lunes, 30 de diciembre de 2024

Video con comentario al 2do domingo de Navidad

Video con comentario al 2do domingo de Navidad



o también en

https://youtu.be/u9OEVYk5z18

Eduardo

2do domingo de Navidad C

Jesús sigue acampando en nuestra tierra

DOMINGO SEGUNDO DESPUÉS DE NAVIDAD


Eduardo de la Serna



Lectura del libro del Eclesiástico     24, 1-2. 8-12

Resumen: La sabiduría de Dios habla de sí misma presentándose como una entidad independiente. Y se la destacará como presente en medio de su pueblo después de haber recorrido todos los tiempos y todos los lugares antes de “acampar” en Israel. Esto es lo que canta litúrgicamente el autor.


Una serie de textos de la literatura sapiencial presentan unos himnos en los que se refiere a la sabiduría divina presentada casi como si se tratara de una persona; se los ha llamado de “la sabiduría personificada”, como si se tratara de una licencia poética, una especie de “hipóstasis”. Sea como fuere, lo cierto es que estos textos fueron muy utilizados en los primeros escritos cristianos para hablar de Cristo ya que permitían dar pasos que la ortodoxia judía –a la que adherían- de ninguna manera les habría permitido dar: la preexistencia de Jesús, la altura (casi) divina… La gran mayoría de los himnos del NT, que son cristológicos, utilizan estos cánticos, como el prólogo del Evangelio de Juan (Evangelio del día). La referencia a la sabiduría que acampa en medio de su pueblo sin duda ha inspirado al autor del himno de Juan, y parece el motivo por el que es incorporada en el leccionario de hoy.

La “Sabiduría” comienza con un elogio de sí misma, luego la muestra buscando “su lugar en el mundo” hasta que “acampa” en Israel (vv.3-12) para luego establecer imágenes comparativas: con el universo vegetal (vv.13-17), y con un banquete (vv.19-22).

Para la Biblia es sumamente necio la auto-alabanza; sólo tiene sentido alabar a Dios, o su obra en nosotros, esto es “gloriarse” en Dios que actúa (cf. 39,8; Jer 9,22-23). En este caso, la Sabiduría lo dice expresamente, se gloría “en medio de su pueblo, en la asamblea del Altísimo abre su boca, delante de su Poder (= Dios) se gloría”. Lo que hará, entonces es hablar, pero de la obra que Dios ha hecho en su pueblo, y esto se expresa en la liturgia (vv.1-2).

Esta sabiduría, una vez que “sale” busca un lugar donde asentarse, y recorre el universo entero; cubrió la tierra entera (v.3), pareó por las alturas (vv-4-5a) y los abismos (v.5b), el mar y todos los pueblos (v.6), así, en todo “lugar” estaba la sabiduría, y también, en “todo tiempo” (v.9), buscaba “descanso”, y “herencia” (v.7) y entonces “el Creador” le ordenó “poner su tienda” en Israel (vv.8.10-12). Y esta presencia se expresa de “adentro” hacia “afuera” comenzando por el Templo (v.10a), en Jerusalén (vv.10b-11) y en todo su pueblo (v.12).

Con las doce comparaciones vegetales (“como…”) continúa el relato, pero la liturgia lo interrumpe aquí. El acampe de la sabiduría en medio de su pueblo es lo que le interesa destacar a la liturgia de hoy.



Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los cristianos de Efeso     1, 3-6. 15-18

Resumen: la carta a los Efesios comienza con un himno que antecede a la habitual acción de gracias donde se canta que “en Cristo” los judeo-cristianos han accedido a la plenitud de las bendiciones esperadas. Y que esto y también se hace extensivo a los paganos “en Cristo” por la predicación del Evangelio. Luego de esto vienen los saludos en los que la fe en Jesús y el amor a los hermanos pasan a ser centrales.

La llamada carta a los Efesios presenta una serie de novedades interesantes que no es el caso comentar aquí. Lo cierto es que como otras pocas cartas (2 Corintios y 1 Pedro) no comienza como suele ocurrir en las restantes con una “acción de gracias” sino por una “bendición” que tiene una cierta forma hímnica (en este caso, la acción de gracias se hará más adelante). Los himnos del Nuevo Testamento suelen ser cristológicos, y esta no es la excepción, aunque las implicancias sean eclesiológicas. “En Cristo” se celebra y canta que las bendiciones que los judíos esperaban de parte de Dios se han concretado plenamente: “bendecido”, “elegido”, “santos”, “hijos adoptivos”, “herencia”, los que ya antes esperábamos (vv.3-5.11-12). Los judeo-cristianos cantan y celebran que esto se ha alcanzado “en Cristo” (vv.3.4.6.7.9.12), pero hay una novedad, un “misterio” (v.9; cf. 3,3.4.9; 5,32; 6,19) y es que todo esto se abre también a los paganos “tras haber oído la palabra de la verdad, el Evangelio” (v.13), “en él también ustedes”.

El texto litúrgico presenta la primera parte de este himno, y luego pasa a la primera parte de la carta propiamente dicha: “Por eso yo, al haber tenido noticias de la fe de ustedes…” En realidad, comienzan los saludos a los destinatarios, que nos son desconocidos, pero de los que sabemos que vienen del ambiente pagano. Este saludo, excesivamente largo (no hay un punto desde v.15 hasta v.22) se interrumpe en el texto litúrgico. El autor, un discípulo de Pablo da gracias (v.16) y pide para que tengan “espíritu de sabiduría y de revelación” para “conocerlo” y que conozcan la esperanza y la gloria. Todo esto ya que “Pablo” ha tenido noticias de la “fe en el Señor Jesús” y la “caridad para con todos los santos”. Una vez más la relación entre Jesús y la comunidad y sus miembros son inseparables.


Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan     1, 1-18

Resumen: Un himno antiguo canta la presencia de Dios en medio de la historia. Juan lo retoma destacando que eso ocurre desde “el principio”. En nuestra historia, Dios eligió plantar una carpa para moverse con nosotros en la vida.



El conocido “Prólogo” del Evangelio de Juan constituye la lectura del día, aunque –como veremos- no es evidente que todo el texto aluda a Cristo.

Para comenzar, llaman la atención las dos referencias en medio del himno a la figura de Juan, el Bautista (vv.6-8 y v.15) y tienen toda la apariencia de haber sido insertadas en un momento posterior (de hecho, la lectura breve del texto omite estas partes). Se ha propuesto –y parece muy probable- que el autor que introduce el himno en el Evangelio (quizás en la última etapa de la redacción) conozca un himno cristológico primitivo al cual le realiza algunos añadidos, un “Himno a la palabra de Dios”. En este sentido, el himno primitivo cantaba la palabra de Dios activa en la Creación (vv.1-5; cf. Gen 1), la palabra enviada por Dios en la historia de su pueblo, por ejemplo en los profetas (“fue dirigida por Dios la palabra al profeta X…”, cf. 1,9-13) y finalmente esa palabra se hizo carne en la historia en el envío de Jesús (vv.14.16-18). Tres momentos, entonces marcan que Dios no se ha desentendido de la humanidad en la historia, pero –como se ve- recién en el tercer momento el himno primitivo habría hecho expresa referencia a Jesús como la palabra viva que Dios dirigió.

Ahora bien, este himno primitivo fue tomado y reelaborado por el Evangelio, y la incorporación del Bautista en diferentes momentos provoca que esa “palabra” de Dios sea vista como el mismo Jesucristo desde el primer momento. Cristo es “palabra de Dios” desde siempre, y no ya desde la Encarnación Al releerlo ya desde antes de la Creación la palabra –que ahora es Jesús- estaba “junto a Dios” y “era Dios”. El término “palabra” (lógos) es sin duda el término clave, y parece que debe entenderse en continuidad con la palabra de Dios en la historia de su pueblo, manifestada en las escrituras, y no en el sentido que le daban los griegos o los gnósticos (para estos, el “logos” tenía otro rol que es bastante diferente del que podemos encontrar en este himno).

Hay una serie de términos que se encuentran en el relato que son claves en todo el Evangelio y sería muy extenso detenernos en ellos (por ejemplo, luz – tinieblas, vida, creer, gloria, verdad, etc.); especialmente teniendo en cuenta que la Navidad es la razón de su incorporación en la liturgia. El v.14 parece ser fundamental en este tiempo y el motivo de su incorporación:
«Y la Palabra se hizo carne, y acampó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria, gloria que recibe del Padre como unigénito, lleno de gracia y de verdad».
La palabra “acampó” (skênóô) está relacionada con la “gloria de Dios” (doxa) en la referencia a la “tienda del Encuentro” en el desierto, donde Dios se hace presente a su pueblo (Ex 40,34.35; Lev 9,23; Núm 14,10; 16,19; 17,7;  20,6); también se dice en relación a la Sabiduría (Sir 24,8). Allí el pueblo podía encontrarse con Dios, ahora esta gloria se manifiesta en la presencia de Jesús como palabra hecha carne. Es probable que la insistencia en la carne (sarx, Mt x5, Mc x4, Lc x2; Jn x13) tenga que ver con una posición conflictiva con los espiritualistas de la comunidad que terminan negando la carne en nombre de la novedad aportada por Jesús, pero esta “desencarnada”. Lo que viene por esta palabra encarnada es la “gracia” y la “verdad” (gracia en Juan sólo se encuentra en el prólogo, vv.14.16.17) que superan la ley dada por Moisés (v.16). Esta gloria le viene dada por su condición de “unigénito” (monogenês). Pero la novedad también viene dada por el uso del “nosotros” (antes se expresó en tercera persona), los lectores y oyentes somos introducidos en este mundo nuevo por la encarnación. La carpa puesta por la palabra no nos deja fuera o como espectadores sino que actúa en nosotros y “hemos recibido” (v.16).



el video con comentario al Evangelio en
https://youtu.be/u9OEVYk5z18
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Foto tomada en San Francisco Solano, Buenos Aires

jueves, 26 de diciembre de 2024

Tabitá, una discípula

Tabitá, una discípula

Eduardo de la Serna



En el libro de los Hechos de los apóstoles, después de mostrar el encuentro del perseguidor Saulo con Jesús resucitado y su posterior acceso a la fe, se sigue hablando de Pedro, aunque, lentamente éste irá dejando su lugar a Pablo quien será el personaje central de la segunda parte de la obra. Ahora se menciona que Pedro cura a un paralítico en Lida (9,32-35) lo que culmina con numerosas “conversiones al Señor” (v.35). Pero cerca de allí, en Jope muere una discípula y Pedro es convocado de urgencia. El apóstol resucita a la mujer y “muchos creyeron en el Señor” (v.42). Como puede verse, el tema central del libro es destacar cómo va “creciendo” la fe en Jesús en la región. Pero veamos brevemente algo de esta discípula que mereció que enviaran “dos hombres” a buscar a Pedro y pedirle que “no tardes en venir” (v.38).

El nombre arameo de la mujer es Tabitá, y el autor indica su traducción: “que quiere decir Dorkás” (v.36). Dorkás es un vocablo griego que significa “gacela”, un pequeño animal de la familia de los ciervos. El término – por el modo habitual de usar estos “sobrenombres” – puede aludir a alguien que era una esclava, pero no es necesariamente así, lo cierto es que se indica que ella era “rica en buenas obras y en limosnas” (ambos términos son muy importantes en la obra de Lucas). En seguida se destaca que las viudas lloran esta muerte y le muestran a Pedro las túnicas y mantos que Tabitá/Dorkás hacía (v.39). Evidentemente el acento del texto está puesto en que las “buenas obras” que realiza Dorkás se tratan de “vestir al desnudo”, atender a las viudas (lo que es una suerte de “diaconado” en Hch 6,1).

El cuerpo de la muerta se encuentra depositado en la estancia superior. Elías y Eliseo también resucitarán un muerto que se encuentra depositado “arriba” (1 Re 17,19; 2 Re 4,21), ambos profetas, además, quedan a solas con el muerto y piden a Dios por la vida del difunto (en Hechos 20,7-12 también Pablo resucita un muerto, también "arriba", v.8). Evidentemente el libro de Hechos quiere señalar que, del mismo modo que Jesús repite (y supera) a Elías y Eliseo (ver Lucas 4,25-27), también Pedro y Pablo lo hacen. Pero, en este caso particular, se trata de alguien que es atendido a pedido urgente de la comunidad, especialmente de las viudas (que en la Biblia son ejemplo típico de personas desamparadas, como lo son también los huérfanos). Así, Tabitá es presentada como cristiana ejemplar (no dice que ella fuera viuda). “Den en limosna lo que tienen y todas las cosas serán puras” (Lc 11,41), “den limosna y háganse un tesoro inagotable en el cielo” (Lc 12,33). Esa es la “riqueza” de Tabitá, sus “buenas obras” (la atención a las viudas es un tema muy importante en las comunidades cristianas de tiempos de Hechos de los Apóstoles; ver 1 Timoteo 5,1-16).

Pero hay un tema que no podemos descuidar. En aquellos tiempos, los filósofos o los rabinos solían tener “discípulos”, pero no existe la posibilidad de que alguien sea “discípula”, por eso el término no se usa en la lengua griega de entonces y no existe en arameo. Y acá lo interesante: “algo” de la vida de Tabitá (sin duda su compartir la vida y los bienes con los pobres) la hizo acreedora de que Lucas “inventara” una palabra inexistente y nos dice que ella era “discípula” (v.36). Así, algo que ya se insinuaba en María Magdalena y sus compañeras en Lc 8,3 (una diakonía y servicio con los bienes) y un discipulado femenino. Pero no debemos descuidar algo importante: para los Hechos de los Apóstoles, el servicio a los pobres (y no los títulos o las etiquetas), a los desprotegidos de la sociedad es los que nos constituye en verdaderos discípulos. Y discípulas; en Hechos hay otras mujeres en semejante situación, "Tabitá no estaba sola".


Pintura tomada de https://es.wikipedia.org/wiki/Tabita#/media/Archivo:Raising_of_Tabitha.JPG

miércoles, 25 de diciembre de 2024

Comentario a las lecturas Sagrada Familia C

Con el ejemplo de sus padres Jesús aprende a estar en las cosas de Dios

Sagrada Familia – “C”


Eduardo de la Serna



Lectura del 1er libro de Samuel            1,20-22.24-28

Resumen: una mujer estéril se dirige a Dios en su oración y es escuchada. Su hijo, Samuel será presentado en el Templo como agradecimiento a Dios por el favor recibido.

En un pueblo, llamado Ramatáin, más tarde Ramá y luego Arimatea, un hombre llamado Elcaná estaba casado (1 Samuel 1,1). Tenía dos mujeres, Peniná y Ana (1,2). Ésta era la preferida de Elcaná (1,5), pero no tenía hijos.  Era un hombre religioso y año a año peregrinaba al santuario (1,3). Esto, entre otras cosas, es indicio de que la esterilidad de Ana no era a causa de su infidelidad, sino de otra cosa. “Yavé había cerrado su seno” (1,5), se dice. Como tener hijos era un indicio visible de la bendición de Dios, Peniná se burlaba y ofendía a Ana, tanto que se la presenta como “rival” (1,6). Aparentemente la ofendía especialmente cuando iban al Templo (1,7), seguramente para resaltar que ella era bendecida por Dios, mientras no lo era la otra. La tristeza la embarga a Ana que en las peregrinaciones se negaba a comer (1,7-8).

Un día, después de haber comido se dirigió al Santuario donde la vio el sacerdote Eli. Ella empezó una intensa oración en medio de la amargura. Como es habitual en Israel, la lamentación o súplica, manifiesta su dolor por alguna/s razón/es, pero se manifiesta tan confiada en la intervención de Dios que suele terminar en alegría confiada. Ana pide un hijo, que sea signo de la bendición y no apariencia de maldición divina, y a su vez pide justicia frente a su rival. Por eso se compromete a entregar a su hijo al templo cuando éste nazca (1,11), será un consagrado. Una escena pintoresca acompaña este voto de Ana. El sacerdote Eli, al no escucharla hablar en voz alta, tal como era la costumbre, piensa que Ana está borracha -como también era la costumbre en las fiestas- y le dice que vaya afuera a vomitar su alcohol (1,14). Esto da pie a Ana a expresar su dolor al sacerdote que la manda en paz y le desea que Dios la escuche (1,17). Esto parece haber llenado de consuelo a Ana, como si Dios mismo le hubiera hablado, y “comió y ya no pareció la misma” (1,18). Ana halló “gracia” ante Dios (Ana quiere decir “gracia”, hanna en hebreo) y Dios “se acordó de Ana” (1,19) que engendró un hijo: Samuel. Como todos los años, Elcaná subió con su familia al santuario, pero Ana permaneció con el niño. Como su promesa era entregarlo al Templo, quería esperar el destete (aproximadamente a los 3 años en aquellos tiempos) para ofrecerlo en la primera ocasión. Así lo hizo y se lo presentó al sacerdote Elí recordándole la conversación tenida entonces.

Ana, a continuación entona un cántico (1 Sam 2,1-10) expresando en el Salmo la alegría por la intervención de Dios “porque” (los himnos suelen tener un “porque” en la poesía hebrea). La referencia a los que dicen arrogancias, palabras altaneras, que él juzga las acciones, que Dios quiebra a los fuertes, que la estéril da a luz siete hijos y la madre de hijos queda estéril, levanta del polvo al humilde, y los malos perecen en tinieblas, los rivales quedan quebrantados, pues Yavé es el que juzga, en este contexto no puede sino referir a Peniná. Lo cierto es que, después de esto, y de que año a año Ana llevaba un vestido a Samuel (2,19), Dios le concedió tener otros tres hijos y dos hijas. Y aquí termina la historia de Ana ya que comienza en adelante a hablarse de su hijo, Samuel.

Podemos tener presentes varios elementos de esta mujer: la burla de la otra mujer de Elcaná, la ofensa del sacerdote Eli, o incluso el voto y la ofrenda de su hijo que inspirarán después la leyenda de los padres de María -Joaquín y ¡Ana!- presentandola en el Templo. Pero conviene detenernos en otro aspecto: como persona religiosa, Ana confía plenamente en Dios. Llora, se apena, se niega a comer, se lamenta, pero precisamente su confianza en Dios le hace saber que su oración será escuchada. Precisamente como expresión visible de su bendición, como también lo es en el caso de otras mujeres estériles, matriarcas de Israel, como Sara, o la mamá de Sansón, o lo será luego la mamá del Bautista. Y por otro lado, también como persona religiosa, al recibir el signo de la bendición no puede sino cantar el agradecimiento a Dios “por” su obra en ella. Es interesante que un salmista, que tomó para su canto una parte del cántico de Ana (Salmo 113,7-8), parece terminar haciendo referencia a ella: “Asienta a la estéril en su casa, como madre feliz con hijos” (v.9).

Lucas nos narra que otra mujer, llena de “gracia” también tomará mucho de este cántico para hacer el suyo, el Magnificat de María. Ana aparece entonces como una persona que confía que la “gracia” de Dios la acompaña en su vida, y sea en el dolor o en la alegría, en la burla de otros o el cariño, sabe que Dios “se acuerda de ella” y -en esto- se acuerda de su pueblo.


Primera carta de san Juan                     3,1-2.-21-24

Resumen: el inmenso amor de Dios por los suyos los engendra como hijos, y son ya ahora en el presente una realidad que – además – será más plena en la manifestación futura. Algo incomprensible para quienes no sean “hijos de Dios” sino que sean “del mundo” y por tanto sean incapaces de “conocer” y – por tanto – de vivir la justicia y la santidad como Jesús.

La carta Primera de Juan está escrita en un evidente marco polémico. Al interno de la comunidad aparecen algunos que dicen o hacen cosas que el autor de la carta considera contrarias a lo que el discípulo fundados (el discípulo Amado) había puesto como cimientos. Muchos vocativos parecen marcar los ritmos del texto (“queridos”, “hijos míos”, “hermanos”…); por otra parte, es evidente que los frecuentes “si alguno dice…”, “todo el que...” son indicios de que había en la comunidad quienes lo decían o hacían. Con un pequeño paréntesis sobre el ser y obrar como “hijos de Dios” Juan introduce una nueva unidad en la carta (paréntesis que parece introducido por los vv. 2,28-29 que son conclusión de lo anterior y nuevo comienzo). Luego de este paréntesis, desarrollará las características que tiene la vida cristiana (ser de la justicia y enfrentar el pecado [3,3-10], ser del amor y la vida, enfrentar los asesinos [3,11-24], ser de Dios, no del mundo [4,1-6]).

Hay muchos elementos que hemos visto la semana anterior (amor, conocimiento [es importante recordar que este conocimiento no se refiere a algo “racional”, como el que proponen los espiritualistas que “conocen a Dios”, sino una experiencia e intimidad profunda]), pero hay elementos nuevos que merecen ser mirados:

El versículo introductorio (2,29) establece una estrecha relación entre Dios, que es justo, y el cristiano que debe “obrar la justicia”. Sin duda que el tema es claramente conflictivo con los grupos que proponen un espiritualismo que los aísla del hermano/a. Obrar la “justicia” (entendida en sentido semita, como “vivir plenamente acorde a la voluntad de Dios”) no es habitual en los “espiritualistas que sólo pretenden mirarse en su relación personal (individual) con Dios. En ese sentido, en Juan, no parece distinto “obrar la justicia” que vivir “el amor”. Pero lo importante, además, es que ese tal “ha nacido de él” (si bien se dice que “Jesús es justo” [1,9; 2,1; 3,7], en este caso parece decirse de Dios). De allí que dedique, el autor, los siguientes dos versículos a desarrollar esta generación divina. Esto supone no un mero “título” sino una “generación”, una trasformación de las personas. Sin duda esto empieza a insinuar la confrontación que se desarrollará en los versículos que siguen ya que hay otros “hijos”, del diablo (3,8), de Caín (3,12), del anticristo (4,3), del mundo (4,5). La filiación se reconocerá en el obrar, pero no lo sabrán “conocer” los que son “del mundo”. Como se ve, el autor se mueve ante tipos contrapuestos (el mismo Caín es tipo del homicidio) que supone dos modos de ser y – por tanto – de obrar, la justicia o el pecado.

Es interesante que ante la nueva dimensión existencial, el texto habla del aspecto presente (lo que somos, 3,1b-2a) y lo que seremos (3,2b-c). El presente y el futuro. Pero esto es obrado – en el presente – por Dios en los hijos al “engendrarlos” (2,29), y tiene consecuencias: no son “del mundo” que es el ambiente que rechaza a Jesús (no debe entenderse en sentido platónico ni –menos aun en 1 Jn – espiritualista como “ciudadanos del cielo”; ver Jn 15,18-19; 17,14-16). Los “hijos” deben llevar una vida justa como la de Cristo (Jn 13,15.34; 15,12; 17,17-19), y tienen la esperanza puesta en el futuro (Jn 5,28-29; 17,24).

El tema del “futuro” no es un tema muy frecuente en Juan como es sabido. Sin embargo no es ajeno a un tema importante en el cristianismo desde los orígenes, como es la venida futura de Jesús (aparentemente a eso se refiere el futuro: “aún no se ha manifestado”, “cuando se manifieste”). Quien “conoce” a Dios es asemejado a él, “engendrado”; y en la tradición joánica, esta experiencia es mediada por Jesús: él poseyó el nombre divino y la igualdad con Dios (Jn 17,11-12); compartió este nombre con los discípulos (17,6.26), y estos han participado del destino de Jesús a manos del mundo (15,21) y contemplarán su gloria (17,24).

Cuando dice "Miren qué amor nos ha tenido el Padre», debemos pensar en Jesús, la fuente de la filiación, el amor encarnado de Dios dado por nosotros. El mundo es incapaz de conocer a Dios y a su enviado, por tanto, incapaz de conocer a sus hijos, que se asemejan a él. En el retorno de Jesús, cuando los hijos engendrados vean a Dios como es, la semejanza será aún mayor. La santidad / justicia es nuestra mejor preparación para ser semejantes a Dios y para verlo / conocerlo.

Con un “hijos míos” comienza la unidad litúrgica (el vocativo “queridos” de v.21 no marca una nueva unidad ya que continúa la referencia a la conciencia, cf. 19.20 y 21). En 4,1 un nuevo vocativo (“queridos”) da comienzo a un nuevo apartado.

El acento está en “no amar de palabra o con la boca” (v.18) sino “guardar” los “mandamientos” (22.24). Es evidente que el mandamiento es el tema central de la unidad (y de otras partes de la carta) haciendo referencia al “mandamiento del amor” que Jesús destaca en la despedida a los suyos en el Cuarto Evangelio. El primer contraste está dado entre “palabras” y “boca”, que se asemeja a los que “dicen” pero son “mentirosos” (cf. 2,4.22; 4,20) ya que no hacen aquello que dicen, por un lado, y las “obras” y la “verdad” por el otro. Ambos pares son sinónimos. La verdad, en Juan (como en general en la Biblia) no se trata de una teoría, sino de una praxis. La verdad se obra, se vive (Jn 3,21; 1 Jn 1,6; 3 Jn 8; cf. Tob 3,2; 13,6; Sal 33,4; 111,7; Ez 18,9; Dan 3,27; 4,34). Es por eso que “somos” de la verdad (v.19) porque “guardamos sus mandamientos”.

El mandamiento (aunque en v.22 se mencione en plural, a continuación se lo presenta en singular como “un” mandamiento, v.23) tiene una doble dimensión: creer en el nombre de su Hijo y que nos amemos unos a otros “según el mandamiento que nos dio” (de esto habla el Evangelio de hoy y el de la próxima semana, precisamente). El cumplimiento de estos mandamientos provoca la “permanencia” (ver Evangelio de hoy) que es una inter-habitación mutua: él en Dios y Dios en él. Y esto en relación al espíritu que ha sido “dado”. La referencia al discurso de despedida de Juan es evidente y remitimos a esto.

Parece muy probable que en la comunidad empiezan a surgir algunos que insisten en que el ser discípulos es solamente amar a Dios y desentenderse de los hermanos. Este espiritualismo creciente (que culminará en fractura en la comunidad, como se ve en las cartas 2ª y 3ª) es ante lo que el autor alega haciendo referencia a los momentos originarios de los dichos de Jesús tal como el Discípulo Amado los ha transmitido y se encuentran en el Evangelio y por eso repite el contexto “original”.



+ Evangelio según san Lucas               2, 41-52

Resumen: Jesús se dedica a las cosas de su Padre aunque eso desconcierte a su familia, la cual con el ejemplo le enseña a estar atento a las cosas de Dios en la fidelidad a sus caminos.

El Evangelio de Lucas, como es sabido, no pretende hacer una presentación de la “Sagrada Familia”, aunque haga referencia a los padres de Jesús. Veamos el texto y digamos, después, algo de la familia de Nazaret.

El texto tiene algunos elementos que enriquecen el relato, y otros elementos que parecen sin importancia, casi a modo de leyenda. Las opiniones de los autores se mueven entre extremos, desde los que opinan que es un hecho histórico, confiado a Lucas por María y que presenta a Jesús como la “Sabiduría personificada” de la que hacen referencia los escritos sapienciales, hasta los que afirman que es un relato legendario y sin ningún sustento, al estilo de algunos narrados por los evangelios apócrifos. Hay elementos que “incomodan”, como por ejemplo, ¿por qué no entienden los padres de Jesús su referencia al “padre” si ya conocen lo extraordinario de su nacimiento? Además, hay elementos que no son claros: la frase “a los tres días”, ¿es una alusión velada a la resurrección?, ¿cómo hay que entender “en lo de mi padre”? La actitud de Jesús sentado entre los maestros, ¿es de discípulo o de docente? Hay muchos elementos que pueden discutirse y cuestionarse.

El marco es típicamente de Lucas. Jesús, en su evangelio, “sube a Jerusalén” una vez, para la Pascua. Allí confluye todo el relato del Evangelio, el cual -como se sabe- dedica un importante bloque a este viaje a la Ciudad Santa. El marco de este relato también es un viaje a Jerusalén para la pascua. Es cierto que otros elementos no parecen propios de Lucas, por lo que se ha propuesto – y nos parece probable – que el evangelista haya conocido este relato y -con ligeros retoques- lo haya incorporado tardíamente a su evangelio; el final de v.52, muy semejante a v.40 es un nuevo elemento que invita a esta conclusión (Lucas incorpora un texto y para “cerrar” el bloque, repite la idea con la que antes lo había terminado). Así se comprende, por ejemplo, que los padres no comprendieran el dicho de Jesús (y que José sea presentado como “padre”, cuando en el conjunto de textos anteriores sabemos bien que no lo es. Probablemente, el texto que Lucas incorpora no conociera el dato de la concepción virginal). El relato no pretende entrar en detalles, por eso es inútil preguntarse por qué los padres lo olvidan, pierden o dejan; a lo que el texto apunta es a destacar el encuentro y las palabras de Jesús, que es lo principal de la unidad. Jesús las pronuncia a partir de las palabras de su madre, en juego de palabras, por lo que tampoco estas son fundamentales para el comentario.

Que Jesús esté “sentado en medio de los maestros” no debe verse necesariamente como algo extraordinario. Estar “sentado” puede ser la actitud de enseñar (Lc 5,3; ver Mt 23,2; 26,55) pero también la del discípulo (Hch 22,3). El hecho – inusual en Lc – de que los llame “maestros” parece invitar a la segunda. Lucas ha manifestado predilección por los pares de miembros (“parientes y conocidos”, v.45, por ejemplo), “talento y respuestas” parece, entonces, algo frecuente en él. Ya sabemos, y se repetirá, que Jesús crece en sabiduría, es lógico, entonces, que tenga talento y haga preguntas, pero esto no habla de que sea “la sabiduría” sino que “crece en ella”, como lo confirman los dichos que Lc pone a modo de marco en vv.40 y 52).

La pregunta de la madre lleva a la afirmación de Jesús sobre el padre, pero – “debía estar en lo de mi padre” – puede entenderse de diferentes maneras: en los “parientes” de mi padre (en ese caso se referiría a los “maestros”, lo que resulta extraño), en “la casa de mi padre” y se referiría al Templo, o en “las cosas de mi padre” y se referiría a su formación en la lectura de la ley. La referencia al Templo es probable dado que en los evangelios de la infancia hay una insistencia en la fidelidad de los padres de Jesús a las cosas mandadas por la ley, y al comienzo se nos ha insistido en que peregrinaban todas las pascuas al templo, tal como estaba mandado (más allá de si un muchacho de 12 años debía o no hacerlo). Sea como fuere, el acento está puesto en la respuesta de Jesús, particularmente en la referencia a su “padre”. La cristología había ido avanzando en el reconocimiento de la filiación divina de Jesús. Lo que en textos como Rom 1,3-4 era dicho desde la resurrección (“constituido hijo de Dios por la resurrección”), al ponerse en narrativa evangélica era dicho desde el bautismo (“tú eres mi hijo...”, Mc 1,11). Sin embargo, Mateo y Lucas se remontan a la infancia, y entonces señalan que esta filiación está dada desde el comienzo (Mt 2,15; Lc 1,32), por intervención del Espíritu Santo (Mt 1,20; Lc 1,35). Esto queda visiblemente destacado en este texto donde Jesús afirma claramente su filiación divina: “mi padre” refiere indiscutiblemente a Dios, especialmente en el contraste dado en el texto con la paternidad de José.

Podemos decir, entonces, que el texto destaca una proclamación cristológica presentada en un relato que puede tener elementos legendarios o meramente narrativos, pero que pretende señalar esta relación entre Jesús y su Padre celestial como fundamental de toda su vida (“debía”) y lo que marcará su ministerio.

Son pocos los textos en el NT en los que se presenta a la “Sagrada Familia”, y aunque el texto no tiene la intención precisa de hablar “sobre” ella, hace referencia a ella al incorporarlos en el relato. Es característico de la narración de Lucas que se destaque la fidelidad de los padres de Jesús a lo que está mandado en la ley; en este texto los encontramos peregrinando a Jerusalén para la Pascua. E incluso, aunque no se centre en ellos el relato, es en este “marco familiar” donde Jesús aprende la fidelidad a las cosas de su Padre, donde crece en sabiduría y donde “les estaba sumiso”, porque observa el mandamiento de honrar padre y madre (ver Prov 3,4). El relato se nos presenta, entonces, como una transición entre la infancia, de la que había venido hablando y la adultez de la que comenzará a hablar a continuación; transición en la que su familia ocupará un rol fundamental.

El marco “folclórico” del Evangelio de hoy nos muestra algo que es aparentemente frecuente: una peregrinación: “todos los años”, “para la Pascua”, “Jerusalén”. Así nos encontramos a María y José presentados como judíos fieles, y personas religiosas, y buenos padres en la educación de su hijo. Dentro de esto habitual, ocurre lo inesperado: el muchacho se pierde, y – lógicamente – los padres se angustian. Dejemos de lado el marco que nos puede llevar a equívocos, como preguntarnos cosas a las que al autor del relato no le interesaba dar respuestas. Lo que importa, sobre todo, es presentar a Jesús, lo cual es lo que siempre hacen los Evangelios. María y José son – entiéndase bien – “actores de reparto” en esta “escena”, ellos son el “marco” religioso en el que se desarrolla la vida de Jesús. Por esa religiosidad es que aunque no comprendan los planes de Dios ("no comprendieron la respuesta que les dio") igualmente los meditan y rumian en el corazón. Es a ellos a quienes Jesús les está sujeto. Es con ellos con quienes Jesús peregrina "como de costumbre" al Santuario. Es de ellos de quienes Jesús aprende y con quienes crece "en sabiduría y en gracia"...

Como es evidente, y el mismo dramatismo de la escena lo pone de manifiesto, la clave está en el re-encuentro. Dos cosas llaman especialmente la atención: el niño entre los doctores, y la respuesta del muchacho a la pregunta de la madre. Generalmente se ha puesto más de realce la primera, pero parece que el acento debe ponerse en la segunda. Vemos: no se dice que el joven “enseñe”, sino que “pregunta y responde”, lo cual puede ser una actitud de discípulo, no necesariamente de maestro (algunos han pretendido que estar “sentado en el medio” era una actitud doctoral, pero – como hemos dicho – también puede ser actitud de discípulo). Lo que sí es importante en esto: la sed de aprender las cosas de Dios que nos manifiesta el hecho de que Jesús se haya quedado en el templo, y que en lugar de estar preocupado por estar perdido esté atento a “dejarse enseñar”. El niño no manifiesta angustia, sino sabiduría. La sed de Dios que los padres le han inculcado con el ejemplo de vida piadosa, files a la Ley, atentos a los profetas, respetuosos de las fiestas no ha caído en saco roto, sino en tierra fértil, y los doce años son buena edad para empezar a manifestarlo. Lo que el niño manifiesta, entonces, es una gran sed de Dios, de conocer sus caminos, y así como muchos en el futuro se admirarán de sus milagros y de que hable con autoridad, así ahora se admiran de sus preguntas y respuestas. La familia empieza a mostrar su retoño.

Aunque ya sepamos que el nacimiento de Jesús es virginal, la madre hace referencia a “tu padre y yo” para dar paso a la re-pregunta de Jesús: ¿no sabían? “Lo de mi padre” puede interpretarse de diferentes maneras, pero sobre todo destaca que Jesús se reconoce como “hijo de Dios” y esto está en el centro del relato. Una de las cosas más importantes que se dicen de Jesús en todo el Nuevo Testamento es que es hijo de Dios, y esto ya se señala claramente desde la infancia. Pero esa relación tan estrecha y personal con su padre del cielo, encuentra un “humus” en su familia en la tierra que con la palabra y el ejemplo le muestra el camino de la fidelidad, la docilidad y verdadera sabiduría “sabiendo” reconocer la voluntad de Dios.

Hoy la liturgia nos presenta a Jesús y a sus padres; mirándolos podremos aprender la verdadera religiosidad, la de quienes están dispuestos a dejarse enseñar por Dios aunque no comprendamos muchas veces, la de rumiar las cosas de Dios para dejarlo crecer en nuestro corazón y buscar, a veces a oscuras, que se haga su voluntad y su proyecto. Así, en esa búsqueda y fidelidad, aprenderemos a andar en los caminos de Dios, de quien Jesús nos hizo hijos.

martes, 24 de diciembre de 2024

¿Podemos decir Feliz Navidad? (curas OPP)

 ¿Podemos decir Feliz Navidad?



Decir Feliz Navidad en un contexto de miedo y desesperanza parece un sinsentido;

Decir Feliz Navidad en un mundo en guerras parece un absurdo;

Decir Feliz Navidad en un marco de miseria planificada y pobreza creciente parece una mentira;

Decir Feliz Navidad en un ambiente de mesas vacías parece algo chocante;

Decir Feliz Navidad mientras las mentiras oficiales nos quieren vender que estamos por el buen camino es un desconcierto…

Y, sin embargo, queremos y podemos decir Feliz Navidad. Porque el niño pobre nace entre los pobres en un pesebre para animales, porque el que trae paz a las personas en las que Dios se complace, nació en tiempo de Herodes y el César; porque la navidad no es la fiesta del Mercado – aunque éste la festeje – sino la fiesta de la vida, que reclama más vida, y paz, y esperanza, y justicia social; porque la navidad no es canto de las fuerzas del cielo sino de los pobres de la tierra. Por eso, como grupo de Curas en opción por las y los pobres queremos desear y vivir una feliz navidad a todas las víctimas de este sistema de muerte, feliz navidad a los que padecen la inseguridad alimenticia, laboral o de salud; feliz navidad a aquellas y aquellos con quienes caminamos en el día a día. Feliz navidad porque Jesús, el mesías de los pobres, nace e insiste empecinadamente en que debemos anunciar buenas noticias a las víctimas. Y esa buena noticia empieza, precisamente en la Navidad. Es entre los pobres que Jesús nace, es para pobres que Jesús vive, es con los pobres que nos invita a vivir, a resistir y militar la vida.

 

Feliz Navidad, entonces. ¡Jesús nace! ¡Jesús vive! ¡Jesús nos compromete!

Curas OPP

24 de diciembre 2024

Navidad en el conflicto

Navidad en el conflicto

Eduardo de la Serna



Habituados a villancicos, a “noche de paz, noche de amor, todo canta en derredor”, a la sonrisa hueca del gordo disfrazado con horribles colores y rodeado de nieve y otras linduras, pareciera que para Navidad ha de haber en el mundo entero una suerte de tregua que simule los dolores, las pobrezas y miserias, que engañe el estómago y mienta con caras sonrientes.

Pero veamos la navidad. La primera.

 

Fecha

Señalemos -para empezar – que desconocemos totalmente la fecha del nacimiento de Jesús (“pero que nació, ¡nació!”).

Si hemos de dar crédito a algunos datos (que en realidad son catequéticos), veamos:

Hay unos pastores durmiendo a la intemperie (Lc 2,8) por lo que debemos descartar el invierno (es decir diciembre-marzo).

Durante los 3 primeros siglos, no se celebraba propiamente “el nacimiento” sino la manifestación de Jesús en la historia”, lo que se hacía el 6 de enero, recordando su manifestación al nacer, su manifestación a los magos, su manifestación en el bautismo, su manifestación en unas bodas en Caná…

En la práctica, en los primeros signos, las fechas propuestas seguían criterios teológicos (lo dicho por un profeta, por ejemplo), y no veían la necesidad de celebrar el nacimiento. Orígenes, por ejemplo, afirma que sólo los paganos celebran los nacimientos, como es el caso del Faraón, o de Herodes (Comentario a Mateo XIV:6). Pero con el tiempo, se fue imponiendo la celebración del 6 de enero en Alejandría, en Siria… y así pasó a Occidente. Pero en la primera mitad del s. IV, y dada la importancia que tiene en Roma la celebración del sol y el culto de Mitra, Constantino intenta ligar ambas celebraciones. Las discusiones teológicas de Nicea (325) influyeron en la separación de la conmemoración del nacimiento de la del Bautismo. Por su parte, en Occidente se escucha la voz de Ambrosio: “¡Cristo es nuestro nuevo sol!” (Sermón VI); Agustín exhorta a no adorar, como hacen los paganos, al sol sino a Aquel que lo ha creado (Sermón de Navidad 7) y León Magno cuestiona a los que celebran el nacimiento del sol y no el de Cristo (Sermón 27).

Pero esto supuso conflictos – al borde de la ruptura – con Oriente. Fue Juan Crisóstomo (386) el que en un sermón de Navidad que invita a celebrar el 25 de diciembre “la cuna de todas las fiestas”, “cada uno debe dejar su casa para contemplar a nuestro Señor tendido en el pesebre, envuelto en pañales. Espectáculo maravilloso que hace temblar”. Finalmente, gracias a Crisóstomo, las iglesias de Antioquía; gracias a Gregorio Nacianceno, en el 379, en Constantinopla y en 431 en Egipto se fue reconociendo el 25 de diciembre como fecha de la Navidad. Jerusalén se resistió, y ni la predicación de Jerónimo logró convencerla hasta bien entrado el s. VI. Hoy, solamente la Iglesia armenia celebra el nacimiento de Jesús el 6 de enero.

 

Contexto

Como es sabido, solamente los evangelios de Mateo y Lucas hacen referencia al Nacimiento de Jesús. Ambos hacen mención de Herodes (el Grande; Mt 2,1; Lc 1,5). Lucas añade el contexto de un censo ordenado por Augusto (sabemos que Herodes muere en el año 4 aC).

Empecemos señalando un tema menor… Ya conocemos aquellos grandes personajes que se autoperciben “Magnos / grandes”; Alejandro, Pompeyo, y hemos señalado a Constantino, o algunos papas como León o Gregorio. Ahora encontramos a Herodes, y a Octaviano que se renombra “Augusto” … ciertamente el contraste con los pañales y el pesebre es elocuente.

Herodes fue sumamente importante en el mundo judío. Gobernante en un momento, y casado con Mariamne (asmonea) no es judío, sino idumeo. Es nombrado rey por el triunvirato que gobierna Roma en el interregno entre la muerte de Julio César (44 aC) y la erección de Augusto como Emperador (27 aC). Por un lado, se caracterizó por importantísimas construcciones, por ejemplo, nada menos que la reconstrucción y engrandecimiento del Templo de Jerusalén, pero, a su vez, fue particularmente sanguinario. Eliminó a cualquiera que pusiera en sombras su reinado, familiares incluidos (es por eso que Mateo – en paralelo con el Faraón de tiempos de Moisés – lo presenta aniquilando a todos los varones menores de 2 años nacidos en Belén y sus alrededores; ver Mt 2,16).

Augusto se impuso con astucia sobre su contrincante Marco Antonio, al que finalmente vence en la batalla de Accio (31 aC). Su nacimiento y posterior elevación al trono fue, luego, especialmente en Oriente, celebrado como el nacimiento de un dios que trae al mundo entero (es decir, a Roma) la salvación y la paz. Es sabido que la pax romana significa el total sometimiento. Así lo dice Polibio, por ejemplo:

Los etolios, tras algunas observaciones posteriores sobre la situación, decidieron ceder la última decisión a Manio Acilio, entregándose a la lealtad (pistin) romana, sin saber exactamente, por supuesto, lo que entrañaba esta rendición. Les engañó el término ‘lealtad’; creían que así moverían más a compasión. Pero, entre los romanos, ‘entregarse a la lealtad romana’ significa lo mismo que rendirse incondicionalmente al vencedor. (Polibio, Historias, libro XX, 9-12)

 

Es sabido que un censo es una expresión, precisamente, de sumisión; precisamente por eso, cuando fue el tiempo del censo de Augusto, hubo en Israel un levantamiento, que implicó muertes y violencia (ver Hch 5,37).

 

El nacimiento de Jesús, entonces, ocurre en un ambiente de conflicto, no de una “noche de paz”. Podríamos seguir haciendo referencia a la vida y ministerio de Jesús, en los que encontramos a Tiberio César, a Herodes Antipas y a Poncio Pilatos, pero no es el caso en este contexto. Jesús viene a “salvar” (el nombre significa Yahvé ayuda / salva). Para “peor”, la voz del cielo les dice a los pastores tres cosas (Lc 2,10-14):

 

  1. .    Que les anuncia una gran alegría que lo será para todo el pueblo;
  2. .    La señal es un niño envuelto en pañales acostado en un pesebre;
  3. .    La alabanza a Dios es gloria a él en el cielo y paz a todos los seres humanos en quienes él se complace.

 

Eso es importante en Lucas, el Evangelio de la alegría, con el que dan gloria a Dios porque “ha visitado a su pueblo” (Lc 7,16), porque el “pueblo lo escuchaba y estaba pendiente de sus palabras” (19,48) que madrugaba para escucharlo (21,38) porque era “un profeta poderoso en obras y palabras delante de Dios y todo el pueblo” (24,19).

 

Los pañales, como los usa cualquier niño de la comarca (ver Ez 16,4) y el pesebre, es el lugar donde se guardan “el buey y el asno” (Lc 13,15; ver Is 1,3; Hab 3,17) no parece un “signo” para quienes quieren ver un “signo del cielo” (Lc 11,16.29; ver 23,8).

 

Lo que complace a Dios es la revelación a los pequeños y que “estas cosas”, los misterios del reino, se han escondido a los sabios y entendidos (Lc 10,21), es a estos a los que llega la “paz”.

 

El evangelio, como se ve, está todo él en un ambiente de conflicto en el que Jesús tiene un proyecto alternativo al que él llama “reino de Dios”.

 

Hoy también estamos en un ambiente de conflicto. Ambiente en el que reina la violencia internacional y nacional, reina el odio (y el miedo, que en ocasiones se parecen), reina la indiferencia, la falta de solidaridad, reina el desentendimiento de la vida y la realidad de los hermanos y hermanas… reinan otros dioses: el Dios dinero en primer lugar, príncipe del panteón. Sabemos que “la raíz de todos los males es el amor al dinero” (1 Tim 6,10), porque ese amor al dinero es “idolatría” (Col 3,5).

 

El nacimiento de Jesús es subversivo; viene a mostrar que otro modo de ver, otro modo de vivir, otro modo de ser es más parecido a la voluntad de Dios que llamamos “reino”. Nace un niño desamparado e indefenso en un mundo de violencia y conflicto. Uno que quiere dejar que Dios salve a todos los desamparados e indefensos de la historia; uno que viene a socavar, a corroer, a corromper las raíces de la injusticia, de la violencia, de la muerte y el egoísmo; uno que viene a traer paz a aquellos en los que Dios se complace. Solo es cosa de ver los signos que Dios quiere dar (y no los que nosotros queremos que Él nos dé), y viendo desde la pequeñez, ir descubriendo que otro mundo es posible. En medio del conflicto Jesús nace. Y sigue naciendo en nuestros conflictos libertarios de inhumanidad e injusticia. Nacer, ¡nace!, sólo es cosa de encontrarlo y no pretender verlo en un trineo, nieve y arbolitos decorados. El pesebre es otra cosa.

 

 Imagen tomada de https://latunicadeneso.wordpress.com/2015/12/28/herodes-el-grande-el-rey-de-la-biblia-que-fue-acusado-de-la-matanza-de-los-inocentes-2/#jp-carousel-18402

lunes, 23 de diciembre de 2024

Video con comentario al Evangelio de la Sagrada Familia

Video con comentario al Evangelio de la Sagrada Familia



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https://youtu.be/55VnH53PSEQ

Eduardo

Video del día de la Navidad

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[como se sabe, se pueden elegir las lecturas dentro de las diversas opciones. Escogí Mt 1,1-25 porque las de Lucas se leen en estos días y la de Jn el 2do domingo de Navidad]


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eduardo

sábado, 21 de diciembre de 2024

Comentario a las lecturas Navidad del Señor

La génesis de Jesús y la de la historia 

NATIVIDAD DEL SEÑOR

25 de diciembre
Eduardo de la Serna



La fiesta de la Navidad propone diferentes lecturas según los momentos de la celebración. La lectura del "día" es el prólogo del Evangelio de Juan (Jn 1,1-18) pero está es también la lectura del 2do domingo de Navidad. Por ese motivo comentaremos aquí la lectura que se propone para la Vigilia (Mateo 1,1-25).

Lectura del libro del profeta Isaías     52, 7-10

Resumen: La venida de un mensajero divino en Sión comunica la buena noticia de la liberación de la opresión babilónica expresada como liberación y consuelo por la donación de la paz, el bienestar y la salvación. Es allí que Dios, y no Marduk, empieza a reinar en Jerusalén.


El así llamado “Segundo Isaías” se dirige a la élite que se encontraba en el exilio en Babilonia. Los sentimientos de los exiliados eran mezclados: castigo divino, “Dios se ha olvidado de nosotros”, “estamos pagando las culpas de otros”, etc. En este contexto de angustia, el profeta viene a cantar la esperanza, que se concreta históricamente en el fin de la situación de angustia y esclavitud. Lo que cuenta en este poema, más que el mensajero son sus pies ya que se detendrá en el tema de la llegada del mensajero y el tema del “camino”. Y el contenido expresado con tres términos cargados de sentido bíblico: paz (salom), bienestar (tôb) y salvación (yesu’á); son bienes sociales, económicos, políticos y espirituales. Hacen referencia a situaciones concretas, y en estos tres términos se sintetiza la felicidad del pueblo que se espera y anuncia. El mensajero no es especificado, y la receptora de las “buenas noticias” es Sión. Todo esto es especificado en que “reina tu Dios”. Ciertamente de este modo se entra en contraste con la realeza de los dioses babilonios. Por ejemplo, así dice el relato babilónico de la creación:

“… tú, Marduk, eres el más honrado de los grandes dioses. Tu decreto no tiene par, tu orden es Anu. Desde este día inalterable será tu sentencia. Ensalzar o humillar estará en tu mano. Tu expresión será veraz, tu mandamiento será indiscutible. ¡Ninguno de los dioses salvará tus límites! Necesitando adorno para las sedes de los dioses, esté el lugar de sus santuarios en tu lugar. ¡Oh Marduk!, ciertamente tú eres nuestro reivindicador. Te hemos concedido la realeza sobre el universo entero. Cuando en la asamblea tomes asiento, tu palabra será suprema” (Enuma Elis IV,4-15).

Los salmos de “Yahvé rey” lo repiten (47,9; 93,1; 96,10; 97,1; cf. Is 24,23). Esto está dicho muy lejos de Babilonia y debe comunicar seguridad a los oyentes. El “rey Marduk” está al caer. Los guardias de los alrededores ven venir la noticia y se propaga por doquier con júbilo indescriptible. Dios mismo está llegando en esta noticia.

La Jerusalén devastada y solitaria a la que se dirige la noticia, recibe dos verbos que son clave de todo el profeta: “consolar” y “redimir”. Tan importante es el primero que el Segundo Isaías es conocido como “el libro de la consolación”. Con ese verbo arranca toda la obra (40,1) y se acumulan ambos en esta unidad: 51,3.12.19 (consolar), 51,10; 52,3 (redimir) pero señalado como algo ya realizado (no futuro, como 40,1). La ciudad en ruinas (v.9) recibe la buena noticia de una promesa ya realizada (lo político es evidente). Para actuar con más libertad, Dios se “arremanga” (v.10; cf. Ez 4,7; Sal 74,11). Si antes el acento estaba en los pies, ahora se ubica en las manos como expresión del obrar de Dios. Y este obrar de Dios, su brazo, su salvación es visto por “todas las naciones”, o por los exiliados en todas las regiones que ven que nadie, sino sólo Yahvé es actor en la liberación de los suyos.

Los vv.11-12 culminan la unidad literaria relacionando con el éxodo, tema también importante en el Segundo Isaías, pero es omitido en el texto litúrgico del día.

Sin duda, la relectura del mensajero entendido como Jesús que viene a “evangelizar” (anunciar buenas noticias) es decisiva en la selección del texto en la fiesta de Navidad.


Lectura de la carta a los Hebreos     1, 1-6

Resumen: Poniendo en una línea de continuidad y superación la antigua y la nueva alianza, con sus mediadores: los profetas y el hijo y los destinatarios: los padres y “nosotros”, el autor de la homilía prepara todo el texto mostrando la novedad aportada por cristo, entendido desde una perspectiva sacerdotal a partir de una lectura cristológica del A.T.


Un comienzo solemne presenta la gran homilía llamada “carta a los Hebreos”; una larga oración de cuatro versículos. El punto de partida es la comunicación de Dios con la humanidad, en el pasado y en el presente obviamente contrastándolos. “De muchas formas y muchos modos en el pasado” (polymerôs kaì polytropôs) en el pasado (pálai) habló Dios a os Padres. Los mediadores de esta comunicación fueron los profetas. En los “últimos días” nos habló “en su hijo”. Ciertamente el contraste pasado -  presente se refuerza por los medios de comunicación escogidos: profetas – hijo. Y los días “esjaton” (= finales) dan sentido a esta novedad. La novedad del hijo viene dada por su ser heredero, a lo que se añade su relación (diá) con la creación (“las edades”) y por una relación tan estrecha con Dios (= Hijo, que en Hebreos es notablemente más elevado que en los primeros escritos cristianos) que no se separa de la “gloria” de Dios y no manifiesta una fracción sino la totalidad de la imagen, es “imagen perfecta”. Así “sostiene” (presente) todo lo creado en su intervención en la historia (pasado). Así se prepara la lectura del Sal 110 que será fundamental en toda la obra, comenzando por la cristología tradicional, de la primera parte del sermón (1,5-2,18) cuanto la cristología sacerdotal que se desplegará en adelante. 

La lectura añade los vv.5 y 6 cambiando el sentido del texto. En el sermón la introducción “de su primogénito en el mundo” alude a la entrada gloriosa de Cristo en el “mundo venidero, del que venimos hablando” (2,5), pero al introducirse en el texto de Navidad se alude a “este mundo” y por tanto cambiando el sentido del texto se refiere a la encarnación, y no a la Resurrección.

La importancia de la antigua alianza entendida como “revelación” y –por lo tanto- como válida, pero superada por la nueva alianza será importante en toda la obra y el motor de su lectura bíblica en toda la homilía, aquí reflejada no solamente en los tiempos verbales e históricos sino en la mención a los “padres” y a “nosotros”. En este caso la importancia de lo antiguo –visto como palabra- y por tanto mediado por los profetas, y la plenitud de la palabra del Hijo. Este movimiento del hijo  desde la preexistencia a la exaltación culmina con una menciona los ángeles, para señalar –y lo repetirá a continuación- la superioridad de Cristo sobre ellos, y la insistencia a sus destinatarios de que son continuación y plenitud del Israel antiguo de la promesa. Es en esto donde cuatro momentos son referidos: la preexistencia, la función sostenedora del universo, la salvación y la exaltación gloriosa (cf. Sab 7,25-26). La traducción de los términos griegos es difícil ya que se pueden presentar diferentes opciones: ¿es reflejo o es irradiación? (apaugasma), ¿es impresión, sello o reflejo? (jaraktêr). La ambigüedad quizás sea adrede y pueda entenderse que Cristo es irradiación o reflejo, e impronta o sello del ser divino. Haciendo eco de la palabra creadora de Génesis 1, la estrecha relación entre el Hijo y el Padre sostiene lo creado por su “palabra poderosa”. La acción expiatoria comienza –sutilmente al principio- a insinuar el tema sacerdotal y sus efectos (1,3; 9,13-14.22.28; 10,2.22; 12,24). Estar sentado a la diestra de Dios es –como se dijo- alusión al Sal 110, tan importante aquí (1,13; 8,1; 10,12).

Evangelio según san Mateo     1, 1-25


Resumen: Dios se dirige a José en sueños para expresarle que también él tiene un rol que jugar en el plan de salvación que comienza en el embarazo de María. Darle el nombre a Jesús implica poner a Jesús en el contexto de la historia, en la genealogía. Y así empieza a cumplirse todo lo anunciado por los profetas llevándolos a plenitud.


Para comprender el Evangelio de hoy es conveniente mirar todo el contexto ya que conforma una unidad. En 2,1 Jesús ha nacido y unos magos de Oriente vienen a visitarlo. Pero este cap. 1 tiene dos partes bien marcadas que aluden a lo mismo:

 

1,1: Libro de la generación (génesis) de Jesús, el Cristo

1,18: De Jesús, el Cristo, su generación (génesis) fue así:

 

Como en seguida diremos, la segunda parte (1,18-25) es la continuación o complementación de la primera (1,1-17).

 

Podemos decir que toda la primera perícopa en sí misma queda incompleta. Así como se encuentra, no dice nada. Teóricamente quiere mostrarnos que Jesús es “hijo de David, hijo de Abraham” (1b) pero la genealogía muestra precisamente que no lo es. Basta con ver el esquema para notar que el relato queda interrumpido e incompleto: toda la genealogía (= historia) sigue el mismo esquema: A engendró a B / B engendró a C / C engendró a D… pero al llegar a José no afirma “José engendró a Jesús” sino que “Jacob engendró a José, el esposo de María de la que nació Jesús, el llamado Cristo” (v.16). Podemos decir que toda la genealogía se ve frustrada ya que José no es el que ha engendrado a Jesús, y ese parece el sentido de toda la primera parte, mostrar la incompletez. Luego empieza el segundo aspecto de esta “génesis”. 

 

Toda esta primera parte (1-17) sigue un sencillo esquema, como dijimos, que se ve interrumpido por la mención a mujeres. Los autores no están de acuerdo con el motivo. Algunos han supuesto que de ese modo se prepara la última mujer, María, pero no se dice que “José engendró de María a Jesús” como es el caso de las anteriores. Por eso muchos piensan que esas cuatro mujeres no tienen relación con la mención de María, que es otro tema. En ese caso, es posible que las cuatro sean incluidas por ser extranjeras, es decir, no judías. Con lo cual el universalismo que el Evangelio propone (ver 28,19: “a todos los pueblos”) empieza a estar preparado en la misma genealogía de Jesús.

 

En la segunda parte, la que da sentido a la anterior, se afirma que José y María estaban casados (cosa que ya había dicho el v.16) y que María quedó encinta “por el espíritu santo”. Sin duda no es acá el espacio para el análisis histórico, sino para tratar de leer qué quiere decir Mateo en esta unidad. Sin duda quiere dejar claro, antes de empezar la narración, que el embarazo de María no tiene origen humano. Siendo este el caso, la reacción de José tiene dos lecturas posibles:

 

     1.      José sabe que él no ha sido el responsable del embarazo de su esposa y decide divorciarse de su mujer infiel; 

      2.        José sabe que el hijo tiene origen divino y no quiere ser obstáculo al plan de Dios en María, por lo que decide dar “un paso al costado”.

 

Hay una serie de términos que nos invitan a preferir la segunda variante:

 

José es “justo”, lo que implica que es “cumplidor de la voluntad de Dios”. Y no parece que sea cumplir la voluntad de Dios un simple “divorcio” ante una mujer supuestamente pecadora. No consta que hubiera apedreamiento en este tiempo, pero parece que algún tipo de manifestación pública ante el adulterio sería de esperar de un “justo”. En cambio, un justo sí puede pretender no ser obstáculo a lo que Dios está obrando en su mujer. Hay que recordar que “repudio” (v.19) no necesariamente ha de entenderse como “rechazo”, sino también es simplemente “separación” con lo cual ambos (especialmente la mujer) quedan liberados para hacer una vida independiente. 

 

El ángel le dice “no temas”, que no se trata de un temor en cuanto al posible engaño, sino el temor reverencial, lo que explica el deseo de José de retirarse porque Dios está interviniendo en María. 

 

El término “porque” (gar) puede entenderse de los dos modos: “no temas, tu mujer no te ha sido infiel… no temas, porque no es otro hombre sino es el espíritu santo el que ha actuado en ella”, pero también puede leerse como “no temas a causa de la intervención del espíritu santo… no tengas temor reverencial porque (a causa de) la intervención sea del espíritu”. 

 

Leyendo el texto en este sentido, el ángel no le dice a José una verdad que ignoraba sino que lo invita a seguir junto a María ya que también él tiene un rol: “tú le pondrás por nombre Jesús” (v.21). Habitualmente el nombre lo elegía la madre (Gen 29,31-30,24; 35,18; 1 Sam 1,20), aunque a veces lo hacía el padre (Gen 16,15; 17,19; Ex 2,22); este, en tiempos del N.T. le era impuesto al hijo en la circuncisión, al octavo día (Lc 1,59; 2,21), y como sabemos en este caso (como en el de Juan), el nombre es elegido por Dios (v.21; cf. Lc 1,13.31).

 

Los sueños (onar) como revelación de Dios ocupan un lugar importante en Mateo (cf. 1,20; 2,12.13.19; 27,19 [sólo estos en todo el NT]) y en cierto modo recuerdan la relación de otro José, también hijo de Jacob, con los sueños en Gen 40 y 41. 

 

Lo cierto, y aquí lo fundamental, es que este José, “hijo de David” (v.20) recibe el encargo de tomar a María y darle nombre al hijo por nacer. Desde ahora será “Jesús, hijo de José” (cf. Lc 3,23). Pero entonces, al “darle el nombre” (= dar el apellido), Jesús pasa a completar la genealogía que estaba trunca, ahora también él es “hijo de David”, y esta es su “génesis”.

 

Mateo relee ahora el texto de Isaías 7 que hemos comentado más arriba. Es muy frecuente en todo su Evangelio destacar el “cumplimiento” (plêroô) de lo dicho por los profetas (1,22; 2,15.17.23; 3,15; 4,14; 5,17; 8,17; 12,17; 13,35; 21,4; 26,54.56; 27,9; en Marcos, en cambio, sólo ocurre una vez, 14,49; y dos en Lucas: 4,21; 24,44). Mateo quiere mostrar a su comunidad que la Iglesia es el Israel fiel que da plenitud (plêroô) a las Escrituras porque en Jesús, sus palabras y obras, han alcanzado dicha plenitud. Por otra parte, es interesante notar que las diferentes escenas de los relatos de la historia previas al ministerio de Jesús son jalonadas por sendos cumplimientos de las Escrituras.

 

El relato termina con un versículo, omitido en la liturgia, que viene a reforzar lo que ya sabemos: durante el tiempo que vivieron esperando el nacimiento de Jesús, José y María no tuvieron relaciones sexuales (v.25). Con esto el autor quiere reforzar lo antedicho: este nacimiento ocurre sin intervención humana. No hace referencia concreta a la vida de ambos después de este momento que es lo único que le interesa señalar.