martes, 4 de agosto de 2026

Comentario a las lecturas del domingo 19º "A"

Sólo la confianza en Jesús nos permite sostenernos

DOMINGO DECIMONOVENO - "A"

Eduardo de la Serna



Lectura del primer libro de los Reyes     19, 9. 11-13a

Resumen: Elías, perseguido y amenazado, se dirige a las fuentes de su fe, allí donde Moisés tuvo un encuentro con Dios. Dios le sale al encuentro en el monte, pero a diferencia de lo esperado, un encuentro terrible, Elías se encuentra con Dios en el silencio.


En medio de una crisis mortal, perseguido por Jezabel que pretende matarlo, Elías huye dirigiéndose hacia el Horeb. El texto tiene tres partes bien marcadas de las que el párrafo litúrgico es la segunda:

 

Amenazado, Elias se dirige al Horeb caminando 40 días alimentado en el desierto por un ángel (19,1-8)

Llegado a la montaña de Dios se encuentra con Yahvé que lo reenvía a Israel con un doble encargo (ungir un rey y elegir un profeta sucesor) (19,9-18)

Llamada de Eliseo para acompañar a Elías (19,19-21).

 

Dios le dirige a Elías, en el monte, una pregunta que se repite: “¿qué haces aquí?” (vv.9.13) omitidas por el texto litúrgico. La respuesta del profeta también se repite idéntica: “Ardo de celo…” y es la que introduce la primera y segunda parte de esta subunidad (la primera, el encuentro de Elías con Yahvé, la segunda el reenvío a Elías a continuar su misión (y la elección de los dos sujetos mencionados). Es este encuentro entre Dios y Elías el que constituye el texto litúrgico.

 

Luego de pasar la noche en “la cueva” como Moisés (también allí Yahvé pasa ante él; cf. Ex 33,22) le llega la palabra de Yahvé (y la pregunta señalada). Elías debe salir de la cueva y permanecer de pie ante Dios. A continuación una serie de fenómenos meteorológicos se suceden: un huracán, un terremoto y fuego. Y el texto remarca que en ellos “no estaba Yahvé”.

 

El “gran viento” suele ser manifestación de Dios (cf. Ez 1,4; 3,12; Jon 1,4; cf. Nah 1,3), como también lo son el “temblor” (Jue 5,4; 2 Sam 22,8; Sal 46,4; Is 29,6…) y el “fuego” (Gen 15,17; Ex 3,2; Dt 1,33; Jue 6,21…) es decir, el texto aclara que – contra todo lo esperado – Dios no está presente donde el profeta se imagina que estará. La semejanza con Moisés recuerda otro texto que sirve de marco:

 

«Al tercer día, al rayar el alba, hubo truenos y relámpagos y una densa nube sobre el monte y un poderoso resonar de trompeta; y todo el pueblo que estaba en el campamento se echó a temblar. Entonces Moisés hizo salir al pueblo del campamento para ir al encuentro de Dios, y se detuvieron al pie del monte. Todo el monte Sinaí humeaba, porque Yahveh había descendido sobre él en el fuego. Subía el humo como de un horno, y todo el monte retemblaba con violencia. El sonar de la trompeta se hacía cada vez más fuerte; Moisés hablaba y Dios le respondía con el trueno. Yahveh bajó al monte Sinaí, a la cumbre del monte; llamó Yahveh a Moisés a la cima de la montaña y Moisés subió». (Ex 19,16-20)

 

En el texto de Elías, el viento, el temblor y el fuego son casi un anticipo, preparación para la llegada de Dios que lo hará en el sonido (= voz) del silencio (enmudecimiento; cf. Sal 107,29) suave. La triple negación precedente (“no estaba…”) deja lugar al silencio dando por sobre entendido que Yahvé sí está en él. 


Siendo que el conflicto de Elías con Jezabel tiene su centro en que la reina es cananea y – por lo tanto -  creyente en Baal, el dios del rayo y la tormenta, no es improbable que el acento en que “Yahvé no está” en ellos tenga un cierto contexto anti-baálico, aunque no parece que sea este el tema central. La novedad viene dada por el silencio, lo inesperado; del Dios que no necesariamente se manifiesta dónde se lo espera o como se lo espera. Allí Dios, sorprendentemente, se encuentra con Elías y él, como Moisés (cf. Ex 3,6), se tapa el rostro ante Dios (aunque propiamente hablando no se dice ni de Moisés, ni de Elías que “vean” a Dios sino una manifestación).



 

Lectura de la carta de san Pablo a los cristianos de Roma     9, 1-5

Resumen: Pablo manifiesta su angustia porque los israelitas no han recibido en la fe a Jesús; no han sabido – a pesar de todos los dones que Dios les ha dado – dar el paso de la carne al espíritu, de lo antiguo a lo nuevo.

 

En Romanos 9 Pablo comienza un largo párrafo sobre Israel que culminará en 11,35. Con solemnidad comienza señalando la veracidad de lo que va a decir. “No miento” se encuentra otras dos veces en los escritos paulinos, y en ambos Pablo destaca elementos de su vida que son cuestionados por los adversarios cristianos: “no miento”, afirma al destacar las dificultades que carga en su vida apostólica asemejándose a la debilidad de la cruz de Jesús (2 Cor 11,31), “no miento”, repite al destacar que no precisó instrucción de los apóstoles de Jerusalén por haber sido instruido por el mismo Dios que le reveló a su Hijo (Gal 1,20). En los tres casos pone de testigo a Dios de que dice la verdad. En este caso, la conciencia y el Espíritu Santo lo “con-atestiguan” (summartyrousês, es el testimonio conjunto que dan dos; sólo se lo vuelve a encontrar en 2,15; 8,16). 

 

En este caso, lo que Pablo va a referir de su propia vida es la tristeza y dolor que tiene a causa de “sus hermanos”, los israelitas. Pablo afirma que pediría (êujómên) ser él mismo anatema de Cristo “por” (hyper) mis “hermanos” (adelfôn) y mis “parientes” (syggenôn) según la carne (katà sarka). “Ser anatema” es ser maldecido por Dios (1 Cor 16,22; Gal 1,8.9; cf. Dt 7,26; 13,15; en algunos casos – por el contrario – se refiere a lo que se ofrece a Dios, pero para ser totalmente entregado a él, por ejemplo, por el fuego, cf. Num 21,3; Jos 6,17). Ciertamente, si la bendición divina se manifiesta en vida, su maldición implica la muerte. Pablo desearía morir, entregarse totalmente en favor (hyper) de sus “hermanos”. Se refiere a ellos “según la carne”, frase que Pablo usa con cierta frecuencia (Rom 1,3; 4,1; 8,4.5.12.13; 9,3.5; 1 Cor 1,26; 10,18; 2 Cor 1,17; 5,16; 10,2.3; 11,18; Gal 4,3.29). La “carne” (sarx) es la humanidad en su expresión de debilidad, de allí que con mucha frecuencia se contraponga a “espíritu” que es la fortaleza que viene de Dios. En cuanto contrapuesta a “espíritu” tiene una connotación escatológica, puesto que el espíritu es el gran don divino dado a los que han aceptado a su hijo. Pablo, “según la carne” es judío, como sus “hermanos”, pero ellos no han sabido recibir en la fe el espíritu, no han aceptado a Cristo  “nacido del linaje de David según la carne, constituido Hijo de Dios con poder, según el Espíritu de santidad, por la resurrección de entre los muertos, Jesucristo Señor nuestro” (1,3-4). 

 

A continuación, Pablo destacará una serie importante de elementos propios de Israel:

 

  • Hijos por adopción
  • Gloria
  • Alianzas
  • Legislación
  • Culto
  • Promesas
  • Los patriarcas

 

Cada uno de estos elementos es sumamente importante y habla por sí solo de las “riquezas” que Dios ha dado a Israel. 

 

Israel es un pueblo de hijos que Dios ha adoptado (huiothesía, cf. Ex 4,22; Os 11,1), pero siendo Cristo “constituido hijo por el espíritu” (1,4) por poseer ese mismo espíritu los cristianos - también los paganos incorporados a la comunidad sin circuncisión - son “hijos” también ellos (Rom 8,15.23; Gal 4,5). La “gloria” (doxa) – que es propia de Dios – la participa a los que obren bien, judíos y paganos (2,10). La salvación de judíos y paganos es “mi alianza”, dice Dios (11,27) aunque con Jesús comienza una “nueva alianza” (cf. 1 Cor 11,25; 2 Cor 3,6; ver Gal 4,24). Usando un término que se encuentra sólo aquí en el N.T. Pablo no utiliza “ley” (nomos) sino “nomothesías” (que hemos traducido por “legislación”) ya que en esta carta Pablo manifiesta conflicto con la “ley” (caps. 1-7) puesto que no es esta la que nos hace justos ante Dios sino la fe. El culto (latreía) solo se encuentra aquí y en 12,1 en todo Pablo; se trata del servicio litúrgico a Dios. Las promesas (epaggelía) se trata de aquello en lo que Dios ha comprometido su fidelidad con su pueblo 4,14.16.20; 9,8; 15,8…). Los “padres”, como Abraham (4,11.12.16.17.18). De este Israel Pablo dirá más adelante que “en cuanto (katà) al Evangelio, son enemigos para ustedes; pero en cuanto (katà) a la elección amados en atención a sus padres”. (11,28; cf. 15,8). Sin embargo, todo esto lo dice “según la carne” (katà sarka), y concluye la presentación de toda esta lista de riquezas de Israel con el último de los “padres”, “Cristo, según la carne”. Pero este está por encima de todo.

 

Sin embargo, en la conclusión, Pablo hace aquí una afirmación que se ha prestado a muy diversos comentarios. “Dios bendito por los siglos”. Esa frase solemne, ¿se dirige a Dios – con lo que estaría dando gracias -  o se aplica a Cristo, de quien estaría diciendo que es “Dios”? Pablo jamás ha afirmado que Cristo sea Dios. Ciertamente estamos ante el primer escritor cristiano y resulta un tanto extraña una afirmación tan clara en un tema que costará tanta “tinta teológica” en los primeros siglos. La frase “que está por encima de todo” vuelve a encontrarse en Ef 4,6 referida a Dios, el Padre. Probablemente haya que preferir una lectura teo-lógica antes que una cristo-lógica de la oración.


 


Evangelio según san Mateo     14, 22-33

Resumen: A un texto tomado de Marcos, en el que se narra las dificultades de los discípulos en su travesía en el mar y Jesús que viene a ellos caminando sobre el agua, Mateo añade la presentación de Pedro que, “mandado” por Jesús también lo hace hasta que la poca fe lo hace comenzar a hundirse. Jesús es quien lo salva y calma su temor, por lo que es reconocido como “hijo de Dios” por los suyos.

El texto del Evangelio tiene dos partes bien marcadas: la partida de los discípulos en la barca mientras Jesús se queda en oración y su regreso a la barca andando sobre las aguas (vv.22-27), y la escena de Pedro también en las aguas (vv.28-31) con la conclusión (vv.32-33).

 

Es importante – y es bueno reiterarlo – que no se trata de comentar acontecimientos históricos que pueden haber sucedido de una u otra manera, y aquí son interpretados, sino intentar comprender qué quiere decir Mateo a sus destinatarios en este relato.

 

Las diferencias con Marcos en la primera parte son mínimas, mientras que la escena de Pedro es exclusiva de Mateo.

 

Por motivos no señalados, Jesús – ocurrida la multiplicación de los panes “inmediatamente” – “obliga” a los discípulos a ir “al otro lado”. Entretanto, Jesús “despide” a la multitud y luego sube “a solas” al monte a orar. La referencia al monte y la oración seguramente hayan “atraído” la primera lectura, pero en esta unidad no es el tema destacado. Marcos refuerza la idea de que Jesús se dirige a los discípulos (entre las 3 y las 6 de la mañana) porque la barca estaba en dificultades por el viento en contra y estaba a “muchos estadios” (un estadio son 192 mts). Mateo señala simplemente que “fue hacia ellos”; el acento no está puesto en el peligro ni el viento sino en Jesús. El contexto se asemeja a una teofanía en algunos elementos (cf. Ex 19,16; Ez 1,4): Dios es quien domina las aguas (Sal 76,20; Job 8,9-11; Hab 3,15); aquí Él se les revela con el nombre divino “yo soy” (egô eimi, cf. Ex 3,14; Is 43,10; 46,49; 51,12) y los invita a “no temer”, algo habitual al encontrarse con Dios (Gen 15,1; Dn 10,12). Impotentes frente al mar los discípulos necesitan que Jesús los saque del apuro.

 

La escena de Pedro – como se dijo - es propia de Mateo. Él suele dedicarle mucha importancia a este apóstol en toda esta gran unidad (caps. 14-18) como seguiremos viendo en días sucesivos. Destaquemos a continuación algunos elementos:

 

Pedro sabe que para poder hacer lo que Jesús hace necesita ser “mandado” por él. “Mandar” es una actitud propia de un rey (14,9; 18,25; 27,58.64). Como Jesús (vv.25.26) también Pedro “anda sobre las aguas” (v.29) pero el temor, el mismo que habían tenido creyendo ver un fantasma (v.26) y el que Jesús les dice que no tengan (v.27), provoca que comience a hundirse. El acento del texto radica precisamente en el contraste entre el temor (= la duda) y la fe. El discípulo de Jesús siempre está entre ambos y Jesús viene en su ayuda. El contexto del Sal 69,2-3.15 es interesante y quizás acompañe la oración confiada de los lectores.

 

El texto, además, tiene un cierto contacto con el de la tempestad calmada (cf. 8,23-27) que es interesante señalar:

 

Mt 8,23-27

Mt 14,22-33

                                                       Subió a la barca y sus discípulos le siguieron. (v.23)

Inmediatamente obligó a los discípulos a subir a la barca y a ir por delante de él a la otra orilla, mientras él despedía a la gente. (v.22)

De pronto se levantó en el mar una tempestad tan grande que la barca quedaba tapada por las olas;                                                                  pero él estaba dormido. (v.24)

La barca se hallaba ya distante de la tierra muchos estadios, zarandeada por las olas, pues el viento era contrario. (v.24)

Acercándose ellos le despertaron diciendo:                                                                                                    «¡Señor, sálvanos, que perecemos!» (v.25)

Pero, viendo la violencia del viento, le entró miedo y, como comenzara a hundirse, gritó: «¡Señor, sálvame!» (v.30)

Les dice: «¿Por qué tienen miedohombres de poca fe?» (v.26)

Al punto Jesús, tendiendo la mano, le agarró y le dice: «Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?» (v.31)

Entonces se levantó, increpó a los vientos y al mar, y sobrevino una gran bonanza. (v.26)

Subieron a la barca y amainó el viento(v.32)

Y aquellos hombres, maravillados, decían: «¿Quién es éste, que hasta los vientos y el mar le obedecen?» (v.27)

Y los que estaban en la barca se postraron ante él diciendo: «Verdaderamente eres Hijo de Dios». (v.33)

 

La actitud de “poca fe” es tema característico de Mateo (6,30 [// Lc12,28, Q]; 8,26; 14,31; 16,8, oligopistós) y se dice de los discípulos, en contraste con la mucha fe que Jesús destaca en dos paganos: un varón (8,10) y una mujer (15,28). La poca fe no es condenada, simplemente es caracterizada, no se trata de negar las tempestades sino de confiar en el Señor en medio de ellas.

 

Una nota sobre Pedro (para más datos remito al artículo sobre Pedro en los Sinópticos que se encuentra en mi primer blog: http://blogeduopp.blogspot.com.ar/2014/06/pedro-en-los-sinopticos.html):

 

Mateo destaca muchísimo a Pedro en su Evangelio, pero este Pedro – que es vocero de los Doce en muchas oportunidades – es capaz de duda y de “poca fe”. Es precisamente la fe, la capacidad de escucha de la palabra de Dios la que le da autoridad, mientras que “se hunde” cuando esa fe le falta o se escucha más a sí mismo que a Dios.

 

La escena concluye con una confesión de fe de todos los testigos que se postran y lo reconocen “verdaderamente” como “hijo de Dios”, algo que Pedro repetirá un poco más adelante (16,16). Ya el tentador lo había (4,3.6) comentado luego que la voz del cielo lo hubo reconocido (3,17 y se repetirá en la Transfiguración, 17,5), pero Dios también llamará con ese título a los artesanos de la paz (5,9); los demonios lo reconocen (8,29), y el mismo Jesús lo afirma ante la pregunta de Caifás (26,63-64) y – como el tentador – lo repiten las burlas al crucificado (27,40.43) y la confesión de fe del centurión ante los signos escatológicos de la muerte de Jesús (27,54).


El video con comentario al Evangelio en

https://youtu.be/plQWin818MM

o también en

https://blogeduopp1.blogspot.com/2026/08/comentario-al-evangelio-del-domingo-19-a.html



Foto tomada de ammiratadaniela.wordpress.com

lunes, 3 de agosto de 2026

Tan judeo-cristiano como humano… ¡nada!

Tan judeo-cristiano como humano… ¡nada!

Eduardo de la Serna



Al asumir su presidencia, traicionando todo lo que había dicho en campaña (“salariazo”, “revolución productiva”), Carlos Menem reafirmó su “opción preferencial por los ricos” confirmando el neoliberalismo que el tándem Videla – Martínez de Hoz habían impuesto violentamente sobre la Patria. Una expresión evidente de esta traición se vio reflejada en los aplausos que le mereció su discurso inaugural (8 de julio 1989) por parte del capitán ingeniero Álvaro Alsogaray. Y dejo de lado la cobardía que manifestaban algunos Alvaros al llamar de “centro” sus agrupaciones de derecha, como también por parte de Uribe, en Colombia. Lo que más celebró Alsogaray fue la reformulación de la “justicia social” por parte del neo-presidente hasta el punto de calificarlo de “milagro”.

Siendo que el actual presidente también tiene “problemas” con el concepto de “justicia social” a la que califica como robo, o como “desigualdad ante la ley”, y siendo, además, que según sus propias palabras lo que lo inspira es el mundo judeo cristiano, me permito una serie de breves reflexiones…

1.- Como es obvio, el concepto “justicia social” es moderno, y pretender encontrarlo en textos antiguos sería algo anacrónico, aunque estos puedan ilustrar el presente. La palabra “social”, por ejemplo, no se encuentra en las traducciones castellanas de la Biblia. En alguna, por ejemplo, la Reina Valera 1995, traduce una vez “sociedad” el término hebreo īda (Proverbios 5,14) que suele traducirse por comunidad o asamblea, y en griego habitualmente por synagōgē. Pero esto ya nos permite sacar una primera conclusión: por encima de todo, Israel se percibe a sí mismo como pueblo, asamblea, comunidad, sinagoga. Y esto implica una exigencia primera: los miembros de Israel se perciben a sí mismos como hermanos. Hasta tal punto que, a diferencia del ambiente (por ejemplo, el código de Hammurabi) no hay normas para los huérfanos y las viudas, no por desentenderse individualistamente de ellos, sino precisamente por ser “familia”; “Padre de los huérfanos y tutor de las viudas es Dios en su santa morada” (Salmo 68,6). Y es interesante, además (por razones históricas) que al clásico par “huérfano – viuda” (37 veces en la Biblia) con frecuencia se añade el migrante / forastero (hebr. gar) “que vive junto a ti” (“porque tales fueron ustedes en Egipto”, Éxodo 22,20; 23,9; Levítico 19,34; Deuteronomio 10,19).

2.- «De hecho, en el Antiguo Testamento el fundamento de la fraternidad no es como en Platón una madre mitológica que constituye la tierra de la patria sino la voluntad de elección de Dios que ha creado el mundo entero, lo que le da el sentido de conseguir fraternidad. El dios de Israel no es un vulgar Dios nacional o una divinidad local sino el “dios de los dioses” (Salmo 82); que Israel sea su primogénito (Éxodo 4,22) no impide que los pueblos vecinos sean análogamente sus hijos (Deuteronomio 32,6-9). […] Hace falta añadir otra cosa. No es únicamente la unidad de Dios la que Israel conoce sino también la unidad de la humanidad. Sabe que todos los hombres descienden del único Adán, que fue creado a imagen de Dios (Génesis 1,26-27; 5,1-2). La unidad de la humanidad también se expresa en la figura de Noé. […] Pero Israel no es sino uno de los dos hermanos. Corresponderá al Nuevo Testamento desarrollar que el amor paterno de Dios, a pesar de apariencias exteriores, jamás olvida al otro hermano. […] Es importante en este contexto señalar que ... el título cristiano de hermano proviene de la lengua religiosa de Israel y no de la de los cultos de misterio; desde el punto de la vista de la realidad significa que esto aporta un lenguaje particular, una luz particular sobre la conciencia que la joven iglesia tenía de sí misma. Ella no se concibe como una sociedad de tipo mistérica, como un colegio o una asociación de derecho privado sino como el nuevo pueblo de Dios en analogía con el pueblo de Israel e incluso con la humanidad». (J. Ratzinger, “fraternité” en Dictionnaire de Spiritualité, ascétique et mystique, doctrine et histoire; fasc. 37-38) Paris: Beauchesce 1964, cols. 1141-1167 (1143-1148).

La “fraternidad” (y, añado, la sororidad) constituye el ser de Israel y de la comunidad cristiana.

3.- Una de las críticas desde el liberalismo al concepto de “justicia social” – obviamente desde una perspectiva individualista – radica en la supuesta “desigualdad” ante la ley. Pero, por ejemplo, en Israel está terminantemente prohibido tener a otro judío como esclavo (cosa que sí está permitido con los pueblos vecinos), y el criterio fundamental es “es tu hermano” (Lev 25,39-46); del mismo modo, no puede prestarse a usura al “hermano” (Lev 25,35-37), pero sí a otros pueblos. Esto, desde una mentalidad como la antedicha, ciertamente puede calificarse como “desigualdad ante la ley”, pero no puede olvidarse que la fraternidad (y sororidad) es el punto de partida fundamental. Es decir – mal que les pese a los individualistas y liberales – está por encima de la propiedad privada.

4.- «A cada cual, por consiguiente, debe dársele lo suyo en la distribución de los bienes, siendo necesario que la partición de los bienes creados se revoque y se ajuste a las normas del bien común o de la justicia social, pues cualquier persona sensata ve cuán gravísimo trastorno acarrea consigo esta enorme diferencia actual entre unos pocos cargados de fabulosas riquezas y la incontable multitud de los necesitados» [Pío XI, Encíclica Quadragesimo anno (1931) 58].

5.- No podemos dejar de lado que el actual Papa, León XIV, en su reciente encíclica Magnifica Humanitas (2026), al presentar los principios de la Doctrina Social de la Iglesia los enumera:

  •          El principio del bien común (59-64)
  •          El principio del destino universal de los bienes (65-67)
  •          El principio de subsidiariedad (68-72)
  •          El principio de solidaridad (73-76)
  •          El principio de la justicia social (77-81).

Aquí es fácil refrescar que

“los bienes de la tierra —el suelo, el agua, el aire y los recursos naturales— han sido dados por Dios a toda la familia humana para sostener la vida de todos, hoy y en las futuras generaciones, y que toda persona tiene un derecho originario al uso de dichos bienes. San Juan Pablo II recordaba que «Dios ha dado la tierra a todo el género humano para que ella sustente a todos sus habitantes, sin excluir a nadie ni privilegiar a ninguno» [86]. En consecuencia, «no es conforme con el designio de Dios, usar este don de modo tal que sus beneficios favorezcan sólo a unos pocos»” (65).

“Existe un derecho a la propiedad privada que tiene su sentido y su función propia, pero siempre subordinado al destino universal de los bienes. Según san Juan Pablo II, dicha subordinación es la regla de oro del comportamiento social y el «primer principio de todo el ordenamiento ético-social» [88]. La tradición de la Iglesia ha visto en la propiedad un medio para custodiar y administrar los bienes de manera que puedan servir mejor al bien común. Dado que «la tradición cristiana nunca reconoció como absoluto o intocable el derecho a la propiedad privada» [89], su función social no debe ser considerada como una mera opinión teológica, sino como una doctrina cierta de la Iglesia, ya presente en las Sagradas Escrituras y en los Padres. Por eso, el Papa Francisco recordó que la solidaridad, vivida en profundidad, significa también «devolverle al pobre lo que le corresponde” (66).

 

Por eso afirma sin ambages en # 77:

  •          Para la comunidad cristiana, la justicia social es una forma concreta de seguimiento de Jesús y de fidelidad a su Evangelio.
  •          la justicia nace y se realiza en la fraternidad, porque el modo en el que nos acercamos a los últimos y nos relacionamos con ellos se convierte, en concreto, en la medida de nuestra relación con Dios y con los hermanos.
  •          La justicia social se reconoce, entonces, por la capacidad de un orden social, económico y político que permita a todos —y en particular a los más frágiles— vivir de manera realmente humana, sin que ninguno se quede atrás.

Además, señala que, “la justicia social exige una mirada cuyo punto de partida sean los últimos” (78); “las injusticias no nacen sólo de decisiones equivocadas de los individuos, sino también de estructuras, mecanismos, sistemas económicos y culturales que producen desigualdad casi automáticamente” (79) y que “un examen decisivo para la justicia social hoy está representado por la condición de los migrantes, de los refugiados y de cuantos son obligados a desplazarse a causa de la pobreza, la violencia, el cambio climático y los desastres naturales” (81).

6.- Hasta tal punto, en la Biblia, el criterio es el cuidado del hermano (y la hermana), especialmente el débil, el pobre, que, si en la cosecha, uno olvidara una gavilla, no debe ir por ella, le pertenece al pobre (Dt 24,19); lo mismo si cae al suelo, o lo que está en los bordes (Lev 23,22), o – para más – cada 7 años, el campo debe permanecer sin sembrar (Lev 25,4-6) y lo que pueda recolectarse “les pertenece” también a huérfanos, viudas, migrantes y pobres…

En ese mismo sentido, al cruzar los campos, cualquier persona estaba autorizada a comer lo que encontrara, aunque no estaba permitido llevarse nada (Dt 23,25-26). La tierra, que es de Dios, no puede venderse (algo que, obviamente, no estaba vigente cuando Israel estaba sometido a otras potencias), e, incluso, si esta debiera cederse en posesión a un acreedor, esta debe ser devuelta a su propietario a los 50 años (Levítico 25,10).

En suma

Los textos podrían multiplicarse, pero basten estos para señalar que por más que el gobierno libertario se autoperciba (o afirme autopercibirse) influido por los valores judeo-cristianos, nada es más lejano a todo esto que sus propuestas y gestión. Su actitud frente a los migrantes, su actitud frente a la tierra y frente a los pobres, la negación de la justicia social, el individualismo cruel y sádico, la violencia en las relaciones, la indiferencia, la mentira y el endiosamiento de la propiedad privada, en nada se asemejan ni a lo judeo ni a lo cristiano. De todos modos, ya estamos acostumbrados a sus palabras sin sustento, números sin realidad y gestos sin humanidad; a lo mejor eso “da austríaco”, pero lo judeo-cristiano “nos lo debe”.


Imagen tomada de https://es.wikipedia.org/wiki/Amistad_Judeo-Cristiana

Comentario al Evangelio del domingo 19º A

Comentario al Evangelio del domingo 19º A


o también en

https://youtu.be/plQWin818MM

Eduardo

viernes, 31 de julio de 2026

La importancia del “honor”

La importancia del “honor”

Eduardo de la Serna



En el antiguo mundo mediterráneo el honor era tenido como el valor supremo. El honor era el “valor” con que se veía socialmente a una persona o un colectivo, habitualmente relacionado con su oficio, por ejemplo. Las razones por las que se valoraba positiva o negativamente a un grupo eran fundamentales según la cultura y las costumbres. En el mundo antiguo, precisamente, era relativamente fácil perder el honor mientras no era sencillo acrecentarlo. Veamos ejemplos sencillos:

  •          Si una mujer era violada, era “deshonrada”, y la familia debía rápidamente “vengar el honor” para evitar perderlo. Si no lo hacía, todo el colectivo familiar veía perdido el honor de antaño… Y perdido para siempre.
  •          Si un esclavo era liberado (“liberto”) veía acrecentado su honor, y, nuevamente, para siempre.
  •          Algunos oficios eran deshonrosos por más honestidad con la que se los ejerciera. Un camellero, por ejemplo (o los pastores rentados) fácilmente podían defraudar a quienes los contrataban argumentando, por ejemplo, un robo o una pérdida en realidad inexistente. Como no podía controlarse dicha situación, el sólo hecho de ejercer el oficio era tenido por deshonroso.
  •          Del mismo modo, un sacerdote estaba en una escala muy elevada del honor, por más deshonestidad que tuviera. El cargo lo hacía venerable.

Por tanto, el “valor” que se daba a los colectivos venía dado por la percepción social, más allá de la situación personal. Precisamente por eso, las personas evitaban relacionarse con quienes tuvieran un honor menor al propio ya que, de ese modo, serían percibidos como “inferiores”. Insistimos en la idea del “valor” ya que, en griego, el término valor y el término honor se expresan con la misma palabra, timē. Por cierto, en el mundo antiguo, el honor intentaba mostrarse del modo más ostentoso posible para que fuera visible, ya con vestiduras, con banquetes o lujos. No es necesario destacar que el término en este sentido, por eso mismo, está casi ausente en los Evangelios: Jesús mismo dio testimonio de que al profeta no es honrado [timēn] en su propia patria” (Juan 4,44).

Quizás no sea casualidad, entonces, que en nuestra cultura el término en ocasiones se utilice directamente en latín, como cuando se dice que alguien trabaja “ad honorem”, es decir por el simple honor (valor) que provoca trabajar en dicho lugar, o que alguien recibe un doctorado “honoris causa”, es decir, que una institución académica otorga el título de doctor a alguien, no por un trabajo académico, sino por el honor (valor) que dicha persona valiosa le da a la institución por ser “condecorado”.

Ahora bien… como hemos visto, el honor se da en una relación entre pares, entre grupos que ostentan un mismo “valor” social o cultural. El “honor” que da a una persona trabajar en un establecimiento, es paga suficiente (ad honorem), el “honor” que una institución tiene al reconocer entre sus “graduados” a una determinada persona “valiosa” (honoris causa); en este caso, el valor es doble, la institución se siente honrada, y el homenajeado es reconocido en su valor. Por eso, entre paréntesis, al recibir dicha distinción, el homenajeado suele pronunciar un discurso académico a modo de “enseñanza” (doctorado).

Valga toda esta introducción para señalar el bajísimo valor con que se autopercibe la Universidad San Martín de Porres, de Lima, Perú, al otorgar un doctorado “honoris causa” a Javier Milei. Basta notar los momentos en los que fue aplaudido, por ejemplo, para destacar que tanto la academia como los académicos revelan el nivel de honor con que se “autoevalúan”. A modo de simple ejemplo, alguien que puede afirmar que el rey Salomón era un estoico no merece la más mínima consideración académica a menos que dicha aplicación deba reconocerse de una “mínima universidad”. Quizás así se autoperciben, en cuyo caso es comprensible, por cierto; pero – debemos señalarlo – no resulta demasiado honorable ser homenajeado por tan mínima universidad.

El mundo antiguo, que valoraba el honor según la “percepción”, como hemos dicho, era expresión de lo que hemos llamado “¡dime con quién andas y te diré quién eres!” Precisamente de esto se trata.


Imagen tomada de https://www.instagram.com/p/DbW2QamlnY-/

jueves, 30 de julio de 2026

Beatos mártires de La Rioja. ¡50 años de dolor, lucha y esperanza!

Beatos mártires de La Rioja. ¡50 años de dolor, lucha y esperanza!

 


La dictadura cívico-militar con bendición eclesiástica impuso por sangre y muerte un modelo económico. Y, para ello, no tuvo reparos en asesinar, torturar y desaparecer a cualquiera que se opusiera. También la Iglesia comprometida con el Evangelio y los pobres tuvo sus mártires.

 

En estos días, conmemoramos los 50 años de los asesinatos de los mártires de La Rioja, Carlos, Gabriel, Wenceslao y Enrique, un religioso, un cura, un laico y un obispo. Y, con Wence, el dolor y las lágrimas de Coca, su mujer, y sus tres hijas.

 

En tiempos de negacionismo, tiempos de retorno del mismo modelo social, cultural y económico, queremos hacer memoria. Memoria para conocer la verdad y reclamar justicia. Justicia por nuestros mártires y por los 30.000.

 

Somos hijos de una Iglesia cómplice, pero también de una Iglesia que supo tener – y quiere seguir teniendo – un oído en el pueblo y un oído en el Evangelio. Una Iglesia de los pobres, Iglesia Pueblo de Dios. Y, como hijos de esa Iglesia queremos reiterar: el neoliberalismo es pecado, el individualismo es ajeno al Evangelio, la libertad sin justicia social es ley de la selva, no ley de Dios. Sabemos que el desprecio por el otro y la otra y el odio que insulta a quien piensa diferente es soberbia disfrazada de valentía o quizás, miedo prepotente. Y esperamos que el ejemplo y el testimonio de nuestros mártires nos ayuden a todos a ser Iglesia de los pobres, a descubrir caminos de salida y de esperanza, caminos de encuentro solidario y de fiesta y vida. En ese encuentro – Tinkunaco – sabemos que volverán la dignidad y la justicia, los derechos y los sueños de felicidad para todas y todos.

Beatos mártires, ayúdennos, y a toda la Iglesia, a seguir sus caminos de lucha y de amor, de testimonio y fidelidad al Evangelio del Reino de Dios.

 

Grupo de curas en opción por las y los pobres

30 de julio 2026

El demonio o los demonios

El demonio o los demonios

Eduardo de la Serna



En el mundo griego, la palabra “demonio” no significaba lo mismo que significa hoy para nosotros; se trataba, en realidad, de una especie de fuerza externa y no material, y esta podía ser benéfica o maléfica para las personas. Por ejemplo, el historiador judío Flavio Josefo (siglo I), hablando de un personaje llamado Juan Hircano dice que “tenía tres cosas principalmente él solo, porque era príncipe de los judíos, pontífice, y además de esto profeta, con quien la divinidad hablaba de tal manera, que nunca ignoraba algo de lo que había de acontecer” (Guerra de los Judíos I:69). Y donde, en castellano dice “la divinidad”, en griego dice “demonio”; en este caso, como se ve, por “demonio” se entiende nada menos que a Dios.

En la Biblia, en cambio, la cosa tiene otros matices. En el antiguo testamento en griego (la palabra “demonio” es una palabra griega), por ejemplo, allí donde el hebreo decía que los “dioses de los otros pueblos” son “la nada misma”, en griego dice “son demonios” (Salmo 95,5); lo mismo ocurre en otras ocasiones como en Isaías 65,11 (¿dioses inferiores?). Pero en el libro de Tobías – que no se encuentra en la Biblia hebrea sino en la griega – se presenta a un demonio llamado Asmodeo como una fuerza espiritual que mata a todos los maridos de Sarra antes de la noche de bodas porque estaba enamorado de ella (Tobías 6,15), pero que finalmente será derrotado y atado por el ángel Rafael (Tob 8,3). Si llegamos al Nuevo Testamento, los demonios siempre son personajes negativos que obran el mal en las personas enfermándolas o perjudicándolas; a veces son llamados “espíritus impuros” (pero esta imagen se encuentra casi exclusivamente en los Evangelios) y su característica es que son “expulsados”.

Es interesante notar que, en la Biblia – especialmente en el Nuevo Testamento – los demonios son presentados como una especie de soldados enemigos y que, por lo tanto, tienen un jefe (lo que en griego se dice arjôn / arjê) que tiene diferentes nombres: Belcebú, Belial, “el gran Dragón, la Serpiente antigua, el llamado Diablo y Satanás, el seductor del mundo entero” (Apocalipsis 12,9), muchos nombres para el mismo “general”. Es decir, el diablo es el jefe del ejército de los demonios. Pero estos, en este mundo simbólico, se enfrentan con otro ejército espiritual, los ángeles que también tienen un jefe (arjê, un arj-ángel) que es Miguel, del que ya hemos hablado. En este lenguaje simbólico, típico de esta época, se dice que se entabló una batalla en el cielo: Miguel y sus Ángeles combatieron con el Dragón. También el Dragón y sus Ángeles combatieron, pero no prevalecieron y no hubo ya en el cielo lugar para ellos (Ap 12,7-8; ver Jud 9), “En aquel tiempo surgirá Miguel, el gran Príncipe que defiende a los hijos de tu pueblo. ... En aquel tiempo se salvará tu pueblo: todos los que se encuentren inscritos en el Libro” (Daniel 12,1).

Como puede verse, en tiempos de mucha violencia provocada por el imperio, sea griego (tiempo de Daniel) o romano (tiempo del Apocalipsis). los autores bíblicos imaginan un conflicto entre fuerzas espirituales teniendo claro que las fuerzas del mal no pueden vencer a los amigos de Dios. Dos ejércitos con sus generales (el arjé príncipe de los demonios, el diablo y el arjé, príncipe de los ángeles, Miguel) combaten. Cualquier lector de la Biblia, entonces, entendía que en la historia se mueven fuerzas benéficas y fuerzas maléficas para los seres humanos, y que los miembros del pueblo de Dios están siempre invitados a tomar partido por Dios y su causa, que es su reino. Las fuerzas del mal pueden parecer poderosas (porque los imperios lo son y el mal en ocasiones parece imponerse) pero los demonios son finalmente expulsados, aunque sean como una Legión romana (Marcos 5,9), porque Dios toma partido en la historia, y no es indiferente al mal y el sufrimiento de sus amigos. En la historia, el mal, como la muerte, no tienen la última palabra.


Imagen tomada de https://historiaeweb.com/2017/01/28/el-ejercito-hoplita/

martes, 28 de julio de 2026

Una vida de…

Una vida de…

Eduardo de la Serna



Al escribir, consciente o inconscientemente, recurrimos a un género literario. Al escribir sobre alguien, no podemos evitarlo. Veamos algunos ejemplos sencillos:

El cine presenta habitualmente determinados personajes con variada suerte, o eficacia. Hasta un documental (que es en sí mismo un género literario) revela aspectos, omite otros, interpreta unos, retoca algunos. Incluso, al presentar a alguien, habitualmente, se revela más la impresión, opinión o mirada de los o las artistas que una biografía. Pero, y acá el tema, entiendo que la clave radica en la fidelidad con el sujeto-objeto. No creo que necesariamente deba decir sus mismas palabras o realizar sus mismas acciones, sino que debe ser fiel a lo que este diría o haría. Claro que esto es interpretación, y por tanto sujeto, a su vez, de distorsiones o parcialidades.

A modo de ejemplo (es algo personal, pero creo que es ilustrativo), al leer libros sobre Teresa de Lisieux he aprendido a entender, intuir, asumir que “esta es Teresa”, o “así no es Teresa”, por ejemplo, por más fuentes que se utilicen en el texto.

Claro que al producir un material sobre una persona se corre un riesgo permanente que es la domesticación; la realización de una suerte de caricatura “a nuestra imagen y semejanza” y que no se refleje quien se pretende presentar sino a alguien acomodado a lectores o autores. Acá, me parece, el límite es difuso: hay decenas de pinturas, por ejemplo, renacentistas, de pesebres con todos los personajes con vestimenta ¡del Renacimiento!... Y acá, creo, una primera imagen: ¿era históricamente así? ¡ciertamente no! ¿Se puede presentar de ese modo una escena?, ¡ciertamente sí! En este caso se debe distinguir la lectura… Si se pretendiera presentar un “pesebre histórico” (con los interminables límites para acceder al acontecimiento) la escena presentada debe seguir criterios históricos, arqueológicos, culturales, etc… pero si se pretende “predicar un pesebre” se debe mirar el presente para que “el pesebre histórico (que es el punto de partida)” diga algo a nuestro tiempo… Y vale esto para pinturas, cine, esculturas, escritos…

Concretamente, por ejemplo, los Evangelios no pretenden “documentar al Jesús histórico”, y, por lo tanto, modifican, retocan, añaden u omiten elementos para “predicar a Jesús” a sus comunidades… en situaciones concretas, crisis y propuestas concretas… ¿El Jesús histórico dijo (o hizo) determinada cosa concreta? Difícil saberlo, y debemos investigar cuidadosa y metodológicamente los dichos o hechos antes de afirmarlo o negarlo si la pretensión es histórica… El Evangelio, en cambio, que pretende predicar una “buena noticia”, nos presenta a Jesús para que Él sea creído y amado haya o no dicho o hecho lo que se señala.

En muchas ocasiones, al presentar a algunos personajes, por ejemplo, es frecuente señalar sus “últimas palabras”. Estas pretenden destacarse como una suerte de síntesis de su vida. Y no es tan importante saber o afirmar si las pronunció realmente o no, sino si “así era” el personaje o si, por el contrario, se ha domesticado una figura para amoldarla a nosotros… Las últimas palabras de Jesús en la cruz son muy diferentes en los Evangelios, por ejemplo. Mateo, Marcos, Lucas y Juan pretenden predicar a Jesús a sus comunidades presentando una buena noticia, no un “documento”.

Con frecuencia se ha dicho que Mugica, muriendo dijo “ahora más que nunca hay que estar junto al pueblo”, algo que Jorge Vernazza, que lo condujo hacia el hospital Salaberri, donde moriría, afirmaba que jamás dijo. Me parece entender que no es tan importante si pronunció o no esas palabras sino si esa fue su actitud en la vida que le provocó la muerte martirial.

Por otra parte, el “Romero domesticado” para canonizar a un “obispo conforme a lo que Roma esperaba de él” nunca habría dicho: “Si me matan, resucitaré en el pueblo salvadoreño” (R. Morozzo della Rocca): “Este texto ocupa el centro del mito del Romero profeta populista”. Los argumentos que utiliza para rebatirlo son de suma debilidad y parecen reflejar, más bien, la sensación de que si lo hubiera dicho resultaría de suma incomodidad para su beatificación… Presentarlo cercano al Opus Dei resultaba bastante más “adecuado” …

Valgan estas reflexiones para viejas y nuevas “últimas palabras”. Reitero: si se pretendiera una biografía histórica, la atención meticulosa de las fuentes deben ser el punto de partida principal, pero si se pretende mostrar a un personaje para nuestro tiempo, la clave no radica tanto en si dijo o no tales cosas, sino si se puede o no afirmar que “así era”. Y así se nos invita a escucharlo, quererlo y seguirlo.