jueves, 8 de octubre de 2026

¿Se viene el Apocalipsis?

¿Se viene el Apocalipsis?

Eduardo de la Serna



Con mucha frecuencia se escucha hablar de cosas espantosas futuras y se utiliza para ilustrarlas la palabra “Apocalipsis”. De hecho, hay, en la Biblia, un libro con ese nombre que pareciera abonar esta imagen de terror y espanto. Incluso, en algunos ambientes, el libro es usado para calcular terribles momentos futuros (“ahora estamos acá… después vendrá aquello”). Lo cierto es que, teniendo esto en cuenta, el futuro “pinta oscuro”. Pero, ¿es realmente así?

Para empezar, señalemos que la palabra “apocalipsis” es griega y significa “revelación”. Por tanto, así siguen imaginando los ambientes señalados, se revelan los momentos de castigo y dolor que vendrán. “Apo” es quitar y “kalyptô” es “lo que cubre”; hay algo tapado (en este caso en la historia presente) que “ahora” es manifestado. Como se ve, así dicho, no se trata, necesariamente de un sinónimo de nada terrible. Por ejemplo, en Sirácida 22,22 dice que “revelar secretos” es propio de un mal amigo (y usa la palabra apocalipsis).

Pero ubiquémonos un poco en la historia. En el período griego (desde el 200 antes de Cristo en adelante) muchos gobernantes intentaron imponer por la fuerza el “modo de vida griego”. Que un pueblo tuviera libros sagrados, alimentos prohibidos, rituales extraños (como la circuncisión), días santos, les resultaba incomprensible y estaban decididos a acabar con ello, y – para resumir – mataban a quienes vivían de ese modo (puede verse esto en 2 Macabeos 6 y 7). Entonces, surge para los judíos un problema teológico: ¿cómo es posible que a los que respetan el sábado, los que no comen alimentos impuros, los que circuncidan a sus hijos… en suma, cómo es posible que a los que son fieles a Dios los maten (y sean premiados los que no lo son)? ¿Y Dios? ¿No hace nada? Obviamente esto es un “misterio”. Un misterio es algo que ahora no podemos comprender, pero esperamos entender en el futuro. Y – ¡acá la clave! – lo comprenderemos cuando sea “revelado”. La palabra “apocalipsis” se relaciona estrechamente con “misterio”. Y todo esto ocurre en un contexto de violencia contra el pueblo de Dios. Por eso, en este tiempo, empiezan a proliferar textos que intentan, con mayor o menor éxito, con diferentes capacidades, mostrar que Dios no se ha desentendido de sus fieles. Todos estos textos son “apocalipsis”; algunos invitan a la evasión, otros a la lucha armada, unos a la resistencia, otros a retirarse esperando un mañana inminente de bienestar… En tiempos cristianos, la situación no fue distinta por momentos: los romanos – no en todas las regiones, pero sí en varios lugares de la zona oriental particularmente – exigían que se adorara al Emperador como a un dios, algo que ni judíos ni cristianos estaban dispuestos a hacer. Y no hacerlo tenía sus consecuencias, de exclusión, de persecución y hasta de martirio. Nuevamente empiezan a proliferar los apocalipsis, ahora también cristianos además de los judíos.

Pero el ambiente es duro, y escribir puede significar “cavarse la propia fosa”, por lo que suelen hacerlo en un lenguaje que no todos pueden comprender (lo fundamental era que los griegos o los romanos no lo entendieran). Veamos un simple ejemplo: la palabra “desierto” para los no judíos significaba “aridez, sequía, muerte”, pero para los judíos significaba “alianza, protección de Dios, fidelidad” (recordar el éxodo), entonces, usar esa palabra era muy significativa y contaban con que no fuera entendida por los adversarios. Lo mismo puede decirse de otros signos fáciles de entender como colores, animales o números… Ciertamente no era lo mismo una “fiera” que un “cordero”, el rojo (sangre) que el blanco (vida), o el 7 (plenitud) que el 6 (incompleto)… Cualquiera podía entenderlo; así, una mujer (el pueblo de Dios) que va a dar a luz al mesías, es amenazada por “un gran dragón rojo” de “siete cabezas” y huye “al desierto” donde será alimentada 1260 días (3 años y medio, la mitad de siete)… [Apocalipsis 12,1-6]; indudablemente se refiere al imperio romano.

Demos un paso más… en la abundante literatura apocalíptica, en la cual – como dijimos – se empieza a “revelar” el “misterio”, el tema no está todavía solucionado; todavía sigue la persecución y la muerte. Por eso, es común que se señale algo crítico que está ocurriendo, pero alguien (puede ser un ángel o un personaje muy importante del pasado; obviamente se trata de un género literario) interpreta lo que está ocurriendo. Es decir, nos están persiguiendo, pero esto durará poco tiempo; el intérprete lo va explicando cuidadosamente. “Tengan esperanza”, “falta poco”, “Dios no nos ha olvidado”.

Es decir, los apocalipsis, por un lado, no hablan de cosas terribles que “sucederán” sino de cosas duras que están ocurriendo (a sus destinatarios), pero, a su vez, pretenden comunicar esperanza a los suyos “revelándoles” que Dios está de su lado. Por ejemplo, a los “10 días” (2,10) de situación crítica, se contraponen los “mil años” de encuentro con Cristo que vendrán pronto (20,2-7), encuentro definitivo que se revela. Resistan un poco de tiempo más, ¡ya viene la paz que el Imperio ha quitado! (6,4):

Entonces vi el cielo abierto, y había un caballo blanco: el que lo monta se llama «Fiel» y «Veraz»; y juzga y combate con justicia. Sus ojos, llama de fuego; sobre su cabeza, muchas diademas; lleva escrito un nombre que sólo él conoce; viste un manto empapado en sangre y su nombre es: La Palabra de Dios. Y los ejércitos del cielo, vestidos de lino blanco puro, le seguían sobre caballos blancos. De su boca sale una espada afilada para herir con ella a las naciones; él los regirá con cetro de hierro; él pisa el lagar del vino de la furiosa cólera de Dios, el Todopoderoso. Lleva escrito un nombre en su manto y en su muslo: Rey de Reyes y Señor de Señores (19,11-16).

El lenguaje es duro (por eso usa “Todopoderoso”, que solo se encuentra en la literatura apocalíptica del Nuevo Testamento), pero todos los lectores están invitados a la esperanza. No es nada terrible un apocalipsis; la situación lo es… pero esto ¡está por acabar! De eso se trata la revelación…

 

Imagen tomada de la tapa del libro de E. Arens y M. Díaz Mateos, Apocalipsis. La fuerza de la esperanza (Lima: CEP 2019)

miércoles, 7 de octubre de 2026

Jugo de limón (7 de julio 2026)

 Cristianos mártires de la Dictadura



Jugo de limón (14 de julio 2026)

Cosas que Dios no sabe


 

Jugo de limón (28 de julio 2026)

La supuesta campaña anti-argentina


 

Jugo de limón (4 de agosto 2026)

Milei, tan judeo-cristiano como humano: ¡nada!


 

Jugo de limón (11 de agosto 2026)


 

Jugo de limón (11 de agosto 2026)

Fe y política


 

Jugo de limón (18 de agosto 2026)

El discurso de Milei en homenaje a San Martín


 

Jugo de limón (25 de agosto 2026)

El sentido de la vida


 

Jugo de limón (8 de septiembre 2026)

Deudas


 

Jugo de limón (15 de septiembre 2026)

La amistad en la Biblia


 

Jugo de limón (22 de septiembre 2026)

Encuentro de los curas OPP en La Rioja


 

Jugo de limón (29 septiembre 2026)

El Anticristo


 

Jugo de limón (6 de octubre 2026)

La peregrinación a Luján


 

martes, 6 de octubre de 2026

Comentario a las lecturas del domingo 28 "A"

Jesús nos invita a participar de la fiesta de la vida

DOMINGO VIGESIMOCTAVO - "A"


Eduardo de la Serna



Lectura del libro del profeta Isaías     25, 6-10a

Resumen: en un texto que parece de tiempos del exilio, el profeta canta el triunfo de Dios sobre sus enemigos, y la consiguiente invitación a todos (los judíos que están en) los pueblos a participar en un banquete que el Dios rey da a los suyos en el monte Sión.

El texto parece continuar lo anunciado en 24,21-23 donde se anuncia el triunfo y castigo de Dios que reinará en Sión. “Todos los pueblos” (o quizás, los judíos que están dispersos en todos los pueblos) serán congregados en el monte (término que se repite en 6 y 10a formando inclusión). En esta fiesta, Dios quitará el “velo” (v.7) del luto, es decir “enjugará las lágrimas” (v.8b). En el centro se destaca que desaparecerá “la muerte” (v.8a) es decir, el pueblo “vivirá”. Probablemente en el exilio, sin tierra, sin ley, se siente morir pero Dios le garantiza que “consumirá definitivamente la muerte”.

Esta vida queda manifestada en el banquete al que se convoca a “su pueblo” (v.8), invitado por “nuestro Dios” (v.9) [el tema del banquete, fiesta que un rey da a sus súbditos cuando es coronado y mostrar así su magnificencia, parece el motivo por el que es introducido el texto en la liturgia a la luz del Evangelio del día]. Siendo banquete en Sión, ciertamente el pueblo desterrado se siente convocado a una nueva vida. La frecuencia de términos como esperar/esperanza y salvar/salvación nos remiten al “Tercer Isaías”.


Lectura de la carta de san Pablo a los cristianos de Filipos     4, 12-14. 19-20

Resumen: Pablo se está despidiendo de los filipenses, pero quiere agradecerles su solidaridad para con él en la prisión. Pero ese gesto de generosidad es, en realidad, un gesto para con Dios que los recompensará. 


El texto litúrgico de Pablo es un fragmento de un folleto agradecido que Pablo envió a los filipenses cuando recibe apoyo y visita de parte de estos, enviando a Epafrodito, que durante un tiempo estará con él; este folleto se encuentra actualmente en Fil 4,10-20. La introducción (vv.10-11) está omitida, del mismo modo que la referencia del Apóstol a la relación siempre generosa que los filipenses le manifestaron (y la referencia a Epafrodito; vv.15-18). 

Breve nota sobre “la” o “las” carta/s a los filipenses: no hay consenso entre los estudiosos si la actual carta a los filipenses es una carta única o si en su seno hay más de una carta reunidas en un mismo texto (suele pensarse en dos cartas y un fragmento o folleto). Hay autores y motivaciones serias en ambas corrientes. Los que piensan en una unidad, creen que las rupturas perceptibles en la carta se deben a motivaciones retóricas. Los que piensan en más de una carta creen que la estrecha relación entre los filipenses y Pablo motivaron varios escritos que finalmente fueron reunidos en un solo texto (quizás a principios del s.II, se dice). Estas serían, un folleto agradecido por el envío de ayuda a la prisión (4,10-20), una carta llena de alegría motivada por el re-envío de Epafrodito a Filipos [1,1-3,1a + 4,4-9 + 4,21-23], y – finalmente – una carta a causa de la intromisión en la comunidad de aquellos que predican la circuncisión (3,1b-4,3); es de notar que Policarpo de Esmirna en su carta a los filipenses les dice que Pablo “les escribió cartas” (Polic Fil 3:2). Como se notará, preferimos esta segunda opción. Sin embargo, el texto litúrgico conforma una unidad y – en este aspecto – no influye para la lectura. De hecho 4,9 tiene apariencia de conclusión (“el Dios de la paz…”) y los vv.19-20 también tiene apariencia conclusiva. La ruptura entre 4,9 y 4,10 es evidente; e incluso la referencia a Epafrodito en 2,25-30 no condice con esta. Allí Pablo les informa de la salud – estuvo a punto de morir – mientras aquí les agradece el envío, no parece coherente que estuvieran en un mismo texto. Los argumentos, como se dijo, no son conclusivos y muchos autores piensan que las rupturas, que son evidentes, tienen motivaciones retóricas.

La unidad vv-10-20 concentra una serie de elementos que han hecho ver en la carta un importante destaque de la “amistad” (“carta de amistad”, se la ha llamado). El mundo greco-romano destacaba la amistad como un modo de relación entre “iguales” (o familia) [aunque con diferentes matices según quiénes lo decían, sean griegos o romanos], mientras que las relaciones desiguales eran vistas como relaciones de “patrón”-“cliente”. Estas relaciones supone ciertamente una “cadena de obligaciones”, de reciprocidad (y no hacerlo pone en serio riesgo la amistad). 

La unidad comienza con un tema que será frecuente en la carta, la “alegría” (v.10). Pablo comenta su actitud, pero no con intención de que pareciera “pedir”. Con un término frecuente en la filosofía estoica, “bastarse a sí mismo” (autarkês; única vez en el NT), afirma que sabe vivir en la pobreza y la riqueza. Pero no es una “autarquía” lograda a costa de un “dominio de sí”, sino “en aquel que me conforta” (v.13; cf. 2 Cor 12,9-10). De hecho ya sabemos por otras cartas paulinas que él trabaja para “auto-mantenerse” y no ser una carga para las comunidades (1 Tes 2,5-9; 1 Cor 9,4-18; 2 Cor 11,7-10; 12,13-18). Luego de haber manifestado esa capacidad “autárquica” (v.12) manifiesta su agradecimiento a los filipenses por su solidaridad (sygkoinôneô; con-solidarios), algo que ya hicieron con él en otras ocasiones (vv.15-16), y que repercute en los mismos filipenses en los dones espirituales que Pablo comunica. Con mucha seriedad Pablo afirma haber “recibido” los dones, pero inmediatamente los relee en clave “ofrenda”: un “aroma perfumado”, una ofrenda aceptable, agradable a Dios (obviamente, Dios no recibe aquellos sacrificios que no le son gratos: Prov 15,8; Jer 6,20; Mal 2,13); lo que los filipenses hacen a Pablo, en realidad es a Dios a quien lo hacen, ¡y él lo recibe gustosamente! La imagen del “aroma perfumado” se utiliza en el lenguaje de los mitos para señalar que “calman” a Dios en su ira, y lo “suavizan” (ver Gen 8,21; es una imagen tomada del mito babilónico del diluvio donde los dioses, como moscas acuden al olor de la ofrenda de Atrajasis o de Utnapistim): 

“Entonces hice salir (todo) a los cuatro vientos y ofrecí un sacrificio. Vertí una libación en la montaña ziqqurrat. Siete y siete vasijas dispuse, sobre sus trípodes amontoné caña, cedro y mirto. Los dioses olieron el sabor; los dioses olieron el dulce sabor, los dioses se apiñaron como moscas en torno al sacrificante” (Poema de Guilgames, tableta VI:155-161).

La acción de gracias por los dones de los filipenses, incluye un pedido a Dios de retribución en bendiciones por los dones recibidos. 



+ Evangelio según san Mateo     22, 1-14

Resumen: Mateo toma una parábola que se encontraba en el texto Q y la alegoriza notablemente aludiendo al rechazo de Jesús, “hijo del rey”. Ante el rechazo de la invitación (por parte de los judíos) se realiza una nueva invitación (fuera de la ciudad), pero eso no autoriza a participar de la fiesta sin estar debidamente preparados.


Mateo presenta una nueva parábola en el contexto donde Marcos había señalado solamente una (los viñadores homicidas); son tres parábolas donde se destaca el rechazo a una invitación (21,28-32; 21,33-46; 22,1-14); en este caso nos encontramos con una que parece tomada del evangelio Q, común entre Mateo y Lucas. Sin embargo, es de notar que cada uno de los dos evangelios (Mateo y Lucas) incorpora en el texto elementos que son muy propios de su teología. Señalemos estos simplemente a modo esquemático (con la intención de descubrir lo propio de Mateo):


Mateo 22
Lucas 14
Banquete de bodas del hijo del rey (v.2)
Un hombre hace una gran cena (v.16)
Llama a los invitados que no quieren ir (v.3)
Llama a los invitados que ponen excusas absurdas para no ir (vv.18-20)
Nueva invitación a los invitados que incluso reaccionan violentamente con los sirvientes  (vv.5-6)

Reacción del rey enviando tropas (v.7)

(vv.8-10) Invitación a invitados inesperados en los cruces de caminos (v.21)

Nueva invitación en los caminos (vv.22-23)
Añadido sobre el invitado sin “vestido de boda” (vv.11-14)
“ninguno de los invitados probará mi cena” (v.24)


Mientras el tema en Lucas, como es habitual en él, refiere a los pobres, en Mateo – como también es teológicamente frecuente en él – señala el rechazo violento de Israel a Jesús. El acento alegorizado en el “hijo del rey”, en la violencia, y la “destrucción de la ciudad” (= Jerusalén, v.7) marca la insistencia propia de Mateo en la que será heredera de Israel, la Iglesia. Los invitados en un último momento, fuera de la ciudad, aluden a los no judíos que aceptan la invitación a la “fiesta” de bodas. 

Pero – y quizás Mateo añada esto (el invitado sin traje de bodas) para evitar ser mal entendido dada la alegorización de la parábola – eso no implica que los invitados tardíos estén exentos de dar frutos de justicia. Las bodas aluden al encuentro final con el “hijo del rey”, no basta (como el dicho conclusivo sobre los “llamados” y “elegidos” lo demuestra) con ser invitados (sea en el turno que fuere), es necesaria la respuesta acorde a la invitación. Algunos judíos han dado respuesta (la comunidad judeo-cristiana de Mateo), y algunos paganos también… pero no todos; y tanto los que se han negado a participar del banquete como los que no están debidamente preparados quedarán sin participar de la fiesta del Reino. El acento, como es evidente, está en señalar a los que se auto-excluyeron de la fiesta de bodas y la participación en ella de nuevos sujetos inesperados.

Ciertamente hay elementos extraños a la lógica habitual en el texto: la invitación de un rey que es rechazada como “de común acuerdo”; la sustitución de invitados de “honor” por otros de “bajo honor” (o ninguno)... El acento está puesto en el Reino de Dios que invierte todos los valores habituales y frecuentes, algo que es frecuente en los evangelios, y que Mateo ha mantenido y acentuado. 

La nota de “violencia”, tanto de los invitados hacia los servidores, como del rey destruyendo la “ciudad” refuerza la nota alegórica del texto aludiendo a la muerte de los enviados de Dios y de Jesús, siervo de Dios, y a la posterior destrucción de la ciudad de Jerusalén por parte de los romanos. La alegoría es evidente.

El añadido del invitado sin traje de bodas (al que – como vimos al aludir al que reprocha al dueño de la viña el pago que considera injusto, 20,13; cf. 26,50 – el protagonista llama “amigo”, etaire; pero no alude a la amistad, filía; establece cierta distancia), que como dijimos, no se encuentra en Lucas y – probablemente – no estuviera en Q, invita a descubrir que se trata de un añadido de Mateo con la finalidad de evitar que los que se creyeran invitados en un segundo momento, se creyeran a su vez sin responsabilidades con el reino. Sin dudas los miembros de la comunidad que no son capaces de reconocer su pecado (cf. 18,15-18) también han de ser rechazados de la fiesta.


El video con comentario al Evangelio en 
https://youtu.be/EFCE1NlO6B4
o también en
https://blogeduopp1.blogspot.com/2026/10/comentario-al-evangelio-del-domingo-28-a.html



Foto tomada de 
www.claretianos.org.ar

sábado, 3 de octubre de 2026

El poder y el Evangelio

El poder y el Evangelio

Eduardo de la Serna



Contaba el querido Camilo Maccise, general de la orden de los Carmelitas descalzos, que una vez el general de los Franciscanos le dijo: "Camilo, ¿querés saber qué es el poder? dale a una persona de la comunidad la llave de un salón. Ahí vas a ver lo que es el poder".

Es verdad que en nuestras comunidades somos testigos frecuentes de cosas como esas: "que yo llegué mucho antes que esa persona", "que yo soy mucho más cumplidor (o cumplidora)", "que yo participo más", etc.

Ya lo señala Jesús en el evangelio de Lucas:

¡Ay de ustedes, doctores de la ley, que se han quedado con la llave del conocimiento: ustedes no han entrado y a los que quieren entrar se lo impiden! (11,52)

Es evidente, por todas partes en los evangelios, que Jesús nos invita a mirar con su propia mirada – que es la mirada de Dios – y no con la exterior: Jesús mira las moneditas de la viuda, Jesús mira la interioridad de un cobrador de impuestos que se sabe pecador, Jesús mira a los que llegan en la última hora, Jesús mira el interior de una mujer pecadora en la ciudad... Y Jesús no mira los grandes ropajes de un rico, Jesús no mira el prestigio de los fariseos, Jesús no mira la alcurnia de los sacerdotes... Jesús sabe mirar con los ojos de Dios que mira el corazón, es decir allí donde nacen las decisiones de cada persona.

El poder, para Jesús, se caracteriza precisa y paradojalmente por la impotencia, Jesús nunca se revela de un modo más claro que en la cruz. Jesús no es el todopoderoso que camina elevado a medio metro de la tierra, sino un profeta itinerante y desarmado, que es asesinado por los poderosos. El poder para Jesús se llama amor. El Dios de Jesús no es el poderoso capaz de vengarse sino el lleno de compasión, amor y perdón, el Dios “lento para la cólera y de gran misericordia”, el Dios que no puede permanecer indiferente ante sus amigos y amigas que sufren, el Dios que se llena de alegría sentado en la mesa de los despreciados y el Dios que abraza a los y las pobres.

Teniendo esta mirada, con esta actitud, no sé si nuestras comunidades serán más numerosas, no sé si tendrán más prestigio, pero sí creo que se parecerán bastante más al sueño de Jesús. A lo mejor, ¡la cosa sea por ahí!


Imagen tomada de https://es.dreamstime.com/search.php?srh_field=jesus+carrying&s_il=y

jueves, 1 de octubre de 2026

Los tres reyes magos

Los tres reyes magos

Eduardo de la Serna



Cuando se aproxima la Navidad es frecuente empezar a pensar en los pesebres, en las fiestas, las imágenes… Habitualmente están María, José y el Niño, un burro y un buey, en ocasiones un par de pastores y ¡no faltan!, los Tres Reyes Magos.

A la escena de la visita de los magos a Jesús niño se la suele adornar con imágenes y coloridos familiares, culturales, infantiles… y comerciales. Y todo esto es algo razonable, salvo que pretendamos afirmar que lo que le hemos añadido es algo quem ocurrió y que lo afirma el texto bíblico. Curiosamente pareciera que el escándalo del pesebre, los pobres, los pastores, pretende “equilibrarse” poniendo junto al niño un trio de “reyes” que jamás estuvieron. Domesticar el Evangelio para que no haya solamente pobres a su lado, es, una vez más, una manera de “pasteurizar” la radicalidad de Jesús y su propuesta.

Si miramos los Evangelios, la cosa es bastante diferente. Para empezar, ni Marcos ni Juan nos dicen nada de Jesús antes de su ministerio público; solo Mateo y Lucas se detienen – brevemente – es algunos elementos. Y, es importante señalarlo, cada uno de ellos con una intención concreta, una catequesis para sus comunidades.

Lucas es el que habla de pesebre y de pastores, pero no de los magos, mientras que Mateo sí los presenta, pero ignora aquello que Lucas nos mostraba.

La comunidad a la que se dirige Mateo eran discípulos de Jesús que mayoritariamente provienen del ambiente judío, es decir, buenos conocedores de la Biblia. Veamos...

El texto habla de “unos magos” … (Mt 2,1) como se ve, no indica ni el número ni su carácter supuestamente de reyes. El número de los visitantes no está señalado; en ningún momento se menciona cuantos son estos magos ni – por supuesto – mucho menos aún sus nombres.

Los magos, para la Biblia (¡y de Biblia hablamos!) son, ante todo, paganos (es decir, no judíos). Y, además, son modelo de quienes hacen todo lo contrario a lo que Dios quiere. Por eso son ejemplo evidente de personas “necias” (= no saben; no son “sabios” para la Biblia). El término que se usa en hebreo remite a Egipto y también a Babilonia, pero nunca se los traduce por magós, en griego. El único lugar de la Biblia donde encontramos “magós” es en Daniel donde aparece en listas: adivinos, conjuradores, magos, caldeos, etc. (Dn 2,2). Es decir, se trata de algo de un mismo campo semántico, pero no idéntico. En el Nuevo Testamento, fuera del relato del Evangelio sólo en dos ocasiones encontramos un mago, ambos en Hechos: Barjesús era “un mago, un falso profeta” (13,6) y de Simón se dice que “practicaba la magia” (8,9.11); como se ve, no se dice de ellos nada positivo. En los textos de Daniel, se trata, de aquellos que pueden informar al rey de las cosas que ocurrirán interpretando sus sueños (es decir, lo que Dios dice al rey) o un escrito (por eso en ocasiones se traduce al griego por exegetai, “intérpretes”). Por tanto, y acá el tema, para Mateo, unos necios, paganos, contrarios a lo esperado de parte de Dios llegan a reconocer al niño, mientras que “todos” los sumos sacerdotes y “todo” Jerusalén, que sí saben – porque lo dice el profeta – que ha de nacer en Belén (2,4-5; ver Miqueas 5,1) no van a verlo. El contraste, entonces, está dado entre los que saben (las autoridades judías) y los necios; pero concretamente son los necios los que van a buscar al niño, mientras los “sabios” no. Una vez más, el Evangelio no es entendido por los sabios sino por los “pequeños”.

El contraste de reyes, entonces, no está entre los magos, ¡que no se dice que sean reyes!, sino entre el “rey” Herodes y el niño, “rey de los judíos”. Qué los magos digan que vienen a adorar al rey y que eso se lo digan al que es rey, es una manera de desconocer su autoridad (2,2). Herodes, famoso por ser sanguinario, no podía permanecer indiferente ante esto.

En los pesebres, además, no falta “la estrella. Muchos se han preguntado si se trata de un fenómeno meteorológico, pero eso es pretender del texto bíblico lo que no quiere dar. Se trata, sencillamente, de la “estrella de David”, es decir, “el rey” (¡una vez más!). En el libro de los Números, el profeta Balaam había dicho: “Lo veo, aunque no para ahora, lo diviso, pero no de cerca: de Jacob avanza una estrella, un cetro surge de Israel” (Núm 24,17) refiriéndose ciertamente a David. Cualquier lector cristiano proveniente del ambiente judío (como eran los destinatarios del Evangelio de Mateo) entendería esto perfectamente. El que ha nacido es el rey anunciado, y que es reconocido por un grupo de necios "venidos de oriente".

Pero todo este ambiente bucólico, campesino, no puede disimular la matanza de los niños. Un conocedor de la Biblia recordaría a Moisés, único salvado de la matanza del Faraón de todos los niños varones (Éxodo 1,16), y que sería el que salvaría a su pueblo. El paralelo sangriento entre Faraón y Herodes permite a cualquier judío entender que Jesús es el nuevo profeta, semejante a Moisés, que ellos esperaban (Deuteronomio 18,18).

Resumiendo: Mateo quiere comunicar una Buena Noticia a sus destinatarios, y para eso recurre – como estos fácilmente entenderían – a textos de la Biblia hebrea que ahora alcanzan su cumplimiento. Ciertamente esto es, para ellos, una Buena Noticia. Y esta Buena noticia no son unos reyes llenos de regalos, sino un niño rey y profeta que “salvará a su pueblo”, lo que será reconocido por "pastores" (Lucas) o por "necios" (Mateo) lo cual es bastante diferente.


Imagen tomada de https://es.wikipedia.org/wiki/Reyes_Magos

miércoles, 30 de septiembre de 2026

Algo que aprendí de Teresa…

Algo que aprendí de Teresa…

Eduardo de la Serna


Es interesante – e importante – pero no me detendré en eso, la centralidad que en tiempos de Teresa se daban a las obras, los méritos, la obediencia, es decir, lo “religioso”. Importante porque ayuda a mostrar su creatividad, su osadía, su libertad, su docilidad al Espíritu Santo, su encuentro con el Evangelio…

Pero dejando eso de lado, entonces, me llama la atención como ella cambia el eje y pone toda su mirada en el amor. Curiosamente, si miramos los Evangelios sinópticos el término amor / amar no es tan importante. Veamos brevemente:

En Marcos la raíz agap— [amor, amar…] se encuentra 8 veces; en 3 se señala que Jesús es el “hijo amado” de Dios y en las restantes, 3 en el diálogo de Jesús con el escriba sobre el mandamiento mayor para los judíos, y se señala que Jesús ama la respuesta inicialmente positiva del rico En Lucas se encuentra 16 o 17 veces, dos (o tres, según una variante textual) refiriendo al “hijo amado” de Dios, una vez en relación al mandamiento principal, 6 veces sobre el amor a los enemigos, tres veces en un sentido común (amar al pueblo, amar ser saludado, amor de esclavo a un amo), tres en relación al perdón y una señalando la centralidad del amor y la justicia (11,42). En Mateo la encontramos 12 veces, varias están en común con Lucas, seguramente tomadas de la fuente que tienen en común [Q]: el amor a los enemigos (3x), el amor del esclavo, y tomadas de Marcos, el hijo amado de Dios (2x), el mandamiento principal (2x), una cita de Isaías sobre el “Siervo amado”, la importancia del amor “al prójimo” y una referencia escatológica que con el crecimiento de la maldad se “enfriará” el amor de muchos… Como es fácil de imaginar, en Juan el tema crece exponencialmente (y ninguna de estas citas anteriores se encuentra en el Cuarto Evangelio); ¡la encontramos 43 veces! Lo interesante es que en la primera parte del Evangelio (1-12) solo se encuentra 8 veces mientras que el amor ocupa un lugar central en toda la segunda parte (13-21), en la que Jesús se manifiesta abiertamente.  Así comienza solemnemente: “habiendo amado a los suyos… los amó hasta el extremo” (13,1). El amor se presenta como mandamiento, porque se invita a los herederos de Jesús a recibir su testamento; vivir como él vivió los transforma en tales. Precisamente por eso, el discípulo ideal se presenta como “discípulo amado”. Salvando Juan, entonces, difícilmente se podría decir que el amor es el corazón del seguimiento de Jesús y que nada hay sin amor.

Si miramos san Pablo [y los escritos de la tradición paulina] algo cambia, pero hay que decir que Teresa se concentró mucho más en los evangelios que en el Apóstol (a modo meramente estadístico, en La Bible avec Thérèse de Lisieux [Cerf – DDB 1979], por ejemplo, los textos en los que Teresa cita a Mateo ocupan 36 páginas, en Marcos 11, Lucas 32, Juan 29 y ¡todo Pablo!, solo 16 páginas). En Pablo el tema es muy diferente: las palabras de la raíz agap— las encontramos en Romanos 24x, 1 Corintios 18x, 2 Corintios 15x, Gálatas 5x, Efesios 22x, Filipenses 7x, Colosenses 11x, 1 Tesalonicenses 8x, 2 Tesalonicenses 5x, 1 Timoteo 6x, 2 Timoteo 7x, Tito 1x, Filemón 5x (es decir, un total de 134 veces); obviamente de los modos y sentidos más diversos, pero ciertamente en Pablo sí ocupa un lugar central.

Pero, entonces, si Teresa no cita demasiado a Pablo, pero sí los Evangelios y el tema del “amor” es mucho más frecuente en aquel que en estos, ¿de dónde toma Teresa la centralidad del amor?

Me parece entender que el proceso que sigue Teresa es diferente. Ella va conociendo a Dios / Jesús y se va enamorando. Ciertamente en ese encuentro con Jesús influyen decenas de cosas: su propia sensibilidad, su experiencia y catequesis familiar (particularmente su papá), sus lecturas, en las que el Evangelio ocupa un lugar principal, como ella lo dice, su amor a algunos santos particularmente (y su no mucho amor por otros, al menos según lo que le han contado de ellos), las experiencias positivas y negativas que vive en su vida en el Convento y con las hermanas… todo ello le va permitiendo encontrarse con Jesús, pero hacerlo, además, desde su inmensa libertad: no acepta tradiciones piadosas sobre la Virgen, por ejemplo, quiere conocer “la verdad” (palabra muy importante en su itinerario espiritual), no valora tradiciones establecidas, como sacrificios y sufrimientos, no acepta cosas que “siempre se hicieron así”, muchas de las cuales, en el fondo, simulando generosidad y sacrificio esconden soberbia y orgullo, como los “actos de ofrenda a la justicia divina” que tanto miedo provocaban a muchas monjas (como a su hermana María del Sagrado Corazón).

De su padre y del jardín de Buissonnets aprendió a disfrutar la belleza de las flores, sean las más importantes o las más sencillas (algo que, poco tiempo después, también reveló Etty Hillesum). Agradar a Dios, ya no obedecerlo, mucho menos aún temerlo (es interesante la actitud de Teresa frente al miedo a Dios por parte de ciertas espiritualidades que no la atraen en nada); agradar, como agrada una flor, como la sencillez de una margarita. Así Teresa empieza a encontrarse con Dios / Jesús y a enamorarse de Él. Es aquí, en Él, más que en los textos, creo yo, que ella descubre el amor (curiosamente nunca cita 1 Juan 4,8: “Dios es amor”). Y creo que aquí radica el primer paso de su misticismo. Ella va sabiendo que así es Dios y así quiere ser. Y hacer. Con ese Dios se va encontrando – por ejemplo, en el “libro de la naturaleza” – y Él le da la clave de interpretación de todo, de los Evangelios, de los santos y la santidad, de su vida toda.

Jesús ha querido darme luz acerca de este misterio. Puso ante mis ojos el libro de la naturaleza y comprendí que todas las flores que él ha creado son hermosas, y que el esplendor de la rosa y la blancura del lirio no le quitan a la humilde violeta su perfume ni a la margarita su encantadora sencillez... Comprendí que, si todas las flores quisieran ser rosas, la naturaleza perdería su gala primaveral y los campos ya no se verían esmaltados de florcitas... (MsA 2vº)

El excelente rabino y teólogo, Abraham J. Herschel, en su libro sobre los Profetas (1962) dice algo maravilloso: los profetas pueden hablar de parte de Dios porque tienen “simpatía” con Dios (de syn, “con” y pathos, “sentir”), es decir sienten como y lo que Dios siente en los distintos momentos; podríamos llamarlo “sintonía”. Los profetas, entonces, Teresa ahora, sienten como Dios. Su unión es tal (misticismo, fusión, como la gota de agua en el océano) que puede hablar con toda libertad porque es Dios el que habla con y en ella. Y el Dios que muestra en palabras y escritos, en actitudes y silencios se parece a ese Dios que ella ha encontrado.

El amor llama al amor. Por eso, Jesús mío, mi amor se lanza hacia ti y quisiera colmar el abismo que lo atrae. Pero, ¡ay!, no es ni siquiera una gota de rocío perdida en el océano... Para amarme como tú me amas, necesito pedirte prestado tu propio amor. Sólo entonces encontraré reposo (MsA 35rº)

Causarle placer a Dios, agradarle, permitirle descansar, jugar, sonreír… ese es el Dios con el que Teresa se va encontrando. No es el Dios patriarcal, autoritario, siempre enojado y maltratador de los humanos por sadismo o crueldad. Y ese Dios se relaciona con ella, con nosotros, desde ese su ser… Obviamente es, también, así que nos relacionamos con él. Acá empieza el amor; acá lo encuentra. Y desde el amor lee los Evangelios, lee la vida en la comunidad, y lee todo.

Cuando fue proclamada Doctora de la Iglesia, fue por reconocerse en ella:

La ciencia del amor divino, que el Padre de las misericordias derrama por Jesucristo en el Espíritu Santo, es un don, concedido a los pequeños y a los humildes, para que conozcan y proclamen los secretos del Reino, ocultos a los sabios e inteligentes: por esto Jesús se llenó de gozo en el Espíritu Santo, y bendijo al Padre, que así lo había establecido (cf. Lc 10, 21-22; Mt 11, 25-26) (Juan Pablo II, Divini Amoris Scientia).

Así lo dice Teresa en medio de su crisis y su noche:

Sin mostrarse, sin hacerme oír su voz, Jesús me instruye en secreto; no lo hace sirviéndose de libros, pues no entiendo lo que leo. Pero a veces viene a consolarme una frase como la que he encontrado al final de la oración (después de haber aguantado en el silencio y en la sequedad): «Este es el maestro que te doy, él te enseñará todo lo que debes hacer. Quiero hacerte leer en el libro de la vida, donde está contenida la ciencia del amor».

¡La ciencia del amor! ¡Sí, estas palabras resuenan dulcemente en los oídos de mi alma! No deseo otra ciencia. Después de haber dado por ella todas mis riquezas, me parece, como a la esposa del Cantar de los Cantares, que no he dado nada todavía... Comprendo tan bien que, fuera del amor, no hay nada que pueda hacernos gratos a Dios, que ese amor es el único bien que ambiciono (MsB 1rº).

Creo que aquí radica la clave. No se trata de subir hacia Dios con esfuerzos, sacrificios y obras y méritos que – además – debieran ser “calculados”. Se trata de un encuentro de amor. Encuentro que no olvida que “él nos amó primero”, que para abrazar a Jesús padre-madre necesitamos que él se abaje hasta nuestra pequeñez para elevarnos (o sentarnos) en su seno. Es que “es propio del amor abajarse” y de encontrarnos con él en familia se trata. Así podemos descubrir que todo en la vida de los seguidores de Jesús debe tener que ver con el amor y nada sin él; pero para saberlo y descubrirlo todo empieza en ese encuentro, se nutre en ese encuentro y permanece en ese encuentro; “tratar de amistad”. “En el corazón de mi madre, la Iglesia ¡yo seré el amor!” Humildemente (es que “¡la humildad, es la verdad!”).