lunes, 18 de noviembre de 2019

Regurgitar


Regurgitar


Eduardo de la Serna



Es habitual en varias especies animales que las crías reciben de sus padres y madres el alimento regurgitado. Las aves, por ejemplo, van a buscar comida abundante y, ya llenos, vuelven al nido donde los pichones se alimentan de lo que sus padres ya han procesado. Es normal: todavía son pequeños, no pueden volar, no pueden cazar, no pueden proveerse su propio alimento.

Otras especies, como la humana, por mamíferos, maman; pero luego, antes de estar preparados para el alimento sólido reciben de sus padres y madres una suerte de “papilla” hasta que estén aptos para abastecerse de comida sólida.

Lamentablemente, con frecuencia, esto que ocurre con la alimentación, ocurre con excesiva frecuencia también con la información. Es habitual que recibimos regurgitado lo que los hegemónicos nos quieren dar. Y, con preocupante pereza, muchas veces no hay una firme decisión de buscar otro alimento nutritivo. Recibimos lo que deciden que nos alimenta (o desnutre, porque quizás desnutridos nos quieran), y regurgitan la información que se dignan darnos (y – obviamente – no recibimos la que eligen negarnos).

Mirando la prensa hegemónica (es decir la que “naturaliza” los sentidos que quieren que demos a la realidad sin que nos alimentemos de otras fuentes para procesar nosotros mismos la información) creo que vomitan. Hasta el punto que, con frecuencia, escuchar o recibir algo diferente suele “caernos mal” (no estamos acostumbrados). Sólo cuando nos hemos habituado a una alimentación variada, plural, que combine lo que nosotros elegimos comer y de lo que elegimos alimentarnos, habremos elaborado nuestra dieta. Caso contrario, ¡antes!, sólo nos alimentaremos con lo que regurgiten los que debieran nutrirnos.
Es notable ver la cantidad de mentiras (lisas y llanas mentiras), medias (o un cuarto de) verdades, títulos tendenciosos, análisis falsos (con “alimentadores” con cara de sabios doctores dietólogos que nos explican por qué debemos comer esto y por qué no aquello otro que “nos va a hacer mal”). Es verdad que una gran parte de la sociedad se alimenta sólo de lo que regurgitan La Nación, Clarín y sus secuaces. Es de esperar que sean cada vez más los que elijan su propio alimento, su variedad, que sean críticos de lo que les dan masticado y, una vez que sepan mirar se den cuenta, sencillamente que lo que presentan como un plato exquisito es en realidad ¡un asco!


Foto tomada de https://www.alamy.es/ciguena-blanca-regurgitar-la-comida-a-los-pichones-en-el-nido-ciconia-ciconia-alsacia-francia-image282025952.html

sábado, 16 de noviembre de 2019

Mi primera experiencia en Bolivia


Mi primera experiencia en Bolivia

Memoria de un viaje “iniciático” (1987)


Eduardo de la Serna



Yo venía de dos situaciones difíciles: para empezar, la dictadura cívico-eclesiástico-militar que me había provocado un “exilio interno” del que fui saliendo muy lentamente (simbólicamente, y por una serie de acontecimientos suelo pensar recién en 1996 como el “fin” del exilio) y también la experiencia – que hoy veo muy críticamente – del Seminario en el que fuimos fomateados, y mis primeros años de cura (1981). Cuando finalmente me autorizaron a dejar la arquidiócesis de Buenos Aires para ir a Quilmes (1987), antes de llegar hicimos, con un grupo variado, un viaje a Bolivia: entramos por Villazón rumbo a Oruro (allí visitamos muchas comunidades campesinas, en torno al santuario de Quillacas), fuimos a Cochabamba, La Paz y al santuario de la Virgen de Copacabana. Recuerdo, incluso, irónicamente, que celebramos y brindamos en La Paz el 11 de febrero porque ese día el cardenal Aramburu cumplía 75 años y debía presentar su renuncia. Estando en Oruro recuerdo, también, la fiesta de la ciudad, la fascinante homilía crítica del obispo y el acompañamiento, después, a recuperar la radio campesina que Banzer había expropiado. Fuimos con la gente de las Comunidades Eclesiales de Base de Oruro (fue mi primera experiencia de CEBs, de las que sólo había oído hablar o había leído). Podría contar anécdotas varias de este viaje, pero no es el caso. Hay dos elementos que me interesan resaltar.

En la recuperación de la radio, entre sikus, erkenchos y zampoñas, al llegar al lugar también llegaron los mineros:

“-Eduardo, prepara la cámara, llegaron los mineros” me dijo el animador de las CEBs.
“¿Y?”, le pregunté desde mi ignorancia absoluta y desconocimiento…
“-Ay, Eduardo… - me respondió casi perdonándome – mineros… ¡dinamita!”

Al rato apareció el ejército, lacrimógenos y demás. Pero me llamó la atención que no nos cercaron (estábamos en mitad de cuadra). Bastaba con poner un retén cada esquina y no teníamos salida.

“- Es que saben que los indígenas son pacíficos, pero si los rodean ¡avanzan! y los tendrían que matar” me dijo el que a esa altura ya era mi catequista.

Al volver a Buenos Aires, y ya empezando mi nueva experiencia eclesial quilmeña, entré en una maravillosa crisis eclesial. El seminario nos había formateado eclesiocéntricamente. La obediencia era la virtud casi principal (hasta una vez, un superior, en una misa dijo ante todo el seminario “prefiero equivocarme con el superior antes que acertar sin él”; nadie respondió ante ese desatino). “El que obedece nunca se equivoca” repiten los eclesiólatras. Y una cosa que descubrí, al ver la Iglesia boliviana, es que la Iglesia es un movimiento, un pueblo, y que los obispos, por ejemplo, también deben ser obedientes a la Iglesia, porque “no son la Iglesia”. Y que es posible (y lo habíamos experimentado) que hubiera obispos que no fueran obedientes. Y – en ese caso – no era al obispo sino a la Iglesia a la que debíamos obediencia. La dictadura había sido un ejemplo excelente de todo eso. La Iglesia no es un gallinero sino una mesa compartida.

Desde ese entonces siento que tengo una deuda con Bolivia, con su Iglesia, con su gente.

Cuando hoy veo “otra Iglesia” en Bolivia, o mejor, otra jerarquía, me lleno de dolor, “la Iglesia que Juan Pablo nos legó”, parafraseamos. Gente amiga (de esos lugares) me volvió a abrir los ojos: la jerarquía tenía gran credibilidad por sus acciones sociales, sus ONG, su cercanía con el pueblo, en especial los sufrientes. Pero resulta que vinieron gobiernos que tuvieron más acciones sociales, más cercanía, empezaron procesos de justicia y la jerarquía quedó descolocada. Pareciera una cuestión de competencia (acoto yo). La jerarquía perdió poder. Y en lugar de aplaudir, acompañar y eventualmente, (desde los pobres) criticar, se posicionó en “la vereda de enfrente” (o grieta, si se quiere).

Y, para peor, avanzan las Iglesias electrónicas. Nueva competencia religiosa, entonces. Y esto se ve por doquier, no solamente en Bolivia. Y resulta más triste todavía ver cierta jerarquía que prefiere quedar cerca o junto a los fundamentalismos a la hora de cerrar todas las puertas, antes que abrirse a la novedad, al disenso, al debate… a les diferentes. Y acá aparece la Biblia, leída – expresamente – como “la Iglesia” dice que no hay que leerla. Y otra vez pretendo ser fiel a “la Iglesia” y no a los jerarcas que se abroquelan en sus miedos.

Bolivia me enseñó a ver la realidad de Bolivia hoy, y también la de Chile, la de Brasil, Venezuela, Colombia, Ecuador y también de la Argentina. ¿Cómo no estarle agradecido?



foto tomada de https://mundo.sputniknews.com/america-latina/201911121089295308-marchas-en-defensa-de-la-bandera-indigena-wiphala-tensan-proceso-politico-en-bolivia/

viernes, 15 de noviembre de 2019

El sentido de las palabras


El sentido de las palabras


Eduardo de la Serna



Todos sabemos que las palabras “pesan”. Los que saben les ponen nombres raros, como performativo, y cosas semejantes. No quiero entrar en eso, sino simplemente en el sentido. Porque todes sabemos que una palabra sacada de contexto, vaciada de sentido, o mal entendida dice cosas distintas a las que se quieren decir.

Podemos poner el ejemplo de la palabra “DIOS”. Tengo amigos que me dicen “yo no puedo creer en un dios que hace esto o aquello”. El tema es que yo tampoco creo en ese dios, pero sí creo en Dios. El tema es con qué llenamos el término Dios, porque decirlo lo decimos todos (hasta los ateos para afirmar que no creen). Diferentes grupos religiosos darán distinto sentido al término “Dios” (o dioses/as), y una creencia sería adherir a ese sentido. Es decir, no solamente creo que existe un dios (o diosa, o dioses/as) sino que, además, y por encima de todo, creo que Dios es de una manera, se manifiesta de una manera, quisiera que nos relacionemos con él de una manera. Entonces, muchos podremos decir “dios” pero no estamos diciendo lo mismo. Lo que hagamos o digamos de nuestra relación con Dios manifiesta cómo es ese dios y – por lo tanto – podremos decir que creemos o no en ese mismo dios. No se trata tanto de afirmar que creemos que “existe/n dios/es/as” como sí, además, reconocer que es/son de determinada manera. Si dios es un sanguinario que reclama sangre, un sádico que se complace en ver los sufrimientos de sus “hijos”, sinceramente quiero ser ateo de ese dios. Incluso hasta podemos rezar el mismo “Credo”, pero no estamos diciendo lo mismo. y vale, por ejemplo, para términos como “todopoderoso”, “creador”, “Iglesia católica”, etc. Muchos decimos las mismas palabras, pero los sentidos son diferentes, y a veces ¡hasta contrapuestos!

Algo semejante vale para la palabra “BIBLIA”, que se ha puesto de moda en estos días. Lamentablemente. Parece que muchos la reconocemos como “palabra de Dios”, pero decimos cosas contrapuestas. Yo creo que es “palabra de Dios”, pero no creo que Dios (o un ángel) haya “dictado”, que al abrirla salga una suerte de luz o una paloma inspiradora. Creo que Dios ha caminado, y camina con su pueblo, y lo acompaña, y lo cuestiona e interpela, alienta y sostiene. Y lo hace por medio de “amigos” como lo fueron tantas mujeres y varones de la historia que fueron dejando hablar y obrar a Dios. Creo que se aplica a ellos lo que Abraham Herschel dice de los profetas: personas con gran “syn-pathia” [sentir-con] con Dios y por tanto sienten lo que Dios siente: alegría, dolor, rabia, tristeza, fiesta… ante lo que ocurre con su pueblo en la historia. No creo, entonces, en una Biblia que no muestre ese Dios en el que creo. Serían las mismas palabras, pero no creo que sean “palabra de Dios” (porque no creo en ese dios). La Biblia nos muestra cómo es su Dios; y la Biblia cristiana, en continuidad, cómo es el Dios que Jesús nos revela. Un dios (o una biblia) que discrimine indígenas o signos, que rechace culturas o comunidades, una biblia que condene u oprima no me resulta “palabra de Dios”, sino que han vaciado de sentido, adulterado el sentido, “profanado” el sentido del encuentro de un Dios de vida, con sus amigos. No creo en ese/cualquier dios; no creo que ese dios hable en ninguna palabra simplemente porque no creo que exista. 

Creo en un Dios que nos dirige su palabra, en la Biblia y en la historia, y en esa palabra nos sale al encuentro para que encontremos siempre mejores caminos de vida, nunca de opresión y de muerte, que encontremos hermanas y hermanos, nunca seres despreciables, satánicos o abominables, y que encontremos a otras y otros con sus culturas, sus fiestas, sus expresiones para aprender, encarnar, y humildemente dialogar con ellos para juntos encontrar más y mejor vida para todxs.


Imagen de A. Pérez Esquivel tomada de http://www.adolfoperezesquivel.org/?page_id=76


jueves, 14 de noviembre de 2019

No puedo estar de acuerdo


No puedo estar de acuerdo


Eduardo de la Serna



Hay una serie de cosas que circulan y, quizás, distraídamente, podamos mirarlas casi de un modo agradable. Pero…

Por una navidad sin presos políticos”. Ese lema ha circulado otros años, y remonta a años más oscuros todavía, pero no puedo estar de acuerdo. No lo estoy. Para empezar, porque así planteado pareciera que esperamos un gesto de grandeza, de magnanimidad del gobierno y que entonces libere a los “presos políticos” (“y las”…, aclaremos). Y entonces, a un gobierno que comete la atrocidad de tener presos y presas políticxs le damos la ocasión de tener un pequeño “lavado de cara” y aparecer como capaz de pequeños gestos de humanidad. Pero, además, “Navidad”. Obviamente es una fiesta de celebración, de alegría, de vida, de familia, y sería muy bueno que los privados injustamente de su libertad pudieran celebrarla con sus seres queridos. Pero, ¡no!, en lo personal yo quiero un ¡ya! sin presas ni presos políticos. Es aberrante que haya presas y presos políticos., Es injusto. Es cruel. Quiero un ya sin presos políticos, y no por magnanimidad y casi humanidad oficial, sino porque quiero ¡justicia! No quiero esperar hasta la Navidad.

Es importante poner orden en el caos” (y esto vale para Bolivia, pero no para Chile, en los dichos “establecidos”). Y siempre me queda vigente la pregunta ¿qué es el orden? ¿quién determina cuando y dónde hay ese tal orden? Tengo muy patente la experiencia de compañeros (en el seminario o curas) cuyos cuartos eran, desde mi mirada y perspectiva, el más absoluto desorden, pero si uno les pedía algo en un segundo te lo daban porque sabían dónde estaba. Ese para-mí-caos era su orden. Sin duda que para los que somos “occidentales” a veces se nos hace difícil movernos en el “caos” indígena. Es algo parecido a lo que Rodolfo Kusch llamó el “hedor”. Pero somos nosotros los extranjeros, y somos nosotros los que debemos habituarnos a su orden, sus olores, sus colores y ruidos, su fiesta y sus alimentos porque se trata de “su casa”. Obvio que tengo derecho a que no me guste tal vestimenta o tal comida, pero jamás a imponer los míos. Para decirlo con otros ejemplos, frente al “orden y progreso” que ostenta la bandera brasileña, es claro que no es lo mismo el orden de Lula que el orden (militar) de Bolsonaro. Siempre recuerdo un grafiti en Oruro. Los lemas del partido del genocida Banzer estaban estampados en una pared: paz, orden y trabajo y le habían adjuntado: paz “de los cementerios”, orden “de los cuarteles”, trabajo “de los campos de concentración” … de eso se trata. En lo personal, me gusta lo que yo experimento como orden, pero – debo confesarlo – me gusta mucho más ver y acompañar, si puedo, la alegría de un pueblo. y eso, suele ser desbordante.

La Biblia es palabra de Dios”. También me queda la pregunta: ¿qué palabra? ¿a quién? Es habitual en los fundamentalismos entender que Dios ha “dictado” su palabra y esa, por lo tanto “debe ser obedecida”; y, si de eso se trata, quiero repetir mi agnosticismo (“el fundamentalismo es un suicidio del pensamiento” dice un documento vaticano, firmado por Ratzinger y aprobado por Juan Pablo II, nada menos). Es muy distinto si hablamos de un diálogo, de un Dios que se muestra / revela, y que quiere ser conocido y – ojalá – amado. Un Dios que invita y sugiere, y que no quiere ser “obedecido”, sino que le encanta ser “contentado”, como a cualquiera le gustaría por parte de los que a su vez quiere. Lamentablemente, la Biblia se ha usado por milenios como instrumento de muerte. Para justificar el anti-judaísmo, porque “son deicidas” y mataron a (el hijo de) Dios, y rechazaron las bendiciones de Dios; para justificar la esclavitud, para justificar el machismo… La conquista, la misma de la cruz y la espada, gritaba a los cuatro vientos que los cultos indígenas eran “diabólicos”, idolátricos, aberrantes… “si hasta había sacrificios humanos” (como si las víctimas por el oro o por el litio no lo fueran)… palabras semejantes a las pronunciadas por la autoproclamada. Resulta aberrante escuchar a Camacho, a jefes militares y a la señora saqueadora de la presidencia, hablar en nombre de Dios, la Biblia y demás signos religiosos. Si en la Biblia no nos encontramos con el Dios de la vida, el Dios de la justicia y la paz, el Dios que a todas y todos nos hace hermanos y hermanas, entonces “la estamos leyendo al revés”. Esa no es palabra de Dios. Se han hecho un dios a su imagen y semejanza y pretenden – además – que sea obedecido por todos (y, dolorosamente, debo decir, son seguidos por epíscopos que deberían vigilar la vida, pero se enamoraron del status quo, de su status quo).

La idolatría de la Pachamama”. Me resulta, por lo menos ignorante, escuchar hablar de la Pachamama de esa manera tan infame y grotesca. El mismo San Francisco de Asís, en su clásica oración, canta a “la hermana madre tierra” (aunque debemos reconocer que muchos obispos quisieron sacar lo de “madre”, por el horror a la Pachamama, en la cita del documento de Aparecida [pueden verse las sistemáticas omisiones en las diferentes redacciones], pero debió finalmente quedar, sencillamente porque san Francisco “así lo dice” [DA  140 (Nº 125 en el documento adulterado)]. Incluso hay biblistas que allí donde Genesis, en el relato de la creación, dice “produzca la tierra” (1,11.24) piensan que hay una reminiscencia a la “madre tierra” (G. von Rad). El Papa ha convocado, el mes pasado, a un sínodo de toda la Amazonía. El documento (que en lo personal me resulta muy pobre) señala la importancia del diálogo, el respeto, la valoración de las culturas y comunidades amazónicas (y obispos bolivianos estaban allí presentes, e incluso con algunas buenas intervenciones). Pero resulta escandaloso su silencio ante no solamente la violencia, la injusticia, la discriminación, el desprecio sino también ante el uso de símbolos (y terminologías) religiosos, la Biblia, los rosarios, la imagen de la Virgen y la recurrencia insistente al nombre de Dios (dime de qué te jactas y te diré de qué careces). Si no lo hacen por cuidar “la fe del pueblo”, al menos deberían hacerlo para “no tomar el santo nombre de Dios en vano”. La tierra, que es madre y está viva debe sufrir mucho y llorar por algunos de sus hijos, especialmente porque hay hijos e hijas que hacen todo lo posible por repudiar a su madre (y si puede parecer europea, o gringa, mejor, ¿no, Jeanine?).


Foto tomada de https://enraizadosencristo.wordpress.com/2019/10/29/el-obispo-schneider-condeno-el-culto-idolatrico-a-la-pachamama-realizado-en-el-sinodo-amazonico/

miércoles, 13 de noviembre de 2019

¿Qué estoy haciendo (todavía) en la Iglesia?


¿Qué estoy haciendo (todavía) en la Iglesia?


Eduardo de la Serna

¿Será así "la barca de Pedro"?


Cuando miro algunas cosas y la actitud o reacción de “la Iglesia”, más de una vez me surge la pregunta, crítica, por cierto “-¿Qué estoy haciendo acá yo? ¿cómo puedo seguir estando?” Y, tantas (¡tantísimas!) veces estoy tan sin palabras que debo una vez más empezar a pensar y a tratar de dar(me) respuestas.

  • Cuando veo la actitud de tantos, jerarcas especialmente, ante los aberrantes casos de abuso, me revuelven las tripas. Tengo claro que “la Iglesia” no es ni la más abusadora, ni – mucho menos – una institución abusadora, pero los casos de abusos aparecen por doquier, y decenas de veces son ninguneados, relativizados, tapados, de modo que sólo se suma escándalo al escándalo. Es cierto que una enorme mayoría no-abusadora queda “pegada” a la aberración, pero lo es porque estamos en una institución (y parece que en ocasiones debemos “defender” una institución) que traslada abusadores, niega abusos, o los “comprende”: “todos somos pecadores”.
  • Mirando nuestra historia no muy lejana no puedo menos que conmocionarme por los pocos, ¡poquísimos!, jerarcas que levantaron las voces claras, incuestionables, arriesgadas y proféticas ante las dictaduras de nuestros países latinoamericanos.
  • Tratando de pulsar el presente de nuestra América Latina, el escándalo me golpea directamente a la cara. No solamente al ver el silencio (cómplice, por aquello de “el que calla otorga”) ante tanto dolor. No solamente el silencio “oficial” de la antiguamente luminosa Conferencia Episcopal Brasileña ante los delirios de su presidente pendenciero; ver las multitudes en las calles chilenas y el atronador silencio (y ausencia) eclesial; ver las multitudes indígenas inundando los caminos ecuatorianos, y la ofensiva negación de la memoria de Leónidas Proaño y otros profetas de esas tierras; y sumo a eso otros silencios vergonzantes como de los episcopados Colombianos y Argentinos, particularmente (pero, eso sí, cuando de Venezuela o Nicaragua se trata las voces episcopales se levantan “valientes”) ante las aberraciones neoliberales y, ahora, la negativa del episcopado boliviano de reconocer como golpe de estado lo que no puede tener otro nombre salvo complicidad manifiesta (como la de la OEA, el macrismo y otros aliados de los poderes establecidos). Sin duda alguna me siento totalmente ajeno a esas actitudes y palabras eclesiásticas. El súbito "biblista" Luis F. Camacho afirmó que “nunca mas la Pachamama volverá al palacio de Gobierno” además de mancillar el digno signo de la Wiphala. Los obispos bolivianos acaban de regresar del Sínodo de la Amazonía donde la Pachamama estuvo presente. Parece que el cruce del Atlántico les hizo olvidar lo que allá se dijo e hizo (aunque no olvido que grupos católicos fundamentalistas arrojaron al rio Tiber las imágenes indígenas que acompañaron el sínodo). Y todo por no recordar episcopados como suenan las voces mayoritarias en España, Italia, y tantos otros...
  • El lugar de las mujeres en la Iglesia sigue siendo decorativo. Lleno de (a veces) bellas palabras, pero la Iglesia no es solamente la única monarquía absoluta de occidente. También es el único patriarcado absoluto. Ver los altares llenos de varones y solo de varones, ofende las sensibilidades de quienes creemos que otra Iglesia es posible.
  • Ya que hablo de “decorativo”, no puedo dejar de señalar que también me resulta totalmente decorativo el lugar que en la Iglesia ocupa la Biblia. Casi como para poder afirmar que la Iglesia no parece creer que esta sea “Palabra de Dios” (el documento final del reciente Sínodo Amazónico es una vergonzosa muestra de esto). Salvo, claro está, cuando se hace una lectura fundamentalista, descontextualizada, sin una mínima hermenéutica, y en alianza con los grupos más cerrados de otras comunidades para clausurar todas las puertas y caminos en lo moral (especialmente, si no exclusivamente, en temas de sexo o género).


No logro comprender que, habiendo estudiado historia de la Iglesia, podamos decir que tal o cual cosa fue un “error”; que se debió haber pensado en otra variante, o dicho otra cosa, y que cuando algo semejante se repite en nuestros días se insista en el “error” sin siquiera plantearse otra opción.

Realmente, mirando estos elementos (y otros fácilmente visibles) me vuelve una y otra vez la pregunta inicial ¿Qué hago acá?

Y vuelvo, una y otra vez, a recordar que

  • La Iglesia no son los jerarcas. La Iglesia es un pueblo. Y ese pueblo vive, celebra, tiene una fe… y en miles de cosas vive su fe lejos, ¡muy lejos!, de los jerarcas. Y la fe del pueblo de Dios es lo que nos constituye como Iglesia (teológicamente se llama “sensus fidelium”, el sentir de los fieles). Casi que daría para preguntarse si tal (o tales) jerarcas pertenecen a la Iglesia. ¿Por qué me voy a ir de una comunidad a la cual tal o cual no pertenece, aunque quisiera adueñarse de ella o de su voz?
  • Una y otra vez es urgente entender que los jerarcas no son “jerarquía”. El único conductor y el “jefe” de la Iglesia es el Espíritu Santo. Nadie más. Y si hubiera obispos o documentos que no escuchan el Espíritu Santo, simplemente deben ser dejados de lado (teológicamente se llama “recepción”). En la Historia de la Iglesia hay cientos de casos que ilustran esto.
  • Yo creo en Dios, no en la Iglesia. En la Iglesia no se cree. Y esto lo sostiene la más sana y tradicional teología. Al decir “en la Iglesia” estamos señalando que nuestra fe la desarrollamos “dentro” (por eso “en”) de la fe del pueblo, pero no que la “institución” sea objeto de fe; sólo Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo es objeto de fe. Y, sinceramente, en eso sí creo. Y con mucha alegría creo.

Como señalé, la Historia de la Iglesia y la lectura de la Biblia me marcan caminos. Y esos caminos sí quiero caminarlos. Cuando los jerarcas (y algunos santos, como – nada menos que – Bernardo de Claraval) apoyaban y alentaban las cruzadas, Francisco de Asís mostró otra Iglesia (o si se quiere, otro rostro de la Iglesia). Cuando la Inquisición quemaba libros y personas, Teresa de Ávila resistía (¡y escribía!) hasta el punto de celebrar que muere “hija de la Iglesia” (es decir, antes que la echaran). Cuando la evangelización europea esclavizaba, encomendaba y torturaba indígenas, Bartolomé de las Casas les gritaba que eran en realidad adoradores del oro, no del Dios de Jesús. La pregunta, y no es solo para mí, sino para todos los que decimos ser parte de la Iglesia, es cómo es la Iglesia que Jesús quería; cómo es y como sueña Jesús que la Iglesia sea. Otra Iglesia (u otro modo de ser Iglesia) es posible, deseable, soñado por Jesús. En esa quiero estar, eso trato de ser y, ojalá, todos (en especial los que muestran al mundo un deformado rostro del Pueblo de Dios) sepamos convertirnos para ser Iglesia de Jesús, Iglesia de los Pobres, Iglesia Pueblo de Dios.



Foto tomada de https://www.elperiodico.com/es/internacional/20160525/dramatica-secuencia-de-un-naufragio-de-refugiados-en-libia-5157971

martes, 12 de noviembre de 2019

Comentario domingo 33C

El profeta Jesús anuncia a los suyos una suerte semejante en la que darán testimonio.

DOMINGO TRIGESIMOTERCERO - "C"


Eduardo de la Serna




Lectura de la profecía de Malaquías     3, 19-20a

Resumen: ante la despreocupación de muchos por la intervención de Dios en la historia, Malaquías anuncia que “el día” de Yahvé será indudable, Y el contraste entre lo que les espera a los arrogantes y lo que espera a los justos resulta evidente a la luz del sol.


El final de Malaquías enfrenta a algunos que parecen guiarse por una suerte de “ateísmo práctico”. Dios no se entera de lo que hacemos o dejamos de hacer, es indiferente a nuestro obrar, tanto que “los arrogantes” son proclamados “felices” (v.15). Es entonces que Malaquías anuncia que pronto llegará “el Día” en el que Yahvé venga a los suyos.  Este día es el tema central de todo el cap.3 introducido y concluido por un personaje como Elías que dará la última oportunidad para hacer la voluntad de Dios (3,1.23-24). 

El texto de la liturgia es el final de este anuncio del “día” de Yahvé, día presentado como “abrasador como un horno”, y destaca los dos grupos en cuestión y su consecuencia: los que no escuchan la voluntad de Dios y, por el otro lado, los que “temen mi nombre”. Las consecuencias de su conducta contrapuesta serán también opuestas:

A)    Los arrogantes, cometen impiedad se consumirán (en el horno) como paja

B)   Los que temen el Nombre, brillará el sol de justicia, salud en sus rayos. 

La imagen del fuego es habitual para los malvados (Sof 1,8; Abd 18) pero aquí se trata de un horno (cf. Sal 21,10). En cambio el Sal 84,12; 103,3 presenta a Yahve como sol para los virtuosos. La imagen de los rayos sanadores es habitual en el mundo medio oriental; en Egipto, por ejemplo y en Asiria y Babilonia. Sin embargo los opuestos no son “lineales”: los arrogantes y malvados se contrastan con los que “temen (= respetan) mi nombre” es decir, supone una relación personal. Por otro lado, la maldad es de los humanos, mientras que la justicia es del sol. En el primer día ya no queda nada, todo es consumido; el nuevo día, el sol es un amanecer festivo (“saldrán brincando…”).


Lectura de la segunda carta de san Pablo a los cristianos de Tesalónica     3, 6-12

Resumen: En la comunidad de Tesalónica hay quienes viven de un modo claramente opuesto al ejemplo dado por Pablo cuando estuvo entre ellos. Mientras Pablo trabajó con sus manos para dar ejemplo, algunos no solamente no trabajan sino que “se entrometen en todo”. De allí que “Pablo” reitere el mandato de que deben trabajar pacíficamente para ganarse el pan.



Con mucha influencia de 1 Tesalonicenses (v.7 y 1 Tes 2,1; v.10 y 1 Tes 3,4; v.8 y 1 Tes 2,9), pero también elementos que le son propios, el autor de 2 Tesalonicenses comienza su despedida. 

Con un “hermanos” comienza la unidad; en v.13 volvemos a encontrar “hermanos” lo que es indicio de un nuevo comienzo, por lo que la unidad literaria puede encontrarse en 3,6-12. Esta unidad está estructurada en torno a tres temas diferentes. La comienza con un mandato (paraggelô) en el nombre del Señor Jesucristo (v.6) y finaliza del mismo modo: “mandamos (paraggelô) y exhortamos en el Señor Jesucristo” (v.12).

 Es interesante notar cómo está armada esta unidad:

“Hermanos:
[A] Les mandamos en … Señor Jesús Cristo (v.6)
[B] Desordenada conducta (v.6)

[c] Imitarnos (v.7)
comer el pan…  trabajo (v.8)
[c’] Imitar (v.9)
Mandábamos (v.10)
[d] Trabajar … comer (v.10)
[B’] Conducta desordenada (v.11)
[A’] Mandamos … en Señor Jesús Cristo (v.12)
[d’] Trabajar … comer (v.12)

La unidad literaria, entonces, se muestra integrada, y tiene dos partes claras, la primera en la que “Pablo” invita a imitar su ejemplo de trabajar, la segunda en la que critica a quienes viven sin seguir su testimonio de trabajo.

Esta unidad es presentada como una “tradición” que “recibieron”. Ambos verbos (parádosis – parélabon) son tradicionales en referencia a la catequesis; sin embargo en esta carta aluden a una suerte de “ejemplo” que Pablo ha dado (2,15; cf. 1 Cor 15,1.3). En este caso no se refiere a un aspecto teórico sino a que Pablo trabajó con sus manos en la comunidad para “no ser una carga”, y esto “para darles un ejemplo” (ver 1 Tes 2,9); la enseñanza es práctica, no teórica. En ese contexto Pablo había dicho “el que no quiere trabajar, que no coma” (v.10). Esto está dicho ya que algunos en la comunidad llevan una conducta desordenada, que –en este caso concreto- es no trabajar nada y meterse en todo. En griego es un juego de palabras imposible de traducir al castellano: “mêdèn ergazoménous allà periergazoménous”. El encargo de “Pablo” es que trabajen tranquilamente. 

Siendo el contexto de la carta la expectativa inminente de algunos en la venida de Jesús, es probable que estos tuvieran la actitud de no trabajar ya que el fin está cercano, de allí que “se metan en todo”; y la insistencia en que si no trabajan, pues entonces que no coman. A esto califica de conducta (camino, peripatôn) desordenada (atáktos, 1 Tes 5,14 donde puede traducirse por indisciplinados). 

Una nota sobre el trabajo: es sabido que en ambiente greco-romano el trabajo no es visto como una virtud. En realidad, las élites se dedican al “ocio” mientras que los que trabajan son sus esclavos y contratados. En ese sentido, el mundo judío es bien distinto; para ellos el trabajo es visto como algo que enaltece a la persona. Sabemos que Jesús trabajaba, Pedro trabajaba y Pablo trabajaba. Y si hay algunos que no trabajan en esta comunidad griega, sin duda lo más probable es que se trate de personas acomodadas socialmente. Que “Pablo” les “mande” un dicho tan taxativo como que “el que no trabaja, que tampoco coma” sin duda es también un fuerte desafío cultural.


Evangelio según san Lucas     21, 5-19

Resumen: Partiendo de una alabanza a la belleza del Templo que Jesús escucha, él anunciará –más precisamente que Marcos- la destrucción del mismo. Esto repercutirá también en la persecución a los seguidores de Jesús, pero el texto invita a no preocuparse por eso ya que Cristo no se desentiende de sus amigos, y lo que contará en este momento será la resistencia.


La unidad literaria del final de Lucas es muy extensa. La misma idea se repite en 19,47-48 y en 21,37-38. El contexto es de controversias en torno al Templo de Jerusalén. Sin embargo, ya en tiempos de Lucas, el Templo ha sido destruido, y también Jerusalén. Todo eso es visto por muchos como una suerte de “fin del mundo”. Estas tres destrucciones marcan diferentes partes en la unidad (21,5-19. 20-24. 25-28). El término griego “tauta” (estas cosas) juega un rol de unificador en la unidad (vv.6.7.9.12.28.31.36). “Estas cosas” vendrán acompañadas de signos (vv.7.11.25) que refiere a situaciones dramáticas. Pero Lucas les aclara que los seguidores de Jesús no deben confundir la destrucción del Templo y de la ciudad con el retorno de Jesús (v.8). Los discípulos tienen garantizado de parte de su Maestro que estará de su lado en el conflicto y los llenará de elocuencia en la persecución (cf. 12,11-12 [donde el que dará la elocuencia es el Espíritu] y los casos de Esteban y Pablo en Hch 7 y 21-26 respectivamente).

Como se sabe, en el año 587 a.C. los babilonios destruyeron Jerusalén y su templo. A la vuelta del exilio pudieron reconstruirlo, pero este era pequeño y no tenía el esplendor que se dice tenía el templo salomónico. Fue recién Herodes –amante de las obras “faraónicas”- el que lo reconstruyó dándole esplendor y majestuosidad. Comenzó allá por el año 20 a.C. y la obra no quedó terminada hasta mucho más tarde (en el año 64 d.C.). En tiempos de Jesús todavía se seguía trabajando en ello. En el año 66 d.C. comienza la guerra con los romanos, y estos destruyen Jerusalén y su Templo en el año 70, por lo que la obra concluida tuvo una “vida” efímera. Pero el anuncio de cierta destrucción del Templo es coherente con la predicación de varios profetas (Mi 3,12; Jer 7,14; 26,18). 

Sin embargo, es preciso –brevemente ya que no es este el lugar para presentar extensamente esta distinción- diferenciar lo que puede haber dicho Jesús, que probablemente aludió a esta destrucción del Templo, de lo que Lucas afirma. Jesús tuvo actitudes críticas con respecto al Templo, y una serie de ellas se agrupan en los días finales de su ministerio (expulsión de los vendedores, anuncio de la destrucción, falso testimonio de que destruirá el Templo, rasgadura del velo…), pero la redacción de Lucas da ciertos detalles (como también sobre la destrucción de la ciudad)  que invitan a pensar que el tercer evangelista releyó el texto de Marcos 13, quien a su vez releyó las tradiciones sobre los dichos de Jesús; todo esto a la luz de los nuevos acontecimientos y de la intención teológica del autor.

Coherentemente con ciertas lecturas apocalípticas “todo” aparece entremezclado: la destrucción de Jerusalén coincide a su vez con el fin del mundo y con la venida del hijo del hombre. Lucas, expresamente, pretende desmontar este imaginario. La destrucción de Jerusalén ya ocurrió, el fin del mundo todavía no, y la expectativa de la venida del hijo del hombre fue aprovechada por ciertos personajes (ver Hch 5,36-37), pero todavía no ocurrió, falta un poco aún (“el fin no es inmediato”, v.9).

Los momentos de confusión son alentados por falsos rumores (algo semejante a lo que motiva al discípulo de Pablo a escribir 2 Tesalonicenses). No hace falta ver los conflictos presentes como indicios de un fin inminente. Marcos los había presentado metafóricamente como “dolores de parto” (13,8). Lucas parece haber visto esos indicios no como anuncios del fin del mundo, sino de la destrucción de Jerusalén, como se dijo, algo ya ocurrido. 

Lucas comienza destacando que algunos (probablemente los discípulos) hicieron referencia a los adornos del templo con bellas piedras y ofrendas (anathêma). Lo que cuenta –para ellos- del Templo no es su sentido (ser “casa de oración”, 19,46) sino su esplendor. Así como lo había dicho de la ciudad de Jerusalén, tampoco del templo quedará “piedra sobre piedra” (ver 19,44). La pregunta es cuándo sucederá eso que Jesús anuncia, y para ello recurre a “signos” anticipatorios. Pero estos no son indicio de que está ocurriendo (como parece insinuar Marcos) sino de que eso indica que todavía falta para el fin.

Las autoridades paganas y judías perseguirán a los discípulos de Jesús. Esta es una gran ocasión de dar testimonio de Jesús, y no deben preocuparse por su defensa ya que el mismo Cristo les dará la elocuencia oportuna (en 12,12 lo hará el Espíritu Santo). En Hechos estas cosas son atestiguadas: los apóstoles son apresados (4,1-3; 5,18; 8,3; 12,4), son torturados (16,22-23), comparecen ante autoridades (18,12; 24,1; 25,1; 26,1)... 

Veamos más gráficamente esta relación entre “anuncio y cumplimiento”:

Hecho anunciado (Lc 21,12-16)
Cumplimiento en Hechos de los Apóstoles
Les echarán mano
4,3; 5,18
Perseguirán
9,4; 22,4
En las sinagogas
9,2; 26,11
Cárceles
5,19; 8,3;12,4; 16,23
Reyes
12,1; 25,13
Gobernadores
23,24,26; 26,30
Por mi nombre
4,7.10.17-18; 5,28.40
Para que den testimonio
3,15; 4,33; 5,32; 20,26; 26,22
Les daré una elocuencia
6,3.10
No podrán resistir ni contradecir
6,10; 4,14
Matarán a algunos
12,1-2

Es interesante –añadamos- que esta relación anuncio-cumplimiento queda reforzada por añadidos de Lucas al texto de Marcos a fin de reforzar la relación (por ejemplo, Lucas añade “perseguir”, “sinagogas”…).

Sin duda esta relación fortalece la imagen profética de Jesús que con tanta insistencia Lucas quiere señalar. El profeta Jesús revela que los tiempos escatológicos han comenzado, y la Iglesia –que debe ser profética por vocación- debe continuar esta obra a lo largo de su tiempo.

El historiador romano Tácito confirma lo anunciado en el v.17: los cristianos son “odiados por todos”. Haciendo referencia al incendio de Roma por el que fue acusado Nerón afirma: 

para acabar con los rumores, Nerón presentó como culpables y sometió a los más rebuscados tormentos a los que el vulgo llamaba cristianos, aborrecidos por sus ignominias” y más adelante señala que “se empezó por detener a los que confesaban abiertamente su fe, y luego por denuncia de aquellos, a una ingente multitud, y resultaron convictos no tanto por la acusación del incendio cuanto de odio al género humano…” (Tácito, Anales 15.44.2-5).

La imagen de que los cristianos “serán entregados” (v.12) más adelante es precisada, eso lo provocarán los “padres, hermanos, parientes y amigos” (v.16). Listas semejantes se vuelven a encontrar en el evangelio como los que no deben ser invitados a un banquete (14,12), los que los discípulos deben dejar para seguir a Jesús (18,29). Son los más cercanos los que provocarán esta crisis, del mismo modo que a Jesús lo traiciona “uno de los Doce” (6,16; 22,3). El odio “de todos a causa de mi nombre” (v.17) es eco de la última bienaventuranza: “felices… cuando los hombres los odien” (6,22).

El tiempo de la Iglesia es tiempo de conflicto, y la salvación no llega por la autodefensa, ni por las reacciones, sino por la “constancia” (v.19). La “constancia”, “aguante”, “perseverancia”, “resistencia” (hypomonê) es un término característico de tiempos de conflicto. Sólo se encuentra dos veces en los Evangelios (ambas en Lucas, cf. 8,15), pero frecuente en Apocalipsis (x7), y en Pablo y sus escritos de influencia (x6 en Rom, x3 en 2 Cor, x1 en 1 Tes, x2 en 2 Tes, x1 en Col, y una vez en cada carta pastoral, además de x2 en Heb y en Sgo x3 y x1 en 2 Pe). 

La constancia permitirá “ganar” (ktáomai) las vidas (psyjê). Es interesante que el verbo “ganar” tiene connotaciones económicas, como se ve en otras partes de la obra de Lucas (18,12; Hch 1,18; 8,20; 22,28 [debe destacarse que estas ocasiones son la totalidad de veces que ktáomai se encuentra en Lc-Hch; todas –como se ve- entendidas en sentido económico]. La relación entre la vida y las posesiones es habitual en Lucas 9,24-25; 12,15.33-34; 14,33; 18,29. Lo que Lucas propone es ganar la vida para lo que es necesario estar dispuestos a perderla (9,24; 17,33) que es –precisamente- lo que ocurrirá a los cristianos, pero que en la resistencia darán testimonio.



Foto del recuerdo de los mártires de Acteal (México)

lunes, 11 de noviembre de 2019

Otra vez lo del árbol y el bosque


Otra vez lo del árbol y el bosque


Eduardo de la Serna



No solamente es verdad que “las cosas se reciben al modo del recipiente”, sino que también es cierto que uno mira, percibe las cosas, según el lugar en el que esté, según la información que reciba… A ver (y quiero poner ejemplos nuestros, argentinos, antes de ir más allá): es sabido que los argentinos, en general, teníamos la sensación de que estábamos ganando la guerra de Malvinas (hasta tapas de revistas lo decían), y de golpe todo se desmoronó (hasta escuché a uno decir que nosotros ganábamos, pero vino Juan Pablo II a decir que debíamos perder y el gobierno accedió… sic); yo escuchaba radios extranjeras y no me sorprendió la derrota. Si hasta recuerdo que estaba en un negocio y uno comentó cómo estábamos triunfando; cuando yo dije que en radios de afuera decían otra cosa, me contestó: “- prefiero que me mientan los míos” (sic). También es evidente como, durante todo el kirchnerismo, los medios hegemónicos no informaban – salvo catástrofes – de nada de otros países de América Latina (había que ver Telesur para saberlo); así se fue imponiendo la mirada de que ‘la seguridad’, ‘la corrupción’, que “afuera se ríen de nosotros”…  Y lo mismo durante el gobierno (sic) de Macri, las miradas se ponían en retroexcavadoras, titulares sobre cualquier cosa perversa que pudiera tener la letra “K”, mientras por atrás se consumaba la debacle. En suma, lo que quiero decir, para empezar, es que, con frecuencia, “estar cerca no es muy bueno”. Se vuelve imprescindible la necesaria distancia para ver el panorama. Pero “uno” suele creer, por verlo de cerca, que “así es”, lo que en realidad es sólo un fragmento.

Una de las cosas que me duele en ambientes eclesiásticos latinoamericanos es escuchar (incluso a gente cercana en el pensamiento) críticas – a veces feroces – contra Lugo, Evo, Correa, López Obrador, Chávez/Maduro, Lula/Dilma, Néstor/Cristina y no ver algo semejante contra Piñera, Kuczynski/Fujimori, Uribe/Duque, Peña Nieto, Lenin Moreno, Temer/Bolsonaro, Cartes/Abdo, Macri… Para ser claro:

Creo que cada uno de ellos ha cometido errores, cosas cuestionables o criticables, más o menos serias. Y, creo que, criticar lo criticable es justo y necesario. Y considerar opositor, o hasta enemigo, al que critica lo criticable no me parece sensato. Pero, especialmente, si a su vez este alaba lo alabable. Porque si no, se parece bastante a la parcialidad… o a la oposición. Y oponerse a la oposición es sensato en el oficialismo (que fuere).

Ahora bien, por otro lado (y en esto ayuda la mirada panorámica) es lógico mirar el todo para así ver lo posible. Porque, con frecuencia, estamos tentados, o caemos en la tentación, de decir o cuestionar que se haya hecho o dejado de hacer esto o aquello. Cosas que, a veces, no eran posibles (o no lo eran en ese momento). Y la posibilidad o no, se puede medir cuando se tienen todas, o casi todas, las alternativas. No se trata de deseo, sino de “la realidad”. Por ejemplo: ¿qué gobernante no querría acabar con el hambre de la población? ¡No!, perdón, lo formulo mejor (porque conocemos – aunque se están yendo en nuestro caso – gobernantes indiferentes totalmente al dolor de los demás), ¿qué gobernante humano no querría acabar con el hambre de su población? Ahora bien, ¿es posible alcanzarlo a mediano plazo? Seguramente no, pero podemos esperar que se vayan tomando medidas para ir avanzando en ese sentido (la mentira macrista afirmaba pusieron los cimientos, o un crecimiento invisible, para lograrlo, cuando en la realidad fue destruyendo los lazos de solidaridad y alentando el individualismo meritócrata). Seguramente, en todo gobierno, habrá una y decenas de cosas cuestionables. En lo personal, mi pregunta principal es desde el lugar del pobre: ¿Cómo estaban ayer y cómo están hoy los pobres? Y, además, es sensato saber que si mi crítica a lo criticable tapa lo más importante, creo que debería revisar o bien mi mirada o si no, mi estrategia. Y voy a señalar brevemente. Ayer, en la provincia de Salta, el diputado Olmedo sacó el 15% de los votos, ¡salió tercero! Ayer mismo, en España, VOX también salió tercero. Y aunque Lula esté libre, Bolsonaro sigue siendo presidente del Brasil, Macri (vamos tachando en las paredes, ya falta menos de un mes) en Argentina, Piñera sigue sonriente en Chile, Abdo en Paraguay, Duque en Colombia, en Uruguay hay preocupantes elecciones de segunda vuelta, en Ecuador sigue Lenin Moreno y en Bolivia… ¿en Bolivia? Una Biblia sobre la bandera boliviana (y desgarrada la wiphala) consuma lo que todos en el exterior reconocen como un “Golpe de Estado” (salvando los antes mencionados, por cierto… y Guaidó, claro… guaidó [con minúscula] a quién ayer Verbitsky, con su característica ironía, llamó “presidente ante sí mismo”).

Estamos en tiempos raros… mirando una parte, debemos preocuparnos; mirando otra, nos sonreímos. Miraremos la torpeza o miopía de unos de no ver lo más integralmente posible la realidad para dar entonces los pasos necesarios. Y miramos la crueldad, en ocasiones sanguinaria, de otros, que pretenden que esos pasos no sean dados. Con la Biblia en la mano. San Pablo se atreve a decir esto: Ciertamente no somos nosotros como muchos que negocian con la palabra de Dios. Antes bien, con sinceridad y como de parte de Dios y delante de Dios, hablamos en Cristo” (2 Cor 2:17) “antes bien renunciamos a callar por vergüenza. No procedemos con astucia, falsificando la Palabra de Dios, sino que, declarando la verdad, nos encomendamos delante de Dios a la conciencia de quien sea” (2 Cor 4:2). En suma, así como en otra ocasión dije que soy ateo del Dios de Videla, quiero repetir que mi Biblia no es la de Bolsonaro o la de Camacho. Del Dios de la vida y su palabra se trata, y de la vida de los pobres. Simplemente.


Foto tomada de http://chemamoliner.blogspot.com/2013/01/cuando-el-arbol-no-te-deja-ver-el-bosque.html