jueves, 27 de agosto de 2026

Ser ciudadanos del Cielo

Ser ciudadanos del Cielo

Eduardo de la Serna



La palabra “cielo” (en hebreo, frecuentemente, en plural, “cielos”; aunque en griego se prefiera el singular) se encuentra muchas veces en la Biblia [en hebreo 421 veces y en griego 955 veces]. El término parece significar, originalmente, “lo que está encima”, por ejemplo, de las aguas. Y se utiliza de modos y sentidos muy diversos. En algunas lenguas semitas, incluso, es nombre de alguna divinidad.

A modo, simplemente de ejemplo, se usa para hacer alusión a “las aves de los cielos”, es decir a lo que llamaríamos “espacio”, “atmósfera” o “firmamento”. O, también muy frecuentemente, para hacer referencia a la totalidad, se alude a dos extremos: “Dios creó los cielos y la tierra” (obviamente significa “todo”, es decir, también las aguas, por ejemplo; como cuando se dice “a derecha e izquierda” o “cuando me siento o me levanto” … es un uso retórico que le llama “merismo”).

A nivel simbólico, el cielo suele presentarse como el “lugar” donde Dios habita, su “morada. En ese sentido, digamos brevemente, el templo (también visto como “casa de Dios”) es como un “otro cielo”. Puesto que, para muchas culturas, la idea es que Dios está “arriba”, obviamente, “los cielos” son “el lugar” imaginable. Y, por eso, con muchísima frecuencia, en la Biblia (especialmente en los escritos posteriores al exilio) decir “cielos” es sinónimo de decir “Dios” (como cuando Mateo dice “reino de los cielos”, quiere decir “reino de Dios”).

En este sentido, en el judaísmo tardío (entendiendo como diferentes moradas que se van acercando al Trono) se ha hablado de siete cielos; en el “séptimo cielo” habitan los ángeles principales que allí pueden ver a Dios.

Pero en muchos ambientes griego (el platonismo, por ejemplo) el tema se mira de diferente manera, y es importante distinguirlo: cielo y tierra indican dos modos de ser, como cuerpo y alma, como sabio y necio. La persona sabia se “eleva”, sale de la “prisión”, que es su “cuerpo”, y se dirige al “cielo”, la ciudad verdadera. Por ejemplo, Clemente (nacido a mitad del siglo II y fallecido a comienzos del s. III), un importante escritor cristiano y neo-platónico, escribe:

«Si nos convertimos en oyentes de la Palabra, glorificamos la bendita economía, que es la manera en que el hombre es educado como un hijo de Dios, y es hecho ciudadano del cielo mientras es educado en la tierra, y recibe como Padre en el cielo a Aquel a quien el hombre llega a conocer en la tierra. La Palabra comprende, enseña y explica todo» (Clemente de Alejandría, Pedagogo XII. 99).

Valga todo esto para preguntarnos qué quiere decir Pablo al afirmar que los cristianos somos “ciudadanos del cielo” (Filipenses 3,20).

Sabemos que, en su cultura y mentalidad, Pablo era judío y no griego (aunque hablara el griego, por cierto). Leyendo a Pablo de un modo griego se corre el riesgo de entender que los cristianos deben “abandonar el mundo”, casi exiliarse, desentenderse de las “cosas mundanas”, porque su “ciudadanía” está en “las cosas de Dios”. Pero Pablo no tiene ese dualismo, sin duda. En su ambiente greco-romano, lo deseado era ser “ciudadano romano” ya que eso daba un honor y un prestigio inigualables; ser “fieles al César”, gozar de sus beneficios. Pablo subvierte este esquema imperial; para él lo valorable no es lo que está por encima (como el Emperador), sino lo que está “abajo” (como Jesús, el que se “abajó”; Filipenses 2,7), en el “humus” (humildad). Ironizando podríamos decir que para Pablo no se trata de un “campeonato” a ver quién está más arriba, si Dios o el César, sino el desafío de aprender a mirar con los ojos de Dios, quien ensalza al que se humilla y humilla al que se ensalza.

En Pablo, la palabra “cielo” (en singular, porque escribe en griego, como dijimos) no es tan frecuente. Se encuentra solamente 11 veces. Es como el lugar desde el que bajará” Cristo cuando vuelva (aunque Pablo imagina haber sido arrebatado hasta el “tercer cielo” [2 Cor 12,2]). Aquel de quien esperamos la vida, los beneficios (= gracia), en quien ponemos la confianza (= fe) no es en el Emperador; es por eso que somos “ciudadanos del cielo”, es decir atentos a las cosas de Dios, no a las del César. Y esto, para Pablo, implica una vida totalmente subversiva desde una perspectiva imperial. Nuestra mirada no está puesta en Roma, sino en Jesús, el crucificado (por Roma); lo que nos mueve no es el esquema de ser patrones o clientes, sino “ciudadanos del Evangelio” (Filipenses 1,27); una “buena noticia” que no son ni los triunfos militares ni las alabanzas al Emperador (así era usada en el Imperio la palabra “Evangelio”) sino que es una predicación feliz de que Dios está siempre dando vida a los últimos y despreciados, a los crucificados. Ser ciudadanos del cielo, entonces, es militar activamente en favor de la vida plena de los descartados, de las víctimas, confrontando con las ideologías dominantes que proponen vencedores y vencidos. Ser ciudadanos del cielo, entonces, es aceptar el desafío de vivir contra-culturalmente, el desafío de reconocer en los demás, no potenciales enemigos, sino verdaderas hermanas y hermanos, hijos del Dios Padre y Madre y, también, repitiendo a Pablo, saber reconocer que todas las cosas que se nos proponen como valiosas, como excelsas:

todo (eso) lo considero pérdida comparado con el bien supremo de conocer a Cristo Jesús mi Señor; por él doy todo por perdido y lo considero estiércol con tal de ganarme a Cristo (Filipenses 3,8).

 

Imagen tomada de https://www.religiondigital.org/religion-_biblia_y_hermeneutica_latinoamericana/Servir-amar-sacramento-subversivo_7_2327537225.html

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