viernes, 15 de mayo de 2026

Una reflexión bíblica, teológica e histórica de la adoración eucarística

Una reflexión bíblica, teológica e histórica de la adoración eucarística

Eduardo de la Serna



Ante la próxima fiesta del cuerpo y la sangre de Cristo, yo quisiera compartir una reflexión que me parece muy importante en este tiempo. 


Es evidente que la celebración de la cena de Jesús fue importante desde los orígenes. Mucho antes de los evangelios ya San Pablo, en la primera carta a los Corintios, lo destacaba. Cada evangelio, por cierto, tiene su propia riqueza y, por lo tanto, sus propios aportes sobre el tema. No es este, además, el momento de preguntar quiénes participaron en aquella última cena, pero no es nada improbable que además de los 12 hubiera también algunas mujeres compartiéndola. Es evidente que, en aquella cena, quizás pascual, Jesús interpreta su muerte inminente en clave de aquella comida que comparte, su cuerpo partido, su sangre derramada... 


Sabemos también que, en los primeros siglos, las comunidades celebraban esa comida como un encuentro de hermanos y hermanas, celebrándola el domingo. De todos modos, pareciera que esta se celebraba en dos momentos, por la mañana y finalmente por la noche, para la gente que debía ir a trabajar. 


Con el tiempo empezó a plantearse el problema de qué hacer con quienes no habían podido participar, sea por estar presos o por estar enfermos y, entonces, se planteó teológicamente que Jesús seguía presente en ese pan que ahora se llevaría a los ausentes. 


Se sabe, fácilmente con mirar un poco la historia de los primeros siglos, que los ministros ordenados, quizás también mujeres, celebraban ocasionalmente la eucaristía; algunos, incluso, muy pocas veces en el año. 


Tiempo después, especialmente cuando acabó el tiempo de las persecuciones y los martirios, el modelo empezó a trasladarse a los monjes; en este caso empezó a celebrarse diariamente la eucaristía, empezó a proponerse como modelo el varón célibe, pero, en muchos casos, también con un planteo individual (hay que recordar que monje, monos, monasterio viene de unidad y no de comunidad). 


Especialmente a partir del 1200 empezaron a añadirse elementos como la elevación de la hostia y el cáliz para su adoración, la reserva del Jueves Santo y, en 1214 el Papa Urbano IV y finalmente el Concilio de Viena (1314) establecen la fiesta del “Corpus Christi”. En el s. XIII comienza a celebrarse en el marco de una procesión y un siglo después se comenzaron las bendiciones con el Santísimo y ponerse de rodillas ante el sacramento. Mucho más tardíamente empezó a destacarse la celebración de una adoración al santísimo sacramento, particularmente a partir de los conflictos eucarísticos con las comunidades protestantes. Pio XII concederá indulgencias ante quien lo adorare y repitiera “¡Señor mío y Dios mío!” (notar lo "mío" y no "nuestro").


Aquí viene lo que yo quisiera plantear hoy. 


Creo, personalmente, que es sumamente grave, en nuestro tiempo contemporáneo, el individualismo; individualismo del cual la iglesia no está exenta ("¡Señor mío y Dios mío!"). No solamente son numerosísimas las canciones en primera persona: "me has mirado a los ojos", "el espíritu se mueve en mí", "ven a mi vida", etcétera, sino que también ese individualismo campea en todos los ambientes sociales, políticos, económicos, etcétera y, si hay algo que la iglesia no puede, por definición, es ser individualista; primero porque iglesia quiere decir comunidad, asamblea, segundo porque lo que nos identifica es el amor, que evidentemente implica terceros y, en particular, porque la eucaristía es la comida de un pueblo, es una mesa compartida. Acá es donde creo que la adoración eucarística debería repensarse muy seriamente para evitar que se transforme, y a veces incluso idolátricamente, en algo personal entre Dios y yo donde el pueblo y la mesa compartida están ausentes, ya que si la eucaristía se plantea de ese modo se ha deformado de raíz su sentido bíblico, teológico e histórico. La adoración eucarística puede ser algo sumamente importante siempre y cuando no se pierda de raíz y de todas las formas posibles la mirada comunitaria de un pueblo que es alimentado por Jesús que se nos da y nos invita a vivir como él lo hizo; caso contrario estamos a las puertas de aquel dicho del gran biblista alemán de la primera mitad del siglo pasado: “no hay ni una sola verdad de fe que no pueda ser manipulada idolátricamente” (G. von Rad).


Imagen tomada de depositphotos.com/es/photos/compartiendo-el-pan.html

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