sábado, 22 de enero de 2022

Una muerte traumática y dramática, la de Jesús

 Una muerte traumática y dramática, la de Jesús

Eduardo de la Serna


La muerte de Jesús siempre fue un tema digno de profundizar. Maestros espirituales, teólogos, artistas, biblistas lo han hecho y hacen. Y, en frecuentes ocasiones, con buen provecho para quienes somos espectadores, o lectores (aunque debemos reconocer que hay lecturas, pinturas o canciones que deforman absolutamente un acontecimiento tan profundo que no lo merecería).

No pretendo aquí hacer un nuevo aporte a un tema tan importante, sino una breve síntesis. Que quizás en eso sí sea aporte.

Ya Ignacio Ellacuría distinguía “¿por qué muere?” de “¿por qué lo matan?” Veamos: una cosa es la actitud de Jesús (y de Dios) que lo conduce a la muerte violenta (y no deseada; pensar que Dios “quiere” que su hijo sea cruelmente torturado y asesinado me resulta atroz. Nada menos parecido a un “buen padre”), y otra es la razón que motiva a los violentos a su ejecución. Y, todavía, es muy importante, pensar qué conclusiones extrajeron de la muerte y sus consecuencias, los seguidores de Jesús. La idea de que "la muerte" de Jesús nos salva es bastante discutible, y merecería una reflexión en otro momento.

Nadie diría hoy que “a Jesús lo mataron por decir que era hijo de Dios” como se escuchó en un tiempo. Esa imagen marcaba un quiebre entre el Jesús “que anduvo en la mar”, predicador de parábolas, sanador de multitudes y, ¡de pronto, en Jerusalén!, las autoridades (religiosas y políticas) deciden sorpresiva e inexplicablemente su ejecución. Casi como que no hay unidad entre uno y otro momento, entre “el que anduvo en la mar” y “el Jesús del madero”. Es evidente que a Jesús lo mataron por lo que decía y hacía, especialmente en Galilea, y que en Jerusalén “la copa se llenó hasta el borde”. Jesús quiere mostrar a un Dios que reina (de ahí las parábolas), y lo hace en la plenitud de vida (de ahí las curaciones), reintegrando socialmente a los quebrados (de ahí los “exorcismos”), confrontando con los que ponen trabas a la plena integración de todos, porque ha “venido para reunir” (de ahí los conflictos, de allí la elección de Doce). Este discipulado de iguales resulta intolerable para quienes no pretenden serlo. No es seguro que la pena de muerte le estuviera vedada al Sanedrín, pero resulta muy probable (por el contexto y los textos) que Jesús parecía gozar de un cierto apoyo popular; de allí que un grupo, seguramente pequeño, de autoridades judías pidan la participación del gobernador-procurador Pilato. Ante la amenaza de muerte, Jesús tiene la alternativa de huir (algunas veces lo ha hecho) o de enfrentar la situación, plenamente confiado en Dios (no en que Dios intervendrá para liberarlo, sino que Dios “no estará lejos”). La muerte está decidida; y Jesús exclama que a pesar de todo “tú eres mi Dios”; esas pueden ser las palabras arameas del crucificado que permitieron la confusión con el llamado a Elías (Eli-attá confundido con Elia-tá).

Queda aparte – y no lo reflexionaremos aquí – la centralidad de la resurrección. Sólo digamos que no se trata de una suerte de “final feliz” sino de una palabra de Dios. El que había callado en la cruz dice su palabra definitiva que no es sino amor y vida. Y vida definitiva. Y vida divina.

Pero la cruz es ciertamente escandalosa (1 Cor 1,23). No solamente porque no se trata de cualquier muerte, sino de “¡y muerte de cruz!” (Fil 2,8). Y los primeros cristianos intentaron llenar de sentido esta muerte, de comprenderla y sacar conclusiones.

Los primeros seguidores de Jesús, antes de Pablo, dirán que fue una muerte “por nuestros pecados” (1 Cor 15,3). Como era de esperan encontraron en las Escrituras una razón; en este caso se trató del cuarto Canto del Siervo de YHWH: “por” significa “en favor de” (no es, por supuesto, por culpa de nuestros pecados; cf. Is 53,5); la muerte de Jesús, muerte vicaria, nos libera de todo lo que nos separa de Dios, nos abre el camino definitivo del encuentro.

Pablo, que no separa la muerte de la resurrección, sino que las comprende como un mismo “momento”, o "dos caras de una misma moneda" y entiende que la humanidad está oprimida por el poder del pecado, el poder de la muerte (y el poder de la ley) afirma que, paradojalmente, en su muerte Jesús quiebra definitivamente el poder de la muerte. La imagen que Pablo tiene es la del dormido que despierta (despertar y resucitar se dicen con la misma palabra griega, egeírô), del que vela (como repite en sus primeras cartas: 1 Tes 5,6.10 y 1 Cor 16,13).

En el Evangelio de Marcos, que tiene una cierta nota de “secretismo” (pero no para ser revelado a un pequeño grupo de perfectos sino explicado a los de dentro de la casa, a su nueva familia) la muerte de Jesús forma parte del escándalo que sólo sus seguidores podrán comprender. Marcos no teme ser chocante y provocador. Jesús es abandonado de todos, ¡hasta de Dios!, e incluso, el anuncio de la resurrección no es proclamado por las testigas en la tumba vacía, “porque tenían miedo” (16,8). La Transfiguración, que es una suerte de anticipo de la resurrección, invita a escuchar al Hijo (9,7; es decir, ya no a Elías y Moisés). La resurrección es la que explica el sentido del escándalo, pero esta no es comunicada… Sólo unos pocos lo reconocerán, los de “dentro” (4,11).

En Mateo, la muerte de Jesús es indicio de la llegada de los tiempos escatológicos (por eso el “sismo”, 27,54; 28,2; cf. 8,24), por lo que Jesús resucitado “no se va” (como ocurre en Lucas) sino que permanece “hasta el fin del mundo” (28,20) en su comunidad, la Iglesia (el término “Iglesia” sólo se encuentra en Mateo en los evangelios) porque es “Dios con nosotros” (1,23).

En Lucas, donde Jesús con frecuencia es presentado como profeta (ya desde el texto programático él se compara con Elías y Eliseo, 4,24-27; cf. 7,16.39; 13,33.34; 22,64; 24,19), Jesús sufre la muerte de un profeta (6,23; 11,47, “¿a qué profeta no persiguieron sus padres?”, Hch 7,52). Del mismo modo la Iglesia, en Hechos de los Apóstoles, que debe proseguir en el nuevo tiempo la obra de Jesús, también ha de ser profética, y afrontar las consecuencias (la pasión de Jesús y de los primeros cristianos están claramente puestas en paralelo en esta obra).

En Juan, la pascua es “paso” (es interesante que las demás pascuas en Juan son “la fiesta de los judíos”, la última, en cambio, es “paso de este mundo al Padre”, 13,1), de las tinieblas a la luz, un nuevo nacimiento, “de lo alto” (3,3), como el nacimiento del grano de trigo (12,24). En la cruz se integran todos los momentos de vida plena: “muerte-resurrección-donación del espíritu”: y Jesús, “inclinando la cabeza entregó el espíritu”, 19,30. Este paso se da en el acto de creer (3,18; 5,24), es un paso de la vida “mundana” (psyjê) a la vida divina (zôê).

En el Apocalipsis hay una integración entre Jesús “el testigo (mártys) el creíble / confiable (pistôs)” (1,5) y el primer “mártir”, Antipas (“mi” testigo, “mi” confiable; 2,13), del mismo modo que lo hay entre dos “testigos” (mártys, 11,3), los que durante el tiempo que dure la persecución (1.260 días = 42 meses = 3 años y medio [la mitad de siete, el número “perfecto”], cf. vv.2.3.9), la Bestia (= Roma) los matará “allí donde también su Señor fue crucificado” (11,8).

Destruida Jerusalén y el Templo, los cristianos venidos del judaísmo (en Roma) añoraban los cultos maravillosos que allí había. El autor de Hebreos, entonces, pretende mostrar, con una lectura espiritual (alegórica) que todo ha sido ya asumido por Cristo de una vez para siempre: Jesús es el “nuevo” y único sacerdote (por la resurrección) en la que entra al verdadero santuario (el cielo, no uno “hecho por manos”, como también lo eran los ídolos; 9,11.24). Su muerte, entonces, es vista alegóricamente, como un sacrificio que llega a Dios dando el perdón definitivo, de modo que ya no hacen falta nuevos sacerdotes, ni nuevos sacrificios (9,23.26; 10,12).

Como puede verse, el hecho traumático y dramático del asesinato de Jesús fue interpretado de diversas maneras por los diversos escritores para sus diversas comunidades. Todas estas interpretaciones dicen algo, pero deben ser leídas y comprendidas en su texto y contexto, autores y destinatarios/as. Por ejemplo, leer una interpretación teológica, como es el caso de la lectura espiritual como “sacrificio”, y aplicarla al hecho histórico (y hablar de la cruz como un sacrificio de Jesús) es distorsionar tanto los hechos como sus interpretaciones. Y empobrece toda lectura, desde los hechos históricos como también las diversas lecturas e interpretaciones que permiten diferentes comprensiones enriqueciéndolas.


Foto tomada de http://www.reflexionyliberacion.cl/ryl/2018/03/29/tiene-sentido-la-muerte-de-jesus/

 

No hay comentarios.:

Publicar un comentario

Cualquiera puede comentar y no será eliminado, aunque no este de acuerdo con lo dicho, siempre que sea respetuoso (caso contrario, será borrado). Pero habitualmente no responderé los comentarios, ni unos ni otros, para no transformar este blog en un foro. De todos modos, podrán expresar su opinión.