Comentario al Evangelio del domingo 30º A
o también en
Eduardo
Otras herejías que no son condenadas (segunda parte)
Eduardo de la Serna
Hicimos referencia a dos
actitudes que son auténticas herejías en la Iglesia contemporánea, la
eclesiolatría y la papolatría. Pretendo, ahora, brevemente, señalar otras dos
que me parece detectar, y que me permiten una nueva conclusión.
Fue sabido el intento de sectores
tradicionalistas de que la Iglesia proclamara un nuevo dogma mariano: María
Corredentora. Esto motivó un muy buen escrito del Dicasterio para la doctrina de
la fe (4 de noviembre 2025) sobre el tema, Mater Populi Fidelis luego
que “numerosas consultas y propuestas (llegaran) a la Santa Sede en las últimas
décadas”. Este documento motivó airadas respuestas, comentarios y críticas de
los sectores conservadores; por ejemplo, el Seminario de la Fraternidad
Sacerdotal San Pio X (mons. Lefebvre anunció la compra de los terrenos en 1980
y ordena a los primeros “sacerdotes” en 1985), en La Reja, provincia de Buenos
Aires, tiene ese nombre: “Nuestra Señora Corredentora”. Abanderados de las
causas tradicionales y de clara oposición al pontificado de Francisco y todo lo
que ello implicara (como la declaración vaticana, sostienen) los cardenales L. Burke
y G. Müller participaron en el instituto Augustinianum (Roma) los
pasados 7 y 8 de octubre de un congreso que asume la frase atribuida a san Bernardo:
“De Maria numquam satis” (de María nunca se dice bastante). Resulta
sumamente significativo que este congreso se haya realizado en un Instituto
Teológico (dedicado particularmente a estudiar a los Santos Padres) de la orden
de San Agustín, a la que pertenece el papa León. La mariolatría no parece ajena
a este congreso.
Y no me parece que deba dejarse
de lado también otro elemento, una deformación en la celebración eucarística
que se sumerge, creo, también en la idolatría. Cuando se pasa de “la Cena del
Señor”, la mesa, el pan partido al “Santo Sacrificio de la Misa”, a procesiones
eucarísticas y custodias magníficas, parece que entramos en un terreno
complicado. Ciertamente creemos que en la Eucaristía está presente Jesucristo,
pero no es menos cierto que cuando el individualismo (Jesús y yo, “adorote
devote”), es algo ajeno y lejano, algo para adorar y no para “masticar”, para
admirar y no para comer, algo donde hay un “yo” y no un “nosotros” (salvo que
hay una multitud de “yoes”) no se parece a lo que Jesús hizo y celebró. No hay
un “pan partido”, no hay una mesa, hay una “hostia” encerrada, protegida
(custodiada), lejana… Esto no es diferente con casos que hemos conocido de “curas
sanadores” (sic) que “pasean con el Santísimo Sacramento” por el templo
acercándolo a los enfermos para obtener la sanación… No es este el pan en el
que Jesús eligió permanecer en medio de sus amigos para alimentarlos. Creer que
por recibir los sacramentos (bautismo y eucaristía, en este caso) “estamos
salvados”, se parece bastante a la idolatría: “el que crea estar de pie, mire
no caer”, “no se hagan idólatras… comieron, bebieron… ¡huyan de la idolatría!”
(1 Cor 9,7.12.14).
Me inspira estas páginas una
frase del eminente biblista alemán del siglo XX Gerhard von Rad (1901-1971, que
inspiró, a su vez, la tesis doctoral de José Luis Sicre sobre la idolatría en los
profetas): “No hay una sola verdad de fe que no podamos manipular
idolátricamente”. A modo de paréntesis, Sicre, en nota, pone serios
ejemplos de papolatría (Introducción al profetismo bíblico, Estella (Navarra)
2011, 390 nota 17). Lo dice – además – claramente von Rad: “Sería, en
efecto, muy ingenuo (naiv) creer que solo el pagano es susceptible a esto, pues
también el cristiano se encuentra constantemente expuesto al peligro de caer en
la creencia en mitos y en la idolatría” [Gottes Wirken in Israel:
Vorträge zum Alten Testament, Neukirchen-Vluyn: Neukirchener Verlag,
Neukirchen-Vluyn, 1974, 160-161; conferencia dictada originalmente en 1958].
No estoy discutiendo –
evidentemente – ni a la Iglesia, ni a la Virgen María, ni a la Eucaristía, ni a
Pedro (como se ejerce el papado ya es otra cosa) sino a la manipulación que de
ellos puede hacerse y de hecho se hace.
Señalo estos elementos porque
tengo la sensación que elementos bastante “propios” de la Iglesia católica (la
Iglesia, el Papa, la Eucaristía, la Virgen) pueden – ¡y de hecho son! – “manipulados
idolátricamente”, pero pareciera que como “son nuestros” no molestan tanto. No se
ve el dedo acusador de algunos cardenales o teólogos de oficina señalando
herejes o proponiendo condenas… y, deberíamos reconocerlo, así como en
ocasiones le hacemos decir (o hacer) a Dios cosas que ni dice ni hace (y
deberíamos aprender a “dejar a Dios ser Dios”), o hacerle decir a la Biblia lo que
no dice (¡tan frecuente! ¡Tanto!), también deberíamos saber que el “numcuam
satis”, que aplican a la Virgen María, y podemos decir también de la Eucaristía,
o los elogios al papado o a la Iglesia aplican si nos movemos en la dirección
correcta. Elevar a la Virgen María a la altura de Dios sería “numcuam satis”
y sería aberrante. Es importante pensar y seguir pensando el papado (urgente y
necesario), el lugar importantísimo que la Eucaristía debe ocupar en la
comunidad eclesial, el rol de discípula de María Virgen, de quien nunca se dirá
lo suficiente como discípula ejemplar, modelo para todas y todos los
cristianos, y una Iglesia servidora, samaritana y hermana de todas y todos.
Dejarlos ser lo que son y debieran ser, sería el mejor acto de amor por ellos,
y el amor “numcuam satis”.
Imagen tomada de https://www.facebook.com/anecdotashistoricas/posts/margarita-porete-o-marguerite-porrette-o-la-porette-condenada-a-la-hoguera-en-13/1177702251038417/
Animarnos a amar como Dios / Jesús… ¡Nada menos!
Eduardo de la Serna
La Biblia, que no suele “andar
con chiquitas”, nos pone un desafío mayúsculo, ¡el amor! Y, para darle entidad,
nos invita a “amar como Dios”, o “como Jesús nos amó”. ¿No es excesivo? ¿Quién
puede amar como Dios? ¿Quién puede amar como Jesús? En estos párrafos pretendo “recoger
el guante” e intentar mirar ambos aspectos con la intención de entender qué nos
dice el profeta y qué el evangelista.
«ve y ama… como ama Yahvé…» (Oseas 3,1)
El texto se encuentra en la sección narrativa del profeta, probablemente
uno de los párrafos de mayor ternura de todo el Antiguo Testamento.
Veamos el contexto (omitimos algunos temas debatidos que no hacen a la
intención de esta página). Oseas toma por mujer a Gómer (1,3) que se dedica a
la prostitución (¿sagrada?) y engendran un hijo al que pondrán el nombre
Yizreel (1,4). La motivación de este nombre – una región de llanura (Jue 6,33),
donde hay una fuente (1 Sam 29,1) pero está ligada al derramamiento de sangre: fue
allí que la reina Jezabel tiene un palacio (1 Re 18,45-46) y asesina a Nabot
con la finalidad de apropiarse de su viña para su marido, el rey Acaz (1 Re
21,1) y allí el general Jehú – luego rey de Israel – provoca una increíble masacre,
comenzando por Jezabel, y toda la corte y sacerdotes (2 Re 9,30.36; 10,6.7.11).
El hijo del profeta recibe ese nombre porque “dentro de poco visitaré yo la
casa de Jehú por la sangre derramada en Yizreel, y pondré fin al reinado de la
casa de Israel. Aquel día romperé el arco de Israel en el valle de Yizreel”
(Os 1,4-5).
Gómer tiene todavía dos hijos más (¿con Oseas?, no se dice); la primera
es una hija a la que pone el nombre de Lo’-ruhamah [no-compadecida] “porque
ya no me compadeceré [raham] de la casa de Israel ni los perdonaré” (1,6). El término raham
alude al seno (materno), y de allí a la ternura, la compasión, la misericordia,
el amor, y puede traducirse con cualquiera de estas variantes (ver Os 14,4
referido al huérfano); en Oseas 9,14 refiere al seno abortivo. Lo cierto es que
el nombre de la hija refiere a que Dios “ya no” lo tendrá por Israel como lo
tuvo desde el origen (Ex 33,19; Dt 13,8; 30,3). El siguiente hijo recibe por
nombre Lo’-ami “ [no-mi-pueblo] porque ustedes no son mi pueblo [‘am]
ni yo soy el que estoy con ustedes” (1,9). Nuevamente nos remite al comienzo,
al mismo nombre “Yahvé” (yo soy el que estoy [con ustedes]); Dios da por
terminado lo que empezó en el Sinaí.
Sin embargo, sin explicación, irrumpe una nota de esperanza: los dos pueblos
se reunirán, y “no mi pueblo” se llamará “hijos de Dios vivo” (2,1), será “grande
el día de Yizreel” y digan a sus hermanos “mi pueblo [‘ami] y a sus
hermanas “compadecida” [ruhamah] (2,3). Aunque, en seguida, parece
continuar la misma tesitura crítica a su mujer “pleiteen con su madre
(obviamente dirigida a sus hijos) … ella ya no es mi mujer” (2,4). Su objetivo
es que “quite las prostituciones”, si no, de sus hijos “no me compadeceré”
(2,6). La prostitución remite a los amantes que la alimentan: pan, agua, lana,
lino, vino, aceite (referencia a los dioses de la fecundidad, como Baal,
propios de Canaan; 2,7). Pero lo que hará Yahvé es impedirle ir con ellos
(vallas, barreras) con la finalidad de que diga “voy a volver con mi primer
marido… me iba mejor que ahora” (2,9). Evidentemente Oseas lee su historia
personal (él y Gómer) a la luz de la relación de Yahvé e Israel, y la
infidelidad remite a la idolatría de Israel que pretende fecundidad con los
dioses paganos:
Ella no había comprendido ella que era yo
quien le daba el trigo, el vino y el aceite, ¡la plata y el oro en abundancia y
lo empleaban haciéndose un ídolo! Por eso volveré a tomar mi trigo a su tiempo
y mi vino a su estación, retiraré mi lana y mi lino que habían de cubrir su
desnudez (Os 2,10-11)
Y, para lograr su cometido, el amante la engaña (seducirla) y la lleva
al desierto, lugar sin fecundidad, lugar del amor primero… y “allí les daré sus
viñas” y “responderá como en su juventud” (2,16-17) y “me llamará esposo [‘ish]
mío y no Baal mío” (2,18 [además de la referencia a la divinidad, baal
también significa “señor”]). Y el “precio” de este reencuentro de amor será “derecho
(tzedaqa), justicia (mishpat), afecto (jesed), cariño (rahamim),
fidelidad (‘emun’ah), conocimiento (yada’) de Yahve (2,21-22; señalo
los términos hebreos porque todos son importantísimos); eso – ¡nada menos! – es
el compromiso de amor de los amantes. La consecuencia de esto:
responderé a los cielos, y ellos responderán
a la tierra [es decir, lloverá, ¡fecundidad!]; la tierra responderá al trigo,
al vino y al aceite, y ellos responderán a Yizreel. Yo la sembraré para mí en
esta tierra, me compadeceré de «No-compadecida», y diré a «No-mi-pueblo»: Tú
«Mi pueblo», y él dirá: «¡Mi Dios!» (2,23-25).
Después de este final esplendoroso, el capítulo 3 parece volver atrás. Parece
retomar el comienzo con evidente referencia histórica a la relación de Israel y
su infidelidad persistente. Pero, y aquí la frase: ¡Así ama Yahve!
El que en su irritación inicial había dicho “ya no”, es un “Dios
misericordioso [rahum] y clemente [hanun], tardo a la cólera y
rico en amor [jesed] y fidelidad [hemet]” (Ex 34,6; ver Jon 4,2).
Israel está, desde los orígenes hasta los últimos escritos, invitado al
derecho y la justicia (mishpat we tzedaqa; aparecen juntas en
los textos más diversos casi 50 veces en la Biblia hebrea), pero – es frecuente
también – la insistencia en que el pueblo no las ha respetado. Los diferentes
autores reaccionan diferentemente, pero Oseas lo presenta en “clave amor”, amor
esponsal (en el sentido de los esposos de aquel tiempo, por cierto; no hemos de
entenderlo en el sentido contemporáneo). Amor que no supone ignorar las
infidelidades, lo que provoca enojo e, incluso, ruptura de las relaciones. Pero
ese amor, que se expresa en el perdón, supone también reencuentro, reconciliación,
e, incluso, hasta trampa (seducción) con la finalidad de reconquistarla.
Ciertamente no como si “acá no ha pasado nada” pero si un reencuentro de “amor
y fidelidad” que se expresa – en ese caso, políticamente – en los nombres de
los dos hijos últimos. Dios se ha enojado, ha roto con su esposa, con su pueblo…
pero el amor que le tiene implica que el “ya no” cambiará y “sucederá aquel día”
que “mi pueblo” me dirá “mi Dios” …
“ámense los unos a los otros como yo los he
amado” (Juan 15,12)
Después de mostrar
a Jesús en su ministerio, el Evangelio de Juan decide presentar un largo discurso
de despedida de Jesús con “los suyos” (13,1; ver 13-17). Es un ejemplo para que “hagan como yo hice
con ustedes” (13,15), y eso es indicado como “amor” (13,34) que es un amor como
el del Padre por Jesús (15,9), que lleva a ambos a ser “uno” (17,11), porque,
así como el Padre ama al Hijo así también ama a “los suyos” (17,23), expresado,
también, como un “guardar los mandamientos” (15,10) pero un mandamiento que es,
precisamente, “amar” como él amó (15,12).
Ciertamente, la pregunta es ¿cómo amó Jesús?, y Juan mismo lo dice: “¡hasta el extremo!” (13,1). Este extremo es, ciertamente “poner la vida”, como el pastor que se “pone” delante del peligro para proteger a sus ovejas (10,11.15) o el amigo que arriesga su vida para defender al suyo (15,13) o Pedro, que, acelerada e impulsivamente, dice que arriesgará su vida por Jesús (cosa que no hace, por cierto, 13,37-38). Este arriesgar la vida, “ponerla” delante del peligro (10,17-18) es razón por la que el Padre ama al Hijo (“por eso”). Ese extremo, ciertamente, lo lleva a la muerte, porque la vida le es arrebatada; él la pone, otros la toman. Ese amor, ese extremo que es servicio, ponerse en el último lugar los unos en bien de los otros (13,4.17). Pero eso provoca vida: “el Padre tiene vida en sí mismo y también le da al hijo tener vida en sí mismo” (5,26). Amor y vida van juntos en Juan: “tanto amó Dios al mundo, que dio a su Hijo único, para que quien crea en él no perezca, sino tenga vida eterna” (3,16).
El amor “como” el de Jesús no es un “cómo” en cantidad, sino en “intensidad”,
sin guardarse nada, entregando (“poniendo”) todo, arriesgando incluso la vida
en bien de quienes son amados.
El “como”, insistimos, no ha de entenderse “cuánto”, porque parecería imposible:
¿amar como Dios? ¿amar como Jesús? Pero los textos no se detienen en un tema de
cantidad y perfección, sino en una propuesta de vida; amor capaz de perdón
(insisto, también, no un perdón que ignora o invisibiliza lo ocurrido, sino que
se mueve para pretender en los amados un cambio de actitud), amor capaz de no
guardarse nada (hasta el extremo) en beneficio de quienes son amados y es capaz
de arriesgar todo, precisamente por ellos. De ese amor se trata…
Imagen tomada de https://www.youtube.com/watch?v=eTc_2Ix8O3I
Creo en (= dentro de) la Iglesia
Eduardo de la Serna
El título de esta nota no
pretende ser provocador a pesar que en ocasiones lo pareciera. Desde hace
siglos la teología ha dicho claramente que el “objeto de la fe” es Dios, ¡y
sólo Dios! La Iglesia no es objeto de fe, sino el ámbito de fe.
El mismo Credo, en su versión
latina lo deja claro: Credo in Deum, Patrem… in Iesum Christum, Filium… in
Spiritum Sanctum… sanctam Ecclesiam. No dice “in Ecclesiam”. El
Credo “largo” (Niceno-constantinopolitano) es más claro aún: Credo in unum
Deum, Patrem … Et in
unum Dominum Jesum Christum… Et in Spiritum sanctum, Dominum ... Et unam,
sanctam, catholicam, et apostolicam Ecclesiam” (nuevamente, no dice “in”). Lamentablemente,
algunas traducciones, extrañamente (¿heréticamente?) dicen “en la Iglesia”, y
no han sido corregidas…
Es que la “eclesiolatría” (hacer
de la Iglesia un ídolo) es algo habitual, y habitualmente no se corrige. La
Imagen, por ejemplo (de un nuevo ídolo, el Papa, papolatría) visto como
infalible suele acompañar esta distorsión de nuestra fe. Roberto Bellarmino (Doctor
de la Iglesia, y habitualmente tenido por conservador) afirmaba que “si el
papa fuera infalible, sobrarían los concilios”. Incluso hace una interesante
anotación cuando san Cipriano hace lo contrario de lo que el papa Dámaso había
indicado puesto que interpretó que el papa se había equivocado. Dice
Bellarmino: “Ni siquiera es cierto que San Cipriano pecara desobedeciendo al
papa... pues no pecó sino por ignorancia, pensando que el papa se equivocaba; y
si pensaba así, estaba obligado a no obedecer, pues no debía obrar contra su
propia conciencia”.
No deja de ser llamativo que se
escuchen cosas como esta:
Un mundo en
puja por la supremacía económica y el dominio de la fuerza, se ha detenido para
oír a quien por su función de Cristo en la tierra representa el orden del
espíritu, la esfera de los supremos valores de la humanidad; homenaje, que si
bien honra a Paulo VI, nos muestra igualmente que la humanidad, y los que
tienen en sus manos los destinos de los pueblos, revélanse sensibles a los
valores independientes de la materia.
Es que, Señores,
la voz de su santidad Paulo VI es la voz de Dios, y solo la voz de Dios, como
al principio de los tiempos, es la única capaz de disipar la confusión del caos.
El orden nuevo, tanto en el orden civil como en el eclesiástico, vendrá de ahí
y solo de ahí, o no vendrá de ninguna parte (monseñor Oscar Villena,
homilía en la catedral de Buenos Aires el día del Papa 1966).
Así, no solo se afirma que el
Papa es el “Vicario de Cristo” (sic) sino que se ha llegado a afirmar que era “vicediós”
y otras herejías del estilo. Afirmar que la voz del Papa es “la voz de Dios”,
que es “Cristo en la tierra” se asemeja bastante a la herejía (si no se está inmerso
en ella).
El papa Francisco repetía con
frecuencia que la Iglesia (el sensus fidelium) es infalibile in
credendo (cf. LG 12), lo cual es ciertamente distinto, ¡muy distinto!
“cuando
quieras saber lo que cree la Santa Madre Iglesia, andá al Magisterio, porque él
es encargado de enseñártelo, pero cuando quieras saber cómo cree la Iglesia,
andá al pueblo fiel” (Intervención del Santo Padre en la 18a
congregación general de la XVI asamblea general ordinaria del sínodo de los
obispos, 25 de octubre 2023).
Eclesiolatría, papolatría y
otras “latrías” más son, ciertamente, extrañas a la fe del Pueblo de Dios. Y,
por eso, creer centro de la Iglesia resulta sensato y sano, mientras que creer “en”
(como objeto de fe) la Iglesia, resulta extraño; extraño a la fe católica.
Si se dice en
la santa Iglesia católica, esto hay que entenderlo en cuanto que nuestra fe
hace referencia al Espíritu Santo, que santifica a la Iglesia, de tal forma que
el sentido es: Creo en el Espíritu Santo, que santifica a la Iglesia. Es
preferible, sin embargo, y corresponde mejor al uso, no poner la palabra en,
sino decir simplemente la santa Iglesia católica, como enseña también San León
papa (Santo Tomás de Aquino, Summa Theologiae II.II q.1 a.9 ad 5)
Imagen tomada de https://www.larazon.es/cultura/historia/20221204/4vtasykidbgkjo55mbzzhcb3j4.html
El 666, ¿es el diablo?
Eduardo de la Serna
En el libro del Apocalipsis
encontramos, en una visión, una referencia a una bestia, un animal salvaje. Pero
de esta bestia se afirma que está al servicio de un “dragón” (13,4). Por dragón
ha de entenderse, originalmente animales peligrosos, como podrían ser
serpientes, y, más adelante, lo que suelen conocerse como “monstruos marinos”,
Leviatán. De la bestia, en cambio, se dice que estuvo a la muerte, pero
sobrevivió (13,3). Pero hay, todavía, una segunda bestia (13,11-12) que está, a
su vez, al servicio de la primera. Veamos hasta aquí para ir despejando malos
entendidos. El Apocalipsis no está hablando de “cosas terribles que vendrán”
sino que intenta comunicar esperanza a los suyos frente a los momentos
difíciles que están viviendo en el presente. Esas dificultades son presentadas
en un evidente lenguaje simbólico que los destinatarios comprenden fácilmente.
“Estamos en terribles dificultades, pero Dios está de nuestra parte y saldremos
adelante”, ‘Miguel’ (que significa “¡quién como Dios!”) encabeza
nuestras fuerzas. (12,7). Esas dificultades se presentan en muchos momentos
como una batalla. Y en este conflicto, el Diablo es, simbólicamente, el “jefe
de las fuerzas enemigas”, el dragón. Pero este actúa específicamente por
intermedio de fuerzas concretas, el Imperio Romano, la bestia. De hecho, todos
recordaban que durante el gobierno de Nerón muchos cristianos habían sido
torturados y asesinados (año 64). Pero Nerón había “desaparecido”. Se decía que
había muerto, pero muchos creían que había vuelto en un nuevo Emperador
autoritario, Domiciano (años 81-96); esa era la “cabeza” herida que revivió, ¡Nerón
ha vuelto! Y este autoritarismo del Emperador era, a su vez, replicado por los
gobernadores de las diferentes regionmes del Imperio. Especialmente en la zona de Oriente, el culto al Emperador como a
un dios había sido llevado al extremo; la segunda bestia, el gobernador, está a
su servicio. Es decir, el Imperio Romano es el brazo ejecutor de las fuerzas
del diablo, y los gobernadores, a su vez, el brazo ejecutor del Emperador.
Ubicado el contexto, demos un
paso más. En esta parte del Apocalipsis (caps. 12-15) se nos presentan una
serie de “signos” (12,1; 13,1.11; 14,1.6.14; 15,1), siete, como es frecuente en
este libro. En el tercero de estos signos es que encontramos la referencia al
famoso 666. Pero se nos dice claramente que se trata de la segunda bestia que
quiere que todos adoren a la primera (13,12) y se hagan imágenes de ella (como
una gigantesca imagen de Domiciano – “señor y dios nuestro” – que había en
Éfeso), por eso se proclama, “¡quién como la bestia!” (13,4). En este culto
imperial, como decimos, muchos gobernadores de Oriente (como Éfeso, por
ejemplo) fueron particularmente celosos (y exagerados): quienes no dieran culto a
la imagen del Emperador no pueden participar de la vida de la ciudad, no pueden
“comprar ni vender” (13,17); deben tener una constancia de haber dado culto,
sean quienes fueren (13,16). E incluso, en algunos lugares, quienes no lo
hicieran fueron asesinados (ver 2,13). Y acá finaliza la visión con una
sentencia:
Aquí hay
sabiduría. El que tiene entendimiento calcule el número de la bestia, es el
número de un hombre. Y su número es 666 (13,18)
Es interesante señalar que se
trata de algo que se puede entender si se alcanza sabiduría; pero, además, se
dice claramente que se trata de una persona humana (ánthrôpos). No es el
diablo, entonces, aunque sí alguien que está a su servicio.
Cualquier judío sabía que el
número siete indica la plenitud. “Siete veces al día te alabo”, dice el Salmo
119,164; “los satisfechos se contratan por el pan, mientras los hambrientos
engordan; la mujer estéril da a luz siete hijos, mientras la madre de muchos se
marchita” (1 Samuel 2,5). Además, algo que se repite tres veces, indica
totalidad, como cuando se afirma que Dios es “santo, santo, santo” (Is 6,3), es
decir, “totalmente santo”. Si así es la aritmética, el número seis indica la
imperfección (no llega a siete), y, por tanto, el 666 es algo “totalmente
imperfecto”. La bestia – el Emperador – es totalmente imperfecto, y, por lo
tanto, pretender divinizarlo es algo ciertamente necio, torpe. El inteligente
lo sabe.
Queda todavía una posibilidad.
Como sabemos, en el mundo antiguo los números se escribían con letras (sabemos
que los romanos con I, V, X, L… indican el 1, el 5, el 10, el 50…); lo mismo ha
de decirse del griego y el hebreo. Pues bien (y recordando que en hebreo casi
no existen las vocales) la frase NRON QSR (NeRON QaiSeR, "Nerón César")
suma 666. No es improbable que el autor del Apocalipsis insista que en este
Nerón que estaba herido de muerte, pero ha revivido (13,12), en Domiciano,
debamos ver a la Bestia, que vive en Roma, la ciudad de las siete colinas, fiel
servidora del dragón. Al fin y al cabo,
esto, para
el entendimiento que tenga sabiduría: Las siete cabezas son siete colinas sobre
las cuales se sienta la mujer, y son siete reyes. Cinco de ellos han caído; uno
es y el otro aún no ha venido, y cuando venga deberá durar breve tiempo
(17,9-10).
El Imperio Romano es violento y
sanguinario, mata y oprime y los cristianos que pretenden mantenerse fieles son
maltratados y en ocasiones asesinados. Pero no han de olvidar que Dios está de
su lado, y, ¡además!, esto será por “breve tiempo” (“diez días”, 2,10). La
Nueva Jerusalén, la que no viene del mar (13,1) sino del Cielo (21,2.10), está
por llegar, y ellos vivirán y reinarán con Cristo “mil años” (20,2-7).
Imagen tomada de https://www.museodelprado.es/coleccion/obra-de-arte/neron/0ed1c59a-1026-487c-b052-2bacadc54841
Elogio del “silencio”
Eduardo de la Serna
Parece que el tema del “silencio”
se ha puesto nuevamente de moda en algunos ambientes. Y no está mal que lo
esté.
Y quiero pensar (y pensar antes
de hablar / escribir implica “guardar silencio”). Empezamos.
Todos sabemos que una gran ciudad
es “por definición” ruidosa. Así nació, en el obelisco de la ciudad de Buenos
Aires, el famoso cartel (1974), “el silencio es salud”. Cartel, en su origen,
totalmente razonable. Claro que, muy poco tiempo después (1976), tendría otro
sentido. Terrible sentido.
Esa misma dirección adquirió otro
texto, en su origen más que razonable. En la Biblia (en el libro del Qohelet)
hay un texto (que después lo popularizó el grupo Vox Dei en su obra La
Biblia): “hay un tiempo para hablar y un tiempo para callar”, lo
cual es – creo – totalmente sensato. Pero cuando los superiores religiosos le
escribieron a la Conferencia Episcopal Argentina reclamando por su silencio
frente a la situación nacional (a días del asesinato del obispo Angelelli), el presidente,
el cardenal Primatesta, les reitera (12 de agosto 1976) que hay un “tempus
loquendi” y un “tempus tacendi” … tiempo de hablar y tiempo de
callar. Él entendía que “prudencialmente” (ajustar “nuestra conducta a la
búsqueda efectiva del mayor bien del pueblo fiel”) era tiempo de callar. ¡Y
vaya si lo hizo! ¡y cuánto!
Pero para ser justos, sería
absurdo responsabilizar “al silencio”; en todo caso habría que mirar a los que
callan, ¡que es otra cosa! La maravillosa chacarera “Entre a mi pago sin golpear”
(Carabajal – Trullenque) lo dice claramente:
Cantor, para cantar, si nada dicen tus
versos.
Ay, ¿para qué vas a callar al
silencio?
Si es el
silencio un cantor lleno de duendes en la voz.
Pareciera que el tema es el qué,
el cuándo, el para qué, el quién… pero no el silencio.
En la Biblia, la carta de Santiago, repitiendo
viejos proverbios, se aconseja
“que cada uno sea veloz para
escuchar, lento para hablar” …
Y, siempre en los porverbios, se dan dos
consejos aparentemente contrastantes:
No respondas al necio según su necedad, no sea que tú también te vuelvas
como él.
Responde al necio según su necedad,
no vaya a creerse que es un sabio.
Evidentemente, y nuevamente, la
actitud es prudencial. En ocasiones es sensato responder, en ocasiones es
sensato callar.
Es verdad que todos podemos errar
nuestro juicio prudencial y, después, con el paso del tiempo, podemos ver que
hubiera sido preferible, o sensato, tomar la actitud contraria… En una mirada
histórica, obviamente, se evaluarán los elementos con los que se contaba y cuáles
fueron los criterios por los que se tomó la actitud asumida… En el caso de la
Dictadura, por ejemplo, mirando las voces, numerosas, frecuentes ¡y
atronadoras!, que reclamaban al Episcopado (no a obispos en particular, que,
ciertamente ¡los hubo!) que asumieran otra actitud, mirando las actitudes de
otros colectivos, difícilmente pueda indicarse otra actitud que la de la complicidad,
o, a lo sumo, la cobardía.
El problema, en este caso, no es “el
silencio” sino qué se silencia. Se silencia la muerte, se silencia el crimen,
la tortura, el genocidio. Se silencia la voz de Dios. ¡Demasiado serio! Isaías
habla contra los “vigías ciegos”, “perros mudos”; Ezequiel contra quienes deben
hablar, pero callan siendo centinelas; Jesús contra quienes debieran cuidar al
rebaño, pero huyen ante el peligro. Terrible cuando el “mayor bien del pueblo
fiel” fue su muerte, su desaparición, su hambre…
Y, a todo esto, debemos señalar
que “callar”, en estas ocasiones, es invisibilizar. Silenciar, invisibilizar,
desaparecer son verbos demasiado graves en nuestra historia. Y,
particularmente, cuando eso ocurre por parte de quienes deben nombrar, hacer
visibles y presentes, ¡abrazar!, porque pareciera que nada ha ocurrido… “¡por
algo será!”, “¡algo habrá hecho!”, “a mí no me pasó nada” …
El pueblo sencillo no tenía (y no
tiene) la capacidad de poner nombres, poner palabras más que en su vida
cotidiana, ¡en su silencio!... Pero quienes tienen “poder”, pueden (y en
ciertos casos, ¡deben!) poner palabras. Y esto vale para ayer, pero vale
también para hoy. Y el silencio que todavía hoy retumba en nuestro ambiente, es
ciertamente atronador, ¡valga el oxímoron! El actual silencio episcopal (aunque
hoy, como ayer, hay alguna “voz que clama en el desierto”) muestra que cambiarán
nombres, se escribirán textos o libritos, pero la profecía sigue siendo una
materia pendiente en el Episcopado. Muy “sacerdotes” parecen, bastante “reyes”
también… lo de “profetas”, ¡te lo debo!
El problema no es el silencio
sino quien calla, qué calla, y por qué calla. La palabra, que se hizo carne y
acampó entre nosotros, parece que queda para otro “tempus”.
Imagen tomada de https://www.minutouno.com/espectaculos/el-silencio-es-maravilloso-la-frase-polemica-mario-massaccesi-que-recuerda-tiempos-del-genocida-videla-n6333164