jueves, 2 de abril de 2026

Una nota breve sobre el “sacerdote” en su día

Una nota breve sobre el “sacerdote” en su día

Eduardo de la Serna



Como es evidente, el término “sacerdote / cio” proviene de lo “sagrado”, lo sacro. Se trata de alguien – varón o mujer en general – que tiene una relación con lo sagrado, pero algo que, obviamente, no es “para sí”, sino para otros, sea un grupo, una comunidad o un pueblo. De allí que su servicio sea de mediador. No hay sacerdote sin “lo sagrado”, pero tampoco lo hay sin “otros”, llamémoslo “pueblo”. “Mediador entre Dios y los hombres (varones y mujeres)”, se canta.

Diferentes culturas o espacios “religiosos” o confesiones, tienen criterios diferentes para que alguna persona pueda acceder al sacerdocio. En el Israel bíblico, por ejemplo, sólo lo eran los varones que pertenecían a la tribu de Leví (el sacerdocio femenino no existía en el mundo bíblico). En ese sentido, en Israel no existía lo que llamamos “vocación sacerdotal”. Si alguien quería ser sacerdote, no podía serlo a menos que perteneciera a la tribu de Leví, y un “levita” era sacerdote, aunque no lo quisiera. Y, aunque había muchos grados y roles, todos tenían un servicio que cumplir entre Dios y el pueblo.

Es interesante, pero sería demasiado entrar en terrenos más amplios, notar que el mismo Israel se ve a sí mismo como un pueblo sacerdotal, esto es mediador entre Dios y los demás pueblos (= los paganos). Pero, además, es importante entender que en el mundo antiguo, lo “sagrado” es algo evidentemente diferente de cómo se entiende en la actualidad; lo sagrado se contrapone a lo profano, y hay tiempos sagrados, personas sagradas, espacios sagrados, alimentos sagrados que no pueden siquiera mezclarse con lo profano.

Pero, entrando en el Nuevo Testamento, es sabido que entre los primeros cristianos no existía un “orden sacerdotal”; Jesús mismo era laico (de la tribu de Judá); y los primeros seguidores tenían diferentes ministerios al servicio de los demás, pero estos no fueron catalogados como sacerdocio.

Será el autor de la carta a los Hebreos el que – haciendo una lectura espiritual del Antiguo Testamento – afirmará que Jesús sí era sacerdote (repito: ¡espiritualmente!). Pero, si nos detenemos en los demás textos del nuevo Testamento, nos consta que había celebraciones, había bautismos, había reuniones de comunidad, pero nunca se dice cómo se celebraban y quiénes y qué roles cumplía cada uno o cada una en ellos. Como es razonable, a medida que las comunidades empiezan a organizarse, a estructurarse e institucionalizarse, empiezan a establecerse roles y ministerios, fijos o temporales, pero – propiamente hablando – esto fue lento, y no fue universal hasta pasado bastante tiempo (siglo III, seguramente).

Esto no significa que no hubiera celebraciones, grupos o incluso ministros o ministras que establecieran una cierta mediación entre lo sagrado y el pueblo o las comunidades. El servicio profético, por ejemplo, ha de tenerse en ese sentido por sacerdotal ya que es una mediación, una relación con Dios y con el pueblo.

Pero con el tiempo, y especialmente cuando los tres “oficios”, real, profético y sacerdotal, se fueron distinguiendo, el “ministerio” sacerdotal se fue institucionalizando. El “sacerdote” realiza su mediación en función de la liturgia, el altar; el profeta, en cambio, con la palabra y el rey en la conducción. Todo dice relación con Dios, pero varía el rol ministerial.

Es interesante, a su vez, que el Concilio Vaticano II fortaleció la identidad eclesial como “pueblo de Dios”; ya no había conductores y conducidos, sino que todo el pueblo, cada quién con sus distintos ministerios o carismas, eran reyes, profetas y sacerdotes por el Bautismo. Todo el pueblo, todos los miembros del pueblo, lo son.

En este sentido es bueno pensar brevemente el “ministerio ordenado”, al que habitualmente se llama “sacerdocio”. Insisto, para empezar, que, por un lado, todos los bautizados son sacerdotes, profetas y reyes, como se ha dicho. Insisto, además, que la relación con lo “sagrado”, no se da exclusivamente en el altar como es evidente. Sería razonable, entonces, pensar qué es lo que se dice al destacar tal o cual ministerio (presbiterado, episcopado o diaconado, por ejemplo, pero no solo) y después – recién después – ver si el término “sacerdote” le es adecuado.

Una extraña mentalidad juridicista, que pretende diversos momentos institucionales para poder afirmar que en tal o cual acto o dicho Jesús “instituyó” tal o cual sacramento, entiende que al decir “hagan esto en memoria mía”, Jesús “instituyó el sacerdocio” (por eso se lo celebra el Jueves Santo, acotemos). Es muy difícil dudar que las comunidades siguieron celebrando la Cena del Señor, pero no resulta evidente que – como se ha dicho – dejaran claro quiénes presidían (si había quienes lo hacían) las celebraciones. Y, los actuales estudios bíblicos complican (felizmente) la cosa dejando en penumbra quiénes participaron o no de esa Última Cena. La fundamentalista serie “Los Elegidos”, por ejemplo, que no puede ignorar que las mujeres participaban de las comidas con Jesús, las retira de la escena enviándolas a Betania para protegerlas y que, entonces, sean sólo “los Doce” los participantes de esa cena…

Ahora bien, si el ministerio ordenado tiene también un rol real y uno profético, no está de más preguntarnos si no puede haber ministros ordenados más dedicados a la conducción y otros más dedicados a la palabra y ¡todos ellos!, “mediadores entre Dios y las personas”. Es decir, llamarlos “sacerdotes” los limita “al altar””; un ministro que se dedica a la palabra o que acompaña comunidades o que peregrina o que está en medio de los pobres, no está en el “altar”, ¿es menos “sacerdote”? Pero, mirando otros términos, a su vez, – hoy, no ayer – “pastores” parece suponer “rebaño”, cosa que en la actualidad muchos, muy razonablemente, se niegan a ser reconocidos como tales. La imagen del pastor incluía, también, a aquel que se pone delante de su rebaño ante el peligro, de allí el “cuidado pastoral”. De aquí el término “cura”. Se trata de quien tiene cuidado (latín “curare”).

Queda un planteo que hoy supera el tema del día (Jueves Santo) y es el acceso de las mujeres al ministerio ordenado. Ya señalé que la lectura juridicista “hace agua” y, además, si se aplicara, es muy discutible que no hubiera mujeres cuando Jesús dijo “hagan esto…”. Por otro lado, hay suficientes trabajos que han ido mostrando seria y académicamente el acceso de mujeres en diferentes tiempos y lugares. Y es, a su vez, evidente, que el patriarcado fue dejado de lado cada vez mas a las mujeres de todos los espacios ministeriales. Pero – y suponiendo que jamás las hubiera habido (suponiendo erróneamente, repito) – la pregunta sensata es cuál es la razón por la cual hoy las mujeres no pueden tener acceso a los ministerios ordenados. Ciertamente la respuesta “Jesús no lo hizo” es totalmente parcial y limitada (Jesús nunca comió papa, no viajó en tren, nunca usó estola o mitra y nunca confesó a nadie… podríamos decir irónicamente); la pregunta razonable – que debe ser seriamente pensada (y no ideológicamente, como lo es el patriarcado) – es “¿Jesús lo haría?” Dejo el tema porque, como dije, excede al tema, pero sin duda creo que la respuesta debiera ser ¡sí!

Celebrar el ministerio ordenado, sea o no adecuado el día históricamente hablando, es algo sumamente razonable; es de esperar que, aprovechando el día, sirva para que los ministros no olviden (no olvidemos) que el ministerio existe en favor de un pueblo, y no para nosotros mismos. Cuando el cura aparece demasiado (clericalismo le llamaba el papa Francisco) el pueblo le está a su servicio y todo se ha trastocado. Que no hay un solo y único modo de ser curas, aunque, cada quién, debería buscar el modo de serlo del mejor modo posible, dejando a Dios ser Dios y todo y siempre en favor del bien del pueblo.


Imagen tomada de https://es.dreamstime.com/almacen-de-metraje-de-v%C3%ADdeo-mucha-gente-la-muchedumbre-caminando-lo-largo-del-camino-video54338366

La mujer del Cantar de los cantares y su compañero

La mujer del Cantar de los cantares y su compañero

 

Eduardo de la Serna



En la Biblia encontramos un libro fascinante – aunque se lee muy poco en la liturgia – que es el llamado Cantar de los Cantares, es decir “el canto sublime”. El texto fue leído, mucho tiempo de un modo simbólico (como, por ejemplo, el encuentro entre el alma y Dios), pero, como veremos, ¡se trata claramente de un encuentro de amor entre un varón y una mujer.

El libro es casi una obra de teatro, de encuentros y desencuentros entre una pareja de enamorados. En ella hay cantos y descripciones de una y otro; a veces canta ella, a veces canta él, y, en ocasiones con interrupciones de lo que parece ser un coro.

La obra tiene un erotismo muy interesante mostrando que Dios no está ausente en el encuentro de dos personas que se aman. En muchas ocasiones hay descripción de los cuerpos (algo que era frecuente en la poética árabe, por ejemplo) lo que muestra la fascinación que sienten entre sí los protagonistas de la obra (descripción del cuerpo de él: 5,10-16; y del cuerpo de ella: 4,1-7; 6,4-9; 7,2-10). Se habla de los dientes, los pechos, el cuello, se compara con animales, con frutos, con flores, y hay imágenes simbólicas (históricas, geográficas…) y descripción de los encuentros de ambos (1,12-17; 2,1-7; 3,4; 5,2-5).

El ambiente es claramente campesino, y la pareja suele encontrarse a solas en los campos (6,2; 7,12). Cuando ambos se dirigen a la ciudad es que ocurren los desencuentros en los que ella buscan a su amado (3,1-2; 5,6; 6,1) o incluso con situaciones de violencia contra ella (5,7).

Ella se presenta como “morena y hermosa” (algunas traducciones dicen “negra pero hermosa” como si ser de tez oscura fuera un impedimento para la belleza, pero es una cuestión de los traductores), sin embargo, está sometida a sus hermanos (todo indica que el padre ha muerto, por lo que ella debe obedecerlos, como debe hacer toda mujer en una familia hasta “ser entregada” en matrimonio). De hecho, al final ellos, que la consideran todavía una pequeña, no saben con quién la casarán (8,8-9), a pesar que ella ya ha experimentado intensamente el amor con su amado, cosa que ellos ignoran.

A lo largo del texto es evidente la relación de amor que ambos se manifiestan, como algo personal e profundo, lo que parece contrastar con el amor cortesano de los reyes que utilizan a las mujeres para su propia satisfacción, pero en los que el amor está claramente ausente (3,7-10).

En los textos, como es propio de su tiempo, la llama “amada”, pero también “hermana” (ver Tobías 7,9.15; 8,4; 10,13 etc.); muchos textos también indican “novia” o “esposa” (ver 4,8-12; 5,1), lo que no es correcto (no están casados, como sabemos, y el noviazgo no existía en este tiempo; más preciso sería traducir “compañera”, por ejemplo); de hecho, el encuentro tiene una cierta clandestinidad (ver 8,1-2). Para cada uno, el otro o la otra son la más hermosa o el más hermoso de todos: ella es “hermosa entre las mujeres” (1,8; ver 4,7; 6,1; etc.; e incluso, “mi perfecta”, 5,2; 6,9), y él, “¡qué hermoso eres!” (1,16).

Pero la clave de todo está dada por el amor. Él la llama “amada” 7 veces, y ella a él “amado” 33 veces (es evidente que el relato está más centrado en la mujer que en el varón) y el término “amor” se encuentra 21 veces. No se trata, entonces, ni de una pareja al estilo de las de las cortes de los reyes, pero tampoco de la pareja “arreglada” por las familias de los futuros cónyuges; en esta obra, son dos personas que se eligen mutuamente, y son el uno para el otra y la otra para el uno (2,16; 6,3). Incluso, uno de los párrafos más interesantes sobre el amor de toda la Biblia se encuentra en el final de este texto:

«…el amor es fuerte como la muerte, la pasión más poderosa que el abismo; Sus dardos son dardos de fuego, llamaradas divinas. Las aguas torrenciales no podrán apagar el amor ni extinguirlo los ríos. Si alguien quisiera comprar el amor con todas las riquezas de su casa, sería sumamente despreciable» (8,6-7)

La pareja ha experimentado el amor intensamente. En ocasiones han debido encontrarse en las afueras de la ciudad para entregarse al amor sin interrupciones, y han dejado, para la historia una de las obras más bellas cantando el encuentro, el reconocimiento mutuo y el amor inextinguible.


Imagen tomada de https://catholicus.eu/la-esposa-del-cantar-de-los-cantares-una-alegoria-de-cristo-y-su-iglesia/

miércoles, 1 de abril de 2026

Señor de los ejércitos

Señor de los ejércitos

Eduardo de la Serna



Soy testigo de que, en muchas comunidades, entre otras a la que pertenezco, se ha preferido – cuando es posible – reemplazar el adjetivo “Todopoderoso” aplicado a Dios, utilizando, por ejemplo, “misericordioso”. Ciertamente, afirmar hoy, de Dios que es “todo poderoso” requiere una importante aclaración acerca de qué se entiende por “poder”. Por ejemplo, la niña Teresa de Lisieux, cuando define a sus cuatro años qué significa, dice: “pues, que hace todo lo que quiere!” (MsA 10rº).

Recientemente, cuando se ha propuesto que nuestro lenguaje en la Iglesia es más griego que semita, más seguidores en esto de Platón que de Jesús, uno de los ejemplos que se han señalado es, especialmente que luego de Constantino y de Carlomagno, el sentido del poder (particularmente dentro de la historia) tiene una notable diferencia y contraste con el anonadamiento de Jesús y la cruz (González Faus 240-245).

Una pregunta pertinente hoy sería saber qué tan poderoso es Dios; qué decimos al decir que lo es…

Un término hebreo que se encuentra frecuentemente en la Biblia, exclusivamente aplicado a Dios, y que con frecuencia no es traducido – incluso en la Biblia griega – es tzebaôt. Es un plural femenino de tzeba, que refiere a las armas, por eso en ocasiones se traduce “de los ejércitos”.

De las 285 veces que lo encontramos, 251x están en los profetas escritores, 16x en los profetas anteriores, y 15x en los Salmos. En la traducción griega de LXX el término se mantiene literalmente con el hebreo sabaôth 64 veces especialmente en Isaías (53 veces) mientras que 120 veces es traducido por pantokrátôr (todopoderoso; es posible que en esto influya que algunos traductores prefirieron mantenerlo mientras otros optaran por traducirlo).

En el Nuevo Testamento, encontramos 2 veces sabaôth (Rom 9,29 y Sgo 5,4 [las biblias castellanas han optado por traducir estos versículos, incluso aquellas que mantienen “sebaot” en el Antiguo Testamento]) mientras que pantocrátôr se encuentra 9 veces en el Apocalipsis y 1 vez en 2 Cor 6,18 (un texto ciertamente de influencia apocalíptica) por toda aparición en el NT.

No hay consenso entre los estudiosos acerca del origen y sentido del término sebaot, “de los ejércitos”, aplicado a YHWH, aunque algunas viejas propuestas fueron siendo descartadas, “no aparece – por ejemplo en conexión con las guerras de YHWH” (TDOT XII:220). Asimismo, es interesante que el término tiene su origen aparentemente en el Sur ya que no es casi utilizado en el Norte, y – además – está casi ausente en el período del exilio (falta totalmente en Ezequiel, por ejemplo). Es posible remontarnos históricamente a su probable origen en el santuario cananeo de Siló (1 Sam 1,3.11; 4,4), referencia con su mención de los querubines. Más tarde parece centrado en el santuario de Jerusalén quizás con referencia al arca de la alianza. En ese mismo sentido se puede notar que, en Qumrán, se encuentra, en una bendición sacerdotal con mención de los ángeles.

Tú serás como un ángel del rostro en la morada santa para la gloria del Dios de los Ejércitos [...] Tú estarás alrededor sirviendo en el templo del reino, compartiendo el lote con los ángeles de la faz y el consejo de la comunidad [...] (1QSb IV:24-26)

Si nos detenemos en las dos referencias que se encuentran en el NT con la transcripción hebrea sebaôth, el texto de Santiago tiene toda la intención de remitir a textos del AT en los cuales el clamor – el grito del dolor; en este caso el de los obreros por su salario impago– presenta a Dios como garante de la defensa de las víctimas y así mostrar, con el uso de sebaôth, a Dios como juez y defensor con lo que pretende remarcar “la soberanía trascendente y absoluta de Dios que interviene en la historia como juez inapelable” (Fabris 311). El texto de Romanos es, ciertamente, un midrash de Isaías a quien cita explícitamente (1,9) para reforzar esta referencia (Jewett 604).

La literatura apocalíptica, por su parte, se presenta como clara resistencia anti-imperial. Dios es revelado aquí como “todopoderoso” en contraste con el emperador de turno que pretende ser adorado como Dios. “Muriendo a imitación de su maestro ellos (los cristianos) manifiestan la realidad de la victoria de Cristo encarnándolo y verificándolo: solo a Dios dan la gloria reconociéndolo como todopoderoso” (Prigent 375).

Es cierto que la categoría “poder” se aplica con frecuencia a Dios mismo (incluso como nombre divino), tanto en la Biblia como fuera de ella (Qumrán, Filón de Alejandría, Henoc, o los rabinos), especialmente como un modio de Dios mismo de revelarse, de manifestarse a su pueblo, su gloria, no como un poder que se ejerce, por ejemplo, sobre otros pueblos o personas.

Pero, curiosamente, si nos detenemos en el Dios que Jesús revela, el término poder (dynamis) se entiende siempre como poder benéfico (por eso el término se usa también para referir a los milagros, signos del poder del Reino). Ciertamente, si hay algún conflicto en el “poder” que Jesús manifiesta, este es contra los demonios, que ejercen su propio poder de un modo maléfico sobre las personas. Es evidente que el Dios que Jesús revela es padre, e incluso un padre que no ejerce su “poder” castigando a sus hijos (como era de esperar en padres de su tiempo) sino un padre que corre a abrazar compadecido del hijo que vuelve. El Dios amor, el Jesús que se revela en relaciones de igualdad (= amigos) no se parece en nada al “Dios poderoso” que castiga, condena y sentencia definitivamente a la Gehena del fuego.

¡Cuántas cosas se han hecho, hacen y harán en el nombre de Dios!

Y a modo de simple y escandaloso (y ¿herético? ¿idolátrico?) uso del nombre de Dios basta ver el uso de las derechas dizque cristianas (y podría aplicarse a las derechas islámicas y judías también). Las guerras en nombre de Dios (escuchar, ¡soportar!, al presidente… al de EEUU, al de Argentina, al de algunos partidos en Brasil, España, etc.) dan ganas de gritar, ¡ese no es Dios!, ¡Dios no es así!, ¡Dios no quiere eso!, ¡Dios no hace eso!, ¡Dios no está allí! El Dios en el que creemos ciertamente está muy lejos, ¡en las antípodas!, de estos ejércitos. El Dios que es papá y mamá es el Dios del abrazo, del encuentro, del perdón, de la misericordia, de la vida. Dios es todopoderoso en el perdón, todopoderoso en la vida, todopoderoso en el amor, todopoderoso en la esperanza… en ese todopoderoso sí creo. Y, para los que se creen reyes o dioses de hoy (y de ayer… y de mañana) simplemente “Padre, ¡perdónalos, porque no saben lo que hacen!”, “¡no se puede servir a Dios y al dinero!”, “¡Ay de ustedes, los ricos, porque ya tuvieron su consuelo!”, “El jornal de los obreros, que no pagaron a los que trabajaron en los campos de ustedes, alza el grito; el clamor de los cosechadores ha llegado a los oídos del Señor Sebaot”, “Canten al Señor, alaben al Señor, que libró al pobre de la mano de los malvados”. En ese Dios creemos, ese poder buscamos.. ese camino caminamos.

 

Complemento

Fabris R., Lettera di Giacomo (SOC 17), Bologna: EDB 2004

González Faus J. I., “Deshelenizar el cristianismo”, RLT 51 (2000) 233-264

Jewet R., Romans (Hermeneia) Minneapolis: Fortress Press 2007

Prigent P., L’Apocalypse de saint Jean (CNT 2ème XIV), Genève: Labor et Fides 1988

Zobel, tzebaot, en Theological Dictionary of the Old Testament XII, 215-232.

 

martes, 31 de marzo de 2026

Comentario a las lecturas del Triduo Pascual "A"

 

Triduo Pascual 


Eduardo de la Serna






 Jueves Santo

+ Lectura del Evangelio: Juan 13,1-15


Los estudiosos coinciden en general en que el Evangelio de Juan tiene 2 grandes partes. En 13,1 comienza solemnemente la segunda parte.  La clave parece estar en la llegada de “la hora” anunciada en la primera parte como algo futuro. Y esta hora ha llegado con el “paso” de Jesús de este mundo al Padre. Este “paso” tiene claras connotaciones pascuales (Pascua = paso) aunque la cena de Jesús no sea cena pascual. Este paso viene marcado por el “amor extremo” a “los suyos”. La unidad literaria parece seguir hasta el v.20 (como el doble “en verdad” del v.21, la frase conclusiva de v.20 y el nuevo comienzo del v.21 lo indican). La característica principal viene dada por el “lavado de los pies”. Esto es propio de los esclavos (ser esclavo y servir son la misma palabra en griego), y la palabra está mencionada en la interpretación que hace Jesús del hecho (omitida en la liturgia, en el v.16).  La negativa de Pedro a ser lavado tiene ese sentido, y esto es algo que será comprendido “más tarde”. Jesús, a continuación, lo explica: es algo que deben hacer “unos con otros”, es la expresión del amor que es verdadero cuando se vuelve “servicio”; ese es el “amor extremo”.


Viernes Santo


+ Lectura del Evangelio de la Pasión: Juan 18,1-19,42



Resumen: La pasión según san Juan nos muestra un Jesús siempre soberano, del principio al fin es quien decide “voluntariamente” su situación;  la comunidad de discípulos –representados en su madre y el discípulo amado- están al pie de la cruz y reciben el espíritu, y todo el AT alcanza en Jesús su plenitud.

El relato de la Pasión de Jesús según Juan, que se lee todos los años el Viernes Santo tiene muchas unidades e ideas que son propias de Juan y merecerían ser destacadas. Trataremos se señalar las principales.
Jesús aparece como soberano, él es quien conduce los acontecimientos. Por ejemplo, Él determina que dejen ir libres a sus compañeros ya que lo buscan a él. Con ironía clásica de Juan, ante el “Yo soy” de Jesús (es el nombre divino en Éxodo) caen en tierra, algo característico de los que ven a Dios. Jesús repite dos veces este término, “yo soy”, lo que debe tenerse presente. Pedro dirá dos veces “no soy”, a continuación. Por otra parte, como hace otras veces, Juan corrige o precisa datos de los Sinópticos como decir quien empuñó la espada e incluso el nombre del servidor del Sumo Sacerdote.
Con nueva ironía, Juan señala que cuando Jesús fue llevado a casa del Sumo Sacerdote, Pedro “y otro discípulo” (no dice de qué discípulo se trata; ¿el discípulo amado? No parece) “siguen” a Jesús. El verbo es irónico porque Pedro ya le había dicho a Jesús que lo seguiría (13,36-37), pero lo seguirá “físicamente”, no discipularmente. De hecho, repetirá que “no es” (18,17.25). Recién cuando Pedro vaya a dar la vida realmente por Jesús, Él le dirá “sígueme” (21,19).
Ya en el “pretorio” (Juan no tiene “juicio religioso”, sino sólo un interrogatorio) el rol de Pilato es bastante limitado. Se pasa toda esta unidad “entrando” y “saliendo” ya que los judíos no quieren entrar para poder comer la pascua (18,28; lo que muestra que para Juan la cena de Jesús no fue cena pascual).
Hay algunas ideas que es bueno destacar. A Jesús no lo van a buscar con “armas y palos” sino con “antorchas, lámparas y palos” (18,3) porque viven en la oscuridad, son de las tinieblas”; Pilato no sabe qué es la verdad, porque es “de la mentira” (18,38). Esto es importante, especialmente si recordamos que el diablo es “el padre de la mentira”(8,44) y el “príncipe de este mundo” (12,31; 14,30; 16,11). Esto dice relación con la afirmación de que “mi reino no es de este mundo” que se suele interpretar como si se separaran en dos niveles las realidades, este mundo, tierra - “no de este mundo”, cielo.  En realidad, en Juan “mundo” es el ambiente adverso a Jesús (por eso el “príncipe de este mundo”). En este mundo –podríamos parafrasear- hay quienes viven (y reinan) según las tinieblas, la mentira y la muerte, y otros viven según la luz, la verdad y la vida. A eso Juan lo llama “estar en el mundo”, “no ser del mundo” (17,11.16). Por tanto, “mi reino no es de este mundo” no refiere al cielo, sino a que no se deja guiar por los criterios del “príncipe de este mundo”. Por ejemplo, si así fuera “mi gente habría combatido” (18,36). El reino que Jesús propone es reino de paz.
Otro elemento a tener en cuenta es que los judíos (que en Juan, como también “mundo” refiere al grupo hostil a Jesús) afirma que “no tenemos más rey que el César” (19,15). Israel es el pueblo que tiene a Dios por rey, pero acá se confirman como “amigos del César” (19,12).
Pilato lo entrega para que sea crucificado, y el que lleva la cruz es Jesús, no el Cireneo; seguramente como Isaac lleva la leña para el sacrificio (Gen 22,6).
La vestidura de Jesús que se sortearán los soldados no tiene costura, se debe romper para partirla. Jesús viene a provocar unidad que la violencia, la mentira y las tinieblas rompen.
Juan incorpora una novedad al pie de la cruz, su madre y el discípulo amado. Por un lado, ambos personajes tienen gran carga simbólica en el Evangelio. Lo simbólico es evidente porque es absolutamente improbable que los romanos permitieran a alguien cerca de un crucificado. Por otro lado, llama nuevamente la atención que Jesús a su madre la llame –como en Caná (2,4) - “mujer”. No es razonable mirarlo atendiendo a lo “histórico” como señalando la crudeza del acontecimiento, o el dolor de una madre, sino en la familia que aquí se suscita. Una “mujer” (¿como Eva?) y un “discípulo” ejemplar, “amado”, que la “recibe como suya”. 
Jesús es tan soberano, en Juan, que su muerte ocurre por determinación suya. A la hora de la matanza de los corderos de pascua, sin que se le quiebren las piernas, como a los corderos, y con la última gota de sangre, como a los corderos, con una rama de hisopo, como la usada con la sangre de los corderos; Juan  nos reitera algo que señala desde el comienzo de su Evangelio, y es que Jesús reemplaza en su propia persona todo lo “religioso” de Israel: el Templo, las fiestas litúrgicas, la vid… el cordero pascual. Y al morir “entregó su espíritu”.
Finalmente, a diferencia de los Sinópticos, Jesús es sepultado y embalsamado [ungido con bálsamo en las vendas “según la costumbre judía de sepultar” (19,40)]. En un jardín comenzó el drama (18,1) y en un jardín concluye (19,41).


Vigilia Pascual 



+ Evangelio según san Mateo     28, 1-10

Resumen: La presencia del ángel que interpreta el sepulcro vacío cambia totalmente la mirada de las testigas; la aparición a ellas del resucitado refuerza el encargo.

El texto evangélico del día, propio del año litúrgico, comienza con un nuevo día. Todos los evangelios coinciden en afirmar que se trata del “primer día de la semana” (literalmente dice “el primer después del sábado”), Mateo aclara, “al clarear”. El Evangelio presenta matices interesantes con respecto a Marcos. María Magdalena y “la otra María”, la (madre) de Santiago y José (27,56.61) van a “ver el sepulcro”, es decir, no van a ungir a Jesús (Mc 16,1; Lc 24,1) ya que la piedra de acceso era muy grande (27,60) y hay guardias puestos para cuidar (27,62-66) el sepulcro “sellado”. Nuevamente ocurre un terremoto (cf. 27,51), signo evidente de los tiempos escatológicos (Is 29,6; Ez 3,13; 37,7; 38,19 y Ap 6,12; 8,5; 11,13.19; 16,18) o de una decisiva intervención de Dios (Ex 19,18; Jue 5,5; 1 Re 19,11-12; Sal 18,8) confirmado con la presencia de un ángel del Señor, con aspecto fulgurante (v.3) que hace rodar la piedra para que las mujeres puedan constatar que la tumba está vacía. Así podrán dar testimonio de lo que han visto. El “ángel del Señor” fue protagonista de los primeros capítulos del Evangelio (1,20.24; 2,13.19) pero allí habla “en sueños”, aquí, más “visible”, y “sentado” (¿para enseñar?) en la piedra, habla a las mujeres. Conforme a lo que Jesús había dicho, el ángel confirma que lo verán en Galilea (v.7; cf. 26,32). La presencia de los guardias, también testigos del movimiento telúrico, que viene preparada de la escena conclusiva de la muerte, prepara la escena del soborno (28,11-15); como se ve, ante el mismo hecho, estos no han comprendido, sino que quedan “como muertos” ya que no reciben la interpretación del ángel (a la conmoción de la tierra –seismós- les sucede a los guardias una conmoción interior –eseisthêsan-). Pero –como el mismo dicho de los Sumos sacerdotes de que el cuerpo fue robado permite comprenderlo (28,13.15)- la tumba vacía es una visión ambigua; necesita del “ángel intérprete” para comprender su sentido; la importancia de la palabra del ángel queda confirmada con la frase “tomó la palabra,,, dijo”. Ante el mismo hecho y la misma visión, la reacción de los guardias y de las mujeres son claramente contrapuestas, y la razón viene dada precisamente por las palabras del ángel. Sin embargo, Mateo no finaliza la unidad como Marcos, donde las mujeres ante el dicho del “joven” (16,5) “dominadas de temblor y estupor no dijeron nada”. Aquí, al temor de Marcos, Mateo añade “y gran gozo” por lo que “corrieron a anunciar a sus discípulos” (v.8). El contraste entre “el Crucificado – el «Despertado» (por Dios) marca el sentido de la unidad.

Una nota sobre la resurrección. Jesús resucita y sale del sepulcro sellado y con la piedra puesta. El ángel y la piedra luego corrida tienen como objeto la comprensión de las mujeres. Mateo no está interesado en responder cómo salió Jesús del sepulcro, pero el hecho ya ha ocurrido (“no está aquí, ha resucitado”, v.6; en aoristo) pero nadie es testigo del acontecimiento de la resurrección. 

A esta escena Mateo añade otra (vv.9-10) que sólo se encuentra en su Evangelio (con una ligera semejanza a la aparición a María Magdalena en Jn 20,11-18, cf. v.17). En realidad, lo que Jesús dirá a las mujeres no difiere de lo dicho por el ángel con lo que se refuerza particularmente la importancia del encuentro que se realizará en Galilea. Las saluda con el clásico “alégrense” (típico saludo griego, cf. Lc 1,28; Sgo 1,1) con lo que refuerza la gran alegría de las mujeres a la que Mateo acaba de hacer referencia (v.8). Ellas, como es común ante (un hombre de) Dios (2 Re 4,27) se aferran a sus pies.


26:32
28:5.7
28:10



Mas después de mi resurrección,

iré delante de ustedes a Galilea».

No teman …
Y ahora vayan enseguida a decir a sus discípulos: «Ha resucitado de entre los muertos
irá delante de ustedes a Galilea;
allí le verán
Ya se los he dicho».
Entonces les dice Jesús:
«No teman. Vayan, avisen a mis hermanos que




vayan a Galilea;
allí me verán».


En este encuentro con los once en Galilea –en Mateo- Jesús les encarga la misión universal, tarea para con la que contarán con la presencia permanente de Jesús en medio de ellos (28,18-20). Así como el ángel les encarga decir “a sus discípulos”, Jesús del encarga avisar “a mis hermanos”. El mensaje, en un primer momento es al pequeño grupo (no a todos) y en un monte específico de Galilea (v.16) (no en Jerusalén). Recién luego de esta aparición y su palabra de envío estarán llamados a “hacer discípulos a todas las gentes” (v.19).

Una nota sobre las mujeres en el sepulcro: en los Evangelios las mujeres (con la única exclusión de Lc 8,1-3) se encuentran siempre en el contexto de la última pascua (junto a la cruz, en la sepultura). Teniendo en cuenta la antropología cultural (ritos y lamentos), la psicología social (identidad y memoria colectiva) y elementos del folklore (la transmisión oral) resulta muy convincente entender que las mujeres que se reúnen junto a la tumba, para lamentar, hacer memoria, e incluso reivindicar y denunciar la situación en torno a “su muerto” cuya vida rememoran y recrean, repiten y comentan en torno a ellas es el ambiente adecuado para el surgimiento del anuncio e incluso el culto recreado de un modo nueva ante la experiencia de la resurrección. Es en este grupo de mujeres donde parece que debe encontrarse el inicio del culto y de transmisión de la tradición de Jesús a partir de la experiencia extraordinaria de encontrarse con aquel que “Dios ha resucitado”; la tumba ya no es el lugar del duelo sino del anuncio gozoso. Sin duda es particularmente contrastante este rol fundamental de las mujeres en el anuncio del Evangelio con el lugar restringido que poco tiempo después empezaron a tener en la Iglesia.



 Domingo de Resurrección:



 1ª lectura: Hechos 10,34ª. 37-43


Resumen: una síntesis del ministerio y pascua de Jesús da pie a la predicación a los paganos, y a que se derrame sobre ellos el Espíritu dando así lugar a la absoluta novedad de la universalidad.

El texto de Hechos es extenso. Y repetitivo. De hecho la liturgia sólo se detiene en lo central y fundamental, pero no está de más mirar la idea principal antes de detenernos en él. Se trata de una unidad cuidadosamente armada por Lucas, presentando los personajes, y repitiendo y explicando las escenas más de una vez. Sinteticemos: una vez las presenta, la siguiente le da su sentido y en tercer momento la explica ante los Doce (10,1-26. 27-48; 11,1-18). ¿Por qué la insistencia? Pues porque el paso que se dará es casi contrario a todo lo que se decía en el A.T. y la predicación de Jesús. ¿Cómo se justifica el bautismo a paganos sin exigir nada, como la circuncisión, si el AT distinguía judíos de paganos y si Jesús había dicho “no vayan a territorios extranjeros… sólo a las ovejas perdidas del Pueblo de Israel”. El cambio que se dará en esta unidad es tan fundamental, tan decisivo que hace falta dejar bien claro, ¡insistentemente!, que está conducido por el Espíritu Santo (10,19.44.45.47; 11,2.15.16), un éxtasis-visión (10,10.28; 11,5) o por el Ángel del Señor (10,3.7.22.30; 11,13). En el centro de esto se encuentra la predicación de Pedro a los paganos en orden a “escuchar lo que le fue ordenado por el Señor” (10,33) y al decir esto se derrama el Espíritu (10,44) lo que causa que Pedro “mandó que fueran bautizados” (10,48). El texto que nos propone hoy la liturgia es, precisamente, este discurso de Pedro a los paganos contando “lo que sucedió…” (10,37).

Obviamente no interesa la historicidad de los acontecimientos que es pasible de sospecha (el predicador primero a los paganos resulta “Pedro” y no Pablo, por ejemplo). Vayamos al texto.

El discurso presenta una primera parte “histórica”, comenzando por el bautismo de Juan, el ministerio de Jesús (sintetizado en que “pasó haciendo el bien”, v.39), fue matado y resucitado apareciéndose a testigos elegidos (37-41). Pero esto no finaliza allí (como es característico de Lucas, cf. Lc 24,46-48) y debe continuar con la predicación,  por ahora reducida “al Pueblo” (es decir, a Israel; v.42). Es a continuación que dará el siguiente paso cuando el Espíritu se derrame sobre los paganos lo que deja atónitos a los circuncisos al ver que el Espíritu Santo  se derramaba también sobre los paganos (v.45); a esto se lo ha llamado “Pentecostés de los paganos” (quizás un poco simplistamente, pero quizás justo en lo literario de Hechos). La introducción: “veo que Dios no hace acepción de personas” (v.34) y esta conclusión del don del Espíritu –ambas omitidas en la liturgia- son las que le dan sentido a toda la unidad.

Veamos brevemente el discurso: Lucas presenta una síntesis geográfica (en Judea comenzando en Galilea) e histórica (del bautismo a la muerte-resurrección) del ministerio de Jesús. Algunos elementos característicos de la teología de Lucas están señalados: el rol del Espíritu Santo en el ministerio de Jesús, el enfrentamiento con el diablo, el rol de testigos de los apóstoles, señalados como los que comieron y bebieron con él, el mandato de predicar, el rol de los profetas y el perdón. Todo esto –como se dijo- en un marco histórico-geográfico, también característico de Lucas. Estamos –entonces- en una síntesis de la predicación, del “evangelio” de Lucas sintetizado en pocos versículos. De eso se trata este discurso que provoca la aceptación del evangelio por parte de los paganos y desencadena la que probablemente sea la máxima revolución de toda la historia de la Iglesia. Los paganos, despreciados y rechazados en Israel son ahora invitados a integrarse por el bautismo y la aceptación del Evangelio como miembros plenos del pueblo de Dios.


2ª lectura: Colosenses 3,1-4


Resumen: La “comunión de los santos” permite que entre Cristo resucitado y la comunidad peregrina haya una relación tan estrecha que ya desde “ahora” vivamos como resucitados.

La liturgia permite hoy la elección de una entre dos lecturas; hemos seleccionado el texto de Colosenses

Un discípulo de Pablo, pasado ya un buen tiempo, decide enfrentar, como si Pablo lo hiciera, una serie de nuevos problemas. Escribir que el autor es Pablo es una manera obvia de decir “yo soy su discípulo y sé que esto es lo que les diría Pablo si estuviese”. Uno de los temas –no el principal de la carta, pero si importante- es que la venida de Jesús que se esperaba inminente (ver 1 Tes 4,15-17; 1 Cor 15,51-52) se demora. En este sentido, en el cristianismo de la segunda generación surgen fundamentalmente dos respuestas. Una –patente, por ejemplo, en 2 Pe 3,3-4.8-10- señala que se demora para dar a todos la ocasión de la conversión, otra, habitual en los discípulos de Pablo, como el autor de Colosenses, señala que en cierta manera ya vino, que ya estamos de algún modo resucitados. Podríamos decir que falta “ultimar algunos detalles”. La parte teórica de la carta finaliza en 3,4 ya que en 3,5 saca las conclusiones prácticas de lo dicho para la vida de la comunidad. 3,1-4 aparece como una conclusión teórica de todo lo dicho que es claramente cristocéntrico. Un tema característico de esta carta, y su “parienta” a los Efesios es la idea de que Cristo es cabeza del cuerpo que es la Iglesia. Hay una unión profunda entre ambos, tal que puede verse como la del cuerpo y su cabeza (1,18.24; 2,19). Por eso presenta a Cristo como “el primer nacido de entre los muertos” (1,18), los demás seguirán sus pasos.

Esto es lo que da razón a la primera frase del texto de la liturgia que es ciertamente sorprendente: “han resucitado con Cristo”. No es “resucitarán” sino lo han hecho (en griego es un aoristo, lo que significa que es algo que ha ocurrido en un momento concreto y preciso del pasado). Es típico de Pablo, y acá lo repite su discípulo, señalar una tensión entre la realidad (indicativo) y lo que se debiera (imperativo). Acá la tensión es que puesto que ya estamos resucitados, debiéramos buscar lo de arriba. El Jesús de Juan afirmaba que es “de arriba” (8,23), y al dirigirse a Dios Jesús levanta los ojos para arriba (11,41). Arriba refiere claramente al cielo (ver Hch 2,19), de allí viene la “Jerusalén de arriba” (Ga 4,26) y desde “arriba” Jesús llama a Pablo para un premio (Fil 3,14). De hecho, el versículo siguiente contrasta lo de arriba con lo de la “tierra”, arriba está Cristo sentado a la diestra de Dios. También en Ef  se afirma que Jesús está sentado a la derecha en los cielos (1,20). La imagen es tradicional (ver Mt 26,64; Mc 14,62; 16,19; Hch 2,34; 7,55.56 (aunque en estos versículos, está “de pie”); Heb 8,1; 1 Pe 3,22. Como claramente lo destaca Hch 2,34, el texto es una alusión al Sal 110,1 que es un Salmo que canta al rey como “virrey” de Dios. El cristianismo primitivo, como lo señala la abundancia de citas recurrió a este texto para manifestar el cumplimiento de las escrituras en la resurrección de Jesús y su lógica “ausencia” posterior.

Buscar lo de arriba, aspirar a lo de arriba son evidentemente un paralelismo. Aspirar no es preciso, el verbo fronéô es también pensar, sostener y es casi exclusivamente paulino (26x de las que x22 en Pablo [10 en Fil y 9 en Rom], una en Mt, Mc y Hch, y acá en Colosenses).  Hay dos textos paulinos que hacen más claro el sentido: “Efectivamente, los que viven según la carne, desean [fronoûsin] lo carnal; mas los que viven según el espíritu, lo espiritual” (Rom 8,5) y “algunos se comportan como enemigos de la cruz de Cristo, cuyo final es la perdición, cuyo Dios es el vientre, y cuya gloria está en su vergüenza, que no piensan [fronoûntes] más que en las cosas de la tierra. (Fil 3,19). En ambos casos, lo que se ambiciona es vivir según la novedad que trajo Cristo, o vivir como si no hubiera tocado nuestra existencia. No se trata –entonces- de llevar una suerte de “vida espiritual” o “celestial” sino a sacar todas las conclusiones que la vida “en Cristo” supone para nuestra existencia. Por eso afirmará que “hemos muerto” y “nuestra vida está oculta” en Dios, es decir “a la derecha de Dios”.

Por cuanto ya estamos con Cristo en Dios, cuando Cristo vuelva –como hemos señalado, lo que ocurrirá sin la tensión de las primeras comunidades, por cuanto ya estamos con él- la venida será menos “espectacular” que lo que parecía en un primer momento. Y junto con él apareceremos los que ya estemos con él. “Nuestra vida” está oculta –como Cristo- junto a Dios; pero él aparecerá, y ya es “vida de ustedes” (v.4) y “ustedes aparecerán en gloria” (ver 1,27).

Resucitados con él, escondidos con él, aparecerán como él, en gloria como él… la unión entre el Cristo glorioso y el cristiano es tan estrecha para el discípulo de Pablo que casi pareciera que no hay nada ya que esperar, sólo toca vivir aquello que ya somos.


+ Evangelio según san Juan 20,1-9


Resumen: Los signos de la resurrección están presentes y allí deben los discípulos amados aprender a “creer sin ver”.

Con un cambio cronológico Juan da comienzo a una nueva unidad, “el primer día de la semana”, es decir el “domingo”. La escena nos presenta una mujer sola que va al sepulcro. No va con otras a ungirlo porque en Juan Jesús sí fue ungido, por tanto no espera que alguien le corra la piedra. Con mucha verosimilitud se ha propuesto que el rol de las mujeres en torno a la tumba, con sus cantos y llantos haciendo memoria del muerto parece haber sido el punto de partida de la proclamación y anuncio del Evangelio. Nada se dice de que María Magdalena, que ya la habíamos encontrada al pie de la cruz con otras mujeres y el discípulo amado (19,25), se haya asomado a la tumba ni lo que vio pero en el mensaje a Pedro y al otro discípulo les dice que “se han llevado al Señor y no sabemos (¡plural!) dónde lo han puesto”. Aquí desaparece de la escena la Magdalena hasta v.11 donde está llorando (¿por el duelo?), se asoma al sepulcro (¡ahora sí!) y ve dos ángeles. Ellos y luego Jesús, que se le aparece, le preguntan por qué llora desencadenando una nueva escena. Siendo que esta finaliza con María yendo a los discípulos a contar lo visto, pareciera que el redactor del cuarto Evangelio expresamente adelantó la escena de Pedro y el discípulo amado por algún motivo teológico (que señalaremos). Es decir, los vv.3-10 parecen adelantados de su lugar original, y la razón parece estar en el rol que juegan tanto Pedro como el discípulo Amado en el Evangelio de Juan.

María no va a “los discípulos” sino sólo a Pedro y el discípulo amado y ellos “salen” (v.3) hacia el sepulcro, “corren” (v.4).La escena está construida de modo sencillo. Van, llegan y vuelven. Obviamente el centro temático está en lo que ocurre en la tumba.

Veamos. Se dice que corren ambos, pero hay una diferencia entre ambos. El discípulo amado corre más rápido, ve el interior de la tumba, no entra. Espera a Pedro. Pedro se demora más, “lo sigue”, entra al sepulcro y ve las vendas y el sudario. Nuevamente entra en escena el discípulo amado, que ahora entra y “vio y creyó”. Concluye con una referencia a “la Escritura” (sin citar el texto de referencia) y la resurrección. Finalmente (omitido en la liturgia), vuelven a casa.

La construcción, como se ve es muy sencilla, pero hay elementos interesantes a tener en cuenta.

Pedro y el discípulo amado. Salvo la escena de la cruz, el discípulo amado, el héroe de la comunidad joánica, está junto a Pedro. Pero siempre aparece como más cercano a Jesús que Pedro (de hecho es “el amado” por Jesús), en la cena es el que está junto a Jesús, no Pedro (13,23-25), es el que en la pesca le dice a Pedro que el que está en la orilla “es el Señor” (21,7), y cuando Pedro ha confesado 3 veces a Jesús que lo ama, del discípulo se dice que “permanece con Jesús hasta su vuelta” (21,22). En este caso, corre más rápido, “ve y cree”. En general se piensa que la comunidad de Juan, que se remite al discípulo amado, corre cada vez más el riesgo de sectarizarse, se distancia cada vez más de todos los grupos –incluso cristianos- del entorno. Entonces un redactor quiere evitar toda ruptura poniendo al héroe en relación al héroe de otras comunidades, Pedro. Es verdad que el discípulo amado es más, pero hay otras ovejas que no son de este rebaño, hay otras comunidades con las que estamos en comunión, al fin y al cabo también aman a Jesús. Es cierto que 3 veces lo negó, pero 3 veces le confesó su amor, aunque “nuestro héroe” permanezca fiel hasta el final. Aquí parece estar la primera razón del adelantamiento del texto que hemos señalado. Los primeros en acercarse al misterio de la Pascua son Pedro y el discípulo amado, y ambos entran al sepulcro y creen en la escritura (notar el plural, a pesar del singular anterior, que diremos).

Ver y creer: el tema es central en Juan, y es lo fundamental de la escena. No hay apariciones del resucitado (esas vendrán a continuación en el evangelio), sólo hay una tumba y vendas. De Pedro se dice que “vio”, del discípulo amado que “vio y creyó”. Veamos brevemente. En el relato se usan 3 verbos griegos diferentes, al llegar el discípulo amado “ve (blépô) las vendas en el suelo”; luego Pedro “miró (teôréô) las vendas en el suelo y el sudario… no junto a las vendas sino plegado en un lugar aparte (quizás para insinuar que no se trata de que el cadáver fue robado)”; finalmente, al entrar el discípulo amado “vio (oráô) y creyó”. El primer “ver” (blépô) es también observar. Es lo que hizo María en el v.1: “vio la piedra quitada”. Lo encontramos 17x en Juan, de las que 9x en el relato de la curación del ciego (cap.9). Como es propio en Juan, allí se mueve en dos niveles: se alude claramente a la visión física (“ahora veo”) pero aludiendo a un ver distinto, aludiendo a la fe, como se ve en el v.39: “Y dijo Jesús: «Para un juicio he venido a este mundo: para que los que no ven, vean; y los que ven, se vuelvan ciegos»”. Es, entonces, un ver que prepara la fe. El segundo “ver” (teôréô) (24x en Juan) es más bien físico; en el relato del ciego, se aplica a los vecinos que “veían” al ciego mendigando; sin embargo se usa también para “verlos signos” (2,23; 6,2; 7,3), sin embargo, algunos “ven” al Hijo y “creen” (6,40) y será resucitado “en el último día”, porque “el que me ve, ve al que me envió” (12,45), pero al despedirse a Jesús no lo verán, como el mundo no ve al espíritu, aunque los discípulos sí lo verán (14,17.19). Finalmente el tercer uso (oráô) es el más común (82x). En el relato del ciego lo encontramos al principio (v.1, Jesús lo vio) y al final (v.37) “ese que has visto” que es el momento culminante de la fe del ciego. Ya en el discurso del pan de vida este verbo se relaciona estrechamente a “creer”: “le dijeron: ¿Qué señal haces para que viéndola creamos en ti?” (6:30), “me han visto y no creen” (6,36), el que “ve” a Jesús, “ve” al Padre (14,9), “afirma que no lo “verán”, y Jesús declara bienaventurados a “los que no han visto y han creído” (20,29). Esto nos permite suponer que no parece haber demasiada diferencia entre los tres, aunque el tercero está más estrechamente ligado a “creer”.

Los su parte “creer” es quizás la palabra principal (o una de ellas) de todo el Evangelio (x98). Todo él se escribió “para que crean” y “creyendo tengan vida” (20,31). Decir que el discípulo amado “cree” es decir que alcanza la vida. Amor – vida – creer (es interesante que en Juan no aparece jamás el sustantivo, “fe”) constituyen el todo. Y lo interesante es que es de este discípulo que se afirma que “cree”, y sin ver sino los signos de la resurrección. “Ve” lo mismo que Pedro, pero esté “ve y cree”.

Siendo que para esto se ha escrito el Evangelio, siendo que se declaran felices a los que creen sin haber visto, y siendo que el discípulo amado –ejemplo del verdadero discípulo- cree sin ver sino los signos de la resurrección, el relato nos desafía a creer con los signos (de los tiempos) y así tener la misma “vida” (que es vida divina).



Video con comentario a los evangelios en
o también en


Foto tomada de egiptomaniacos.top-forum.net

lunes, 30 de marzo de 2026

sábado, 28 de marzo de 2026

La mesa de la Pascua

La mesa de la Pascua

Eduardo de la Serna




El pan y el vino en la mesa

Es imagen de comida

Es imagen de una fiesta

De la familia reunida

 

Es un grupo de celebra

Que ama y canta la vida

Que perdona, canta y baila,

Y que a veces se arrodilla

 

Ante niños y sus juegos

Ante ancianos en sus sillas.

Y en esa mesa de todos

Donde siempre hay más cabida

 

El pan se parte y reparte

vino se sirve y se brinda

Y un nosotros se hace pueblo

En los manteles servida

 

No hay un yo si no hay nosotros

Sin una manta que abriga

Y aunque sea larga la noche

No hay encierro sin salida

 

Y aunque nos duela la guerra

Pues no hay sangre sin herida

No hay dolor sin esperanza

Pues no hay pozo sin subida

 

Porque la vida es más fuerte

Y está la luz de salida

La mesa resucitada

Es la Pascua compartida

 


jueves, 26 de marzo de 2026

Unos pastores

Unos pastores

Eduardo de la Serna



Como es fácil de imaginar, en los tiempos bíblicos había dos tipos de pastores: los que eran miembros de una familia que tenía ovejas y cabritos y debían llevarlos diariamente a pastar y, también, aquellos que eran contratados para esa tarea.  Ambos hacían lo mismo, pero había diferencias sustanciales:

La diferencia principal era que unos – aunque se tratara del más pequeño de la familia (ver 1 Sam 16,11) – eran los dueños del rebaño, mientras que los segundos eran simplemente responsables circunstanciales.

Otra diferencia, y esta muy importante, era la responsabilidad. Los poseedores de pequeños rebaños saben que cada oveja o cabra es importante, por la lana y la leche, para empezar, y – muy ocasionalmente – la provisión de carne, y – entonces – ante el peligro, como pueden representar animales salvajes que pongan en riesgo la vida de alguna de ellas, el pastor arriesga su propia vida porque toda su familia depende de ello. En cambio, el contratado difícilmente acepte el riesgo por algo que no es suyo.

Queda, todavía, una tercera diferencia: precisamente por no ser propia, no son pocas las veces que un contratado dirá que un animal se desbarrancó o que las arrebató un lobo, cuando, en realidad, lo comió él con otros pastores-contratados amigos. Eso jamás lo haría un propietario, ciertamente. Al menos, no uno que sea responsable. Precisamente por esta característica, es decir, que no haya manera de demostrar lo que realmente ocurrió y que exista la posibilidad de aprovecharse de la situación es que – como ocurre con otros oficios – el ser pastores contratados era algo sumamente despreciado y mal mirado.

Estos dos tipos son destacados, por un lado, por Jesús cuando se presenta a sí mismo como “buen pastor” (Jn 10,11.14) destaca que, evidentemente, por serlo, arriesga su vida frente al peligro, a diferencia del contratado que, en ese caso, huye (10,12).

Señalemos brevemente que, precisamente por todo lo que acá destacamos, es habitual en el mundo antiguo, utilizar la imagen del pastor para aludir a todos los que tienen alguna responsabilidad dirigente en la sociedad: responsabilidad política, como reyes o gobernantes, o responsabilidad religiosa, como los sacerdotes. Es muy frecuente en los textos destacar el desconcierto, por ejemplo, de un pueblo cuando no tiene un buen pastor (Núm 27,17; 1 Re 22,17; 2 Cr 18,16; Jdt 11,19; Jl 1,18…) cosa que reiteran los Evangelios (Mt 9,36; Mc 6,34).

El criterio para señalar si se trata de buenos o malos pastores es la atención y cuidado que presten a la vida de los que le son confiados. El profeta Ezequiel (cap. 34) – que iluminó al evangelio de Juan en el texto que citamos – destaca críticamente a los malos pastores y los que “se alimentan” del rebaño, o “se apacientan a sí mismos” (Jud 12). Por eso, Jesús contrasta la actitud del pastor con la que aquellos ladrones y salteadores que pretenden “robar, matar y destruir” (Jn 10,8.10).

Pero queda, todavía un signo muy interesante narrado por san Lucas. Jesús ha nacido, y – porque no había lugar en el alojamiento – es acostado en un pesebre, es decir, el lugar propio de un asno o de un buey (Isaías 1,3; Lucas 13,15). Pero no solamente esto, sino que los enviados de Dios, los ángeles, quieren comunicar “una gran alegría para todo el pueblo” (2,10) y para anunciar eso lo hacen comenzando por los despreciados sociales, es decir, un grupo de pastores (sea por ser contratados, o sea por ser niños pobres que tienen unas pocas ovejas o cabras). Una vez más Dios se manifiesta empezando por lo ínfimo y despreciado: un pesebre, pastores, y el “gran signo” que estos verán es un niño en pañales (es decir, como todos los niños) y esto será la gloria de Dios “en el cielo” y que traerá paz a los seres humanos en la tierra (2,14), es decir, este niño pobre, no el Imperio Romano y su impuesta “paz” del miedo y las armas. Los pastores, es decir, los últimos de la sociedad son los que dieron a conocer a todos lo que la voz del cielo les había comunicado y todos los oyentes “se maravillaban” de lo que escuchaban (2,17-18). Una vez más, “Dios ha elegido los necios del mundo para humillar a los sabios, Dios ha elegido a los débiles del mundo para humillar a los fuertes” (1Cor 1:27), y los pastores en el pesebre son un buen ejemplo de esto.


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