viernes, 15 de mayo de 2026

Una reflexión bíblica, teológica e histórica de la adoración eucarística

Una reflexión bíblica, teológica e histórica de la adoración eucarística

Eduardo de la Serna



Ante la próxima fiesta del cuerpo y la sangre de Cristo, yo quisiera compartir una reflexión que me parece muy importante en este tiempo. 


Es evidente que la celebración de la cena de Jesús fue importante desde los orígenes. Mucho antes de los evangelios ya San Pablo, en la primera carta a los Corintios, lo destacaba. Cada evangelio, por cierto, tiene su propia riqueza y, por lo tanto, sus propios aportes sobre el tema. No es este, además, el momento de preguntar quiénes participaron en aquella última cena, pero no es nada improbable que además de los 12 hubiera también algunas mujeres compartiéndola. Es evidente que, en aquella cena, quizás pascual, Jesús interpreta su muerte inminente en clave de aquella comida que comparte, su cuerpo partido, su sangre derramada... 


Sabemos también que, en los primeros siglos, las comunidades celebraban esa comida como un encuentro de hermanos y hermanas, celebrándola el domingo. De todos modos, pareciera que esta se celebraba en dos momentos, por la mañana y finalmente por la noche, para la gente que debía ir a trabajar. 


Con el tiempo empezó a plantearse el problema de qué hacer con quienes no habían podido participar, sea por estar presos o por estar enfermos y, entonces, se planteó teológicamente que Jesús seguía presente en ese pan que ahora se llevaría a los ausentes. 


Se sabe, fácilmente con mirar un poco la historia de los primeros siglos, que los ministros ordenados, quizás también mujeres, celebraban ocasionalmente la eucaristía; algunos, incluso, muy pocas veces en el año. 


Tiempo después, especialmente cuando acabó el tiempo de las persecuciones y los martirios, el modelo empezó a trasladarse a los monjes; en este caso empezó a celebrarse diariamente la eucaristía, empezó a proponerse como modelo el varón célibe, pero, en muchos casos, también con un planteo individual (hay que recordar que monje, monos, monasterio viene de unidad y no de comunidad). 


Especialmente a partir del 1200 empezaron a añadirse elementos como la elevación de la hostia y el cáliz para su adoración, la reserva del Jueves Santo y, en 1214 el Papa Urbano IV y finalmente el Concilio de Viena (1314) establecen la fiesta del “Corpus Christi”. En el s. XIII comienza a celebrarse en el marco de una procesión y un siglo después se comenzaron las bendiciones con el Santísimo y ponerse de rodillas ante el sacramento. Mucho más tardíamente empezó a destacarse la celebración de una adoración al santísimo sacramento, particularmente a partir de los conflictos eucarísticos con las comunidades protestantes. Pio XII concederá indulgencias ante quien lo adorare y repitiera “¡Señor mío y Dios mío!” (notar lo "mío" y no "nuestro").


Aquí viene lo que yo quisiera plantear hoy. 


Creo, personalmente, que es sumamente grave, en nuestro tiempo contemporáneo, el individualismo; individualismo del cual la iglesia no está exenta ("¡Señor mío y Dios mío!"). No solamente son numerosísimas las canciones en primera persona: "me has mirado a los ojos", "el espíritu se mueve en mí", "ven a mi vida", etcétera, sino que también ese individualismo campea en todos los ambientes sociales, políticos, económicos, etcétera y, si hay algo que la iglesia no puede, por definición, es ser individualista; primero porque iglesia quiere decir comunidad, asamblea, segundo porque lo que nos identifica es el amor, que evidentemente implica terceros y, en particular, porque la eucaristía es la comida de un pueblo, es una mesa compartida. Acá es donde creo que la adoración eucarística debería repensarse muy seriamente para evitar que se transforme, y a veces incluso idolátricamente, en algo personal entre Dios y yo donde el pueblo y la mesa compartida están ausentes, ya que si la eucaristía se plantea de ese modo se ha deformado de raíz su sentido bíblico, teológico e histórico. La adoración eucarística puede ser algo sumamente importante siempre y cuando no se pierda de raíz y de todas las formas posibles la mirada comunitaria de un pueblo que es alimentado por Jesús que se nos da y nos invita a vivir como él lo hizo; caso contrario estamos a las puertas de aquel dicho del gran biblista alemán de la primera mitad del siglo pasado: “no hay ni una sola verdad de fe que no pueda ser manipulada idolátricamente” (G. von Rad).


Imagen tomada de depositphotos.com/es/photos/compartiendo-el-pan.html

jueves, 14 de mayo de 2026

Miqueas de Moréset

Miqueas de Moréset

 Eduardo de la Serna



Como ya hemos dicho en otra ocasión, el nombre Miqueas, que llevan varios personajes en la Biblia, se atribuye a dos profetas distintos. Miqueas, hijo de Yimlá (ver 1 Re 22) y otro, habitante de Moréset. Ya hemos dicho algo del primero, por lo que es oportuno decir algo de este último, cuyo nombre lleva un libro que se encuentra dentro de los llamados “Profetas menores”.

Como decimos, se nos informa la localidad, Moréset, cosa que también sabemos por Jer 26,18, pero hoy no hay seguridad acerca del lugar preciso. Sólo sabemos que no es lejano de Jerusalén. Además, como es habitual en los profetas, se nos dice en qué período ha ejercido su ministerio: “en tiempo de Jotam, Ajaz y Ezequías, reyes de Judá” (Miq 1,1), es decir, aproximadamente entre los años 727 y 701 antes de Cristo.

Pero Moréset es una región campesina rodeada de fortalezas, y esto implica abusos contra los campesinos: desde robo de tierras o frutos de cosechas o ganado, secuestro de hijos para incorporarlos al ejército, e incluso abuso excesivo con los impuestos. Contra todo esto levanta su voz el profeta. Pero, para mayor gravedad del tema, esto lo hacen personas que se llaman religiosas, con el aval de sacerdotes y profetas de la ciudad. Miqueas vive en el campo y padece la ciudad. Y su mensaje es durísimo contra los sectores de poder, tanto la corte, como el templo y los profetas (obviamente, falsos profetas). Por eso dice cosas tan duras como que:

«Escúchenme, jefes de Jacob, príncipes de Israel: ustedes que desprecian la justicia y tuercen el derecho, edifican con sangre a Sión, a Jerusalén con crímenes. Sus jueces juzgan por soborno, sus sacerdotes predican a sueldo, sus profetas practican la adivinaciónn por dinero; y encima se apoyan en el Señor diciendo: ¿No está el Señor en medio de nosotros? No nos sucederá nada malo». (Miq 3:9-11)

Es decir, una ciudad tan esplendorosa e importante como Jerusalén (¡nada menos que Jerusalén!) está “edificada” con violencia, sangre e injusticia. Y, por eso, no teme en anunciar su pronta destrucción (como la inminente destrucción de Samaría [en el año 722 a.C.] lo prepara). La causa radica en que los jefes, que deberían ocuparse del bienestar de su pueblo, en la práctica “lo devoran” como carne para el puchero (3,1-4). Es que no solamente maltratan, sino que, además les roban campos y ganados (2,1-2).

El terrible y amenazador ejército asirio avanzaba contra Israel, ya había destruido Damasco y avanzaba contra Samaría, a la cual, como dijimos, destruirá poco tiempo después. Esto motivó a que muchos samaritanos huyeran hacia Jerusalén, por lo que la ciudad debía ampliarse con barrios enteros (a esta edificación de la ciudad, con violencia y sangre es que alude el profeta). Pero también Miqueas debe enfrentar a los “profetas” que “hablan en nombre de Dios”, pero – como él lo dice – hablan por dinero, es decir, dicen a los que les pagan, aquello que ellos quieren escuchar, en este caso, loas a Jerusalén. El campesino Miqueas no dudará en afirmar todo lo contrario.

Miqueas será tenido en cuenta en el Nuevo Testamento ya que, para resaltar un futuro de esperanza, anuncia que algún día vendrá un buen rey que, como el gran David, nacerá en Belén (Miq 5,1), porque en esos tiempos Dios descartará el pecado de Israel “como lo había prometido a nuestros padres” (Miq 5,20 y repite María en el cantico profético del Magníficat, Lc 1,55). Finalmente, Jesús insiste en que lo más importante es la misericordia, la justicia y la fe (Mt 23,23) recordando Miq 6,8. Miqueas no predica la resignación, evidentemente, pero ser sumamente crítico de los poderosos no le impide que, por su confianza en Dios, sea una persona de esperanza. ¡Y la transmite!


Imagen tomada de https://en-la-biblia.com/miqueas-de-moreset-personas-en-la-biblia-2/

martes, 12 de mayo de 2026

Comentario a las lecturas de la Ascensión "A"

Jesús permanece en medio de su Iglesia misionera

LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR – “A”


Eduardo de la Serna


Lectura de los Hechos de los apóstoles     1, 1-11

Resumen: Como el comienzo del Evangelio, el comienzo de Hechos muestra el despliegue de los preparativos para el fiel cumplimiento de la misión. Los Apóstoles deben continuar la obra de Jesús expandiendo por todas las regiones la Palabra de Dios hasta que Él vuelva. Aunque antes, deben esperar la fortaleza que Dios mismo le garantiza con el envío del Espíritu Santo.

Lo que llamamos “Ascensión” es una creación literaria-teológica de Lucas. Con ella finaliza su Evangelio (como se ve en el día de hoy) y con ella comienza su segundo volumen, Hechos de los Apóstoles. Por un lado, se puede ver que hay un enlace entre el final de uno y el comienzo de otro, y a su vez un paralelo entre ambos comienzos. Lucas quiere mostrar claramente que hay una estrecha relación entre la predicación de Jesús y la predicación de la comunidad cristiana. Veamos esquemáticamente ambos paralelos, y algunos elementos del texto que la liturgia nos propone.


Paralelos entre el final de Lc y el principio de Hch

Lucas
temas
Hechos
24,13-43
Pruebas de que vivía
1,3
24,4
dos hombres vestidos
1,10
24,10
mujeres con los apóstoles
1,14
24,47
predicar a todas las naciones comenzando por Jerusalén
1,8
24,48
ser testigos
1,8
24,49
promesa del Padre
1,4
24,49
no se vayan de Jerusalén
1,4
24,51
elevado al cielo
1,9


Paralelos entre el comienzo de Lucas y el comienzo de Hechos


Lucas
temas
Hechos
1,1-4
introducción a Teófilo
1,1-3
4,2
40 días antes de la misión
1,3
4,1.14.18
comienzo por medio del Espíritu Santo
1,2
4,43 (ver 1,33)
Reino de Dios
1,3
3,16
Juan bautizó con agua
1,5
3,3
proclama de arrepentimiento
2,38
1,21.22.39.41
Cumplimiento de las leyes
1,12
6,12-16
elección de los Doce
1,16-26
3,22
Llenos del Espíritu Santo
2,1-4
3,21
... del cielo
2,2
3,22
un ruido
2,6
4,18-21
después del envío del Espíritu se cumple la Escritura
2,14
4,24 (25-30)
profeta (por el Espíritu)
2,17-18
4,36
milagro, asombrar
(thambô, sólo aquí [y Lc 5,9] en todo el NT)
3,10
5,1-12; 27-28; 6,12-16
la comunidad crece
2,17-18
9,51
tomó la decisión de ir a Jerusalén
19,21
13,33
dispuesto a morir en Jerusalén
21,13
23,18
reclamo de muerte
21,36
23,1
tribuno romano
21,37
20,20; 21,12
procurador
23,24.26; 24,1
23,8-12
ante el “rey”
25,13
24,27.44
cumplimiento de la Ley y los Profetas
24,14; 28,23
24,48
testimonio de Jesús
28,23

De todos modos, detengámonos en algunos elementos que hacen a una mejor comprensión del texto. No sólo son evidentes los paralelos que hemos destacado. Hay aspectos valiosos a considerar. Por ejemplo: si bien el tema del “reino de Dios” es tema fundamental en la predicación de Jesús, no es tema aparentemente importante en Hechos. Sin embargo, no podemos descuidar que el tema se encuentra presente en los momentos clave de este libro, y también en el comienzo y en el final (1,3.6; 8,12; 14,22; 19,8; 20,25; 28,23.31). Del mismo modo que antes de comenzar su ministerio Jesús pasa 40 días en el desierto (Lc 4,2), la Iglesia se encuentra con Jesús 40 días, antes de empezar el suyo (algo especialmente significativo si recordamos que en el Evangelio de Lucas, Jesús asciende el mismo día de su resurrección; es evidente que Lucas quiere destacar aquí el número 40; ver Hch 1,3). El encuentro con Jesús, como es frecuente en el Evangelio se da en el marco de una comida, del mismo modo que se destaca la centralidad de Jerusalén para la misión evangelizadora (v.4) y se prepara la venida del Espíritu Santo para esta misión (del mismo modo que ocurrió con Jesús.  Se pone en paralelo expresamente el bautismo de Juan con el que empieza el ministerio de Jesús con la venida del Espíritu (v.5) y se continúa destacando la centralidad del tiempo –tema característico de toda la obra de Lucas- (v.7). Hay consenso general entre los estudiosos que el v.8 es clave en toda la obra de Hechos: así como Lucas tiene una clara distribución geográfica e histórica, también esto se puede ver en Hechos. Pero no es “meramente” una distribución en orden a lo “narrativo” sino con explícita intencionalidad teológica. Así como Jesús en todo su evangelio se dirige a Jerusalén “porque no debe un profeta morir fuera de Jerusalén” (13,33), aquí se señala que el Evangelio y su testimonio se entenderán “en Jerusalén, en toda Judea y Samaría y hasta los confines de la tierra” (v.8). Es por eso que cuando Pablo llega a Roma (el acceso a “los confines de la tierra, porque “todos los caminos conducen” a ella) Lucas puede terminar su obra sin contarnos que le sucedió a Pablo. Su lema –a lo largo de la obra es que “la palabra (de Dios) crecía” (6,7; 12,24; 19,20) y crece tanto que llega hasta la capital del imperio. Mirando la estructuración de Hechos puede verse que toda la primera parte muestra cómo se predica en Jerusalén, luego en Judea y Samaría, y la palabra crece hasta llegar a Antioquía, Asia Menor, Europa, y finalmente hasta Roma. El “programa” del v.8 se despliega a lo largo de todo el libro.

En este marco, luego de haberle señalado a los apóstoles su misión, es que ocurre la ascensión. Jesús ya puede irse, tiene quienes continúen su tarea. El modo de elevarse es con características propias de las teofanías (manifestaciones de Dios), nube, cielo, hombres vestidos de blanco, y finalmente la confirmación de la visión. La palabra de los hombres marca también el sentido teológico de Hechos: Jesús vendrá del mismo modo que se lo vio partir, ¿qué hacen mirando al cielo? Es decir: “¡a trabajar!” Jesús va a volver y hasta que vuelva, a ustedes les toca anunciar el Evangelio, hacer que la palabra de Dios crezca y se anuncie en todo el mundo. Entendido en este sentido, Hechos no ha terminado, seguimos en el “tiempo de la Iglesia” y debemos continuar la tarea de la Evangelización.

La Ascensión es como un juego de postas: ahora les toca a los sucesores, los apóstoles (que en Lucas son los Doce). Esto también se destaca en Hechos de un modo claro, luego le tocará a otros (los Siete, Bernabé y Pablo) y más tarde a otros, “los presbíteros”. El anuncio del reino debe continuar hasta que Jesús vuelva como se lo vio partir. Pero para que este pueblo profético pueda desempeñar su misión, debe estar acompañado por el Espíritu Santo, que es el gran responsable de la tarea evangelizadora. Pero la venida del Espíritu, el próximo paso antes de comenzar la misión, será en unos pocos días más.


Lectura de la carta a los cristianos de Efeso     1, 17-23


Resumen: La estrecha unión entre Cristo y su Iglesia marca un camino. Allí donde ya está el Señor se dirige su “Cuerpo”. Utilizando los Salmos el autor muestra que Jesús ya está junto a Dios habiendo vencido a las fuerzas del mal y la muerte y hacia donde nos dirigimos.


Después de un interesante Himno eclesial (1,3-14) el autor, un discípulo de Pablo, se dirige a los destinatarios (¿una comunidad? ¿una “carta abierta”?), haciendo expresa referencia a la misión de la Iglesia en medio del mundo (pagano). El autor señala que esto que destacará es lo que él pide a Dios en sus oraciones, por lo que el texto es claramente una “oración”. Si se ve atentamente, estamos ante una oración larguísima, sin punto desde el v.15 hasta el v.21. Los vv.22 y 23 constituyen finalmente la conclusión, o la motivación, que es la estrecha relación entre Cristo y su Iglesia, tan estrecha como la de un cuerpo con la cabeza.

En la oración, fundamentalmente lo que el autor pide para la Iglesia es que “conozca”. Sabemos que “conocer”, en el mundo bíblico es una experiencia profunda del objeto, no se trata de algo expresamente “racional”, o intelectual. Pide que Dios, “el Padre de la gloria”, el “Dios de nuestro Señor Jesucristo” les  conceda “espíritu de sabiduría y revelación” precisamente para “conocerlo perfectamente”. De ese modo, podrán profundizar 3 elementos importantes: la esperanza en la llamada, la riqueza de la gloria y la grandeza del poder desplegado en la Pascua. Es decir, conocer a Dios implica conocer su intervención activa en la historia de la salvación, llegada a su plenitud en el “acontecimiento Cristo”. Pero esto es imposible sin el espíritu (no pensemos aquí que se refiera explícitamente al Espíritu Santo) de sabiduría, esto es la capacidad de comprender, el reconocer el paso de Dios en la vida, y de revelación, es decir la explícita manifestación de Dios que aclara, interpreta la historia. Sin dudas esto es necesario e imprescindible para reconocer el obrar de Dios que a continuación explicitará como llamada, gloria y poder. Pero todo esto es “en relación” a la comunidad, la esperanza es “a la que fuimos llamados”, la gloria es “en herencia a los santos” y el poder manifestado en la resurrección y ascensión es “poder para con nosotros”. La relación de la Iglesia con Cristo es inseparable. Es interesante notar (aunque aquí sólo es insinuado y desarrollará más adelante, esta unión de los creyentes con Cristo es tan plena que así como Cristo está resucitado y sentado junto a Dios, del mismo modo, estando plenamente unidos a Cristo, los creyentes ya están resucitados y sentados conjuntamente a él (2,6) a fin de “mostrar la sobreabundante riqueza de su gracia“.

Esta estrecha interrelación se expresa en la conclusión con la metáfora del cuerpo y la cabeza. No es unánime entre los estudiosos la afirmación de que la imagen esté tomada del ambiente estoico, o quizás también (pre) gnóstico, Lo cierto es que la imagen alude a –por un lado- una estrecha interpenetración, y también a un sentido de superioridad. La cabeza es, aparentemente, la conducción en este caso. No parece que deba entenderse en sentido de precedencia, sino de gobierno. El tema “cabeza de su cuerpo, la Iglesia” es tema recurrente en Colosenses y Efesios (Col 1,18.24; 2,10.17.19; 3,15; Ef 1,22-23; 2,16; 3,6; 4,4.12.15; 5,23.30; ver Ef 1,10). Esta comunión entre cuerpo y cabeza permite la esperanza ya que “precedernos como Cabeza nuestra, para que nosotros, miembros de su Cuerpo, vivamos con la ardiente esperanza” (Prefacio).

Es interesante señalar que esta “elevación” es “por encima” de todo “principado [arjê], poder [exousía], virtud [dynamis] y señorío [kyriótês]”. Estos extraños personajes (ver 3,10; 6,12; Col 1,16; 2,10.15) parece que deben entender como por poderes “de este mundo”, como personajes diabólicos, fuerzas del mal que son vencidas por Cristo aunque parezcan “todopoderosas”. Todo (panta) está puesto “bajo sus pies” constituido “cabeza del cuerpo” (v.22-23). Y así es “la plenitud del que todo en todo es plenificado” (así parece conveniente leer literalmente el versículo conclusivo). La fórmula “todo bajo sus pies” está tomada del Sal 8,7 y se refiere al “todo” de la creación sometido al señoría del ser humano que es “apenas inferior a un Dios” (v.6). Sin embargo, otro salmo está en el trasfondo de la idea de la ascensión al destacar al resucitado como “sentado a la diestra (de Dios) en los cielos” (Sal 110,1). Aquí volvemos a encontrar la idea de “los pies”, aunque en este caso se refiere explícitamente a los vencidos (cf. Jos 10,24). El rey se sienta a la derecha de Dios que lo guiará para triunfar sobre los enemigos, “quebrará a los reyes” (enemigos, v.5). Este Salmo fue muy utilizado por el primer cristianismo (ver Hch 2,33.35; Mc 12,35-37) para aludir a la resurrección (y el autor de Hebreos encuentra en el v.4 elementos para profundizar el sentido sacerdotal del Mesías). La ausencia de Jesús, el haber sido resucitado por Dios supone que Dios lo ha “llevado” junto a sí, y “sentado a su derecha”. El Salmo, que está en el trasfondo de este y otros textos es claramente usado por el cristianismo primitivo para mostrar que las Escrituras ya aludían a la resurrección de Jesús.



Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo     28, 16-20

Resumen: Jesús resucitado se encuentra con los Once en Galilea. Allí pronuncia el último discurso del Evangelio enviándolos de un modo misionero. Pero les garantiza que él estará siempre en medio de los suyos acompañándolos.



El texto evangélico es el final del evangelio de Mateo (Evangelio que se lee en este tiempo litúrgico). El texto no hace referencia a la Ascensión ya que esta es, propiamente hablando, una creación literaria de Lucas. Toda la larga unidad anterior estaba constituida por tres escenas en torno al sepulcro:


1.    Las mujeres (María Magdalena y la otra María; cf. 27,61, seguramente la madre de Santiago y José, cf. 27,56) van al sepulcro [28,1-8]. El ángel les dice: “Y ahora vayan enseguida a decir a sus discípulos: «Ha resucitado de entre los muertos e irá delante de ustedes a Galilea; allí le verán.» Ya se los he dicho” (28,7);

2.    Las mujeres se encuentran con Jesús que les dice: «No teman. Vayan, avisen a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán». (28,10)

3.    Los sumos sacerdotes sobornan a los soldados (28,11-15)


La escena con la que concluye en Evangelio es precisamente el encuentro de los discípulos (a los que Jesús llama “hermanos”) en Galilea (cf. 26,32). Mateo acota que el encuentro ocurre en un “monte”, que “Jesús les había indicado”. La importancia de los montes en Mateo es fácilmente notable: en un monte ocurre una tentación (4,8), en un monte Jesús comienza sus enseñanzas (5,1), Jesús ora en un monte (14,23), sigue enseñando y sanando desde un monte (15,29), en otro se transfigura (17,1) y finalmente en uno se encuentra resucitado con los “hermanos” (28,16).

La resurrección ha provocado un encuentro, y los que lo ven lo “adoran” (prosekynêsan). En la tentación Satanás le pide ser adorado a cambio de los reinos del mundo y su gloria (4,9) y Jesús les dice que a Dios se ha de “adorar y sólo a él se dará culto” (4,10). Sin embargo, en el Evangelio son varios los que se postran ante Jesús: un leproso (8,2), un magistrado (9,18), los discípulos en la barca (14,33), una mujer cananea (15,25), la madre de los hijos de Zebedeo (20,20) e incluso las mujeres ante el resucitado (28,9). Sin embargo, algunos “dudan” (distázô). Este verbo se encuentra sólo una vez más en el NT, Pedro duda al caminar sobre las aguas manifestando así su “poca fe” (Mt 14,31). Algunos manifiestan su poca fe ante el resucitado. Esto motiva una última intervención de Jesús en el Evangelio:

Jesús reconoce que “me ha sido dado” (la voz pasiva indica que Dios se lo ha dado; el aoristo indica un momento preciso: ¿la resurrección?) “todo poder” (exousía) en el “cielo y en la tierra” (es decir, en todo el mundo). Ese poder se manifiesta en la enseñanza de Jesús (7,29), en su capacidad de perdonar pecados (9,6), en la expulsión de los vendedores en el Templo (21,23). Con la autoridad de su palabra los envía a “hacer discípulos” (el verbo, mathêteúô se encuentra una vez en Hechos -14,21- y luego solamente en Mateo: 13,52; 27,57; 28,19) a “todas las naciones” (ethnê), en el Evangelio se refiere a los paganos (4,15; 6,32; 10,5.18; 12,18.21; 20,19.25; 21,43; 24,7.9.14). Aunque la invitación a “todas las naciones” parece incluir aquí también a los provenientes del judaísmo. La Iglesia –tema importante en Mateo- es una nueva nación (ethnê) que debe dar frutos (21,43), que debe reconocer con fe a Jesús presente en los que tienen hambre, sed, frio… (25,32). 

Este “hacer discípulos” se concretizará en el bautismo. Parece provenir de la comunidad de Mateo la novedad de bautizar “en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo” ya que el cristianismo de los orígenes bautizaba en el nombre de Jesús (cf. Hch 2,38; 8,12.16; 10,48; 19,5; cf. 1 Cor 1,13.15; lo que no quita que la fórmula trinitaria tenga elementos paulinos, cf. 1 Cor 12,4-6; 2 Cor 13,13). La importancia que este Evangelio tuvo en los comienzos (probablemente por la importancia a la identidad propia de los cristianos, que da el Evangelio de Mateo) influyó en que esta fórmula característica del bautismo se impusiera luego en la Iglesia universal. 

Al hacer discípulos deben “enseñar” (didáskontes) a guardar (ver 19,17; 23,3) lo que ha “mandado” (entéllô, de donde viene entolê, mandamiento; aunque es sólo una cosa la que Jesús “ordena” y es no contar la transfiguración hasta la resurrección, 17,9; sin embargo, el uso es bíblico: Ex 7,2; 29,35; Dt 1,41; 4,2…). Este mandato misionero es la clave de toda esta unidad, la Iglesia no es un grupo cerrado en sí misma sino una comunidad que debe salir de sí hacia los otros. “Enseñar” y “bautizar” se encuentran ambos en participio presente, quizás bautizar y enseñar a hacer lo mandado por Jesús constituye el modo en que los discípulos “harán discípulos” a todos los pueblos.

El Evangelio culmina con una imagen clave de todo el libro. Desde el comienzo sabemos que Jesús es “Dios con nosotros” (1,23). Jesús dirá que “está” en medio de dos o tres que se reúnen en su nombre (18,20), que está en los pobres, hambrientos, sedientos, enfermos, presos… (25,40.45), en los discípulos (10,40), ahora afirma que estará “hasta el fin del mundo” en medio de los suyos (28,20). El Jesús de Mateo no se va (en ese sentido, no “asciende”) sino que está siempre en medio de los suyos.


Dibujo tomado de www.doloresmendieta.com.ar

Comentario al Evangelio del domingo de la Ascensión A

Comentario al Evangelio del domingo de la Ascensión A

o también en

https://youtu.be/133IsDKBcq8

Eduardo

lunes, 11 de mayo de 2026

Nada menos importante

Nada menos importante

Eduardo de la Serna



En lo personal, las opiniones o notas de la revista Vogue me importan absolutamente nada. Pueden decir lo que quieran que me resultará “bronce que resuena o campana que retiñe”, al decir de mi amigo Pablo…

Ahora bien, cuando en dicha revista el Papa aparece entre los mejor vestidos del año 2025, la cosa ya pasa de castaño oscuro. Y, cuando eso es tildado de “teología silenciosa”, mis tripas se revuelven. Si hay algo que no espero es que un Papa se destaque por semejante superficialidad. Y, para peor, cuando se lo compara con Francisco del que se dice expresamente que había optado por una «sorprendente sencillez, casi una provocación evangélica». ¿De qué Dios habla semejante “teología”?

Debo reconocer que, hasta ahora, León XIV no ha logrado alegrarme. Ni un poquito. Y cuando algo me permitía esperanzarme (su posición crítica frente a Trump, por ejemplo), en seguida retrocede 4 o 5 casilleros, como en este caso.

Todos recordamos la imagen (de las últimas, por cierto) del papa Francisco, en silla de ruedas, con pantalones y un poncho medio caído al costado. Eso resultaba más teología silenciosa, por cierto. O, “provocación evangélica” al reconocerlo desde su ignorancia los “estetas”.

Recuerdo un querido cura, ya fallecido, que había vivido en esperanza, porque en lo político y en lo eclesial todo lo veía negativo. Hasta que aparecieron Cristina y Francisco y recuperó la sonrisa. Casi fanáticamente. No tuvo – como nosotros – la ocasión de ver las nuevas debacles invernales políticas y eclesiales. Y hoy veo a algunos, “enamorados” de Francisco, al cual calificaban de “papa de la primavera” (con lo que no acuerdo) y que no pueden aceptar el retorno invernal, hablan de “continuidad” con Francisco. Al menos debo decir que no lo veo. Algunos me dicen que la Dilexi te es buena, aunque sea en enorme proporción texto de Francisco, y acotan – razonablemente – que León la hizo suya, lo que indicaría (con lo que no concuerdo) continuidad. Si fuera el caso, lo mismo hizo Francisco con el texto de Benito XVI tenía preparado y publicó como “encíclica a cuatro manos” (Lumen Fidei) y no me parece que haya continuidad entre ambos pontificados. Da la sensación que hay quienes no pueden asumir el fracaso o el retroceso. Triste fracaso, triste retroceso.

La comunión, que pretendo mantener, no implica que me alegren algunas cosas, que celebre otras o aplauda terceras… Celebro que tenga una persistente postura en favor de la paz, pero desearía que no sea simplemente un “¡chicos, no se peleen!” sino que los responsables de la violencia, la injusticia, los genocidios o las guerras tengan nombre y apellido. Por ahora – ojalá me equivoque, ¡brindaría y celebraría que así fuera! – toca esperar; al fin y al cabo, el Espíritu Santo siempre tiene “un As en la manga”.


Caminos y subidas

Caminos y subidas

 


Acabamos de llegar, Jorge y yo, de un viaje. Viaje viene de “vía”, camino. Y ¡vaya que caminamos! (y ¡vaya que subimos escaleras! ¡No quiero ver una más el resto del año!). Claro que viajes hay de diversos tipos, de turismo, por ejemplo (que viene de “torno”, es decir dar vueltas, ¡y las dimos!), o “de estudio” (y, ¡vaya que aprendimos!). En suma, llevamos en nuestros “oídos la más maravillosa música” que, en este caso, fue una parte más que considerable de la historia de la humanidad. A Jorge y a mí la historia nos importa, nos interesa, nos gusta, ¡y nos saciamos!

¿Qué se puede decir que sea un aporte, al hablar de Egipto y de Grecia? Creo que nada “para afuera” aunque nos hayamos colmado “para adentro”. Y, para peor, para mejor, sabiendo que todo lo andado fue solo una parte, porque quedan muchos caminos por recorrer y muchas vueltas por dar para aprender en serio.

Pudimos viajar con esfuerzo (en mi caso, no puedo estar más agradecido a mi hermana Mariana por hacerlo posible), y tratamos de ser casi esponjas para absorber todo lo que pudiéramos. Creo que ningunos de los dos tenemos queja de ningún tipo (salvo en temas muy menores, como pasa siempre y en todos los ambientes). Y agradecidos, además, por la enorme hospitalidad del amigo Thimios en Grecia.

Historia, arqueología, museos, arte, memoria a raudales. Y, todo esto, coronado con el encuentro, el cariño y – ¡otra vez! – caminar y subir por Toledo, Madrid (El Prado) Ávila, El Prado con la hospitalidad más que fraterna y sororal de Andrea (¡amiga eterna!) y Emilio.

Nada más. Nada menos. Tocará, ahora, que todo eso que ha entrado pueda ser derramado donde, como y cuando corresponda para que sea compartido, ¡y celebrado! Plenos. Satisfechos. ¡Contentos! Y, a quienes toque y compartan, ¡gracias!

Eduardo


Imagen: Mosaico en el piso de entrada en santa Lidia con el trayecto del segundo viaje de Pablo según Hechos de los Apóstoles

jueves, 7 de mayo de 2026

Simón, el mago

Simón, el mago

 Eduardo de la Serna



En el libro de los Hechos de los Apóstoles se nos narra que el Evangelio se empieza a expandir por la región. Con Felipe – si no antes – la predicación llega a Samaría.

En un lugar, nos dice el texto, había un tal Simón que practicaba “la magia” (Hch 8,5-8). Es probable que esto se refiera sea a supuestas curaciones o charlatanerías (ver 13,7-12) o bien adivinaciones (16,16-22) y se informa que era muy famoso y seguido por la gente. Pero al llegar Felipe, y predicar la Buena Noticia y al ver los signos proféticos (8,13) todos se convirtieron, ¡e incluso Simón, que se hizo bautizar!

Como también es frecuente en Hechos de los Apóstoles, a cada paso pastoral que se va dando en  distintas regiones, Jerusalén manda sus delegados para dar garantía de que está actuando el Espíritu Santo, y, en este caso, para constatarlo, envían a Pedro y a Juan (8,14) y todos reciben el Espíritu de Dios (8,15-17).

Generalmente, este descenso del Espíritu Santo tiene manifestaciones exteriores que llaman la atención, y – ¡acá el problema! – esto sorprendió también a Simón. Y pretende tener también él esa capacidad de donar el Espíritu a quienes él les imponga las manos, y, para conseguirlo “les ofrece dinero” (8,18). Esto irrita sobremanera a Pedro y a Juan (Felipe ya ha desaparecido del relato):

¡Maldito seas tú con tu dinero, si crees que el don de Dios se compra con dinero! Este poder no es para ti ni te corresponde, porque Dios no aprueba tu actitud. Arrepiéntete de tu maldad y pide que se te perdone tu error. Te veo convertido en hiel amarga y atado en lazos de maldad (8,20-23).

En el mundo pagano era frecuente que al mejor postor se le otorgaban funciones sacerdotales más importantes; pero, para Pedro, se trata de un regalo de Dios, un “don”, que no puede manipularse, y menos aún comprarse por dinero. Con esto se asemeja a la idolatría (ver Deut 29,17; Is 58,6) y de allí la gravedad de la maldición que cae sobre el mago.

A continuación, el texto muestra a Simón arrepentido y pidiendo a los apóstoles que recen por él, y desaparece de la escena.

Es interesante, por otra parte, que es frecuente en Hechos de los Apóstoles que ponga en paralelo algo hecho por Pedro y que es a su vez hecho por Pablo. En el texto que citamos más arriba (13,6-11), aquí, al llegar a Pafos, Pablo también se enfrenta con un mago llamado Bar Jesús (v.6, nombre hebreo), y también Elimas (v.8). Parece ser alguien importante contratado por el procónsul en la corte y que se opone a Pablo seguramente por miedo a perder credibilidad. Pablo también maldice al mago. La intención de poner a ambos apóstoles en paralelo, evidentemente, pretende señalar la semejanza entre ambos en dos momentos distintos del crecimiento de la Iglesia.

Es interesante que – con el paso del tiempo – en algunos grupos cristianos del siglo II se habla de “Simón el Mago” como de un personaje perverso que sigue pervirtiendo las comunidades, pero – evidentemente – se trata de lecturas que son teológicas, no históricas, y, generalmente originadas en grupos distantes de la fe.

El nombre de Simón fue antecedente de un pecado grave para la Iglesia católica, la simonía (de él proviene el nombre). Esto es la injerencia de lo económico en lo que debe ser gracia (“gratis lo recibieron, denlo gratis”, Mateo 10,8). De hecho, el derecho canónico dice:

Quien celebra o recibe un sacramento con simonía, debe ser castigado con entredicho o suspensión (CIC 1380).


Imagen tomada de https://www.primeroscristianos.com/sabes-quien-era-simon-el-mago/