martes, 18 de febrero de 2020

Comentario domingo 7A

Llevar a la perfección en el amor la vida nos conduce a la paz

TIEMPO DURANTE EL AÑO – 7 "A"
 
Eduardo de la Serna





Lectura del libro del Levítico     19, 1-2. 17-18

Resumen: Después de aclarar que el pueblo judío es “separado” para Dios (= santo) lo ejemplifica con el amor, y la actitud de rechazar la venganza.


El escrito claramente sacerdotal del Levítico invita a los miembros del Pueblo de Dios a tener una actitud coherente con sus “hermanos” (= miembros de la comunidad; miembros del Pueblo de Dios, “compatriotas”). La santidad a la que hace referencia aquí, y en otras partes implica la separación de todo lo “profano”.

Una nota sobre la santidad bíblica. El término “santo” tiene entre nosotros una connotación ética (suele ser lo contrario de “pecador”), pero en el ambiente antiguo la connotación es ritual (es lo contrario de “profano”). Así, algo o alguien es “santo” en cuanto ha sido “separado” para Dios; para lo cual suele ser necesario una serie de gestos o actitudes rituales. El pueblo de Israel es (debe ser) santo por cuanto Dios lo ha separado para sí de entre los demás pueblos. Y por ello debe tener actitudes (rituales, como por ejemplo en la alimentación, en las uniones matrimoniales) de separación con respecto a “los demás”.

Después del mandato a “ser santo”, el texto presenta una serie de normativas que lo hacen práctico. El texto –ilustrando así el Evangelio- señala cómo debe comportarse un “santo” con otro "hermano".

Como se ve en el pasaje, hay tres palabras que son sinónimas en esta unidad: hermanos, prójimo y compatriotaNo odiar, no ser vengativo y amar también son en cierto modo paralelas. Es la actitud que Dios espera de un judío para con otro.


Lectura de la primera carta de san Pablo a los cristianos de Corinto     3, 16-23

Resumen: Pablo empieza a concluir su discurso sobre la verdadera sabiduría que nace en la cruz y la debilidad. Y es fundada sobre Cristo y la cruz que la verdadera sabiduría es constructiva y nos conduce a Dios.


Con imágenes campesinas (plantación, v.6) y urbanas (arquitecto, v.10) Pablo habla de la comunidad como campo o construcción (v.9) “de Dios”. Profundizando esta última, Pablo despliega una serie de metáforas (cimiento, construcción, materiales, vv.10-12). Con el acento puesto en la resistencia  (vv.13-14) o su falta de la misma (v.15). Esa obra (“ustedes”) es “Santuario de Dios” (v.16) del que se espera que no sea “destruido” (v.17), es decir, que resista. 

La construcción “¿ustedes no saben?” es frecuente de modo retórico en toda la carta  (5,6; 6,2.3.9.15.16.19; 9,13.24) y supone una respuesta positiva, es decir, ¡sí que lo saben! (seguramente porque Pablo mismo lo ha predicado en la comunidad). El templo se refiere en este caso a la comunidad toda (cf. 2 Cor 6,16). La importancia dada al Templo por el judaísmo de su tiempo era central; incluso los hipercríticos de Qumrán se ven a sí mismos como templo, debido a que rechazaban el sacerdocio de su tiempo (se veían como poseedores del verdadero sacerdocio): 

“… el consejo de la comunidad será establecido en verdad como una plantación eterna, una casa santa para Israel y el fundamento del santo de los santos para Aarón, testigos verdaderos para el juicio y escogidos de la voluntad de Dios para expiar por la tierra y para devolver a los impíos su retribución. Ella será la muralla probada, la piedra angular preciosa cuyos fundamentos no vacilarán y no temblarán en su lugar. Será residencia santísima para Aarón con conocimiento eterno de la alianza de justicia y para ofrecer un olor agradable; y será una casa de perfección y verdad en Israel…” (1QS [Regla de la comunidad de Qumrán] 8,5-9)

El tema será profundizado en la siguiente generación cristiana (Efesios, 1 Pedro; aunque en 1 Cor 6,19 es utilizada en sentido individual). El templo es morada de Dios.

Con la imagen de la destrucción, Pablo sigue lo que había destacado en los vv. anteriores. La imagen podría traducirse “si alguno arruina el templo, Dios lo llevará a la ruina” (v.17). 

La comunidad debe ser “santa” (cf. 1,2), por ser templo. El uso del término “santos” (hagios) en Pablo tiene una serie de matices interesantes a tener en cuenta para el sentido habitual en los escritos judíos. Pablo con frecuencia habla de los “cristianos” (palabra que nunca utiliza) como de “los santos” (Rom 8,27; 12,13; 15,25…; 1 Cor 6,1; 16,1.15; 2 Cor 1,1; 8,4; 9,1…), hay una relación de “santificación” a partir del bautismo (1 Cor 6,11), y ser “santos” es una “vocación” (Rom 1,7; 1 Cor 1,2). Pero una vocación en el mundo en el que la comunidad vive. En medio de ella, los cristianos están llamados a ser luz para los demás pueblos, a dar testimonio de su vida a fin de “seducir” a los demás a incorporarse a la comunidad de los santos (cf. 1 Cor 7,14; Rom 15,16; 1 Tes 5,23). 

En vv.18-23 Pablo da una primera clausura al tema que viene desarrollando desde 1,10 citando incluso textos sapienciales (Job 5,13; Sal 93,11 [LXX]) que remiten a Is 24,19 al que hizo referencia en 1,19 dando de ese modo un cierre con una inclusión destacando la fragilidad de la sabiduría humana (la semana pasada hemos dicho que las citas bíblicas de toda esta unidad 1-4 no son textos exactos, y pueden provenir de un “ramillete”, o haber sido adaptadas por el mismo Pablo para su intención retórica). Muchos de los temas como “sabiduría”, “necedad”, “este mundo”, etc… los encontrábamos en ese contexto (remitimos a lo dicho entonces domingos pasados), lo mismo que la referencia a los tres grupos de Pablo, Apolo y Cefas (obviamente no incluye en este punto al grupo de Cristo porque hará referencia a Cristo a continuación). 

En este marco, Pablo urge a los corintios a no jactarse (término muy importante en las cartas a esta comunidad; obviamente porque lo hacían) de la capacidad de cada uno de sus líderes, y lo hace con un dicho probablemente popular –y quizás usado por los corintios mismos- “todo es nuestro”, pero aclarándoles que ellos “pertenecen a Cristo” (1,30; 6,20; 7,23).

Hemos señalado que, especialmente en las cartas a los corintios, el verbo “jactarse” (kaujáomai) es importante. La clave radica en o de qué cosas una persona o un grupo se jacta. Jactarse de la propia fuerza, de las capacidades, de uno mismo es sin duda necedad. Es “inflarse” como un pavo (“pavonearse”). En cambio, jactarse por la obra de Dios en uno mismo, no poniendo en nosotros la capacidad sino en la gracia, es “glorificarse”, porque en eso se da gloria a Dios. Jactarse en la gracia, la cruz, el don de Dios, lleva a que sea Dios mismo el que “aparece” a los ojos de los demás. “Jactarse” por la pertenencia a un grupo, por la predicación / sabiduría “de este mundo” no lleva a Dios, sino a uno mismo y es algo sin sentido alguno, de allí la conclusión: “el que se jacte, que se jacte en el Señor” (1 Cor 1,31 // 2 Cor 10,17).


Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo     5, 38-48

Resumen: Las restantes dos antítesis comenzadas la semana pasada invitan a ir a la raíz del amor quebrando de ese modo todo espiral de violencia. Desarmar al violento con la no violencia, y amar a los enemigos muestra que la propuesta de Jesús quiere ir al corazón de la Ley haciendo que de ese modo los discípulos de Jesús se asemejen a Dios en sus actitudes.


Como pudimos ver en el Evangelio del domingo pasado, Mateo presenta en esta parte del Sermón de la Montaña una serie de “antítesis” que tienen el mismo esquema: “han oído que se dijo… pero yo les digo”. En ellas –a modo de ejemplo- presenta una superación de los mandamientos antiguos. De ninguna manera los declara abolidos, sino que los supera yendo a la misma raíz. Así los destinatarios del Sermón pueden llevar a plenitud la ley, cumpliéndola más que los que más la cumplen. Es de este modo que pueden “ser perfectos” (v.48). Cuatro de estas antítesis eran la lectura del Evangelio del domingo pasado, y hoy se leen las restantes dos. Hay que tener en cuenta lo dicho entonces; solamente anotaremos algunos elementos propios de estas.

El famoso dicho “ojo por ojo, diente por diente” había sido un gran logro de la antigüedad para evitar el espiral interminable de la venganza. El sentido era que a quién te ha roto un diente, deberás romperle un diente, no más. Es la conocida “Ley del Talión” (de “tal cual”, se sanciona tal como fue el daño) que se encuentra en varios escritos de Medio Oriente. 

Si un hombre libre vació el ojo de un hijo de hombre libre, se vaciará su ojo.
Si quebró un hueso de un hombre, se quebrará su hueso.
Si vació el ojo un campesino o roto el hueso de un campesino, pagará una mina de plata.
Si vació el ojo de un esclavo de hombre libre o si rompió el hueso de un esclavo de hombre libre, pagará la mitad de su precio.
Si un hombre libre arrancó un diente a otro hombre libre, su igual, se le arrancará su diente.
Si arrancó el diente de un campesino, pagará un tercio de mina de plata. (Código de Hammurabi [1800 a.C.], leyes 196-201)

Sin embargo, esto no implica que –más allá de su buena intención- esta “Ley” escondiera una cuota importante de venganza o que diera cabida a ella. Precisamente por ello, no es cuestión de buenas o razonables leyes, sino de ir “al corazón”, y para ello el Jesús de Mateo propone quebrar el espiral de la violencia. Con sensatez se ha dicho que la “no violencia” resulta “violenta” para el que la recibe por respuesta. Violenta porque lo desarma y lo deja sin argumento.

En un mismo carril debe entenderse la última antítesis de “amar a los enemigos”. Propiamente, ningún texto bíblico afirma que se ha de “odiar al enemigo”, pero así podían entenderse más de un texto; por otro lado, como puede verse en Lc 14,26 (ver Mt 10,37) “odiar” parece un semitismo usado en el sentido de “no es obligación amar a...”, o “no amar tanto como” [aunque algunos escritos judíos tardíos, como los Salmos de Salomón, o escritos de Qumrán invitan a los “hijos de la luz” a “odiar a los hijos de las tinieblas” (Regla 1,1); cf. Sal 138,19-22]. 

Es importante entender –para saber a qué refiere Mateo- que en general “prójimo” es el miembro de la comunidad, el judío, mientras que –y especialmente es visible en el contexto de Mateo, el enemigo se entiende el grupo perseguidor (5,10.44; 10,22; 24,9). Esos tales, que aman a los enemigos y perseguidores, “serán hijos de Dios” porque lo imitarán en su actitud de dar el sol y la lluvia sobre buenos y malos. Pero no ha de descuidarse que el amor no es “individual” (o a los “cercanos”) sino colectivo y concreto. Colectivo en cuanto que se dirige a todos, no solamente a los “de la casa”, o del clan, ya que eso es algo frecuente a todos, eso lo hacen también publicanos y paganos; y concreto, porque se manifiesta en obras concretas de amor, no en mero sentimiento o buenas intenciones.

Es a esto a lo que se refiere el “ser perfecto” (cf. Dt 18,13; Lev 19,2; 1 Pe 1,16): es una entrega absoluta a Dios (notar que no se refiere a una “perfección” metafísica o ética). El que obra de esta manera (la expresada en todas las antítesis a modo de ejemplo), ese tal ha llevado a la perfección lo que Dios pretende en la Ley (es en este sentido que hay que entender la frase de Jesús -solamente en Mateo- al “joven rico”, “si quieres ser perfecto”, 19,21: “si quieres llevar a la perfección las cosas de Dios”). No es la “perfección” griega por la que algo es perfecto cuando es igual a su modelo, sino la “perfección” hebrea en la que algo es perfecto cuando es como debiera, en este caso, Dios es perfecto cuando es Padre, ustedes serán perfectos cuando sean hermanos y hermanas.

“…a fin de que se conduzcan delante de Él de manera perfecta, según todas las revelaciones relativas a las fiestas reglamentadas”. (1QS 1,8-9)
“…instruirá a los justos en el conocimiento del Altísimo y enseñará la sabiduría del Hijo del cielo a los que siguen el camino de la perfección porque Dios los ha elegido para la alianza eterna y a ellos pertenecerá toda la gloria del hombre” (1QS 4,22-23).

Una nota sobre “sean… como Dios. La fórmula se encuentra con frecuencia en el libro del Levítico: “sean santos como Dios es santo” (11,44.45; 19,2; 20,7.26; 21,6), sin embargo nunca se encuentra en Jesús. Sólo encontramos dos veces una formulación semejante, pero no aplicada a la “santidad”. Aquí, Mt 5,48 se nos invita a ser “perfectos”, es decir, llevar a la perfección la ley viviéndola en su sentido y plenitud, en el amor; y en Lc 6,36 se nos invita a “ser misericordiosos como el Padre”. La “santidad” bíblica invita a “separarse” de todo para ser exclusivamente “de Dios”; por el contrario, Jesús invita a “aproximarse” a los demás en la misericordia o en el amor.

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