viernes, 9 de septiembre de 2022

Parece que se murió una reina

Parece que se murió una reina

Eduardo de la Serna



Nunca vi una reina ni un rey en mi vida. Los leí en libros, y vi noticias que aludían – en el presente – a esos espectáculos prehistóricos, y – para mi gusto – de una suntuosidad grotesca. Imagino, por lo tanto, que existen, y que los habrá queridos y no queridos, según sean ellos o ellas con sus “súbditos”, es decir, con lo que se “pone debajo, sujeta, somete”. Debo reconocer que me resulta raro. Será ese ‘toque cristiano’ que me hace creer que todos somos hermanas y hermanos, y nadie está por arriba ni por abajo, que no logro entenderlo. Pero, imagino, habrá quienes se sienten un poco hijos o hijas de tan dignos padre o madre. Será por eso que cuando me dicen que algo es de la “Real” academia tienda a no importarme en lo más mínimo, o que cuando escucho “querido rey” me revuelven las tripas, especialmente por ser amante de los elefantes.

Dicen que murió una reina. Y, debo decirlo, así como no le deseo la muerte a nadie, esta, la muerte, existe, y viene, y duele en ocasiones. Pues acá ocurrió. Y, así como imagino que habrá dolientes por eso, y hasta hago esfuerzos por comprenderlo, esta no logra afectarme en lo más mínimo. Pero cuando veo dolientes fuera de su ambiente me resulta revulsivo, se trate de un plagiador serial de dibujos, un expresidente argentino o un presidente de país vecino. Para más, se trata de un país cuyos gobiernos en nada han beneficiado, antes bien, perjudicado, explotado, oprimido y asesinado compatriotas. Poco podría dolerme. Que no se entienda que me alegro. ¡No! Simplemente no me importa. O, mejor, me importa tanto como cualquier muerte. Y, quizás, un poco menos, menos que los chinos, indios o africanos masacrados por los británicos, menos que los cientos de pueblos colonizados en su larga historia imperial, y, por supuesto, menos que los muchachos muertos en Malvinas. Si conociera algún británico que llora, lo saludaría. Pero no es el caso. Eso sí, no logro entender que, en nuestros países, tan perjudicados, la noticia ocupe más espacio o se pretenda que cause más impacto en tapas, notas, especiales y demás que las noticias que verdaderamente nos ocupen y afectan. A menos que se lo aproveche para tapar lo importante. Son buenos en eso. Son buenos en eso los ingleses, y son buenos en eso sus lacayos.


Foto tomada de https://elpais.com/elpais/2019/10/15/gente/1571127890_684432.html

jueves, 8 de septiembre de 2022

Una breve reflexión bíblica sobre el odio


Una breve reflexión bíblica sobre el odio

Eduardo de la Serna



Antes de nada, es importante señalar que el término odio (sustantivo y verbo) en la Biblia, no siempre es sinónimo o semejante de lo que hoy entendemos por tal. En hebreo se utiliza la raíz san’—y en griego misós (de donde vienen términos como misoginia, misos, odio; gynê, mujer: odio a las mujeres). En hebreo es también aborrecimiento, rencor, enemigo o adversario, menos querido o querida, repudio… Podemos decir que se encuentra en el campo semántico del amor, aunque, obviamente, en las antípodas, lo que es algo característico de la literatura hebrea y se lo denomina “merismo” (que es moverse entre dos puntas de la imagen, como "cielos y tierra"; "jóvenes y viejos" ...). Señalemos sintéticamente, que todo lo que se mueve en el terreno del no-amor se expresa como “odio” (es decir, no solo lo que nosotros llamamos propiamente "odio"). 

También el Nuevo Testamento se mueve en este ámbito, por eso dice “han oído que se dijo… amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo” (Mt 5,43) o “no se puede servir a dos señores… porque se amará a uno y se odiará al otro” (Lc 16,13); es decir, está en el terreno del amor, pero se separa de él, es "no amor". Jesús fue odiado porque da “testimonio de que sus obras (las obras del “mundo”) son perversas” (Jn 7,7) y este "mundo" odiará también a los cristianos por la causa de Jesús (Mc 13,13) porque antes odió a Jesús (Jn 15,18). Eso implica odiar también al Padre (Jn 15,23). Antes de avanzar es interesante recordar que, en Juan, el “mundo” no se refiere a “la sociedad”, sino al “ámbito opuesto al proyecto, al plan de Jesús”, por eso “mi reino no es de este mundo”; es el mismo esquema simbólico de "luz y tinieblas").

Es importante destacar lo que acabamos de señalar ya que el odio, entonces, no se trata necesariamente de algo moralmente detestable, como, en cambio, sí ocurre en nuestro lenguaje. Por ejemplo, nadie entre nosotros diría, razonablemente que “Dios odia”, pero eso – en el lenguaje bíblico – sí es aplicable para afirmar, por ejemplo, que Dios “aborrece” aquello que es moralmente detestable o también aquello que “no se ama tanto como”, así Dios ama a Jacob y “no ama tanto como a él” (= odia) a Esaú (Mal 1,3); el necio es detestable, y Dios “lo detesta (= odia)” (Sir 27,24), “odia al que ama la violencia” (Sal 11,5), etc. Para nuestra mentalidad, que estamos habituados a pensar que “Dios es amor”, podemos decir que “el odio” es algo que le es totalmente desconocido. Pero, repetimos, no ocurre así usando el término “odio” en el sentido bíblico.

Ahora, Jesús, que quiere ir a la raíz más profunda de la ley judía, sabe que muchas de las cosas “detestables” son, en realidad, causadas por hechos anteriores, y – acá la novedad – Dios obra el bien a buenos y malos (“hace salir el sol… hace llover”) y, en consecuencia, el discípulo está invitado a amar a quienes se esperaría que sean odiados (Mt 5,45-47), porque debe "ser como Dios", debe llevar a la "perfección" la ley, la justicia.. (Mt 5,48). El odio a Jesús y los suyos, sin embargo, es propio de los que están del otro lado de la grieta (imagen frecuente en Juan, provocada a causa de Jesús que causa “división”; ver Jn 7,43; 9,16; 10,19; 11,45-46), es propio del “mundo”, de las “tinieblas”. Por eso Dios celebra a aquellos que aman la justicia y odian la iniquidad (Heb 1,9).

Cuando se escribe la carta de Juan, en la comunidad hay algunas personas que entienden que el amor es solamente a Dios, y que no hace falta amar al hermano (“amar menos”, = odiar) y el autor con toda contundencia dirá que “el que odia a su hermano es un asesino” (1 Jn 3,15) ya que “el que dice ‘amo a Dios’ y odia a su hermano es un mentiroso porque quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve” (1 Jn 4,20), ese tal, camina “en las tinieblas” (1 Jn 2,11). Ser asesino, ser mentiroso, es – como las tinieblas – pertenecer al "mundo", actuar bajo el “príncipe de este mundo” (Jn 12,31; 14,30) que es asesino y padre de la mentira (Jn 8,44).

Siempre es un problema hacer una lectura “lineal”, fundamentalista, y aplicar literalmente los textos sin interpretar o entender lo que estos quieren decir en su tiempo y a su auditorio; tengámoslo en cuenta - en este caso - con el "odio". Es interesante notar que Pablo parece ponerse en la misma sintonía que Jesús. En la carta a los Romanos les dirá que la paz requiere mutualidad, pero anima a los cristianos de Roma a poner su parte para crear relaciones positivas, tanto internamente como para la sociedad toda.

Sin duda existe el deseo de revancha contra los enemigos, pero ese derecho a vengarse no forma parte del triunfo sobre el mal. El amor debe reinar en todo. El cristiano debe dejar la retribución o castigo a Dios y pretender solo el bien; así Pablo cita libremente Proverbios aquí para apoyar su postura de no agresión (Rom 12,17-21; ver Prov 25,21-22).

El viejo esquema del “ojo por ojo, diente por diente” que era un paso para buscar evitar la revancha, encuentra en Jesús y los suyos un paso más. Frente a la violencia, o aquello que “merecería” odio, Pablo afirma que, en todo caso, se debe dejar eso a Dios, no es algo que les toca a los humanos. En un esquema donde no entra la meritocracia en ninguna parte, el Dios que es padre-madre, el Dios que es amor será el que se ocupará de los “enemigos” y – todo lo revela – el “odio”, como nosotros hoy lo entendemos, no figura en su horizonte. No debería, por tanto, figurar en el nuestro; ni en el obrar, ni en el decir.

 

Imagen tomada de https://padresycolegios.com/yorespeto-jovenes-ante-los-discursos-de-odio-en-la-red/

 

martes, 6 de septiembre de 2022

Comentario a las lecturas bíblicas, domingo 24º C

 Salir a buscar a los hermanos perdidos para participar de la fiesta

DOMINGO VIGESIMOCUARTO - "C"


Eduardo de la Serna




Lectura del libro del Éxodo     32, 7-11. 13-14

Resumen: Una suerte de “pecado original” del pueblo en el desierto nos remite a la idolatría, el pecado por excelencia en Israel. Dios decide terminar con este pueblo y empezar de nuevo con Moisés, como nuevo Abraham, pero éste intercede en favor de su pueblo y logra que Dios se arrepienta.

El texto del Éxodo nos presenta un caso paradigmático: el pueblo en el desierto, salido de Egipto por la mano de Dios y la conducción de Moisés, ante la ausencia de este, se vuelca a lo que la tradición bíblica ha llamado “idolatría”, una suerte de “pecado original del pueblo”. No interesa el hecho histórico ya que no es esa la intención ni del autor del texto del Éxodo, ni del texto litúrgico. Lo que cuenta, en este caso, es –por un lado- el fenómeno de la idolatría, y –por otro- la capacidad del mediador (Moisés, en este caso) de lograr que Dios se arrepienta de lo que había decidido hacer ante este hecho. La alusión a los novillos de oro de Jeroboam (1 Re 12,26-33), y la frecuente representación de la divinidad cananea conocida como ‘Ilu (‘El) –padre del dios también conocido como Baal- con un toro nos ponen en el clima de la idolatría paradigmática (la frase “este es tu Dios que te sacó de la tierra de Egipto” es idéntica en 32,4.8 y 1 Re 12,28).

El pueblo, haciéndose una imagen, y reconociendo que busca “otro Dios que vaya delante nuestro”, está violando expresamente los mandamientos que acaba de aceptar (20,2-6). Ante la ira de Yahvé es Moisés el que intercede en su favor varias veces en toda esta unidad (32,9-13.30-32; 33,12-13.15-17; 34,9) lo que motiva que Dios decida no obrar el castigo (32,14.33-35; 33,1-3) y acompañar a su pueblo en el camino (33,14.17-34,8) y concretando una nueva alianza (cap. 34). 

Moisés está en el monte un tiempo excesivo (40 días; cf. 24,18), lo que causa la duda del pueblo y la decisión de hacerse “un dios que vaya delante nuestro” (v.1). Así Aarón funde el oro de los israelitas haciendo un becerro (v.4) al que reconocen como el que “sacó de la tierra de Egipto” a Israel, al que se le levanta un altar (v.5) y se le ofrecen holocaustos y sacrificios (v.6). Entonces Yahvé se dirige a Moisés informándole la situación (vv.7-8, donde comienza el texto litúrgico) y comunicándole su decisión de destruirlo (v.10) ya que es un pueblo “obstinado” (v.9) y engendrar otro pueblo del mismo Moisés (cf. Núm 14,12) como una suerte de nuevo Abraham (Gen 12,2). Éste sale en defensa de su pueblo (vv.11-13) y logra que Dios se arrepienta (v.14). Es curiosa la argumentación de Moisés: “¿qué dirán los egipcios?” (v.12; el honor de Dios está en juego; versículo omitido por la liturgia) e invitándolo a hacer memoria de los patriarcas (v.13; la fidelidad de Dios a su palabra está en juego). Finalmente es Moisés, y no Dios, el que logra su cometido (v.14) y se prepara el camino para la nueva alianza.


Lectura de la primera carta a Timoteo     1, 12-17

Resumen: en un contraste entre su antes y después, el supuesto “Pablo” alude a su pasado pecador en contraste con su actual ministerio a causa de la misericordia y la gracia de Dios. Este cambio, un contraste notable entre la blasfemia y el pecado a la dignidad y la gracia viene dado por el deseo de Dios enviando a Jesús para salvar a los pecadores, de lo cual Pablo es testigo evidente.

Como es habitual en las cartas, luego de una introducción, encontramos una acción de gracias (v.12; aunque en las cartas de Pablo sirvan para introducir los temas que desarrollará en la carta, mientras en este caso es una presentación del mismo “Pablo”) que concluye con una doxología (v.17). 

El texto está armado de un modo simple:

      1.     “doy gracias” (v.12)
         2.     “encontré misericordia” (v.13)
            3.     La gracia en mí (v.14)
               4.     Es cierta y digna de ser aceptada esta palabra:
       “Cristo Jesús vino al mundo a salvar a los pecadores” (v.15)
            3’.    El primero de los pecadores soy yo (v.15)
         2’.    Encontré misericordia (v.16)
      1’.     Al rey de los siglos… honor y gloria… Amén (v.17).

El esquema es el de “antes – ahora”, con lo que parece aludir a la llamada “conversión de Pablo”, aunque en categorías que él jamás ha utilizado (cf. 1 Cor 15,8-11; 2 Cor 4,1-6; Gal 1,11-16; Fil 3,4-8; Rom 1,1-7; cf. Col 1,23-29; Ef 3,1-11; aquí “Pablo” alude a su pasado como blasfemo, y pecador, cosa que jamás dice Pablo de sí mismo en su pasado perseguidor). “Pablo” afirma que fue antes un blasfemo (que es lo que hacen los adversarios paulinos en el presente; cf. 1,20) pero –como justificación- alude a que obró así por ignorancia (cf. Hch 3,17; 17,30). Así es ejemplo del pecador salvado por la misericordia y la gracia de Dios (vv.15-16); Dios quiere salvar a todos, y el testimonio de Pablo es ejemplo de ello. Y por la iniciativa divina –a causa de la misericordia de Dios- que lo ha llamado al ministerio es que tiene autoridad para hablar frente a lo que afirman los falsos maestros.

En el centro de la unidad destaca como “palabra” el sentido salvador de la venida de Jesús al mundo (cf. Jn 3,17; Lc 19,10; Mt 9,13) del que “Pablo”, con su vida da testimonio.

Como ejemplo de los que pueden alcanzar la fe Pablo remite a su propia experiencia de conversión (v.15) destacando en un canto conclusivo de alabanza la trascendencia de Dios (v.17).


+ Evangelio según san Lucas     15, 1-32


Resumen: Tres parábolas de “lo perdido - encontrado” presenta Jesús como explicación a su actitud subversiva de comer con pecadores. La alegría es consecuencia de cada encuentro. Encontrar en los “perdidos” verdaderos hermanos “encontrados” es motivo de alegría y fiesta. Por el contrario, los que se saben justos corren el riesgo de rechazar a los otros, negando la fraternidad y excluyéndose de la fiesta.

Tres parábolas presenta Lucas como consecuencia de una “murmuración”. Tres parábolas que refieren a “lo perdido - encontrado”: una oveja, una moneda, un hijo. La tercera –la llamada habitualmente del “hijo pródigo”- es ciertamente la más conocida, pero es conveniente ubicarla en su contexto para comprenderla bien. Como ocurre con los refranes, por ejemplo, una parábola se entiende en el contexto que la provoca. Y el mismo refrán puede utilizarse en otra ocasión con otro sentido, porque lo que se pretende es ilustrar sapiencialmente el momento. En este caso se trata –una vez más- de las comidas de Jesús con pecadores. Ya hemos visto que –especialmente en Lucas- Jesús habitualmente come con los rechazados de la sociedad, hasta el punto que es tenido por “comilón y borracho, amigo de publicanos y pecadores” (7,34). Para resaltar esta imagen que desencadenará la intervención de Jesús, 

Lucas presenta una evidente exageración: “todos” los publicanos y pecadores se acercaban a él. Como es propio –además- el escándalo no es sólo que lo escuchen y los reciba, sino que él “coma con ellos”. Es sabido que en una cultura que da tanta importancia a lo que exterior, sólo se come con quienes “son como uno”, sentarse a la mesa con personas de menor honor significa exponerse públicamente, y reconocer que el honor que se tiene es más bajo. Las comidas estigmatizan. Por tanto, si Jesús come con publicanos (lo más bajo en la escala del honor, comparable a las prostitutas; cf. Mt 21,31.32) y con pecadores, es señal evidente que es como ellos, y él mismo lo reconoce y acepta. Por su parte, otro par (fariseos y escribas) “murmuran” acerca de esto, lo visibilizan. El verbo “murmurar” (diegóggizon) sólo ocurre otra vez en el NT, en Lc 19,7 en una escena semejante: Jesús “¡ha ido a hospedarse a casa de un hombre pecador!” En Jos 9,18 “toda la asamblea (synagôgê) murmuró contra sus representantes”, en Dt 1,27 todo Israel “murmura” contra Moisés afirmando que Dios lo liberó de Egipto “por el odio que nos tiene”; lo mismo ocurre en Núm 14,2.36; 16,11 (contra Aarón); Ex 15,24 (contra Moisés); 16,2.7.8 (contra Moisés y Aarón). La “murmuración” es una queja rebelde contra Dios o su(s) enviado(s). El término goggizô (que está en la raíz del anterior) también tiene el mismo uso (cf. 1 Cor 10,10; Jn 6,41.43.61; y –en el mismo sentido que los anteriores de Lucas: en una comida- en Lc 5,30). Por tanto, Lucas nos indica –antes de empezar a desarrollar la intervención de Jesús- cuál es su interpretación del acontecimiento: Jesús, como profeta enviado de Dios, es rechazado por la élite “santa” de Israel por su cercanía (“se acercaban”) y sus comidas con “publicanos y pecadores” (o “publicanos –es decir- pecadores”). 

Las dos primeras parábolas son muy sencillas y están construidas en un claro paralelismo:


15,4-7
15,8-10
4 «¿Quién de ustedes que tiene cien ovejas,
8 «O, ¿qué mujer que tiene diez dracmas,
si pierde una de ellas, no deja las 99 en el desierto,
si pierde unano enciende una lámpara y barre la casa
va a buscar la que se perdió hasta que la encuentra?
y busca cuidadosamente hasta que la encuentra?
5 Y cuando la encuentra, la pone contento sobre sus hombros;
9 Y cuando la encuentra,
6 y llegando a casa, convoca a los amigos y vecinos, y les dice:
convoca a las amigas y vecinas, y dice:
«Alégrense conmigo, porque he hallado la oveja que se me había perdido
«Alégrense conmigo, porque he hallado la dracma que había perdido
7 Les digo que, de igual modo, habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por 99 justos que no tengan necesidad de conversión.
10 Del mismo modo, les digo, se produce alegría ante los ángeles de Dios por un solo pecador que se convierta».


La semejanza es evidente, y podemos afirmar que se trata de la misma idea aunque –como es habitual en Lucas- poniendo en paralelo un varón y una mujer (Simeón y Ana [2,25-38]; una viuda y un leproso [4,25-27], uno que siembra mostaza y una que mete levadura en la masa [13,18-21]…).  Como corresponde en una parábola debemos buscar el tema principal, ¿a dónde “apunta”? Y ciertamente en este caso se trata de la alegría por haber encontrado lo perdido; los/as amigos/as y vecinos/as están invitados a compartir la alegría por ello. La conclusión de la parábola (¡Alégrense!) es refrendada por una conclusión del narrador (“del mismo modo”) reforzando la idea de la alegría (15,5.6.7.9.10.32 que –por otra parte- es un tema frecuente en toda la obra de Lucas; cf. 1,14.28.58; 2,10; 6,3; 8,13; 10,17.20; 13,17; 19,6.37; 22,5; 23,8; 24,41.52; Hch 5,41; 8,39; 11,23; 12,14; 13,48.52; 15,3.23.31; 23,26). 

Obviamente, en el contexto de Lucas, la idea es que Jesús se acerca a publicanos y pecadores para darles la ocasión a la conversión. Es decir: Jesús no les cuestiona la justicia a los “fariseos y escribas” (“justos que no tengan necesidad de conversión”) pero se resiste a un sistema religioso que les cierra definitivamente las puertas; sale a buscarlos, se aproxima “¡y hasta come con ellos!” 

Pero en estas dos parábolas el acento está en lo perdido. Y Lucas quiere ahondar todavía más, y recurre entonces a otra parábola. Parábola semejante ya que repite la idea de lo perdido encontrado (vv. 24.32) pero, en este caso, contrastando dos procederes ante ello. En ese sentido estamos ante las frecuentes parábolas de dos personajes, habituales en Lucas (Lázaro y el rico [16,19-31], el fariseo y el publicano [18,9-14]); en estos casos se contrastan dos actitudes opuestas y se invita a los oyentes a tomar posición por una de ellas. En este caso, la actitud del padre y del hijo mayor son contrastantes ante el hijo “perdido y encontrado”. Ciertamente, el hijo mayor, que “jamás desobedeció una orden suya”, al que el padre le reconoce que “tiene razón” y que “todo lo mío es tuyo”, representa claramente a las 99 que no tienen necesidad de conversión, a los justos. No está en cuestión ni en duda la justicia de los fariseos y los escribas, lo que está en cuestión es su actitud frente al hermano. 

Veamos brevemente algunos elementos para profundizar los textos:

La conclusión del cap. 14 había señalado “quién tenga oídos para oír, que oiga” (v.35), y los “publicanos y pecadores” se acercan para “escucharlo”. “Oír” (akouô) es signo de conversión (5,1.15; 6,17.27.47.49; 7,29; 8,8-18.21; 9,35; 10,16.24.39; 11,28.31). El profeta Jesús “habla de parte de Dios” y busca que sean reconocidos como tales los “hijos de Abraham” despreciados (13,16; 16,25), y los rechazados se “acercan para oírlo”. El contraste entre los “escribas y fariseos” con los “publicanos y pecadores” ya lo encontramos en 7,29-30. 

No abunda insistir en el aspecto contracultural de las comidas de Jesús con los desclasados sociales, con aquellos con los que “no se debe” comer; estas comidas son un signo evidente de la presencia del reino de Dios. 

La parábola de la oveja perdida se repite en Mateo, pero con un sentido diferente; Mateo insiste en la actitud del pastor que debe buscar la oveja, “porque no es voluntad del Padre de ustedes que se pierda ni un solo de estos pequeños”, 18,14. No es claro si Lucas añade la parábola de la moneda perdida a una parábola del documento Q, o si Mateo la omite porque no sirve a su intención en el capítulo “eclesial”. En Mateo, la oveja se “descarría”, mientras que en Lucas se pierde (verbo que –como se dijo- se repite en las otras dos parábolas).  

El acento en la conversión es propio de Lucas, para eso vino Jesús (5,32). Es importante señalar esto: Jesús quiere ser escuchado por todos, come con todos, se acerca a todos, este es el primer paso del discipulado –y que tanto molesta a los “justos”-, pero requiere un segundo paso que es la conversión. Hasta último momento se abre las puertas a los pecadores para dar ese paso, pero eso no implica que todo “quede ahí”. Como vimos los que quedan fuera le dirán: “hemos comido y bebido contigo” (13,26). No es sólo “escuchar la palabra” –lo señalamos en otra ocasión- este es el primer paso, pero esta palabra debe “guardarse” (8,21; 11,28; cf. 8,11-15).

La parábola en la que se contrastan las actitudes del padre y el hermano ante el hijo que vuelve tiene varios elementos que merecen ser mirados:

Sin duda, la imagen del Dios abbá que Jesús muestra se ve reflejada en la actitud del padre de la parábola. Pero muy lejos está este padre del “padre patriarcal", autoritario, inflexible que se espera en la sociedad. Como el padre de otros dos hijos (Mt 21,28-31) es un padre que no es respetado, que no ejerce su autoridad. Podríamos decir que ambos muestran un padre “blando” en comparación con lo que se espera culturalmente de un “buen padre”, lo que permite vislumbrar qué tipo de padre entiende Jesús que es su “abbá” (no por blando, sino por respetuoso de las decisiones de los hijos, compasivo, tierno). 

Los temas legales acerca de la herencia no son importantes en este relato. La imagen de “país lejano”, “malgastó”, “dispendiosamente”, “cerdos” refuerza la idea de la distancia, de “alejamiento” de lo que se espera de un buen judío, aunque no se refiere expresamente a lo que después dirá el hermano mayor que “devoró tu hacienda con prostitutas”. 

El acento en la vida del hermano menor está puesto en la comida (lo que no es ajeno a las “comidas de Jesús”): “hambre” (v.14), “alimentarse con la comida de los cerdos” (v.16), “pan en abundancia… me muero de hambre” (v.17), “novillo cebado, mátenlo, comamos, y celebremos una fiesta” (v.23), “un cabrito para tener una fiesta” (v.29), “devoró tu hacienda… matar el ternero cebado” (v.30). El retorno a la casa paterna está motivado por el hambre en aquella región (el tema del hambre es frecuente en la Biblia: Gen 12,10; 26,1; 41,27-47; 42,5; 43,1; 47,4; Rut 1,1; 1 Re 18,2; 2 Re 4,38; Lc 4,25; Hch 11,28). 

La Misna, dentro de los animales y lugares donde pueden criarse afirma que “no se pueden criar cerdos en ninguna parte” (Bab Qam 7,7); estos son alimentados con los frutos de la encina (bellotas). 

Literalmente el texto afirma que “entró en sí mismo”, y recapacitó la abundancia (cf. 9,17; 12,15) de pan (entendido en sentido de alimento, cf. 14,1.15) de los servidores de su padre. Lo que motiva el regreso es –evidentemente- el hambre. Podemos afirmar que la parábola no presenta un contexto de arrepentimiento expresamente (sí lo presenta el marco narrativo de los “pecadores que se convierten”), lo que presenta es un regreso a la casa del padre, y para ser tratado “como un jornalero” (misthios), es decir, para poder tener pan. 

El verbo “pecar” (hamartanô) no debe entenderse en el sentido que usamos habitualmente. Se refiere a una falta, pero puede ser un error o una equivocación (ver Hch 25,8: “Pablo se defendía diciendo: «Yo no he cometido falta alguna ni contra la Ley de los judíos ni contra el Templo ni contra el César.»”) cf. Mt 18,15.21; 27,4; Lc 17,3.4; Jn 8,11; 9,2.3. El “cielo” es una manera de aludir a Dios sin nombrarlo (cf. 6,23; 12,33; cf. Mc 11,30); como es habitual en el mundo judío, las relaciones con Dios y con los seres humanos están interconectadas. En Israel, un jornalero (literalmente, un “asalariado”, misthios, de salario, “misthós”) debe ser tratado con justicia. No se puede retener su salario (Lev 19,13), ni se lo debe maltratar (Sir 7,20) y quien no se ocupa de sus sustento es comparado a un asesino (Sir 34,22). A pesar de llamarlo “padre”, sabe que “no merece” ser tenido por hijo, no es “digno”. 

Lo que se afirma del padre es que tuvo compasión; el verbo splagjnizomai es el usado en Lc 7,13 (el hijo único muerto de una viuda), 10,33, (el samaritano ante el caído). Es un verbo que salvo en parábolas, en los Sinópticos sólo se dice de Jesús, algo que lo mueve a obrar. Como matiz interesante, en los tres casos de Lucas se da ante una situación de muerte [hijo muerto, caído medio muerto, “mi hijo estaba muerto”)] y mueve a la recuperación de la vida. 

Lo que obra el padre es notablemente llamativo e inesperado: correr no es algo que se espera de un padre oriental. La iniciativa es del padre: ver, conmoverse, correr, echarse al cuello, besar. Incluso no lo deja terminar el discurso que el hijo tenía preparado y se deshace en gestos: el mejor vestido y las sandalias es un acto de dignidad, el anillo (el sello familiar) lo reconoce como hijo, el novillo alimentado a grano (sitos) para que su carne sea blanda a la espera de un gran acontecimiento (ver Jue 6,25.28; Jer 46,21). La fiesta será la conclusión de la actitud del padre y lo que marcará el contraste con lo que resta de la parábola. 

La razón de la fiesta se ubica en el contexto de lo perdido - encontrado, como las parábolas anteriores, y reforzado con la idea de muerte - resurrección (anézêsen). 

A continuación entra en escena el segundo personaje: el hermano mayor. Al acercarse y escuchar la fiesta, consulta a uno de los “muchachos” que le informa el motivo.  La alegría por encontrar a su hijo “sano” motivó el obrar del padre. Jesús ya había señalado que necesitan médico los que están mal, no los “sanos”, en un contexto semejante (5,31; cf. 7,10). La irritación del hermano mayor (cf. 14,21) lo hace no querer entrar, lo que provoca una nueva “salida” del padre. El padre lo “exhorta”, “anima”, “consuela”, “suplicar” (el verbo parakaleô permite estas, y otras traducciones según sea el caso; cf. Lc 3,18; 7,4; 8,31; 16,25; Hch 14,22; 20,2); siendo que el hijo le “replica”, traducir por “suplicar” parece conveniente. 

Lo que el hijo mayor afirma es algo cierto: “hace tanto”, “jamás desobedeció” y el padre lo reconoce: “tú siempre estás conmigo”. El tema es otro: es el hermano. Sin embargo, es llamativo que el hijo diga que “sirve” al padre, usando el verbo “esclavizar” (douleô) añadiendo una nota de amargura al reclamo; jamás desobedeció un “mandamiento” (entolê; cf. 1,6; 18,20; 23,56). Así se nos remite a los judíos justos que no tienen necesidad de conversión (v.7). El clima de amargura sigue: “jamás me diste un cabrito”, lo que –evidentemente- contrasta con el novillo engordado, y se ocupa de contrastarlo. 

El hermano mayor supone lo que ha sido de su hermano en este tiempo ("devorado tu hacienda con prostitutas"; la parábola no lo ha dicho) mostrando desprecio por ello (cf. 7,34.39 donde se afirma eso de Jesús). 

“Todo lo mío es tuyo” es algo que los griegos afirmaban de la amistad (cf. Hch 4,32); la Misna afirma que el que dice “lo mío es tuyo y lo tuyo es mío es un ignorante” (Abot 5,10).  

Era necesario” (dei, cf. 13,16) implica que las necesidades humanas están por encima de los mandamientos. Por eso Lucas retoma en la conclusión el tema de la alegría que marcaba las parábolas anteriores. 

El contexto ilustra claramente el sentido de la parábola. Dos actitudes ante el joven que vuelve a casa. La del padre y la del hermano. Es sintomático (y permite entender la actitud de Jesús ante los escribas y fariseos frente a los publicanos y pecadores) que el hermano mayor se niega a reconocer a su hermano como tal. “Este hijo tuyo” (v.30) contrasta con lo dicho por el muchacho y por el padre: “este hermano tuyo” (vv.27.32). Los que se tienen o se saben justos, se niegan a reconocer como hermanos a los pecadores (y es justo recordar que ser hermanos es una de las características de todo judío hacia el otro miembro de su pueblo, a los “hijos de Abraham”). Esta negativa de reconocer como hermanos a los pecadores marca el sentido fundamental de la parábola y el contraste con la actitud de Jesús, como profeta de parte de Dios.


El video con comentario al Evangelio puede verse en
https://blogeduopp1.blogspot.com/2022/09/video-con-comentario-al-evangelio-del.html
o también en
https://youtu.be/4mLzuMUFocY


Dibujo tomado de ayudateconmusica.com 

lunes, 5 de septiembre de 2022

Tres notas breves a partir del atentado contra Cristina Fernandez y Kirchner

Tres notas breves a partir del atentado contra Cristina Fernandez y Kirchner

Eduardo de la Serna



Rédito político

[reflexión a partir de la pequeñez e insignificancia de los que miran el rédito político propio antes que el bien del pueblo y la Patria]

Es normal, y hasta razonable, que determinado grupo político busque aprovechar sus propias fortalezas o las debilidades del adversario para “sacar rédito político”. El rédito es la utilidad o beneficio que se extrae de un capital (político, en este caso). Hay decenas de ocasiones en las que se pretende dicho rédito; e, insisto, es razonable. Por supuesto, también es razonable que los adversarios busquen limitar el rédito de los otros, o, de ser posible, redireccionarlo en el propio provecho. Los ejemplos se podrían multiplicar en todos los órdenes del campo político. 


Ahora bien, cuando la búsqueda de ese rédito traspasa ciertos límites, entramos en el terreno de las miserias que, en ocasiones, hablan muy mal del grupo en cuestión (y hasta podría ser motivo de que los adversarios saquen rédito político de la miseria ajena). Y, al hablar de límites, me refiero, por ejemplo, a lo que llamamos una “escala de valores”. Si para sacar rédito recurro a la mentira, por ejemplo, o a la calumnia (lo cual, es, debemos reconocerlo, sumamente frecuente) es razonable preguntarse sobre qué se edifica dicho “espacio político”. Porque se supone (mera suposición reconozcamos) que se espera que los pueblos elijan a sus representantes por las fortalezas de sus propuestas y opiniones, o – al menos – por ser menos débiles que las contrarias, y, si esto está edificado sobre la mentira (de las propias fortalezas o las debilidades opuestas) ciertamente algo habla muy mal de los “oferentes”. 


Pero, todavía, debemos ir más allá… y me remito al presente: si una persona atenta seriamente contra la vicepresidenta (y no quiero entrar aquí en la incitación a la violencia, a los discursos de odio, a la descalificación de la otra parte… todas reales, y todas cosas que hablan mal, ¡muy mal!, de los perpetradores políticos, mediáticos y/o judiciales) y, para no dar “rédito político” a otros, o para no sentirse menoscabados, se retacea firmeza, se niega presencia, se ausenta solidaridad, pues, eso no solamente habla mal, ¡muy mal!, de la propuesta alternativa, sino que habla de la miseria humana de quienes pretenden ser representantes de otras y otros.


En nuestra historia, ha habido casos de “grandeza política”, y grupos o personas que no miraron su propio provecho sino el “bien mayor” y no le “sacaron el cuerpo” a hechos que ellos podían aprovechar, pero no se entró en el “chiquitaje” de lo propio; el primer ejemplo que se me ocurre, y seguramente hay más, es que prácticamente toda la oposición acompañó al entonces presidente Raúl Alfonsín cuando los levantamientos de Semana Santa. La democracia estaba por encima de la conveniencia política (aparente) del debilitamiento de la figura presidencial que, entonces, era importante; y se pudo ver, en diferentes fotos, a gran parte del arco opositor acompañando al gobierno. Mirar, en nuestro presente, a dirigentes y dirigentas que ante el gravísimo atentado callan, que siembran más odio o sospechas, que “negocian” si participar o no en las declaraciones de repudio frente a un hecho que podría haber cambiado nuestro presente, e, incluso, sumirnos en un baño de sangre, me resulta simplemente detestable. Debo confesar que me cuesta valorar siquiera un poco a quienes siempre han “sacado rédito político” de las muertes (y silenciando las propias) envenenando a toda una sociedad que, convenientemente envenenada, quizás los vote, pero que – debemos mirar atentamente – nos invitan a edificar un proyecto político sobre muerte, sobre mentira, sobre odio, sobre una democracia socavada en sus raíces o cimientos. La falta de grandeza habla muy a las claras de muchos, habla de su insignificancia. Lamentablemente, ante lo muy amargo de todo esto, ocurre como dicen que hace el Opus Dei cuando les pasa algo agrio como un limón: saben hacer limonada. Muchos, dolorosamente, crearán realidades ficcionales diciendo que algo no ocurrió, o que esto o que lo otro, y buscarán aprovechar políticamente su poder de fuego mediático y judicial. ¡Qué futuro tan chiquito nos espera si se edifica sobre tan poca grandeza!


La cuerda locura

    [reflexión a partir de la actitud de Cristina de salir a la puerta y saludar después del atentado]

Todavía estaba conmocionado por el atentado fallido contra Cristina, escribiendo sobre el tema, pensando, militando, yendo a la marcha y demás cosas cuando, al volver y mirar los portales veo que, después de esta atrocidad, Cristina salió de su departamento y fue a saludar a la gente. “¡Está loca!, ¡está loca!”, me decía yo. Y lo compartí con amigas y amigos, con el añadido – para evitar malos entendidos – aludiendo a los ovarios de esta mujer (metáfora de influencia feminista, quizás no totalmente feliz, pero que pretende evitar atribuciones masculinas a una mujer para halagarla). 


Nadie interpretó mal mi referencia a la “locura”, pero sí me hicieron aportes. Un amigo me dijo que es “mentalmente de hierro. Un animal político”, cosa que nadie podría dudar ni un poquito. Otra amiga me añadió, “sí… como locas las madres… locura de amor”, cosa que también comparto plenamente. Y eso me hizo pensar un poco.


El término que hace referencia a la locura suele ser utilizado de muchos modos, incluso agresivos e incluso afectivos. Es habitual referirse de ese modo, por ejemplo, a una ex diputada. El problema, por caso, es que, si realmente aplicara el adjetivo, no sería cuerda, no sería consciente de sus actos, sería inimputable. Y, por lo tanto, no sería responsable del odio que destila. Y, a pesar de su reconocida adicción a las pastillas, nada indica que esté realmente “loca”. También se decía de las “locas de la plaza”, algo que – como en tantas ocasiones – nació en sentido despectivo, pero terminó siendo apropiado como identitario. 


Me parece entender que el término se atribuye a alguien (o a varios) que manifiestan un desborde que sale de los límites que se esperarían del caso. El uso será adecuado “científicamente” cuando ese desborde surge de una pérdida de la propia conciencia. En este estado alterado, la locura produce palabras, gestos, actitudes desbordadas, pero “inimputables”. Pero cuando ese desborde es un derroche de generosidad, de amor, un desborde de serenidad o de valentía, de algo que no se espera, que sale de los límites imaginados (lo que, en el fondo está revelando o manifestando lo limitados que somos), se podrá decir que alguien entra en el terreno de la locura, se podrá decir despectivamente o amablemente, pero, habitualmente, eso habla más de nosotros que de esos o esas “locos” o “locas”. 


Cristina está loca, porque se para frente a los odiadores y les dice hasta con una sonrisa, “no les tengo miedo”, “no me van a separar del pueblo”, o cosas por el estilo. Ese desborde habla... o ¡hasta grita! Los violentos allí están… Los conocemos, a muchos con nombre y apellido, con caras reconocidas, y – aquellos menos importantes – aparecen seguido en los Medios; los otros, los que tienen peso, los que “mandan”, aparecen poco o casi nada, aunque los reconocemos si queremos saber mirar. Y recordaba que de Jesús decían que está loco (Marcos 3,21; Juan 10,20), lo decían de algunos profetas (Oseas 9,7), lo decían de san Pablo (Hechos 26,24) lo decían de San Francisco, de monseñor Romero y de tantos otros. Suele pasar. Suele pasar. Y a ciertos locos y locas prefiero tenerlos de mi lado. Marcan caminos… de desborde y de vida. ¿Estaré también yo loco?


Simplemente ¡un asco!

[reflexión a partir de un video cargado de odio de un cura en sus redes sociales]

Con frecuencia estamos tentados a defender a “los nuestros” y cuestionar a “los otros”. Y, cuando es el caso, de alguno de “los nuestros” dice o hace algo cuestionable, tendemos a excusarlo, mientras que solemos ser inflexibles con “los otros” sin entrar en razones. En lo personal, hago el esfuerzo, que no siempre me sale, de mirar primero la viga en mi / nuestro ojo, antes de ver la pelusa en el ajeno, siguiendo un consejo de Jesús. En clase más de una vez me encuentro ante ese desafío, y cuando alguna persona suele decir “sí, no como X que …” suelo tener como respuesta, “si, pero nosotros …” Sé que parece que lo mío es crítico de sectores eclesiales, pero mi intento es no ser inflexibles con “los otros” y blandos con “los nuestros”.


Pues bien, un cura, por lo que sé de Santa Fe, que luego pasó a la diócesis de Paraná y luego, por estudios, viajó a Roma, donde se quedó (cuyo nombre omitiré para no darle siquiera entidad), acaba de compartir un video vomitivo, execrable y, además, ignorante. Es cierto que la ignorancia se combate aprendiendo, pero suele ser imposible de vencer cuando nace de la soberbia (“el soberbio, nada sabe”, al decir de Tomás de Aquino). Un video cargado de incongruencias, para empezar, porque si lo que casi todos – el Papa incluido – llamamos “atentado” para él se trató de un “simulacro”, como afirma, no se entiende que esté conforme de que Cristina “no sea mártir” (nadie sería mártir de un simulacro ¿no?). Pero bueno, quizás sea pedirle lógica a un incapaz. Pero me quiero detener en una serie de aberraciones. Alguna quizás propia de la lejanía (suelen quedarse en Roma muchos que ambicionan ardientemente el episcopado, es decir, “trepar”), pero – para empezar – ignora (= ignorante) que “si la bala hubiera salido” no se trata solamente de que algunos tendrían una mártir, se trata de que con toda seguridad hoy nuestro país sería muy distinto, y muchos mártires de muchos lados empezarían a aparecer por doquier. Claro, no en Roma (además, al decir de Eduardo Galeano, hay personas que “valen menos que la bala que los mata” y en este caso aplicaría). Pero parece que, para el esperpento, la paz no es un valor fundamental para la convivencia y la vida, lo central es su odio (y, para peor, odio ignorante… Ni los pasos procesales conoce). El engendro tiene derecho a sentirse en la vereda de enfrenta del movimiento nacional y popular (lamentablemente, demasiados ambientes eclesiásticos lo están; ¿cuándo saldrá la declaración de repudio de la Conferencia Episcopal? Pero no, a estos no se los cuestiona ni recomienda el silencio…; es a “los otros”). Pero en el colmo de su odio destilado, cargado de lugares comunes de trolls (quizás su Evangelio), con un cerebro envenenado (al menos poca dosis de veneno se necesita para eso), no sólo hizo referencia a Cristina y a Néstor (obvio que incluyendo a los “cavernícolas que te siguen”, dirigiéndose a la vicepresidenta) en la conclusión hizo referencia a Dios y a lo que a veces se llama “juicio final”. Patético, pedante, primitivo, prepotente, patotero… para calificarlo solamente con la “p” de “p….”, peronista, o pingüino. Obviamente habló para los suyos, seguramente tan odiadores como él, o pichones de… Y no merece otra respuesta que el desprecio. Y yo, como cura, no quiero callarme y parecer tolerante. Tolerar la intolerancia se asemeja al suicidio, y – en lo personal – amo la vida. También la mía, pero antes la vida amenazada de los pobres, y también, la vida de aquellos y aquellas que han hecho mucho para que esta vida de los pobres sea más digna, más feliz, más vida, en suma. Desde mí, eso sería más cristiano, pero, de eso, ese, ¡no parece entender nada!


Foto tomada de https://unsplash.com/es/fotos/7x-Th7ws6T0

Video con comentario al Evangelio del dominigo 24º "C"

Video con comentario al Evangelio del dominigo 24º "C"


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Eduardo

viernes, 2 de septiembre de 2022

Una marcha… marchando

Una marcha… marchando

Eduardo de la Serna



Como es obvio, hay marchas y hay marchas. Hay marchas más espontáneas y marchas más organizadas, las hay en las que se marcha a escuchar, sea a personajes, sea a documentos, las hay en las que se marcha a manifestar presencia, a celebrar o a reclamar… Las hay de todo tipo, las hay que empiezan y terminan en momentos precisos y las hay que empiezan y terminan cuando “nosotros llegamos” … Hay marchas en las que me alegro de ver a tantos conocidos, y marchas en las que celebro no ver conocidos que sé que están porque es indicio de que somos muchos; pero siempre, siempre, la marcha es “un pueblo que camina”, movidos por una dirección, es encuentro de un pueblo (por eso los individualistas no marchan), y por eso, aunque sea reclamo o memoria del dolor, es fiesta porque es encuentro. Y hoy marchamos.

Marchamos por repudio y memoria del odio, capaz de alentar, incentivar, impulsar, acompañar un disparo, ante el que después dirán, cínicamente, ¡qué horror! Y marchamos para celebrar que no salió la bala. Y surgen preguntas. Algunas imposibles de responder a cabalidad.

¿Qué hubiera pasado sí…? Obviamente no lo sabremos. Pero lo de “¡qué quilombo se va a armar!” no parece para nada improbable. Algunos hasta hablan de “guerra civil”. ¿Será posible? No me animaría a negarlo. No veo cómo, pero no veo un horizonte claro. Lo que sí creo que es evidente es que si hoy en la plaza el clima era de esta ambigüedad, dolor y bronca por un lado, alivio y esperanza por otro, la cosa sería muy dura si no estuviera la segunda parte y se potenciara dolorosamente la primera. Hubo un tiempo en que, sin demasiada conducción, hubo desbordes populares que terminaron en incendios, muertes y violencia y más violencia. ¿son conscientes de esto los alentadores del odio, los sembradores de racismo, los envenenadores de mentes? Lamentablemente sí creo que son conscientes. Son muy conscientes. Y no les importa. ¡total! ¡los muertos los ponen otros! Parece ser el lema. Me duele mucho creer que, en general (¡ojalá me equivocara!), dirigentes políticos, comunicadores y comunicadoras y entes del poder judicial injusto seguirán en la misma. Y, si así fuera, no se me ocurre salida desde el encuentro y la paz.

¿Por qué no pasó? Según dijo un impresentable amigo del atacante, el perpetrador solía ir al campo a disparar (cosa que parece avalada por la cantidad de balas que se encontraron en su casa), y si solía disparar ¿por qué no empujó bien el cargador para que la bala entrara en la recámara? ¿Nervios? ¿incompetencia? ¿Acto fallido? ¿Milagro? Como cura me gustaría decir milagro, pero debo confesar que no lo creo. Me encantaría, porque en un milagro Dios está diciendo algo. Y, en este caso, Dios estaría protegiendo a Cristina (¡y por algo sería!), pero, además, Dios estaría protegiendo al pueblo evitando una espiral de la violencia en la que siempre, ¡siempre!, las víctimas principalmente las ponen los pobres. Pero no creo que estemos ante un milagro… pero sí creo que Dios algo nos está diciendo. Y no es ajeno al modo de hablar de Dios señalar que “el amor vence al odio”, o que “el amor, con amor se paga”, como decía el cartel que una señora mayor ostentaba en la marcha (es una frase tomada de san Juan de la Cruz, recordemos). Y en esa palabra, creo, Dios nos estará diciendo que porque la bala no salió tenemos una nueva oportunidad de ser artesanos de la paz, de ser capaces de construir justicia, de complementar la frase anterior recordando, además, que “la verdad vence a la mentira”, “la justicia vence a la indiferencia”, “la comunidad vence al individualismo”, por ejemplo.

¿Qué puede pasar, ahora? Tengo muchos amigos y amigas con quienes no estamos de acuerdo en política o en religión o en fútbol. Precisamente las tres cosas que, algunos dicen no se pueden hablar en una casa si queremos que en ella reine la paz… Y con esos amigos y amigas discutimos, hasta muy vehementemente, a veces gritos, a veces vuela una ironía, a veces ademanes, pero un rato después, seguimos tomando mates o cervezas, o un vino y seguimos compartiendo la amistad que nos reúne. No me pongo como ejemplo, que no lo soy, pero si no aprendemos a discutir con todas nuestras convicciones (porque decir “de eso no hablemos” no sirve para nada) y saber que, un poco después, nos estamos abrazando, o riendo por otras cosas; si no somos capaces de eso, no veo que estemos siendo capaces de generar convivencia, de generar una Patria. Con algunos de estos amigos me encontré hoy en la plaza (obvio no con los que no compartimos horizontes políticos). Y, evidentemente, en una discusión, política, religiosa o deportiva, además de no estar de acuerdo, a veces quedamos bien, a veces quedamos mal… pero, ¡lo bueno!, seguimos quedando amigos. O empezamos a construir una patria de hermanos y hermanas, amigos y amigas y amigues o poco futuro nos queda. Y, si así fuera, no esperemos que Dios haga milagros que no hará, sino que nos toca esperar que nuestros sobrevivientes se atrevan mañana a empezar algo desde las ruinas. Quiera Dios, quiera el pueblo, que descubramos que la paz es más valiosa que tener razón, que el amor, es más valioso que el odio. Ambos, amor y odio se siembran, ambos germinan, y ambos cosechan. La clave está en ver los frutos. Por los frutos que hemos visto marchamos hoy, por los frutos que esperamos seguir viendo, seguimos marchando.


Foto de Bernardino Avila, tomada de https://www.pagina12.com.ar/478702-las-mejores-imagenes-de-la-marcha-en-repudio-del-atentado-co

jueves, 1 de septiembre de 2022

Los judíos ¿mataron a Jesús?

Los judíos ¿mataron a Jesús?

Eduardo de la Serna



En la antigua liturgia, antes de la feliz reforma conciliar, en la oración universal del Viernes Santo se rezaba por “los pérfidos judíos”. Cruel ironía en la que nosotros, tan buenos, rezamos por los malvados. Y rezamos porque nuestra bondad es excelsa, aunque los judíos, “deicidas”, es decir, asesinos de Dios, seguramente no se convertirán (al cristianismo, por supuesto). Como digo, felizmente esa atrocidad se reformó (aunque el Papa Benito XVI la restauró para luego ser nuevamente anulada por Francisco).

En realidad, especialmente desde que el cristianismo fue religión oficial en Europa, con algunas excepciones, el judaísmo fue rechazado, perseguido y expulsado. La gravedad del hecho de haber 'matado al Hijo de Dios' no era fácil de perdonar. Y así se configuró como judío al avaro, al usurero, y – en castellano – al “ladino”, que significa taimado, tramposo y, en su origen (ver RAE) refiere al judío español [un ejemplo más, y evidente, de cómo el lenguaje está cargado de ideología y deberíamos modificar… y vale también para lo patriarcal, lo homofóbico, etc.].

Ahora bien, ¿hoy podemos seguir sosteniendo que “los judíos mataron a Jesús”? Porque, es cierto - además - que, aunque así fuera, ninguna responsabilidad tendrían hoy los descendientes lejanísimos de los asesinos de ayer, pero, además, resulta que nada indica que “los judíos hayan matado a Jesús”. Veamos.

Un dato casi seguro de la muerte de Jesús es su muerte en cruz. Muerte cruel, sádica, humillante y ejemplificadora. Y, hemos de recordar, una muerte ejecutada por los romanos (“padeció bajo el poder de Poncio Pilato”). Lo que señalan los Evangelios es que Pilato no ve motivo para condenarlo, por lo que debe ser convencido por “los judíos” de hacerlo. Marcos dice que Pilato se daba cuenta que lo habían entregado por “envidia” y los sumos sacerdotes “incitaron” a la gente para pedir la libertad de Barrabás y no la de Jesús (15,10-11). La envidia es, para algunos escritos, algo propio del diablo (Sab 2,24) e “incitar” es subvertir, provocar (Lc 23,5). En Lucas, la que pide la condena de Jesús es “la muchedumbre” (23,18), sin que se señale responsabilidad o no de las autoridades judías que, eso sí, son las que presentan la acusación (23,2). En Juan, puesto que Pilato pretende soltarlo, “los judíos” gritan que no sería amigo del César si lo hiciera (19,12). El Evangelio más importante, utilizado para alimentar la judeofobia, es Mateo en la que se repite la convicción de Pilato de la “envidia” y la “persuasión” (“convencer”, ver 28,14) de los sacerdotes a la “muchedumbre”, se refuerza porque Pilato, como signo de que él no es responsable de ese crimen se lava las manos (27,24) y “todo el pueblo respondió, ‘su sangre sobre nosotros y nuestros hijos’…” (27,25).

Señalemos algunos elementos antes de mirar estos textos: el procurador, Pilato en esta ocasión, vivía con una guarnición militar en Cesarea (122 kms de Jerusalén) y se trasladaba a la ciudad capital de los judíos solamente para las grandes fiestas, como la Pascua, para garantizar que no hubiera tumultos o provocaciones. Allí se asentaba en una torre lindera del Templo. Pero desde hacía ya muchos años, el gobernante (rey, procurador, o quien fuere) tenía poder para poner o deponer al sumo sacerdote. Esto es indicio evidente de que, aunque las relaciones no fueran cordiales ni se comprendieran, había, entre ambos, procurador y sumo sacerdote, criterios en común. Evitar los tumultos era uno de ellos. Por tanto, es posible que los sumos sacerdotes (en realidad solo había uno, pero se suele usar el plural para indicar a unos pocos que lo secundaban) hayan presentado una denuncia contra Jesús a raíz de los tumultos provocados por él en el Templo. Pero, sin duda, Pilato también debe haber visto con preocupación a uno que llega para la fiesta y es reconocido por la “muchedumbre” como “rey” (¡nada menos! algo intolerable para Roma) en su llegada a la ciudad, y que, además, deja claro que el César no es Dios y está usurpando el lugar de Dios con su propaganda imperial en las monedas. De hecho, Juan revela una disconformidad entre Pilato y “los judíos” en el cartel sobre la cruz, porque Pilato afirma asesinar al “rey de los judíos”, mientras los judíos no lo reconocen así (19,19-21). La ciudad, además, solía llenarse de peregrinos (por eso iba el procurador para asegurar el orden) que iban – en este caso – a preparar la comida pascual con sus familias. Es verdad que una crucifixión tenía, además, una cuota de espectáculo sádico (Lucas habla de los que fueron a ver “el espectáculo”, 23,48) y que, además, al ubicarse las cruces en una de las puertas de la ciudad, fuera de la misma, tenía la finalidad de que la ejecución fuera vista – ejemplarmente – por todos los peregrinos.

Señalemos, entonces, algunos elementos: Marcos tiene una clara intención de mostrar, en el final de su vida, a un Jesús que cada vez queda más solo… abandonado del pueblo, abandonado de los discípulos, abandonado hasta de Dios. La comunidad de Marcos, que padece la violencia y la muerte, está invitada a verse reflejada en Jesús que, como ellos, padece el abandono y el escarnio.

Lucas quiere mostrar un Jesús que en todo momento reconcilia y desde la cruz derrama su misericordia, Pilato y Herodes se hicieron amigos, un ladrón junto a Jesús recibe el perdón, el mismo que Jesús da a todos, “porque no saben lo que hacen” y la muchedumbre, que fue a ver el espectáculo vuelve “golpeándose el pecho” en señal de arrepentimiento.

Juan escribe en una ciudad donde pareciera que todos están en contra de la comunidad del discípulo amado. Hay – "afuera" – un “mundo” adverso, discípulos de Juan bautista que lo reconocen a él como Mesías, hay malos cristianos y ¡hay judíos! Solo los discípulos de la comunidad son hijos de la luz, de la verdad, de la vida. Es razonable, en Juan, que Pilato no sepa qué es la verdad, que los guardias “de los sumos sacerdotes y los fariseos” vayan a capturarlo con “antorchas y lámparas” y que “los judíos” digan no tener “más rey que el César”. Todos ellos son adversarios de Jesús en este Evangelio.

Mateo, como dijimos, es el más duro y, sin duda, el que ha sido la causa de la acusación de la “perfidia” de los judíos. Al fin y al cabo, aquí, “el pueblo” se hizo responsable de la sangre del justo. Ellos y sus hijos. Curiosamente, Jesús “salvará a su pueblo” (1,21), es “pastor de mi pueblo” (2,6) ya que “el pueblo que habitaba en tinieblas ha visto una gran luz” (4,16) porque Jesús “sanaba toda enfermedad en el pueblo” (4,23), pero, sin embargo, “el corazón de este pueblo” se ha endurecido (13,15) y el “corazón de este pueblo” está lejos de mí (15,8; ambas son citas de Isaías). Pero las autoridades religiosas son sacerdotes o escribas “del pueblo” y quieren evitar que los discípulos “prediquen al pueblo” la resurrección (27,64). En la comunidad de Mateo se ve patente un conflicto interno: ¿quién es el verdadero Israel? ¿Los discípulos de los fariseos (los rabinos) o los discípulos de Jesús (los cristianos, la Iglesia)? El tiempo era de crisis [fines del siglo I] y cada uno intentaba fortalecer su propia identidad (o cuestionar la del adversario). Se podrían poner decenas de ejemplos de esto de un lado y del otro. Lo cierto es que Mateo quiere decirle a su comunidad que Israel ha rechazado ser “el pueblo de Dios” y por eso “se les quitará el reino de Dios para dárselo a un pueblo que rinda sus frutos” (21,43), es decir, la Iglesia. Como puede verse, la frase de "su sangre sobre nuestros hijos" tiene directa relación con la comunidad de Mateo y su conflicto con los rabinos de su tiempo; de ninguna manera ha de entenderse en una clave histórica que ha comprometido a los judíos para siempre.

Es difícil dudar que la responsabilidad principal del asesinato de Jesús recayó en la autoridad romana, aunque, es posible, que unos (muy pocos) de la elite sacerdotal lo hubieran alentado o acompañado. Responsabilizar a un pueblo (y hacerlo violentamente a lo largo de siglos y siglos) parece hablar más de la perfidia de muchos “cristianos” que de un extraño compromiso que la boca de unos pocos habría sellado la suerte de todo un pueblo para siempre.

 

Pintura de judíos en el infierno tomada de https://es.wikipedia.org/wiki/Antijuda%C3%ADsmo_cristiano#/media/Archivo:12th-century_painters_-_The_Garden_of_Delights_(detail)_-_WGA15932.jpg