martes, 25 de agosto de 2026

La Palabra de Dios, la obediencia… la libertad

La Palabra de Dios, la obediencia… la libertad

Eduardo de la Serna



El término griego hypakóê suele traducirse por “obediencia” (akuô, escuchar “hacia”), lo que es razonable ya que el término castellano proviene del latín ob (lo que está enfrente) audire (escuchar, oír). Ahora bien, una lectura literalista parece entender que lo que debe ocurrir es una “obediencia” acrítica”, una suerte de relación amo-esclavo. Nada que pensar, nada que analizar, nada que discutir, simplemente ¡actuar en consecuencia! Para más, en ese sentido, lo que Dios nos comunica son “mandamientos”, es decir algo que Él ha “mandado” lo cual, evidentemente, se debe “obedecer”.

No se debería negar que mucho de eso señalado se puede concluir de textos bíblicos, pero sería, por lo menos fundamentalista, quedarnos en un texto o un par de ellos. El Dios de la Biblia es uno que se va revelando, pedagógicamente, progresivamente, y, “en cristiano”, un Dios que se nos muestra “en Jesús”. Sin ser exhaustivo, pretendo aportar algunos elementos para entender la “obediencia” cristiana partiendo de textos bíblicos.

Para comenzar, el término griego tiene su ambigüedad. Veamos un simple ejemplo: Pedro golpea la puerta de casa de María y “lo escuchó” una muchacha llamada Rode (Hch 12,13). Es decir, ella reacciona ante lo que escucha. En los evangelios sinópticos, en los relatos de la llamada “tempestad calmada” se repite que a Jesús “el viento y el mar le obedecen” (Mc 4,41p). Evidentemente, en estos casos el sentido no es el habitual.

Hay algunos elementos que nos permiten otra mirada…

1.      Siendo coherente con textos del Antiguo Testamento, Jesús da el mandamiento” del amor, pero ¿se puede “mandar” el amor? ¿No es un acto libre, voluntario que surge de una decisión personal?

2.      La insistencia de Jesús en el “reinado de Dios” implica la realización de su voluntad, como incluso se repite en el Padrenuestro de Mateo: “¡hágase tu voluntad!” Claro que la clave radica en “conocer dicha voluntad”.

3.      Un elemento complicado y fascinante está dado en ¿cómo se escucha la “voluntad de Dios”? En la Biblia los profetas son quienes dicen “así dice el Señor”, pero también sabemos que con muchísima frecuencia hay quienes dicen que hablan en nombre de Dios, pero Dios no les ha dicho nada (Dt 18,20) … En este caso, la clave radica en el discernimiento; la clave radica en una “sensata interpretación” (y por eso, por inseguridad seguramente, el fundamentalismo afirma que no hay nada que interpretar sino simplemente “obedecer”). Jesús, incluso (en Mateo) replica: “han oído que se dijo … pero yo les digo”; es decir “un dicho” no necesariamente es “el último”, el “definitivo” …

Pretendo aquí mirar brevemente algunos textos:

En el Evangelio de San Mateo Jesús narra la parábola más simple de las que encontramos en sus dichos: un padre tenía dos hijos y le pide a cada uno de ellos que vayan a trabajar a la viña. El primero reacciona negativamente, pero finalmente va, mientras que el segundo, al contrario, dice que irá, pero finalmente no lo hace. “¿Cuál de los dos hizo la voluntad de su padre?” (21,31). Obviamente, hacer la voluntad es obrar en consecuencia. Pero no podemos ignorar que este padre en nada se parece al autoritario patriarca que castiga de modo ejemplar al “desobediente” (que, además, en un primer momento sería el primero). En este caso, hacer la voluntad, “obedecer” simplemente constata un dato. Y esto, en el texto, está dicho a raíz de aquellas y aquellos que “escucharon” a Juan y le creyeron o no, en un claro contraste entre prostitutas y cobradores de impuestos que si le creyeron, frente a sumos sacerdotes y ancianos del pueblo que no lo hicieron. Y creerle a Juan implica, en este caso, aceptar que Jesús era “el que ha de venir”, el “más fuerte” que “bautizará con Espíritu Santo y fuego”.

En la carta a Filemón, Pablo se dirige a su amigo diciéndole que sabe que tiene autoridad, libertad (parrêsía) para mandarle, pero prefiere exhortarlo en nombre del amor que lo caracteriza (vv.8-9). Y luego de darle una serie de sugerencias finaliza diciendo que “confiado en tu obediencia / docilidad (hypakoê) te escribo sabiendo que harás más que lo que te digo” (v.21). Obviamente Pablo ha dicho una serie de cosas (que Onésimo – un esclavo que se había fugado – sea tratado como un hermano) pero “sabe” que Filemón obrará conforme a lo escuchado, y que “hará más” todavía.

Es interesante que la carta a los Romanos, en la que Pablo destaca la centralidad de la “gracia”, la recepción libre y gratuita del actuar de Dios en nosotros, de su generosidad, está marcada en el comienzo y el final con la idea de la “obediencia de la fe”: por Jesús “recibimos la gracia y el apostolado, para la obediencia de la fe a gloria de su nombre entre todos los gentiles” (1,5), lo que es “un misterio (…) manifestado al presente, por la Escrituras que lo predicen, por disposición del Dios eterno, dado a conocer a todos los gentiles para obediencia de la fe” (16,26). Señalemos que – como es propio en Pablo – el aspecto que quiere señalar es la incorporación por la fe de los no-judíos (gentiles) a la comunidad del Pueblo de Dios. La fe es, evidentemente la clave en esto, es la recepción, la vida que se afirma en la propuesta de Dios (la fe en Pablo no es algo racional que puede aceptarse o no, sino una vida que se afirma o no en Dios mismo; tal es el sentido del sustantivo hebreo “amén”).

Vayan estos ejemplos para extraer una primera conclusión. Ciertamente, para una comunidad creyente Dios es su punto de partida. Pero no un Dios que indica caminos, que anuncia castigos o premios. Jesús nos revela un Dios que es Papá / Mamá de sus hijos e hijas que son también amigos y amigas. Conocer a un Dios que se ha manifestado en Jesús nos revela un espacio de humanidad. Se trata de conocer (escuchar) lo que nos constituye más humanos, mejor humanos, pero no repitiendo esquemas, palabras o modelos, sino pensando, mesurando, interpretando… Por ejemplo, muchos proponen reaccionar ante la violencia con una violencia mayor. Jesús propone romper desde la raíz esta espiral de violencia. ¿Cuál es nuestra respuesta? Y no creo que deba darse porque “obedecemos” al pie de la letra poniendo la otra mejilla, sino porque escuchando la propuesta de Jesús, estamos convencidos, creemos firmemente, que “ojo por ojo, el mundo terminará ciego” (Gandhi), que “la violencia de la no violencia” es “desarmada y desarmante”. La “obediencia” no radica en hacer “a la letra” lo dicho – en este caso – por Jesús, sino en pensar, investigar, analizar, debatir, discernir, rezar y quedar convencidos que es superadora, que, en este caso, es una mejor respuesta a la violencia.

Obedecer a Dios no se trata de no pensar sino todo lo contrario. De pensar con mucha seriedad para “actuar en consecuencia” frente a la realidad que también debe ser pensada (sería terrible creer en un Dios que nos da “recetas”). Escuchar a un Dios amigo, Padre/Madre, no es insensato para los creyentes, pero sí es insensato no pensar. El fundamentalismo entiende que no hay nada que investigar, se trata sencillamente de “obedecer”. Otros creemos que la “obediencia” es pensar seriamente la realidad y seriamente el Dios de Jesús (un oído en el pueblo y otro en el Evangelio) … y, habiendo escuchado, proponer lo que suponemos mejor, pero a su vez en escucha de otros que también tienen sus propuestas… ¡es que creemos que también en ellos Dios puede decir una palabra! Ironicemos diciendo que, si no respetamos un proceso de diálogo, de tiempo, de reflexión y nos quedamos con “lo primero” (por ejemplo, por seguir una “receta”) terminaríamos aplaudiendo al hijo que dijo “sí”, y no fue, y condenando al que dijo “no” pero finalmente fue a trabajar a la viña. Y la viña se quedaría sin frutos…

 

Imagen tomada de https://no.pinterest.com/pin/645281452902966195/

 

Comentario a las lecturas del domingo 22º "A"

El contraste con Pedro es camino de discipulado

DOMINGO VIGESIMOSEGUNDO - "A"




Eduardo de la Serna




Lectura del libro del profeta Jeremías     20, 7-9

Resumen: En un texto dirigido a Dios, Jeremías se lamenta del mensaje terrible que debe pronunciar al pueblo, y responsabiliza a Dios por haberlo engañado y arrastrado violentamente a esa misión.



En el libro del profeta Jeremías hay una serie de textos autobiográficos a los que con frecuencia – y quizás no demasiada precisión – se los ha llamado “Confesiones”, inspirado el título en san Agustín. Son, en realidad, un progresivo lamento a Dios por la situación violenta que padece el profeta a causa de su ministerio (cf. 11,18-12,6; 15,10-21; 17,12-18; 18,18-23; 20,7-18). Puesto que su anuncio es muy duro (se aproximan amenazantes los babilonios y Jeremías anuncia “destrucción” y “terror” como castigo de Dios por haber abandonado su alianza) él es sumamente criticado, maltratado y en ocasiones se busca su muerte. Podemos decir que en su vida, Jeremías la pasa muy mal, y esto es por “culpa” de Dios que lo ha llamado como profeta a anunciar desolación. Es en este contexto donde ha de leerse el texto litúrgico.

El lamento de Jeremías, en este caso, se encuentra en 20,7-18 y en la liturgia se lee sólo la primera parte.

Lo primero que afirma el profeta, en un texto dirigido a Dios (por tanto entramos en un nuevo horizonte ya que habitualmente en los textos proféticos es Dios el que habla por intermedio del profeta) es que Dios lo ha “seducido” (petitanî). El verbo indica un uso de la fuerza hacia una víctima, particularmente sexual (cf. Ex 22,15; Job 31,9) pero también se dice del engaño (Dt 11,16; Sal 78,36; Pr 1,10; que también puede ser sexual, cf. Jue 14,15; 16,5) como por ejemplo el de los falsos profetas (1 Re 22,19-23; Ez 14,9). El verbo vuelve a encontrarse en v.10 y allí la connotación parece nuevamente sexual aunque en este caso de dice no de Dios sino de parte de los enemigos. El verbo “agarrar” (hazaq) también se utiliza en el sentido de violencia sexual (Dt 22,25; 2 Sam 13,11; Pr 7,13). El culpable de esta violación al profeta es Dios que le ha encargado profetizar contra el pueblo. Y es precisamente ese pueblo el que ejerce violencia contra el profeta. A la violencia se agregan las burlas. El profeta quisiera no tener que predicar ya que no es agradable lo que debe decir, pero no puede callar. El texto presenta, así, un Dios engañador (en otra de las “confesiones” lo ha llamado “espejismo”, 15,18) en quien no es posible confiar que no es mejor que los “amigos” de Jeremías, quienes lo traicionan. La angustia del profeta es total y parece estar dirigiendo a Dios su lamento desesperado con la intención de moverlo a actuar en su favor. Su crisis interior se manifiesta puesto que siente en su propio interior incapacidad de callar aquello que debe decir a su pueblo de parte de Dios. El contenido de la predicación, que realiza a los “gritos” y con “clamor” (gritos de angustia) es “violencia” y “destrucción”. 

El Dios que se manifiesta como “fuego que consume” (Ex 24,17; Dt 4,24; 9,3; Is 33,14) recibe en Jeremías esa imagen hablando de su palabra (Jer 5,14; 23,29). Y ese fuego está encendido en su corazón (la sede de las decisiones) y prendido en los huesos, en su más profunda interioridad. Imposible librarse.



Lectura de la carta de san Pablo a los cristianos de Roma     12, 1-2

Resumen: Comenzando la parte final de la carta a los Romanos, Pablo los exhorta – como un sacrificio – a una vida que no se amolde al tiempo, sino que sepa vivir plenamente la novedad del Evangelio.



Como muchas de las cartas paulinas, después de una primera parte “teórica”, o doctrinal, le sigue una parte “práctica”, parenética. Es frecuente que esta esté introducida por el verbo “exhortar” (parakalô) (cf. 2 Cor 10,1; Fil 4,2; Ef 4,1; 1 Tes 4,1). Sin embargo, cabe una pregunta, en esta ocasión – que los diferentes autores disienten al responder – siendo que la comunidad romana es una comunidad que Pablo no ha fundado, que no los conoce ni lo conocen, esta es ¿qué autoridad afirma Pablo tener con los romanos para exhortar a un modo de vida concreto?, ¿qué conoce realmente Pablo de los romanos como para aconsejar o exigir un comportamiento concreto? Es probable que aquello a lo que el apóstol exhorta sea a un comportamiento más bien general, como consecuencias evidentes de todo lo que ha venido diciendo (y que en algunos momentos parece inspirado en lo que ha dicho en las cartas anteriores, teniendo en cuenta que Romanos es la última carta de Pablo). Propiamente hablando parakalô tiene una serie importante de significados: exhortar, animar, pedir, invitar, solicitar, consolar, dar coraje, confortar… pero de ninguna manera es “mandar”, “exigir”, “conminar” u “obligar” (de allí también el vocativo “hermanos”, muy frecuente en las secciones exhortativas de las cartas); el lenguaje es igualitario. Es la actitud de un padre o una madre (cf. 1 Cor 4,14-15; 2 Cor 6,13; 12,14-15; Gal 4,19; 1 Tes 2,7.11; cf. Flm 8-9). Si Pablo ha hablado de la gracia (Rom 1-11) ahora hablará de la “gracia en acto”. 


La invitación a ofrecer “los cuerpos” debe entenderse – como en 6,13 – en el sentido de ofrecerse a sí mismos (cf. 1 Cor 6,20; Fil 1,20). Y esta auto-donación de sí se presenta como “sacrificio [thysían] vivo [zôsan], santo [hagían] y grato [euarestón] a Dios. El sacrificio es habitualmente animal (el verbo tiene su raíz en el humo aludiendo a la parte de la ofrenda que se quemaba para los dioses). Pablo jamás hace referencia a la muerte de Cristo como “sacrificio”, pero lo utiliza – como aquí – para aludir a la vida de los cristianos (cf. Fil 2,17; 4,18). Aquí lo califica de vivo (lo cual es una contradicción ya que el sacrificio es muerte), santo y grato a Dios. Esta vida así entendida es presentada como “liturgia espiritual” (logikên latreias). El término griego “logikós (cf. 1 Pe 2,2) puede entenderse como algo “conveniente” (en relación a Dios, como es el caso; el término viene de logos y puede significar “razonable”). La latría es propiamente servicio a Dios (no necesariamente litúrgico, cf. 1,9). Pero este servicio es calificado de “logikós”, el cristiano está llamado a vivir su vida de un modo razonable con la fe y la gracia de las que Pablo ha hablado en los capítulos anteriores. 
  
Para ejemplificar esto, Pablo recurre a dos elementos, uno negativo (no se conformen) y uno positivo (transfórmense). “Conformarse” es un verbo raro (solo aquí y en 1 Pe 1,14), refiere a tomar un molde, un esquema preestablecido (sysjêmatizô) y tiene connotación moral, es configurarse según un modelo que, en este caso, se evalúa negativo, y se refiere a “este tiempo” (aiôn). Este tiempo, en este caso, no se refiere a un elemento temporal sino a un modo de vivir “de los contemporáneos” (cf. 8,18; 2 Cor 4,17). Al estar “en Cristo” el cristiano pertenece a un “nuevo tiempo” (cf. 8,1-2; 2 Cor 5,17; Gal 6,15).

A continuación presenta la misma idea pero desde una mirada positiva. Transformarse mediante la renovación de la mente. Si no se ha de “conformarse” al tiempo, se ha de “transformarse” (metamorfousthe) en un cambio fundamental, una re-novación (anakainôsis) que se supone continua, de toda la vida. La “mente” (nous) es importante – y frecuentemente se encuentra junto con logikós – y Pablo la había usado en 11,34 citando Is 40,13 donde el término hebreo ruah (= espíritu) fue traducido al griego por “nous”, mente; Pablo habló de la “mente de Dios”, la interioridad de Dios, el modo de juzgar divino y de ver la historia. En este caso eso permitirá reconocer (dokimazô, juzgar, evaluar, saber reconocer o distinguir lo verdadero de lo falso) “la voluntad de Dios” (cf. 2,18; Fil 1,10). Siendo que Pablo – en toda la carta – confronta con la Ley, no referirá a esta como “la voluntad de Dios”, cf. 1 Tes 5,21: “examínenlo (dokimazô) todo y quédense con lo bueno”. Los tres elementos que se afirmaron del sacrificio se replican aquí: lo bueno, lo que le agrada (se repite allí y aquí), lo perfecto. Lo “bueno” (único de los tres con artículo) parece ser lo que atraerá los demás (cf. 12,9.17.21; 13,3.4). Lo perfecto (teleios) alude precisamente al nuevo tiempo, cf. 1 Cor 2,6; 13,10; Fil 3,15). Es precisamente a esta plenitud de vida a la que exhortará a sus lectores. 



Evangelio según san Mateo     16, 21-27

Resumen: dirigido primero a Pedro, en contraste con aquel que es “piedra” fundamental, se le señala que es como Satanás, alguien que impide a Jesús seguir el camino de Jesús poniéndose delante. Luego, a los discípulos, se del dice que para serlo verdaderamente, no solamente se ha de seguir a Jesús, sino que se ha de negarse a sí mismo, y evaluar sensatamente el valor de la propia vida.



Hemos comentado la primera parte de este texto con cierto detalle en un artículo bíblico sobre “Pedro” que se encuentra en nuestro primer blog (http://blogeduopp.blogspot.com.ar/2014/06/pedro-en-los-sinopticos.html). Presentamos aquí los elementos principales y remitimos allí para los que deseen más detalles.

Este texto ha de leerse en paralelo antitéticamente con el evangelio de la semana pasada (“tú eres Pedro…”) ya que se complementan mutuamente. Es esquema es evidente:


Reacción de Pedro a lo dicho por Jesús
Sobrenombre dado a Simón
Comparación con una piedra
Lo que inspira a Pedro 
Lo que no inspira a Pedro
Tú eres 
el Cristo…
Tú eres Pedro…
Sobre esta piedra edificaré…
(te ha revelado) “sino” mi Padre que está en los cielos
No te lo ha revelado la carne ni la sangre (= seres humanos)
Lejos de ti, Señor, esto no te sucederá
Satanás
Escándalo eres para mí
(tus pensamientos) “sino” de los seres humanos
Tus pensamientos no son los de Dios
 


El rol de Pedro en la Iglesia, del que hablaba el Evangelio de la semana pasada, le había sido dado porque Pedro se dejó inspirar por Dios, de allí que fuera proclamado “bienaventurado” y la metáfora de la piedra es la de una piedra sobre la que se edifica. Pero en este caso – y sin duda, la figura de Pedro va en ambas direcciones – no se ha dejado inspirar por Dios sino por sus propios pensamientos, y en este caso es una “piedra de tropiezo”. La frase “¡quítate!”, “¡vete!” (hypage) es la misma que Jesús le dirigió al diablo en las tentaciones (4,10). 

Obviamente la referencia a Satanás es metafórica, le dice “quítate de mi vista” (o “vete detrás de mí”, vade retro) con lo que se lo invita a tener la actitud del discípulo, que camina detrás del maestro y no ponerse delante impidiendo el camino de Jesús, que es camino a la cruz. 

Entonces” Jesús se dirige a todos proponiendo un criterio diferente a aquel que guía a Pedro: “tomar la cruz”, que es – evidentemente – lo que lo ha movilizado a hablar, con criterios humanos. Eso es lo que ha de hacer quien “va detrás” de Jesús, quien lo sigue (y no quien se pone delante). No sólo Jesús será matado (es interesante que no dice que será en la cruz) sino que la cruz es lo que debe cargar quien quiera ser discípulo. 

El término “negarse” (aparnéomai) se encuentra sólo una vez en la biblia griega en un contexto de rechazo a la idolatría (Is 31,7) y fuera de eso, solamente en los sinópticos, pero generalmente referido a las “negaciones” de Pedro (26,34.35.75). Pedro es – en este caso -  todo lo contrario de lo que acá Jesús afirma, es quien niega a Jesús, no quien se niega a sí mismo, Pedro niega la cruz.

La segunda parte del texto es bastante semejante a Marcos. Parecieran una serie de dichos de Jesús agrupados en torno a un mismo argumento: seguir a Jesús. Los que tengan el compromiso de seguir a Jesús (“si alguno quiere”) deben “negarse a sí mismo”, “cargar”, “seguir”. El seguimiento de un maestro que se encamina cada vez más de cerca a la muerte es el destino que espera a sus discípulos. 

Salvar la vida y perderla y – luego – ganar y perder el mundo o el alma / vida es un paralelismo antitético evidente. Te trata de evaluar lo que vale más, de arriesgar o perder la vida y quedar o no fuera de la vida que Jesús trae. Ganar la vida es ser capaces de arriesgarla. Se trata de un encontrar inesperado, un descubrimiento. Perder o encontrar la “psyjê” (alma vida) no ha de entenderse en sentido dualista, propio del mundo griego. Se trata de la vida misma. El “mundo” (no ha de entenderse en sentido joánico en el que se trata de un ambiente perverso y adverso a Jesús) aquí es lo que aparece como aquello que impide al discípulo seguir a Jesús. El sentido es escatológico.



El video con comentario al Evangelio en
también lo podés ver en

lunes, 24 de agosto de 2026

La vida sin o con sentido

La vida sin o con sentido

Eduardo de la Serna

 


Quizás un “Signo de los Tiempos”, de nuestros tiempos, sea un elemento que aporta la estadística contemporánea:

 

  1.      La mayor causa de muertes por causas no naturales en Argentina y otros países es el suicidio. Incluso en un buque de guerra lleno de “Marines”, es decir, personas preparadas para matar (y eventualmente morir), sin embargo, lo que preocupa es la tasa de suicidios como los ocurridos en los portaaviones Abraham Lincoln y George Washington (2026). Lo mismo ocurre dentro de las fuerzas de Seguridad en Argentina, como ha reconocido recientemente la ministra de Seguridad 

  2.       Es notable en el mundo entero la importante baja de natalidad. Si en 1950 la tasa mundial era de 5 hijos por mujer, en la actualidad se ha reducido a 2,1. En Argentina se ha pasado de unos 777.000 nacimientos en 2014 a cerca de 413.000 en 2025.

 

Me parece evidente que ambos elementos son “multicausales”. Sólo desde la ignorancia o la caricatura (cosas pazguatas que caracterizan, lamentablemente, a más de un presidente en América Latina, como el argentino, por ejemplo) se puede señalar un aspecto, ignorando otros, y sin mirar, además, elementos fundamentales (por ejemplo, el descenso de maternidad por parte de mujeres adolescentes [en Argentina cayó más del 60%], lo que, ciertamente, parece positivo).

 

Pero, para empezar, (y teniendo claro que para pensarlo acabadamente se debería hacer un profundo análisis de causas, culturas, ambientes sociológicos, psicológicos, económicos…) pareciera que el tema central es “la vida”, el sentido de la vida, o, quizás, la falta de sentido.

 

Vivir, ¿para qué vivir? ¿cómo vivir? Una vez alguien dijo: “la vida no tiene sentido… ¡nosotros debemos dárselo!”. Sentido es dirección, ¿a dónde queremos dirigirnos?

 

  1.       Es posible que esa intención sobrepase nuestras capacidades y, por tanto, lo que sobrevenga es la frustración. Veamos: en muchos ambientes populares, la sensación de fracaso personal lleva a proyectar en los hijos un futuro ideal: jugadores de fútbol, modelos, artistas… [cosas reflejadas en la canción “Princesa”, de Joan M. Serrat, o el capítulo “El último héroe”, en la serie Los Simuladores]; algo que prácticamente nadie logrará, ciertamente. Resulta sensato, por tanto, que las metas propuestas sean sensatas, alcanzables.

  2.       Pero también, muchas veces, quizás por la misma experiencia frustrante, que las metas sean excesivamente bajas, sólo sobrevivir. Ser pusilánime o timorato conlleva bajar los brazos, ni siquiera intentar. 

    Y, debemos reconocerlo, ambas cosas, la frustración por no alcanzar la meta, o la actitud de ni siquiera proponérselo, son sumamente convenientes para quienes, por ejemplo, no quieren que las cosas cambien. Enfrentar un rebaño que se deja conducir acríticamente, sin fuerza ni voluntad, sin coraje ni entusiasmo es, sin duda alguna, lo ideal para mandantes y poderosos.

  3. Por otro lado, estamos habituados a ver en la gran usina de publicidad imperial, que es el cine, que la historia la puede cambiar una persona sola si acepta que “¡tú puedes!” y si es Rambo, un Duro de matar o, mejor aún Superman o Super chica… Ideal para la frustración, por cierto, para quienes experimentamos cotidianamente nuestros límites, nuestras incapacidades…

El individualismo (¡tan vigente desde lo político a lo religioso!) es, probablemente, el gran enemigo del cambio. Cambio necesario ¡y urgente!, señalémoslo. La historia es colectiva, comunitaria, social. Por eso es humana. Por eso ese sentido – dirección no es un camino solitario sino una peregrinación, un pueblo que camina. Y es el pueblo el hacedor de historia. Ciertamente de nosotros depende que “hagamos historia” o que “otros” la hagan. Pero – repitámoslo – de “nosotros”, no de “mí”, de “tú” o de “él”. Nosotros es pueblo, es comunidad. Y “vida” es lucha y conflicto, encuentro y abrazo, vida es frustraciones y felicidad, vida es también muerte. Vida es amor, y eso siempre, ¡necesariamente!, implica otros y otras. “Solo se trata de vivir”.


Vaya este texto iluminador para pensar todo esto:

 

La historia es necesaria porque no podemos vivir sin universo de pertenencia. El ser humano es una búsqueda de sí en el mundo, deseo de vida colectivo, de reconocerse como parte de una totalidad. Justamente, cuando Émile Durkheim estudia el suicidio, entre las motivaciones de fondo propone el exceso o la falta de pertenencia, el exceso de presencia de la sociedad en el individuo o la falta de puntos de referencia, el altruismo o la anomia. Una perspectiva que encontramos en muchos autores, corrientes y literatura, también hallamos en la famosa frase que pronuncia André Malraux en su novela ‘Camino de Reyes’: “uno se mata para existir”, uno se va para hacerse un lugar en la sociedad que lo ignora o sobrepasa, en un mundo que no me reconoce tal como soy. Ser parte de un todo, sentirse integrado, de la forma y manera que cada uno considere, es indispensable para el ser humano. Aunque las relaciones sociales se construyan sobre la base de un distanciamiento social que llamamos serial, ese contexto que impone la distancia puede cada vez ser superado para volver a encontrar la propia pertenencia. No hay que olvidar que la dinámica de inclusión y exclusión está siempre presente en la vida cotidiana de la sociedad. [Claudio Tognonato, _Kairós._ Unidad y multiplicidad de la condición humana, Barcelona: Calambur (2025) p.35]


Imagen tomada de https://elatril.dominicos.org/articulos/pura-impureza/

Comentario al Evangelio del domingo 22º A

Comentario al Evangelio del domingo 22º A


o también en

https://youtu.be/JLCRAKzfWA8

Eduardo


PS. por lo que veo no aparece soincronizado el video y la voz, coisa que desconozco por qué (pareciera algo del youtube y no sé cómo solucionarlo. ¡Disculpas!)

jueves, 20 de agosto de 2026

Los “pobres de espíritu”

Los “pobres de espíritu”

Eduardo de la Serna



En las fascinantes bienaventuranzas del Evangelio de Mateo encontramos, ¡y en primer lugar!, mencionados a los “pobres de espíritu” de quienes se nos dice que de ellos “es el reino de los Cielos”.

Lamentablemente, con mucha frecuencia, este añadido “de espíritu” se ha prestado a malos entendidos que merecen nuestra precisión. Inclusive, de un modo extraño y totalmente falso, se ha llegado a decir que “en todo el Nuevo Testamento” los pobres son “de espíritu”, lo cual no tiene ningún fundamento, por cierto (no aparece en "todo el NuevoTestamento" sino solamente ¡una vez!). Para ser precisos, el término “pobres” (en griego ptôjos; hay otros términos para aludir a los pobres, pero este es el que se señala en este texto) se encuentra 158 veces en la Biblia (34 veces en el Nuevo Testamento) y sólo aquí, por única vez, como decimois, se habla de pobres “de espíritu”. Ciertamente sería muy extraño que lo que se encuentra una sola y única vez sea una supuesta clave de interpretación de todos los demás textos; especialmente de aquellos que desconocen la idea. La bienaventuranza en Lucas, por ejemplo, se refiere a los que son pobres concretos, los que tienen necesidad (ver Lc 6,20).

Lo razonable es intentar entender de qué habla Mateo cuando usa esta imagen. Y lo primero a descubrir es que, en las bienaventuranzas, hay algunos elementos importantes de señalar. Todo parece indicar que estas eran originalmente ocho, pero la situación de la comunidad provocó que se añadiera una novena. Esta, la última, es bastante semejante a la octava (referencia a los perseguidos); hay en la comunidad un contexto de persecución que se ve todo a lo largo del Evangelio y que provocó que a las ocho bienaventuranzas originales se añadiera, repitiendo, para fortalecer a la comunidad, el sostén de Dios a quienes son perseguidos… De hecho, la primera y la octava terminan del mismo modo y en tiempo presente: “es el reino de los cielos”. En las restantes, su conclusión es en futuro. Esto permite entender que la novena es añadida.

Lo siguiente que es razonable señalar es que, por un lado, las bienaventuranzas son un clásico modo sapiencial de dirigirse a un grupo al cual se felicita por su modo de vivir. Sería semejante a pedir “un aplauso para…” quienes hacen tales cosas; cosa que, a su vez, frecuentemente tiene la contraparte, el abucheo, “pobres de aquellos que…” La razón de la felicitación, en este caso, es mostrar cómo las mira Dios. ¿Cómo mira Dios a los mansos, a los que lloran ante la persecución, a los que tienen hambre y sed de Justicia, los misericordiosos, los limpios de corazón, los artesanos de la paz…? Ciertamente Dios está de su lado, y ¡esa es la clave! Dios les hará poseer la tierra, los consolará, los saciará en la búsqueda de la justicia, les dará misericordia, les permitirá “ver a Dios”, los llamará sus hijos… Este es el futuro, como decimos, es algo que ciertamente ocurrirá. Pero, ya en el presente, Dios está reinando en aquellos que son “perseguidos por causa de la justicia” y, también, en los que son “pobres de espíritu”.

Mateo está mostrando un modo de vida para su comunidad, por eso es el primer discurso de Jesús en su Evangelio; eso es lo que Dios quiere o, al menos, podemos ver de qué lado está Dios en el drama (la persecución, por ejemplo).

La palabra “pobre de espíritu”, concretamente, no se encuentra en ninguna otra parte de la Biblia, aunque sí la hallamos en los textos de Qumrán:

Bienaventurados los hombres de la verdad, los elegidos de la justicia, los investigadores de la inteligencia, los buscadores de sabiduría, los constructores de [...] los que aman las misericordias, los pobres de espíritu, los depurados por la miseria y los purificados por la prueba, los misericordiosos ... los que se refuerzan hasta el tiempo de tu juicio, los vigilantes de tu salvación (1QH 6,2-5).

Se trata de la actitud del que pone en Dios su confianza, quien no confía en sus fuerzas. Es a ese a quien Mateo congratula diciendo que tiene a Dios por rey.

Hemos escuchado decir, por ejemplo, que ser pobres de espíritu no afecta las riquezas “materiales” ya que se trata de algo “de espíritu”. Ciertamente en nada se asemeja esto a lo que dice el Evangelio; se trata de un abandono total y confiado en Dios, de quien no hace de las riquezas un ídolo, quien no pone en ellas su confianza; se trata, en suma, de quien elige ser pobre, confiado plenamente en Dios… y que, por eso mismo, es feliz, puesto que Dios reina en sus vidas ya en el presente. Ser "pobres de espíritu" ciertamente es expresión concreta de la solidaridad con las víctimas. Hacer una lectura “espiritualista” de un texto tan comprometido con la realidad, muestra, una vez más, que los evangelios pueden manipularse ideológicamente; pero, por su parte, que Dios reina en los que reniegan de la idolatría del dinero y ponen su confianza en el Dios de los pobres; allí Dios reina. Esos sí son bienaventurados…

 

Imagen tomada de https://www.parroquiadesantaanapanama.com/dichosos-los-pobres-de-espiritu-el-reino-de-dios-crece-entre-los-sencillos-24329.html

martes, 18 de agosto de 2026

Comentario a las lecturas del domingo 21º "A"

Jesús elige un encargado para continuar su tarea en el reino

DOMINGO VIGESIMOPRIMERO - "A"


Eduardo de la Serna





Lectura del libro del profeta Isaías     22, 19-23

Resumen: Ante la realidad de un mal administrador de la casa del rey, Dios le dirige una palabra  afirmando que será exiliado a pesar de todo el boato que se ha preparado, y será reemplazado por Elyaquim en quien Dios tiene confianza, y tendrá la responsabilidad de tener un cargo casi real permitiendo o impidiendo acceder al rey.


A partir del capítulo 21 encontramos una serie de oráculos de Isaías a diferentes países o regiones introducidos todos con la misma fórmula: “Oráculo sobre / contra / en” (21,1.11.13; 22,1; 23,2). En 22,15 se interrumpe con otra habitual fórmula profética: “Así dice el Señor Yahvé” dando comienzo a otra unidad. De este modo, Isaías debe pronunciar una palabra de parte de Dios a Sebná, mayordomo, encargado del palacio (v.15). Palabra que culmina en 23,1 con un nuevo “oráculo”. En realidad, es continuación del oráculo anterior – al palacio de Jerusalén – con la diferencia de que este es personal, al mayordomo de este palacio, el encargado de la casa. 


Lo que se dice de él es que edifica y labra para sí mismo y no para “otros” (= el pueblo), y lo hace en la altura de la roca. Lo que afirma que Dios le hará, en una clásica construcción hebrea, repite el lanzamiento y la recolección (podría imaginarse como que “lanza lanzadera y recoge recogiendo”, a modo simplemente ilustrativo). Las traducciones utilizan – para visualizar esto – imágenes de pelotas, peonzas o – casi podría imaginarse – como una suerte de yo-yo. La imagen de que esto ocurrirá en un “amplio espacio”, en un “allí” distinto del “aquí” donde habla parece decirle a Sebná que su castigo radica en que morirá “allí”, en un lugar lejano al “aquí” donde se había preparado una tumba para sí mismo. El sepulcro, entonces, que estaba preparando con dedicación no será utilizado por él. Incluso “allí” irán sus “carrozas gloriosas”, la ostentación – característica de las clases dirigentes – no le servirá de nada y será pisoteada. 

A partir de v.19 (donde comienza el texto litúrgico) Yahvé habla en primera persona, concluyendo a su vez lo anterior, “bajando a Sebná de la altura” donde se había puesto. 

Aquel día”, en este caso el del rechazo (y exilio) del “encargado” Dios lo reemplazará con “mi siervo” Elyaquim. Lo “llamará” (lenguaje vocacional, cf. 42,6; 45,3; 49,1). Los términos que se utilizan para hablar de este nuevo “encargado” tienen elementos reales: “padre”, “trono”, “gloria”, “casa (= dinastía, familia) de su padre”.

Curiosamente, los vv.24-25 (omitidos en el texto litúrgico) parecen desmentir todo lo dicho de Elyaquim. Si el marco histórico es el inmediatamente anterior al exilio en Babilonia – como es posible – puede pensarse que el anuncio del personaje no siempre es coincidente con lo que realmente él hará en la historia, y su consiguiente rechazo por parte de Dios por la infidelidad. 

Una de las cosas que se afirman de Elyaquim – y es el motivo de su inclusión en el texto litúrgico – es que sobre su hombro tendrá “la llave de la casa de David”. Si bien puede interpretarse literalmente, parece preferible entender que el buen “encargado del palacio” (que Dios espera sea bueno, aunque es posible que no lo haya sido, como vimos) es encargado por el rey para administrar las “audiencias”; él decide quién entra y quién no a la vista del rey. Sin duda es un puesto de enorme confianza por parte del rey, y también de poder por parte del encargado ya que puede impedir el ingreso de alguien a quien él – y no el rey – desee.



Lectura de la carta de san Pablo a los cristianos de Roma     11, 33-36

Resumen: En un texto cargado de alusiones al Dios insondable de la Biblia, Pablo hace referencia a la incapacidad de comprender que tienen los seres humanos del obrar de Dios en la historia, como el modo que Israel ha tenido en el rechazo del Evangelio y la invitación a pensarlo  - y confesarlo – como su obrar salvífico en la historia.
  

Pablo concluye todo el bloque 9 – 11 y a su vez presenta un breve texto que tiene sentido en sí mismo. Se trata de un canto exultante a la sabiduría divina incapaz de ser medida con criterios humanos. 

“Señor, mi Señor, ¿quién comprenderá tu juicio? ¿Quién investigará la profundidad de tus caminos? ¿Quién puede discernir lo majestuoso de tus senderos? ¿Quién puede discernir lo incomprensible de tu inteligencia? ¿Quién de aquellos que han nacido ha jamás descubierto el principio o el fin de tu sabiduría?" (2 Baruc 14,8-10)

Si bien los contextos son muy diversos, el punto de partida es el mismo: ¿quién puede comprender – es lo que concluye Pablo – las razones por las que Israel ha rechazado al enviado de Dios y la gracia que Dios nos da en Cristo, de lo que trató en los caps. 9 – 11?
Esto concluye con una doxología (un canto a la “gloria” [= doxa] de Dios). 

A lo que se alude es a la “profundidad” (bathos, cf. Rm 8,39; 1 Cor 2,10; 2 Cor 8,2), lo que indica algo inaccesible. La “profundidad de la riqueza” parece estar señalando la riqueza inconmensurable (cf. 2,4; 9,23). La sabiduría y conocimiento (sofías kaì gnôseôs) se refieren a las que Dios tiene, no de conocer “a Dios”, ciertamente. Pablo ha contrastado en 1 Cor 1,21.24; 2,7 la “sabiduría de Dios” y la “sabiduría del mundo”. Por el contexto, como se ha dicho, se refiere a la sabiduría de Dios manifestada en la historia de Israel y de los paganos. La segunda parte presenta en paralelo la insondabilidad de los juicios (krímata, juicios, sentencias; cf. Sal 18,22-23; 36,7; 105,7; 119,39.43.175; se trata de las decisiones operativas de Dios) e inescrutabilidad de los caminos (cf. Sal 9,26; 95,10; 145,17) de Dios. Lo que Pablo está cuestionando es la incapacidad humana para comprender los designios de Dios en la historia.

La siguiente unidad está inspirada casi literalmente en Isaías (el texto griego):

Is 40,13 (hebreo)
Is 40,13 (griego)
Rom 11,34
¿Quién midió el espíritu (la ruah) de Yahvé? Y ¿qué hombre le enseñó su consejo?
¿Quién conoció la mente (nous) del Señor? Y ¿quién le dio instrucción como consejero (symboulós)?
¿Quién – entonces – conoció la mente (nous) del Señor? ¿Quién se hizo su consejero (symboulos)?

Se trata de dos obvias preguntas retóricas que suponen una respuesta negativa: ¡nadie!; pero a su vez una conclusión implícita: Dios no necesita de nadie que lo asesore, no admite rivales (en el texto de Isaías, evidentemente alude a un conflicto con los dioses babilónicos. Pablo indica que pretender conocer la mente del Señor significaría conocer sus caminos, su proyecto (cf. Sal 33,11; Is 40,8; 46,10), pero Dios es tan grande que es imposible que podamos conocerlo (cf. Job 36,26). 

Con una cierta coloración que remite a escritores estoicos (como Marco Aurelio) y a otros textos del N.T. aluden al poder divino sobre todas las cosas y, por lo tanto, también sobre la historia. La conclusión doxológica alude a todo esto haciendo referencia a Israel y los demás pueblos en su marco histórico y salvífico. Y esto concluye con el litúrgico “Amén” como respuesta de un colectivo visto como una bendición.

 
 
Evangelio según san Mateo     16, 13-20

Resumen: a diferencia de lo que afirman los hombres sobre Jesús y su ministerio, en nombre de los discípulos Pedro lo reconoce como Mesías, hijo de Dios y Jesús lo elige como piedra sobre la que edifica una nueva comunidad.

Hemos comentado este texto en detalle en un artículo bíblico que se encuentra en este blog (http://blogeduopp.blogspot.com.ar/2014/06/pedro-en-los-sinopticos.html). Presentamos aquí los elementos principales y remitimos allí para los que deseen más detalles.

Siguiendo en lo principal a Marcos, Mateo presenta a Jesús en Cesarea de Filipo (territorio extranjero) preguntándoles a sus discípulos quién dicen “los hombres” que es él. La respuesta que dan lo presenta en un rol importante, profético, pero incompleto. A la lista de Marcos (“Juan el Bautista, Elías o uno de los profetas”, 8,28) Mateo añade “Jeremías”. A la respuesta de Pedro (“eres el Mesías / Cristo”, 8,29) Mateo añade “el hijo de Dios viviente”. La principal novedad de Mateo radica en el largo dicho de Jesús a Pedro a consecuencia de esta confesión. Y también a diferencia de Marcos – que con esta confesión concluye toda la primera parte de su Evangelio – en Mateo el texto continúa en los vv.21-23 (que serán parte del Evangelio de la semana próxima) contrastando esta actitud positiva de Pedro, inspirado por Dios con otra negativa, inspirándose en sí mismo y recibiendo en ambos casos una metáfora referida a la piedra: piedra fundamental para edificar, en este caso; piedra de tropiezo en la otra.

Como se dijo, los dichos de “los hombres” (anthropoi) reconocen en Jesús un enviado de Dios a semejanza de los antiguos profetas. Siendo que la “teología oficial” judía afirmaba que ya no había más profetas hasta “el día” en que Dios decidiera “reconciliarse” con su pueblo, ver en Jesús un profeta sin duda es indicio de que se le reconoce un importante lugar en la historia, pero – por la repregunta – algo incompleto, tanto para el mismo Jesús como para los discípulos en nombre de quienes Pedro toma la palabra. La incorporación de Jeremías no es fácil de entender en este párrafo (cf. 2,17; 27,9) pero siendo este un profeta caracterizado por el sufrimiento y el rechazo, y – también – por su actitud crítica al Templo, hacen posible que radique aquí la incorporación que Mateo hace de este profeta (cf. 2 Mac 15,14-15). Señalemos que obviamente las voces no piensan que Jesús sea una suerte de “reencarnación” de estos personajes antiguos, sino alguien en quién sus capacidades están actuando. Los lectores de Mateo, por ejemplo, ya sabemos que Juan el Bautista no ha comprendido bien el ministerio de Jesús (11,2-3) o que Jesús es bien distinto de Elías (17,3; mientras Juan el Bautista es comparado con él, 11,13-15),

A la confesión tradicional, “el cristo” (cf. 1,17; 2,4; 11,2; 22,42; 26,63 aunque aquí es la única confesión de fe – propiamente hablando – como “Cristo” del Evangelio) Mateo añade “el hijo de Dios” que es la confesión realizada por los discípulos cuando Jesús camina sobre las aguas y Pedro con él (14,33). Los discípulos – además – ya habían sido felicitados (13,16) y se había afirmado que ellos habían recibido una revelación de Dios (11,25-30). No es muy distinto de lo que el Sumo Sacerdote interroga a Jesús si es (27,37.40.42.43). La imagen de “dios vivo” es característica del A.T. (Dt 5,26; Jos 3,10; 1 Sam 17,26.36; 2 Re 19,4.16; Sal 42,2; 84,2; Is 37,4.17; Jer 10,10; 23,36; Dn 6,20.26; Os 1,10).

La referencia especial a Pedro es novedosa, y exclusiva de Mateo. Pedro (cuyo nombre ya conocíamos, 4,18; 10,2) recibe una interpretación del sentido del nombre, y como piedra sobre la que se edifica (por tanto una edificación sólida, cf. 7,24). La Iglesia (sólo se encuentra en esta unidad – Mt 14-18 –y nunca más en todos los evangelios) es un término novedoso para un evangelio (además de que en el resto del NT siempre se trata de “Iglesia/s de Dios”, sólo aquí de Cristo, “mi iglesia”). El grupo de Jesús, para Mateo, se estructura en una comunidad eclesial (no parece aludir al Templo, o al nuevo Templo reconstruido; cf. 27,40) que se edifica sobre la roca-Pedro. 

Por Yahvé son asegurados los pasos del hombre; él se deleita en su camino: aunque tropiece no caerá pues Yahvé sostiene su mano. Su interpretación se refiere al Sacerdote, el Maestro de Justicia, a quien Dios escogió para estar ante él, pues lo estableció para construir por él la congregación de sus elegidos y enderezó su camino en verdad” (4QpPsa [comentario a los Salmos en Qumrán] 3,15-15)

La referencia a las “puertas del Hades” se presta a diferentes interpretaciones. Por ejemplo, ¿no prevalecerán contra la Iglesia o no prevalecerán contra la roca (= Pedro)? El Hades (= Sheol) es el lugar de los muertos, y la imagen de la puerta alude a que una vez cerradas esas puertas ya no hay retorno. Probablemente, entonces, se refiera a que la Iglesia tiene la tarea de rescatar a los prisioneros de la muerte abriendo las puertas del reino (notar en contraste entre las puertas del Hades y las llaves del reino). 

A continuación sobre este rol de Pedro se afirman dos cosas. Para  empezar, el tema de las llaves (ver lo dicho más arriba al comentar Isaías 22, primera lectura). Algo semejante se afirma en el apócrifo hebreo de Henoc:

a Henoc… le confié todos los tesoros y depósitos que tengo en cada cielo, encomendándole las llaves de cada uno de ellos. Lo hice príncipe sobre todos los príncipes, servidor del trono de la gloria, y lo coloqué sobre los palacios de Arabot para que me abriera sus puertas y junto al trono de gloria para exaltarlo y arreglarlo” (Hen [hebr.] 48C 3-4)

Las llaves están en función de un reinado, y Pedro es comparado con un mayordomo del reino (no ha de entenderse en el sentido de “cielo”, ya que este reino es “en la tierra”; es allí donde la Iglesia desempeñará su ministerio y donde debe continuar la predicación y hechos de Jesús). En 23,13 Jesús (es decir, Mateo) cuestiona a los escribas y fariseos por impedir entrar al reino a “los hombres”. Los discípulos de Jesús deben tener exactamente la actitud contraria. 


La referencia a atar y desatar, se dice también de los discípulos en general (18,18, que es el mismo contexto donde vuelve a aparecer el término “Iglesia” –v.17 – por única vez en los cuatro evangelios). Es la Iglesia, edificada sobre Pedro la que debe ayudar a “los hombres” a entrar en el reino. 


Sin embargo, es necesario recordarlo, esto es así ya que Pedro ha sabido dejarse conducir por Dios, cosa que no hará en la unidad que viene a continuación.


Foto tomada de lampuzo.wordpress.com