martes, 23 de junio de 2026

Pensando el nacimiento de Juan, el bautista

Pensando el nacimiento de Juan, el bautista

Eduardo de la Serna



Es sabido que en la Iglesia católica romana suelen celebrarse las festividades de los santos teniendo en cuenta la fecha de sus muertes. Ciertamente no por una glorificación necrófila del sufrimiento, sino por su “paso a la inmortalidad”, su encuentro para fundirse en un abrazo con Dios, la comunión con la Trinidad…

Pero, y es para destacar, se celebran a la vez tres nacimientos: el de Jesús (25 de diciembre), el de la Virgen María (8 de septiembre) y el de Juan, el bautizador (24 de junio). ¿Por qué esta distinción? Destacar los dos primeros parece fácil de comprender, pero no es evidente el porqué del tercero.

Digamos algo de Juan, entonces, que da razón a esta sorprendente celebración.

Hablando de Juan a la multitud, Jesús dice algo importante:

«Entre los nacidos de mujer no hay ninguno mayor que Juan; sin embargo, el más pequeño en el Reino de Dios es mayor que él». (Lucas 7,28 / Mateo 11,11).

¿Por qué dice esto Jesús? ¿Qué quiere decir?

Sin duda, Juan era un profeta. Los escritos cristianos lo presentan así, pero también escritos judíos. El historiador Flavio Josefo (siglo I) dice:

Herodes lo hizo matar, a pesar de ser un hombre justo que predicaba la práctica de la virtud, incitando a vivir con justicia mutua y con piedad hacia Dios, para así poder recibir el bautismo. Era con esta condición que Dios consideraba agradable el bautismo; se servían de él no para hacerse perdonar ciertas faltas, sino para purificar el cuerpo, con tal que previamente el alma hubiera sido purificada por la rectitud. Hombres de todos lados se habían reunido con él, pues se entusiasmaban al oírlo hablar. Sin embargo, Herodes, temeroso de que su gran autoridad indujera a los súbditos a rebelarse, pues el pueblo parecía estar dispuesto a seguir sus consejos, consideró más seguro, antes de que surgiera alguna novedad, quitarlo de en medio, de lo contrario quizá tendría que arrepentirse más tarde, si se produjera alguna conjuración. Es así como por estas sospechas de Herodes fue encarcelado y enviado a la fortaleza de Maquero, de la que hemos hablado antes, y allí fue muerto. [Antigüedades judías XVIII, 117-119]

Los Evangelios nos muestran que, entre esas personas que se hicieron bautizar, estaba Jesús. La popularidad de Juan, entonces, es causante de su muerte para un gobernante celoso de su poder, como era Herodes Antipas, hijo de Herodes.

Pero los evangelios, que evidentemente están centrados en Jesús, muestran a Juan como un profeta “precursor”, Juan “prepara…” Sin duda Juan fue más que eso, pero desde la mirada cristiana allí se pone el acento. Es en ese contexto que Jesús pronuncia la frase recién citada. ¿Quién era Juan? De todos modos, es interesante señalar el “sin embargo” que marca un contraste entre “el más grande” y “el más pequeño”, y la clave viene dada por “el Reino de Dios”. Hay un “antes”, los “nacidos de mujer”, y un después, “en el reino de Dios”. Jesús presenta a Juan como el “más grande” de los personajes de la Antigua Alianza, pero que no es discípulo del Reino de Dios.

Así se entiende otra frase de Jesús:

La ley y los profetas llegan hasta Juan. A partir de entonces se anuncia la Buena Noticia del reino de Dios y todos tienen que esforzarse para entrar en él. (Lc 16,16)

“La ley los profetas” quiere decir “toda la Biblia” hebrea; y si la ley y los profetas (desde una perspectiva cristiana, obviamente) fue preparando el camino para la llegada de Jesús, nadie, ¡nadie!, fue más explícito que Juan; podríamos decir, “él lo vio”, “él lo preparó” (con el bautismo), “él lo anunció” …

Y esto lo destaca claramente el Evangelio de Lucas hablándonos del nacimiento de Juan.

Lucas pone en claro paralelo dos anuncios, dos nacimientos, el de Juan y el de Jesús: en ambos se aparece Gabriel (1,19 / 1,26), a ambos les dice el conocido “no temas” (1,13 / 1,30), a ambos les anuncia el nacimiento de un hijo y destaca su futuro ministerio (1,13-17 / 1,32-33), a ambos les anuncia el nombre (1,13 / 1,31), ambos presentan duda (1,18 / 1,34) y a ambos Gabriel les da un signo de que así Dios lo quiere (1,20 / 1,36). Finalmente, ambos nacen, ambos son circuncidados el octavo día, y a ambos se les pone el nombre dado por el ángel (1,57.59.60 / 2,7.21). El texto termina sintetizando que “el niño crecía” (1,80 / 2,40). Sin embargo, este evidente paralelo no significa que los anuncios y nacimientos sean iguales: Zacarías e Isabel son ancianos y ella es estéril (como tantos casos del Antiguo Testamento, por ejemplo Abraham y Sara), María en cambio es una jovencita; el nacimiento de una estéril suele indicar la importancia del que vendrá, en cambio el nacimiento de una virgen es una absoluta novedad, y ya desde el seno materno el niño Juan salta de alegría al presentir a Jesús (1,41.44), de allí que Isabel la llame a María, “la madre de mi señor” (1,43).

Juan, entonces, sintetiza en sí mismo todo el Antiguo Testamento (“la ley y los profetas”); Juan - para decirlo claramente – no es “cristiano” sino la plenitud de lo antiguo, el “mayor de los nacidos de mujer”. Ahora, con él – o, mejor dicho, a partir de él, después de él – empieza la novedad del Reino.

Celebrar el nacimiento de Juan, entonces, es mirar aquello que decía San Agustín: Novum in Vetere latet et in Novo Vetus patet (“el Nuevo en el Antiguo late y en el Nuevo el Antiguo está patente”; Quaestiones in Heptateuchum 2,73) y lo repetía el Concilio Vaticano II:

Dios, pues, inspirador y autor de ambos Testamentos, dispuso las cosas tan sabiamente que el Nuevo Testamento está latente en el Antiguo y el Antiguo está patente en el Nuevo. Porque, aunque Cristo fundó el Nuevo Testamento en su sangre, no obstante, los libros del Antiguo Testamento recibidos íntegramente en la proclamación evangélica, adquieren y manifiestan su plena significación en el Nuevo Testamento, ilustrándolo y explicándolo al mismo tiempo (D.V. 16).


Imagen tomada de https://www.aciprensa.com/noticias/51099/hoy-la-iglesia-catolica-celebra-el-nacimiento-de-san-juan-bautista

Comentario a las lecturas del domingo 13º "A"

Jesús no se desentiende de los suyos y de cómo son acogidos

Domingo decimotercero – “A”

Eduardo de la Serna



Lectura del segundo libro de los Reyes        4:8-11, 14-16

Resumen: el relato de Eliseo, en medio de otras acciones del profeta, muestra a una mujer importante acogiéndolo hospitalariamente, y la recompensa que recibirá engendrando un hijo.

En el llamado “ciclo de Eliseo” es frecuente encontrar milagros; ningún profeta de Israel es tan portentoso como él en este aspecto.

La hospitalidad – tema importantísimo en el ambiente del desierto – de la mujer (y su marido; aunque es de notar que es ella y no él quien ocupa un lugar preponderante en el relato) no se limita a acogerlo cuando “pasa” sino incluso a edificarle una habitación. La causa es porque se trata de “un santo hombre de Dios” (îsh ’elohîm qadôsh), la mujer es calificada de “gran mujer” (’ishah gedôláh) y en el relato es ella quién lleva la iniciativa, toma las decisiones y actúa en consecuencia.  

No era bueno, en aquel tiempo, aparecer como desagradecido, y así quiere obrar Eliseo manifestando su gratitud por haber sido “recibido como profeta” (el tema, al que alude el texto del Evangelio, es el que motiva su incorporación en este día). Guejazí, el criado de Eliseo (que es importante en este capítulo pero actúa de modo negativo en el próximo), que actúa como intermediario en estas unidades, lo pone al tanto de la situación: la mujer no tiene hijos y su marido es anciano. También es interesante notar que no se hace referencia al topos habitual de la “esterilidad” de la mujer (de hecho, el anuncio de que tendrá un hijo no es motivo de júbilo sino de serena incredulidad). Es de señalar que el relato es más extenso y complejo (vv.8-37): en un primer diálogo (por intermedio de Guejazí) Eliseo le ofrece interceder ante el rey o el ejército (lo que revela el status importante del profeta), lo que la mujer declina. El anuncio de un nacimiento se concreta, y el niño nace. Pero enferma y muere (siempre centralizado en la mujer, el marido es más bien “actor de reparto”) por lo que la sunamita va a buscar a Eliseo reclamándole que “no pidió” un hijo, lo cual motiva a Eliseo a devolverle la vida. Esta revivificación del niño es lo central del relato (y paralelo a Elías, 1 Re 17,17-24), pero está omitido en el texto litúrgico solo centrado en “el que recibe a un profeta” y su recompensa.


Lectura de la carta de san Pablo a los Romanos    6:3-4, 8-11

Resumen: estar sumergidos en Cristo nos hace morir al pasado, morir a la muerte para introducirnos en una vida nueva, un morir al pecado para vivir en la vida de Cristo.

Luego de una importante unidad (1,16-5,11) en la que Pablo quiere destacar a las comuniodades de Roma que, aunque “todos pecaron”, Dios no descargó sobre ellos su merecida cólera sino que lo hizo con “justicia” (= misericordia) dedicará el resto de la unidad teórica a mostrar las consecuencias de esta justicia sobre los creyentes (5,12-8,39). La lectura de la semana pasada había mostrado que “todos” somos libres del pecado porque “donde abundó el pecado sobreabundó la gracia” (5,20), ahora (cap. 6) quiere mostrar que somos a su vez “libres de la muerte”.

Una serie de elementos propios de la carta dan comienzo a la unidad: “¿qué diremos?” (3,5; 4,1; 6,1; 8,31; 9,14.30) frase (frecuentemente, como aquí, una síntesis de lo hasta ahora señalado que espera una respuesta negativa: “¡de ningún modo!” (v.1). Esto se sintetiza con “¿es que ignoran?” (6,3; 7,1) que también supone una respuesta negativa: ciertamente no lo ignoran. La reflexión incluye un potencial (pues si…, ei gàr, también habitual [13 veces] en la carta).

El texto litúrgico luego de la presentación temática (vv.3-4) omite el “pues, si…” para continuar en “y si...” (v.8) destacando la consecuencia del hecho en la comunidad.

El castellano no permite descubrir fácilmente el juego visual de Pablo: los que fuimos bautizados (= sumergidos) en Cristo Jesús” fuimos sumergidos (= bautizados) en su muerte [es sabido que “bautizar” significa en castellano “sumergir”]. La dinámica muerte-sepultura-resurrección de Cristo nos integra a quienes nos hemos bautizado en Cristo. La imagen de la persona que desaparece de la vista al sumergirse en el agua para el bautismo, y que en ese hecho “muera” el hombre viejo (v.6) permite que al emerger, se levante (= resucitar) una vida nueva.

Breve nota sobre el “hombre nuevo”. Pablo no habla del “hombre nuevo”, pero sí contrasta el “hombre viejo” con “una vida nueva”. Los discípulos de Pablo, que escribieron Colosenses y Efesios, sí hablan de “hombre nuevo”, pero de “un solo hombre nuevo”, Cristo (Ef 2,15). Estando “en él”, revestidos de él (por el bautismo; Col 3,10; Ef 4,24) se alcanza justicia, santidad y verdad. La imagen de “ser hombres nuevos” es posterior al ambiente bíblico.

Sin embargo, Pablo tiene claro que aunque hayamos muerto al pecado, eso no significa que poseamos un estado definitivo. De allí que señala que “los que hemos muerto con Cristo [el tiempo verbal griego está en aoristo, lo que indica un momento puntual; es decir, nuestro bautismo], creemos que también viviremos [futuro] con Él” (v.8). Esa vida es la responsabilidad del creyente.

“Si hemos muerto con Cristo”, Él murió “de una vez para siempre, de allí el poder de la resurrección que aniquila el “señorío” de la muerte. El juego de palabras y de sentidos es suficientemente claro:

Asi, él murió
al pecado murió para siempre
pero él vive, vive para Dios (v.10)

Es interesante por un lado el doble “él” “murió” (apéthanen, indicativo aoristo) y el doble “él” “vive” (, indicativo aoristo). El primero dice relación “al” (dativo) pecado, muerte para siempre, el segundo dice relación “al” (dativo) Dios.

Una nota sobre “su muerte fue morir al pecado”. Los escritores bíblicos son insistentes en negar pecado en Cristo (Jn 9,16.31; Heb 4,15; 1 Pe 2,22; 1 Jn 3,5), ¿cómo se debe entender esto, entonces? “Dios lo hizo pecado” (2 Cor 5,21), “envió a su propio Hijo de modo semejante a la carne del pecado y con respecto al pecado condenó el pecado en la carne” (Rom 8,3). Al asumir solidariamente la humanidad pecadora, en su muerte dio muerte al pecado. Para siempre.

La conclusión de esta parte es evidente: “así pues ustedes” (houtôs kaì hymeîs) aludiendo, precisamente, a esta muerte y esta vida, como la de Cristo ya que “hemos muerto con” Él. Afirma que debemos “considerarnos:

Muertos al (dativo) pecado
Vivos a (dativo, “para”) Dios

Es precisamente todo lo que se vive a partir del bautismo (indicativo) lo que debemos (imperativo) vivir en consecuencia.

Es importante notar que en Pablo “el pecado” no se trata de algo que se “comete”, no se entiende en nuestro sentido habitual de tal o cual pecado, sino como un “poder” (= señorío) que domina sobre la humanidad, o que ha perdido su capacidad y “autoridad”. No figura en el horizonte paulino la idea de hacer esto o aquello que es o no pecado, sino de vivir sometidos al poder del pecado o ser liberados (por Cristo) de este señorío.

Y todo esto – como es frecuente en Pablo – ha de ser “en Cristo”. “En” como una suerte de espacio “en el que se está” alude precisamente al bautismo (sumergidos “en””) y su consecuencia. Vivir, actuar, ser “en Cristo” es lo propio de los discípulos, de la vida conforme el bautismo, de vivir en los tiempos definitivos y plenos.


+ Evangelio según san Mateo         10:37-42

Resumen: una serie de dichos de Jesús sobre cómo ser discípulos y cómo comportarse con ellos destaca la estrecha relación entre el maestro y los suyos. Dios y su enviado no se desentienden de los discípulos, aunque estos deben caracterizarse por una serie de notas que los ponen en estrecha relación con Jesús.

En el largo discurso a los enviados a la misión Mateo finaliza con una serie de dichos aislados (logia) que parecen no tener relación entre sí, aunque señala que quienes vivan de determinada manera son discípulos mientras que no lo son quienes no lo hacen y qué ocurre con los que reciban o no a los que lo son. Se los puede calificar de “dichos que garantizan la fidelidad”.

+ logion de “amar más” que a la familia;
+ logion de “no tomar la cruz”;
+ logion de la vida perdida o encontrada
+ logion de ser recibidos como recepción de Jesús
+ logion de la recepción de profetas y justos
+ logion de dar de beber

Todos estos dichos suponen una conclusión por lo hecho/dejado de hacer: ese tal “no es digno”, la perderá/encontrará, me recibe, recibe recompensa…

Veamos brevemente:

  •         Un logion doble destaca que no se puede amar más que a Jesús a un padre o madre ni a hijo o hija. Quién lo hiciera “no es digno de mí”.
  •      Un logion sobre tomar o no la cruz.
  • Un logion antitético señala el contraste entre quien busca, que perderá y quién pierda que encontrará.
  • Un logion sobre los destinatarios y su relación con Cristo: quien recibe a ustedes me recibe a mí, y ese recibe al que me ha enviado.
  • Dos logia sobre recibir a otro como profeta o como justo y la condigna recompensa de profeta o justo.
  • Finalmente un logion anunciando la recompensa a quien dé de beber un vaso de agua a un pequeño creyente.
Sin embargo, los tres primeros conforman una cierta unidad: “el que” aludiendo a características (activas) que deben tener los que son seguidores de Jesús. Estos son continuados por una triple referencia (pasiva) a “recibir”. La conclusión refiere a los “pequeños” (mikroi), es decir a los miembros de la comunidad de Mateo (18,10.14), los “discípulos”.

Algunas anotaciones sobre estos dichos de Jesús:

Amar padres / madres / hijos / hijas “más que” a Jesús es algo sumamente razonable en Israel. El amor expreso a los padres está señalado en el mismísimo Decálogo. Jesús se pone a sí mismo por encima de la familia. Lucas utiliza el verbo “odiar” (14,26) pero se trata de un semitismo en el sentido de “amar menos”. Se trata de lo que nosotros llamaríamos una “escala de valores” y Jesús se pone por encima del valor soberano de la familia.

Nota sobre la familia: en general, en los evangelios es habitual la relativización de la familia, lo cual manifiesta un esquema contracultural ante el valor cuasi absoluto de la familia de su tiempo. No se trata de que Jesús no la valore, ciertamente, pero que la ubica en un lugar secundario con respecto a los valores del Reino. Se trata de lo que alguno ha llamado “fidelidades en conflicto”.

Lo que señala es que quien no valore a Jesús por encima de todo, “no es digno” de él. La dignidad permite recibir a los mensajeros (10,11), y recibir (o no) la paz (10,13). Se deben dar “frutos dignos de la conversión” (3,8) como han de ser “dignos” los invitados a las bodas (22,8). Ser dignos de Jesús es una cierta valuación (precisamente para quienes valoran correctamente el amor primero: a Jesús).

Tomar la cruz y seguir a Jesús (van juntos) supone una identificación con el Maestro. Asumir su proyecto con todas sus consecuencias. En este caso “tomar” es aferrarse, agarrar (lambánô); el verbo habitual es aírô, cargar, asir, aunque Lc 14,27 (y Jn 19,17) utiliza bastazô, en el sentido de arrastrar, tirar; en 23,26 usa férô (cargar, llevar). “Tomar” en este caso no hace referencia a cargarla, ni a arrastrarla sino a hacerla propia, tomar en posesión. Se trata de asumir la cruz y seguir a Jesús.

El contraste entre encontrar y perder es habitual (el texto se repite en 16,25). Lo usa Abraham cuando “regatea” con Dios a fin de evitar la destrucción de la ciudad (Gén 18,28.29.30.31.32). Encontrar algo perdido no autoriza a nadie a apropiárselo (Dt 22,3). En Lc 15 la imagen de lo perdido - encontrado alude a la misericordia de Dios (vv. 8.9.24.32); en este caso se trata de perder / encontrar la “psyjê” (vida, alma), donde “encontrar” ha de entenderse en el sentido de “buscar”. Sin duda se ha de entender en el mismo sentido de lo anterior: Jesús debe estar por encima, ya no de la familia, sino aun de la valoración de la propia “vida”. Así como era imposible amar “más que a mí”, “no es digno de mí”, en este caso se trata de perder la vida “por mi”; la centralidad de Jesús es la clave de interpretación de estos logia.

Luego nos encontramos con los textos que destacan la recepción: la unión entre Cristo y los suyos es habitual en Mateo: Jesús está judicialmente donde dos o más se reúnen “en mi nombre” (18,20), y aquel que expresamente se había señalado como “Dios con nosotros” (1,23) afirma que no se irá sino que “estaré con ustedes todos los días hasta el fin del mundo” (28,20). Por otra parte, recibir a Jesús es recibir al Padre que lo ha enviado (cf. Mc 9,37). “Recibir” es acoger a los enviados de Jesús (10,14), como también se acoge a un niño “en mi nombre” (18,5).

De un modo excesivamente repetitivo sintetiza la recompensa de un profeta o de un justo (3 veces cada palabra en sólo medio versículo). La “recompensa” es término agradable a Mateo (1x en Marcos, 3x en Lucas y 10x en Mateo; 1x en Juan y 1x en Hechos). La recompensa puede ser eterna (5,12) o terrena (6,1.2.5.16). “Profetas” y “justos” son una bina propia de Mateo (10,41; 13,17; 23,29), aquí quizás paralelos.

Dar un “vaso fresco” a los pequeños es hacerlo al mismo Jesús (“tuve sed y me dieron de beber”, 25,35) por cuanto llevan el nombre de discípulos. Nuevamente se alude a la recompensa. Si en la primera parte el acento estaba puesto en el compromiso y modo de ser del discípulo, aquí se destaca la actitud de “otros” frente a ellos, y la toma de partido de Dios, que no se desentiende de sus amigos.


El video son comentario al Evangelio en
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Foto tomada de Sputnik Mundo

sábado, 20 de junio de 2026

“¡Que se vayan ellos!”

“¡Que se vayan ellos!”

Eduardo de la Serna



Hace muchos años, en 1974, en el que probablemente fue su momento de mayor y mejor producción, Piero escribió una canción que se llamaba “¡Que se vayan ellos!” Allí no decía a quiénes se refería, pero todos entendíamos. Decía que somos territorio de violencia, que hay silencio, que la historia elige nuevos caminos, ellos son los que encarcelaron, torturaron y te mataron, los que te prohibieron gritar ¡libertad! Y, al terminar, después de un incesante repetir “que se vayan… que se vayan” termina gritando “¡carajo!”

Sabiendo, obviamente, que no se refería a lo que hoy vivimos, no puedo menos que establecer los paralelos del grito… Y de las paredes. Son los que no dejaron nacer y vivir, y gritamos ¡basta! de muerte y de morir. La calle espera, la gente sabe.

Lo que han logrado “estos”, que son nuestros “ellos”, es apropiarse de la palabra “libertad”. Pero apropiarse no solamente para distorsionar su sentido, sino monopolizarlo. Ellos la tienen, nosotros, ¡no! Somos libres de morirnos de hambre o de someternos a “ellos”. Y, puesto que han logrado apropiarse de los sentidos, se ha generado un mundo de zombis hipnotizados por una pantalla, convencidos que es ella la que alimenta y dicta sus deseares y quereres… Y, entonces, nadie se sorprende que uno salte al rio en Iguazú para recuperar un celular caído, que otra retroceda para sacarse una selfie y caiga a un precipicio o que un anestesista, distraído por el celular, cause la muerte del paciente… La pantalla es lo primero, es la que nos dicta el ser, el saber, el desear. Y, por supuesto, esa pantalla la manejan “ellos”.

En tiempos del Imperio Romano el esquema social estaba dado por patrones y clientes. Lo habitual era que alguien fuera patrono de otros, pero a su vez también cliente de otros. Aunque fuera un personaje importante (por ejemplo, el rey Herodes) era a su vez cliente de alguien superior, pero él tenía poder sobre cientos de miles de clientes. Solamente había un “patrón sin patrón”, el Emperador, y, en lo más bajo, “clientes sin clientes”, esclavos y mendigos. No hacen falta demasiados silogismos para saber que hoy nuestros ellos tienen a su vez otros ellos superiores… Pero ya desde tiempos antiguos, muchos clientes supieron organizarse y agruparse para poder confrontar con sus patrones. El caso de la pesca era uno de ellos. El lago (el de Galilea, por ejemplo) era propiedad de Roma (como el mar, el Mediterráneo era “mare nostrum”, “nuestro mar”, al decir de los romanos). Entonces, los pescadores se asociaban para lograr así pagar menos impuestos (los de la pesca eran muy elevados); de hecho, según Flavio Josefo, los habitantes del lago tomaron parte activa en la revuelta contra Roma del año 66. Así, también, nos dice el Evangelio que Santiago y Juan eran “compañeros” de Pedro, por ejemplo (Lucas 5,7). No deja de ser interesante, mirando el Nuevo Testamento, que fuera del texto citado, el término griego metojós [literalmente, “quienes vienen con…”], que se traduce por “compañero”, se encuentra exclusivamente en la carta a los Hebreos donde se nos dice, nada menos, que somos “compañeros de Cristo” (3,14) y “compañeros del Espíritu Santo” (6,4).

No me parece, entonces, desatinado saber que para que se vayan ellos, necesitamos mirarnos y abrazarnos a miles de compañeros… Es con todos, se repite sensatamente. Y también es importante reiterar que el término compañero deriva de panis, los que comen un mismo pan, que es comunión. El pan, la vida, los hermanos y hermanas con los que caminamos juntos son indispensables para que se vayan ellos, los que nos dividieron para reinar, los que monopolizan los sentidos para someter, los que nos prohibieron tener pan y gritar libertad… ¡carajo!


Imagen tomada de https://www.instagram.com/p/DSe2JDsjYWh/

jueves, 18 de junio de 2026

Los “hijos de Dios” y las “hijas de los humanos”

Los “hijos de Dios” y las “hijas de los humanos”

Eduardo de la Serna


 

En los primeros capítulos del libro del Génesis los relatos van presentando la gestación de los diferentes momentos, pueblos, lenguas, oficios, culturas… Y entre ellos encontramos un texto muy extraño.

En el capítulo 6 tenemos un relato donde se habla de las “hijas de los seres humanos” y la atracción que ellas ejercen sobre los “hijos de Dios”. El texto es un poco confuso así que lo transcribimos íntegramente para una mejor comprensión:

Sucedió que, cuando empezó el ser humano a multiplicarse sobre la faz del suelo, les nacieron hijas. Y vieron los hijos de Dios a las hijas de los seres humanos: he aquí que eran bellas, y tomaron para sí esposas de entre todas las que quisieron elegir. Dijo entonces Yahvé: ‘No permanecerá mi espíritu en el ser humano para siempre, ya que de verdad es carne; sus días serán en 120 años. Los gigantes existían en aquellos días y también después de cuando entraban los hijos de Dios a las hijas de los seres humanos, las que daban a luz. Ellos son los héroes que existían desde antiguo, varones de renombre” (Gen 6,1-4)

Desde los orígenes se nota en la creación la “desmesura” de mezclar lo divino y lo humano (Adán y Eva pretenden “ser como Dios”, ver Gen 3,5) algo que, en el mundo bíblico, es intolerable. En muchas culturas, en cambio (como por ejemplo en el mundo griego) era habitual que los dioses descendieran para relacionarse con mujeres de las que nacían “semidioses”. Nuestro texto, entonces, toma en cuenta esas tradiciones, pero destaca que en 120 años (con el diluvio, que es la escena que sigue) eso desaparecerá para siempre. El pecado de la desmesura debe ser eliminado y ya no se hablará más de esta integración entre lo divino y lo humano.

Eso no quita que en la humanidad existan personas “grandes” (por su estatura o por sus “grandes” obras que les dan renombre). Por ejemplo, en muchas culturas se hace referencia a otros pueblos a los que se tiene por pigmeos o por gigantes lo cual es, evidentemente, una noción comparativa (se trata de personas mucho más altas o más bajas que “nosotros”). En la Biblia, por ejemplo, se habla de los “hijos de Anac” como un pueblo de gigantes (Núm 13,33; Dt 9,2).

El texto, entonces, toma una vieja leyenda de los “hijos de Dios” en una actitud desmesurada que, por un límite que Dios mismo pone, es algo que ya no volverá a ocurrir, a partir del diluvio. Además, como es habitual en los textos patriarcales, parece que siempre “la culpa” es de las mujeres…

Sin embargo, este texto, mucho más tarde (en tiempos del Nuevo Testamento) empezó a ser leído en otra clave: esos “hijos de Dios” eran ángeles que “cayeron” (en hebreo, el verbo “caer” es de la misma raíz de “gigante”) de donde nacerá la tradición de los “ángeles caídos” que da origen a la existencia de los demonios.

Las vieron (a las hijas de los humanos, bellas y hermosas) los ángeles, los hijos de los cielos, las desearon y se dijeron: - Vamos, escojamos de entre los humanos y engendremos hijos (…) y tomaron mujeres: cada uno se escogió las suya y comenzaron a convivir y a unirse con ellas (…) quedaron encintas y engendraron enormes gigantes de 3.000 codos de talla cada uno (del llamado 1º libro de Henoc).

Y en el Nuevo Testamento, en la carta de Judas, se dice claramente:

A los ángeles que no conservaron su rango y abandonaron su morada los tiene guardados en tinieblas, con cadenas perpetuas, para el juicio del gran día (Jud 6).

Es interesante como un texto, que en sus orígenes intentaba combatir la desmesura religiosa buscando poner a Dios en el lugar que le pertenece y a los humanos en el suyo, sirvió, con el paso del tiempo, para interpretar los orígenes del mal en la historia y dando “origen” a los demonios, de los que – por cierto – el texto primitivo no hablaba.


Imagen tomada de https://www.milenio.com/internacional/meteorito-cae-casa-eu-geologo-roca-mas-vieja-tierra

 

martes, 16 de junio de 2026

Comentario a las lecturas del domingo 12 "A"

La fidelidad al proyecto de Dios lo tiene a él mismo de garante

DOMINGO DUODÉCIMO – “A”

Eduardo de la Serna



Lectura del profeta Jeremías                 20:10-13

Resumen: La predicación de Jeremías lo lleva a enfrentar momentos conflictivos por los que el profeta se lamenta ante Dios. Pero – como ocurre frecuentemente – el lamento no está exento de una clara confianza en que Dios intervendrá en favor del suplicante.

El texto litúrgico corresponde a un fragmento de lo que algunos han llamado las “Confesiones de Jeremías”, título inspirado en San Agustín, y con frecuencia releído en esa clave. Veamos brevemente esa serie de textos antes de introducirnos en el que hoy la liturgia nos propone para – a su vez – releer el texto del Evangelio del día.

El profeta Jeremías recibe un llamado en un momento muy conflictivo de la historia de Israel. El poderoso ejército babilónico se aproxima y la pregunta “¿dónde está Dios?” es fundamental para el pueblo. Aparecen falsos profetas señalando que Dios no abandonará a su pueblo y los babilonios “no pasarán”. Pero Jeremías se ubica “en otro lado” y lo que dice es que el ejército enemigo es un “castigo” de Dios por haberlo abandonado, que son enviados por Dios y se debe reconocer ese hecho. Obviamente será acusado por muchos – y es el texto de hoy – de “traidor a la patria”, de “hereje”, de falso profeta porque Dios no permitirá que a su pueblo le ocurra nada malo, al fin y al cabo es el “pueblo elegido”. 

Una breve nota sobre los “falsos profetas”. Puesto que el profeta es aquel que habla de parte de Dios a un grupo concreto en un tiempo concreto señalándole “esto dice Dios”, resulta en la práctica imposible discernir si se trata de un verdadero o un falso profeta. Señalar que “el tiempo lo dirá” resulta casi sádico cuando de muerte o destrucción se trata. Sin duda muchos eligen creer lo que les agrada, o lo que desde una pobre teología prefieren aceptar. En este punto, que “Dios no permitirá” que Jerusalén sea destruida. En el caso concreto de Jeremías, el criterio que él propone para reconocer un verdadero de un falso profeta, es si anuncia o no “la paz” (14,13-16). Insistimos que en este caso concreto (y por esto – ciertamente – no es válido en otras ocasiones o para otros profetas) si anuncia la paz se trata de un “falso profeta” ya que no es eso lo que Dios le ha enviado decir sino, por el contrario, a anunciar “atropello”, “devastación” (20,8). El conflicto concreto de Jeremías con “falsos profetas” será uno de los temas centrales del libro. El pueblo, los dirigentes, la corte elegirán creerles a éstos con lo que Jeremías será cuestionado, agredido y perseguido, incluso intentando darle muerte. Este es el marco de las “Confesiones”.

Las notas autobiográficas (las “Confesiones”) revelan un “crescendo” que pasa de una simple queja (11,18-12,6), una crisis en su relación con Dios (15,10-21) que se agrava (20,7-9) hasta un lamento desesperado (20,14-18)… Nuestro texto, como se ve, se encuentra entre las dos últimas.

Los que antes eran amigos del profeta, con los que antes estaba en “shalôm” (v.10), ahora quieren su humillación. Esperan su tropiezo para abusar de él (el verbo “pth” puede tener connotaciones sexuales, se trata de una “seducción” con abuso, es el mismo que se encuentra en 20,5; ver Ex 22,15, aunque en general se ha de leer como “engaño”). Lo cierto es que los que antes lo “saludaban” (Shalom) ahora buscan su caída para vengarse de él. Obviamente el cambio dice referencia a la predicación del profeta. 

Sin embargo, Jeremías sabe que si él ha hablado ha sido de parte de Dios, por lo que sabe – desde el comienzo de su vocación – que Dios está con él (1,8). El problema es que esa presencia divina cada vez se experimenta menos a causa de la creciente hostilidad que padece. Pero sabe que no podrán con Dios “soldado poderoso” y experimentarán – confía – una serie importante de tribulaciones: tropezarán, no vencerán, se avergonzarán, fracasarán con un “sonrojo eterno e inolvidable”. 

Esta confianza del profeta se transforma en oración dirigiéndose ahora a él con el estilo de las lamentaciones, o súplicas. 

Se dirige (repitiendo lo dicho en la primera “confesión”, 11,20) a “Yahvé Tsebaôt”, Dios “de los ejércitos” al que califica de “examinador justo”, que mira atentamente “las entrañas y el corazón”, es decir, los sentimientos y las razones. Es frecuente en las lamentaciones el uso de atributos divinos antes de pedir lo que la situación difícil amerita; en este caso pide ver cómo Dios se “venga” de ellos, “porque” (en hebreo, , muy habitual en los lamentos) a Él le confió, le “descubrió” el litigio (la causa; término que también encontramos en otra “confesión”, 15,10). 

Como es frecuente en las lamentaciones o súplicas, esta finaliza con un canto de esperanza confiada; el autor “sabe” que Dios hará algo y lo celebra anticipadamente: en este caso invita a los “oyentes” / lectores en un paralelismo sinónimo a “cantar” / “alabar” a Dios (v.13a). ¿El motivo? Porque () “ha salvado”. El “liberó” (el verbo nzl se puede traducir como “salvar”, “liberar”) la “vida” (nefesh) del “pobre” (’ebîôn) de las manos de los malvados (es decir, los que buscan el mal del profeta).


Lectura de la carta de san Pablo a los cristianos de Roma     5, 12-15

Resumen: En un doble contraste entre dos personajes únicos, Adán y Cristo y sus accionares contrastantes, ese obrar tuvo repercusiones –ciertamente también contrastantes- en “todos”. Pecado y gracia, muerte y vida se presentan como las consecuencias y como el presente por el cual los creyentes en Cristo han logrado vencer todo pecado y sus consecuencias.

Es muy probable que en el texto que la liturgia nos propone comience la segunda parte de la sección “teológica” de la carta a los Romanos. Pablo ha dedicado la primera a mostrar que “todos” (paganos y judíos) han pecado. Y puesto que todos han pecado, Dios tiene motivos suficientes para descargar sobre “todos” su ira, pero, sin embargo, ha preferido descargar su “justicia” (= compasión, su cercanía y misericordia), y “todos” son hechos justos por la fe en Cristo. Luego de señalar esto, la carta empieza a mostrar los efectos que tienen sobre la humanidad ésta “justicia por la fe”. La primera de estas consecuencias es que el creyente es liberado del pecado, y lo explica.

El texto presenta claramente un contraste antitético entre “un solo hombre” y otro “solo hombre”, y los efectos de la obra de uno y otro sobre “todos”. Veámoslo esquemáticamente:

“un solo hombre”
Adán
Cristo
Acción de ese hombre
Pecado | delito      | desobediencia
Gracia        | obediencia
Efectos sobre “todos
Muerte | condenación |  pecadores
Justificación | justos

El texto, como se ve está marcado por un doble contraste, por un lado entre Adán y Jesús (presentado aquí como una suerte de “anti-Adán”) y por otro lado entre “uno” y “todos”. Siendo Adán el “primero”, su accionar actúa sobre “todos”; siendo Cristo “el primer resucitado”, también su “gracia / obediencia” actúa sobre “todos”. El accionar del primer hombre está marcado por tres términos sinónimos: pecado, delito o desobediencia, mientras que el obrar de Cristo está marcado por sus contrarios: gracia y obediencia. Obviamente, lo mismo ocurre con los efectos sobre “todos”. Muerte y vida son las antítesis fundamentales: “reinó la muerte”, “reinarán en vida” (v.17), “reinó el pecado” (pasado aoristo, un hecho puntual y concreto), “reinaría la gracia” (subjuntivo aoristo, también referido a un momento concreto; v.21).

El texto fundamentalmente pretende señalar la realidad superadora de Cristo, el pecado ya ha sido derrotado, ha perdido su capacidad de reinar. 

En v.12 el texto suele entenderse “ya que todos pecaron”, “por cuanto todos pecaron”… El griego utiliza una contracción “ef ’hô” que puede traducirse de diferentes maneras. La Iglesia católica romana ha tomado de aquí el tema del llamado “pecado original” especialmente a partir de san Agustín que lee de este modo a Pablo quien a su vez relee Génesis. 

Este contraste entre dos “un solo hombre” no es sin embargo un mero “positivo – negativo” ya que el hecho Cristo supera absolutamente el hecho Adán cosa expresada en la frase de v.20: “donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia”. 

La humanidad entera (“todos”) pecaron, pero por la “fe en Cristo”, ahora “todos” son hechos justos por Dios, todos tienen vida, reinan, y el pecado ha perdido ya y definitivamente toda su fuerza sobre “todos”.


+ Evangelio según san Mateo   10:26-33

Resumen: Mateo afirma a su comunidad que vivirá persecuciones violentas, pero la invita a “no temer” ya que Dios mismo la acompañará y podrá – con su ayuda – predicar a todos la buena Noticia de Dios.

Dentro de los cinco bloques narrativos y discursivos, en los caps. 8 y 9, Mateo ha señalado la fuerza que tiene en sí mismo el Reino y se manifiesta en una serie de milagros (narración). Luego se dirige a los discípulos para invitarlos a predicar y obrar lo mismo (discurso). Sin embargo, el cap. 10 tiene una primera parte sencilla en la que los discípulos pueden esperar aceptación o rechazo mientras que, a partir de v.16 la situación y el conflicto se agravan (ovejas-lobos, entregarán, azotarán, entregar a la muerte, persecución, etc…). Todo indica que se está refiriendo a la situación presente en la comunidad de Mateo, en la cual el conflicto crece.

Dentro de este bloque, el texto litúrgico toma un fragmento. Éste tiene dos partes muy claras:
  • La primera comienza y termina por “no les tengan miedo” (10,26.31); también en v.28.
  • La segunda presenta un refrán antitético conclusivo (10,32-33).
Obviamente, el miedo que invita a no tener remite al conflicto desatado sobre la comunidad.
Breve nota sobre el conflicto en el Evangelio de Mateo: sin duda parece importante distinguir – como en los restantes evangelios – aquello que el texto afirma que Jesús dijo a sus oyentes, de aquello que el evangelista dice a sus oyentes. No parece que el conflicto figure dentro de lo que Jesús dice a los enviados a predicar; pero sí parece algo propio de tiempos de Mateo. En tiempos del evangelista, cuando en muchos ambientes judíos se refuerza una cierta unidad en torno al fariseísmo rabínico, se rechaza a todos aquellos que llamándose judíos no son tenidos por ellos como tales (como los “nazarenos”; = cristianos). Es interesante notar el fragmento que, luego de la caída de Jerusalén en el año 70, se añadió a la oración tradicional de las 18 Bendiciones, o Šemoné Esré:
No haya esperanza para los apóstatas. Y destruye pronto el reino de la tiranía en nuestros días, y perezcan los nsrm (= nazarenos, = cristianos) y los minim (= herejes) en un instante. Sean  borrados del libro de la vida y no queden inscritos con los justos (12)
Ese es el marco del conflicto de la comunidad de Mateo con los “fariseos”, que los “azotarán en las sinagogas” (10,17).
El primer “no teman” (v.26) alude, expresamente, a que Dios no se desentiende de aquellos a los que ha llamado; a quienes no debe temerse – no señalados – refiere ciertamente a los perseguidores. El Siervo de Dios, en Isaías, también ha escuchado “no temas”: 35,3-4; 41,9-10. Se ha de revelar lo que estaba escondido presentado en un cuádruple contraste:

  • Encubierto   ---->   descubierto
  • Oculto          ---->   saberse
  • Oscuridad    ---->   luz
  • Al oído         ---->   en los terrados
Esto que se ha de “descubrir/saber” en “luz / terrados” remite a la buena nueva de Jesús. En la próxima unidad – aquí anticipada – Mateo contrastará lo oculto y lo revelado (del mismo modo que Marcos contrastaba un adentro y un afuera), ver 13,10-17. Los discípulos son quienes conocen algo que Jesús les ha manifestado en una cierta privacidad, pero para que lo divulguen en todas partes sin temor.
El segundo “no teman” (v.28) hace hincapié en la violencia desatada: “pueden matar”, pero no pueden acabar con la “vida” (psyjê). La “geenna” es un término extraño. Se encuentra solamente 12x en la Biblia, solamente en el NT y, salvo Sant 3,6 solamente en los sinópticos: 3x en Mc [en la misma unidad], 1x en Lc [texto semejante al que comentamos] y ¡7 veces! en Mateo. Parece ser un lugar, asociado a veces con el fuego al cual se es arrojado a modo de castigo. Algunas traducciones han utilizado aquí “infierno”. Fuera de estos textos sólo se lo encuentra en un escrito apócrifo:
Las naciones te envidiarán pero no podrán nada contra ti, dice el Señor. Mis manos te cubrirán de modo que tus hijos no vean la Gehena” (2 Esdras 2,29)
Es muy probable que el término remita al valle de Hinnom donde en tiempos antiguos se sacrificaban niños (Jer 7,31; 19,4-5; 32,35; ver 2 Re 16,3; 21,6; 2 Cro 28,3; 33,6). Lo cierto es que se trata de un lugar abominable. Cuando en el período posterior al Antiguo Testamento, se comenzó a recurrir a imágenes de juicio terrible para los adversarios de Dios las imágenes de abismo, aguas o fuego sirvieron para ilustrar el castigo. Así se llega a la “Gehena”, un espacio preexistente de un fuego inextinguible. Sin embargo no se hace referencia a los “tormentos” de la Gehena, o a Satanás en relación a ella. Estos serán reflexiones posteriores que “enriquecerán” la metáfora.
A continuación el texto presenta la figura de un pajarito. Pueden venderse, en este caso 2 pájaros por 2 ases, mientras en Lucas 12,6 se trata de 5 pájaros por 2 ases. El “as” es la 1/16 parte de un denario (que equivale a un jornal). Dejando de lado la inflación, o la posibilidad de diferentes precios según los lugares, el acento está puesto en el poco valor de estos pajaritos y ¡sin embargo! Dios se ocupa de ellos.
El texto en griego es extraño, dice literalmente que ningún pajarito caerá a tierra “sin vuestro padre” (áneu toû patròs hymôn). Aparentemente alude al control de Dios de los acontecimientos, aun los menores. Ya en 6,26 se había dicho que “ustedes” valen más que “las aves” (ver Sal 84,4).

De la imagen de las aves se pasa a la de los pelos de la cabeza, algo que es frecuente en el ambiente bíblico (1 Sam 14,45; 2 Sam 14,11; 1 Re 1, 52; Lc 21,18; Hch 27,34), aunque no se afirma que no caerán sino que “están contados”. La conclusión remite a lo aquí dicho en el tercer “no teman” (v.31)
El tercer “no teman” (v.31) se expresa con el contraste de “cuánto más” al que ya hicimos referencia. Precisamente por esto el temor es algo que no tiene razón de ser. Ese contraste entre algo menor y algo mayor es frecuente en el ambiente bíblico (se lollama kal wa homer; de menos a más): "si ... ¡cuánto más!"
Mateo concluye, como se dijo, con un dicho antitético:
  • Quien me confiese ante los hombres… lo confesaré ante mi Padre que está en los cielos (v.32)
  • Quien me niegue ante los hombres… lo negaré ante mi Padre que está en los cielos (v.33)
No es la primera vez que Jesús establece en Mateo un paralelo entre lo que ocurre “ante los hombres” y lo que ocurrirá “ante Dios”, el ejemplo del perdón es claro (6,12; 16,19; 18,18.35; ver 5,16). Ya se señaló frecuentemente la preferencia de Mateo por señalar a Dios como Padre que “está en los cielos”.
Sin embargo, en esta conclusión la imagen no parece definitiva: la “negación” de Pedro (única otra vez en la que Mateo usa el verbo “negar”; 26,70.72) lo manifiesta. En este caso, entonces, la confesión o negación no parece aludir a la imagen del juicio definitivo que está patente en la idea de la Gehena y los tres “no teman” (especialmente los dos finales). La confesión o negación alude a la fidelidad de la comunidad ante las dificultades que “los hombres” puedan provocarles y la invitación a mirar desde el Dios del reino, la vida de discípulos a que se nos ha llamado.

Video con comentario al Evangelio en 


Foto tomada de La Rancherita del Aire