sábado, 14 de octubre de 2017

El diario La Nación no nos quiere

El diario La Nación no nos quiere.

                                                                                                                 Eduardo de la Serna


el presente artículo fue publicado en el Nro 5 de la revista Contra Editorial 
(cuya tapa ilustra la nota)


Si no fueran tan temibles nos darían risa.
(Joan Manuel Serrat, “Los macarras de la moral”)


Con motivo del inicio de la campaña electoral, el pasado 21 de septiembre, el Grupo de curas en Opción por los pobres, hicimos pública nuestra opinión ante la sociedad. Hace ya muchos años – más de 30 – que hacemos llegar a quienes quieran leerla, en la opinión pública y nuestras comunidades, nuestra voz ante diferentes temas. En este caso se suscitaron una serie de reacciones muy interesantes. Algunos sectores eclesiásticos, periodísticos y políticos nos “hicieron el honor” de dedicarnos algunos párrafos. En algunos casos, por ejemplo, merecieron una respuesta profundizando alguna idea o aclarando algún punto. En otros, nuestro silencio es coherente con la falta de argumentos o la agresión. Por caso, responder a algún director de revista cuya aparente intención es alcanzar el episcopado no tiene demasiado sentido. Pero diferente es el caso del diario La Nación que en cuestión de 4 días nos dedicó dos notas centrales: el 3 de octubre un artículo de su habitual columnista, el historiador italiano Loris Zanatta (“Curas K: otra vez el mito de la nación católica”) y la editorial del matutino el 6 de octubre: “Pecados de adoctrinamiento”. En este caso, decir alguna palabra sobre estos “ataques” tiene sentido por la importancia del medio, no por su sensatez. De paso, ¿no es una divertida ironía que el diario que dice ser “tribuna de doctrina” critique como pecado el “adoctrinamiento”?

Es habitual que el diario en cuestión “blanquee” su opinión recurriendo a un conocido historiador italiano y poder así, por interpósita persona, criticar al Papa. Ya es sabido cuánto de incómodos están con él por motivos varios, como que no cumpliera con su explícito deseo de ser “el jefe de la oposición” del gobierno anterior pareciendo, por el contrario, más cercano a aquel que a este; o también aparecer como “populista”, algo aberrante tanto para “la tribuna de doctrina” como para el inefable Loris, o incluso crítico de los gobiernos centrales en temas como su actitud hacia los migrantes. Basta con mirar varias columnas del citado historiador para ver esto (ser historiador no habilita para ser un buen analista del presente, sin duda. Zanatta es un buen ejemplo de ello). La Nación evita así el mal trago, para ellos y sus lectores, tan católicos todos, de criticar al Santo Padre. En este caso, lo he señalado en otro lugar, resulta tan paupérrimo un análisis que parte de dos slogans no cuestionados ni analizados, que cualquier respuesta analítica implicaría darle entidad a lo que no lo tiene.

En su editorial, La Nación, además de remitir al columnista hace una serie de disquisiciones que merecen ser aclaradas. Insisto, por la trascendencia del medio, no por la seriedad de su argumentación. Para empezar, afirma que los curas opp somos “conocidos en las redes sociales” como “curas kirchneristas”. Debemos señalar que “las redes sociales” son un universo demasiado amplio e impreciso. Quizás sus amigos trolls así nos llamen, pero son cosas que corren por su cuenta. Como grupo jamás nos hemos identificado con un partido en concreto, aunque sí tengamos una mirada muy crítica de alguno. Irónicamente podríamos decir que “un diario M nos llama curas K” pero sería una chicana que en nada aporta a aclarar nada.

Al igual que el buen Loris, la editorial hace alusión a que no hablamos de una serie de temas. No sabía que teníamos que hacer nuestra la agenda que el Diario nos ha marcado y hablar de los temas que ellos deciden que son importantes; no lo hemos hecho. No nos interesa hacerlo. Pero el colmo radica en que afirman que “en este último mensaje resulta sorprendente que no se hayan referido… al hambre” y unos renglones más abajo dice que sostenemos que “matar de hambre, desamparo o indiferencia al pobre es un pecado”; quizás el editorialista debería ponerse de acuerdo con sí mismo antes de escribir ya que resulta algo confuso semejante planteo. También nos cuestiona afirmar que algo es “pecado” diciendo que así nos ponemos “en el lugar de Dios” cuando a su vez el título de la nota afirma que nosotros cometemos “pecados de adoctrinamiento”. La esquizofrenia periodística no parece demasiado brillante. Dejando, pues, de lado semejantes incongruencias quisiera señalar algunos temas concretos.

Una de las características de los profetas en la Biblia es que “hablan en nombre de Dios” (que no es “ponerse en el lugar de Dios”, por cierto). Más de 1.000 veces se encuentra en la Biblia la frase “así dice” el Señor y más de 400 veces la palabra “oráculo”. Y es sabido que el ministerio o el rol profético es algo que todo cristiano está llamado a desempeñar desde su bautismo. Atreverse a hablar en nombre de Dios es simplemente algo que es propio del cristiano. El tema daría para mucho, pero no es La Nación el espacio ni el interlocutor apropiado para un debate bíblico-teológico. Cientos de veces, con razón o sin ella, voces eclesiásticas han señalado, por ejemplo, que algo es o no coherente con la voluntad de Dios. Pero pareciera que para el catoliquísimo diario de los Mitre-Saguier no hay problema en decir esto si de matrimonio igualitario, ideología de género o cosas semejantes se tratara, pero no ha de decirse de políticas públicas. Parece que “no matarás”, “no robarás”, “no mentirás” no deben aplicarse al amado gobierno nacional (aunque sí podía decirse del anterior, por cierto). Pues mal que les pese decimos y sostenemos que hay cosas que son pecado y que sostenerlas o alentarlas también lo son. No nos metemos en la conciencia de cada uno (eso sería entrar en un terreno sagrado) pero sí que hay “doctrina” (= adoctrinamiento) que estamos invitados a seguir si queremos ser cristianos. “Este sistema mata” ha dicho reiteradas veces el Papa Francisco, y “no matar” resulta ser uno de los Diez Mandamientos, además de algo que parece estar en el esquema de una suerte de “moral universal”.

Una de las cosas que nos resulta hasta divertida es que ninguno de los que nos han criticado ha osado referirse a lo que hemos dicho citando al Santo Cura Brochero. Beatificado y canonizado por el Papa Francisco y propuesto como modelo para todos los curas argentinos, el Cura en 1912 tuvo clarísimas e indiscutibles intervenciones políticas-partidarias invitando a votar al partido radical contrariamente a los conservadores. Todos pueden leer sus cartas en el grueso volumen, “El cura Brochero. Cartas y sermones”, publicado por la Conferencia Episcopal Argentina en 1999. Allí no sólo cuestiona a quienes voten a Cárcano sino que da indicaciones para que quienes vayan a votar lo hagan por los radicales llamándolo “nuestro partido radical” y diciendo que es “correligionario”. Pero el motivo, como es coherente, no es puramente político, lo afirma porque cree que eso es lo mejor para los pobres del oeste cordobés y lo que redundará en su “felicidad y facilidad”. Sin duda no es este el único cura de nuestra historia que tomó partido tan claramente: basta mirar la Junta del 25 de mayo de 1810 o los participantes en el congreso de Tucumán de 1816 o la campaña de San Martín a Chile, pero lo interesante de este caso es que no sólo se trata del único santo argentino, sino del que fue propuesto por el Papa como modelo para los curas. Es precisamente mirando lo que creemos mejor para los pobres, su felicidad y facilidad que hemos hablado. Y que nos perdone La Nación, pero el ejemplo de los santos nos resulta más importante que un directorio (los honestos interesados pueden ver las cartas 442, 443, 444, 445, 446, 447, 448, 449, 451, 459, todas de septiembre-octubre de 1912 en el citado volumen).

En nuestro texto citamos también a mons. Hesayne en su conocido dicho: “no se puede ser cristiano y neoliberal”. Curiosamente La Nación dice que Hesayne afirma no conocernos, lo cual es ciertamente mentira. Pero, aunque no nos conociera no es ese el tema: ¿se puede ser cristiano y neoliberal?, ese es el punto; no somos nosotros los importantes, son los pobres, es decir, las víctimas principales del neoliberalismo. ¿Se puede ser cristiano y apoyar un sistema que mata? Sin duda que creemos que no.

Muchas otras cosas pueden señalarse, ante una frase más insensata que la anterior. Afirma, por ejemplo, que mons. Frassia ha sido crítico del grupo, pidiendo que los curas se abstengan de “inducir” el voto; curiosamente, no lo hemos hecho porque no hemos señalado a nadie a “quien ” ha de votar, aunque hayamos señalado a quien creemos que no se debería votar. En la diócesis de Mons. Frassia el conocido “cura sanador” Fernando Abraham ha “inducido” desde el 2015 a votar a la alianza Cambiemos con toda claridad y por todos los medios a su alcance. Siendo que uno de los curas del grupo estuvo recientemente con el obispo Frassia y éste no hizo referencia alguna a su mensaje, todo indicaría que no es a nosotros sino a “los otros” a los que el obispo se refería.

Finalmente, y como es habitual en la prensa hegemónica para la que “los malos” (= nosotros) son responsables de todas las calamidades, termina esta mala editorial responsabilizando a los curas opp de que el Papa no venga a la Argentina. Afirma que es deseo de los obispos que “el papa venga a la Argentina a unirnos”, lo cual no parece haber sido afirmado por “los obispos”, aunque quizás alguno pueda pensarlo; pero además parece poner en los hombros papales una carga demasiado pesada. “Para unirnos” resulta casi grotesco. Una sociedad que desde su misma fundación tiene una grieta que la atraviesa (España o independencia, unitarios o federales, civilización o barbarie, radicales o conservadores, peronistas antiperonistas, la laica o la libre…) parece que mágicamente el Papa podría alcanzar una extraña unión que, por otra parte, no sabemos a quiénes consultaron para saber si es deseada (las recientes declaraciones del genocida Astiz no parecen muy interesadas en “unirse” con los y las víctimas de su barbarie, por ejemplo). Pero siendo la “Tribuna de Doctrina” la que ha alentado la teoría de los dos demonios y una supuesta “reconciliación” que muchos no queremos, quizás se entienda bien a que “unión” se refiera. Después quedará a los interesados el análisis acerca de por qué el Papa no viene a la Argentina, y cada quién podrá dar su opinión sobre la conveniencia o no de los viajes papales. Pero mezclar la Biblia y el calefón no parece sensato si de analizar políticas públicas se trata.

Como curas creemos que el gobierno de Cambiemos es un gobierno que mata (el hambre es un crimen), un gobierno de mentira sistemática y constante, un gobierno empobrecedor (para enriquecer a sus amigos o cómplices). Y más que le pese al diario La Nación, creemos que matar, robar y mentir es pecado. De eso se trata nuestro mensaje y de eso se trata lo que votaremos el próximo 22 de octubre.


viernes, 13 de octubre de 2017

Comunión, obediencia, rebeldía

Comunión, obediencia, rebeldía


Eduardo de la Serna



Una mirada distraída, y acaso superficial, cuando no desinformada o “de afuera”, hace ver a los curas opp como críticos, o como casi salidos de “la Iglesia”. Más de una vez hemos hablado, escrito o reflexionado sobre el tema. Acá solo pretendo dar un paso más.

Son hasta simpáticas algunas preguntas de amigos o incluso de adversarios: “¿los obispos no les dicen nada?”, “¿qué hacés todavía en la Iglesia?”, o hasta como me dijo en broma una amiga: “fundá tu propia Iglesia y yo te acompaño…” A modo de analogía me permito un paralelo que puede ser ilustrativo. En los momentos críticos es frecuente la pregunta a Dios: “¿dónde estás?”; interpelación que es diametralmente opuesta a la pregunta “¿dónde está?”. Y digo “diametralmente opuesta” porque una se dirige a Dios, la otra lo niega, una es dicha desde “adentro” y la otra desde “afuera” (dentro o fuera de la fe, en este caso).

El fuera o dentro de la Iglesia no puede mirarse (lamentablemente la mayoría de los medios periodísticos así lo hace, quizás con pereza mental de no tratar de entrar un poco en el “objeto” que comenta) como una suerte de club o de milicia cuya pertenencia o no está dada por el pago de la cuota o la obediencia vertical de la superioridad. Una vez más es necesario señalar que “el dueño / jefe de la Iglesia no es el obispo / Papa sino el Espíritu Santo”, o Cristo-cabeza, al decir de Agustín, o el Dios Trinidad, “verdadera y perfecta comunidad”. Quien no crea esto ciertamente mira desde fuera (aunque fuera obispo, quiero aclarar). Bien podemos señalar que antes que “vertical” la Iglesia es “circular” y en ese sentido es absolutamente sensata la idea de Leonardo Boff de que las Comunidades Eclesiales de Base “reinventan la Iglesia”. Convengamos que, a lo largo de la historia, por decenas de motivaciones, sensatas unas, erróneas otras, la verticalidad pareció una característica de la Iglesia católica romana. Pero la gran característica en la Iglesia no ha de ser la “obediencia” sino la “comunión”. De comunidad se trata la Iglesia si quiere serlo.

Desde los orígenes, por ejemplo, San Pablo utilizó – quizás tomando la imagen de los filósofos estoicos – la metáfora del cuerpo. La característica, dice él, es que cada miembro tiene un servicio que prestar al cuerpo, no que sean todos iguales, porque “si todo el cuerpo fuera” un mismo miembro no habría oído, o boca, o… (1 Cor 12,17). La comunión pone a todos los miembros en función del cuerpo, pero sin dejar de ser cada uno lo que debiera. La teología de la Santísima Trinidad (recuperada teológicamente para la Iglesia romana con el Concilio Vaticano II) destaca que la unidad divina en nada anula lo propio de cada una de las personas y el Padre, el Hijo y el Espíritu tienen sus “propios” que los caracterizan, hasta el punto que algunos Padres de la Iglesia dirán que el Espíritu Santo no “redime” por cuanto no se ha encarnado (San Agustín, de agone christ. 22-24) partiendo del clásico dicho patrístico de que “lo que no es asumido, no es redimido” (san Gregorio nacianceno, Epístola 101). Valga esta presentación para señalar que la “uniformidad” no es lo que conviene a una comunidad.

Por cierto, que la no uniformidad no garantiza la comunión / comunidad; hace falta un criterio de unidad para que esta sea “común” (común-unidad). Y este criterio es el Evangelio, el proyecto / sueño / utopía de Jesús (= el reino de Dios). Un evangelio que, al decir del mismo Jesús, vino para anunciarse a los pobres (Lc 4,18; Mt 11,5).

Acá radica otro problema para ciertas “almas simples”. Los curas son para todos, dicen; debe haber universalismo y demás cosas. Sin duda es cierto; es cierto, pero… La universalidad no puede ni debe ser una suerte de pretender “quedar bien con Dios y con el diablo”, obviamente. La universalidad, al estilo de Jesús, comienza con su actitud de “pararse en un lugar” al que todos son invitados. Jesús se para del lado de los pobres e invita a todos a sumarse a la mesa; pero hay quienes se niegan a reconocerlos como hermanos, no quieren compartir sus bienes con los pobres, o no aceptan sentarse a la mesa con “publicanos y pecadores”. Los pobres son el lugar que garantiza la universalidad; allí todos son invitados, aunque no todos acepten participar. Una supuesta eclesialidad que se para en el lugar del poder o del dinero ha perdido de raíz la universalidad que proclama. No hay lugar para los pobres en la mesa de los ricos.

Ese es y queremos que sea nuestro “lugar” como curas. El disenso, y hasta el conflicto a veces, es propio de la Iglesia. Una mirada a la historia lo señala con frecuencia y hasta con naturalidad.

Una última nota a estos elementos sueltos: la profecía es otro elemento “propio” de la Iglesia. Es característico de Lucas en su Evangelio presentar a Jesús como profeta, y luego, en su segunda obra, los Hechos de los Apóstoles, destacar desde el comienzo que la Iglesia es profética (Hch 2,17). También Pablo se presenta como tal (Gal 1,15), y los Padres de la Iglesia lo señalan como algo propio del bautizado, como lo reafirmará la Iglesia en su tradición y su liturgia en el momento de la unción bautismal. Uno de los elementos característicos del profetismo es el envío del espíritu para que el “llamado” pueda desempeñar su misión. La tarea es difícil, y la suerte de los profetas no fue grata en su inmensa mayoría de las veces, pero lo que señala la Escritura es que lo que cuenta es el encargo divino y los destinatarios, no el mediador (“no digas, Jer 1,7). Algo semejante se plantea Pablo al destacar “Ay de mi si no evangelizo” (1 Cor 9,16).

Evangelizar se trata de “anunciar buenas noticias”, y la Buena noticia para el ciego es que podrá ver, para el leproso que será limpiado, y para el pobre es que dejará de serlo. Otra “buena noticia” no es tal, es ilusoria y corre el riesgo de ser “opio del pueblo”. Pero, precisamente los que no aceptan sentarse en la mesa de los pobres, los que no aceptan reconocerlos como hermanos son los que amenazan la vida de los profetas (“¿a qué profeta no mataron sus padres?, Hch 7,52), o – en nuestro caso – los que quisieran ver fuera la Iglesia a los curas opp. ¡De fidelidad al Evangelio, y no al aplauso, se trata!



Dibujo tomado de Hermanos Maristas

martes, 10 de octubre de 2017

Domingo 28A

Jesús nos invita a participar de la fiesta de la vida

DOMINGO VIGESIMOCTAVO - "A"


Eduardo de la Serna



Lectura del libro del profeta Isaías     25, 6-10a

Resumen: en un texto que parece de tiempos del exilio, el profeta canta el triunfo de Dios sobre sus enemigos, y la consiguiente invitación a todos (los judíos que están en) los pueblos a participar en un banquete que el Dios rey da a los suyos en el monte Sión.

El texto parece continuar lo anunciado en 24,21-23 donde se anuncia el triunfo y castigo de Dios que reinará en Sión. “Todos los pueblos” (o quizás, los judíos que están dispersos en todos los pueblos) serán congregados en el monte (término que se repite en 6 y 10a formando inclusión). En esta fiesta, Dios quitará el “velo” (v.7) del luto, es decir “enjugará las lágrimas” (v.8b). En el centro se destaca que desaparecerá “la muerte” (v.8a) es decir, el pueblo “vivirá”. Probablemente en el exilio, sin tierra, sin ley, se siente morir pero Dios le garantiza que “consumirá definitivamente la muerte”.

Esta vida queda manifestada en el banquete al que se convoca a “su pueblo” (v.8), invitado por “nuestro Dios” (v.9) [el tema del banquete, fiesta que un rey da a sus súbditos cuando es coronado y mostrar así su magnificencia, parece el motivo por el que es introducido el texto en la liturgia a la luz del Evangelio del día]. Siendo banquete en Sión, ciertamente el pueblo desterrado se siente convocado a una nueva vida. La frecuencia de términos como esperar/esperanza y salvar/salvación nos remiten al “Tercer Isaías”.


Lectura de la carta de san Pablo a los cristianos de Filipos     4, 12-14. 19-20

Resumen: Pablo se está despidiendo de los filipenses, pero quiere agradecerles su solidaridad para con él en la prisión. Pero ese gesto de generosidad es, en realidad, un gesto para con Dios que los recompensará. 


El texto litúrgico de Pablo es un fragmento de un folleto agradecido que Pablo envió a los filipenses cuando recibe apoyo y visita de parte de estos, enviando a Epafrodito, que durante un tiempo estará con él; este folleto se encuentra actualmente en Fil 4,10-20. La introducción (vv.10-11) está omitida, del mismo modo que la referencia del Apóstol a la relación siempre generosa que los filipenses le manifestaron (y la referencia a Epafrodito; vv.15-18). 

Breve nota sobre “la” o “las” carta/s a los filipenses: no hay consenso entre los estudiosos si la actual carta a los filipenses es una carta única o si en su seno hay más de una carta reunidas en un mismo texto (suele pensarse en dos cartas y un fragmento o folleto). Hay autores y motivaciones serias en ambas corrientes. Los que piensan en una unidad, creen que las rupturas perceptibles en la carta se deben a motivaciones retóricas. Los que piensan en más de una carta creen que la estrecha relación entre los filipenses y Pablo motivaron varios escritos que finalmente fueron reunidos en un solo texto (quizás a principios del s.II, se dice). Estas serían, un folleto agradecido por el envío de ayuda a la prisión (4,10-20), una carta llena de alegría motivada por el re-envío de Epafrodito a Filipos [1,1-3,1a + 4,4-9 + 4,21-23], y – finalmente – una carta a causa de la intromisión en la comunidad de aquellos que predican la circuncisión (3,1b-4,3); es de notar que Policarpo de Esmirna en su carta a los filipenses les dice que Pablo “les escribió cartas” (Polic Fil 3:2). Como se notará, preferimos esta segunda opción. Sin embargo, el texto litúrgico conforma una unidad y – en este aspecto – no influye para la lectura. De hecho 4,9 tiene apariencia de conclusión (“el Dios de la paz…”) y los vv.19-20 también tiene apariencia conclusiva. La ruptura entre 4,9 y 4,10 es evidente; e incluso la referencia a Epafrodito en 2,25-30 no condice con esta. Allí Pablo les informa de la salud – estuvo a punto de morir – mientras aquí les agradece el envío, no parece coherente que estuvieran en un mismo texto. Los argumentos, como se dijo, no son conclusivos y muchos autores piensan que las rupturas, que son evidentes, tienen motivaciones retóricas.

La unidad vv-10-20 concentra una serie de elementos que han hecho ver en la carta un importante destaque de la “amistad” (“carta de amistad”, se la ha llamado). El mundo greco-romano destacaba la amistad como un modo de relación entre “iguales” (o familia) [aunque con diferentes matices según quiénes lo decían, sean griegos o romanos], mientras que las relaciones desiguales eran vistas como relaciones de “patrón”-“cliente”. Estas relaciones supone ciertamente una “cadena de obligaciones”, de reciprocidad (y no hacerlo pone en serio riesgo la amistad). 

La unidad comienza con un tema que será frecuente en la carta, la “alegría” (v.10). Pablo comenta su actitud, pero no con intención de que pareciera “pedir”. Con un término frecuente en la filosofía estoica, “bastarse a sí mismo” (autarkês; única vez en el NT), afirma que sabe vivir en la pobreza y la riqueza. Pero no es una “autarquía” lograda a costa de un “dominio de sí”, sino “en aquel que me conforta” (v.13; cf. 2 Cor 12,9-10). De hecho ya sabemos por otras cartas paulinas que él trabaja para “auto-mantenerse” y no ser una carga para las comunidades (1 Tes 2,5-9; 1 Cor 9,4-18; 2 Cor 11,7-10; 12,13-18). Luego de haber manifestado esa capacidad “autárquica” (v.12) manifiesta su agradecimiento a los filipenses por su solidaridad (sygkoinôneô; con-solidarios), algo que ya hicieron con él en otras ocasiones (vv.15-16), y que repercute en los mismos filipenses en los dones espirituales que Pablo comunica. Con mucha seriedad Pablo afirma haber “recibido” los dones, pero inmediatamente los relee en clave “ofrenda”: un “aroma perfumado”, una ofrenda aceptable, agradable a Dios (obviamente, Dios no recibe aquellos sacrificios que no le son gratos: Prov 15,8; Jer 6,20; Mal 2,13); lo que los filipenses hacen a Pablo, en realidad es a Dios a quien lo hacen, ¡y él lo recibe gustosamente! La imagen del “aroma perfumado” se utiliza en el lenguaje de los mitos para señalar que “calman” a Dios en su ira, y lo “suavizan” (ver Gen 8,21; es una imagen tomada del mito babilónico del diluvio donde los dioses, como moscas acuden al olor de la ofrenda de Atrajasis o de Utnapistim): 

Entonces hice salir (todo) a los cuatro vientos y ofrecí un sacrificio. Vertí una libación en la montaña ziqqurrat. Siete y siete vasijas dispuse, sobre sus trípodes amontoné caña, cedro y mirto. Los dioses olieron el sabor; los dioses olieron el dulce sabor, los dioses se apiñaron como moscas en torno al sacrificante” (Poema de Guilgames, tableta VI:155-161).

La acción de gracias por los dones de los filipenses, incluye un pedido a Dios de retribución en bendiciones por los dones recibidos. 



+ Evangelio según san Mateo     22, 1-14

Resumen: Mateo toma una parábola que se encontraba en el texto Q y la alegoriza notablemente aludiendo al rechazo de Jesús, “hijo del rey”. Ante el rechazo de la invitación (por parte de los judíos) se realiza una nueva invitación (fuera de la ciudad), pero eso no autoriza a participar de la fiesta sin estar debidamente preparados.


Mateo presenta una nueva parábola en el contexto donde Marcos había señalado solamente una (los viñadores homicidas); son tres parábolas donde se destaca el rechazo a una invitación (21,28-32; 21,33-46; 22,1-14); en este caso nos encontramos con una que parece tomada del evangelio Q, común entre Mateo y Lucas. Sin embargo, es de notar que cada uno de los dos evangelios (Mateo y Lucas) incorpora en el texto elementos que son muy propios de su teología. Señalemos estos simplemente a modo esquemático (con la intención de descubrir lo propio de Mateo):


Mateo 22
Lucas 14
Banquete de bodas del hijo del rey (v.2)
Un hombre hace una gran cena (v.16)
Llama a los invitados que no quieren ir (v.3)
Llama a los invitados que ponen excusas absurdas para no ir (vv.18-20)
Nueva invitación a los invitados que incluso reaccionan violentamente con los sirvientes  (vv.5-6)

Reacción del rey enviando tropas (v.7)

(vv.8-10) Invitación a invitados inesperados en los cruces de caminos (v.21)

Nueva invitación en los caminos (vv.22-23)
Añadido sobre el invitado sin “vestido de boda” (vv.11-14)
“ninguno de los invitados probará mi cena” (v.24)


Mientras el tema en Lucas, como es habitual, refiere a los pobres, en Mateo – como también es teológicamente frecuente en él – señala el rechazo violento de Israel a Jesús. El acento alegorizado en el “hijo del rey”, en la violencia, y la “destrucción de la ciudad” (= Jerusalén, v.7) marca la insistencia propia de Mateo en el “nuevo Israel”, la Iglesia. Los invitados en un último momento, fuera de la ciudad, aluden a los no judíos que aceptan la invitación a la “fiesta” de bodas. 

Pero – y quizás Mateo añada esto (el invitado sin traje de bodas) para evitar ser mal entendido dada la alegorización de la parábola – eso no implica que los invitados tardíos estén exentos de dar frutos de justicia. Las bodas aluden al encuentro final con el “hijo del rey”, no basta (como el dicho conclusivo sobre los “llamados” y “elegidos” lo demuestra) con ser invitados (sea en el turno que fuere), es necesaria la respuesta acorde a la invitación. Algunos judíos han dado respuesta (la comunidad judeo-cristiana de Mateo), y algunos paganos también… pero no todos; y tanto los que se han negado a participar del banquete como los que no están debidamente preparados quedarán sin participar de la fiesta del Reino. El acento, como es evidente, está en señalar a los que se auto-excluyeron de la fiesta de bodas y la participación en ella de nuevos sujetos inesperados.

Ciertamente hay elementos extraños a la lógica habitual en el texto: la invitación de un rey que es rechazada como “de común acuerdo”; la sustitución de invitados de “honor” por otros de “bajo honor” (o ninguno)... El acento está puesto en el Reino de Dios que invierte todos los valores habituales y frecuentes, algo que es frecuente en los evangelios, y que Mateo ha mantenido y acentuado. 

La nota de “violencia”, tanto de los invitados hacia los servidores, como del rey destruyendo la “ciudad” refuerza la nota alegórica del texto aludiendo a la muerte de Jesús, siervo de Dios, y a la posterior destrucción de la ciudad de Jerusalén por parte de los romanos. La alegoría es evidente.

El añadido del invitado sin traje de bodas (al que – como vimos al aludir al que reprocha al dueño de la viña el pago que considera injusto, 20,13; cf. 26,50 – el protagonista llama “amigo”, etaire), que como dijimos, no se encuentra en Lucas y – probablemente – no estuviera en Q, invita a descubrir que se trata de un añadido de Mateo con la finalidad de evitar que los que se creyeran invitados en un segundo momento, se creyeran a su vez sin responsabilidades con el reino. Sin dudas los miembros de la comunidad que no son capaces de reconocer su pecado (cf. 18,15-18) también han de ser rechazados de la fiesta.


Foto tomada de
www.claretianos.org.ar

domingo, 8 de octubre de 2017

Homilía en la Misa por Santiago Maldonado

Homilía pronunciada en la Misa por Santiago Maldonado 

(7 de octubre de 2017) Bernal Oeste


Eduardo de la Serna



[Evangelio según Mateo 10,37-42]

Jesús señala una grieta, una vida que se pierde o una vida que se encuentra. Se pierde cuando busca su propia “felicidad”, cuando quiere felicitarse por la “meritocracia”, ser un gran emprendedor de cerveza artesanal… O aquel que busca la felicidad del “otro”, aun en lo pequeño, como dar un vaso de agua fresca. El Jesús de Mateo es uno que está presente entre los suyos.

Jesús señala los contrastes entre los que hacen y los que dejan de hacer algo, y toma clara partida. No “merece” ser del grupo de Jesús el que no hace suya su causa, una causa que invita a salir de “sí mismo” para mirar “al otro”. El contraste más evidente está en el “encontrar” y “perder” la vida, es perder la vida por “una causa”, no es una vida que se mira a sí misma “ombligocéntrica” sino que sale de sí hacia la causa de Jesús. Y así, el que es capaz de “perder” su vida, el que la arriesga por el proyecto de Jesús, no “pierde” la recompensa. No se trata de la actitud “suicida” de querer perderla vida, sino de encontrar, fuera de nosotros mismos, motivos por los que vale la pena arriesgarla.

Andrés Núñez, “el primer desaparecido en democracia” (1990), Santiago hizo suya su causa y repartió volantes con el rostro de Andrés. Hoy, Mirna, la esposa de Andrés, reparte volantes con el rostro de Santiago.

Alfredo Astiz, el emblema supremo del genocidio, de la barbarie y del pasado que no queremos que vuelva, aunque algunos se esfuercen, comparó llamando “terroristas”, en una guerra que no se vence porque continúa en el tiempo, a las organizaciones armadas de los 70 con el pueblo mapuche de hoy.


Una misa es una “acción de gracias” y una “memoria”, una “memoria agradecida”. Es un encuentro vivo entre el Dios que es Padre y su pueblo de hijos que son hermanas y hermanos. Es un pueblo que se niega al Alzheimer político y religioso de la vida mejor o del reconocimiento del pasado. Un pueblo que sabe que la “campaña al desierto” fue un genocidio (uno más de los miles que padecieron nuestros hermanos indígenas), un pueblo que sabe que los mapuche son los legítimos dueños de una tierra usurpada, como decía el querido Carlos Mugica: “le robaron la tierra a los indios y después hicieron el código civil”. 

La misa es memoria, es mesa compartida donde los pobres y las víctimas están en el centro. Es celebrar que para el Dios de Jesús la sangre del hermano es un clamor que él escucha. Es celebrar que en esta mesa hoy falta un hermano, y no falta porque está “paseando por Europa”, como decían de los 30.000. Hubo desaparecidos en democracia: los hubo por la aberración de la trata laboral o sexual, los hubo por las fuerzas de seguridad actuando clandestinamente, y ahora lo hay con la complicidad y el encubrimiento del Estado nacional que sólo se preocupa por saber si la desaparición de Santiago puede o no repercutir electoralmente (y la complicidad de una parte del electorado a la cual la suerte de Santiago no le importa ni le afecta). Que no se preocupe el presidente y sus ministros, no le pedimos que sea cristiano, que se haga la señal de la cruz o respete el Padre Nuestro, no hace falta que graben esta celebración, es simplemente una misa. Una misa donde le pedimos a Dios que ilumine a los que tienen la responsabilidad de impartir justicia, para que ¡de una vez por todas el Poder Judicial lo haga!, a los que tienen que comunicar la información en los Medios, para que ¡de una vez por todas comuniquen con verdad y no encubran y mientan posverdaderamente!, y que nos ilumine a nosotros para hacer nuestra la causa de Jesús; la causa de las víctimas, la causa de los indígenas, los desocupados, las víctimas de este genocidio por goteo, las víctimas de los tarifazos, las víctimas del endeudamiento que pagarán nuestros hijos y nietos. Hacemos memoria agradecida porque sabemos dónde está Dios en esta parte de la grieta. Y de este mismo lado está Santiago Maldonado. ¡Presente! ¡Ahora y siempre! 

miércoles, 4 de octubre de 2017

Una nueva "sanata" de Loris

Una nueva “sanata” de Loris


Eduardo de la Serna



Un reciente artículo de Loris Zanatta en el diario La Nación pretende descalificarnos a los “curas opp” con un criterio fundamental: “el mito de la nación católica” [http://www.lanacion.com.ar/2068532-curas-k-otra-vez-el-mito-de-la-nacion-catolica]. 

Zanatta es un conocido profesor italiano de historia, que conoce bastantes datos de la antigua realidad Argentina y ha escrito (en general en colaboración con Roberto Distéfano) sobre “Historia de la Iglesia Argentina”.

Dejo a los historiadores el análisis sobre su obra historiográfica y muy brevemente me quiero detener en el artículo en cuestión.

En el mismo no hay ningún análisis sobre si lo que los OPP decimos sobre la actual realidad argentina es cierto o no (incluso pretende que analicemos temas – como el antiguo y supuesto “cepo cambiario”, por ejemplo – tema que no nos interesa comentar, si nos perdona), solamente se detiene en nuestro planteo de que creemos que “un cristiano” no puede darle el voto “a un gobierno como este”. Partiendo de este dato “analiza” que los opp queremos “una nación católica”. Por otra parte, su punto de partida, nunca cuestionado por el autor, es que somos un grupo de “curas k” como él – y el diario en el que escribe – ha elegido etiquetarnos.

Así el “historiador” tiene dos slogans desde los cuales “analiza” nuestro texto y nuestra mirada de la realidad: los curas k quieren una nación católica, suponiendo, entonces, que creemos que el ‘gobierno k’ nos llevaría a serlo, mientras que – sostiene él – el ‘gobierno m’ nos liberaría de semejante mito. En ningún momento, por ejemplo, analiza o se pregunta si realmente somos “curas k”, este es un dato adquirido, un mito quizás. En ningún momento analiza lo de “nación católica” (dejando de lado que decimos “cristianos” y es peligrosa la identificación de la catolicidad con el “todo cristiano” ¿o no?, ¡un historiador debería saberlo!). El ilustrado italiano nos explica a los ignorantes latinoamericanos y nos enseña desde su sabiduría europea que pretender que hay cosas que no son cristianas no se pueden decir en política. Parece que los cristianos, al decir de su ilustración, no podemos creer que hay políticas más cristianas, o anticristianas directamente. Es cierto que hay decenas de obispos que han señalado (en España, Estados Unidos o Perú, por ejemplo) que “un católico no puede votar” tal propuesta; pero cuando se trata de homosexualidad, ideología de género y “esas cosas” es mucho más grave que el hambre, la pobreza, la injusticia o la muerte. Es estos temas, pareciera, entramos en la “materia opinable”. Es decir, pareciera que después de analizar la situación, y ver que estamos en un contexto de empobrecimiento y "genocidio por goteo", los cristianos –al decir del iluminado europeo– debiéramos permanecer sin decir nada. Es decir –según mi pobre entender – el columnista de La Nación nos pide que como curas no digamos palabra frente a la muerte y el hambre porque su sabiduría no nos lo autoriza.

A modo de síntesis quisiera decir algunas cosas…
  1. Para decir lo que mi conciencia me indica que debiera decir, no espero la autorización de ningún iluminado europeo que me trate de “pobre tipo sudaca”;
  2. Para mi mirada de la realidad, como decía el viejo Jauretche, suelo estar en las antípodas de lo que La Nación señala, y –que me perdone el sabio Loris– creo que “dime dónde escribes y te diré quién eres”;
  3. Si un análisis de la realidad presente se hace en base a dos slogans incuestionados, sin discutir las fuentes y sin mirar otras posibilidades, que me vuelva a perdonar Loris pero no leeré sus libros: no puedo entender que analice bien el pasado quien no entiende y analiza caricaturezcamente el presente;
  4. Quién no entienda que hay algunas cosas más cristianas que otras, o cosas directamente anticristianas, como la muerte, el hambre, la injusticia o la mentira, no me parece que tenga entidad para analizarlas en la vida pasada o presente;
  5. Zanatta con frecuencia escribe en La Nación (otra vez “dime dónde escribes…”), criticando el “populismo” de Francisco, o su mirada ante el tema de los “migrantes”. Tiene todo el derecho del mundo de expresarla, especialmente en la “tribuna de doctrina”, pero ¿me permitirá el sabio italiano a mí, un pobre argentino de los barrios periféricos del conurbano, no estar de acuerdo? Imagino que casi perdonándome la vida sonreirá y pensará “pobre tipo, ¡con razón es k!” sin saber con quién está hablando, pero con la certeza del dogma de la historiografía de la verdad. ¿O ésta será otro mito?

martes, 3 de octubre de 2017

Domingo 27A

Dios nos convoca para dar frutos de vida

DOMINGO VIGESIMOSÉPTIMO - "A"

Eduardo de la Serna



Lectura del libro del profeta Isaías     5, 1-7

Resumen: en un canto el profeta contrasta el amor de Dios a su pueblo con la respuesta que este ha dado. Es todo lo contrario de lo que él esperaba y las consecuencias son evidentes, dios se desentenderá de aquello a lo que tanta dedicación había puesto.

Para comprender bien este texto poético, presentado como una “canción de amor”, resulta útil ver cómo está conformado:

[A] Voy a cantar a mi amigo la canción de su amor por su viña.                      [título]

[B] Una viña tenía mi amigo en un fértil otero.

[C] La cavó y despedregó, y la plantó de cepa exquisita.

Edificó una torre en medio de ella, y además excavó en ella un lagar.

[D] Y esperó que diese uvas, pero (y) dio agraces.

[E] Ahora, pues, habitantes de Jerusalén y hombres de Judá, vengan a juzgar entre mi viña y yo: ¿Qué más se puede hacer ya a mi viña, que no se lo haya hecho yo?

[D’] Yo esperaba que diese uvas. ¿Por qué ha dado agraces?

[C’] Ahora, pues, les hago saber, lo que pienso hacer con mi viña:

quitar su seto, y será quemada; desportillar su cerca, y será pisoteada.

[B’] Haré de ella un erial que ni se pode ni se escarde, crecerá la zarza y el espino, y a las nubes prohibiré llover sobre ella.

[A’] Pues bien, viña de Yahvé Sebaot es la Casa de Israel, y los hombres de Judá son su plantío exquisito.

Esperaba de ellos justicia, y hay iniquidad; honradez, y hay alaridos.

[conclusión]

La forma concéntrica muestra (A) un título y una conclusión que aluden a Israel como viña de Yahvé. Una viña plantada para obtener frutos. En segundo lugar (B) el contraste entre el principio y el final a partir de los (no) frutos conseguidos (fertilidad / desierto). Todo lo que fue preparado (C) para que la viña logre su cometido es desarticulado. La causa es que si bien el objetivo eran las uvas, lo conseguido fueron frutos agrios. En el centro se ubica la invitación a los oyentes a “juzgar”, es evidente que más no se podía hacer. El objetivo no cumplido, sino malogrado es el que ha llevado a toda la inversión: lo preparado para proteger la viña ahora es desarticulado, lo que era fértil ahora es erial. 

Y la razón de todo es la diferencia entre el fruto esperado y el fruto logrado. La ironía entre uno y otro se percibe mejor en hebreo: esperaba “derecho” (mispat) pero hubo “crímenes” (mispah), esperaba “justicia” (tzedaqa‘) y hubo “clamores” (tze’aqa‘). El “derecho y la justicia” es algo fundamental en Israel. El texto nos afirma que “para eso” Dios lo eligió. Pero lo que han dado es lo opuesto: derramamiento de sangre y clamores (gritos de dolor, un término muy frecuente en la Biblia, cf. Ex 3,7.9. Dios no es indiferente a esos clamores (Ex 22,22) como al clamor de la sangre de Abel (Gen 4,10). Tal es el mal fruto que la viña ha dado a aquel que ha dedicado todos sus esfuerzos de amor a la viña, tantos que todos pueden juzgar ¿qué más se podría hacer que no lo haya hecho?


Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los cristianos de Filipos     4, 6-9

Resumen: A modo de conclusión de la carta, Pablo recurre nuevamente a los afectos que son claros entre él y la comunidad de Filipo. Para ello los exhorta a vivir conforme a lo que ha enseñado en una nota marcadas por la alegría y la paz.



La conformación de la carta a los filipenses es muy discutida. Varios autores suponen que hay varias cartas originales en su seno (se suele hablar de dos cartas y una nota breve). El texto que presenta hoy la liturgia es, precisamente lo que relaciona esta nota (4,10-20) con la segunda carta (3,1b-4,3). Forma parte, se dice, de la conclusión de la primera carta donde no hay un tema organizado. Más bien se parece a una suerte de temas genéricos que se desean a los destinatarios al concluir.

Literariamente es una conclusión (los retóricos la llaman peroratio), y hay elementos interesantes a tener en cuenta en este punto: es frecuente que se caractericen – como aquí – por lo afectivo [propiamente la unidad abarca los vv.4-9]. La ausencia de adversarios o conflictos, que sería de esperar habitualmente, revela la excelente relación de Pablo con la comunidad, y que lo dicho en el c.3 frente a quienes predican la circuncisión o bien es posterior a esta unidad – como pensamos – o que Pablo está confiado en que los filipenses no darán crédito a la predicación judaizante. Es interesante que toda esta serie de elementos de la vida cristiana a los que Pablo alude comienzan con la alegría y terminan con la paz.

La insistencia en la alegría (v.4) retoma lo dicho en 3,1a; quizás sea su continuación interrumpida (sea por el añadido posterior, o sea por razones retóricas), por la unidad referida a los predicadores de circuncisión: 3,1b-4,3. Pero aquí la alegría – tema principal de la carta – aparece como mandato, ¡y en plural!, la comunidad toda debe vivir en alegría, no es un “consejo de piedad individual”. Lo siguiente que se dice es la “clemencia” (epieikês), que contrasta con la fría justicia estricta, es la magnanimidad, y junto con la “mansedumbre” es característica de Cristo (2 Cor 10,1; ver Sal 85,5 LXX), pero esta cualidad es algo que todos los de fuera deben ver como característica de los cristianos. La frase “el Señor está cerca” puede entenderse o bien en un sentido cristológico (y hacer referencia temporalmente a que está próxima su venida) o en sentido teo-lógico: “el señor está cerca de aquellos que lo invocan” (Sal 145,18; ver 34,19; 119,151 y el contraste: “no estés lejos”, 22,2.20). Siendo que la referencia que viene a continuación alude a la oración está última lectura es posible. Puesto que Dios se ha vuelto cercano, no hay motivo para “angustiarse” por razón alguna. Ciertamente Dios es más grande que cualquier dificultad que la comunidad tuviera. La referencia a la oración la remarca con tres términos que se acompañan mutuamente: oración, petición y pedidos (proseujê, deêsei y aitêmata) todo esto acompañado de “acción de gracias” (lo que revela el estar libre de ansiedades). Todo esto conducirá (en futuro) claramente a la “paz” (eirênê) de Dios. La idea “paz de Dios” se suma a que “sobrepasa” todo, lo que tiene una marcada nota de contraste con la “pax” romana. Filipos es ciudad militarizada (colonia romana), y señalarle a los destinatarios la paz que es “de Dios”, que está asegurada como fruto de la oración y que está por encima de todo, sin duda libera a los destinatarios de toda angustia (la metáfora militar de la paz tiene connotaciones contraculturales en el contexto). La paz no es instituida por la violencia y la presión sino por el amor. Precisamente por esto señalará cualidades morales, con connotaciones greco-romanas y también específicamente cristianas en los versículos que siguen (vv.8-9).

Es interesante el contraste entre los vv. 8 y 9. Mientras en v.8 no hay un “y” (kaì) que relacione todo y se dice literalmente: “cuanto es verdadero, cuanto venerable, cuanto justo, cuanto puro, cuanto agradable, cuanto admirable, si virtuoso y si valioso, ténganlo en cuenta”, en v. 9 el “y” (kaì) aparece frecuentemente: “y lo que aprendieron, y recibieron, y escucharon, y vieron en mí, eso practíquenlo y el Dios de la paz estará con ustedes”. Se ha señalado que los primeros refieren a virtudes características entre los moralistas greco-romanos, mientras los segundos son virtudes propias de los cristianos: las más importantes virtudes sociales (del ambiente) ¡y estéticas!, alcanzan su plenitud “en Cristo”. Es posible. Vv. 8-9 completan lo preparado en 4-7 y nuevamente – como allí – la conclusión está dada por “la paz”. La fe cristiana, para Pablo, no niega los valores de las culturas sino que los valora; aunque la excelencia se obtiene imitando a Cristo, lo verdaderamente valioso. La paz de Cristo no se asemeja en nada a la “pax romana”; el Emperador no puede cambiar los corazones; la paz de Cristo dura “por siempre”


+ Evangelio según san Mateo     21, 33-46

Resumen: En una parábola, a la que Mateo añade un versículo muy importante (v.43) destaca la importancia de que el pueblo de Dios le dé a su “propietario” los frutos que le pertenecen. La violencia de los antiguos tenedores, ejercida sobre el hijo, hará que ese “pueblo" cambie de manos.


La parábola llamada de “los viñadores homicidas” se encuentra en Marcos, y Mateo la retoma haciéndole algunos interesantes añadidos que refuerzan su teología. Destacaremos especialmente estos elementos:

Por lo que parece, la parábola ya tenía elementos alegóricos por su obvia referencia a Isaías 5 (primera lectura), pero Mateo profundiza esta alegoría reforzando la semejanza con el texto.

Is 5
Mt 21
Una viña tenía mi amigo en un fértil otero. La cavó y despedregó, y la plantó de cepa exquisita. Edificó una torre en medio de ella, y además excavó en ella un lagar. Y esperó que diese uvas, pero dio agraces. (vv.1-2)
«Escuchen otra parábola. Era un propietario que plantó una viña, la rodeó de una cerca, cavó en ella un lagar y edificó una torre; la arrendó a unos labradores y se ausentó. (v.33)
Ahora, pues, voy a hacerles saber, lo que hago yo a mi viña: quitar su seto, y será quemada; desportillar su cerca, y será pisoteada. (v.5)


Una breve nota sobre la “alegoría” y la “parábola”. Una parábola es un texto narrativo en el que se pretende resaltar un elemento que se ha de tener en cuenta. La alegoría, en cambio, presenta muchos aspectos que han de entenderse simbólicamente y se dirigen a la comprensión. Hay algunos casos de parábolas que presentan algún elemento alegórico, como es el caso de la que comentamos, pero eso no significa que todo el texto sea una alegoría. Leerlo de este modo puede implicar forzar el sentido, y perder de vista el sentido principal.

El contexto lleva a un agravamiento progresivo del conflicto que desde la expulsión de los vendedores (v.12-17), el debate sobre la autoridad (v.23-27) y la referencia a que “publicanos y prostitutas los precederán en el reino” (v.28-32) se va acentuando a cada momento. El texto tiene dos grandes partes que comienzan cada una por "cuando" (vv.34.40) y tienen "frutos" formando una inclusión (vv.34. 43, cf.41); la primera se centra en la infidelidad y la constancia de Dios, la segunda acentúa el castigo.

Al decir “escuchen”, Mt la dirige a los jefes que es a quienes interpela. El personaje es un "propietario" (cf. 13,27; 20,1.11; cf. Mc 14,14) que alude a las relaciones entre Dios y la humanidad como "señor-siervos" (cf.10,25; 13,27; 20,1.11). No se trata entonces tanto de la viña sino de la propiedad, la propiedad de Dios, y su alejamiento subraya la responsabilidad de los viñadores.

Presentado el tema, comienza el desarrollo de la parábola presentado con el primer “cuando”. La alegorización que se va descubriendo permite sospechar que el "tiempo de frutos" (cf. 13,30) aluda a su vez al Reino se acerca: 3,2; 4,17; 10,7; cf. 26,45s; 12,28); cf. 24,32s donde se acerca el tiempo escatológico. El tema refiere a entregar a Dios los frutos del Reino; se remarca la fidelidad o infidelidad a la alianza como puede verse en Sal 1,1-3.

El envío de los "siervos" [Marcos había dicho “un siervo”] en dos turnos puede aludir a los profetas (23,34.37/ Lc 13,34) o a profetas y justos (13,17), aunque no conviene alegorizar excesivamente. Narrativamente es razonable que haya más de un envío antes del último.

La violencia de los encargados alude al agravamiento de las relaciones que hemos destacado: golpear y matar lo destaca; el apedreamiento, en cambio tiene otras connotaciones (cf. 2 Cr 24,21; Heb 11,37; Lc 13,34; Mt 23,37; sobre el destino de los profetas (cf. Jer 26,23; 20,8; cf. Neh 9,26).

Al enviar el hijo, el propietario juega toda su autoridad, reforzando la relación (Marcos había dicho “un hijo amado”, Mateo destaca que es “su” hijo). Esto lo hace "finalmente" (hysteron) lo que indica que se trata de la última oportunidad (4,2; 21,30; 25,11; 26,60). "Hijo" es común en Mt (2,15; 3,17; 4,3; 8,29; 14,33; 16,16; 26,63; 27,43.54). La reflexión del padre sospechando que "respetarán" supone que habrá respeto al padre/propietario en la persona del hijo.

Cuando los labradores afirman que "es el heredero" eso supone reconocimiento, es decir que no hay error. Con esto se revela la gravedad de rechazar a Dios en la persona del hijo; Cristo está en conexión con el envío de los profetas, pero más que eso, como "hijo" y "heredero" (16,16; cf. Hb 1,1s), con lo que aparece como profeta escatológico. Hay, además, una ironía en que Israel no se reconoce como el heredero.
El orden: sacado fuera-asesinado (= Lc; en Marcos era matado y echado fuera, 12,8) no implica un saber histórico de que Jesús fue matado fuera de la ciudad (cf. Lv 24,14-16.23; Nu 15,36; Dt 22,24; Hch 7,58 y también Lev 16,27) pero de todos modos la referencia acentúa la alegoría.

La parábola propiamente finaliza aquí, pero partiendo de ella – y suponiendo que los interlocutores siguen con la imagen mental y han comprendido a qué/quiénes se ha referido, pasa a la segunda parte del relato con el segundo “cuándo”.

Que haya una respuesta de los interlocutores es común en Mt. En este caso "hará perecer" ¿refiere a la caída de Jerusalén o implica alegorizar demasiado? Esos "otros" a los que se entregará la viña se especifican en v.43, no se trata de un simple cambio de jefes: ¿es el reino y el pueblo representado por los jefes?, ¿es el templo y los sacerdotes expulsados por los pobres y los justos con los que Jesús se identifica? No debemos forzar la alegoría, refiere a que quienes reciban al hijo entrarán al servicio de Dios; Jesús les revela su responsabilidad.

La frase preguntando si "nunca han leído" revela que el contexto es evidentemente apologético y polémico (ver 12,3.5; 19,4; 21,16; 22,31).

Con la cita del Salmo 118 se da un paso del interés del reino en la obra de Dios al tema de la resurrección de Jesús (un cambio cristológico), un paso del tema de la viña / propiedad al tema del hijo. El "rechazo" es el término técnico de una moneda juzgada falsa por un experto (Jer 6,30) pero es utilizada con frecuencia en el NT para aludir al rechazo que ha padecido Jesús por parte de las autoridades (“constructores”) cf. Mc 8,31; Lc 17,25; 1 Pe 2,4. Al aludir a la "piedra angular" no es importante saber si refiere a la piedra del ángulo de la casa – a la base – o a la piedra que remata el arco en la superficie, lo que cuenta es que se trata de la piedra principal.

Aquí Mateo interrumpe el tema de la “piedra”, que continuará en v.44 para insertar un dicho que le es propio y que refleja un elemento central de su teología:

Los sacerdotes no han creído; otros – el Nuevo Israel – dará fruto. Explicita el v.41, el rechazo de Israel relacionando este versículo con un Nuevo Pueblo; la viña designa el Reino, por tanto los viñadores designan a Israel. Se les quitará “el reino” para darlo a otro “pueblo” (no usa laos sino ethnos) quizá designa una nueva generación (Jer 7,28-29); "nación” fiel serán los que den frutos (cf. Rm 9,25; 1 Pe 2,10). La "viña" designa la obra de la salvación confiada a Israel por la alianza el centro está claro: pide cuentas al judaísmo incrédulo y anuncia la sustitución por un nuevo Pueblo de Dios. La referencia a Isaías lleva a remontarse a Israel, pero se da una nueva dirección en este versículo: en la parábola ya no es Israel sino el Reino (cf. Jer 7,24-26; Mt 23,34-36; cf. 27,25). Los frutos del Reino son una justicia superior a la de los fariseos (5,20). Sugiere castigo y promesa: recusación del antiguo pueblo y formación del Nuevo. Llegando al tema del Reino, Mateo dio con el sentido original y de allí dio un paso eclesiológico: con esto subordina la cristológico a lo eclesiológico. 

Que el reino sea "de Dios" (y no de los cielos), que los frutos se produzcan y no "entreguen" (cf. 21,41) y que se hable de "un" pueblo invita a pensar que el texto es propio de Mateo; la viña designa el reino; "dar-quitar" es también de Mt 13,12 (cf. 25,29). Al utilizar el singular (a “un pueblo”) no designa a "las naciones", sin duda se refiere a "la Iglesia" (cf. 1 Pe 2,9 donde ethnos y laòs están en paralelo); es una sentencia cristianizada (cf. Jer 7,28-29). 

La parábola con el añadido de Mateo apunta al destino del reino en perspectiva eclesial que engloba lo cristológico: el advenimiento del nuevo pueblo de Dios va ligado al destino del enviado-hijo, es importante ponerse de su lado. De todos modos es importante notar que cuando Mateo escribe esto ya era un hecho, la Iglesia se sabía “nuevo pueblo”, por lo que el mismo juicio a los labradores puede caer sobre la iglesia: el criterio es la fidelidad, todos deben dar a Dios los frutos que le pertenecen. 

El v.44 retoma el tema de la piedra en un dicho formado con Dn 2,44 + Is 8,14. El versículo es omitido en algunas Biblias – suponiendo que está tomado de Lucas – pero hay que mantenerlo. El juicio será según sea la respuesta dada en relación a la aceptación o rechazo de la piedra-Jesús (nuevamente pasa a lo cristológico). Retoma – para concluir – el auditorio, pero a los “sumos sacerdotes” les añade a los "fariseos" lo que es anacrónico para tiempos de Jesús (cf. también 27,62), pero es coherente para tiempos del evangelista. El pueblo (ojlos, multitud) una vez más le sirve a Jesús de escudo ante los que intentan capturarlo (14,5; 21,26).

Una breve nota sobre la Iglesia, el “nuevo pueblo” e Israel en Mateo. En la comunidad de Antioquía – donde Mateo escribe – hay una comunidad judía muy importante, ligada estrechamente a los “fariseos”, al grupo rabínico. La comunidad de Mateo parece “pequeña” en ese entorno (notar el uso de “pequeños” en Mateo) pero entra en conflicto con ellos por reconocerse unos y otros como los “verdaderos” hijos de Israel. La insistencia en Mateo de que las escrituras se “cumplen” o la pregunta acerca de si “¿no la han leído?” debe entenderse en este sentido. Lo mismo que el texto, que tantos conflictos causó por su mala comprensión, de 27,25: “su sangre sobre nosotros y nuestros hijos” (y el lavado de manos de Pilatos). El texto debe entenderse en el conflicto mutuo de reconocerse (y no reconocer al otro) como verdadero pueblo de Dios (“se le dará a otro pueblo”). Lamentablemente esta mala lectura causó estragos en nuestras relaciones con los judíos (y en sus vidas), nuestros “hermanos mayores” las que, es de desear, jamás vuelvan a repetirse.