martes, 9 de noviembre de 2021

Comentario a las lecturas, domingo 33 "B"

 

Los signos y los conflictos muestran el camino del Hijo del hombre

DOMINGO TRIGESIMOTERCERO - "B"


Eduardo de la Serna



Lectura de la profecía de Daniel
     12, 1-3

Resumen: la batalla entre dos bandos llegará  a su fin y el “jefe del ejército celestial”, Miguel, salvará a su pueblo luego de un tiempo de angustia. Y los que fueron fieles y están inscritos en el libro, “brillarán como los astros” y se levantarán de la muerte.

El libro de Daniel está concluyendo (los capítulos 13 y 14 son añadidos en la Biblia griega). El acento está puesto en un libro en el que se han inscrito los nombres de algunos y es posible que se inspire en Jer 30. Se trata del “libro de la vida” que en la literatura posterior desempeñará un papel importante (Sal 69,29; Fil 4,3 y Ap 3,5; 13,8; 17,8; 20,12.15; 21,27; 22,19). Son frecuentes los registros con nombres (cf. Ex 32,32). El autor pretende aquí dar una respuesta, o comienzo de una, sobre el tema de los muertos. El gran problema, propio de la literatura apocalíptica, es el de los muertos provocados por los enemigos a causa de su fidelidad. ¿Cómo es posible que los muertos sean matados si nosotros sabíamos que los justos serán bendecidos por Dios (entre otras maneras, con una larga vida)? ¿Cómo es posible que los malos triunfen? Esto es visto como un “misterio” (término frecuente en la literatura apocalíptica), algo que no podemos comprender del plan de Dios en la historia, pero que en algún momento se “revelará” (recordar que “apocalipsis” significa “revelación”). Dios revelará lo que ocurre con los justos, incluso después de muertos. [Para ser precisos no todos los apocalipsis esperan una resurrección de los muertos, pero sí es el caso de muchos, y entre ellos del texto de Daniel que toca comentar].

Esta situación es imaginada como una lucha entre dos ejércitos, el ejército del mal (en el caso de Daniel, los griegos seléucidas que matan a los que se mantienen fieles a Israel; en el caso del Apocalipsis los romanos que intentan imponer por la fuerza el culto al Emperador) y el ejército del bien y la vida. La lucha será dura y el “pueblo” padecerá mucha “tribulación” (thlipsis) hasta que llegue Miguel y lo salve. Él conduce el ejército y la lucha con el Diablo (que en la literatura apocalíptica tiene muchos nombres: Satanás, Belial, Belzebul, serpiente antigua, etc…; ver Ap 12,7 [es extraño a la Biblia pensar que Satanás pelea con Dios, y es casi idolátrico. La lucha – simbólica, apocalíptica – es entre dos ejércitos conducidos por dos generales y – evidentemente – la Biblia no ve a Dios como un general sino, en este caso, como un rey]).

La novedad, en este caso es que los muertos – imaginados como durmientes – se levantarán (anístêmi; cf. Ez 37; Is 26,19; 66,23-24). Algunos se transformarán en estrellas o astros y brillarán por toda la eternidad. Pero esto todavía es algo que ha de esperar un tiempo (“en aquel tiempo”, “entonces”) que anticipadamente la literatura apocalíptica simplemente “revela”.


Lectura de la carta a los Hebreos     10, 11-14. 18

Resumen: el contraste entre la ofrenda de cada año de los sacerdotes antiguos y la ofrenda “de una vez para siempre” de Cristo revela al autor de la carta la eficacia y perfección de su sacerdocio definitivo.


La carta a los Hebreos sigue contrastando el sacerdocio antiguo con el único sacerdocio nuevo de Cristo. La frase clave es que esto es “de una vez para siempre”. El contraste viene dado entre las ofrendas, “muchas veces los mismos sacrificios”, de los sacerdotes antiguos y el “único sacrificio” de Cristo. Para el autor, la repetición constante (cada año) revela la ineficacia. 

Una nota sobre los “sacrificios”. El término “sacrificio” es muy ambiguo y se presta – o puede prestarse – a malos entendidos. En su origen significa que algo “es hecho sagrado” (sacrum faciens). Un cordero, por ejemplo (que es un animal apto para el sacrificio, ya que no cualquiera lo es; algunos dicen que es como una suerte de “comida de Dios” y lo que no se puede comer, por ser impuro – un cerdo, por ejemplo – tampoco puede presentarse en sacrificio. Quizás sea exagerado pero es ilustrativo) para ser hecho sagrado ha de presentarse en el Templo y – se está pensando especialmente en el sacrificio de corderos para la fiesta anual de la Purificación en la que el Sumo Sacerdote entra por única vez en el año en la parte exclusiva del Templo llamada “Santo de los Santos” – y es quemado íntegramente para que el humo llegue hasta Dios. El sacrificio es sangriento y para ello el cordero es “transformado”. Propiamente hablando, es evidente que la muerte de Jesús no fue un sacrificio sino un crimen. Nadie realizó ningún ritual en la ejecución, nadie presentó a Dios la ofrenda. Lo que hubo fue un juicio (fraudulento, por cierto) y una pena de muerte. El autor de Hebreos, que hace una lectura espiritual, o simbólica, lo interpreta en esa clave como tal. Sin duda que puede decirse que Jesús “hizo santa” su ofrenda de vida, su auto-donación, pero propiamente hablando no se trató de sacrificio.

El hecho de que los sacrificios se repitan manifiesta que no han quitado el pecado. Precisamente la donación de sí de Cristo ha quitado definitivamente el pecado de la humanidad. Obviamente, si ya no hay pecado, ya no hay necesidad de ofrenda. 

Y, culmina, esto “perfecciona” a los que “santifica”. El término “perfeccionar” es muy frecuente en la carta (x9) y en Núm 3,3 – la versión griega de LXX – se aplica al sacerdocio de “los hijos de Aarón” (literalmente dice que “hizo perfectas las manos”). En 10,1 había dicho que la Ley, que es sombra, “nunca puede hacer perfectos a los que se acercan”. Ahora destaca que mediante una única ofrenda “lleva a la perfección a los santificados”.


+ Evangelio según san Marcos     13, 24-32


Resumen: usando imágenes tomadas de la literatura apocalíptica (venida cósmica del hijo del hombre) y de la vida cotidiana (brotes de la higuera) Jesús anuncia la inminencia de su venida lo que invita a la comunidad a tener una actitud de confiada esperanza.

Como es habitual a fines del año litúrgico las lecturas hacen referencia al fin de los tiempos, a la venida de Jesús. El clima es de “conflicto” (thlipsis). El acento del texto litúrgico viene puesto en el “después” de las diferentes etapas que ha venido señalando el discurso; el personaje futuro esperado en muchos textos apocalípticos, el hijo del hombre (cf. Dan 7,13), aparecerá en medio de imágenes cósmicas también frecuentes en las imágenes apocalípticas del fin, o del “día de Yahvé” (cf. Jl 2,10; 3,15; Is 13,10; 34,4; Ez 32,7-8; Am 8,9; y en el NT: Hch 2,20; Ap 6,12-14; 8,12; 9,2) llegando entre nubes con gloria y poder (cf. 8,38; 14,62; Mt 10,23; 1 Tes 4,13-18; cf. Dn 7,13). La idea está puesta en que lo antiguo ya no cuenta porque la novedad inaugurada por el hijo del hombre señala el comienzo del mundo nuevo; la transformación que se avecina es absoluta y el hijo del hombre pretende reunir junto a él a los elegidos, término que alude a Israel (ver Dt 30,4-5; Is 11,11.16;27,12; 60,4-5; Ez  39,27; Os 11,10-11 Zac 2,6-112 [LXX] y apócrifos como 1 Henoc y 2 Esdras) reunidos de los cuatro vientos de la tierra.

La imagen de la higuera sirve para aludir al breve tiempo intermedio entre las flores y el fruto para aludir al tiempo limitado que habrá entre la destrucción del Templo anunciada en 13,2 y la venida del Hijo del hombre. La parábola invita al discernimiento; hay que saber leer los signos de los tiempos.

“Esta generación” sin duda alude a la contemporánea a Marcos, no a Jesús. Es esa la que tiene delante de sí la credulidad o incredulidad frente a Jesús.

Por eso la comunidad está llamada a la vigilancia ya que nada permite saber el momento (ni el Hijo). La actitud vigilante es la característica de los tiempos finales, pero no la de la búsqueda de señales de la llegada sino la de la espera confiada en la venida. Los ángeles, en Dn 12,11-13 parecen querer calcular el tiempo del fin (1290 días en v.11 y 1335 en v.12), como también en Dn 9,24-27 donde la historia parece dividida en períodos. La apocalíptica es útil para vislumbrar imágenes del futuro, pero no es útil para saber todo, tiene sus límites.

viernes, 5 de noviembre de 2021

Cuando "el otro" no existe

 Cuando “el otro” no existe

Eduardo de la Serna




Es casi divertido, si no fuera trágico, que hablen de república los que no hacen sino burlarse de ella, aquellos para los que la cosa-pública [res-publica] no cuenta porque no es privada. Y el tema es demasiado grave como para pasarlo por alto.

Porque la educación que cuenta, la salud que cuenta, para algunos, solo es la privada, y la pública hay que degradarla a su mínima expresión (o degradarla de ministerio a secretaría por caso; o negar las universidades y los hospitales de la provincia).

Porque los territorios no cuentan para todos sino solo para hacer negocios inmobiliarios, y llenar la ciudad de gentes sin casas y casas sin gente como bien dice Miriam Bregman.

Porque el trabajo de un periodista no importa y se puede impunemente arrancar, mancillar y tirar al piso mojado su instrumento de trabajo (curioso acto reflejo con el cubo de C5N estando el de TN al otro lado, y ¡Macri no es zurdo!).

Porque se puede manipular el poder judicial llevándolo a su más patética expresión de sumisión y dependencia, todo en el provecho personal o el de los aliados (amigos ya sería otra cosa).

Porque con total impunidad pueden figurar como candidatos un ex intendente que llenó de basura el municipio, un concejal en cuyo poder se encontraron 52 caños robados por el precio de varios millones de dólares, una diputada responsable de la muerte de miles de niños por colecho, habituada a denuncias insustanciales, una amiga (o algo así) de un pseudo-abogado y espía procesado y con prisión preventiva, un y una nada amigos de René Favaloro, un maleante de la palabra o las redes sociales que ensucia todo lo que toca porque no es pelota de vóley… y se podría seguir. Interminablemente seguir.

Y no se trata de las propuestas políticas (insustanciales o inexistentes), se trata de la actitud evidente para la cual las otras y los otros no existen más que para capturar sus votos, o para robarles su identidad y hacerlos figurar como aportantes.

Y no se trata del discurso fácil y pegadizo de que no van a cobrar más que apenas de la dieta legislativa… que me recuerda cuando Macri modificó el estatuto del Club Boca Juniors en el que solo quien podía responder con sus bienes podía ser presidente (es decir, sólo él). La política para los que tienen dinero o sus lacayos… esos que nunca, pero ¡nunca!, han hecho ni pensado ni buscado ni pretendido nada para los que ellos mismos victimizan, desprecian, o esclavizan. Ya sabemos lo que pasa cuando ellos (y para ellos) gobiernan (o manejan).

Ah… y lograron instalar una palabra como “mala palabra” para aquellos que buscan al menos algo para los otros: ¡populismo! Es decir, ¡si alguien pretende algo, o mucho o todo para “los otros” es un populista y si solo se mira a sí mismo es un republicano! Curioso uso del lenguaje, curiosa manipulación de las palabras, curiosa miseria. Pero es sabido que el que tiene busca siempre tener más. Y más. Y más. Eso de que “como es rico no necesita robar” que una pobre conductora televisiva instaló y otros/as repitieron es una ofensa… Ofensa porque significa que los pobres habitualmente roban; ofensa porque estamos habituados a que los ricos roben, mucho, bastante, habitualmente, frecuentemente… Y, para peor, porque la experiencia de 4 años nos ha mostrado la falacia. Falacia que siguen repitiendo los que se benefician de las migas que caen de la mesa de los señores…

Se trata de mirar a los/las/les otros/a/es… A los que en cristiano se llama “prójimos”; se trata de buscar el bien común; se trata de política, no de negocios. Pero pretender que entiendan es (como decía mi viejo) “pedirle Pérez a los Olmos”. Y todos sabemos que los Macri, los Larreta, los Vidal jamás serán Pérez.

 

Foto tomada de https://sdejesucristo.org/diez-formas-de-amar-al-projimo/

miércoles, 3 de noviembre de 2021

La medida de las medidas

 La medida de las medidas

 

Eduardo de la Serna

 


La palabra “metro” es un término griego que quiere decir “medida”. Se trata, sin duda de una convención en la que un colectivo decide que tal es el criterio con el que se medirá algo. Sabemos, por ejemplo, que hay diferentes medidas de peso o de distancia, y si unos usan kilos, otros usan libras, si unos usan centímetros otros usan pulgadas, o unos usan litros y otros galones… La clave radica en el consenso por el que un determinado grupo acepta tal medida. El consenso es una de las claves del asunto, y el respeto por la medida es otra. Tener una balanza distorsionada, o un centímetro falso se presta a la estafa, ciertamente. Y dejo de lado la trampa legal de que algunos productos ya no se venden en ½ kg sino en 400 grs o no en un litro sino 900 cm3… Es legal, porque la etiqueta indica la medida, pero sabemos que habituados al medio kilo muchos toman el frasco casi sin mirar (o resignados).

 

Lo que me interesa pensar es la aceptación real o supuesta de una determinada medida. Creo recordar que en Londres hay una barra metálica que “es” un metro, el usado en el sistema decimal.

 

En el consenso se admite, por ejemplo, que alguien tiene la medida para calificar algo; es el caso de los docentes, a los que se reconoce como aptos para evaluar si uno o varios estudiantes han recibido mucho, poco o nada de los conocimientos que se desean impartir. Y se califica, se mide.

 

Pero un problema es cuando alguien se erige, se auto-percibe, como referente de una determinada medida. Ya es casi una humorada reconocer que Guillermo Moreno cree tener el “peronómetro” y se percibe con autoridad para afirmar quien es, quien no y quien es más o menos peronista. Autoridad que nadie le reconoce, debemos reconocerlo. Otro ejemplo lo representaron Macri, Vidal y esa banda calificando de “mafia” a grupos siempre indeterminados. Vidal quiso hacer creer que había “enfrentado a las mafias”, que le habían dejado una bala y cosas semejantes. Siempre imposibles de constatar, salvo por los frutos… y si este es el caso, los frutos, el fracaso fue evidente. Y Macri… Macri hablando de mafias es como “un burro hablando de orejas”, repitiendo el refrán colombiano. El clan Macrì de la N’drangheta calabresa no parece una entidad de beneficencia. Y ahora refulge un personaje nimio, que es la nada misma, hablando de “castas” y explicando quién sí y quién no pertenece a la “casta política” … curiosamente no hace referencias a “castas económicas” que parecieran bastante más poderosas, o castas judiciales, o castas mediáticas… Poseedor de un extraño castómetro él determina desde la cima de su patetismo quién o quiénes quedan exentos de tan oprobioso epíteto. El casto Javier, que defiende la propiedad privada salvo cuando él la viola (por ejemplo, plagiando autores), egregio paladín de la libertad salvo cuando otros/as no piensan como él, en cuyo caso enarbola una incomprobable superioridad estética y cualifica soezmente al resto. Curiosos metros los que tienen algunos sin consenso más que el que les imprimen sus medios cómplices o amigos (si esto último fuera posible).

 

Dentro de los rollos hallados en las cuevas de Qumrán, en el Mar Muerto, en la cueva 1 se encontró un “Manual de la Guerra” (se lo abrevia 1QM) y explica claramente la guerra (con resultado asegurado) “de los hijos de la luz contra los hijos de las tinieblas”. Pocas cosas más evidentemente sectarias; un grupo, pequeño, pero con Dios de su lado, tiene una suerte de “luminómetro” para enfrentar a los “kittim” (nombre simbólico para aludir a los romanos, prudencialmente simulados) y a todos los que son como ellos, de ellos, o semejantes. Y recordaba, asimismo, al general dictatorial que se jactó de haber acabado con los marxistas, y entonces ahora irían contra los filo-marxistas, para-marxistas y cripto-marxistas. Nuevamente un marxímetro en funcionamiento (medida que también utiliza Javier-el-nimio para explicarnos quienes son o no zurdos, lo que es complicado para alguien tan a la derecha como él y su compañera).

 

Quienes creemos en los consensos, los acuerdos (aunque eso no implica coincidir en todo, por supuesto, porque de encuentros se trata, no de espejos) nos sentimos un poco incómodos con tantos poseedores de “reglas” de medidas; especialmente porque muchos quisiéramos que se mida la verdad, que se mida la justicia, que se mida la paz, que se mida el hambre, que se mida el trabajo, que se mida la amistad… (y no me refiero a números, que tanto les gustan a algunos) … me refiero a personas. Antes, una medida era el mate (medida que esperamos pronto vuelva), una medida era un abrazo… o una sonrisa. Una medida era un encuentro, o un abrazo por un gol, una peregrinación o una reunión de familia o de amigos. Que me perdonen los que creen tener el metro de los metros, pero, así como afirma san Bernardo inspirado en Agustín*: “la medida del amor es amar sin medida” prefiero ir por otro lado, pensar por otro lado, buscar por otro lado, aunque sus metros me dejen afuera. Un afuera donde me encanta estar.


*. Carta 108 del obispo Severo a Agustín: "Pero cuanto más nos abrase y acendre este fuego del prójimo, tanto mejor nos impele a buscar un más puro amor de Dios. Aquí ya no se nos impone ninguna medida de amor, ya que la medida es amar sin medida" 

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Foto tomada de https://conceptodefinicion.de/metro/

martes, 2 de noviembre de 2021

Comentario a las lecturas, domingo 32 "B"

 

El ejemplo de una mujer, viuda, pobre y discípula

DOMINGO TRIGESIMOSEGUNDO - "B"


Eduardo de la Serna



Lectura del primer libro de los Reyes     17, 8-16

Resumen: Una mujer viuda extranjera es beneficiada por el profeta que le pronuncia una palabra de parte de Dios en la cual la mujer cree, poniendo en práctica lo dicho por Elías.


En 1 Re 17 comienza una gran unidad en la que el profeta Elías será protagonista y que será continuada por otra sobre Eliseo que concluye en 2 Re 13 con varias intercalaciones. El contexto histórico del tiempo de Elías comienza con el reinado de Ajab y, especialmente, el conflicto con su esposa Jezabel, la reina fenicia, hija del rey de Sidón (que continúa ejerciendo autoridad aun a la muerte de su esposo). Para un profeta celoso de los derechos del Dios de Israel la introducción de los dioses fenicios (Baal especialmente) y sus ministros resulta algo intolerable. Veamos brevemente algunas ideas introductorias.

Elías significa “Yahvé es mi Dios” lo cual es claramente un nombre programático. A repetirlo dedicará su vida el profeta.

Baal: en realidad significa “señor”, es el nombre de respeto con el que los cananeos se dirigen a su Dios principal, Hadad. La Biblia evita nombrarlo (salvo en el caso de los nombres que incorporan divinidades como es el caso de Ben-Hadad, hijo de Hadad, rey cananeo, cf. 1 Re 20,1). De Baal se esperan tormentas y – por tanto – fecundidad. En Israel muchos han tomado a Yahvé como el Dios nacional pero aceptado también otros dioses y diosas (incluso pareciera que muchos afirmaban que Yahvé tenía una diosa como esposa, Aserá). Así, por un lado Yahvé cuida a su pueblo pero Baal, por ejemplo, garantiza la fecundidad.

Sequía: en una región subtropical con estación seca como es la tierra de Israel una temporada de pocas lluvias es terrible ya que representa uno o dos años sin buenas cosechas y poco ganado. Elías anunciará una sequía (17,1) precisamente para mostrar que es Yahvé y no Baal quien garantiza la fecundidad o su ausencia en la tierra de Israel. Claro que este anuncio – y su realización – empieza a desatar el conflicto entre Elías y la casa real. Primero debe esconderse (17,2-7) y luego dirigirse a territorio extranjero. Aquí sucede el relato de la liturgia, en Sarepta, tierra de Sidón.

Yahvé se dirige a Elías diciéndole que se dirija a Sarepta y que “ha ordenado a una mujer viuda que le suministre alimento”. Sin embargo, la mujer no parece estar enterada de esto. Sin duda ha de entenderse que Elías ha de ser quién le comunique a ella la voluntad de Dios, cosa que hará (v.14).

La mujer es presentada como viuda. En Israel las viudas (y los huérfanos) son mostrados como paradigma de “pobres”. Es desposeída y desprotegida. Si no tiene quienes se ocupen de ella – cosa que todo buen judío debiera hacer – está condenada a la miseria o a ser víctima de la injusticia (cf. Ex 22,21; Is 1,17). 

La sequía parece también hacer efecto en esta región ya que la mujer no tiene más que un poco de harina y un poco de aceite. Sólo le queda esperar su muerte y la de su hijo único (v.12). 

La escena es bien presentada: Elías ve a la mujer recogiendo leña para su última torta. Le pide agua, cosa que la mujer – en total coherencia con la normativa de hospitalidad – le trae. Pero al pedirle también un poco de pan ella narra la escasez. Elías como hombre de Dios le dirá “no temas” para pedirle su porción y asegurarle que “el Dios de Israel” (en territorio de Baal) le dice que no se le agotará ni la harina ni el aceite hasta que vuelva la lluvia. La palabra del profeta es escuchada y ella “hizo según la palabra de Elías”. Comieron los tres y ni el cántaro de harina se vació ni se agotó la aceitera “según la palabra que Yahvé había dicho por boca de Elías”. Ciertamente resultan contrastante las dos mujeres de Sidón con las que Elías se encuentra, la reina que intenta llenar – y lo logra – de profetas de Baal la tierra de Israel, y Elías, profeta de Yahvé, que se dirige a tierra fenicia y es escuchado por una cananea.

 
Lectura de la carta a los Hebreos     9, 24-28

Resumen: Cristo ha entrado de una vez para siempre en el santuario auténtico que se encuentra en el cielo y desde allí plenifica los sacrificios haciendo que ya un tengan sentido porque el suyo ha sido perfecto.


En 8,1-6 – siempre siguiendo la lectura espiritual del A.T. – el autor de Hebreos había señalado que Moisés en el monte había visto el templo “original” cuyo modelo debería repetir (Ex 25,40) en la tienda que haría en el desierto. Eso significa que el Templo verdadero está en el cielo y Jesús, por la resurrección (que es lo que lo constituye sacerdote) entra en él. Jesús es ministro de aquel santuario (8,2), que ya no es “hecho por las manos humanas” (9,11-24, lo cual parece insinuar algo idolátrico en el viejo culto, ya que es de los ídolos de los que se afirma que son “hechura de manos humanas” (jeiropoíêtos), cf. Lev 26,1.30; Jdt 8,18; Sab 14,8; Is 2,18; 10,11; 16,12; 19,1; 21,9; 31,7; 46,6; Dn 5,5.23; 6,28; algo semejante se dice en Mc 14,58; Hch 7,48; 17,24; y referida a la circuncisión en Ef 2,11).

La ofrenda de Cristo, leída espiritualmente como “sacrificio” es definitiva porque ha llegado hasta Dios, y es por tanto única como es único el sacerdocio nuevo. Un sacerdocio que “destruye” el pecado haciendo innecesaria la repetición. Cristo volverá pero ya no para retomar la seguidilla de ofrendas interminables e ineficaces sino para comunicar la salvación (9,28).
  

+ Evangelio según san Marcos     12, 38-44

Resumen: Marcos presenta dos ejemplos contrastantes, unos escribas que estaban a las viudas y por el contrario una viuda que da todo lo poco que tiene como manifestación de su amor a Dios.


Jesús sigue en el templo (desde 11,27) del que recién saldrá en 13,1. Allí encontramos dos escenas conclusivas: en primer lugar alerta contra los escribas (vv.38-40) y luego – tomando la palabra gancho “viuda” – pasa a poner a una como ejemplo (vv.41-44).

Los escribas – con alguna excepción como la que encontramos en 12,28-34 – son presentados en Marcos como los adversarios de la comunidad de Marcos. La Biblia griega con frecuencia traduce por “escribas” (grammateus) el hebreo shômer que es “oficial”, alguien que tiene una cierta relación de autoridad en el pueblo (cf. Ex 5,6.10.14.15.19; Num 11,16…). Desde el comienzo del Evangelio se nos dice que no tienen autoridad entre la gente (1,22), cuestionan el obrar de Jesús (2,6.16; 3,22; 7,1.5; 8,31; 9,14; 10,33; 11,18.27) y Jesús les cuestiona su teología (12,35) y su obrar hipócrita (12,38). Finalmente son partícipes del asesinato de Jesús (14,1.43.53; 15,1.31) [no es seguro que participaran del “partido” fariseo, aunque parece que sí, al menos muchos de ellos; Mateo preferirá – por motivos históricos y la situación de su comunidad – presentar como adversarios a los fariseos, aunque muchas veces los menciona juntos]. 

Lo que señala de los escribas son dos cosas coherentes con la búsqueda del honor. (1) Los amplios ropajes son manifestación de su ostentación (cf. Gen 41,42; Ex 28,2; 29,21: 31,10; 2 Cro 18,9; 23,13; Est 6,8; 8,15; 1 Mac 6,15), es símbolo visible del status que reclaman para sí. (2) Los primeros puestos en las sinagogas y los primeros lugares en los banquetes. Estos eran a quienes toda la sociedad consideraba los principales (algo totalmente contrario a lo que Jesús pide de los suyos a los que les invita a hacerse servidores y esclavos, esto es ponerse en el último lugar). Los lugares eran expresión del honor que la sociedad reconocía y que ellos reclamaban. La auto-estigmatización que Jesús reclama para él y los suyos resulta claramente subversiva y contracultural. Los expertos en la ley gozaban de alta estima (Sir 39,4-11). En Qumrán, los lugares están claramente fijados:

“Estas es la disposición para cuando se reúnan los ‘grandes’: Estando ya cada uno en su sitio que se sienten primero los sacerdotes, en segundo lugar los ancianos, en tercer lugar el resto del pueblo. Cada uno en su sitio…” (Regla de la Comunidad, 1QS 6,8-9)

A esto añade que estafan a las viudas (sabemos que en Israel, el cristianismo primitivo y el medio ambiente en general había casos de viudas con una buena posición económica), que “devoran sus casas” (en este caso no se trataría de viudas pobres sino empobrecidas por los escribas). Ciertamente la gran paradoja es que los expertos en la Ley en lugar de hacer lo que deberían con respecto a las viudas, protegerlas, asistirlas, en este caso las estafan y roban. La estafa pareciera ser una extorsión de hacer largas oraciones en favor de ellas quedándose con sus bienes. En este caso, la ironía sería doble ya que la oración de las viudas es presentada como modelo (Lc 18,1-5; Hch 9,39-41). 

Luego, Jesús se traslada al Tesoro, el lugar donde se hacen las ofrendas de “cosas” (dinero, ropas, utensilios y otros bienes) en el templo (lo que permite ver el Templo como una suerte de banco antiguo, cf. 2 Mac 3,9-12). Allí ve a los oferentes, entre la “multitud” mirando especialmente a “muchos ricos”. El contraste de estos muchos ricos con una pobre es notable. A esta se le añade ser viuda. Hay escenas similares en el medio ambiente (Xenofonte cuenta algo semejante de Sócrates, por ejemplo). 

Lo que afirma es que las multitudes depositan “metálico” (jalkós refiere a metales) y acota que “muchos” ricos echaban “mucho”. El texto señala que una viuda pobre echo “dos lepta”, la moneda griega de cobre de más baja denominación (la moneda de menor denominación en Judea bajo Herodes el Grande era la p(e)rutah). Y Marcos acota que ambos lepta equivalen a un “kodrántês”, la monada romana de menor denominación. Literalmente, entonces el texto afirma que la viuda echó: “dos leptas, esto es un cuadrante”. Es posible que las monedas circulantes en Siria y Judea se conocieran con las denominaciones romanas, por lo que esto no ha de verse necesariamente como que Marcos escribe en Roma (aunque puede ser buen indicio de esto). 

Jesús, entonces, como en 8,34 y 10,42 “llama” a los suyos para decir una palabra clarificadora, en estos casos sobre el discipulado (indicio que también esta lo será). Comienza con un clásico “amên legô hymin” (en verdad les digo; cf. 3,28; 8,12; 9,1.41; 10,15.29; 11,23; 13,30; 14,9.18.25), una frase que prepara un clima expectante para un dicho profético o sobre el discipulado. En este caso un dicho contrastante ya que es evidente a la vista que los ricos han echado “mucho” más que las dos moneditas de la viuda. Por tanto en un segundo momento (v.44) Jesús explica la razón de esto: la abundancia y la necesidad son el criterio de Jesús. Esto lleva a cambiar la mirada económica que se guía por la cantidad y el cálculo. El valor está puesto en la generosidad no en lo valuable.

Esta viuda puso lo necesario para la “vida” (bios). Curiosamente el escriba de v.20 “sabe” que se ha de amar a Dios con toda la vida (psyjê), la viuda en cambio practica esto, “ama a Dios con toda su ‘vida’”. Ella “da” todo, mientras los escribas le “quitan todo” a las viudas. El discipulado encuentra en esta viuda pobre un nuevo ejemplo a seguir.


Foto tomada de www.rezaconmigo.com

lunes, 1 de noviembre de 2021

Video con comentario al Evangelio del domingo 32º "B"

Video con comentario al Evangelio del domingo 32º "B"


Se puede ver también en

https://youtu.be/S6_FOZ5KyqA

Eduardo

«¡Cantar las cuarenta!»

 «¡Cantar las cuarenta!»

Pensando mis 40 años de cura (1981 – 20 de noviembre 2021)

Eduardo de la Serna




En la Biblia y el medio ambiente (sumerio, ugarítico, egipcio, acádico…) hay números que, además de hacer referencia a algo en particular, por cierto, tienen una connotación simbólica. Es sabido el valor de los números 7, o el 12, por ejemplo. Otro número interesante, es el 40. Son 40 los días del diluvio (Gen 7,4; 8,6), por ejemplo. Curiosamente en el relato sumerio, en el cual se inspira, los días de lluvia son “siete días (y) siete noches” [203; ANET 44]. Siendo que el número 4 alude a una cierta totalidad por ser cuatro los puntos cardinales y cuatro los elementos de la tierra (cf. Gen 2,10; lo cual se ve más claramente en la literatura apocalíptica, ciertamente), no es improbable que 40 signifique una cierta totalidad pequeña (como el 10); mientras que, por el contrario, aludir a 400 es hacer referencia a un número importante, como lo son los falsos profetas (1 Re 22,6), o los jinetes (2 Mac 12,33), o los años de servidumbre (Gen 15,13; Hch 7,6).

Más allá de la improbable veracidad histórica, es interesante lo que plantea el libro del Génesis, muerto Jacob en Egipto:

“los médicos embalsamaron a Israel. Emplearon en ello cuarenta días, porque este es el tiempo que se emplea con los embalsamados. Y los egipcios le lloraron durante setenta días” (Gn 50,2-3).

Por lo que se sabe, el proceso de embalsamamiento, que no se aplicaba en Israel, pero sí en Egipto, duraba, en realidad, 70 días (Heródoto de Halicarnaso, Los nueve libros de la Historia II, 86), tiempo que aquí dura el duelo (en Israel dura 7 días, cf. 1 Sam 31,13). Sin duda el autor bíblico no tiene interés en la precisión histórica, sino que da un cierto valor simbólico a los números 4 y 7 y al 10. Cuarenta días es también el tiempo que permanece Moisés en el monte (Ex 24,18; 34,28), el tiempo que demoran los enviados de Moisés en explorar la tierra a la que luego ingresarán (Núm 13,25; por lo que serán castigados por Yahvé con 40 años de permanencia en el desierto, 14,34), el tiempo que camina Elias rumbo al Horeb (1 Re 19,8), es el tiempo en el que Nínive sería destruida, en el relato de Jonás (3,4) aunque eso no ocurrirá, para enojo del “anti-profeta”, y, ya en los escritos cristianos, el tiempo que permanece Jesús en el desierto (Mc 1,13) sin comer (como Moisés, como Elias; Mt 4,2; Lc 4,2) y el de Jesús resucitado apareciendo a los suyos antes de la misión de estos (Hch 1,3).

Cuarenta años, por su parte, es el tiempo de gobierno de David y de Salomón sobre su pueblo (1 Re 2,11; 11,42), e incluso de Saúl (Hch 13,21) o el tiempo en el que Israel vaga en el desierto (Núm 14,33) donde es alimentado por Dios (Ex 16,35). Se calcula como el tiempo de una generación (Núm 32,13; cf. Jos 5,6; Sal 95,10), que no entrará en la tierra de la promesa. La teología del Deuteronomio, en cambio, presenta esos mismos 40 años como un tiempo de “protección” de Dios a su pueblo sin que le falte nada (2,7) aunque haya sido también tiempo de prueba para ver qué había en el corazón de los suyos (8,2) pero remarcando que en ese tiempo “no se gastaron sus vestidos” ni perjudicaron sus pies (cf. 8,4; 29,4; Neh 9,21). Los números tienen también un valor simbólico en la literatura deuteronómica (que quiere llegar a completar los 480 años que median entre la salida de Egipto y la edificación del Templo, 480 = 12 x 40, ciertamente; 1 Re 6,1; cf. 6,38: santuario que “se construyó en 7 años”), para lo cual hay 40 años de períodos de paz (Jue 3,11; 5,31; 8,28) o de opresión (13,1; cf. 1 Sam 4,18). Como profecía simbólica, Ezequiel anuncia 40 años de desolación contra Egipto (29,11-13) a causa de su idolatría (probablemente referir a Egipto, en este caso, sea un modo prudencial de aludir a Babilonia – donde está el profeta – dada la semejanza de las situaciones en cuanto a la opresión de su pueblo). A la edad de 40 años contraen matrimonio Isaac y Esaú (Gen 25,20; 26,34) y es llamado Moisés en el desierto (cf. Hch 7,26.30.36).

La misma Iglesia, movida seguramente por la mirada alegórica frecuente de los Padres de la Iglesia, entiende el tiempo de Cuaresma, por ejemplo, en clave desierto, ayuno, y 40 días como preparatorios a la Pascua. La vida religiosa, también, especialmente en los primeros tiempos, fue vista como una ida al desierto (obviamente, los Padres del desierto lo ejemplifican mejor que nadie). Y, especialmente movida por una antropología dualista griega, el “mundo” es visto como un ámbito negativo, de oscuridad y muerte, de negación de Dios, por lo que es conveniente tener una “descansada vida” y huir “del mundanal ruido”, y los que lo han hecho son “sabios que en el mundo han sido” (Fray Luis de León. Oda I, Vida retirada). Ciertamente, esto llevó (hasta que el Concilio Vaticano II logró mostrar otra mirada, más cristiana, por cierto, y más humana) a entender la vida religiosa como un estado de perfección (por su “fuga mundi”). En cambio, la vida laical era vista como algo bajo (por eso era “reducido al estado laical” aquel que dejaba el ministerio ordenado), que, ya que no podía vivir la plenitud (leyendo de un modo muy limitado 1 Cor 7,8-9), tenía, al menos, en el sacramento del matrimonio un remedio a la concupiscencia (cf. S.Th. Suppl. 42. art. 3 ad 4). Una suerte de mal menor a los que viven “en el mundo” (“in-mundo”). Y en el medio, entre ambos, el ministerio ordenado (al que se lo solía llamar “sacerdocio”) como “mediadores” entre Dios y los seres humanos. Lecturas fundamentalistas, comprensibles ayer, inentendibles hoy, leían que el “sacerdote para siempre”, que el Salmo 110,4 refería a Melquisedec y que la carta a los Hebreos (7,23-24) aplica a Cristo, entendía que el sacramento imprimía “carácter” por lo que uno quedaba sellado de por vida con la ordenación. No importaba si el texto lo que quería decir es que los sacerdotes del culto antiguo eran reemplazados cada vez que morían, mientras que Cristo, que es hecho sacerdote por la resurrección, y por lo tanto ya no muere más, es por ello sacerdote “para siempre”, eterno (y por tanto ya no hacen falta otros sacerdotes, y es único). Es notable que, a pesar de los modernos estudios bíblicos, todavía perdure cierta idea de una suerte de superioridad del “sacerdote”, que está “más cerca de Dios” (lo que correspondería a la concepción del sacerdocio antiguo, claramente abolido por Cristo) … del mismo modo que ideas como templo, sacrificios, etc.

Quiero señalar todo esto para empezar a pensar mis cuarenta años de cura (“cura”, como el cura de Ars o el cura Brochero… “cura”, el que tiene cuidado de su pueblo, de aquellos y aquellas que le fueron confiados, pueblo del que es parte, por supuesto). Sería fácil pensarlo como un tiempo de desierto, como tiempo de purgar pecados, como tiempo en el que Dios me / nos conduce, “nos guía y alimenta”, como tiempo de pecado y de protección de Dios. Pero no me parece interesante pensar por ese rumbo, aunque seguramente algo de cada cosa podría tenerse un poco en cuenta y otro poco no. Quiero empezar, entonces, con los cuarenta. Solamente como número simbólico que invita a pensar. Pensar después de mirar. Pensar para después retomar el camino.

No son pocas las veces que la vida, en la Biblia y ambientes semejantes, es vista como un camino. Ciertamente, en mi caso, se trata de un camino como cura. Con cosas de las que hoy reniego, y cosas que celebro, con gente a las que me alegro haber dejado atrás, otros/as que marcaron momentos, y ya no están, y otros/as que celebro que sigan caminando conmigo y yo con ellas/os. Podría hacer mención de algunas y algunos, pero las y los tengo en mente. Es suficiente.

Me quiero detener, brevemente, en dos amiga y amigo a los que, expresamente, quiero aludir, porque siempre estuvieron, me sostuvieron en las debilidades, corrigieron en las metidas de pata, fortalecieron en los caminos dubitativos y me iluminaron en todos los momentos; me refiero a Pablo y a Teresa de Lisieux. Y no me refiero a una compañía celestial, a una piedad o vidas ejemplares, me refiero a dos amiga y amigo que caminaron y caminan. Los dos son, creo, muy conocidos y – creo – bastante mal conocidos. En otro lugar aludía a que, en cierto modo, ambos han fracasado, en ese sentido. Y en ese aspecto los he experimentado compañeros. Cercanos en mis fracasos (abundantes); también en saber que, aún allí, están/estamos, donde estamos convencidos que es bueno estar. Y, además, ayudas y compañías permanentes para profundizar, ahondar, dar densidad a los caminos por andar.

Y no quisiera que en el genérico de aquellos/as con quienes caminamos no quede claro que me refiero a cristianos/as y no-cristianos/as, religiosos/as, curas y laicas/os, a conocidos y a perfectos desconocidos, a argentinos/as y extranjeros/as… Celebro 40 años con muchas y muchos que los hacen e hicieron posible. Ciertamente no a todos/as les importa que yo sea cura, pero por caminar forman parte de mi vida, ¿cómo no tenerlos presentes?

En estos tiempos he tenido momentos de alegría y de paz, y de dolor y tristeza, sin duda. Y no me refiero solamente a lo personal; vale también para lo político (baste con señalar que nos ordenamos de curas en plena dictadura cívico-militar con bendición eclesiástica, y pasamos menemismo, aliancismo, macrismo), vale también para lo eclesial (pasamos Juan Pablo y Benito), pasamos momentos de mucha pobreza, de crisis, de esperanzas, de aires frescos y primavera, de serenidad y profundidad. Y, en ocasiones, de ¡todo eso junto! No es el caso hacer un balance, y menos de hacerlo público.

Simplemente quiero pensar. Pensar en dónde estoy, en cómo llegué aquí. En hacia dónde voy o quiero ir. En con quienes camino, por supuesto, porque en este “mundanal ruido” los amigos y las amigas (y amigues, para que – quienes lo saben – no se sientan excluides) son parte fundamental del trayecto. No son mis 40 años, sino nuestros, porque son parte de ellos, de todo, de mucho, de poco, pero parte. Sin duda alguna.

Evidentemente en algunos momentos sentí desierto (político, eclesial, personal), en ocasiones sentí la presencia nutricia del Dios vivo y compañero, supe que cosas que ocurrieron fueron consecuencia de metidas de pata, o errores, o pecados (que tienen sus consecuencias, porque de seres humanos hablamos), y también consecuencias de haber elegido bien, o al menos sensatamente. En este sentido, no puedo dejar de hacer referencia a otra enorme compañera de camino, sostén y luz, firmeza y huella: la Biblia. Habernos elegido mutuamente desde el año introductorio del seminario, desde la Facultad y desde todo el tiempo del ministerio y docencia es expresión viva de los frutos como consecuencia de las raíces echadas o de la edificación de los cimientos afirmados.

Para muchos, ser cura es ser celebrador de misas (y sacramentos). Y, aunque ciertamente no reniego de hacerlo, una vez más miro a Pablo: “Cristo no me envió a bautizar sino a evangelizar” (1 Cor 1,17); ser anunciador de buenas noticias a los pobres (Lc 4,18), a los que viven rodeados de malas noticias. Creo que lo que debiera caracterizar al “cura” no es el altar sino la “compasión”, el estar cerca de los que padecen, por eso puede tener “cuidado” de ellos; al ver a la multitud desorientada “como ovejas que no tienen pastor”, Jesús tuvo “compasión” y “se puso a enseñarles” (Mc 6,34). El Pablo de Hechos repite

“Cuídense ustedes y cuiden a todo el rebaño que el Espíritu Santo les encomendó como a pastores de la Iglesia de Dios, que Él adquirió pagando con su sangre” (Hch 20,28).

En sus reflexiones sobre el Génesis, Filón de Alejandría se pregunta por el casamiento de Isaac a los 40 años, y afirma que es “la edad justa del matrimonio de los hombres sabios” (Qu. in Gen IV,154). Si se pudiera decir que es edad de sabiduría como tiempo de ser cura me sentiría bastante pleno. No en el sentido de “saber mucho” (que no es eso el sabio en la Biblia) sino el de saber vivir, el de mostrar vida, el de caminar vida. Al menos aquellos y aquellas que caminan conmigo en este tiempo podrán disfrutarlo, aprovecharlo y juntos/as/es, ¡celebrarlo!