martes, 27 de octubre de 2026

La hoguera de la estupidez

La hoguera de la estupidez

Eduardo de la Serna





La historia de la humanidad está, lamentable y dolorosamente, plena de crueldades. Y no está de más que, con sensatez, podamos entender acabadamente qué tanta distorsión de humanidad las provoca, como cuánto de sadismo engendra en los espectadores que aplauden enfervorizados los circos o las cruces romanas, y sus lamentables sucedáneos. Es interesante que el mismo evangelio de san Lucas cuenta, que ante la cruz de Jesús y los que estaban con él, muchos fueron “a ver el espectáculo” (Lc 23,48) y Pablo mismo destaca que los apóstoles “estamos como condenados a muerte” y, acota, “como espectáculo” (1 Cor 4,9). Siglos después, cuando en los circos hubo cristianos condenados a muerte por fieras, gladiadores u otras torturas, incluso cristianos iban a verlo como entretenimiento, motivando que algunos escritores los criticaran por ello (Tertuliano o Agustín, por ejemplo).

A modo de espectáculo, entonces, tal como nos tiene nauseabundamente habituados, el presidente brindó su show ante la fundación Faro (presidida por el pseudo intelectual Agustín Laje que nos “enseña” que la batalla cultural es contra la “perversión” del feminismo, pero que no está mal la violencia [sic]), y allí, entre aplausos y silencios, criticando e insultando a personas que trabajan en el periodismo, acotó que se los debe “quemar en la hoguera”. La acusación no requiere demasiado esfuerzo: basuras, ensobrados, zurdos… brujas.

La historia de la humanidad tiene demasiada muerte en sus espaldas provocadas por hogueras. El fuego purifica, parece… Y los “herejes” lo han aprendido “en carne propia”. La Inquisición (o las Inquisiciones, para ser más precisos) ha sido experta en fuegos, y cuando no se trataba de personas, se quemaban sus obras: la quema de libros aparece como una buena simetría… así quemó el rollo del profeta Jeremías el rey Yoyaquim (Jer 36,27-29), quemaron rollos de la Torá los griegos de Antíoco IV (1 Mac 1,56), la inquisición quemó los libros que consideraba heréticos (muchos de los cuales, después, inspiraron a generaciones), los nazis quemaron libros, la dictadura cívico-militar con bendición eclesiástica en Argentina, también. ¡Maravillosa metáfora la del presidente… y maravillosos aplausos de los mediocres asistentes! Incitación a la violencia y al crimen lo llaman. Pero ya sabemos que de eso no solemos aprender… incentivaron el odio a Cristina y, por tanto, intentaron matarla y el poder judicial (que no es “la Justicia”) sigue dando la razón tanto al Martín Fierro como a monseñor Romero: “La ley es tela de araña, y en mi ignorancia lo explico, no la tema el hombre rico, no la tema el que mande, pues la rompe el bicho grande y sólo enrieda a los chicos”, decía el primero; la justicia es “como la serpiente que solo muerde a los que están descalzos”, repetía el segundo… Lamentablemente, en nuestra experiencia no parece sensato esperar que nadie actúe con justicia y sancione estos delitos… No solamente no aprendemos sino que no debería extrañar que mañana aparezca un Sabag Montiel que agreda – o peor – a alguien del periodismo (o de otros oficios molestos al presidente) y nadie se haga cargo del delito.

Y ante la multitud de incinerados (y sin olvidar ni menoscabar a ninguno) no puedo menos que recordar a dos mujeres que dejaron huella: Margarita Porette y Juana de Arco. La sana doctrina, encabezada por la Facultad de Teología de Paris (la Sorbona) decidió solemnemente que ni una ni la otra (1310 la primera, 1431 la segunda) debían dejar huella, por escribir (por osar escribir) la primera, por “meterse en política” la segunda; es que ambas cosas son “propias” de varones. Las beguinas, como Margarita no aceptaban que las mujeres deben estar sometidas, sea a un marido o a una congregación donde tiene una regla… Juana, joven, laica, analfabeta, pobre, no puede pretender – y, para más escándalo, ¡vestida de varón!, con lo cual evidentemente viola la “ley natural” – conducir un ejército y ser decisiva en una guerra (de “Cien años”) … La “pérfida Albión”, la que “se jactaba de su honor y de su ley” no podía aceptar que Francia no le perteneciera (y la Facultad de Teología bendecía semejante sumisión) … Definitivamente, ambas debían ser quemadas. Las beguinas desaparecidas, la política sometida… Papas, reyes, teólogos tenían la última palabra: ¡el fuego! La acusación no requería demasiado esfuerzo mental: ¡brujas! Claro que – pasado el tiempo; más rápido en el caso de Juana, más lento en el caso de Margarita – no se pudo apagar la brasa humeante de la que ya hablaba Isaías (42,3) y Mateo 12,20 aplica a Jesús.

Hoy, tanto Margarita como Juana (y cientos más, por cierto, mujeres y varones) dejan una huella. Ambas sabían de batallas culturales, ambas fueron derrotadas y el ambiente y la sociedad purificados, pero ambas enseñaron y siguen enseñando que el fuego no tiene la última palabra. El fuego puede quemar libros y personas, pero el humo, las cenizas, dejan signos que otros, ¡muchos otros!, pueden reconocer.

Si bien es cierto que en la antigüedad los faros iluminaban con fuego a los navegantes para alertarlos de los peligros… hoy encontramos en muchas víctimas de hogueras verdaderos faros, verdaderos caminos, verdaderas huellas que valen la pena transitar… Y otros “Faros”, otros dirigentes que dirigen a los dirigidos a los acantilados para estrellarse contra las rocas, sin demasiado esfuerzo mental,  mientras los sádicos aplauden y los mediocres festejan. Y lo hacen en nombre de la libertad (libertad de estrellarse o de incinerarse).


Imagen tomada de https://www.elnortedecastilla.es/20130817/local/valladolid/medina-revive-hogueras-inquisicion-201308170124.html?ref=https%3A%2F%2Fwww.google.com%2F

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