Comentario al Evangelio del domingo 15º A
Eduardo
Los anticristos para quien se percibe Mesías
Eduardo de la Serna
Según dice la “Inteligencia artificial”,
Un algoritmo
es un conjunto de instrucciones paso a paso para resolver un problema. La Inteligencia
Artificial (IA) es un campo más amplio que utiliza múltiples algoritmos y
grandes bases de datos. En lugar de simplemente seguir reglas fijas, la IA
aprende de la experiencia, identifica patrones y toma decisiones de forma
autónoma.
Ahora bien, cabe una pregunta
inicial: ¿quién carga esos “datos”? ¿de qué “experiencia” aprende? Sabiendo que
hay “granjas”, robots, hackers y miles de cosas por el estilo, ¿de esa
experiencia aprende? Si identifica “patrones”, ¿qué escala de valores, por ejemplo,
siguen esos patrones? Y, por supuesto, ¿cómo sabemos que la respuesta no está “direccionada”
por censuras o por intereses?… Sería de una ingenuidad preocupante ignorar esto
y muchas otras implicaciones más. Y voy a un ejemplo actual: es sabido que el
papa León XIV publicó una encíclica (Divina Humanitas) en la que da suma
importancia a la Inteligencia artificial. Entre otras cosas, y repitiendo lo
que él mismo dijo en el balcón al ser elegido Papa, pidió que esta sea “desarmada
y desarmante”. Precisamente, a raíz de esto, Peter Thiel, responsable de Palantir,
empresa de Inteligencia Artificial armada y armante (multimillonario, que
habita en Argentina por ser ahora un espacio amable, ciertamente trumpista y
con alardes de teólogo) acaba de decir que el papa en su encíclica actúa como “un
agente comunista chino” e incluso ha afirmado que los que se oponen a la IA trabajan
para el “Anticristo” …
Ciertamente no habrá de
extrañarnos que mañana la IA dirija sus algoritmos contra el papa; al fin y al
cabo, el comunismo chino es peligrosísimo, según nos enseñan Trump y sus
mandantes.
Propiamente hablando, el término “anticristo”
se encuentra en la Biblia exclusivamente en las cartas de Juan. Como es
evidente, el término tiene un origen cristiano. El prefijo “anti” es “en lugar de” con lo que la imagen es bastante obvia. Pero fuera
del uso exacto del término, de todos modos, hay otros textos que pueden ser
tenidos en cuenta:
|
2
Tesalonicenses 2 |
Mateo 14
/ Marcos 13 |
1, 2 Juan |
Apocalipsis
12-13 |
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Está viniendo
un impío (2,3 |
Falsos
Cristos / profetas vendrán (Mt 24,4-5.11.24 / Mc 13,22) |
El
anticristo está viniendo (1 Jn 2,18) |
Juan ve
la bestia viniendo del mar (13,1) |
|
Se opone
y se exalta a si mismo por encima de Dios (2,4) |
|
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La bestia
del mar blasfema a Dios (13,5-6) |
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Se sienta
en el Templo y se proclama Dios (2,4) |
La
desolación sacrílega estará en el lugar santo (Mt 24,15-16 / Mc 13,14) |
|
Humanos
fuerzan a dar culto a la imagen de la bestia del mar (13,4) |
|
Cuando
estaba con ustedes les hablaba de esto (2,3) |
Se los dije
de antemano (Mt 24,25 / Mc 13,23) |
Como han
escuchado el anticristo está viniendo (1 Jn 2,18) |
Juan
informa a sus lectores lo que está ocurriendo (passim) |
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Saben lo
que lo está reteniendo (2,6) Se revela
en este tiempo (2,6) |
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el misterio
de la impiedad está actuando (2,7) |
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Ahora hay
muchos anticristos (1 Jn 2,18) |
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Un sin
ley que será aniquilado por Cristo en la parusía (2,8) |
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|
Ventrá el
impío con grandes signos y prodigios (2,9) |
Falsos
Cristos / profetas mostrarán grandes signos y prodigios (Mt 24,24 / Mc 13,22) |
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La bestia
de la tierra realizará signos milagrosos para engañar a los habitantes de la
tierra (13,11-14) |
|
Para engañar
a los que perecerán (2,10) |
Extraviarán
o intentarán si es posible incluso a los elegidos (Mt 24,4.11.24 / Mc 13,22) |
Les
escribo sobre quienes los engañarán (1 Jn 2,26) Muchos
engañadores han venido al mundo (2 Jn 7) |
La bestia
del mar les hará la guerra a los santos (13,7) |
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Dirán: “miren
allí está en Cristo” (Mt 24,26 / Mc 13,21) |
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Los
anticristos son los que niegan que Jesús es el Cristo (1 Jn 2,22; 2 Jn 7) Los
anticristos se identifican con los secesionistas (1 Jn 2,18-19; 2 Jn 7) |
|
Este cuadro (tomado de C. G. Kruse, The Letters of John, Grand
Rapids, Michigan – London: W. B. Eerdmans Publ. Comp – Apollos 2020, 108-109,
en el excursus 9: A Note on Antichrist) permite señalar algunos
elementos:
1.
La terminología
parece estar influenciada por la literatura apocalíptica que hace referencia a
una figura poderosa del fin de los tiempos;
2.
El tema
es algo que ha sido “enseñado”;
3.
Salvando
el Apocalipsis, la figura tiene características humanas;
4.
Su objetivo
es confundir, engañar a los fieles;
Particularmente en las cartas de Juan el contexto es claramente
conflictivo, y alude a sujetos que parecen haber sido partede la
comunidad. Los seguidores del Discípulo Amado han escuchado su predicación,
pero una vez que este ha muerto, algunos (quizás, incluso, la mayoría; por eso
el “muchos” de 1 Jn 2,18) insisten en una preocupante espiritualización hasta
el punto de negar la “carne” de Jesús (2 Jn 7; seguramente sus tendencias
terminarán en corrientes gnósticas; la frase “Jesús no procede de Dios”
seguramente hace referencia al Jesús histórico, negado por los docetistas).
La idea, como es evidente, señala
que una cristología “desencarnada” es contraria al verdadero Jesús, el Cristo, la
“palabra (que) se hizo carne y puso su carpa entre nosotros” (Jn 1,14); por eso
son “anti-cristos”; no es este el “Cristo” que nosotros predicamos y seguimos.
Evidentemente, la imagen genérica
permite que, desde posiciones previamente tomadas en lo teológico (¿cómo es /
debe ser la predicación sobre Dios, sobre Cristo, sobre el ser fieles…?), sea
frecuente que se considere “anticristo” a todo aquel (o aquellos) que se
contraponen a nuestras opiniones. Ciertamente no es a esto que se refieren los
textos bíblicos, y refleja dudosa seriedad (cualquiera podría serlo para una
mirada antagónica). A modo de conclusión me parece sensata la síntesis final del
citado excursus de Kruse:
Ciertamente es verdadero que 1 Juan resalta el peligro del cisma y la división doctrinal, algo siempre penoso cuando ocurre en la comunidad cristiana. También es cierto que los cristianos deben ser cuidadosos de no callar ante la falta de amor o la incapacidad de reconocer los límites de nuestra propia incomprensión de la verdad y entonces ser mucho más veloces en señalar a otros como “anticristos”. Hay una gran necesidad de humildad en aquellas cosas sobre las que los cristianos difieren. Sin embargo, hay ocasiones en que es necesario nombrar las enseñanzas erróneas que están claramente en desacuerdo con la verdad del evangelio y exponer sus orígenes (110).
Imagen tomada de https://tierraadentro.fondodeculturaeconomica.com/palantir-el-algoritmo-de-la-dominacion/
En más de una
ocasión hemos hecho referencia a Labán. Es hermano de Rebeca, es el padre de
Lía y Raquel, las mujeres de Isaac, y, además, es nieto de Nahor, hermano de
Abraham (Génesis 22,20-23). Sabemos que Abraham deja su tierra para ir a aquel
lugar que Dios le ha señalado, pero Nahor y sus descendientes permanecen en el
lugar, que será llamada “ciudad de Nahor” (24,10), Jarán (27,43; 29,4) y a
veces Paddan Aram (28,2.5). Él es conocido como “arameo” (25,20; 28,5;
31,20.24) cosa que también se dice de Jacob (Deut 26,5). Todo indica, entonces,
que los autores bíblicos quieren destacar claramente, desde el comienzo, el
parentesco entre los israelitas y los pueblos arameos.
En la primera
ocasión en que Labán es mencionado, juega un papel secundario, pero ciertamente
valioso, al recibir, como
hermano de Rebeca, al enviado de Abraham para conseguir esposa para Isaac. Su
actitud es de evidente hospitalidad, y sorprendentemente, deja que sea su
hermana quien tome la iniciativa de partir inmediatamente a pesar de su propio
deseo de que permaneciera con ellos unos días (24,55).
La
segunda aparición es, con mucho, más extensa y conflictiva. Huyendo de Esaú y
para contraer matrimonio con alguien de la familia, Jacob – el hijo de Isaac – llega
a casa de Labán (28,5). Al llegar, conoce a Raquel, su hija menor, a quien
sorprendentemente besa (29,11; normalmente el beso es entre varones, como es el
caso en v.13 en que Labán besa a Jacob). Jacob se queda en casa de Labán como
pastor de sus rebaños y acuerdan que, luego de siete años de servicio, él
recibirá a Raquel como esposa. Pasado el tiempo, Labán hace un banquete
matrimonial, pero tramposamente, en la noche, lleva a Lía, su hija mayor al
lecho conyugal sin que Jacob se percate hasta el amanecer. El argumento de
Labán es que no es costumbre entregar a la menor antes que a la mayor. Entonces
le propone a Jacob servirlo otros siete años a cambio de Raquel, cosa a la que
Jacob accede. Como se ha dicho en otro lugar, Raquel no queda embarazada, por
lo que Jacob engendra hijos de Lía y de las esclavas de ambas. Más tarde, Dios “se
acordó de Raquel” y ella, finalmente, engendra un hijo, José. Una vez nacido
este, Jacob reclama regresar a su tierra paterna. Un extraño diálogo entre
Jacob y Labán complica la partida reclamando ganado que aquel merecería (30,31-43).
Pero los hijos de Labán vieron con preocupación el aumento de las riquezas de
Jacob por lo cual él debe huir indicándole a sus esposas las trampas a las que
fue sometido por su padre.
Se levantó Jacob, montó a sus hijos y a
sus mujeres en los camellos, y se llevó todo su ganado y toda la hacienda que
había adquirido, el ganado de su propiedad, que había adquirido en Paddán Aram,
para irse a donde su padre Isaac a Canaán (31:17-18).
Pero
Raquel – aprovechando la ausencia del padre – le roba los ídolos familiares (es
bueno recordar que Labán y su familia eran parientes arameos, pero no eran
judíos). Esto motiva que Labán y los suyos los persigan y den alcance en
Galaad. Pero por intervención divina el único reclamo (fuera del lamento por no
haber podido despedir a los suyos, ignorando todas las trampas a las que
sometió a su yerno) es el robo de los dioses familiares. Jacob desconoce el
robo y le permite a Labán investigar en las tiendas. Raquel se sienta sobre
ellos por lo que no los encuentra, lo que motiva el enojo de Jacob por la falsa
acusación. Ante eso, ambos establecen un pacto. El texto deja claro que se
trata de dos pueblos con divinidades diferentes pero que reconocen entre sí un
parentesco: colocan piedras a modo de monumento al cual “Labán lo llamó Yegar
Sahdutá, y Jacob lo llamó Galed” (31,47) y proclamaron que “el Dios de Abraham y el Dios de Najor
juzguen entre nosotros». Y Jacob juró por el Padrino de su padre Isaac. (31,53)
y Labán volvió a su casa (32,1). La historia de Jacob continuará con el
reencuentro con Esaú, pero sobre eso ya hemos escrito.
Hay
un dicho que afirma que “Dios escribe derecho con renglones torcidos”. Las
historias de Jacob y Esaú, las trampas de Rebeca y de Labán, las de Jacob y de
Raquel no impiden que el pueblo de Dios vaya viendo cómo Dios va conduciendo la
historia (o cómo se encuentra a Dios en la historia “torcida”). Quizás no sea
diferente de nuestras historias y podamos aprender de la capacidad de los autores bíblicos
para encontrar a Dios y reconocer sus caminos.
El fracaso de Cicerón… y de la historia
Eduardo de la Serna
Muchas veces señalé – luego de mirar
o escuchar cosas que dicen o hacen personas (en especial curas) de los que fui
profesor – que he fracasado. “- ¡No puede decir eso (o hacerlo) alguien que
escuchó y, aparentemente, aprendió otra cosa! …” Pero lo dicen y/o hacen. Sin
embargo, debo destacarlo, esa sensación de fracaso la he escuchado también de
varias otras personas que han sido o son docentes. ¿Entonces?
Es conocida la sentencia citada
por Cicerón de que “la historia, (es) testigo de los tiempos, luz de la verdad,
vida de la memoria, maestra de la vida, heraldo del pasado” (Sobre el orador,
II, 36). Y, si miramos cuánto los humanos hemos o no aprendido de la historia,
parece bastante evidente que esta ha fracasado mucho más que nosotros.
·
Enseñar hace referencia a dejar una seña,
una marca
·
Aprender, es prender algo, aferrarlo
Y parece muy sensato, mirando la realidad
que nos rodea, reconocer que ni la historia nos ha enseñado, ni hemos aprendido
nada o casi nada. No hemos aprendido de las guerras, de las dictaduras, de los
modelos económicos de injusticia y empobrecimiento… Estudio significa “celo”, “dedicación”,
“aplicación” y hasta “ardor”. Nada parece más lejano a nuestra actitud habitual
frente a la historia…
Y, para ahondar más, es
interesante que en los ambientes teológicos se estudia bastante la “Historia de
la Iglesia” … Se supone que, si el Espíritu Santo es quien acompaña, ilumina e
inspira a la Iglesia, ver la historia de la Iglesia significaría aprender,
escuchar lo que el Espíritu dijo y dice a la Iglesia, reconocer dónde nos hemos
dejado guiar por Él y dónde no… Pero la misma historia de la Iglesia (y la Iglesia
del presente) nos muestra la incontable cantidad de veces que no sabemos o no
estamos dispuestos a aprender… Y, en este caso, no es solamente de la “maestra
de vida”, la historia, sino del mismísimo Espíritu Santo.
Evidentemente, el problema no es
la historia, ni el Espíritu, y – ojalá – tampoco los que somos docentes. El
problema es que muchas veces (¡demasiadas!) los “alumnos”, “personas criadas
por otro… alimentadas” prefieren recibir “golosinas” sin nutrientes, escuchar “lo
que les gusta”, lo que da efímero placer a la garganta (gola) y no lo que
enseña caminos, frecuentemente arduos…
¿Significa esto que no debemos continuar
en la tarea “docente” (el que enseña, conduce) puesto que la recepción es casi
nula? ¡Ciertamente no!
El Evangelio narra una parábola
en la que la siembra, en ocasiones, cae en tierra fértil, pero en otras en
tierra pedregosa, o es comida por las aves o ahogada por abrojos… ¿Significa eso que no hay que sembrar?
Seguiremos sembrando, ciertamente... la historia continuará su magisterio mudo,
el Espíritu Santo continuará soplando donde quiere; al fin y al cabo, Jesús fue
crucificado y junto a la cruz sólo había un pequeño grupo de mujeres. Dios hace
las cosas y solemos ser nosotros los que habitualmente no lo comprendemos, o
vamos por otros caminos… ¿Significa que no hemos de caminar? Sería insensato
hacerlo porque no llegaríamos a ninguna parte. La cosa, en todo caso, es
dejarnos orientar por la historia, por el Espíritu Santo y eventualmente saber
escuchar a las y los docentes que antes los han escuchado. Y, entre tanto,
seguiremos fracasando, la historia y nosotros.
Imagen toimada de https://www.nuevarevista.net/ciceron-superstar/
La revelación de Jesús desata un conflicto por los destinatarios escogidos
Pues lo que era imposible a la ley, reducida a la impotencia por la carne, Dios, habiendo enviado a su propio Hijo en una carne semejante a la del pecado, y en orden al pecado, condenó el pecado en la carne, a fin de que la justicia de la ley se cumpliera en nosotros que seguimos una conducta, no según la carne, sino según el espíritu (8,3-4)
“Yo decía: «Naturalmente, el vulgo es necio, pues ignora el camino de Yahveh, el derecho de su Dios. Voy a acudir a los grandes y a hablar con ellos, porque ésos conocen el camino de Yahveh, el derecho de su Dios». Pues bien, todos a una habían quebrado el yugo y arrancado las coyundas”. (Jer 5,4-5)
A propósito de un libro sobre Pancho Soares (*)
Eduardo de la Serna
Como de tantos y
tantas que, sin embargo, recordamos al hacer memoria, de Pancho Soares sabía
poco. Sabía que había sido asesinado poco antes de empezar el genocidio de la
dictadura cívico-militar, sabía que era cura en la zona de Tigre, más
precisamente Carupá, y poco más.
Hace tiempo conocí
y compartimos muchas cosas con Miguel Calvo, que fuera párroco en la parroquia
donde Pancho había estado, y actualmente es párroco mi amigo Jorge, con lo cual
más o menos, algo sabía y no me era indiferente. Sabía también que Jorge habló
con León Gieco sobre los 40 años de su asesinato que se cumplirán el 13 de
febrero de 2016 a lo que León le dijo: “¡tenemos que hacer algo!”
Cuando hace pocos
días Jorge me dijo que se presentaría un libro sobre Pancho, con dudas, lo
reconozco, fuimos. El libro fue presentado por los obispos Jorge Casaretto,
emérito de San Isidro y Oscar Ojea, actual titular de la diócesis. Luego habló
el autor, el pbro. Pedro Oeyen. No comentaré esta presentación. No lo merece.
Hasta creo que Pancho no la merecía. Pero quisiera destacar algunas cosas que
me llaman la atención del libro.
Este se titula
«Sangre en la Iglesia. Vida y muerte de Pancho Soares, cura obrero», editorial
PPC, Buenos Aires, octubre de 2014, 336 pags. Pertenece a la colección
“Actualidad” de la que – se dijo – es el primer libro, se supone de futuros
intentos. Intenta estar bien documentado, reconociendo – en ocasiones –que
faltan materiales, textos, grabaciones, en algunos casos que hubieran sido
indispensables para una mejor comprensión, pero, sencillamente, no se tienen (y
en muchos casos, los motivos huelgan), como es el caso de la homilía en el
responso de los obreros Héctor Echeverría y Luis Cabrera, delegados gremiales
de astilleros de Tigre, y Rosa María Casariego, esposa de este último
pronunciada ¡3 días antes del asesinato de Pancho!
El libro está
articulado en 4 grandes partes: su infancia, juventud y vida en la congregación
de los asuncionistas (págs. 9 – 129), su ingreso a la diócesis de San Isidro
hasta el cierre de la fábrica de cerámicas (Comunidad Juan XXIII) donde
trabajaba (págs. 133 – 221), el apartado titulado “Tiempos de violencia y
muerte”, extrañamente comenzado por un capítulo sobre el Movimiento de
Sacerdotes para el Tercer Mundo (págs. 225 – 294) y las repercusiones de su
vida y muerte (págs. 297 – 334). Como es razonable, los diferentes momentos son
ubicados en su contexto histórico (al que el obispo Casaretto en la
presentación del libro calificó de “objetivo”, ya que “así fueron las cosas”).
Sin hacer
referencia a algunos detalles (hay errores de redacción en varias ocasiones que
un corrector editorial hubiera podido subsanar), hay repeticiones de ideas o
textos, y hasta algunos saltos cronológicos o temáticos que confunden, y hasta
algún error; teniendo esto en cuenta, me permito algunos comentarios a la etapa
de cura diocesano de Pancho Soares y el comentario del autor:
1.- Constantemente,
y hasta en ocasiones y circunstancias innecesarias se insiste en que Pancho
Soares “no fue guerrillero”, que no optó “por la violencia”, tanto que se puede
dudar si el autor no quiere convencerse a sí mismo, o si piensa en destinatarios
para los que “si lo mataron, en algo andaría”.
2.- Llama la
atención que en las frecuentes crisis de Pancho en relación a sus superiores,
tanto asuncionistas como el obispo, está totalmente ausente cualquier mirada
crítica a las autoridades por parte del autor. Todas las crisis parecen tener
en Pancho la responsabilidad, incluso en ocasiones de modo duro [“terminó
echándole la culpa de todo a sus superiores (tentación frecuente en los
religiosos cuando sus proyectos no se realizan)” (p.103); “esta carta y la
anterior muestran un estado de ánimo muy alterado” (p.123); en su relación con
el obispo “el P. Soares cometió varios errores” (p.157); “incoherente” (p.190)].
3.- Las relaciones
del obispo de San Isidro con los curas obreros es presentada casi como una
caricatura (del mismo modo que toda referencia al marxismo, que parece nutrida
de pobres estereotipos). En el análisis de las tensiones se hacen comentarios
cuando hay “faltas” de los curas obreros, pero nada se comenta al citar textos
del obispo, siendo que en muchas ocasiones lo ameritarían. Incluso cuando hay
conflictos con “buenos sacerdotes” se señala que eso fue frecuente también en
otras diócesis (p.184).
4.- Ciertas
actitudes de algunos son calificadas de “contestatarias” y movidas por
“ideologías” (p.185), como si hubiera alguien sin “ideología”. Las referencias
a la actitud de la Iglesia sobre la “violencia” deben enmarcarse en lo dicho
antes, sobre que no estaba en la guerrilla, y – además – comentada o señalada
con pobreza y no exactitud (como se ve en la contradicción entre lo que afirma
sobre Populorum Progressio y la violencia en p.207 que se contraría en
p.237).
5.- El texto en
general parece fácilmente enmarcado en la llamada “teoría de los dos demonios”,
como se ve ya desde su comentario al post-concilio y el contraste entre
Lefebvre y aquellos que ponen el marxismo por sobre el Evangelio (sic, p.205).
Parece estar motivado por una preocupación por lo que ciertos sectores
califican de “horizontalismo” ya que al hablar de Medellín y la liberación, con
el clásico “pero” alude a los que la limitan a lo socioeconómico o los
que “derivaron en la lucha armada” (p.209); algo semejante ocurre al hablar de
“San Miguel” (documento de la Conferencia Episcopal Argentina que busco la
aplicación de los documentos de Medellín, 1969) diciendo que la polémica sobre
el sentido de “… ‘pueblo’ esterilizó su potencial” (p.211) especialmente porque
los radicalizados llamaban “pueblo” a un sector (los pobres, los peronistas o
los revolucionarios) mientras el resto era “antipueblo” (p.212). Otro ejemplo
de su “dualismo” es la comparación sobre la obra de Gustavo Gutiérrez (mal
citado el título) destacando los “errores iniciales” luego corregidos, y
citando a continuación la obra de Carlos Sacheri, representante del ala más
recalcitrante del catolicismo ultraconservador (p.232). En p.261 afirma que “La
proclamada violencia revolucionaria no había generado la liberación sino sólo
una violencia mayor” (el “Proceso”).
6.- Como se dijo,
sorprendentemente después de hablar de Medellín (cap.25) y de San Miguel (cap.
26) con el paréntesis del cierre de la fábrica (cap. 27) pasa a hablar del
Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo, pero esto ya en el tercer
bloque, el referido a la violencia. La referencia al MSTM es realmente muy
pobre, mal informada, con errores importantes, distorsionada y – por momentos –
tendenciosa. “Es necesario aclarar (¿por qué? ¿Para quién?) que, al menos en un
comienzo (sic), en la mayor parte de los casos no se trataba de una opción
política sino de responder a lo que Dios y la Iglesia pedían” (p.227). Señala
que no hay documentos que prueben fehacientemente el contacto de Pancho con el
MSTM o con algunos de sus miembros aunque “es probable” que los haya mantenido
“al menos por un tiempo” (¿?) (p.239).
7.- El análisis del
peronismo (1973-1976) es de una pobreza preocupante, con notables
imprecisiones, como también lo es el asesinato de Carlos Mugica. Por ejemplo es
muy infeliz la frase que “luego de la muerte de Perón, el 1º de julio de 1974,
sobrevino un período de inestabilidad y el 24 de marzo de 1976, el comienzo del
llamado Proceso de reorganización nacional dio piedra libre al exilio de los
que quedaban con vida (sic)” (p.236); o su análisis de la Juventud Peronista
(p.244), o de la “masacre de Ezeiza” (p.259). La pobreza del análisis en este
punto, y al hablar de las guerrillas (pp.249-255. 257; sus referencias al ERP
son realmente sorprendentes, p.e. cf. p.253 y 260), lo llevan al miedo que
hemos destacado de insistir temerosamente en que rechazaba la violencia y que
“quien afirme lo contrario no lo conoció, está mal informado o pretende
intencionadamente torcer su pensamiento” (p.247). En este lugar comente un importante
error histórico al referir al P. Alberto Carbone y luego a Carlos Mugica con
una sorprendente pobreza, desconocimiento (que le había sido advertido al autor
sin que lo corrigiera) (pp.254-255).
8.- El cap. 33 se
titula “El cura montonero” (pp.263-268) y se dedica a Jorge Adur, asuncionista
como Pancho lo había sido. No se entiende este punto si no es en el intento de
contrastarlos. Señala que entre los que participaban de los grupos de Adur hubo
“muertos y desaparecidos” (p.265) pero en p. 326 lo mismo se afirma de gente –
no mencionada – de la capilla de Carupá. El análisis debería ser bastante más
serio y profundo (y bastante más “desideologizado”, si se quiere): por ejemplo,
afirma que Adur pertenecía a Montoneros desde 1968 (p.267) luego de haber
señalado que estos nacieron en 1970 (p.253). Pero ese temor constante del autor
se manifiesta claramente al señalar que Pancho celebró el responso y predicó a
causa de la muerte de los dos delegados sindicales de los astilleros de Tigre y
afirma que “su sola presencia allí ya era peligrosa, pues podían pensar que se
identificaba ideológicamente (sic) con los muertos” (p.282). La referencia a
que “Titi” y “Huesito”, sobrenombres de los dirigentes gremiales asesinados
eran sus “nombres de guerra” (p.303) parece ignorante, o tendencioso. Nada
parece indicarlo.
9.- Que su cuerpo
haya sido sepultado y luego, por falta de pago, llevado a osario general (luego
cremado en el CEAMSE) desmiente que “la Iglesia Católica” haya sido la “única”
que rescató la memoria de Pancho (p.313). Ninguna organización “guerrillera” lo
reivindicó (sic) (p.297); la referencia de Casaretto al “perdón” como
justificativo de la falta de investigación de los autores y responsables del
crimen (p. 301. 313) es realmente muy pobre. Y “justificativo” de que la
jerarquía eclesial se desentendió de la muerte y de la justicia por el
asesinato de Pancho Soares. Si se destaca que el P. Anibal Filippini reza todos
los días “para que no se pierda la memoria de Pancho” y que ve este libro como
una respuesta a sus oraciones (p.324), es indicio evidente que la Iglesia
Católica (jerárquica) se desentendió precisamente de la memoria de Pancho.
10.- Es llamativa
la insistencia en hablar de cuando “murió” o a lo sumo de “muerte trágica”
siendo muy pocas las veces que se habla de “asesinato” y ¡¡¡nunca!!! de
martirio (la palabra, que aparece solamente 4 veces en el libro, si no he
contado mal, nunca aparece en labios del autor [pp. 320.322.330.331]). Es
evidente que llamarlo “mártir” es un desafío, es reconocerlo como una “palabra
de Dios” para nuestro tiempo. Tampoco fue pronunciada ni una sola vez en la
mencionada presentación del libro”. Es que si Dios nos habló y habla en la vida
y martirio de Pancho, su testimonio es a su vez denuncia de nuestras
mediocridades, cobardías, silencios, complicidades… “el justo muerto denuncia a
los injustos vivos”, afirma Sabiduría (repetido en p.317). A lo mejor el temor
que se sospecha sea verdad: lo mataron porque en algo andaba: andaba en
Evangelio, en Reino, en pueblo. Demasiado para los violentos. Demasiado para
los mediocres.
Y a pesar de todo
lo que podemos criticar de este libro, Pancho emerge, Pancho resucita y Pancho
nos sigue diciendo, de parte de Dios, una palabra.
(*) este artículo fuye publicado en 2014 pero no parece haber quedado registrado; por eso lo reitero
Foto tomada de martiresargentinos.blogspot.com
“Crees, luego no existes” (Jaap)
Eduardo de la Serna
… Cuando
leo el catecismo del concilio de Trento, me da la impresión de que no tengo
nada en común con la religión que en él se expone. Cuando leo el Nuevo Testamento,
los místicos, la liturgia, cuando veo celebrar la misa, siento con alguna forma
de certeza que esa fe es la mía o, más exactamente, que sería la mía sin la
distancia que entre ella y yo pone mi imperfección. Esto hace penosa la
situación espiritual, me gustaría que esta fuera no menos penosa pero sí más
clara. Cualquier sufrimiento es aceptable en la claridad.
Y
comienza:
Voy a
enumerarle cierto número de pensamientos que habitan en mí desde hace años o al
menos algunos.... Le pido una respuesta firme sobre la compatibilidad o
incompatibilidad de cada una de estas opiniones con la pertenencia a la iglesia.
Y
finaliza todo su extenso interrogatorio diciendo:
Estos
problemas son hoy de una importancia capital, urgente y práctica. Pues
como toda la vida profana de nuestros países viene directamente de
civilizaciones “paganas”, mientras subsista la ilusión de un corte entre el
llamado paganismo y el cristianismo, este no será encarnado, no impregnará toda
la vida profana como debiera, quedará separado y, en consecuencia, no activo. ¡Cuánto
cambiaría nuestra vida si se viera que la geometría griega y la fe cristiana
han brotado de la misma fuente!
Lo
que me importa señalar aquí es que Simone es absolutamente coherente (y con la
hondura y seriedad que la caracterizó toda su vida) con el planteo de su tiempo
en lo que se ha llamado la Religionsgeschichte, la Escuela de la
historia de la Religión (corriente particularmente vigente desde fines del s.
XIX hasta la Segunda gran Guerra). Es decir, entender (desde una cierta lectura
enciclopédica) el cristianismo en coherencia o sintonía con lo que se fue
descubriendo de las antiguas religiones y pensamientos filosóficos… Ciertamente,
hoy hay nuevos elementos para dar respuesta a sus planteos que no los había
entonces, pero nada más razonable, en su tiempo, que formularlos,
particularmente desde su particular conocimiento de la filosofía griega.
Pero
lo que me interesa – en paralelo con esto – precisamente por la coherencia con
el pensamiento propio de su tiempo, es el conflicto de Etty Hillesum con su
hermano Jaap (con quien no tenía una buena relación), el cual era médico. Dice
Etty en su diario:
En una
ocasión, durante una fase enfermiza, me escribió en el encabezamiento de una
carta: «Cogito, ergo sum. Credis, ergo non es» Y creo que hoy en día,
esta sigue siendo la contradicción entre nosotros, que, seguramente resulta
insalvable (30 de octubre 1941)
Y
creo que el pensamiento de Jaap (pienso, luego existo; crees, luego no eres) es expresión – particularmente en ciertos
ambientes – del sentir de su tiempo. Creer es algo propio de mentes ignorantes,
de “la fe del carbonero” ... el conflicto “insalvable” – se decía – entre “fe y
ciencia” lleva a entender que creer en Dios es propio de mentes primitivas.
Ciertamente,
en la actualidad, en la que la ciencia ha aprendido a ser más humilde, y los “dogmas”
menos clausurados en la letra, mucho de esto ha aprendido a entrar en diálogo. Me
resulta curioso – debo reconocerlo – que en algunos ambientes ilustrados, y
pienso particularmente en la izquierda argentina (no en el resto de América
Latina en general), que pareciera que se han quedado en tiempos idos, y les
resultaría incomprensible entender aquello de que mis hermanos “todos son
comunistas con el favor de mi Dios” (Violeta Parra), por no aludir a “Líbranos
de aquel que nos domina/ en la miseria/ Tráenos tu reino de justicia/ e
igualdad” de Víctor Jara, o “¿Dónde pongo lo hallado?/ en la tierra, en tu
nombre,/ en la Biblia, en el día/ que al fin te he encontrado” de Silvio
Rodríguez. Y no se entienda que me refiero a que ellos sean cristianos, sino
simplemente a que no tienen una militancia tipo “ergo non es”,
sencillamente.
Las
puertas abiertas dentro de la Iglesia católica romana, por el Concilio Vaticano
II (puertas que, desde entonces, tantos intentan volver a cerrar, y con
cerrojos varios, para más “seguridades”) supieron poner al pensamiento en
diálogo con la ciencia, la cual ya no era vista como enemiga, sino como
compañera de camino. Camino siempre desafiante, camino siempre con nuevas preguntas,
camino con crisis y encuentros… caminos, ¡simplemente! Eso no implica que de un
lado u otro de la fe o de la ciencia no surjan, cada tanto, falsas seguridades
que miren al otro como un “non es” olvidando sistemáticamente, que lo primero
que nos constituye a unos y otros es formular preguntas y no atarse demasiado a
certezas que la vida misma se ocupa de hacer tambalear. Simone se formulaba
preguntas, y vivió con ellas, aunque le resultara “penoso”, pero sabiendo que “cualquier
sufrimiento es aceptable en la claridad”. Etty fue encontrando a Dios hasta llegar
a decir: “Voy a leer de nuevo a San Agustín. Es tan austero y tan
ferviente. Y tan lleno de sencilla devoción en sus cartas de amor a Dios. En
verdad, esas son las únicas cartas de amor que uno debería escribir: cartas de
amor a Dios” (9 de octubre 1942). Es comprensible, en su tiempo, la crítica de
Jaap (y, quizás, la no respuesta del dominico a Simone), pero en nuestro
tiempo, ambas místicas nos han dejado huellas para poder intuir hoy que también
es sensato decir “Credo, ergo sum”.