Comentario al Evangelio del domingo 32º A
o también en
Eduardo
¿Se pueden salvar los ricos?
Eduardo de la Serna
Empiezo, provocativamente, con
una pregunta que se formulaba en 1974 el gran teólogo Víctor Codina… Los clásicos
tratados europeos sobre el Bautismo, especialmente a partir del desafiante
planteo de Karl Barth (en 1943), se preguntaban si se debía o no bautizar a los niños (incluso el reciente documento del Dicasterio para la doctrina de la fe hace referencia a eso [#32]).
Codina indicaba que en América Latina ese planteo era cruel (por ejemplo, teniendo
en cuenta la enorme mortandad infantil) y decía que la pregunta, en América
Latina, era si se debía o no bautizar a los ricos… Remito a él para su
desafiante planteo [https://www.mercaba.org/ARTICULOS/E/es_licito_bautizar_a_los_ricos.htm]. Y me detengo en lo bíblico.
Si bien es cierto que, en muchas
partes, especialmente del Antiguo Testamento, el planteo era que tener o no
bienes era un signo de la bendición de Dios (de donde se alimenta, mal leída,
la perversa “teología de la prosperidad”) no es menos cierto que, también en el
Antiguo Testamento, la actitud frente a los pobres es un tema fundamental. El
rico será rico por bendición divina, pero – precisamente por eso – no puede
desentenderse de la situación de los pobres. ¡Son sus hermanos!
Pero mirando las escrituras
cristianas, la situación parece más evidente (y provocativa). Se suele decir,
por ejemplo, que Jesús tenía amigos ricos (algo que en ningún texto se afirma),
lo cual en nada quita el planteo.
Y se podrían señalar textos fuera
de los Evangelios incluso… pero “para muestra basta un botón”.
Es sabido que el Evangelio que
más destaca el tema de los ricos y los pobres es el de Lucas, así que aquí lo
miraremos. A modo meramente estadístico e ilustrativo, el término ptojós
(= “pobre”; aunque hay otros términos griegos para la misma situación) se
encuentra 5 veces en Mateo, 5 en Marcos, 10 veces en Lucas y 4 en Juan; el
término griego plousíos (= “rico”) se encuentra 3 veces en Mateo, 2 en
Marcos, 11 veces en Lucas y 0 en Juan. Y, concretamente, salvo en una ocasión,
los ricos son personas vistas negativamente en el Evangelio. Incluso, a modo
ilustrativo, cuando el rico, en Marcos, le pregunta a Jesús qué debe hacer para
heredar la vida eterna, Jesús le recita los mandamientos, pero en medio de
ellos añade “no defraudarás” (que no está en los mandamientos, por
cierto), pero es una posibilidad grave dado que se trata de un rico… (Mc 10,19;
además que – se ha de notar – Jesús se va a poner en camino y el rico se le
pone delante impidiéndole avanzar [v.17]).
Pero señalemos algo – siempre
según Lucas – para dar un paso más. Dar a los pobres es tener un “tesoro en el
cielo” (Lc 18,22 [también en Mt y Mc]), y por eso destaca algo que también es
frecuente en él: “Vendan sus bienes y den limosna. Consigan bolsas que no se
rompan, un tesoro inagotable en el cielo, donde los ladrones no llegan ni los
roe la polilla” (12,33). La limosna, que en Mateo se refiere al acto religioso
típico judío que debe hacerse en secreto; 6,2-4, es compartir los bienes con
los pobres (no se debe olvidar que es habitual que un mendigo esté en un lugar visible
pidiendo limosna; cf. 18,35; Jn 9,8; Hch 3,2). Por eso dirá – Lucas – “den lo
que tienen en limosna y todo será puro para ustedes” (11,41). El criterio es
que, puesto que de los pobres es el reino, “hacerse amigos” de los pobres hará
que ellos nos reciban “en sus moradas” (16,9), porque es evidente que no se
puede “servir a Dios y a Dinero” (16,13 [notar que no dice “al” sino “a” Dinero,
se trata de algo personificado, un ídolo]). Es interesante, también, que esa
categoría, más griega que judía, “amistad” (filós), también es frecuente
en Lucas (1 vez en Mateo, 0 en Marcos y 15 veces en Lucas).
En este sentido, es habitual en
los ambientes greco-romanos, repetir un dicho clásico: “los amigos todo lo
tienen en común” (lo repiten Diógenes Laercio, que lo cita como de Timeo,
Platón, Aristóteles, Cicerón…). Y acá radica el tema. Como Lucas se dirige a un
ambiente más helénico que semita, a la importancia bíblica de la hermandad va a
añadir la importancia de la amistad. Ser hermanos, ser amigos es el punto de
partida central de la fidelidad al proyecto de Jesús. Y así se entiende
claramente un tema que se ve en Lucas y a primera vista parecería chocante: él
destaca que lo propio de la situación de los pobres y de los ricos es que esta
cambiará, como se ve en el canto de María, en la bienaventuranza, en la parábola
de Lázaro… Y acá la pregunta, ¿cuándo cambiará? Pues. ¡cuando vivamos como
hermanos y amigos! Por eso destacará que la comunidad ideal, como los amigos. “todo lo tenían en común” (Hch 2,44; 4,32), y por eso no había necesitados
entre ellos. Cuando los ricos compartan los bienes con sus hermanos y amigos,
los pobres, entonces, serán miembros de la comunidad (si no, ocurrirá como como
el rico, se entristece y se marcha [Mc 10,21], o peor, el otro rico que va al lugar
del tormento [Lc 16,23]). Ciertamente, los ricos pueden salvarse, en la medida
en que descubran en los pobres hermanos y amigos y compartan con ellos los
bienes. Así “tendrán un tesoro en el cielo”.
Imagen tomada de https://www.facebook.com/groups/2631796666996525/posts/3185022325007287/
La hoguera de la estupidez
Eduardo de la Serna
La historia de la humanidad está,
lamentable y dolorosamente, plena de crueldades. Y no está de más que, con
sensatez, podamos entender acabadamente qué tanta distorsión de humanidad las
provoca, como cuánto de sadismo engendra en los espectadores que aplauden
enfervorizados los circos o las cruces romanas, y sus lamentables sucedáneos.
Es interesante que el mismo evangelio de san Lucas cuenta, que ante la cruz de
Jesús y los que estaban con él, muchos fueron “a ver el espectáculo” (Lc 23,48) y Pablo mismo
destaca que los apóstoles “estamos como condenados a muerte” y, acota, “como
espectáculo” (1 Cor 4,9). Siglos después, cuando en los circos hubo cristianos
condenados a muerte por fieras, gladiadores u otras torturas, incluso cristianos
iban a verlo como entretenimiento, motivando que algunos escritores los
criticaran por ello (Tertuliano o Agustín, por ejemplo).
A modo de espectáculo, entonces,
tal como nos tiene nauseabundamente habituados, el presidente brindó su show
ante la fundación Faro (presidida por el pseudo intelectual Agustín Laje que
nos “enseña” que la batalla cultural es contra la “perversión” del feminismo,
pero que no está mal la violencia [sic]), y allí, entre aplausos y silencios, criticando
e insultando a personas que trabajan en el periodismo, acotó que se los debe “quemar
en la hoguera”.
La historia de la humanidad tiene
demasiada muerte en sus espaldas provocadas por hogueras. El fuego purifica, parece…
Y los “herejes” lo han aprendido “en carne propia”. La Inquisición (o las
Inquisiciones, para ser más precisos) ha sido experta en fuegos, y cuando no se
trataba de personas, se quemaban sus obras: la quema de libros aparece como una
buena simetría… así quemó el rollo del profeta Jeremías el rey Yoyaquim (Jer 36,27-29),
quemaron rollos de la Torá los griegos de Antíoco IV (1 Mac 1,56), la
inquisición quemó los libros que consideraba heréticos (muchos de los cuales,
después, inspiraron a generaciones), los nazis quemaron libros, la dictadura cívico-militar
con bendición eclesiástica en Argentina, también. ¡Maravillosa metáfora la del
presidente… y maravillosos aplausos de los mediocres asistentes! Incitación a
la violencia y al crimen lo llaman. Pero ya sabemos que de eso no solemos aprender…
incentivaron el odio a Cristina y, por tanto, intentaron matarla y el poder
judicial (que no es “la Justicia”) sigue dando la razón tanto al Martín Fierro
como a monseñor Romero: “La ley es tela de araña, y en mi ignorancia lo
explico, no la tema el hombre rico, no la tema el que mande, pues la rompe el
bicho grande y sólo enrieda a los chicos”, decía el primero; la justicia es “como
la serpiente que solo muerde a los que están descalzos”, repetía el segundo… Lamentablemente,
en nuestra experiencia no parece sensato esperar que nadie actúe con justicia y
sancione estos delitos… No solamente no aprendemos sino que no debería extrañar
que mañana aparezca un Sabag Montiel que agreda – o peor – a alguien del periodismo
(o de otros oficios molestos al presidente) y nadie se haga cargo del delito.
Y ante la multitud de incinerados
(y sin olvidar ni menoscabar a ninguno) no puedo menos que recordar a dos
mujeres que dejaron huella: Margarita Porette y Juana de Arco. La sana
doctrina, encabezada por la Facultad de Teología de Paris (la Sorbona) decidió
solemnemente que ni una ni la otra (1310 la primera, 1431 la segunda) debían
dejar huella, por escribir (por osar escribir) la primera, por “meterse en
política” la segunda; es que ambas cosas son “propias” de varones. Las
beguinas, como Margarita no aceptaban que las mujeres deben estar sometidas,
sea a un marido o a una congregación donde tiene una regla… Juana, joven,
laica, analfabeta, pobre, no puede pretender – y, para más escándalo, ¡vestida
de varón!, con lo cual evidentemente viola la “ley natural” – conducir un ejército
y ser decisiva en una guerra (de “Cien años”) … La “pérfida Albión”, la que “se
jactaba de su honor y de su ley” no podía aceptar que Francia no le perteneciera
(y la Facultad de Teología bendecía semejante sumisión) … Definitivamente,
ambas debían ser quemadas. Las beguinas desaparecidas, la política sometida…
Papas, reyes, teólogos tenían la última palabra: ¡el fuego! La acusación no requería demasiado esfuerzo mental: ¡brujas! Claro que – pasado el
tiempo; más rápido en el caso de Juana, más lento en el caso de Margarita – no se
pudo apagar la brasa humeante de la que ya hablaba Isaías (42,3) y Mateo 12,20 aplica
a Jesús.
Hoy, tanto Margarita como Juana
(y cientos más, por cierto, mujeres y varones) dejan una huella. Ambas sabían de
batallas culturales, ambas fueron derrotadas y el ambiente y la sociedad purificados,
pero ambas enseñaron y siguen enseñando que el fuego no tiene la última
palabra. El fuego puede quemar libros y personas, pero el humo, las cenizas, dejan
signos que otros, ¡muchos otros!, pueden reconocer.
Si bien es cierto que en la
antigüedad los faros iluminaban con fuego a los navegantes para alertarlos de
los peligros… hoy encontramos en muchas víctimas de hogueras verdaderos faros,
verdaderos caminos, verdaderas huellas que valen la pena transitar… Y otros “Faros”,
otros dirigentes que dirigen a los dirigidos a los acantilados para estrellarse
contra las rocas, sin demasiado esfuerzo mental, mientras los sádicos aplauden y los mediocres festejan. Y lo
hacen en nombre de la libertad (libertad de estrellarse o de incinerarse).
Imagen tomada de https://www.elnortedecastilla.es/20130817/local/valladolid/medina-revive-hogueras-inquisicion-201308170124.html?ref=https%3A%2F%2Fwww.google.com%2F
Jesús invita a sus amigos a participar de su vida
Pero a los que la recibieron (a la Palabra), a los que creen en ella, los hizo capaces de ser hijos (tékna) de Dios (Jn 1:12).
El nombre de Dios celebraré en un cántico, le ensalzaré con la acción de gracias… Lo han visto los humildes y se alegran; ¡viva el corazón de ustedes, los que buscan a Dios! Porque Yahveh escucha a los pobres, no desprecia a sus cautivos. (Sal 69:31-34).
Busquen al Señor, los humildes (anû, pobres) que cumplen sus mandatos: busquen la justicia, busquen la humildad, tal vez así encontrarán un refugio el día de la ira del Señor. (2:3)
“Bendito sea el Dios de Israel… Él ha llamado… ha reunido… A rodillas que tiemblan da fuerza para estar en pie. Y ciñe los riñones de los lomos quebrados. En los pobres de espíritu [anû rûah]… al corazón duro. Por los perfectos del camino serán destruidas las naciones impías” (Regla de la guerra, 1QM 14,7).
El Espíritu del Señor está sobre mí, porque el Señor me ha ungido. Me ha enviado para dar una buena noticia a los que sufren, para vendar los corazones desgarrados, para proclamar la liberación a los cautivos y a los prisioneros la libertad, para proclamar el año de gracia del Señor, el día del desquite de nuestro Dios; para consolar a los afligidos (Is 61:1-2).
Vive en calma ante Yahveh, espera en él, no te acalores contra el que prospera, contra el hombre que urde intrigas. Desiste de la cólera y abandona el enojo, no te acalores, que es peor; pues serán extirpados los malvados, mas los que esperan en Yahveh poseerán la tierra. (Sal 37:7-9).
Comentario al Evangelio de la fiesta de todos los Santos y Santas
o también en
Eduardo
Una reflexión partiendo de “Venite ad me” (22 de octubre 2026)
Eduardo de la Serna
El Dicasterio para la Doctrina de
la Fe (antes “Congregación”, antes “Sagrada Congregación”, antes “Santo Oficio”
y antes “Santa Inquisición”) acaba de publicar un documento: “Venite ad me”
(Vengan a mí), presentado como “Consideraciones” y no una “Nota doctrinal (#8).
No es demasiado largo, y antes de destacar una reflexión que me suscitó, quiero
señalar algunas cosas.
“Vengan a mí”
La traducción española (no me he
detenido en otras, solo la comparé con la italiana suponiendo que es la
original) parece hecha “a las apuradas” o con traducción automática sin
revisar. Hay “palabras pegadas”, y – por ejemplo – los numerales 25 y 35 empiezan
de modo abrupto (no así en el italiano); en #56 donde el italiano dice “Vengono
qui alla mente” la traducción dice “Me vienen…” (sic; obviamente no hay un
sujeto expreso que aluda al “me”).
Es llamativa una cierta “ruptura”
con la Evangelii Nuntiandi: mientras en esta queda claro desde el principio
la centralidad del Reino de Dios (#8) en el anuncio evangelizador, aquí el término
sólo se encuentra una vez y al hablar de las parábolas de Jesús; si en E.N.
el primer paso de la evangelización es el testimonio (#6), aquí es lo “tercero”
(#95). Ciertamente puede ser diferente a aquella, o pensarse que “hoy” es
conveniente o razonable otro criterio, pero – al menos, creo – podrían señalarse
las razones de las diferencias, y – personalmente – sigo creyendo que aquello
es preferible.
Por momentos parece “sobrevolar”
una cierta obsecuencia al papa Francisco: se destaca la importancia que él dio a
la preparación de la homilía (#114) pero no se destaca que, antes que él, lo
mismo hizo el papa Benito XVI (Verbum Domini 59). Y dice que Francisco
fue el que señaló que no estamos ante una época de cambios sino ante un cambio
de época (#43) pero ya el mismo papa dijo en 2013 al episcopado brasileño que
esa idea surgió en Aparecida (D.A. 44). Y, si no recuerdo mal, quien lo dijo en
aquella asamblea fue el obispo colombiano Luis Castro.
Hay otros aspectos llamativos que
solo señalo: habla de "en estos grupos bíblicos" (#88) pero nunca
habló previamente de tales grupos. Menciona los valores "helenístico-semíticos,
en los que se formuló originalmente el texto bíblico" (#104) sin que sea
evidente cuáles serían los valores "helenísticos" en el texto bíblico
(los semíticos son evidente, por cierto). En #32 hace una defensa del bautismo
de los niños, debate habitual en ciertos países del Norte, pero innecesario en
otros, como en América Latina, por cierto. Hay algunas palabras técnicas en latín
sin traducción, lo que no favorece la lectura de “no iniciados” (cf. #138). En
#144 dice que “María llevó a Jesús a Isabel”, lo que resulta por lo menos
extraño o confuso. Y no parece feliz la construcción del # 118:
(o)tro
ejemplo lo constituye el impulso hacia una reforma católica de gran alcance,
suscitado por la profunda ruptura eclesial introducida por la Reforma
protestante, en la que destacaron figuras como santa Teresa de Ávila y san
Ignacio de Loyola. Esta renovación coincidió con la expansión misionera de la
Iglesia hacia tierras recién descubiertas y abiertas al anuncio del Evangelio,
lo que contribuyó a darle un nuevo impulso,
No feliz tanto en lo referente a
la Reforma como el planteo del supuesto “descubrimiento”.
Finalmente, pareciera que el
#116, con su referencia a la importancia de las mujeres en la Iglesia, la pastoral
y “ámbitos en los que se toman las decisiones importantes para la vida de la
comunidad” no toma partido y queda “en el aire” a la espera que “Roma hable”
…
Un elemento importante es la insistencia en el kerygma, pero… lo presenta como los fundamentos de la fe (#4), el patrimonio de la fe cristiana (#138), el primer anuncio (#75), y señala que hay características diferentes según el lugar (#83). Pero lo presenta como algo que se debe anunciar. Sin embargo, kerygma viene del verbo kêrussô que significa “anunciar”. No es sensato que se diga “anunciar el anuncio”. ¿De qué anuncio se trata específicamente? El anuncio de Jesús es la llegada inminente del Reino de Dios, por ejemplo.
En el capítulo final se presentan
una serie de “testimonios” que pretenden “ejemplificar” lo presentado en el
texto. En lo personal debo confesar que los testimonios no solo “no me movieron
ni un pelo” sino que algunos hasta pueden ser “negativos” si se “escarba” un
poco (algo diré más adelante)… Lo que sí, y lamentablemente esperado e
imaginado, no llama la atención que no haya ninguna referencia ni a testimonios
ni a aportes desde Argentina. Conociendo al episcopado, no esperaba que aporten…
De hecho, en todo el documento, la única referencia argentina es la mención
(que no se entiende demasiado “a qué viene”, salvo que sea porque “Tucho”
Fernández es argentino) a “mama Antula” (#143).
Una reflexión
teológica
Lo primero que me surge a modo de
pregunta es si se espera o no que el Papa sea teólogo...
De hecho, mirando los últimos papas,
hemos de decir que “teólogo” (realmente “teólogo”) solo Ratzinger lo ha sido.
Pio XII y Juan XXIII obtuvieron un doctorado en el Instituto San Apolinar –
luego Lateranense (donde también lo obtuvo el conocido cardenal Ottaviani);
Juan Pablo I y Juan Pablo II no “descollaron” en el ambiente teológico (sus
tesis doctorales sobre Rosmini y Juan de la Cruz sólo trascendieron a partir de
su pontificado). Quizás en la misma línea sugerida por el cardenal Samoré para
la elección de los obispos, tanto Pio XII, como Pablo VI y León XIV tenían su
doctorado en derecho canónico. Y Francisco no tenía doctorado alguno. Y vuelvo
a la pregunta, ¿se espera que el papa sea teólogo? En lo personal creo que el único
papa realmente teólogo, Benito XVI, fue un “papa fallido”, lo que me invita a
pensar que ser teólogo no es una conditio sine qua non para que lo sea.
Precisamente, para eso existe –
en la curia vaticana – el Dicasterio para la Doctrina de la Fe… Claro que…
El eminente teólogo moralista
alemán Bernhard Häring (perito en el Concilio Vaticano II, uno de los artífices
de la Gaudium et Spes, ¡nada menos!) fue convocado más de una vez a “someterse”
al tribunal de la Santa Inquisición, aunque entonces se la llamara “Sagrada
Congregación” … Así lo narran:
En una carta de fecha 5 de febrero de 1976,
enviada al prefecto del ex Santo Oficio, el cardenal Franjo Seper, en la que el
teólogo responde minuciosamente a todas las acusaciones de herejía en el campo
de la moral, que según ellos estaba difundiendo en libros y conferencias a
través del mundo, concluye: "Eminencia, ahí van mis respuestas. Espero
que sean claras. Y espero que usted pueda comprender también mis sentimientos.
Durante la II Guerra Mundial tuve que comparecer cuatro veces ante un tribunal
militar. Dos de ellas era cuestión de vida o muerte. Pero en aquel momento me
sentía honrado, porque la acusación procedía de los enemigos de Dios. Y,
además, las acusaciones eran exactas, porque yo nunca me sometí a aquel
régimen. Pero ahora, de forma tremendamente humillante, me veo acusado por la
Congregación para la Doctrina de la Fe. Las acusaciones son falsas y, por si
fuera poco, provienen de un órgano de gobierno de la Iglesia, a la que he
servido toda mi vida con todas mis energías y honradez, y espero poder seguir
haciéndolo en el futuro, mientras me quede vida". Y añade una frase
heladora: "Pero, sin embargo, aunque mi fe sigue sin vacilar,
preferiría encontrarme otra vez ante un tribunal de Hitler". (Juan
Arias, El País 16 abril 1989 “Prefiero los tribunales de Hitler”)
No hace falta mencionar la enorme cantidad de teólogos que fueron
censurados, interrogados, ¡y maltratados!, especialmente en tiempos de “san”
Juan Pablo II, particularmente por uno de sus brazos derechos, Joseph
Ratzinger.
Sin duda hay que destacar el
cambio abrupto en ese sentido provocado por Francisco, y también el cambio que
significó para el pensamiento teológico la actitud del Dicasterio de la
Doctrina de la Fe, aunque, lamentablemente, y la experiencia y la historia
invitan a ser cautos, nada impide que en tiempos futuros “todo vuelva al a
normalidad”. De hecho, no llama la atención que haya grupos tradicionalistas
(esos que pretenden erigirse como la verdadera y única iglesia; esos que proliferaron
durante los pontificados de Juan Pablo II y Benito XVI, hemos de reconocerlo) y
reclaman “más doctrina” (lo que no es la Venite ad me, ¡afirman!). “Doctrina”
se remonta etimológicamente a “doctor”; el tema está en de qué “doctorado”
hablamos... pero sobre esto volveremos.
El problema radica cuando (por
poseer una paupérrima teología) los obispos (papa incluido) se creen poseedores
del Espíritu Santo y, por lo tanto, no necesitan ni recurren a ayuda externa.
Ya lo señalaba el nuncio Pio Laghi al evaluar su paso por la Argentina refiriéndose
a los obispos argentinos:
“[…] un
defecto que se nota en las reuniones de la asamblea general y en el trabajo de
las comisiones en general es que no se hace recurso de forma sistemática a la
colaboración y asistencia de «peritos». Los obispos parecen celosos de sus
competencias; algunas veces se pierden en largas discusiones sobre argumentos
de menor relevancia y no encuentran luego el tiempo para examinar «collegialiter»
los problemas de fondo” (Informe de Nuncio Apostólico Pío Laghi al
Secretario de Estado, Agostino Casaroli, Buenos Aires, 2 de enero de 1981,
Prot. 4/81, «Relación final sobre la actividad de la Nunciatura Apostólica»).
Ciertamente, los obispos no
tuvieron más remedio que recurrir a peritos cuando fue el escándalo de la Biblia
Latinoamericana (fogoneado desde la revista Gente por “Chiche” Gelblum, como se
sabe; y que tanto dolor y persecución provocó), pero, aunque estos [y la comisión
fue presidida por Miguel Barriola, ¡nada menos!] dijeron que en la traducción
no había objeciones, no faltaron aquellos que, de todos modos, la prohibieron
en sus diócesis y alguno hasta propuso que los que la tuvieran la destruyeran…
Pero no parece que nada haya
cambiado; la Curia Romana tiene Dicasterios, pero no así la Conferencia
Episcopal Argentina – si tiene grupos de consulta, diálogo, debate y reflexión,
pues ¡no trascienden!, – y, ¡por supuesto!, mucho menos lo tiene cada obispo particular
en su diócesis. Los obispos “parecen celosos de sus competencias” …
Esto recuerda fácilmente la
actitud ante la traducción “definitiva” de la Vulgata luego del Concilio de
Trento en la que el Papa Sixto V se adjudicó conocimientos “guiado por el
Espíritu Santo” provocando cambios y falsificaciones “según su criterio” del texto
bíblico en pleno conflicto de la Reforma. Esto provoca el consejo de Roberto Bellarmino
a su sucesor Gregorio XIV de que la única solución era mentir diciendo que
Sixto V (que murió súbitamente) quiso enmendar el error cuando lo descubrió y
no llegó a hacerlo (Sixto había amenazado con la Inquisición a quien discutiera
su traducción a la que consideraba “definitiva” e “inmodificable”).
¡Doctores eran los de antes! (aunque
no hay que olvidar que Bellarmino [1542 - 1621], santo y doctor de la Iglesia, en
sus Controversias, defiende la necesidad de matar herejes y la
obligación del Estado de quemar sus libros y quitar la libertad de creer) …
Espiritualidad
En lo personal – y con los límites
del caso – creo que más que cuestión de “teología” (y doctorado) es cuestión de
“espiritualidad” (evitando toda recaída – tan habitual en nuestros días – en el
neo-platonismo, por cierto). Entiendo lo indispensable de una “mística de ojos
abiertos”, atenta, también, a otras místicas no necesariamente “de casa” (¿se pueden
ignorar, y solo a modo de ejemplo, a Etty Hillesum y Simone Weil, en nuestros
días, aunque no confiesen explícitamente la “fe católica”?). Ciertamente es
imprescindible un buen discernimiento. En tiempos de individualismo y “sentimentalismo”
(o, peor / mejor, desbordes afectivos) se debe evitar la “recepción” de algo “porque
me gusta”. Y ese es mi alerta con los testimonios finales de las Consideraciones
de Venite ad me… Lamentablemente tenemos mucha experiencia de mucha
movilización y proliferación de grupos espiritualistas, intimistas,
individualistas y nada encarnados, nada comprometidos en la transformación de
la realidad de la que se “evaden” eucarísticamente, o en el “Santo Rosario” … Parece
sensato reconocer la enorme capacidad de movilización que tienen muchos de
estos grupos que llenan plazas, estadios, o Jornadas Mundiales de la Juventud…
No está de más preguntarnos, ante
estas “espiritualidades” (con tufillo neo-platónico, insisto) si no hay una
búsqueda de seguridades, algo habitual en los ambientes tradicionalistas que
dan la firme garantía de la inmutabilidad porque “siempre se hizo así”; y
cuando hablo de “búsqueda de seguridades” me parece que entramos en el terreno
de la idolatría, ¡sencillamente! Cuando hablo de la urgencia de “espiritualidad”
en pastores (curas, obispos, papas…) me refiero a la ya obvia urgencia de tener
un oído en el pueblo y el otro oído en el Evangelio. Biblia y realidad –
realidad y Biblia.
Un ejemplo
Es evidente que los modos de
celebrar la liturgia hoy no son los mismos que en el pre-Concilio. La
solemnidad, el fasto, la distancia de ayer ha dado lugar a otra cercanía,
sencillez… Y no se puede ignorar que hay quienes añoran aquellos “bellos”
tiempos. Solemnes.
En la Venite ad me se recuerda
un interesante testimonio de Romano Guardini (#93). Ciertamente, si Guardini
hubiera participado de una celebración de la Semana Santa en nuestros barrios
del Conurbano bonaerense no habría tenido la misma sensación. Me recuerda –
también – el maravilloso testimonio de Simone Weil:
Cuando leo
el catecismo del concilio de Trento, me da la impresión de que no tengo nada en
común con la religión que en él se expone. Cuando leo el Nuevo Testamento, los
místicos, la liturgia, cuando veo celebrar la misa, siento con alguna forma de
certeza que esa fe es la mía o, más exactamente, que sería la mía sin la
distancia que entre ella y yo pone mi imperfección. (Simone Weil, Carta a
un religioso, 1942).
Y, partiendo de esto quiero
finalizar con una referencia bíblica:
Todo judío del siglo I recordaba,
celebraba, añoraba las celebraciones en el Templo de Jerusalén (destruido por
los romanos en el año 70). Incienso, vestiduras fastuosas, rituales
interminables, más incienso, sacrificios y sangre, más fasto, ritmos y cantos,
fuego, más incienso, multitudes de sacerdotes y – especialmente en el
día-de-todos-los-días, ¡el Sumo Sacerdote!, y su entrada más que solemne en el Sancta
Sanctorum… Es de imaginar que los
cristianos que provinieran del ambiente judío vieran de un modo muy
contrastante ambas celebraciones: el Yom Kippur por un lado, y la mesa
sencilla de pan y vino compartidos por el otro; las procesiones, el templo y
las postraciones por un lado, y recostados a la mesa común por el otro; las
jerarquías (¡y el género!) bien señaladas, celebradas y canonizadas por un
lado, y el discipulado de iguales por el otro… Y no es de extrañar que muchos
añoraran las solemnidades, el “antes era mejor”, lo solemne es más “religioso”,
aquello es “como Dios quiere” … y en ese contexto, un autor escribe (o, más
bien, predica, y luego se trascribe) la carta a los Hebreos. El autor “espiritualiza”
(algo que debe entenderse claramente, para no hacerle decir a Hebreos lo que no
dice) y presenta un nuevo Templo, un nuevo Sacerdocio, un nuevo Sacrificio, un
nuevo culto… Nuevo y de una vez para siempre… Ciertamente, es posible que no
haya conformado a muchos. ¡Nostálgicos siempre hay! Pero buscó dar una
respuesta a una nueva propuesta, el cristianismo, en la que no había nada de todo
eso. No está de más, en nuestro tiempo, siempre recordando que se trata de una
lectura espiritual, alegórica, releer Hebreos para que el “Vengan a mi” no
signifique una “vuelta atrás” (nada de esto se puede concluir de las Consideraciones,
por cierto, pero “nunca falta alguien que sobra”, al decir de Miguelito, el
amigo de Mafalda).
Finalmente, creo que se trata de
profundizar, pensar, debatir, investigar, leer, estudiar… y, además, empezando
por la Biblia, es decir, ¡nada de lo que tantos están habituados a hacer en
este “cambio de época”.