jueves, 22 de octubre de 2026

Un problema con ángeles y demonios

Un problema con ángeles y demonios

Eduardo de la Serna



Para ser precisos, ciertamente una cuestión es lo que la Biblia, por ejemplo, afirma sobre un tema cualquiera, y otro muy diferente, en ocasiones, es lo que nosotros entendemos, pensamos e imaginamos sobre ese tema. Y el problema radica cuando “proyectamos” nuestra imaginación “hacia atrás”; es decir, entendemos que la Biblia dice lo que previamente nosotros hemos imaginado. Se trataría de un “anacronismo” (ana, en griego es “por encima”, cronos es tiempo; algo que está por encima del tiempo).

Con frecuencia, por ejemplo, atribuimos lo bueno o malo que ocurre a nuestro alrededor a demonios o ángeles (obviamente, responsabilizando a los primeros de lo malo y a los segundos de lo bueno que nos ocurre).

Pero empecemos por la Biblia. De ciertas figuras espirituales que nos rodean y de alguna manera afectan nuestro entorno, empieza a hablarse muy tardíamente en el Antiguo Testamento. Evidentemente lo bueno y lo malo eran experimentados desde siempre, pero, por ejemplo, en ocasiones eso era atribuido a otras divinidades a las que se consideraba existentes. Entonces, por ejemplo, yo podía hacer una ofrenda a la divinidad “X” y eso podía provocar los celos de la divinidad “Z” que, entonces, celosa, me perjudicaba por no haberla beneficiado a ella… Entre el mundo celestial y el mundo humano había una comunicación cotidiana, y lo que ocurría en uno de ellos era, inmediatamente, replicado en la otra. Así, por ejemplo, si el ejército de la nación “Tal” era derrotado por la nación “Cual”, eso era indicio de que, en “los cielos”, los dioses de estos habían vencido a los dioses de aquellos. Todo era fácilmente explicable y comprensible en el lenguaje de los mitos.

Pero, especialmente a partir del contacto con los persas, en Israel las cosas empezaron a cambiar. Estos tenían una religión “dualista”, gestada a partir de Zoroastro (Zaratustra) en la que el mundo se concibe como la eterna lucha entre el bien y el mal, la vida y la muerte, la luz y las tinieblas. Esto fue, paulatinamente recibido en Israel después de haber sido 200 años vasallos de los persas (537 – 332 a.C.). Así empezaron a hablar de “seres espirituales” benéficos o maléficos que eran “mensajeros” de Dios. Así los seres humanos eran incitados por estos a obrar lo bueno o a lo malo… En su origen, la palabra griega “ángel” significa, en griego, “mensajero” y, por supuesto los hay de los más diversos. Jacob manda “mensajeros” preparando el encuentro con Esaú, hay mensajeros de los filisteos, etc. En todos estos casos, evidentemente, la Biblia griega dice “ángeles” pero se trata sencillamente de personas. La palabra griega “daimon”, en cambio, es más ambigua, e incluso en ocasiones puede referir a la iniciativa divina, pero, en general, se refiere a cosas negativas como pueden ser fieras, chivos o hasta los dioses extranjeros…

Entrando en el Nuevo Testamento la cosa es más evidente y se asemeja más a lo que nosotros conocemos: ambos son seres espirituales y, obviamente, los ángeles son benéficos y los demonios maléficos para la persona humana. Eso no impide que todavía haya elementos propios de los mitos o propios de los géneros literarios más dualistas que establecen una relación muy estrecha entre lo espiritual y lo corporal (aunque ahora, además, también influido por el dualismo griego, ya no solamente el persa). Eso no impide que existan todavía lenguajes que podrían confundirnos. Por ejemplo, de Juan el Bautista se dice que es el “mensajero” que viene antes que Jesús y, por supuesto, el griego dice “ángel” (Mt 11,10) y nadie pensaría que se trata de un ser espiritual; y cuando critican a Pablo lo acusan de ser “propagandista de divinidades extranjeras” y en griego dice “daimoníôn” (Hch 17,18).

Señalemos, entonces, para sintetizar, que ambos seres espirituales invitan, “provocan”, incitan al bien o al mal según el sujeto, pero no reemplazan nuestra responsabilidad. Evidentemente somos nosotros quienes obramos el bien o el mal, en todo caso, incentivados, alentados por los seres espirituales en cuestión. En ocasiones, hablar de estos seres espirituales (especialmente en el caso de los demonios), suele ser una excusa para aliviar nuestra “culpa” o nuestra responsabilidad al obrar de un modo negativo. Ángeles o demonios podrán tentar, invitar, pero jamás reemplazan nuestro obrar; pueden invitarnos a la realización de obras buenas o malas, pero jamás reemplazar o violar  nuestra responsabilidad en la realización u omisión de lo bueno o lo malo.

Vayamos a lo fundamental: ¡Dios! Dios no puede violar nuestra libertad, nuestra responsabilidad. Dios invita, “sopla”, seduce, pero somos los seres humanos los que responderemos positivamente a esa invitación de Dios o no. Y, seamos sensatos, resultaría muy extraño que Dios “no pueda entrar en nuestra libertad” pero que los demonios sí lo lograran y "saltaran" esa libertad haciéndonos hacer lo que en realidad no queríamos… Esos demonios más fuertes que Dios no solamente son ajenos a la Biblia, sino que, además, no parecen demasiado coherentes con lo que Jesús viene a traer, un Evangelio, una Buena Noticia. Peor noticia que un demonio más fuerte que Dios ¡no se consigue! No es ese el Dios de Jesús, ¡ciertamente!

 

Imagen tomada de https://www.turoseuvella.cat/es/QR_TOUR/14

(nota: buscando una imagen para ilustrar esta nota ¡es increible la cantidad de imágenes idiotas o perversas que se encuentran!)

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