La salud y la enfermedad
viernes, 23 de octubre de 2026
jueves, 22 de octubre de 2026
Un problema con ángeles y demonios
Un problema con ángeles y demonios
Eduardo de la Serna
Para ser precisos, ciertamente una
cuestión es lo que la Biblia, por ejemplo, afirma sobre un tema cualquiera, y
otro muy diferente, en ocasiones, es lo que nosotros entendemos, pensamos e
imaginamos sobre ese tema. Y el problema radica cuando “proyectamos” nuestra
imaginación “hacia atrás”; es decir, entendemos que la Biblia dice lo que
previamente nosotros hemos imaginado. Se trataría de un “anacronismo” (ana,
en griego es “por encima”, cronos es tiempo; algo que está por encima
del tiempo).
Con frecuencia, por ejemplo,
atribuimos lo bueno o malo que ocurre a nuestro alrededor a demonios o ángeles
(obviamente, responsabilizando a los primeros de lo malo y a los segundos de lo
bueno que nos ocurre).
Pero empecemos por la Biblia. De ciertas
figuras espirituales que nos rodean y de alguna manera afectan nuestro entorno,
empieza a hablarse muy tardíamente en el Antiguo Testamento. Evidentemente lo
bueno y lo malo eran experimentados desde siempre, pero, por ejemplo, en
ocasiones eso era atribuido a otras divinidades a las que se consideraba
existentes. Entonces, por ejemplo, yo podía hacer una ofrenda a la divinidad “X”
y eso podía provocar los celos de la divinidad “Z” que, entonces, celosa, me
perjudicaba por no haberla beneficiado a ella… Entre el mundo celestial y el
mundo humano había una comunicación cotidiana, y lo que ocurría en uno de ellos
era, inmediatamente, replicado en la otra. Así, por ejemplo, si el ejército de
la nación “Tal” era derrotado por la nación “Cual”, eso era indicio de que, en “los
cielos”, los dioses de estos habían vencido a los dioses de aquellos. Todo era
fácilmente explicable y comprensible en el lenguaje de los mitos.
Pero, especialmente a partir del
contacto con los persas, en Israel las cosas empezaron a cambiar. Estos tenían
una religión “dualista”, gestada a partir de Zoroastro (Zaratustra) en la que
el mundo se concibe como la eterna lucha entre el bien y el mal, la vida y la
muerte, la luz y las tinieblas. Esto fue, paulatinamente recibido en Israel
después de haber sido 200 años vasallos de los persas (537 – 332 a.C.). Así
empezaron a hablar de “seres espirituales” benéficos o maléficos que eran “mensajeros”
de Dios. Así los seres humanos eran incitados por estos a obrar lo bueno o a lo malo…
En su origen, la palabra griega “ángel” significa, en griego, “mensajero” y, por supuesto
los hay de los más diversos. Jacob manda “mensajeros” preparando el encuentro
con Esaú, hay mensajeros de los filisteos, etc. En todos estos casos,
evidentemente, la Biblia griega dice “ángeles” pero se trata sencillamente de personas. La palabra griega “daimon”, en
cambio, es más ambigua, e incluso en ocasiones puede referir a la iniciativa divina,
pero, en general, se refiere a cosas negativas como pueden ser fieras, chivos o
hasta los dioses extranjeros…
Entrando en el Nuevo Testamento la
cosa es más evidente y se asemeja más a lo que nosotros conocemos: ambos son seres
espirituales y, obviamente, los ángeles son benéficos y los demonios maléficos
para la persona humana. Eso no impide que todavía haya elementos propios de los
mitos o propios de los géneros literarios más dualistas que establecen una
relación muy estrecha entre lo espiritual y lo corporal (aunque ahora, además, también
influido por el dualismo griego, ya no solamente el persa). Eso no impide que
existan todavía lenguajes que podrían confundirnos. Por ejemplo, de Juan el
Bautista se dice que es el “mensajero” que viene antes que Jesús y, por
supuesto, el griego dice “ángel” (Mt 11,10) y nadie pensaría que se trata de un
ser espiritual; y cuando critican a Pablo lo acusan de ser “propagandista de
divinidades extranjeras” y en griego dice “daimoníôn” (Hch 17,18).
Señalemos, entonces, para sintetizar, que ambos seres espirituales invitan, “provocan”, incitan al bien o al mal según el sujeto, pero no reemplazan nuestra responsabilidad. Evidentemente somos nosotros quienes obramos el bien o el mal, en todo caso, incentivados, alentados por los seres espirituales en cuestión. En ocasiones, hablar de estos seres espirituales (especialmente en el caso de los demonios), suele ser una excusa para aliviar nuestra “culpa” o nuestra responsabilidad al obrar de un modo negativo. Ángeles o demonios podrán tentar, invitar, pero jamás reemplazan nuestro obrar; pueden invitarnos a la realización de obras buenas o malas, pero jamás reemplazar o violar nuestra responsabilidad en la realización u omisión de lo bueno o lo malo.
Vayamos a lo fundamental: ¡Dios!
Dios no puede violar nuestra libertad, nuestra responsabilidad. Dios invita, “sopla”,
seduce, pero somos los seres humanos los que responderemos positivamente a esa
invitación de Dios o no. Y, seamos sensatos, resultaría muy extraño que Dios “no
pueda entrar en nuestra libertad” pero que los demonios sí lo lograran y "saltaran" esa libertad haciéndonos hacer lo que en realidad no queríamos… Esos demonios
más fuertes que Dios no solamente son ajenos a la Biblia, sino que, además, no parecen
demasiado coherentes con lo que Jesús viene a traer, un Evangelio, una Buena
Noticia. Peor noticia que un demonio más fuerte que Dios ¡no se consigue! No es
ese el Dios de Jesús, ¡ciertamente!
(nota: buscando una imagen para ilustrar esta nota ¡es increible la cantidad de imágenes idiotas o perversas que se encuentran!)
martes, 20 de octubre de 2026
Comentario a las lecturas del domingo 30º "A"
El amor a Dios es inseparable del amor a los hermanos
Resumen: Una serie de normas legales de Israel se orientan hacia el accionar ante los desprotegidos (forasteros, huérfanos, viudas, pobres) resaltando que Dios toma partida por ellos y actúa movido por la compasión ante su dolor.
Resumen: El paso de Pablo por Tesalonica, y sus sufrimientos han dado ejemplo a los destinatarios, y la propia tribulación de estos ha servido de ejemplo a los pueblos vecinos. Ejemplo de su aceptación del Dios de Israel que ha enviado a su Hijo, que ha resucitado y que volverá para la salvación.
Pablo continúa la acción de gracias que había comenzado la semana pasada. Allí se introducen brevemente elementos que se desarrollarán extensamente en el cuerpo de la carta. Puesto que se trata de una continuidad, se recomienda volver al texto anterior para ver la relación.
Resumen: Un fariseo quiere poner a prueba a Jesús preguntándole sobre el mandamiento mayor. El amor a Dios y al prójimo sostienen todas las Escrituras
“Guarden la ley de Dios, hijos míos, y consigan la sencillez; caminen sin malicia, no indagando indiscretamente en los mandamientos de Dios ni en las acciones del prójimo. Amen, por el contrario, al Señor y al prójimo y tengan compasión del pobre y del débil” (Testamento de Isacar 5,1-2).
“Amé al Señor con todas mis fuerzas, e igualmente a los hombres como a mis hijos”. (Test. Isacar 7,6)
“Guarden, pues, hijos míos, los mandamientos del Señor y observen su ley (…) Amen al Señor durante toda su vida, y unos a otros con un corazón verdadero” (Testamento de Dan 51-4).
“…amar a todos los hijos de la luz, cada uno según su lote en el plan de Dios, y odiar a todos los hijos de las tinieblas, cada uno según su culpa en la venganza de Dios” (Regla de la comunidad, 1QS 1,9-10)
“Y estas son las disposiciones de conducta para el Instructor en estos tiempos, sobre el amor y su odio. Odio eterno con los hombres de la fosa…” (Regla de la comunidad, 1QS 9,21-22)
lunes, 19 de octubre de 2026
Otras herejías que no son condenadas (segunda parte)
Otras herejías que no son condenadas (segunda parte)
Eduardo de la Serna
Hicimos referencia a dos
actitudes que son auténticas herejías en la Iglesia contemporánea, la
eclesiolatría y la papolatría. Pretendo, ahora, brevemente, señalar otras dos
que me parece detectar, y que me permiten una nueva conclusión.
Fue sabido el intento de sectores
tradicionalistas de que la Iglesia proclamara un nuevo dogma mariano: María
Corredentora. Esto motivó un muy buen escrito del Dicasterio para la doctrina de
la fe (4 de noviembre 2025) sobre el tema, Mater Populi Fidelis luego
que “numerosas consultas y propuestas (llegaran) a la Santa Sede en las últimas
décadas”. Este documento motivó airadas respuestas, comentarios y críticas de
los sectores conservadores; por ejemplo, el Seminario de la Fraternidad
Sacerdotal San Pio X (mons. Lefebvre anunció la compra de los terrenos en 1980
y ordena a los primeros “sacerdotes” en 1985), en La Reja, provincia de Buenos
Aires, tiene ese nombre: “Nuestra Señora Corredentora”. Abanderados de las
causas tradicionales y de clara oposición al pontificado de Francisco y todo lo
que ello implicara (como la declaración vaticana, sostienen) los cardenales L. Burke
y G. Müller participaron en el instituto Augustinianum (Roma) los
pasados 7 y 8 de octubre de un congreso que asume la frase atribuida a san Bernardo:
“De Maria numquam satis” (de María nunca se dice bastante). Resulta
sumamente significativo que este congreso se haya realizado en un Instituto
Teológico (dedicado particularmente a estudiar a los Santos Padres) de la orden
de San Agustín, a la que pertenece el papa León. La mariolatría no parece ajena
a este congreso.
Y no me parece que deba dejarse
de lado también otro elemento, una deformación en la celebración eucarística
que se sumerge, creo, también en la idolatría. Cuando se pasa de “la Cena del
Señor”, la mesa, el pan partido al “Santo Sacrificio de la Misa”, a procesiones
eucarísticas y custodias magníficas, parece que entramos en un terreno
complicado. Ciertamente creemos que en la Eucaristía está presente Jesucristo,
pero no es menos cierto que cuando el individualismo (Jesús y yo, “adorote
devote”), es algo ajeno y lejano, algo para adorar y no para “masticar”, para
admirar y no para comer, algo donde hay un “yo” y no un “nosotros” (salvo que
hay una multitud de “yoes”) no se parece a lo que Jesús hizo y celebró. No hay
un “pan partido”, no hay una mesa, hay una “hostia” encerrada, protegida
(custodiada), lejana… Esto no es diferente con casos que hemos conocido de “curas
sanadores” (sic) que “pasean con el Santísimo Sacramento” por el templo
acercándolo a los enfermos para obtener la sanación… No es este el pan en el
que Jesús eligió permanecer en medio de sus amigos para alimentarlos. Creer que
por recibir los sacramentos (bautismo y eucaristía, en este caso) “estamos
salvados”, se parece bastante a la idolatría: “el que crea estar de pie, mire
no caer”, “no se hagan idólatras… comieron, bebieron… ¡huyan de la idolatría!”
(1 Cor 9,7.12.14).
Me inspira estas páginas una
frase del eminente biblista alemán del siglo XX Gerhard von Rad (1901-1971, que
inspiró, a su vez, la tesis doctoral de José Luis Sicre sobre la idolatría en los
profetas): “No hay una sola verdad de fe que no podamos manipular
idolátricamente”. A modo de paréntesis, Sicre, en nota, pone serios
ejemplos de papolatría (Introducción al profetismo bíblico, Estella (Navarra)
2011, 390 nota 17). Lo dice – además – claramente von Rad: “Sería, en
efecto, muy ingenuo (naiv) creer que solo el pagano es susceptible a esto, pues
también el cristiano se encuentra constantemente expuesto al peligro de caer en
la creencia en mitos y en la idolatría” [Gottes Wirken in Israel:
Vorträge zum Alten Testament, Neukirchen-Vluyn: Neukirchener Verlag,
Neukirchen-Vluyn, 1974, 160-161; conferencia dictada originalmente en 1958].
No estoy discutiendo –
evidentemente – ni a la Iglesia, ni a la Virgen María, ni a la Eucaristía, ni a
Pedro (como se ejerce el papado ya es otra cosa) sino a la manipulación que de
ellos puede hacerse y de hecho se hace.
Señalo estos elementos porque
tengo la sensación que elementos bastante “propios” de la Iglesia católica (la
Iglesia, el Papa, la Eucaristía, la Virgen) pueden – ¡y de hecho son! – “manipulados
idolátricamente”, pero pareciera que como “son nuestros” no molestan tanto. No se
ve el dedo acusador de algunos cardenales o teólogos de oficina señalando
herejes o proponiendo condenas… y, deberíamos reconocerlo, así como en
ocasiones le hacemos decir (o hacer) a Dios cosas que ni dice ni hace (y
deberíamos aprender a “dejar a Dios ser Dios”), o hacerle decir a la Biblia lo que
no dice (¡tan frecuente! ¡Tanto!), también deberíamos saber que el “numcuam
satis”, que aplican a la Virgen María, y podemos decir también de la Eucaristía,
o los elogios al papado o a la Iglesia sólo aplican si nos movemos en la dirección
correcta. Elevar a la Virgen María a la altura de Dios sería “numcuam satis”
y sería aberrante. Es importante pensar y seguir pensando el papado (urgente y
necesario), el lugar importantísimo que la Eucaristía debe ocupar en la
comunidad eclesial, el rol de discípula de María Virgen, de quien nunca se dirá
lo suficiente como discípula ejemplar, modelo para todas y todos los
cristianos, y una Iglesia servidora, samaritana y hermana de todas y todos.
Dejarlos ser lo que son y debieran ser, sería el mejor acto de amor por ellos,
y el amor “numcuam satis”.
Imagen tomada de https://www.facebook.com/anecdotashistoricas/posts/margarita-porete-o-marguerite-porrette-o-la-porette-condenada-a-la-hoguera-en-13/1177702251038417/
domingo, 18 de octubre de 2026
Animarnos a amar como Dios / Jesús… ¡Nada menos!
Animarnos a amar como Dios / Jesús… ¡Nada menos!
Eduardo de la Serna
La Biblia, que no suele “andar
con chiquitas”, nos pone un desafío mayúsculo, ¡el amor! Y, para darle entidad,
nos invita a “amar como Dios”, o “como Jesús nos amó”. ¿No es excesivo? ¿Quién
puede amar como Dios? ¿Quién puede amar como Jesús? En estos párrafos pretendo “recoger
el guante” e intentar mirar ambos aspectos con la intención de entender qué nos
dice el profeta y qué el evangelista.
«ve y ama… como ama Yahvé…» (Oseas 3,1)
El texto se encuentra en la sección narrativa del profeta, probablemente
uno de los párrafos de mayor ternura de todo el Antiguo Testamento.
Veamos el contexto (omitimos algunos temas debatidos que no hacen a la
intención de esta página). Oseas toma por mujer a Gómer (1,3) que se dedica a
la prostitución (¿sagrada?) y engendran un hijo al que pondrán el nombre
Yizreel (1,4). La motivación de este nombre – una región de llanura (Jue 6,33),
donde hay una fuente (1 Sam 29,1) pero está ligada al derramamiento de sangre: fue
allí que la reina Jezabel tiene un palacio (1 Re 18,45-46) y asesina a Nabot
con la finalidad de apropiarse de su viña para su marido, el rey Acaz (1 Re
21,1) y allí el general Jehú – luego rey de Israel – provoca una increíble masacre,
comenzando por Jezabel, y toda la corte y sacerdotes (2 Re 9,30.36; 10,6.7.11).
El hijo del profeta recibe ese nombre porque “dentro de poco visitaré yo la
casa de Jehú por la sangre derramada en Yizreel, y pondré fin al reinado de la
casa de Israel. Aquel día romperé el arco de Israel en el valle de Yizreel”
(Os 1,4-5).
Gómer tiene todavía dos hijos más (¿con Oseas?, no se dice); la primera
es una hija a la que pone el nombre de Lo’-ruhamah [no-compadecida] “porque
ya no me compadeceré [raham] de la casa de Israel ni los perdonaré” (1,6). El término raham
alude al seno (materno), y de allí a la ternura, la compasión, la misericordia,
el amor, y puede traducirse con cualquiera de estas variantes (ver Os 14,4
referido al huérfano); en Oseas 9,14 refiere al seno abortivo. Lo cierto es que
el nombre de la hija refiere a que Dios “ya no” lo tendrá por Israel como lo
tuvo desde el origen (Ex 33,19; Dt 13,8; 30,3). El siguiente hijo recibe por
nombre Lo’-ami “ [no-mi-pueblo] porque ustedes no son mi pueblo [‘am]
ni yo soy el que estoy con ustedes” (1,9). Nuevamente nos remite al comienzo,
al mismo nombre “Yahvé” (yo soy el que estoy [con ustedes]); Dios da por
terminado lo que empezó en el Sinaí.
Sin embargo, sin explicación, irrumpe una nota de esperanza: los dos pueblos
se reunirán, y “no mi pueblo” se llamará “hijos de Dios vivo” (2,1), será “grande
el día de Yizreel” y digan a sus hermanos “mi pueblo [‘ami] y a sus
hermanas “compadecida” [ruhamah] (2,3). Aunque, en seguida, parece
continuar la misma tesitura crítica a su mujer “pleiteen con su madre
(obviamente dirigida a sus hijos) … ella ya no es mi mujer” (2,4). Su objetivo
es que “quite las prostituciones”, si no, de sus hijos “no me compadeceré”
(2,6). La prostitución remite a los amantes que la alimentan: pan, agua, lana,
lino, vino, aceite (referencia a los dioses de la fecundidad, como Baal,
propios de Canaan; 2,7). Pero lo que hará Yahvé es impedirle ir con ellos
(vallas, barreras) con la finalidad de que diga “voy a volver con mi primer
marido… me iba mejor que ahora” (2,9). Evidentemente Oseas lee su historia
personal (él y Gómer) a la luz de la relación de Yahvé e Israel, y la
infidelidad remite a la idolatría de Israel que pretende fecundidad con los
dioses paganos:
Ella no había comprendido ella que era yo
quien le daba el trigo, el vino y el aceite, ¡la plata y el oro en abundancia y
lo empleaban haciéndose un ídolo! Por eso volveré a tomar mi trigo a su tiempo
y mi vino a su estación, retiraré mi lana y mi lino que habían de cubrir su
desnudez (Os 2,10-11)
Y, para lograr su cometido, el amante la engaña (seducirla) y la lleva
al desierto, lugar sin fecundidad, lugar del amor primero… y “allí les daré sus
viñas” y “responderá como en su juventud” (2,16-17) y “me llamará esposo [‘ish]
mío y no Baal mío” (2,18 [además de la referencia a la divinidad, baal
también significa “señor”]). Y el “precio” de este reencuentro de amor será “derecho
(tzedaqa), justicia (mishpat), afecto (jesed), cariño (rahamim),
fidelidad (‘emun’ah), conocimiento (yada’) de Yahve (2,21-22; señalo
los términos hebreos porque todos son importantísimos); eso – ¡nada menos! – es
el compromiso de amor de los amantes. La consecuencia de esto:
responderé a los cielos, y ellos responderán
a la tierra [es decir, lloverá, ¡fecundidad!]; la tierra responderá al trigo,
al vino y al aceite, y ellos responderán a Yizreel. Yo la sembraré para mí en
esta tierra, me compadeceré de «No-compadecida», y diré a «No-mi-pueblo»: Tú
«Mi pueblo», y él dirá: «¡Mi Dios!» (2,23-25).
Después de este final esplendoroso, el capítulo 3 parece volver atrás. Parece
retomar el comienzo con evidente referencia histórica a la relación de Israel y
su infidelidad persistente. Pero, y aquí la frase: ¡Así ama Yahve!
El que en su irritación inicial había dicho “ya no”, es un “Dios
misericordioso [rahum] y clemente [hanun], tardo a la cólera y
rico en amor [jesed] y fidelidad [hemet]” (Ex 34,6; ver Jon 4,2).
Israel está, desde los orígenes hasta los últimos escritos, invitado al
derecho y la justicia (mishpat we tzedaqa; aparecen juntas en
los textos más diversos casi 50 veces en la Biblia hebrea), pero – es frecuente
también – la insistencia en que el pueblo no las ha respetado. Los diferentes
autores reaccionan diferentemente, pero Oseas lo presenta en “clave amor”, amor
esponsal (en el sentido de los esposos de aquel tiempo, por cierto; no hemos de
entenderlo en el sentido contemporáneo). Amor que no supone ignorar las
infidelidades, lo que provoca enojo e, incluso, ruptura de las relaciones. Pero
ese amor, que se expresa en el perdón, supone también reencuentro, reconciliación,
e, incluso, hasta trampa (seducción) con la finalidad de reconquistarla.
Ciertamente no como si “acá no ha pasado nada” pero si un reencuentro de “amor
y fidelidad” que se expresa – en ese caso, políticamente – en los nombres de
los dos hijos últimos. Dios se ha enojado, ha roto con su esposa, con su pueblo…
pero el amor que le tiene implica que el “ya no” cambiará y “sucederá aquel día”
que “mi pueblo” me dirá “mi Dios” …
“ámense los unos a los otros como yo los he
amado” (Juan 15,12)
Después de mostrar
a Jesús en su ministerio, el Evangelio de Juan decide presentar un largo discurso
de despedida de Jesús con “los suyos” (13,1; ver 13-17). Es un ejemplo para que “hagan como yo hice
con ustedes” (13,15), y eso es indicado como “amor” (13,34) que es un amor como
el del Padre por Jesús (15,9), que lleva a ambos a ser “uno” (17,11), porque,
así como el Padre ama al Hijo así también ama a “los suyos” (17,23), expresado,
también, como un “guardar los mandamientos” (15,10) pero un mandamiento que es,
precisamente, “amar” como él amó (15,12).
Ciertamente, la pregunta es ¿cómo amó Jesús?, y Juan mismo lo dice: “¡hasta el extremo!” (13,1). Este extremo es, ciertamente “poner la vida”, como el pastor que se “pone” delante del peligro para proteger a sus ovejas (10,11.15) o el amigo que arriesga su vida para defender al suyo (15,13) o Pedro, que, acelerada e impulsivamente, dice que arriesgará su vida por Jesús (cosa que no hace, por cierto, 13,37-38). Este arriesgar la vida, “ponerla” delante del peligro (10,17-18) es razón por la que el Padre ama al Hijo (“por eso”). Ese extremo, ciertamente, lo lleva a la muerte, porque la vida le es arrebatada; él la pone, otros la toman. Ese amor, ese extremo que es servicio, ponerse en el último lugar los unos en bien de los otros (13,4.17). Pero eso provoca vida: “el Padre tiene vida en sí mismo y también le da al hijo tener vida en sí mismo” (5,26). Amor y vida van juntos en Juan: “tanto amó Dios al mundo, que dio a su Hijo único, para que quien crea en él no perezca, sino tenga vida eterna” (3,16).
El amor “como” el de Jesús no es un “cómo” en cantidad, sino en “intensidad”,
sin guardarse nada, entregando (“poniendo”) todo, arriesgando incluso la vida
en bien de quienes son amados.
El “como”, insistimos, no ha de entenderse “cuánto”, porque parecería imposible:
¿amar como Dios? ¿amar como Jesús? Pero los textos no se detienen en un tema de
cantidad y perfección, sino en una propuesta de vida; amor capaz de perdón
(insisto, también, no un perdón que ignora o invisibiliza lo ocurrido, sino que
se mueve para pretender en los amados un cambio de actitud), amor capaz de no
guardarse nada (hasta el extremo) en beneficio de quienes son amados y es capaz
de arriesgar todo, precisamente por ellos. De ese amor se trata…
Imagen tomada de https://www.youtube.com/watch?v=eTc_2Ix8O3I
jueves, 15 de octubre de 2026
Creo en (= dentro de) la Iglesia (o herejías que no son condenadas)
Creo en (= dentro de) la Iglesia
(o herejías que no son condenadas)
Eduardo de la Serna
El título de esta nota no
pretende ser provocador a pesar que en ocasiones lo pareciera. Desde hace
siglos la teología ha dicho claramente que el “objeto de la fe” es Dios, ¡y
sólo Dios! La Iglesia no es objeto de fe, sino el ámbito de fe.
El mismo Credo, en su versión
latina lo deja claro: Credo in Deum, Patrem… in Iesum Christum, Filium… in
Spiritum Sanctum… sanctam Ecclesiam. No dice “in Ecclesiam”. El
Credo “largo” (Niceno-constantinopolitano) es más claro aún: Credo in unum
Deum, Patrem … Et in
unum Dominum Jesum Christum… Et in Spiritum sanctum, Dominum ... Et unam,
sanctam, catholicam, et apostolicam Ecclesiam” (nuevamente, no dice “in”). Lamentablemente,
algunas traducciones, extrañamente (¿heréticamente?) dicen “en la Iglesia”, y
no han sido corregidas…
Es que la “eclesiolatría” (hacer
de la Iglesia un ídolo) es algo habitual, y habitualmente no se corrige. La
Imagen, por ejemplo (de un nuevo ídolo, el Papa, papolatría) visto como
infalible suele acompañar esta distorsión de nuestra fe. Roberto Bellarmino (Doctor
de la Iglesia, y habitualmente tenido por conservador) afirmaba que “si el
papa fuera infalible, sobrarían los concilios”. Incluso hace una interesante
anotación cuando san Cipriano hace lo contrario de lo que el papa Dámaso había
indicado puesto que interpretó que el papa se había equivocado. Dice
Bellarmino: “Ni siquiera es cierto que San Cipriano pecara desobedeciendo al
papa... pues no pecó sino por ignorancia, pensando que el papa se equivocaba; y
si pensaba así, estaba obligado a no obedecer, pues no debía obrar contra su
propia conciencia”.
No deja de ser llamativo que se
escuchen cosas como esta:
Un mundo en
puja por la supremacía económica y el dominio de la fuerza, se ha detenido para
oír a quien por su función de Cristo en la tierra representa el orden del
espíritu, la esfera de los supremos valores de la humanidad; homenaje, que si
bien honra a Paulo VI, nos muestra igualmente que la humanidad, y los que
tienen en sus manos los destinos de los pueblos, revélanse sensibles a los
valores independientes de la materia.
Es que, Señores,
la voz de su santidad Paulo VI es la voz de Dios, y solo la voz de Dios, como
al principio de los tiempos, es la única capaz de disipar la confusión del caos.
El orden nuevo, tanto en el orden civil como en el eclesiástico, vendrá de ahí
y solo de ahí, o no vendrá de ninguna parte (monseñor Oscar Villena,
homilía en la catedral de Buenos Aires el día del Papa 1966).
Así, no solo se afirma que el
Papa es el “Vicario de Cristo” (sic) sino que se ha llegado a afirmar que era “vicediós”
y otras herejías del estilo. Afirmar que la voz del Papa es “la voz de Dios”,
que es “Cristo en la tierra” se asemeja bastante a la herejía (si no se está inmerso
en ella).
El papa Francisco repetía con
frecuencia que la Iglesia (el sensus fidelium) es infalibile in
credendo (cf. LG 12), lo cual es ciertamente distinto, ¡muy distinto!
“cuando
quieras saber lo que cree la Santa Madre Iglesia, andá al Magisterio, porque él
es encargado de enseñártelo, pero cuando quieras saber cómo cree la Iglesia,
andá al pueblo fiel” (Intervención del Santo Padre en la 18a
congregación general de la XVI asamblea general ordinaria del sínodo de los
obispos, 25 de octubre 2023).
Eclesiolatría, papolatría y
otras “latrías” más son, ciertamente, extrañas a la fe del Pueblo de Dios. Y,
por eso, creer centro de la Iglesia resulta sensato y sano, mientras que creer “en”
(como objeto de fe) la Iglesia, resulta extraño; extraño a la fe católica.
Si se dice en
la santa Iglesia católica, esto hay que entenderlo en cuanto que nuestra fe
hace referencia al Espíritu Santo, que santifica a la Iglesia, de tal forma que
el sentido es: Creo en el Espíritu Santo, que santifica a la Iglesia. Es
preferible, sin embargo, y corresponde mejor al uso, no poner la palabra en,
sino decir simplemente la santa Iglesia católica, como enseña también San León
papa (Santo Tomás de Aquino, Summa Theologiae II.II q.1 a.9 ad 5)
Imagen tomada de https://www.larazon.es/cultura/historia/20221204/4vtasykidbgkjo55mbzzhcb3j4.html



