domingo, 4 de septiembre de 2016

Un acuerdo para soñar la PAZ

Un acuerdo para soñar la paz


Eduardo de la Serna



Los conflictos humanos no suelen ser cosas gratas, pero existen. Y los hay en todos los órdenes de nuestra vida: familiares, sociales, internacionales, políticos y ¡a veces hasta tenemos conflicto con nosotros mismos! La solución o resolución de los conflictos suele ser necesaria, o conveniente, o razonable o – a veces – hasta impuesta (por ejemplo, por mediación judicial).

Cuando los conflictos son importantes hay diferentes modos de resolución:

  • Capitulación.  La capitulación ocurre cuando en el conflicto uno vence al otro. En este caso, y para evitar el exterminio o la anulación, la parte derrotada suele capitular. En este caso las imposiciones suelen ser humillantes (salvo cuando el vencedor quiera hacer ostentación de su enorme benignidad). En el antiguo medio oriente eran frecuentes los llamados “Pactos de Vasallaje” en los que el vencido se sometía a condiciones humillantes – como vasallo del vencedor - para no ser arrasado.
  • Tregua. La tregua suele ser una instancia bilateral o unilateral en medio del conflicto suspendiendo por un breve tiempo las manifestaciones, por ejemplo bélicas (a veces se habla de "armisticio"). Suele ser humanitaria, o – en ocasiones – ideológica (no se ataca al adversario por una fiesta política o religiosa, por ejemplo. En El Salvador las maras hicieron una tregua por el tiempo que duró la beatificación de monseñor Romero).
  • Acuerdo. Un acuerdo es un reconocimiento bilateral de la necesidad de terminar el conflicto. Las razones pueden ser variadas, y más o menos positivas, sea porque se ve que este es interminable y no se puede derrotar al adversario o porque sensatamente se ve la conveniencia – y quizás la pertinencia por confluencia de nuevos factores – de un “cese el fuego definitivo”.

No me quiero meter aquí en temas con connotaciones religiosas como ser el perdón y la reconciliación. Me interesa mirar en concreto los acuerdos de paz entre el Estado colombiano y la guerrilla de las FARC-EP.

Y antes quisiera citar una sentencia de la Corte Penal Internacional: 

«La paz como producto de una negociación se ofrece como una alternativa moral y políticamente superior a la paz como producto del aniquilamiento del contrario. Por ello, el derecho internacional de los derechos humanos debe considerar a la paz como un derecho y al Estado como obligado a alcanzarla» [Voto concurrente, Corte Interamericana de Derechos Humanos, Caso Masacre de El Mozote y lugares Aledaños vs El Salvador (Sentencia de 25 de octubre de 2012)] [citado en los Acuerdos de Paz en  5.1.2]

Historia breve. La historia del conflicto es sumamente extensa (52 años) y compleja. Por ejemplo, pensar que el tema tiene que ver con el tráfico de sustancias ilegales es tener una mirada muy corta del hecho ya que mucho antes que “el narco” invadiera las arenas políticas colombianas el conflicto estaba instalado. Obviamente este conflicto tuvo distintos estamentos, distintos actores (y los sigue teniendo, el ELN, por ejemplo, es otro actor no contemplado expresamente en “estos acuerdos”). Lamentablemente es razonable la desconfianza mutua. Los anteriores intentos fueron aprovechados una vez por unos y otra vez por otros para – en realidad – reagruparse, rearmarse, o preparar ataques. Lo ocurrido con el Frente Patriótico y los paramilitares en un momento reunidos en las AUC impedían la confianza como primer paso.

El problema, por ejemplo, es que muchos colombianos y colombianas han “comprado” la historia oficial, esa de “buenos” y “malos”, esa de que en esta historia hubo / hay unos malos (las FARC) y unos buenos (las fuerzas de seguridad), victimarios y víctimas respectivamente. En ese caso, y con esa torpe y miope mirada sin dudas todo “acuerdo” resultará injusto. Y, sin dudas, todo acuerdo sensatamente supone ceder en parte para acordar. No hay acuerdo entre dos que piensan distinto sin que ambos deban ceder para acordar. Es una obviedad.

Por ejemplo, un tema central es la “Dejación de armas”, pero como es evidente la dejación de armas es de las FARC, no del ejército. Éste debe estar armado, lo cual es una obviedad, aunque un tema siempre importante es cómo y contra quién las usa…

Mirando algunas cosas que se escuchan decir en los que más o menos explícitamente se oponen a los Acuerdos hay cosas que me llaman la atención:

  • Por ejemplo, el comunicador de la cadena Caracol luego de transmitir la firma de los acuerdos desde La Habana criticó lo dicho por Iván Márquez: “¡piden la libertad de Simón Trinidad!, no cambian nada…” Acuerdo de paz no significa renunciar a las propias convicciones. ¿Por qué no debieran pedir (por medios pacíficos) aquello que creen justo?
  • Voces desde Miami repiten: “Cuba es comunista, ¿cómo va a ser garante?” ¿No es razonable que en un acuerdo cada parte ponga como referentes a aquellos que le representan cierta garantía? Nadie le pide a los “gusanos” de Miami (que para quien esto escribe no son garantía de nada) que se fíen del régimen de Cuba, pero es sensato pensar que sí lo son para las FARC-EP. De eso se trata.
  • Algún corto de entendederas repite el karma: “vamos hacia Venezuela”. Acordar la paz no significa acordar un régimen político; eso ocurriría si la mayoría del pueblo colombiano en elecciones libres votara un régimen del estilo. Además de que muy lejos se está de eso, ¿propone un voto calificado el dicente?, ¿qué entiende por democracia?
  • No falta quien ha comparado la actual situación con la de Juan Pablo II al visitar a Ali Agca en la cárcel. Nada menos comparable, a ser sinceros: en una imagen hay un inocente - el Papa - y un culpable - Ali Agca - (dejando de lado que el Papa no era un estado que podía amnistiar o no), y siguiendo la imagen: en el acuerdo de paz ¿quién es el inocente? ¿El estado colombiano? Esa imagen parece no entender que no sólo la guerrilla es responsable, en el actual conflicto, de cosas terribles (secuestros, reclutamiento de niños, minas anti-personas, desplazamiento, matanzas, bombas, etc.), el Estado colombiano también es responsable de crímenes terribles (desplazamiento, torturas, asesinatos, paramilitarismo, falsos positivos, etc.). Por eso – con mucha sensatez – el Acuerdo expresamente señala que no se pretende un “intercambio de impunidades”. De ambos lados del conflicto hay víctimas y victimarios, sólo hace falta querer verlo.

En este sentido es interesante mirar quiénes apoyan y quienes no la firma de los Acuerdos de Paz… la avalan el Papa Francisco, la mayor parte de los países de la Comunidad Europea, el Secretario General de las Naciones Unidas, el mismísimo Obama, gran parte del episcopado colombiano y hasta la Corte Penal Internacional señalando que el acuerdo no deja lugar a la impunidad. Y mirar quiénes se oponen: el caso emblemático es el del ex-presidente Álvaro Uribe, probablemente el presidente más guerrerista de toda América Latina en los tiempos actuales. O Alejandro Ordoñez, el procurador general de la Nación, un católico ultraconservador. En mi caso, basta ver que ambos se oponen para saber que debo ubicarme en el lugar opuesto.

De hecho, hay dos elementos que invitan a la sospecha del porqué de la oposición de estos personajes (aunque no los puedan hacer explícitos por motivos obvios):  

  1. El capítulo tierras, aunque no mencione el ´termino “tabú” reforma agraria, habla de una reforma rural integral (RRI). Los desplazamientos provocados por el paramilitarismo con apoyo de empresarios, ganaderos, militares y políticos de la derecha colombiana aprovecharon la violencia para apropiarse de tierras para usufructuarla (drogas ilegales, aceite de palma, minería ilegal…). La reforma propuesta atenta contra sus intereses (y beneficia a los campesinos, obviamente). Y no está de más recordar que la para-política y las relaciones con los paramilitares y su impunidad florecieron durante el gobierno de Álvaro Uribe. Es razonable que se opongan, aunque no puedan mencionar esto como causa.
  2. El Nº 32 de 5.1.2 Justicia (II. CONTENIDOS, ALCANCES Y LÍMITES DE LA CONCESIÓN DE AMNISTÍAS E INDULTOS ASÍ COMO DE OTROS TRATAMIENTOS ESPECIALES). Dice lo siguiente: “La creación y el funcionamiento de la Jurisdicción Especial para la Paz no modificarán las normas vigentes aplicables a las personas que hayan ejercido la Presidencia de la República, de conformidad con lo establecido en el artículo 174 de la Constitución Política de Colombia en el momento de aprobarse el presente documento. En caso de que ante la JEP obre una información que comprometa a una persona que haya ejercido la Presidencia de la República, dicha información se remitirá a la Cámara de Representantes para lo de su competencia, remisión que se efectuará en el momento que se considere adecuado por la JEP, después de haber realizado las verificaciones pertinentes”. No es muy difícil intuir a que persona que haya ejercido la Presidencia se refiere este apartado.

El resto es “Democracia”. Democracia en la que (con las reglas del juego) los miembros de las ex FARC-EP puedan presentarse y si fuera el caso ser elegidos (sin Ordoñez que los voltee por causas incomprensibles e injustificables más que del signo político) aunque no compartamos su ideología; lo malo – y por lo que celebramos la firma del Acuerdo – no es su ideología sino sus métodos, y precisamente a partir de la firma están renunciando a ellos.




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