Comentario al Evangelio del 5º domingo de Cuaresma A
o también en
Eduardo
Comentario al Evangelio del 5º domingo de Cuaresma A
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Eduardo
El lomo ¡está carísimo!
Eduardo de la Serna
"oferta" de COTO (12 marzo 26)
El “lomo” está de moda. Por
ejemplo, como algo de lo que se oyó hablar, pero se ha vuelto inaccesible, ciertamente
en las carnicerías. Dado lo casi mitológico del tema, pasemos al lunfardo:
“Romperse el
lomo" es una expresión popular en el lunfardo argentino y uruguayo que significa
trabajar extremadamente duro, con mucho esfuerzo físico o mental. Deriva de la
idea de agachar la espalda o sufrir fatiga extrema por laborar intensamente, a
menudo asociado a situaciones de sacrificio o necesidad” (según la IA, a la que
no le creo, pero es al menos ilustrativo).
Siguiendo este caso, es evidente
que. en algunos casos notorios, el esfuerzo no es mental. No puede serlo. Físico
no pareciera, dados los modos de vida que han trascendido. El sacrificio y la
necesidad “te los debo”, diría un innecesario.
Ahora bien. Si se trata de “agachar
la espalda” (= el lomo) hemos de reconocer que puede deberse al trabajo
excesivo, pero también a agacharse para lamer los pies del amo. Y, siendo que,
el caso que nos ocupa lo ilustra, ciertamente hemos de entenderlo en este
sentido.
Claro que la autoestima de uno, o
la valoración de la pareja en otro, no resulta – en muchos ambientes, al menos –
algo que uno quisiera que otros vieran. Pero la vergüenza es algo que ya no existe.
Se ha perdido y nadie en los ambientes oficiales la ha encontrado (o, mejor
dicho, ni siquiera la buscan). Yo no llevaría a mi mujer, si la tuviera, a que
me viera “agachando la espalda” para lamer los zapatos o pies descalzos de
Trump, pero hay sadismos y masoquismos diversos en esta vida. Lo cierto es que
sí creo que Adorni se deslomó en los EEUU, y, a su vuelta, creo que más que un
traumatólogo debería atenderlo un otorrinolaringólogo (o un patólogo bucal)
porque, lamentablemente, ese mal es sumamente contagioso, y la única vacuna
está en urnas.
En el siglo VI antes de Cristo el pueblo de Israel
pasó por una serie de momentos críticos muy importantes. Como todos los
momentos de crisis, este también fue ocasión de que muchos se derrumbaran, pero
a su vez de que otros edificaran creativamente caminos nuevos.
El poderoso ejército babilónico invadió Jerusalén y,
finalmente, la destruyó por completo. Algunos pudieron huir a Egipto, pero los
sectores más influyentes de la comunidad fueron llevados cautivos a Babilonia,
mientras los pobres quedaron en la tierra. En Babilonia, además, hubo un choque
de culturas; los judíos aprendieron mucho en el cautiverio, y – además –
gestaron espacios y textos de resistencia. Es de destacar que una de las cosas que fueron más preocupantes fue que ya no había rey en Israel (y nunca más lo habría); pero en el
destierro había sacerdotes, aunque no había templo.
Después de un tiempo (50 años), los babilonios son
derrotados por los persas y estos permiten a todos los cautivos el regreso a
sus tierras de origen; retorno que muchos emprenden con la intencionalidad de
volver a sus casas, y, por cierto, llevaban consigo mucho de lo que habían aprendido.
Ahora había que reconstruir la nación, lo que no fue
fácil, por supuesto (Esdras 3,2). Esto incluyó además de reconstruir la ciudad,
volver a edificar el templo que estaba en ruinas (Esd 4,2.3; 5,2; Ageo 1,12-14).
Es en este momento en que surgirán una serie de personajes muy importantes:
Esdras, Nehemías, los profetas Ageo y Zacarías y también Josué y Zorobabel.
Los que regresaron añoraban los buenos tiempos
pasados, y – si fuera posible – querían repetirlos o mejorarlos (Ageo 1,1).
Entonces proyectaron un nuevo rey y un nuevo templo (Ag 2,2-4), y Zorobabel era
descendiente del rey mientras que Josué era sacerdote, así que muchos empezaron a poner en
ellos sus expectativas (Ag 2,21-23). Claro que los persas no permitirían que
hubiera un rey, pero “la esperanza es lo último que se pierde” (Zac 6,11). Así
que un rey y un “sumo sacerdote” empezaron a ser cada vez más proyectados como
propuestas (Zacarías 4,7-10). Incluso, cuando ellos ya no estuvieran, porque
todo fue en vano, podían soñar con un futuro rey, y un futuro sumo sacerdote, y
esto empezó a ser cada vez más un proyecto y una perspectiva que un mero soñar. Además,
los reyes y los sacerdotes tenían un elemento en común: ambos eran ungidos (ver
Levítico 4,3.5; Números 35,25…
sobre el sacerdote y 1 Samuel 24,10; Salmo 2,2… sobre el rey; y “ungido” en hebreo se dice “mesías”; por eso esta
esperanza se conoce como “mesianismo”).
Así, en aquel momento, muchos soñaron que algo nuevo
podía empezar con el sacerdote Josué y el descendiente de reyes Zorobabel; y,
cuando esto se demostró ilusorio, no abandonaron esas esperanzas, y algunos
empezaron, cada vez con más intensidad, a afirmar que vendría un rey ungido en un futuro, quizás no cercano. Otros, en cambio, esperaron un gran sacerdote que
restaurara el culto y llevara Jerusalén a todo su perdido esplendor. Y algunos,
además, guiados por Zac 4 (ver 4,14: "estos son los dos mesías que están en pie junto al Señor de toda la tierra") aguardaban dos mesías, uno rey y otro sacerdote. Así dice un viejo
texto judío de la época de Jesús:
«Ésta es la asamblea de los hombres famosos, los convocados a la reunión del consejo de la comunidad, cuando engendre Dios al Mesías con ellos. Entrará el sacerdote jefe de toda la congregación de Israel y todos sus hermanos, los hijos de Aarón, los sacerdotes convocados a la asamblea, los hombres famosos, y se sentarán ante él, cada uno de acuerdo con su dignidad. Después entrará el Mesías de Israel y se sentarán ante él los jefes de los clanes de Israel, cada uno de acuerdo con su dignidad, de acuerdo con sus posiciones en sus campamentos y en sus marchas. (…) Y cuando se reúnan a la mesa de la comunidad para beber el vino, y esté preparada la mesa de la comunidad y mezclado el vino para beber, que nadie extienda su mano a la primicia del pan y del vino antes del sacerdote, pues él es el que bendice la primicia del pan y del vino y extiende su mano hacia el pan antes de ellos. Después el Mesías de Israel extenderá su mano hacia el pan. Y después bendecirá toda la congregación de la comunidad, cada uno de acuerdo con su dignidad».
Acá podemos entender, más tarde, que, aunque Jesús no
fuera rey ni sacerdote en su tiempo, eso se empezó a proclamar como un anuncio
de que en él se concretaban las más importantes esperanzas de su pueblo: Cristo
rey y Cristo sumo y eterno sacerdote.
Imagen tomada de https://www.meisterdrucke.es/impresion-art%C3%ADstica/French-School/944452/El-profeta-Hageo-reprende-a-Zorobabel-y-a-Josu%C3%A9.html
Acceder a Jesús, el encuentro con él, da luz a nuestra vida
Video con comentando el evangelio en
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https://blogeduopp1.blogspot.com/2026/03/comentario-al-evangelio-del-4to-domingo.html
Es sensato pensar que no siempre los deseos se encaminan o nos dirigen hacia algo bueno. De hecho, el delito nos conduce a desear algo penado por la ley. Por eso es sensato que el deseo esté “bien encaminado”; ahora bien ¿quién lo encamina?
Con frecuencia, sociedades autoritarias (o con autoridad) ponen límites legales o morales al deseo, y, quienes los traspasan son de alguna manera sancionados (o, si son muy manejados, autosancionados). La Iglesia es, ciertamente, un cabal ejemplo de esto (y, extrañamente, con frecuencia traspasando los límites de lo mera e internamente eclesial y, por ejemplo, pretendiendo injerir en la sanción de leyes civiles). En ambientes eclesiales, el deseo errado (con los criterios eclesiales, por cierto) se califica de concupiscencia.
En sociedades individualistas, en cambio, el deseo se maneja al arbitrio de cada quién. A lo sumo (y no siempre) con el límite del otro (“mi libertad termina donde comienza la tuya”, se decía en los ambientes individualistas con sensibilidad).
Seguramente un tema importante, en todos estos casos, radica en la “conciencia”, la voz interior que – en común con otras (con – ciencia) – nos indica u orienta a lo bueno o lo malo. También es cierto que la conciencia puede y debe “formarse” (y nuevamente la pregunta es ¿quién?). Pero señalemos, al menos brevemente, que – para poner el caso eclesiástico, al que pertenezco – y sin pretender que “un papá” (o Papa), una autoridad superior, me indique lo bueno o lo malo, sí puedo creer que el Evangelio del Reino de Dios es “lo bueno por excelencia, y es hacia allí donde es razonable tender, y hacia allí “formarme / nos” las conciencias.
Ahora bien, el deseo es una experiencia de realización, de plenitud, de satisfacción, que puede ser efímera o más duradera, depende del objeto. Ahora bien, ¿qué ocurre cuando los estímulos son frecuentes, innumerables, constantes? Porque, en ese caso, la concreción de un estímulo es inmediatamente tapada por otro… Y la sensación es, por un lado, de un cierto placer, pero a su vez de una honda insatisfacción. Y, en esa catarata algorítmica, el deseo nunca es satisfecho (ni siquiera el deseo desordenado, acotemos). Y, en un imperio del individualismo, sin límites, por un lado, sin criterios por el otro, sin razones (ni siquiera razonables, valga la ironía), sin otros con los que compartir, ni valorar, ni por quienes tender (y compartir), el deseo está licuado, pasteurizado, obturado, secuestrado y atrofiado. Y, en ese ambiente, nada que se diga tiene repercusión alguna porque raudamente ya hay otro deseo que empezar a llenar, aunque al solo empezar este ya se propone la necesaria satisfacción de otro, y – de solo comenzar – este ya es viejo porque otro micro-deseo está esperando urgentemente nuestra atención inmediata.
En su obsesión neo-platónica anti sexo, la concupiscencia era, especialmente, la tendencia a satisfacer el deseo desordenado de sexo… Hoy, hasta el sexo llegó tarde, nos han obturado el deseo (salvo que seamos nosotros los objetos deseados por los Epstein del sistema) y sólo somos objetos, fragmentos de un mundo roto que solamente “ellos” están decididos a armar (cuando terminen de destruir lo que no les sirve y tiren los preservativos usados).
Imagen tomada de https://concepto.de/deseo/
Comentario al Evangelio del 4to domingo de Cuaresma A
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Eduardo
Una mujer con hemorragias
En
los tres Evangelios que se llaman “Sinópticos” por su mutua semejanza (Mateo,
Marcos y Lucas) encontramos la escena de la curación de una mujer que padece
hemorragias. Cada Evangelista lo cuenta a su modo porque pretende predicar a su
comunidad, pero hay unos elementos comunes que merecen nuestra atención. El
texto lo encontramos en Mateo 9,20-22, Marcos 5,25-34 y Lucas 8,43-48.
Se
nos habla de una mujer que sufre ese mal desde hacía doce años, y no había
logrado ser curada por nadie (Lc) y había gastado todos sus bienes en médicos
sin solución y empobreciéndose (Mc). La mujer se ha enterado de los beneficios
que se dice que obra el maestro y decide actuar: se aproxima por detrás de
Jesús y tocó su manto pensando que con solo tocarlo quedaría sanada (Mc y Mt).
Notemos que se señala que se trata de los flecos del manto (Mt y Lc), algo que
llevaban, como memoria de la alianza y la ley, todos los judíos piadosos (Núm
15,38-39; Dt 22,12; Zac 8,23; ver Mt 23,4).
Veamos,
para entender mejor el tema, que, para los judíos, tocar sangre transforma a
alguien en impuro; la
mujer con flujos queda impura mientras estos le duren, y también queda impuro
quien la toque o a quien ella lo haga (ver Lev 15,19.25) por tanto, en este caso, la mujer lleva
doce años de impureza, y al tocar a Jesús lo vuelve impuro también a él.
Para resaltar el hecho, Mc y
Lc dicen que la sanación de la mujer ocurrió “al instante” pero –
sorprendentemente – Jesús nota que algo ha ocurrido y pregunta quién lo tocó,
cosa que extraña a sus compañeros ya que una multitud lo aprieta en el camino
(cosa ya anticipada en Mc 5,24). La mirada insistente de Jesús hace que la
mujer, “con temor y temblor” confiese el hecho. Es razonable que ella esté
preocupada ya que ha vuelto impuro al maestro, pero no es eso lo que le importa
a Jesús. Ella “anuncia delante de todo el pueblo” (Lc), y le “dijo toda la
verdad” (Mc) pero lo que Jesús dice a continuación está lejos de ser un
reproche, la llama “hija” y le afirma que lo que la ha salvado es su fe… Y aquí
finaliza la escena ya que lo que había introducido el relato, la enfermedad de
la hija de Jairo (Mc 5,22-24), se retoma llegando Jesús a casa de este
(5,35-43) separándose de la multitud solo con sus amigos Pedro, Santiago y
Juan. Esta escena, como se ve, queda en el medio de la del jefe de la sinagoga.
Pero hay un elemento que no
podemos dejar de lado: en los llamados “milagros” de Jesús, él es quien realiza
un gesto (sanador habitualmente) mostrando que Dios no quiere que sus hijos
padezcan (Dios reina en la vida, la salud, la paz…) pero en este caso, es
evidente que Jesús no busca ni pretende hacer nada, es la misma mujer la que le
“roba” a Jesús su milagro habiendo oído hablar a la gente acerca de este
maestro que pasaba por su cercanía (ver Mc 6,56; Mt 14,36), algo que, a continuación, Jesús, ciertamente aprueba. Cuando
ella queda expuesta, porque Jesús la visibiliza, a pesar de su temor por lo
hecho, cuenta “toda la verdad”, y lo “anuncia a todo el pueblo” puesta de
rodillas ante él.
Nada más sabemos de esta mujer
en los Evangelios, simplemente tenemos presente que, para Jesús, la fe, es
decir la confianza plena en Dios y en su Hijo, son el punto de partida
fundamental para que Dios reine. Y Dios reina en la vida plena y feliz de sus
hijos e hijas. Esta mujer consiguió lo que anhelaba, pero no porque la fe pueda lograr cualquier cosa, sino porque lo que ella buscaba era, precisamente,
aquello que Dios quiere para ella: que viva, que cesen sus impurezas (que
incluían no poder acercarse a Dios o la sinagoga) y que pueda compartir la vida
con los suyos y las suyas.
Imagen tomada de https://es.wikipedia.org/wiki/Curaci%C3%B3n_de_la_hemorro%C3%ADsa