miércoles, 1 de julio de 2026

El fracaso de Cicerón… y de la historia

El fracaso de Cicerón… y de la historia

Eduardo de la Serna



Muchas veces señalé – luego de mirar o escuchar cosas que dicen o hacen personas (en especial curas) de los que fui profesor – que he fracasado. “- ¡No puede decir eso (o hacerlo) alguien que escuchó y, aparentemente, aprendió otra cosa! …” Pero lo dicen y/o hacen. Sin embargo, debo destacarlo, esa sensación de fracaso la he escuchado también de varias otras personas que han sido o son docentes. ¿Entonces?

Es conocida la sentencia citada por Cicerón de que “la historia, (es) testigo de los tiempos, luz de la verdad, vida de la memoria, maestra de la vida, heraldo del pasado” (Sobre el orador, II, 36). Y, si miramos cuánto los humanos hemos o no aprendido de la historia, parece bastante evidente que esta ha fracasado mucho más que nosotros.

·         Enseñar hace referencia a dejar una seña, una marca

·         Aprender, es prender algo, aferrarlo

Y parece muy sensato, mirando la realidad que nos rodea, reconocer que ni la historia nos ha enseñado, ni hemos aprendido nada o casi nada. No hemos aprendido de las guerras, de las dictaduras, de los modelos económicos de injusticia y empobrecimiento… Estudio significa “celo”, “dedicación”, “aplicación” y hasta “ardor”. Nada parece más lejano a nuestra actitud habitual frente a la historia…

Y, para ahondar más, es interesante que en los ambientes teológicos se estudia bastante la “Historia de la Iglesia” … Se supone que, si el Espíritu Santo es quien acompaña, ilumina e inspira a la Iglesia, ver la historia de la Iglesia significaría aprender, escuchar lo que el Espíritu dijo y dice a la Iglesia, reconocer dónde nos hemos dejado guiar por Él y dónde no… Pero la misma historia de la Iglesia (y la Iglesia del presente) nos muestra la incontable cantidad de veces que no sabemos o no estamos dispuestos a aprender… Y, en este caso, no es solamente de la “maestra de vida”, la historia, sino del mismísimo Espíritu Santo.

Evidentemente, el problema no es la historia, ni el Espíritu, y – ojalá – tampoco los que somos docentes. El problema es que muchas veces (¡demasiadas!) los “alumnos”, “personas criadas por otro… alimentadas” prefieren recibir “golosinas” sin nutrientes, escuchar “lo que les gusta”, lo que da efímero placer a la garganta (gola) y no lo que enseña caminos, frecuentemente arduos…

¿Significa esto que no debemos continuar en la tarea “docente” (el que enseña, conduce) puesto que la recepción es casi nula? ¡Ciertamente no!

El Evangelio narra una parábola en la que la siembra, en ocasiones, cae en tierra fértil, pero en otras en tierra pedregosa, o es comida por las aves o ahogada por abrojos… ¿Significa eso que no hay que sembrar? Seguiremos sembrando, ciertamente... la historia continuará su magisterio mudo, el Espíritu Santo continuará soplando donde quiere; al fin y al cabo, Jesús fue crucificado y junto a la cruz sólo había un pequeño grupo de mujeres. Dios hace las cosas y solemos ser nosotros los que habitualmente no lo comprendemos, o vamos por otros caminos… ¿Significa que no hemos de caminar? Sería insensato hacerlo porque no llegaríamos a ninguna parte. La cosa, en todo caso, es dejarnos orientar por la historia, por el Espíritu Santo y eventualmente saber escuchar a las y los docentes que antes los han escuchado. Y, entre tanto, seguiremos fracasando, la historia y nosotros.


Imagen toimada de https://www.nuevarevista.net/ciceron-superstar/

martes, 30 de junio de 2026

Comentario a las lecturas del domingo 14º "A"

 La revelación de Jesús desata un conflicto por los destinatarios escogidos

DOMINGO DECIMOCUARTO - "A"


Eduardo de la Serna



Lectura de la profecía de Zacarías     9, 9-10

Resumen: En medio de los oráculos del profeta irrumpe un canto a un rey humano que sorprenderá por su humildad y su firmeza. Es con ella que llegará la paz a las naciones en un rey desarmado y que alcanzará a toda la tierra, con límites geográficos jamás vistos.

El texto de Zacarías irrumpe en medio de una serie de oráculos conflictivos que hacen referencia a los pueblos vecinos. En este contexto se alude a la “hija de Sión” haciendo referencia a un “rey” que viene. Pero este rey es humano, no se refiere a Dios, como sí ocurre en muchos textos posteriores al exilio; algo novedoso en un tiempo en el que ya no hay reyes en Israel. Este rey es calificado de “justo, victorioso y humilde”. Para algunos autores, se asemeja al personaje de Is 53 en cuanto a que Dios lo hace justo, lo salva  y es humilde (vv.4.6.7.10). Los primeros jefes de Israel montaban en burros, como este: Gen 49,10-11; Jue 5,10; 10,4; 12,14; 2 Sam 19,27; cf. 1 Re 1,33.38. La humildad ciertamente contrasta con lo habitual en la monarquía que era el lujo y el boato (1 Re 10,14-29; Jer 17,25; 22,4)

Pero esta humildad no está reñida con la firmeza que manifestará el rey combatiendo contra la guerra y la violencia. Para ello se enfrenta con las armas del mismo pueblo de Dios (cuernos de Efraín –norte- y caballos de Jerusalén –sur-), como ya lo había señalado Mi 5,9-10. Él (y no Dios) proclamará la “paz a las naciones” (Is 2,2-4 // Mi 4,1-3), y –sin ejército- alcanzará un territorio que ni siquiera David tuvo (de mar a mar, del río al confín de la tierra).

La humildad por un lado, y su firmeza por el otro parecen paradojales. Cosas reservadas antiguamente a Dios se esperan aquí de un rey humano. El mesianismo bíblico empieza a desplegarse, aunque este sea –probablemente- el último texto antes de empezar el periodo intertestamentario. Por otro lado, quizás haya que ver en el texto una crítica al poder de los sacerdotes alentando la esperanza en un rey por venir.


Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los cristianos de Roma     8, 9. 11-13

Resumen: La vida y la muerte, el espíritu y la carne se presentan ante los lectores como dos caminos. El creyente tiene abierto ante sí el camino de la vida por estar conducido por el espíritu de Dios que es espíritu dador de vida. 


Por cinco domingos consecutivos leeremos, a partir de hoy, el importantísimo capítulo 8 de la carta a los Romanos. Allí san Pablo da un cierre a toda la primera parte de la carta, estableciendo, fundamentalmente un contraste con el ser humano de la debilidad, la ley y el pecado que ha presentado en el cap. 7. Ante esa debilidad la persona se encuentra sin salida: ¿quién me librará? (v.24), no hago el bien que quiero sino el mal que no quiero (v.19), es el pecado el que habita en mí (v.17). Ese ser humano sin salida encuentra otro camino:
 
Pues lo que era imposible a la ley, reducida a la impotencia por la carne, Dios, habiendo enviado a su propio Hijo en una carne semejante a la del pecado, y en orden al pecado, condenó el pecado en la carne, a fin de que la justicia de la ley se cumpliera en nosotros que seguimos una conducta, no según la carne, sino según el espíritu (8,3-4) 

Ese ser humano que se dirigía a la muerte encuentra súbitamente abierto el camino hacia la vida, algo expresado –como es frecuente en Pablo- en los términos “carne” y “espíritu”. Con esta temática en el horizonte conviene leer la lectura (y las que siguen los próximos domingos) de este capítulo.

Los términos “carne” y “espíritu” son los que marcan el ritmo de esta unidad, pero estos no han de entenderse –como lo hemos señalado otras veces- en sentido del dualismo helénico, sino en un sentido “escatológico”, es decir, señalando la llegada del fin de los tiempos – comenzada en la resurrección de Cristo a la que nos unimos plenamente por el bautismo – en la cual el espíritu es el don por excelencia recibido por los que creen. Los que no creen, en cambio, están precisamente ante esa debilidad sin salida de la que hablaba en el cap. 7. Podríamos parafrasearlo de este modo: “ustedes no están en el tiempo de la carne sino en el tiempo del espíritu”; pertenece a Cristo (es de Cristo) quien tiene su espíritu. El v.10 – omitido por el texto litúrgico – hace referencia a la muerte, que es consecuencia del pecado (5,12.21; 6,23; 7,13; 8,2) y a la vida, fruto del espíritu por la justicia que viene de la fe (1,17; 3,22.25.26.28.30; 4,3.5.9.11.13; 5,1…). Ese espíritu que Dios ha dado es dador de vida, como ya lo ha mostrado al resucitar a Jesús de entre los muertos; por eso, nuestros cuerpos, que caminan hacia la muerte, recibirán ese mismo espíritu que es dador de vida (1 Cor 15,45). 

Así, los creyentes, no deben nada a la carne, sino al espíritu, y por tanto están frente a dos opciones (dos caminos, como es frecuente en la literatura bíblica): la vida y la muerte según vivan “según la carne” o “según el espíritu” (v.13).


Evangelio según san Mateo     11, 25-30

Resumen: Tres pequeñas unidades ponen a Jesús en conflicto con las autoridades judías de tiempos de Mateo mostrando la predilección de Jesús, y en él, del Padre, por los pequeños, los que están sobrecargados por los fariseos. 


En medio de una serie de textos en los que Jesús se encuentra con gente que no lo comprenden del todo (unos más, otros menos, pero ninguno plenamente) Mateo presenta estos tres dichos de Jesús que se encuentran en el Evangelio de hoy. El texto comienza señalando “en aquel tiempo” (en ekeínô tô kairô) y la siguiente unidad (12,1) comienza con la misma fórmula marcando así el límite del texto en 11,25-30 tal como lo presenta la liturgia. 

Los tres dichos son fácilmente reconocibles: el primero Jesús se dirige a Dios (vv.25-26), en el segundo Jesús habla a su auditorio sobre su relación con Dios como la de un Padre y un hijo (v.27) y finalmente una invitación al auditorio a recibir el mensaje de Jesús (vv.28-30).

I) vv.25-26: en el contexto del relato, Jesús acaba de señalar que su mensaje no fue recibido en Corazín, Betsaida, Cafarnaúm, ciudades donde hay importantes grupos rabínicos en tiempos en que se compone el Evangelio de Mateo. En contraste con estos “sabios e inteligentes ” (sofôn kaì synerôn) que se niegan a aceptar el mensaje de Jesús, los “pequeños” (nêpios) lo han recibido: un “pequeño” grupo de esa región, los destinatarios del Evangelio. Esto es algo que refleja la voluntad de Dios. En un marco semejante (y constituye la única vez que vuelve a encontrarse en Mateo el término “pequeños”, nêpios, 21,15-15) los niños (paidós) gritan “Hosana” ante la llegada de Jesús al templo, lo que provoca el rechazo de sumos sacerdotes y escribas a quienes Jesús les cita la Escritura: “de la boca de los pequeños (nêpiosy lactantes (thêlazóntôn) te preparaste alabanza” (Sal 8,3). Nuevamente se encuentra un contraste entre los “pequeños” (en este caso mostrados como sinónimo de “niños”) y los letrados frente a Jesús. 

Lo llamativo es que Jesús señala que estas cosas Dios las ha “ocultado” (kriptô) algo que es importante en Mateo. Lo “oculto” ha de ser “revelado”, como se ve en la ciudad en la cima del monte (5,14), como las parábolas lo manifestarán (13,35), como el tesoro escondido (13,44) que es expresión del Reino; pero en este caso está en contraste con lo que es revelado a los pequeños. La situación de la comunidad de Mateo en contraste con la importante comunidad rabínica de su tiempo y región (en Antioquía) parece estar en el núcleo del relato, algo que –a su vez- manifiesta la actitud de los “sabios e inteligentes” hacia Jesús en el Evangelio. Ese ocultamiento a unos y revelación a otros es lo que le place (eudokía) a Dios. Es interesante que una imagen semejante, de contraste con los "sabios e inteligentes" se encuentra en Pablo en 1 Corintios: "Como está escrito: Acabaré con la sabiduría de los sabios y confundiré la inteligencia de los inteligentes" (1,19).


II) v. 27: Pero este ocultamiento – revelación es algo que Dios ha manifestado en el accionar del hijo. Puesto que solamente el hijo conoce al Padre, el modo de revelación que el hijo ha escogido refleja esto que da placer a Dios. El uso de "Padre e hijo" en esta unidad tiene bastante “color joánico” ya que “hijo” en absoluto (“el hijo”) no es habitual en los Sinópticos, y sí es muy frecuente en Juan. La relación entre el hijo Jesús con su Padre (abbá) es tal que puede afirmar que “lo conoce” (otro tema joánico), y precisamente por eso lo revela en sus palabras, pero también en el modo de revelarlo, que implica a los destinatarios. Jesús se ha dirigido – y el capítulo de las parábolas, que se aproxima es una buena expresión de esto – a los que no contaban a los ojos de los “sabios e inteligentes”, y por esto lo han rechazado. 

III) vv.28-30: Es precisamente a esos destinatarios a los que ahora Jesús se dirige, los que están cansados (kopiáô es cansancio por lo que resulta trabajoso, fatiga) y están “cargados” (fortízô) ya que Jesús les ofrece “aliviar” (anapaúô). El alivio es lo que provoca, por ejemplo, el descanso sabático (Ex 23,12; Dt 5,14) o también el descanso que debe tener la tierra (Lev 25,2). Lo religioso no puede ser motivo de cansancio y carga. El “yugo” es imagen de lo que los oprimía en Egipto (Lev 26,13), Babilonia (Jer 27,11), o la opresión de los griegos (1 Mac 8,18; 13,41), la esclavitud en general (Gal 5,1); Salomón ha oprimido a una parte importante del pueblo y a su hijo se le pide que “alivie el yugo” (2 Cr 10,9). Pero la imagen también es usada como expresión de “sometimiento” a la ley (Sir 51,26; Sof 3,9; Hch 15,10). Como los maestros de la ley, Jesús también tiene un yugo pero él mismo se presenta como manso (praûs; a los que Jesús llama bienaventurados porque serán consolados, 5,5, y alude al rey montado en burro de Zac 9,9 en 21,5) y humilde de corazón (tapeinós tê kardía; sabiendo que Dios ensalza al que se humilla, 23,12). Este yugo de Jesús dará “reposo” (anapausis, como ya lo había señalado) ya que es “suave” (jrêstós, suave, bueno, agradable) y la “carga” (fortíon) es ligera (elafrós, suave, leve). El texto aparece en claro contraste con las cargas pesadas (barys) que los fariseos echan en las espaldas de sus discípulos (23,4, a pesar que lo más “pesado”, importante, “de la ley es la justicia, la misericordia y la fe”, 23,23). 

El texto es ciertamente conflictivo con los fariseos de tiempos de Mateo (como se ve claramente en el cap.23) con quienes el evangelista está en conflicto; a los lectores les contrasta dos yugos, dos mensajes y –por lo tanto- dos actitudes frente a él, la aceptación de los pequeños, y la incomprensión de los “sabios e inteligentes”. No es diferente a lo que dice el texto del profeta: 

Yo decía: «Naturalmente, el vulgo es necio, pues ignora el camino de Yahveh, el derecho de su Dios. Voy a acudir a los grandes y a hablar con ellos, porque ésos conocen el camino de Yahveh, el derecho de su Dios». Pues bien, todos a una habían quebrado el yugo y arrancado las coyundas”. (Jer 5,4-5) 

La novedad de Jesús viene dada, precisamente, por ser el hijo que conoce al Padre y elige el modo y los destinatarios de la revelación: los pequeños.


el video con comentario al Evangelio en
https://blogeduopp1.blogspot.com/2026/06/comentario-al-evangelio-del-domingo-14-a.html
también en
https://youtu.be/pdARQJXnajY


foto tomada de www.catolicidad.com

lunes, 29 de junio de 2026

A propósito de un libro sobre Pancho Soares

A propósito de un libro sobre Pancho Soares (*)

Eduardo de la Serna



Como de tantos y tantas que, sin embargo, recordamos al hacer memoria, de Pancho Soares sabía poco. Sabía que había sido asesinado poco antes de empezar el genocidio de la dictadura cívico-militar, sabía que era cura en la zona de Tigre, más precisamente Carupá, y poco más.

Hace tiempo conocí y compartimos muchas cosas con Miguel Calvo, que fuera párroco en la parroquia donde Pancho había estado, y actualmente es párroco mi amigo Jorge, con lo cual más o menos, algo sabía y no me era indiferente. Sabía también que Jorge habló con León Gieco sobre los 40 años de su asesinato que se cumplirán el 13 de febrero de 2016 a lo que León le dijo: “¡tenemos que hacer algo!”

Cuando hace pocos días Jorge me dijo que se presentaría un libro sobre Pancho, con dudas, lo reconozco, fuimos. El libro fue presentado por los obispos Jorge Casaretto, emérito de San Isidro y Oscar Ojea, actual titular de la diócesis. Luego habló el autor, el pbro. Pedro Oeyen. No comentaré esta presentación. No lo merece. Hasta creo que Pancho no la merecía. Pero quisiera destacar algunas cosas que me llaman la atención del libro.

Este se titula «Sangre en la Iglesia. Vida y muerte de Pancho Soares, cura obrero», editorial PPC, Buenos Aires, octubre de 2014, 336 pags. Pertenece a la colección “Actualidad” de la que – se dijo – es el primer libro, se supone de futuros intentos. Intenta estar bien documentado, reconociendo – en ocasiones –que faltan materiales, textos, grabaciones, en algunos casos que hubieran sido indispensables para una mejor comprensión, pero, sencillamente, no se tienen (y en muchos casos, los motivos huelgan), como es el caso de la homilía en el responso de los obreros Héctor Echeverría y Luis Cabrera, delegados gremiales de astilleros de Tigre, y Rosa María Casariego, esposa de este último pronunciada ¡3 días antes del asesinato de Pancho!

El libro está articulado en 4 grandes partes: su infancia, juventud y vida en la congregación de los asuncionistas (págs. 9 – 129), su ingreso a la diócesis de San Isidro hasta el cierre de la fábrica de cerámicas (Comunidad Juan XXIII) donde trabajaba (págs. 133 – 221), el apartado titulado “Tiempos de violencia y muerte”, extrañamente comenzado por un capítulo sobre el Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo (págs. 225 – 294) y las repercusiones de su vida y muerte (págs. 297 – 334). Como es razonable, los diferentes momentos son ubicados en su contexto histórico (al que el obispo Casaretto en la presentación del libro calificó de “objetivo”, ya que “así fueron las cosas”).

Sin hacer referencia a algunos detalles (hay errores de redacción en varias ocasiones que un corrector editorial hubiera podido subsanar), hay repeticiones de ideas o textos, y hasta algunos saltos cronológicos o temáticos que confunden, y hasta algún error; teniendo esto en cuenta, me permito algunos comentarios a la etapa de cura diocesano de Pancho Soares y el comentario del autor:

1.- Constantemente, y hasta en ocasiones y circunstancias innecesarias se insiste en que Pancho Soares “no fue guerrillero”, que no optó “por la violencia”, tanto que se puede dudar si el autor no quiere convencerse a sí mismo, o si piensa en destinatarios para los que “si lo mataron, en algo andaría”.

2.- Llama la atención que en las frecuentes crisis de Pancho en relación a sus superiores, tanto asuncionistas como el obispo, está totalmente ausente cualquier mirada crítica a las autoridades por parte del autor. Todas las crisis parecen tener en Pancho la responsabilidad, incluso en ocasiones de modo duro [“terminó echándole la culpa de todo a sus superiores (tentación frecuente en los religiosos cuando sus proyectos no se realizan)” (p.103); “esta carta y la anterior muestran un estado de ánimo muy alterado” (p.123); en su relación con el obispo “el P. Soares cometió varios errores” (p.157); “incoherente” (p.190)].

3.- Las relaciones del obispo de San Isidro con los curas obreros es presentada casi como una caricatura (del mismo modo que toda referencia al marxismo, que parece nutrida de pobres estereotipos). En el análisis de las tensiones se hacen comentarios cuando hay “faltas” de los curas obreros, pero nada se comenta al citar textos del obispo, siendo que en muchas ocasiones lo ameritarían. Incluso cuando hay conflictos con “buenos sacerdotes” se señala que eso fue frecuente también en otras diócesis (p.184).

4.- Ciertas actitudes de algunos son calificadas de “contestatarias” y movidas por “ideologías” (p.185), como si hubiera alguien sin “ideología”. Las referencias a la actitud de la Iglesia sobre la “violencia” deben enmarcarse en lo dicho antes, sobre que no estaba en la guerrilla, y – además – comentada o señalada con pobreza y no exactitud (como se ve en la contradicción entre lo que afirma sobre Populorum Progressio y la violencia en p.207 que se contraría en p.237).

5.- El texto en general parece fácilmente enmarcado en la llamada “teoría de los dos demonios”, como se ve ya desde su comentario al post-concilio y el contraste entre Lefebvre y aquellos que ponen el marxismo por sobre el Evangelio (sic, p.205). Parece estar motivado por una preocupación por lo que ciertos sectores califican de “horizontalismo” ya que al hablar de Medellín y la liberación, con el clásico “pero” alude a los que la limitan a lo socioeconómico o los que “derivaron en la lucha armada” (p.209); algo semejante ocurre al hablar de “San Miguel” (documento de la Conferencia Episcopal Argentina que busco la aplicación de los documentos de Medellín, 1969) diciendo que la polémica sobre el sentido de “… ‘pueblo’ esterilizó su potencial” (p.211) especialmente porque los radicalizados llamaban “pueblo” a un sector (los pobres, los peronistas o los revolucionarios) mientras el resto era “antipueblo” (p.212). Otro ejemplo de su “dualismo” es la comparación sobre la obra de Gustavo Gutiérrez (mal citado el título) destacando los “errores iniciales” luego corregidos, y citando a continuación la obra de Carlos Sacheri, representante del ala más recalcitrante del catolicismo ultraconservador (p.232). En p.261 afirma que “La proclamada violencia revolucionaria no había generado la liberación sino sólo una violencia mayor” (el “Proceso”).

6.- Como se dijo, sorprendentemente después de hablar de Medellín (cap.25) y de San Miguel (cap. 26) con el paréntesis del cierre de la fábrica (cap. 27) pasa a hablar del Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo, pero esto ya en el tercer bloque, el referido a la violencia. La referencia al MSTM es realmente muy pobre, mal informada, con errores importantes, distorsionada y – por momentos – tendenciosa. “Es necesario aclarar (¿por qué? ¿Para quién?) que, al menos en un comienzo (sic), en la mayor parte de los casos no se trataba de una opción política sino de responder a lo que Dios y la Iglesia pedían” (p.227). Señala que no hay documentos que prueben fehacientemente el contacto de Pancho con el MSTM o con algunos de sus miembros aunque “es probable” que los haya mantenido “al menos por un tiempo” (¿?) (p.239).

7.- El análisis del peronismo (1973-1976) es de una pobreza preocupante, con notables imprecisiones, como también lo es el asesinato de Carlos Mugica. Por ejemplo es muy infeliz la frase que “luego de la muerte de Perón, el 1º de julio de 1974, sobrevino un período de inestabilidad y el 24 de marzo de 1976, el comienzo del llamado Proceso de reorganización nacional dio piedra libre al exilio de los que quedaban con vida (sic)” (p.236); o su análisis de la Juventud Peronista (p.244), o de la “masacre de Ezeiza” (p.259). La pobreza del análisis en este punto, y al hablar de las guerrillas (pp.249-255. 257; sus referencias al ERP son realmente sorprendentes, p.e. cf. p.253 y 260), lo llevan al miedo que hemos destacado de insistir temerosamente en que rechazaba la violencia y que “quien afirme lo contrario no lo conoció, está mal informado o pretende intencionadamente torcer su pensamiento” (p.247). En este lugar comente un importante error histórico al referir al P. Alberto Carbone y luego a Carlos Mugica con una sorprendente pobreza, desconocimiento (que le había sido advertido al autor sin que lo corrigiera) (pp.254-255).

8.- El cap. 33 se titula “El cura montonero” (pp.263-268) y se dedica a Jorge Adur, asuncionista como Pancho lo había sido. No se entiende este punto si no es en el intento de contrastarlos. Señala que entre los que participaban de los grupos de Adur hubo “muertos y desaparecidos” (p.265) pero en p. 326 lo mismo se afirma de gente – no mencionada – de la capilla de Carupá. El análisis debería ser bastante más serio y profundo (y bastante más “desideologizado”, si se quiere): por ejemplo, afirma que Adur pertenecía a Montoneros desde 1968 (p.267) luego de haber señalado que estos nacieron en 1970 (p.253). Pero ese temor constante del autor se manifiesta claramente al señalar que Pancho celebró el responso y predicó a causa de la muerte de los dos delegados sindicales de los astilleros de Tigre y afirma que “su sola presencia allí ya era peligrosa, pues podían pensar que se identificaba ideológicamente (sic) con los muertos” (p.282). La referencia a que “Titi” y “Huesito”, sobrenombres de los dirigentes gremiales asesinados eran sus “nombres de guerra” (p.303) parece ignorante, o tendencioso. Nada parece indicarlo.

9.- Que su cuerpo haya sido sepultado y luego, por falta de pago, llevado a osario general (luego cremado en el CEAMSE) desmiente que “la Iglesia Católica” haya sido la “única” que rescató la memoria de Pancho (p.313). Ninguna organización “guerrillera” lo reivindicó (sic) (p.297); la referencia de Casaretto al “perdón” como justificativo de la falta de investigación de los autores y responsables del crimen (p. 301. 313) es realmente muy pobre. Y “justificativo” de que la jerarquía eclesial se desentendió de la muerte y de la justicia por el asesinato de Pancho Soares. Si se destaca que el P. Anibal Filippini reza todos los días “para que no se pierda la memoria de Pancho” y que ve este libro como una respuesta a sus oraciones (p.324), es indicio evidente que la Iglesia Católica (jerárquica) se desentendió precisamente de la memoria de Pancho.

10.- Es llamativa la insistencia en hablar de cuando “murió” o a lo sumo de “muerte trágica” siendo muy pocas las veces que se habla de “asesinato” y ¡¡¡nunca!!! de martirio (la palabra, que aparece solamente 4 veces en el libro, si no he contado mal, nunca aparece en labios del autor [pp. 320.322.330.331]). Es evidente que llamarlo “mártir” es un desafío, es reconocerlo como una “palabra de Dios” para nuestro tiempo. Tampoco fue pronunciada ni una sola vez en la mencionada presentación del libro”. Es que si Dios nos habló y habla en la vida y martirio de Pancho, su testimonio es a su vez denuncia de nuestras mediocridades, cobardías, silencios, complicidades… “el justo muerto denuncia a los injustos vivos”, afirma Sabiduría (repetido en p.317). A lo mejor el temor que se sospecha sea verdad: lo mataron porque en algo andaba: andaba en Evangelio, en Reino, en pueblo. Demasiado para los violentos. Demasiado para los mediocres.

Y a pesar de todo lo que podemos criticar de este libro, Pancho emerge, Pancho resucita y Pancho nos sigue diciendo, de parte de Dios, una palabra.


(*) este artículo fuye publicado en 2014 pero no parece haber quedado registrado; por eso lo reitero

Foto tomada de martiresargentinos.blogspot.com

“Crees, luego no existes” (Jaap)

“Crees, luego no existes” (Jaap)

Eduardo de la Serna


Mirando la consulta que Simone Weil le hace en 1942 al religioso y teólogo, Jean Courturier op., – consulta que, lamentablemente, él no respondió – me resulta fascinante ubicarla en su contexto. Ella le formula 35 extensas cuestiones, cada una de ellas bien desarrolladas:

… Cuando leo el catecismo del concilio de Trento, me da la impresión de que no tengo nada en común con la religión que en él se expone. Cuando leo el Nuevo Testamento, los místicos, la liturgia, cuando veo celebrar la misa, siento con alguna forma de certeza que esa fe es la mía o, más exactamente, que sería la mía sin la distancia que entre ella y yo pone mi imperfección. Esto hace penosa la situación espiritual, me gustaría que esta fuera no menos penosa pero sí más clara. Cualquier sufrimiento es aceptable en la claridad.

Y comienza:

Voy a enumerarle cierto número de pensamientos que habitan en mí desde hace años o al menos algunos.... Le pido una respuesta firme sobre la compatibilidad o incompatibilidad de cada una de estas opiniones con la pertenencia a la iglesia.

Y finaliza todo su extenso interrogatorio diciendo:

Estos problemas son hoy de una importancia capital, urgente y práctica. Pues como toda la vida profana de nuestros países viene directamente de civilizaciones “paganas”, mientras subsista la ilusión de un corte entre el llamado paganismo y el cristianismo, este no será encarnado, no impregnará toda la vida profana como debiera, quedará separado y, en consecuencia, no activo. ¡Cuánto cambiaría nuestra vida si se viera que la geometría griega y la fe cristiana han brotado de la misma fuente!

Lo que me importa señalar aquí es que Simone es absolutamente coherente (y con la hondura y seriedad que la caracterizó toda su vida) con el planteo de su tiempo en lo que se ha llamado la Religionsgeschichte, la Escuela de la historia de la Religión (corriente particularmente vigente desde fines del s. XIX hasta la Segunda gran Guerra). Es decir, entender (desde una cierta lectura enciclopédica) el cristianismo en coherencia o sintonía con lo que se fue descubriendo de las antiguas religiones y pensamientos filosóficos… Ciertamente, hoy hay nuevos elementos para dar respuesta a sus planteos que no los había entonces, pero nada más razonable, en su tiempo, que formularlos, particularmente desde su particular conocimiento de la filosofía griega.

Pero lo que me interesa – en paralelo con esto – precisamente por la coherencia con el pensamiento propio de su tiempo, es el conflicto de Etty Hillesum con su hermano Jaap (con quien no tenía una buena relación), el cual era médico. Dice Etty en su diario:

En una ocasión, durante una fase enfermiza, me escribió en el encabezamiento de una carta: «Cogito, ergo sum. Credis, ergo non es» Y creo que hoy en día, esta sigue siendo la contradicción entre nosotros, que, seguramente resulta insalvable (30 de octubre 1941)

Y creo que el pensamiento de Jaap (pienso, luego existo; crees, luego no eres) es expresión – particularmente en ciertos ambientes – del sentir de su tiempo. Creer es algo propio de mentes ignorantes, de “la fe del carbonero” ... el conflicto “insalvable” – se decía – entre “fe y ciencia” lleva a entender que creer en Dios es propio de mentes primitivas.

Ciertamente, en la actualidad, en la que la ciencia ha aprendido a ser más humilde, y los “dogmas” menos clausurados en la letra, mucho de esto ha aprendido a entrar en diálogo. Me resulta curioso – debo reconocerlo – que en algunos ambientes ilustrados, y pienso particularmente en la izquierda argentina (no en el resto de América Latina en general), que pareciera que se han quedado en tiempos idos, y les resultaría incomprensible entender aquello de que mis hermanos “todos son comunistas con el favor de mi Dios” (Violeta Parra), por no aludir a “Líbranos de aquel que nos domina/ en la miseria/ Tráenos tu reino de justicia/ e igualdad” de Víctor Jara, o “¿Dónde pongo lo hallado?/ en la tierra, en tu nombre,/ en la Biblia, en el día/ que al fin te he encontrado” de Silvio Rodríguez. Y no se entienda que me refiero a que ellos sean cristianos, sino simplemente a que no tienen una militancia tipo “ergo non es”, sencillamente.

Las puertas abiertas dentro de la Iglesia católica romana, por el Concilio Vaticano II (puertas que, desde entonces, tantos intentan volver a cerrar, y con cerrojos varios, para más “seguridades”) supieron poner al pensamiento en diálogo con la ciencia, la cual ya no era vista como enemiga, sino como compañera de camino. Camino siempre desafiante, camino siempre con nuevas preguntas, camino con crisis y encuentros… caminos, ¡simplemente! Eso no implica que de un lado u otro de la fe o de la ciencia no surjan, cada tanto, falsas seguridades que miren al otro como un “non es” olvidando sistemáticamente, que lo primero que nos constituye a unos y otros es formular preguntas y no atarse demasiado a certezas que la vida misma se ocupa de hacer tambalear. Simone se formulaba preguntas, y vivió con ellas, aunque le resultara “penoso”, pero sabiendo que “cualquier sufrimiento es aceptable en la claridad”. Etty fue encontrando a Dios hasta llegar a decir: “Voy a leer de nuevo a San Agustín. Es tan austero y tan ferviente. Y tan lleno de sencilla devoción en sus cartas de amor a Dios. En verdad, esas son las únicas cartas de amor que uno debería escribir: cartas de amor a Dios” (9 de octubre 1942). Es comprensible, en su tiempo, la crítica de Jaap (y, quizás, la no respuesta del dominico a Simone), pero en nuestro tiempo, ambas místicas nos han dejado huellas para poder intuir hoy que también es sensato decir “Credo, ergo sum”.

 

Comentario al Evangelio del domingo 14º A

Comentario al Evangelio del domingo 14º A


o también en

https://youtu.be/pdARQJXnajY

Eduardo

viernes, 26 de junio de 2026

Aporte bíblico a la sinodalidad eclesial

Aporte bíblico a la sinodalidad eclesial

 Eduardo de la Serna

 


Una cosa que, con las características propias de cada escrito, queda claro en el Nuevo Testamento es que quien conduce la Iglesia es el Espíritu Santo.

 

Un ejemplo interesante es señalar las dos veces que Pablo dice “me gustaría” tal cosa, pero… los dones de Dios dicen otra cosa (1 Cor 7,7; 14,5); Pablo no pretende hacer ni su voluntad ni lo que le gustaría, sino que está atento a lo que el Espíritu inspira (en ambos casos se refiere a carismas, es decir, dones de la gracia).

 

Otro elemento paulino es notar que todo indica que en cada comunidad por él fundada, Pablo deja que ellos mismos se den la organización que ven conveniente (no hay una jerarquía, como ocurrirá más tarde, por ejemplo, de presbíteros, o epískopos), hay dirigentes, catequistas (Gal 6,6), quienes presiden (1 Tes 5,12), profetas (1 Cor 14,1). En este mismo sentido, cuando algo le fue encomendado por la asamblea, como ocuparse de los pobres (cf. Gal 2,10), deja que cada comunidad lo haga a su manera, y acepta la propuesta de los corintios, acompañada por los macedonios, de organizar una colecta (2 Cor 8,1-4).

 

Es sabido, además, que, junto con Bernabé, Pablo empieza un camino totalmente nuevo, que es reconocer como miembros plenos del pueblo de Dios a los paganos por el bautismo sin exigirles la circuncisión. Pero cuando viaja a Jerusalén y se reúne con los que algunos consideran “las columnas” Pablo debate con ellos “para saber si había corrido en vano”. No que Pablo fuera a aceptar lo que las columnas le dijeran, por cierto, sino debatir sobre el tema, lo que queda sellado en un apretón de manos en señal de comunión (Gal 2,1-10; “no me agregaron nada”, destaca, 2,6).

 

Mirando el libro de los Hechos de los Apóstoles, es evidente que – en continuidad con el Evangelio de Lucas – el gran protagonista de toda la obra es el Espíritu Santo. Un ejemplo interesante es lo ocurrido después de la conversión de Cornelio. Todo vedaba la aceptación de un pagano en la comunidad: el Antiguo Testamento y las palabras mismas de Jesús parecían ir en una sola dirección, pero Pedro supo reconocer los signos (y visiones) que lo condujeron, primero a casa de Cornelio (a pesar que un judío no puede entrar en casa de paganos; Hch 10,28), luego a reconocer la manifestación del Espíritu y administrarles el bautismo. Pero, después, Pedro tuvo que “defender” su actitud en Jerusalén, donde también supieron ver los signos del espíritu y empezar a transitar nuevos caminos (hay que señalar que, a diferencia de lo que ocurre en Pablo en sus cartas, para Lucas y su teología, el primero que se dirige a paganos es Pedro). Estar atentos a lo que el espíritu sopla es la característica fundamental de la Iglesia de Hechos, como se ve también en la Asamblea de Jerusalén… los religiosos afirman que sin circuncisión no hay salvación (15,1), como Pablo y Bernabé discuten con ellos, se decide ir a Jerusalén para tratar el asunto con apóstoles y presbíteros (v.2; lo repite en vv.5-6). Pedro interviene señalando el obrar del Espíritu Santo (v.8) y, entonces, toda la multitud hizo silencio para reconocer los signos proféticos (signos y prodigios, v.12) de boca de Bernabé y Pablo.

 

Sin duda el Evangelio que destaca más claramente la importancia del Espíritu Santo es el Evangelio de Juan (incluso, siendo el término pneuma neutro, el paso al sujeto “paráclito” es masculino, con lo que le da otra entidad personal). El Paráclito es enviado por el Padre como ha enviado al Hijo para continuar la obra ante la ausencia de este, y de él se dicen cosas semejantes a Jesús: estará con la comunidad siempre (14,16), es espíritu de la verdad y no es recibido por “el mundo”, enseñará y recordará lo que Jesús ha predicado (14,26) y dará testimonio de Él (15,26) como también lo harán los discípulos. Es enviado para convencer al mundo (en lo referente al pecado, la justicia y el juicio) guiando a los discípulos hacia la verdad completa (16,7.13). Es por eso que el resucitado, en su encuentro con la comunidad reunida, les regala “espíritu santo” (20,22) con el cual podrán hablar y obrar como Jesús lo hizo (enviados; ver 14,12).

 

No se puede concluir sin notar en el Apocalipsis las cartas a las siete iglesias, en las que Jesús se dirige de un modo particular a cada una de ellas, que cada carta finaliza con la misma fórmula: “el que tenga oídos, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias” (Ap 2-3).

 

Una “Iglesia” que no escuchara al Espíritu Santo sería una mera institución (no puede negarse que en la historia de la Iglesia eso ha ocurrido una importante cantidad de veces, y nada obsta que siga ocurriendo). En interesante señalar el contraste entre dos actitudes de Pedro en el Evangelio de Mateo, en una, Jesús lo felicita porque “esto no te lo ha revelado la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos” (16,17) mientras que en otra lo reprende exactamente por lo contrario, “¡tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres!” (16,23) y por eso en una lo califica de “piedra” y en otra de “escándalo”. La escucha de lo que Dios quiere es la clave, y ni siquiera la persona de “Pedro” es la garantía. El espíritu lo es.

 

De eso se trata ser Iglesia sinodal, y no de decir que se es tal, sino de realmente serlo. “El que tenga oídos, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias”.


Imagen tomada de https://www.mercedarios.cl/detalle.php?id=MTkyNg==

jueves, 25 de junio de 2026

Rebeca, la matriarca

Rebeca, la matriarca

Eduardo de la Serna


 

Cuando hemos mencionado a los llamados “Patriarcas” de Israel, es decir, Abraham, Isaac y Jacob hemos mostrado que es poco lo que se dice de Isaac. Casi como si fuera una suerte de mero nexo entre Abraham y Jacob. Incluso, lo hemos destacado, en ocasiones cosas que se afirman de uno de estos dos, a su vez se repiten en Isaac. Pero no ocurre lo mismo con sus mujeres. Hemos visto el rol que Sara (y Agar) juegan en vida de Abraham, y de Lía y Raquel en el caso de Jacob, pero muy distinta es la presentación que del personaje de Rebeca, la mujer de Isaac nos brinda el libro del Génesis.

Cuando Abraham debe organizar el matrimonio de Isaac (recordar que esto no era una decisión personal sino acuerdo entre padres) no quiere que la mujer sea elegida entre las del lugar (Gen 24,3), algo semejante a lo que ocurrirá con el matrimonio de Jacob (28,1-2), y, entonces, envía a un siervo de toda confianza en búsqueda de una esposa.

La escena del encuentro del siervo de Abraham con Rebeca en el pozo de agua y todo lo que la rodea es sumamente colorida (24,10-61) y llama la atención la personalidad de Rebeca. Lejos de la actitud pasiva que se esperaría de las mujeres, ella toma la iniciativa de dar de beber al criado, a los camellos, en ir a su casa para hospedarlo, dar forraje a los dromedarios y, finalmente, tomar la decisión – contraria a la de su familia – de ir inmediatamente al encuentro de Isaac quien, en cuanto la conoce (a pesar de usar velo, 24,65) sin mediar comentario, el texto afirma que “la metió en la tienda y la tomó por esposa” (24,67).

Como ocurre con otros grandes personajes que tendrán un rol importante en la historia de salvación (Sara, madre de Isaac, Raquel, madre de José y Benjamín, la madre innominada de Sansón, Ana, la madre de Samuel e Isabel, madre de Juan, el Bautista), se señala que ella era estéril (25,21), para después destacar la centralidad de aquel que será engendrado, en este caso, Jacob (aunque se trate de mellizos, con Esaú, lo que desatará un conflicto que servirá, narrativamente para la escena que viene a continuación).

En el caso de ambos hijos – que serán a su vez dos pueblos: Israel y Edom – Rebeca tiene predilección por Jacob, mientras que Isaac prefiere a Esaú. Cuando llega el momento de la bendición que marcará el destino del heredero, nuevamente entra en acción Rebeca y, aprovechando la ceguera de Isaac y la ausencia de Esaú, que había ido de caza, disfraza a Jacob quien recibe la bendición, la cual será inamovible. Obviamente, la consecuente ira de Esaú pone en riesgo la vida de Jacob, y, nuevamente Rebeca interviene enviándolo a casa de su hermano Labán a contraer matrimonio (y alejarlo del peligro).

Como sabemos, el período de Jacob en casa de Labán se prolonga, por lo que al regresar ya no se habla de Rebeca, con lo que se supone que ha muerto (no se hace referencia a su deceso). De hecho, es sepultada en la misma tumba que Abraham, Sara, Isaac, Jacob y Lía (49,31).

En el Nuevo Testamento, Rebeca solo es mencionada por Pablo en su carta a los Romanos. Allí el Apóstol quiere destacar la importancia de la promesa de Dios. Los dos hijos de Abraham y los dos hijos de Isaac le servirán a Pablo para destacar que la centralidad no está necesariamente en la descendencia sino en la promesa como la que recibió Rebeca (Rom 9,10-12).

Como en el caso del siervo de Abraham, como en el caso de la iniciativa de Rebeca que coincide con la voluntad de Dios, como en lo que Pablo mismo reconoce, se trata de saber reconocer los signos de los tiempos, por dónde “sopla” Dios su voluntad en la historia y dejar que él despliegue sobre todos su misericordia.


Imagen tomada de https://www.vidanuevadigital.com/tribuna/las-mujeres-de-la-biblia-rebeca/