Un problema con ángeles y demonios
Eduardo de la Serna
Para ser precisos, ciertamente una
cuestión es lo que la Biblia, por ejemplo, afirma sobre un tema cualquiera, y
otro muy diferente, en ocasiones, es lo que nosotros entendemos, pensamos e
imaginamos sobre ese tema. Y el problema radica cuando “proyectamos” nuestra
imaginación “hacia atrás”; es decir, entendemos que la Biblia dice lo que
previamente nosotros hemos imaginado. Se trataría de un “anacronismo” (ana,
en griego es “por encima”, cronos es tiempo; algo que está por encima
del tiempo).
Con frecuencia, por ejemplo,
atribuimos lo bueno o malo que ocurre a nuestro alrededor a demonios o ángeles
(obviamente, responsabilizando a los primeros de lo malo y a los segundos de lo
bueno que nos ocurre).
Pero empecemos por la Biblia. De ciertas
figuras espirituales que nos rodean y de alguna manera afectan nuestro entorno,
empieza a hablarse muy tardíamente en el Antiguo Testamento. Evidentemente lo
bueno y lo malo eran experimentados desde siempre, pero, por ejemplo, en
ocasiones eso era atribuido a otras divinidades a las que se consideraba
existentes. Entonces, por ejemplo, yo podía hacer una ofrenda a la divinidad “X”
y eso podía provocar los celos de la divinidad “Z” que, entonces, celosa, me
perjudicaba por no haberla beneficiado a ella… Entre el mundo celestial y el
mundo humano había una comunicación cotidiana, y lo que ocurría en uno de ellos
era, inmediatamente, replicado en la otra. Así, por ejemplo, si el ejército de
la nación “Tal” era derrotado por la nación “Cual”, eso era indicio de que, en “los
cielos”, los dioses de estos habían vencido a los dioses de aquellos. Todo era
fácilmente explicable y comprensible en el lenguaje de los mitos.
Pero, especialmente a partir del
contacto con los persas, en Israel las cosas empezaron a cambiar. Estos tenían
una religión “dualista”, gestada a partir de Zoroastro (Zaratustra) en la que
el mundo se concibe como la eterna lucha entre el bien y el mal, la vida y la
muerte, la luz y las tinieblas. Esto fue, paulatinamente recibido en Israel
después de haber sido 200 años vasallos de los persas (537 – 332 a.C.). Así
empezaron a hablar de “seres espirituales” benéficos o maléficos que eran “mensajeros”
de Dios. Así los seres humanos eran incitados por estos a obrar lo bueno o a lo malo…
En su origen, la palabra griega “ángel” significa, en griego, “mensajero” y, por supuesto
los hay de los más diversos. Jacob manda “mensajeros” preparando el encuentro
con Esaú, hay mensajeros de los filisteos, etc. En todos estos casos,
evidentemente, la Biblia griega dice “ángeles” pero se trata sencillamente de personas. La palabra griega “daimon”, en
cambio, es más ambigua, e incluso en ocasiones puede referir a la iniciativa divina,
pero, en general, se refiere a cosas negativas como pueden ser fieras, chivos o
hasta los dioses extranjeros…
Entrando en el Nuevo Testamento la
cosa es más evidente y se asemeja más a lo que nosotros conocemos: ambos son seres
espirituales y, obviamente, los ángeles son benéficos y los demonios maléficos
para la persona humana. Eso no impide que todavía haya elementos propios de los
mitos o propios de los géneros literarios más dualistas que establecen una
relación muy estrecha entre lo espiritual y lo corporal (aunque ahora, además, también
influido por el dualismo griego, ya no solamente el persa). Eso no impide que
existan todavía lenguajes que podrían confundirnos. Por ejemplo, de Juan el
Bautista se dice que es el “mensajero” que viene antes que Jesús y, por
supuesto, el griego dice “ángel” (Mt 11,10) y nadie pensaría que se trata de un
ser espiritual; y cuando critican a Pablo lo acusan de ser “propagandista de
divinidades extranjeras” y en griego dice “daimoníôn” (Hch 17,18).
Señalemos, entonces, para sintetizar, que ambos seres espirituales invitan, “provocan”, incitan al bien o al mal según el sujeto, pero no reemplazan nuestra responsabilidad. Evidentemente somos nosotros quienes obramos el bien o el mal, en todo caso, incentivados, alentados por los seres espirituales en cuestión. En ocasiones, hablar de estos seres espirituales (especialmente en el caso de los demonios), suele ser una excusa para aliviar nuestra “culpa” o nuestra responsabilidad al obrar de un modo negativo. Ángeles o demonios podrán tentar, invitar, pero jamás reemplazan nuestro obrar; pueden invitarnos a la realización de obras buenas o malas, pero jamás reemplazar o violar nuestra responsabilidad en la realización u omisión de lo bueno o lo malo.
Vayamos a lo fundamental: ¡Dios!
Dios no puede violar nuestra libertad, nuestra responsabilidad. Dios invita, “sopla”,
seduce, pero somos los seres humanos los que responderemos positivamente a esa
invitación de Dios o no. Y, seamos sensatos, resultaría muy extraño que Dios “no
pueda entrar en nuestra libertad” pero que los demonios sí lo lograran y "saltaran" esa libertad haciéndonos hacer lo que en realidad no queríamos… Esos demonios
más fuertes que Dios no solamente son ajenos a la Biblia, sino que, además, no parecen
demasiado coherentes con lo que Jesús viene a traer, un Evangelio, una Buena
Noticia. Peor noticia que un demonio más fuerte que Dios ¡no se consigue! No es
ese el Dios de Jesús, ¡ciertamente!
(nota: buscando una imagen para ilustrar esta nota ¡es increible la cantidad de imágenes idiotas o perversas que se encuentran!)



