sábado, 7 de mayo de 2022

Una mirada a la derecha

Una mirada a la derecha

Eduardo de la Serna



Es evidente que, en un primer momento, al menos, las palabras derecha e izquierda, como lejos, cerca, oriente y occidente y demás del estilo, son palabras de relación. Algo está a mi izquierda, o cerca, y “yo” soy el referente del dato. Se refiere a cerca mío, o a mi izquierda. Y, por ejemplo, lo que está a mi izquierda, está a la derecha del que me está mirando. Recuerdo una conferencia en la que una profesora, experta en el tema, hablaba del Cercano Oriente, y se refería a Israel, Mesopotamia y el ambiente del mediterráneo oriental, y yo comenté que – para nosotros – el cercano Oriente es Uruguay, no Israel. Cercano, en ese caso, se refiere a una mirada desde Europa, no desde donde la experta estaba hablando. Y los ejemplos podrían multiplicarse.

Sin embargo, en el lenguaje cotidiano, suele hablarse de derechas e izquierdas en el horizonte ideológico, y ya no son términos de relación, y, a lo sumo se suele añadir el prefijo ultra, o centro para relativizarlas o acentuarlas desde un centro equilibrado y amable, que vendríamos a ser “nosotros” y los “difusores”. Así, determinados personajes o determinadas propuestas políticas suelen calificarse de derecha o de izquierda sin que se explicite a la izquierda o derecha de qué o de quién.

En este marco, las propuestas políticas, económicas, sociales suelen calificarse, entonces, de derechas o izquierdas de un modo fijo. Por supuesto, añadamos, que serán presentadas crítica o valorativamente según quien las presente o comente (porque también en los comentadores, o en los difusores, hay derechas e izquierdas, aunque habitualmente pretendan simularlas con el mote de “independientes”). Y, como los Medios de Comunicación tienen la capacidad de mover sentimientos, amores y odios, es fácil ver como determinados personajes comienzan a ser apreciados o despreciados, en ocasiones por cosas nimias. Curiosamente se logra que a una mujer se la critique por levantar un dedo y se aplauda a uno que grita e insulta desaforadamente “a diestra y siniestra”.

Ciertamente, si los medios de difusión nos reconocen y valoran a un sujeto, ese tal termina siendo casi como de la familia y cena con nosotros desde el televisor. Y se imponen como de sentido común las cosas más alocadas o perversas; el odio, por ejemplo. Pero reconozcamos, además, que, en ocasiones, hay políticas que con un cambio de orientación pueden modificarse. Leyes o decretos en ese sentido conocemos en cantidad. Pero, también, hay decisiones que ya no parecen tener vuelta atrás. Un día, en dictadura, Argentina se integró al Fondo Monetario Internacional, y así estamos, rehenes. Otro día, se deshicieron las Juntas Nacionales de Granos y de Carnes, y ¡así, “el campo” (sic) hace y deshace la economía del país. Otro día se privatizó casi todo… Son decisiones que, como se dijo, no tienen vuelta atrás. Así como sería, por ejemplo, la eventual dolarización. No es algo que se pueda deshacer (como el caso de Ecuador lo demuestra, y quizás también El Salvador). Y, no es casualidad, todas estas son políticas de derecha. Que parecen dar el golpe (en ocasiones en todos los sentidos de la palabra) y luego esperar hasta un nuevo tiempo oportuno para el siguiente.

Es verdad que, debemos reconocerlo, que sean perversos no significa que sean idiotas (alguno hay, claro). Y no es de extrañar que, como prestidigitadores, muestren algo por acá y nada por allá para después por allá sacar sus beneficios. No sería de extrañar, por ejemplo, que se muestre un diletante desorbitado para después mostrar lo equilibrado que alguna paloma viene a ser (en comparación con el anterior, por cierto lo parece). El lenguaje ha logrado – desde hace siglos – que algo sea recto, o diestro, que sea bueno dar la derecha, mientras sea siniestro levantarse con el pie izquierdo o actuar por izquierda. Si hasta nos han convencido que la virtud de la justicia es “derecho” …

Es verdad que, mirando los personajes, no deja de ser llamativo que la muy-derecha se apropie de la categoría libertad, que hable como pontificando, pero se niegue a cualquier debate o encuentro porque es incapaz de hacerlo sin recurrir al insulto o la agresión violenta. Y, seguramente, sin capacidad alguna de argumentar ante las críticas o las contra-preguntas. Tanto que podría decirse que a su derecha está el abismo (o, ironizando, por aquello de que los extremos se tocan, a su derecha está la ultra-izquierda). Precisamente por su incapacidad de diálogo o debate sólo se escuchan slogans vacíos como de los 70 años de peronismo (¿¿¿???), que “se robaron todo” (hasta un PBI sin siquiera imaginar de qué suma estaríamos hablando), etc. Pero, y no deja de ser curioso, hasta hace poco era evidente que a la derecha le avergonzaba afirmar que lo era, y se autopercibían (o afirmaban hacerlo) de Centro. Obviamente, si los Álvaros Alsogaray o Uribe son de Centro, a la izquierda hay multitudes. Y no quiero pensar quiénes serían señalados como de derecha en ese arco… Pero hoy, curiosamente, algo ha cambiado, y hay quienes afirman orgullosos ser de derecha, se exhiben banderas nazis, o se aplauden golpes genocidas (o se los disimulan) en Argentina o en Brasil, por ejemplo. En otras partes, las actitudes frente a los migrantes son un buen test de derechización.

Parece que el mundo se ha corrido bastante a la derecha como para que se atrevan a reconocerlo. Si hasta insinuar que uno es de izquierda (como lo hizo el amigo Paco en un programa de TV) merece una exclamación de horror o espanto del interlocutor. En mi caso, no sé si soy de izquierda o de derecha. Obviamente estoy a la derecha del FIT y a la izquierda de los dizque libertarios (es realidad, todos lo estamos). Quisiera estar del lado del Evangelio de Jesús y de los pobres de la tierra. Y si por eso me califican de ser de izquierda, seré siniestro. Al fin y al cabo, escribo con la mano izquierda, por si sirve de ejemplo.

 

Foto tomada de https://www.alamy.es/imagenes/prohibido-girar-a-la-derecha.html

La familia en la Biblia

La familia en la Biblia

Eduardo de la Serna


Se suele decir, con bastante razón, que la familia es la base de la sociedad. Pero no está de más preguntarnos, antes de avanzar en el pensamiento, de qué sociedad hablamos, y si, además, no hay otras bases de la sociedad o si esta es la única base. Evidentemente no es lo mismo la sociedad feudal, la sociedad campesina, la sociedad urbana, la sociedad nómade, etc. Veamos un breve ejemplo, muy fácil de comprender en nuestro tiempo (y que no es muy distinto de los tiempos bíblicos): la migración. No es habitual que migre toda una familia. En ocasiones el mayor de los hijos, o el padre migran a la espera de poder organizarse y luego poder recibir al resto allí donde se ha migrado. Pero esto no se logra ni fácilmente ni rápidamente (la cantidad de muertos en las migraciones, sea en el Mediterráneo como en tránsito a los EEUU, son un buen ejemplo). ¿Qué sería la familia en este caso? ¿los que quedan? ¿Cómo está conformada? No es fácil dar una respuesta. La necesidad de vivir, vivir mejor o sobrevivir, lleva a estos habituales fenómenos migratorios. En la Biblia encontramos muchos casos de migraciones, por ejemplo.

Pero el tema que aquí nos interesa es la familia. ¿Cómo está conformada la familia? Y vemos que no hay un modo único de ser familia que esté “canonizado”. Abraham, por ejemplo, tuvo varias mujeres, y varios hijos; lo mismo Jacob. Y eso, ciertamente, era una familia. Quizás no siempre se trate de poligamia: Abraham despide a su primera mujer, Agar, por presión de su mujer, Sara, y más adelante parece dejar a Sara para vivir con Queturá con la que tuvo 6 hijos (Gen 25,1-2). Jacob tuvo 12 hijos varones y al menos una mujer con cuatro mujeres distintas, y en este caso sí se trata de poligamia. Pero, como es evidente, nadie duda que se trata de familias.

Con el tiempo (y quizás por razones económicas o también culturales) la poligamia empieza a dejarse de lado, aunque eso no ocurre en todas partes. Los reyes, por cierto, pueden “tener” las mujeres que deseen (de Salomón, por ejemplo, se dice que tuvo setecientas mujeres y trescientas concubinas [1 Re 11,3]).

Por otra parte, además, hay elementos que son culturales y que hoy nos resultan chocantes: un matrimonio solía ser “arreglado” por los padres (varones) de la pareja (o, en caso que alguno de ellos no estuviera, por los hermanos). Y, aunque no es algo “uniforme”, era frecuente que una mujer fuera casada a los 13-14 años y el varón a los 17. Es interesante, por ejemplo, el caso de la mujer del Cantar de los Cantares, que ha tenido importantes relaciones sexuales con su amado, pero para los hermanos todavía es pequeña (“no tiene pechos todavía”) y deberán darla pronto en matrimonio (“cuando se hable de ella”; 8,8).

Es verdad que, quizás en los ambientes urbanos, las edades deban elevarse y pueda haber matrimonios contraídos con mayor edad. Lo cierto es que tanto el hecho de la falta de libertad (y de amor) y la corta edad no impide que hablemos de familia, algo que, como se dijo, resulta inverosímil en nuestro tiempo (o al menos habitualmente).

Sin embargo, debemos dar un paso más: Jesús valora la familia, pero la relativiza. Hay cosas más importantes (el reino de Dios) por el que es razonable, o conveniente, dejar la familia. Una breve aclaración para evitar malos entendidos: cuando Jesús dice que «si alguno viene donde mí y no odia a su padre, a su madre, a su mujer, a sus hijos, a sus hermanos, a sus hermanas y hasta su propia vida, no puede ser discípulo mío» (Lc 14,26), el término “odiar” es un modo semita de hablar que significa “amar menos que” (por eso algunas traducciones lo transcriben así, aunque no sea literalmente preciso). No se trata de odiar la familia, pero sí de amarla menos que al proyecto de Jesús.

Un ejemplo interesante puede verse en la Pascua. Desde sus orígenes la Pascua era una fiesta de familia. Fue variando el modo de celebrarla (por ejemplo, desde hacía tiempo, esta debía celebrarse en Jerusalén, cuando antes no era así… y no es así entre los judíos hoy), pero era (y es) una fiesta de familia. Sin embargo, Jesús, que ya había dicho que su madre y sus hermanos son los que escuchan la palabra de Dios y la ponen en práctica (ver Mc 3,33-35), y que más feliz es su mamá por ser discípula que por ser su madre (Lc 11,27-28), cuando va a celebrar la Pascua final dice claramente que va a “celebrar la Pascua con mis discípulos” (Mc 14,14). La nueva familia, para Jesús, es el discipulado del reino.

Con los siglos, el modo de “ser familia” ha ido variando, sigue variando y seguirá variando. Hoy, en una familia – en muchas, al menos – han de incluirse el televisor y las mascotas, mientras que en la familia antigua debían incluirse, sin dudas, los esclavos, en los casos de las familias acomodadas. Pensar que una familia “debe” ser un papá, una mamá y los hijos es algo “dogmático”. Muchas familias lo son, sin duda, pero hay muchas familias que lo son de otro modo: por ejemplo: una familia en la que el padre ha migrado por trabajo – como lo dijimos – o que ha hecho abandono de hogar (o lo ha hecho la madre); una nueva familia por separación (en ¡tantos casos!, razonable y sensata, como en las situaciones de violencia), los casos de madres solteras, parejas de un mismo sexo, etc. Quizás lo más sensato sea reconocer, y valorar, a la familia que se “autopercibe” como tal. Pero no resulta razonable partir de una concepción “dogmática” para entender que una familia “debe” ser “verdaderamente” de un modo preciso.

Jesús, como dijimos, relativiza la familia, proponiendo otro valor – el discipulado – como base de la nueva sociedad que él propone: el reino de Dios. Afirmar, como lo dijimos al principio que “la familia es la base de la sociedad” debería invitarnos, antes de formularla, a preguntarnos de qué familia y de qué sociedad hablamos. Jesús nos invita a pensarlo.

 

Foto tomada de https://www.alamy.es/familia-de-nomadas-argelia-image65998182.html

miércoles, 4 de mayo de 2022

El tiempo pasado que fue mejor... fue muy pasado.

El tiempo pasado que fue mejor... fue muy pasado.

Tiempo al tiempo

Eduardo de la Serna


Ya pasaron los tiempos en los que cardenales como Cipriani (Lima, Perú) escandalizaba al mundo entero, ya desde tiempos Fujimoristas y su complicidad. Ya pasaron los tiempos en que cardenales como Errazuriz (Santiago, Chile) cerraban los ojos y la boca ante los escándalos de Karadima. Ya pasaron los tiempos en que el cardenal Primatesta (Córdoba, Argentina) se mostraba amigo de la peor dictadura que tuvo su país.

Ahora son tiempos en que el cardenal Porras (Mérida, Venezuela) pide que los EEUU no levante el bloqueo contra su país. Ahora son tiempos en que el cardenal Poli (Buenos Aires, Argentina) es llamado a Roma a rendir cuentas por desmanejos económicos (si es que hay que darle crédito a los habitualmente mentirosos Clarín y La Nación… no ciertamente al “in-periodista” Eduardo Feinmann). Ahora son tiempos en los que el cardenal Omella (Madrid, España) no colabora con las causas de abusos y se aferra a propiedades.


Ya no son los viejos tiempos en los que el cardenal Paulo Evaristo Arns (Sao Paulo, Brasil) gastó su vida por los pobres y los derechos humanos de su país y los países hermanos. Ya no son tiempos del cardenal Juan Landázuri Ricketts (Lima, Perú) adhiriendo rápidamente a la “Declaración de Cieneguillas” (9 de marzo de 1968 y el grupo presbiteral ONIS). Ya no son los tiempos del cardenal Raúl Silva Henríquez (Santiago, Chile) levantando la voz en favor de las víctimas del genocidio y la dictadura.


Mirando estos tiempos, a lo mejor, en los ambientes cardenalicios, quizás no sea tiempo de Evangelio.



Foto tomada de:

https://laicismo.org/para-que-sirven-hoy-los-cardenales-y-sus-colas-de-seda/38325

El nombre de Dios

El nombre de Dios

Eduardo de la Serna



Aunque pareciera un tema fácil, preguntarnos por el nombre de Dios, no lo es. Habitualmente, simplemente lo llamamos “dios” (que tiene resonancias griegas remitiendo a Zeus). Se suele usar con minúscula cuando nos referimos a una o unas divinidades, sea/n cual/es fuera/n, y con mayúscula al referirnos al dios de la Biblia (con mayúscula por ser nombre propio, por cierto). Esto no es difícil de entender puesto que, como creemos que se trata de un solo dios no hay posibilidad de confusión. Sin duda, los pueblos que afirman la existencia de numerosos dioses y diosas, deben llamar a cada uno por su nombre (Isis, Júpiter, Viracocha, etc.) si quieren evitar toda confusión.

Es interesante que, entre los judíos, puesto que buscan por todos los medios “no tomar el nombre de Dios en vano”, para evitar nombrarlo, suelen escribir D*s, o directamente lo llaman le Shem, que significa “el Nombre”.

Antes de dar un paso más es importante tener en cuenta que en el mundo antiguo un nombre era algo muy distinto que en nuestro tiempo. Hoy, padres y madres eligen los nombres de sus hijos e hijas por muy diversos motivos: por razones familiares, modas, tendencias… Antiguamente, un nombre decía un sentido, una función (como se ve claramente en el caso del anuncio del ángel a José: “le pondrás por nombre Jesús [que significa “Dios salva”] porque él salvará a su pueblo…”, Mt 1,21). Esa es, a su vez, la razón de los cambios de nombre, con la finalidad de marcar un nuevo sentido a sus vidas (así en Gen 17,5; 32,29) o – en ocasiones – señalando autoridad sobre las personas (por ejemplo 2 Re 23,34; 24,17).

Por tanto, que Dios tenga un nombre significa un “contenido”. En diferentes ocasiones, se dice que el nombre de Dios es YHWH (es importante recordar que la lengua hebrea se escribe sin vocales; de allí que en una mezcla con otros términos se haya hablado de YeHoWaH, es decir Jehová). El nombre de Dios, a su vez, se utiliza (precisamente indicando un sentido en la vida) en muchos nombres: Isaias (Yesa’ Yah, YHWH es ayuda), Zacarías (Zakhar Yah, YHWH se volvió a acordar), Malaquías (Malak-i Yah, YHWH es mi mensajero), etc. (como se ve, muchos nombres que finalizan con ---ías, en hebreo, refieren a las primeras dos letras de YHWH. ¿Pero qué significa YHWH, que habitualmente vocalizamos Yahweh, es decir Yahvé? En su raíz está el verbo ser / estar, por eso se ha pensado en “yo soy el que soy” o “yo soy el que estoy”. En ese caso sería, o bien reforzar con la duplicación (soy – soy) que “es nuestro Dios”, en contraste con los ídolos, o también el Dios que está con su pueblo en la liberación (de Egipto, en el primer momento, y en la historia después).

Este Dios es el que acompaña (¡el que está!) con su pueblo, o que se aleja de él cuando éste lo olvida. En la liturgia, por ejemplo, el pueblo está invitado a “alabar a YHWH” (halell-u Yah, halell es alabar, es decir, aleluya).

Pero, como dijimos, en Israel empieza a proliferar la conciencia que a pesar de repetir que “somos el pueblo de YHWH, en muchísimas ocasiones Dios se manifiesta “lejos”, distante a consecuencia de “nuestro pecado”. El tema es complejo, pero – especialmente en los tiempos finales del A.T. – la conciencia es que Dios está lejos (en el “séptimo cielo”) y no volverá a “desgarrar el cielo” hasta el momento oportuno (o – en otros ambientes – lo hace por medio del culto). Es por eso que se empieza a evitar “nombrar a Dios”. En este tiempo, por ejemplo, cuando se traduce la Biblia al griego, allí donde se encuentran con el nombre YHWH se lo traduce por “Señor” (cosa que se mantiene en nuestra liturgia católico-romana).

¿Y Jesús? Fiel a su tiempo, en el NT jamás se encuentra el término YHWH. Habitualmente - como cuando se cita el Antiguo Testamento - se utiliza “señor” (que, por supuesto, también se usa para una persona) pero, que, además, también es habitual para referirse a Jesús resucitado. Por eso no siempre es fácil saber si el término "señor" se refiere a Dios o a Cristo (“el que se gloría, que se gloríe en el Señor” [1 Cor 1,31; 2 Cor 10,17], ¿se refiere a gloriarse / jactarse en el obrar de Dios o de Jesús en nosotros?).

Pero, como también se sabe, frecuentemente Jesús se dirige a Dios como “padre”, y lo hace utilizando el término arameo abbá [ver Mc 14,36], que es afectuoso, respetuoso, familiar (suele traducirse con nuestro “papá”). La relación filial no está ausente en las metáforas divinas del A.T., pero no se encuentra como dirigida a Dios, por ejemplo, en una oración. Y este uso de Jesús se repite también en los cristianos (curiosamente, la carta a los Hebreos nunca llama a Dios, Padre, y Hechos sí lo presenta como padre de Jesús, pero no como “padre nuestro”; en algunos textos se establece una distinción entre el modo de ser hijo de Jesús y el de los cristianos, ver Jn 20,17); el uso de “Dios nuestro padre” es particularmente habitual en Pablo y sus discípulos. La novedad introducida por Jesús no fue fácil de asumir: él, siempre (salvo una vez, en la cruz, que cita el Salmo 22, cuando se dirige a Dios o habla sobre Dios, lo hace llamándolo "Padre" (papá).

Pero es importante tener presente que Jesús no ignora que el grupo que afirma ser pueblo de Dios, con sus conductas (es decir, al no ser “luz de las naciones”, Is 60,3; ver 42,6-8) ha provocado que Dios sea menospreciado o rechazado por los demás pueblos (Is 52,5; Jer 12,16; Ez 36,20; Sal 74,18; etc.). Se espera todo lo contrario: que el pueblo de Dios sea fiel, lo que conseguirá que todos “los pueblos” invoquen su nombre y lo sirvan (Sof 3,9; Sal 45,18…). Se trata de ser fieles a Dios, causarle placer, mostrar a todos los pueblos la luz de su gloria, y eso hará que Dios sea conocido, escuchado… amado. Ese es el desafío al que nos invita Jesús al decirnos que, si hacemos su “voluntad en la tierra como en el cielo”, si viene su reino, entonces será “santificado su nombre” porque se manifestará como “Padre nuestro”.

 

Foto tomada de https://www.ecured.cu/Yahw%C3%A9#/media/File:Tetragramat%C3%B3n.jpg

martes, 3 de mayo de 2022

comentario 4to domingo Pascua "C"

 El pastor Jesús arriesga su vida para la vida del pueblo

DOMINGO CUARTO DE PASCUA "C"


Eduardo de la Serna



Lectura de los Hechos de los Apóstoles     13, 14. 43-52

Resumen: siguiendo un esquema frecuente, Lucas presenta la predicación a los paganos en una ciudad luego del fracaso de la predicación a judíos. Luego, los discípulos son expulsados de la ciudad para dirigirse de allí a otro lugar. Todo esto permite que “la palabra crezca”.


El libro de los Hechos sigue un esquema recurrente en las diferentes predicaciones. Su esquema es sencillo: Pablo se dirige a judíos en los lugares que visita (preferentemente en sinagogas), allí no lo aceptan más que unos pocos, entonces se dirige a los paganos donde tiene más suceso. Ese mismo esquema sigue en este relato (aunque el texto litúrgico omite toda la unidad dirigida a los judíos).

Otro elemento recurrente es que este suceso paulino se ve abruptamente interrumpido por adversarios que intentan poner obstáculo a la predicación logrando que Pablo y su grupo sean expulsados de la ciudad. También eso encontramos en esta unidad.

  • Llegada a Antioquía de Pisidia (13,13)
  • Predicación a judíos el sábado (13,14-42) el sábado siguiente (13,45)
  • “Era necesario anunciarles a ustedes en primer lugar la palabra de Dios… nos volvemos a los paganos” (v.46)
  • Los gentiles acogen la palabra y “la palabra del Señor se difundía por toda la región” (13,49)
  • Pero… promovieron persecución… los echaron del territorio” (13,50), “sacudieron el polvo de sus pies”.

Señalemos algunos elementos para una mejor comprensión:

El esquema “primero a los judíos… luego a los paganos” se encuentra en todo el libro de Hechos hasta el final de la obra. Allí (¡en Roma!) Pablo concluye diciendo a los judíos de la ciudad: “con razón habló el espíritu santo a sus padres… ‘escucharán pero no entenderán’… esta salvación de Dios ha sido enviada a los gentiles, ellos sí la oirán” (28,25-29).

El centro de toda la obra de Hechos es “el crecimiento de la Palabra”, que tiene directa relación con la predicación a los paganos. En este caso se destaca claramente que la Palabra crece a partir de la acogida de los gentiles. Sin duda esto ocurre por la presencia y compañía del Espíritu Santo que es, en realidad, el gran protagonista del libro.

Mateo y Marcos habían presentado en el discurso de envío de Jesús a los doce la indicación de “sacudir” el polvo de los pies en caso de no ser recibidos. Lucas (que lo ha duplicado como envío a los 12 y a los 72) lo ha omitido, seguramente – como en otras ocasiones también lo hace – para referir a la comunidad.  Pablo y Bernabé, expulsados por las “mujeres piadosas y distinguidas” sacuden el polvo de sus pies (cf. 18,6).



Lectura del libro del Apocalipsis     7, 9. 14b-17


Resumen: en una visión ubicada en un paréntesis, se menciona una multitud que continúa el canto litúrgico por ser continuadora de la vida de Cristo, por seguir sus huellas y por dar la vida.


El libro del Apocalipsis crea un largo paréntesis preparando el momento central, la apertura del séptimo sello. Todo el capítulo 7 juega este rol climático. Pero no se olvida ni el gran clima de visión ni el ambiente litúrgico (cf. Lev 23,40).

El característico cuatro remite a la universalidad:

“nación, razas, pueblos, lenguas” (v.9) que en este caso están “de pie”, con vestiduras blancas (= resucitados). Las palmas no hay que entenderlas en el sentido de las “palmas del martirio”, imagen que no se encuentra en la Biblia. Las palmas son adornos litúrgicos como puede verse en Ez 40-41; la imagen sigue siendo litúrgica.

El intérprete indica al vidente quiénes son esos, “los que vienen de la gran tribulación”. Los términos (como es frecuente en el apocalipsis, y las ideas) son tomados del AT. Veamos:


4 Yo le respondí: «Señor mío, tú lo sabrás». Me respondió: «Esos son los que vienen de la gran tribulación (thlypsis); han lavado sus vestiduras y las han blanqueado con la sangre del Cordero. (Ap 7,14)


Entonces se levantará Miguel, el arcángel que se ocupa de tu pueblo: serán tiempos difíciles (thlypsis), como no los hubo desde que existen las naciones hasta ahora. Entonces se salvará tu pueblo: todos los inscritos en el libro. (Dan 12:1; cf. Mt 24,21; Ap 2,22)
15 Por esto están delante del trono de Dios, dándole culto día y noche en su Santuario; y el que está sentado en el trono extenderá su tienda sobre ellos.

16 Ya no tendrán hambre ni sed; ya nos les molestará el sol ni bochorno alguno.
 17 Porque el Cordero que está en medio del trono los apacentará y los guiará a los manantiales de las aguas de la vida. (Ap 7,16-17a)
No tendrán hambre ni sed, ni les dará el bochorno ni el sol, 

pues el que tiene piedad de ellos los conducirá, y a manantiales de agua los guiará. (Is 49:10)

Y Dios enjugará toda lágrima de sus ojos».  (Ap 7:17b)
consumirá a la Muerte definitivamente. Enjugará el Señor Yahveh las lágrimas de todos los rostros, y quitará el oprobio de su pueblo de sobre toda la tierra, porque Yahveh ha hablado. (Is 25:8)

El triunfo de la vida resucitada de aquellos que se han unido a Cristo es el tema central del canto. La imagen – ciertamente simbólica – es “blanquear en sangre” (sic) las vestiduras; la referencia al martirio de los sujetos es de por sí evidente. La sangre es la “del Cordero”. El vestido (stolê) le ha sido dado a cada uno hasta “completar el número” (6,11). Estas vestiduras blancas (7,9) motivan la pregunta (v.13) a la que el texto responde: ¿quiénes son? De pie, de blanco, la sangre del cordero los mantiene día y noche en el Santuario dando culto a Dios (v.15), el cordero los “apacentará”, conducirá (2,27; 12,5; 19,15). La última bienaventuranza del libro (y de la Biblia) afirma: Dichosos los que lavan sus vestidos, porque tendrán a su disposición el árbol de la vida y entrarán por las puertas en la ciudad. (Ap 22:14). De esto se trata el paréntesis, porque la lista de “estos”, de esta “multitud” es la que está escrita en “el libro” que el cordero está ya casi por abrir.

                                                                                                                                                   
Evangelio según san Juan     10, 27-30


Resumen: en una nueva unidad Juan retoma el discurso del buen pastor señalando los aspectos centrales de la relación de Jesús y las ovejas. La capacidad de arriesgar su propia vida en favor del bien y la vida de las ovejas lo une plenamente a la voluntad de Dios.


La unidad literaria del texto llamado “del buen pastor” es compleja. Si bien se encuentra toda en Juan 10, el discurso (o la doble “parábola” de la puerta y el pastor) se encuentra en 10,1-21 que empieza en 7,1, con la fiesta de las Tiendas. Pero en 10,22 se hace referencia a la fiesta de la Dedicación y el discurso del pastor (el que hoy presenta la liturgia) se retoma. No es el caso aquí explicar esta evidente ruptura, pero es bueno tenerla presente.

Como en capítulos anteriores Jesús remite a los testigos que avalan su ministerio. En 5,36 había afirmado que “Yo tengo un testimonio más valioso que el de Juan: las obras que mi Padre me encargó hacer y que yo hago atestiguan de mí que el Padre me ha enviado”. Expresamente le dice a los que le han preguntado que “no son de mis ovejas” (10,26) y retoma elementos del discurso-parábola del pastor: escuchan mi voz (v.3), las conozco (v.14), me siguen (v.4), les doy vida eterna (v.10), no perecerán, nadie las arrebatará (v.10).
El breve texto litúrgico sintetiza al más amplio discurso sobre el pastor y la puerta finalizando con una referencia al Padre.

Ya se había señalado la relación entre las ovejas, el pastor y el Padre: “mis ovejas me conocen como me conoce el Padre y yo conozco al Padre y doy mi vida por las ovejas” (v.15), “por eso me ama el Padre, porque doy mi vida” (v.17), tengo poder para darla (la vida) y recobrarla esa es la orden que he recibido de mi Padre” (v.18). La relación de Jesús y las ovejas mirando al Padre tiene que ver directamente con la “vida” (vida humana, psyjê, vida capaz de entregarse, perderse, darse). La actitud de Jesús, dispuesto a perder la vida en bien de sus ovejas es precisamente lo que refuerza o manifiesta su relación con el Padre. El mercenario, asalariado abandona las ovejas y el lobo las “arrebata” (10,12), la unión entre Jesús y el Padre es tan estrecha que ninguna oveja será “arrebatada” de la mano de Jesús (v.28) ni de la mano del Padre (v.29). Es que Jesús “y el Padre son uno” (v.30; cf. 17,21). La unidad entre Jesús y el Padre se manifiesta en la unidad de voluntad, de deseo. En este caso, un doble deseo: el bienestar de las ovejas (nadie las arrebata) y la capacidad de entrega de Jesús, arriesgando su vida precisamente para que las ovejas vivan.


Dibujo tomado de www.osservatoreromano.va