viernes, 22 de mayo de 2026

El Papa no es la Iglesia. No quiero que un papa visite nuestro país

El Papa no es la Iglesia
No quiero que un papa visite nuestro país

Eduardo de la Serna




Desde hace ya bastante tiempo, la Iglesia se ha vuelto bastante “papolátrica”, y lo que el papa hace o dice pareciera que lo hace y dice la Iglesia, o debiera. Quienes creemos que la Iglesia es una comunidad nos encontramos bastante disconformes con esta idea.

Escuchamos decir que Francisco fue el “papa de la primavera”, pero la primavera de la Iglesia estaba muy lejos de ser una realidad, por mas esfuerzos que el pontífice hiciera. Creo que todos somos testigos contemporáneos de una inmensa cantidad de obispos invernales, por ejemplo; o curas, o movimientos, o laicos. Creer que porque el Papa fuera primaveral (y, además, ¿lo fue realmente?) toda la Iglesia lo era, resulta por lo menos ingenuo, si no, además, teológicamente extraño y ajeno a la realidad.

Es evidente que, en la Iglesia, pueblo de Dios, cada obispo es responsable de la animación y acompañamiento de sus comunidades. En un país existen, además, las conferencias episcopales, que no son una lista de “mandamases” sino una comunidad, a su vez. Es decir, aquello que podría decirse, hacerse en una comunidad eclesial, es responsabilidad, compromiso de los obispos del lugar, no del papa. Y sabemos y somos testigos de enormes “baches”, o limitaciones de diócesis, o países inclusive, pero en esos caso son – sin duda – los pastores los responsables de esa tarea; no es demasiado responsable “buscarla afuera”. Es evidente que la figura de un papa es importante, pero esperar que la visita de un papa solucione dichos problemas resulta, por lo menos discutible. Debieran ser los pastores del lugar (con el conocimiento y la encarnación del caso, por otra parte, algo de lo que un papa carece, evidentemente, los responsables de ello). Esperar que el Papa visite una región para que revitalice la pastoral, representa evidentemente una expresión cierta de la mediocridad, de la inacción o de la falta de compromiso pastoral a la espera de que el “márquetin”, o el personalismo solucione lo que no sabemos, no podemos o no queremos solucionar. Esperar que el papa visite nuestro país para que anime o fortalezca nuestra pastoral me parece, por lo menos, infantil (lamentablemente, el infantilismo constituye el pan de cada día en muchísimos ambientes eclesiales).

Pero hay, además, otro elemento. Lamentablemente (y creo que el personalismo y la eclesiología preconciliar de Juan Pablo II y Benito XVI lo alentaron) la imagen del Papa como “jefe de la Iglesia” fue quedando institucionalizada. Y, estoy convencido de ello, los viajes del Papa (de los papas) reflejaron y reflejan una imagen fácil de entender para la imaginería popular del “jefe de la Iglesia” que viene a visitar a sus subordinados. Así, el obispo del lugar visitado por el pontífice, aparece a los ojos de los espectadores como una suerte de “auxiliar” del Papa, que es quien manda. El papa “viene a poner orden”, o viene a “animar” … cuando dicha responsabilidad toca a los pastores del lugar. Ciertamente diferente es la cosa cuando el papa participa de un encuentro internacional, como una visita a las Naciones Unidas u organismos internacionales, o a congresos o encuentros internacionales. Pero no es ese el caso de las visitas pastorales. Nadie espera que a una diócesis venga de visita pastoral el obispo de otra región; ¿por qué se celebraría la visita del “obispo de Roma”?

Valga esto, y mucho más que de esto se infiere para expresar que no quiero que el Papa (ni este, ni el anterior ni el próximo) visite nuestro país (ni país alguno); creo que una sana eclesiología invitaría a otros compromisos y responsabilidades pastorales. Se escucha decir: “pero a la gente le gusta”, algo absolutamente insustancial (e infantil); no es eso lo importante Ni lo sensato, sino si “a la gente le hace bien (o no)” y, como digo, creo que es absolutamente perjudicial para la eclesiología, para la pastoral y para la madurez de las comunidades. Y, si, además, hacemos memoria de otras visitas papales, donde el pontífice celebraba con dictadores y genocidas en el altar, o sin una palabra clara sobre la pobreza y sus causas, las visitas papales terminan bendiciendo el statu quo y siendo más perjudiciales que beneficiosas para la fe del pueblo de Dios y para la pastoral que las iglesias locales deben animarse a desplegar conforme al Evangelio del Reino.

 


jueves, 21 de mayo de 2026

Jacob, que es también Israel

Jacob, que es también Israel

Eduardo de la Serna


 

Sabemos que el pueblo de Israel nace de los primeros “padres”, Abraham, Isaac y Jacob. Luego, a partir de los hijos de este último, surgen las Doce tribus de Israel, nuevo nombre que recibirá Jacob como símbolo de su lucha (Gen 32,29) o de su piedad (35,10). Obviamente, al decir que se trata de la misma persona, y siendo que Israel es “todo un pueblo”, podemos decir que, bíblicamente hablando, acá, con él, comienza la historia de este pueblo.

Pero, y esto es difícil de entender en nuestras mentalidades contemporáneas, en la Biblia no tienen ningún problema – como sí tendríamos nosotros – en señalar, sin esconderlos, los pecados, en ocasiones terribles, de sus grandes personajes. Así no dudan en mostrar pecados de Abraham, de Isaac, de Moisés, de David, de Pedro… y, en este caso, de Jacob. De él se habla especialmente en los capítulos 25 a 35 del Génesis.

Como dijimos, ya desde el nacimiento vemos a Jacob como un personaje tramposo; sin embargo, también se dirá que «era una persona intachable» (25,27, como Job 1,8; 2,3). La historia destaca la necesidad de que los destinatarios de la promesa (Abraham, Isaac y Jacob) mantengan su residencia en la tierra; es del pueblo de Israel de quien aquí está hablando (como vemos, se va mezclando lo que dice del personaje Jacob y lo que dice del pueblo, Israel). Jacob mismo afirma que es «un tramposo» (27,12). De hecho, él engaña a su padre, engaña a su hermano y, más adelante, seguirá engañando. Pero, y nuevamente algo chocante, eso lo hace también su mamá Rebeca, que con un ardid consigue que su segundo hijo, Jacob, en lugar de Esaú, el primogénito, recibiera la bendición de Isaac (27,8-17). El modo de vida de ella es semejante al de su hermano Labán (29,15-30; 31,6-7, 14-15, 41-42). Finalmente, Rebeca desaparece de la historia sin dejar rastro. El relato bíblico – que integra diferentes tradiciones – señala que Jacob debe dejar la tierra, sea para conseguir esposa “adecuada” (28,1-4), o para huir de la ira de Esaú (27,42-45). Antes de la partida, Isaac le dio otra bendición, que espera ser «fértil y numeroso» (28,3), lo que remite a Gen 1,28 y 9,1: Como Adán y Noé, Jacob debe ser el comienzo de algo nuevo y grande, convirtiéndose en «una asamblea de pueblos». Jacob es destacado como el portador de la promesa.

En el camino a casa de Labán, Jacob soñó con una escalera entre la tierra y el cielo (28,12). Mientras huía de su tierra y su pueblo, Jacob se sintió lo suficientemente conmovido como para reconocer la presencia de Dios y realizar actos religiosos, pero sus votos parecen ser una negociación además de un compromiso.

Así llega a casa de Labán, pero ambos se mueven con cautela, buscando cada uno su propio beneficio. Labán engaña a Jacob y luego, Jacob engañará a Labán [sobre el matrimonio de Jacob y sus mujeres debemos referirnos en otra ocasión]. Pero, finalmente, vuelve a su tierra donde se realiza la promesa. Pero allí lo espera su hermano, al que había engañado. Previendo un ataque de Esaú, Jacob dividió su séquito (un «pueblo» [32,7]), en dos campamentos para que al menos la mitad pudiera escapar. Entonces oró pidiendo ayuda (32,10-13), pero cabe destacar la ausencia de cualquier reconocimiento de falta.

Nuevamente hay una escena misteriosa: aparece un adversario inesperado que combate con él (32,25-31). El adversario – que parece ser Dios – le cambió el nombre por «Israel», dando una etimología popular que significa «él lucha con Dios». Este apareció no solo para bendecir a Jacob, sino también para cambiar su nombre y para reiterar la doble promesa de descendencia y tierra previamente dada a Abraham e Isaac.

Así encontramos al nuevo Jacob, el que ha vuelto a la tierra, en su mejor momento: lidera una reforma religiosa (35,7) y recibe un nuevo nombre y la promesa divina (35,10-11). El estilo de vida arameo ha desaparecido; Israel —tanto persona como pueblo— abandonará a los dioses extranjeros y ocupará la tierra prometida.

Finalmente murió Isaac, y la historia que comenzó con los conflictos en el parto concluye con los hermanos Jacob y Esaú unidos para enterrar al padre que oró por su nacimiento. El «Jacob» individual y el «Israel» colectivo se superponen, incluso se fusionan; la historia de Jacob-Israel es también la historia del pueblo de Dios.


Imagen tomada de https://es.wikipedia.org/wiki/Jacob

miércoles, 20 de mayo de 2026

Cobardes

Cobardes

Eduardo de la Serna



Según el diccionario etimológico, el término “cobarde” proviene del francés antiguo (coart) y remite a la “cola”, seguramente por la huida ante la dificultad o lo que se percibe como peligro. Por supuesto que no toda huida implica cobardía, al menos en el sentido habitual. Frente a un peligro real huir es razonable, por ejemplo, para salvar la vida. En suma, señalemos que huir puede o no ser razonable mientras que la cobardía siempre y en todos los casos es negativa.

Vayamos a otro caso, el anonimato. Del mismo modo que la huida, el anonimato puede ser o no razonable. En la práctica puede ser un modo de expresar resistencia, como es el caso de un grito en medio de la multitud, un grafiti, un rumor, como expresión – al menos limitada – para cuestionar al poderoso, al opresor, al hegemón. Pero también el anonimato puede ser expresión de cobardía, de “no dar la cara”.

Pero somos testigos de algunos casos que merecen una breve reflexión:

Sabemos de tuiteros (no sé cómo llamarlos ahora que Tuitter es X) agreden, insultan, ofenden, mienten y cuando son confrontados “cara a cara” huyen. Pareciera fácil desde el anonimato, pero, en estos casos, ciertamente no se trata de un acto de resistencia frente al Poder, sino simplemente de cobardía.

También es frecuente que se escuchen insultos y vituperios varios (cuanto más soeces, pareciera, es más frecuente) de boca de los poderosos a personas que no pueden (o muy limitadamente pueden) defenderse. Se trata de un abuso de poder, ciertamente, pero sin riesgo alguno porque no hay posibilidad de confrontación. Suele pasar, en estos casos que pareciera creerse que quién más grita, más razón tiene (cosa que suele ser a la inversa). Se escucha “pontificar” a quien no es pontífice… Evidentemente, si no hay posibilidad de encuentro o de debate pareciera que se trata de una especie de “discurso único” cuando, en realidad, sabemos que hay otros. “Si la historia la escriben los que ganan, eso quiere decir que hay otra historia”. Y, señalemos, si no se presta al diálogo o al debate eso revela, no solo la debilidad evidente del discurso, sino también una forma de cobardía. Hablo yo, sentencio yo, y los demás ¡se callan!

Las redes sociales, ciertamente, suelen ser espacio casi sagrado para los cobardes, un ámbito de “asilo”. Se puede difundir cualquier “dato” (que no es tal) el cual, la pereza ambiente nunca investigará, y las mentes “conspiranoicas” y las ideologías afines replicarán “ad infinitum… ad nauseam” y tantos lo creerán hasta el punto que, en ocasiones, los transformen en “dato seguro” (“no me vas a decir / negar que…”). La “ventaja” que tienen estas es que no importa el cargo o la situación del destinatario… es más fácil creer que investigar, es más fácil repetir que dudar, es más fácil difundir que reconocer la intencionalidad. E – insisto – se vuelve particularmente habitual cuando el destinatario de la “fake news”, la mentira, la calumnia es un adversario o adversaria… Total, difundirla no me trae ninguna consecuencia adversa. El anonimato me protege.

Si la cobardía se origina en la “cola”, lo contrario es la “cara”, sin duda. Dar la cara, enfrentar cara a cara; algo a lo que los cobardes no están ni habituados ni dispuestos. Y, los perezosos, desinteresados por la verdad, por el respeto a los demás, por la convivencia, simplemente repetirán sin consecuencias con otra especie de cobardía 2.0. Es interesante que el texto griego del Evangelio, no dice que es bueno “dar la vida” (sería casi suicida) sino “poner la vida”; frente al peligro el pastor o el amigo se ponen delante para proteger o cuidar el rebaño o los amigos, “dan la cara”.

La cobardía es “parienta” del miedo, del temor. Insisto que es razonable tener miedo ante un peligro cierto, pero es enfermizo cuando el riesgo no es tal. El miedo a fantasmas, situaciones inexistentes o exacerbadas al extremo, no es sino una (nueva) expresión de debilidad. Y frente al supuesto peligro, reconociendo mi debilidad (aunque no la acepte públicamente, por cierto: “yo tengo la verdad”), lo sensato es la actitud cobarde, sea del grito y la ofensa, sea el anonimato, sea el maltrato… Se llame como se llame, se presente como se presente, se auto perciba como se autoperciba, lo cierto es que se trata de cobardes. Nada menos (y muchos saben a quienes me refiero).


Imagen tomada de https://concepto.de/cobarde/

martes, 19 de mayo de 2026

Comentario a las lecturas de Pentecostés "A"

Jesús se va sin dejarnos solos

DOMINGO DE PENTECOSTÉS


Eduardo de la Serna



Lectura de los Hechos de los apóstoles     2, 1-11

Resumen: Los apóstoles están juntos en Jerusalén, según Jesús les ha indicado, esperando “la promesa” de Dios, a fin de que, habiéndolo recibido, puedan salir a anunciar a todos el Evangelio, la predicación de Jesús. El espíritu viene sobre ellos y se manifiesta en las lenguas que deben proclamar a todo el mundo y en la palabra única que deben anunciar, “la buena noticia del reino”. Al recibir el espíritu, la Iglesia recibe el impulso desde Dios para el desempeño de su misión evangelizadora “hasta los confines de la tierra”.


Comentando el comienzo de Hechos de los Apóstoles, el domingo pasado, de la Ascensión, mostramos las expresas semejanzas que Lucas pone entre el comienzo del ministerio de Jesús y el ministerio de la Iglesia. En este caso, por cierto, la presencia del Espíritu, que impulsó a Jesús, el descenso de ese espíritu de modo físico, o corporal, una voz o ruido del cielo, se repiten… Si Lucas quiere señalar que comienza el “tiempo de la Iglesia”, va a destacar que el gran protagonista de todo esto es –precisamente- el Espíritu Santo.

Hay que recordar que los apóstoles, para Lucas, están en Jerusalén aguardando “la promesa” que Dios ha hecho con los suyos. Jerusalén, por otra parte, es la meta de las grandes peregrinaciones litúrgicas de los judíos, especialmente en las tres grandes fiestas: las tiendas (otoño), la pascua y ¡pentecostés! (estas en primavera). Es por eso que se mencionan tantos judíos oriundos de tantos lugares (partos, medos, elamitas…).todos han ido, como es habitual, a la ciudad santa. Y allí están los discípulos de Jesús esperando el espíritu.

El texto tiene dos partes que parecen aparentemente contradictorias. Al derramarse el Espíritu, los apóstoles comienzan a hablar “en otras lenguas según el espíritu les concedía expresarse”. Por otro lado, a continuación el enfoque cambia y ya no se trata de que se hablan diferentes lenguas sino que al que habla “cada uno lo escucha en su propia lengua”, lo cual es evidentemente algo opuesto. Probablemente esto señale dos elementos teológicos diferentes que el autor quiere destacar. Ambos signos (y ambos en relación a la palabra) son la consecuencia visible del don del Espíritu Santo sobre la comunidad de discípulos.

Las así llamadas “lenguas” son una consecuencia de la presencia del Espíritu Santo en Hechos (ver también 10,46; 19,6). Del mismo modo que los “signos y prodigios” (2,19.22.43; 5,12; 6,8; 7,36; 14,3; 15,12) estamos ante manifestaciones del espíritu de profecía. Evidentemente Lucas quiere hacer patente en estos hechos que se trata de una intervención divina (precisamente la mala interpretación de que se trata de que están borrachos (v.13) requiere mostrar de un modo indudable que se trata del obrar de Dios. De todos modos, por tratarse, como es evidente, de un texto programático que alude al comienzo de la misión de la Iglesia, seguramente no hemos de descuidar que a “toda lengua” debe llegar la predicación de los apóstoles. Deben ir “hasta los confines de la tierra” y allí todos deben escuchar la palabra de Dios.

Pero por otro lado, nos encontramos ante una escena extraña, el texto dice que “cada uno lo escucha hablar en su propia lengua”. Esto es raro ya que por lo general todos entendían el griego. Es decir, no hacía falta ningún milagro para ser comprendidos, sin embargo algo quiere destacar Lucas aquí. Nuevamente el tema es la lengua, pero ahora hay una lengua que todos comprenden cada uno con su propiedad. Se ha pensado que Lucas quiere mostrar los efectos contrarios de la dispersión de lenguas ocurrida en Babel. Es posible (aunque el texto de Babel originariamente diga otra cosa, así parece haberse leído en este tiempo), pero si es el caso, no parece que debamos encontrar aquí el eje principal de interpretación del relato. El Evangelio es la palabra que deben anunciar, y debe ser comprensible para todos. Lo que todos entienden son “las maravillas de Dios”. Este término, “maravillas” (megaleia) es la única vez que se encuentra en el NT. En Dt 11,2 se refiere a la manifestación de Dios a los presentes (ver 2 Mac 3,34; 7,17), son manifestaciones que llegan “hasta el cielo” (Sal 70,19). Es un término habitual en el libro del Eclesiástico (17,8.10.13; 18,4; 36,7; 42,21; 43,15; 45,24). El término viene de “megas” (grande, que sí es frecuente). La construcción es semejante a la que María dice en el Magníficat: “ha hecho en mi favor maravillas (megála) el poderoso, Santo es su nombre” (Lc 1,49). Dios actúa en medio de la humanidad, se manifiesta, y estamos invitados a reconocer esa intervención. Tal es el caso de los milagros (en ambos sentidos) que debemos mostrar a todas las naciones en todas las lenguas. El Evangelio debe ser conocido y aceptado, la palabra debe crecer.

Pero esta tarea misionera de llegar a “toda lengua” (cf. Fil 2,11) no es algo que podamos desplegar sin la intervención de Dios. La Iglesia no puede comenzar su ministerio sin el Espíritu que la empuja, la impulsa y la llena de vida. Gente de todos los pueblos puede escuchar la palabra de Dios y –a partir de su fe- recibir el bautismo, y comenzar a su vez ellos a dejar crecer el Evangelio.



Lectura de la primera carta de san Pablo a los cristianos de Corinto     12, 3b-7. 12-13


Resumen: El espíritu es el que anima y fortalece a la comunidad. El que hace que los diferentes miembros de la ekklêsia estén al servicio los unos de los otros enriqueciendo el “cuerpo” y siendo gestores de unidad en la plena vivencia de la diversidad.


En 12,1 comienza una nueva sección de la carta a los corintios. Como los otros, empieza con la fórmula “con respecto a…” (7,1.25; 8,1; 12,1; 16,1.12) que parece ser –en cada caso- la respuesta que da Pablo a preguntas que los corintios le han formulado por carta (7,1). En este caso, la pregunta es acerca de “los (los dones o las personas) espirituales” y Pablo desarrolla el tema en tres grandes partes, concluyendo en 14,40. Los vv.1-3 constituyen la introducción a toda la unidad. El capítulo 12, por su parte tiene también tres grandes partes. En este caso, el texto litúrgico mezcla, sin un criterio literario aparente, la última parte de la introducción y la primera parte de cada una de las dos primeras unidades (vv.4-10 y vv.11-12). No es fácil entender el criterio de los cortes, aunque la centralidad en el tema del Espíritu, propio de la celebración de hoy, queda destacada. Veamos brevemente:

En la introducción, Pablo presenta un contraste entre el pasado y el presente de los destinatarios, un tiempo “sin espíritu”  y el tiempo “con espíritu”, tiempo actual “en la fe”. El contraste llega al extremo de enfrentar dos actitudes: la máxima blasfemia con la máxima confesión de fe. Decir que “Jesús es anatema”, es algo imposible de decir si ese tal tiene el espíritu, y la gran confesión de fe, “Jesús es Señor”, es algo sólo posible de decir “en espíritu”. Esto pone la fe como el criterio de pertenencia, una fe movida por el espíritu de Dios. Si uno confiesa a Jesús, ese tal tiene el espíritu de Dios.

Sin embargo esos dones espirituales son “distribuidos” (v.4), y tienen su origen en Dios, en el espíritu. A cada uno Dios le da diversos “carismas” para el provecho de la comunidad (v.7). Pablo enumera algunos de esos carismas (lo cual es omitido en el texto) y más adelante continuará mencionando otros. Es decir, no pretende presentar una lista exhaustiva de los dones, sino mencionar algunos para destacar la pluralidad y variedad, pero en el sentido de la unidad.

El texto está cortado, como dijimos, y comienza solamente la primera parte de la metáfora del cuerpo. La imagen del cuerpo y los miembros destaca la unidad y la diversidad; esto parece haber sido tomada de la filosofía estoica, donde era una metáfora común. Sin duda la unión de los cristianos en Cristo es tal que, para Pablo. genera una unidad indisoluble. 

Pero veamos brevemente el tema del espíritu en esta unidad. Para empezar, es sensato suponer que Pablo no está pensando en la “tercera persona de la Santísima Trinidad”. Sería anacrónico. El espíritu es el gran don de Dios para los últimos tiempos; se dona y envía su fuerza para que la comunidad pueda mantenerse fiel a los caminos de Dios. Este es el don que se da a la comunidad y por el cual proclama su fe ("Jesús es Señor"), es la fuerza que unifica el cuerpo y sus miembros, y que manifiesta en cada miembro diferentes “carismas” a fin de que toda la comunidad se enriquezca y crezca. Este don, recibido en el bautismo es gestor de unidad en la comunidad eclesial, del mismo modo que los miembros lo son en el cuerpo del que forman parte.




+ Evangelio según san Juan     20, 19-23

Resumen: Jesús se va, pero el espíritu es derramado para continuar en la comunidad con sus mismas características, y así poder vivir conforme al testamento que Jesús deja en su discurso final.

El segundo domingo de Pascua hemos comentado este Evangelio (aquí se encuentra sólo la primera parte, la escena “sin Tomás”, allí se incluía la segunda parte también). a lo allá dicho, añadimos aquí una nota sobre el Espíritu en Juan. Es evidente que este texto hoy es puesto en la liturgia por la referencia al envío del Espíritu.

El día de la resurrección está concluyendo. De madrugada, María Magdalena fue al sepulcro (20,1); más tarde María se encuentra con Jesús a quien confunde con el “jardinero” (20,15) y lo comunica a los “discípulos” y al atardecer de ese mismo día tiene lugar la aparición a “los discípulos”. No sabemos quiénes eran los que estaban en este relato (por lo cual los que deben ser tenidos en cuenta en el relato son “los discípulos” como conjunto), sólo sabemos quién faltaba: Tomás, que será el protagonista, junto con Jesús, de la próxima y última escena. Esta unidad tiene entonces dos partes separadas por una semana (a fin de que la nueva aparición del resucitado vuelva a ocurrir en domingo). La ausencia y presencia de Tomás marca el elemento -nuevo en la segunda- que las relaciona.

Empecemos señalando que la presencia de Jesús con las puertas cerradas (v.19.26) parece intentar aludir a que Jesús no ha vuelto a la misma vida pasada: su cuerpo es el mismo, pero es a su vez distinto, es glorificado. Como en la escena que sigue, las palabras de Jesús reconocen y otorgan el don de la paz (shalom, algo necesario en medio del “temor”; no es justo decir que la paz ya está entre ellos –a causa de la ausencia de verbo, lit. “la paz con ustedes”- ya que el temor y la alegría posterior parecen desmentirlo) que Jesús les otorga (vv.19.26) y a continuación “les muestra las manos y el costado” reforzando así la idea de que “el resucitado es el crucificado”, continuidad y diferencia. 

La alegría y la paz nuevamente otorgadas, tienen una nueva dimensión. No se trata simplemente de repetir un saludo y que los discípulos se “alegren” por verlo resucitado, la “paz” y la “alegría” son dones escatológicos, como es escatológico todo el ambiente de esta escena. La resurrección de Jesús empieza a derramar sobre los suyos, los discípulos, los dones esperados para el final de los tiempos. Precisamente el gran don, el que engendra los anteriores, es el Espíritu que ahora entrega el resucitado. Nosotros lectores ya sabemos que sobre el pequeño grupo al pie de la cruz –los creyentes representados en la madre y el discípulo amado- se ha donado el espíritu (19,30), como estaba anunciado (7,39). Pero el espíritu –ver los dichos del Paráclito (ver 14,16.26; 15,26; 16,7, siempre en el discurso de despedida)- no se derrama sobre el pequeño grupo, sino sobre todos los creyentes para ser testigos (20,22; ver 15,26-27).

Ahora bien, como se puede ver en una lectura integral de todo el Evangelio, uno de los elementos centrales de la cristología joánica es presentar a Jesús como “enviado” del Padre. El “enviado” (en hebreo “sheliah”) es una institución característica para la cual la persona tiene “la misma autoridad que tiene quien lo envía”, es decir, lo que dice, lo que decide, lo que deja de hacer es el mismo ‘enviador’ quien lo hace. Siendo Jesús “enviado del Padre” evidentemente pronuncia su misma palabra, opera sus mismas obras como todo a lo largo del Evangelio queda claro. “Enviado” en griego se dice con dos términos, pempô apostellô (de donde viene “apóstol”). Así podemos decir que en el cuerpo del evangelio de Juan sólo hay un “apóstol” que es Jesús. Sin embargo, una vez resucitado, Jesús “envía” a sus discípulos así “como el Padre me envió” (ver 13,16.20; 17,18), y –en coherencia con los textos mencionados- es un envío “al mundo”.

A continuación les da la capacidad de hacer llegar a todos el perdón de Dios (en un texto que tiene cierto contacto con Mt 16,19; 18,18).

La escena queda abruptamente interrumpida –no hay despedida ni partida- con la referencia a la ausencia de Tomás. En un diálogo entre ambas escenas los asistentes confirman que han “visto al Señor” (nuevamente se confirma que la alusión a los que creen sin ver, que dirá más adelante, no se refiere a ellos) pero Tomás manifiesta explícitamente su incredulidad yendo más allá de la visión, él quiere tocar.

Centrándonos en el tema del "Espíritu" podríamos señalar la importancia que en Juan tiene el personaje al que llama “paráclito”, o detenernos en el “envío”, que - como dijimos - tan importante es el en Cuarto Evangelio. O la relación entre el espíritu y la comunidad joánica. Intentaremos –brevemente- un camino intermedio.

Las Biblias contemporáneas tienden a no traducir la palabra griega “paráclito” que antiguamente se traducía por consolador, abogado, etc. Es que el término “paráclito” es muy amplio y abarca esos elementos y también otros más. Como se sabe, las referencias al paráclito se encuentran en el largo discurso de despedida de Juan (Jn 13-17). Como una suerte de “testamento” de Jesús, él prepara a los suyos para su partida, y reconoce como verdaderos “herederos” a aquellos que vivan como él, en este caso, “el amor, como yo los he amado”. El paráclito aparece como una suerte de personaje que Jesús enviará cuando se vaya. Por eso “conviene” que se vaya ya que si no se fuera, no recibirán el paráclito. Si miramos algunos términos que se le aplican: verdad, envío, está con los discípulos, que el mundo no puede recibir ni conoce, que enseñará, son términos que se aplican también a Jesús en Juan. En cierta manera el Paráclito es una nueva manera de presencia de Jesús glorificado en medio de los suyos. Es un enviado a una comunidad, y con una misión concreta, que esta comunidad sienta la presencia en su vida cotidiana, en el conflicto, en conocer la verdad.

Un elemento interesante que concentra “el misterio” en Juan es el momento de la muerte de Jesús. Allí, afirma Juan, Jesús “entregó su espíritu”. El grupo al pie de la cruz resume, en cierto modo, la primera Iglesia: dos personajes con fuerte carga simbólica están allí (al decir “simbólica” por supuesto que no negamos su entidad real): el discípulo amado y la madre de Jesús. Que a partir de este momento serán “madre e hijo”. Hay elementos (no tantos como los que luego desplegarán los Padres de la Iglesia a partir de Justino) para pensar en la madre como una suerte de “Eva”: hay referencia a un jardín, a una mujer-madre, a una costilla. Y hay un discípulo que es amado, que tiene profunda intimidad con Jesús en la pasión, lo acompaña en la cruz, lo reconoce resucitado y cree, sin ver, en Jesús. En cierto modo, la novedad que Jesús trae, la nueva comunidad de discípulos está allí en la cruz, y a ellos “entrega su espíritu”. En un instante Juan concentra pasión y envío del Espíritu, algo que luego desarrollará en el relato que nos toca comentar.

Mirando el término “espíritu”, en Juan no es muy frecuente, como lo es en otros (19x en Mt; 23x en Mc; 36x en Lc [+ 70x en Hch] y 24x en Jn). Luego de una alusión al Bautismo de Jesús –no mencionado en Juan- habla de un “nacimiento” según el espíritu que refiere a los discípulos a partir de nuestro bautismo, a una verdadera adoración “en espíritu”, las palabras de Jesús “son espíritu y vida”. En 7,39 señala expresamente que el Espíritu lo recibirán los seguidores a partir de la glorificación de Jesús, esto es, a partir de la Pascua. Fuera de esta mención expresa, debemos esperar al discurso de despedida para escuchar hablar del Espíritu como un don. Este don, presentado como paráclito, como se ha dicho, es un modo nuevo de presencia de Jesús entre los suyos: espíritu de verdad, enviado y maestro, que no hablará por su cuenta, tal como debe ocurrir con el enviado. Luego de estos anuncios, quedan los dos textos finales a los que hemos hecho referencia: Jesús, que en la cruz “entrega su espíritu” y que a los discípulos reunidos (¿quiénes?, no se dice) les entrega su espíritu en un soplo.

La comunidad de los discípulos de Jesús continúa, Jesús se va pero no se desentiende de nuestra suerte. El y el Padre envían un paráclito, alguien con las mismas características de Jesús para que los discípulos puedan vivir el testamento que ha dejado, vivir el amor los unos a los otros como él nos ha amado.

el video con comentario al Evangelio en
https://youtu.be/VQv_tyzEXP8
o también en
https://blogeduopp1.blogspot.com/2026/05/comentario-al-evangelio-de-pentecostes-a.html


Dibujo tomado de http://ismaelojeda.wordpress.com

viernes, 15 de mayo de 2026

Una reflexión bíblica, teológica e histórica de la adoración eucarística

Una reflexión bíblica, teológica e histórica de la adoración eucarística

Eduardo de la Serna



Ante la próxima fiesta del cuerpo y la sangre de Cristo, yo quisiera compartir una reflexión que me parece muy importante en este tiempo. 


Es evidente que la celebración de la cena de Jesús fue importante desde los orígenes. Mucho antes de los evangelios ya San Pablo, en la primera carta a los Corintios, lo destacaba. Cada evangelio, por cierto, tiene su propia riqueza y, por lo tanto, sus propios aportes sobre el tema. No es este, además, el momento de preguntar quiénes participaron en aquella última cena, pero no es nada improbable que además de los 12 hubiera también algunas mujeres compartiéndola. Es evidente que, en aquella cena, quizás pascual, Jesús interpreta su muerte inminente en clave de aquella comida que comparte, su cuerpo partido, su sangre derramada... 


Sabemos también que, en los primeros siglos, las comunidades celebraban esa comida como un encuentro de hermanos y hermanas, celebrándola el domingo. De todos modos, pareciera que esta se celebraba en dos momentos, por la mañana y finalmente por la noche, para la gente que debía ir a trabajar. 


Con el tiempo empezó a plantearse el problema de qué hacer con quienes no habían podido participar, sea por estar presos o por estar enfermos y, entonces, se planteó teológicamente que Jesús seguía presente en ese pan que ahora se llevaría a los ausentes. 


Se sabe, fácilmente con mirar un poco la historia de los primeros siglos, que los ministros ordenados, quizás también mujeres, celebraban ocasionalmente la eucaristía; algunos, incluso, muy pocas veces en el año. 


Tiempo después, especialmente cuando acabó el tiempo de las persecuciones y los martirios, el modelo empezó a trasladarse a los monjes; en este caso empezó a celebrarse diariamente la eucaristía, empezó a proponerse como modelo el varón célibe, pero, en muchos casos, también con un planteo individual (hay que recordar que monje, monos, monasterio viene de unidad y no de comunidad). 


Especialmente a partir del 1200 empezaron a añadirse elementos como la elevación de la hostia y el cáliz para su adoración, la reserva del Jueves Santo y, en 1214 el Papa Urbano IV y finalmente el Concilio de Viena (1314) establecen la fiesta del “Corpus Christi”. En el s. XIII comienza a celebrarse en el marco de una procesión y un siglo después se comenzaron las bendiciones con el Santísimo y ponerse de rodillas ante el sacramento. Mucho más tardíamente empezó a destacarse la celebración de una adoración al santísimo sacramento, particularmente a partir de los conflictos eucarísticos con las comunidades protestantes. Pio XII concederá indulgencias ante quien lo adorare y repitiera “¡Señor mío y Dios mío!” (notar lo "mío" y no "nuestro").


Aquí viene lo que yo quisiera plantear hoy. 


Creo, personalmente, que es sumamente grave, en nuestro tiempo contemporáneo, el individualismo; individualismo del cual la iglesia no está exenta ("¡Señor mío y Dios mío!"). No solamente son numerosísimas las canciones en primera persona: "me has mirado a los ojos", "el espíritu se mueve en mí", "ven a mi vida", etcétera, sino que también ese individualismo campea en todos los ambientes sociales, políticos, económicos, etcétera y, si hay algo que la iglesia no puede, por definición, es ser individualista; primero porque iglesia quiere decir comunidad, asamblea, segundo porque lo que nos identifica es el amor, que evidentemente implica terceros y, en particular, porque la eucaristía es la comida de un pueblo, es una mesa compartida. Acá es donde creo que la adoración eucarística debería repensarse muy seriamente para evitar que se transforme, y a veces incluso idolátricamente, en algo personal entre Dios y yo donde el pueblo y la mesa compartida están ausentes, ya que si la eucaristía se plantea de ese modo se ha deformado de raíz su sentido bíblico, teológico e histórico. La adoración eucarística puede ser algo sumamente importante siempre y cuando no se pierda de raíz y de todas las formas posibles la mirada comunitaria de un pueblo que es alimentado por Jesús que se nos da y nos invita a vivir como él lo hizo; caso contrario estamos a las puertas de aquel dicho del gran biblista alemán de la primera mitad del siglo pasado: “no hay ni una sola verdad de fe que no pueda ser manipulada idolátricamente” (G. von Rad).


Imagen tomada de depositphotos.com/es/photos/compartiendo-el-pan.html

jueves, 14 de mayo de 2026

Miqueas de Moréset

Miqueas de Moréset

 Eduardo de la Serna



Como ya hemos dicho en otra ocasión, el nombre Miqueas, que llevan varios personajes en la Biblia, se atribuye a dos profetas distintos. Miqueas, hijo de Yimlá (ver 1 Re 22) y otro, habitante de Moréset. Ya hemos dicho algo del primero, por lo que es oportuno decir algo de este último, cuyo nombre lleva un libro que se encuentra dentro de los llamados “Profetas menores”.

Como decimos, se nos informa la localidad, Moréset, cosa que también sabemos por Jer 26,18, pero hoy no hay seguridad acerca del lugar preciso. Sólo sabemos que no es lejano de Jerusalén. Además, como es habitual en los profetas, se nos dice en qué período ha ejercido su ministerio: “en tiempo de Jotam, Ajaz y Ezequías, reyes de Judá” (Miq 1,1), es decir, aproximadamente entre los años 727 y 701 antes de Cristo.

Pero Moréset es una región campesina rodeada de fortalezas, y esto implica abusos contra los campesinos: desde robo de tierras o frutos de cosechas o ganado, secuestro de hijos para incorporarlos al ejército, e incluso abuso excesivo con los impuestos. Contra todo esto levanta su voz el profeta. Pero, para mayor gravedad del tema, esto lo hacen personas que se llaman religiosas, con el aval de sacerdotes y profetas de la ciudad. Miqueas vive en el campo y padece la ciudad. Y su mensaje es durísimo contra los sectores de poder, tanto la corte, como el templo y los profetas (obviamente, falsos profetas). Por eso dice cosas tan duras como que:

«Escúchenme, jefes de Jacob, príncipes de Israel: ustedes que desprecian la justicia y tuercen el derecho, edifican con sangre a Sión, a Jerusalén con crímenes. Sus jueces juzgan por soborno, sus sacerdotes predican a sueldo, sus profetas practican la adivinaciónn por dinero; y encima se apoyan en el Señor diciendo: ¿No está el Señor en medio de nosotros? No nos sucederá nada malo». (Miq 3:9-11)

Es decir, una ciudad tan esplendorosa e importante como Jerusalén (¡nada menos que Jerusalén!) está “edificada” con violencia, sangre e injusticia. Y, por eso, no teme en anunciar su pronta destrucción (como la inminente destrucción de Samaría [en el año 722 a.C.] lo prepara). La causa radica en que los jefes, que deberían ocuparse del bienestar de su pueblo, en la práctica “lo devoran” como carne para el puchero (3,1-4). Es que no solamente maltratan, sino que, además les roban campos y ganados (2,1-2).

El terrible y amenazador ejército asirio avanzaba contra Israel, ya había destruido Damasco y avanzaba contra Samaría, a la cual, como dijimos, destruirá poco tiempo después. Esto motivó a que muchos samaritanos huyeran hacia Jerusalén, por lo que la ciudad debía ampliarse con barrios enteros (a esta edificación de la ciudad, con violencia y sangre es que alude el profeta). Pero también Miqueas debe enfrentar a los “profetas” que “hablan en nombre de Dios”, pero – como él lo dice – hablan por dinero, es decir, dicen a los que les pagan, aquello que ellos quieren escuchar, en este caso, loas a Jerusalén. El campesino Miqueas no dudará en afirmar todo lo contrario.

Miqueas será tenido en cuenta en el Nuevo Testamento ya que, para resaltar un futuro de esperanza, anuncia que algún día vendrá un buen rey que, como el gran David, nacerá en Belén (Miq 5,1), porque en esos tiempos Dios descartará el pecado de Israel “como lo había prometido a nuestros padres” (Miq 5,20 y repite María en el cantico profético del Magníficat, Lc 1,55). Finalmente, Jesús insiste en que lo más importante es la misericordia, la justicia y la fe (Mt 23,23) recordando Miq 6,8. Miqueas no predica la resignación, evidentemente, pero ser sumamente crítico de los poderosos no le impide que, por su confianza en Dios, sea una persona de esperanza. ¡Y la transmite!


Imagen tomada de https://en-la-biblia.com/miqueas-de-moreset-personas-en-la-biblia-2/