Comentario al Evangelio de la fiesta de todos los Santos y Santas
o también en
Eduardo
Comentario al Evangelio de la fiesta de todos los Santos y Santas
o también en
Eduardo
Una reflexión partiendo de “Venite ad me” (22 de octubre 2026)
Eduardo de la Serna
El Dicasterio para la Doctrina de
la Fe (antes “Congregación”, antes “Sagrada Congregación”, antes “Santo Oficio”
y antes “Santa Inquisición”) acaba de publicar un documento: “Venite ad me”
(Vengan a mí), presentado como “Consideraciones” y no una “Nota doctrinal (#8).
No es demasiado largo, y antes de destacar una reflexión que me suscitó, quiero
señalar algunas cosas.
“Vengan a mí”
La traducción española (no me he
detenido en otras, solo la comparé con la italiana suponiendo que es la
original) parece hecha “a las apuradas” o con traducción automática sin
revisar. Hay “palabras pegadas”, y – por ejemplo – los numerales 25 y 35 empiezan
de modo abrupto (no así en el italiano); en #56 donde el italiano dice “Vengono
qui alla mente” la traducción dice “Me vienen…” (sic; obviamente no hay un
sujeto expreso que aluda al “me”).
Es llamativa una cierta “ruptura”
con la Evangelii Nuntiandi: mientras en esta queda claro desde el principio
la centralidad del Reino de Dios (#8) en el anuncio evangelizador, aquí el término
sólo se encuentra una vez y al hablar de las parábolas de Jesús; si en E.N.
el primer paso de la evangelización es el testimonio (#6), aquí es lo “tercero”
(#95). Ciertamente puede ser diferente a aquella, o pensarse que “hoy” es
conveniente o razonable otro criterio, pero – al menos, creo – podrían señalarse
las razones de las diferencias, y – personalmente – sigo creyendo que aquello
es preferible.
Por momentos parece “sobrevolar”
una cierta obsecuencia al papa Francisco: se destaca la importancia que él dio a
la preparación de la homilía (#114) pero no se destaca que, antes que él, lo
mismo hizo el papa Benito XVI (Verbum Domini 59). Y dice que Francisco
fue el que señaló que no estamos ante una época de cambios sino ante un cambio
de época (#43) pero ya el mismo papa dijo en 2013 al episcopado brasileño que
esa idea surgió en Aparecida (D.A. 44). Y, si no recuerdo mal, quien lo dijo en
aquella asamblea fue el obispo colombiano Luis Castro.
Hay otros aspectos llamativos que
solo señalo: habla de "en estos grupos bíblicos" (#88) pero nunca
habló previamente de tales grupos. Menciona los valores "helenístico-semíticos,
en los que se formuló originalmente el texto bíblico" (#104) sin que sea
evidente cuáles serían los valores "helenísticos" en el texto bíblico
(los semíticos son evidente, por cierto). En #32 hace una defensa del bautismo
de los niños, debate habitual en ciertos países del Norte, pero innecesario en
otros, como en América Latina, por cierto. Hay algunas palabras técnicas en latín
sin traducción, lo que no favorece la lectura de “no iniciados” (cf. #138). En
#144 dice que “María llevó a Jesús a Isabel”, lo que resulta por lo menos
extraño o confuso. Y no parece feliz la construcción del # 118:
(o)tro
ejemplo lo constituye el impulso hacia una reforma católica de gran alcance,
suscitado por la profunda ruptura eclesial introducida por la Reforma
protestante, en la que destacaron figuras como santa Teresa de Ávila y san
Ignacio de Loyola. Esta renovación coincidió con la expansión misionera de la
Iglesia hacia tierras recién descubiertas y abiertas al anuncio del Evangelio,
lo que contribuyó a darle un nuevo impulso,
No feliz tanto en lo referente a
la Reforma como el planteo del supuesto “descubrimiento”.
Finalmente, pareciera que el
#116, con su referencia a la importancia de las mujeres en la Iglesia, la pastoral
y “ámbitos en los que se toman las decisiones importantes para la vida de la
comunidad” no toma partido y queda “en el aire” a la espera que “Roma hable”
…
Un elemento importante es la insistencia en el kerygma, pero… lo presenta como los fundamentos de la fe (#4), el patrimonio de la fe cristiana (#138), el primer anuncio (#75), y señala que hay características diferentes según el lugar (#83). Pero lo presenta como algo que se debe anunciar. Sin embargo, kerygma viene del verbo kêrussô que significa “anunciar”. No es sensato que se diga “anunciar el anuncio”. ¿De qué anuncio se trata específicamente? El anuncio de Jesús es la llegada inminente del Reino de Dios, por ejemplo.
En el capítulo final se presentan
una serie de “testimonios” que pretenden “ejemplificar” lo presentado en el
texto. En lo personal debo confesar que los testimonios no solo “no me movieron
ni un pelo” sino que algunos hasta pueden ser “negativos” si se “escarba” un
poco (algo diré más adelante)… Lo que sí, y lamentablemente esperado e
imaginado, no llama la atención que no haya ninguna referencia ni a testimonios
ni a aportes desde Argentina. Conociendo al episcopado, no esperaba que aporten…
De hecho, en todo el documento, la única referencia argentina es la mención
(que no se entiende demasiado “a qué viene”, salvo que sea porque “Tucho”
Fernández es argentino) a “mama Antula” (#143).
Una reflexión
teológica
Lo primero que me surge a modo de
pregunta es si se espera o no que el Papa sea teólogo...
De hecho, mirando los últimos papas,
hemos de decir que “teólogo” (realmente “teólogo”) solo Ratzinger lo ha sido.
Pio XII y Juan XXIII obtuvieron un doctorado en el Instituto San Apolinar –
luego Lateranense (donde también lo obtuvo el conocido cardenal Ottaviani);
Juan Pablo I y Juan Pablo II no “descollaron” en el ambiente teológico (sus
tesis doctorales sobre Rosmini y Juan de la Cruz sólo trascendieron a partir de
su pontificado). Quizás en la misma línea sugerida por el cardenal Samoré para
la elección de los obispos, tanto Pio XII, como Pablo VI y León XIV tenían su
doctorado en derecho canónico. Y Francisco no tenía doctorado alguno. Y vuelvo
a la pregunta, ¿se espera que el papa sea teólogo? En lo personal creo que el único
papa realmente teólogo, Benito XVI, fue un “papa fallido”, lo que me invita a
pensar que ser teólogo no es una conditio sine qua non para que lo sea.
Precisamente, para eso existe –
en la curia vaticana – el Dicasterio para la Doctrina de la Fe… Claro que…
El eminente teólogo moralista
alemán Bernhard Häring (perito en el Concilio Vaticano II, uno de los artífices
de la Gaudium et Spes, ¡nada menos!) fue convocado más de una vez a “someterse”
al tribunal de la Santa Inquisición, aunque entonces se la llamara “Sagrada
Congregación” … Así lo narran:
En una carta de fecha 5 de febrero de 1976,
enviada al prefecto del ex Santo Oficio, el cardenal Franjo Seper, en la que el
teólogo responde minuciosamente a todas las acusaciones de herejía en el campo
de la moral, que según ellos estaba difundiendo en libros y conferencias a
través del mundo, concluye: "Eminencia, ahí van mis respuestas. Espero
que sean claras. Y espero que usted pueda comprender también mis sentimientos.
Durante la II Guerra Mundial tuve que comparecer cuatro veces ante un tribunal
militar. Dos de ellas era cuestión de vida o muerte. Pero en aquel momento me
sentía honrado, porque la acusación procedía de los enemigos de Dios. Y,
además, las acusaciones eran exactas, porque yo nunca me sometí a aquel
régimen. Pero ahora, de forma tremendamente humillante, me veo acusado por la
Congregación para la Doctrina de la Fe. Las acusaciones son falsas y, por si
fuera poco, provienen de un órgano de gobierno de la Iglesia, a la que he
servido toda mi vida con todas mis energías y honradez, y espero poder seguir
haciéndolo en el futuro, mientras me quede vida". Y añade una frase
heladora: "Pero, sin embargo, aunque mi fe sigue sin vacilar,
preferiría encontrarme otra vez ante un tribunal de Hitler". (Juan
Arias, El País 16 abril 1989 “Prefiero los tribunales de Hitler”)
No hace falta mencionar la enorme cantidad de teólogos que fueron
censurados, interrogados, ¡y maltratados!, especialmente en tiempos de “san”
Juan Pablo II, particularmente por uno de sus brazos derechos, Joseph
Ratzinger.
Sin duda hay que destacar el
cambio abrupto en ese sentido provocado por Francisco, y también el cambio que
significó para el pensamiento teológico la actitud del Dicasterio de la
Doctrina de la Fe, aunque, lamentablemente, y la experiencia y la historia
invitan a ser cautos, nada impide que en tiempos futuros “todo vuelva al a
normalidad”. De hecho, no llama la atención que haya grupos tradicionalistas
(esos que pretenden erigirse como la verdadera y única iglesia; esos que proliferaron
durante los pontificados de Juan Pablo II y Benito XVI, hemos de reconocerlo) y
reclaman “más doctrina” (lo que no es la Venite ad me, ¡afirman!). “Doctrina”
se remonta etimológicamente a “doctor”; el tema está en de qué “doctorado”
hablamos... pero sobre esto volveremos.
El problema radica cuando (por
poseer una paupérrima teología) los obispos (papa incluido) se creen poseedores
del Espíritu Santo y, por lo tanto, no necesitan ni recurren a ayuda externa.
Ya lo señalaba el nuncio Pio Laghi al evaluar su paso por la Argentina refiriéndose
a los obispos argentinos:
“[…] un
defecto que se nota en las reuniones de la asamblea general y en el trabajo de
las comisiones en general es que no se hace recurso de forma sistemática a la
colaboración y asistencia de «peritos». Los obispos parecen celosos de sus
competencias; algunas veces se pierden en largas discusiones sobre argumentos
de menor relevancia y no encuentran luego el tiempo para examinar «collegialiter»
los problemas de fondo” (Informe de Nuncio Apostólico Pío Laghi al
Secretario de Estado, Agostino Casaroli, Buenos Aires, 2 de enero de 1981,
Prot. 4/81, «Relación final sobre la actividad de la Nunciatura Apostólica»).
Ciertamente, los obispos no
tuvieron más remedio que recurrir a peritos cuando fue el escándalo de la Biblia
Latinoamericana (fogoneado desde la revista Gente por “Chiche” Gelblum, como se
sabe; y que tanto dolor y persecución provocó), pero, aunque estos [y la comisión
fue presidida por Miguel Barriola, ¡nada menos!] dijeron que en la traducción
no había objeciones, no faltaron aquellos que, de todos modos, la prohibieron
en sus diócesis y alguno hasta propuso que los que la tuvieran la destruyeran…
Pero no parece que nada haya
cambiado; la Curia Romana tiene Dicasterios, pero no así la Conferencia
Episcopal Argentina – si tiene grupos de consulta, diálogo, debate y reflexión,
pues ¡no trascienden!, – y, ¡por supuesto!, mucho menos lo tiene cada obispo particular
en su diócesis. Los obispos “parecen celosos de sus competencias” …
Esto recuerda fácilmente la
actitud ante la traducción “definitiva” de la Vulgata luego del Concilio de
Trento en la que el Papa Sixto V se adjudicó conocimientos “guiado por el
Espíritu Santo” provocando cambios y falsificaciones “según su criterio” del texto
bíblico en pleno conflicto de la Reforma. Esto provoca el consejo de Roberto Bellarmino
a su sucesor Gregorio XIV de que la única solución era mentir diciendo que
Sixto V (que murió súbitamente) quiso enmendar el error cuando lo descubrió y
no llegó a hacerlo (Sixto había amenazado con la Inquisición a quien discutiera
su traducción a la que consideraba “definitiva” e “inmodificable”).
¡Doctores eran los de antes! (aunque
no hay que olvidar que Bellarmino [1542 - 1621], santo y doctor de la Iglesia, en
sus Controversias, defiende la necesidad de matar herejes y la
obligación del Estado de quemar sus libros y quitar la libertad de creer) …
Espiritualidad
En lo personal – y con los límites
del caso – creo que más que cuestión de “teología” (y doctorado) es cuestión de
“espiritualidad” (evitando toda recaída – tan habitual en nuestros días – en el
neo-platonismo, por cierto). Entiendo lo indispensable de una “mística de ojos
abiertos”, atenta, también, a otras místicas no necesariamente “de casa” (¿se pueden
ignorar, y solo a modo de ejemplo, a Etty Hillesum y Simone Weil, en nuestros
días, aunque no confiesen explícitamente la “fe católica”?). Ciertamente es
imprescindible un buen discernimiento. En tiempos de individualismo y “sentimentalismo”
(o, peor / mejor, desbordes afectivos) se debe evitar la “recepción” de algo “porque
me gusta”. Y ese es mi alerta con los testimonios finales de las Consideraciones
de Venite ad me… Lamentablemente tenemos mucha experiencia de mucha
movilización y proliferación de grupos espiritualistas, intimistas,
individualistas y nada encarnados, nada comprometidos en la transformación de
la realidad de la que se “evaden” eucarísticamente, o en el “Santo Rosario” … Parece
sensato reconocer la enorme capacidad de movilización que tienen muchos de
estos grupos que llenan plazas, estadios, o Jornadas Mundiales de la Juventud…
No está de más preguntarnos, ante
estas “espiritualidades” (con tufillo neo-platónico, insisto) si no hay una
búsqueda de seguridades, algo habitual en los ambientes tradicionalistas que
dan la firme garantía de la inmutabilidad porque “siempre se hizo así”; y
cuando hablo de “búsqueda de seguridades” me parece que entramos en el terreno
de la idolatría, ¡sencillamente! Cuando hablo de la urgencia de “espiritualidad”
en pastores (curas, obispos, papas…) me refiero a la ya obvia urgencia de tener
un oído en el pueblo y el otro oído en el Evangelio. Biblia y realidad –
realidad y Biblia.
Un ejemplo
Es evidente que los modos de
celebrar la liturgia hoy no son los mismos que en el pre-Concilio. La
solemnidad, el fasto, la distancia de ayer ha dado lugar a otra cercanía,
sencillez… Y no se puede ignorar que hay quienes añoran aquellos “bellos”
tiempos. Solemnes.
En la Venite ad me se recuerda
un interesante testimonio de Romano Guardini (#93). Ciertamente, si Guardini
hubiera participado de una celebración de la Semana Santa en nuestros barrios
del Conurbano bonaerense no habría tenido la misma sensación. Me recuerda –
también – el maravilloso testimonio de Simone Weil:
Cuando leo
el catecismo del concilio de Trento, me da la impresión de que no tengo nada en
común con la religión que en él se expone. Cuando leo el Nuevo Testamento, los
místicos, la liturgia, cuando veo celebrar la misa, siento con alguna forma de
certeza que esa fe es la mía o, más exactamente, que sería la mía sin la
distancia que entre ella y yo pone mi imperfección. (Simone Weil, Carta a
un religioso, 1942).
Y, partiendo de esto quiero
finalizar con una referencia bíblica:
Todo judío del siglo I recordaba,
celebraba, añoraba las celebraciones en el Templo de Jerusalén (destruido por
los romanos en el año 70). Incienso, vestiduras fastuosas, rituales
interminables, más incienso, sacrificios y sangre, más fasto, ritmos y cantos,
fuego, más incienso, multitudes de sacerdotes y – especialmente en el
día-de-todos-los-días, ¡el Sumo Sacerdote!, y su entrada más que solemne en el Sancta
Sanctorum… Es de imaginar que los
cristianos que provinieran del ambiente judío vieran de un modo muy
contrastante ambas celebraciones: el Yom Kippur por un lado, y la mesa
sencilla de pan y vino compartidos por el otro; las procesiones, el templo y
las postraciones por un lado, y recostados a la mesa común por el otro; las
jerarquías (¡y el género!) bien señaladas, celebradas y canonizadas por un
lado, y el discipulado de iguales por el otro… Y no es de extrañar que muchos
añoraran las solemnidades, el “antes era mejor”, lo solemne es más “religioso”,
aquello es “como Dios quiere” … y en ese contexto, un autor escribe (o, más
bien, predica, y luego se trascribe) la carta a los Hebreos. El autor “espiritualiza”
(algo que debe entenderse claramente, para no hacerle decir a Hebreos lo que no
dice) y presenta un nuevo Templo, un nuevo Sacerdocio, un nuevo Sacrificio, un
nuevo culto… Nuevo y de una vez para siempre… Ciertamente, es posible que no
haya conformado a muchos. ¡Nostálgicos siempre hay! Pero buscó dar una
respuesta a una nueva propuesta, el cristianismo, en la que no había nada de todo
eso. No está de más, en nuestro tiempo, siempre recordando que se trata de una
lectura espiritual, alegórica, releer Hebreos para que el “Vengan a mi” no
signifique una “vuelta atrás” (nada de esto se puede concluir de las Consideraciones,
por cierto, pero “nunca falta alguien que sobra”, al decir de Miguelito, el
amigo de Mafalda).
Finalmente, creo que se trata de
profundizar, pensar, debatir, investigar, leer, estudiar… y, además, empezando
por la Biblia, es decir, ¡nada de lo que tantos están habituados a hacer en
este “cambio de época”.
Un problema con ángeles y demonios
Eduardo de la Serna
Para ser precisos, ciertamente una
cuestión es lo que la Biblia, por ejemplo, afirma sobre un tema cualquiera, y
otro muy diferente, en ocasiones, es lo que nosotros entendemos, pensamos e
imaginamos sobre ese tema. Y el problema radica cuando “proyectamos” nuestra
imaginación “hacia atrás”; es decir, entendemos que la Biblia dice lo que
previamente nosotros hemos imaginado. Se trataría de un “anacronismo” (ana,
en griego es “por encima”, cronos es tiempo; algo que está por encima
del tiempo).
Con frecuencia, por ejemplo,
atribuimos lo bueno o malo que ocurre a nuestro alrededor a demonios o ángeles
(obviamente, responsabilizando a los primeros de lo malo y a los segundos de lo
bueno que nos ocurre).
Pero empecemos por la Biblia. De ciertas
figuras espirituales que nos rodean y de alguna manera afectan nuestro entorno,
empieza a hablarse muy tardíamente en el Antiguo Testamento. Evidentemente lo
bueno y lo malo eran experimentados desde siempre, pero, por ejemplo, en
ocasiones eso era atribuido a otras divinidades a las que se consideraba
existentes. Entonces, por ejemplo, yo podía hacer una ofrenda a la divinidad “X”
y eso podía provocar los celos de la divinidad “Z” que, entonces, celosa, me
perjudicaba por no haberla beneficiado a ella… Entre el mundo celestial y el
mundo humano había una comunicación cotidiana, y lo que ocurría en uno de ellos
era, inmediatamente, replicado en la otra. Así, por ejemplo, si el ejército de
la nación “Tal” era derrotado por la nación “Cual”, eso era indicio de que, en “los
cielos”, los dioses de estos habían vencido a los dioses de aquellos. Todo era
fácilmente explicable y comprensible en el lenguaje de los mitos.
Pero, especialmente a partir del
contacto con los persas, en Israel las cosas empezaron a cambiar. Estos tenían
una religión “dualista”, gestada a partir de Zoroastro (Zaratustra) en la que
el mundo se concibe como la eterna lucha entre el bien y el mal, la vida y la
muerte, la luz y las tinieblas. Esto fue, paulatinamente recibido en Israel
después de haber sido 200 años vasallos de los persas (537 – 332 a.C.). Así
empezaron a hablar de “seres espirituales” benéficos o maléficos que eran “mensajeros”
de Dios. Así los seres humanos eran incitados por estos a obrar lo bueno o a lo malo…
En su origen, la palabra griega “ángel” significa, en griego, “mensajero” y, por supuesto
los hay de los más diversos. Jacob manda “mensajeros” preparando el encuentro
con Esaú, hay mensajeros de los filisteos, etc. En todos estos casos,
evidentemente, la Biblia griega dice “ángeles” pero se trata sencillamente de personas. La palabra griega “daimon”, en
cambio, es más ambigua, e incluso en ocasiones puede referir a la iniciativa divina,
pero, en general, se refiere a cosas negativas como pueden ser fieras, chivos o
hasta los dioses extranjeros…
Entrando en el Nuevo Testamento la
cosa es más evidente y se asemeja más a lo que nosotros conocemos: ambos son seres
espirituales y, obviamente, los ángeles son benéficos y los demonios maléficos
para la persona humana. Eso no impide que todavía haya elementos propios de los
mitos o propios de los géneros literarios más dualistas que establecen una
relación muy estrecha entre lo espiritual y lo corporal (aunque ahora, además, también
influido por el dualismo griego, ya no solamente el persa). Eso no impide que
existan todavía lenguajes que podrían confundirnos. Por ejemplo, de Juan el
Bautista se dice que es el “mensajero” que viene antes que Jesús y, por
supuesto, el griego dice “ángel” (Mt 11,10) y nadie pensaría que se trata de un
ser espiritual; y cuando critican a Pablo lo acusan de ser “propagandista de
divinidades extranjeras” y en griego dice “daimoníôn” (Hch 17,18).
Señalemos, entonces, para sintetizar, que ambos seres espirituales invitan, “provocan”, incitan al bien o al mal según el sujeto, pero no reemplazan nuestra responsabilidad. Evidentemente somos nosotros quienes obramos el bien o el mal, en todo caso, incentivados, alentados por los seres espirituales en cuestión. En ocasiones, hablar de estos seres espirituales (especialmente en el caso de los demonios), suele ser una excusa para aliviar nuestra “culpa” o nuestra responsabilidad al obrar de un modo negativo. Ángeles o demonios podrán tentar, invitar, pero jamás reemplazan nuestro obrar; pueden invitarnos a la realización de obras buenas o malas, pero jamás reemplazar o violar nuestra responsabilidad en la realización u omisión de lo bueno o lo malo.
Vayamos a lo fundamental: ¡Dios!
Dios no puede violar nuestra libertad, nuestra responsabilidad. Dios invita, “sopla”,
seduce, pero somos los seres humanos los que responderemos positivamente a esa
invitación de Dios o no. Y, seamos sensatos, resultaría muy extraño que Dios “no
pueda entrar en nuestra libertad” pero que los demonios sí lo lograran y "saltaran" esa libertad haciéndonos hacer lo que en realidad no queríamos… Esos demonios
más fuertes que Dios no solamente son ajenos a la Biblia, sino que, además, no parecen
demasiado coherentes con lo que Jesús viene a traer, un Evangelio, una Buena
Noticia. Peor noticia que un demonio más fuerte que Dios ¡no se consigue! No es
ese el Dios de Jesús, ¡ciertamente!
(nota: buscando una imagen para ilustrar esta nota ¡es increible la cantidad de imágenes idiotas o perversas que se encuentran!)
El amor a Dios es inseparable del amor a los hermanos
“Guarden la ley de Dios, hijos míos, y consigan la sencillez; caminen sin malicia, no indagando indiscretamente en los mandamientos de Dios ni en las acciones del prójimo. Amen, por el contrario, al Señor y al prójimo y tengan compasión del pobre y del débil” (Testamento de Isacar 5,1-2).
“Amé al Señor con todas mis fuerzas, e igualmente a los hombres como a mis hijos”. (Test. Isacar 7,6)
“Guarden, pues, hijos míos, los mandamientos del Señor y observen su ley (…) Amen al Señor durante toda su vida, y unos a otros con un corazón verdadero” (Testamento de Dan 51-4).
“…amar a todos los hijos de la luz, cada uno según su lote en el plan de Dios, y odiar a todos los hijos de las tinieblas, cada uno según su culpa en la venganza de Dios” (Regla de la comunidad, 1QS 1,9-10)
“Y estas son las disposiciones de conducta para el Instructor en estos tiempos, sobre el amor y su odio. Odio eterno con los hombres de la fosa…” (Regla de la comunidad, 1QS 9,21-22)
Otras herejías que no son condenadas (segunda parte)
Eduardo de la Serna
Hicimos referencia a dos
actitudes que son auténticas herejías en la Iglesia contemporánea, la
eclesiolatría y la papolatría. Pretendo, ahora, brevemente, señalar otras dos
que me parece detectar, y que me permiten una nueva conclusión.
Fue sabido el intento de sectores
tradicionalistas de que la Iglesia proclamara un nuevo dogma mariano: María
Corredentora. Esto motivó un muy buen escrito del Dicasterio para la doctrina de
la fe (4 de noviembre 2025) sobre el tema, Mater Populi Fidelis luego
que “numerosas consultas y propuestas (llegaran) a la Santa Sede en las últimas
décadas”. Este documento motivó airadas respuestas, comentarios y críticas de
los sectores conservadores; por ejemplo, el Seminario de la Fraternidad
Sacerdotal San Pio X (mons. Lefebvre anunció la compra de los terrenos en 1980
y ordena a los primeros “sacerdotes” en 1985), en La Reja, provincia de Buenos
Aires, tiene ese nombre: “Nuestra Señora Corredentora”. Abanderados de las
causas tradicionales y de clara oposición al pontificado de Francisco y todo lo
que ello implicara (como la declaración vaticana, sostienen) los cardenales L. Burke
y G. Müller participaron en el instituto Augustinianum (Roma) los
pasados 7 y 8 de octubre de un congreso que asume la frase atribuida a san Bernardo:
“De Maria numquam satis” (de María nunca se dice bastante). Resulta
sumamente significativo que este congreso se haya realizado en un Instituto
Teológico (dedicado particularmente a estudiar a los Santos Padres) de la orden
de San Agustín, a la que pertenece el papa León. La mariolatría no parece ajena
a este congreso.
Y no me parece que deba dejarse
de lado también otro elemento, una deformación en la celebración eucarística
que se sumerge, creo, también en la idolatría. Cuando se pasa de “la Cena del
Señor”, la mesa, el pan partido al “Santo Sacrificio de la Misa”, a procesiones
eucarísticas y custodias magníficas, parece que entramos en un terreno
complicado. Ciertamente creemos que en la Eucaristía está presente Jesucristo,
pero no es menos cierto que cuando el individualismo (Jesús y yo, “adorote
devote”), es algo ajeno y lejano, algo para adorar y no para “masticar”, para
admirar y no para comer, algo donde hay un “yo” y no un “nosotros” (salvo que
hay una multitud de “yoes”) no se parece a lo que Jesús hizo y celebró. No hay
un “pan partido”, no hay una mesa, hay una “hostia” encerrada, protegida
(custodiada), lejana… Esto no es diferente con casos que hemos conocido de “curas
sanadores” (sic) que “pasean con el Santísimo Sacramento” por el templo
acercándolo a los enfermos para obtener la sanación… No es este el pan en el
que Jesús eligió permanecer en medio de sus amigos para alimentarlos. Creer que
por recibir los sacramentos (bautismo y eucaristía, en este caso) “estamos
salvados”, se parece bastante a la idolatría: “el que crea estar de pie, mire
no caer”, “no se hagan idólatras… comieron, bebieron… ¡huyan de la idolatría!”
(1 Cor 9,7.12.14).
Me inspira estas páginas una
frase del eminente biblista alemán del siglo XX Gerhard von Rad (1901-1971, que
inspiró, a su vez, la tesis doctoral de José Luis Sicre sobre la idolatría en los
profetas): “No hay una sola verdad de fe que no podamos manipular
idolátricamente”. A modo de paréntesis, Sicre, en nota, pone serios
ejemplos de papolatría (Introducción al profetismo bíblico, Estella (Navarra)
2011, 390 nota 17). Lo dice – además – claramente von Rad: “Sería, en
efecto, muy ingenuo (naiv) creer que solo el pagano es susceptible a esto, pues
también el cristiano se encuentra constantemente expuesto al peligro de caer en
la creencia en mitos y en la idolatría” [Gottes Wirken in Israel:
Vorträge zum Alten Testament, Neukirchen-Vluyn: Neukirchener Verlag,
Neukirchen-Vluyn, 1974, 160-161; conferencia dictada originalmente en 1958].
No estoy discutiendo –
evidentemente – ni a la Iglesia, ni a la Virgen María, ni a la Eucaristía, ni a
Pedro (como se ejerce el papado ya es otra cosa) sino a la manipulación que de
ellos puede hacerse y de hecho se hace.
Señalo estos elementos porque
tengo la sensación que elementos bastante “propios” de la Iglesia católica (la
Iglesia, el Papa, la Eucaristía, la Virgen) pueden – ¡y de hecho son! – “manipulados
idolátricamente”, pero pareciera que como “son nuestros” no molestan tanto. No se
ve el dedo acusador de algunos cardenales o teólogos de oficina señalando
herejes o proponiendo condenas… y, deberíamos reconocerlo, así como en
ocasiones le hacemos decir (o hacer) a Dios cosas que ni dice ni hace (y
deberíamos aprender a “dejar a Dios ser Dios”), o hacerle decir a la Biblia lo que
no dice (¡tan frecuente! ¡Tanto!), también deberíamos saber que el “numcuam
satis”, que aplican a la Virgen María, y podemos decir también de la Eucaristía,
o los elogios al papado o a la Iglesia sólo aplican si nos movemos en la dirección
correcta. Elevar a la Virgen María a la altura de Dios sería “numcuam satis”
y sería aberrante. Es importante pensar y seguir pensando el papado (urgente y
necesario), el lugar importantísimo que la Eucaristía debe ocupar en la
comunidad eclesial, el rol de discípula de María Virgen, de quien nunca se dirá
lo suficiente como discípula ejemplar, modelo para todas y todos los
cristianos, y una Iglesia servidora, samaritana y hermana de todas y todos.
Dejarlos ser lo que son y debieran ser, sería el mejor acto de amor por ellos,
y el amor “numcuam satis”.
Imagen tomada de https://www.facebook.com/anecdotashistoricas/posts/margarita-porete-o-marguerite-porrette-o-la-porette-condenada-a-la-hoguera-en-13/1177702251038417/