viernes, 31 de julio de 2026

La importancia del “honor”

La importancia del “honor”

Eduardo de la Serna



En el antiguo mundo mediterráneo el honor era tenido como el valor supremo. El honor era el “valor” con que se veía socialmente a una persona o un colectivo, habitualmente relacionado con su oficio, por ejemplo. Las razones por las que se valoraba positiva o negativamente a un grupo eran fundamentales según la cultura y las costumbres. En el mundo antiguo, precisamente, era relativamente fácil perder el honor mientras no era sencillo acrecentarlo. Veamos ejemplos sencillos:

  •          Si una mujer era violada, era “deshonrada”, y la familia debía rápidamente “vengar el honor” para evitar perderlo. Si no lo hacía, todo el colectivo familiar veía perdido el honor de antaño… Y perdido para siempre.
  •          Si un esclavo era liberado (“liberto”) veía acrecentado su honor, y, nuevamente, para siempre.
  •          Algunos oficios eran deshonrosos por más honestidad con la que se los ejerciera. Un camellero, por ejemplo (o los pastores rentados) fácilmente podían defraudar a quienes los contrataban argumentando, por ejemplo, un robo o una pérdida en realidad inexistente. Como no podía controlarse dicha situación, el sólo hecho de ejercer el oficio era tenido por deshonroso.
  •          Del mismo modo, un sacerdote estaba en una escala muy elevada del honor, por más deshonestidad que tuviera. El cargo lo hacía venerable.

Por tanto, el “valor” que se daba a los colectivos venía dado por la percepción social, más allá de la situación personal. Precisamente por eso, las personas evitaban relacionarse con quienes tuvieran un honor menor al propio ya que, de ese modo, serían percibidos como “inferiores”. Insistimos en la idea del “valor” ya que, en griego, el término valor y el término honor se expresan con la misma palabra, timē. Por cierto, en el mundo antiguo, el honor intentaba mostrarse del modo más ostentoso posible para que fuera visible, ya con vestiduras, con banquetes o lujos. No es necesario destacar que el término en este sentido, por eso mismo, está casi ausente en los Evangelios: Jesús mismo dio testimonio de que al profeta no es honrado [timēn] en su propia patria” (Juan 4,44).

Quizás no sea casualidad, entonces, que en nuestra cultura el término en ocasiones se utilice directamente en latín, como cuando se dice que alguien trabaja “ad honorem”, es decir por el simple honor (valor) que provoca trabajar en dicho lugar, o que alguien recibe un doctorado “honoris causa”, es decir, que una institución académica otorga el título de doctor a alguien, no por un trabajo académico, sino por el honor (valor) que dicha persona valiosa le da a la institución por ser “condecorado”.

Ahora bien… como hemos visto, el honor se da en una relación entre pares, entre grupos que ostentan un mismo “valor” social o cultural. El “honor” que da a una persona trabajar en un establecimiento, es paga suficiente (ad honorem), el “honor” que una institución tiene al reconocer entre sus “graduados” a una determinada persona “valiosa” (honoris causa); en este caso, el valor es doble, la institución se siente honrada, y el homenajeado es reconocido en su valor. Por eso, entre paréntesis, al recibir dicha distinción, el homenajeado suele pronunciar un discurso académico a modo de “enseñanza” (doctorado).

Valga toda esta introducción para señalar el bajísimo valor con que se autopercibe la Universidad San Martín de Porres, de Lima, Perú, al otorgar un doctorado “honoris causa” a Javier Milei. Basta notar los momentos en los que fue aplaudido, por ejemplo, para destacar que tanto la academia como los académicos revelan el nivel de honor con que se “autoevalúan”. A modo de simple ejemplo, alguien que puede afirmar que el rey Salomón era un estoico no merece la más mínima consideración académica a menos que dicha aplicación deba reconocerse de una “mínima universidad”. Quizás así se autoperciben, en cuyo caso es comprensible, por cierto; pero – debemos señalarlo – no resulta demasiado honorable ser homenajeado por tan mínima universidad.

El mundo antiguo, que valoraba el honor según la “percepción”, como hemos dicho, era expresión de lo que hemos llamado “¡dime con quién andas y te diré quién eres!” Precisamente de esto se trata.


Imagen tomada de https://www.instagram.com/p/DbW2QamlnY-/

jueves, 30 de julio de 2026

Beatos mártires de La Rioja. ¡50 años de dolor, lucha y esperanza!

Beatos mártires de La Rioja. ¡50 años de dolor, lucha y esperanza!

 


La dictadura cívico-militar con bendición eclesiástica impuso por sangre y muerte un modelo económico. Y, para ello, no tuvo reparos en asesinar, torturar y desaparecer a cualquiera que se opusiera. También la Iglesia comprometida con el Evangelio y los pobres tuvo sus mártires.

 

En estos días, conmemoramos los 50 años de los asesinatos de los mártires de La Rioja, Carlos, Gabriel, Wenceslao y Enrique, un religioso, un cura, un laico y un obispo. Y, con Wence, el dolor y las lágrimas de Coca, su mujer, y sus tres hijas.

 

En tiempos de negacionismo, tiempos de retorno del mismo modelo social, cultural y económico, queremos hacer memoria. Memoria para conocer la verdad y reclamar justicia. Justicia por nuestros mártires y por los 30.000.

 

Somos hijos de una Iglesia cómplice, pero también de una Iglesia que supo tener – y quiere seguir teniendo – un oído en el pueblo y un oído en el Evangelio. Una Iglesia de los pobres, Iglesia Pueblo de Dios. Y, como hijos de esa Iglesia queremos reiterar: el neoliberalismo es pecado, el individualismo es ajeno al Evangelio, la libertad sin justicia social es ley de la selva, no ley de Dios. Sabemos que el desprecio por el otro y la otra y el odio que insulta a quien piensa diferente es soberbia disfrazada de valentía o quizás, miedo prepotente. Y esperamos que el ejemplo y el testimonio de nuestros mártires nos ayuden a todos a ser Iglesia de los pobres, a descubrir caminos de salida y de esperanza, caminos de encuentro solidario y de fiesta y vida. En ese encuentro – Tinkunaco – sabemos que volverán la dignidad y la justicia, los derechos y los sueños de felicidad para todas y todos.

Beatos mártires, ayúdennos, y a toda la Iglesia, a seguir sus caminos de lucha y de amor, de testimonio y fidelidad al Evangelio del Reino de Dios.

 

Grupo de curas en opción por las y los pobres

30 de julio 2026

El demonio o los demonios

El demonio o los demonios

Eduardo de la Serna



En el mundo griego, la palabra “demonio” no significaba lo mismo que significa hoy para nosotros; se trataba, en realidad, de una especie de fuerza externa y no material, y esta podía ser benéfica o maléfica para las personas. Por ejemplo, el historiador judío Flavio Josefo (siglo I), hablando de un personaje llamado Juan Hircano dice que “tenía tres cosas principalmente él solo, porque era príncipe de los judíos, pontífice, y además de esto profeta, con quien la divinidad hablaba de tal manera, que nunca ignoraba algo de lo que había de acontecer” (Guerra de los Judíos I:69). Y donde, en castellano dice “la divinidad”, en griego dice “demonio”; en este caso, como se ve, por “demonio” se entiende nada menos que a Dios.

En la Biblia, en cambio, la cosa tiene otros matices. En el antiguo testamento en griego (la palabra “demonio” es una palabra griega), por ejemplo, allí donde el hebreo decía que los “dioses de los otros pueblos” son “la nada misma”, en griego dice “son demonios” (Salmo 95,5); lo mismo ocurre en otras ocasiones como en Isaías 65,11 (¿dioses inferiores?). Pero en el libro de Tobías – que no se encuentra en la Biblia hebrea sino en la griega – se presenta a un demonio llamado Asmodeo como una fuerza espiritual que mata a todos los maridos de Sarra antes de la noche de bodas porque estaba enamorado de ella (Tobías 6,15), pero que finalmente será derrotado y atado por el ángel Rafael (Tob 8,3). Si llegamos al Nuevo Testamento, los demonios siempre son personajes negativos que obran el mal en las personas enfermándolas o perjudicándolas; a veces son llamados “espíritus impuros” (pero esta imagen se encuentra casi exclusivamente en los Evangelios) y su característica es que son “expulsados”.

Es interesante notar que, en la Biblia – especialmente en el Nuevo Testamento – los demonios son presentados como una especie de soldados enemigos y que, por lo tanto, tienen un jefe (lo que en griego se dice arjôn / arjê) que tiene diferentes nombres: Belcebú, Belial, “el gran Dragón, la Serpiente antigua, el llamado Diablo y Satanás, el seductor del mundo entero” (Apocalipsis 12,9), muchos nombres para el mismo “general”. Es decir, el diablo es el jefe del ejército de los demonios. Pero estos, en este mundo simbólico, se enfrentan con otro ejército espiritual, los ángeles que también tienen un jefe (arjê, un arj-ángel) que es Miguel, del que ya hemos hablado. En este lenguaje simbólico, típico de esta época, se dice que se entabló una batalla en el cielo: Miguel y sus Ángeles combatieron con el Dragón. También el Dragón y sus Ángeles combatieron, pero no prevalecieron y no hubo ya en el cielo lugar para ellos (Ap 12,7-8; ver Jud 9), “En aquel tiempo surgirá Miguel, el gran Príncipe que defiende a los hijos de tu pueblo. ... En aquel tiempo se salvará tu pueblo: todos los que se encuentren inscritos en el Libro” (Daniel 12,1).

Como puede verse, en tiempos de mucha violencia provocada por el imperio, sea griego (tiempo de Daniel) o romano (tiempo del Apocalipsis). los autores bíblicos imaginan un conflicto entre fuerzas espirituales teniendo claro que las fuerzas del mal no pueden vencer a los amigos de Dios. Dos ejércitos con sus generales (el arjé príncipe de los demonios, el diablo y el arjé, príncipe de los ángeles, Miguel) combaten. Cualquier lector de la Biblia, entonces, entendía que en la historia se mueven fuerzas benéficas y fuerzas maléficas para los seres humanos, y que los miembros del pueblo de Dios están siempre invitados a tomar partido por Dios y su causa, que es su reino. Las fuerzas del mal pueden parecer poderosas (porque los imperios lo son y el mal en ocasiones parece imponerse) pero los demonios son finalmente expulsados, aunque sean como una Legión romana (Marcos 5,9), porque Dios toma partido en la historia, y no es indiferente al mal y el sufrimiento de sus amigos. En la historia, el mal, como la muerte, no tienen la última palabra.


Imagen tomada de https://historiaeweb.com/2017/01/28/el-ejercito-hoplita/

martes, 28 de julio de 2026

Una vida de…

Una vida de…

Eduardo de la Serna



Al escribir, consciente o inconscientemente, recurrimos a un género literario. Al escribir sobre alguien, no podemos evitarlo. Veamos algunos ejemplos sencillos:

El cine presenta habitualmente determinados personajes con variada suerte, o eficacia. Hasta un documental (que es en sí mismo un género literario) revela aspectos, omite otros, interpreta unos, retoca algunos. Incluso, al presentar a alguien, habitualmente, se revela más la impresión, opinión o mirada de los o las artistas que una biografía. Pero, y acá el tema, entiendo que la clave radica en la fidelidad con el sujeto-objeto. No creo que necesariamente deba decir sus mismas palabras o realizar sus mismas acciones, sino que debe ser fiel a lo que este diría o haría. Claro que esto es interpretación, y por tanto sujeto, a su vez, de distorsiones o parcialidades.

A modo de ejemplo (es algo personal, pero creo que es ilustrativo), al leer libros sobre Teresa de Lisieux he aprendido a entender, intuir, asumir que “esta es Teresa”, o “así no es Teresa”, por ejemplo, por más fuentes que se utilicen en el texto.

Claro que al producir un material sobre una persona se corre un riesgo permanente que es la domesticación; la realización de una suerte de caricatura “a nuestra imagen y semejanza” y que no se refleje quien se pretende presentar sino a alguien acomodado a lectores o autores. Acá, me parece, el límite es difuso: hay decenas de pinturas, por ejemplo, renacentistas, de pesebres con todos los personajes con vestimenta ¡del Renacimiento!... Y acá, creo, una primera imagen: ¿era históricamente así? ¡ciertamente no! ¿Se puede presentar de ese modo una escena?, ¡ciertamente sí! En este caso se debe distinguir la lectura… Si se pretendiera presentar un “pesebre histórico” (con los interminables límites para acceder al acontecimiento) la escena presentada debe seguir criterios históricos, arqueológicos, culturales, etc… pero si se pretende “predicar un pesebre” se debe mirar el presente para que “el pesebre histórico (que es el punto de partida)” diga algo a nuestro tiempo… Y vale esto para pinturas, cine, esculturas, escritos…

Concretamente, por ejemplo, los Evangelios no pretenden “documentar al Jesús histórico”, y, por lo tanto, modifican, retocan, añaden u omiten elementos para “predicar a Jesús” a sus comunidades… en situaciones concretas, crisis y propuestas concretas… ¿El Jesús histórico dijo (o hizo) determinada cosa concreta? Difícil saberlo, y debemos investigar cuidadosa y metodológicamente los dichos o hechos antes de afirmarlo o negarlo si la pretensión es histórica… El Evangelio, en cambio, que pretende predicar una “buena noticia”, nos presenta a Jesús para que Él sea creído y amado haya o no dicho o hecho lo que se señala.

En muchas ocasiones, al presentar a algunos personajes, por ejemplo, es frecuente señalar sus “últimas palabras”. Estas pretenden destacarse como una suerte de síntesis de su vida. Y no es tan importante saber o afirmar si las pronunció realmente o no, sino si “así era” el personaje o si, por el contrario, se ha domesticado una figura para amoldarla a nosotros… Las últimas palabras de Jesús en la cruz son muy diferentes en los Evangelios, por ejemplo. Mateo, Marcos, Lucas y Juan pretenden predicar a Jesús a sus comunidades presentando una buena noticia, no un “documento”.

Con frecuencia se ha dicho que Mugica, muriendo dijo “ahora más que nunca hay que estar junto al pueblo”, algo que Jorge Vernazza, que lo condujo hacia el hospital Salaberri, donde moriría, afirmaba que jamás dijo. Me parece entender que no es tan importante si pronunció o no esas palabras sino si esa fue su actitud en la vida que le provocó la muerte martirial.

Por otra parte, el “Romero domesticado” para canonizar a un “obispo conforme a lo que Roma esperaba de él” nunca habría dicho: “Si me matan, resucitaré en el pueblo salvadoreño” (R. Morozzo della Rocca): “Este texto ocupa el centro del mito del Romero profeta populista”. Los argumentos que utiliza para rebatirlo son de suma debilidad y parecen reflejar, más bien, la sensación de que si lo hubiera dicho resultaría de suma incomodidad para su beatificación… Presentarlo cercano al Opus Dei resultaba bastante más “adecuado” …

Valgan estas reflexiones para viejas y nuevas “últimas palabras”. Reitero: si se pretendiera una biografía histórica, la atención meticulosa de las fuentes deben ser el punto de partida principal, pero si se pretende mostrar a un personaje para nuestro tiempo, la clave no radica tanto en si dijo o no tales cosas, sino si se puede o no afirmar que “así era”. Y así se nos invita a escucharlo, quererlo y seguirlo.

 

Comentario a las lecturas del domingo 18 "A"

La compasión mueve a Jesús a alimentar a las multitudes compartiendo el pan.

DOMINGO DECIMOCTAVO - "A"


Eduardo de la Serna



Del libro del profeta Isaías     55, 1-3

Resumen: A un grupo del pueblo en situación de angustia y opresión por encontrarse en el exilio el profeta les anuncia la renovación de la alianza en amor y fidelidad comprometiéndose con su vida amenazada.

Si bien es bastante debatido hoy en día la existencia de un gran profeta al que se conocía como “Segundo Isaías” [cuya obra se encuentra en los caps. 40 – 55 del libro del profeta Isaías] y muchos prefieren ver aquí una obra colectiva, se sigue sosteniendo, en general, que el libro presenta palabras pronunciadas durante el exilio y ante la inminencia del final del mismo (o primeros momentos del post-exilio). El mensaje de liberación dirigido a aquellos que se encontraban en la situación de opresión es ciertamente un grito de esperanza. Las personas en ese contexto son obviamente pobres, oprimidos, sin dinero, y con hambre. El contexto económico, entonces, del texto es sin duda esperanzador y no conviene leerlo espiritualmente. 

La sed es una temática frecuente en el ambiente del desierto (Ex 17,3; Neh 9,15.20) y también en el asedio militar (Dt 28,48; Lam 4,4), incluso existen, en algunos poblados, vendedores de agua que vocean por las calles o es frecuente que por la tarde las mujeres fueran a los pozos a buscar agua para el día. Se utiliza también metafóricamente (“tierra sedienta”) para referir a los lugares áridos (Dt 29,18; Is 44,3). En varios textos de este libro se hizo referencia al agua (41,17; 43,20; 44,3; 48,21; 49,10). También se ha encontrado en el libro referencias al banquete. Pero si en 25,6 el acento estaba puesto en la calidad de los manjares, aquí el acento está puesto en la gratuidad. Los verbos lo repiten con insistencia:

Los “que no tienen plata”, “sin plata y sin pagar”, por qué “gastar dinero”, “(gastar) salario”… Si v.1 insiste en lo gratuito, v.2 en el sinsentido de usar el jornal en lo que no alimenta (puede aludir al dinero que no alcanza, a causa de la opresión o la inflación, o al pago usurario o las tasas imperiales), lo cierto es que el acento está puesto en la fiesta y la comida. El fin del versículo podría traducirse “escúchenme escuchando” y lo que Dios quiere es que coman cosa buena (tôb), disfrutar algo sustancioso (con grasa) para la vida (néfes, vida, garganta, alma). 

Inclinar el oído está en continuidad con lo que dijo (“háganme caso”) y es lo principal a continuación (inclinar el oído, acudir a mí, oigan y vivirá su néfes). Esta vida, añorada y amenazada por los exiliados es ahora una nueva promesa de Dios, una alianza reconfirmada (literalmente “cortada”, como se cortan los animales con los que se “sella” la alianza amenazada por los buitres, cf. Gen 15,7-11). Como aquella firmada con David (ciertamente dirigida a un pueblo que ya no tiene rey por lo cual en este caso estamos ante una invitación a la esperanza). Pero es la vieja alianza reformulada, precisamente; alianza cuya característica es el amor (jésed) y la fidelidad (ne’eman) [cf. 2 Sam 7,15-16; Sal 89]. 

Sin embargo, precisamente esta imagen de la alianza, que es calificada de “eterna”, del venir a Dios, del banquete ha de entenderse en el sentido liberador del Dios que da la vida a su pueblo y a los exiliados, a diferencia de los dioses de los otros pueblos – de Babilonia especialmente – que dan la muerte. Esta vida está expresada en el banquete de la gratuidad. 


Carta de san Pablo a los cristianos de Roma     8, 35. 37-39

Resumen: Con una serie de preguntas retóricas que esperan respuesta negativa, Pablo señala que nada – y lo hace presentando listas de dificultades – nos puede separar del amor que Jesús nos tiene y que es manifestación visible del amor de Dios. 


Con un himno finaliza el cap. 8 de la carta a los Romanos. Formado por una larga serie de preguntas retóricas que esperan una respuesta negativa: ¿quién estará contra nosotros? ¡Nadie! ¿Quién acusará? ¡Nadie! Entre estas preguntas se encuentra el primer párrafo de la lectura de hoy: ¿quién podrá separarnos? ¡Nadie! Ni siquiera las situaciones conflictivas más duras (tribulaciones, angustias, persecución, hambre, desnudez, peligros o espada). El contexto de violencia de los conflictos recién mencionados invita a notar que hambre y desnudez en este caso parecen entenderse como consecuencia de una invasión y derrota militar. Ni siquiera estas situaciones de violencia extrema – a las que somos sometidos por “la causa” de Dios / Jesús (la cita del salmo 44 está omitida por la liturgia; obviamente el "Señor" del Salmo alude a Dios, mientras que en su contexto la cita alude a Cristo) – nos pueden separar del amor que Cristo tiene por nosotros (amor “de” Cristo es subjetivo).

La lista de dificultades es algo frecuente en la antigüedad. Era frecuente la presencia de “listas” o “catálogos” tanto de vicios / pecados, como virtudes, y – en este caso – dificultades. Veamos a modo de ejemplo en el apócrifo Testamento de los Doce Patriarcas lo que cuenta “José”:


3 Yo vi en mi vida la envidia y la muerte, pero no me desvié por la fidelidad del Señor.
4 Mis hermanos me odiaron, pero el Señor me amó;
ellos quisieron matarme, pero el Dios de mis padres me guardó.
A una cisterna me bajaron, pero el Altísimo me sacó.
5 Fui vendido como esclavo, pero el Señor me liberó.
Fui llevado a la cautividad, pero su mano poderosa me ayudó.
Me sentí agobiado por el hambre, pero el Señor me alimentó.
6 Estuve solo, pero Dios me consoló;
estaba enfermo, pero el Altísimo me visitó.
Yacía encarcelado, pero el Salvador se apiadó de mí.
Entre grilletes estaba, pero él me desató.
7 Me vi rodeado de calumnias, pero él me defendió;
entre terribles palabras de los egipcios, pero él me salvó;
entre las envidias de mis consiervos, pero él me exaltó (Testamento de José 1,3-7)


Como puede verse – y es lo habitual – el primero de los miembros de la lista es el que sintetiza el todo; en nuestro caso, la “tribulación” (thlipsis) que puede entenderse como la característica de las dificultades de los tiempos escatológicos. 

La cita del Salmo – un canto del justo que sufre, en este caso en sentido colectivo – es más bien ilustrativa antes que demostrativa. Los salmos del justo sufriente han sido muy tenidos en cuenta por el cristianismo primitivo relacionados con los cantos del siervo sufriente de Yahvé para ligarlos a la pasión de Cristo y para comprender los momentos críticos de los cristianos.

Estas dificultades finalizan con un canto de triunfo: “vencemos”, pero no gracias a nuestra capacidad o fortaleza sino al mismo amor de Cristo (“aquel que nos amó” [también puede referir a Dios]). La debilidad propia es sostenida por la fuerza de Cristo (2 Cor 12,9: “me jactaré de la debilidad para que habite en mi la fuerza de Cristo … cuando soy débil soy fuerte”). 

A modo de conclusión Pablo señala otra larga lista de cosas que “no podrán separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo”. Nuevamente un elenco de dificultades (como más arriba) pero con elementos contrapuestos: muerte – vida; presente – futuro; altura – profundidad y más abstractos que los anteriores.

Esta nueva lista viene a dar conclusión positiva (“estoy seguro”, v.38) a las preguntas retóricas que hemos visto y comentado. La respuesta negativa que se presuponía es explicitada claramente: ¡nada / nadie! “podrá separarnos”. 

La fórmula “Cristo Jesús Señor nuestro” es una fórmula conclusiva en varias partes de la carta (1,7; 5,1.11.21; 6,23; 7,25) y en este caso concluye así no solamente el cap. 8 sino también toda la primera gran parte de la carta a los Romanos (1 - 8) para dar comienzo a una nueva unidad (9 – 11) donde afrontará un tema totalmente nuevo.



Evangelio según san Mateo     14, 13-21
 

Resumen: Movido por su compasión por las multitudes, Jesús compartirá para ellas los panes como un anticipo de la fracción eucarística del pan que alimenta al pueblo de Dios reunido en la comunión de vida con Dios y entre nosotros.

Mateo sigue el esquema de Marcos presentando la multiplicación de los panes después de la muerte del Bautista, aunque, como suele ser su característica, lo abrevia bastante. Así como en 4,12 (“oyendo Jesús que Juan había sido encarcelado se retiró a Galilea”) ahora “oyendo” acerca de la muerte de Juan “se retiró” en una barca a un lugar “desierto”. Jesús ya había dicho que cuando los persigan en una ciudad, escapen a otra” (Mt 10,23), y es eso lo que aparentemente él hace aquí. 

Como en castellano, “desierto” (érêmon) significa tanto un lugar sin agua y estéril como también una región sin gente; obviamente el texto se refiere a esta última acepción ya que los discípulos proponen que compren comida en “los poblados”. 

Las multitudes, “oyéndolo” lo siguieron “a pie” (única vez en el NT junto con su paralelo de Mc) desde las ciudades. El texto puede tener cierta conexión con 2 Re 4,42-44 donde Eliseo multiplica los panes, pero no se ve, en este texto al menos, una relación que pretenda destacarse. De todos modos no conviene detenerse a buscar el acontecimiento histórico subyacente ya que no es eso lo que los Evangelios pretenden en sus narraciones.

La compasión de Jesús (splagjnsthê) es lo que lo mueve a actuar en favor de alguien. Pero es interesante notar que en Mateo esta compasión ocurre en contexto de multitudes (ojloi; 9,36; 14,14; 15,32; 20,34 y en una parábola, 18,27). La curación (therapeúô) de enfermos (arrôstous, de debilitados, única vez en Mt, 3x en Mc y en 1 Cor 11,30) aparece aquí como una suerte de sumario. A diferencia de Marcos, Mateo omite que Jesús “comenzó a enseñarles”; es que, como hemos visto en los textos anteriores, las multitudes (13,36) aunque tienen una actitud generalmente positiva hacia Jesús, no lo comprenden. Estos dos versículos forman como una suerte de marco narrativo para lo que sucederá a continuación: la multiplicación de los panes. 

El diálogo de Jesús con los discípulos – en el que Jesús toma la iniciativa y manifiesta saber qué va a hacer – revela la “poca fe” de los discípulos, algo que es frecuente en Mateo, especialmente en el relato que viene a continuación (Pedro caminando en las aguas). 

Hay algunos términos que son significativos en el relato: esto ocurre “llegada la tarde” (cf. 26,20), la gente se “recuesta” (v.19, anaklíthênai, cf. 8,11; Lc 2,7) sobre la hierba, “bendecir” y “partir el pan” (klasas… tous artous; cf. 15,36; 26,26; Lc 24,30; 1 Cor 10,16; 11,24), lo “dio a los discípulos” (cf. 15,36; 26,26): mirando los textos paralelos que hemos señalado puede verse que el marco lingüístico es evidentemente eucarístico (algo que queda reforzado cuando al repartirse entre la multitud se hace referencia a los panes omitiéndose los peces). Pero eucarístico no es “cultual”; que el relato se encuentre tantas veces en los Evangelios nos revela que para las comunidades en ese gesto Jesús se revelaba lo esencial del sentido del Reino: comunión con Dios que implica también comunión entre las personas, comunión que es “compartir”: sólo “tenemos” esto… Se trata de dar y compartir (“tráiganlo acá”) incluso desde nuestra pobreza (“solo esto…”). Él les pide a sus amigos que hagan que la gente se recuestaste sobre la hierba. Es interesante que el texto no habla en ningún momento de multiplicación, pero el hecho es que alcanza para todos. Así se destaca el valor de saber compartir, incluso desde la pobreza, de eso se trata, más que de una “multiplicación”. A eso apunta la narración: la comunión con Dios y entre nosotros a través del compartir. Y ciertamente, esto es eucarístico, porque es expresión de amor y es creadora de comunidad con Jesús y entre nosotros. Es ágape: amor a Dios y amor fraterno, mesa compartida.

La bendición a Dios tomando los panes no es diferente de lo que todo padre de familia realiza en su casa en la comida diaria, por lo que no hay que ver aquí otras connotaciones (el texto no dice que bendijo los panes sino que “bendijo”, seguramente a Dios por la comida recibida). Tampoco conviene dar sentido “simbólico” a los números dos y cinco (peces y panes). 

La abundancia sobrante es expresión de los dones escatológicos: Dt 6,11; Is 49,10; 65,10; Sal 132,15. Siendo que en la primera multiplicación (Mateo y Marcos transmiten dos relatos) los canastos sobrantes son 12 y en la segunda son 7, y que el territorio del segundo hecho es extranjero, no ha de descartarse una referencia a los Doce y a los Siete aludiendo a que “Jesús sigue multiplicando los panes en las eucaristías que celebramos” en territorio judío, presidida por los Doce y territorio pagano, presidida por los Siete (aunque en Mateo el territorio extranjero – destacado en Marcos – queda disimulado). Es solo una posibilidad.

Mateo añade, que los beneficiarios del hecho son 5.000 “sin contar las mujeres y los niños” (lo repite en 15,38); probablemente un indicio del patriarcalismo incipiente (es interesante que Mateo omite el texto paralelo al de la parábola del pastor que busca la oveja, el de la mujer que busca la moneda, que probablemente se encontraba en Q, cf. Mt 18,12-14. Seguramente por ese patriarcalismo al que hacemos referencia). De hecho, en Mateo el lugar de la mujer no es diferente del que ocupaba en el judaísmo contemporáneo y no hay en él mujeres que tengan importancia con la excepción de la sirofenicia (de “gran fe”, 15,28), la mujer anónima que unge a Jesús (26,7) y las mujeres que miran al crucificado desde lejos (27,55). y quizá también la mujer de Pilatos (27,19).


Video con comentario al Evangelio en

jueves, 23 de julio de 2026

Estéfanas, un colaborador

Estéfanas, un colaborador

Eduardo de la Serna



Una comunidad antigua que nos es bastante conocida es la de Corinto. Pablo les escribe varias cartas y, sabemos que es una que fue fundada por el mismo Apóstol. Él se dirige hacia el sur de Grecia y viniendo de Macedonia pasa por Atenas para llegar a Corinto, una importante ciudad portuaria (en realidad tiene dos puertos) en la provincia de Acaya. Sabemos que, allí, desplegó su predicación como lo hacía habitualmente, es decir, iría a la sinagoga, pero a su vez predicaba mientras trabajaba en la confección de carpas. Dedicado, como siempre, a la predicación, si bien daba muchísima importancia al bautismo, no solía ser él mismo quien lo administrara. Sabemos, además, que Pablo tuvo algunos conflictos con algunos de la comunidad, y que viajó allí varias veces, en algunos casos, permaneciendo bastante tiempo.

Y sabemos que uno de los primeros en incorporarse al movimiento de Jesús en esa ciudad, fue Estéfanas (1 Cor 16,15; algunas Biblias ponen Esteban, pero esto es impreciso ya que hay otro cristiano con ese nombre y se presta a confusión). Su conversión, y la de toda su familia, los puso al servicio dedicado de la comunidad naciente, e, incluso, contra su costumbre, ellos sí fueron bautizados por Pablo (1 Cor 1,16).

Una vez que Pablo se alejó de la ciudad surgieron (como ocurre también en muchas otras comunidades) temas que hacían necesaria la consulta con el Apóstol, y, los corintios, entonces, le escriben a Pablo que estaba en Éfeso (ver 1 Cor 16,8) una carta (ver 1 Cor 7,1) con una serie de consultas. Como en aquel tiempo no existia el correo, este escrito es llevado, precisamente, por Estéfanas, en compañía de otros dos miembros de la comunidad: Fortunato y Acaico (1 Cor 16,17). Pablo, que responde a los interrogantes que le han formulado (y esa será la parte central de la que conocemos como Primera carta a los Corintios) aprovecha para insistirles a los corintios que estén “sometidos” a esta familia y también a aquellos que, como ellos, “colaboran y trabajan” por el Evangelio (1 Cor 16,16). Los corintios son bastante superficiales y suelen encontrar siempre motivos de divisiones y conflictos – como se ve en toda la carta en diferentes ocasiones – y Pablo pretende señalar aquí un criterio: “someterse a los evangelizadores”.

Es simpático el hecho de que, como puede verse en 1 Cor 1,14 Pablo quiere destacar que fueron apenas un puñado de corintios los que él bautizó (porque lo que importa es el nombre de Cristo, por cierto, y no el de Pablo). Pablo está dictando la carta a un escriba y dice que no “bauticé a ninguno de ustedes fuera de Crispo y Gayo”. Estéfanas está con él, a su lado, y lo corrige, por lo que Pablo debe rectificarse: “¡Ah, sí! también bauticé a la casa (la familia) de Estéfanas” (1 Cor 1,16).

Seguramente Estéfanas con sus compañeros, luego llevó la respuesta de Pablo a la comunidad, la que, como dijimos, constituye nuestra actual Primera carta a los Corintios. Obviamente, esta carta fue bien recibida (a pesar de los grupos críticos de Pablo que hay en la comunidad) y, con el tiempo, fue parte del cuerpo de epístolas de Pablo que, ya desde muy antiguo, empezaron a ser tenidas como “escrituras”, es decir, como inspiradas por Dios para las comunidades (ver 2 Pedro 3,15). Las crisis, las dificultades, o incluso los conflictos internos, no impidieron que Pablo y su grupo, entre los que sobresale Estéfanas en Corinto, colaboraran y trabajaran por el Evangelio y por el bien de la comunidad y, así, la Palabra de Dios fuera creciendo y dando fruto.


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