo lo que se decía en el A.T. y la predicación de Jesús. ¿Cómo se justifica el bautismo a paganos sin exigir nada, como la circuncisión, si el AT distinguía judíos de paganos y si Jesús había dicho “no vayan a territorios extranjeros… sólo a las ovejas perdidas del Pueblo de Israel”. El cambio que se dará en esta unidad es tan fundamental, tan decisivo que hace falta dejar bien claro, ¡insistentemente!, que está conducido por el Espíritu Santo (10,19.44.45.47; 11,2.15.16), un éxtasis-visión (10,10.28; 11,5) o por el Ángel del Señor (10,3.7.22.30; 11,13). En el centro de esto se encuentra la predicación de Pedro a los paganos en orden a “escuchar lo que le fue ordenado por el Señor” (10,33) y al decir esto se derrama el Espíritu (10,44) lo que causa que Pedro “mandó que fueran bautizados” (10,48). El texto que nos propone hoy la liturgia es, precisamente, este discurso de Pedro a los paganos contando “lo que sucedió…” (10,37).

Obviamente no interesa la historicidad de los acontecimientos que es pasible de sospecha (el predicador primero a los paganos resulta “Pedro” y no Pablo, por ejemplo). Vayamos al texto.

El discurso presenta una primera parte “histórica”, comenzando por el bautismo de Juan, el ministerio de Jesús (sintetizado en que “pasó haciendo el bien”, v.39), fue matado y resucitado apareciéndose a testigos elegidos (37-41). Pero esto no finaliza allí (como es característico de Lucas, cf. Lc 24,46-48) y debe continuar con la predicación,  por ahora reducida “al Pueblo” (es decir, a Israel; v.42). Es a continuación que dará el siguiente paso cuando el Espíritu se derrame sobre los paganos lo que deja atónitos a los circuncisos al ver que el Espíritu Santo  se derramaba también sobre los paganos (v.45); a esto se lo ha llamado “Pentecostés de los paganos” (quizás un poco simplistamente, pero quizás justo en lo literario de Hechos). La introducción: “veo que Dios no hace acepción de personas” (v.34) y esta conclusión del don del Espíritu –ambas omitidas en la liturgia- son las que le dan sentido a toda la unidad.

Veamos brevemente el discurso: Lucas presenta una síntesis geográfica (en Judea comenzando en Galilea) e histórica (del bautismo a la muerte-resurrección) del ministerio de Jesús. Algunos elementos característicos de la teología de Lucas están señalados: el rol del Espíritu Santo en el ministerio de Jesús, el enfrentamiento con el diablo, el rol de testigos de los apóstoles, señalados como los que comieron y bebieron con él, el mandato de predicar, el rol de los profetas y el perdón. Todo esto –como se dijo- en un marco histórico-geográfico, también característico de Lucas. Estamos –entonces- en una síntesis de la predicación, del “evangelio” de Lucas sintetizado en pocos versículos. De eso se trata este discurso que provoca la aceptación del evangelio por parte de los paganos y desencadena la que probablemente sea la máxima revolución de toda la historia de la Iglesia. Los paganos, despreciados y rechazados en Israel son ahora invitados a integrarse por el bautismo y la aceptación del Evangelio como miembros plenos del pueblo de Dios.


2ª lectura: Colosenses 3,1-4


Resumen: La “comunión de los santos” permite que entre Cristo resucitado y la comunidad peregrina haya una relación tan estrecha que ya desde “ahora” vivamos como resucitados.

La liturgia permite hoy la elección de una entre dos lecturas; hemos seleccionado el texto de Colosenses

Un discípulo de Pablo, pasado ya un buen tiempo, decide enfrentar, como si Pablo lo hiciera, una serie de nuevos problemas. Escribir que el autor es Pablo es una manera obvia de decir “yo soy su discípulo y sé que esto es lo que les diría Pablo si estuviese”. Uno de los temas –no el principal de la carta, pero si importante- es que la venida de Jesús que se esperaba inminente (ver 1 Tes 4,15-17; 1 Cor 15,51-52) se demora. En este sentido, en el cristianismo de la segunda generación surgen fundamentalmente dos respuestas. Una –patente, por ejemplo, en 2 Pe 3,3-4.8-10- señala que se demora para dar a todos la ocasión de la conversión, otra, habitual en los discípulos de Pablo, como el autor de Colosenses, señala que en cierta manera ya vino, que ya estamos de algún modo resucitados. Podríamos decir que falta “ultimar algunos detalles”. La parte teórica de la carta finaliza en 3,4 ya que en 3,5 saca las conclusiones prácticas de lo dicho para la vida de la comunidad. 3,1-4 aparece como una conclusión teórica de todo lo dicho que es claramente cristocéntrico. Un tema característico de esta carta, y su “parienta” a los Efesios es la idea de que Cristo es cabeza del cuerpo que es la Iglesia. Hay una unión profunda entre ambos, tal que puede verse como la del cuerpo y su cabeza (1,18.24; 2,19). Por eso presenta a Cristo como “el primer nacido de entre los muertos” (1,18), los demás seguirán sus pasos.

Esto es lo que da razón a la primera frase del texto de la liturgia que es ciertamente sorprendente: “han resucitado con Cristo”. No es “resucitarán” sino lo han hecho (en griego es un aoristo, lo que significa que es algo que ha ocurrido en un momento concreto y preciso del pasado). Es típico de Pablo, y acá lo repite su discípulo, señalar una tensión entre la realidad (indicativo) y lo que se debiera (imperativo). Acá la tensión es que puesto que ya estamos resucitados, debiéramos buscar lo de arriba. El Jesús de Juan afirmaba que es “de arriba” (8,23), y al dirigirse a Dios Jesús levanta los ojos para arriba (11,41). Arriba refiere claramente al cielo (ver Hch 2,19), de allí viene la “Jerusalén de arriba” (Ga 4,26) y desde “arriba” Jesús llama a Pablo para un premio (Fil 3,14). De hecho, el versículo siguiente contrasta lo de arriba con lo de la “tierra”, arriba está Cristo sentado a la diestra de Dios. También en Ef  se afirma que Jesús está sentado a la derecha en los cielos (1,20). La imagen es tradicional (ver Mt 26,64; Mc 14,62; 16,19; Hch 2,34; 7,55.56 (aunque en estos versículos, está “de pie”); Heb 8,1; 1 Pe 3,22. Como claramente lo destaca Hch 2,34, el texto es una alusión al Sal 110,1 que es un Salmo que canta al rey como “virrey” de Dios. El cristianismo primitivo, como lo señala la abundancia de citas recurrió a este texto para manifestar el cumplimiento de las escrituras en la resurrección de Jesús y su lógica “ausencia” posterior.

Buscar lo de arriba, aspirar a lo de arriba son evidentemente un paralelismo. Aspirar no es preciso, el verbo fronéô es también pensar, sostener y es casi exclusivamente paulino (26x de las que x22 en Pablo [10 en Fil y 9 en Rom], una en Mt, Mc y Hch, y acá en Colosenses).  Hay dos textos paulinos que hacen más claro el sentido: “Efectivamente, los que viven según la carne, desean [fronoûsin] lo carnal; mas los que viven según el espíritu, lo espiritual” (Rom 8,5) y “algunos se comportan como enemigos de la cruz de Cristo, cuyo final es la perdición, cuyo Dios es el vientre, y cuya gloria está en su vergüenza, que no piensan [fronoûntes] más que en las cosas de la tierra. (Fil 3,19). En ambos casos, lo que se ambiciona es vivir según la novedad que trajo Cristo, o vivir como si no hubiera tocado nuestra existencia. No se trata –entonces- de llevar una suerte de “vida espiritual” o “celestial” sino a sacar todas las conclusiones que la vida “en Cristo” supone para nuestra existencia. Por eso afirmará que “hemos muerto” y “nuestra vida está oculta” en Dios, es decir “a la derecha de Dios”.

Por cuanto ya estamos con Cristo en Dios, cuando Cristo vuelva –como hemos señalado, lo que ocurrirá sin la tensión de las primeras comunidades, por cuanto ya estamos con él- la venida será menos “espectacular” que lo que parecía en un primer momento. Y junto con él apareceremos los que ya estemos con él. “Nuestra vida” está oculta –como Cristo- junto a Dios; pero él aparecerá, y ya es “vida de ustedes” (v.4) y “ustedes aparecerán en gloria” (ver 1,27).

Resucitados con él, escondidos con él, aparecerán como él, en gloria como él… la unión entre el Cristo glorioso y el cristiano es tan estrecha para el discípulo de Pablo que casi pareciera que no hay nada ya que esperar, sólo toca vivir aquello que ya somos.


+ Evangelio según san Juan 20,1-9


Resumen: Los signos de la resurrección están presentes y allí deben los discípulos amados aprender a “creer sin ver”.

Con un cambio cronológico Juan da comienzo a una nueva unidad, “el primer día de la semana”, es decir el “domingo”. La escena nos presenta una mujer sola que va al sepulcro. No va con otras a ungirlo porque en Juan Jesús sí fue ungido, por tanto no espera que alguien le corra la piedra. Con mucha verosimilitud se ha propuesto que el rol de las mujeres en torno a la tumba, con sus cantos y llantos haciendo memoria del muerto parece haber sido el punto de partida de la proclamación y anuncio del Evangelio. Nada se dice de que María Magdalena, que ya la habíamos encontrada al pie de la cruz con otras mujeres y el discípulo amado (19,25), se haya asomado a la tumba ni lo que vio pero en el mensaje a Pedro y al otro discípulo les dice que “se han llevado al Señor y no sabemos (¡plural!) dónde lo han puesto”. Aquí desaparece de la escena la Magdalena hasta v.11 donde está llorando (¿por el duelo?), se asoma al sepulcro (¡ahora sí!) y ve dos ángeles. Ellos y luego Jesús, que se le aparece, le preguntan por qué llora desencadenando una nueva escena. Siendo que esta finaliza con María yendo a los discípulos a contar lo visto, pareciera que el redactor del cuarto Evangelio expresamente adelantó la escena de Pedro y el discípulo amado por algún motivo teológico (que señalaremos). Es decir, los vv.3-10 parecen adelantados de su lugar original, y la razón parece estar en el rol que juegan tanto Pedro como el discípulo Amado en el Evangelio de Juan.

María no va a “los discípulos” sino sólo a Pedro y el discípulo amado y ellos “salen” (v.3) hacia el sepulcro, “corren” (v.4).La escena está construida de modo sencillo. Van, llegan y vuelven. Obviamente el centro temático está en lo que ocurre en la tumba.

Veamos. Se dice que corren ambos, pero hay una diferencia entre ambos. El discípulo amado corre más rápido, ve el interior de la tumba, no entra. Espera a Pedro. Pedro se demora más, “lo sigue”, entra al sepulcro y ve las vendas y el sudario. Nuevamente entra en escena el discípulo amado, que ahora entra y “vio y creyó”. Concluye con una referencia a “la Escritura” (sin citar el texto de referencia) y la resurrección. Finalmente (omitido en la liturgia), vuelven a casa.

La construcción, como se ve es muy sencilla, pero hay elementos interesantes a tener en cuenta.

Pedro y el discípulo amado. Salvo la escena de la cruz, el discípulo amado, el héroe de la comunidad joánica, está junto a Pedro. Pero siempre aparece como más cercano a Jesús que Pedro (de hecho es “el amado” por Jesús), en la cena es el que está junto a Jesús, no Pedro (13,23-25), es el que en la pesca le dice a Pedro que el que está en la orilla “es el Señor” (21,7), y cuando Pedro ha confesado 3 veces a Jesús que lo ama, del discípulo se dice que “permanece con Jesús hasta su vuelta” (21,22). En este caso, corre más rápido, “ve y cree”. En general se piensa que la comunidad de Juan, que se remite al discípulo amado, corre cada vez más el riesgo de sectarizarse, se distancia cada vez más de todos los grupos –incluso cristianos- del entorno. Entonces un redactor quiere evitar toda ruptura poniendo al héroe en relación al héroe de otras comunidades, Pedro. Es verdad que el discípulo amado es más, pero hay otras ovejas que no son de este rebaño, hay otras comunidades con las que estamos en comunión, al fin y al cabo también aman a Jesús. Es cierto que 3 veces lo negó, pero 3 veces le confesó su amor, aunque “nuestro héroe” permanezca fiel hasta el final. Aquí parece estar la primera razón del adelantamiento del texto que hemos señalado. Los primeros en acercarse al misterio de la Pascua son Pedro y el discípulo amado, y ambos entran al sepulcro y creen en la escritura (notar el plural, a pesar del singular anterior, que diremos).

Ver y creer: el tema es central en Juan, y es lo fundamental de la escena. No hay apariciones del resucitado (esas vendrán a continuación en el evangelio), sólo hay una tumba y vendas. De Pedro se dice que “vio”, del discípulo amado que “vio y creyó”. Veamos brevemente. En el relato se usan 3 verbos griegos diferentes, al llegar el discípulo amado “ve (blépô) las vendas en el suelo”; luego Pedro “miró (teôréô) las vendas en el suelo y el sudario… no junto a las vendas sino plegado en un lugar aparte (quizás para insinuar que no se trata de que el cadáver fue robado)”; finalmente, al entrar el discípulo amado “vio (oráô) y creyó”. El primer “ver” (blépô) es también observar. Es lo que hizo María en el v.1: “vio la piedra quitada”. Lo encontramos 17x en Juan, de las que 9x en el relato de la curación del ciego (cap.9). Como es propio en Juan, allí se mueve en dos niveles: se alude claramente a la visión física (“ahora veo”) pero aludiendo a un ver distinto, aludiendo a la fe, como se ve en el v.39: “Y dijo Jesús: «Para un juicio he venido a este mundo: para que los que no ven, vean; y los que ven, se vuelvan ciegos»”. Es, entonces, un ver que prepara la fe. El segundo “ver” (teôréô) (24x en Juan) es más bien físico; en el relato del ciego, se aplica a los vecinos que “veían” al ciego mendigando; sin embargo se usa también para “verlos signos” (2,23; 6,2; 7,3), sin embargo, algunos “ven” al Hijo y “creen” (6,40) y será resucitado “en el último día”, porque “el que me ve, ve al que me envió” (12,45), pero al despedirse a Jesús no lo verán, como el mundo no ve al espíritu, aunque los discípulos sí lo verán (14,17.19). Finalmente el tercer uso (oráô) es el más común (82x). En el relato del ciego lo encontramos al principio (v.1, Jesús lo vio) y al final (v.37) “ese que has visto” que es el momento culminante de la fe del ciego. Ya en el discurso del pan de vida este verbo se relaciona estrechamente a “creer”: “le dijeron: ¿Qué señal haces para que viéndola creamos en ti?” (6:30), “me han visto y no creen” (6,36), el que “ve” a Jesús, “ve” al Padre (14,9), “afirma que no lo “verán”, y Jesús declara bienaventurados a “los que no han visto y han creído” (20,29). Esto nos permite suponer que no parece haber demasiada diferencia entre los tres, aunque el tercero está más estrechamente ligado a “creer”.

Los su parte “creer” es quizás la palabra principal (o una de ellas) de todo el Evangelio (x98). Todo él se escribió “para que crean” y “creyendo tengan vida” (20,31). Decir que el discípulo amado “cree” es decir que alcanza la vida. Amor – vida – creer (es interesante que en Juan no aparece jamás el sustantivo, “fe”) constituyen el todo. Y lo interesante es que es de este discípulo que se afirma que “cree”, y sin ver sino los signos de la resurrección. “Ve” lo mismo que Pedro, pero esté “ve y cree”.

Siendo que para esto se ha escrito el Evangelio, siendo que se declaran felices a los que creen sin haber visto, y siendo que el discípulo amado –ejemplo del verdadero discípulo- cree sin ver sino los signos de la resurrección, el relato nos desafía a creer con los signos (de los tiempos) y así tener la misma “vida” (que es vida divina).



Video con comentario a los evangelios en
o también en


Foto tomada de egiptomaniacos.top-forum.net

lunes, 30 de marzo de 2026

sábado, 28 de marzo de 2026

La mesa de la Pascua

La mesa de la Pascua

Eduardo de la Serna




El pan y el vino en la mesa

Es imagen de comida

Es imagen de una fiesta

De la familia reunida

 

Es un grupo de celebra

Que ama y canta la vida

Que perdona, canta y baila,

Y que a veces se arrodilla

 

Ante niños y sus juegos

Ante ancianos en sus sillas.

Y en esa mesa de todos

Donde siempre hay más cabida

 

El pan se parte y reparte

vino se sirve y se brinda

Y un nosotros se hace pueblo

En los manteles servida

 

No hay un yo si no hay nosotros

Sin una manta que abriga

Y aunque sea larga la noche

No hay encierro sin salida

 

Y aunque nos duela la guerra

Pues no hay sangre sin herida

No hay dolor sin esperanza

Pues no hay pozo sin subida

 

Porque la vida es más fuerte

Y está la luz de salida

La mesa resucitada

Es la Pascua compartida

 


jueves, 26 de marzo de 2026

Unos pastores

Unos pastores

Eduardo de la Serna



Como es fácil de imaginar, en los tiempos bíblicos había dos tipos de pastores: los que eran miembros de una familia que tenía ovejas y cabritos y debían llevarlos diariamente a pastar y, también, aquellos que eran contratados para esa tarea.  Ambos hacían lo mismo, pero había diferencias sustanciales:

La diferencia principal era que unos – aunque se tratara del más pequeño de la familia (ver 1 Sam 16,11) – eran los dueños del rebaño, mientras que los segundos eran simplemente responsables circunstanciales.

Otra diferencia, y esta muy importante, era la responsabilidad. Los poseedores de pequeños rebaños saben que cada oveja o cabra es importante, por la lana y la leche, para empezar, y – muy ocasionalmente – la provisión de carne, y – entonces – ante el peligro, como pueden representar animales salvajes que pongan en riesgo la vida de alguna de ellas, el pastor arriesga su propia vida porque toda su familia depende de ello. En cambio, el contratado difícilmente acepte el riesgo por algo que no es suyo.

Queda, todavía, una tercera diferencia: precisamente por no ser propia, no son pocas las veces que un contratado dirá que un animal se desbarrancó o que las arrebató un lobo, cuando, en realidad, lo comió él con otros pastores-contratados amigos. Eso jamás lo haría un propietario, ciertamente. Al menos, no uno que sea responsable. Precisamente por esta característica, es decir, que no haya manera de demostrar lo que realmente ocurrió y que exista la posibilidad de aprovecharse de la situación es que – como ocurre con otros oficios – el ser pastores contratados era algo sumamente despreciado y mal mirado.

Estos dos tipos son destacados, por un lado, por Jesús cuando se presenta a sí mismo como “buen pastor” (Jn 10,11.14) destaca que, evidentemente, por serlo, arriesga su vida frente al peligro, a diferencia del contratado que, en ese caso, huye (10,12).

Señalemos brevemente que, precisamente por todo lo que acá destacamos, es habitual en el mundo antiguo, utilizar la imagen del pastor para aludir a todos los que tienen alguna responsabilidad dirigente en la sociedad: responsabilidad política, como reyes o gobernantes, o responsabilidad religiosa, como los sacerdotes. Es muy frecuente en los textos destacar el desconcierto, por ejemplo, de un pueblo cuando no tiene un buen pastor (Núm 27,17; 1 Re 22,17; 2 Cr 18,16; Jdt 11,19; Jl 1,18…) cosa que reiteran los Evangelios (Mt 9,36; Mc 6,34).

El criterio para señalar si se trata de buenos o malos pastores es la atención y cuidado que presten a la vida de los que le son confiados. El profeta Ezequiel (cap. 34) – que iluminó al evangelio de Juan en el texto que citamos – destaca críticamente a los malos pastores y los que “se alimentan” del rebaño, o “se apacientan a sí mismos” (Jud 12). Por eso, Jesús contrasta la actitud del pastor con la que aquellos ladrones y salteadores que pretenden “robar, matar y destruir” (Jn 10,8.10).

Pero queda, todavía un signo muy interesante narrado por san Lucas. Jesús ha nacido, y – porque no había lugar en el alojamiento – es acostado en un pesebre, es decir, el lugar propio de un asno o de un buey (Isaías 1,3; Lucas 13,15). Pero no solamente esto, sino que los enviados de Dios, los ángeles, quieren comunicar “una gran alegría para todo el pueblo” (2,10) y para anunciar eso lo hacen comenzando por los despreciados sociales, es decir, un grupo de pastores (sea por ser contratados, o sea por ser niños pobres que tienen unas pocas ovejas o cabras). Una vez más Dios se manifiesta empezando por lo ínfimo y despreciado: un pesebre, pastores, y el “gran signo” que estos verán es un niño en pañales (es decir, como todos los niños) y esto será la gloria de Dios “en el cielo” y que traerá paz a los seres humanos en la tierra (2,14), es decir, este niño pobre, no el Imperio Romano y su impuesta “paz” del miedo y las armas. Los pastores, es decir, los últimos de la sociedad son los que dieron a conocer a todos lo que la voz del cielo les había comunicado y todos los oyentes “se maravillaban” de lo que escuchaban (2,17-18). Una vez más, “Dios ha elegido los necios del mundo para humillar a los sabios, Dios ha elegido a los débiles del mundo para humillar a los fuertes” (1Cor 1:27), y los pastores en el pesebre son un buen ejemplo de esto.


Imagen tomada de https://es.dreamstime.com/pastores-cuidando-sus-reba%C3%B1os-bajo-un-cielo-estrellado-una-escena-pastoral-de-paz-y-tranquilidad-ba%C3%B1ada-la-luz-luna-suave-image373433578

martes, 24 de marzo de 2026

El árbol, el bosque… y las flores

El árbol, el bosque… y las flores

Eduardo de la Serna


Como es una obviedad, en el medio de una marcha – por eso de que el árbol tapa el bosque – suele ser imposible saber si hay mucha o poca gente. Después los medios se ocupan de informar (o “des”, según les interese el resultado). Inclusive, a veces, hasta con una imagen de drones se puede tener una idea mayor, aunque los negacionistas o terraplanistas sacarán extrañas cuentas por metro cuadrado para concluir que había 346 personas.

Yo suelo guiarme por dos elementos, que, a su vez se complementan. Uno es que me gusta caminar… caminar y caminar, mirar, oír, sacar conclusiones. Otra es la cantidad de amigos y/o conocidos a los que tengo la oportunidad de saludar al cruzarnos. Con el riesgo de ser mal entendido (aunque mis amigos y amigas me conocen) cuando me dicen “Nos vemos en la Plaza” suelo decirles “¡ojalá que no!” No porque no quiera verlos o verlas, sino porque cuanta más gente hay, más difícil es ver y reconocer personas, y lo que quiero es que la plaza explote de gente. Yo sé de muchas personas que hoy estuvieron en la plaza, y, casi no vi a nadie. ¡Y lo celebro! Buen indicio, ¡explotó la Plaza!

El otro, como digo, es caminar. Y, cuando días como hoy, en los que caminar es verdaderamente imposible, y se avanza una cuadra en una hora, también es buen indicio. ¡Explotaron las calles!

Y, en esto, aunque el día es día de memoria, de dolor, de duelo, de reflexión, de gritar ¡Nunca Más!, no deja de ser un día de alegría, ¡de fiesta! Fiesta por ver la cantidad de personas, particularmente jóvenes, que se resisten a la mentira, la impunidad y el Alzheimer. De saber por ver, que los que dicen que la juventud se corrió a la derecha, solo hablan de “su juventud”, pero que hay otra, una impresionante otra juventud que hoy caminó. A eso llamamos pañuelos que han florecido…

Debo confesar que no me llamó la atención, pero sí me alegró, y sí me sorprendió la cantidad, la presencia casi por doquier de la figura de Maradona. Creo – a “ojímetro” – que era el personaje más visible o visibilizado. Lo más omnipresente, de todos modos, eran pañuelos. Por acá y por allá. Pañuelos de todo tipo y forma, tamaño y diseños, pero pañuelos. Los dueños de la Plaza.

Y, como siempre, la creatividad siempre sorprendente de La Poderosa. Carteles y frases siempre novedosos, siempre dicentes… siempre lo que deben decir, donde deben y como deben hacerlo.

Llegué a cada destruido. Agotado. Felizmente dolorido. Con la sensación de haber estado donde quería y debía, y una vez más, con la sensación de que ¡hay esperanza!


Impunidad, mentira y Alzheimer

Impunidad, mentira y Alzheimer

 Eduardo de la Serna

 


Los que vivimos de cerca la dictadura cívico-militar con bendición eclesiástica no queremos dejar de hacer memoria, de reclamar justicia y exigir verdad.

 

Eso no nos transforma en ingenuos; sabemos que el poder judicial es parte del mismo sistema cómplice del genocidio; sabemos que los Medios de comunicación fueron - ¡y son! – artífices de la mentira y que el poder económico pretende convencernos que ¡ya está!, que no hay que seguir hurgando la historia. Y es por eso que sabemos que no es cosa de “tener” memoria, verdad y justicia sino de militarlas. No es cosa de que cuatro o cinco preservativos sean encarcelados para invisibilizar a quienes los motivaron, impulsaron y manejaron (“idiotas útiles” los llamaban en mi época); no es cosa de aceptar cuatro o cinco slogans que caricaturicen el pasado; no es cosa de que un tic toc nos “sintetice” lo ocurrido. La verdad es ardua, exige ser investigada, discutida, debatida, pensada; la justicia exige que, hasta el último responsable, por microscópico que sea, pueda ser sancionado si se demuestra su responsabilidad en el genocidio; la memoria es militancia, es hacer memoria, buscar memoria, resistir la negación, el olvido o la complicidad.

 

Cincuenta años es militancia… Militar la justicia frente a un poder judicial cómplice, artífice de la impunidad… Militar la verdad es buscar, rastrear, exigir datos (los que son silenciados, invisibilizados, negados) … Militar la memoria es resistir la comodidad de aceptar lo que nos quieren vender desde el poder.

 

Con este gobierno perverso que corrompe el poder judicial, que no acepta la búsqueda de la verdad y que caricaturiza la memoria, no nos queda sino la revolución… la militante revolución de persistir, la subversiva revolución de exigir, la sencilla revolución de resistir. Más tarde, o más temprano habrá verdad, habrá justicia, habrá memoria. ¡Los 30.000 lo merecen!


Imagen tomada de https://www.meridiano63.com/post/la-corrupcion-y-la-impunidad-404

Comentario a las lecturas del Domingo de Ramos "A"

Bendito el que viene en el nombre del Señor

DOMINGO DE RAMOS - "A"




Como es evidente, las lecturas en esta celebración hablan por sí mismas. La homilía o los comentarios no suelen ser extensas, cuando los hay. Las dos lecturas previas al Evangelio de la misa son las mismas cada año, mientras cambia el Evangelio (este año se lee san Mateo). Por tal motivo, con respecto al Evangelio diremos algo breve tomando lo propio de Mateo.


Evangelio según san Mateo     21, 1-11

Resumen: Señalando –como es frecuente en él- el cumplimiento de las Escrituras, Mateo presenta a Jesús realizando antiguas expectativas de Jesús como “rey”, “hijo de David”, “humilde”, que entra en Jerusalén para traer la salvación.



La llegada de Jesús a Jerusalén tiene, en Mateo, algunas características propias muy interesantes. Mateo sigue bastante fielmente a Marcos en esta escena, aunque agrega o quita algunos elementos.

El envío de dos discípulos a buscar un “asna” (hembra) con su cría, contrasta con Marcos (y con él Lucas, y también Juan) que refieren a un asno macho (cf. Mc 10,2; Lc 19,31; Jn 12,14). Esto provoca en el texto una mayor semejanza con el texto de Zacarías 9,9 al que expresamente aludirá a continuación.


La “hija de Sión” es una formulación con semejanza a “hijo de(l) hombre”. Obviamente el hijo de un hombre será un hombre; es una manera semítica de decir “ser humano”. La “hija de Sión” (construcción habitual en la Biblia hebrea, 34x de las que salvo 2 todas ocurren en la literatura profética y de lamentación) es Jerusalén, sus habitantes, su pueblo. Sin embargo, el texto de Zacarías al que Mateo alude no es exacto, ya que añade (modificando la primera parte) una cita de Isaías dando nuevo sentido al texto. Veamos:


               Is 62,11
            Zac 9,9
            Mt 21,5
Miren que Yahvé hace oír hasta los confines de la tierra: «Digan a la hija de Sión:
Mira que viene tu salvación; mira, su salario le acompaña, y su paga le precede.

¡Exulta sin freno, 
hija de Sión, grita de alegría, hija de Jerusalén!
He aquí que viene 


a ti tu rey: justo él y victorioso,
humilde y montado en un asno, en un pollino, cría de asna.


Digan a la hija de Sión:




He aquí que tu Rey viene a ti,
humilde y montado en un asna y un pollino, hijo de jumento.


Como se ve, la referencia a la “hija de Sión” el texto se asemeja a Isaías, con lo que a quien se debe “mirar” es a aquel que trae la salvación. Luego, recurriendo a Zacarías, alude a la montura. Como puede verse en este último, el texto está construido en claro paralelismo: 


A.    ¡Exulta sin freno, hija de Sión,

A'.    grita de alegría, hija de Jerusalén!

He aquí que viene a ti tu rey: justo él y victorioso, humilde y

B.    montado en un asno,

B'.    en un pollino, cría de asna,


Es este paralelismo final que Mateo pareciera tomar para hacer referencia a que Jesús entra en Jerusalén montado en “¡ambos!” animales. Es sabido que Mateo suele duplicar personajes: los endemoniados son dos, los ciegos son dos (mientras que en su fuente, Marcos, se trata de solo uno)… Quizás porque un mínimo de dos son necesarios para ser testigos de un acontecimiento. En este caso, entonces, los dos asnos serían involuntarios testigos del cumplimiento de las Escrituras, algo que –como se sabe- es particularmente frecuente e importante en Mateo. 


Como ocurre con la llegada de Jehú (2 Re 9,13) la gente extiende sus mantos en el suelo mientras exclaman: Hossaná (ver Sal 118,25-26: “por favor, ¡salva!”, dirigido a Yahvé; oración que se pronuncia “desde la casa de Yahvé”, [que es a donde Jesús se está dirigiendo, v.12], algo que ocurre en una “procesión”, con “ramos en (la) mano”, v.27). Jesús, además es llamado “hijo de David” (v.9) con lo que las escrituras se siguen cumpliendo. 


Los habitantes de Jerusalén, ante esta entrada se preguntan formulando el interrogante fundamental de la cristología del Nuevo Testamento: “¿quién es este?”; esto lo hacen con gran conmoción (como la que habrá en toda la tierra cuando Jesús muere, 27,51: “tembló la tierra”; y los guardias “tiemblan” ante el ángel del Señor en la resurrección, 28,4). Las multitudes (ojloi), en cambio lo reconocen como “profeta”. Jesús ya había insinuado que lo es (13,57; cf. 23,37), y ya sabíamos que las multitudes (ojloi) lo tenían como tal (14,5; 21,46). Sin embargo, aunque cierta, la confesión de fe de Jesús como profeta es limitada (en Mateo, en Lucas es tema principal) como se ve en 16,14-16; las escrituras que se están cumpliendo lo revelan como el “salvador”. Al hacer expresa referencia a Zacarías, Jesús –que es visto como rey (2,2; 27,11.37.42; cf. 25,34.40)- se aclara de qué realeza se habla, se trata de un rey “humilde” (praûs, cf. 5,5; 11,29).



Lectura del libro del profeta Isaías     50, 4-7

El tercero de los llamados Cantos del Siervo de Yahvé (aunque la palabra “Siervo” aquí no es usada, por lo cual algunos no lo cuentan entre estos cánticos) ubica al poeta como un sabio (“lengua de discípulo”, v.4, “oído abierto”, v.5), como alguien que debe educar al que “anda en tinieblas” (v.10) y comunicar al cansado una palabra de aliento (v.4). Las agresiones e insultos de “otros” (vv.6-7) no le impiden anunciar aquello que debe comunicar como sabio. 


El texto está armado en cuatro estrofas comenzadas por “el Señor Yahvé” (vv.4.5.7.9). Yahvé es el maestro que genera un discípulo ejemplar, maestro a su vez. Y como Yahvé (40,28-31) debe confortar a los fatigados. La primera estrofa está centrada en el tema del discípulo (enmarcada por los términos lengua  / palabra, oído /escuchar y la repetición de “despertar” (“palabra despierta”, “despierta el oído”, v.4). Retomando la idea, la segunda estrofa da un paso más: los sufrimientos. Esto fue tomado particularmente por Mateo (26,67 y 27,30, las escupidas a Jesús). Vv. 7 y 9 comienzan con “el Señor Yahvé me ayuda” (cf. 41,8-13) lo que contrasta con los verbos “ser confundido” y “quedar avergonzado” (cf. 41,11; 45,16.17; 50,7; 54,4). El lenguaje, a partir del v.8 es judicial, pero aquí finaliza el texto litúrgico.



Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los cristianos de Filipos     2, 6-11


El himno, probablemente conocido por Pablo tiene un doble movimiento de descenso y ascenso (como se ve en el esquema). La idea principal para los lectores es “tener los sentimientos de Cristo”, por tanto repetir la escena de “descenso”. Dios, el sujeto del momento de “exaltación” también dará a los suyos. 


Para la liturgia del día, el acento está puesto en la frase “y muerte de cruz”, que los autores que consideran el texto un himno prepaulino, afirman que se trata de un añadido de mano del mismo Pablo. La obediencia y la humildad (la clave del obrar de Cristo que la comunidad debe repetir) llegan hasta el extremo de la cruz.





Pasión según san Mateo     26, 3-5. 14-27, 66


El relato de la Pasión tiene algunos elementos propios de Mateo que destacaremos brevemente:


Un elemento interesante es la presentación de la figura de Judas: éste lo entrega por dinero (26,15; a diferencia de Marcos donde lo entrega sin motivo, 14,10-11) y se suicida (ahorcándose, como lo hace en 2 Sam 17,23 Ajitófel que había traicionado a David); incluso es el único que a Jesús lo llama “rabí” (26,25.49) a pesar que Jesús había dicho a que “a nadie llamen rabí” (23,8); aunque hay que resaltar que Judas devuelve el dinero y dice que Jesús es "inocente", Jesús le dice “compañero” (v.50; hetaîros en realidad se dirige a alguien con quien se tiene una relación –no necesariamente de amistad, puede ser ocasional-, cf. 20,13; 22,12 [las restantes veces que se encuentra el término en el NT]).

El relato de la Eucaristía (= Mc) “sangre de la alianza”, (remite a Ex 24,8 a diferencia de Lucas y Pablo donde se remite a Jer 31,31: “nueva alianza”); probablemente estos remitan a una tradición antioquena, mientras Mateo a una tradición palestinense.

Jesús no envía 12 legiones de ángeles para que se cumplan las escrituras (v.54); cf. 56 (“escrituras de los profetas”).

Jesús en el templo estaba “sentado” (kathézomai, v.55); el gesto puede ser la actitud del maestro (cf. Lc 2,46; cf. Mt 23,2) pero también la del juez (Mt 19,28; 25,31, pero aquí usa kathizô). El responsable del interrogatorio es “Caifás” (vv.3.57; sólo Mateo y Juan lo mencionan por su nombre en las escenas de la Pasión).

Mt omite que los 2 testigos no coincidían (Mc 14,59), ante el dicho de la destrucción del Templo le preguntan. Mt refuerza que Caifás dice que Jesús “blasfema” (2x, v.65). 

Las burlas a Jesús condenado –como también es propio en los relatos de la Pasión en los restantes Evangelios- se asemejan a la actitud de los “enemigos” de los salmistas en los cantos del “justo que sufre” o del Siervo Sufriente de Isaías (primera lectura); ver también “dieron de beber… hiel” (27,34; Sal 69,22); “tuercen los labios, moviendo la cabeza” (27,39; Sal 22,8), “confió en Dios… que lo salve” (27,43; Sal 22,9; Sab 2,13.18). De hecho, el texto del Salmo 22 (“Dios mío, por qué me has abandonado” es más explícitamente citado por Mateo ya que se lo presenta en hebreo (Marcos lo había puesto en arameo): “Elí, elí, ¿lemá sabactaní?” (27,46).

A Pedro lo interrogan 3 diferentes personas. Mt especifica el modo galileo de hablar (v.73; Marcos 14,66-71 presenta dos personas interrogándolo: la criada es la que lo menciona como discípulo la primera y segunda vez; y en la tercera los presentes dicen “eres galileo”, Mateo precisa que lo saben por su “modo de hablar”). 

Barrabás es llamado “Jesús Barrabás” reforzando el contraste (v.16.17) como se ve en la pregunta de Pilato. Sin duda así planteado, el texto pone en más duro contraste la actitud de los espectadores ante dos “Jesús” diferentes. 

La mujer de Pilato “sueña” (v.19; el término “sueño” –ónar- es exclusivo de Mateo en la Biblia: 1,20; 2,12.13.19.22 e indica la comunicación de un mensaje por parte de Dios), y afirma que Jesús es “justo”. El término es habitual en Mateo (x17), José es “justo” (1,19), el término es paralelo a “buenos”, y opuesto a “pecadores” (5,45; 9,13; 13,49; 23,28; 25,37.46) e incluso a veces es paralelo a “profeta” (10,41; 13,17; 23,29). Claramente es sinónimo de “inocente” (23,35).

Las autoridades judías “persuaden” (peíthô es persuadir, convencer, llevar a confiar o creer) a la gente (ojlos, v.20) para que pida por Barrabás. La “gente” (multitud, muchedumbre) en general tiene una actitud positiva ante Jesús (al que tienen por profeta, como se dijo en el comentario más arriba). De allí que necesiten ser convencidos.

Lo probablemente más importante dentro de lo propio de Mateo es el hecho de que aquí Pilato se lava las manos (vv.24-25) y “el pueblo” (laos) acepta la inocencia de Pilato aceptando la sangre “sobre” ellos. El lavado de manos –a diferencia de lo que suele destacarse- no es un desentenderse. La sangre derramada violentamente “cae” sobre el responsable. Y Pilato quiere dejar claro que él no es responsable, sino que lo es el “pueblo”, cosa que este acepta.

Nota sobre Pilato, la sangre y el pueblo. Probablemente no haya texto que sea más evidente de la teología de todo el Evangelio de Mateo que este. En tiempos del Evangelista, dos grupos se disputaban ser los “herederos” del Israel bíblico: los fariseos y los cristianos. Mateo – que se dirige a una comunidad donde hay una comunidad judía muy importante - y los cristianos son evidente minoría (= “pequeños”) destaca por doquier que las Escrituras se han cumplido, que Jesús realiza en sí mismo lo esperado de grandes personajes bíblicos (Moisés, David…). Aquí encontramos al mismo “pueblo” (ciertamente “instigado” por las autoridades) haciéndose cargo de esta muerte. Haciendo suyas las palabras de Isaías sabe que a este “pueblo” se le ha embotado el entendimiento (13,15), conducidos por los “fariseos” (recordar lo dicho sobre los fariseos de tiempos de Mateo) “este pueblo me honra con los labios pero su corazón está lejos de mí” (15,8); eso “se les quitará el reino de Dios para dárselo a una nación (ethnê; usado generalmente para referirse a los no judíos) que rinda sus frutos” (21,43). La teología principal de Mateo radica en presentar a la Iglesia como el “nuevo Israel” (o el verdadero, a diferencia de la propuesta del fariseísmo rabínico de su tiempo). Eso es lo que quiere señalar este texto. Lamentablemente este párrafo, descontextualizado, fue usado para alentar un anti judaísmo que llevó a los cristianos a las más graves perversiones contra “nuestros hermanos mayores”, los judíos. Nada de eso (como la acusación de “deicidio”, asesinos de Dios) se justifica en este texto.

Ante la muerte de Jesús, Mateo aclara que la tierra tembló, etc... (vv.51-52) “al ver esto” (v.54) el centurión y los que estaban con él lo reconocen como “el Hijo de Dios” (v.54). Lo que Marcos había presentado como una invitación a creer sin signo alguno, Mateo lo modifica en un “cumplimiento de las escrituras”.

  • «¿No se estremecerá por ello la tierra, y hará duelo todo el que en ella habita, subirá toda entera como el Nilo, se encrespará y bajará como el Nilo de Egipto? Sucederá aquel día– oráculo del Señor Yahveh– que yo haré ponerse el sol a mediodía, y en plena luz del día cubriré la tierra de tinieblas». (Am 8,8-9)
  • «Cuando las estrellas del cielo y la constelación de Orión no alumbren ya, esté oscurecido el sol en su salida y no brille la luz de la luna, pasaré revista al orbe por su malicia y a los malvados por su culpa. Haré cesar la arrogancia de los insolentes, y la soberbia de los desmandados humillaré. Haré que el hombre sea más escaso que el oro fino, y la humanidad más que metal de Ofir. Por eso haré temblar los cielos, y se removerá la tierra de su sitio, en el arrebato de Yahvé Sebaot, en el día de su ira hirviente». (Is 13,10-13)
  • «Muchos de los que duermen en el polvo de la tierra se despertarán, unos para la vida eterna, otros para el oprobio, para el horror eterno». (Dn 12,2)
Muchas de las cosas que se aguardaban para “el fin del mundo”, para “el día de Yahvé” ocurren con la muerte (y resurrección, v.53) de Jesús. Ya no se trata de un creer sin signos (Marcos) sino del cumplimiento de las Escrituras (lo que –como se ha dicho- es característico de Mateo).

Mateo destaca algunos elementos más que no señalaremos: es recurrente la presencia de la madre de los de Zebedeo (v.56), se destaca que José de Arimatea es discípulo (v.57) y que el sepulcro donde Jesús es puesto es “nuevo” (v.60). Sólo una anotación conclusiva –propia de Mateo- como es de esperar en este evangelio: los guardias en el sepulcro (vv.62-66). Seguramente algunos “judíos” de tiempos de Mateo insistirían, ante el anuncio de la resurrección por parte de los discípulos, en que si el cuerpo no se encontraba en el “sepulcro nuevo” se debió a que el cuerpo fue robado. En este lugar Mateo presenta a los guardias de los que –más adelante- afirmará que fueron sobornados por los sumos sacerdotes (los mismos que “incentivaron al pueblo” a pedir la liberación de Jesús Barrabás). El conflicto entre los miembros de la comunidad de Mateo y los judíos del fariseísmo rabínico son característicos en este momento dramático de la narración. Y Mateo lo destaca claramente.

El video con comentario al Evangelio se puede ver en

Foto tomada de www.elmercurio.com.ec