lunes, 10 de agosto de 2026

Una reflexión sobre “fe y política”

Una reflexión sobre “fe y política”

Eduardo de la Serna



Las siempre fascinantes y también conflictivas relaciones entre la fe y la política tienen en nuestros días nuevas aristas que no está de más enfrentar.

Para comenzar es bueno señalar que en el mundo antiguo (el bíblico, e imagino que también el islámico, aunque no puedo afirmarlo) se ignora absolutamente esta separación. Por ejemplo, los reyes tenían una estrecha relación con la divinidad cuando no son, expresamente, tenidos como hijos de esta. Además, en el mundo mitológico, la comunión entre la esfera divina y la esfera humana es plena, de modo que lo que ocurre en una es expresión patente de lo que ocurre en la otra. Si tal pueblo vence a otro, es a causa de que sus dioses vencieron a los dioses de los derrotados. En este contexto, imaginar que, por ejemplo, Jesús, propone una separación de ambos espacios es ignorar el tiempo, el espacio, el ambiente y la cultura de su tiempo. Hasta tal punto los integra que su “monotema” es el “reinado de Dios”. Se han citado algunos textos para mostrarlo (particularmente dos: “mi reino no es de este mundo” y “den al César lo del César y a Dios lo de Dios”), pero cualquier estudio bíblico serio dice exactamente otra cosa de esos mismos párrafos.

No es el caso hacer una historia de ambas relaciones, pero lo cierto es que contemporáneamente hemos aprendido a distinguirlas sabiamente. Es cierto que todavía hoy hay algunas posiciones “ilustradas” (¿la “diosa Razón”?) que proponen ignorar o rechazar totalmente los planteos creyentes lo cual, me parece, es, por lo menos, discutible, o incluso insensato. Distinguir me parece algo juicioso, negar uno de los dos, me parece negativo.

Una sociedad “razonable” pretende que entre sus miembros haya convivencia y coexistencia. Actitudes como “de política, religión y fútbol no se habla” pareciera que se trata de “nivelar para abajo” en lugar de convivir, respetar, escuchar, aprender, proponer…

Es verdad que viejas sociedades “teocráticas” (palabra que parece fue inventada por Flavio Josefo) pretenden “obedecer” la supuesta voluntad de Dios. Ejemplos extremos como la “santa” (sic) Inquisición, provocaron, quizás sanas, actitudes de rechazo absoluto a semejante desquicio.

En el siglo XX surgieron interesantes “teologías políticas” que ayudaron a ambos espacios a pensar y pensarse de un modo nuevo, aunque también tuvieran posiciones sumamente cuestionables como las de Carl Schmitt, defensor – en nombre de la “teología política” y la referencia a los “enemigos” – del nacional socialismo. El nombre de Johann-Baptist Metz (1928 - 2019) es particularmente importante. Él sabe que no hay (particularmente en el mundo judeo-cristiano) una fe desligada de la historia. Palabras como “mundo” e “historia”, que se habían entendido de modo negativo (casi maniqueo) ligadas al concepto de “cristiandad” deben repensarse. Es en la historia donde el pueblo de Dios vive la historia de la salvación (por eso se insiste con toda sensatez que “no hay dos historias, una secular y otra sagrada, sino que la fe ha de vivirse en la historia humana”; separarlas es más gnóstico que bíblico, repite Metz). Ignorar todo aquello que la historia (aunque en ocasiones dolorosamente) nos ha enseñado no es sino infantil y necio; por eso él se preguntaba – y lo repitieron, después, decenas de teólogos –  “¿cómo hablar de Dios después de Auschwitz?” La libertad (también de “dogmas”) es un avance, ciertamente. Pero nunca se ha de olvidar que la libertad “de” implica una libertad “para”. La libertad debe conquistarse, no solo es don sino es también tarea. Y una tarea inseparable de otra palabra casi “sagrada”, de la “verdad” (palabra también mal usada en ámbitos religiosos, por cierto, porque aparece como sometida a una “autoridad”). Así, la salvación – liberación es tarea – misión social y también misión de la Iglesia. La Iglesia, concretamente, está llamada a vivir su misión “en” el mundo, no fuera de él ni, menos aún, en contra de él. Ahí se encuentran la fe y la política, sin separarse ni confundirse.

La ilustración pretendía reforzar la reducción de lo religioso al ámbito exclusivamente “privado”, de allí que Metz propusiera el neologismo “desprivatización”. La tensión hacia un futuro, que desde Ernst Bloch y, teológicamente, desde Jürgen Moltmann, se reflexiona como “esperanza”, mira las utopías, señala una tensión profética hacia un mañana que puede ser distinto (y mejor) del presente. Pero esto no lo entiende Metz desde el individualismo, sino que mira el campo sociológico; esto es, ciertamente personal, pero en cuanto miembros de un cuerpo, una comunidad de y con Jesús.

El cristianismo católico de fines del s. XIX parecía centrado, de un modo negativo y pesimista, en su extrañez con el “mundo”, en el sufrimiento, una mirada pesimista y hasta necrófila de la cruz. Y esto no fue ajeno al surgimiento, originalmente en ambientes protestantes y luego también católico-romanos, de grupos espiritualistas e individualistas centrados en los sentimientos, en una aparente felicidad (por ejemplo, la superación de enfermedades o adicciones) y finalmente en una “teología de la prosperidad” hoy plenamente vigente en muchos espacios y propuestas. Obviamente también políticas.

Es necesario reconocer que todos aquellos ambientes políticos, económicos o sociales de poder, que vieron en la Teología Política un problema, encontraron - ¡y alentaron! – estos grupos individualistas y espiritualistas. ¡Y lo siguen haciendo!

El surgimiento en América Latina de la Teología de la Liberación (a la cual muchos han pretendido ver – creo que muy parcialmente – como una opción vernácula de la “teología política”) motivó en aquellos mismos grupos, un mayor impulso, incluso violento, para extirpar esta nueva convivencia entre fe y política que los incordiaba. Una ingente cantidad de mártires llenó de sangre, ¡y de testimonio!, las calles de nuestro continente. Y, sin necrofilia alguna, se presentan hoy, como una palabra de Dios para descubrir caminos, para confrontar propuestas, para caminar juntos como pueblo, con creyentes y no creyentes, hacia una liberación en esperanza y utopía.

¿De qué se trata? Ciertamente se trata de creyentes (por eso es teología) que intentan vivir su fe en esta sociedad. Eso implica rechazar todo lo que se opone a su fe y proponer aquello que esa misma fe acompaña. Pero no se trata de una actitud de imposición, sino de proposición. No proponemos liberación “porque Dios manda”, sino que, iluminados por lo que descubrimos por la fe, vivida y pensada en diálogo con la razón, las ciencias y el mundo, creemos que es lo mejor para nuestra sociedad. Y queremos proponerlo, lo cual supone esforzar, investigar, debatir, escuchar, criticar, insistir… y respetar. Hemos visto, lamentablemente, que – por ejemplo, ante proyectos de ley – algunos ambientes eclesiásticos cuestionan desde dogmas o fundamentalismos en lugar de debatir con los mejores argumentos posibles y dialogar con los argumentos contrarios para escuchar y respetar… En lugar de investigar y mostrar (o intentar hacerlo) que nuestros argumentos son preferibles o superadores, se abroquelan en normas y dogmas que otros grupos no tienen por qué o no quieren escuchar. La pereza de un cierto dogmatismo pre-crítico, o propio de cristiandad, no parece tener cabida en la sociedad contemporánea.

Cuando miramos planteos dizque religiosos en dirigentes políticos (Trump, Netanyahu, Milei, Bolsonaro, de la Espriella, por ejemplo) no podemos menos que sentirnos transportados a un pasado que quisiéramos olvidar. Y no solamente por negativo (¡que también!), sino también porque creemos que no es ese el camino desde la fe para nuestro tiempo.

El Dios en el que creemos nos muestra su rostro (no nos “ordena” y “manda” amenazantemente caminos o infierno), sino que nos invita a descubrir, en la historia, en diálogo y encuentro, en vida y esperanza, que el círculo vicioso, o el espiral de la violencia no nos aporta ni vida ni salvación ni felicidad. Que al quebrarlo de raíz introduciendo la cuña del amor, se hacen visibles y posibles la paz, el encuentro, la justicia… ¡la vida! Nos invita a descubrir que el individualismo no nos regala libertad, sino que nos conduce a una ley de la selva donde siempre ganan los mismos y siempre los mismos son su alimento. Que fracturarlo en el encuentro con otros y otras, nos invita a descubrir que la felicidad no puede celebrarse en soledad; repitiendo aquel viejo proverbio: “quien camina solo llega más rápido; quien camina acompañado, ¡llega más lejos!” No se trata de proponer – o casi pretender imponer – desde la fe lo que “Dios quiere”, sino descubrir cómo es Dios, el Dios en el que creemos (y el Dios en el que no creemos) e invitar – porque lo encontramos, lo vivimos, lo pensamos, lo contamos – a que otras y otros puedan también descubrirlo si quieren. No por miedo, por infiernos o condenas, sino por amistad, porque queremos invitar a tantas y tantos a encontrarse con Aquel que nos invita a una vida plena. En todo caso, se trata de que ellos y ellas se pregunten por el testimonio de alegría, de paz, de vida, de amor que seamos capaces de reflejar, y no de las falsas seguridades, rigideces y miedos. El Dios en el que creemos, el padre de los pobres, el que quiere que ellos tengan buenas noticias (evangelio) nos invita a encontrarnos con otros y otras en ese camino. A caminarlo. A celebrarlo. A pensarlo. A contarlo.

 

Imagen de la "Via Egnatia", Grecia, por la que circulaban ejércitos, caravanas y el Evangelio.

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