jueves, 17 de septiembre de 2026

“Mi reino no es de este mundo”

“Mi reino no es de este mundo”

Eduardo de la Serna


Uno de los textos bíblicos utilizados con más frecuencia para decir que Jesús “no se mete en política”, que está dedicado “a las cosas de Dios”, que no se debe mezclar “la fe y las cosas mundanas” se encuentra en el Evangelio de Juan en el diálogo de Jesús con Poncio Pilato. Curiosamente, muchos de los que dicen semejantes cosas, luego “se meten en política” al grito de “¡viva Cristo Rey!”. Pero, ¡veamos!

Para empezar, como se ha dicho frecuentemente, y es evidente y razonable, no se debe citar un dicho aislado y descontextualizado, por lo que es bueno mirarlo en su integridad.

El relato, un tanto extenso, muestra a Pilato “saliendo” del Pretorio hacia donde están los judíos y “entrando” donde está Jesús para su interrogatorio. Los judíos no quieren entrar al edificio para no contaminarse entrando en territorio pagano ya que esa noche esperan celebrar la Pascua (18,28). La acusación contra Jesús es que se trata de un “malhechor”, alguien que obra el mal (18,30). Ante esa acusación no se comprende la pregunta de Pilato a Jesús al “entrar”: “¿eres el rey de los judíos?” (19,33). Él Señor, que enfrenta la situación con notable dignidad, le pregunta si eso lo afirma él o si lo dicen otros (19,34). “¿Qué has hecho?”, repregunta Pilato indicando que fue entregado por las autoridades judías. Es en este contexto que Jesús pronuncia el conocido dicho:

Respondió Jesús: - Mi Reino no es de este mundo; si mi Reino fuera de este mundo, mis servidores pelearían para que yo no fuera entregado a los judíos; pero mi Reino no es de aquí (18,36).

Pero el diálogo continúa todavía y Pilato vuelve a preguntarle si es rey. A esto, Jesús responde enigmáticamente:

Respondió Jesús: - Tú dices que yo soy rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad. Todo aquel que es de la verdad, escucha mi voz (18,37).

Y. antes de salir nuevamente donde los judíos, Pilato pregunta “¿Qué es la verdad?”, y se va sin esperar respuesta.

Con esto tenemos ya algunos elementos para mirar atentamente el texto.

La acusación de malhechor ligada a la pregunta sobre si Jesús es rey parece ubicar el juicio en un contexto de conflicto. Los malhechores, o los “salteadores”, como Barrabás (18,40) eran – en tiempos del Evangelio de Juan – grupos de sicarios violentos claramente anti romanos. La pregunta sobre si es rey implica si Jesús pretende tomar el poder. Por eso, a la reiteración de la misma, Jesús le dice “tú dices que soy rey”, es decir, “eso no es algo que yo diga; eres tú quien lo dice”. Y al señalar el reino “de este mundo” destaca que, de serlo, sus sirvientes combatirían. Obviamente Pilato no puede comprenderlo. Porque “se mueve con otras categorías”. Por eso, cuando Jesús afirma que su misión es ser testigo de la verdad, que los de “la verdad” escuchan su voz, Pilato no entiende. No es de la verdad y por eso pregunta de qué se trata, y, precisamente por no serlo, no espera respuesta, no la comprendería.

La “verdad”, en el Evangelio de Juan también es una terminología muy densa. La verdad se vive, se obra (3,21), Jesús es “el camino, la verdad y la vida” (14,6), Dios debe ser adorado en “espíritu y en verdad” (4,23.24) porque el diablo es “padre de la mentira” (8,44). Jesús es la luz verdadera (1,9), el pan verdadero (6,32), la vid verdadera (15,1) … es el verdadero profeta (6,14) y es verdaderamente el Salvador del mundo (4,42). La verdad, entonces, es la fidelidad, la lealtad a las cosas de Dios (algo que, por cierto, Pilato no es). Por eso la verdad-fidelidad nos hace libres, es decir, ¡hijos!, no esclavos.

El “mundo”, entonces, en Juan tiene cierta ambigüedad: Dios lo ama y le entrega a su hijo (3,16) que quita “el pecado del mundo” (1,29), es enviado al mundo (10,36) para que el mundo se salve (3,17; 12,47). El mundo espera a Jesús como profeta (6,14) y como “el Cristo, el Hijo de Dios” (11,27) que ha de venir al mundo, es la luz del mundo (8,12; 9,5; 12,46). Pero “el mundo” es también el ambiente adverso a Jesús, que no lo ha recibido (1,10), con obras adversas a Dios que Jesús pone de manifiesto (7,7). No puede recibir al espíritu de la verdad (14,7) y no puede ver a Jesús, cosa que sí hacen sus amigos (14,19). La paz del mundo, la Pax Romana, es la de la opresión y la injusticia (14,27), gobernado por el “príncipe de este mundo” (14,30). Por eso odia a Jesús y a los suyos (15,18) “que estaban en el mundo” (13,1). Están en el mundo, pero no pertenecen a “este” mundo (17,13-18) aunque – como Jesús – son enviados a él (17,18). En su Pascua, Jesús “ha vencido al mundo” (16,33).

En este contexto, el diálogo de Jesús con Pilato resulta clarificador. “Este mundo”, en este caso, es el de Pilato, el de la violencia imperial (que está en el trasfondo de toda la escena de la Pasión; “vuelve la espada a la vaina”, 18,10), el de quienes no pueden entender el mensaje de Jesús, su testimonio de la verdad. Pero hay otros, en este mundo, los amigos de Jesús, los que escuchan su voz, los que pretenden una paz “desarmada y desarmante”: Pero este mundo, que es Pilato (“no tenemos más rey que el César”, 19,15), tiene un príncipe, el padre de la mentira, el asesino desde el principio (8,44). Jesús es rey de otro mundo, un mundo de paz, de verdad, de vida, un mundo que sus amigos y amigas debemos edificar, construir para todas y todos. No se trata de que Jesús es rey “en el cielo”, sino que “ha bajado del cielo” para “dar vida al mundo” (6,33). Jesús mismo se nos da como alimento, pan vivo bajado del cielo, que debemos recibir creyendo, pan para la vida del mundo (6,51). Jesús “habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo” (13,1) y a eso nos invita “como yo los he amado” (13,34). Sus discípulos, naciendo “de lo alto” entran en el Reino de Dios (3,3-5) y se dejan conducir por el espíritu (3,8) que es “de la verdad” (14,17; 15,26; 16,13), que bajó del cielo y permanece en Jesús (1,32.33) y se dona a sus amigos en su Pascua (7,39; 19,30; 20,22) para continuar su reino en este mundo.

El amor llegará en nosotros a su perfección si somos en el mundo lo que él fue y esperamos confiados el día del juicio (1 Juan 4,17).


Imagen tomada de https://www.instagram.com/p/DD2VkcHKHgn/?hl=en

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