martes, 10 de agosto de 2021

Asunción de María al encuentro con su Hijo

 Encontrándose con su Hijo, la Madre nos marca el camino

Fiesta de la Asunción de María al encuentro con su Hijo

15 de agosto



La liturgia de la fiesta de la Ascensión de la Virgen María hasta Dios no es algo que se encuentre en la Biblia. Por eso, predicadores/as, animadoras/es de comunidades, catequistas, etc. podrán tomar de los textos algunos elementos para después dar un paso más en orden a la fiesta que se celebra: que la Madre de Jesús “ya está”, participa plenamente de la vida plena con su Hijo y la “comunión de los santos”. Solo señalaremos, por eso mismo, los elementos bíblicos que permitan profundizar el sentido de la liturgia.

 

Lectura del libro del Apocalipsis 11,19; 12,1.3-6.a. 10ab.

Resumen: la visión de una mujer en el Apocalipsis fue en ocasiones pensada en clave mariana, aunque esta mujer representa, en realidad, al pueblo de Dios que da a luz al Mesías y es perseguida por el imperio romano.

El libro del Apocalipsis presenta una serie de visiones (7 visiones). Una de ellas presenta una mujer embarazada que se enfrenta con un dragón rojo. Esta mujer dará a luz al Mesías, por lo que imaginar que se trata de María ha sido una lectura frecuente. Pero el texto continúa, y “muerto y resucitado” (elevado hasta Dios y su trono) y la mujer sigue. Es llevada al desierto donde será alimentada 1260 días (42 meses, 3 años y medio). Aunque la imagen permita pensar en la madre de Jesús, todo indica que esta mujer se refiere al pueblo de la alianza. Es este pueblo (al que con frecuencia los profetas, por ejemplo, imaginan como una mujer). Ese mismo pueblo, que ha dado al Mesías, ahora se encuentra en una situación de conflicto y persecución (la mitad de siete [3 y medio y sus variantes] suele ser usada como signo de persecución). El imperio romano continúa persiguiendo a la Iglesia, el pueblo de Dios, pero su Dios lo “alimenta”, y lo cuida como ya había hecho en el desierto.


Lectura de la primera carta de san Pablo a los cristianos de Corinto     15, 20-26. 28
 
Resumen: La resurrección de Cristo da comienzo a una novedad que llegará a su fin en el momento en que todos resuciten. Las autoridades han matado a Jesús, y esas fuerzas del mal han de ser vencidas preparándose así el triunfo definitivo sobre la muerte en la resurrección. Así Dios recibirá el reino de manos de su hijo.

Pablo dedica un extenso capítulo a hablar sobre la resurrección. El motivo está causado porque algunos de la comunidad niegan la resurrección de los cuerpos. Luego de haber presentado testigos de la resurrección de Cristo, va a destacar – y a esta sub-unidad pertenece el texto litúrgico del día – la relación entre la resurrección de Cristo y la de sus seguidores (vv.12-34).

Como fariseo que es, Pablo cree que en “el día del Señor” comenzarán las resurrecciones (Dn 12,2), y, como seguidor de Jesús, cree que ese “día” ha comenzado con la Pascua. La resurrección de Cristo no es aislada, sino “primicia” de las demás (vv.20.23. Por eso, para él, negar “las” resurrecciones” implica negar “la” resurrección primera.

El tema comienza con una afirmación tajante que contrasta con las suposiciones (“si no hubiera…”, vv.12.29): “¡pero no! ¡Cristo resucitó!” La referencia a las primicias aquí es temporal y es metáfora que refiere a la precedencia, como la prenda de herencia (cf. 2 Cor 1,22; 5,5), o el “primogénito” (cf. Rom 8,29). La referencia a los frutos prepara el tema del “cuerpo” nuevo que desarrollará en vv.35-49.

Adán fue “primicias” de la humanidad.

Porque por un hombre la muerte

         y por un hombre la resurrección de los muertos (v.21)

Porque como en Adán todos mueren

                           Así  en Cristo todos revivirán (v.22)

Cuando ocurra la “venida” llegará “el fin”. Esto ocurrirá cuando Jesús entregue a Dios el Reino. Sin duda este versículo es decisivo en la incorporación del texto en la liturgia del día. En Pablo el “reino” es algo presente, pero también futuro, que se heredará. El verbo “reinar” también se encuentra pocas veces (x9, pero en muy pocos versículos). Esta doble dimensión presente y futura (propia también de la referencia al reino del Jesús histórico) puede entenderse también como “la vida en el espíritu” que en Pablo es presente, pero con una profunda carga escatológica.

El esquema de esta parte parece concéntrico:

A.- después de destruir todo principado, poder y dominio (v.24)

B.- reinar... enemigos bajo sus pies (v.25)

C.- El último enemigo: la muerte (v.26)

B’.- Todas las cosas… bajo sus pies (v.27)

A’.- después de someter todas las cosas (v.28)

La resurrección de Cristo da comienzo a una nueva era que culminará con la resurrección de todos. En este caso se habrá vencido el último enemigo para el reino: la muerte (v.26).

El contexto es real ya que no sólo encontramos la referencia al reino/reinar sino que la cita de los dos salmos 8 y 110, habitualmente cristológicos en el NT aluden al dominio (“bajo los pies”) con elementos propios (“enemigos” el Sal 110, “sometimiento” el Sal 8). El Salmo 8 puede entenderse como una relectura del relato de la creación, lo cierto es que la referencia a Jesús como Adán (nuevo / último) permite mostrar el reinado sobre la (nueva) humanidad. El Sal 110 alude al rey davídico reforzando el reinado con lo que se destaca que Jesús realiza y plenifica la voluntad de Dios para la humanidad.

El reinado de Cristo debe enfrentar a los enemigos: príncipes (arjê), poderes (exousía) y dominios (dynamis). Los dos primeros vuelven a encontrarse en Lucas 12,11; 20,20 aludiendo a las autoridades públicas (cf. Tit 3,1). La exousía y dynamis también se encuentran en Lucas (4,36; 9,1; 10,19) para referir al poder sobre los espíritus inmundos o demonios. No es evidente que se refiera, entonces, como sí lo parece en los escritos deuteropaulinos a figuras espirituales. Es posible que se aluda a los poderes contemporáneos (ver 1 Cor 2,6.8) que se dejan conducir (= reinar) por su rechazo al reinado de Dios. El contexto anti-imperial no debe excluirse.

 

+ Evangelio según san Lucas 1,39-56

 

Resumen: la liturgia celebra el encuentro de dos mujeres, ambas gestando, ambas representando, a su vez a los hijos que vendrán: Juan y Jesús. Y este encuentro se canta litúrgicamente como signo evidente del compromiso de Dios con la historia humana.

Comenzando con “María se fue” y terminando con “María volvió” el relato se enmarca narrativamente. Hacia el final, encontramos como añadido, un himno que está entretejido de citas del AT. Dentro de la parte narrativa, encontramos otra idea que se repite “saltó de alegría en mi seno” (vv. 41 y 44) dejando en el medio una doble bendición: “Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu seno”. María es bendecida como mujer y madre; y también es bendecido el hijo por venir al que se confiesa como “Señor”.

 

El relato precedente nos había presentado a las dos mujeres. La mayor, anciana y estéril, presentada con los modos clásicos del AT, con un marido sacerdotal, y un hijo profeta, nos recuerda un pueblo, el pueblo de la Antigua Alianza. La mejor, joven y todavía virgen, acreedora de la primera bienaventuranza del Evangelio: “feliz la que ha creído” y que será reconocida por “todas las generaciones”. Más adelante Lucas nos dirá que María -como también los discípulos- “son los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen” (8,21); más dichosa que por ser madre biológica, es bienaventurada por escuchar la palabra de Dios y guardarla (11,27-28) ya que ella pidió que se “haga en mí según tu palabra” (1,38).

 

Isabel aparece, lo mismo que su hijo desde su seno, como quienes muestran el camino nuevo que empieza en esta humilde muchacha de pueblo, María, y en el fruto que lleva en su seno, al que desde ya reconocen su superioridad.

 

La visitación, entonces, es un encuentro entre el AT y el NT, entre lo que prepara el camino, y el camino en sí, entre el mensajero de Buenas Noticias, y la misma buena Noticia.

 

El himno, conocido como Magnificat, pone en boca de María el canto de los pobres de Yahvéh. Es el canto de la confianza en la intervención de Dios en la historia que pretende ser manejada por los poderosos. Dios tiene todavía una palabra que decir en la que mira la humildad de María, y obra en ella las maravillas que acompañan la historia de su pueblo. Esa intervención de Dios se caracteriza por una inversión de los valores que se consideran importantes, algo que después será característico del Reino de Dios: la situación de los pobres y de los ricos se invertirá, lo que es coherente con la bienaventuranza (6,20.24). Así, Dios mirará atentamente la situación de su pueblo, que parece abandonado por la opresión de los poderosos. Esta intervención decisiva de Dios, que comienza en Jesús, es motivo de alegría. Así el AT y el NT se encuentran en la intervención decisiva de Dios que mira y cuida las víctimas de la historia y se hace cargo de ellos. Y María, del lado de los pobres de Yahvé canta feliz, mostrando una religiosidad que en nada es alienante (Pablo VI), el gozo de un Dios que queda del lado de las víctimas.

 

La visita de María a Isabel es un encuentro de alegría, un encuentro de solidaridad y un encuentro de la vida compartida.

 

Isabel y María se encuentran; una anciana y una joven, una estéril y una virgen, ambas gestando, llenas de Espíritu Santo, radiantes de gozo. Una mujer, signo de los tiempos antiguos, bendecida por Dios recibe una visita inesperada que la llena de felicidad. Aunque su felicidad no le impide proclamar una mayor, la de aquella que “ha creído”.

 

María, que recibe la primera “bienaventuranza”, no será feliz por ser madre de Jesús, sino por su fidelidad, por su fe, por poner en práctica las palabras de Dios. Eso lo canta, como pobre de Yahvé, en un himno que entreteje referencias del Antiguo Testamento. Pobre que se alegra por la intervención de Dios en la historia que -en este caso- la incluye; intervención que no sólo se manifiesta en la joven virgen, sino también en su acción en favor de los pobres y alegrándose por la parcialidad de Dios en su favor. Así, el Antiguo Testamento, representado por Isabel y los textos citados, y el Nuevo Testamento, representado por María y el reconocimiento de que Dios “ya” ha intervenido, se unen y festejan. La Visitación es encuentro, encuentro de las promesas de Dios realizadas en la historia.

 

La Visitación es, también, anticipo de otro encuentro: el de Juan y Jesús. El precursor lo reconoce y salta de alegría, el “Señor” es garantía que Dios no se ha olvidado de nuestra historia, y sigue fiel a su compromiso. El mismo que canta María y que anuncia Isabel. Es fiesta de un Dios que sale al encuentro de la humanidad, que se acerca a sus dolores, que se compromete con las víctimas de la historia, quedando desde el primer momento de su lado. Hoy, toda la historia de la salvación nos sale al encuentro y nos recuerda, una vez más, de qué lado está Dios en nuestro presente.

 

Imagen tomada de http://delamanodemaria.com/?p=9268

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