lunes, 3 de agosto de 2026

Tan judeo-cristiano como humano… ¡nada!

Tan judeo-cristiano como humano… ¡nada!

Eduardo de la Serna



Al asumir su presidencia, traicionando todo lo que había dicho en campaña (“salariazo”, “revolución productiva”), Carlos Menem reafirmó su “opción preferencial por los ricos” confirmando el neoliberalismo que el tándem Videla – Martínez de Hoz habían impuesto violentamente sobre la Patria. Una expresión evidente de esta traición se vio reflejada en los aplausos que le mereció su discurso inaugural (8 de julio 1989) por parte del capitán ingeniero Álvaro Alsogaray. Y dejo de lado la cobardía que manifestaban algunos Alvaros al llamar de “centro” sus agrupaciones de derecha, como también por parte de Uribe, en Colombia. Lo que más celebró Alsogaray fue la reformulación de la “justicia social” por parte del neo-presidente hasta el punto de calificarlo de “milagro”.

Siendo que el actual presidente también tiene “problemas” con el concepto de “justicia social” a la que califica como robo, o como “desigualdad ante la ley”, y siendo, además, que según sus propias palabras lo que lo inspira es el mundo judeo cristiano, me permito una serie de breves reflexiones…

1.- Como es obvio, el concepto “justicia social” es moderno, y pretender encontrarlo en textos antiguos sería algo anacrónico, aunque estos puedan ilustrar el presente. La palabra “social”, por ejemplo, no se encuentra en las traducciones castellanas de la Biblia. En alguna, por ejemplo, la Reina Valera 1995, traduce una vez “sociedad” el término hebreo īda (Proverbios 5,14) que suele traducirse por comunidad o asamblea, y en griego habitualmente por synagōgē. Pero esto ya nos permite sacar una primera conclusión: por encima de todo, Israel se percibe a sí mismo como pueblo, asamblea, comunidad, sinagoga. Y esto implica una exigencia primera: los miembros de Israel se perciben a sí mismos como hermanos. Hasta tal punto que, a diferencia del ambiente (por ejemplo, el código de Hammurabi) no hay normas para los huérfanos y las viudas, no por desentenderse individualistamente de ellos, sino precisamente por ser “familia”; “Padre de los huérfanos y tutor de las viudas es Dios en su santa morada” (Salmo 68,6). Y es interesante, además (por razones históricas) que al clásico par “huérfano – viuda” (37 veces en la Biblia) con frecuencia se añade el migrante / forastero (hebr. gar) “que vive junto a ti” (“porque tales fueron ustedes en Egipto”, Éxodo 22,20; 23,9; Levítico 19,34; Deuteronomio 10,19).

2.- «De hecho, en el Antiguo Testamento el fundamento de la fraternidad no es como en Platón una madre mitológica que constituye la tierra de la patria sino la voluntad de elección de Dios que ha creado el mundo entero, lo que le da el sentido de conseguir fraternidad. El dios de Israel no es un vulgar Dios nacional o una divinidad local sino el “dios de los dioses” (Salmo 82); que Israel sea su primogénito (Éxodo 4,22) no impide que los pueblos vecinos sean análogamente sus hijos (Deuteronomio 32,6-9). […] Hace falta añadir otra cosa. No es únicamente la unidad de Dios la que Israel conoce sino también la unidad de la humanidad. Sabe que todos los hombres descienden del único Adán, que fue creado a imagen de Dios (Génesis 1,26-27; 5,1-2). La unidad de la humanidad también se expresa en la figura de Noé. […] Pero Israel no es sino uno de los dos hermanos. Corresponderá al Nuevo Testamento desarrollar que el amor paterno de Dios, a pesar de apariencias exteriores, jamás olvida al otro hermano. […] Es importante en este contexto señalar que ... el título cristiano de hermano proviene de la lengua religiosa de Israel y no de la de los cultos de misterio; desde el punto de la vista de la realidad significa que esto aporta un lenguaje particular, una luz particular sobre la conciencia que la joven iglesia tenía de sí misma. Ella no se concibe como una sociedad de tipo mistérica, como un colegio o una asociación de derecho privado sino como el nuevo pueblo de Dios en analogía con el pueblo de Israel e incluso con la humanidad». (J. Ratzinger, “fraternité” en Dictionnaire de Spiritualité, ascétique et mystique, doctrine et histoire; fasc. 37-38) Paris: Beauchesce 1964, cols. 1141-1167 (1143-1148).

La “fraternidad” (y, añado, la sororidad) constituye el ser de Israel y de la comunidad cristiana.

3.- Una de las críticas desde el liberalismo al concepto de “justicia social” – obviamente desde una perspectiva individualista – radica en la supuesta “desigualdad” ante la ley. Pero, por ejemplo, en Israel está terminantemente prohibido tener a otro judío como esclavo (cosa que sí está permitido con los pueblos vecinos), y el criterio fundamental es “es tu hermano” (Lev 25,39-46); del mismo modo, no puede prestarse a usura al “hermano” (Lev 25,35-37), pero sí a otros pueblos. Esto, desde una mentalidad como la antedicha, ciertamente puede calificarse como “desigualdad ante la ley”, pero no puede olvidarse que la fraternidad (y sororidad) es el punto de partida fundamental. Es decir – mal que les pese a los individualistas y liberales – está por encima de la propiedad privada.

4.- «A cada cual, por consiguiente, debe dársele lo suyo en la distribución de los bienes, siendo necesario que la partición de los bienes creados se revoque y se ajuste a las normas del bien común o de la justicia social, pues cualquier persona sensata ve cuán gravísimo trastorno acarrea consigo esta enorme diferencia actual entre unos pocos cargados de fabulosas riquezas y la incontable multitud de los necesitados» [Pío XI, Encíclica Quadragesimo anno (1931) 58].

5.- No podemos dejar de lado que el actual Papa, León XIV, en su reciente encíclica Magnifica Humanitas (2026), al presentar los principios de la Doctrina Social de la Iglesia los enumera:

  •          El principio del bien común (59-64)
  •          El principio del destino universal de los bienes (65-67)
  •          El principio de subsidiariedad (68-72)
  •          El principio de solidaridad (73-76)
  •          El principio de la justicia social (77-81).

Aquí es fácil refrescar que

“los bienes de la tierra —el suelo, el agua, el aire y los recursos naturales— han sido dados por Dios a toda la familia humana para sostener la vida de todos, hoy y en las futuras generaciones, y que toda persona tiene un derecho originario al uso de dichos bienes. San Juan Pablo II recordaba que «Dios ha dado la tierra a todo el género humano para que ella sustente a todos sus habitantes, sin excluir a nadie ni privilegiar a ninguno» [86]. En consecuencia, «no es conforme con el designio de Dios, usar este don de modo tal que sus beneficios favorezcan sólo a unos pocos»” (65).

“Existe un derecho a la propiedad privada que tiene su sentido y su función propia, pero siempre subordinado al destino universal de los bienes. Según san Juan Pablo II, dicha subordinación es la regla de oro del comportamiento social y el «primer principio de todo el ordenamiento ético-social» [88]. La tradición de la Iglesia ha visto en la propiedad un medio para custodiar y administrar los bienes de manera que puedan servir mejor al bien común. Dado que «la tradición cristiana nunca reconoció como absoluto o intocable el derecho a la propiedad privada» [89], su función social no debe ser considerada como una mera opinión teológica, sino como una doctrina cierta de la Iglesia, ya presente en las Sagradas Escrituras y en los Padres. Por eso, el Papa Francisco recordó que la solidaridad, vivida en profundidad, significa también «devolverle al pobre lo que le corresponde” (66).

 

Por eso afirma sin ambages en # 77:

  •          Para la comunidad cristiana, la justicia social es una forma concreta de seguimiento de Jesús y de fidelidad a su Evangelio.
  •          la justicia nace y se realiza en la fraternidad, porque el modo en el que nos acercamos a los últimos y nos relacionamos con ellos se convierte, en concreto, en la medida de nuestra relación con Dios y con los hermanos.
  •          La justicia social se reconoce, entonces, por la capacidad de un orden social, económico y político que permita a todos —y en particular a los más frágiles— vivir de manera realmente humana, sin que ninguno se quede atrás.

Además, señala que, “la justicia social exige una mirada cuyo punto de partida sean los últimos” (78); “las injusticias no nacen sólo de decisiones equivocadas de los individuos, sino también de estructuras, mecanismos, sistemas económicos y culturales que producen desigualdad casi automáticamente” (79) y que “un examen decisivo para la justicia social hoy está representado por la condición de los migrantes, de los refugiados y de cuantos son obligados a desplazarse a causa de la pobreza, la violencia, el cambio climático y los desastres naturales” (81).

6.- Hasta tal punto, en la Biblia, el criterio es el cuidado del hermano (y la hermana), especialmente el débil, el pobre, que, si en la cosecha, uno olvidara una gavilla, no debe ir por ella, le pertenece al pobre (Dt 24,19); lo mismo si cae al suelo, o lo que está en los bordes (Lev 23,22), o – para más – cada 7 años, el campo debe permanecer sin sembrar (Lev 25,4-6) y lo que pueda recolectarse “les pertenece” también a huérfanos, viudas, migrantes y pobres…

En ese mismo sentido, al cruzar los campos, cualquier persona estaba autorizada a comer lo que encontrara, aunque no estaba permitido llevarse nada (Dt 23,25-26). La tierra, que es de Dios, no puede venderse (algo que, obviamente, no estaba vigente cuando Israel estaba sometido a otras potencias), e, incluso, si esta debiera cederse en posesión a un acreedor, esta debe ser devuelta a su propietario a los 50 años (Levítico 25,10).

En suma

Los textos podrían multiplicarse, pero basten estos para señalar que por más que el gobierno libertario se autoperciba (o afirme autopercibirse) influido por los valores judeo-cristianos, nada es más lejano a todo esto que sus propuestas y gestión. Su actitud frente a los migrantes, su actitud frente a la tierra y frente a los pobres, la negación de la justicia social, el individualismo cruel y sádico, la violencia en las relaciones, la indiferencia, la mentira y el endiosamiento de la propiedad privada, en nada se asemejan ni a lo judeo ni a lo cristiano. De todos modos, ya estamos acostumbrados a sus palabras sin sustento, números sin realidad y gestos sin humanidad; a lo mejor eso “da austríaco”, pero lo judeo-cristiano “nos lo debe”.


Imagen tomada de https://es.wikipedia.org/wiki/Amistad_Judeo-Cristiana

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