martes, 27 de octubre de 2026

Jugop de Limón (27 de octubre 2026)

Demonios y exorcismos



La hoguera de la estupidez

La hoguera de la estupidez

Eduardo de la Serna





La historia de la humanidad está, lamentable y dolorosamente, plena de crueldades. Y no está de más que, con sensatez, podamos entender acabadamente qué tanta distorsión de humanidad las provoca, como cuánto de sadismo engendra en los espectadores que aplauden enfervorizados los circos o las cruces romanas, y sus lamentables sucedáneos. Es interesante que el mismo evangelio de san Lucas cuenta, que ante la cruz de Jesús y los que estaban con él, muchos fueron “a ver el espectáculo” (Lc 23,48) y Pablo mismo destaca que los apóstoles “estamos como condenados a muerte” y, acota, “como espectáculo” (1 Cor 4,9). Siglos después, cuando en los circos hubo cristianos condenados a muerte por fieras, gladiadores u otras torturas, incluso cristianos iban a verlo como entretenimiento, motivando que algunos escritores los criticaran por ello (Tertuliano o Agustín, por ejemplo).

A modo de espectáculo, entonces, tal como nos tiene nauseabundamente habituados, el presidente brindó su show ante la fundación Faro (presidida por el pseudo intelectual Agustín Laje que nos “enseña” que la batalla cultural es contra la “perversión” del feminismo, pero que no está mal la violencia [sic]), y allí, entre aplausos y silencios, criticando e insultando a personas que trabajan en el periodismo, acotó que se los debe “quemar en la hoguera”. La acusación no requiere demasiado esfuerzo: basuras, ensobrados, zurdos… brujas.

La historia de la humanidad tiene demasiada muerte en sus espaldas provocadas por hogueras. El fuego purifica, parece… Y los “herejes” lo han aprendido “en carne propia”. La Inquisición (o las Inquisiciones, para ser más precisos) ha sido experta en fuegos, y cuando no se trataba de personas, se quemaban sus obras: la quema de libros aparece como una buena simetría… así quemó el rollo del profeta Jeremías el rey Yoyaquim (Jer 36,27-29), quemaron rollos de la Torá los griegos de Antíoco IV (1 Mac 1,56), la inquisición quemó los libros que consideraba heréticos (muchos de los cuales, después, inspiraron a generaciones), los nazis quemaron libros, la dictadura cívico-militar con bendición eclesiástica en Argentina, también. ¡Maravillosa metáfora la del presidente… y maravillosos aplausos de los mediocres asistentes! Incitación a la violencia y al crimen lo llaman. Pero ya sabemos que de eso no solemos aprender… incentivaron el odio a Cristina y, por tanto, intentaron matarla y el poder judicial (que no es “la Justicia”) sigue dando la razón tanto al Martín Fierro como a monseñor Romero: “La ley es tela de araña, y en mi ignorancia lo explico, no la tema el hombre rico, no la tema el que mande, pues la rompe el bicho grande y sólo enrieda a los chicos”, decía el primero; la justicia es “como la serpiente que solo muerde a los que están descalzos”, repetía el segundo… Lamentablemente, en nuestra experiencia no parece sensato esperar que nadie actúe con justicia y sancione estos delitos… No solamente no aprendemos sino que no debería extrañar que mañana aparezca un Sabag Montiel que agreda – o peor – a alguien del periodismo (o de otros oficios molestos al presidente) y nadie se haga cargo del delito.

Y ante la multitud de incinerados (y sin olvidar ni menoscabar a ninguno) no puedo menos que recordar a dos mujeres que dejaron huella: Margarita Porette y Juana de Arco. La sana doctrina, encabezada por la Facultad de Teología de Paris (la Sorbona) decidió solemnemente que ni una ni la otra (1310 la primera, 1431 la segunda) debían dejar huella, por escribir (por osar escribir) la primera, por “meterse en política” la segunda; es que ambas cosas son “propias” de varones. Las beguinas, como Margarita no aceptaban que las mujeres deben estar sometidas, sea a un marido o a una congregación donde tiene una regla… Juana, joven, laica, analfabeta, pobre, no puede pretender – y, para más escándalo, ¡vestida de varón!, con lo cual evidentemente viola la “ley natural” – conducir un ejército y ser decisiva en una guerra (de “Cien años”) … La “pérfida Albión”, la que “se jactaba de su honor y de su ley” no podía aceptar que Francia no le perteneciera (y la Facultad de Teología bendecía semejante sumisión) … Definitivamente, ambas debían ser quemadas. Las beguinas desaparecidas, la política sometida… Papas, reyes, teólogos tenían la última palabra: ¡el fuego! La acusación no requería demasiado esfuerzo mental: ¡brujas! Claro que – pasado el tiempo; más rápido en el caso de Juana, más lento en el caso de Margarita – no se pudo apagar la brasa humeante de la que ya hablaba Isaías (42,3) y Mateo 12,20 aplica a Jesús.

Hoy, tanto Margarita como Juana (y cientos más, por cierto, mujeres y varones) dejan una huella. Ambas sabían de batallas culturales, ambas fueron derrotadas y el ambiente y la sociedad purificados, pero ambas enseñaron y siguen enseñando que el fuego no tiene la última palabra. El fuego puede quemar libros y personas, pero el humo, las cenizas, dejan signos que otros, ¡muchos otros!, pueden reconocer.

Si bien es cierto que en la antigüedad los faros iluminaban con fuego a los navegantes para alertarlos de los peligros… hoy encontramos en muchas víctimas de hogueras verdaderos faros, verdaderos caminos, verdaderas huellas que valen la pena transitar… Y otros “Faros”, otros dirigentes que dirigen a los dirigidos a los acantilados para estrellarse contra las rocas, sin demasiado esfuerzo mental,  mientras los sádicos aplauden y los mediocres festejan. Y lo hacen en nombre de la libertad (libertad de estrellarse o de incinerarse).


Imagen tomada de https://www.elnortedecastilla.es/20130817/local/valladolid/medina-revive-hogueras-inquisicion-201308170124.html?ref=https%3A%2F%2Fwww.google.com%2F

Comentario a las lecturas de Todos los Santos

 Jesús invita a sus amigos a participar de su vida

TODOS LOS SANTOS
1° de noviembre

Eduardo de la Serna



Lectura del libro del Apocalipsis     7, 2-4. 9-14

Resumen: en una visión y su dialogo explicativo el vidente observa una multitud incalculable que son los amigos de Dios, los que se han mantenido fieles en medio de las dificultades y gozarán de la vida resucitada.

El libro del Apocalipsis no es con frecuencia tenido en cuenta en la liturgia a pesar que tener un marco litúrgico el libro para mostrar la unión entre cielo y tierra. Los frecuentes himnos y cantos son buen ejemplo de ello. Sin duda la referencia a los “elegidos”, los “siervos de nuestro Dios”, los “sellados” y la “muchedumbre inmensa” son la razón de su incorporación en la liturgia del día. Veamos:

Nos encontramos con un libro cerrado con sellos, siete, como es frecuente en la apocalíptica… Obviamente el libro recién se podrá abrir (recordar que se trata de un rollo), sólo puede desenrollarse cuando los siete sellos sean rotos, por lo que el “séptimo sello” será el definitivo. En el rollo-libro están escritos los nombres de los “elegidos”, o salvados (es el libro de la vida), por lo que los asistentes están expectantes para conocer los nombres. Se destacan los primeros cuatro sellos (con sus correspondientes jinetes y caballos, cf. 6,1-8) y luego los restantes dos (cf. 6,9-17). Antes de la apertura del séptimo sello, y definitivo, el libro hace como un paréntesis a fin de crear clima de suspenso. Es el capítulo 7, correspondiente al texto litúrgico. En 8,1 se abre el séptimo sello.

El texto nos presenta una visión (7,1-12) y un diálogo (7,13-17) entre el vidente (el autor del libro del Apocalipsis) y uno de los ancianos que estaba junto al cordero (7,11; ver 4,4). Como suele ocurrir en los apocalipsis, el diálogo es explicativo de lo que se ha visto. 

El vidente observa cuatro (otro número preferido por la literatura apocalíptica, como se dirá) ángeles a los que se ha encomendado causar daño “a la tierra y el mar” (es decir en todas partes), pero eso todavía no ha de ocurrir (ocurrirá en 8,7); antes se ha de marcar en la frente a los siervos de Dios (la imagen es tomada de Ez 9,4). Todavía – hasta la explicación – no sabemos de quienes se trata, sólo se nos aclara el número: 144.000. Como es habitual en la literatura apocalíptica, el número debe entenderse simbólicamente, es 12x12x1000; 12 es el número característico del pueblo de Dios y 1000 es propio de “una multitud” (ver 2 Pe 3,8). Lo que quiere señalar es que “todo el pueblo de Dios” está marcado por ser “siervos de Dios” (“siervo de Dios” se dice del vidente en 1,1; de los profetas en 10,7, de Moisés en 15,3 y se alude a “los siervos”, los fieles en 19,5; 22,3.6). 

Esta “muchedumbre”, “imposible de contar” proviene de toda “nación, raza, pueblo y lengua” (4 cosas para señalar la universalidad de la proveniencia de los que están de pie ante el Cordero). Los 144.000 provienen de todas partes, tienen vestiduras blancas (signo de resurrección; cf. 6,11) y palmas. La palma es utilizada habitualmente en la liturgia del Templo (cf. Lev 23,40; 1 Re 6,29.32.35; 7,36; 2 Cro 3,5; Ez 40,16.21.22.26.31.34.37; 41,18.19.20.25; Jn 12,3), de hecho el salmo canta que “el justo florece como una palma” (92,13) [este texto prepara la lectura posterior sobre la “palma del martirio”, pero no hace aquí referencia a eso]. Y la muchedumbre canta que la salvación viene “de Dios y del Cordero” a lo que los asistentes responderán “Amén”. En 12,10 se nos dirá que la salvación es que “el acusador” (el satán) de los hermanos “ha sido arrojado” y ha llegado el reinado de Dios (basileía tou theou) y el poderío (exousía) de su mesías. La salvación, la gloria y el poder (dynamis) son de nuestro Dios (19,1) [notar que en estas tres citas el cantante habla de “nuestro Dios”; cf. 4,11; 5,10; 19,5.6]. El “Amén” viene acompañado de ¡siete! cosas que se dirigen a “nuestro Dios”: “alabanza (eulogía), gloria (doxa), sabiduría (sofía), acción de gracias (eujaristía), honor (timê), poder (dynamis), fuerza (isjys)”. 

Luego de este himno de reconocimiento de “nuestro Dios” comienza el diálogo entre el anciano y el vidente.

La pregunta del anciano es retórica, ya que sabe la respuesta pero pretende “interpretar” al vidente la visión (la interpretación está interrumpida en el texto litúrgico en v.14 aunque continúa hasta v.17). Pregunta quiénes son y de dónde han venido pero sólo responderá la primera parte, ya que conocemos la respuesta de la segunda: de toda nación, raza, pueblo y lengua… Y destacará dos elementos dramáticos: que vienen de una “gran tribulación” y que han “blanqueado sus vestiduras en la sangre del Cordero”. 

La comunidad a la que se dirige el libro está padeciendo una tribulación (thlipsis) y el autor se presenta como “compañero en la tribulación” (1,9). Algunos destinatarios (la Iglesia de Esmirna, 2,9.10) padecen la tribulación pero ésta es calificada de breve (“diez días”). Se trata de un gran conflicto que se espera para los “tiempos finales” (cf. Dn 12,1; Mc 4,17; 13,19.24). La comunidad (o algunos) están padeciendo una situación violenta. Es muy posible que en algunas ciudades los gobernantes hayan sancionado violentamente a los que se negaban a dar culto al emperador (culto imperial) y los cristianos fueran víctimas de esto  (no consta que sea algo general, pero probablemente sí localizado. Los judíos no fueron maltratados en este contexto por ser tenidos como “religión lícita”, incomprendidos seguramente, pero tolerados). Aquellos que fueron maltratados “blanquearon sus vestiduras con la sangre del cordero” (obviamente la imagen es metafórica, no se trata de que la sangre purifique sino de su identificación con el cordero que también fue asesinado). De hecho, en 12,11 “nuestros hermanos” se han enfrentado al “acusador” y lo vencen “gracias a la sangre del cordero y a la palabra de testimonio (martyrías) que dieron, porque despreciaron su vida ante la muerte”.

La multitud incontable canta la gloria de Dios y el cordero y por eso le darán culto día y noche, no tendrán hambre, ni sed, ni padecerán el sol, ni el calor, serán apacentados por el Cordero que los guiará a manantiales de agua de vida y Dios enjugará las lágrimas de sus ojos (7,15-17).



Lectura de la primera carta del apóstol san Juan     3, 1-3

Resumen: La relación entre Dios y los cristianos lo lleva a una relación de amor filial que se dirige hacia la meta del encuentro definitivo.

La carta de Juan debe leerse en coherencia con la teología del cuarto Evangelio (sea escrita por la misma persona o la misma escuela). Empieza señalando el inmenso “amor” (agapê) del Padre. El “Padre” es el modo característico como Jesús se dirige a Dios que es, a su vez, llamado “hijo” (sin acotaciones, lo que es muy propio de Juan; los sinópticos prefieren “hijo del hombre”, a veces “hijo de Dios”). El amor es lo propio de Dios, hasta el punto de afirmar que “Dios es amor” (1 Jn 4,8) y de Jesús (Jn 13,1), por eso Jesús “manda” a sus discípulos amar con un amor semejante (“como yo los he amado”) para que se los reconozca como tales (Jn 13,34-35; cf. 15,9-14). Ese amor ha conducido a Dios a llamarnos “hijos”, ¡y lo somos! Es de notar que el griego conoce dos sustantivos para decir “hijo”: huios y tekna. En Juan (Evangelio y cartas) se dice que Jesús es “hijo”-huios, mientras que nosotros somos “hijos”-tekna. Es interesante cómo lo presenta el prólogo del Evangelio:


Pero a los que la recibieron (a la Palabra), a los que creen en ella, los hizo capaces de ser hijos (tékna) de Dios (Jn 1:12).


El contraste viene dado entre la actitud del Padre hacia nosotros y la actitud del “mundo”. El mundo, en general, es el ámbito que rechaza a Jesús (el diablo es el “príncipe de este mundo”, Jesús ha “vencido al mundo”, los discípulos están pero no son del “mundo”… y Jesús es rey, pero no de “este mundo” que lo rechaza). El mundo no conoce a Dios y tampoco a sus hijos (Jn 1,10; 14,17; 15,25). 

La vida ya se ha manifestado (faneróô) (1 Jn 1,2), el obrar de los injustos manifiesta su actitud (2,19) y Jesús se manifestó para borrar los pecados (3,5) para deshacer las obras del diablo (3,8). El amor de Dios se ha manifestado en el envío del hijo (4,9).  La plenitud de lo que se espera no se ha manifestado aún ya que “seremos semejantes a él, lo veremos tal cual es”. A Jesús lo hemos “visto” en su “manifestación” (1,2) y por eso lo “anunciamos” (1,3); de hecho, “el que peca… no lo ha visto” (3,6). A Dios no se lo ve, pero sí se ve al hermano, de allí que es en él donde se debe expresar el amor concreto (4,20). Y en cierto modo, al obrar el bien ya “vemos” a Dios (3 Jn 11). 

La “esperanza” y la “purificación” se encuentran sólo aquí en los escritos joánicos (aunque Jn 11,55), pero sin duda alude al “aun no” del v.2, aún no se manifestó lo que seremos que es cuando seremos semejantes y lo veremos. Es posible que los adversarios internos que se detectan en la carta por doquier crean y proclamen que ya hemos alcanzado la meta y nada queda por esperar y no precisan por tanto purificación alguna y ya se sienten “semejantes” y “ya ven” a Dios. El “ya” y el “todavía no” no es frecuente en los escritos joánicos, pero el autor de la carta quiere alertar a los suyos de una espiritualismo peligroso que lo aleja a su vez de los hermanos y del amor concreto.



+ Evangelio según san Mateo     4, 25 -- 5, 12

Resumen: Jesús empieza su predicación reconociendo como felices a los que vivan de una manera coherente con el Reino que él anuncia. Dios se manifiesta del lado de sus amigos.


La referencia a las multitudes que siguen a Jesús forma, en realidad la conclusión de la sección narrativa (“Jesús recorría toda Galilea… lo siguió una gran multitud de Galilea…”, 4,23-25) pero está colocada con la finalidad de entender la actitud de Jesús en 5,1 al “ver la multitud”.

Nos encontramos con el primer discurso de Jesús lo cual, sin duda tiene una particular connotación (lo mismo ha de decirse de las primeras palabras de Jesús en los restantes evangelios). Jesús "sube al monte” (5,1) del cual recién descenderá en 8,1 constituyendo una larga sección discursiva conocida como “el Sermón del monte", 5,1-7,28 enmarcado, además con la palabra clave “enseñar” (5,2; 7,29).

El texto da por supuesto que se sabe a qué monte se refiere (al monte, tó oros) aunque la localización precisa no sea importante. En Ex 19,3.20; 24,12.15.18; 34,1.2.4; Dt 9,9; 10,1.3 se señala que Moisés “sube al monte”. La actitud de “sentarse” es propia del maestro (Mt 13,1.2; 23,3; 26,55; Lc 2,26; 4,20). En este caso la montaña quizás simplemente sea presentada como un lugar en el que es posible dirigirse a una multitud (que no cabría, por ejemplo, en una sinagoga). 

Lo primero que el Maestro dirá son una serie de reconocimiento de que determinadas personas han de reconocerse como “bienaventuradas”, makarioi.

“Makarioi”, felices, dichosos es un reconocimiento a las personas que están en una situación determinada, cf. 1 Re 10,8; 2 Cro 9,7; Tob 13,14; Sal 1,1; 2,12; 32,1; 84,5; 106,3; 119,1.2; 128,1; Sir 25,8-9; 48,11; Is 30,18; 32,20; Bar 4,4. Se trata de una felicitación por vivir de esa manera (y es lo contrario de los “ay”, también frecuentes). 

Para comprender bien las bienaventuranzas de Mateo es importante mirar las bienaventuranzas de Lucas que parecen más fieles a la fuente, el texto Q. Esto nos permite descubrir lo que Mateo quiere destacar.

Para empezar, las bienaventuranzas de Lucas son dirigidas a los que están presentes (“ustedes”) mientras que las de Mato se dirigen a un público impreciso, “aquellos que” eligen vivir de determinada manera.

En segundo lugar la característica de Lucas es que la situación cambiará, entonces lo que se celebra no es tal o cual situación sino la nueva situación que sobrevendrá en un futuro (los que lloran serán consolados; pero se refiere a un futuro histórico, "ahora", no “celestial”). Es que la situación actual es negativa, mientras que la futura es beneficiosa. Mateo, en cambio, presenta situaciones beneficiosas. Para ello, espiritualiza lo que encontró en Q. Veamos un ejemplo: es malo tener hambre, lo positivo es que en el futuro “serán saciados” (= Lucas); Mateo, en cambio destaca que esta hambre y sed es “de justicia” (con lo que esa hambre pasa a ser positiva) y la saciedad ocurre en la consecución de la justicia. Otro elemento - que no hace a nuestra lectura - es que las cuatro bienaventuranzas de Lucas se corresponden con cuatro ayes contrapuestos. Como también la situación se invertirá, la antigua situación beneficiosa será tenida por negativa en el tiempo futuro. Lo que interesa es que se constata una situación y se reconoce felices a los que la viven. En Mateo se trata, entonces, de virtudes.

Hay indicios que nos permiten concluir que Mateo debió incluir una nueva bienaventuranza (la novena) a su cuadro original, seguramente a raíz de la situación concreta de su comunidad. En primer lugar, la primera y la octava se justifican en presente, y no en futuro y finalizan idénticamente: “a ellos les pertenece el reino de los cielos”. En segundo lugar, porque la temática no parece muy diferente de la octava (“los perseguidos”) lo que lleva a pensar que Mateo quiso reforzarla. En tercer lugar, la novena, a diferencia de las restantes – y a semejanza de Lucas – se dirige a “ustedes” y no a “aquellos que…”.

Se podría destacar mucho de cada bienaventuranza. Veamos brevemente:

Felices los pobres de espíritu: Como se dijo, Mateo espiritualiza a fin de que lo que es en sí malo, pero cambiará en el futuro, sea ahora positivo. La primera bienaventuranza, “felices los pobres” la transforma en “pobres de espíritu”. Mateo dirá que Jesús viene a evangelizar a los pobres” (11,5), pero – como en los restantes textos – se refiere a que su situación cambiará, como los ciegos, los lisiados o los cojos, que serán sanados. Ahora se refiere a algo que se da “en el espíritu”. Por ser la primera es la que marca el sentido de las restantes. Los términos que hacen referencia a los económicamente pobres en la Biblia hebrea van adquiriendo paulatinamente un sentido religioso, por ejemplo en el Salmo 69 (notar que el salmista se siente ubicado entre los pobres):

El nombre de Dios celebraré en un cántico, le ensalzaré con la acción de gracias… Lo han visto los humildes y se alegran; ¡viva el corazón de ustedes, los que buscan a Dios! Porque Yahveh escucha a los pobres, no desprecia a sus cautivos. (Sal 69:31-34).

En una misma línea, Sofonías toma la idea de la pobreza e invita a buscarla.

Busquen al Señor, los humildes (anû, pobres) que cumplen sus mandatos: busquen la justicia, busquen la humildad, tal vez así encontrarán un refugio el día de la ira del Señor. (2:3)

Y claramente se afirma en Qumrán:

“Bendito sea el Dios de Israel… Él ha llamado… ha reunido… A rodillas que tiemblan da fuerza para estar en pie. Y ciñe los riñones de los lomos quebrados. En los pobres de espíritu [anû rûah]… al corazón duro. Por los perfectos del camino serán destruidas las naciones impías” (Regla de la guerra, 1QM 14,7).

Se trata del que no pretende nada ante Dios, no argumenta méritos [por esto algunos autores lo han asemejado a la “infancia espiritual”] no se considera autosuficiente sino necesitado de Dios (en su espíritu), reconoce su pobreza y la elige. Ser pobres por elección es el camino necesario para que de ese modo “Dios reine” (en presente). 

Felices los afligidos: las causas de la aflicción ciertamente son muy variadas, desde un duelo a una situación nacional de desgracia, y también la aflicción por haber ofendido a Dios. La causa de esta aflicción no queda especificada, pero es probable pensar en los sufrimientos a causa de la fidelidad. La felicidad radica en que aunque la situación sea negativa el destinatario tiene la oportunidad de ser testigo visible y público de su fe. 

El Espíritu del Señor está sobre mí, porque el Señor me ha ungido. Me ha enviado para dar una buena noticia a los que sufren, para vendar los corazones desgarrados, para proclamar la liberación a los cautivos y a los prisioneros la libertad, para proclamar el año de gracia del Señor, el día del desquite de nuestro Dios; para consolar a los afligidos (Is 61:1-2).


Como en otras bienaventuranzas la razón de la alegría está puesta en un verbo en voz pasiva; es lo que se llama un “pasivo divino”, es decir – en este caso “serán consolados” – es Dios el que dará el consuelo. El tiempo de la prueba terminará definitivamente.

Felices los pacientes: [en algunos manuscritos y ediciones bíblicas – por ejemplo la Biblia de Jerusalén – esta bienaventuranza antecede a la anterior. El tema no es seguro, y seguimos, entonces, el orden propuesto en la liturgia]. El término praeîs puede traducirse por mansos, humildes, incluso pobres (cf. Job 24,4; 36,15). Las restantes veces que se encuentran en Mateo parecen recomendar la traducción por mansos (11,29; 21,5). Pero se trata de una “mansedumbre” activa, resistencia no violenta. El texto parece inspirado en el Salmo 37:

Vive en calma ante Yahveh, espera en él, no te acalores contra el que prospera, contra el hombre que urde intrigas. Desiste de la cólera y abandona el enojo, no te acalores, que es peor; pues serán extirpados los malvados, mas los que esperan en Yahveh poseerán la tierra. (Sal 37:7-9).


La sociedad está habituada a que los violentos sean los poseedores de la tierra. Mateo les asegura que Dios intervendrá y dará, regalará la tierra a los no violentos. La verdadera fortaleza está del lado de la no violencia porque tiene a Dios de su parte.

Felices los que tienen hambre y sed de justicia: La espiritualización a la que hicimos referencia en este caso se manifiesta en relación a la justicia, es decir a la búsqueda de la voluntad de Dios (5,10.20; 6,1; 21,32). Es decir, se declara felices a los que tienen deseo (= hambre, sed; cf. Am 8,11; Sal 63,2) de buscar la realización de la voluntad de Dios (= el Reino de Dios). Pero el hambre y la sed también son imagen de una carencia. La justicia falta en el mundo, y las víctimas de la injusticia cuentan con que serán saciados por Dios quien los sentará en el banquete del Reino (cf. 26,29). El don de Dios es a su vez tarea humana.

Felices los misericordiosos: La relación "don y tarea" vuelve a manifestarse en esta bienaventuranza ya que hay una relación entre la búsqueda, la práctica de la misericordia y la obtención de la misericordia. Misericordia no se trata de un sentimiento sino de una praxis, una actitud hacia el prójimo, en especial al “mísero”, por ejemplo en el perdón (cf. 18,23-35): “¿no debías tú también haber tenido compasión de tu compañero como yo la tuve de ti?” (v.33).

Felices los limpios de corazón: el añadido “de corazón” refuerza la espiritualización. La pureza era un gesto ritual que Jesús cuestiona (23,36) ya que pretende que esta sea “del interior”. Es importante tener presente que a diferencia de nuestras lenguas, en la Biblia, el corazón es el ámbito de las decisiones y los pensamientos, es el que permite discernir el bien del mal (1 Re 3,9; Dn 2,30; cf. Mt 15,18.20). Ya los profetas señalaban que la pureza no ha de ser primeramente ritual sino una actitud de vida (practicar el derecho y la justicia; cf. Is 1,16). “Crea en mí, Dios mío, un corazón puro”, dice el Salmo 51,12 (ver Joel 2,12-13). Se trata, en suma, de ser leales con Dios y con el prójimo. Y lo que se dice es que “verán a Dios” que se hará presente en el camino de la vida.

Felices los artesanos de la paz: El trabajo por la paz (eirenopoioi) no es un término frecuente. Pr 10,10 considera trabajador por la paz a aquel que critica con franqueza (contrariamente al que cierra los ojos); y Sgo 3,18: los que trabajan por la paz consiguen justicia. Nada semejante a una actitud pasiva ya que es claramente activa (poieo). La paz es la plenitud, el bienestar, la felicidad personal o social. Esos serán tenidos por Dios como hijos, algo que ya ocurre en la comunidad de discípulos (cf. 6,9).

Felices los perseguidos por la justicia: Se refiere, como se ha dicho a aquellos que buscan ser fieles a la voluntad de Dios (= justicia), y por tanto entre ellos “Dios reina” (= 5,3).

Felices serán  ustedes cuando…: como se dijo, esta parece repetición de la anterior, aunque se ha ampliado, además que aquella se refiere a una situación concreta mientras ésta a una situación probable de futuro. Esta situación es “a causa de mi” (de fidelidad a Cristo). Probablemente la situación que afecta a la comunidad de Mateo por parte de los grupos judíos de la ciudad (Antioquía, probablemente) haya provocado la ampliación de esta bienaventuranza. 

La persecución pasada de los profetas es un honor para los contemporáneos perseguidos a causa de Cristo. La recompensa será grande en el cielo. Las bienaventuranzas anteriores hablaban de la intervención de Dios expresada en la voz pasiva. Aquí el anuncio futuro alude al cielo en retribución por la situación padecida.



Cuadro de Cerezo Barredo tomado de rubenavamartin.wordpress.com

viernes, 23 de octubre de 2026

Una reflexión partiendo de “Venite ad me” (22 de octubre 2026)

Una reflexión partiendo de “Venite ad me” (22 de octubre 2026)

Eduardo de la Serna

 




El Dicasterio para la Doctrina de la Fe (antes “Congregación”, antes “Sagrada Congregación”, antes “Santo Oficio” y antes “Santa Inquisición”) acaba de publicar un documento: “Venite ad me” (Vengan a mí), presentado como “Consideraciones” y no una “Nota doctrinal (#8). No es demasiado largo, y antes de destacar una reflexión que me suscitó, quiero señalar algunas cosas.

 

“Vengan a mí”

La traducción española (no me he detenido en otras, solo la comparé con la italiana suponiendo que es la original) parece hecha “a las apuradas” o con traducción automática sin revisar. Hay “palabras pegadas”, y – por ejemplo – los numerales 25 y 35 empiezan de modo abrupto (no así en el italiano); en #56 donde el italiano dice “Vengono qui alla mente” la traducción dice “Me vienen…” (sic; obviamente no hay un sujeto expreso que aluda al “me”).

Es llamativa una cierta “ruptura” con la Evangelii Nuntiandi: mientras en esta queda claro desde el principio la centralidad del Reino de Dios (#8) en el anuncio evangelizador, aquí el término sólo se encuentra una vez y al hablar de las parábolas de Jesús; si en E.N. el primer paso de la evangelización es el testimonio (#6), aquí es lo “tercero” (#95). Ciertamente puede ser diferente a aquella, o pensarse que “hoy” es conveniente o razonable otro criterio, pero – al menos, creo – podrían señalarse las razones de las diferencias, y – personalmente – sigo creyendo que aquello es preferible.

Por momentos parece “sobrevolar” una cierta obsecuencia al papa Francisco: se destaca la importancia que él dio a la preparación de la homilía (#114) pero no se destaca que, antes que él, lo mismo hizo el papa Benito XVI (Verbum Domini 59). Y dice que Francisco fue el que señaló que no estamos ante una época de cambios sino ante un cambio de época (#43) pero ya el mismo papa dijo en 2013 al episcopado brasileño que esa idea surgió en Aparecida (D.A. 44). Y, si no recuerdo mal, quien lo dijo en aquella asamblea fue el obispo colombiano Luis Castro.

Hay otros aspectos llamativos que solo señalo: habla de "en estos grupos bíblicos" (#88) pero nunca habló previamente de tales grupos. Menciona los valores "helenístico-semíticos, en los que se formuló originalmente el texto bíblico" (#104) sin que sea evidente cuáles serían los valores "helenísticos" en el texto bíblico (los semíticos son evidente, por cierto). En #32 hace una defensa del bautismo de los niños, debate habitual en ciertos países del Norte, pero innecesario en otros, como en América Latina, por cierto. Hay algunas palabras técnicas en latín sin traducción, lo que no favorece la lectura de “no iniciados” (cf. #138). En #144 dice que “María llevó a Jesús a Isabel”, lo que resulta por lo menos extraño o confuso. Y no parece feliz la construcción del # 118:

(o)tro ejemplo lo constituye el impulso hacia una reforma católica de gran alcance, suscitado por la profunda ruptura eclesial introducida por la Reforma protestante, en la que destacaron figuras como santa Teresa de Ávila y san Ignacio de Loyola. Esta renovación coincidió con la expansión misionera de la Iglesia hacia tierras recién descubiertas y abiertas al anuncio del Evangelio, lo que contribuyó a darle un nuevo impulso,

No feliz tanto en lo referente a la Reforma como el planteo del supuesto “descubrimiento”.

Finalmente, pareciera que el #116, con su referencia a la importancia de las mujeres en la Iglesia, la pastoral y “ámbitos en los que se toman las decisiones importantes para la vida de la comunidad” no toma partido y queda “en el aire” a la espera que “Roma hable” …

Un elemento importante es la insistencia en el kerygma, pero… lo presenta como los fundamentos de la fe (#4), el patrimonio de la fe cristiana (#138), el primer anuncio (#75), y señala que hay características diferentes según el lugar (#83). Pero lo presenta como algo que se debe anunciar. Sin embargo, kerygma viene del verbo kêrussô que significa “anunciar”. No es sensato que se diga “anunciar el anuncio”. ¿De qué anuncio se trata específicamente? El anuncio de Jesús es la llegada inminente del Reino de Dios, por ejemplo. 

En el capítulo final se presentan una serie de “testimonios” que pretenden “ejemplificar” lo presentado en el texto. En lo personal debo confesar que los testimonios no solo “no me movieron ni un pelo” sino que algunos hasta pueden ser “negativos” si se “escarba” un poco (algo diré más adelante)… Lo que sí, y lamentablemente esperado e imaginado, no llama la atención que no haya ninguna referencia ni a testimonios ni a aportes desde Argentina. Conociendo al episcopado, no esperaba que aporten… De hecho, en todo el documento, la única referencia argentina es la mención (que no se entiende demasiado “a qué viene”, salvo que sea porque “Tucho” Fernández es argentino) a “mama Antula” (#143).

 

Una reflexión teológica

Lo primero que me surge a modo de pregunta es si se espera o no que el Papa sea teólogo...

De hecho, mirando los últimos papas, hemos de decir que “teólogo” (realmente “teólogo”) solo Ratzinger lo ha sido. Pio XII y Juan XXIII obtuvieron un doctorado en el Instituto San Apolinar – luego Lateranense (donde también lo obtuvo el conocido cardenal Ottaviani); Juan Pablo I y Juan Pablo II no “descollaron” en el ambiente teológico (sus tesis doctorales sobre Rosmini y Juan de la Cruz sólo trascendieron a partir de su pontificado). Quizás en la misma línea sugerida por el cardenal Samoré para la elección de los obispos, tanto Pio XII, como Pablo VI y León XIV tenían su doctorado en derecho canónico. Y Francisco no tenía doctorado alguno. Y vuelvo a la pregunta, ¿se espera que el papa sea teólogo? En lo personal creo que el único papa realmente teólogo, Benito XVI, fue un “papa fallido”, lo que me invita a pensar que ser teólogo no es una conditio sine qua non para que lo sea.

Precisamente, para eso existe – en la curia vaticana – el Dicasterio para la Doctrina de la Fe… Claro que…

El eminente teólogo moralista alemán Bernhard Häring (perito en el Concilio Vaticano II, uno de los artífices de la Gaudium et Spes, ¡nada menos!) fue convocado más de una vez a “someterse” al tribunal de la Santa Inquisición, aunque entonces se la llamara “Sagrada Congregación” … Así lo narran:

En una carta de fecha 5 de febrero de 1976, enviada al prefecto del ex Santo Oficio, el cardenal Franjo Seper, en la que el teólogo responde minuciosamente a todas las acusaciones de herejía en el campo de la moral, que según ellos estaba difundiendo en libros y conferencias a través del mundo, concluye: "Eminencia, ahí van mis respuestas. Espero que sean claras. Y espero que usted pueda comprender también mis sentimientos. Durante la II Guerra Mundial tuve que comparecer cuatro veces ante un tribunal militar. Dos de ellas era cuestión de vida o muerte. Pero en aquel momento me sentía honrado, porque la acusación procedía de los enemigos de Dios. Y, además, las acusaciones eran exactas, porque yo nunca me sometí a aquel régimen. Pero ahora, de forma tremendamente humillante, me veo acusado por la Congregación para la Doctrina de la Fe. Las acusaciones son falsas y, por si fuera poco, provienen de un órgano de gobierno de la Iglesia, a la que he servido toda mi vida con todas mis energías y honradez, y espero poder seguir haciéndolo en el futuro, mientras me quede vida". Y añade una frase heladora: "Pero, sin embargo, aunque mi fe sigue sin vacilar, preferiría encontrarme otra vez ante un tribunal de Hitler". (Juan Arias, El País 16 abril 1989 “Prefiero los tribunales de Hitler”)

No hace falta mencionar la enorme cantidad de teólogos que fueron censurados, interrogados, ¡y maltratados!, especialmente en tiempos de “san” Juan Pablo II, particularmente por uno de sus brazos derechos, Joseph Ratzinger.

Sin duda hay que destacar el cambio abrupto en ese sentido provocado por Francisco, y también el cambio que significó para el pensamiento teológico la actitud del Dicasterio de la Doctrina de la Fe, aunque, lamentablemente, y la experiencia y la historia invitan a ser cautos, nada impide que en tiempos futuros “todo vuelva al a normalidad”. De hecho, no llama la atención que haya grupos tradicionalistas (esos que pretenden erigirse como la verdadera y única iglesia; esos que proliferaron durante los pontificados de Juan Pablo II y Benito XVI, hemos de reconocerlo) y reclaman “más doctrina” (lo que no es la Venite ad me, ¡afirman!). “Doctrina” se remonta etimológicamente a “doctor”; el tema está en de qué “doctorado” hablamos... pero sobre esto volveremos.

El problema radica cuando (por poseer una paupérrima teología) los obispos (papa incluido) se creen poseedores del Espíritu Santo y, por lo tanto, no necesitan ni recurren a ayuda externa. Ya lo señalaba el nuncio Pio Laghi al evaluar su paso por la Argentina refiriéndose a los obispos argentinos:

“[…] un defecto que se nota en las reuniones de la asamblea general y en el trabajo de las comisiones en general es que no se hace recurso de forma sistemática a la colaboración y asistencia de «peritos». Los obispos parecen celosos de sus competencias; algunas veces se pierden en largas discusiones sobre argumentos de menor relevancia y no encuentran luego el tiempo para examinar «collegialiter» los problemas de fondo” (Informe de Nuncio Apostólico Pío Laghi al Secretario de Estado, Agostino Casaroli, Buenos Aires, 2 de enero de 1981, Prot. 4/81, «Relación final sobre la actividad de la Nunciatura Apostólica»).

Ciertamente, los obispos no tuvieron más remedio que recurrir a peritos cuando fue el escándalo de la Biblia Latinoamericana (fogoneado desde la revista Gente por “Chiche” Gelblum, como se sabe; y que tanto dolor y persecución provocó), pero, aunque estos [y la comisión fue presidida por Miguel Barriola, ¡nada menos!] dijeron que en la traducción no había objeciones, no faltaron aquellos que, de todos modos, la prohibieron en sus diócesis y alguno hasta propuso que los que la tuvieran la destruyeran…

Pero no parece que nada haya cambiado; la Curia Romana tiene Dicasterios, pero no así la Conferencia Episcopal Argentina – si tiene grupos de consulta, diálogo, debate y reflexión, pues ¡no trascienden!, – y, ¡por supuesto!, mucho menos lo tiene cada obispo particular en su diócesis. Los obispos “parecen celosos de sus competencias” …

Esto recuerda fácilmente la actitud ante la traducción “definitiva” de la Vulgata luego del Concilio de Trento en la que el Papa Sixto V se adjudicó conocimientos “guiado por el Espíritu Santo” provocando cambios y falsificaciones “según su criterio” del texto bíblico en pleno conflicto de la Reforma. Esto provoca el consejo de Roberto Bellarmino a su sucesor Gregorio XIV de que la única solución era mentir diciendo que Sixto V (que murió súbitamente) quiso enmendar el error cuando lo descubrió y no llegó a hacerlo (Sixto había amenazado con la Inquisición a quien discutiera su traducción a la que consideraba “definitiva” e “inmodificable”).

¡Doctores eran los de antes! (aunque no hay que olvidar que Bellarmino [1542 - 1621], santo y doctor de la Iglesia, en sus Controversias, defiende la necesidad de matar herejes y la obligación del Estado de quemar sus libros y quitar la libertad de creer) …

Espiritualidad

En lo personal – y con los límites del caso – creo que más que cuestión de “teología” (y doctorado) es cuestión de “espiritualidad” (evitando toda recaída – tan habitual en nuestros días – en el neo-platonismo, por cierto). Entiendo lo indispensable de una “mística de ojos abiertos”, atenta, también, a otras místicas no necesariamente “de casa” (¿se pueden ignorar, y solo a modo de ejemplo, a Etty Hillesum y Simone Weil, en nuestros días, aunque no confiesen explícitamente la “fe católica”?). Ciertamente es imprescindible un buen discernimiento. En tiempos de individualismo y “sentimentalismo” (o, peor / mejor, desbordes afectivos) se debe evitar la “recepción” de algo “porque me gusta”. Y ese es mi alerta con los testimonios finales de las Consideraciones de Venite ad me… Lamentablemente tenemos mucha experiencia de mucha movilización y proliferación de grupos espiritualistas, intimistas, individualistas y nada encarnados, nada comprometidos en la transformación de la realidad de la que se “evaden” eucarísticamente, o en el “Santo Rosario” … Parece sensato reconocer la enorme capacidad de movilización que tienen muchos de estos grupos que llenan plazas, estadios, o Jornadas Mundiales de la Juventud…

No está de más preguntarnos, ante estas “espiritualidades” (con tufillo neo-platónico, insisto) si no hay una búsqueda de seguridades, algo habitual en los ambientes tradicionalistas que dan la firme garantía de la inmutabilidad porque “siempre se hizo así”; y cuando hablo de “búsqueda de seguridades” me parece que entramos en el terreno de la idolatría, ¡sencillamente! Cuando hablo de la urgencia de “espiritualidad” en pastores (curas, obispos, papas…) me refiero a la ya obvia urgencia de tener un oído en el pueblo y el otro oído en el Evangelio. Biblia y realidad – realidad y Biblia.

Un ejemplo

Es evidente que los modos de celebrar la liturgia hoy no son los mismos que en el pre-Concilio. La solemnidad, el fasto, la distancia de ayer ha dado lugar a otra cercanía, sencillez… Y no se puede ignorar que hay quienes añoran aquellos “bellos” tiempos. Solemnes.

En la Venite ad me se recuerda un interesante testimonio de Romano Guardini (#93). Ciertamente, si Guardini hubiera participado de una celebración de la Semana Santa en nuestros barrios del Conurbano bonaerense no habría tenido la misma sensación. Me recuerda – también – el maravilloso testimonio de Simone Weil:

Cuando leo el catecismo del concilio de Trento, me da la impresión de que no tengo nada en común con la religión que en él se expone. Cuando leo el Nuevo Testamento, los místicos, la liturgia, cuando veo celebrar la misa, siento con alguna forma de certeza que esa fe es la mía o, más exactamente, que sería la mía sin la distancia que entre ella y yo pone mi imperfección. (Simone Weil, Carta a un religioso, 1942).

Y, partiendo de esto quiero finalizar con una referencia bíblica:

Todo judío del siglo I recordaba, celebraba, añoraba las celebraciones en el Templo de Jerusalén (destruido por los romanos en el año 70). Incienso, vestiduras fastuosas, rituales interminables, más incienso, sacrificios y sangre, más fasto, ritmos y cantos, fuego, más incienso, multitudes de sacerdotes y – especialmente en el día-de-todos-los-días, ¡el Sumo Sacerdote!, y su entrada más que solemne en el Sancta Sanctorum…  Es de imaginar que los cristianos que provinieran del ambiente judío vieran de un modo muy contrastante ambas celebraciones: el Yom Kippur por un lado, y la mesa sencilla de pan y vino compartidos por el otro; las procesiones, el templo y las postraciones por un lado, y recostados a la mesa común por el otro; las jerarquías (¡y el género!) bien señaladas, celebradas y canonizadas por un lado, y el discipulado de iguales por el otro… Y no es de extrañar que muchos añoraran las solemnidades, el “antes era mejor”, lo solemne es más “religioso”, aquello es “como Dios quiere” … y en ese contexto, un autor escribe (o, más bien, predica, y luego se trascribe) la carta a los Hebreos. El autor “espiritualiza” (algo que debe entenderse claramente, para no hacerle decir a Hebreos lo que no dice) y presenta un nuevo Templo, un nuevo Sacerdocio, un nuevo Sacrificio, un nuevo culto… Nuevo y de una vez para siempre… Ciertamente, es posible que no haya conformado a muchos. ¡Nostálgicos siempre hay! Pero buscó dar una respuesta a una nueva propuesta, el cristianismo, en la que no había nada de todo eso. No está de más, en nuestro tiempo, siempre recordando que se trata de una lectura espiritual, alegórica, releer Hebreos para que el “Vengan a mi” no signifique una “vuelta atrás” (nada de esto se puede concluir de las Consideraciones, por cierto, pero “nunca falta alguien que sobra”, al decir de Miguelito, el amigo de Mafalda).

Finalmente, creo que se trata de profundizar, pensar, debatir, investigar, leer, estudiar… y, además, empezando por la Biblia, es decir, ¡nada de lo que tantos están habituados a hacer en este “cambio de época”.

 

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jueves, 22 de octubre de 2026

Un problema con ángeles y demonios

Un problema con ángeles y demonios

Eduardo de la Serna



Para ser precisos, ciertamente una cuestión es lo que la Biblia, por ejemplo, afirma sobre un tema cualquiera, y otro muy diferente, en ocasiones, es lo que nosotros entendemos, pensamos e imaginamos sobre ese tema. Y el problema radica cuando “proyectamos” nuestra imaginación “hacia atrás”; es decir, entendemos que la Biblia dice lo que previamente nosotros hemos imaginado. Se trataría de un “anacronismo” (ana, en griego es “por encima”, cronos es tiempo; algo que está por encima del tiempo).

Con frecuencia, por ejemplo, atribuimos lo bueno o malo que ocurre a nuestro alrededor a demonios o ángeles (obviamente, responsabilizando a los primeros de lo malo y a los segundos de lo bueno que nos ocurre).

Pero empecemos por la Biblia. De ciertas figuras espirituales que nos rodean y de alguna manera afectan nuestro entorno, empieza a hablarse muy tardíamente en el Antiguo Testamento. Evidentemente lo bueno y lo malo eran experimentados desde siempre, pero, por ejemplo, en ocasiones eso era atribuido a otras divinidades a las que se consideraba existentes. Entonces, por ejemplo, yo podía hacer una ofrenda a la divinidad “X” y eso podía provocar los celos de la divinidad “Z” que, entonces, celosa, me perjudicaba por no haberla beneficiado a ella… Entre el mundo celestial y el mundo humano había una comunicación cotidiana, y lo que ocurría en uno de ellos era, inmediatamente, replicado en la otra. Así, por ejemplo, si el ejército de la nación “Tal” era derrotado por la nación “Cual”, eso era indicio de que, en “los cielos”, los dioses de estos habían vencido a los dioses de aquellos. Todo era fácilmente explicable y comprensible en el lenguaje de los mitos.

Pero, especialmente a partir del contacto con los persas, en Israel las cosas empezaron a cambiar. Estos tenían una religión “dualista”, gestada a partir de Zoroastro (Zaratustra) en la que el mundo se concibe como la eterna lucha entre el bien y el mal, la vida y la muerte, la luz y las tinieblas. Esto fue, paulatinamente recibido en Israel después de haber sido 200 años vasallos de los persas (537 – 332 a.C.). Así empezaron a hablar de “seres espirituales” benéficos o maléficos que eran “mensajeros” de Dios. Así los seres humanos eran incitados por estos a obrar lo bueno o a lo malo… En su origen, la palabra griega “ángel” significa, en griego, “mensajero” y, por supuesto los hay de los más diversos. Jacob manda “mensajeros” preparando el encuentro con Esaú, hay mensajeros de los filisteos, etc. En todos estos casos, evidentemente, la Biblia griega dice “ángeles” pero se trata sencillamente de personas. La palabra griega “daimon”, en cambio, es más ambigua, e incluso en ocasiones puede referir a la iniciativa divina, pero, en general, se refiere a cosas negativas como pueden ser fieras, chivos o hasta los dioses extranjeros…

Entrando en el Nuevo Testamento la cosa es más evidente y se asemeja más a lo que nosotros conocemos: ambos son seres espirituales y, obviamente, los ángeles son benéficos y los demonios maléficos para la persona humana. Eso no impide que todavía haya elementos propios de los mitos o propios de los géneros literarios más dualistas que establecen una relación muy estrecha entre lo espiritual y lo corporal (aunque ahora, además, también influido por el dualismo griego, ya no solamente el persa). Eso no impide que existan todavía lenguajes que podrían confundirnos. Por ejemplo, de Juan el Bautista se dice que es el “mensajero” que viene antes que Jesús y, por supuesto, el griego dice “ángel” (Mt 11,10) y nadie pensaría que se trata de un ser espiritual; y cuando critican a Pablo lo acusan de ser “propagandista de divinidades extranjeras” y en griego dice “daimoníôn” (Hch 17,18).

Señalemos, entonces, para sintetizar, que ambos seres espirituales invitan, “provocan”, incitan al bien o al mal según el sujeto, pero no reemplazan nuestra responsabilidad. Evidentemente somos nosotros quienes obramos el bien o el mal, en todo caso, incentivados, alentados por los seres espirituales en cuestión. En ocasiones, hablar de estos seres espirituales (especialmente en el caso de los demonios), suele ser una excusa para aliviar nuestra “culpa” o nuestra responsabilidad al obrar de un modo negativo. Ángeles o demonios podrán tentar, invitar, pero jamás reemplazan nuestro obrar; pueden invitarnos a la realización de obras buenas o malas, pero jamás reemplazar o violar  nuestra responsabilidad en la realización u omisión de lo bueno o lo malo.

Vayamos a lo fundamental: ¡Dios! Dios no puede violar nuestra libertad, nuestra responsabilidad. Dios invita, “sopla”, seduce, pero somos los seres humanos los que responderemos positivamente a esa invitación de Dios o no. Y, seamos sensatos, resultaría muy extraño que Dios “no pueda entrar en nuestra libertad” pero que los demonios sí lo lograran y "saltaran" esa libertad haciéndonos hacer lo que en realidad no queríamos… Esos demonios más fuertes que Dios no solamente son ajenos a la Biblia, sino que, además, no parecen demasiado coherentes con lo que Jesús viene a traer, un Evangelio, una Buena Noticia. Peor noticia que un demonio más fuerte que Dios ¡no se consigue! No es ese el Dios de Jesús, ¡ciertamente!

 

Imagen tomada de https://www.turoseuvella.cat/es/QR_TOUR/14

(nota: buscando una imagen para ilustrar esta nota ¡es increible la cantidad de imágenes idiotas o perversas que se encuentran!)