martes, 13 de octubre de 2026

Elogio del “silencio”

Elogio del “silencio”

Eduardo de la Serna



Parece que el tema del “silencio” se ha puesto nuevamente de moda en algunos ambientes. Y no está mal que lo esté.

Y quiero pensar (y pensar antes de hablar / escribir implica “guardar silencio”). Empezamos.

Todos sabemos que una gran ciudad es “por definición” ruidosa. Así nació, en el obelisco de la ciudad de Buenos Aires, el famoso cartel (1974), “el silencio es salud”. Cartel, en su origen, totalmente razonable. Claro que, muy poco tiempo después (1976), tendría otro sentido. Terrible sentido.

Esa misma dirección adquirió otro texto, en su origen más que razonable. En la Biblia (en el libro del Qohelet) hay un texto (que después lo popularizó el grupo Vox Dei en su obra La Biblia): “hay un tiempo para hablar y un tiempo para callar”, lo cual es – creo – totalmente sensato. Pero cuando los superiores religiosos le escribieron a la Conferencia Episcopal Argentina reclamando por su silencio frente a la situación nacional (a días del asesinato del obispo Angelelli), el presidente, el cardenal Primatesta, les reitera (12 de agosto 1976) que hay un “tempus loquendi” y un “tempus tacendi” … tiempo de hablar y tiempo de callar. Él entendía que “prudencialmente” (ajustar “nuestra conducta a la búsqueda efectiva del mayor bien del pueblo fiel”) era tiempo de callar. ¡Y vaya si lo hizo! ¡y cuánto!

Pero para ser justos, sería absurdo responsabilizar “al silencio”; en todo caso habría que mirar a los que callan, ¡que es otra cosa! La maravillosa chacarera “Entre a mi pago sin golpear” (Carabajal – Trullenque) lo dice claramente:

Cantor, para cantar, si nada dicen tus versos.

Ay, ¿para qué vas a callar al silencio?

Si es el silencio un cantor lleno de duendes en la voz.

Pareciera que el tema es el qué, el cuándo, el para qué, el quién… pero no el silencio.

En la Biblia, la carta de Santiago, repitiendo viejos proverbios, se aconseja

“que cada uno sea veloz para escuchar, lento para hablar” …

Y, siempre en los porverbios, se dan dos consejos aparentemente contrastantes:

No respondas al necio según su necedad, no sea que tú también te vuelvas como él.

Responde al necio según su necedad, no vaya a creerse que es un sabio.

Evidentemente, y nuevamente, la actitud es prudencial. En ocasiones es sensato responder, en ocasiones es sensato callar.

Es verdad que todos podemos errar nuestro juicio prudencial y, después, con el paso del tiempo, podemos ver que hubiera sido preferible, o sensato, tomar la actitud contraria… En una mirada histórica, obviamente, se evaluarán los elementos con los que se contaba y cuáles fueron los criterios por los que se tomó la actitud asumida… En el caso de la Dictadura, por ejemplo, mirando las voces, numerosas, frecuentes ¡y atronadoras!, que reclamaban al Episcopado (no a obispos en particular, que, ciertamente ¡los hubo!) que asumieran otra actitud, mirando las actitudes de otros colectivos, difícilmente pueda indicarse otra actitud que la de la complicidad, o, a lo sumo, la cobardía.

El problema, en este caso, no es “el silencio” sino qué se silencia. Se silencia la muerte, se silencia el crimen, la tortura, el genocidio. Se silencia la voz de Dios. ¡Demasiado serio! Isaías habla contra los “vigías ciegos”, “perros mudos”; Ezequiel contra quienes deben hablar, pero callan siendo centinelas; Jesús contra quienes debieran cuidar al rebaño, pero huyen ante el peligro. Terrible cuando el “mayor bien del pueblo fiel” fue su muerte, su desaparición, su hambre…

Y, a todo esto, debemos señalar que “callar”, en estas ocasiones, es invisibilizar. Silenciar, invisibilizar, desaparecer son verbos demasiado graves en nuestra historia. Y, particularmente, cuando eso ocurre por parte de quienes deben nombrar, hacer visibles y presentes, ¡abrazar!, porque pareciera que nada ha ocurrido… “¡por algo será!”, “¡algo habrá hecho!”, “a mí no me pasó nada” …

El pueblo sencillo no tenía (y no tiene) la capacidad de poner nombres, poner palabras más que en su vida cotidiana, ¡en su silencio!... Pero quienes tienen “poder”, pueden (y en ciertos casos, ¡deben!) poner palabras. Y esto vale para ayer, pero vale también para hoy. Y el silencio que todavía hoy retumba en nuestro ambiente, es ciertamente atronador, ¡valga el oxímoron! El actual silencio episcopal (aunque hoy, como ayer, hay alguna “voz que clama en el desierto”) muestra que cambiarán nombres, se escribirán textos o libritos, pero la profecía sigue siendo una materia pendiente en el Episcopado. Muy “sacerdotes” parecen, bastante “reyes” también… lo de “profetas”, ¡te lo debo!

El problema no es el silencio sino quien calla, qué calla, y por qué calla. La palabra, que se hizo carne y acampó entre nosotros, parece que queda para otro “tempus”.


Imagen tomada de https://www.minutouno.com/espectaculos/el-silencio-es-maravilloso-la-frase-polemica-mario-massaccesi-que-recuerda-tiempos-del-genocida-videla-n6333164

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