Video con comentario al Evangelio del 2do domingo de Pascua
también puede verse en
https://youtu.be/UMgK1hdHJvE
Eduardo
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Eduardo
Dios ¿debe ser obedecido?
Eduardo de la Serna
La
obediencia parece ser una virtud. Por ejemplo, es uno de los votos de la vida
religiosa (castidad, pobreza y obediencia). De hecho, se ha escuchado que
“quien obedece, nunca se equivoca”. Pero, ¿qué quiere decir realmente esto?
Para empezar, en castellano el término obedecer tiene su raíz en escuchar (ob-audire; es decir, se trata de una reacción conforme a lo que se ha escuchado) y en la Biblia ocurre lo mismo. Un rey pronuncia una ley o un decreto y se debe actuar conforme a su palabra (obedecer). Otros términos (someterse, acatar, hacer caso, por ejemplo) tienen otra connotación, habitualmente una relación de superioridad (sub-metere, ponerse debajo). Un buen ejemplo lo encontramos en el texto de 1 Sam 15,22:
«¿Acaso se complace Yahveh en los holocaustos y sacrificios como en la obediencia a la palabra de Yahveh? Mejor es obedecer que sacrificar, mejor la docilidad que la grasa de los carneros».
El texto, como se ve señala algo evidente: no es el
culto y los ritos lo que nos ponen en comunión con Dios sino la “obediencia”. En
los primeros casos se usa el verbo shamah (escuchar, de donde viene el nombre
Simeon/Simón, Dios escucha); en el segundo (docilidad), se utiliza keshab
(estar alerta).
Es
interesante que el término griego “hypakoê”, que suele traducirse por
obediencia solo se encuentra una vez en el AT (2 Sam 22,36, que algunas biblias
traducen por “respuesta favorable”). El otro sustantivo “obediencia” (hypêkoos)
suele traducirse por “servidumbre” (Dt 20,11; Jos 17,13) y, en Pablo, sí por obediencia
(2 Cor 2,9; Fil 2,8). El verbo hypakouô, obedecer, es el término clave,
entonces. Este puede ser seguir instrucciones (y así, obedecer), escuchar el
golpe de una puerta (Hch 12,13), escuchar una voz y dar una respuesta (Is 65,24)
… La clave está en la escucha, entonces, y su reacción ante ello. Ahora bien,
obedecer puede remitir a una actitud de sumisión. La actitud de “escuchar
(hypakouô) la voz del Señor” (Dt 26,14; 30,2) es la clave. Es interesante notar
que Pablo la pone en paralelo con creer en la predicación (Rom 10,16), es “obediencia
de la fe” (Rom 1,5; 16,26).
En este
sentido, autores como Oseas (y luego los autores deuteronomistas) dan un paso
más señalando que más que “obedecer” a Dios, se invita a “amarlo” (Dt 6,5;
10,12 [paralelo de servirlo]; 11,1 [paralelo de guardar sus consignas]; etc.)
como respuesta a un Dios que a su vez ama (7,8; 10,15 etc.). Más aún, hay que
decir que, si bien no ha desaparecido en el NT la idea de la obediencia (aunque
sea fundamentalmente una “escucha de la fe”), y se mantiene (aunque, en los
Evangelios, solo en un marco veterotestamentario; cf. Mt 22,37), casi tampoco
se habla en el NT del “amor a Dios”. En las primeras cartas de Pablo, en
cambio, encontramos una novedad, que es la pretensión de “agradar a Dios” (cf.
1 Tes 2,15; 4,1; 1 Cor 7,32); para los discípulos de Pablo, por ejemplo,
“obedecer a los padres” (que debería ser un mandamiento a acatar) es algo que
“agrada a Dios” (Col 3,20; Ef 5,10). Por eso se nos invita a vivir de un modo
que a Dios le sea grato (Rom 12,1.2), “el que sirve a Cristo [en justicia, paz
y alegría en el Espíritu] es agradable a Dios” (Rom 14,18). Esa es una nueva
liturgia, la del servicio al/los hermano/s (Fil 4,18; también Rom 12,1).
En general, la norma de “obedecer
a Dios” se expresa – como dijimos – como “escuchar a Dios”. Por cierto, que se
supone que esa escucha implica una responsabilidad con lo que se ha escuchado y
quien ha pronunciado su palabra (en
pocas ocasiones se utiliza “peitharjeô, que es “hacer caso”, por ejemplo, a
Dios antes que a las personas, cf. Hch 5,29.32; 27,21). Evidentemente, en una
sociedad habituada al esquema rey y esclavo, o patrón y cliente, es razonable
que la relación con Dios sea mirada en esos parámetros. En ese sentido, también,
se han de entender los “mandamientos”, tema que nos servirá para una reflexión
futura.
Mirando cómo va revelándose el
Dios que en un primer momento pretende que seamos sus vasallos hasta llegar a
mostrarse como “papá” (abbá) de Jesús y nuestro (e incluso un padre al que, si
se lo desobedece, eso no implica que rompa relaciones con nosotros (Mt
21,28-31; Lc 15,20-24) y por tanto un padre que se alegra cuando sus hijos e
hijas le causan placer.
“yo no quiero forjar mi corona
para ganar méritos sino para causarle placer a Jesús” (Teresa de Lisieux, Carta
143, a Celina, 18 de julio 1883)
Foto tomada de https://es.123rf.com/photo_28676717_peque%C3%B1o-camino-al-parque-que-se-bifurcan-de-manera-divergente-.html
Una reflexión del “para siempre”
Eduardo de la Serna
En la Iglesia hay una tendencia, particularmente en los dos sacramentos de “estado”, de acentuar que estos son “para siempre”. El cura lo es, a semejanza de Melquisedec, y el matrimonio es “hasta que la muerte los separe”. Y, por lo tanto, ante tantas y tantos que no lo viven de ese modo, porque lo abandonan, suele – o solía – hablarse de traición, defección o cosas por el estilo.
Convengamos que son muchísimos los matrimonios que se rompen, y también los curas que dejan el estado clerical. ¿No era para siempre?
Quizás podemos pensar que cierta definitividad está en el deseo al abrazar el estado. Nadie le cuenta a un/a amigo/a un secreto profundo si creyera que la amistad podría romperse en el futuro. La definitividad existe en el horizonte del amor.
Es cierto que el texto bíblico que alude al sacerdocio, afirma que Jesús, por la resurrección, es hecho sacerdote de un modo nuevo al de Israel (por eso es al modo de Melquisedec, es decir, no al modo de Leví), y que, a diferencia de los sacerdotes antiguos que, al morir, eran reemplazados, Jesús, que ya no muere por estar resucitado, lo es para siempre (Hebreos 5,6; 6,20; 7,17). No se refiere, en el texto, al ministerio ordenado. Y el “para siempre” tiene otro sentido diferente al que suele darse.
El matrimonio, como sacramento, es más complejo aún, y fue, seguramente, el último en ser incorporado en la lista de los siete. La comparación que hace un discípulo de Pablo (Efesios 5,25) del amor entre Cristo y la Iglesia en clave matrimonial parece haber influido en esta interpretación.
Pero…
Los que tenemos decenas de amigos que dejaron el ejercicio del ministerio de curas y más decenas que formaron nuevas parejas (además de otros modos de relaciones) de ninguna manera aceptamos que se las y los considere de un modo negativo. Distinto es cuando en un estado o en otro mediara una traición (en una pareja o en un estado clerical, que ya sería otro tema muy diferente). Es cierto que conozco muchos curas que insisten, persisten y resisten como curas, y parejas que siguen unidos, seguramente después de haber vivido, experimentado, o soportado adversidades; algunas bien complejas. En suma, podría decir que conozco quienes han quebrado la definitividad y viven nuevas experiencias, muchas de ellas con felicidad y alegría; y conozco muchas y muchos que han mantenido el compromiso aquel también con alegría y felicidad. Y quizás en esta alegría y felicidad radique el tema. Curas o matrimonios que persisten sin felicidad, que viven sin alegría, sólo parecen “condenados” a la amargura y hasta el malhumor que luego repercutirá en hijos, amigues, comunidades. Que no lo merecen. No se trata de una alegría circunstancial, ocasional o momentánea, sino de un estado de plenitud. El cual siempre será contagioso para otras y otros.
A lo mejor, la idea sería un “para siempre que sea feliz” en esta vida que he elegido. Para que esa felicidad se irradie a quienes nos rodean. Al fin y al cabo, esa definitividad no era para nosotros sino para los otros. Y que, entonces, siempre pueda comunicar a todas y todos, una vida que nos fue regalada y para la cual hemos elegido un estado. De dar vida, y vida feliz se trata estos estados, y esa vida, en los otros seguramente sea “para siempre”.
Foto tomada de https://www.freepik.es/vector-gratis/reloj-arena-realista-3d-arena-interior-aislado-sobre-fondo-transparente-oscuro_3266515.htm
Imágenes de Dios
Eduardo de la Serna
Una imagen es una expresión (pintura, escultura,
fotografía, etc.) que nos permite de cierto modo “tener presente” al objeto o
sujeto “imaginado”. Ver fotos suele ser la ocasión de recordar otros momentos o
lugares, personas o mascotas, por ejemplo. Por supuesto que las hay mejores o peores,
más realistas o menos. ¿Quién no escuchó, por ejemplo, decir que alguien no
salió bien en una foto? Nadie duda que se trata de esa persona, pero la pose,
la toma, las luces, o lo que fuere no la presentan adecuadamente. O así lo ven
algunos.
En tiempos en que no existía la fotografía, las imágenes
eran “hechas por manos”, sean esto pinturas, sobre relieves, esculturas, por
ejemplo. En ese caso, se podría decir que de ese modo es como el artista “imagina”
al sujeto representado. Y – acá viene un elemento muy importante – al imaginarlo
de determinada manera, en cierto modo, lo limita. Decir que “así es” también
indica que “de otro modo no es”. Y esto es un problema cuando hablamos de Dios.
Si Dios se identifica con un chacal, o un gato, por ejemplo, podemos imaginarlo
de ese modo; y entonces, cualquier imagen de chacales o gatos nos permitiría
representarlo, pero jamás con la imagen de un ibis o una lechuza. Eso sería otro Dios. Y
cuando Dios no se identifica con nada de todo eso, pues resulta imposible
identificarlo, y toda imagen sería una distorsión. Sería sólo “hechura de manos”.
Esa es la razón por la que en la Biblia hebrea se ha prohibido hacer / tener
imágenes de Dios. Sin duda que se refiere a imágenes “de Dios”,
porque en una ocasión ante una plaga de ratas manda hacer una imagen de una rata
de oro (la que luego estará en el arca de la alianza; 1 Sam 6,5.11) o también
una serpiente de bronce (Núm 21,9) e incluso dos querubines de oro deben estar
en el altar (Ex 25,18). Es Dios el que no puede ser imaginado, porque no puede
ser limitado. Aunque, debemos decirlo, en ocasiones Él mismo acepta un límite y
al crear al ser humano se señala que es “a su imagen” (Gen 1,26) del mismo modo
que un hijo es la “imagen” de su padre (Gen 5,3). La creación deja ver al
invisible, repite Pablo (Rom 1,20).
En el Nuevo Testamento hay un
pequeño cambio. Ciertamente sigue estando vedado tener una imagen de la
divinidad (esa es la crítica de Jesús a la moneda del Emperador que tiene una “imagen”
suya y se aclara que se trata del “divino hijo”, ver Mc 12,16); pero Jesús
mismo “es la imagen de Dios invisible” (Col 1,15) y los seres humanos (o los
cristianos) están destinados en sí mismos “a
reproducir la imagen de su Hijo” (Rom 8,29). Evidentemente, a partir de la
encarnación, la Palabra “se hizo carne” y, por tanto, es razonable y posible
imaginarla.
Esto no
puede significar que podemos “limitar” a Dios. Si significara eso, nos
estaríamos haciendo un ídolo, y no estaríamos “dejando a Dios ser Dios”. Por
eso es interesante la insistencia en la Biblia (AT y NT) en cuestionar lo que
es “hecho por manos”, como los “dioses” (Dt 4,28) o “ídolos” (Is 2,8; Jer 1,16
etc.) [por supuesto que se refiere a algunas cosas “hechas por manos”, no a la
mayoría de otros hechos que son positivos, como la labranza, las edificaciones, las ofrendas, etc.]
pero esto debe tenerse presente: “Asiria no nos salvará, no montaremos a
caballo; no volveremos a llamar 'dios nuestro' a las obras de nuestras manos; en
ti encuentra compasión el huérfano”. (Os 14,3). De hecho, es interesante que en
algunas ocasiones donde la Biblia se refiere a ídolos o imágenes, la biblia griega
lo traduce por “hecho por manos” (ver Sab 14,8), y – también es interesante –
ese término, en el NT se encuentra 6 veces, 5 de las cuales se refieren al
Templo que se ha divinizado; algo sin duda criticado por los escritores
cristianos.
En este
sentido, entonces, es razonable imaginar – tener imágenes –... a Jesús (y, mucho
más aún, a sus amigas y amigos de la historia, como las y los santos) siempre y
cuando – lo cual es obvio – esto no sea visto como una “imagen de Dios” (o,
para ser precisos, no más imagen de Dios que la que un [buen] ser humano lo es).
Pero,
todavía queda un elemento interesante para añadir. Todos y todas tenemos en nuestra
mente una imagen interna de Dios. Creemos (imaginamos) que Él es de determinada
manera, que actúa de determinado modo (o no). Y sería imposible no tenerla. Incluso
los no creyentes afirman no poder / aceptar creer en un dios al que imaginan de
determinado modo. Ciertamente muchas cosas, positivas o negativas en nuestra
vida han influido en que tengamos esa imagen interna de Dios. Pero sería
fundamental tener claro que Dios es siempre más, siempre más “perfecto” que esa
imagen que tenemos de él. De allí la indispensable actitud de “dejar a Dios ser
Dios”, es decir, no pretender que quede reducido o “limitado” a la imagen que
de Él tenemos. Ponerle límites a Dios, aunque sean los que nos parecen
razonables, no nos permitirá encontrarnos con el Dios de la Biblia, y el papá
de Jesús.
Foto
tomada de https://www.alamy.es/artesano-haciendo-mascaras-nepalesas-en-bhaktapur-nepal-image349331750.html
Saber reconocer los signos de vida para creer en el resucitado
“Efectivamente, los que viven según la carne, desean [fronoûsin] lo carnal; mas los que viven según el espíritu, lo espiritual” (Rom 8,5) y
“algunos se comportan como enemigos de la cruz de Cristo, cuyo final es la perdición, cuyo Dios es el vientre, y cuya gloria está en su vergüenza, que no piensan [fronoûntes] más que en las cosas de la tierra. (Fil 3,19).En ambos casos, lo que se ambiciona es vivir según la novedad que trajo Cristo, o - por el contrario - vivir como si no hubiera tocado nuestra existencia. No se trata – entonces - de llevar una suerte de “vida espiritual” o “celestial” sino a sacar todas las conclusiones que la vida “en Cristo” supone para nuestra existencia. Por eso afirmará que “hemos muerto” y “nuestra vida está oculta” en Dios, es decir “a la derecha de Dios”.
Video con comentarios a los Evangelios del Triduo Pascual
o también puede verse en
¡Felices Pascuas!
Eduardo
Cosas de la vida y una Pascua
Eduardo de la Serna
¡No es vida!,
dijo un enfermo
de enfermedad
terminal.
¡No es vida!,
dijo una madre
al ver a su hija ¡tan mal!
¡No es vida!, así
dice el pobre
por no poderse
sentar
en la mesa de la
vida,
donde comen los
demás.
¡Es vida! dicen
los novios;
o aquel que
puede jugar,
el juego de la
alegría,
el juego de la
amistad.
¡Es vida! dicen
aquellos
en los acuerdos
de paz;
y quienes se
miran fijo
al momento de
brindar.
Parece que vida
es mucho,
muy distinto de
respirar.
Hay vida, y más
vida y vida,
para vivir,
celebrar.
Y esa vida al infinito,
nos expande y se
hace más,
nos hace vivos,
vivientes,
y con vida para
dar.
La vida la
recibimos,
quizás de papá y
mamá;
pero la vida es
más grande,
hay que mirar
más allá.
Y el más allá de
la vida,
que es vida del
más acá,
es vida con Dios
amigo
y amiga
divinidad.
Y vida que Él
nos regala,
para a su vez
regalar
y que sean
muchos los vivos
y que crezca sin
parar.
Y ser un pueblo
de vivos,
un pueblo donde
cantar,
y que mira para
el Cielo
y se dirige
hacia allá.
En una Pascua la
vida,
es vida que se
nos da;
es una vida
divina
para vivir,
celebrar.
Para que vivos,
vivientes,
demos vida a los
demás;
y vivos y caminantes,
festejemos caminar.
Foto tomada de https://www.predicasbiblicas.com/bosquejos-biblicos/389-viviendo-una-vida-agradable-para-dios