jueves, 23 de abril de 2026

Noadías, una profetisa desconocida

Noadías, una profetisa desconocida

Eduardo de la Serna



Para comenzar, señalemos que el nombre Noadías parece ser propio tanto de una mujer, como es el caso de la profetisa que comentamos, como de un varón, como se ve en Esdras 8,33. A esta, calificada de “profetisa”, se hace mención, exclusivamente en Nehemías 6,14 que dice: _«Dios mío, acuérdate de lo que han hecho Tobías y Sanbalat; también de la profetisa N-oadías y de los otros profetas que intentaron asustarme»._


Antes de avanzar es interesante señalar algo muy frecuente en la Biblia: un profeta es alguien que afirma que habla en nombre de Dios (aparte están los profetas que hablan en nombre de otras divinidades extranjeras, pero no nos referimos a estos en esta ocasión), pero ¿cómo saber si lo que un profeta o una profetisa hablan es algo dicho en nombre de Dios o en nombre propio? No hay manera de saberlo en el momento (a veces sí con el paso del tiempo). Es el caso de lo que ocurre con Jeremías, que dice una cosa mientras que otro profeta, Ananías, afirma todo lo contrario (Jer 28,10-12). Con frecuencia, en los textos, es el contexto el que nos dirá cual de ellos habla realmente de parte de Dios y cuál no.


Cuando los persas dominan sobre los babilonios permiten que los judíos que estaban en el exilio puedan regresar a su tierra. Dentro de ese grupo encontramos a Nehemías, que es un dirigente político judío cercano a los persas. Con poder del imperio, él se propone reconstruir la ciudad de Jerusalén, con sus murallas y su templo; pero eso no es bien visto por muchos de los que habían quedado en la tierra. Señalemos que los Babilonios destruirán Jerusalén y el templo (año 587 antes de Cristo) y llevan cautivos a su propia tierra a los dirigentes de la élite política y sacerdotal (obviamente, no es un grupo numeroso, pero sí con “peso político”). Unos 50 años después, los persas derrotan a los babilonios y permiten el regreso de aquellos que así lo deseen, pero estos vienen con una serie de nuevos elementos que no son bien mirados por los que habían permanecido en la Tierra Santa; por ejemplo, estos se habían casado y formado familia con mujeres de los pueblos vecinos y los que regresan con Nehemías les mandan disolver los matrimonios y expulsar mujeres e hijos para conformar un matrimonio solo entre judíos. Obviamente esto no era bien mirado por los que se habían quedado y discuten con estos planteos. Es muy probable que Noadías – y algunos más – dijeran que eso no era voluntad de Dios.


Veremos, en este tiempo, que algunos profetas hacen suya la postura de Nehemías y la defienden:


_«Pero ustedes se apartaron del camino, hicieron tropezar a muchos con su doctrina, y pervirtieron la alianza con Leví –dice el Señor Todopoderoso–. Por eso yo los haré despreciables y viles ante todo el pueblo, por no haber seguido mis caminos y por no tratar a todos por igual cuando enseñan a la gente. ¿No tenemos todos un solo padre?, ¿no nos creó un mismo Dios?, ¿por qué uno traiciona a su hermano profanando la alianza de nuestros antepasados? Judá traiciona, en Jerusalén se cometen acciones horribles; Judá ha profanado el santuario que el Señor ama y se ha casado con la hija de un dios extranjero»_ (Malaquías 2,8-11).


Sabemos que Nehemías quiere reconstruir a Israel (aunque según el modo persa) y encuentra oposición en algunos dirigentes y en profetas y profetisas. Tobías y Sanbalat, que son mencionados en el texto, se oponen a la reconstrucción de las murallas de Jerusalén (Neh 2,10.19; 4,1.7; 6,1.2.5.12.14; 13,28), en cambio de Noadías sólo se afirma que es una profetisa, por tanto, alguien que se opondrá a Nehemías, pero no políticamente sino “religiosamente”, “en nombre de Dios”. Hay algo que Nehemías hace, o que pretende hacer, a lo que ella se opone, a lo que Dios se opone, según ella. Ciertamente, para los que regresaban, la recepción no era fácil ya que los residentes se sentían invadidos (¡hacía más de una generación que estaban en esa tierra, habían nacido allí!). Unos y otros hablaban “en nombre de Dios”.


Ahora bien, esta parte de la historia la escriben – como tantas otras – los vencedores, lo que no quita, por lo menos, razonabilidad a quienes pretenden tener otra mirada positiva con los extranjeros (ver lo vemos en los casos de los libros de Rut o de Jonás, por ejemplo) totalmente diferente a la que presenta Nehemías en base a la teología que se fue gestando en el exilio en Babilonia, y que no había sido ni pensada ni aceptada por los campesinos que habían quedado en la tierra. Nehemías, entonces, cuestiona a Noadías, que a su vez lo cuestiona a él. En este texto, ella no es bien mirada, en otros textos se defiende su perspectiva. Por su parte, Jesús y su grupo dirán que ya no hay judío o no judío, no hay esclavo o libre, no hay varón y mujer… todo lo que discrimina o desvaloriza a las personas es visto desde Jesús con otros ojos (ver Gálatas 3,28), de reconocer a todos y todas como verdaderos hermanos y hermanas se trata.


Imagen tomada de https://www.bibliatodo.com/personajes-biblicos/noadias

martes, 21 de abril de 2026

Comentario a las lecturas del domingo 4º de Pascua "A"

Jesús y la vida de los que le fueron confiados

DOMINGO CUARTO DE PASCUA - "A"


Eduardo de la Serna




Lectura de los Hechos de los Apóstoles     2, 14a. 36-41

Resumen: La conclusión del primer discurso de Pedro y los Once a la multitud se sintetiza en la novedad pascual y en su repercusión para los oyentes: conversión y bautismo para recibir el Espíritu Santo. 



El texto litúrgico está conformado por una breve presentación literaria para comprender el momento y quién habla (v.14a), luego la conclusión de su discurso (v.36) que finaliza con una síntesis de que Dios ha resucitado al crucificado, y la consecuencia que provoca en los destinatarios ese discurso pronunciado por Pedro: pregunta (¿qué debemos hacer?, v.37), respuesta (invitación a los destinatarios de que se conviertan y hagan bautizar, vv.38-39) un sumario (“con palabras como estas…”, v.40) y una conclusión narrativa (“los que acogieron… unas tres mil almas (= vidas, psyjaì)”, v.41).


El discurso que hoy concluye fue comentado la semana pasada (Hch 2,22-36); como se dijo, Hechos suele presentar en sus muchos discursos, una síntesis de la predicación destacando la muerte de Jesús (muerte causada por “ustedes”, es decir, los oyentes del discurso) y su resurrección (“Dios lo resucitó"); con lo que contrasta dos actitudes. 


La reacción del auditorio tiene que ver, precisamente, con este contraste: si Dios lo resucitó (y Pedro y los Once son testigos de ello) algo “hemos de hacer” frente a esto. Cambiar de mentalidad (“convertirse”, metanoéô; algo frecuente en los discursos: 3,19; 8,22; 17,30; 26,20) y hacerse bautizar “en el nombre de Jesucristo”.


Una nota sobre el “bautismo en el nombre”. La referencia se encuentra en el nuevo Testamento una vez en Mateo (28,19) aludiendo al nombre de la Trinidad, dos veces en Pablo (1 Cor 1,13.15) ironizando que no fueron bautizados “en el nombre de Pablo” suponiendo que se trata del “nombre de Cristo”. Las restantes cuatro veces se encuentran en Hechos (2,38; 8,16; 10,48; 19,5) y se trata de bautismo “en el nombre de (Jesús)Cristo”. Como se ve, sólo el texto tardío de Mateo conoce el bautismo “en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”, que más tarde se impuso en la Iglesia. El bautismo “en nombre de Cristo” sumerge a los discípulos, los une íntegramente a Cristo, y es parte importante de la predicación de los primeros tiempos (no es improbable que esta centralidad cristológica haya sido la razón por la que los discípulos reciben más tarde el nombre de “cristianos”). Es probable que en las comunidades paulinas y de los seguidores de la tradición paulina (como parece ser "Lucas" en Lucas y Hechos) conozca el bautismo en nombre de Cristo, pero con el tiempo –y a medida que se profundiza la confesión trinitaria- la tradición de Mateo haya sido la recibida por las comunidades.


Este bautismo lleva al “perdón” (áfesin; también puede verse como sinónimo de “liberación”, cf. Lc 4,18) de los pecados. Es algo que ya había sido destacado como lo que se espera de la Iglesia naciente (Lc 24,47); es algo que Jesús alcanza a Israel (Hch 5,31; 10,43; 13,38) y también alcanzan los paganos por la fe (26,18). Como se ve, es Jesús el que consigue el “perdón”; el bautismo se obtiene porque es en su nombre. El don del Espíritu, que los apóstoles y los que estaban con ellos han recibido, también se dará a los que reciban por el bautismo el perdón ya que es una “Promesa” (Lc 24,49; Hch 1,4; 2,33.39) como fue “Promesa” en los tiempos antiguos el “Salvador” (Hch 7,17; 13,23.32; 26,6). Los que están “lejos” se refiere a los paganos (cf. Is 57,19) y a los “llamados” (que en contexto teológico supone una invitación a participar de los beneficios de la salvación de Dios). 


Con palabras, testimonios y exhortaciones los invitaba a “salvarse”, en este caso de “esta generación (geneâs) perversa (skoliâs)” (cf. Dt 32,5; Sal 77,8). La referencia a “esta generación” es habitual en el escrito Q (7,31; 11,29.30.31.32.50.51; 17,25; 21,32; aunque también la utilice Marcos con menos frecuencia: 8,12.38; 13,30) y seguramente en ese sentido la repite Lucas aquí. 


Hechos concluye con un breve sumario destacando que unas tres mil personas recibieron el bautismo luego de haber “acogido su palabra” (cf. 4,4; es bueno recordar que “palabra” en Hechos alude frecuentemente a la predicación del Evangelio; cf. 1,1; 2,22; 4,29.31…). 



Lectura de la primera carta del apóstol san Pedro     2, 20b-25

Resumen: La/s comunidad/es a la/s que se dirige el autor padecen sufrimientos por parte de la sociedad en la que se encuentran. Mirando los sufrimientos de Cristo, leídos a la luz del siervo Sufriente de Isaías encontrarán sentido a su resistencia ante la injusticia. Jesús, como Pastor cuida a los suyos.



La llamada “carta de Pedro”, como también Colosenses y Efesios presenta lo que se ha llamado un “código doméstico”. Es decir, una suerte de codificación de lo que se espera que haga cada miembro de la casa: padres e hijos, esposos y esposas, amos y esclavos. Esto era frecuente en el mundo greco romano donde estaban claramente establecidos estos roles que podríamos resumir en destacar que el “fuerte” (esposo, padre, amo) debe “someter” al débil, mientras que el débil (esposa, hijos, esclavos) deben “obedecer”. Esto es indicio de que hay orden en esa casa, que funciona como está establecido. El uso de un “código doméstico” en esta carta juega un rol central: la comunidad es presentada como “casa de Dios”, y el código pretende servir como  modelo de identificación de los miembros de la comunidad ubicados de un modo crítico en una sociedad hostil.


El texto litúrgico de hoy corresponde (con la exclusión de la presentación del destinatario, vv.18-20a) a lo que se dice a los “esclavos”, aunque aquí no se use el habitual “doulos” sino que se dirija a los “domésticos” (oikétai). Es claro que al omitirse esta referencia parece dirigirse a “todos los cristianos”. El sufrimiento al que se alude se refiere (v.18b) al provocado injustamente por los amos severos. El texto –dirigido a cristianos en situación de desprecio, rechazo (“extranjeros”) compara la situación que viven en las ciudades del Imperio con lo que padeció Cristo [el texto afirma que “Cristo sufrió” (épathen), aunque algunos manuscritos afirman que “Cristo murió” (apethanen) seguramente por asonancia y por uso frecuente de la idea]. Todo el sufrimiento de Cristo, puesto en paralelo al sufrimiento de los domésticos, es leído especialmente a la luz del cuarto canto del Siervo Sufriente de Is 53. El uso del término doméstico (oikétai, donde hay alusión a la domus, la casa: oikía), la ubicación al principio de la unidad, la falta de referencia al comportamiento que deben tener los amos invita a pensar que en esta unidad, la referencia a los “domésticos” puede entenderse como referida a todos los cristianos, que son –de hecho- maltratados, tenidos como extranjeros, por los habitantes de las ciudades a las que se dirige la carta. Ese maltrato está en el trasfondo de la unidad, y el autor presenta en la lectura cristológica, un sentido a la vida que llevan.






Ser capaces de devolver bien al mal recibido, como Cristo (2,23) así los cristianos (3,9). Él sufrió (v.21) sin haber hecho mal alguno (v.22), sin devolver mal por mal (v.23), llevando a los malos, del mal al bien (v.24) como un buen pastor (v.25).


La conclusión viene dada por la vuelta al pastor y guardián (epíscopon).  El marco es profético (el pastor que reúne a las ovejas descarriadas) expresado como antes y ahora. En la tradición profética el pastor de su pueblo es Dios (Is 40,11; Jer 3,14-15; 23,3-4; 31,10-11; Ez 34,11-16. 23-24; 37,24; Miq 2,12; 4,6-7; Zac 11,4-7), de allí que la voz pasiva “han sido regresados al pastor” ha de entenderse como un obrar divino. Lo que se afirma es que –en este caso- se ha vuelto a Cristo de quién se dice que es “pastor” y “epíscopo” de sus “almas” (= vidas, psyjôn). Jesús tiene un cuidado pastoral por sus “ovejas”.


Una nota sobre la resignación: la relación entre el sufrimiento del cristiano, particularmente el sufrimiento injusto, y su relación con el sufrimiento padecido por Cristo, puede leerse –y durante muchos tiempos así se ha leído- como una invitación a la resignación, una suerte de “lógica amo-esclavo”. El tema es muy complejo y serio; demasiado como para desarrollarlo aquí, pero destaquemos que una cosa muy distinta es la resistencia activa, como enfrentamiento al mal y la mentira. Como se ha destacado también en otros temas en los que la relación víctima y victimario se deja ver (amo-esclavo; sociedad patriarcal [o kyriarcal, de “señorío”, lo que no siempre implica un varón]-mujer; opresor-oprimido…) sin duda toda actitud de dominio, de injusticia, de opresión se ha de detestar y confrontar sin duda alguna y sin encontrar en la argumentación teológica más una excusa que un sentido. Sin embargo –como es el caso de los mártires- muy diferente es la actitud con la que libre y voluntariamente alguien decide enfrentar la situación. Es perverso matar, pero es diferente la actitud de aquel que voluntariamente es capaz de dar la vida para que otros vivan. Es perversa la actitud “machista” que pretende tener a la mujer a su servicio; es diferente la actitud de aquella que voluntariamente elige ponerse al servicio de sus hermanos. Es grave la actitud de aquel que hace sufrir a los demás; es diferente la actitud resistente de aquel/la que confronta con esa violencia buscando vida para otros. Pero nada de esto es semejante a la resignación, sino que ha de ubicarse en el “aguante” (hypomonê, v.20).


Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan     10, 1-10

Resumen: Luego de una presentación con forma de parábola destacando el contraste entre quienes buscan el bien de las ovejas y quienes buscan su destrucción, Jesús se compara a sí mismo con los dos elementos que han servido para destacar el provecho de las ovejas: la puerta y el pastor. La puerta, resaltada en el evangelio del día, sirve para destacar la vida (de las ovejas) que Jesús trae.



El llamado “discurso del Buen Pastor” es muy extenso en Juan, y se lo ha “fragmentado” para que sea leído en los tres ciclos litúrgicos del 4º Domingo de Pascua. 
Este domingo de Pascua es conocido como el domingo del “buen pastor”, y la liturgia destaca ese aspecto de Jesús.

Miremos brevemente el texto en su contexto: si prestamos atención a los personajes, o el desarrollo del tiempo, la unidad literaria parece venir desde muy atrás. En 8,12 se habla de “otra vez” y los que le responden (v.13) son los fariseos. Luego de esto no tenemos cambios de escena. Por tanto no parece que haya que separarla demasiado de la anterior, es decir, el relato de la curación del ciego (Jn 9). Si se ve 10,1 el texto no tiene inicio ni introducción, por lo que debe verse como continuación de lo antecedente. Es importante que no hay ningún corte entre el capítulo 9 y el 10, por lo cual podemos suponer que el contexto es el mismo. Es decir, Jesús desarrolla su discurso del pastor en el mismo contexto del relato del ciego. Y decir en el mismo contexto es decir ante el mismo auditorio. En este caso, en el que ya está presentado, en Jn 8, 41, donde dice: "ellos le dijeron..." y se refiere – como decimos – a los fariseos. Por otro lado, en Jn 10,21, vuelve a hacerse referencia a la curación del ciego: "¿acaso un endemoniado puede abrir los ojos a un ciego de nacimiento?

Para nuestra mentalidad pareciera que el cambio entre el ciego y el pastor es demasiado abrupto y debemos pensar en otro contexto. Sin embargo, que cambie la imagen no quiere decir que cambie de tema. Veamos, por ejemplo dos textos. Uno muy antiguo, de la Mesopotamia. Es un himno al dios sol, Shamash donde dice: 

"Oh! Iluminador de la tierra. Oh! Juez de los cielos, que iluminas las tinieblas. Pastor de lo alto y lo bajo, tú apacientas a todos los seres dotados de aliento. Tú eres su pastor en lo alto y lo bajo. Pastor del mundo de abajo. Pastor allá en lo alto. Director y luz del universo. Tú sólo, oh! Shamash."

Como se ve, en este himno a Shamash, están unidas la imagen de la luz y la imagen del pastor en un mismo texto. Otro texto, ya más cercano y judío, es del apócrifo de Henoc, donde en varias partes aparecen unidas las imágenes; veamos una de ellas:

"Pero las ovejas cruzaron el agua y salieron al desierto, donde no hay agua ni hierba, y empezaron a abrir los ojos y ver. Vi que el dueño de las ovejas las apacentaba, y daba agua y hierbas y aquella oveja iba guiándolas".

Nuevamente se unen las dos imágenes en un mismo contexto. La imagen de la luz, de los ojos, y la imagen del pastor.

Si miramos más en detalle ahora, el capítulo 10 notaremos en los versículos 1 al 5, una o dos “parábolas” con una explicación, una conclusión en el versículo 6; y después de 7 a 10 retoma la imagen de la puerta; de 11 a 18 la imagen del pastor; y de 19 a 21 una conclusión. Es decir, tenemos dos parábolas (10,1-6) una al principio, acentuando el tema de la puerta; la segunda, el tema del pastor; y después la explicación de esas dos parábolas (vv. 7-10 + 11-18). Por otro lado, toda la primera parte, las aparentes parábolas, están en un tono impersonal: "El pastor" “hace esto”, por ejemplo; la puerta del redil; el ladrón; el salteador; se le abre la puerta; saca las ovejas; las ovejas le siguen; etc. Todo es impersonal. Recién a partir del versículo 7, Jesús empieza a hablar de "Yo". "Yo soy la puerta", "Yo soy el pastor". Así podemos notar la unidad literaria para la que 10,1-6 es una introducción con dos imágenes y 10,7-10 y 10,11-18 el desarrollo de cada una de ellas aplicado a la persona de Jesús. El esquema de la unidad puede visualizarse de este modo

Presentación (vv.1-6) de la paroimía (símbolos)
1.     “yo soy la puerta” (vv.7-10)
2.     “yo soy el buen pastor” (vv.11-18)

Por eso lo ideal es – más que “parábola” – llamarlo "marco simbólico" del discurso que va a venir después. En este caso, la palabra paroimía (v.6) convendría traducirla entonces no por “parábola” sino por marco simbólico. Este marco simbólico tiene un detalle particular. Empieza y termina con una referencia a adversarios. Empieza con: "El que no entra por la puerta es un ladrón y un salteador" (v.1), y termina diciendo: "No conocen la voz de los extraños" (v.5). Es decir, hay una referencia a unos personajes negativos de los cuales tendremos que intentar decir algo más adelante. En el centro está la imagen del pastor, que es la clave de la revelación, por su relación con las ovejas. No es una referencia al pastor solo, sino al pastor con las ovejas.

En la primera parte del capítulo (10,1-3), tenemos la "parábola" de la puerta. Hay una referencia al portero, pero la clave no es el portero, sino la puerta en sí, y una puerta que no utilizan los que son ladrones y bandidos. El tema es que, el término bandidos se había aplicado a los sacerdotes en algunos textos del evangelio: "Han hecho de la Casa de mi Padre una cueva de bandidos", dice Jesús en la purificación del templo en Mc 11,17. Quizás esa doble referencia, ladrones y bandidos, recuerde a fariseos y sacerdotes. El contexto de la fiesta de la Dedicación (Jn 10,22), donde Judas Macabeo, dedica el templo ante los sacerdotes que habían sido traidores del pueblo, invita a sospechar que puede haber una referencia anti-sacerdotal. 

La segunda parte, en cambio (10,3-5) hace referencia al pastor. Es interesante que el pastor es quien conduce a los pastos (apacienta). Acá es oportuno tener en cuenta una imagen de Josué, en Números 27,16: Dios le dice a Josué: "Designa a un hombre de la congregación – en griego dice sinagogé – que los conducirá, pues la congregación del Señor no puede ser como ovejas sin pastor". Esta imagen ha sido utilizada más de una vez, por ejemplo Mc 6,34, aplicada a Jesús (= Josué). 

El acento está puesto en la relación entre Jesús y los seguidores, es decir, las ovejas. Y se destaca que el pastor a cada oveja la llama por su nombre. Otra referencia al segundo Isaías: "Te llamé por tu nombre, tú eres mío" (Is 43,1). Lo que se destaca de este pastor, en su relación con las ovejas, es que las ovejas conocen – término importantísimo, como se sabe – y conocen su voz. La voz del hijo del hombre es la voz que hace levantar a los muertos, por ejemplo a Lázaro; cf Jn 5,25: "Les aseguro en que se acerca la hora y ya ha llegado en que los muertos oirán la voz del hijo de Dios y los que oigan vivirán". “Oír” es el término phoneo; “voz” es phoné. Lo que se dice es que el pastor va delante; el término es poreuostai que es el término que se utiliza en el éxodo, por ej. Dt 1,30. Refiere al éxodo, donde Dios va delante de su pueblo; y está presentando la misión de Jesús como un nuevo Éxodo. En Juan se está haciendo referencia al caminar de Jesús hacia el Padre, con lo cual le da una perspectiva escatológica a toda esta parte. Sobre todo, porque esto está en contexto con el término salir, que también es un término frecuente en el éxodo, por ej Éx 3,10. Es un liberar de la esclavitud.

Ahora, tenemos un pequeño problema al "salir"; y se dice: salir del corral, pero el término que se utiliza para hablar del corral es el término aulé; lo interesante es que el término aulé aparece 177 veces en el Antiguo Testamento, y nunca para hablar de un corral. Pero sí aparece 115 veces para hablar del atrio del templo. Es decir, el aulé es un lugar cerrado, pero no se lo utiliza nunca para hablar de un corral, sino para hablar del atrio del templo. Es más, el mismo Juan lo utiliza para hablar del atrio del templo en 18,15, donde habla del patio del sumo sacerdote. Teniendo en cuenta que el contexto es el del pastor que reúne, etc., entonces se está insinuando la reunión de Israel en torno a Jesús. El nuevo Éxodo.

El Salmo 99 de la Biblia griega (Salmo 100 de la hebrea) dice: 

"Reconozcan que el Señor es Dios. Él nos hizo. A Él pertenecemos. Somos su pueblo y ovejas de su rebaño. Entren por sus puertas, dando gracias. Entren en sus atrios – aulé – con himnos de alabanzas". (Sal 99,3).

Un dato a tener en cuenta es que el término hacer salir, ekballein, es el mismo término que en la curación del ciego de nacimiento se había usado para decir que los fariseos excomulgaban a aquel que reconociera que Jesús era el Mesías. Ahora Jesús dice que él hace salir a las ovejas – antes los hacían salir de la sinagoga – del redil. Frente a esto lo interesante es que, como es frecuente en Juan, todo esto termina en una no-comprensión. No comprenden. Y entonces, frente a ese no-comprender empieza el discurso revelador (“yo soy…”). Otra vez con el doble "en verdad, en verdad" pero ahora en primera persona, con el "yo soy". Tenemos entonces dos "yo soy la puerta", y dos "yo soy el pastor". 

Es una puerta que conduce a los pastos, y la palabra "pastos" está haciendo referencia a la vida en plenitud. Vida y vida en abundancia (10,10). Y acá empezamos a sospechar si la palabra pastos (v.9) hace referencia a la vida. En Jn 7,44, ya se nos había dicho – en el discurso dentro de la misma fiesta de los Tabernáculos – que el diablo es asesino. Es más, el ladrón viene a destruir, mientras que Jesús vino para que tengan vida (10,10). Y la palabra vida (zôê) en Juan, siempre es vida eterna [para ser precisos, como veremos, en Jn hay dos términos para decir vida: “zôê” y “psyjê”, y mientras el primero es siempre vida eterna, vida divina, el segundo es vida humana, vida que se puede perder, ¡y arriesgar!]. Y acá tenemos un nuevo elemento a tener en cuenta. Jn 1-12 es llamado habitualmente el libro de los signos, la vida – vital, humana – es signo de la otra vida, divina. El signo de Lázaro es un buen ejemplo de esto (Jn 11). Lo de Lázaro es un signo de la vida plena que recibe Marta, es decir, el/la creyente... Con palabras que no son "joánicas" podríamos decir que la vida humana es "sacramento" de otra vida mayor, de otra vida abundante. 

Por esto es razonable pensar que "el que viene antes que yo" (v.8), el ladrón, el asesino, en realidad es una personificación de todo adversario, las “tinieblas”. Por otra parte es bueno tener en cuenta que se dice "yo soy la puerta de las ovejas" (v.7) – algunos manuscritos dicen “el pastor de las ovejas” – es decir la puerta por donde pasan las ovejas, no por donde se va hacia las ovejas. Es bueno notarlo ya que en nuestra historia tan poco ecuménica, más de una vez hubo problemas muy serios, y peleas, contra los "herejes", porque había que hacer entrar, aunque sea por la fuerza, al rebaño donde están las ovejas. Por eso no es la puerta del corral, es la puerta de las ovejas. Para que las ovejas entren y salgan. 

Ahora bien, ¿Y “ladrones”, por qué? Se comprende lo de los adversarios, ¿pero, por qué ladrones? Y si tenemos en cuenta que en el contexto del evangelio, el acento está puesto en que las ovejas son de Dios, y si Jesús puede decir "mías", es porque el Padre se las ha dado (recordar la teología tan importante en Juan de Jesús como “enviado”, por tanto “delegado” del Padre), tenemos que decir que son ladrones de Dios, porque le quieren robar las ovejas a Dios. Por eso, no pueden hacer más que hacer perder las ovejas. No vienen más que a robar, "matar" y destruir. No pueden hacer otra cosa, porque son adversarios de Dios. No pueden más que hacer perecer, que es el apóllymi, que es la muerte eterna, porque es en contraposición a la vida eterna. En Juan, esa palabra, que es perecer, es muerte eterna (ver 3,16; 6,27.39; 10,28; 12,25; 17,12; 18,9). No es la muerte "física", por llamarla de alguna manera. 

Demos un paso más hacia el pastor. La palabra que aparece habitualmente en las Biblias, traducida como "matar" – "viene a robar, matar y destruir –, en realidad habría que traducirla por sacrificar (thyô; ver p.e. Hch 10,13; 11,7; 14,13.18; 1 Cor 10,20). Es otro el término que se utiliza para matar; aquí es sacrificar, es el sacrificio religioso, lo cual es coherente en los que quieren robar a Dios. Lo cual es una burla muy fuerte a los pastores de Israel, que le roban las ovejas a Dios y las sacrifican.

El término pastor, aplicado a Cristo, por otro lado, es un término que es bastante importante en los evangelios, incluso en los sinópticos. Es más, en algunos textos tiene una marca bastante anti-farisea. Acá es importante recordar el contexto en el que los fariseos le acaban de decir a Jesús: "nosotros no hemos nacido de prostitución" (Jn 8,41). Y Jesús les acaba de decir: "Como dicen, «vemos» su pecado permanece" (9,41). La gravedad está dada por el término "permanecer", porque en Juan es importante para entender nuestra relación con Jesús. El contexto es que los fariseos están ciegos, “no hay peor ciego...”

También es importante notar que cuando se habla del pastor no se usa la palabra "bueno", sino literalmente la palabra "bello" (kalós). Ya Filón de Alejandría, habla del Buen Pastor, e incluso un midrash de los rabinos, cuando habla de David, comentando Éxodo 3,1 habla de David como del hermoso pastor. 

Generalmente en Juan, en los discursos que explican los signos, Jesús utiliza los términos "yo soy" con un predicado: "yo soy el pan de vida"; "yo soy el buen pastor"; "yo soy la resurrección y la vida"; "yo soy la luz", etc. (es muy probable que esa referencia "yo soy" con un predicado, esté tomada del así llamado Segundo Isaías (41,10.13; 43,3.10-13; 44,5.6.28; 45,3.5.7.8…). Hay un nuevo texto del Segundo Isaías 40, del contexto del desierto, que como se dijo tiene que ver con el contexto de la metáfora del pastor. Dice que: "Yahveh viene... como pastor apacienta su rebaño, recibe en sus brazos los corderos"... (Is 40,11). Entonces, el Dios que es pastor de su pueblo, les confía a algunos dirigentes para que conduzcan al pueblo según la voluntad de Dios. Es interesante que aunque Juan no use el término Reino de Dios, la imagen de pastor es bastante semejante a la imagen del Reino. Por eso los profetas van a cuestionar muy fuertemente a los pastores infieles, que son los pastores que no conducen al pueblo según la voluntad de Dios, y la voluntad de Dios es el derecho y la justicia. De ahí que la esperanza futura va a desembocar en un pastor mesiánico, un nuevo David y acá es donde empieza a surgir muy claramente como contexto del texto del Buen Pastor, el texto de Ezequiel 34, que tanto influye en el relato de Juan.

La imagen enigmática presenta la realidad pastoril tomando dos imágenes (incorpora una tercera, el “portero” pero solo por dar color a la imagen ya que no juega rol alguno en el desarrollo. La puerta es un criterio de discernimiento sobre quien entra al “corral” y su intención de hacer bien o no a las ovejas. El pastor, en cuanto conocido y escuchado por las ovejas – nuevamente en referencia contrastante con “otros” – es seguido por ellas (se supone hacia lugares de alimento y bebida). El sentido principal radica en el bien de las ovejas, por la puerta pasan los que buscan su bien, las ovejas siguen a sus pastores, en cambio los “ladrones y salteadores” no pasan por la puerta, los “extraños” no son seguidos por las ovejas. El uso o no de la puerta, el seguimiento o no de las ovejas son los aspectos contrastantes en la “parábola”. 

El doble “yo soy” la puerta expresa el siguiente paso que Juan quiere destacar para “revelar” a Jesús (los “yo soy” son parte de los discursos de revelación). 

El primer “yo soy” sirve para contrastar a Jesús con los que “han venido”. En el contexto se refiere a los fariseos que son los que habían estado en conflicto con él en la unidad anterior (9,40-41), aunque el marco (como las referencias al Templo y a los sacrificios) también permite suponer que se refiera a los ambientes sacerdotales, aunque estos ya no existen en tiempos de Juan. 

El segundo “yo soy” contrasta el estar “a salvo” (entrando “por mi”) con “robar, sacrificar y hacer perecer (definitivamente)”. Esto se caracteriza por la “vida” (zôê, vida divina) abundante que “ha venido” a traer. Esta “entrada” nos permite recordar la imagen de Jesús revelándose como “yo soy el camino, la verdad y la vida, nadie va al Padre sino por mi” (14,6). Como enviado del Padre, como quien “ha venido” desde Dios se revela como dador de vida, a diferencia de “otros” que buscan la muerte definitiva de las ovejas (no hay que olvidar en este contexto a los “fariseos” intentando hacer desistir, al que había sido ciego, de reconocer a Jesús, 9,34).

Una breve nota sobre el pastor y las ovejas. La metáfora del pastor no ha de entenderse sino, precisamente, como metáfora. En el mundo antiguo (Israel y sus pueblos vecinos) suele ser imagen para caracterizar a los que tienen responsabilidades de gobierno (religioso y/o político), en cuanto “conductor/es”. La imagen negativa que tiene hoy la idea de ser tenidos como “rebaño”, de ser llevados al propio arbitrio de los poderosos o los fuertes, refleja un anacronismo importante, además de la incapacidad de comprender metafóricamente las imágenes. Ciertamente no se pretende decir que debemos ser “llevados de las narices y sin pensar” por los pastores de turno; Jesús, en este caso, se presenta como aquel que nos conduce a la vida plena en contraste –precisamente- con aquellos que se aprovecharon para beneficiarse o para saquear a los que les fueron confiados.


Video con comentario al Evangelio en

Foto tomada de www.soyesoterica.com

domingo, 19 de abril de 2026

“La Iglesia no se tiene que meter en política”

“La Iglesia no se tiene que meter en política”

Eduardo de la Serna



Hasta el hartazgo se escucha y se dice, casi como un mantra, casi como un dogma, que la Iglesia no tiene que meterse en política.

¿Qué significa eso? ¿Qué la Iglesia es santa y la política es mala? Ciertamente son discutibles la una y la otra afirmación. Hay momentos y acciones de la Iglesia muy negativos, y hay políticas de justicia y de paz que merecen aplausos. ¿Significa que hay un mundo sagrado y otro mundo profano que no deben tocarse? Ciertamente tampoco es verdadero. La Iglesia es una institución cargada de santidad, pero también de pecado, y la política también. ¿Qué significa, pues? ¿Una división entre lo material y lo espiritual? ¡Evidentemente no! Desde casi siempre la Iglesia acompañó escuelas, universidades, hospitales, ancianatos, comedores populares… Cáritas es emblemático de eso, por cierto. Y, a su vez, la política puede – y cientos de veces lo ha hecho – ser artesana de la paz, buscadora de la verdad, hermana de la justicia. Lo material y lo espiritual, lo sagrado y lo profano y hasta la santidad y el pecado van juntos en la humanidad y también en la Iglesia.

Se dirá que “Jesús no se metió en política”, lo cual es cierto… lo cual es falso. La palabra, las acciones de Jesús tocaban la totalidad de la vida humana (cuerpo y alma, como se dice, lo espiritual y lo material, lo sagrado y lo profano…) y eso tuvo y tiene repercusiones. Jesús nace, según Lucas, por consecuencias de una decisión política del Emperador (un censo); para salvar la vida, según Mateo, debe migrar a Egipto. Herodes lo quiere ver, y – parece – eliminarlo. Para ponerle una trampa le preguntan por los impuestos a Roma, y – finalmente – el representante imperial, Pilatos, decide ejecutarlo. A esto, debe añadirse que alimentó multitudes, sanó enfermos, reinsertó a los desquiciados y excluidos sociales… No en vano quieren reconocerlo como rey, aunque él no lo acepte.

Pero supongamos que, de todos modos, no es bueno que la Iglesia se meta en política… ¿qué deberíamos hacer, cómo debemos reaccionar, cuando la política se mete en la Iglesia? Es evidente que cuando los papas (¡todos desde que tengo uso de razón!) hablan con más o menos vehemencia, claridad o profetismo de la paz, están entrando en el terreno político. ¿Deberían callar? ¿Deberíamos callar?  ¿Y cuando dirigentes políticos dicen que debiéramos hacer silencio, o cuando se identifican con Moisés o con Jesús? ¿Debemos cerrar las bocas?

Curiosamente, sin embargo, en esos casos no se escuchan voces “escandalizadas” gritando “la política no tiene que meterse en la Iglesia” … Y, entonces, me pregunto… ¿No será que esas voces, en el fondo, quieren que las cosas sigan como están (statu quo)? Porque no parece molestarles en sentido inverso, pero sí cuando en la Iglesia hablamos de la justicia, de la paz, de la liberación, o críticamente de la injusticia, la violencia y la opresión.

Creo que una cosa diferente sería si dijéramos que hay que votar a Fulano o Mengana; el partido es, por definición, una parte… pero eso no impide ver y saber que hay ocasiones, frecuentemente, en la que Zutana o Perengano representan todo lo contrario a la justicia, la verdad, la paz o la liberación, y ¡otra vez!, no podemos callar. Y puede ser que eso moleste. ¡Lo siento! La Iglesia ¡debe!, meterse en la construcción de la paz, en la lucha por la justicia, en la búsqueda de liberación. ¡Debe! y eso implica, en esas mismas ocasiones, que Zutana o Perengano (y zutanistas y perenganistas) se sientan molestos, o en desacuerdo… y entonces, en consecuencia, fulminen mantras, exhiban dogmas. Mantras y dogmas, ¡lo siento!, a los que no pienso respetar… mal que les pese a los Trumps o los Milei de nuestro tiempo y espacio.

 

Imagen tomada de https://depositphotos.com/es/photos/dedo-acusador-a-ti.html

jueves, 16 de abril de 2026

Daniel, un no-profeta

Daniel, un no-profeta

Eduardo de la Serna



En la Biblia encontramos un interesantísimo libro que lleva el nombre de Daniel. El libro se encuentra entre los profetas, e incluso es llamado así en alguna ocasión (Mateo 24,15). El nombre lo encontramos – fuera del personaje – en algunos casos; significa “Dios es mi juez”. En la tradición anterior, además, se hace referencia a un tal “Danel” como un sabio ideal (ver Ezequiel 14,14.20; 28,3: “eres más sabio que Danel”); pero, como veremos, el libro de Daniel es una obra de ficción en la que presenta a un personaje que resiste los momentos de persecución y muerte y muestra caminos pacíficos de esperanza y de vida.

En el siglo II antes de Cristo, el pueblo judío vivió una situación dramática: persecución feroz, terrorismo de estado, martirio a todos los que pretendían ser fieles a los caminos de Dios: se perseguía y mataba a los que circuncidaban a sus hijos, se obligaba – bajo pena de muerte – a comer alimentos impuros, como la carne de cerdo, se quemaban públicamente los rollos de la Biblia, se prohibían las reuniones religiosas, se profanó el templo… y, por supuesto, como suele ocurrir en estos contextos, fueron multitudes los que, para evitar todo esto, rechazaban su ser judíos, simulaban todo lo que los identificaba y aceptaban todo lo que el imperio griego les imponía, incluso en su forma de vestir.

Es en este contexto terrible que se escribe una obra literaria (en realidad se escriben muchas, pero solo unas pocas quedan incluidas en las Biblias; las otras suelen conocerse como “apócrifas” y suelen ser muy interesantes) que lleva el nombre de Daniel.

En este libro hay diferentes aspectos que se dicen de este personaje: por un lado, una serie de cosas que ocurren en la corte de Nabucodonosor, rey de la terrible Babilonia, que había oprimido a Israel varios siglos atrás; en realidad bajo el nombre de este monarca se está refiriendo simuladamente al rey griego Antíoco, que pertenecía a los seléucidas, sucesores de Alejandro Magno, quien, al mencionarlo, se simboliza por su crueldad (Dn 2,1; cap. 3…). Es evidente que, en tiempos de persecución, hacer referencia explícita al rey perverso es arriesgar la vida y por eso se recurre al pseudónimo de un rey del pasado); del mismo modo se inspira – para presentar la persona de Daniel y la corte imperial – en lo vivido por José en la corte del faraón: los magos, los sueños, el encargo de gobierno, etc. La característica principal (y es lo que la obra les dice claramente a los lectores) radica en que, a pesar de estar en diferentes circunstancias de muerte inminente, Daniel conserva la vida por su fidelidad a la fe (1,8-15; 2,13; 3,17; 6,17-22…).

Más adelante, recurriendo a visiones, Daniel ve una serie de bestias sanguinarias y mortales (7,3): estas representan a los diferentes reinos que han oprimido y masacrado a Israel (los babilonios, los persas, los ptolomeos y los seléucidas; 7,17). Estos imperios sanguinarios serán, en un futuro, reemplazados por un pueblo que será humano (por eso lo llama “un hijo de hombre”; 7,13.18); la humanidad reemplazará la bestialidad cruel de la muerte imperial. Evidentemente, Daniel ve que los imperios que han oprimido y siguen oprimiendo al pueblo de Dios causan muerte y devastación, pero sabe que mantenerse fieles a los caminos de Dios lleva a un futuro de vida y de esperanza.

La imagen de una estatua enorme de oro, plata y bronce, pero con pies de hierro y arcilla, que representa al emperador queda pulverizada y no quedan rastros de ella cuando una piedra se desprendió sin intervención humana golpeando los pies. Y esapiedra setransformí en un gran monte que llenó toda la tierra (Dn 2,31-35). Frente a lo terrible y poderoso del imperio, Daniel invita a la esperanza y la confianza. Dios no acompaña imperios y emperadores, sino a su pueblo sencillo. Ayer y hoy.

Con el paso del tiempo, algunos autores agregaron al libro de Daniel otros capítulos, siempre alentando a la fidelidad, sea a los mandamientos de Dios (capítulo 13) o contra las imágenes de dioses falsos (capítulo 14); los capítulos anteriores habían sido escritos en hebreo y algunos en arameo, estos están escritos en griego. Estos párrafos no se encuentran en las biblias judía o protestantes, sí en las traducciones católicas.

En tiempos difíciles para el pueblo de Dios y para su fidelidad, se escribió una obra invitando a la resistencia esperanzada, a la confianza en Dios, a la fidelidad. Pero no a una resistencia violenta (como sí propondrán algunos en este tiempo) sino pacífica. La no-violencia manifiesta una confianza en un Dios que no abandona a sus amigos y amigas en medio de las dificultades más terribles. No que nos saque los problemas de encima, sino que nos invita a descubrirlo presente en la historia y nos anima a ser sus testigos para ilustrar a todos la fe en otro mundo posible.

 

Imagen tomada de https://es.wikipedia.org/wiki/Daniel_%28personaje_b%C3%ADblico%29

martes, 14 de abril de 2026

Comentario a las lecturas del domingo 3º de Pascua "A"

 En un extranjero se hace presente el resucitado partiendo el pan


DOMINGO TERCERO DE PASCUA - "A" 

Eduardo de la Serna



Lectura de los Hechos de los Apóstoles     2, 14. 22-33

Resumen: En un característico sumario del ministerio de Jesús, su muerte y resurrección, Lucas desafía a la Iglesia a ser fiel al espíritu y a su vocación de ser testiga del resucitado.


Como es habitual en los domingos de Pascua de todos los ciclos, la primera lectura corresponde a los frecuentes “sumarios” de Hechos de los apóstoles, presentes en los habituales discursos de los apóstoles donde narran a sus destinatarios las cosas “ocurridas”, de las que ellos son “testigos”.


En el presente discurso es Pedro el que habla junto con los restantes Once y se dirige a los judíos presentes en la fiesta de Pentecostés (por tanto, no sólo los judíos oriundos de la tierra de Israel, sino también los provenientes de la diáspora), es por eso que recurre a una serie de textos de la Biblia hebrea (Joel 3,1-5; Sal 16,8-11; 132,11 [// 2 Sam 7,14]; 110,1; el primero y el último omitidos en el texto litúrgico). 


La clave de todos estos discursos –y el motivo por el que es incorporado en las lecturas del tiempo pascual- está en que “a este Jesús que (breve presentación de su vida)… ustedes lo mataron… y Dios lo resucitó” (vv.22.23.24). En este caso, esto ocurre en cumplimiento de las Escrituras citadas.


En esta ocasión, Pedro presenta a Jesús como profeta (algo frecuente en Lc-Hch) al destacar sus “signos y prodigios” (v.22, a los que añade “milagros”), pero en continuidad con David, que también es presentado como “profeta” (v.30). La cita de los Salmos 16 y 132 destaca que Dios no abandona a la muerte al descendiente de David. Así reitera lo ya dicho: “Dios lo resucitó” (v.32) reforzado por “todos nosotros somos testigos” de ello.


El texto culmina haciendo referencia al don del Espíritu Santo donado en Pentecostés que “ustedes ven y oyen”, con lo que todos los asistentes se transforman, a su vez, en testigos de lo que está ocurriendo. 


En paralelo con su Evangelio, Lucas presenta el envío del Espíritu en el comienzo del ministerio (de Jesús, de la Iglesia), el cumplimiento de las Escrituras, y el testimonio de los asistentes:



El Jesús profeta y la Iglesia, que debe ser profeta también, acompañada y guiada por el Espíritu de los profetas empiezan su ministerio.



Lectura de la primera carta del apóstol san Pedro     1, 17-21

Resumen: En un marco típico de la liturgia pascual del Éxodo, “Pedro” presenta a Jesús como Cordero liberador que mueve a los destinatarios a una vida diferente a la que llevaban, sabiendo que son tratados como extranjeros por el medio ambiente, pero movidos a esa vida por la fe y la esperanza. 



Luego del prólogo, o introducción de la carta (1,3-12) esta exhorta a los destinatarios a vivir la esperanza de la que ya había hablado. La celeridad con que esto debe vivirse se expresa con una imagen de la pascua (“la cintura ceñida”, cf. Ex 12,11). La característica vida libertina de los paganos en el Imperio Romano debe haber quedado atrás, la vida de “sobriedad” caracteriza la “vida pascual” del cristiano. Esta sobriedad es manifestación de esa esperanza unida a la gracia (v.13). 


La santidad a la que invita a los destinatarios tiene su origen en el “pueblo santo de Dios”. Si los destinatarios –paganos- no eran pueblo, ahora lo son y deben vivir coherentemente con esa “santidad”, es decir, separarse del modo de vida que vivían antes (v.14; cf. 2,5.9). A esto lo llama “hijos de la obediencia”, esto es la respuesta a la escucha de la palabra de Dios, supone una respuesta concretada en una vida nueva; es decir, no se trata de “acomodarse” a la vida que tenían antes, cuando eran paganos (cf. 1,14; 2,11; 4,3-4). Esto supone vivir esa santidad (1,2.15-16; 2,5.9; 3,5.15). Pero no se trata de algo ritual, o de salir (“separarse”) del mundo, sino de una vida concreta en el mundo actual. Una característica de toda la carta es precisamente la invitación a los cristianos a llevar una vida diferente en medio del mundo que los caracterice e identifique.


A partir de aquí comienza el texto litúrgico, relacionando la vida concreta y la relación con Dios al que “llaman Padre”. Lo que destaca de Dios es que “no hace acepción de personas”; es evidente que se podrían haber dicho cientos de otras cosas al hablar de Dios como “Padre”, esta característica (frecuentemente destacada para señalar que Dios trata al pobre, al despreciado de igual modo que al que otros califican de “importante”; cf. Dt 1,17; 10,17; 2 Cr 19,7; Job 34,19; Sir 35,13; Hch 10,34; Rom 2,11; Ga 2,6; Ef 6,9; Sgo 2,1…) esto está dicho en función de la “extranjería” (paroikía). El extranjero es el que habita en un país que no es el suyo (se distingue del forastero, o el que “está de paso”). Se refiere (cf. 2,11) a los cristianos que son tratados de tales. No ha de leerse en sentido “espiritual”, como si pensara en que los cristianos son “ciudadanos del cielo” y por tanto están “en el mundo” como “extranjeros”. Esa lectura es totalmente ajena al texto. Los cristianos son tenidos por menos (despreciados, como eso que Dios no hace) en la sociedad en la que viven; pero la fe y la esperanza les dan una identidad nueva, un ámbito de pertenencia. Así deben vivir los cristianos en este mundo, encontrando en ese modo de vivir su propia identidad y ser así reconocidos por los demás. Pero este modo de vida tiene una motivación cristológica (1,18-21). La sangre del cordero sin tacha (nuevamente el contexto es pascual) ha “rescatado”, “liberado” a los cristianos. La referencia a la pascua (Ex 12,1-14, el cordero sin tacha) y al pago no con oro o plata (Is 52,3, Dios es el salvador poderoso que liberará a los israelitas). El marco es claramente político: liberación de Egipto y liberación de Babilonia enmarca la obra salvadora de Cristo y el modo de vida de los cristianos en el contexto del imperio romano, donde son tenidos como “bárbaros”, despreciados como “extranjeros”. Están llamados a una vida nueva que nace de la regeneración mediante la resurrección de Cristo. Esto es un liberarse (lytroun) del modo de vida ignorante que tenían antes (2,1; 4,3). 


El texto concluye con una expresa referencia a Cristo con una cierta semejanza a un himno (varios autores han supuesto que el autor recurre aquí a un himno primitivo) destacando a Jesús desde el comienzo y hasta el final de la historia (“antes de la creación … en los últimos tiempos”, v.20) pero a su vez inmerso en nuestra historia (“Dios lo ha resucitado de entre los muertos…”). Esta sangre liberadora derramada es a su vez vida recobrada por la resurrección, y es esto lo que da “encarnadura” a nuestra fe y esperanza que están puestos “en Dios” (v.21).




Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas     24, 13-35


Resumen: En el único día de la resurrección, Lucas presenta las apariciones del resucitado en el entorno de Jerusalén. Unos peregrinos que vuelven a Emaús, no reconocen al peregrino que va con ellos hasta que –reclinado a la mesa- “parte el pan” (frase claramente Eucarística) con lo que se les abren los ojos, lo conocen y entonces Jesús ya puede desaparecer. Verlo ya no es necesario si está la Eucaristía.


El relato de los peregrinos de Emaús tiene una serie de elementos importantes para entender la intención de Lucas, y otros elementos importantes para comprender bien la unidad literaria.


Para comenzar, destaquemos que en Lucas (no así en Hechos, lo cual es interesante de profundizar, pero no es este el momento) todas las escenas de apariciones del resucitado, de la primera a la última, ocurren el mismo día: el domingo de la resurrección. Evidentemente esto forma parte de la intención del autor. De hecho, el texto comienza afirmando precisamente eso: “aquel mismo día iban dos de ellos” (notar el plural masculino, del cual diremos algo al final de este comentario). 


Otro tema a tener en cuenta, y es propio de la teología de Lucas, es que todas las apariciones ocurren en torno a Jerusalén. La aldea de Emaús, por ejemplo, está mencionada en relación a la ciudad (“sesenta estadios de Jerusalén”, aproximadamente unos 10 kilómetros). 


Peregrinos que vuelven a sus lugares después de las grandes fiestas de peregrinación (como era la Pascua) eran frecuentes, por lo que no ha de resultar a los dos que se les incorpore un tercero, al que no reconocen. Ellos van “intercambiando palabras mutuamente” y el tercero pregunta de qué hablan. Uno de estos es mencionado: Cleofás, el “otro” permanece anónimo todo el relato. Es este el que toma la palabra respondiendo a la pregunta del desconocido que se incorpora, lo hacen con “mala cara”, compungidos. El contexto parece indicar que “todos” en Jerusalén hablan del “tema Jesús”, ya que era muy reconocido por el pueblo y se vivió como una injusticia su asesinato, todos los “extranjeros” (paroikeîs) lo saben. Los responsables de este crimen son “los sumos sacerdotes y principales”, y Jesús es calificado –como es propio en Lucas- de “profeta”. Lo es “poderoso” en “obras y palabras delante de Dios y de todo el pueblo”; algo que en Hechos se afirma también de Moisés (cf. Hch 7,22) con lo que este “profeta” Jesús, que se asemejaba a Elías en el Evangelio, también es comparado a Moisés, el profeta esperado (cf. Dt 18,18). Como tantos de los seguidores de Jesús, su muerte acabó con sus expectativas, sean estas cuales fueren (seguramente entre los que acudían a Jesús lo hacían por diferentes motivos y eran diferentes grupos; obviamente todos vieron sus expectativas frustradas cuando fue crucificado). Lo que estos esperaban era que Jesús “librara” (lytrôsêtai, cf. 1 Pe 1,18 [segunda lectura]) a Israel. Habitualmente se afirma que Dios libra a Israel (Ex 6,6; Dt 21,8; 2 Sam 7,23; 1 Cro 17,21; 1 Mac 4,11; Sal 25,22; 130,8; Sof 3,15; Is 41,14; 41,1.14; 44,23) pero lo ha obrado en la historia con la ayuda de algunos mediadores como Moisés, David (o su descendencia). Así como Moisés ha sido el instrumento de Dios para liberar a Israel de Egipto, los peregrinos esperaban que el “profeta” Jesús librara a Israel de sus opresores.


Hemos mencionado en otro momento el rol de las mujeres en los lamentos junto al sepulcro. Lamentos que intentaron –a lo largo de los tiempos- ser regulados, controlados, impedidos o simplemente burlados. Esas mujeres “nos han sobresaltado” (exéstêsan; cf. 2,47; 8,56;  Hch 2,7.12; 8,9.11.13; 9,21; 10,45; 12,16 en sentido de dejar “atónitos”, sorprendidos…) “dijeron que unos ángeles”… (en v. 4 se habló de “dos hombres”) “afirman que vivía”. “Son cosas de mujeres”, afirman. Incluso fueron “de los nuestros” (= varones) y vieron el sepulcro vacío, pero a él no… Las expectativas se han desvanecido, y ya pueden volver a su casa (“ya van tres días…”).


Ante esta intervención de Cleofás, ahora responde el peregrino desconocido –que nosotros, los lectores, sabemos que se trata de Jesús. Sus ojos estaban “retenidos” (kratéô, vacíos, tapados) y no podían “ver”- por un lado calificando a los dos peregrinos de “insensatos” (torpes, ignorantes; el término suele usarse agresivamente, cf. Gal 3,1.3; 1 Tim 6,9; Ti 3,3; aquí es sinónimo de lo que sigue: no comprenden) y “tardos de corazón” (el corazón, la sede de las decisiones y la comprensión es “lento”, bradeîs), y luego recurriendo a los profetas les muestra que “era necesario” (deì, refiere a algo que está previsto por Dios, en su voluntad, en su plan de salvación) que “el Mesías padeciera eso y así entrara en su gloria”. 


El narrador toma la palabra sintetizando que les mostró “lo que había sobre él en las Escrituras”  empezando por Moisés y siguiendo por “todos los profetas” (cf. 16,29.31). La referencia a Moisés puede entenderse en el sentido profético (como se ha dicho) más que en sentido legislativo, con lo que Jesús se ubica en el contexto de la tradición profética. La suerte de los profetas ilumina el sentido de la suerte de Jesús (Lc 6,23; 11,47.49.50; 13,34) como él mismo ya lo había anunciado (18,31). 


El diálogo entre ellos finaliza aquí. Los peregrinos llegan a casa y el compañero de camino –que no es de Emaús- debe continuar. Los peregrinos lo convencen de pasar con ellos la noche, lo cual es razonable dada la importancia de la hospitalidad en el mundo antiguo. La clave de todo el relato se encuentra en v. 30 donde el peregrino –ya a la mesa- fracciona el pan lo que provoca que “se les abran los ojos”.  Curiosamente se les abren los ojos y dejan de verlo. 


El verbo kataklínô (estar a la mesa, reclinarse) es exclusivo de Lucas en el NT (5x, cf. Ex 21,18; Núm 24,9…); en él siempre hace referencia a una comida (no a una cama, como en otros textos, como los arriba citados): 7,36; 9,14.15; 14,8; 24,30. La bendición (eulógêsen) sobre el pan se encuentra en los relatos de la multiplicación de los panes (Mt 14,19 / Mc 6,41 / Lc 9,16) y en el relato de la Eucaristía de Mateo y Marcos, pero no en Lucas, que lo desplaza a este momento (Mt 26,26 / Mc 14,22); en cambio, el verbo “partir el pan” (kláô) se encuentra también en los relatos de la multiplicación de los panes pero no en Lucas (Mt 14,19; 15,36 / Mc 8,6.19) y en los relatos de la Eucaristía (también en Lucas, Mt 26,26 / Mc 14,22 / Lc 22,19) y aquí. En Hechos el uso es también eucarístico (cf. 2,46; 20,7.11; 27,35), y sólo se encuentra dos veces en Pablo, también en contexto eucarístico (1 Cor 10,16; 11,24). Evidentemente Lucas quiere dar a la acción de Jesús un sentido eucarístico, y es este hecho el que les “abre los ojos”. “Abrirse los ojos” es lo contrario de “no comprender”, de ser “lentos de corazón”, ahora ven y comprenden (cf. Gen 3,5.7; 2 Re 6,17.20; Zac 12,4). En este sentido, es sinónimo de “creer”; antes no lo “conocen” (v.16) ahora lo “conocen” (v. 31), el contraste entre ambos momentos es evidente, y la causa de la novedad está dada por la fracción del pan; una vez que lo reconocen y creen ya no precisan “verlo”. Jesús desaparece.


El relato concluye con la interpretación que los mismos peregrinos dan del hecho: “el corazón ardía” cuando les explicaba las Escrituras: con la explicación de Jesús, como el fuego ilumina, “arde” el corazón, la sede de la inteligencia, y entonces pueden comprender lo que los ojos vacíos no lograban descubrir. 


En esa hora” olvidan que es de noche, la inseguridad, y salen a contar a los Once y a los (¿y las?) que estaban con ellos, lo ocurrido (son 10 kilómetros de vuelta, obviamente), pero al llegar se encuentran con que los Once les afirman que “el Señor se ha aparecido a Simón”, algo de lo que Lucas no habla narrativamente, aunque lo sabemos por Pablo (1 Cor 15,5). Los peregrinos, a su vez, cuentan “cómo lo reconocieron al partir el pan”. El verbo “conocer” (ginôskô) y sus derivados juega un papel importante en el relato: los peregrinos no lo “conocen”, Jesús parece no “conocer” lo que ha ocurrido en Jerusalén, ellos lo “re-conocen” al partir el pan y entonces anuncian ese “conocimiento” a los Once y sus compañeros. 


Una breve nota sobre “el otro peregrino”. Nada dice el texto sobre el compañero de Cleofás, los términos que se utilizan se encuentran en un plural masculino. Pero siendo habitualmente frecuente en gramática que el plural masculino esconde (invisibiliza) a las mujeres presentes con sólo que haya un varón en el grupo, es lícito preguntarse si el restante peregrino no se trataría de una mujer. La traducción en algunos textos dice “se decían el uno al otro” (v.32) pero en realidad el texto no se encuentra en masculino sino que dice “y se dijeron mutuamente” (allêlous). Siendo que ambos viven en la misma casa no es improbable que el peregrino innominado sea en realidad la mujer de Cleofás. De hecho, en Jn 19,25 se menciona al pie de la cruz a “María de (esposa de) Clopás”, que es el mismo nombre. No es improbable que en el grupo de seguidores de Jesús el matrimonio de Cl(e)opás y María fueran discípulos de Jesús y compartieran con él –entre otros- sus últimos momentos (ya vimos que son varios los que se encuentran juntos, no solamente los Once). De hecho, Lucas, aunque da un lugar destacado a las mujeres en su Evangelio, también evita que aparezcan en lugares de importancia (algo semejante ocurre en la lista de aquellos que se beneficiaron con una aparición del resucitado que Pablo conoce; en ella no se mencionan mujeres –a menos que estén disimuladas o invisibilizadas en los plurales masculinos, como “hermanos” o “apóstoles”, 1 Cor 15,6.7). Sin duda, cuando Lucas escribe su Evangelio el movimiento de Jesús ya comienza a estructurarse y organizarse, y en este momento las mujeres comienzan a ser relegadas a un segundo lugar, algo que continuará en la historia de la Iglesia en los siglos siguientes ahondando esta situación.



Foto tomada de https://www.pexels.com/es-es/foto/comida-manos-pan-productos-horneados-2601014/