domingo, 18 de octubre de 2026

Animarnos a amar como Dios / Jesús… ¡Nada menos!

Animarnos a amar como Dios / Jesús… ¡Nada menos!

Eduardo de la Serna



La Biblia, que no suele “andar con chiquitas”, nos pone un desafío mayúsculo, ¡el amor! Y, para darle entidad, nos invita a “amar como Dios”, o “como Jesús nos amó”. ¿No es excesivo? ¿Quién puede amar como Dios? ¿Quién puede amar como Jesús? En estos párrafos pretendo “recoger el guante” e intentar mirar ambos aspectos con la intención de entender qué nos dice el profeta y qué el evangelista.

«ve y ama… como ama Yahvé…» (Oseas 3,1)

El texto se encuentra en la sección narrativa del profeta, probablemente uno de los párrafos de mayor ternura de todo el Antiguo Testamento.

Veamos el contexto (omitimos algunos temas debatidos que no hacen a la intención de esta página). Oseas toma por mujer a Gómer (1,3) que se dedica a la prostitución (¿sagrada?) y engendran un hijo al que pondrán el nombre Yizreel (1,4). La motivación de este nombre – una región de llanura (Jue 6,33), donde hay una fuente (1 Sam 29,1) pero está ligada al derramamiento de sangre: fue allí que la reina Jezabel tiene un palacio (1 Re 18,45-46) y asesina a Nabot con la finalidad de apropiarse de su viña para su marido, el rey Acaz (1 Re 21,1) y allí el general Jehú – luego rey de Israel – provoca una increíble masacre, comenzando por Jezabel, y toda la corte y sacerdotes (2 Re 9,30.36; 10,6.7.11). El hijo del profeta recibe ese nombre porque “dentro de poco visitaré yo la casa de Jehú por la sangre derramada en Yizreel, y pondré fin al reinado de la casa de Israel. Aquel día romperé el arco de Israel en el valle de Yizreel” (Os 1,4-5).

Gómer tiene todavía dos hijos más (¿con Oseas?, no se dice); la primera es una hija a la que pone el nombre de Lo’-ruhamah [no-compadecida] “porque ya no me compadeceré [raham] de la casa de Israel ni los perdonaré” (1,6). El término raham alude al seno (materno), y de allí a la ternura, la compasión, la misericordia, el amor, y puede traducirse con cualquiera de estas variantes (ver Os 14,4 referido al huérfano); en Oseas 9,14 refiere al seno abortivo. Lo cierto es que el nombre de la hija refiere a que Dios “ya no” lo tendrá por Israel como lo tuvo desde el origen (Ex 33,19; Dt 13,8; 30,3). El siguiente hijo recibe por nombre Lo’-ami “ [no-mi-pueblo] porque ustedes no son mi pueblo [‘am] ni yo soy el que estoy con ustedes” (1,9). Nuevamente nos remite al comienzo, al mismo nombre “Yahvé” (yo soy el que estoy [con ustedes]); Dios da por terminado lo que empezó en el Sinaí.

Sin embargo, sin explicación, irrumpe una nota de esperanza: los dos pueblos se reunirán, y “no mi pueblo” se llamará “hijos de Dios vivo” (2,1), será “grande el día de Yizreel” y digan a sus hermanos “mi pueblo [‘ami] y a sus hermanas “compadecida” [ruhamah] (2,3). Aunque, en seguida, parece continuar la misma tesitura crítica a su mujer “pleiteen con su madre (obviamente dirigida a sus hijos) … ella ya no es mi mujer” (2,4). Su objetivo es que “quite las prostituciones”, si no, de sus hijos “no me compadeceré” (2,6). La prostitución remite a los amantes que la alimentan: pan, agua, lana, lino, vino, aceite (referencia a los dioses de la fecundidad, como Baal, propios de Canaan; 2,7). Pero lo que hará Yahvé es impedirle ir con ellos (vallas, barreras) con la finalidad de que diga “voy a volver con mi primer marido… me iba mejor que ahora” (2,9). Evidentemente Oseas lee su historia personal (él y Gómer) a la luz de la relación de Yahvé e Israel, y la infidelidad remite a la idolatría de Israel que pretende fecundidad con los dioses paganos:

Ella no había comprendido ella que era yo quien le daba el trigo, el vino y el aceite, ¡la plata y el oro en abundancia y lo empleaban haciéndose un ídolo! Por eso volveré a tomar mi trigo a su tiempo y mi vino a su estación, retiraré mi lana y mi lino que habían de cubrir su desnudez (Os 2,10-11)

Y, para lograr su cometido, el amante la engaña (seducirla) y la lleva al desierto, lugar sin fecundidad, lugar del amor primero… y “allí les daré sus viñas” y “responderá como en su juventud” (2,16-17) y “me llamará esposo [‘ish] mío y no Baal mío” (2,18 [además de la referencia a la divinidad, baal también significa “señor”]). Y el “precio” de este reencuentro de amor será “derecho (tzedaqa), justicia (mishpat), afecto (jesed), cariño (rahamim), fidelidad (‘emun’ah), conocimiento (yada’) de Yahve (2,21-22; señalo los términos hebreos porque todos son importantísimos); eso – ¡nada menos! – es el compromiso de amor de los amantes. La consecuencia de esto:

responderé a los cielos, y ellos responderán a la tierra [es decir, lloverá, ¡fecundidad!]; la tierra responderá al trigo, al vino y al aceite, y ellos responderán a Yizreel. Yo la sembraré para mí en esta tierra, me compadeceré de «No-compadecida», y diré a «No-mi-pueblo»: Tú «Mi pueblo», y él dirá: «¡Mi Dios!» (2,23-25).

Después de este final esplendoroso, el capítulo 3 parece volver atrás. Parece retomar el comienzo con evidente referencia histórica a la relación de Israel y su infidelidad persistente. Pero, y aquí la frase: ¡Así ama Yahve!

El que en su irritación inicial había dicho “ya no”, es un “Dios misericordioso [rahum] y clemente [hanun], tardo a la cólera y rico en amor [jesed] y fidelidad [hemet]” (Ex 34,6; ver Jon 4,2).

Israel está, desde los orígenes hasta los últimos escritos, invitado al derecho y la justicia (mishpat we tzedaqa; aparecen juntas en los textos más diversos casi 50 veces en la Biblia hebrea), pero – es frecuente también – la insistencia en que el pueblo no las ha respetado. Los diferentes autores reaccionan diferentemente, pero Oseas lo presenta en “clave amor”, amor esponsal (en el sentido de los esposos de aquel tiempo, por cierto; no hemos de entenderlo en el sentido contemporáneo). Amor que no supone ignorar las infidelidades, lo que provoca enojo e, incluso, ruptura de las relaciones. Pero ese amor, que se expresa en el perdón, supone también reencuentro, reconciliación, e, incluso, hasta trampa (seducción) con la finalidad de reconquistarla. Ciertamente no como si “acá no ha pasado nada” pero si un reencuentro de “amor y fidelidad” que se expresa – en ese caso, políticamente – en los nombres de los dos hijos últimos. Dios se ha enojado, ha roto con su esposa, con su pueblo… pero el amor que le tiene implica que el “ya no” cambiará y “sucederá aquel día” que “mi pueblo” me dirá “mi Dios” …

 

“ámense los unos a los otros como yo los he amado” (Juan 15,12)

Después de mostrar a Jesús en su ministerio, el Evangelio de Juan decide presentar un largo discurso de despedida de Jesús con “los suyos” (13,1; ver 13-17). Es un ejemplo para que “hagan como yo hice con ustedes” (13,15), y eso es indicado como “amor” (13,34) que es un amor como el del Padre por Jesús (15,9), que lleva a ambos a ser “uno” (17,11), porque, así como el Padre ama al Hijo así también ama a “los suyos” (17,23), expresado, también, como un “guardar los mandamientos” (15,10) pero un mandamiento que es, precisamente, “amar” como él amó (15,12).

Ciertamente, la pregunta es ¿cómo amó Jesús?, y Juan mismo lo dice: “¡hasta el extremo!” (13,1). Este extremo es, ciertamente “poner la vida”, como el pastor que se “pone” delante del peligro para proteger a sus ovejas (10,11.15) o el amigo que arriesga su vida para defender al suyo (15,13) o Pedro, que, acelerada e impulsivamente, dice que arriesgará su vida por Jesús (cosa que no hace, por cierto, 13,37-38). Este arriesgar la vida, “ponerla” delante del peligro (10,17-18) es razón por la que el Padre ama al Hijo (“por eso”). Ese extremo, ciertamente, lo lleva a la muerte, porque la vida le es arrebatada; él la pone, otros la toman. Ese amor, ese extremo que es servicio, ponerse en el último lugar los unos en bien de los otros (13,4.17). Pero eso provoca vida: “el Padre tiene vida en sí mismo y también le da al hijo tener vida en sí mismo” (5,26). Amor y vida van juntos en Juan: “tanto amó Dios al mundo, que dio a su Hijo único, para que quien crea en él no perezca, sino tenga vida eterna” (3,16).

El amor “como” el de Jesús no es un “cómo” en cantidad, sino en “intensidad”, sin guardarse nada, entregando (“poniendo”) todo, arriesgando incluso la vida en bien de quienes son amados.

El “como”, insistimos, no ha de entenderse “cuánto”, porque parecería imposible: ¿amar como Dios? ¿amar como Jesús? Pero los textos no se detienen en un tema de cantidad y perfección, sino en una propuesta de vida; amor capaz de perdón (insisto, también, no un perdón que ignora o invisibiliza lo ocurrido, sino que se mueve para pretender en los amados un cambio de actitud), amor capaz de no guardarse nada (hasta el extremo) en beneficio de quienes son amados y es capaz de arriesgar todo, precisamente por ellos. De ese amor se trata…


Imagen tomada de https://www.youtube.com/watch?v=eTc_2Ix8O3I

 

jueves, 15 de octubre de 2026

Creo en (= dentro de) la Iglesia (o herejías que no son condenadas)

Creo en (= dentro de) la Iglesia

(o herejías que no son condenadas)

Eduardo de la Serna



El título de esta nota no pretende ser provocador a pesar que en ocasiones lo pareciera. Desde hace siglos la teología ha dicho claramente que el “objeto de la fe” es Dios, ¡y sólo Dios! La Iglesia no es objeto de fe, sino el ámbito de fe.

El mismo Credo, en su versión latina lo deja claro: Credo in Deum, Patrem… in Iesum Christum, Filium… in Spiritum Sanctum… sanctam Ecclesiam. No dice “in Ecclesiam”. El Credo “largo” (Niceno-constantinopolitano) es más claro aún: Credo in unum Deum, Patrem … Et in unum Dominum Jesum Christum… Et in Spiritum sanctum, Dominum ... Et unam, sanctam, catholicam, et apostolicam Ecclesiam” (nuevamente, no dice “in”). Lamentablemente, algunas traducciones, extrañamente (¿heréticamente?) dicen “en la Iglesia”, y no han sido corregidas…

Es que la “eclesiolatría” (hacer de la Iglesia un ídolo) es algo habitual, y habitualmente no se corrige. La Imagen, por ejemplo (de un nuevo ídolo, el Papa, papolatría) visto como infalible suele acompañar esta distorsión de nuestra fe. Roberto Bellarmino (Doctor de la Iglesia, y habitualmente tenido por conservador) afirmaba que “si el papa fuera infalible, sobrarían los concilios”. Incluso hace una interesante anotación cuando san Cipriano hace lo contrario de lo que el papa Dámaso había indicado puesto que interpretó que el papa se había equivocado. Dice Bellarmino: “Ni siquiera es cierto que San Cipriano pecara desobedeciendo al papa... pues no pecó sino por ignorancia, pensando que el papa se equivocaba; y si pensaba así, estaba obligado a no obedecer, pues no debía obrar contra su propia conciencia”.

No deja de ser llamativo que se escuchen cosas como esta:

Un mundo en puja por la supremacía económica y el dominio de la fuerza, se ha detenido para oír a quien por su función de Cristo en la tierra representa el orden del espíritu, la esfera de los supremos valores de la humanidad; homenaje, que si bien honra a Paulo VI, nos muestra igualmente que la humanidad, y los que tienen en sus manos los destinos de los pueblos, revélanse sensibles a los valores independientes de la materia.

Es que, Señores, la voz de su santidad Paulo VI es la voz de Dios, y solo la voz de Dios, como al principio de los tiempos, es la única capaz de disipar la confusión del caos. El orden nuevo, tanto en el orden civil como en el eclesiástico, vendrá de ahí y solo de ahí, o no vendrá de ninguna parte (monseñor Oscar Villena, homilía en la catedral de Buenos Aires el día del Papa 1966).

Así, no solo se afirma que el Papa es el “Vicario de Cristo” (sic) sino que se ha llegado a afirmar que era “vicediós” y otras herejías del estilo. Afirmar que la voz del Papa es “la voz de Dios”, que es “Cristo en la tierra” se asemeja bastante a la herejía (si no se está inmerso en ella).

El papa Francisco repetía con frecuencia que la Iglesia (el sensus fidelium) es infalibile in credendo (cf. LG 12), lo cual es ciertamente distinto, ¡muy distinto!

“cuando quieras saber lo que cree la Santa Madre Iglesia, andá al Magisterio, porque él es encargado de enseñártelo, pero cuando quieras saber cómo cree la Iglesia, andá al pueblo fiel” (Intervención del Santo Padre en la 18a congregación general de la XVI asamblea general ordinaria del sínodo de los obispos, 25 de octubre 2023).

Eclesiolatría, papolatría y otras “latrías” más son, ciertamente, extrañas a la fe del Pueblo de Dios. Y, por eso, creer centro de la Iglesia resulta sensato y sano, mientras que creer “en” (como objeto de fe) la Iglesia, resulta extraño; extraño a la fe católica.

Si se dice en la santa Iglesia católica, esto hay que entenderlo en cuanto que nuestra fe hace referencia al Espíritu Santo, que santifica a la Iglesia, de tal forma que el sentido es: Creo en el Espíritu Santo, que santifica a la Iglesia. Es preferible, sin embargo, y corresponde mejor al uso, no poner la palabra en, sino decir simplemente la santa Iglesia católica, como enseña también San León papa (Santo Tomás de Aquino, Summa Theologiae II.II q.1 a.9 ad 5)


Imagen tomada de https://www.larazon.es/cultura/historia/20221204/4vtasykidbgkjo55mbzzhcb3j4.html

El 666, ¿es el diablo?

El 666, ¿es el diablo?

Eduardo de la Serna



En el libro del Apocalipsis encontramos, en una visión, una referencia a una bestia, un animal salvaje. Pero de esta bestia se afirma que está al servicio de un “dragón” (13,4). Por dragón ha de entenderse, originalmente animales peligrosos, como podrían ser serpientes, y, más adelante, lo que suelen conocerse como “monstruos marinos”, Leviatán. De la bestia, en cambio, se dice que estuvo a la muerte, pero sobrevivió (13,3). Pero hay, todavía, una segunda bestia (13,11-12) que está, a su vez, al servicio de la primera. Veamos hasta aquí para ir despejando malos entendidos. El Apocalipsis no está hablando de “cosas terribles que vendrán” sino que intenta comunicar esperanza a los suyos frente a los momentos difíciles que están viviendo en el presente. Esas dificultades son presentadas en un evidente lenguaje simbólico que los destinatarios comprenden fácilmente. “Estamos en terribles dificultades, pero Dios está de nuestra parte y saldremos adelante”, ‘Miguel’ (que significa “¡quién como Dios!”) encabeza nuestras fuerzas. (12,7). Esas dificultades se presentan en muchos momentos como una batalla. Y en este conflicto, el Diablo es, simbólicamente, el “jefe de las fuerzas enemigas”, el dragón. Pero este actúa específicamente por intermedio de fuerzas concretas, el Imperio Romano, la bestia. De hecho, todos recordaban que durante el gobierno de Nerón muchos cristianos habían sido torturados y asesinados (año 64). Pero Nerón había “desaparecido”. Se decía que había muerto, pero muchos creían que había vuelto en un nuevo Emperador autoritario, Domiciano (años 81-96); esa era la “cabeza” herida que revivió, ¡Nerón ha vuelto! Y este autoritarismo del Emperador era, a su vez, replicado por los gobernadores de las diferentes regionmes del Imperio. Especialmente en la zona de Oriente, el culto al Emperador como a un dios había sido llevado al extremo; la segunda bestia, el gobernador, está a su servicio. Es decir, el Imperio Romano es el brazo ejecutor de las fuerzas del diablo, y los gobernadores, a su vez, el brazo ejecutor del Emperador.

Ubicado el contexto, demos un paso más. En esta parte del Apocalipsis (caps. 12-15) se nos presentan una serie de “signos” (12,1; 13,1.11; 14,1.6.14; 15,1), siete, como es frecuente en este libro. En el tercero de estos signos es que encontramos la referencia al famoso 666. Pero se nos dice claramente que se trata de la segunda bestia que quiere que todos adoren a la primera (13,12) y se hagan imágenes de ella (como una gigantesca imagen de Domiciano – “señor y dios nuestro” – que había en Éfeso), por eso se proclama, “¡quién como la bestia!” (13,4). En este culto imperial, como decimos, muchos gobernadores de Oriente (como Éfeso, por ejemplo) fueron particularmente celosos (y exagerados): quienes no dieran culto a la imagen del Emperador no pueden participar de la vida de la ciudad, no pueden “comprar ni vender” (13,17); deben tener una constancia de haber dado culto, sean quienes fueren (13,16). E incluso, en algunos lugares, quienes no lo hicieran fueron asesinados (ver 2,13). Y acá finaliza la visión con una sentencia:

Aquí hay sabiduría. El que tiene entendimiento calcule el número de la bestia, es el número de un hombre. Y su número es 666 (13,18)

Es interesante señalar que se trata de algo que se puede entender si se alcanza sabiduría; pero, además, se dice claramente que se trata de una persona humana (ánthrôpos). No es el diablo, entonces, aunque sí alguien que está a su servicio.

Cualquier judío sabía que el número siete indica la plenitud. “Siete veces al día te alabo”, dice el Salmo 119,164; “los satisfechos se contratan por el pan, mientras los hambrientos engordan; la mujer estéril da a luz siete hijos, mientras la madre de muchos se marchita” (1 Samuel 2,5). Además, algo que se repite tres veces, indica totalidad, como cuando se afirma que Dios es “santo, santo, santo” (Is 6,3), es decir, “totalmente santo”. Si así es la aritmética, el número seis indica la imperfección (no llega a siete), y, por tanto, el 666 es algo “totalmente imperfecto”. La bestia – el Emperador – es totalmente imperfecto, y, por lo tanto, pretender divinizarlo es algo ciertamente necio, torpe. El inteligente lo sabe.

Queda todavía una posibilidad. Como sabemos, en el mundo antiguo los números se escribían con letras (sabemos que los romanos con I, V, X, L… indican el 1, el 5, el 10, el 50…); lo mismo ha de decirse del griego y el hebreo. Pues bien (y recordando que en hebreo casi no existen las vocales) la frase NRON QSR (NeRON QaiSeR, "Nerón César") suma 666. No es improbable que el autor del Apocalipsis insista que en este Nerón que estaba herido de muerte, pero ha revivido (13,12), en Domiciano, debamos ver a la Bestia, que vive en Roma, la ciudad de las siete colinas, fiel servidora del dragón. Al fin y al cabo,

esto, para el entendimiento que tenga sabiduría: Las siete cabezas son siete colinas sobre las cuales se sienta la mujer, y son siete reyes. Cinco de ellos han caído; uno es y el otro aún no ha venido, y cuando venga deberá durar breve tiempo (17,9-10).

El Imperio Romano es violento y sanguinario, mata y oprime y los cristianos que pretenden mantenerse fieles son maltratados y en ocasiones asesinados. Pero no han de olvidar que Dios está de su lado, y, ¡además!, esto será por “breve tiempo” (“diez días”, 2,10). La Nueva Jerusalén, la que no viene del mar (13,1) sino del Cielo (21,2.10), está por llegar, y ellos vivirán y reinarán con Cristo “mil años” (20,2-7).


Imagen tomada de https://www.museodelprado.es/coleccion/obra-de-arte/neron/0ed1c59a-1026-487c-b052-2bacadc54841

martes, 13 de octubre de 2026

Jugo de Limón (13 de octubre 2026)

 Los enemigos de Dios



Elogio del “silencio”

Elogio del “silencio”

Eduardo de la Serna



Parece que el tema del “silencio” se ha puesto nuevamente de moda en algunos ambientes. Y no está mal que lo esté.

Y quiero pensar (y pensar antes de hablar / escribir implica “guardar silencio”). Empezamos.

Todos sabemos que una gran ciudad es “por definición” ruidosa. Así nació, en el obelisco de la ciudad de Buenos Aires, el famoso cartel (1974), “el silencio es salud”. Cartel, en su origen, totalmente razonable. Claro que, muy poco tiempo después (1976), tendría otro sentido. Terrible sentido.

Esa misma dirección adquirió otro texto, en su origen más que razonable. En la Biblia (en el libro del Qohelet) hay un texto (que después lo popularizó el grupo Vox Dei en su obra La Biblia): “hay un tiempo para hablar y un tiempo para callar”, lo cual es – creo – totalmente sensato. Pero cuando los superiores religiosos le escribieron a la Conferencia Episcopal Argentina reclamando por su silencio frente a la situación nacional (a días del asesinato del obispo Angelelli), el presidente, el cardenal Primatesta, les reitera (12 de agosto 1976) que hay un “tempus loquendi” y un “tempus tacendi” … tiempo de hablar y tiempo de callar. Él entendía que “prudencialmente” (ajustar “nuestra conducta a la búsqueda efectiva del mayor bien del pueblo fiel”) era tiempo de callar. ¡Y vaya si lo hizo! ¡y cuánto!

Pero para ser justos, sería absurdo responsabilizar “al silencio”; en todo caso habría que mirar a los que callan, ¡que es otra cosa! La maravillosa chacarera “Entre a mi pago sin golpear” (Carabajal – Trullenque) lo dice claramente:

Cantor, para cantar, si nada dicen tus versos.

Ay, ¿para qué vas a callar al silencio?

Si es el silencio un cantor lleno de duendes en la voz.

Pareciera que el tema es el qué, el cuándo, el para qué, el quién… pero no el silencio.

En la Biblia, la carta de Santiago, repitiendo viejos proverbios, se aconseja

“que cada uno sea veloz para escuchar, lento para hablar” …

Y, siempre en los porverbios, se dan dos consejos aparentemente contrastantes:

No respondas al necio según su necedad, no sea que tú también te vuelvas como él.

Responde al necio según su necedad, no vaya a creerse que es un sabio.

Evidentemente, y nuevamente, la actitud es prudencial. En ocasiones es sensato responder, en ocasiones es sensato callar.

Es verdad que todos podemos errar nuestro juicio prudencial y, después, con el paso del tiempo, podemos ver que hubiera sido preferible, o sensato, tomar la actitud contraria… En una mirada histórica, obviamente, se evaluarán los elementos con los que se contaba y cuáles fueron los criterios por los que se tomó la actitud asumida… En el caso de la Dictadura, por ejemplo, mirando las voces, numerosas, frecuentes ¡y atronadoras!, que reclamaban al Episcopado (no a obispos en particular, que, ciertamente ¡los hubo!) que asumieran otra actitud, mirando las actitudes de otros colectivos, difícilmente pueda indicarse otra actitud que la de la complicidad, o, a lo sumo, la cobardía.

El problema, en este caso, no es “el silencio” sino qué se silencia. Se silencia la muerte, se silencia el crimen, la tortura, el genocidio. Se silencia la voz de Dios. ¡Demasiado serio! Isaías habla contra los “vigías ciegos”, “perros mudos”; Ezequiel contra quienes deben hablar, pero callan siendo centinelas; Jesús contra quienes debieran cuidar al rebaño, pero huyen ante el peligro. Terrible cuando el “mayor bien del pueblo fiel” fue su muerte, su desaparición, su hambre…

Y, a todo esto, debemos señalar que “callar”, en estas ocasiones, es invisibilizar. Silenciar, invisibilizar, desaparecer son verbos demasiado graves en nuestra historia. Y, particularmente, cuando eso ocurre por parte de quienes deben nombrar, hacer visibles y presentes, ¡abrazar!, porque pareciera que nada ha ocurrido… “¡por algo será!”, “¡algo habrá hecho!”, “a mí no me pasó nada” …

El pueblo sencillo no tenía (y no tiene) la capacidad de poner nombres, poner palabras más que en su vida cotidiana, ¡en su silencio!... Pero quienes tienen “poder”, pueden (y en ciertos casos, ¡deben!) poner palabras. Y esto vale para ayer, pero vale también para hoy. Y el silencio que todavía hoy retumba en nuestro ambiente, es ciertamente atronador, ¡valga el oxímoron! El actual silencio episcopal (aunque hoy, como ayer, hay alguna “voz que clama en el desierto”) muestra que cambiarán nombres, se escribirán textos o libritos, pero la profecía sigue siendo una materia pendiente en el Episcopado. Muy “sacerdotes” parecen, bastante “reyes” también… lo de “profetas”, ¡te lo debo!

El problema no es el silencio sino quien calla, qué calla, y por qué calla. La palabra, que se hizo carne y acampó entre nosotros, parece que queda para otro “tempus”.


Imagen tomada de https://www.minutouno.com/espectaculos/el-silencio-es-maravilloso-la-frase-polemica-mario-massaccesi-que-recuerda-tiempos-del-genocida-videla-n6333164

Comentario a las lecturas del domingo 29º "A"

Dios no es indiferente a nuestra historia

DOMINGO VIGESIMONOVENO - "A"



Eduardo de la Serna



Lectura del libro del profeta Isaías     45, 1. 4-6

Resumen: la elite de Israel se encuentra cautiva en Babilonia, y Dios suscitará a un rey extranjero, Ciro, el persa, para que será su instrumento en favor de la liberación de sus “elegidos”.


No es evidente el motivo de la elección de esta perícopa para la liturgia del día, siendo que la primera lectura suele estar relacionada con el Evangelio. Pero veamos el texto:


El texto está relacionado con el versículo anterior (44,28) donde le dice a “Ciro…tú eres mi pastor”; en forma invertida se dirige a “mi ungido… Ciro” (45,1). El texto se asemeja a muchos textos orientales (e incluso bíblicos) donde la divinidad reviste como rey a alguien (ver Sal 2,7-9; 89,4-5.20-22; 110). Sin embargo, es de notar que el texto no se dirige a Ciro sino a los judíos, que son quienes lo escucharán. Y por tanto les sirve de palabra de salvación.


“Ungido” más tarde se cargará de sentido entendido como “Mesías” [“mesías” quiere decir propiamente “ungido”, pero con el tiempo, tardíamente, se fue cargando de sentido en cuanto a expectativas futuras de Israel, sea en la esperanza de un “Mesías” político, sacerdotal, profético… Pero en los inicios, se alude simplemente a alguien que es “ungido”, es decir marcado con el rito celebrativo de elección. Se “unge” a todos los reyes, al sumo sacerdote (Lev 4,3), algunos profetas (1 Re 19,16; Is 61,1) y hasta – retrospectivamente – a los patriarcas (Sal 105,15). Precisamente porque estos son ungidos, la esperanza futura estará puesta en algún ungido/mesías]; en este sentido, “ungido” no es diferente de “pastor”.


Después del reconocimiento del personaje, se destaca que Yahvé (no Ahura Mazda, la divinidad principal entre los persas) es quien ha puesto los reyes desarmados (“des-ceñir los cintos” implica desarmarlos) y sometidas las naciones. A continuación (omitido por el texto litúrgico) se alude a la victoria de Ciro en sus campañas militares; el lenguaje es estereotipado (asedio, destrucción de ciudades, toma de botines de guerra…), no habla de casos concretos. Yahvé es quien conduce la mano de Ciro, por lo que lo toma de instrumento en favor de su proyecto liberador de Israel (en v.3 recalca que es “el Dios de Israel”). El objetivo de la intervención divina es “a causa de mi siervo Jacob” (v.4), “mi siervo”, “mi elegido”. Pero a todos nos queda claro que Ciro “no conoce” a Yahvé. El texto, para Israel, es ciertamente un mensaje de esperanza, y el acento está puesto en que “yo mismo” (= Yahvé) es quien lo hace: vv.2.3.5.6.7 (y sigue más adelante…). El esquema conclusivo de los vv.5-6 reafirma la centralidad de Yahvé:


A.- Yo soy Yahvé, no hay otro

B.- fuera de mí no hay Dios,

C.- Te ciño aunque no me conociste,

B’.- no hay nadie fuera de mí

A’.- yo soy Yahvé y no hay otro


Yahvé es quien arma (“ciñe”) a Ciro (contrapuesto a “desceñir”, desarmar a los reyes), y todo esto “para que se sepa desde el sol levante hasta el poniente” (v.6). El reconocimiento universal de Yahvé es el objetivo de su obrar en favor de su “elegido / siervo” Israel.



Lectura de la primera carta de san Pablo a los cristianos de Tesalónica     1, 1-5b

Resumen: siguiendo el esquema que luego será característico de los comienzos de sus cartas, en la primera carta que escribe, Pablo saluda a la comunidad e introduce los temas que luego presentará.


La carta a los Tesalonicenses es el primer escrito de todo el nuevo Testamento. Pablo les dirige una carta que sigue el esquema habitual en todas las epístolas. Luego de presentar el remitente (en este caso, junto con Pablo se encuentran Silvano – compañero de la primera etapa de la predicación europea y Timoteo, que será compañero en todo momento del ministerio paulino) señala los destinatarios: “la Iglesia de los Tesalonicenses”. Pablo escribirá “en Dios Padre y en el Señor Jesús Cristo” (v.1). Es interesante que Pablo no alude a ningún adjetivo que lo identifique, como hará en otras cartas (“siervo y apóstol”, Rom 1,1; “llamado a ser apóstol”, 1 Cor 1,1; “apóstol”, 2 Cor 1,1; Gal 1,1; “siervo de Cristo”, Fil 1,1; “prisionero de Cristo”, Flm 1). 

Como también hace en todas las cartas, Pablo les entrega “gracia y paz” (jaris kaì eirênê). 


La “gracia” (jaris) es una palabra del lenguaje habitual que Pablo ha teologizado. Una persona que ha “hallado gracia” ante otra significa que le ha agradado; “causar gracia” es ser grato. Es un término emparentado con la alegría (y en griego son términos semejantes: járis y jáirê). Comunicar la alegría es el modo habitual de saludo en el mundo griego (cf. Mt 26,49; 27,29; Lc 1,28; Jn 19,3; Sgo 1,1). La “paz” (eirênê) constituye el habitual saludo judío (shalom). La paz es un estado general de plenitud que se origina en Dios mismo (de hecho, en otras cartas se señala “gracia y paz de parte de Dios”, cf. Rom 1,7; 1 Cor 1,3, 2 Cor 1,2; Gal 1,3; Fil 1,2; Flm 3). Es interesante que de un modo ecuménico Pablo incorpora en todas sus cartas un saludo de origen griego con un saludo de origen judío.


En todas las cartas de Pablo, con excepción de Gálatas, con quienes él está sumamente enojado, a continuación del doble saludo encontramos una “acción de gracias” (eujaristoumen) por diferentes situaciones que se dan en el seno de la comunidad y que introducen los temas que se desarrollarán en la carta. En este caso, la acción de gracias es extensa (vv.2-10) y los temas son variados: alude a la fe, el amor y la esperanza; al paso evangelizador de Pablo por Tesalónica; a las tribulaciones que tanto él como ellos han padecido y padecen y, finalmente – como será tema característico de la carta, a la “venida” de Jesús. 


El texto litúrgico presenta, luego del saludo, la primera parte de esta acción de gracias que continuará la semana próxima. En este comienza señalando que los recuerda en las “oraciones” (proseujê) como hace habitualmente (ver Rom 1,10; Fil 4,6; Flm 4). Luego alude a la “fe” y el “amor” que, si en un primer momento fueron una preocupación para Pablo, ya no lo son al tener buenas noticias de que los tesalonicenses han sabido mantenerlas (1 Tes 3,2-3.6). Pablo había debido dejar abruptamente la ciudad y no había podido profundizar su evangelización por lo que estaba preocupado por el estado de las mismas. Las noticias recibidas lo llenan de alegría y puede dar gracias a Dios por ellas. La esperanza, en cambio puede ser un problema si no comprenden (“como los que no tienen esperanza”, 4,14) el sentido que tiene la venida de Jesús y nuestro encuentro con él.


La elección de los destinatarios viene manifestada en la predicación del Evangelio y su aceptación y en su asimilación en la vida (la importancia que dará la carta a las tribulaciones de Pablo y de los tesalonicenses será importante en la carta: 1,6; 2,2; 3,4). 

Esta aceptación del Evangelio Pablo la atribuye al poder del Espíritu Santo. Los mismos destinatarios de la carta son don del Espíritu santo (4,8). De eso tratará el resto de la epístola.



 
 
+ Evangelio según san Mateo     22, 15-21

Resumen: dos grupos muy distintos – uno religioso y otro político – intentan ponerle una trampa a Jesús con una pregunta sobre el impuesto. Jesús confronta con la idolatría del Emperador que está en las antípodas del reinado de Dios que Jesús predica.

El texto del Evangelio se encuentra también en Marcos, de donde Mateo lo toma conservándolo con muy pequeñas modificaciones. 

En primer lugar se acentúa el intento de los fariseos (como es propio de Mateo) de atrapar a Jesús en algo que dijera (v.15) para lo cual envían “discípulos”. Estos son “enviados” con herodianos para que la trampa sea eficaz. Los fariseos eran el grupo más religioso de Israel, celosos cumplidores de la ley, sin dudas no veían con buenos ojos la presencia romana en la tierra santa de Israel. Los herodianos, en cambio, gente cercana (o cliente) de Herodes (Antipas) obviamente deben su poder a Roma y nada harán que perjudique este favor. Por tanto, un grupo religioso, crítico de Roma, y un grupo político amigo de Roma se conjugan en la pregunta tramposa que le formulan a Jesús sobre el impuesto al Emperador. 

La primera parte, donde Jesús parece alabado por los “enviados” (apostéllousin) no se trata sino de un intento de conquistar la atención favorablemente (captatio benevolentiae) antes de descargar la pregunta que importa. Ciertamente, si Jesús respondiera afirmando la licitud de dar (didômi) el impuesto, los fariseos podrían mostrar al “maestro Jesús” como contrario al pueblo y favorable al Imperio, consiguiendo su descrédito. Si respondiera negativamente, los herodianos podrían presentar el tema al procurador mostrando en él a uno que subvierte el orden romano. Respondiera lo que respondiere, la trampa estaba tendida.

Por eso Jesús los llamará “hipócritas”, término predilecto de Mateo (13x, mientras 1x en Mc y 3x en Lucas [y una vez – en este texto paralelo – el verbo “actuar de modo hipócrita”: Lc 20,20] y solo aquí en el NT). El término alude a disimular, representar. Es posible que provenga del ambiente del teatro, y hasta se ha propuesto que Jesús lo conoce de allí. Pero lo cierto es que en Mateo alude a la actitud exterior que manifiestan los fariseos, que – como se dijo con frecuencia – es tema propio de Mateo y su comunidad en Antioquía de fines de s.I.

Mateo refuerza que Jesús les pide que le muestren “la moneda del impuesto”, resaltando así que ellos lo pagan y la trampa es evidente. 

La contra-pregunta de Jesús es la clave para entender el sentido de su respuesta. ¿De quién es la “imagen” (eikôn) y la inscripción (epígrafe)?

 

"Tiberio Cesar, hijo del divino Augusto" - "Pontífice máximo"


Una imagen es algo terminantemente prohibido en Israel (Dt 4,16) ya que es expresión visible de la idolatría (2 Re 11,18; 2 Cr 33,7; Os 13,2; Is 40,19-20; Ez 7,20; 16,17 y particularmente importante en Dn 3 y en Apocalipsis). Pero esta referencia a la idolatría se ve reforzada por la “inscripción” ya que allí se reafirma [ver la inscripción en la foto del denario] que el Emperador es “pontífice máximo” y es “divino”. La hipocresía queda reforzada: en el templo de Jerusalén hay una imagen, el Emperador ha sido divinizado, cosa que queda confirmada por la inscripción. La contra-pregunta de Jesús llevó a los adversarios a un nuevo terreno. La imagen y la inscripción pertenecen “al César”.

Ante esto, Jesús da un paso más en la respuesta: “devuelvan (apodídômi) al César lo del César y a Dios lo de Dios”. Ya no se trata de “dar” el impuesto, sino de “devolver”. Si algo pertenece al César, le ha de ser devuelto; pero si algo pertenece a Dios también le ha de ser devuelto. Y el César, al divinizarse, al reconocerse como pontífice y divino, al tener una “imagen”, le está quitando a Dios lo que es de Dios. Y le ha de ser devuelto.

La predicación del Reino por parte de Jesús se manifiesta nuevamente en este texto, y de un modo evidente. Dios quiere reinar en medio de su pueblo, pero la autoridad del emperador, (¡y vaya si estaba divinizada en tiempos de Jesús y del cristianismo primitivo!) le robaba a Dios lo que es de Dios. Y le debe ser devuelto.

La trampa no dio resultado; la respuesta de Jesús fue absolutamente coherente con su predicación del Reino, aunque es muy probable que los herodianos no se hayan ido contentos por la respuesta. Sin embargo, Mateo concluye afirmando que “se admiraron” y se fueron. Esta admiración (thaumasía) es frecuente en Mateo ante Jesús y es frecuente ante los signos del reino que Jesús da en medio de los suyos (8,27; 9,33; 15,31; cf. 21,20; 27,14).


El video con comentario al Evangelio en

https://youtu.be/HWifxFN2Vl0

o también

https://blogeduopp1.blogspot.com/2026/10/comentario-al-evangelio-del-domingo-29-a.html




Foto tomada de www.ocesaronada.net