miércoles, 20 de mayo de 2026

Cobardes

Cobardes

Eduardo de la Serna



Según el diccionario etimológico, el término “cobarde” proviene del francés antiguo (coart) y remite a la “cola”, seguramente por la huida ante la dificultad o lo que se percibe como peligro. Por supuesto que no toda huida implica cobardía, al menos en el sentido habitual. Frente a un peligro real huir es razonable, por ejemplo, para salvar la vida. En suma, señalemos que huir puede o no ser razonable mientras que la cobardía siempre y en todos los casos es negativa.

Vayamos a otro caso, el anonimato. Del mismo modo que la huida, el anonimato puede ser o no razonable. En la práctica puede ser un modo de expresar resistencia, como es el caso de un grito en medio de la multitud, un grafiti, un rumor, como expresión – al menos limitada – para cuestionar al poderoso, al opresor, al hegemón. Pero también el anonimato puede ser expresión de cobardía, de “no dar la cara”.

Pero somos testigos de algunos casos que merecen una breve reflexión:

Sabemos de tuiteros (no sé cómo llamarlos ahora que Tuitter es X) agreden, insultan, ofenden, mienten y cuando son confrontados “cara a cara” huyen. Pareciera fácil desde el anonimato, pero, en estos casos, ciertamente no se trata de un acto de resistencia frente al Poder, sino simplemente de cobardía.

También es frecuente que se escuchen insultos y vituperios varios (cuanto más soeces, pareciera, es más frecuente) de boca de los poderosos a personas que no pueden (o muy limitadamente pueden) defenderse. Se trata de un abuso de poder, ciertamente, pero sin riesgo alguno porque no hay posibilidad de confrontación. Suele pasar, en estos casos que pareciera creerse que quién más grita, más razón tiene (cosa que suele ser a la inversa). Se escucha “pontificar” a quien no es pontífice… Evidentemente, si no hay posibilidad de encuentro o de debate pareciera que se trata de una especie de “discurso único” cuando, en realidad, sabemos que hay otros. “Si la historia la escriben los que ganan, eso quiere decir que hay otra historia”. Y, señalemos, si no se presta al diálogo o al debate eso revela, no solo la debilidad evidente del discurso, sino también una forma de cobardía. Hablo yo, sentencio yo, y los demás ¡se callan!

Las redes sociales, ciertamente, suelen ser espacio casi sagrado para los cobardes, un ámbito de “asilo”. Se puede difundir cualquier “dato” (que no es tal) el cual, la pereza ambiente nunca investigará, y las mentes “conspiranoicas” y las ideologías afines replicarán “ad infinitum… ad nauseam” y tantos lo creerán hasta el punto que, en ocasiones, los transformen en “dato seguro” (“no me vas a decir / negar que…”). La “ventaja” que tienen estas es que no importa el cargo o la situación del destinatario… es más fácil creer que investigar, es más fácil repetir que dudar, es más fácil difundir que reconocer la intencionalidad. E – insisto – se vuelve particularmente habitual cuando el destinatario de la “fake news”, la mentira, la calumnia es un adversario o adversaria… Total, difundirla no me trae ninguna consecuencia adversa. El anonimato me protege.

Si la cobardía se origina en la “cola”, lo contrario es la “cara”, sin duda. Dar la cara, enfrentar cara a cara; algo a lo que los cobardes no están ni habituados ni dispuestos. Y, los perezosos, desinteresados por la verdad, por el respeto a los demás, por la convivencia, simplemente repetirán sin consecuencias con otra especie de cobardía 2.0. Es interesante que el texto griego del Evangelio, no dice que es bueno “dar la vida” (sería casi suicida) sino “poner la vida”; frente al peligro el pastor o el amigo se ponen delante para proteger o cuidar el rebaño o los amigos, “dan la cara”.

La cobardía es “parienta” del miedo, del temor. Insisto que es razonable tener miedo ante un peligro cierto, pero es enfermizo cuando el riesgo no es tal. El miedo a fantasmas, situaciones inexistentes o exacerbadas al extremo, no es sino una (nueva) expresión de debilidad. Y frente al supuesto peligro, reconociendo mi debilidad (aunque no la acepte públicamente, por cierto: “yo tengo la verdad”), lo sensato es la actitud cobarde, sea del grito y la ofensa, sea el anonimato, sea el maltrato… Se llame como se llame, se presente como se presente, se auto perciba como se autoperciba, lo cierto es que se trata de cobardes. Nada menos (y muchos saben a quienes me refiero).


Imagen tomada de https://concepto.de/cobarde/

martes, 19 de mayo de 2026

Comentario a las lecturas de Pentecostés "A"

Jesús se va sin dejarnos solos

DOMINGO DE PENTECOSTÉS


Eduardo de la Serna



Lectura de los Hechos de los apóstoles     2, 1-11

Resumen: Los apóstoles están juntos en Jerusalén, según Jesús les ha indicado, esperando “la promesa” de Dios, a fin de que, habiéndolo recibido, puedan salir a anunciar a todos el Evangelio, la predicación de Jesús. El espíritu viene sobre ellos y se manifiesta en las lenguas que deben proclamar a todo el mundo y en la palabra única que deben anunciar, “la buena noticia del reino”. Al recibir el espíritu, la Iglesia recibe el impulso desde Dios para el desempeño de su misión evangelizadora “hasta los confines de la tierra”.


Comentando el comienzo de Hechos de los Apóstoles, el domingo pasado, de la Ascensión, mostramos las expresas semejanzas que Lucas pone entre el comienzo del ministerio de Jesús y el ministerio de la Iglesia. En este caso, por cierto, la presencia del Espíritu, que impulsó a Jesús, el descenso de ese espíritu de modo físico, o corporal, una voz o ruido del cielo, se repiten… Si Lucas quiere señalar que comienza el “tiempo de la Iglesia”, va a destacar que el gran protagonista de todo esto es –precisamente- el Espíritu Santo.

Hay que recordar que los apóstoles, para Lucas, están en Jerusalén aguardando “la promesa” que Dios ha hecho con los suyos. Jerusalén, por otra parte, es la meta de las grandes peregrinaciones litúrgicas de los judíos, especialmente en las tres grandes fiestas: las tiendas (otoño), la pascua y ¡pentecostés! (estas en primavera). Es por eso que se mencionan tantos judíos oriundos de tantos lugares (partos, medos, elamitas…).todos han ido, como es habitual, a la ciudad santa. Y allí están los discípulos de Jesús esperando el espíritu.

El texto tiene dos partes que parecen aparentemente contradictorias. Al derramarse el Espíritu, los apóstoles comienzan a hablar “en otras lenguas según el espíritu les concedía expresarse”. Por otro lado, a continuación el enfoque cambia y ya no se trata de que se hablan diferentes lenguas sino que al que habla “cada uno lo escucha en su propia lengua”, lo cual es evidentemente algo opuesto. Probablemente esto señale dos elementos teológicos diferentes que el autor quiere destacar. Ambos signos (y ambos en relación a la palabra) son la consecuencia visible del don del Espíritu Santo sobre la comunidad de discípulos.

Las así llamadas “lenguas” son una consecuencia de la presencia del Espíritu Santo en Hechos (ver también 10,46; 19,6). Del mismo modo que los “signos y prodigios” (2,19.22.43; 5,12; 6,8; 7,36; 14,3; 15,12) estamos ante manifestaciones del espíritu de profecía. Evidentemente Lucas quiere hacer patente en estos hechos que se trata de una intervención divina (precisamente la mala interpretación de que se trata de que están borrachos (v.13) requiere mostrar de un modo indudable que se trata del obrar de Dios. De todos modos, por tratarse, como es evidente, de un texto programático que alude al comienzo de la misión de la Iglesia, seguramente no hemos de descuidar que a “toda lengua” debe llegar la predicación de los apóstoles. Deben ir “hasta los confines de la tierra” y allí todos deben escuchar la palabra de Dios.

Pero por otro lado, nos encontramos ante una escena extraña, el texto dice que “cada uno lo escucha hablar en su propia lengua”. Esto es raro ya que por lo general todos entendían el griego. Es decir, no hacía falta ningún milagro para ser comprendidos, sin embargo algo quiere destacar Lucas aquí. Nuevamente el tema es la lengua, pero ahora hay una lengua que todos comprenden cada uno con su propiedad. Se ha pensado que Lucas quiere mostrar los efectos contrarios de la dispersión de lenguas ocurrida en Babel. Es posible (aunque el texto de Babel originariamente diga otra cosa, así parece haberse leído en este tiempo), pero si es el caso, no parece que debamos encontrar aquí el eje principal de interpretación del relato. El Evangelio es la palabra que deben anunciar, y debe ser comprensible para todos. Lo que todos entienden son “las maravillas de Dios”. Este término, “maravillas” (megaleia) es la única vez que se encuentra en el NT. En Dt 11,2 se refiere a la manifestación de Dios a los presentes (ver 2 Mac 3,34; 7,17), son manifestaciones que llegan “hasta el cielo” (Sal 70,19). Es un término habitual en el libro del Eclesiástico (17,8.10.13; 18,4; 36,7; 42,21; 43,15; 45,24). El término viene de “megas” (grande, que sí es frecuente). La construcción es semejante a la que María dice en el Magníficat: “ha hecho en mi favor maravillas (megála) el poderoso, Santo es su nombre” (Lc 1,49). Dios actúa en medio de la humanidad, se manifiesta, y estamos invitados a reconocer esa intervención. Tal es el caso de los milagros (en ambos sentidos) que debemos mostrar a todas las naciones en todas las lenguas. El Evangelio debe ser conocido y aceptado, la palabra debe crecer.

Pero esta tarea misionera de llegar a “toda lengua” (cf. Fil 2,11) no es algo que podamos desplegar sin la intervención de Dios. La Iglesia no puede comenzar su ministerio sin el Espíritu que la empuja, la impulsa y la llena de vida. Gente de todos los pueblos puede escuchar la palabra de Dios y –a partir de su fe- recibir el bautismo, y comenzar a su vez ellos a dejar crecer el Evangelio.



Lectura de la primera carta de san Pablo a los cristianos de Corinto     12, 3b-7. 12-13


Resumen: El espíritu es el que anima y fortalece a la comunidad. El que hace que los diferentes miembros de la ekklêsia estén al servicio los unos de los otros enriqueciendo el “cuerpo” y siendo gestores de unidad en la plena vivencia de la diversidad.


En 12,1 comienza una nueva sección de la carta a los corintios. Como los otros, empieza con la fórmula “con respecto a…” (7,1.25; 8,1; 12,1; 16,1.12) que parece ser –en cada caso- la respuesta que da Pablo a preguntas que los corintios le han formulado por carta (7,1). En este caso, la pregunta es acerca de “los (los dones o las personas) espirituales” y Pablo desarrolla el tema en tres grandes partes, concluyendo en 14,40. Los vv.1-3 constituyen la introducción a toda la unidad. El capítulo 12, por su parte tiene también tres grandes partes. En este caso, el texto litúrgico mezcla, sin un criterio literario aparente, la última parte de la introducción y la primera parte de cada una de las dos primeras unidades (vv.4-10 y vv.11-12). No es fácil entender el criterio de los cortes, aunque la centralidad en el tema del Espíritu, propio de la celebración de hoy, queda destacada. Veamos brevemente:

En la introducción, Pablo presenta un contraste entre el pasado y el presente de los destinatarios, un tiempo “sin espíritu”  y el tiempo “con espíritu”, tiempo actual “en la fe”. El contraste llega al extremo de enfrentar dos actitudes: la máxima blasfemia con la máxima confesión de fe. Decir que “Jesús es anatema”, es algo imposible de decir si ese tal tiene el espíritu, y la gran confesión de fe, “Jesús es Señor”, es algo sólo posible de decir “en espíritu”. Esto pone la fe como el criterio de pertenencia, una fe movida por el espíritu de Dios. Si uno confiesa a Jesús, ese tal tiene el espíritu de Dios.

Sin embargo esos dones espirituales son “distribuidos” (v.4), y tienen su origen en Dios, en el espíritu. A cada uno Dios le da diversos “carismas” para el provecho de la comunidad (v.7). Pablo enumera algunos de esos carismas (lo cual es omitido en el texto) y más adelante continuará mencionando otros. Es decir, no pretende presentar una lista exhaustiva de los dones, sino mencionar algunos para destacar la pluralidad y variedad, pero en el sentido de la unidad.

El texto está cortado, como dijimos, y comienza solamente la primera parte de la metáfora del cuerpo. La imagen del cuerpo y los miembros destaca la unidad y la diversidad; esto parece haber sido tomada de la filosofía estoica, donde era una metáfora común. Sin duda la unión de los cristianos en Cristo es tal que, para Pablo. genera una unidad indisoluble. 

Pero veamos brevemente el tema del espíritu en esta unidad. Para empezar, es sensato suponer que Pablo no está pensando en la “tercera persona de la Santísima Trinidad”. Sería anacrónico. El espíritu es el gran don de Dios para los últimos tiempos; se dona y envía su fuerza para que la comunidad pueda mantenerse fiel a los caminos de Dios. Este es el don que se da a la comunidad y por el cual proclama su fe ("Jesús es Señor"), es la fuerza que unifica el cuerpo y sus miembros, y que manifiesta en cada miembro diferentes “carismas” a fin de que toda la comunidad se enriquezca y crezca. Este don, recibido en el bautismo es gestor de unidad en la comunidad eclesial, del mismo modo que los miembros lo son en el cuerpo del que forman parte.




+ Evangelio según san Juan     20, 19-23

Resumen: Jesús se va, pero el espíritu es derramado para continuar en la comunidad con sus mismas características, y así poder vivir conforme al testamento que Jesús deja en su discurso final.

El segundo domingo de Pascua hemos comentado este Evangelio (aquí se encuentra sólo la primera parte, la escena “sin Tomás”, allí se incluía la segunda parte también). a lo allá dicho, añadimos aquí una nota sobre el Espíritu en Juan. Es evidente que este texto hoy es puesto en la liturgia por la referencia al envío del Espíritu.

El día de la resurrección está concluyendo. De madrugada, María Magdalena fue al sepulcro (20,1); más tarde María se encuentra con Jesús a quien confunde con el “jardinero” (20,15) y lo comunica a los “discípulos” y al atardecer de ese mismo día tiene lugar la aparición a “los discípulos”. No sabemos quiénes eran los que estaban en este relato (por lo cual los que deben ser tenidos en cuenta en el relato son “los discípulos” como conjunto), sólo sabemos quién faltaba: Tomás, que será el protagonista, junto con Jesús, de la próxima y última escena. Esta unidad tiene entonces dos partes separadas por una semana (a fin de que la nueva aparición del resucitado vuelva a ocurrir en domingo). La ausencia y presencia de Tomás marca el elemento -nuevo en la segunda- que las relaciona.

Empecemos señalando que la presencia de Jesús con las puertas cerradas (v.19.26) parece intentar aludir a que Jesús no ha vuelto a la misma vida pasada: su cuerpo es el mismo, pero es a su vez distinto, es glorificado. Como en la escena que sigue, las palabras de Jesús reconocen y otorgan el don de la paz (shalom, algo necesario en medio del “temor”; no es justo decir que la paz ya está entre ellos –a causa de la ausencia de verbo, lit. “la paz con ustedes”- ya que el temor y la alegría posterior parecen desmentirlo) que Jesús les otorga (vv.19.26) y a continuación “les muestra las manos y el costado” reforzando así la idea de que “el resucitado es el crucificado”, continuidad y diferencia. 

La alegría y la paz nuevamente otorgadas, tienen una nueva dimensión. No se trata simplemente de repetir un saludo y que los discípulos se “alegren” por verlo resucitado, la “paz” y la “alegría” son dones escatológicos, como es escatológico todo el ambiente de esta escena. La resurrección de Jesús empieza a derramar sobre los suyos, los discípulos, los dones esperados para el final de los tiempos. Precisamente el gran don, el que engendra los anteriores, es el Espíritu que ahora entrega el resucitado. Nosotros lectores ya sabemos que sobre el pequeño grupo al pie de la cruz –los creyentes representados en la madre y el discípulo amado- se ha donado el espíritu (19,30), como estaba anunciado (7,39). Pero el espíritu –ver los dichos del Paráclito (ver 14,16.26; 15,26; 16,7, siempre en el discurso de despedida)- no se derrama sobre el pequeño grupo, sino sobre todos los creyentes para ser testigos (20,22; ver 15,26-27).

Ahora bien, como se puede ver en una lectura integral de todo el Evangelio, uno de los elementos centrales de la cristología joánica es presentar a Jesús como “enviado” del Padre. El “enviado” (en hebreo “sheliah”) es una institución característica para la cual la persona tiene “la misma autoridad que tiene quien lo envía”, es decir, lo que dice, lo que decide, lo que deja de hacer es el mismo ‘enviador’ quien lo hace. Siendo Jesús “enviado del Padre” evidentemente pronuncia su misma palabra, opera sus mismas obras como todo a lo largo del Evangelio queda claro. “Enviado” en griego se dice con dos términos, pempô apostellô (de donde viene “apóstol”). Así podemos decir que en el cuerpo del evangelio de Juan sólo hay un “apóstol” que es Jesús. Sin embargo, una vez resucitado, Jesús “envía” a sus discípulos así “como el Padre me envió” (ver 13,16.20; 17,18), y –en coherencia con los textos mencionados- es un envío “al mundo”.

A continuación les da la capacidad de hacer llegar a todos el perdón de Dios (en un texto que tiene cierto contacto con Mt 16,19; 18,18).

La escena queda abruptamente interrumpida –no hay despedida ni partida- con la referencia a la ausencia de Tomás. En un diálogo entre ambas escenas los asistentes confirman que han “visto al Señor” (nuevamente se confirma que la alusión a los que creen sin ver, que dirá más adelante, no se refiere a ellos) pero Tomás manifiesta explícitamente su incredulidad yendo más allá de la visión, él quiere tocar.

Centrándonos en el tema del "Espíritu" podríamos señalar la importancia que en Juan tiene el personaje al que llama “paráclito”, o detenernos en el “envío”, que - como dijimos - tan importante es el en Cuarto Evangelio. O la relación entre el espíritu y la comunidad joánica. Intentaremos –brevemente- un camino intermedio.

Las Biblias contemporáneas tienden a no traducir la palabra griega “paráclito” que antiguamente se traducía por consolador, abogado, etc. Es que el término “paráclito” es muy amplio y abarca esos elementos y también otros más. Como se sabe, las referencias al paráclito se encuentran en el largo discurso de despedida de Juan (Jn 13-17). Como una suerte de “testamento” de Jesús, él prepara a los suyos para su partida, y reconoce como verdaderos “herederos” a aquellos que vivan como él, en este caso, “el amor, como yo los he amado”. El paráclito aparece como una suerte de personaje que Jesús enviará cuando se vaya. Por eso “conviene” que se vaya ya que si no se fuera, no recibirán el paráclito. Si miramos algunos términos que se le aplican: verdad, envío, está con los discípulos, que el mundo no puede recibir ni conoce, que enseñará, son términos que se aplican también a Jesús en Juan. En cierta manera el Paráclito es una nueva manera de presencia de Jesús glorificado en medio de los suyos. Es un enviado a una comunidad, y con una misión concreta, que esta comunidad sienta la presencia en su vida cotidiana, en el conflicto, en conocer la verdad.

Un elemento interesante que concentra “el misterio” en Juan es el momento de la muerte de Jesús. Allí, afirma Juan, Jesús “entregó su espíritu”. El grupo al pie de la cruz resume, en cierto modo, la primera Iglesia: dos personajes con fuerte carga simbólica están allí (al decir “simbólica” por supuesto que no negamos su entidad real): el discípulo amado y la madre de Jesús. Que a partir de este momento serán “madre e hijo”. Hay elementos (no tantos como los que luego desplegarán los Padres de la Iglesia a partir de Justino) para pensar en la madre como una suerte de “Eva”: hay referencia a un jardín, a una mujer-madre, a una costilla. Y hay un discípulo que es amado, que tiene profunda intimidad con Jesús en la pasión, lo acompaña en la cruz, lo reconoce resucitado y cree, sin ver, en Jesús. En cierto modo, la novedad que Jesús trae, la nueva comunidad de discípulos está allí en la cruz, y a ellos “entrega su espíritu”. En un instante Juan concentra pasión y envío del Espíritu, algo que luego desarrollará en el relato que nos toca comentar.

Mirando el término “espíritu”, en Juan no es muy frecuente, como lo es en otros (19x en Mt; 23x en Mc; 36x en Lc [+ 70x en Hch] y 24x en Jn). Luego de una alusión al Bautismo de Jesús –no mencionado en Juan- habla de un “nacimiento” según el espíritu que refiere a los discípulos a partir de nuestro bautismo, a una verdadera adoración “en espíritu”, las palabras de Jesús “son espíritu y vida”. En 7,39 señala expresamente que el Espíritu lo recibirán los seguidores a partir de la glorificación de Jesús, esto es, a partir de la Pascua. Fuera de esta mención expresa, debemos esperar al discurso de despedida para escuchar hablar del Espíritu como un don. Este don, presentado como paráclito, como se ha dicho, es un modo nuevo de presencia de Jesús entre los suyos: espíritu de verdad, enviado y maestro, que no hablará por su cuenta, tal como debe ocurrir con el enviado. Luego de estos anuncios, quedan los dos textos finales a los que hemos hecho referencia: Jesús, que en la cruz “entrega su espíritu” y que a los discípulos reunidos (¿quiénes?, no se dice) les entrega su espíritu en un soplo.

La comunidad de los discípulos de Jesús continúa, Jesús se va pero no se desentiende de nuestra suerte. El y el Padre envían un paráclito, alguien con las mismas características de Jesús para que los discípulos puedan vivir el testamento que ha dejado, vivir el amor los unos a los otros como él nos ha amado.

el video con comentario al Evangelio en
https://youtu.be/VQv_tyzEXP8
o también en
https://blogeduopp1.blogspot.com/2026/05/comentario-al-evangelio-de-pentecostes-a.html


Dibujo tomado de http://ismaelojeda.wordpress.com

viernes, 15 de mayo de 2026

Una reflexión bíblica, teológica e histórica de la adoración eucarística

Una reflexión bíblica, teológica e histórica de la adoración eucarística

Eduardo de la Serna



Ante la próxima fiesta del cuerpo y la sangre de Cristo, yo quisiera compartir una reflexión que me parece muy importante en este tiempo. 


Es evidente que la celebración de la cena de Jesús fue importante desde los orígenes. Mucho antes de los evangelios ya San Pablo, en la primera carta a los Corintios, lo destacaba. Cada evangelio, por cierto, tiene su propia riqueza y, por lo tanto, sus propios aportes sobre el tema. No es este, además, el momento de preguntar quiénes participaron en aquella última cena, pero no es nada improbable que además de los 12 hubiera también algunas mujeres compartiéndola. Es evidente que, en aquella cena, quizás pascual, Jesús interpreta su muerte inminente en clave de aquella comida que comparte, su cuerpo partido, su sangre derramada... 


Sabemos también que, en los primeros siglos, las comunidades celebraban esa comida como un encuentro de hermanos y hermanas, celebrándola el domingo. De todos modos, pareciera que esta se celebraba en dos momentos, por la mañana y finalmente por la noche, para la gente que debía ir a trabajar. 


Con el tiempo empezó a plantearse el problema de qué hacer con quienes no habían podido participar, sea por estar presos o por estar enfermos y, entonces, se planteó teológicamente que Jesús seguía presente en ese pan que ahora se llevaría a los ausentes. 


Se sabe, fácilmente con mirar un poco la historia de los primeros siglos, que los ministros ordenados, quizás también mujeres, celebraban ocasionalmente la eucaristía; algunos, incluso, muy pocas veces en el año. 


Tiempo después, especialmente cuando acabó el tiempo de las persecuciones y los martirios, el modelo empezó a trasladarse a los monjes; en este caso empezó a celebrarse diariamente la eucaristía, empezó a proponerse como modelo el varón célibe, pero, en muchos casos, también con un planteo individual (hay que recordar que monje, monos, monasterio viene de unidad y no de comunidad). 


Especialmente a partir del 1200 empezaron a añadirse elementos como la elevación de la hostia y el cáliz para su adoración, la reserva del Jueves Santo y, en 1214 el Papa Urbano IV y finalmente el Concilio de Viena (1314) establecen la fiesta del “Corpus Christi”. En el s. XIII comienza a celebrarse en el marco de una procesión y un siglo después se comenzaron las bendiciones con el Santísimo y ponerse de rodillas ante el sacramento. Mucho más tardíamente empezó a destacarse la celebración de una adoración al santísimo sacramento, particularmente a partir de los conflictos eucarísticos con las comunidades protestantes. Pio XII concederá indulgencias ante quien lo adorare y repitiera “¡Señor mío y Dios mío!” (notar lo "mío" y no "nuestro").


Aquí viene lo que yo quisiera plantear hoy. 


Creo, personalmente, que es sumamente grave, en nuestro tiempo contemporáneo, el individualismo; individualismo del cual la iglesia no está exenta ("¡Señor mío y Dios mío!"). No solamente son numerosísimas las canciones en primera persona: "me has mirado a los ojos", "el espíritu se mueve en mí", "ven a mi vida", etcétera, sino que también ese individualismo campea en todos los ambientes sociales, políticos, económicos, etcétera y, si hay algo que la iglesia no puede, por definición, es ser individualista; primero porque iglesia quiere decir comunidad, asamblea, segundo porque lo que nos identifica es el amor, que evidentemente implica terceros y, en particular, porque la eucaristía es la comida de un pueblo, es una mesa compartida. Acá es donde creo que la adoración eucarística debería repensarse muy seriamente para evitar que se transforme, y a veces incluso idolátricamente, en algo personal entre Dios y yo donde el pueblo y la mesa compartida están ausentes, ya que si la eucaristía se plantea de ese modo se ha deformado de raíz su sentido bíblico, teológico e histórico. La adoración eucarística puede ser algo sumamente importante siempre y cuando no se pierda de raíz y de todas las formas posibles la mirada comunitaria de un pueblo que es alimentado por Jesús que se nos da y nos invita a vivir como él lo hizo; caso contrario estamos a las puertas de aquel dicho del gran biblista alemán de la primera mitad del siglo pasado: “no hay ni una sola verdad de fe que no pueda ser manipulada idolátricamente” (G. von Rad).


Imagen tomada de depositphotos.com/es/photos/compartiendo-el-pan.html

jueves, 14 de mayo de 2026

Miqueas de Moréset

Miqueas de Moréset

 Eduardo de la Serna



Como ya hemos dicho en otra ocasión, el nombre Miqueas, que llevan varios personajes en la Biblia, se atribuye a dos profetas distintos. Miqueas, hijo de Yimlá (ver 1 Re 22) y otro, habitante de Moréset. Ya hemos dicho algo del primero, por lo que es oportuno decir algo de este último, cuyo nombre lleva un libro que se encuentra dentro de los llamados “Profetas menores”.

Como decimos, se nos informa la localidad, Moréset, cosa que también sabemos por Jer 26,18, pero hoy no hay seguridad acerca del lugar preciso. Sólo sabemos que no es lejano de Jerusalén. Además, como es habitual en los profetas, se nos dice en qué período ha ejercido su ministerio: “en tiempo de Jotam, Ajaz y Ezequías, reyes de Judá” (Miq 1,1), es decir, aproximadamente entre los años 727 y 701 antes de Cristo.

Pero Moréset es una región campesina rodeada de fortalezas, y esto implica abusos contra los campesinos: desde robo de tierras o frutos de cosechas o ganado, secuestro de hijos para incorporarlos al ejército, e incluso abuso excesivo con los impuestos. Contra todo esto levanta su voz el profeta. Pero, para mayor gravedad del tema, esto lo hacen personas que se llaman religiosas, con el aval de sacerdotes y profetas de la ciudad. Miqueas vive en el campo y padece la ciudad. Y su mensaje es durísimo contra los sectores de poder, tanto la corte, como el templo y los profetas (obviamente, falsos profetas). Por eso dice cosas tan duras como que:

«Escúchenme, jefes de Jacob, príncipes de Israel: ustedes que desprecian la justicia y tuercen el derecho, edifican con sangre a Sión, a Jerusalén con crímenes. Sus jueces juzgan por soborno, sus sacerdotes predican a sueldo, sus profetas practican la adivinaciónn por dinero; y encima se apoyan en el Señor diciendo: ¿No está el Señor en medio de nosotros? No nos sucederá nada malo». (Miq 3:9-11)

Es decir, una ciudad tan esplendorosa e importante como Jerusalén (¡nada menos que Jerusalén!) está “edificada” con violencia, sangre e injusticia. Y, por eso, no teme en anunciar su pronta destrucción (como la inminente destrucción de Samaría [en el año 722 a.C.] lo prepara). La causa radica en que los jefes, que deberían ocuparse del bienestar de su pueblo, en la práctica “lo devoran” como carne para el puchero (3,1-4). Es que no solamente maltratan, sino que, además les roban campos y ganados (2,1-2).

El terrible y amenazador ejército asirio avanzaba contra Israel, ya había destruido Damasco y avanzaba contra Samaría, a la cual, como dijimos, destruirá poco tiempo después. Esto motivó a que muchos samaritanos huyeran hacia Jerusalén, por lo que la ciudad debía ampliarse con barrios enteros (a esta edificación de la ciudad, con violencia y sangre es que alude el profeta). Pero también Miqueas debe enfrentar a los “profetas” que “hablan en nombre de Dios”, pero – como él lo dice – hablan por dinero, es decir, dicen a los que les pagan, aquello que ellos quieren escuchar, en este caso, loas a Jerusalén. El campesino Miqueas no dudará en afirmar todo lo contrario.

Miqueas será tenido en cuenta en el Nuevo Testamento ya que, para resaltar un futuro de esperanza, anuncia que algún día vendrá un buen rey que, como el gran David, nacerá en Belén (Miq 5,1), porque en esos tiempos Dios descartará el pecado de Israel “como lo había prometido a nuestros padres” (Miq 5,20 y repite María en el cantico profético del Magníficat, Lc 1,55). Finalmente, Jesús insiste en que lo más importante es la misericordia, la justicia y la fe (Mt 23,23) recordando Miq 6,8. Miqueas no predica la resignación, evidentemente, pero ser sumamente crítico de los poderosos no le impide que, por su confianza en Dios, sea una persona de esperanza. ¡Y la transmite!


Imagen tomada de https://en-la-biblia.com/miqueas-de-moreset-personas-en-la-biblia-2/

martes, 12 de mayo de 2026

Comentario a las lecturas de la Ascensión "A"

Jesús permanece en medio de su Iglesia misionera

LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR – “A”


Eduardo de la Serna


Lectura de los Hechos de los apóstoles     1, 1-11

Resumen: Como el comienzo del Evangelio, el comienzo de Hechos muestra el despliegue de los preparativos para el fiel cumplimiento de la misión. Los Apóstoles deben continuar la obra de Jesús expandiendo por todas las regiones la Palabra de Dios hasta que Él vuelva. Aunque antes, deben esperar la fortaleza que Dios mismo le garantiza con el envío del Espíritu Santo.

Lo que llamamos “Ascensión” es una creación literaria-teológica de Lucas. Con ella finaliza su Evangelio (como se ve en el día de hoy) y con ella comienza su segundo volumen, Hechos de los Apóstoles. Por un lado, se puede ver que hay un enlace entre el final de uno y el comienzo de otro, y a su vez un paralelo entre ambos comienzos. Lucas quiere mostrar claramente que hay una estrecha relación entre la predicación de Jesús y la predicación de la comunidad cristiana. Veamos esquemáticamente ambos paralelos, y algunos elementos del texto que la liturgia nos propone.


Paralelos entre el final de Lc y el principio de Hch

Lucas
temas
Hechos
24,13-43
Pruebas de que vivía
1,3
24,4
dos hombres vestidos
1,10
24,10
mujeres con los apóstoles
1,14
24,47
predicar a todas las naciones comenzando por Jerusalén
1,8
24,48
ser testigos
1,8
24,49
promesa del Padre
1,4
24,49
no se vayan de Jerusalén
1,4
24,51
elevado al cielo
1,9


Paralelos entre el comienzo de Lucas y el comienzo de Hechos


Lucas
temas
Hechos
1,1-4
introducción a Teófilo
1,1-3
4,2
40 días antes de la misión
1,3
4,1.14.18
comienzo por medio del Espíritu Santo
1,2
4,43 (ver 1,33)
Reino de Dios
1,3
3,16
Juan bautizó con agua
1,5
3,3
proclama de arrepentimiento
2,38
1,21.22.39.41
Cumplimiento de las leyes
1,12
6,12-16
elección de los Doce
1,16-26
3,22
Llenos del Espíritu Santo
2,1-4
3,21
... del cielo
2,2
3,22
un ruido
2,6
4,18-21
después del envío del Espíritu se cumple la Escritura
2,14
4,24 (25-30)
profeta (por el Espíritu)
2,17-18
4,36
milagro, asombrar
(thambô, sólo aquí [y Lc 5,9] en todo el NT)
3,10
5,1-12; 27-28; 6,12-16
la comunidad crece
2,17-18
9,51
tomó la decisión de ir a Jerusalén
19,21
13,33
dispuesto a morir en Jerusalén
21,13
23,18
reclamo de muerte
21,36
23,1
tribuno romano
21,37
20,20; 21,12
procurador
23,24.26; 24,1
23,8-12
ante el “rey”
25,13
24,27.44
cumplimiento de la Ley y los Profetas
24,14; 28,23
24,48
testimonio de Jesús
28,23

De todos modos, detengámonos en algunos elementos que hacen a una mejor comprensión del texto. No sólo son evidentes los paralelos que hemos destacado. Hay aspectos valiosos a considerar. Por ejemplo: si bien el tema del “reino de Dios” es tema fundamental en la predicación de Jesús, no es tema aparentemente importante en Hechos. Sin embargo, no podemos descuidar que el tema se encuentra presente en los momentos clave de este libro, y también en el comienzo y en el final (1,3.6; 8,12; 14,22; 19,8; 20,25; 28,23.31). Del mismo modo que antes de comenzar su ministerio Jesús pasa 40 días en el desierto (Lc 4,2), la Iglesia se encuentra con Jesús 40 días, antes de empezar el suyo (algo especialmente significativo si recordamos que en el Evangelio de Lucas, Jesús asciende el mismo día de su resurrección; es evidente que Lucas quiere destacar aquí el número 40; ver Hch 1,3). El encuentro con Jesús, como es frecuente en el Evangelio se da en el marco de una comida, del mismo modo que se destaca la centralidad de Jerusalén para la misión evangelizadora (v.4) y se prepara la venida del Espíritu Santo para esta misión (del mismo modo que ocurrió con Jesús.  Se pone en paralelo expresamente el bautismo de Juan con el que empieza el ministerio de Jesús con la venida del Espíritu (v.5) y se continúa destacando la centralidad del tiempo –tema característico de toda la obra de Lucas- (v.7). Hay consenso general entre los estudiosos que el v.8 es clave en toda la obra de Hechos: así como Lucas tiene una clara distribución geográfica e histórica, también esto se puede ver en Hechos. Pero no es “meramente” una distribución en orden a lo “narrativo” sino con explícita intencionalidad teológica. Así como Jesús en todo su evangelio se dirige a Jerusalén “porque no debe un profeta morir fuera de Jerusalén” (13,33), aquí se señala que el Evangelio y su testimonio se entenderán “en Jerusalén, en toda Judea y Samaría y hasta los confines de la tierra” (v.8). Es por eso que cuando Pablo llega a Roma (el acceso a “los confines de la tierra, porque “todos los caminos conducen” a ella) Lucas puede terminar su obra sin contarnos que le sucedió a Pablo. Su lema –a lo largo de la obra es que “la palabra (de Dios) crecía” (6,7; 12,24; 19,20) y crece tanto que llega hasta la capital del imperio. Mirando la estructuración de Hechos puede verse que toda la primera parte muestra cómo se predica en Jerusalén, luego en Judea y Samaría, y la palabra crece hasta llegar a Antioquía, Asia Menor, Europa, y finalmente hasta Roma. El “programa” del v.8 se despliega a lo largo de todo el libro.

En este marco, luego de haberle señalado a los apóstoles su misión, es que ocurre la ascensión. Jesús ya puede irse, tiene quienes continúen su tarea. El modo de elevarse es con características propias de las teofanías (manifestaciones de Dios), nube, cielo, hombres vestidos de blanco, y finalmente la confirmación de la visión. La palabra de los hombres marca también el sentido teológico de Hechos: Jesús vendrá del mismo modo que se lo vio partir, ¿qué hacen mirando al cielo? Es decir: “¡a trabajar!” Jesús va a volver y hasta que vuelva, a ustedes les toca anunciar el Evangelio, hacer que la palabra de Dios crezca y se anuncie en todo el mundo. Entendido en este sentido, Hechos no ha terminado, seguimos en el “tiempo de la Iglesia” y debemos continuar la tarea de la Evangelización.

La Ascensión es como un juego de postas: ahora les toca a los sucesores, los apóstoles (que en Lucas son los Doce). Esto también se destaca en Hechos de un modo claro, luego le tocará a otros (los Siete, Bernabé y Pablo) y más tarde a otros, “los presbíteros”. El anuncio del reino debe continuar hasta que Jesús vuelva como se lo vio partir. Pero para que este pueblo profético pueda desempeñar su misión, debe estar acompañado por el Espíritu Santo, que es el gran responsable de la tarea evangelizadora. Pero la venida del Espíritu, el próximo paso antes de comenzar la misión, será en unos pocos días más.


Lectura de la carta a los cristianos de Efeso     1, 17-23


Resumen: La estrecha unión entre Cristo y su Iglesia marca un camino. Allí donde ya está el Señor se dirige su “Cuerpo”. Utilizando los Salmos el autor muestra que Jesús ya está junto a Dios habiendo vencido a las fuerzas del mal y la muerte y hacia donde nos dirigimos.


Después de un interesante Himno eclesial (1,3-14) el autor, un discípulo de Pablo, se dirige a los destinatarios (¿una comunidad? ¿una “carta abierta”?), haciendo expresa referencia a la misión de la Iglesia en medio del mundo (pagano). El autor señala que esto que destacará es lo que él pide a Dios en sus oraciones, por lo que el texto es claramente una “oración”. Si se ve atentamente, estamos ante una oración larguísima, sin punto desde el v.15 hasta el v.21. Los vv.22 y 23 constituyen finalmente la conclusión, o la motivación, que es la estrecha relación entre Cristo y su Iglesia, tan estrecha como la de un cuerpo con la cabeza.

En la oración, fundamentalmente lo que el autor pide para la Iglesia es que “conozca”. Sabemos que “conocer”, en el mundo bíblico es una experiencia profunda del objeto, no se trata de algo expresamente “racional”, o intelectual. Pide que Dios, “el Padre de la gloria”, el “Dios de nuestro Señor Jesucristo” les  conceda “espíritu de sabiduría y revelación” precisamente para “conocerlo perfectamente”. De ese modo, podrán profundizar 3 elementos importantes: la esperanza en la llamada, la riqueza de la gloria y la grandeza del poder desplegado en la Pascua. Es decir, conocer a Dios implica conocer su intervención activa en la historia de la salvación, llegada a su plenitud en el “acontecimiento Cristo”. Pero esto es imposible sin el espíritu (no pensemos aquí que se refiera explícitamente al Espíritu Santo) de sabiduría, esto es la capacidad de comprender, el reconocer el paso de Dios en la vida, y de revelación, es decir la explícita manifestación de Dios que aclara, interpreta la historia. Sin dudas esto es necesario e imprescindible para reconocer el obrar de Dios que a continuación explicitará como llamada, gloria y poder. Pero todo esto es “en relación” a la comunidad, la esperanza es “a la que fuimos llamados”, la gloria es “en herencia a los santos” y el poder manifestado en la resurrección y ascensión es “poder para con nosotros”. La relación de la Iglesia con Cristo es inseparable. Es interesante notar (aunque aquí sólo es insinuado y desarrollará más adelante, esta unión de los creyentes con Cristo es tan plena que así como Cristo está resucitado y sentado junto a Dios, del mismo modo, estando plenamente unidos a Cristo, los creyentes ya están resucitados y sentados conjuntamente a él (2,6) a fin de “mostrar la sobreabundante riqueza de su gracia“.

Esta estrecha interrelación se expresa en la conclusión con la metáfora del cuerpo y la cabeza. No es unánime entre los estudiosos la afirmación de que la imagen esté tomada del ambiente estoico, o quizás también (pre) gnóstico, Lo cierto es que la imagen alude a –por un lado- una estrecha interpenetración, y también a un sentido de superioridad. La cabeza es, aparentemente, la conducción en este caso. No parece que deba entenderse en sentido de precedencia, sino de gobierno. El tema “cabeza de su cuerpo, la Iglesia” es tema recurrente en Colosenses y Efesios (Col 1,18.24; 2,10.17.19; 3,15; Ef 1,22-23; 2,16; 3,6; 4,4.12.15; 5,23.30; ver Ef 1,10). Esta comunión entre cuerpo y cabeza permite la esperanza ya que “precedernos como Cabeza nuestra, para que nosotros, miembros de su Cuerpo, vivamos con la ardiente esperanza” (Prefacio).

Es interesante señalar que esta “elevación” es “por encima” de todo “principado [arjê], poder [exousía], virtud [dynamis] y señorío [kyriótês]”. Estos extraños personajes (ver 3,10; 6,12; Col 1,16; 2,10.15) parece que deben entender como por poderes “de este mundo”, como personajes diabólicos, fuerzas del mal que son vencidas por Cristo aunque parezcan “todopoderosas”. Todo (panta) está puesto “bajo sus pies” constituido “cabeza del cuerpo” (v.22-23). Y así es “la plenitud del que todo en todo es plenificado” (así parece conveniente leer literalmente el versículo conclusivo). La fórmula “todo bajo sus pies” está tomada del Sal 8,7 y se refiere al “todo” de la creación sometido al señoría del ser humano que es “apenas inferior a un Dios” (v.6). Sin embargo, otro salmo está en el trasfondo de la idea de la ascensión al destacar al resucitado como “sentado a la diestra (de Dios) en los cielos” (Sal 110,1). Aquí volvemos a encontrar la idea de “los pies”, aunque en este caso se refiere explícitamente a los vencidos (cf. Jos 10,24). El rey se sienta a la derecha de Dios que lo guiará para triunfar sobre los enemigos, “quebrará a los reyes” (enemigos, v.5). Este Salmo fue muy utilizado por el primer cristianismo (ver Hch 2,33.35; Mc 12,35-37) para aludir a la resurrección (y el autor de Hebreos encuentra en el v.4 elementos para profundizar el sentido sacerdotal del Mesías). La ausencia de Jesús, el haber sido resucitado por Dios supone que Dios lo ha “llevado” junto a sí, y “sentado a su derecha”. El Salmo, que está en el trasfondo de este y otros textos es claramente usado por el cristianismo primitivo para mostrar que las Escrituras ya aludían a la resurrección de Jesús.



Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo     28, 16-20

Resumen: Jesús resucitado se encuentra con los Once en Galilea. Allí pronuncia el último discurso del Evangelio enviándolos de un modo misionero. Pero les garantiza que él estará siempre en medio de los suyos acompañándolos.



El texto evangélico es el final del evangelio de Mateo (Evangelio que se lee en este tiempo litúrgico). El texto no hace referencia a la Ascensión ya que esta es, propiamente hablando, una creación literaria de Lucas. Toda la larga unidad anterior estaba constituida por tres escenas en torno al sepulcro:


1.    Las mujeres (María Magdalena y la otra María; cf. 27,61, seguramente la madre de Santiago y José, cf. 27,56) van al sepulcro [28,1-8]. El ángel les dice: “Y ahora vayan enseguida a decir a sus discípulos: «Ha resucitado de entre los muertos e irá delante de ustedes a Galilea; allí le verán.» Ya se los he dicho” (28,7);

2.    Las mujeres se encuentran con Jesús que les dice: «No teman. Vayan, avisen a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán». (28,10)

3.    Los sumos sacerdotes sobornan a los soldados (28,11-15)


La escena con la que concluye en Evangelio es precisamente el encuentro de los discípulos (a los que Jesús llama “hermanos”) en Galilea (cf. 26,32). Mateo acota que el encuentro ocurre en un “monte”, que “Jesús les había indicado”. La importancia de los montes en Mateo es fácilmente notable: en un monte ocurre una tentación (4,8), en un monte Jesús comienza sus enseñanzas (5,1), Jesús ora en un monte (14,23), sigue enseñando y sanando desde un monte (15,29), en otro se transfigura (17,1) y finalmente en uno se encuentra resucitado con los “hermanos” (28,16).

La resurrección ha provocado un encuentro, y los que lo ven lo “adoran” (prosekynêsan). En la tentación Satanás le pide ser adorado a cambio de los reinos del mundo y su gloria (4,9) y Jesús les dice que a Dios se ha de “adorar y sólo a él se dará culto” (4,10). Sin embargo, en el Evangelio son varios los que se postran ante Jesús: un leproso (8,2), un magistrado (9,18), los discípulos en la barca (14,33), una mujer cananea (15,25), la madre de los hijos de Zebedeo (20,20) e incluso las mujeres ante el resucitado (28,9). Sin embargo, algunos “dudan” (distázô). Este verbo se encuentra sólo una vez más en el NT, Pedro duda al caminar sobre las aguas manifestando así su “poca fe” (Mt 14,31). Algunos manifiestan su poca fe ante el resucitado. Esto motiva una última intervención de Jesús en el Evangelio:

Jesús reconoce que “me ha sido dado” (la voz pasiva indica que Dios se lo ha dado; el aoristo indica un momento preciso: ¿la resurrección?) “todo poder” (exousía) en el “cielo y en la tierra” (es decir, en todo el mundo). Ese poder se manifiesta en la enseñanza de Jesús (7,29), en su capacidad de perdonar pecados (9,6), en la expulsión de los vendedores en el Templo (21,23). Con la autoridad de su palabra los envía a “hacer discípulos” (el verbo, mathêteúô se encuentra una vez en Hechos -14,21- y luego solamente en Mateo: 13,52; 27,57; 28,19) a “todas las naciones” (ethnê), en el Evangelio se refiere a los paganos (4,15; 6,32; 10,5.18; 12,18.21; 20,19.25; 21,43; 24,7.9.14). Aunque la invitación a “todas las naciones” parece incluir aquí también a los provenientes del judaísmo. La Iglesia –tema importante en Mateo- es una nueva nación (ethnê) que debe dar frutos (21,43), que debe reconocer con fe a Jesús presente en los que tienen hambre, sed, frio… (25,32). 

Este “hacer discípulos” se concretizará en el bautismo. Parece provenir de la comunidad de Mateo la novedad de bautizar “en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo” ya que el cristianismo de los orígenes bautizaba en el nombre de Jesús (cf. Hch 2,38; 8,12.16; 10,48; 19,5; cf. 1 Cor 1,13.15; lo que no quita que la fórmula trinitaria tenga elementos paulinos, cf. 1 Cor 12,4-6; 2 Cor 13,13). La importancia que este Evangelio tuvo en los comienzos (probablemente por la importancia a la identidad propia de los cristianos, que da el Evangelio de Mateo) influyó en que esta fórmula característica del bautismo se impusiera luego en la Iglesia universal. 

Al hacer discípulos deben “enseñar” (didáskontes) a guardar (ver 19,17; 23,3) lo que ha “mandado” (entéllô, de donde viene entolê, mandamiento; aunque es sólo una cosa la que Jesús “ordena” y es no contar la transfiguración hasta la resurrección, 17,9; sin embargo, el uso es bíblico: Ex 7,2; 29,35; Dt 1,41; 4,2…). Este mandato misionero es la clave de toda esta unidad, la Iglesia no es un grupo cerrado en sí misma sino una comunidad que debe salir de sí hacia los otros. “Enseñar” y “bautizar” se encuentran ambos en participio presente, quizás bautizar y enseñar a hacer lo mandado por Jesús constituye el modo en que los discípulos “harán discípulos” a todos los pueblos.

El Evangelio culmina con una imagen clave de todo el libro. Desde el comienzo sabemos que Jesús es “Dios con nosotros” (1,23). Jesús dirá que “está” en medio de dos o tres que se reúnen en su nombre (18,20), que está en los pobres, hambrientos, sedientos, enfermos, presos… (25,40.45), en los discípulos (10,40), ahora afirma que estará “hasta el fin del mundo” en medio de los suyos (28,20). El Jesús de Mateo no se va (en ese sentido, no “asciende”) sino que está siempre en medio de los suyos.


Dibujo tomado de www.doloresmendieta.com.ar