Los tres reyes magos
Eduardo de la Serna
Cuando
se aproxima la Navidad es frecuente empezar a pensar en los pesebres, en las
fiestas, las imágenes… Habitualmente están María, José y el Niño, un burro y un
buey, en ocasiones un par de pastores y ¡no faltan!, los Tres Reyes Magos.
A
la escena de la visita de los magos a Jesús niño se la suele adornar con
imágenes y coloridos familiares, culturales, infantiles… y comerciales. Y todo
esto es algo razonable, salvo que pretendamos afirmar que lo que le hemos añadido
es algo quem ocurrió y que lo afirma el texto bíblico. Curiosamente pareciera que el escándalo
del pesebre, los pobres, los pastores, pretende “equilibrarse” poniendo junto
al niño un trio de “reyes” que jamás estuvieron. Domesticar el Evangelio para que
no haya solamente pobres a su lado, es, una vez más, una manera de “pasteurizar” la
radicalidad de Jesús y su propuesta.
Si
miramos los Evangelios, la cosa es bastante diferente. Para empezar, ni Marcos
ni Juan nos dicen nada de Jesús antes de su ministerio público; solo Mateo y
Lucas se detienen – brevemente – es algunos elementos. Y, es importante
señalarlo, cada uno de ellos con una intención concreta, una catequesis para
sus comunidades.
Lucas
es el que habla de pesebre y de pastores, pero no de los magos, mientras que
Mateo sí los presenta, pero ignora aquello que Lucas nos mostraba.
La
comunidad a la que se dirige Mateo eran discípulos de Jesús que
mayoritariamente provienen del ambiente judío, es decir, buenos conocedores de
la Biblia. Veamos...
El
texto habla de “unos magos” … (Mt 2,1) como se ve, no indica ni el número ni su
carácter supuestamente de reyes. El número de los visitantes no está señalado; en ningún momento se
menciona cuantos son estos magos ni – por supuesto – mucho menos aún sus
nombres.
Los
magos, para la Biblia (¡y de Biblia hablamos!) son, ante todo, paganos (es
decir, no judíos). Y, además, son modelo de quienes hacen todo lo contrario a
lo que Dios quiere. Por eso son ejemplo evidente de personas “necias” (= no saben;
no son “sabios” para la Biblia). El término que se usa en hebreo remite a
Egipto y también a Babilonia, pero nunca se los traduce por magós, en
griego. El único lugar de la Biblia donde encontramos “magós” es en
Daniel donde aparece en listas: adivinos, conjuradores, magos, caldeos, etc. (Dn
2,2). Es decir, se trata de algo de
un mismo campo semántico, pero no idéntico. En el Nuevo Testamento, fuera del
relato del Evangelio sólo en dos ocasiones encontramos un mago, ambos en Hechos:
Barjesús era “un mago, un falso profeta” (13,6) y de Simón se dice que “practicaba
la magia” (8,9.11); como se ve, no
se dice de ellos nada positivo. En los textos de Daniel, se trata, de aquellos
que pueden informar al rey de las cosas que ocurrirán interpretando sus sueños
(es decir, lo que Dios dice al rey) o un escrito (por eso en ocasiones se
traduce al griego por exegetai, “intérpretes”). Por tanto, y acá el tema, para
Mateo, unos necios, paganos, contrarios a lo esperado de parte de Dios llegan a
reconocer al niño, mientras que “todos” los sumos sacerdotes y “todo”
Jerusalén, que sí saben – porque lo dice el profeta – que ha de nacer en Belén (2,4-5; ver Miqueas 5,1) no van a verlo. El contraste, entonces, está dado entre los que
saben (las autoridades judías) y los necios; pero concretamente son los necios los que van a
buscar al niño, mientras los “sabios” no. Una vez más, el Evangelio no es
entendido por los sabios sino por los “pequeños”.
El
contraste de reyes, entonces, no está entre los magos, ¡que no se dice que sean
reyes!, sino entre el “rey” Herodes y el niño, “rey de los judíos”. Qué los
magos digan que vienen a adorar al rey y que eso se lo digan al que es rey, es una
manera de desconocer su autoridad (2,2). Herodes, famoso por ser sanguinario,
no podía permanecer indiferente ante esto.
En los pesebres, además, no falta “la estrella. Muchos se han preguntado si se trata de un fenómeno meteorológico, pero eso es pretender del texto bíblico lo que no quiere dar. Se trata, sencillamente, de la “estrella de David”, es decir, “el rey” (¡una vez más!). En el libro de los Números, el profeta Balaam había dicho: “Lo veo, aunque no para ahora, lo diviso, pero no de cerca: de Jacob avanza una estrella, un cetro surge de Israel” (Núm 24,17) refiriéndose ciertamente a David. Cualquier lector cristiano proveniente del ambiente judío (como eran los destinatarios del Evangelio de Mateo) entendería esto perfectamente. El que ha nacido es el rey anunciado, y que es reconocido por un grupo de necios "venidos de oriente".
Pero todo este ambiente bucólico, campesino, no puede disimular la matanza de los niños. Un conocedor de la Biblia recordaría a Moisés, único salvado de la matanza del Faraón de todos los niños varones (Éxodo 1,16), y que sería el que salvaría a su pueblo. El paralelo sangriento entre Faraón y Herodes permite a cualquier judío entender que Jesús es el nuevo profeta, semejante a Moisés, que ellos esperaban (Deuteronomio 18,18).
Resumiendo: Mateo quiere comunicar una Buena Noticia a sus destinatarios, y para eso recurre – como estos fácilmente entenderían – a textos de la Biblia hebrea que ahora alcanzan su cumplimiento. Ciertamente esto es, para ellos, una Buena Noticia. Y esta Buena noticia no son unos reyes llenos de regalos, sino un niño rey y profeta que “salvará a su pueblo”, lo que será reconocido por "pastores" (Lucas) o por "necios" (Mateo) lo cual es bastante diferente.
Imagen tomada de https://es.wikipedia.org/wiki/Reyes_Magos