Comentario al Evangelio del domingo 29º A
o también en
Eduardo
¿Se viene el Apocalipsis?
Eduardo de la Serna
Para empezar, señalemos que la
palabra “apocalipsis” es griega y significa “revelación”. Por tanto, así siguen
imaginando los ambientes señalados, se revelan los momentos de castigo y dolor
que vendrán. “Apo” es quitar y “kalyptô” es “lo que cubre”; hay
algo tapado (en este caso en la historia presente) que “ahora” es manifestado.
Como se ve, así dicho, no se trata, necesariamente de un sinónimo de nada
terrible. Por ejemplo, en Sirácida 22,22 dice que “revelar secretos” es propio
de un mal amigo (y usa la palabra apocalipsis).
Pero ubiquémonos un poco en la
historia. En el período griego (desde el 200 antes de Cristo en adelante) muchos
gobernantes intentaron imponer por la fuerza el “modo de vida griego”. Que un
pueblo tuviera libros sagrados, alimentos prohibidos, rituales extraños (como
la circuncisión), días santos, les resultaba incomprensible y estaban decididos
a acabar con ello, y – para resumir – mataban a quienes vivían de ese modo
(puede verse esto en 2
Macabeos 6 y 7). Entonces, surge para los judíos un problema teológico: ¿cómo es posible que a
los que respetan el sábado, los que no comen alimentos impuros, los que
circuncidan a sus hijos… en suma, cómo es posible que a los que son fieles a
Dios los maten (y sean premiados los que no lo son)? ¿Y Dios? ¿No hace nada?
Obviamente esto es un “misterio”. Un misterio es algo que ahora no podemos
comprender, pero esperamos entender en el futuro. Y – ¡acá la clave! – lo comprenderemos
cuando sea “revelado”. La palabra “apocalipsis” se relaciona estrechamente con “misterio”.
Y todo esto ocurre en un contexto de violencia contra el pueblo de Dios. Por
eso, en este tiempo, empiezan a proliferar textos que intentan, con mayor o menor
éxito, con diferentes capacidades, mostrar que Dios no se ha desentendido de sus
fieles. Todos estos textos son “apocalipsis”; algunos invitan a la evasión,
otros a la lucha armada, unos a la resistencia, otros a retirarse esperando un
mañana inminente de bienestar… En tiempos cristianos, la situación no fue
distinta por momentos: los romanos – no en todas las regiones, pero sí en
varios lugares de la zona oriental particularmente – exigían que se adorara al
Emperador como a un dios, algo que ni judíos ni cristianos estaban dispuestos a
hacer. Y no hacerlo tenía sus consecuencias, de exclusión, de persecución y
hasta de martirio. Nuevamente empiezan a proliferar los apocalipsis, ahora también
cristianos además de los judíos.
Pero el ambiente es duro, y escribir puede
significar “cavarse la propia fosa”, por lo que suelen hacerlo en un lenguaje
que no todos pueden comprender (lo fundamental era que los griegos o los
romanos no lo entendieran). Veamos un simple ejemplo: la palabra “desierto”
para los no judíos significaba “aridez, sequía, muerte”, pero para los judíos
significaba “alianza, protección de Dios, fidelidad” (recordar el éxodo),
entonces, usar esa palabra era muy significativa y contaban con que no fuera
entendida por los adversarios. Lo mismo puede decirse de otros signos fáciles
de entender como colores, animales o números… Ciertamente no era lo mismo una “fiera”
que un “cordero”, el rojo (sangre) que el blanco (vida), o el 7 (plenitud) que
el 6 (incompleto)… Cualquiera podía entenderlo; así, una mujer (el pueblo de
Dios) que va a dar a luz al mesías, es amenazada por “un gran dragón rojo” de “siete
cabezas” y huye “al desierto” donde será alimentada 1260 días (3 años y medio,
la mitad de siete)… [Apocalipsis 12,1-6]; indudablemente se refiere al imperio romano.
Demos un paso más… en la abundante literatura
apocalíptica, en la cual – como dijimos – se empieza a “revelar” el “misterio”,
el tema no está todavía solucionado; todavía sigue la persecución y la muerte.
Por eso, es común que se señale algo crítico que está ocurriendo, pero alguien
(puede ser un ángel o un personaje muy importante del pasado; obviamente se trata de un
género literario) interpreta lo que está ocurriendo. Es decir, nos están
persiguiendo, pero esto durará poco tiempo; el intérprete lo va explicando
cuidadosamente. “Tengan esperanza”, “falta poco”, “Dios no nos ha olvidado”.
Es decir, los apocalipsis, por un lado, no hablan de cosas terribles que “sucederán” sino de cosas duras que están ocurriendo (a sus destinatarios), pero, a su vez, pretenden comunicar esperanza a los suyos “revelándoles” que Dios está de su lado. Por ejemplo, a los “10 días” (2,10) de situación crítica, se contraponen los “mil años” de encuentro con Cristo que vendrán pronto (20,2-7), encuentro definitivo que se revela. Resistan un poco de tiempo más, ¡ya viene la paz que el Imperio ha quitado! (6,4):
Entonces vi
el cielo abierto, y había un caballo blanco: el que lo monta se llama «Fiel» y
«Veraz»; y juzga y combate con justicia. Sus ojos, llama de fuego; sobre su
cabeza, muchas diademas; lleva escrito un nombre que sólo él conoce; viste un
manto empapado en sangre y su nombre es: La Palabra de Dios. Y los ejércitos
del cielo, vestidos de lino blanco puro, le seguían sobre caballos blancos. De
su boca sale una espada afilada para herir con ella a las naciones; él los
regirá con cetro de hierro; él pisa el lagar del vino de la furiosa cólera de
Dios, el Todopoderoso. Lleva escrito un nombre en su manto y en su muslo: Rey
de Reyes y Señor de Señores (19,11-16).
El lenguaje es duro (por eso usa “Todopoderoso”,
que solo se encuentra en la literatura apocalíptica del Nuevo Testamento), pero
todos los lectores están invitados a la esperanza. No es nada terrible un apocalipsis;
la situación lo es… pero esto ¡está por acabar! De eso se trata la revelación…
Jesús nos invita a participar de la fiesta de la vida
“Entonces hice salir (todo) a los cuatro vientos y ofrecí un sacrificio. Vertí una libación en la montaña ziqqurrat. Siete y siete vasijas dispuse, sobre sus trípodes amontoné caña, cedro y mirto. Los dioses olieron el sabor; los dioses olieron el dulce sabor, los dioses se apiñaron como moscas en torno al sacrificante” (Poema de Guilgames, tableta VI:155-161).
Mateo 22 Lucas 14 Banquete de bodas del hijo del rey (v.2) Un hombre hace una gran cena (v.16) Llama a los invitados que no quieren ir (v.3) Llama a los invitados que ponen excusas absurdas para no ir (vv.18-20) Nueva invitación a los invitados que incluso reaccionan violentamente con los sirvientes (vv.5-6) Reacción del rey enviando tropas (v.7) (vv.8-10) Invitación a invitados inesperados en los cruces de caminos (v.21) Nueva invitación en los caminos (vv.22-23) Añadido sobre el invitado sin “vestido de boda” (vv.11-14) “ninguno de los invitados probará mi cena” (v.24)
El poder y el Evangelio
Eduardo de la Serna
Contaba el querido Camilo
Maccise, general de la orden de los Carmelitas descalzos, que una vez el
general de los Franciscanos le dijo: "Camilo, ¿querés saber qué es el
poder? dale a una persona de la comunidad la llave de un salón. Ahí vas a ver
lo que es el poder".
Es verdad que en nuestras
comunidades somos testigos frecuentes de cosas como esas: "que yo llegué
mucho antes que esa persona", "que yo soy mucho más cumplidor (o
cumplidora)", "que yo participo más", etc.
Ya lo señala Jesús en el
evangelio de Lucas:
¡Ay de
ustedes, doctores de la ley, que se han quedado con la llave del conocimiento:
ustedes no han entrado y a los que quieren entrar se lo impiden! (11,52)
Es evidente, por todas partes en
los evangelios, que Jesús nos invita a mirar con su propia mirada – que es la
mirada de Dios – y no con la exterior: Jesús mira las moneditas de la viuda,
Jesús mira la interioridad de un cobrador de impuestos que se sabe pecador,
Jesús mira a los que llegan en la última hora, Jesús mira el interior de una
mujer pecadora en la ciudad... Y Jesús no mira los grandes ropajes de un rico,
Jesús no mira el prestigio de los fariseos, Jesús no mira la alcurnia de los
sacerdotes... Jesús sabe mirar con los ojos de Dios que mira el corazón, es
decir allí donde nacen las decisiones de cada persona.
El poder, para Jesús, se
caracteriza precisa y paradojalmente por la impotencia, Jesús nunca se revela
de un modo más claro que en la cruz. Jesús no es el todopoderoso que camina
elevado a medio metro de la tierra, sino un profeta itinerante y desarmado, que
es asesinado por los poderosos. El poder para Jesús se llama amor. El Dios de
Jesús no es el poderoso capaz de vengarse sino el lleno de compasión, amor y
perdón, el Dios “lento para la cólera y de gran misericordia”, el Dios que no
puede permanecer indiferente ante sus amigos y amigas que sufren, el Dios que
se llena de alegría sentado en la mesa de los despreciados y el Dios que abraza
a los y las pobres.
Teniendo esta mirada, con esta
actitud, no sé si nuestras comunidades serán más numerosas, no sé si tendrán
más prestigio, pero sí creo que se parecerán bastante más al sueño de Jesús. A
lo mejor, ¡la cosa sea por ahí!
Imagen tomada de https://es.dreamstime.com/search.php?srh_field=jesus+carrying&s_il=y
Los tres reyes magos
Eduardo de la Serna
Cuando
se aproxima la Navidad es frecuente empezar a pensar en los pesebres, en las
fiestas, las imágenes… Habitualmente están María, José y el Niño, un burro y un
buey, en ocasiones un par de pastores y ¡no faltan!, los Tres Reyes Magos.
A
la escena de la visita de los magos a Jesús niño se la suele adornar con
imágenes y coloridos familiares, culturales, infantiles… y comerciales. Y todo
esto es algo razonable, salvo que pretendamos afirmar que lo que le hemos añadido
es algo quem ocurrió y que lo afirma el texto bíblico. Curiosamente pareciera que el escándalo
del pesebre, los pobres, los pastores, pretende “equilibrarse” poniendo junto
al niño un trio de “reyes” que jamás estuvieron. Domesticar el Evangelio para que
no haya solamente pobres a su lado, es, una vez más, una manera de “pasteurizar” la
radicalidad de Jesús y su propuesta.
Si
miramos los Evangelios, la cosa es bastante diferente. Para empezar, ni Marcos
ni Juan nos dicen nada de Jesús antes de su ministerio público; solo Mateo y
Lucas se detienen – brevemente – es algunos elementos. Y, es importante
señalarlo, cada uno de ellos con una intención concreta, una catequesis para
sus comunidades.
Lucas
es el que habla de pesebre y de pastores, pero no de los magos, mientras que
Mateo sí los presenta, pero ignora aquello que Lucas nos mostraba.
La
comunidad a la que se dirige Mateo eran discípulos de Jesús que
mayoritariamente provienen del ambiente judío, es decir, buenos conocedores de
la Biblia. Veamos...
El
texto habla de “unos magos” … (Mt 2,1) como se ve, no indica ni el número ni su
carácter supuestamente de reyes. El número de los visitantes no está señalado; en ningún momento se
menciona cuantos son estos magos ni – por supuesto – mucho menos aún sus
nombres.
Los
magos, para la Biblia (¡y de Biblia hablamos!) son, ante todo, paganos (es
decir, no judíos). Y, además, son modelo de quienes hacen todo lo contrario a
lo que Dios quiere. Por eso son ejemplo evidente de personas “necias” (= no saben;
no son “sabios” para la Biblia). El término que se usa en hebreo remite a
Egipto y también a Babilonia, pero nunca se los traduce por magós, en
griego. El único lugar de la Biblia donde encontramos “magós” es en
Daniel donde aparece en listas: adivinos, conjuradores, magos, caldeos, etc. (Dn
2,2). Es decir, se trata de algo de
un mismo campo semántico, pero no idéntico. En el Nuevo Testamento, fuera del
relato del Evangelio sólo en dos ocasiones encontramos un mago, ambos en Hechos:
Barjesús era “un mago, un falso profeta” (13,6) y de Simón se dice que “practicaba
la magia” (8,9.11); como se ve, no
se dice de ellos nada positivo. En los textos de Daniel, se trata, de aquellos
que pueden informar al rey de las cosas que ocurrirán interpretando sus sueños
(es decir, lo que Dios dice al rey) o un escrito (por eso en ocasiones se
traduce al griego por exegetai, “intérpretes”). Por tanto, y acá el tema, para
Mateo, unos necios, paganos, contrarios a lo esperado de parte de Dios llegan a
reconocer al niño, mientras que “todos” los sumos sacerdotes y “todo”
Jerusalén, que sí saben – porque lo dice el profeta – que ha de nacer en Belén (2,4-5; ver Miqueas 5,1) no van a verlo. El contraste, entonces, está dado entre los que
saben (las autoridades judías) y los necios; pero concretamente son los necios los que van a
buscar al niño, mientras los “sabios” no. Una vez más, el Evangelio no es
entendido por los sabios sino por los “pequeños”.
El
contraste de reyes, entonces, no está entre los magos, ¡que no se dice que sean
reyes!, sino entre el “rey” Herodes y el niño, “rey de los judíos”. Qué los
magos digan que vienen a adorar al rey y que eso se lo digan al que es rey, es una
manera de desconocer su autoridad (2,2). Herodes, famoso por ser sanguinario,
no podía permanecer indiferente ante esto.
En los pesebres, además, no falta “la estrella. Muchos se han preguntado si se trata de un fenómeno meteorológico, pero eso es pretender del texto bíblico lo que no quiere dar. Se trata, sencillamente, de la “estrella de David”, es decir, “el rey” (¡una vez más!). En el libro de los Números, el profeta Balaam había dicho: “Lo veo, aunque no para ahora, lo diviso, pero no de cerca: de Jacob avanza una estrella, un cetro surge de Israel” (Núm 24,17) refiriéndose ciertamente a David. Cualquier lector cristiano proveniente del ambiente judío (como eran los destinatarios del Evangelio de Mateo) entendería esto perfectamente. El que ha nacido es el rey anunciado, y que es reconocido por un grupo de necios "venidos de oriente".
Pero todo este ambiente bucólico, campesino, no puede disimular la matanza de los niños. Un conocedor de la Biblia recordaría a Moisés, único salvado de la matanza del Faraón de todos los niños varones (Éxodo 1,16), y que sería el que salvaría a su pueblo. El paralelo sangriento entre Faraón y Herodes permite a cualquier judío entender que Jesús es el nuevo profeta, semejante a Moisés, que ellos esperaban (Deuteronomio 18,18).
Resumiendo: Mateo quiere comunicar una Buena Noticia a sus destinatarios, y para eso recurre – como estos fácilmente entenderían – a textos de la Biblia hebrea que ahora alcanzan su cumplimiento. Ciertamente esto es, para ellos, una Buena Noticia. Y esta Buena noticia no son unos reyes llenos de regalos, sino un niño rey y profeta que “salvará a su pueblo”, lo que será reconocido por "pastores" (Lucas) o por "necios" (Mateo) lo cual es bastante diferente.
Imagen tomada de https://es.wikipedia.org/wiki/Reyes_Magos
Algo que aprendí de Teresa…
Eduardo de la Serna
Pero dejando eso de lado,
entonces, me llama la atención como ella cambia el eje y pone toda su mirada en
el amor. Curiosamente, si miramos los Evangelios sinópticos el término amor /
amar no es tan importante. Veamos brevemente:
En Marcos la raíz agap— [amor,
amar…] se encuentra 8 veces; en 3 se señala que Jesús es el “hijo amado” de
Dios y en las restantes, 3 en el diálogo de Jesús con el escriba sobre el
mandamiento mayor para los judíos, y se señala que Jesús ama la respuesta
inicialmente positiva del rico En Lucas se encuentra 16 o 17 veces, dos (o
tres, según una variante textual) refiriendo al “hijo amado” de Dios, una vez
en relación al mandamiento principal, 6 veces sobre el amor a los enemigos,
tres veces en un sentido común (amar al pueblo, amar ser saludado, amor de
esclavo a un amo), tres en relación al perdón y una señalando la centralidad
del amor y la justicia (11,42). En Mateo la encontramos 12 veces, varias están
en común con Lucas, seguramente tomadas de la fuente que tienen en común [Q]:
el amor a los enemigos (3x), el amor del esclavo, y tomadas de Marcos, el hijo
amado de Dios (2x), el mandamiento principal (2x), una cita de Isaías sobre el
“Siervo amado”, la importancia del amor “al prójimo” y una referencia
escatológica que con el crecimiento de la maldad se “enfriará” el amor de
muchos… Como es fácil de imaginar, en Juan el tema crece exponencialmente (y
ninguna de estas citas anteriores se encuentra en el Cuarto Evangelio); ¡la
encontramos 43 veces! Lo interesante es que en la primera parte del Evangelio
(1-12) solo se encuentra 8 veces mientras que el amor ocupa un lugar central en
toda la segunda parte (13-21), en la que Jesús se manifiesta abiertamente. Así comienza solemnemente: “habiendo amado a
los suyos… los amó hasta el extremo” (13,1). El amor se presenta como
mandamiento, porque se invita a los herederos de Jesús a recibir su testamento;
vivir como él vivió los transforma en tales. Precisamente por eso, el discípulo
ideal se presenta como “discípulo amado”. Salvando Juan, entonces, difícilmente
se podría decir que el amor es el corazón del seguimiento de Jesús y que nada
hay sin amor.
Si miramos san Pablo [y los
escritos de la tradición paulina] algo cambia, pero hay que decir que Teresa se
concentró mucho más en los evangelios que en el Apóstol (a modo meramente
estadístico, en La Bible avec Thérèse de Lisieux [Cerf – DDB 1979], por
ejemplo, los textos en los que Teresa cita a Mateo ocupan 36 páginas, en Marcos
11, Lucas 32, Juan 29 y ¡todo Pablo!, solo 16 páginas). En Pablo el tema es muy
diferente: las palabras de la raíz agap— las encontramos en Romanos 24x,
1 Corintios 18x, 2 Corintios 15x, Gálatas 5x, Efesios 22x, Filipenses 7x,
Colosenses 11x, 1 Tesalonicenses 8x, 2 Tesalonicenses 5x, 1 Timoteo 6x, 2
Timoteo 7x, Tito 1x, Filemón 5x (es decir, un total de 134 veces); obviamente
de los modos y sentidos más diversos, pero ciertamente en Pablo sí ocupa un
lugar central.
Pero, entonces, si Teresa no cita
demasiado a Pablo, pero sí los Evangelios y el tema del “amor” es mucho más
frecuente en aquel que en estos, ¿de dónde toma Teresa la centralidad del amor?
Me parece entender que el proceso
que sigue Teresa es diferente. Ella va conociendo a Dios / Jesús y se va
enamorando. Ciertamente en ese encuentro con Jesús influyen decenas de cosas:
su propia sensibilidad, su experiencia y catequesis familiar (particularmente
su papá), sus lecturas, en las que el Evangelio ocupa un lugar principal, como
ella lo dice, su amor a algunos santos particularmente (y su no mucho amor por
otros, al menos según lo que le han contado de ellos), las experiencias
positivas y negativas que vive en su vida en el Convento y con las hermanas…
todo ello le va permitiendo encontrarse con Jesús, pero hacerlo, además, desde
su inmensa libertad: no acepta tradiciones piadosas sobre la Virgen, por
ejemplo, quiere conocer “la verdad” (palabra muy importante en su itinerario
espiritual), no valora tradiciones establecidas, como sacrificios y
sufrimientos, no acepta cosas que “siempre se hicieron así”, muchas de las
cuales, en el fondo, simulando generosidad y sacrificio esconden soberbia y
orgullo, como los “actos de ofrenda a la justicia divina” que tanto miedo
provocaban a muchas monjas (como a su hermana María del Sagrado Corazón).
De su padre y del jardín de Buissonnets
aprendió a disfrutar la belleza de las flores, sean las más importantes o las
más sencillas (algo que, poco tiempo después, también reveló Etty Hillesum).
Agradar a Dios, ya no obedecerlo, mucho menos aún temerlo (es interesante la
actitud de Teresa frente al miedo a Dios por parte de ciertas espiritualidades
que no la atraen en nada); agradar, como agrada una flor, como la sencillez de
una margarita. Así Teresa empieza a encontrarse con Dios / Jesús y a enamorarse
de Él. Es aquí, en Él, más que en los textos, creo yo, que ella descubre el
amor (curiosamente nunca cita 1 Juan 4,8: “Dios es amor”). Y creo que aquí
radica el primer paso de su misticismo. Ella va sabiendo que así es Dios y así
quiere ser. Y hacer. Con ese Dios se va encontrando – por ejemplo, en el “libro
de la naturaleza” – y Él le da la clave de interpretación de todo, de los
Evangelios, de los santos y la santidad, de su vida toda.
Jesús ha
querido darme luz acerca de este misterio. Puso ante mis ojos el libro de la
naturaleza y comprendí que todas las flores que él ha creado son hermosas, y
que el esplendor de la rosa y la blancura del lirio no le quitan a la humilde
violeta su perfume ni a la margarita su encantadora sencillez... Comprendí que,
si todas las flores quisieran ser rosas, la naturaleza perdería su gala
primaveral y los campos ya no se verían esmaltados de florcitas... (MsA
2vº)
El excelente rabino y teólogo,
Abraham J. Herschel, en su libro sobre los Profetas (1962) dice algo
maravilloso: los profetas pueden hablar de parte de Dios porque tienen “simpatía”
con Dios (de syn, “con” y pathos, “sentir”), es decir sienten
como y lo que Dios siente en los distintos momentos; podríamos llamarlo “sintonía”.
Los profetas, entonces, Teresa ahora, sienten como Dios. Su unión es tal
(misticismo, fusión, como la gota de agua en el océano) que puede hablar con
toda libertad porque es Dios el que habla con y en ella. Y el Dios que muestra
en palabras y escritos, en actitudes y silencios se parece a ese Dios que ella
ha encontrado.
El amor
llama al amor. Por eso, Jesús mío, mi amor se lanza hacia ti y quisiera colmar
el abismo que lo atrae. Pero, ¡ay!, no es ni siquiera una gota de rocío perdida
en el océano... Para amarme como tú me amas, necesito pedirte prestado tu
propio amor. Sólo entonces encontraré reposo (MsA 35rº)
Causarle placer a Dios,
agradarle, permitirle descansar, jugar, sonreír… ese es el Dios con el que
Teresa se va encontrando. No es el Dios patriarcal, autoritario, siempre
enojado y maltratador de los humanos por sadismo o crueldad. Y ese Dios se
relaciona con ella, con nosotros, desde ese su ser… Obviamente es, también, así
que nos relacionamos con él. Acá empieza el amor; acá lo encuentra. Y desde el
amor lee los Evangelios, lee la vida en la comunidad, y lee todo.
Cuando fue proclamada Doctora de
la Iglesia, fue por reconocerse en ella:
La ciencia
del amor divino, que el Padre de las misericordias derrama por Jesucristo en el
Espíritu Santo, es un don, concedido a los pequeños y a los humildes, para que
conozcan y proclamen los secretos del Reino, ocultos a los sabios e
inteligentes: por esto Jesús se llenó de gozo en el Espíritu Santo, y bendijo
al Padre, que así lo había establecido (cf. Lc 10, 21-22; Mt
11, 25-26) (Juan Pablo II, Divini Amoris Scientia).
Así lo dice Teresa en medio de su
crisis y su noche:
Sin mostrarse,
sin hacerme oír su voz, Jesús me instruye en secreto; no lo hace sirviéndose de
libros, pues no entiendo lo que leo. Pero a veces viene a consolarme una frase
como la que he encontrado al final de la oración (después de haber aguantado en
el silencio y en la sequedad): «Este es el maestro que te doy, él te enseñará
todo lo que debes hacer. Quiero hacerte leer en el libro de la vida, donde está
contenida la ciencia del amor».
¡La ciencia
del amor! ¡Sí, estas palabras resuenan dulcemente en los oídos de mi alma! No
deseo otra ciencia. Después de haber dado por ella todas mis riquezas, me
parece, como a la esposa del Cantar de los Cantares, que no he dado nada
todavía... Comprendo tan bien que, fuera del amor, no hay nada que pueda
hacernos gratos a Dios, que ese amor es el único bien que ambiciono (MsB
1rº).
Creo que aquí radica la clave. No
se trata de subir hacia Dios con esfuerzos, sacrificios y obras y méritos que –
además – debieran ser “calculados”. Se trata de un encuentro de amor. Encuentro
que no olvida que “él nos amó primero”, que para abrazar a Jesús padre-madre
necesitamos que él se abaje hasta nuestra pequeñez para elevarnos (o sentarnos)
en su seno. Es que “es propio del amor abajarse” y de encontrarnos con él en
familia se trata. Así podemos descubrir que todo en la vida de los seguidores
de Jesús debe tener que ver con el amor y nada sin él; pero para saberlo y
descubrirlo todo empieza en ese encuentro, se nutre en ese encuentro y
permanece en ese encuentro; “tratar de amistad”. “En el corazón de mi
madre, la Iglesia ¡yo seré el amor!” Humildemente (es que “¡la humildad,
es la verdad!”).