Comentario al Evangelio de Pentecostés A
Eduardo
Una reflexión bíblica, teológica e histórica de la adoración eucarística
Eduardo de la Serna
Ante la próxima fiesta del cuerpo y la sangre de Cristo, yo quisiera compartir una reflexión que me parece muy importante en este tiempo.
Es evidente que la celebración de la cena de Jesús fue importante desde los orígenes. Mucho antes de los evangelios ya San Pablo, en la primera carta a los Corintios, lo destacaba. Cada evangelio, por cierto, tiene su propia riqueza y, por lo tanto, sus propios aportes sobre el tema. No es este, además, el momento de preguntar quiénes participaron en aquella última cena, pero no es nada improbable que además de los 12 hubiera también algunas mujeres compartiéndola. Es evidente que, en aquella cena, quizás pascual, Jesús interpreta su muerte inminente en clave de aquella comida que comparte, su cuerpo partido, su sangre derramada...
Sabemos también que, en los primeros siglos, las comunidades celebraban esa comida como un encuentro de hermanos y hermanas, celebrándola el domingo. De todos modos, pareciera que esta se celebraba en dos momentos, por la mañana y finalmente por la noche, para la gente que debía ir a trabajar.
Con el tiempo empezó a plantearse el problema de qué hacer con quienes no habían podido participar, sea por estar presos o por estar enfermos y, entonces, se planteó teológicamente que Jesús seguía presente en ese pan que ahora se llevaría a los ausentes.
Se sabe, fácilmente con mirar un poco la historia de los primeros siglos, que los ministros ordenados, quizás también mujeres, celebraban ocasionalmente la eucaristía; algunos, incluso, muy pocas veces en el año.
Tiempo después, especialmente cuando acabó el tiempo de las persecuciones y los martirios, el modelo empezó a trasladarse a los monjes; en este caso empezó a celebrarse diariamente la eucaristía, empezó a proponerse como modelo el varón célibe, pero, en muchos casos, también con un planteo individual (hay que recordar que monje, monos, monasterio viene de unidad y no de comunidad).
Especialmente a partir del 1200 empezaron a añadirse elementos como la elevación de la hostia y el cáliz para su adoración, la reserva del Jueves Santo y, en 1214 el Papa Urbano IV y finalmente el Concilio de Viena (1314) establecen la fiesta del “Corpus Christi”. En el s. XIII comienza a celebrarse en el marco de una procesión y un siglo después se comenzaron las bendiciones con el Santísimo y ponerse de rodillas ante el sacramento. Mucho más tardíamente empezó a destacarse la celebración de una adoración al santísimo sacramento, particularmente a partir de los conflictos eucarísticos con las comunidades protestantes. Pio XII concederá indulgencias ante quien lo adorare y repitiera “¡Señor mío y Dios mío!” (notar lo "mío" y no "nuestro").
Aquí viene lo que yo quisiera plantear hoy.
Creo, personalmente, que es sumamente grave, en nuestro tiempo contemporáneo, el individualismo; individualismo del cual la iglesia no está exenta ("¡Señor mío y Dios mío!"). No solamente son numerosísimas las canciones en primera persona: "me has mirado a los ojos", "el espíritu se mueve en mí", "ven a mi vida", etcétera, sino que también ese individualismo campea en todos los ambientes sociales, políticos, económicos, etcétera y, si hay algo que la iglesia no puede, por definición, es ser individualista; primero porque iglesia quiere decir comunidad, asamblea, segundo porque lo que nos identifica es el amor, que evidentemente implica terceros y, en particular, porque la eucaristía es la comida de un pueblo, es una mesa compartida. Acá es donde creo que la adoración eucarística debería repensarse muy seriamente para evitar que se transforme, y a veces incluso idolátricamente, en algo personal entre Dios y yo donde el pueblo y la mesa compartida están ausentes, ya que si la eucaristía se plantea de ese modo se ha deformado de raíz su sentido bíblico, teológico e histórico. La adoración eucarística puede ser algo sumamente importante siempre y cuando no se pierda de raíz y de todas las formas posibles la mirada comunitaria de un pueblo que es alimentado por Jesús que se nos da y nos invita a vivir como él lo hizo; caso contrario estamos a las puertas de aquel dicho del gran biblista alemán de la primera mitad del siglo pasado: “no hay ni una sola verdad de fe que no pueda ser manipulada idolátricamente” (G. von Rad).
Imagen tomada de depositphotos.com/es/photos/compartiendo-el-pan.html
Como ya hemos
dicho en otra ocasión, el nombre Miqueas, que llevan varios personajes en la
Biblia, se atribuye a dos profetas distintos. Miqueas, hijo de Yimlá (ver 1 Re
22) y otro, habitante de Moréset. Ya hemos dicho algo del primero, por lo que
es oportuno decir algo de este último, cuyo nombre lleva un libro que se
encuentra dentro de los llamados “Profetas menores”.
Como decimos, se
nos informa la localidad, Moréset,
cosa que también sabemos por Jer 26,18, pero hoy no hay seguridad acerca del
lugar preciso. Sólo sabemos que no es lejano de Jerusalén. Además, como es
habitual en los profetas, se nos dice en qué período ha ejercido su ministerio:
“en tiempo de Jotam, Ajaz y Ezequías, reyes de Judá” (Miq 1,1), es decir,
aproximadamente entre los años 727 y 701 antes de Cristo.
Pero
Moréset es una región campesina rodeada de fortalezas, y esto implica abusos
contra los campesinos: desde robo de tierras o frutos de cosechas o ganado,
secuestro de hijos para incorporarlos al ejército, e incluso abuso excesivo con
los impuestos. Contra todo esto levanta su voz el profeta. Pero, para mayor
gravedad del tema, esto lo hacen personas que se llaman religiosas, con el aval
de sacerdotes y profetas de la ciudad. Miqueas vive en el campo y padece la
ciudad. Y su mensaje es durísimo contra los sectores de poder, tanto la corte,
como el templo y los profetas (obviamente, falsos profetas). Por eso dice cosas
tan duras como que:
«Escúchenme, jefes de Jacob, príncipes
de Israel: ustedes que desprecian la justicia y tuercen el derecho, edifican
con sangre a Sión, a Jerusalén con crímenes. Sus jueces juzgan por soborno, sus
sacerdotes predican a sueldo, sus profetas practican la adivinaciónn por dinero; y encima se
apoyan en el Señor diciendo: ¿No está el Señor en medio de nosotros? No nos
sucederá nada malo».
(Miq 3:9-11)
Es
decir, una ciudad tan esplendorosa e importante como Jerusalén (¡nada menos que
Jerusalén!) está “edificada” con violencia, sangre e injusticia. Y, por eso, no
teme en anunciar su pronta destrucción (como la inminente destrucción de
Samaría [en el año 722 a.C.] lo prepara). La causa radica en que los jefes, que
deberían ocuparse del bienestar de su pueblo, en la práctica “lo devoran” como
carne para el puchero (3,1-4). Es que no solamente maltratan, sino que, además
les roban campos y ganados (2,1-2).
El
terrible y amenazador ejército asirio avanzaba contra Israel, ya había
destruido Damasco y avanzaba contra Samaría, a la cual, como dijimos, destruirá poco
tiempo después. Esto motivó a que muchos samaritanos huyeran hacia Jerusalén,
por lo que la ciudad debía ampliarse con barrios enteros (a esta edificación de
la ciudad, con violencia y sangre es que alude el profeta). Pero también
Miqueas debe enfrentar a los “profetas” que “hablan en nombre de Dios”, pero –
como él lo dice – hablan por dinero, es decir, dicen a los que les pagan,
aquello que ellos quieren escuchar, en este caso, loas a Jerusalén. El
campesino Miqueas no dudará en afirmar todo lo contrario.
Miqueas
será tenido en cuenta en el Nuevo Testamento ya que, para resaltar un futuro de
esperanza, anuncia que algún día vendrá un buen rey que, como el gran David,
nacerá en Belén (Miq 5,1), porque en esos tiempos Dios descartará el pecado de
Israel “como lo había prometido a nuestros padres” (Miq 5,20 y repite María en
el cantico profético del Magníficat, Lc 1,55). Finalmente, Jesús insiste en que lo más
importante es la misericordia, la justicia y la fe (Mt 23,23) recordando Miq
6,8. Miqueas no predica la resignación, evidentemente, pero ser sumamente
crítico de los poderosos no le impide que, por su confianza en Dios, sea una
persona de esperanza. ¡Y la transmite!
Imagen tomada de https://en-la-biblia.com/miqueas-de-moreset-personas-en-la-biblia-2/
Jesús permanece en medio de su Iglesia misionera
Lucas | temas | Hechos |
24,13-43 | Pruebas de que vivía | 1,3 |
24,4 | dos hombres vestidos | 1,10 |
24,10 | mujeres con los apóstoles | 1,14 |
24,47 | predicar a todas las naciones comenzando por Jerusalén | 1,8 |
24,48 | ser testigos | 1,8 |
24,49 | promesa del Padre | 1,4 |
24,49 | no se vayan de Jerusalén | 1,4 |
24,51 | elevado al cielo | 1,9 |
Lucas | temas | Hechos |
1,1-4 | introducción a Teófilo | 1,1-3 |
4,2 | 40 días antes de la misión | 1,3 |
4,1.14.18 | comienzo por medio del Espíritu Santo | 1,2 |
4,43 (ver 1,33) | Reino de Dios | 1,3 |
3,16 | Juan bautizó con agua | 1,5 |
3,3 | proclama de arrepentimiento | 2,38 |
1,21.22.39.41 | Cumplimiento de las leyes | 1,12 |
6,12-16 | elección de los Doce | 1,16-26 |
3,22 | Llenos del Espíritu Santo | 2,1-4 |
3,21 | ... del cielo | 2,2 |
3,22 | un ruido | 2,6 |
4,18-21 | después del envío del Espíritu se cumple la Escritura | 2,14 |
4,24 (25-30) | profeta (por el Espíritu) | 2,17-18 |
4,36 | milagro, asombrar (thambô, sólo aquí [y Lc 5,9] en todo el NT) | 3,10 |
5,1-12; 27-28; 6,12-16 | la comunidad crece | 2,17-18 |
9,51 | tomó la decisión de ir a Jerusalén | 19,21 |
13,33 | dispuesto a morir en Jerusalén | 21,13 |
23,18 | reclamo de muerte | 21,36 |
23,1 | tribuno romano | 21,37 |
20,20; 21,12 | procurador | 23,24.26; 24,1 |
23,8-12 | ante el “rey” | 25,13 |
24,27.44 | cumplimiento de la Ley y los Profetas | 24,14; 28,23 |
24,48 | testimonio de Jesús | 28,23 |
Comentario al Evangelio del domingo de la Ascensión A
o también en
Eduardo
Nada menos importante
Eduardo de la Serna
En lo personal, las opiniones o
notas de la revista Vogue me importan absolutamente nada. Pueden decir lo que
quieran que me resultará “bronce que resuena o campana que retiñe”, al decir de
mi amigo Pablo…
Ahora bien, cuando en dicha
revista el Papa aparece entre los mejor vestidos del año 2025, la cosa ya pasa
de castaño oscuro. Y, cuando eso es tildado de “teología silenciosa”, mis tripas
se revuelven. Si hay algo que no espero es que un Papa se destaque por
semejante superficialidad. Y, para peor, cuando se lo compara con Francisco del
que se dice expresamente que había optado por una «sorprendente sencillez, casi
una provocación evangélica». ¿De qué Dios habla semejante “teología”?
Debo reconocer que, hasta ahora,
León XIV no ha logrado alegrarme. Ni un poquito. Y cuando algo me permitía
esperanzarme (su posición crítica frente a Trump, por ejemplo), en seguida retrocede
4 o 5 casilleros, como en este caso.
Todos recordamos la imagen (de
las últimas, por cierto) del papa Francisco, en silla de ruedas, con pantalones
y un poncho medio caído al costado. Eso resultaba más teología silenciosa, por cierto.
O, “provocación evangélica” al reconocerlo desde su ignorancia los “estetas”.
Recuerdo un querido cura, ya
fallecido, que había vivido en esperanza, porque en lo político y en lo
eclesial todo lo veía negativo. Hasta que aparecieron Cristina y Francisco y
recuperó la sonrisa. Casi fanáticamente. No tuvo – como nosotros – la ocasión
de ver las nuevas debacles invernales políticas y eclesiales. Y hoy veo a
algunos, “enamorados” de Francisco, al cual calificaban de “papa de la primavera”
(con lo que no acuerdo) y que no pueden aceptar el retorno invernal, hablan de “continuidad”
con Francisco. Al menos debo decir que no lo veo. Algunos me dicen que la Dilexi
te es buena, aunque sea en enorme proporción texto de Francisco, y acotan –
razonablemente – que León la hizo suya, lo que indicaría (con lo que no concuerdo)
continuidad. Si fuera el caso, lo mismo hizo Francisco con el texto de Benito
XVI tenía preparado y publicó como “encíclica a cuatro manos” (Lumen Fidei)
y no me parece que haya continuidad entre ambos pontificados. Da la sensación
que hay quienes no pueden asumir el fracaso o el retroceso. Triste fracaso,
triste retroceso.
La comunión, que pretendo
mantener, no implica que me alegren algunas cosas, que celebre otras o aplauda
terceras… Celebro que tenga una persistente postura en favor de la paz, pero
desearía que no sea simplemente un “¡chicos, no se peleen!” sino que los
responsables de la violencia, la injusticia, los genocidios o las guerras tengan
nombre y apellido. Por ahora – ojalá me equivoque, ¡brindaría y celebraría que así
fuera! – toca esperar; al fin y al cabo, el Espíritu Santo siempre tiene “un As
en la manga”.
Caminos y subidas
Acabamos
de llegar, Jorge y yo, de un viaje. Viaje viene de “vía”, camino. Y ¡vaya que
caminamos! (y ¡vaya que subimos escaleras! ¡No quiero ver una más el resto del
año!). Claro que viajes hay de diversos tipos, de turismo, por ejemplo (que
viene de “torno”, es decir dar vueltas, ¡y las dimos!), o “de estudio” (y,
¡vaya que aprendimos!). En suma, llevamos en nuestros “oídos la más maravillosa
música” que, en este caso, fue una parte más que considerable de la historia de
la humanidad. A Jorge y a mí la historia nos importa, nos interesa, nos gusta,
¡y nos saciamos!
¿Qué
se puede decir que sea un aporte, al hablar de Egipto y de Grecia? Creo que
nada “para afuera” aunque nos hayamos colmado “para adentro”. Y, para peor,
para mejor, sabiendo que todo lo andado fue solo una parte, porque quedan
muchos caminos por recorrer y muchas vueltas por dar para aprender en serio.
Pudimos
viajar con esfuerzo (en mi caso, no puedo estar más agradecido a mi hermana
Mariana por hacerlo posible), y tratamos de ser casi esponjas para absorber
todo lo que pudiéramos. Creo que ningunos de los dos tenemos queja de ningún
tipo (salvo en temas muy menores, como pasa siempre y en todos los ambientes).
Y agradecidos, además, por la enorme hospitalidad del amigo Thimios en Grecia.
Historia,
arqueología, museos, arte, memoria a raudales. Y, todo esto, coronado con el
encuentro, el cariño y – ¡otra vez! – caminar y subir por Toledo, Madrid (El
Prado) Ávila, El Prado con la hospitalidad más que fraterna y sororal de Andrea
(¡amiga eterna!) y Emilio.
Nada
más. Nada menos. Tocará, ahora, que todo eso que ha entrado pueda ser derramado
donde, como y cuando corresponda para que sea compartido, ¡y celebrado! Plenos.
Satisfechos. ¡Contentos! Y, a quienes toque y compartan, ¡gracias!
Eduardo