En más de una
ocasión hemos hecho referencia a Labán. Es hermano de Rebeca, es el padre de
Lía y Raquel, las mujeres de Isaac, y, además, es nieto de Nahor, hermano de
Abraham (Génesis 22,20-23). Sabemos que Abraham deja su tierra para ir a aquel
lugar que Dios le ha señalado, pero Nahor y sus descendientes permanecen en el
lugar, que será llamada “ciudad de Nahor” (24,10), Jarán (27,43; 29,4) y a
veces Paddan Aram (28,2.5). Él es conocido como “arameo” (25,20; 28,5;
31,20.24) cosa que también se dice de Jacob (Deut 26,5). Todo indica, entonces,
que los autores bíblicos quieren destacar claramente, desde el comienzo, el
parentesco entre los israelitas y los pueblos arameos.
En la primera
ocasión en que Labán es mencionado, juega un papel secundario, pero ciertamente
valioso, al recibir, como
hermano de Rebeca, al enviado de Abraham para conseguir esposa para Isaac. Su
actitud es de evidente hospitalidad, y sorprendentemente, deja que sea su
hermana quien tome la iniciativa de partir inmediatamente a pesar de su propio
deseo de que permaneciera con ellos unos días (24,55).
La
segunda aparición es, con mucho, más extensa y conflictiva. Huyendo de Esaú y
para contraer matrimonio con alguien de la familia, Jacob – el hijo de Isaac – llega
a casa de Labán (28,5). Al llegar, conoce a Raquel, su hija menor, a quien
sorprendentemente besa (29,11; normalmente el beso es entre varones, como es el
caso en v.13 en que Labán besa a Jacob). Jacob se queda en casa de Labán como
pastor de sus rebaños y acuerdan que, luego de siete años de servicio, él
recibirá a Raquel como esposa. Pasado el tiempo, Labán hace un banquete
matrimonial, pero tramposamente, en la noche, lleva a Lía, su hija mayor al
lecho conyugal sin que Jacob se percate hasta el amanecer. El argumento de
Labán es que no es costumbre entregar a la menor antes que a la mayor. Entonces
le propone a Jacob servirlo otros siete años a cambio de Raquel, cosa a la que
Jacob accede. Como se ha dicho en otro lugar, Raquel no queda embarazada, por
lo que Jacob engendra hijos de Lía y de las esclavas de ambas. Más tarde, Dios “se
acordó de Raquel” y ella, finalmente, engendra un hijo, José. Una vez nacido
este, Jacob reclama regresar a su tierra paterna. Un extraño diálogo entre
Jacob y Labán complica la partida reclamando ganado que aquel merecería (30,31-43).
Pero los hijos de Labán vieron con preocupación el aumento de las riquezas de
Jacob por lo cual él debe huir indicándole a sus esposas las trampas a las que
fue sometido por su padre.
Se levantó Jacob, montó a sus hijos y a
sus mujeres en los camellos, y se llevó todo su ganado y toda la hacienda que
había adquirido, el ganado de su propiedad, que había adquirido en Paddán Aram,
para irse a donde su padre Isaac a Canaán (31:17-18).
Pero
Raquel – aprovechando la ausencia del padre – le roba los ídolos familiares (es
bueno recordar que Labán y su familia eran parientes arameos, pero no eran
judíos). Esto motiva que Labán y los suyos los persigan y den alcance en
Galaad. Pero por intervención divina el único reclamo (fuera del lamento por no
haber podido despedir a los suyos, ignorando todas las trampas a las que
sometió a su yerno) es el robo de los dioses familiares. Jacob desconoce el
robo y le permite a Labán investigar en las tiendas. Raquel se sienta sobre
ellos por lo que no los encuentra, lo que motiva el enojo de Jacob por la falsa
acusación. Ante eso, ambos establecen un pacto. El texto deja claro que se
trata de dos pueblos con divinidades diferentes pero que reconocen entre sí un
parentesco: colocan piedras a modo de monumento al cual “Labán lo llamó Yegar
Sahdutá, y Jacob lo llamó Galed” (31,47) y proclamaron que “el Dios de Abraham y el Dios de Najor
juzguen entre nosotros». Y Jacob juró por el Padrino de su padre Isaac. (31,53)
y Labán volvió a su casa (32,1). La historia de Jacob continuará con el
reencuentro con Esaú, pero sobre eso ya hemos escrito.
Hay
un dicho que afirma que “Dios escribe derecho con renglones torcidos”. Las
historias de Jacob y Esaú, las trampas de Rebeca y de Labán, las de Jacob y de
Raquel no impiden que el pueblo de Dios vaya viendo cómo Dios va conduciendo la
historia (o cómo se encuentra a Dios en la historia “torcida”). Quizás no sea
diferente de nuestras historias y podamos aprender de la capacidad de los autores bíblicos
para encontrar a Dios y reconocer sus caminos.
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