jueves, 10 de septiembre de 2026

Un camello no pasa por el ojo de una aguja

Un camello no pasa por el ojo de una aguja

Eduardo de la Serna



Como estamos viendo en los textos recientes, hay algunos “dichos” de Jesús que parecen causar molestia y se los intenta adaptar o deformar de modo que no resulten ofensivos. No es casual que muchos de estos textos hagan referencia a los ricos y los pobres.

Uno de ellos, quizás de los más “molestos” es aquel en el que Jesús dice que “es más fácil que un camello entre (o atraviese, Marcos) por un orificio (ojo, Marcos) de aguja que un rico entre en el reino de Dios” (Mt 19,24 / Mc 10,25 / Lc 18,25).

Hay varios aspectos interesantes a tener en cuenta, al menos brevemente, antes de mirar el dicho de Jesús. Por ejemplo, que para el término “aguja”, Mateo y Marcos usan una palabra (rhafídos) mientras que Lucas la modifica y utiliza otra (belónês) que puede indicar también la punta de una flecha. Otro aspecto muy interesante es que Mateo, que casi siempre utiliza “reino de los cielos” para evitar mencionar a Dios, porque resultaría chocante para el auditorio, en este caso (y unos pocos más) prefiere “Reino de Dios”, seguramente con la intención de ser provocativo.

El texto del camello y el ojo de la aguja viene precedido de otro dicho que debe ser señalado: “difícilmente los que tienen riquezas / un rico (Mateo) entrarán en el reino de Dios / de los cielos (Mateo)” (Mc 10,23 y paralelos) lo que motiva la sorpresa de los discípulos en Marcos. Habitualmente se entendía que una persona que tenía riquezas, era porque había sido bendecido por Dios y, por lo tanto, era razonable que entrara en el Reino. Por eso la duda: ¿entonces quién podrá salvarse? Lo imposible para los seres humanos es posible para Dios, cosa que – en Lucas – ya sabíamos desde el anuncio del ángel a María (Lc 1,37).

Señalemos brevemente que, en esta unidad, Jesús enfrenta una cuestión sobre la mujer (y la separación matrimonial), sobre los niños y – aquí – sobre los pobres. En estos casos vemos que Jesús confronta con “lo establecido”: la mujer no es un objeto descartable, los niños, los que no tiene mérito alguno, son el modelo y “de ellos es el Reino” y, finalmente, los pobres puesto que las riquezas de quien se niega a compartir con ellos sus bienes no permiten el acceso al Reino… Dios mira con otros ojos y Jesús nos invita a hacer suya su mirada.

Pero como el texto resultaba chocante, se lo “suavizó” de dos modos:

  •      El “camello” en realidad no es tal. Se propone que en lugar del griego kámêlos debería leerse kámilos que es un cable grueso utilizado, por ejemplo, para amarrar barcos. Una dificultad viene dada en que en ninguna parte ni del Antiguo ni el Nuevo Testamento griego se encuentra este término. Ciertamente esto no es decisivo, pero es un indicio. Otro aspecto interesante es que hay un dicho rabínico:

“¿Hemos visto alguna vez a un hombre imaginar una palmera datilera de oro o un elefante pasando por el ojo de una aguja?” (bBer 55b)

  •       La aguja en realidad no es tal, se trataría de una puerta de Jerusalén por la que entran las personas, pero por la que los camellos no pasan. Acá encontramos el problema inverso: el término “aguja” solo se encuentra en este texto en toda la Biblia (con la diferencia señalada entre Mateo-Marcos y Lucas), pero no existe en ningún texto una referencia a esta supuesta puerta.

Señalemos, además, que con cierta frecuencia Jesús recurre a algunas exageraciones (se las conoce como hipérboles). En Mateo y Lucas encontramos un ejemplo evidente: “¿Cómo es que miras la paja que hay en el ojo de tu hermano, y no reparas en la viga que hay en tu propio ojo?” (Lc 6,41); es evidente que nadie tiene una viga en el ojo, pero la exageración invita a pensar la situación; del mismo modo, es imposible que un camello (el animal más grande para el ambiente) pase por el agujero más pequeño (el ojo de una aguja). Al decir de muchos estudiosos, ante la “suavidad” que algunos proponen: “un camello es un camello real, y una aguja es una aguja real”.

Suele ocurrir que cuando los textos o dichos de Jesús nos incomodan, buscamos suavizarlos o adaptarlos. Más sensato (¡más cristiano!) sería mirar bien lo que Jesús dice y dejarnos enseñar por él. De eso se trata el Reino de Dios.

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