martes, 2 de junio de 2026

Comentario a las lecturas de Cuerpo y Sangre de Cristo "A"

Jesús es alimento para la vida

CUERPO Y SANGRE DE CRISTO - "A"


Eduardo de la Serna




Lectura del libro del Deuteronomio     8, 2-3. 14b-16a

Resumen: Con una invitación central a hacer memoria del obrar de Dios en el desierto, desde la salida de Egipto, hasta la llegada a la tierra de la promesa, Israel es llamado a “no olvidar” el obrar de Dios que, si bien se manifiesta en que Dios alimentó a su pueblo y no se desentendió de él, fundamentalmente lo ha sostenido con su palabra, expresada en los mandamientos. 



En el contexto del desierto, el Deuteronomio invita constantemente a hacer memoria. El verbo “¡acuérdate! Se repite insistentemente (5,15; 8,2.18; 15,15; 16,12; 24,18.22). Lo que se invita particularmente a recordar es “que fuiste esclavo en Egipto” y que Dios intervino activamente en su liberación. Por eso Israel tiene con Dios un compromiso de lealtad que queda expresado en los mandamientos que marcan el corazón del libro. La intervención liberadora de Dios está sintetizada en esa frase, pero no se trata solamente de que “te sacó” sino también de su compañía en la travesía. Evidentemente, por la fiesta litúrgica, el texto escogido está centrado en el maná, aunque no sea el único tema del texto. Se ha propuesto que la unidad (8,1-20) está formada de un modo concéntrico:


A.- Exhortación a la vida (v.1)

B.- Referencia al desierto (vv.2-4)

C.- Referencia al a Tierra prometida (v.7-9)

D.- Exhortación central: ¡no olvidar! (v.11)

C.- Referencia a la tierra prometida (vv.12-13)

B.- referencia al desierto (vv.14-16)

A.- Advertencia de muerte (vv. 19-20).


Como se ve, en este caso, el texto litúrgico solamente está constituido por la referencia a la memoria del desierto. El problema estará que al llegar a la tierra prometida, al vivir en la abundancia, Israel correrá el riesgo (en realidad es una crítica a lo que de hecho ocurrió según la perspectiva del Deuteronomio) a olvidar a Dios. La prosperidad (muchas veces atribuida a los ídolos) hace olvidar al Dios del desierto. Evidentemente el grito “¡Recuerda!” es paralelo a “no olvidar” (v.11), cf. Dt 4,9.23.31; 6,12; 8,11.14.19; 9,7; 25,19, 26,13; 31,21; 32,18.


Como a un hijo Dios probaba a Israel para ver lo que había en su corazón (vv.2.16). El maná era simplemente un elemento, porque la palabra de Dios (= los mandamientos) son lo que en realidad sostiene al pueblo. 



Lectura de la primera carta de san Pablo a los cristianos de Corinto     10, 16-18

Resumen: Pablo pone en estrecha relación el cuerpo eclesial con el pan y el vino eucarísticos. Esta comida pone en comunión de hermanos a los participantes entre ellos y con Cristo. Esta comunión es la clave de la eclesialidad reflejada en el pan y vino compartidos.


Como es frecuente en las cartas paulinas, con el término “hermanos” (en vocativo) da comienzo una nueva unidad. Esta, caracterizada por una reflexión bíblica que será “tipológica” (alegórica). El marco alude a la idolatría, a la que hace referencia en v.7 y explicita en v.14 (“por eso”). La invitación en v.15 a “juzgar” parece la conclusión de lo dicho invitando a evitar lo pasado a lo que hizo referencia en las citas (“la mayoría no agradó a Dios”, “no sean… como”) pero también da un paso más: el juicio debe evitar algo que ocurre en las mesas: no comer en “la mesa de los ídolos / demonios” y al mismo tiempo en “la mesa del Señor” (vv.20-21).

 

En v.23 vuelve a los temas originarios (cap. 8) de la carne ofrecida a los ídolos (v.28), la conciencia (vv.25.27.28.29) y el escándalo (v.32).

 

El tema del pan y la copa (vv.16.17.21) marcan una parte. La comida y bebida de los sacrificios (thysías) pone a los participantes en comunión (koinônoì) con el altar (thysiastêríou) (v.18) según cree el “Israel según la carne”. Los de ese Israel para Pablo son “mis hermanos”.

 

En esas comidas se provoca una doble comunión: con el Señor y con los demonios; algo que no puede vivirse al mismo tiempo. Pablo no quiere que los destinatarios “entren en comunión con los demonios” porque eso provocaría “los celos” del Señor (vv.21-22).

 

La primera parte, la comunión con la copa y el pan del Señor, constituyen la lectura del día por la referencia a la Eucaristía. El acento está puesto en la copa – sangre y el pan – cuerpo como comunión (koinônía) con Cristo.

 

Esta comunión con las víctimas es la clave de interpretación en esta parte remarcando una triple comunión: con el pan – copa, con las víctimas, con los ídolos. Ahora bien, ¿qué estaría diciendo Pablo? Es posible que la idea de “comunión” sea entre los participantes, como se ve en v.17 donde ellos son tenidos por “el cuerpo del Señor” dando así un paso del cuerpo personal al cuerpo eclesial de Cristo. Así nos presenta una comida en la que Cristo participa, en la que se comparte su cuerpo y su sangre y se participa de los beneficios de su “muerte por” en beneficio de los salvados. 

 

La doble pregunta “no es acaso” es retórica, y supone una respuesta afirmativa que Pablo sabe que sus destinatarios conocen. La “copa de bendición” es frecuente en toda comida en la que hubiera vino (que eran muy pocas, debemos tenerlo en cuenta). Igualmente, la imagen de que el pan es “partido” remite a la cena pascual de Jesús antes de la pasión (cf. 1 Cor 11,24) en la que cuerpo y sangre están unidos (con lo que podemos pensar que Pablo está recurriendo a un texto tradicional que aplica a la comunidad en v.17 al pasar de “un pan” a “un cuerpo” en sentido eclesial). El pan “uno” gesta el cuerpo “uno”. Algo que también puede verse en el relato eucarístico de 1 Cor 11,17-34 donde ante la ruptura de la comunión, provocada por los ricos que no esperan a los pobres y comen su propia cena, el Apóstol les dice que eso “no es la cena del Señor” (v.20) y les dirá que el que “come y bebe” sin discernir el “Cuerpo”, “come y bebe su propio castigo” (v.29). El “cuerpo” eclesial (el hermano pobre como parte del mismo cuerpo) es lo que no saben discernir.



 Evangelio según san Juan     6, 51-58


Resumen: En el discurso del pan de vida, donde se nos invita a recibir por fe a Jesús en la vida, se incorpora un texto –aparentemente chocante- donde se da un paso más invitando a los lectores a “comer” y “beber” la carne y la sangre del “hijo del hombre”. Sólo al recibirlo podremos acceder a la vida divina.


Desde hace mucho tiempo se sostiene que la unidad que la liturgia hoy propone fue añadida por un redactor al Evangelio con intenciones sacramentales. Jesús había pronunciado un largo discurso presentándose a sí mismo como “pan” invitando a “recibirlo”, el sentido estaba dirigido a que recibir a Jesús por la fe da la vida a los creyentes. El tema es característico del cuarto Evangelio: la fe conduce a la vida divina. Sin embargo, ante algunas ausencias que se consideraban importantes, algún miembro de la comunidad incorporó una serie de temas para que el Evangelio fuera mejor recibido. El texto litúrgico de hoy es un ejemplo de esto.

 

 La novedad comienza con la referencia a que lo que se come es la “carne” (v.51) tema que volverá en los versos siguientes: vv. 52.53.54.55. El texto típicamente joánico, por otra parte, con el doble “en verdad” (v.53) parece aportar la clave, esta “carne” es la del “hijo del hombre” que en Juan tiene un sentido importante (13 veces; 12 en la primera parte del Evangelio); el “hijo del hombre”, que parece remitir al personaje del libro de Daniel, hace referencia a la autoconciencia de sí que tiene el Jesús de Juan, esto es al “hijo” que se hace “carne” para “dar vida”.

 

El clásico malentendido, propio de Juan para avanzar en la revelación se manifiesta en este caso en la comprensión de los judíos en clave “antropofagia”, algo ciertamente chocante y que suena a amenaza (Lev 26,29; Dt 28,53-57; Jer 19,9; Ez 5,10…) a lo que Jesús añade algo todavía más duro: “beber la sangre”, algo no sólo prohibido (Gen 9,4; Dt 12,16.23; Lev 3,17; 7,26-27; 17,10-14; 19,26) sino expresamente condenado a muerte (Lev 7,27; 17,14). La paradoja de Jesús viene precisamente dada porque en este caso, el del “hijo del hombre”, el que come y bebe tiene vida, y el que no la coma no podrá tenerla (en un clásico paralelismo antitético), aunque hay que recordar que en Juan zôê – el verbo aquí usado - se refiere a la vida divina:

 

       En verdad, en verdad les digo: 

  • (-) si no comen la carne del Hijo del hombre, y no beben su sangre, no tienen vida en ustedes.
  • (+) El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo le resucitaré el último día. (vv. 53-54)

Pero esta comida y bebida, su carne y sangre son comida “de verdad” (alêthês), término característico en Juan para designar las cosas auténticas: “Dios es veraz” (3,33), y como veraz ha enviado a Jesús (8,26).

 

 Esta comida y bebida engendran una inhabitación entre Jesús y el que come y bebe. Esto está expresado con el verbo “permanecer” (menein) que es también importante en Juan para designar esta mutua pertenencia (cf. 15,1-10).

 

 Otro término, propio de Juan y característico de esta estrecha relación entre el Padre y el Hijo, y –partiendo de esto- los creyentes es el “envío”. Con la misma autoridad de quien envía, siendo que lo que el Padre dice o hace, lo dice o hace el Hijo con su misma autoridad. En este caso, el Padre viviente da vida al Hijo, esa misma vida la reciben los que “coman” a Jesús (“me coma”) (v.57). 

 

 El texto finaliza con una imagen ya utilizada al hablar del maná (pan que comieron los padres) pero murieron. En este caso, este pan da vida (zôê) eterna. 

 

Una nota sobre los verbos de “comer”. En el capítulo 6 el verbo esthíô (comer, en aoristo éfagon) es muy usado: 5.23.26.31(x2).49.50.51.52.53.58 pero en vv.54.56.57.58 (y en 13,18) utiliza trôgô (masticar, algo que en un primer momento se decía de los animales, aunque luego se asimilaron, pero pareciera más “material”). Seguramente la intención de la mutua asimilación, lo chocante de la comida humana y la bebida de sangre se ven reforzados con el uso de este verbo, aunque no debe olvidarse que se trata de “masticar” la “carne” y beber la “sangre” del hijo del hombre, la palabra encarnada que revela al Padre y de ese modo nos da la vida divina.


El video con comentario al Evangelio puede verse en

o también en



Cuadro de Mark Chagall tomado de jewishstudies.eteacherbiblical.com

sábado, 30 de mayo de 2026

Un límite a la humanidad magnífica

Un límite a la humanidad magnífica

Eduardo de la Serna



En lo personal tengo a San Agustín en una estima altísima. Para mí – obviamente se puede opinar distinto – es de los grandes pensadores y teólogos cristianos de todos los tiempos. ¡De los más grandes! Por supuesto que eso no significa ignorar muchos de sus límites, gran parte de los cuales fácilmente se entienden en su tiempo, su cultura, su historia… Su posición negativa, por ejemplo, frente a las mujeres o a los judíos, difícilmente puedan hoy sostenerse, pero, seguramente, esto debe ubicarse en su contexto. Otro elemento, que es al que quiero referirme, es su clara postura platónica. Difícilmente podría – en ese tiempo – intentar pensar la fe y la vida cristiana sin la ayuda del platonismo (y neo-platonismo), lo cual – ciertamente – no significa que debamos hoy asumirla (y, menos aún, acríticamente). Dentro de esto, además, claramente puede ubicarse su lectura de la Biblia, lectura que hoy es desaconsejada en los mismos textos magisteriales.

Señalo esto porque, en Ciudad de Dios, Agustín dice claramente:

Por consiguiente, dos amores construyeron dos ciudades, el amor a sí mismo hasta el desprecio de Dios la terrena, y el amor a Dios hasta el desprecio de sí mismo la celeste. Aquélla se gloria en sí misma, ésta en el Señor. Pues aquélla exige de los humanos la gloria, pero para ésta la máxima gloria consiste en tener a Dios por testigo de su conciencia. Aquélla levanta la cabeza en su vanagloria, ésta dice a su Dios: Gloria mía, tú levantas mi cabeza [Salmo 3,4]. A aquélla la domina el ansia de dominio en sus príncipes o en las naciones que somete, en ésta se sirven mutuamente en la caridad los dirigentes gobernando y los súbditos obedeciendo. Aquélla ama su fortaleza en sus poderosos, ésta dice a su Dios: Te amo, señor, mi fortaleza [Salmo 17,2]. Por ello, en aquélla sus sabios, que viven conforme al hombre, han perseguido los bienes de su cuerpo o su alma, o de ambos, o quienes pudieron conocer a Dios, ni le glorificaron como Dios ni le profesaron agradecimiento, sino que se extraviaron en sus pensamientos y su corazón ignorante se oscureció; al afirmar que eran sabios (es decir, exaltándose en su sabiduría bajo el dominio de su soberbia) se hicieron necios y cambiaron la gloria del Dios incorruptible por imágenes corruptibles semejantes al hombre, a las aves, a los cuadrúpedos y a los reptiles (pues fueron conductores o seguidores de los pueblos en la adoración de imágenes semejantes), y rindieron culto y sirvieron a la criatura antes que al Creador, que es bendito por todos los siglos [Romanos 1.21-24], pero en ésta no existe ninguna sabiduría humana salvo la piedad, por la que rinde el culto apropiado al Dios verdadero, esperando en la sociedad de los santos, tanto de los seres humanos como de los ángeles, el premio siguiente: que Dios lo sea todo en todas las cosas [Romanos 1,25].

[San Agustin, Ciudad de Dios XIV,28]

Y, creo que es evidente, este es el esquema desde el que parte León XIV (¡agustino!) en su reciente encíclica Magnifica Humanitas.

Como puede verse en esta encíclica, el punto de partida (y de conclusión) es la lectura bíblica de la construcción de Babel y la reconstrucción de las murallas de Jerusalén en tiempos de Nehemías. Creo que ninguno de ambos textos dice – al menos en lo fundamental – lo que el Papa dice que dicen, pero bien parece una lectura hecha en clave “dos ciudades” agustiniana. Babel – que es Babilonia – es la edificación de un imperio, y la desmesura imperial exige que exista una sola y única lengua. La dispersión y la multiplicidad de lenguas es un acto de resistencia anti imperial, y algo provocado por Dios que toma partido por las víctimas de la violencia y la opresión. La lengua propia (el hebreo, por caso) es evidentemente algo querido por Dios. Nehemías es sirviente imperial; la reconstrucción de las murallas de Jerusalén son algo querido (¡y financiado!) por el imperio persa para evitar la presencia egipcia en la región. Pero, además, en el texto referidos por León, se destaca la gran oposición a dicha reconstrucción (especialmente por los samaritanos y los pueblos vecinos), pero también, cómo dicha actitud perjudica a los pobres, algo frente a lo que Nehemías debe reaccionar. Todo esto queda, además, complementado – por el Papa – con la Jerusalén del Cielo, del Apocalipsis sin que él señale nada, en este caso; ¿es la Iglesia (como es posible)? ¿es un planteo de escatología final, y por tanto sin constructores humanos? Nada de eso se dice en la encíclica (la cual, extrañamente añade una tercera a las dos ciudades).

Pero, para más, si excluimos estos textos, que, como dije, estructuran toda la encíclica, la Biblia y los Padres de la Iglesia (con excepción de Agustín) están totalmente ausentes del texto. Y acá mi pregunta… ¿Se puede hacer verdadera y seria teología católica sin tener en cuenta la Palabra de Dios y la Tradición, de la que los Padres son mojones fundamentales? Sinceramente creo que no. Creo que será un aporte interesante, un texto quizás humanista, quizás una reflexión piadosa (y espiritualista en el sentido neoplatónico) pero no creo que sea un texto verdaderamente teológico. ¿Será Magisterio? Ciertamente, para empezar, la clave estará dada por la Recepción, algo que sabremos con el tiempo (y no me refiero a semanas o meses) …  Lamentablemente hay textos dizque magisteriales en los que la Biblia está ausente (o usada de modo meramente decorativo), pero – de nuevo me refiero a mi mirada – sigo lamentando la ausencia de lo bíblico. Irónicamente he dicho (y repito) que los que se autoperciben “magistres” magisteriales, harían bien en sacar de los documentos del Concilio Vaticano II la Dei Verbum (la maravillosa Dei Verbum, aclaro), al menos para no quedar como teólogos esquizoides, o que sostienen algo que, al menos en la práctica, manifiestan no creer. Es bueno destacar que muchos de los primeros Padres señalaban la divinización del ser humano gestada en la encarnación (“Dios se hizo hombre para que el hombre se haga Dios”; “lo que no es asumido no es redimido”, etc…). Es interesante señalar que el “humus común” en estas temáticas ha hecho confundir en más de una ocasión a los autores; hay expresiones semejantes o afines en varios Padres y por eso se han atribuido, erróneamente, con frecuencia la primera cita a Agustín y la segunda a Ireneo (incluso así ocurre en el documento de Puebla 400)

  • ·         … que estés entre aquellos a quienes se concedió llegar a ser hijos de Dios. En efecto, Dios quiere hacerte dios, no por naturaleza, como lo es aquel a quien engendró, sino por don suyo y por la adopción. [Agustín, Sermón 166.4]
  • ·         Tal es la razón por la cual el Verbo se hizo hombre y el Hijo de Dios, hijo del hombre; es por la cual el hombre se intercambia con el Verbo y recibe así la adopción filial, deviniendo hijo de Dios [Ireneo de Lyon, Contra las Herejías III,19.1]
  • ·         Porque él mismo se hizo hombre para que nosotros llegáramos a ser Dios; y él mismo se hizo visible a través de su cuerpo para que tuviéramos una idea del Padre invisible [Atanasio, sobre la Encarnación del Verbo 54.3]
  • ·         Si alguno pone su esperanza en un hombre privado de espíritu, él verdaderamente ha perdido el espíritu y no es digno de ser salvado enteramente, porque lo que no es asumido no es sanado, pero lo que está unido a Dios es salvado [Gregorio Nacianceno, carta 101.32]

Esta divinización del ser humano fue rechazada (y hasta negada vehementemente en otros tiempos) por “teólogos” posteriores, pero alli se revela claramente la enorme influencia y lectura de los textos bíblicos que movía el pensar y decir de los Padres. Insisto: extraño una buena teología en los escritos magisteriales; lamento su ausencia más allá de que haya muchos elementos positivos, ¡y hasta necesarios!, en ellos. ¡Ven, Espíritu Santo!


Imagen tomada de https://radiomaria.org.ar/programacion/donde-quiero-estar/asumir-el-barro-que-hay-en-vos-es-descubrir-sus-propiedades-sanadoras-indico-fray-jose/

jueves, 28 de mayo de 2026

Betsabé, una mujer sospechada

Betsabé, una mujer sospechada

Eduardo de la Serna


 

Sabemos la importancia que en la Biblia ocupa el rey David; rey propuesto habitualmente como modelo de todos los demás monarcas; un rey cuyo “corazón perteneció por entero a Dios” (1 Re 11,4), aunque, como lo hemos dicho en otras ocasiones, la Biblia no duda en mostrar sin engaños ni disimulos sus pecados. Uno de estos pecados, gravísimo, por cierto, incluyó a Betsabé, la esposa de un importante militar (del que debemos hablar en otra ocasión), Urías, del ejército del rey.

Mientras su esposo estaba en la guerra, David, levantado de la siesta, caminando por la azotea de palacio, ve en una casa vecina a Betsabé bañándose (Bar Sheba significa “hija de la abundancia”). Se informa acerca de ella (es decir, sabe que es mujer casada; 2 Sam 12,3) y la hace traer a palacio donde tiene relaciones sexuales con ella. De este encuentro, ella queda embarazada. Para esconder su delito, David – como veremos en otra ocasión – hace asesinar a Urías, mientras ella pierde al hijo (2 Sam 12,14-18). De un nuevo encuentro sexual entre ambos, nacerá Salomón (2 Sam 12,24).

Mirando con atención el hecho, es razonable preguntarse qué posibilidades tenía Betsabé de negarse a los requerimientos sexuales del rey. El hecho se parece bastante a lo que hoy llamaríamos “abuso”, si no, directamente, a una violación. Pero el posterior nacimiento de un hijo, y la nueva vida de ella en palacio, le permiten a Betsabé una nueva existencia. 

Como era frecuente en los reyes de su tiempo, David tuvo muchas mujeres y otras tantas concubinas con quienes tuvo bastantes hijos (ver 1 Crónicas 3,1-9). Y, como era frecuente en las monarquías, la sucesión del rey era un tema conflictivo, y en ocasiones muy violento.

Ciertamente Bertsabé tuvo buenas relaciones con el profeta de la corte, Natán, por lo que, cuando las fuerzas del rey iban menguando, ella interviene en favor de Salomón a fin de que David lo escogiera como su sucesor, especialmente incentivada con el hecho de que otro hijo – Adonías – se había autoproclamado rey. Aparentemente David le había prometido a ella que su hijo sería el sucesor (1 Re 1,17), y, entonces tanto Betsabé como Natán le recuerdan a David la promesa (1 Re 1,30), y le informan lo que Adonías había hecho (1 Re 1,13.18-19.24-27).

Incentivado por Betsabé, por Natán y el sacerdote Sadoc, David nombra rey a Salomón, lo ungen, lo montan en la mula del rey, y hacen un banquete festivo. Enterado de esto, Adonías tiembla de miedo por su vida y consigue que Salomón le prometa que no será asesinado (1,41-53).

Con Salomón ya en el trono, Adonías le formula a Betsabé un pedido para que interceda ante el rey (1 Re 2,17): le pide como esposa a Abisag, la mujer que acompañó la ancianidad de David (ver 1 Re 1,3.15). Esto es visto como muy grave ya que las concubinas del rey son tenidas como una propiedad importante del monarca (ver 2 Sam 16,20-22). Salomón escucha a su madre, a la que ha sentado en un trono a su lado, pero no accede a su pedido por lo que, finalmente, y probablemente incentivado por Betsabé, Adonías es asesinado (1 Re 2,25), como también ocurre con todos los que fueron sus aliados: Abiatar, Joab, Shimei (2,13-46).

Como puede verse, Betsabé no se diferencia de otras mujeres madres o esposas de reyes del mundo antiguo. Lo único que podríamos calificar de novedoso es su acceso a la corte a causa de la relación sexual con David y su posterior embarazo, algo que – como hemos dicho – no parece fruto de una decisión personal de ella sino de algo a lo que no podría negarse sino a costa de su propia vida.

Es curioso, entonces, que ella figure en Mateo 1,6 en la lista de las mujeres incorporadas en la genealogía de Jesús junto con Tamar, Rahab y Rut, aunque, probablemente, esto se deba a que se trata de no judías (en Mateo a Betsabé no se la menciona por su nombre ni por el de su padre, Eliam, nombre judío, “el Dios de mi hermano”, sino que se la llama "la que fue mujer de Urías", que era hitita).


Imagen tomada de https://es.wikipedia.org/wiki/Betsab%C3%A9

martes, 26 de mayo de 2026

Extrañamente, sigo creyendo que la Biblia es “palabra de Dios”

Extrañamente, sigo creyendo que la Biblia es “palabra de Dios”

Eduardo de la Serna



Hace tiempo, ¡mucho tiempo!, vengo diciendo que en la Iglesia ya no se cree que la Biblia sea "palabra de Dios"...

Usar textos bíblicos sueltos se parece a los globos en la decoración… Y no es eso lo que la Biblia es. Ni lo que creemos que es… ni lo que esperamos que sea…

Curiosamente, la misma Iglesia en su Magisterio (irónicamente decía un amigo teólogo que “lo de ellos es Magis-terio, lo nuestro es Minis-terio) dice qué es y cómo leer la Biblia en la Iglesia. Pero, como parece que “el legislador no está sujeto a la ley”, hacen con la Biblia cualquier cosa, menos lo que la misma Biblia dice… Y, para ser exactos, a nivel pontificio, creo que esto aplica desde Juan Pablo II hasta nuestros días (Francisco y León XIV incluidos), y – episcopalmente – (obviamente no he leído, ni podría, a todos los obispos) no veo que sea diferente, sea en Conferencias Episcopales como en textos, al menos, aislados.

Para ser precisos, brevemente, ayer el arzobispo de Buenos Aires hizo su homilía en el anacrónico Te Deum partiendo del texto de Marcos 2 (texto que – hay que reconocerlo – numerosas traducciones bíblicas titulan: “curación de un paralítico”). Su homilía se centró en “las parálisis”, los “ayudantes” y los críticos (los escribas) omitiendo lo que evidentemente es lo más importante del texto: el perdón de los pecados: «para que sepan que el Hijo del hombre tiene en la tierra poder de perdonar pecados…» (Mc 2:10). Además, leído en una lectura alegórica (los cuatro ayudantes, por ejemplo, el “odio” de los escribas, las distintas parálisis…).

León XIV estructura su encíclica en torno a dos principios, la construcción de Babel y la de Jerusalén (por Nehemías); curiosamente se omite que el texto de Nehemías destaca el rol de los adversarios en la reconstrucción (además de la relación de Nehemías con los persas, y el maltrato y explotación de los pobres) y también que el de Babel es una clara crítica imperial contra Babilonia. Nada de eso figura. Sólo lo que al papa le gustaría que el texto dijera… Además, centrado en la “ciudad” (el campo y los campesinos no parecen importar en el texto).

Disculpen a los que tenemos el “Minis”-terio de biblistas, teólogos o exégetas… pero algunos seguiremos diciendo – y eventualmente enseñando – que la Biblia es palabra de Dios, que Dios se revela (y no como quisiéramos que lo haga, sino cómo Él elige hacerlo por aquello de “dejar a Dios ser Dios”)… No puedo menos que recordar al querido cura Gustavo que irónicamente decía que “los obispos leen concienzuda, seria y profundamente la Biblia para después ¡hacer exactamente lo contrario!”

Comentario a las lecturas de la Santísima Trinidad "A"

El amor extremo de Dios

SANTÍSIMA TRINIDAD – “A”



Eduardo de la Serna





La Santísima Trinidad es un tema central y principal de nuestra fe cristiana, pero no es un tema que se encuentra explicitado en la Biblia. Así, las lecturas no desarrollan este tema (aunque la lectura de san Pablo lo insinúa, como se verá). En cierto modo podemos decir que estas son seleccionadas por dos razones: porque dicen “algo” sobre Dios, y porque comienza –en cierto modo- a vislumbrarse el tema trinitario. Acotemos que decir que no son temas explicitados en la Biblia no implica decir que no son temas “importantes”, o que no tienen “fundamento”, puesto que sí lo tiene, como se dijo. La tradición eclesial, y en especial la tradición apostólica y sub-apostólica (que también valoran los hermanos protestantes) se expresa en los primeros concilios, como los de Nicea y Constantinopla donde el tema es explicitado, y forma, por lo tanto, parte fundamental de nuestra fe. Sin embargo, aclarado esto, nos dedicaremos en este espacio a comentar los textos bíblicos, con los límites señalados, pero para ayudar a descubrir sus riquezas.


Lectura del libro del Éxodo     34, 4b-6. 8-9

Resumen: El Dios de Moisés se presenta como un Dios de cercanía en favor de su pueblo a pesar de su actitud caracterizada por las iniquidades y pecados. Dios se caracteriza por su ternura y su amor.



El texto del Éxodo, como lo es en general el conjunto de la Torah, es confuso y entremezclado; se ha hablado de una serie de documentos que lo conforman. Lo cierto es que parecen descubrirse más de una mano en él. Mientras Moisés quería ver la gloria de Dios (33,18) más adelante Dios le afirma que él mismo escribirá sus palabras en las tablas de piedra que Moisés ha tallado (34,1). Esta imagen más antropomórfica de Dios contrasta con lo que sigue donde Dios desciende “en la nube” (v.5). Moisés allí “proclamó el nombre” de Yahvé. Esto ocupa el centro del relato, destacándose en él los atributos que la Biblia afirma de Dios:


Como se señala en otras partes destacando los atributos propios del Dios de la Biblia, se lo menciona como «Mas tú, Señor, Dios clemente [rahûm] y compasivo [hanûn], tardo a la cólera [’f], lleno de amor [jesed] y de verdad [’emet]» (Sal 86,15; 103,8; 145,8; cf. Jl 2,13; Jon 4,12). Lo primero: “misericordioso y clemente” (Neh 9,17.31; Sal 11,4). Por su parte, el par “amor y verdad” se encuentra 36x en el A.T., por ejemplo: Sal 25,10; 26,3; 40,11.12; 57,4.11; 61,8; 69,14; 85,11; 89,15; 108,5; 115,1; 117,2; 138,2. 


Cada uno de estos términos merecería un amplio comentario –especialmente porque no han de entenderse en el sentido con el que los utilizamos habitualmente. Simplemente resumamos diciendo que rahum (clemente) puede entenderse como ternura, el amor de madre; hanûn (compasión) se entiende como misericordia, gracia; ’f (cólera) es el enojo, resoplido, amargura; jesed (amor) es solidaridad, responsabilidad, gracia, gratuidad, confianza y ‘emet (verdad) es fidelidad, lealtad, firmeza, constancia. Todo esto se predica de Dios a quien se lo llama “Yahvé”.


Yahvé es el nombre que la Biblia da a su Dios. Decir el nombre es en cierta manera definirlo, es reconocer función, o capacidad. Todas estas capacidades se dicen del Dios de Israel; a esto ha de sumarse que el mismo nombre alude al “ser” [el nombre puede querer decir “yo soy el que soy” en el sentido reduplicativo que contrasta con los ídolos, que no son, o también “yo soy el que estoy (contigo)” en el sentido del Dios que camina con su pueblo]. Este es el Dios al que Moisés proclama, al que le reconoce que:

castiga los males hasta la tercera generación pero perdona y ama por mil generaciones” [este párrafo, v.7 está omitido por la liturgia]. El acento aquí está –obviamente- en el contraste entre tres o cuatro generaciones a las que castiga y que perdona “por miles”.

 

Israel no ha sido un pueblo fiel, pero…


A continuación se afirma que Moisés “cae en tierra” y desde allí –precisamente por la capacidad de perdonar de Dios, que acaba de señalar, pide el perdón para Israel que es “un pueblo duro de cabeza”, recibiéndolo como su herencia. Postrarse es algo que se hace ante Dios (Gen 24,26.48; Ex 4,31; 12,27; Num 22,31; 1 Cro 29,20; 2 Cro 20,18; 29,30; Neh 8,6) aunque también es posible una postración reverencial ante un rey (Ex 43,28; 1 Sam 24,8; 1 Re 1,16.31) o ante un hombre de Dios (1 Sam 28,14). “Si hallé gracia (hen, favor; muchas veces semejante a hesed), camine el Señor (’adôn) con nosotros” perdonando nuestras “iniquidades (‘ôn) y pecados (hama’t)” y “haciéndonos tu herencia (nhl)”. Dios camina en medio de su pueblo a pesar de ser “cabeza dura” (Ex 32,9; 33,3.5; Dt 9,6.13).

La Biblia no “define” a Dios, no dice “cómo” es en un sentido teórico, pero no duda en mostrar su obrar en la historia caracterizado por su actitud siempre presente en favor de su pueblo.




Lectura de la segunda carta del apóstol san Pablo a los cristianos de Corinto     13, 11-13

Resumen: Terminando su carta a los corintios, Pablo los invita a un modo de vida concreto, caracterizado por el amor y la paz lo cual será reflejo de la presencia de Dios entre ellos, expresado como gracia, amor y comunión como una especie de característica de Cristo, el Padre y el Espíritu respectivamente.


Con un nuevo vocativo, hermanos, Pablo concluye exhortativamente la carta. Lo que él pretende de la comunidad son frutos de la presencia del espíritu como la alegría y la paz, que deben comunicarse entre sí. Pero también pretende la plena preparación (katartizô), que se consuelen (parakaleô, 18 veces en 2 Cor), y tengan un mismo sentir/obrar (Flp 2,2; 4,2; Rom 12,16), es decir, que la comunidad crezca unida, frente a tantas semillas y signos de desunión que ha enfrentado. De este modo, estará presente entre ellos el Dios del amor y la paz. 


El saludo mutuo, beso santo y el saludo de parte de los santos es propio de las conclusiones paulinas (Rom 16,16; 1 Cor 16,20; 1 Tes 5,20). La novedad, quizá de las más sorprendentes, viene dada en el versículo final, uno de los textos aparentemente más trinitarios del NT sólo comparable al final de Mateo (28,20). ¿Es un texto tomado de alguna liturgia? Es posible, pero parece preferible suponer que el texto fue luego adoptado por su ritmo litúrgico. Probablemente la división frecuente de los corintios y los signos de desunión lo hayan hecho presentar como contraposición la unidad divina. Las operaciones son atribuidas a cada persona ya que la gracia la remite a Cristo, el amor a Dios (Padre) y la comunión es fruto de la presencia del Espíritu. Si el Dios de amor y paz está en medio de la comunidad pacificada y unida, estos dones definitivos se harán presentes definitivamente y serán generadores de unidad, de común-unidad.


Los frutos definitivos de la presencia del Espíritu, don escatológico por excelencia, son la paz, y la unidad. Pablo entiende que esto también es iniciativa divina, pero que debemos pedir, y trabajar para que llegue a nosotros. Por eso lo principal es ver que esos mismos dones, junto con el amor se dan en el seno mismo de Dios (Trinidad). Por eso es de esperar que también se den en el seno de la comunidad cristiana y por ello debemos trabajar y -especialmente- debemos pedir a Dios sus dones. Podemos decir que la unidad y la diversidad en la Trinidad son el reflejo de lo que deben ser todas las relaciones humanas, desde las políticas a las eclesiales. Así la comunidad llena de Dios estará en condiciones de anunciarlo con la vida a los varones y mujeres de todos los tiempos y lugares.




Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan     3, 16-18

Resumen: Dios ama paradojalmente a aquellos que lo rechazarán, y la manifestación de ese amor es la donación de su Hijo único, el amado. El amor es lo que muestra a Dios tal cual es.



El cap. 3 de Juan presenta el encuentro y diálogo entre Jesús y Nicodemo; sin embargo, en algún momento (entre los vv.13 y 15) el texto parece abandonar el diálogo y pasar a ser un monólogo de Jesús y Nicodemo desaparece; algunos afirman que se pasa a un himno cristiano sobre el amor de Dios. Ciertamente esto ocurre antes de v.22 donde Jesús se traslada a Judea. 


Lo que se destaca es que “Dios amó al mundo”, y tanto que “dio” a su “Hijo único”. Es interesante que, en general, el término amor (verbo y sustantivo) en la primera parte del Evangelio (Jn 1-12) fundamentalmente se dice de Dios o de otros, mientras que en la segunda parte (Jn 13-20/21) se dice del Hijo. En este caso, se destaca el destinatario del amor de Dios: el mundo, y la medida: dar al Hijo. El mundo, en general, en Juan es el ambiente hostil a Dios y a Jesús, sus enemigos. Sin duda el ambiente en el que la comunidad joánica vive se encuentra con un amplio ambiento hostil a la que cualifican de “mundo” (kosmos). Dios, que ama primero, lo amó, pero el mundo lo ha odiado: “no lo conoció” (1,10) aunque quite “el pecado del mundo” (1,29) y es “el Salvador del mundo” (4,42), quien da “vida al mundo” (6,33) y es su luz (8,12; 9,5; 12,46; cf. 1,9) pero odia a Jesús y a los suyos (7,7; 15,18; 17,14; cf. 16,20) porque Jesús no es “de este mundo” (8,23), ni lo son los suyos (15,19; 17,16), que tiene como “príncipe” al diablo (12,31; 14,30; 16,11), por eso no recibe al Espíritu (14,17), no conoce a Dios (17,25), porque no tiene la paz verdadera (14,27). Con su Pascua Jesús ha “vencido al mundo” (16,33) porque su “reino no es de este mundo” (18,36). Es decir, no se refiere a dos “universos”, como el “cielo y la tierra” sino a dos grupos diferenciados por creer o no en Jesús.


Lo paradojal viene dado en que Dios ama a quienes serán sus adversarios, y como manifestación de ese amor se señala la donación de su Hijo, al que llama “único” reforzando el amor y la intimidad (1,14.18; probablemente pensando en Abraham e Isaac, cf. Gen 22,12.16). En Juan el “amor” (agapê) es tema clave. Dios amó “al mundo” (3,16; 1 Juan 4,9) aunque los “hombres” amaron las tinieblas (3,19), tanto ama  que nos llama hijos (1 Juan 3,1). El Padre ama al hijo (3,35; 10,17), y el hijo al Padre (14,31), los amigos se aman (11,5). El amor de Jesús “a los suyos” fue hasta “el extremo” (13,1) e invita a amar “como él” (13,34; 15,12), “hasta dar (= arriesgar) la vida” (15,13; 1 Juan 3,16), tanto que el “amor” revela a los “discípulos” (13,35). Hay relación entre “amor” y “mandamientos” (14,15) pero el mandamiento es el del amor (15,17). Hay una interrelación de amar a Jesús, a Dios, y ser amado (14,21.23.24; 15,10; 17,23.26; 1 Juan 4,7.12). El que ama a su hermano permanece “en la luz” (1 Juan 2,10), tanto que no ama a Dios quien no ama a su hermano (1 Juan 3,17; 4,20), pero Dios siempre ama primero (1 Juan 4,10.19) y el amor hace desaparecer el temor (1 Juan 4,18). El amor del Padre por el mundo viene mostrado por su “don”, Jesús es don de Dios para que el mundo se salve y tenga vida.


La relación viene dada por “creer”, y el contraste entre “perecer” – tener “vida eterna” que en v.17 se aclaran como “juzgar” y “salvar”. Esta relación “perecer” – “ser juzgado” y tener “vida eterna” y “salvación” viene dada por el verbo “creer” y “no creer” (en tiempo perfecto, es decir, no haber creído y seguir en esa actitud increyente), que es creer “en él” (el Hijo único) o no creer “en el nombre” (= la persona). Los que “no creen” son los que constituyen “el mundo” a pesar del amor que Dios les ha manifestado ya que su salvación-vida eterna es lo que Dios quiere y ha manifestado en su amor. 



Icono tomado de mertonpito.blogspot.com

Comentario al Evangelio de la Santísima Trinidad

Comentario al Evangelio de la Santísima Trinidad


o también

https://youtu.be/JIbVlTE9nKE

Eduardo