Los “hijos de Dios” y las “hijas de los humanos”
En los primeros capítulos del
libro del Génesis los relatos van presentando la gestación de los diferentes
momentos, pueblos, lenguas, oficios, culturas… Y entre ellos encontramos un
texto muy extraño.
En el capítulo 6 tenemos un
relato donde se habla de las “hijas de los seres humanos” y la atracción que ellas ejercen sobre los “hijos
de Dios”. El texto es un poco confuso así que lo
transcribimos íntegramente para una mejor comprensión:
“Sucedió que, cuando empezó
el ser humano a multiplicarse sobre la faz del suelo, les nacieron hijas. Y
vieron los hijos de Dios a las hijas de los seres humanos: he aquí que eran
bellas, y tomaron para sí esposas de entre todas las que quisieron elegir. Dijo
entonces Yahvé: ‘No permanecerá mi espíritu en el ser humano para siempre, ya
que de verdad es carne; sus días serán en 120 años. Los gigantes existían en
aquellos días y también después de cuando entraban los hijos de Dios a las
hijas de los seres humanos, las que daban a luz. Ellos son los héroes que
existían desde antiguo, varones de renombre” (Gen 6,1-4)
Desde los orígenes se nota en la creación la
“desmesura” de mezclar lo divino y lo humano (Adán y Eva pretenden “ser como Dios”,
ver Gen 3,5) algo que, en el mundo bíblico, es intolerable. En muchas culturas,
en cambio (como por ejemplo en el mundo griego) era habitual que los dioses
descendieran para relacionarse con mujeres de las que nacían “semidioses”.
Nuestro texto, entonces, toma en cuenta esas tradiciones, pero destaca que en
120 años (con el diluvio, que es la escena que sigue) eso desaparecerá para
siempre. El pecado de la desmesura debe ser eliminado y ya no se hablará más de
esta integración entre lo divino y lo humano.
Eso no quita que en la humanidad existan
personas “grandes” (por su estatura o por sus “grandes” obras que les dan
renombre). Por ejemplo, en muchas culturas se hace referencia a otros
pueblos a los que se tiene por pigmeos o por gigantes lo cual es,
evidentemente, una noción comparativa (se trata de personas mucho más altas o
más bajas que “nosotros”). En la Biblia, por ejemplo, se habla de los “hijos de
Anac” como un pueblo de gigantes (Núm 13,33; Dt 9,2).
El texto, entonces, toma una
vieja leyenda de los “hijos de Dios” en una actitud desmesurada que, por un
límite que Dios mismo pone, es algo que ya no volverá a ocurrir, a partir del
diluvio. Además, como es habitual en los textos patriarcales, parece que
siempre “la culpa” es de las mujeres…
Sin embargo, este texto, mucho
más tarde (en tiempos del Nuevo Testamento) empezó a ser leído en otra clave:
esos “hijos de Dios” eran ángeles que “cayeron” (en hebreo, el verbo “caer” es
de la misma raíz de “gigante”) de donde nacerá la tradición de los “ángeles
caídos” que da origen a la existencia de los demonios.
Las vieron
(a las hijas de los humanos, bellas y hermosas) los ángeles, los hijos de los
cielos, las desearon y se dijeron: - Vamos, escojamos de entre los humanos y
engendremos hijos (…) y tomaron mujeres: cada uno se escogió las suya y
comenzaron a convivir y a unirse con ellas (…) quedaron encintas y engendraron
enormes gigantes de 3.000 codos de talla cada uno (del llamado 1º libro de
Henoc).
Y en el Nuevo Testamento, en la carta de Judas, se dice claramente:
A los ángeles que no conservaron su
rango y abandonaron su morada los tiene guardados en tinieblas, con cadenas
perpetuas, para el juicio del gran día (Jud 6).
Es interesante como un texto, que
en sus orígenes intentaba combatir la desmesura religiosa buscando poner a Dios
en el lugar que le pertenece y a los humanos en el suyo, sirvió, con el paso
del tiempo, para interpretar los orígenes del mal en la historia y dando
“origen” a los demonios, de los que – por cierto – el texto primitivo no
hablaba.
Imagen tomada de https://www.milenio.com/internacional/meteorito-cae-casa-eu-geologo-roca-mas-vieja-tierra
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