Video con comentario al Evangelio del domingo 17 "C"
También puede verse en
https://youtu.be/VkBSXxwNGwo
Eduardo
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Eduardo
La oración (1ª parte)
Eduardo
de la Serna
Esta reflexión, que no
pretende agotar el tema pero sí dar “puntas” para la reflexión y también para
evitar alguna “confusión”, tendrá tres partes, en tres notas sucesivas. La primera,
sobre la oración en general , la segunda y tercera, sobre la oración en el Nuevo
Testamento (en Jesús y en Pablo, respectivamente). .
Veamos el problema. Por
supuesto sería injusto y falso decir que solo los cristianos rezamos. En
general, todo grupo religioso lo hace, con sus características y sus aspectos
propios. Incluso, en algunos sectores no creyentes, la “meditación” ocupa un espacio
que se “toca” con la oración. Además, no es difícil integrar todo esto con la “sensación”
(habitualmente placentera) que queda después de la oración. Y confundirlo. Por
ejemplo, la actitud de relax después de una sesión de yoga, puede asemejarse en
mucho a ciertos frutos de la oración, como por ejemplo la paz interior.
Además, digamos, no hay un
solo modo de oración, ni hay un único modelo. Y, así, la oración de alguien
puede no serme de utilidad a mí, y – obviamente – la oración mía no ser de utilidad
para ese alguien. Con frecuencia, por ejemplo, algunos recurren a los modos
orientales de orar mientras otros no encuentran provecho en ello.
Además, también – y ya
entrando en el ambiente católico en particular, o cristiano en general –
mirando a los grandes maestros de la oración encontramos también modos y
criterios muy distintos (en los primeros siglos de la Iglesia, por ejemplo, los
modos, palabras, gestos y actitudes de las comunidades del Mediterráneo oriental eran muy
diversos de las occidentales).
Digamos, a modo de principio,
que el modo de oración de “A”, sirve a “A” pero no necesariamente a “C”. Y, por
cierto, “A” hablará maravillas de su modo, y “C” hará lo mismo con el propio.
Así – solo a modo de ilustración – habrá quien reza por repetición (el rosario
es un buen ejemplo de ello), quien lo hará cantando, quien bailando, quien
leyendo, quien enciende velas, quien elige la oscuridad, quién pone una música
suave, quien escoge el silencio, quien lo hace en comunidad, quien escoge la
soledad, quien recurre a la Biblia quien a maestros o maestras espirituales,
etc. Y sería falso pensar que el modo que me sirve a mí, o que me enseñaron a
mí, debiera servir a todos. Me sirve a mí, y eso es bueno. Pero no es “universal”;
obviamente puedo proponerlo a otros y otras, pero debería saber bien que ellos y
ellas pueden preferir otro modo, e imponerlo (o pretenderlo) sería desconocer
que Dios tiene muchos y diversos modos de salirnos al encuentro.
Me contaron de un cura en el monte
que veía que un campesino iba todos los días temprano a la capilla, estaba una
hora y se iba. Un día, el cura le preguntó por lo que hacía. La respuesta fue
contundente: “- mire, padre, yo no sé rezar. Soy jornalero, así que lo que
tengo es mi tiempo. Entonces, vengo todos los días y le regalo a Dios una hora
de mi vida”. ¿Alguien, sensatamente, se atrevería a decir que esa no era una
oración? Excelente oración, por cierto.
Pero, y aquí un maravilloso
problema… Los modos, los ejemplos, las y los orantes pueden ser muy diversos,
pero Dios es siempre uno y el mismo. Y, si realmente hay un encuentro, de alguna o
de otra manera, algo Dios modela en la o el orante. Insisto que me refiero a lo
que es oración como algún modo de encuentro, y no – como hemos señalado, y se
presta a confusión – a otras experiencias, buenas seguramente, como
meditaciones, relajaciones, respiraciones, o demás. A encuentro con Dios, no a
un encuentro consigo mismo, me estoy refiriendo. Y a las consecuencias del
encuentro con Dios solemos llamarlas mística. Y las y los místicos tienen mucho
para decirnos y de los que mucho tenemos para aprender. A veces no tanto por
sus modos, que como está dicho, pueden no sernos de utilidad, sino por el (o
la) “Dios” con quien se han encontrado.
En nuestro modo de oración – y
es un tema interesante y complejo para la teología – también hay diferentes modos.
El más común, frecuente y popular es la petición. Con frecuencia se reza para pedir
por la salud, el “pan y el trabajo”, la paz del mundo, etc. A veces, a
consecuencia de este, también se experimenta la acción de gracias. Pero,
generalmente, para agradecer los frutos de aquello que antes hemos pedido. Sin
embargo, también es posible dar gracias por los dones inesperados o gratuitos
de Dios. La misa es, precisamente, una acción de gracias (eso significa
eucaristía en griego). Pero, la oración, también puede ser un simple y mero encuentro
(habitualmente en el que expresamos nuestro amor a Dios y nos experimentamos
amados por él).
A modo de primera síntesis
señalemos, entonces, que no todas las experiencias interiores deberían calificarse
de “oración”. Ciertamente no las estamos ni criticando ni cuestionando,
simplemente dudamos que de oración se trate. La oración existe cuando hay un
encuentro entre Dios y nosotros (el tema, de allí la confusión, es que, como a
Dios no lo vemos, radica en creer que se trata de encuentro con Dios cuando en
realidad se trata de otras cosas). Sin duda, para tener un cierto modo de confirmación
deberíamos mirar los frutos. Y no se trata de serenidad interior o paz (que son
buenas, ciertamente) sino, “en cristiano”, del amor. Y de amor a las y los
hermanos. Ese puede ser un buen test que nos asegure que, de alguno o de otro
modo nos hemos encontrado con el Dios Padre y Madre de Jesús.
Imagen tomada de https://www.religiondigital.org/imagenes_de_la_buena_noticia/Primera-eucaristia_7_2452924688.html
El desafío subversivo del Reino
«en una época de marcado machismo, la práctica de Jesús fue decisiva para significar la dignidad de la mujer y su valor indiscutible: Habló con ellas (cf. Jn 4, 27), las curó (cf. Mc 5, 25-34) las reivindicó en su dignidad (cf. Jn 8, 1-11), las eligió como primeras testigos de su resurrección (cf. Mt 28, 9-10) e incorporó mujeres a su grupo (cf. Lc 8, 1-3)» (Nº 470)
«en una época de marcado machismo, la práctica de Jesús fue decisiva para significar la dignidad de la mujer y su valor indiscutible: habló con ellas (cf. Jn 4, 27), tuvo singular misericordia con las pecadoras (cf. Lc 7,36-50; Jn 8,11), las curó (cf. Mc 5, 25-34), las reivindicó en su dignidad (cf. Jn 8, 1-11), las eligió como primeras testigos de su resurrección (cf. Mt 28, 9-10), e incorporó mujeres al grupo de personas que le eran más cercanas (cf. Lc 8, 1-3)» (Nº 451).
Ya no se trata de mujeres incorporadas al grupo de Jesús, sino “cercanas”. Que en el Evangelio no se use el término “discípula” es razonable, ya que éste no existía en su tiempo. Aunque Lucas lo "inventa" y utiliza en Hch 9,36, y el texto comentado destaca evidente y claramente que María es discípula de Jesús., Con lo que a la actitud contracultural de destacar el discipulado del reino por encima de valores sagrados como la hospitalidad, destaca también el discipulado femenino, lo cual ciertamente, no era posible en su tiempo.
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Eduardo
¿Será que está cerca el apocalipsis?
Eduardo de la Serna
En algunos momentos, especialmente cuando estos son críticos,
es frecuente escuchar que el apocalipsis está próximo. En estos momentos de
guerras, sequías e inundaciones, calores agobiantes y fríos gélidos, pandemias
y demás cosas terribles se ha dicho algo semejante. Y dejo de lado la ausencia
de preguntas por las responsabilidades humanas en guerras, cambio climático o
pandemias, y me quiero detener específicamente en el apocalipsis (que, además,
corre el riesgo de terminar responsabilizando a Dios por las cosas que nos
ocurren, lo cual ya sería muy extraño).
El término apocalipsis es un término griego que
significa “revelación”, por eso algunas traducciones bíblicas, al último libro
del Nuevo Testamento lo llaman de ese modo, lo cual es correcto, pero no asume todas
las riquezas que el término tiene. Sabemos que el mundo del Nuevo Testamento se
expresa en griego, y entonces términos como bautismo, eucaristía, cristo, iglesia,
evangelio y muchos otros son todos términos griegos. Y traducirlos, aunque sea
correcto, le quitaría un poco de su novedad. Pero volvamos al apocalipsis.
En los últimos tiempos del Antiguo Testamento la
situación que vivían los judíos era muy dura: había persecuciones, había
martirios, había traiciones o apostasías… ¿Y Dios? ¿Dios no habla?, solían
preguntarse. Muchos escritos (la mayoría no están entre los libros bíblicos, pero,
aunque no los reconozcamos como inspirados por Dios son de gran ayuda para
conocer el tiempo y los modos de expresarse de su época) se plantean que todo esto es un
misterio, algo que por ahora Dios tiene escondido, pero del que, en un futuro, Él
nos “revelará” su sentido. Pero, para sostener en el presente crítico la
resistencia y la esperanza de su pueblo, Dios presenta un anticipo del sentido ("revelación") a un
personaje privilegiado de la historia (obviamente de un modo ficticio, porque
ese personaje ya ha muerto hace tiempo, el sentido es simbólico). Estos escritos son los apocalipsis.
Los muchos apocalipsis que conocemos tienen un
estilo característico de escribir. El punto de partida es que un enviado de
Dios (generalmente un ángel) interpreta a ese personaje importante de la historia
(Henoc, Daniel, Baruc… Juan) las cosas que están ocurriendo, pero lo hace en un lenguaje
figurado (seguramente para que no sea comprendido por los opresores y perseguidores). Y lo hace
usando un lenguaje que es simbólico en los números, los colores, los animales…
El libro que conocemos como “Apocalipsis” intenta sostener la esperanza y la resistencia de las comunidades de Asia Menor (hoy Turquía) que están siendo hostigadas por los romanos (por partes de las autoridades hay obligación de reconocer al Emperador como un dios; hay prohibición de comprar o vender a quienes no lo hacen, y, a veces, hay martirios). El contraste entre una “bestia” (Roma) y un “cordero” (Cristo) resulta evidente, el “rojo” (la sangre martirial) y el “blanco” (la resurrección), entre una ciudad y prostituta (Roma) y otra ciudad y novia (Jerusalén), una que viene de abajo, del mar (lugar de los demonios, de donde proviene la armada romana) y otra que viene de arriba (Jerusalén del cielo, la Iglesia), una que persigue y mata durante 10 años y otra que vencerá 1000… Lo que se está “revelando”, entonces, a las comunidades, es que el representante del dragón (el diablo), que es la “bestia” (Roma), matará a los cristianos por un breve tiempo; suele hablarse de 1260 días, o de 42 meses, o de 3 años y medio, - todo es lo mismo – que es el tiempo que dura la persecución, es decir la mitad de 7, que es el número de la plenitud, número del triunfo definitivo del cordero, de la Jerusalén celestial. La “revelación” (apocalipsis), entonces, no es algo terrible que vendrá, sino algo terrible que está ocurriendo cuando se escribe el libro, y ante lo que se anuncia a los lectores de aquel tiempo que Dios acompaña la vida de su pueblo y no se desentiende de ella y que eso es algo que pronto cambiará.
El apocalipsis, entonces, no escribe sobre cosas que
van a ocurrir, sino que “revela” el sentido de las cosas que ya están
ocurriendo cuando se escribe el libro. Y no son "cosas que pasan” sino que hay un
pueblo enemigo (los griegos primero, los romanos después) que persigue al
pueblo de Dios y, ante esa crisis (¿Dónde está Dios?), alguien escribe de su parte
invitando a resistir con aguante (ambas palabras son frecuentes en estos
libros), a confiar que de parte de Dios viene la vida y el jinete del caballo
blanco (la resurrección) triunfará sobre aquellos que montan los caballos negro,
verdoso y rojo (de la injusticia social, el agotamiento y la muerte violenta; 6,2-8;
19,11). En esta nueva era por venir ya no habrá mar, ni templo, ni noche ni
maldición (21,1.22.23.25; 22,3). El Apocalipsis, entonces, no es algo terrible
que vendrá sino que, en tiempos de persecución y martirio, es un anuncio de la
vida que se avecina. Y por eso, el Espíritu y la Iglesia, novia, dicen ¡Ven! (22,17).
Imagen tomada de https://elitediario.com/las-terribles-profecias-del-apocalipsis/
“Vete a practicar la compasión para que vivas”
1. Pregunta del doctor de la ley | v.25 | v.29 |
2. Contra-pregunta de Jesús | v.26 | vv.30-36 -parábola- |
3. Respuesta del doctor de la ley | v.27 | v.37a |
4. Mandato de Jesús | v.28 | v.37b |