Ser ciudadanos del Cielo
Eduardo de la Serna
La palabra “cielo” (en hebreo, frecuentemente,
en plural, “cielos”; aunque en griego se prefiera el singular) se encuentra
muchas veces en la Biblia [en hebreo 421 veces y en griego 955 veces]. El término
parece significar, originalmente, “lo que está encima”, por ejemplo, de las
aguas. Y se utiliza de modos y sentidos muy diversos. En algunas lenguas
semitas, incluso, es nombre de alguna divinidad.
A modo, simplemente de ejemplo,
se usa para hacer alusión a “las aves de los cielos”, es decir a lo que llamaríamos
“espacio”, “atmósfera” o “firmamento”. O, también muy frecuentemente, para hacer
referencia a la totalidad, se alude a dos extremos: “Dios creó los cielos y la
tierra” (obviamente significa “todo”, es decir, también las aguas, por ejemplo;
como cuando se dice “a derecha e izquierda” o “cuando me siento o me levanto” …
es un uso retórico que le llama “merismo”).
A nivel simbólico, el cielo suele
presentarse como el “lugar” donde Dios habita, su “morada”. En ese sentido, digamos brevemente, el
templo (también visto como “casa de Dios”) es como un “otro cielo”. Puesto que,
para muchas culturas, la idea es que Dios está “arriba”, obviamente, “los
cielos” son “el lugar” imaginable. Y, por eso, con muchísima frecuencia, en la
Biblia (especialmente en los escritos posteriores al exilio) decir “cielos” es
sinónimo de decir “Dios” (como cuando Mateo dice “reino de los cielos”, quiere
decir “reino de Dios”).
En este sentido, en el judaísmo
tardío (entendiendo como diferentes moradas que se van acercando al Trono) se
ha hablado de siete cielos; en el “séptimo cielo” habitan los ángeles principales
que allí pueden ver a Dios.
Pero en muchos ambientes griego
(el platonismo, por ejemplo) el tema se mira de diferente manera, y es
importante distinguirlo: cielo y tierra indican dos modos de ser, como cuerpo y
alma, como sabio y necio. La persona sabia se “eleva”, sale de la “prisión”, que
es su “cuerpo”, y se dirige al “cielo”, la ciudad verdadera. Por ejemplo, Clemente
(nacido a mitad del siglo II y fallecido a comienzos del s. III), un importante
escritor cristiano y neo-platónico, escribe:
«Si nos convertimos en oyentes de la Palabra,
glorificamos la bendita economía, que es la manera en que el hombre es educado
como un hijo de Dios, y es hecho ciudadano del cielo mientras es educado en la
tierra, y recibe como Padre en el cielo a Aquel a quien el hombre llega a
conocer en la tierra. La Palabra comprende, enseña y explica todo» (Clemente
de Alejandría, Pedagogo XII. 99).
Valga todo esto para preguntarnos qué quiere decir Pablo al afirmar que los
cristianos somos “ciudadanos del cielo” (Filipenses 3,20).
Sabemos que, en su cultura y mentalidad, Pablo era judío y no griego (aunque
hablara el griego, por cierto). Leyendo a Pablo de un modo griego se corre el
riesgo de entender que los cristianos deben “abandonar el mundo”, casi
exiliarse, desentenderse de las “cosas mundanas”, porque su “ciudadanía” está
en “las cosas de Dios”. Pero Pablo no tiene ese dualismo, sin duda. En su
ambiente greco-romano, lo deseado era ser “ciudadano romano” ya que eso daba un
honor y un prestigio inigualables; ser “fieles al César”, gozar de sus
beneficios. Pablo subvierte este esquema imperial; para él lo valorable no es
lo que está por encima (como el Emperador), sino lo que está “abajo” (como
Jesús, el que se “abajó”; Filipenses 2,7), en el “humus” (humildad). Ironizando
podríamos decir que para Pablo no se trata de un “campeonato” a ver quién está
más arriba, si Dios o el César, sino el desafío de aprender a mirar con los
ojos de Dios, quien ensalza al que se humilla y humilla al que se ensalza.
En Pablo, la palabra “cielo” (en
singular, porque escribe en griego, como dijimos) no es tan frecuente. Se
encuentra solamente 11 veces. Es como el lugar desde el que “bajará” Cristo cuando vuelva (aunque Pablo
imagina haber sido arrebatado hasta el “tercer cielo” [2 Cor 12,2]). Aquel de
quien esperamos la vida, los beneficios (= gracia), en quien ponemos la
confianza (= fe) no es en el Emperador; es por eso que somos “ciudadanos del
cielo”, es decir atentos a las cosas de Dios, no a las del César. Y esto, para
Pablo, implica una vida totalmente subversiva desde una perspectiva imperial. Nuestra
mirada no está puesta en Roma, sino en Jesús, el crucificado (por Roma); lo que
nos mueve no es el esquema de ser patrones o clientes, sino “ciudadanos del
Evangelio” (Filipenses 1,27); una “buena noticia” que no son ni los triunfos
militares ni las alabanzas al Emperador (así era usada en el Imperio la palabra
“Evangelio”) sino que es una predicación feliz de que Dios está siempre dando
vida a los últimos y despreciados, a los crucificados. Ser ciudadanos del
cielo, entonces, es militar activamente en favor de la vida plena de los
descartados, de las víctimas, confrontando con las ideologías dominantes que
proponen vencedores y vencidos. Ser ciudadanos del cielo, entonces, es aceptar
el desafío de vivir contra-culturalmente, el desafío de reconocer en los demás,
no potenciales enemigos, sino verdaderas hermanas y hermanos, hijos del Dios Padre
y Madre y, también, repitiendo a Pablo, saber reconocer que todas las cosas que
se nos proponen como valiosas, como excelsas:
todo (eso) lo
considero pérdida comparado con el bien supremo de conocer a Cristo Jesús mi
Señor; por él doy todo por perdido y lo considero estiércol con tal de ganarme
a Cristo (Filipenses 3,8).
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