sábado, 12 de febrero de 2022

Templo, sinagogas e “Iglesias”

Templo, sinagogas e “Iglesias”

Eduardo de la Serna



Nuestro lenguaje, con frecuencia, nos juega malas pasadas. Y no estoy diciendo que “hablamos mal” ni nada por el estilo, sino, simplemente, que a veces nos confundimos. Por ejemplo, es frecuente confundir una iglesia con un templo, y es bueno “hablar claro”. Veamos.

En la Biblia, en el Antiguo Testamento, había muchos templos (y no me refiero a templos a otras divinidades, que también los había, sino templos al Dios de Israel). Por ejemplo, era frecuente que los hubiera en lo que eran santuarios donde se hacía memoria a cosas allí ocurridas, por ejemplo, en torno a un monte, un árbol, un oasis… Allí, era frecuente que se reunieran los peregrinos que contaban historias y escuchaban las narradas por otros. Generalmente, los encargados de estos santuarios, templos, templetes eran los levitas, es decir, los judíos pertenecientes a la familia de Leví, que era la familia sacerdotal. El rey Salomón decidió hacer un templo principal en la ciudad capital, Jerusalén, pero eso no impedía que hubiera otros templos en otras ciudades o cruces de caminos. Pero, especialmente en la zona norte, y debido a lo histórico de los cultos cananeos, empezó a haber una tendencia a entender a Yahvé como “el dios de Israel” pero dentro de otra lista de dioses y diosas (panteón) como los de la fecundidad, el sol, la luna, la tierra, etc. Como esto era visto como un acercamiento a la idolatría, en el sur (Jerusalén; el norte ya había sido destruido), por motivos claramente políticos y religiosos, el rey Josías (año 610 a.C.) hizo una reforma prohibiendo todo acto de culto fuera del templo de Jerusalén. Los demás templos fueron destruidos (y los levitas quedaron “desocupados”). Sin embargo, todo duró poco, ya que unos 25 años después, los babilonios destruyeron la ciudad y el templo. La elite fue llevada cautiva a Babilonia, algunos se fugaron a Egipto y los pobres quedaron en la tierra, pero sin protección alguna. Unos 50 años duró el exilio, y al volver, muchos se dedicaron a reconstruir sus casas y se desentendieron del Templo, por lo que algunos profetas levantaron sus voces… Con el tiempo, un nuevo templo (Segundo Templo) fue levantado, pero, si bien la reforma de Josías siguió vigente, algunos de los judíos en Egipto levantaron un templo (en Elefantina), y entre los que quedaron en Babilonia, y muchos de los cuales se dispersaron por los distintos pueblos, buscaron reforzar su identidad judía de otra manera ya que no estaban en la Tierra, no había Templo, etc. Uno de los modos fue “reunirse”. Cuando, poco después, se empezó a poner por escrito mucho de lo que el pueblo reconocía como propio, eso se empezó a leer en las reuniones (lo que, además, motivó que empezaran a multiplicarse los escritos y escritores que hacían copias de pergaminos y papiros). No deja de ser interesante que, cuando los griegos tomaron las ciudades y se constituyeron en imperio, en ocasiones hubo quemas de rollos (por lo que muchos los escondían, para preservarlos). Ya que estas reuniones eran en casas, en ocasiones hay quienes amplían la propia para que sea más la gente que entre en la “sala de reunión”. Reunión, en griego, se dice con dos palabras: synagogê y ekklêsía (de donde vienen nuestras “sinagoga” e “iglesia”). Entonces, mientras en las ciudades y poblados de la dispersión había “sinagogas”, en Jerusalén seguía siendo fuerte el templo, pero, mientras en este, el tema central eran los sacrificios, y estaban a cargo de los sacerdotes, en las sinagogas, que estaban a cargo de laicos (el que ponía la casa a disposición del encuentro, generalmente) se leían los textos y se comentaban (no había culto, entonces). Por eso, además, era frecuente que allí muchos fueran periódicamente, para aprender a leer (es lo que se llamó en hebreo el beît midrash, “casa de interpretación”. Es interesante que mientras en la sociedad la inmensa mayoría no sabía leer ni escribir, entre los judíos hay muchos que sí lo saben, precisamente para leer las Escrituras). Por otra parte, los samaritanos, que se veían como "custodios" (en hebreo samar) de la tradición, sí tenían un templo en el monte Garizim (cf. Jn 4,20).

Entrando en el Nuevo Testamento, es sabido que Jesús más de una vez frecuentó sinagogas, e incluso parece haber tomado allí alguna vez la palabra (y quizás leído, ya que es bastante posible que supiera leer). No es fácil saber, en cambio, con precisión sus visitas al Templo, ya que hay una diferencia muy importante entre el evangelio de Juan y los evangelios Sinópticos. Si damos crédito a Juan (que parece más probable) Jesús ha de haber ido a Jerusalén y al templo, en varias ocasiones para las fiestas.

Los seguidores de Jesús, en cambio, salvo las primeras comunidades de Jerusalén, no parecen haber ido al templo, y, es más, se consideraban ellas mismas “Templo vivo” (en ese sentido, algo semejante ocurre con los esenios de Qumrán). No sabemos mucho de las primeras comunidades de la dispersión, cómo celebraban, pero lo cierto es que sus reuniones eran en “casas”, lo que implica que, debían ser medianamente grandes para dar cabida a varios, y que, seguramente, hubiera varias en las ciudades importantes (por eso Pablo habla de “las Iglesias de…”). Es interesante que los discípulos de Jesús prefirieron “ekklêsía” antes que synagogê, pero no para distinguirse de los judíos (porque todavía no se distinguían), quizás para confrontar con el imperio, porque las “ekklêsia” eran las asambleas políticas de los fieles al emperador que había en las ciudades. No es seguro que los ministerios estuvieran organizados (Pablo parece que deja que cada comunidad se dé la organización que mejor le parece), y las “eucaristías”, en las que se compartía además la comida, se hicieran con lo que cada quién llevara (obviamente los más ricos podían llevar más, y esto causó algunos problemas con los pobres en algunas comunidades) y se partía el pan (no es evidente que hubiera vino, al menos en muchas cenas, ya que era muy costoso); en ocasiones el pan sería de cebada que era bastante más económico. También es frecuente que cuando se diera una visita (por ejemplo, cuando Pablo fuera a una ciudad) se juntaran todas las diversas comunidades, para lo que podían arrendar o un teatro o los salones de los gremios. Siendo que los seguidores de Jesús se consideraban a sí mismos judíos, es muy razonable que fueran a las sinagogas, aunque también tuvieran sus propias reuniones. Pero con el tiempo (especialmente a partir de la nueva destrucción de Jerusalén y el Templo, por los romanos en el año 70), más en unas regiones que en otras, empezó a experimentarse diferencia entre los que luego serán llamados “cristianos” y los “judíos”. Pero todavía, entre los “cristianos” no hay delimitación clara de ministerios para las celebraciones, por lo que sabemos (hay que notar que los términos griegos epískopos, presbyteros y diákonos [de donde vienen nuestros obispos, presbíteros y diáconos] no hacen referencia al culto y las celebraciones: vigilante, anciano y servidor se refieren a servicios en la comunidad, no en las celebraciones litúrgicas). Las casas seguían siendo (como se ve, más semejantes a las sinagogas que al templo) como un lugar de “reunión” (ekklêsía).

Con el tiempo algunos empezaron a donar sus casas para las reuniones, tiraban paredes, ampliaban habitaciones y, así, se empezó a “oficializar” un lugar de reuniones, lugar de “ekklêsía”. Ya, más tarde, tenemos tres elementos interesantes, a tener en cuenta: en el siglo II (con Ignacio de Antioquía, +130) nace el término “cristianismo”, que él usa 5 veces en sus cartas, seguramente porque ya se distinguía de “judaísmo”. Poco antes del año 200, otro escritor cristiano, Clemente, de Alejandría, en un escrito (El Pedagogo) habla, por primera vez de “ir a la Iglesia” (en el año 164, en Roma, todavía se reunían en “edificios” según afirma Justino). Y, siguiendo el esquema arquitectónico de las sinagogas, en Dura-Europos (Siria) se encontró una “iglesia” (del año 230), que es la más antigua hasta ahora conocida, con frescos en las paredes y espacios amplios para la reunión.

Como se ve, los términos templo, sinagoga e iglesia tienen diferentes orígenes, diferentes sentidos y diferentes finalidades. Nada quita que las casas sigan siendo espacios de reuniones, a cargo de laicos o laicas para la reflexión y lectura de las Escrituras, nada quita que las comunidades eclesiales desarrollen ministerios para que el encuentro con Jesús y la comunidad se puedan vivir según el lugar, la cultura y el ambiente, nada quita que cada tanto las diferentes comunidades se encuentren en algún lugar más amplio (“ir a la Iglesia”) para celebrar el encuentro. Pero no parece razonable seguir hablando de “templo”, de “sacrificios”, y, además, no es sensato seguir teniendo un esquema mental propio del Antiguo Testamento al hablar de (dar) culto ya que eso significaría olvidar toda la novedad que trae Jesús (es interesante que la raíz griega de “dar culto”, que es latría, en los Evangelios siempre alude al Antiguo Testamento) y que Pablo resalta la radical novedad del movimiento de Jesús.

 

Foto de la Iglesia de Dura-Europos tomada de https://www.actualidadviajes.com/dura-europos-la-sinagoga-y-la-iglesia-mas-antiguas-del-mundo/

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