martes, 17 de marzo de 2026

Comentario a las lecturas del domingo 5º de cuaresma "A"

La fe y la vida definitiva van de la mano

DOMINGO QUINTO DE CUARESMA - "A"

Eduardo de la Serna




Lectura de la profecía de Ezequiel     37, 12-14

Resumen: Como un montón de huesos sin vida, “Israel” se siente abatido en el exilio; Dios lo hará “subir” de las tumbas para llenarlos de vida y volverlos a reconstituir como su pueblo. Para ello, por la palabra del profeta, les infundirá su espíritu.


La elite de Israel se encuentra en cautiverio en Babilonia. El pueblo (en realidad, la élite, hay que recordarlo, aunque como es habitual la élite se ve a sí misma como “toda la casa de Israel”, v.11) se percibe a sí mismo como “muerto”, como “un campo de huesos secos”. En una de sus múltiples visiones, Ezequiel contempla un montón de huesos y el texto alude a la “resurrección de Israel”.


El texto comienza con “la mano de Yahvé” (cf. 1,3; 3,14.22; 40,1: es propio de las visiones del profeta) que lleva a Ezequiel a una ribera (v.1; también ligada a las visiones de Ezequiel: 3,22-23; 8,4) y finaliza con el dicho característico: “oráculo de Yahvé” (v.14). En v.15 comienza una nueva unidad: “la palabra de Yahvé me fue dirigida”. El texto litúrgico es la conclusión de toda esta escena. La clave que la motiva todo está dada por los dichos de “los huesos”: “Ellos andan diciendo: Se han secado nuestros huesos, se ha desvanecido nuestra esperanza, todo ha acabado para nosotros” (v.11). Como ya se vio en 20,32 y 33,10 los ánimos del pueblo los abruman, el peso de las culpas los aplasta. Creen que ya todo está perdido y desaparecerán como pueblo terminando como uno más de los demás pueblos de la tierra. Israel ya no será. La sensación ante la visión es la de una “nueva creación” (cf. 36,26-28). El sentido de todo esto está dado porque Yahvé “conoce” (îd‘, verbo que se repite insistentemente en la escena: vv.3.6.13.14) e Israel “sabrá” quién es Yahvé. Pero para eso debe “entrar” en ustedes el espíritu que da vida. “Entrar” también es frecuente en la escena (bô’, vv.5.9.10.12) finalizando con la “entrada” anunciada en la tierra de Israel, y también lo es “subir (‘lh, vv.6.8.12.13) pues como “sube” la carne sobre los huesos, subirán de las tumbas (como “subieron” de Egipto, Ex 3,8.17…). La relación entre las situaciones de “Israel” en Egipto e “Israel” en Babilonia es un tema que será teologizado con frecuencia y servirá para repensar el regreso a la tierra. También es recurrente el verbo “profetizar” (nb’, vv.4.7.9.12) en el sentido de pronunciar una palabra de parte de Dios, y también de convocar (al “espíritu”). Finalmente es clave el término “espíritu” (rûah, vv.1.5.6.8.9.10.14; cf. 11,19; 36,26 siempre asociado a la vida) aquí usado en todos los sentidos variados que el término tiene en hebreo: el soplo / aliento de vida hace revivir los huesos, pero a él se dirige el profeta: “¡ven!” (v.9) quizás aludiendo a los vientos, y finalmente refiere al “espíritu de Yahvé” (v.14), es este espíritu de Dios el que da sentido al pueblo y su existencia y futuro. Como en Ez 36,16-38 se alude a la regeneración del pueblo que se siente abatido; como en Gen 2 la creación del cuerpo requiere un segundo momento: la donación del espíritu. El pueblo no puede ni tiene existencia sino por acción de Dios (“tú lo sabes”, v.3). Israel es incapaz de vivir, de “subir a su tierra” y a su Dios, sin la iniciativa y obrar divinos.


La conclusión (vv.11-14) explica el sentido de todo: Israel será “re-creado”, “levantado”, “vivificado”, pero esto es signo de la presencia de Yahvé en medio suyo, no hay Israel sin Yahvé.


Lectura de la carta de san Pablo a los cristianos de Roma     8, 8-11

Resumen: Mirando de manera contrapuesta la “carne” y el “espíritu”, Pablo se refiere a dos modos de vivir de la persona. El creyente en Cristo está invitado a dejarse conducir por el espíritu de Dios y no por la debilidad humana que le impide agradar a Dios y a los hermanos y hermanas.



La carta a los Romanos está terminando toda su primer gran unidad dedicada a mostrar los efectos de la gracia en los creyentes. El gran efecto (ya preparado en la carta a los Gálatas, que muchos autores ven como una gran inspiradora de la carta a los Romanos) es la libertad. El creyente es libre a diferencia de los que están sometidos a sus propias (in)capacidades o a la misma Ley (caps. 1-3). Pero no es libre por su propia fuerza sino por la gracia de Dios. Esta nos “sumerge” «en Cristo» y por tanto hemos abandonado el ámbito de la debilidad (= carne) para dejarnos conducir por la fuerza de Dios en nosotros (= espíritu). Sin ese espíritu, ciertamente, recaeríamos en la incapacidad que nos impide vivir según Dios, “en Cristo”. “No pueden” (ou dynantai, v.8, cf. v.7). El contraste es evidentemente entre la “carne” y el “espíritu”, se trata de dos mundos, dos horizontes. La carne es expresión de nuestra propia incapacidad, mientras que el espíritu es “de Dios”, sólo quien tiene el espíritu de Dios puede “agradar a Dios”, es decir: vivir conforme a lo que Pablo ha enseñado (1 Tes 4,1), buscando agradar a los hermanos (Rom 15,1-3), a todos (1 Cor 10,33) por Dios (cf. Gal 1,10). 


Aquellos que en el Bautismo han recibido el espíritu ya no están “en la carne”, el espíritu “habita” en ellos (8,9.11; ver 1 Cor 3,16). Sin ese espíritu, el que “habita” es el pecado (7,17.20), “nada bueno habita en mí” (7,18) [el verbo habitar, enoikéô, es exclusivamente paulino en el Nuevo Testamento]. 


Este contraste entre carne y espíritu se refleja en otro contraste: pecado - justicia, muerte - vida (v.10) [notar que lo que muere es el “cuerpo”; no dice “carne”. Es importante evitar toda lectura platónica o helénica para no malinterpretar estos términos de la antropología paulina]. La muerte ha entrado en el mundo como consecuencia del pecado (5,12), la vida ha reinado a causa de la justicia: 

En efecto, si por el delito de uno solo reinó la muerte por un solo hombre ¡con cuánta más razón los que reciben en abundancia la gracia y el don de la justicia, reinarán en la vida por un solo, por Jesucristo!” (5:17). 

La vida que los “cuerpos mortales” recibirán de parte de aquel que “resucitó a Jesús” es dada por mediación de ese espíritu de Dios que habita en nosotros (v.11).



Evangelio según san Juan     11, 1-45

Resumen: El último de los signos de Jesús es dar vida a Lázaro. Un diálogo con Marta, su hermana, sobre creer, da sentido a que la fe permite acceder a una vida definitiva de la que Marta es modelo para los lectores del Evangelio.



El último de los siete “signos” de Jesús muestra la plenitud de sentido de la revelación de Jesús, en Juan: Jesús es la vida y da la vida a la humanidad, sin embargo, los seres humanos, a causa de esto deciden “darle muerte” (11,53). 

Como las unidades anteriores, el texto es muy complejo. Veremos algunos elementos antes de mirar el sentido fundamental del relato.
  • Jesús se ha ido lejos de donde solía estar ya que “querían prenderlo” (10,39), por eso fue donde Juan bautizaba “y se quedó allí” (10,40). Por eso es que cuando –más tarde- decide ir a Betania los discípulos le dicen que “hace poco querían apedrearte” (v.8) y por tanto concluyen, “vayamos a morir con él” (v.16).
  • Anacrónicamente dice en 11,2 que “María era la que ungió al Señor con perfumes…” algo que ocurrirá recién en 12,3-8. Es posible que Juan haya adelantado esta escena para darle sentido (o profundizarlo) de “unción para la sepultura” a lo realizado por María, con lo que es coherente con la unción en Mc 14,3-9 (aunque allí se trata de una mujer innominada).
  • Decir que Jesús “amaba” a Marta, a su hermana y a Lázaro (v.5), o que “a quien tú quieres está enfermo” (v.3) llevó a algunos a afirmar que el discípulo amado sería Lázaro. Expresamente el autor del cuarto Evangelio omite el nombre de este Discípulo por lo que es sensato mantener ese anonimato voluntario.
  • El clásico “malentendido” joánico está dado con el uso de “despertar” a Lázaro (el juego entre “dormir” y “morir” es frecuente, cf. Mc 5,39) pero también con el doble sentido de la palabra “vida” (como veremos).
  • La frase de las hermanas, “si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano” (Marta, v.21; María v.32) puede entenderse como reproche, pero también –y parece preferible- un simple comentario, “¡qué pena que no estabas, sino seguro que Lázaro no moría!”. El comentario de Marta añade: “Pero aún ahora sé que cuanto pidas a Dios, Dios te lo concederá” (v.22) no parece que deba entenderse como confianza en que puede resucitarlo (por el diálogo que sigue a continuación, vv.23-24).
  • La confianza de Marta en que Lázaro “resucitará en la resurrección, el último día” (v.24) es coherente con la teología farisea.
  • La presencia de testigos es repetida con cierta insistencia ya que serán los que desencadenarán la conclusión (vv.19.31.33.36.37.45-46).
  • De María y de los judíos se afirma que “lloraron” (klaíô, vv.31.33) mientras que de Jesús se utiliza otro verbo (edákusen, v.35). Es posible que este, que también puede traducirse por “lagrimear”, denote tristeza pero no desesperanza.
  • Es muy frecuente en Juan que ante Jesús se produzca una “división” (7,43; 9,16; 10,19), en este caso, en v.45, al ver el signo “muchos” creen en él, mientras que en v.46 algunos fueron a contar a los fariseos. Puesto que deciden darle muerte (v.53) nuevamente Jesús debe esconderse retirándose a “una ciudad llamada Efraim” (v.54).
  • El hecho de Jesús es calificado, como es habitual (17x), de “signo” (v.47, sêmeia) por Juan. Los signos son un hecho que “esconde” otra cosa mucho más profunda del mismo tipo, así como el pan, la luz, son “más” que simple pan o luz, sino que Jesús mismo ilumina y sacia las realidades más profundas del ser humano. Se puede decir que lo que se ve (el signo) es en realidad como una suerte de cáscara de algo más profundo (lo significado). Pero sólo se puede llegar a esa profundidad cuando se ve el hecho como signo (6,26), caso contrario, los espectadores se quedan con la “cáscara” sin descubrir nada más. Esa profundidad, como es característico en Juan, es Jesús mismo, visto como el que sacia, el que ilumina… Algo habitualmente expresado (en la profundización del discurso) por el uso de “yo soy” (yo soy el pan, yo soy la luz del mundo… esa luz, ese pan que ustedes ven es signo de que Jesús ilumina y sacia). Por eso los signos están dirigidos directamente a que los que los ven puedan “creer”. “Para que crean” es que se dan los signos, esa es su finalidad. Lo que los testigos pueden vislumbrar es la gloria (doxa) de Jesús. Por eso ante el primer signo se afirma claramente: “este fue el primero de los signos… así manifestó su gloria y creyeron” (2,11).
  • La conclusión del Evangelio lo afirma claramente: «Jesús realizó en presencia de los discípulos otros muchos signos que no están escritos en este libro. Estos han sido escritos para que crean que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengan vida (zôê) en su nombre». (Jn 20:30-31). La vida es el objetivo, y a esto se llega al creer, y se llega a creer al descubrir los signos y ver en ellos la gloria de Jesús.

Precisamente nos encontramos ante un signo (la vida de Lázaro) pero un signo que esconde algo que debe ser creído: que Jesús es (“yo soy”, v.25) “la resurrección y la vida”. Jesús le afirma a Marta que “si crees, verás la gloria de Dios” (v.40; cf. v.4). El verbo “creer” (tan importante en Juan, 98x) se encuentra 9x veces en la unidad, y es particularmente importante en el diálogo de Jesús con Marta que ocupa la parte central de la escena: “el que cree en mí, aunque muera vivirá” (v.25) “¿Crees esto?” (v.26), “Yo creo…” (v.27). 

Es interesante notar que en Juan se utilizan fundamentalmente dos términos griegos para hablar de la vida. Psyjê (10x) destacando que esta vida se puede “entregar” o “perder” (10,11.15.17; 12,25; 13,37.38; 15,13) y también zôê (36x). Esta zôê es vida “eterna” (3,15.16.36; 4,14.36; 5,24.39; 6,27.40.47.54.68; 10,28; 11,25; 12,50; 17,2.3) es resucitada (5,29), es una vida dada por Jesús, por tanto alude a “otro nivel” de vida, a la vida divina. Jesús es vida y resurrección, y creer en él permite recibir de él esa vida que él da. Es esta vida a la que Marta accede al creer; de hecho, la confesión de fe de Marta es la misma “para” la que se escribe el Evangelio: que Jesús es / tú eres el Cristo, el Hijo de Dios” (v.27), y que –como se dijo- da vida (zôê). Por eso el que cree, aunque muera (vida humana) vivirá (vida divina); el que vive (vida divina) y creeno morirá jamás (muerte definitiva) (vv.25-26). 

En este sentido podemos decir que si bien Lázaro es el beneficiario de la vida (humana), Marta es la que –por la fe- alcanza la vida plena que Jesús trae. Lázaro es signo (la cáscara) de una vida nueva y plena –divina- que Jesús trae a “el que cree”, como Marta.



Foto tomada de cpcr-caldes.blogspot.com

jueves, 12 de marzo de 2026

El lomo ¡está carísimo!

El lomo ¡está carísimo!

Eduardo de la Serna

"oferta" de COTO (12 marzo 26)


El “lomo” está de moda. Por ejemplo, como algo de lo que se oyó hablar, pero se ha vuelto inaccesible, ciertamente en las carnicerías. Dado lo casi mitológico del tema, pasemos al lunfardo:

“Romperse el lomo" es una expresión popular en el lunfardo argentino y uruguayo que significa trabajar extremadamente duro, con mucho esfuerzo físico o mental. Deriva de la idea de agachar la espalda o sufrir fatiga extrema por laborar intensamente, a menudo asociado a situaciones de sacrificio o necesidad” (según la IA, a la que no le creo, pero es al menos ilustrativo).

Siguiendo este caso, es evidente que. en algunos casos notorios, el esfuerzo no es mental. No puede serlo. Físico no pareciera, dados los modos de vida que han trascendido. El sacrificio y la necesidad “te los debo”, diría un innecesario.

Ahora bien. Si se trata de “agachar la espalda” (= el lomo) hemos de reconocer que puede deberse al trabajo excesivo, pero también a agacharse para lamer los pies del amo. Y, siendo que, el caso que nos ocupa lo ilustra, ciertamente hemos de entenderlo en este sentido.

Claro que la autoestima de uno, o la valoración de la pareja en otro, no resulta – en muchos ambientes, al menos – algo que uno quisiera que otros vieran. Pero la vergüenza es algo que ya no existe. Se ha perdido y nadie en los ambientes oficiales la ha encontrado (o, mejor dicho, ni siquiera la buscan). Yo no llevaría a mi mujer, si la tuviera, a que me viera “agachando la espalda” para lamer los zapatos o pies descalzos de Trump, pero hay sadismos y masoquismos diversos en esta vida. Lo cierto es que sí creo que Adorni se deslomó en los EEUU, y, a su vuelta, creo que más que un traumatólogo debería atenderlo un otorrinolaringólogo (o un patólogo bucal) porque, lamentablemente, ese mal es sumamente contagioso, y la única vacuna está en urnas.

Josué y Zorobabel

Josué y Zorobabel

Eduardo de la Serna



En el siglo VI antes de Cristo el pueblo de Israel pasó por una serie de momentos críticos muy importantes. Como todos los momentos de crisis, este también fue ocasión de que muchos se derrumbaran, pero a su vez de que otros edificaran creativamente caminos nuevos.

El poderoso ejército babilónico invadió Jerusalén y, finalmente, la destruyó por completo. Algunos pudieron huir a Egipto, pero los sectores más influyentes de la comunidad fueron llevados cautivos a Babilonia, mientras los pobres quedaron en la tierra. En Babilonia, además, hubo un choque de culturas; los judíos aprendieron mucho en el cautiverio, y – además – gestaron espacios y textos de resistencia. Es de destacar que una de las cosas que fueron más preocupantes fue que ya no había rey en Israel (y nunca más lo habría); pero en el destierro había sacerdotes, aunque no había templo.

Después de un tiempo (50 años), los babilonios son derrotados por los persas y estos permiten a todos los cautivos el regreso a sus tierras de origen; retorno que muchos emprenden con la intencionalidad de volver a sus casas, y, por cierto, llevaban consigo mucho de lo que habían aprendido.

Ahora había que reconstruir la nación, lo que no fue fácil, por supuesto (Esdras 3,2). Esto incluyó además de reconstruir la ciudad, volver a edificar el templo que estaba en ruinas (Esd 4,2.3; 5,2; Ageo 1,12-14). Es en este momento en que surgirán una serie de personajes muy importantes: Esdras, Nehemías, los profetas Ageo y Zacarías y también Josué y Zorobabel.

Los que regresaron añoraban los buenos tiempos pasados, y – si fuera posible – querían repetirlos o mejorarlos (Ageo 1,1). Entonces proyectaron un nuevo rey y un nuevo templo (Ag 2,2-4), y Zorobabel era descendiente del rey mientras que Josué era sacerdote, así que muchos empezaron a poner en ellos sus expectativas (Ag 2,21-23). Claro que los persas no permitirían que hubiera un rey, pero “la esperanza es lo último que se pierde” (Zac 6,11). Así que un rey y un “sumo sacerdote” empezaron a ser cada vez más proyectados como propuestas (Zacarías 4,7-10). Incluso, cuando ellos ya no estuvieran, porque todo fue en vano, podían soñar con un futuro rey, y un futuro sumo sacerdote, y esto empezó a ser cada vez más un proyecto y una perspectiva que un mero soñar. Además, los reyes y los sacerdotes tenían un elemento en común: ambos eran ungidos (ver Levítico 4,3.5; Números 35,25… sobre el sacerdote y 1 Samuel 24,10; Salmo 2,2… sobre el rey; y “ungido” en hebreo se dice “mesías”; por eso esta esperanza se conoce como “mesianismo”).

Así, en aquel momento, muchos soñaron que algo nuevo podía empezar con el sacerdote Josué y el descendiente de reyes Zorobabel; y, cuando esto se demostró ilusorio, no abandonaron esas esperanzas, y algunos empezaron, cada vez con más intensidad, a afirmar que vendría un rey ungido en un futuro, quizás no cercano. Otros, en cambio, esperaron un gran sacerdote que restaurara el culto y llevara Jerusalén a todo su perdido esplendor. Y algunos, además, guiados por Zac 4 (ver 4,14: "estos son los dos mesías que están en pie junto al Señor de toda la tierra") aguardaban dos mesías, uno rey y otro sacerdote. Así dice un viejo texto judío de la época de Jesús:

«Ésta es la asamblea de los hombres famosos, los convocados a la reunión del consejo de la comunidad, cuando engendre Dios al Mesías con ellos. Entrará el sacerdote jefe de toda la congregación de Israel y todos sus hermanos, los hijos de Aarón, los sacerdotes convocados a la asamblea, los hombres famosos, y se sentarán ante él, cada uno de acuerdo con su dignidad. Después entrará el Mesías de Israel y se sentarán ante él los jefes de los clanes de Israel, cada uno de acuerdo con su dignidad, de acuerdo con sus posiciones en sus campamentos y en sus marchas. (…) Y cuando se reúnan a la mesa de la comunidad para beber el vino, y esté preparada la mesa de la comunidad y mezclado el vino para beber, que nadie extienda su mano a la primicia del pan y del vino antes del sacerdote, pues él es el que bendice la primicia del pan y del vino y extiende su mano hacia el pan antes de ellos. Después el Mesías de Israel extenderá su mano hacia el pan. Y después bendecirá toda la congregación de la comunidad, cada uno de acuerdo con su dignidad».

 

Acá podemos entender, más tarde, que, aunque Jesús no fuera rey ni sacerdote en su tiempo, eso se empezó a proclamar como un anuncio de que en él se concretaban las más importantes esperanzas de su pueblo: Cristo rey y Cristo sumo y eterno sacerdote.


Imagen tomada de https://www.meisterdrucke.es/impresion-art%C3%ADstica/French-School/944452/El-profeta-Hageo-reprende-a-Zorobabel-y-a-Josu%C3%A9.html

martes, 10 de marzo de 2026

Comentario a las lecturas del domingo 4º de cuaresma "A"

 Acceder a Jesús, el encuentro con él, da luz a nuestra vida

DOMINGO CUARTO DE CUARESMA - "A"

Eduardo de la Serna



Lectura del primer libro de Samuel     16, 1b. 5b-7. 10-13a

Resumen: La misión de Samuel está llegando a su fin por lo que el texto prepara la aparición de David. Él es ungido por aquel, aunque llegará al gobierno un buen tiempo después. Para eso Dios derrama sobre su elegido su espíritu a fin de que pueda cumplir aquella misión que se le ha encargado.



La historia deuteronomista va presentando una serie de personajes. Está culminando la “etapa” de Samuel y nos preparamos para David. Ya sabíamos (13,14; 15,28) que Saúl fue rechazado por Dios, por lo que otro personaje debe entrar en escena. Luego de esto, Samuel desaparecerá de la vida pública. Sólo se lo menciona en adelante como una suerte de ermitaño en Ramá, en celdas (donde va David, perseguido por Saúl, 19,18-24) y el siguiente pasaje informa de su muerte (25,1).


El fracaso de Saúl tiene a Samuel acongojado y Dios mismo le dice que “yo mismo lo he rechazado para que no reine”. Dios le encarga preparar lo necesario para dirigirse a Belén donde encontrará al elegido, en la casa de Jesé. El contexto es litúrgico (sacrificio, purificación) lo que da a Samuel excusa para el viaje a los ojos del airado Saúl (“si se entera me matará”, dijo Samuel, v.2). Sabemos que los ancianos de la ciudad serán testigos aunque sólo se los mencione al comienzo (vv.4-5), e invita a Jesé y su familia a participar del sacrificio y la posterior comida. Los hijos van pasando por edades (se menciona a los tres mayores, cf. 17,13) sin aludir a los restantes cuatro. Sólo queda el octavo, David, que no se encuentra en el lugar. Coherente con la mentalidad de su tiempo, Samuel imagina que el elegido por Dios será el primero, luego el segundo… pero –como tantas veces se insiste en la Biblia- Dios mira con otros ojos (v.7). El pequeño está con el rebaño y Samuel lo manda llamar porque no participarán de la comida sacrificial hasta que no estén todos. Es curioso que mientras para 1 Samuel, Jesé tiene 8 hijos (cf. 17,12) para el libro de las Crónicas estos son siete (1 Cr 2,13-15, aunque el tercer hijo tiene diferente nombre y aquí se llama Simeá cuando en 1 Samuel es Sama’; probablemente se trate de diferentes tradiciones). 


Es interesante que la unción de Samuel a David ocurre en secreto. De hecho, David no será “nombrado” rey por un buen tiempo más, del sur en 2 Sam 2,4 y del norte en 2 Sam 5,3 una vez ocurrida la muerte de Saúl. Por otra parte, un elemento teológico importante está señalado al afirmar que a partir de la unción vino sobre David “el espíritu” (la rûah) de Yahvé. Hay, por un lado, una estrecha relación entre la unción y la donación del espíritu. El profeta exclama que “el espíritu del Señor Yahvé está sobre mí por cuanto me ha ungido” (Is 61,1). 


Los encargos divinos, con frecuencia comportan una dificultad frente a determinadas circunstancias: los ejércitos extranjeros, los poderes internos de la comunidad, un profeta que debe enfrentar críticamente a su rey arriesga literalmente la vida... Es para eso que con frecuencia la Biblia insiste que Dios da, a aquellos/as que ha enviado, su “espíritu”, esto es la capacidad, la fuerza para desarrollar la tarea encomendada y enfrentar las dificultades. El espíritu que Yahvé da a David lo preparará y acompañará para cuando sea el momento en que ejerza la realeza. Precisamente porque Dios mira con otros ojos a como miran las personas, David –el pequeño- debe tener de parte de Dios la capacidad de confrontar con el ambiente que dice que el menor debe ocuparse del rebaño, mientras los mayores van a la guerra, y que estos son más importantes que aquel; y –cuando finalmente también David participe de la lucha con los filisteos- Dios lo acompañará ante las insidias de Saúl hasta que llegue el tiempo de la coronación.



Lectura de la carta de san Pablo a los cristianos de Éfeso     5, 8-14

Resumen: Recurriendo al esquema característico del dualismo, el autor utiliza la imagen de la luz y las tinieblas planteadas como modo de vida alentando a vivir coherentemente con la luz que los ha iluminado en el bautismo.



La llamada “carta a los Efesios” es un texto sobre la “unidad eclesial”. Finalizada la sección doctrinal (caps. 1-3) en el capítulo 4 comienza la sección exhortativa. La importancia de la unidad y la diversidad marca la primera parte de esta sección (4,1-16), para luego destacar las exigencias cotidianas de la vida cristiana. Esto se caracteriza como un paso del hombre viejo al hombre nuevo (4,17-5,2), un paso de las tinieblas a la luz (5,3-20) para pasar a un código doméstico (5,21-6,9), y la referencia a las armas del cristiano (6,10-20). Como se ve, el texto litúrgico está conformado por un fragmento de la unidad sobre las tinieblas y la luz.


La luz, sus frutos, obras e hijos y las tinieblas tienen –especialmente desde la literatura apocalíptica- un profundo contenido simbólico y ético. El lenguaje plástico de la Biblia, habituado –por otra parte- a moverse entre dos puntas, encuentra en la referencia a la luz y las tinieblas un apropiado terreno para aludir a lo moral. Veamos algunos textos que ilustran esto:
  • Revela la profundidad de las tinieblas, y saca a la luz la sombra. (Job 12:22) 
  • andan a tientas en tinieblas, sin luz, se tambalean como lo hace un ebrio. (Job 12:25)  
  •  Algunos hacen de la noche día: se acercaría la luz que ahuyenta las tinieblas. (Job 17:12)
  • En las tinieblas brilla, como luz de los rectos (Sal 112:4) 
  • Yo vi que la sabiduría aventaja a la necedad, como la luz a las tinieblas. (Qoh 2:13)   
  • Por eso se alejó de nosotros el derecho y no nos alcanzó la justicia. Esperábamos la luz, y hubo tinieblas, la claridad, y anduvimos en oscuridad. (Is 59:9) 
  • El revela honduras y secretos, conoce lo que ocultan las tinieblas, y la luz mora junto a él. (Dn 2:22)

Los textos podrían multiplicarse, pero sirven para ver como el juego antagónico entre estas dos dimensiones del día sirven para expresar la vida misma. La literatura apocalíptica, habitualmente dualista, utilizará esto para contraponer dos vidas, dos existencias. Los hijos de la luz o de las tinieblas son –obviamente- quienes han elegido vivir de determinada manera, como lo son los frutos o las obras. 


Sin embargo, es interesante notar que la carta a los Efesios, que tiene en cuenta un cierto “lenguaje” apocalíptico, como este, no lo traduce en una “teología” apocalíptica. Utiliza un modo de expresarse apocalíptico, pero no tiene un modo de pensar apocalíptico (pesimismo, determinación histórica, inminencia del fin…). 


El autor pone en contraste dos tipos de actitudes, aunque explicita las primeras y, porque resulta vergonzoso, no menciona las segundas (aunque ha mencionado algunas en v.5: fornicario, impuro, codicioso; cf. v.3-4, donde también dice: “ni siquiera se mencione entre ustedes”). Las supone conocidas y el acento no está en combatir las tinieblas sino en alentar la luz. En Gal 5,22 Pablo había presentado la “bondad” (agathôsynê) como fruto del espíritu. La justicia y la verdad caracterizan al “hombre nuevo” (Ef 4,24) y conforman la “armadura” del cristiano: “cíñanse con el cinturón de la verdad, vistan la coraza de la justicia” (6:14; cf. 2 Cor 6,7). 


A este paso de una situación a otra lo llama “despertarse” (como en otra parte “revestirse”) “levantarse” a fin de dejarse iluminar por Cristo citando un probable himno bautismal de la comunidad (v.14). El ambiente de toda la exhortación parece ser bautismal.


Evangelio según san Juan     9, 1-41

Resumen: Juan establece una estrecha relación simbólica entre Jesús, que es la luz y el que accede a la fe que es el que comienza –paulatinamente- a ver. Por el contrario, los que se niegan a creer resultan ser los verdaderos ciegos.



La escena del así llamado “ciego de nacimiento” está llena de profundo contenido en el Evangelio. Es realmente imposible comentar todo el relato en unos pocos párrafos. Es evidente que el texto, en el conjunto de las restantes lecturas del día se centra en el tema de la luz, y este es el eje del relato. Sin embargo, la idea principal no está expresamente indicada en el texto sino en el capítulo precedente: “yo soy la luz del mundo” (8,12). Lo más cercano lo encontramos en 9,5 “soy la luz” (fôs eimi; no es sin importancia el uso de “yo soy” de tanta trascendencia autorevelatoria en el Evangelio de Juan).


Cronológicamente la unidad es muy extensa; comienza en 7,1-2 donde se nos afirma que estamos en la fiesta de las Tiendas; la unidad finaliza en 10,21 –donde vuelve a aludir a la curación del ciego ya que en 10,22 se alude a la fiesta de la Dedicación. La unidad 7-8 (con la exclusión de 7,53-8,11 que no pertenece al Evangelio de Juan) presenta una serie de discusiones sobre quién es Jesús frente a su auditorio. Ante la “pretensión” de Jesús de ser igual a Dios por llamarlo “padre” (cf. 5,18) él culmina utilizando el mismo nombre divino: “yo soy” (8,58) con lo que deciden apedrearlo, y él se oculta. Este movimiento escénico permite la introducción de la nueva unidad, la del ciego. 


El doble “en verdad” de 10,1 –que es tan importante en Juan- da comienzo a una nueva unidad siendo, entonces, que todo el cap.9 puede tenerse como unitario a pesar de las relaciones previas (“yo soy la luz”) y posteriores (“¿quién puede abrir los ojos a un ciego?”) a las que ya hicimos referencia.


Algunas pequeñas notas antes de entrar en el tema principal:

  • Los discípulos se hacen eco de la teoría de la retribución (v.2) para la cual el nacimiento de una persona ciega suponía un pecado como causa. Jesús no acepta esta teología tradicional (v.3).
  • En los sinópticos encontramos también curación de ciegos y curaciones en sábado; la densidad teológica de este relato viene dada fundamentalmente por el encuentro del ciego con Jesús y su acceso a la fe.
  • El contexto de la fiesta de las Tiendas ayuda a profundizar el sentido del relato: los judíos viven en tiendas durante la mañana de los siete días de la fiesta y van a la piscina de Siloé. Jesús se manifiesta como el enviado de Dios que dará el agua- espíritu (7,37-39). La iluminación del atrio del Templo el primer día de la fiesta dejaba toda la ciudad iluminada aquella noche.
  • Dentro de las cosas que más expresa y claramente estaban prohibidas hacer en sábado está el barro (porque es material de construcción o de alfarería). Es interesante notar la insistencia en que Jesús hizo barro (5x en la unidad): “era sábado el día que Jesús hizo barro y le abrió los ojos” (v.14).
  • El texto alude expresamente a que “los judíos” se habían puesto de acuerdo en expulsar de la sinagoga a cualquiera “que lo reconocía (a Jesús) como Cristo” (v.22). Esto no es imaginable en tiempos de Jesús, pero sí muy comprensible en tiempos de la redacción del Evangelio. Los miembros de la comunidad joánica son expulsados de la sinagoga por reconocer a Jesús como el Mesías.
  • Como otras escenas del Evangelio, el esquema del corazón del relato parece judicial. Los “judíos” (de tiempos de Juan) llaman testigos diversos a fin de poder aclarar la situación. En el fondo, se puede decir que todo Juan es compuesto como un gran “juicio” en el que nosotros, los lectores, jugamos nuestra suerte según nuestra postura frente a Jesús. Al juzgar negativamente sobre Jesús los “judíos” son ellos mismos juzgados.
  • Empezando y terminando el interrogatorio (vv.6-7 y 35-41) volvemos a encontrar a Jesús con el ciego.
  • Un tema que subyace este texto y muchos otros de la teología joánica es el título cristológico del “enviado”. Para el mundo judío, el “enviado” del Sanedrín o de la comunidad tiene ante los destinatarios la misma autoridad que tiene quien envía; lo que él diga lo dicen ellos, lo que haga, lo hacen ellos. Este personaje es llamado “Seliah” (= enviado). Es de notar que Juan juega con las palabras al aludir a Siloe que tiene las mismas consonantes del enviado (v.7). Así, Jesús lo que dice y hace es algo que dice y hace su mismo Padre que es quien lo ha enviado (v.4). Juan utiliza dos verbos griegos: pémpsantós (9x; cf. 9,4) y apestalménos (3x; cf. 9,7) con sentido aparentemente similar (del segundo verbo surge el término “apóstol” que significa, precisamente “enviado”). Jesús, como enviado del Padre no habla sino lo que ha escuchado, no hace sino lo que le ha encomendado el Padre. Es “el Padre entre nosotros”.

Sin embargo, el tema clave del texto hace referencia a la luz. Luz a la que accede el ciego. Él no puede ver, y en el interrogatorio habla de Jesús como “ese hombre” (v.9), pero a medida que se desarrolla el juicio al que somos sometidos frente a Jesús, pasa a confesar que “es un profeta” (v.17); en v.25 pone en duda que Jesús sea “un pecador”, ya que (v.31) si uno cumple su voluntad, Dios lo escucha. Finalmente, cuando reencuentra a Jesús él le pregunta si cree en el hijo del hombre, su respuesta no deja lugar a dudas: ¿Quién es, “para que crea”? (v.36), cuando Jesús le afirma “lo has visto” su respuesta es indudable: “creo, y lo adoró” (v.38). El paso de “hombre” a “Dios” (= adoración) no da lugar a la duda de a qué tipo de visión se refiere el Evangelio. Creer o no en Jesús es lo que permite “ver”, algo que sólo es posible ya que él es “la luz”. 


El contraste con los “judíos”, aquí fariseos, es evidente: el “juicio” (v.39) se ha desencadenado, es decir, la actitud que los seres humanos tomemos frente a Jesús. Él lo formula con una frase lapidaria: «Si fueran ciegos, no tendrían pecado; pero, como dicen: “Vemos”, el pecado de ustedes permanece». (v.41). “No hay peor ciego que el que no quiere ver”, los que se niegan a aceptar a Jesús son los verdaderos ciegos de la historia.


Una breve nota sobre el uso de “permanecer” en Juan. En Juan, el verbo permanecer revela una interconexión intensa entre dos personas: Jesús y el Padre, Jesús y “los suyos”, como las de la rama a la vid. Y esa interacción permite dar fruto (notar la frecuencia del verbo en 15,1-17). Sólo tiene sentido permanecer en Jesús. Hay una cierta relación entre este “permanecer” y ser “enviado”: 

  • «El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí, y yo en él. Lo mismo que el Padre, que vive, me ha enviado y yo vivo por el Padre, también el que me coma vivirá por mí» (6:56-57). 
  • «Las palabras que les digo, no las digo por mi cuenta; el Padre que permanece en mí es el que realiza las obras» (14:10). 

Y este permanecer está ligado estrechamente a creer: «El que cree en el Hijo tiene vida eterna; el que rehúsa creer en el Hijo, no verá la vida, sino que la cólera de Dios permanece sobre él» (3:36) como se ve en la conclusión del relato: para los que no creen (= ciegos) lo que “permanece” es el pecado.

Aprender a no desear el deseo

Aprender a no desear el deseo

Eduardo de la Serna



Es sensato pensar que no siempre los deseos se encaminan o nos dirigen hacia algo bueno. De hecho, el delito nos conduce a desear algo penado por la ley. Por eso es sensato que el deseo esté “bien encaminado”; ahora bien ¿quién lo encamina? 


Con frecuencia, sociedades autoritarias (o con autoridad) ponen límites legales o morales al deseo, y, quienes los traspasan son de alguna manera sancionados (o, si son muy manejados, autosancionados). La Iglesia es, ciertamente, un cabal ejemplo de esto (y, extrañamente, con frecuencia traspasando los límites de lo mera e internamente eclesial y, por ejemplo, pretendiendo injerir en la sanción de leyes civiles). En ambientes eclesiales, el deseo errado (con los criterios eclesiales, por cierto) se califica de concupiscencia


En sociedades individualistas, en cambio, el deseo se maneja al arbitrio de cada quién. A lo sumo (y no siempre) con el límite del otro (“mi libertad termina donde comienza la tuya”, se decía en los ambientes individualistas con sensibilidad). 


Seguramente un tema importante, en todos estos casos, radica en la “conciencia”, la voz interior que – en común con otras (con – ciencia) – nos indica u orienta a lo bueno o lo malo. También es cierto que la conciencia puede y debe “formarse” (y nuevamente la pregunta es ¿quién?). Pero señalemos, al menos brevemente, que – para poner el caso eclesiástico, al que pertenezco – y sin pretender que “un papá” (o Papa), una autoridad superior, me indique lo bueno o lo malo, sí puedo creer que el Evangelio del Reino de Dios es “lo bueno por excelencia, y es hacia allí donde es razonable tender, y hacia allí “formarme / nos” las conciencias.


Ahora bien, el deseo es una experiencia de realización, de plenitud, de satisfacción, que puede ser efímera o más duradera, depende del objeto. Ahora bien, ¿qué ocurre cuando los estímulos son frecuentes, innumerables, constantes? Porque, en ese caso, la concreción de un estímulo es inmediatamente tapada por otro… Y la sensación es, por un lado, de un cierto placer, pero a su vez de una honda insatisfacción. Y, en esa catarata algorítmica, el deseo nunca es satisfecho (ni siquiera el deseo desordenado, acotemos). Y, en un imperio del individualismo, sin límites, por un lado, sin criterios por el otro, sin razones (ni siquiera razonables, valga la ironía), sin otros con los que compartir, ni valorar, ni por quienes tender (y compartir), el deseo está licuado, pasteurizado, obturado, secuestrado y atrofiado. Y, en ese ambiente, nada que se diga tiene repercusión alguna porque raudamente ya hay otro deseo que empezar a llenar, aunque al solo empezar este ya se propone la necesaria satisfacción de otro, y – de solo comenzar – este ya es viejo porque otro micro-deseo está esperando urgentemente nuestra atención inmediata. 


En su obsesión neo-platónica anti sexo, la concupiscencia era, especialmente, la tendencia a satisfacer el deseo desordenado de sexo… Hoy, hasta el sexo llegó tarde, nos han obturado el deseo (salvo que seamos nosotros los objetos deseados por los Epstein del sistema) y sólo somos objetos, fragmentos de un mundo roto que solamente “ellos” están decididos a armar (cuando terminen de destruir lo que no les sirve y tiren los preservativos usados).


Imagen tomada de https://concepto.de/deseo/