jueves, 5 de marzo de 2026

Una mujer con hemorragias

Una mujer con hemorragias

Eduardo de la Serna



En los tres Evangelios que se llaman “Sinópticos” por su mutua semejanza (Mateo, Marcos y Lucas) encontramos la escena de la curación de una mujer que padece hemorragias. Cada Evangelista lo cuenta a su modo porque pretende predicar a su comunidad, pero hay unos elementos comunes que merecen nuestra atención. El texto lo encontramos en Mateo 9,20-22, Marcos 5,25-34 y Lucas 8,43-48.

Se nos habla de una mujer que sufre ese mal desde hacía doce años, y no había logrado ser curada por nadie (Lc) y había gastado todos sus bienes en médicos sin solución y empobreciéndose (Mc). La mujer se ha enterado de los beneficios que se dice que obra el maestro y decide actuar: se aproxima por detrás de Jesús y tocó su manto pensando que con solo tocarlo quedaría sanada (Mc y Mt). Notemos que se señala que se trata de los flecos del manto (Mt y Lc), algo que llevaban, como memoria de la alianza y la ley, todos los judíos piadosos (Núm 15,38-39; Dt 22,12; Zac 8,23; ver Mt 23,4).

Veamos, para entender mejor el tema, que, para los judíos, tocar sangre transforma a alguien en impuro; la mujer con flujos queda impura mientras estos le duren, y también queda impuro quien la toque o a quien ella lo haga (ver Lev 15,19.25) por tanto, en este caso, la mujer lleva doce años de impureza, y al tocar a Jesús lo vuelve impuro también a él.

Para resaltar el hecho, Mc y Lc dicen que la sanación de la mujer ocurrió “al instante” pero – sorprendentemente – Jesús nota que algo ha ocurrido y pregunta quién lo tocó, cosa que extraña a sus compañeros ya que una multitud lo aprieta en el camino (cosa ya anticipada en Mc 5,24). La mirada insistente de Jesús hace que la mujer, “con temor y temblor” confiese el hecho. Es razonable que ella esté preocupada ya que ha vuelto impuro al maestro, pero no es eso lo que le importa a Jesús. Ella “anuncia delante de todo el pueblo” (Lc), y le “dijo toda la verdad” (Mc) pero lo que Jesús dice a continuación está lejos de ser un reproche, la llama “hija” y le afirma que lo que la ha salvado es su fe… Y aquí finaliza la escena ya que lo que había introducido el relato, la enfermedad de la hija de Jairo (Mc 5,22-24), se retoma llegando Jesús a casa de este (5,35-43) separándose de la multitud solo con sus amigos Pedro, Santiago y Juan. Esta escena, como se ve, queda en el medio de la del jefe de la sinagoga.

Pero hay un elemento que no podemos dejar de lado: en los llamados “milagros” de Jesús, él es quien realiza un gesto (sanador habitualmente) mostrando que Dios no quiere que sus hijos padezcan (Dios reina en la vida, la salud, la paz…) pero en este caso, es evidente que Jesús no busca ni pretende hacer nada, es la misma mujer la que le “roba” a Jesús su milagro habiendo oído hablar a la gente acerca de este maestro que pasaba por su cercanía (ver Mc 6,56; Mt 14,36), algo que, a continuación, Jesús, ciertamente aprueba. Cuando ella queda expuesta, porque Jesús la visibiliza, a pesar de su temor por lo hecho, cuenta “toda la verdad”, y lo “anuncia a todo el pueblo” puesta de rodillas ante él.

Nada más sabemos de esta mujer en los Evangelios, simplemente tenemos presente que, para Jesús, la fe, es decir la confianza plena en Dios y en su Hijo, son el punto de partida fundamental para que Dios reine. Y Dios reina en la vida plena y feliz de sus hijos e hijas. Esta mujer consiguió lo que anhelaba, pero no porque la fe pueda lograr cualquier cosa, sino porque lo que ella buscaba era, precisamente, aquello que Dios quiere para ella: que viva, que cesen sus impurezas (que incluían no poder acercarse a Dios o la sinagoga) y que pueda compartir la vida con los suyos y las suyas.


Imagen tomada de https://es.wikipedia.org/wiki/Curaci%C3%B3n_de_la_hemorro%C3%ADsa

miércoles, 4 de marzo de 2026

El terrorismo de Estado fuerza del Imperio

 

El terrorismo de Estado fuerza del Imperio

Eduardo de la Serna



Pensando la memoria de los días que se acercan y que fueron, retomé un libro que me pareció excelente. Anathea Portier-Young (Ohio 1973), que pertenece a la tradición veterocatólica, escribió un libro monumental e importante: Apocalipsis contra imperio. Teologías de resistencia en el judaísmo antiguo (publicado en castellano por ed. Verbo Divino, Nº 39 de la colección Agora, en 2016). El original es de 2011 y expresa su tesis doctoral en la Universidad Duke de 2004. La seriedad de la obra queda expresada en el prólogo de John J. Collins, probablemente uno de los estudiosos actuales que más y mejor ha trabajado la literatura apocalíptica. Allí dice:

Este libro realiza una importante contribución al estudio de Judea, bajo la dominación seléucida y al conocimiento del contexto social de la literatura apocalíptica; pero hace más que eso. El terror de estado que Portier Young describe aquí no es de ningún modo exclusivo del imperio seléucida. Se trata de un fenómeno también repetido en el presente. Igualmente, las diversas estrategias de resistencia que ella refiere se emplean todavía en el mundo moderno. Es una realidad incómoda el hecho de que muy a menudo se percibe a Estados Unidos como un imperio en la tradición del seléucida. La información que ofrece Portier Young sobre las diversas estrategias de resistencia nos puede ayudar a entender los motivos de quienes se oponen activamente a la dominación imperial, que a menudo son tildados de terroristas. Y también muestra que el recurso a la violencia no es la única estrategia de resistencia aprobada y configurada por los escritos que hemos heredado del judaísmo antiguo (pp. 10-11).

Anathea, como es razonable, divide la obra en tres grandes partes: la teorización de la resistencia (cap. 1), la situación histórica de la dominación seléucida en Judea (caps. 2-6) y las teologías apocalípticas de resistencia ante esa situación (caps. 7-10).

Lo que me parece ilustrativo, y a lo que aquí hago mención, es precisamente a la segunda parte, la histórica. Los aspectos para pensar nuestro presente (como dice Collins) creo que saltarán a la vista.

Los seléucidas (herederos de Alejandro Magno en la región de Siria hasta el Indo) capturan el actual territorio judío luego de la batalla contra los ptolomeos en la 5ta guerra siria (198 a.C.). Es a este período al que se refiere con detalles minuciosos la obra de Anathea. Este estado seléucida provocó – lo cual es el eje temático de la obra que comentamos – el surgimiento de diferentes modos de resistencia y, obviamente, la consiguiente violenta reacción imperial. Este contexto de violencia será el que – como literatura de resistencia y esperanza, hace surgir los diferentes escritos apocalípticos (a los que Anathea dedicará la tercera parte de su obra).

No hace falta señalar, solo indico, que los griegos y los judíos, en lo cultural y religioso, estaban “condenados” a no entenderse (más allá de las evidentes traiciones, ¡que las hubo!). Nuevos surgimientos en los ptolomeos condujeron a la sexta guerra siria (170-168 aC) de la que una consecuencia “colateral” fue la reacción contra los judíos que – resistencia – se habían mantenido fieles a sus tradiciones. Y acá el tema como lo plantea Anathea en el cap. 5:

Antíoco IV pretendió recrear el Imperio y, para lograrlo, en Israel, implantó un “terror de Estado” (pp. 218-220), una masacre (pp. 221-224), irrupción y asesinatos en casas (pp. 224-226), secuestros (pp. 227-230), saqueos (al Templo especialmente; pp. 231-238), la humillación de toda la ciudad (pp.239-242), el envío a la ciudad de un terrorista de Estado con mercenarios y sicarios (pp.242-256) y los consiguientes diversos modos de reacción: huida al desierto, denuncias, confianza en Dios, etc. (pp. 256-264).

En todo esto, para reflejar más nuestra actual realidad, Anathea ilustra, muchos de estos momentos, haciendo referencia a la situación argentina en los 70s, “la irrupción en las casas” (p. 225), donde en nota 21 dice:

«Sluka [Death: The Anthropology of State Terror, Philadelphia 2000] señala que “la guerra sucia (sic) en Argentina se convirtió en sinónimo de los modernos reinos del terror y estimuló la antropología del terrorismo de Estado” (“Introducción”, p. 14). Los estudios antropológicos sobre el terrorismo de Estado en Argentina, que están en la vanguardia de la investigación científica sobre este fenómeno de una manera más amplia, proporcionan también un recurso importante para la comprensión de la dinámica del terrorismo de Estado en el mundo antiguo».

Luego hace referencia a los secuestros, donde destaca:

«Los secuestros eran también actos de terror. Como los jerosolimitanos asesinados, los secuestrados y vendidos como esclavos eran víctimas del terror seléucida, pero no sus objetivos. Los objetivos eran los que quedaban atrás en Jerusalén y Judea. Cómo actos de terror, los secuestros tenían la finalidad de traumatizar a individuos ya abrumados y erosionar el tejido social de las comunidades de Jerusalén y del resto de Judea. Entre los efectos traumáticos de la desaparición no solo estaba la pérdida de seres queridos, sino la prolongación del miedo y la duda respecto a la suerte corrida por ellos. Esa incertidumbre era una fuente de esperanza, pero también de gran tensión psicológica y social. Los que habían visto acuchillados a sus seres queridos sabían que habían muerto, y podían llorarlos y quizás hasta darles debida sepultura; en cambio, el destino de los desaparecidos seguía siendo una incógnita. Quienes habían quedado en una ciudad llena de cadáveres, pero no habían encontrado a ninguno de los suyos entre los muertos abrigaban, a la vez esperanza y miedo. (…) La modalidad de la “desaparición” es más cruel todavía que el asesinato público, puesto que suscita la percepción de peligro situando a la gente en un mundo imaginario, no seguro pero probable, creado por la posibilidad de que la persona desaparecida esté aún con vida».

Y acota, en nota (p. 229 n.38):

La desaparición en masa perpetrada por Antíoco es diferente de la serie de desapariciones selectivas que se llevaron a cabo en Argentina. Sin embargo, elementos comunes, como el terror de Estado mediante secuestros, la pérdida traumática de miembros de las familias y la subsiguiente respuesta resistente, permiten la exploración de ulteriores paralelos”.

Me detuve extensamente en una obra académica excelsa, con estudios detallados sobre la situación histórica (2ª parte), frente a la cual hay diferentes actos y textos de resistencia (1ª parte) la cual es desarrollada temáticamente (teológicamente; 3ª parte).

Como es de esperar en el habitual pluralismo bíblico, las respuestas no son uniformes sino variadas y van desde la fuga a la resistencia armada, desde la militancia religiosa a la sumisión, desde la traición a la respuesta sapiencial. Todo eso lo desarrolla Anathea en la tercera parte de la obra. Y, como señala J. J. Collins, “muestra que el recurso a la violencia no es la única estrategia de resistencia”. Pero, ¡y aquí lo fundamental!, que la resistencia es indispensable. Al menos los muertos, los desaparecidos, sus familias, los exiliados, los niños apropiados merecen que sigamos resistiendo, porque los desaparecidos siguen desaparecidos (¿dónde están?), porque los que ya no son niños siguen ignorando su identidad, porque el modelo económico implantado con la sangre y el terrorismo de Estado siguen vigentes, porque las traiciones siguen taladrando los corazones y tantas amigas y amigos con los que militamos y compartimos vida y muerte, sencillamente ¡lo merecen!


Imagen libro de Anathea Portier Young (Verbo Divino 2016)

martes, 3 de marzo de 2026

Comentario a las lecturas del domingo 3º de cuaresma "A"

Jesús sale al encuentro de nuestras necesidades

DOMINGO TERCERO DE CUARESMA – “A”




Lectura del libro del Éxodo     17, 1-7

Resumen: El pueblo se enoja con Dios y con su enviado Moisés a causa de la sed, pero en realidad esta le sirve de excusa para dudar del plan de D
ios en el éxodo. Dios, de todos modos, no se desentiende de la sed de su pueblo.


En medio del desierto, el pueblo reclama a Moisés pidiendo agua. La escena es verosímil y razonable, sin embargo el autor bíblico la presenta como una “tentación”. Dios es tentado, y se “murmura” contra Moisés, su enviado.


Los dos verbos claves de la escena son “querella” (vv.2.3 [formando inclusión], rîb, discusión, irritación, pelea) y “murmuración” (v.3 [sólo se encuentra 18x y exclusivamente en Ex 15-17; Num 14-17 y Jos 9,18] lûn). La querella es contra Moisés y contra Dios, la murmuración contra Moisés. En Núm 20,2-13 se narra una escena muy semejante, aludiendo a la región y al agua de la roca, que posiblemente sea un duplicado.


La “murmuración” (lûn es traducido de diversas maneras al griego con verbos de la familia de la raíz “gogguzô”, murmurar) es –como se ha dicho en otras ocasiones, un poner en duda, criticar al enviado de Dios. En los Evangelios es frecuente que se “murmure” contra Jesús (por ejemplo: Lc 5,30; 15,2; Jn 6,41.43).


Ante la queja, Moisés recurre directamente a Yahvé que le encarga recurrir a su cayado que lo acompañaba desde la vocación (Ex 4,2), con el que se realizaron algunas plagas (7,10.17; 8,1.12; 9,23; 10,13) y con el que se partieron las “aguas del mar” permitiendo el paso del pueblo huyendo de Egipto (14,16) acompañado de algunos de los ancianos. La roca en Refidim (v.1) es en Horeb (lo que resulta extraño en esta parte ya que en general Horeb y Sinaí se identifican y recién en 19,1-2 llegan a Sinaí “partiendo de Refidim”, 19,2). 


Ante esta situación el lugar pasa a ser llamado con un nombre doble: Meribá (“querella”) y Massah (“rebelión / tentación”) (v.7).


Más allá de la tentación, Yahvé se ocupa de su pueblo y sus necesidades, en Ex 16 las codornices y el maná, en este caso, el agua. La sed sirve casi de excusa para poner en duda el sentido del éxodo: ¿por qué nos sacaste?” (v.3), “¿Dios está con nosotros?” (v.7) con lo que el plan divino es puesto en cuestión.



Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los cristianos de Roma     5, 1-2. 5-8

Resumen: Una serie de elementos pasados, presentes y futuros (justificación, paz, esperanza de la gloria) caracterizan nuestro nuevo estatus. Y esa situación, que nos da nueva identidad, manifiesta visiblemente el amor que Dios nos tiene.


La primera parte del cap. 5 de la carta a los Romanos parece la conclusión de todo lo que venía desarrollando hasta aquí y el comienzo de la siguiente unidad (5-8). Por tanto son muchos los elementos que aquí encontramos [comentando el Domingo de la Trinidad hemos presentado los primeros versículos, 5,1-5]. Veamos brevemente:


La estrecha relación entre la fe y la esperanza marcan la unidad. Y la razón radica en que se ha derramado el Espíritu Santo (cf. Rom 15,30; 1 Cor 14,1; 2 Cor 6,6; Gal 5,22; Fil 2,1 donde Pablo insiste en la relación entre Espíritu y amor). Joel 3,1-2 anunciaba que el espíritu se derramaría sobre el pueblo.


Esto ha ocurrido ya que Cristo murió “por” (hyper) los impíos. “Por” es ambigua: puede indicar en favor de, en lugar de… Si es  fórmula tomada del texto prepaulino de 1 Cor 15,3 (“por nuestros pecados”) puede tener sentido vicario, “en lugar de”, puesto que parece tomada del cuarto Canto del Siervo de Yahvé, cf. Is 53,4-5). 


El acento de la “jactancia” (vv.2.3, kaujáomai) es interesante para ver su sentido en Pablo. No se jacta en las propias capacidades, en su fuerza, su sangre, sus méritos  sino “en la esperanza”, “en las tribulaciones”, en “la gracia”. Se trata de jactarse por la obra de Dios en nosotros (“el que se jacte, que se jacte en el Señor”, 1 Cor 1,31; 2 Cor 10,17). 


El clima de esperanza marca toda la unidad con una importante nota de optimismo. Ya fuimos “justificados”, estamos en paz con Dios y esperamos la gloria (vv.1-2). Esta justificación a la que hemos accedido por la fe (v.1) lo que nos alcanza “la paz” (cf. 1,7; 2,10; 3,17; 8,6; 14,17.19), Dios es “el Dios de la paz” (15,33; 16,20; cf. 1 Cor 14,33; 2 Cor 13,11; Fil 4,9; 1 Tes 5,23). Sobre esto había escrito insistentemente en 1,17; 3,21-22; 4,25. Y contrasta notablemente con el tema de la “ira de Dios” con el que había comenzado (1,18). La mediación cristológica da sentido a todo este párrafo (en contraste con la mediación de la ley o las obras). 


La situación de “tribulación” que caracteriza la comunidad (v.3) sin duda deja una marca en ella. Para la cultura contemporánea es una marca estigmatizante que provoca “vergüenza”; sin embargo, la relación con Cristo y con Dios (justicia, gracia, paz) le da al grupo que se caracterizaba por la “impiedad” (v.6; cf. 1,18; 4,5; 11,26) y “pecado” (v.8), una nueva identidad que la caracteriza en medio de su mundo.


El amor de Dios del que hablaba en v.5 se hace manifiesto en Cristo (v.8). Su muerte se diferencia de cualquier otra “muerte por” emergiendo como manifestación de ese amor de Dios. Y esta muerte -¡tanto es su amor!- fue cuando “éramos todavía” pecadores (por tanto, ya no lo somos).



Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan     4, 5-42

Resumen: Con un constante recurso del doble sentido que le es propio, Juan va mostrando a Jesús que se revela de modo de saciar las necesidades más profundas de la persona humana. La mujer samaritana va profundizando su encuentro con Jesús hasta llegar a una confesión de fe propia de quien “conoce el don de Dios”.


El texto litúrgico del día es sumamente largo. La liturgia permite la lectura breve, como es habitual en estos casos. Veamos brevemente la escena:


·         Presentación de la situación: Jesús llega a un lugar y se sienta junto a un pozo (vv.5-6).

·         Jesús dialoga con una mujer. Los discípulos se han ido (vv.7-30).

·         Jesús dialoga con los discípulos. La mujer se ha ido (vv.31-38).

·         Conclusión: los habitantes de la región se encuentran con Jesús (vv.39-42).


La lectura breve está conformada por los vv. 4, 5-15. 19b-26. 39a. 40-42, es decir, salvando pequeñas partes, se omite el diálogo con los discípulos. La extensión hace muy difícil comentar todo en este espacio. Veremos simplemente algunos elementos que parecen fundamentales.


Los pozos son vitales en el mundo antiguo, obviamente el agua lo es en el desierto, pero también tiene que ver con otro elemento religioso, como es la pureza. la purificación (cf. Lev 11,36). De todos modos, no es este último el tema en cuestión en el relato, el tema aquí es la “sed”. 


Es frecuente que las mujeres vayan al pozo a recoger agua (Gen 24,13; Ex 2,16) cuando ya ha bajado el sol. Obviamente allí conversan y comparten información. Pero esta mujer va al pozo a la “hora sexta” (es decir a pleno mediodía). Se ha pensado que no quiere encontrar otras mujeres, y –teniendo en cuenta lo que Jesús le dice: “has tenido cinco maridos y el que ahora tienes no es tu marido”- que podría tratarse de una mujer de mala fama, o incluso una prostituta. Sea lo que fuere, tampoco este es el tema en cuestión.


En el trasfondo de la primera parte del relato (pozo, Jacob, don…) hay un interesante contacto con la literatura rabínica y el judaísmo contemporáneo. No lo señalamos aquí por falta de espacio, pero es interesante la relación entre el agua de la roca del desierto (primera lectura) y el pozo de los patriarcas que consignan varios escritos, y esto es visto como gran “don” de Dios, como lo son la Ley y la Sabiduría.


El diálogo entre ambos comienza cuando Jesús le pide que le “” “de beber”. El verbo “beber” (pínô) en Juan siempre tiene contenido simbólico: fuera de esta unidad, en 6,53-56 se trata de “beber la sangre” del hijo del hombre, en 7,37 Jesús dice que si alguno tiene sed “venga a mí y beba”, y en 18,11 Jesús se manifiesta dispuesto a “beber la copa” que le ha dado el Padre. En esta unidad se va desplegando un paulatino paso de una bebida “natural” a una bebida “cristológica”, como veremos. El campo semántico “agua” (agua, sed, beber, fuente, cántaro) conforma el relato hasta que la samaritana se retira. La mujer manifiesta originalmente una distancia entre ella y el que le pide agua, distancia socio-política-religiosa, como la que hay entre judíos y samaritanos, algo expresamente aclarado por el evangelista en uno de los muchos paréntesis que caracterizan su estilo: “porque los judíos no se tratan con los samaritanos”, v.9. El trato con una samaritana (de Samaría ¡y mujer!) es generador de impureza: “toda mujer samaritana es como si estuviera con la menstruación ya desde el día de su nacimiento” (Misna Nidda 4,1). No es bien visto que un “maestro” hable con mujeres, ni siquiera su esposa, hija o hermana en público (cf. T. Berakot 43b).


Otra característica del estilo joánico es el malentendido: en este Evangelio, el/los interlocutor/es de Jesús no comprenden su/s dicho/s lo que permite que despliegue más su argumento hacia una mayor comprensión en la que se revela a sí mismo. El malentendido en este caso está dado precisamente por el doble sentido que Juan da al campo semántico “agua”. Es evidente –los lectores lo entendemos, la mujer no- que Jesús al hablar del agua que él “da” (notar la importancia del verbo “dar” en la unidad y otras partes de Juan, es “don de Dios”, v.10) se refiere a otra cosa. Un ejemplo de este doble sentido está dado por el término “viva”. El “agua viva” se refiere al agua corriente, en movimiento y así lo comprende la mujer; Jesús, en cambio, se refiere a “agua para la vida eterna” (v.14). Obviamente, también la “sed” ha de entenderse en este doble sentido. En una unidad muy semejante a esta, Jesús afirma: “El que venga a mí, no tendrá hambre, y el que crea en mí, no tendrá nunca sed” (6,35; ver Is 49,10). “Venir a mí” y “creer en mí” son sinónimos; la “sed” de Dios es frecuente en los Salmos, por ejemplo (42,3; 63,2; 143,6). Jesús viene a saciar la sed de Dios, él es el don que Dios da para saciar esa sed.


En este diálogo con Jesús, la mujer va teniendo una serie de cambios: se va encontrando con Jesús, va “saciando su sed”. Es de notar el cambio profundo que se observa en el modo en que ella se dirige a Jesús. Así, mientras en v.9 lo ha llamado “judío”, en v.11 lo llama “señor” (sin duda no todavía en sentido cristológico, sino simplemente como respeto), en v.19 le dice “veo que eres un profeta” y cuando se dirige a sus conciudadanos les dice “¿no será el Cristo?” (v.29).


La referencia a Jesús como profeta provoca un pequeño cambio temático con el que concluye el diálogo con la mujer hasta la llegada de los discípulos. Los samaritanos, que solamente reconocían como inspirado el “Pentateuco” (= la Torah) no esperaban Mesías alguno ya que en esos libros no hay tal expectativa. Pero inspirados por Dt 18,15.18 esperaban “un profeta” semejante a Moisés (al que llamaban Taheb, un “restaurador”). Las preguntas de la mujer se orientan en esa dirección (especialmente puesto que dialoga con un “judío”): sobre el monte de Dios (el monte Sión, o el monte Garizim) y sobre el “Mesías” que “nos explicará todo” (vv.20-25). Los lectores de Juan ya sabemos que el “nuevo Templo” es el mismo cuerpo resucitado de Jesús (2,21-22) algo que ocurrirá al llegar la “hora” (4,23; cf. 13,1). 


Jesús responde a la mujer con una fórmula importante en Juan: “yo soy” (v.26). En el cuarto Evangelio es importante (6,20; 8,24.28.58; 13,19; 18,5.6.8) y alude a Yahvé Dios Salvador de su pueblo (Ex 3,14; Is 43,25; 51,12; 52,6…), Jesús continúa su automanifestación para saciar la sed de la mujer samaritana.  


La mujer se dirige entonces a su pueblo (algo doblemente interesante si se tratara de alguien que no quería encontrarse con la gente) para hablar sobre Jesús. Siendo que Jesús le ha “dicho todo” es razonable que la mujer se pregunte si “¿no será el Mesías?” (v.29). Él se le ha revelado, le ha “dado” lo que su sed requería. Juan, con frecuencia dice “como al pasar” cosas sumamente dicentes. Aquí nos cuenta que la mujer “dejando el cántaro, corrió a la ciudad” (v.28). La mujer ha saciado su sed, ya no necesita el cántaro porque “nunca más tendrá sed” (v.14).


La llegada de los discípulos –que habían ido a comprar comida (v.8)- provoca un ligero cambio de tema. El campo semántico ahora es el del alimento (comida, alimento, comer, siega, fruto) y nuevamente Juan recurre al malentendido: los discípulos lo invitan a que coma lo que han traído (v.31) pero él afirma que tiene “otro alimento” (como el agua viva, el paso es hacia otro nivel de comprensión), la pregunta si alguien le habrá traído de comer permite el paso a “mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado” (v.34). El paso a la siembra y la siega no se comprende en un primer momento, aunque al afirmar “alcen los ojos” (v.35) y saber que van hacia Jesús los habitantes de la ciudad (vv.30.39) sin duda el que ha sembrado se refiere al mismo Jesús, mientras los discípulos son aquellos que “siegan” (v.37). 


Siendo que Jesús “debía” pasar por Samaría (v.4, donde el verbo deì alude a la voluntad de Dios, vemos que el encuentro de Jesús con la samaritana y su posterior anuncio a todos los habitantes de la ciudad es algo que responde a la voluntad de Dios, ese es el “alimento” de Jesús.


La conclusión está puesta en boca de los habitantes de la ciudad: “ya no creemos por tus palabras; nosotros mismos hemos oído y conocemos que este es verdaderamente el Salvador del mundo” (v.42). La confesión de fe cristológica llega a su culmen, e incluso ya no se trata de Israel sino del “mundo” (término muy denso en el Evangelio de Juan); nosotros sabíamos que “la salvación viene de los judíos” (4,22) pero es salvación para todo “el mundo”. La clave ahora está en el verbo “creer”, de enorme importancia en Juan. “Escuchar” es el primer paso para luego “creer” (5,42), los samaritanos luego de haber escuchado, ahora “conocen” el don de Dios (4,10), ahora “conocen” lo que antes no conocían (4,22).



Foto tomada de www.quebuentema.com

domingo, 1 de marzo de 2026

Poner un límite

Poner un límite

Eduardo de la Serna



Quizás con buena intención, quizás como un justificativo, quizás como excusa lo cierto es que se escucha, en algunas personas, una “explicación”, aparentemente razonable, a cierta reacción bélica, matanzas o guerras.

El ataque terrorista y cruel de Hamas “permitió” (destaco las comillas) la reacción del estado de Israel, especialmente contra Gaza, y la matanza, limpieza étnica y genocidio. El “ojo por ojo, diente por diente” de la Biblia, buscaba poner un límite a la venganza. Límite ciertamente sobrepasado aquí hasta el extremo.

La crueldad de Ali Khamenei “permitió” a EEUU e Israel un ataque, matanza y violencia desatada en espiral contra la república de Irán. Había que matar al tirano; las cientos de muertes civiles e inocentes (las mismas que se acusaba que Khamenei asesinaba) son simplemente “daños colaterales”.

Y – por cierto – podrían señalarse decenas de casos más, con razones reales o ficticias, como Venezuela, Cuba y otros.

Supongamos – por un instante – que realmente en esos lugares el autoritarismo y una situación dictatorial hacían casi imposible la vida de los habitantes. ¡Algo hay que hacer! ¿Qué? ¿Cómo? ¿Quién?

Hace años los papas buenos (Juan XXIII y Pablo VI) insinuaron la necesidad de un gobierno internacional. Más adelante, se propuso una Corte Penal Internacional. Y esto podría ser un amago de solución si no fuera que… el Estado más violento de las últimas décadas, los EEUU, se ha negado a ser controlado y no firmó su adhesión a la Corte Penal (como tampoco a otros tratados internacionales); la corte, a su vez, consideró genocida y criminal a Benjamín Netanyahu, el cual, ciertamente – y con el aval de Donald Trump – se niega a comparecer (y hasta, caustica e irónicamente, participa del Board of Peace trumpista) … No es ni curioso ni casual que quienes han cometido los atentados y ataques bélicos que conmueven el mundo actual, sean precisamente estos dos estados: Israel y los EEUU. Y, entonces, aunque el atentado criminal de Hamas merecía la firme condena internacional, y los atentados contra su población en Irán, por parte de Khamenei, también lo merecieran, no es menos cierto que nadie dio autoridad a ambos estados a intervenir y presentarse como garantes de la paz mundial. ¡No ellos! ¡No así! Para peor, como es sabido, desde la discutible creación de las Naciones Unidas, no puede ignorarse que, en el Consejo de Seguridad, los miembros estables (los vencedores de la Segunda gran Guerra) tienen un extraño derecho a veto. Es decir, los EEUU pueden intervenir donde quieren sin ser condenados por nadie, ni por la prensa (la cual manejan), ni por la justicia internacional (de la que no participan) ni por las Naciones Unidas, la cual vetan. Y, entre tanto, ostentando poder impune, atacan, bombardean, asesinan poblaciones y autoridades. Y no hablemos del "Nobel de la Paz", por cierto.

Y, en ese contexto, “en ciudad gótica” un felpudo arrastrado avala, sin siquiera pensarlo o debatirlo, todo lo que estos estados criminales hacen, dicen o provocan. Al fin y al cabo, para eso compraron aviones de guerra que no funcionan, tanques, submarinos y otras maravillas compradas, ciertamente a estos estados…

Hace muchos años, cuando, también, con argumentaciones falsas e inexistentes los EEUU declaró la guerra a Irak (que, por pura casualidad, como Irán, como Venezuela, tiene petróleo), otro felpudo en el gobierno argentino, que se jactaba de las relaciones carnales con los EEUU, participó en la guerra. Las consecuencias contra la población civil argentina son sabidas. Menem murió impune y senador. Milei nos conduce por un camino directo al desastre y la muerte, y – mirando la historia argentina – es probable que viva sin ser juzgado o condenado. Sólo se condena y encarcela a aquellos que beneficiaron al pueblo, y lejos, ¡muy lejos!, estamos de eso.


Foto tomada de https://www.bbc.com/mundo/articles/ce8vrg4d8rjo

jueves, 26 de febrero de 2026

Jeroboam II, descendiente de Jeroboam

Jeroboam II, descendiente de Jeroboam

 Eduardo de la Serna

 


Hace poco hicimos referencia a un rey de Israel llamado Jeroboam. Señalamos allí que fue como una especie de ejemplo de “mal rey” en todo el reino Norte. “Seguir los caminos” o “hacer como hizo Jeroboam” es sinónimo de decir que fue tan malo como aquel. Unos 150 años después de aquel, hubo un nuevo Jeroboam a quien, por cierto, se lo conoce como Jeroboam II. Así lo dice el texto bíblico:

 

En el año quince de Amasías, hijo de Joás, rey de Judá, comenzó a reinar Jeroboam, hijo de Joás, rey de Israel, en Samaría. Reinó 41 años. Hizo el mal a los ojos de Yavéh y no se apartó de todos los pecados con que Jeroboam, hijo de Nebat, hizo pecar a Israel” (2 Re 14:23-24).

 

Ahora bien, si el pecado característico del primero fue haber roto con la familia de David, despreciado el Templo de Jerusalén y alentado el culto a los ídolos, con lo que lo se empieza a fracturar la unidad y perder la tierra, no es eso lo que se afirma del segundo.

De hecho, su gobierno se caracterizó por una cierta prosperidad y un tipo de paz exterior que le permitió cierto progreso económico, aunque discutible. No obstante, el libro de los Reyes es crítico de este rey, pero no puede disimular esto y así lo dice:

Él restableció las fronteras de Israel desde la Entrada de Jamat hasta el mar de la Arabá, según la palabra que Yahveh, Dios de Israel, había dicho por boca de su siervo, el profeta Jonás, hijo de Amittay, el de Gat de Jéfer, porque Yahveh había visto la miseria, amarga en extremo, de Israel; no había esclavo ni libre, ni quien auxiliara a Israel. No había decidido Yahveh borrar el nombre de Israel de debajo de los cielos y lo salvó por mano de Jeroboam, hijo de Joás. El resto de los hechos de Jeroboam, todo cuanto hizo y la bravura con que guerreó, y cómo devolvió Jamat y Damasco a Judá y a Israel, ¿no está escrito en el libro de los Anales de los reyes de Israel?” (14:25-28).

 

Como se ve, por un lado, la mirada es positiva (restableció las fronteras, bravura) pero a su vez negativa (“hizo el mal a los ojos de Yahvé”).

Sin duda, recuperar o ampliar las fronteras es algo posible si no hay grandes enemigos externos como serán más tarde Asiria o Babilonia, sino que se vive en un clima general de armonía. Pero eso no significa “hacer lo que agrada a Dios”, y ese es el punto del “hacer el mal”.

Otros dos grandes profetas hablaron en tiempos de este rey; Oseas y Amós (de los que hemos hablado en otros artículos; ver Oseas 1,1 y Amós 1,1). Oseas se enfrenta a la idolatría vigente, algo que – también cuestiona 1 Reyes (eso se afirma al decir que “no se apartó de los pecados de Jeroboam”) – y una de las cosas que critica muy duramente (y lo señalamos) es la actitud de creer que Dios está conforme con nosotros por el culto que damos y no por vivir coherentemente con su voluntad. Es lo que se llama un “culto vacío”: es decir, dar culto a Dios, pero con una vida vacía de fidelidad. Amós, por su parte, cuestiona al rey por la falta de justicia. También el templo y el culto es criticado (ver Amós 7,9-11) pero en este caso lo que el profeta cuestiona es que, en su gobierno, los ricos son beneficiados mientras que los pobres no son tenidos en cuenta. Nuevamente un “culto vacío”, aunque, en este caso, visto no desde la mirada de Dios, como lo hace Oseas, sino desde la mirada de los pobres. Es frecuente que quien habla desde los ricos o los poderosos no sea crítico del gobierno de un rey que los favorece, y entonces se celebre la paz exterior o el cuidado de las fronteras, pero que esto sea muy diferente si se mira desde el lugar del pobre. Un gobierno donde “los ricos son cada vez más ricos a costa de los pobres cada vez más pobres” sin duda será criticado por un profeta como Amós.

Nos encontramos así con un rey valorado por algunos y criticado por muchos, como suele pasar con tantos gobiernos.

La mirada de los autores bíblicos, que quiere mirar la historia según los pobres sean o no reconocidos y tratados como verdaderos hermanos y hermanas presenta una mirada alternativa. Un profeta como Amós es expulsado de la tierra por decir cosas que molestan al rey mientras es aplaudido por otros como el sacerdote Amasías (Am 7,10). Parece un buen ejemplo para mirar nuestra realidad y nuestro tiempo y decidirnos a ver con los ojos del Dios de Israel y desde el lugar del pobre..


Imagen en homenaje a Jeroboam II tomada de https://es.pinterest.com/pin/244531454757050946/

miércoles, 25 de febrero de 2026

Hace 50 años… La Iglesia, la dictadura…. Y yo

Hace 50 años…

La Iglesia, la dictadura…. Y yo

Eduardo de la Serna



Soy miembro de y estoy en “la Iglesia”. Lo que implica “una institución”, pero también una comunidad, un pueblo. No es fácil hablar, entonces, con terminologías tan polisémicas y ser comprendido. Habitualmente – con contadísimas excepciones (¡muy contadísimas!) – en los Medios de Comunicación cuando se habla de ella no se entiende absolutamente nada (pero ¡nada!) de lo que se habla y se mezcla todo. Entonces, hacer una reflexión de la Iglesia y la dictadura (y yo en medio de ellas) no es fácil, porque lo más probable es que se entienda poco y / o nada. Pero creo que debo intentarlo.

Para empezar, creo que es imprescindible recurrir al texto “casi fundacional” del tema que es el maravilloso libro de Emilio F. Mignone, “Iglesia y dictadura”. Y digo imprescindible, no solamente por lo que allí está sino, además, porque Emilio sabía de qué hablaba al decir “Iglesia”. Luego, algunos pretenderán remitirse a los 3 gruesos volúmenes de “La verdad los hará libres”, texto que la Conferencia Episcopal Argentina encargó a la Facultad de Teología (de hecho, el Papa Francisco habló del texto “de los obispos argentinos”). En lo personal – y he escrito detenidamente sobre eso – diría que es una “obra menor”, con pocos aportes (cosa que, ciertamente, habrá quiénes cuestionen). Después, hay bibliografía abundante sobre temas específicos, sea sobre algunos momentos, algunas personas, algunas situaciones en especial… Ciertamente diré mi opinión (que no tiene por qué ser compartida en todo o en parte por otros u otras).

Entré al seminario en 1974 y venía de grupos en los que la militancia religiosa y la militancia socio-política se tocaban. Y muchísimos amigos y amigas con quienes compartíamos esperanzas y utopías, eclesiales y políticas.

Desde una perspectiva podría dividir mi etapa del colegio secundario en dos momentos, un antes y un después de mi “encuentro con Jesús” (en una especie de “retiro” a mediados de 1970, es decir en 3er año del colegio). A modo simbólico diría que antes no me interesaba nada más que ir al club los fines de semana para ver a V. de la que estaba perdidamente enamorado. Después, en cambio, simplemente diría que me empezó a interesar “la vida”. “Antes” era un pésimo estudiante con pésimas notas (y creo que no era por falta de capacidad, sino de interés), mientras que “después” no tuve ningún problema con las notas aprobando holgadamente todas las materias. Pero, incluso, acompañando mi tiempo escolar con militancia religiosa y social (todavía no política; estábamos en dictadura). Mi amor, ahora era I., pero era “parte de un todo”. Empecé a ir a “la 31” a dar apoyo escolar, e incluso los domingos frecuentemente iba a misa allá (por eso me causa gracia cuando algunos hoy quieren decir “Carlos Mugica ¡era sacerdote!, rezaba, celebraba misa”… Sólo puedo decirles que yo soy testigo de eso, ¡sencillamente!; no necesito que me lo digan). Mi familia era antiperonista, sin duda, pero lentamente, los pobres (y la militancia, y Carlos) me fueron acercando más y más al peronismo.

Esto fue decisivo en mi camino posterior. Yo, que toda mi vida había dicho que sería veterinario (fanático de los animales, particularmente los muy grandes), cuando tuve que decidirme – al terminar el secundario – me dije que “no puedo dedicar mi vida a los animales”. Así terminé decidiendo mi ingreso al seminario, entendiéndolo como un compromiso con el pueblo (compromiso “religioso”, ciertamente).

Con la militancia como trasfondo, recuerdo muchas anécdotas que ilustrarían todo este momento, pero se extendería demasiado; sólo señalo que el día que ingresé al seminario, tenía en el bolsillo del pantalón un ejemplar de la revista “Militancia”, además de que leía casi diariamente el diario Noticias; cualquiera que sepa de qué hablo, entenderá cual era mi “lugar”. En este año introductorio, 1974, vivimos dos momentos fuertes: el asesinato de Carlos Mugica y la muerte de Perón. Ciertamente ambos marcaron, de diferente modo, lo que habría de ocurrir después. El martirio de Carlos fue el comienzo – no muy evidente primero, y más nítido después, del miedo; siempre recordé, además – con dolor – el comienzo del velatorio, en Villa Luro, y que los “pre-seminaristas” no tuviéramos autorizado ir al velatorio en la villa 31 y el posterior traslado del cuerpo al cementerio. Por otro lado, la muerte de Perón, el inicio de cierta debacle, marcada por el “gobierno” de Isabel y la presencia, cada vez más imponente de López Rega.

En 1975 empezamos propiamente el seminario. En la facultad de teología no tuve ninguna dificultad, aunque confirmé – ya venía de antes – mi cada vez mayor pasión por los estudios bíblicos. Debo señalar – como algo más personal – la importancia que tuvieron en este momento de mi vida mis “amigos de arriba”, Pablo y Teresita.

En 1976, sin duda, “la cosa” se complicó notablemente. Yo compartía habitación con mi gran amigo Nacho y el 24 de marzo nos despierta Ernesto, hijo de militar, diciendo “¡somos gobierno!” a lo que le solté un insulto desde las sábanas.

Podría señalar muchas cosas, incluso ya antes del 24 de marzo (vivía a pocas cuadras de la casa de Ortega Peña, así que fui testigo de la marcha solidaria a su domicilio cuando fue asesinado por las 3A). Casi desde el principio ya sabía del terror (debo confesar que lo único de lo que no estaba bien “en tema”, aunque un indicio tenía con L., fue de la apropiación de niños). La desaparición de Jalics y Yorio fue un tema presente, y, en mi caso (y con amigas/os), la desaparición de A. fue algo que provocó que el miedo fuera creciente. En el seminario nos prohibieron quedarnos solos (no podíamos ir a dormir si no había nadie, por ejemplo, la noche de los sábados). Con Nacho, lo recuerdo perfectamente, poníamos papelitos en la puerta de la habitación los fines de semana para ver si alguien había entrado, y con Carlos escondimos libros peligrosos (que nunca volvimos a buscar), además de quemar otros por “sugerencia” del rector.

Recuerdo, con algo de angustia, una vez, con ya varios desaparecidos en la espalda, que me dirigía, caminando, a casa de V. y una persona me siguió. Ostentosamente, ¡quería que supiera que me estaba siguiendo! Recuerdo que me dije “me toca a mí”. Cuando llegué al seminario, hablé con el rector quien me “ordenó” que no viera más a mis amigos y amigas militantes (es decir, ¡todas y todos!). Acá tuve que empezar mi vida de nuevo. Con mis amigos y amigas desaparecidos y exiliados, se exilió también “Cacho”, como me decían mis compañeros y compañeras. Mi nueva vida giraba, ahora, en torno a “ser seminarista”, lo socio-político quedaba en el olvido.

Era evidente que la dictadura militar, que se confesaba “occidental y cristiana”, trataría de llevarse bien con los obispos (con las conocidas excepciones, por cierto). Yo creo que si no me pasó nada fue por estar en el seminario; al cardenal no le tocarían a ninguno de “los suyos” (Pablo fue desaparecido cuando dejó la arquidiócesis; Jalics y Yorio cuando Aramburu les quitó las licencias ministeriales). Es evidente que el “arreglo” era “yo no digo nada, pero no tocan a ninguno de los míos”, o algo por el estilo.

En este contexto ocurre el asesinato de Angelelli (nunca creí, ni creímos, en el discurso del “accidente”), pero también los palotinos, los asuncionistas, etc. La Iglesia no estaba exenta de ser también víctima del terrorismo de estado y el genocidio. En este mismo tiempo desaparece mi primo Juan. Sabíamos, además, que habían ido a la Facultad a pedir la lista de los estudiantes (algo a lo que el decano Carmelo Giaquinta se negó terminantemente).

Podría señalar muchos elementos más; recuerdo, ¡con espanto! cuando fue el Mundial 78, un grupo de gente bailando a lo que se sumó un policía y la gente coreaba: “Policía federal, la alegría nacional” cuando yo toda mi vida había cantado otra cosa.

Recuerdo – también – la paz que tuve, después de no saber nada de ellos por meses, al recibir una postal de E. y B. contándome que estaban “paseando” (sic) por España… Supe, también, muchas cosas de muchas y muchos a los que “tenía vedado” ver.

En 1981 me ordené de diácono y me mandaron a una “parroquia casi militar”. Si hasta recuerdo que una chica de la parroquia, C., me dijo una vez, “mi primo – militar él – me dijo que no me junte con vos que estás fichado”. Hasta recuerdo otra vez, no me tocó participar de esa celebración gracias a Dios, ver a Videla entre los participantes de una misa.

En 1982, ya cura, la dictadura se iba deshaciendo, y la guerra de Malvinas terminó de aniquilarla; pero recuerdo que más de una vez hablé críticamente de la guerra y fui acusado de “antipatria”.

El regreso de la democracia no fue fácil ni rápido, y la ineptitud de Alfonsín no ayudó a que lo fuera. Muchos tardaron en volver. “Cacho” siguió en el exilio un tiempo más; en lo personal creo que – por varias cosas – 1996 fue el momento conclusivo del “retorno”; por ejemplo, ese año me tocó compartir parroquia con Orlando Yorio, lo cual fue absolutamente sanador. Sencillamente, Orlando ¡un grande!

¿Y la “Iglesia”? Pues, allí estaba, en el seminario, que no nos dejaba ir al velatorio de Mugica, pero nos cuidaba de no quedar solos, en el arzobispo, cómplice, pero que – en cierta manera – “cuidaba” a “los suyos”, en los curas, unos y otros… Allí estaba, con sus luces y sus sombras. Podría contar anécdotas de diferente tipo, tensas algunas, graciosas otras, pero sólo anoto una seria y una divertida a modo de ejemplo: una vez el rector me dice “- yo les diría a esas madres que ahora buscan a sus hijos, ¿por qué no se preocuparon antes? ¿No te parece?”… “-¡No!”, le respondí sencillamente, ¡no! Otra, jugando a la paleta, el vicerrector, con el que tuvimos muy buena relación, me dice “Eduardo, aparte del ideológico, ¿qué parentesco tenés con el Che Guevara?”

Quiero recordar una última anécdota antes de dar otro paso. Una mañana, en nuestra casa del seminario, apareció un paquete, obviamente tirado por encima de la pared, quizás por alguien que se vio “en problemas”. El paquete era un montón de revistas “Estrella Roja”, del ERP. Ernesto le comentó a su papá, militar, como dije, y él le pidió que se las llevara. La cosa es que viajamos juntos en el colectivo – vivíamos cerca – con el “paquetito”. Obviamente yo no lo sabía. ¿Qué hubiera pasado si nos paraba un retén, de los cientos que había por todas partes todo el tiempo? Es obvio lo que hubiera pasado; es obvio que tuvimos suerte (y es obvio que cuando lo supe a Ernesto le dije “algunas cosas”).

Ciertamente, con el tiempo fuimos sabiendo más cosas; en lo personal pude reencontrarme con muchos y muchas y saber bastante de aquellas o aquellos desaparecidas y desaparecidos habiendo terminado “mi – absurda – veda”. Y, también, saber más del rol de cierta jerarquía.

Tengo una pésima opinión del nuncio Pio Lagui y peor aún de su sucesor Ubaldo Calabresi, de la gran mayoría del episcopado y de muchísimos curas; pero también, desde Mugica en adelante, la experiencia de curas y obispos que llenan de alegría mi saberme parte de la Iglesia.

Creo que decir “la Iglesia” para referirse a la Dictadura, es sumamente ambiguo. E incluso también lo es decir “los obispos”. Creo que hubo obispos absoluta y totalmente cómplices del genocidio, creo que hubo quienes lo veían como un “mal menor” (para evitar caer en el comunismo ateo), creo que hubo algunos tibios que no quisieron desentonar de la mayoría y la "comunión episcopal", hasta algunos fundamentalistas que repetían que “la autoridad viene de Dios”, y también hubo obispos que “creyeron en Dios”, y – por lo tanto – con mayor o menor vehemencia según el caso, con claridad o profetismo, hablaron. Pero no es fácil ni sensato “meter a todos en la misma bolsa”; y va un ejemplo: saber las barbaridades que decía y hacía el obispo pro-vicario castrense Victorio Bonamín no es representativo del episcopado, ya que nunca participó de la Conferencia episcopal (¿se sentía más militar que obispo? ¡probablemente!; y viendo otros casos, parece que “viene con el cargo”); él nunca fue referente ni ejemplo para el resto del episcopado, pero – obviamente – si fue un referente para muchísimos militares.

Recuerdo, por ejemplo, en plena dictadura, una reunión de curas. Estaba presente el obispo auxiliar mons. C. En un momento, habló un capellán de la policía y dijo estas palabras: “a nuestra juventud le falta mística. El otro día escuchaba la grabación de un montonero antes de morir, y ¡hay que ver qué mística! así deberían ser los nuestros”. Estaba reconociendo en público tortura y crimen y el obispo calló. Como si nada hubiera pasado. Creo que así fue la mayoría.

La sensación (a veces exagerada, a veces impulsada por voces varias, o también limitada) de que “la Iglesia fue cómplice de la dictadura” ciertamente es verdadera, es falsa, es ambigua, es relativa. Todo eso. Uno de los méritos de “La verdad los hará libres”, es mostrar testimonialmente lo que ya todos los que quieren ver, sabíamos: quién era Aramburu o Primatesta, quién era Novak o De Nevares, por caso.

El problema, y es punto central en el tema, es la voz (y el silencio) de las máximas autoridades episcopales (es decir, el nuncio (Laghi [1974-1980] y Calabresi [1981-2000]) y el presidente de la Conferencia Episcopal (Tortolo [1970-1976], Primatesta [1976-1982] y Aramburu [1982-1985]) y también los documentos y los silencios del pleno. Es esto lo que amerita crítica; aunque, otro tema, más complejo, es la acción, omisión, palabras o silencios de obispos en sus respectivas diócesis, muchos de los cuales no han tenido particular trascendencia fuera de sus respectivos lugares.

Se dice que el episcopado pidió perdón y, se aclara, cosa que no hicieron otros colectivos (sindicatos, empresarios, periodistas…). En lo personal, ciertamente quisiera que lo hagan – si es sincero y veraz, por cierto – pero no es un campeonato a ver quién pide más o mejor perdón; se trata de ser fieles al mensaje de Jesús, se trata de ser fieles a la comunidad a la que nos debemos como curas y obispos, se trata de “pastores” y un compromiso militante con el pueblo. Creo que el pedido de perdón episcopal fue tibio y, en lo personal, no creíble.

Escuché a algunos de los que participaron en “La verdad los hará libres” (notables algunas ausencias en los convocados; notable el período escogido para “empezar” como si antes la violencia fuera una entelequia, y notable la ausencia de un buen análisis sobre qué es y cómo entender “la violencia”) decir que al ver los archivos sentían que entraban al infierno… En lo personal, como dije, no vi en esto nada nuevo en la obra, y – repito, personalmente – si alguien afirma, al ver los textos, que entró en el infierno, ese es motivo más que suficiente para ser excluido del equipo de trabajo, ya que es indicio de que ignoraba totalmente lo que ocurrió en Argentina desde hace 50 años (y más también). Pero “La verdad…” no es, ciertamente, una autocrítica, y, aunque parezca excesivo, siempre espero más y mejor arrepentimiento episcopal. ¡Memoria, verdad y justicia! Ah… y ¡fueron 30.000!


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