La hoguera de la estupidez
Eduardo de la Serna
La historia de la humanidad está,
lamentable y dolorosamente, plena de crueldades. Y no está de más que, con
sensatez, podamos entender acabadamente qué tanta distorsión de humanidad las
provoca, como cuánto de sadismo engendra en los espectadores que aplauden
enfervorizados los circos o las cruces romanas, y sus lamentables sucedáneos.
Es interesante que el mismo evangelio de san Lucas cuenta, que ante la cruz de
Jesús y los que estaban con él, muchos fueron “a ver el espectáculo” (Lc 23,48) y Pablo mismo
destaca que los apóstoles “estamos como condenados a muerte” y, acota, “como
espectáculo” (1 Cor 4,9). Siglos después, cuando en los circos hubo cristianos
condenados a muerte por fieras, gladiadores u otras torturas, incluso cristianos
iban a verlo como entretenimiento, motivando que algunos escritores los
criticaran por ello (Tertuliano o Agustín, por ejemplo).
A modo de espectáculo, entonces,
tal como nos tiene nauseabundamente habituados, el presidente brindó su show
ante la fundación Faro (presidida por el pseudo intelectual Agustín Laje que
nos “enseña” que la batalla cultural es contra la “perversión” del feminismo,
pero que no está mal la violencia [sic]), y allí, entre aplausos y silencios, criticando
e insultando a personas que trabajan en el periodismo, acotó que se los debe “quemar
en la hoguera”.
La historia de la humanidad tiene
demasiada muerte en sus espaldas provocadas por hogueras. El fuego purifica, parece…
Y los “herejes” lo han aprendido “en carne propia”. La Inquisición (o las
Inquisiciones, para ser más precisos) ha sido experta en fuegos, y cuando no se
trataba de personas, se quemaban sus obras: la quema de libros aparece como una
buena simetría… así quemó el rollo del profeta Jeremías el rey Yoyaquim (Jer 36,27-29),
quemaron rollos de la Torá los griegos de Antíoco IV (1 Mac 1,56), la
inquisición quemó los libros que consideraba heréticos (muchos de los cuales,
después, inspiraron a generaciones), los nazis quemaron libros, la dictadura cívico-militar
con bendición eclesiástica en Argentina, también. ¡Maravillosa metáfora la del
presidente… y maravillosos aplausos de los mediocres asistentes! Incitación a
la violencia y al crimen lo llaman. Pero ya sabemos que de eso no solemos aprender…
incentivaron el odio a Cristina y, por tanto, intentaron matarla y el poder
judicial (que no es “la Justicia”) sigue dando la razón tanto al Martín Fierro
como a monseñor Romero: “La ley es tela de araña, y en mi ignorancia lo
explico, no la tema el hombre rico, no la tema el que mande, pues la rompe el
bicho grande y sólo enrieda a los chicos”, decía el primero; la justicia es “como
la serpiente que solo muerde a los que están descalzos”, repetía el segundo… Lamentablemente,
en nuestra experiencia no parece sensato esperar que nadie actúe con justicia y
sancione estos delitos… No solamente no aprendemos sino que no debería extrañar
que mañana aparezca un Sabag Montiel que agreda – o peor – a alguien del periodismo
(o de otros oficios molestos al presidente) y nadie se haga cargo del delito.
Y ante la multitud de incinerados
(y sin olvidar ni menoscabar a ninguno) no puedo menos que recordar a dos
mujeres que dejaron huella: Margarita Porette y Juana de Arco. La sana
doctrina, encabezada por la Facultad de Teología de Paris (la Sorbona) decidió
solemnemente que ni una ni la otra (1310 la primera, 1431 la segunda) debían
dejar huella, por escribir (por osar escribir) la primera, por “meterse en
política” la segunda; es que ambas cosas son “propias” de varones. Las
beguinas, como Margarita no aceptaban que las mujeres deben estar sometidas,
sea a un marido o a una congregación donde tiene una regla… Juana, joven,
laica, analfabeta, pobre, no puede pretender – y, para más escándalo, ¡vestida
de varón!, con lo cual evidentemente viola la “ley natural” – conducir un ejército
y ser decisiva en una guerra (de “Cien años”) … La “pérfida Albión”, la que “se
jactaba de su honor y de su ley” no podía aceptar que Francia no le perteneciera
(y la Facultad de Teología bendecía semejante sumisión) … Definitivamente,
ambas debían ser quemadas. Las beguinas desaparecidas, la política sometida…
Papas, reyes, teólogos tenían la última palabra: ¡el fuego! La acusación no requería demasiado esfuerzo mental: ¡brujas! Claro que – pasado el
tiempo; más rápido en el caso de Juana, más lento en el caso de Margarita – no se
pudo apagar la brasa humeante de la que ya hablaba Isaías (42,3) y Mateo 12,20 aplica
a Jesús.
Hoy, tanto Margarita como Juana
(y cientos más, por cierto, mujeres y varones) dejan una huella. Ambas sabían de
batallas culturales, ambas fueron derrotadas y el ambiente y la sociedad purificados,
pero ambas enseñaron y siguen enseñando que el fuego no tiene la última
palabra. El fuego puede quemar libros y personas, pero el humo, las cenizas, dejan
signos que otros, ¡muchos otros!, pueden reconocer.
Si bien es cierto que en la
antigüedad los faros iluminaban con fuego a los navegantes para alertarlos de
los peligros… hoy encontramos en muchas víctimas de hogueras verdaderos faros,
verdaderos caminos, verdaderas huellas que valen la pena transitar… Y otros “Faros”,
otros dirigentes que dirigen a los dirigidos a los acantilados para estrellarse
contra las rocas, sin demasiado esfuerzo mental, mientras los sádicos aplauden y los mediocres festejan. Y lo
hacen en nombre de la libertad (libertad de estrellarse o de incinerarse).
Imagen tomada de https://www.elnortedecastilla.es/20130817/local/valladolid/medina-revive-hogueras-inquisicion-201308170124.html?ref=https%3A%2F%2Fwww.google.com%2F

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