El lavado de manos de Pilato
Eduardo de la Serna
El simple hecho de “lavarse”
tiene, en la Biblia, diferentes acepciones. Una muy frecuente es lo que suelen
llamarse “abluciones”, que implica una purificación ritual. Esto supone que
alguna situación ha provocado que alguien quedara “impuro” y debe lavarse o
sumergirse (en ocasiones, en griego, se usa el verbo “bautizar”, que significa
sumergir). En este sentido, también se utiliza como signo de hospitalidad al
peregrino, se lo invita a “lavarse los pies” quitando “el polvo de los camios”
antes de, por ejemplo, disponerse a comer (en este sentido, es semejante a
“quitar las sandalias”). Esta purificación ritual (es mucho más que un simple
tema de higiene) es habitual en los grupos más religiosos de Israel, por
ejemplo, los fariseos para los que la casa y la comida son un momento religioso.
Pero, y acá nuestro tema, “lavarse
las manos” es también una expresión visible de inocencia:
·
Mis manos lavo en la inocencia y ando en
torno a tu altar, Yahveh (Sal 26,6)
·
Así que en vano guardé el corazón puro, mis
manos lavando en la inocencia (Sal 73,13)
En Génesis 20,5 Abimelec afirma que es
inocente y dice que obró “con el corazón íntegro y manos inocentes (=
limpias)”.
Los cuatro Evangelios, en sus relatos de la
Pasión, presentan el encuentro de Jesús con Pilato, pero el de Mateo tiene
algunas características propias que es bueno señalar brevemente: los que
denuncian a Jesús son los sumos sacerdotes y los ancianos (27,12) y Pilato sabe
que lo entregaron por “envidia”, es decir, por conflictos internos (27,18).
Pero, inesperadamente, interviene la mujer de Pilato diciéndole que “en sueños”
(es decir, por una intervención de Dios) sabe que Jesús es “justo” (27,19). Sin
embargo, los acusadores convencen a los presentes de que pidan la cruz
para Jesús. Esto fue provocando un amotinamiento (27,24), algo que Roma quería
impedir a toda costa (26,5; Hch 21,34). Y acá debe verse con atención la
escena: por un lado, tenemos a Pilato que cree justo liberar a Jesús, y por
otro las autoridades judías que quieren condenarlo. Es en este momento que
Pilato manda traer agua y se lava las manos; es una señal pública de inocencia:
“soy inocente de esta sangre” (27,24).
Es necesario destacar que, ante
una pena de muerte, hay responsables de la ejecución, y si esta fuera injusta,
estos quedan manchados por esa sangre (ver Núm 35,10-33; Dt 19,6-13) y esta debe ser “rescatada”, vengada. El
lavado de manos de Pilato, entonces, no es una manifestación de indiferencia o
de falta de compromiso, sino una expresión clara de inocencia. De allí que
“todo el pueblo” se hizo cargo de la muerte de Jesús: “su sangre sobre
nosotros y nuestros hijos” (27,25).
Es muy importante entender lo que Mateo
pretende en esta parte del Evangelio (las consecuencias de una mala lectura del
texto fueron catastróficas y mucha judeo-fobia encuentra aquí su origen).
Mateo – como cada evangelista – escribe a una
comunidad concreta en una situación concreta. En la localidad donde está esta
comunidad hay un importante grupo de judíos. Todos ellos fariseos, que eran los
sobrevivientes de la crisis luego de la guerra contra Roma. Ellos, por cierto,
se veían a sí mismos como el resto de Israel, los herederos de Israel. Pero en
esa misma localidad hay un pequeño grupo de antiguos judíos que habían aceptado
el Evangelio. Ellos decían que todo lo antiguo se había cumplido (Mateo es el
evangelio que con más frecuencia insiste que “se cumplió la Escritura”) y que
Jesús es como Moisés, como David, etc. por lo tanto, ellos son el verdadero
Israel. Hay así dos grupos que pretenden ser los herederos del pueblo de Dios,
los fariseos, por un lado, y la Iglesia por el otro (la palabra “Iglesia”
solamente se encuentra en Mateo en los Evangelios; 16,18; 18,17).
Es evidente que lo que Mateo quiere destacar,
entonces, es que “el pueblo” ha renunciado a aceptar al enviado de Dios, no ha
reconocido los innumerables signos que Dios ha enviado, no ha dado frutos, y,
en este conflicto, Pilato es inocente.
Aclaremos: Pilato fue un gobernante
sanguinario y muy perverso para Israel, pero el Evangelio de Mateo no pretende
hacer un documento histórico, sino una reflexión teológica, y, en ella, quiere
destacar que la Iglesia es el nuevo pueblo de Dios ya que las autoridades y la
multitud / el pueblo se han hecho responsable de la sangre del Mesías. Al presentar
a Pilato como inocente de esto, Mateo quiere reforzar que la Iglesia, un
pequeño grupo de la ciudad, son los destinatarios del dicho, “por eso
les digo que a ustedes (sacerdotes y fariseos) se les quitará el reino de Dios
y será dado a un pueblo que produzca sus frutos” (21,43).
Imagen tomada de https://www.nationalgeographicla.com/historia/2021/05/las-elites-medievales-utilizaban-el-lavado-de-manos-como-un-asunto-social-de-poder
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