Comentario al Evangelio del domingo de la Ascensión A
o también en
Eduardo
Comentario al Evangelio del domingo de la Ascensión A
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Eduardo
Nada menos importante
Eduardo de la Serna
En lo personal, las opiniones o
notas de la revista Vogue me importan absolutamente nada. Pueden decir lo que
quieran que me resultará “bronce que resuena o campana que retiñe”, al decir de
mi amigo Pablo…
Ahora bien, cuando en dicha
revista el Papa aparece entre los mejor vestidos del año 2025, la cosa ya pasa
de castaño oscuro. Y, cuando eso es tildado de “teología silenciosa”, mis tripas
se revuelven. Si hay algo que no espero es que un Papa se destaque por
semejante superficialidad. Y, para peor, cuando se lo compara con Francisco del
que se dice expresamente que había optado por una «sorprendente sencillez, casi
una provocación evangélica». ¿De qué Dios habla semejante “teología”?
Debo reconocer que, hasta ahora,
León XIV no ha logrado alegrarme. Ni un poquito. Y cuando algo me permitía
esperanzarme (su posición crítica frente a Trump, por ejemplo), en seguida retrocede
4 o 5 casilleros, como en este caso.
Todos recordamos la imagen (de
las últimas, por cierto) del papa Francisco, en silla de ruedas, con pantalones
y un poncho medio caído al costado. Eso resultaba más teología silenciosa, por cierto.
O, “provocación evangélica” al reconocerlo desde su ignorancia los “estetas”.
Recuerdo un querido cura, ya
fallecido, que había vivido en esperanza, porque en lo político y en lo
eclesial todo lo veía negativo. Hasta que aparecieron Cristina y Francisco y
recuperó la sonrisa. Casi fanáticamente. No tuvo – como nosotros – la ocasión
de ver las nuevas debacles invernales políticas y eclesiales. Y hoy veo a
algunos, “enamorados” de Francisco, al cual calificaban de “papa de la primavera”
(con lo que no acuerdo) y que no pueden aceptar el retorno invernal, hablan de “continuidad”
con Francisco. Al menos debo decir que no lo veo. Algunos me dicen que la Dilexi
te es buena, aunque sea en enorme proporción texto de Francisco, y acotan –
razonablemente – que León la hizo suya, lo que indicaría (con lo que no concuerdo)
continuidad. Si fuera el caso, lo mismo hizo Francisco con el texto de Benito
XVI tenía preparado y publicó como “encíclica a cuatro manos” (Lumen Fidei)
y no me parece que haya continuidad entre ambos pontificados. Da la sensación
que hay quienes no pueden asumir el fracaso o el retroceso. Triste fracaso,
triste retroceso.
La comunión, que pretendo
mantener, no implica que me alegren algunas cosas, que celebre otras o aplauda
terceras… Celebro que tenga una persistente postura en favor de la paz, pero
desearía que no sea simplemente un “¡chicos, no se peleen!” sino que los
responsables de la violencia, la injusticia, los genocidios o las guerras tengan
nombre y apellido. Por ahora – ojalá me equivoque, ¡brindaría y celebraría que así
fuera! – toca esperar; al fin y al cabo, el Espíritu Santo siempre tiene “un As
en la manga”.
Caminos y subidas
Acabamos
de llegar, Jorge y yo, de un viaje. Viaje viene de “vía”, camino. Y ¡vaya que
caminamos! (y ¡vaya que subimos escaleras! ¡No quiero ver una más el resto del
año!). Claro que viajes hay de diversos tipos, de turismo, por ejemplo (que
viene de “torno”, es decir dar vueltas, ¡y las dimos!), o “de estudio” (y,
¡vaya que aprendimos!). En suma, llevamos en nuestros “oídos la más maravillosa
música” que, en este caso, fue una parte más que considerable de la historia de
la humanidad. A Jorge y a mí la historia nos importa, nos interesa, nos gusta,
¡y nos saciamos!
¿Qué
se puede decir que sea un aporte, al hablar de Egipto y de Grecia? Creo que
nada “para afuera” aunque nos hayamos colmado “para adentro”. Y, para peor,
para mejor, sabiendo que todo lo andado fue solo una parte, porque quedan
muchos caminos por recorrer y muchas vueltas por dar para aprender en serio.
Pudimos
viajar con esfuerzo (en mi caso, no puedo estar más agradecido a mi hermana
Mariana por hacerlo posible), y tratamos de ser casi esponjas para absorber
todo lo que pudiéramos. Creo que ningunos de los dos tenemos queja de ningún
tipo (salvo en temas muy menores, como pasa siempre y en todos los ambientes).
Y agradecidos, además, por la enorme hospitalidad del amigo Thimios en Grecia.
Historia,
arqueología, museos, arte, memoria a raudales. Y, todo esto, coronado con el
encuentro, el cariño y – ¡otra vez! – caminar y subir por Toledo, Madrid (El
Prado) Ávila, El Prado con la hospitalidad más que fraterna y sororal de Andrea
(¡amiga eterna!) y Emilio.
Nada
más. Nada menos. Tocará, ahora, que todo eso que ha entrado pueda ser derramado
donde, como y cuando corresponda para que sea compartido, ¡y celebrado! Plenos.
Satisfechos. ¡Contentos! Y, a quienes toque y compartan, ¡gracias!
Eduardo
En el libro de los Hechos de los Apóstoles se nos
narra que el Evangelio se empieza a expandir por la región. Con
Felipe – si no antes – la predicación llega a Samaría.
En un lugar,
nos dice el texto, había un tal Simón que practicaba “la magia” (Hch 8,5-8). Es
probable que esto se refiera sea a supuestas curaciones o charlatanerías (ver
13,7-12) o bien adivinaciones (16,16-22) y se informa que era muy famoso y
seguido por la gente. Pero al llegar Felipe, y predicar la Buena Noticia y al
ver los signos proféticos (8,13) todos se convirtieron, ¡e incluso Simón, que
se hizo bautizar!
Como también
es frecuente en Hechos de los Apóstoles, a cada paso pastoral que se va dando
en distintas regiones, Jerusalén manda
sus delegados para dar garantía de que está actuando el Espíritu Santo, y, en
este caso, para constatarlo, envían a Pedro y a Juan (8,14) y todos reciben el
Espíritu de Dios (8,15-17).
Generalmente,
este descenso del Espíritu Santo tiene manifestaciones exteriores que llaman la
atención, y – ¡acá el problema! – esto sorprendió también a Simón. Y pretende
tener también él esa capacidad de donar el Espíritu a quienes él les imponga
las manos, y, para conseguirlo “les ofrece dinero” (8,18). Esto irrita
sobremanera a Pedro y a Juan (Felipe ya ha desaparecido del relato):
¡Maldito seas tú con tu dinero, si crees
que el don de Dios se compra con dinero! Este poder no es para ti ni te
corresponde, porque Dios no aprueba tu actitud. Arrepiéntete de tu maldad y
pide que se te perdone tu error. Te veo convertido en hiel amarga y atado en
lazos de maldad (8,20-23).
En
el mundo pagano era frecuente que al mejor postor se le otorgaban funciones
sacerdotales más importantes; pero, para Pedro, se trata de un regalo de Dios,
un “don”, que no puede manipularse, y menos aún comprarse por dinero. Con esto
se asemeja a la idolatría (ver Deut 29,17; Is 58,6) y de allí la gravedad de la
maldición que cae sobre el mago.
A
continuación, el texto muestra a Simón arrepentido y pidiendo a los apóstoles
que recen por él, y desaparece de la escena.
Es
interesante, por otra parte, que es frecuente en Hechos de los Apóstoles que
ponga en paralelo algo hecho por Pedro y que es a su vez hecho por Pablo. En el
texto que citamos más arriba (13,6-11), aquí, al llegar a Pafos, Pablo también
se enfrenta con un mago llamado Bar Jesús (v.6, nombre hebreo), y también
Elimas (v.8). Parece ser alguien importante contratado por el procónsul en la
corte y que se opone a Pablo seguramente por miedo a perder credibilidad. Pablo
también maldice al mago. La intención de poner a ambos apóstoles en paralelo,
evidentemente, pretende señalar la semejanza entre ambos en dos momentos
distintos del crecimiento de la Iglesia.
Es
interesante que – con el paso del tiempo – en algunos grupos cristianos del siglo
II se habla de “Simón el Mago” como de un personaje perverso que sigue
pervirtiendo las comunidades, pero – evidentemente – se trata de lecturas que
son teológicas, no históricas, y, generalmente originadas en grupos distantes
de la fe.
El
nombre de Simón fue antecedente de un pecado grave para la Iglesia católica, la
simonía (de él proviene el nombre). Esto es la injerencia de lo económico en lo
que debe ser gracia (“gratis lo recibieron, denlo gratis”, Mateo 10,8). De
hecho, el derecho canónico dice:
Quien celebra o recibe un sacramento con simonía, debe ser castigado con entredicho o suspensión (CIC 1380).
Imagen tomada de https://www.primeroscristianos.com/sabes-quien-era-simon-el-mago/
El Espíritu es anunciado, el Pueblo no quedará solo
Hace ya tiempo, escribimos sobre “Herodes, hijo de
Herodes”. Es bueno, ahora hablar sobre “Herodes, el padre de Herodes”.
Decíamos que era frecuente que al comenzar una
“dinastía”, todos sus descendientes llevaran el “nombre del padre”, como es el
caso de los “césares”, que gobiernan como “hijos de (Julio) César”. Veamos
algunos datos de la historia antes de ver qué nos dicen los textos bíblicos
sobre Herodes.
Sabemos que todo el mundo y el ambiente bíblico de
tiempos de Jesús estaba gobernado por el Imperio romano al cual todos debían de
una u otra manera rendir pleitesía. Pero Roma no solía ocuparse del gobierno de
los territorios conquistados, sino que ponía, con mucha frecuencia, a alguien
del lugar que le resultara confiable y rindiera cuentas. Sólo en provincias
importantes tenía un gobierno del que ella misma se hacía responsable; o en
lugares donde no encontrara alguien creíble o donde el ambiente fuera tumultuoso.
Veamos, sencillamente dos ejemplos que encontramos en la Biblia de estos
gobernantes: por ejemplo, en la importante ciudad de Corinto, capital de Acaya,
hay un procónsul, cargo que duraba un año (ver
Hch 18,12) y en la región de Judea, Roma depone al inepto hijo de Herodes,
Arquelao, y entonces envía un gobernante, al que se suele llamar
“procurador”, o gobernador, como será el caso de Pilato (Mt 27,2) o Félix (Hch
23,24). Ahora bien, en algunos casos, no habituales, cuando la confianza de
Roma en un sujeto era grande, podía nombrarlo “rey”, es el caso de Herodes.
Pero, y esto debe tenerse en cuenta, era un nombramiento que Roma daba, y, por
tanto, podía quitárselo, si le convenía, y, además, no era hereditario; los
hijos de Herodes, Arquelao y Antipas, buscaron ser nombrados reyes, y – aunque
a veces los textos los llaman “rey” – propiamente nunca lo fueron, aunque lo
pretendieran insistentemente.
Cuando en Roma gobernaba un
Triunvirato, después de la muerte de Julio César, a Herodes se le concede
(¿sobornos mediante?) el título de rey. Llega, originalmente al poder por su
matrimonio con Mariamme (de la dinastía asmonea), y será nombrado, primero
tetrarca (que gobierna cuatro ciudades) y, finalmente, cerca del año 40 antes
de Cristo, es nombrado rey. Aunque fue educado como judío, en realidad era
árabe, y no gozaba de la simpatía del pueblo. Después de unos primeros años
complicados, se impuso de una manera férrea en el gobierno; fue particularmente
sanguinario, y cuando veía dificultades no tenía ningún prurito en asesinar,
cosa que hizo con varios miembros de su propia familia cuando veía peligrar o
puesto en duda su poderío. Una característica notable de su gobierno fueron las
importantísimas construcciones que llevó a cabo, desde edificación de ciudades
al Templo de Jerusalén. Este era pequeño (se había hecho un “segundo templo” a
la vuelta del exilio en Babilonia) y él decidió darle gran esplendor (se puede
recordar que, en el evangelio de Juan, le dicen a Jesús que el templo se
edificó en 46 años (Jn 2,20; en realidad, todavía no estaba terminado en este
tiempo y lo continuaron sus descendientes). Ciertamente, por ser un rey
dependiente de Roma, debería congraciarse con sus jefes, de allí los nombres de
ciudades como Tiberias, Cesarea (Hch 8,40), etc.
Como sus sucesores llevan
también el título de “Herodes”, para reconocerlo debemos mirar la cronología.
El rey Herodes, apodado “el Grande”, muere pocos años después del nacimiento de
Jesús, por lo que no es a él a quien se hace referencia en los Evangelios, sino
a su hijo. Sólo sabemos que el Bautista nace en “los días de Herodes, rey de
Judea” (Lc 1,5) y que, unos magos, que ven los signos en el cielo del
nacimiento de un “rey”, van a la corte de Herodes (Mt 2,1). Esto sirve para
ubicarnos en el tiempo, pero, Mateo añade un elemento más.
Así como en el nacimiento de
Moisés, el rey de Egipto, temiendo que peligrase su autoridad, manda matar a
todos los varones (Ex 1,22), pero uno se salva (y salvará a su pueblo, Ex 2,3),
ahora, del mismo modo, Herodes manda matar a todos los niños varones (Mt 2,16),
pero uno se salva (¡en Egipto!; Mt 2,13) y será el salvador, Jesús. Mateo, aprovechando
la fama de sanguinario de Herodes, a la que hicimos referencia, nos recrea la
escena de Moisés para que cualquier lector de la Biblia sepa que, así como fue
entonces, también ahora, una suerte de “nuevo Moisés” es enviado por Dios, y es
salvado de las garras de un “nuevo faraón”. En la historia de oprimidos y
opresores, de autoritarios y víctimas, la Biblia siempre deja claro de parte de
quiénes está Dios.
Imagen tomada de https://es.wikipedia.org/wiki/Herodes_I_el_Grande