¿Se viene el Apocalipsis?
Eduardo de la Serna
Para empezar, señalemos que la
palabra “apocalipsis” es griega y significa “revelación”. Por tanto, así siguen
imaginando los ambientes señalados, se revelan los momentos de castigo y dolor
que vendrán. “Apo” es quitar y “kalyptô” es “lo que cubre”; hay
algo tapado (en este caso en la historia presente) que “ahora” es manifestado.
Como se ve, así dicho, no se trata, necesariamente de un sinónimo de nada
terrible. Por ejemplo, en Sirácida 22,22 dice que “revelar secretos” es propio
de un mal amigo (y usa la palabra apocalipsis).
Pero ubiquémonos un poco en la
historia. En el período griego (desde el 200 antes de Cristo en adelante) muchos
gobernantes intentaron imponer por la fuerza el “modo de vida griego”. Que un
pueblo tuviera libros sagrados, alimentos prohibidos, rituales extraños (como
la circuncisión), días santos, les resultaba incomprensible y estaban decididos
a acabar con ello, y – para resumir – mataban a quienes vivían de ese modo
(puede verse esto en 2
Macabeos 6 y 7). Entonces, surge para los judíos un problema teológico: ¿cómo es posible que a
los que respetan el sábado, los que no comen alimentos impuros, los que
circuncidan a sus hijos… en suma, cómo es posible que a los que son fieles a
Dios los maten (y sean premiados los que no lo son)? ¿Y Dios? ¿No hace nada?
Obviamente esto es un “misterio”. Un misterio es algo que ahora no podemos
comprender, pero esperamos entender en el futuro. Y – ¡acá la clave! – lo comprenderemos
cuando sea “revelado”. La palabra “apocalipsis” se relaciona estrechamente con “misterio”.
Y todo esto ocurre en un contexto de violencia contra el pueblo de Dios. Por
eso, en este tiempo, empiezan a proliferar textos que intentan, con mayor o menor
éxito, con diferentes capacidades, mostrar que Dios no se ha desentendido de sus
fieles. Todos estos textos son “apocalipsis”; algunos invitan a la evasión,
otros a la lucha armada, unos a la resistencia, otros a retirarse esperando un
mañana inminente de bienestar… En tiempos cristianos, la situación no fue
distinta por momentos: los romanos – no en todas las regiones, pero sí en
varios lugares de la zona oriental particularmente – exigían que se adorara al
Emperador como a un dios, algo que ni judíos ni cristianos estaban dispuestos a
hacer. Y no hacerlo tenía sus consecuencias, de exclusión, de persecución y
hasta de martirio. Nuevamente empiezan a proliferar los apocalipsis, ahora también
cristianos además de los judíos.
Pero el ambiente es duro, y escribir puede
significar “cavarse la propia fosa”, por lo que suelen hacerlo en un lenguaje
que no todos pueden comprender (lo fundamental era que los griegos o los
romanos no lo entendieran). Veamos un simple ejemplo: la palabra “desierto”
para los no judíos significaba “aridez, sequía, muerte”, pero para los judíos
significaba “alianza, protección de Dios, fidelidad” (recordar el éxodo),
entonces, usar esa palabra era muy significativa y contaban con que no fuera
entendida por los adversarios. Lo mismo puede decirse de otros signos fáciles
de entender como colores, animales o números… Ciertamente no era lo mismo una “fiera”
que un “cordero”, el rojo (sangre) que el blanco (vida), o el 7 (plenitud) que
el 6 (incompleto)… Cualquiera podía entenderlo; así, una mujer (el pueblo de
Dios) que va a dar a luz al mesías, es amenazada por “un gran dragón rojo” de “siete
cabezas” y huye “al desierto” donde será alimentada 1260 días (3 años y medio,
la mitad de siete)… [Apocalipsis 12,1-6]; indudablemente se refiere al imperio romano.
Demos un paso más… en la abundante literatura
apocalíptica, en la cual – como dijimos – se empieza a “revelar” el “misterio”,
el tema no está todavía solucionado; todavía sigue la persecución y la muerte.
Por eso, es común que se señale algo crítico que está ocurriendo, pero alguien
(puede ser un ángel o un personaje muy importante del pasado; obviamente se trata de un
género literario) interpreta lo que está ocurriendo. Es decir, nos están
persiguiendo, pero esto durará poco tiempo; el intérprete lo va explicando
cuidadosamente. “Tengan esperanza”, “falta poco”, “Dios no nos ha olvidado”.
Es decir, los apocalipsis, por un lado, no hablan de cosas terribles que “sucederán” sino de cosas duras que están ocurriendo (a sus destinatarios), pero, a su vez, pretenden comunicar esperanza a los suyos “revelándoles” que Dios está de su lado. Por ejemplo, a los “10 días” (2,10) de situación crítica, se contraponen los “mil años” de encuentro con Cristo que vendrán pronto (20,2-7), encuentro definitivo que se revela. Resistan un poco de tiempo más, ¡ya viene la paz que el Imperio ha quitado! (6,4):
Entonces vi
el cielo abierto, y había un caballo blanco: el que lo monta se llama «Fiel» y
«Veraz»; y juzga y combate con justicia. Sus ojos, llama de fuego; sobre su
cabeza, muchas diademas; lleva escrito un nombre que sólo él conoce; viste un
manto empapado en sangre y su nombre es: La Palabra de Dios. Y los ejércitos
del cielo, vestidos de lino blanco puro, le seguían sobre caballos blancos. De
su boca sale una espada afilada para herir con ella a las naciones; él los
regirá con cetro de hierro; él pisa el lagar del vino de la furiosa cólera de
Dios, el Todopoderoso. Lleva escrito un nombre en su manto y en su muslo: Rey
de Reyes y Señor de Señores (19,11-16).
El lenguaje es duro (por eso usa “Todopoderoso”,
que solo se encuentra en la literatura apocalíptica del Nuevo Testamento), pero
todos los lectores están invitados a la esperanza. No es nada terrible un apocalipsis;
la situación lo es… pero esto ¡está por acabar! De eso se trata la revelación…