Una reflexión sobre “fe y política”
Eduardo de la Serna
Las siempre fascinantes y también
conflictivas relaciones entre la fe y la política tienen en nuestros días
nuevas aristas que no está de más enfrentar.
Para comenzar es bueno señalar
que en el mundo antiguo (el bíblico, e imagino que también el islámico, aunque
no puedo afirmarlo) se ignora absolutamente esta separación. Por ejemplo, los
reyes tenían una estrecha relación con la divinidad cuando no son,
expresamente, tenidos como hijos de esta. Además, en el mundo mitológico, la
comunión entre la esfera divina y la esfera humana es plena, de modo que lo que
ocurre en una es expresión patente de lo que ocurre en la otra. Si tal pueblo
vence a otro, es a causa de que sus dioses vencieron a los dioses de los
derrotados. En este contexto, imaginar que, por ejemplo, Jesús, propone una
separación de ambos espacios es ignorar el tiempo, el espacio, el ambiente y la
cultura de su tiempo. Hasta tal punto los integra que su “monotema” es el “reinado
de Dios”. Se han citado algunos textos para mostrarlo (particularmente dos: “mi
reino no es de este mundo” y “den al César lo del César y a Dios lo de Dios”),
pero cualquier estudio bíblico serio dice exactamente otra cosa de esos mismos
párrafos.
No es el caso hacer una historia
de ambas relaciones, pero lo cierto es que contemporáneamente hemos aprendido a
distinguirlas sabiamente. Es cierto que todavía hoy hay algunas posiciones “ilustradas”
(¿la “diosa Razón”?) que proponen ignorar o rechazar totalmente los planteos
creyentes lo cual, me parece, es, por lo menos, discutible, o incluso insensato.
Distinguir me parece algo juicioso, negar uno de los dos, me parece negativo.
Una sociedad “razonable” pretende
que entre sus miembros haya convivencia y coexistencia. Actitudes como “de
política, religión y fútbol no se habla” pareciera que se trata de “nivelar
para abajo” en lugar de convivir, respetar, escuchar, aprender, proponer…
Es verdad que viejas sociedades “teocráticas”
(palabra que parece fue inventada por Flavio Josefo) pretenden “obedecer” la
supuesta voluntad de Dios. Ejemplos extremos como la “santa” (sic) Inquisición,
provocaron, quizás sanas, actitudes de rechazo absoluto a semejante desquicio.
En el siglo XX surgieron
interesantes “teologías políticas” que ayudaron a ambos espacios a pensar y
pensarse de un modo nuevo, aunque también tuvieran posiciones sumamente
cuestionables como las de Carl Schmitt, defensor – en nombre de la “teología política”
y la referencia a los “enemigos” – del nacional socialismo. El nombre de Johann-Baptist
Metz (1928 - 2019) es particularmente importante. Él sabe que no hay (particularmente
en el mundo judeo-cristiano) una fe desligada de la historia. Palabras como “mundo”
e “historia”, que se habían entendido de modo negativo (casi maniqueo) ligadas
al concepto de “cristiandad” deben repensarse. Es en la historia donde el
pueblo de Dios vive la historia de la salvación (por eso se insiste con toda
sensatez que “no hay dos historias, una secular y otra sagrada, sino que la fe
ha de vivirse en la historia humana”; separarlas es más gnóstico que bíblico,
repite Metz). Ignorar todo aquello que la historia (aunque en ocasiones dolorosamente)
nos ha enseñado no es sino infantil y necio; por eso él se preguntaba – y lo
repitieron, después, decenas de teólogos – “¿cómo hablar de Dios después de Auschwitz?”
La libertad (también de “dogmas”) es un avance, ciertamente. Pero nunca se ha
de olvidar que la libertad “de” implica una libertad “para”. La
libertad debe conquistarse, no solo es don sino es también tarea. Y una tarea
inseparable de otra palabra casi “sagrada”, de la “verdad” (palabra también mal
usada en ámbitos religiosos, por cierto, porque aparece como sometida a una “autoridad”).
Así, la salvación – liberación es tarea – misión social y también misión de la
Iglesia. La Iglesia, concretamente, está llamada a vivir su misión “en”
el mundo, no fuera de él ni, menos aún, en contra de él. Ahí se encuentran la
fe y la política, sin separarse ni confundirse.
La ilustración pretendía reforzar
la reducción de lo religioso al ámbito exclusivamente “privado”, de allí que
Metz propusiera el neologismo “desprivatización”. La tensión hacia un futuro,
que desde Ernst Bloch y, teológicamente, desde Jürgen Moltmann, se reflexiona
como “esperanza”, mira las utopías, señala una tensión profética hacia un
mañana que puede ser distinto (y mejor) del presente. Pero esto no lo entiende
Metz desde el individualismo, sino que mira el campo sociológico; esto es,
ciertamente personal, pero en cuanto miembros de un cuerpo, una comunidad de y
con Jesús.
El cristianismo católico de fines
del s. XIX parecía centrado, de un modo negativo y pesimista, en su extrañez
con el “mundo”, en el sufrimiento, una mirada pesimista y hasta necrófila de la
cruz. Y esto no fue ajeno al surgimiento, originalmente en ambientes
protestantes y luego también católico-romanos, de grupos espiritualistas e
individualistas centrados en los sentimientos, en una aparente felicidad (por
ejemplo, la superación de enfermedades o adicciones) y finalmente en una “teología
de la prosperidad” hoy plenamente vigente en muchos espacios y propuestas.
Obviamente también políticas.
Es necesario reconocer que todos
aquellos ambientes políticos, económicos o sociales de poder, que vieron en la Teología
Política un problema, encontraron - ¡y alentaron! – estos grupos
individualistas y espiritualistas. ¡Y lo siguen haciendo!
El surgimiento en América Latina
de la Teología de la Liberación (a la cual muchos han pretendido ver – creo que
muy parcialmente – como una opción vernácula de la “teología política”) motivó en
aquellos mismos grupos, un mayor impulso, incluso violento, para extirpar esta
nueva convivencia entre fe y política que los incordiaba. Una ingente cantidad
de mártires llenó de sangre, ¡y de testimonio!, las calles de nuestro
continente. Y, sin necrofilia alguna, se presentan hoy, como una palabra de Dios
para descubrir caminos, para confrontar propuestas, para caminar juntos como pueblo,
con creyentes y no creyentes, hacia una liberación en esperanza y utopía.
¿De qué se trata? Ciertamente se
trata de creyentes (por eso es teología) que intentan vivir su fe en esta
sociedad. Eso implica rechazar todo lo que se opone a su fe y proponer aquello
que esa misma fe acompaña. Pero no se trata de una actitud de imposición, sino
de proposición. No proponemos liberación “porque Dios manda”, sino que,
iluminados por lo que descubrimos por la fe, vivida y pensada en diálogo con la
razón, las ciencias y el mundo, creemos que es lo mejor para nuestra sociedad.
Y queremos proponerlo, lo cual supone esforzar, investigar, debatir, escuchar,
criticar, insistir… y respetar. Hemos visto, lamentablemente, que – por ejemplo,
ante proyectos de ley – algunos ambientes eclesiásticos cuestionan desde dogmas
o fundamentalismos en lugar de debatir con los mejores argumentos posibles y
dialogar con los argumentos contrarios para escuchar y respetar… En lugar de
investigar y mostrar (o intentar hacerlo) que nuestros argumentos son
preferibles o superadores, se abroquelan en normas y dogmas que otros grupos no
tienen por qué o no quieren escuchar. La pereza de un cierto dogmatismo
pre-crítico, o propio de cristiandad, no parece tener cabida en la sociedad
contemporánea.
Cuando miramos planteos dizque
religiosos en dirigentes políticos (Trump, Netanyahu, Milei, Bolsonaro, de la
Espriella, por ejemplo) no podemos menos que sentirnos transportados a un
pasado que quisiéramos olvidar. Y no solamente por negativo (¡que también!),
sino también porque creemos que no es ese el camino desde la fe para nuestro
tiempo.
El Dios en el que creemos nos
muestra su rostro (no nos “ordena” y “manda” amenazantemente caminos o infierno),
sino que nos invita a descubrir, en la historia, en diálogo y encuentro, en
vida y esperanza, que el círculo vicioso, o el espiral de la violencia no nos
aporta ni vida ni salvación ni felicidad. Que al quebrarlo de raíz
introduciendo la cuña del amor, se hacen visibles y posibles la paz, el
encuentro, la justicia… ¡la vida! Nos invita a descubrir que el individualismo no
nos regala libertad, sino que nos conduce a una ley de la selva donde siempre ganan
los mismos y siempre los mismos son su alimento. Que fracturarlo en el
encuentro con otros y otras, nos invita a descubrir que la felicidad no puede
celebrarse en soledad; repitiendo aquel viejo proverbio: “quien camina solo
llega más rápido; quien camina acompañado, ¡llega más lejos!” No se trata de
proponer – o casi pretender imponer – desde la fe lo que “Dios quiere”, sino descubrir
cómo es Dios, el Dios en el que creemos (y el Dios en el que no creemos) e
invitar – porque lo encontramos, lo vivimos, lo pensamos, lo contamos – a que
otras y otros puedan también descubrirlo si quieren. No por miedo, por infiernos
o condenas, sino por amistad, porque queremos invitar a tantas y tantos a
encontrarse con Aquel que nos invita a una vida plena. En todo caso, se trata
de que ellos y ellas se pregunten por el testimonio de alegría, de paz, de
vida, de amor que seamos capaces de reflejar, y no de las falsas seguridades,
rigideces y miedos. El Dios en el que creemos, el padre de los pobres, el que
quiere que ellos tengan buenas noticias (evangelio) nos invita a encontrarnos
con otros y otras en ese camino. A caminarlo. A celebrarlo. A pensarlo. A
contarlo.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario
Cualquiera puede comentar y no será eliminado, aunque no este de acuerdo con lo dicho, siempre que sea respetuoso (caso contrario, será borrado). Pero habitualmente no responderé los comentarios, ni unos ni otros, para no transformar este blog en un foro. De todos modos, podrán expresar su opinión.