lunes, 18 de abril de 2022

Video con comentario al Evangelio del 2do domingo de Pascua

 Video con comentario al Evangelio del 2do domingo de Pascua



también puede verse en

https://youtu.be/UMgK1hdHJvE

Eduardo

sábado, 16 de abril de 2022

Dios ¿debe ser obedecido?

Dios ¿debe ser obedecido?

Eduardo de la Serna



La obediencia parece ser una virtud. Por ejemplo, es uno de los votos de la vida religiosa (castidad, pobreza y obediencia). De hecho, se ha escuchado que “quien obedece, nunca se equivoca”. Pero, ¿qué quiere decir realmente esto?

Para empezar, en castellano el término obedecer tiene su raíz en escuchar (ob-audire; es decir, se trata de una reacción conforme a lo que se ha escuchado) y en la Biblia ocurre lo mismo. Un rey pronuncia una ley o un decreto y se debe actuar conforme a su palabra (obedecer). Otros términos (someterse, acatar, hacer caso, por ejemplo) tienen otra connotación, habitualmente una relación de superioridad (sub-metere, ponerse debajo). Un buen ejemplo lo encontramos en el texto de 1 Sam 15,22: 

«¿Acaso se complace Yahveh en los holocaustos y sacrificios como en la obediencia a la palabra de Yahveh? Mejor es obedecer que sacrificar, mejor la docilidad que la grasa de los carneros». 

El texto, como se ve señala algo evidente: no es el culto y los ritos lo que nos ponen en comunión con Dios sino la “obediencia”. En los primeros casos se usa el verbo shamah (escuchar, de donde viene el nombre Simeon/Simón, Dios escucha); en el segundo (docilidad), se utiliza keshab (estar alerta).

Es interesante que el término griego “hypakoê”, que suele traducirse por obediencia solo se encuentra una vez en el AT (2 Sam 22,36, que algunas biblias traducen por “respuesta favorable”). El otro sustantivo “obediencia” (hypêkoos) suele traducirse por “servidumbre” (Dt 20,11; Jos 17,13) y, en Pablo, sí por obediencia (2 Cor 2,9; Fil 2,8). El verbo hypakouô, obedecer, es el término clave, entonces. Este puede ser seguir instrucciones (y así, obedecer), escuchar el golpe de una puerta (Hch 12,13), escuchar una voz y dar una respuesta (Is 65,24) … La clave está en la escucha, entonces, y su reacción ante ello. Ahora bien, obedecer puede remitir a una actitud de sumisión. La actitud de “escuchar (hypakouô) la voz del Señor” (Dt 26,14; 30,2) es la clave. Es interesante notar que Pablo la pone en paralelo con creer en la predicación (Rom 10,16), es “obediencia de la fe” (Rom 1,5; 16,26).

En este sentido, autores como Oseas (y luego los autores deuteronomistas) dan un paso más señalando que más que “obedecer” a Dios, se invita a “amarlo” (Dt 6,5; 10,12 [paralelo de servirlo]; 11,1 [paralelo de guardar sus consignas]; etc.) como respuesta a un Dios que a su vez ama (7,8; 10,15 etc.). Más aún, hay que decir que, si bien no ha desaparecido en el NT la idea de la obediencia (aunque sea fundamentalmente una “escucha de la fe”), y se mantiene (aunque, en los Evangelios, solo en un marco veterotestamentario; cf. Mt 22,37), casi tampoco se habla en el NT del “amor a Dios”. En las primeras cartas de Pablo, en cambio, encontramos una novedad, que es la pretensión de “agradar a Dios” (cf. 1 Tes 2,15; 4,1; 1 Cor 7,32); para los discípulos de Pablo, por ejemplo, “obedecer a los padres” (que debería ser un mandamiento a acatar) es algo que “agrada a Dios” (Col 3,20; Ef 5,10). Por eso se nos invita a vivir de un modo que a Dios le sea grato (Rom 12,1.2), “el que sirve a Cristo [en justicia, paz y alegría en el Espíritu] es agradable a Dios” (Rom 14,18). Esa es una nueva liturgia, la del servicio al/los hermano/s (Fil 4,18; también Rom 12,1).

En general, la norma de “obedecer a Dios” se expresa – como dijimos – como “escuchar a Dios”. Por cierto, que se supone que esa escucha implica una responsabilidad con lo que se ha escuchado y quien ha pronunciado su palabra (en pocas ocasiones se utiliza “peitharjeô, que es “hacer caso”, por ejemplo, a Dios antes que a las personas, cf. Hch 5,29.32; 27,21). Evidentemente, en una sociedad habituada al esquema rey y esclavo, o patrón y cliente, es razonable que la relación con Dios sea mirada en esos parámetros. En ese sentido, también, se han de entender los “mandamientos”, tema que nos servirá para una reflexión futura.

Mirando cómo va revelándose el Dios que en un primer momento pretende que seamos sus vasallos hasta llegar a mostrarse como “papá” (abbá) de Jesús y nuestro (e incluso un padre al que, si se lo desobedece, eso no implica que rompa relaciones con nosotros (Mt 21,28-31; Lc 15,20-24) y por tanto un padre que se alegra cuando sus hijos e hijas le causan placer.

yo no quiero forjar mi corona para ganar méritos sino para causarle placer a Jesús” (Teresa de Lisieux, Carta 143, a Celina, 18 de julio 1883)

 

Foto tomada de https://es.123rf.com/photo_28676717_peque%C3%B1o-camino-al-parque-que-se-bifurcan-de-manera-divergente-.html 

viernes, 15 de abril de 2022

Una reflexión del “para siempre”

Una reflexión del “para siempre”

Eduardo de la Serna



En la Iglesia hay una tendencia, particularmente en los dos sacramentos de “estado”, de acentuar que estos son “para siempre”. El cura lo es, a semejanza de Melquisedec, y el matrimonio es “hasta que la muerte los separe”. Y, por lo tanto, ante tantas y tantos que no lo viven de ese modo, porque lo abandonan, suele – o solía – hablarse de traición, defección o cosas por el estilo.

Convengamos que son muchísimos los matrimonios que se rompen, y también los curas que dejan el estado clerical. ¿No era para siempre?

Quizás podemos pensar que cierta definitividad está en el deseo al abrazar el estado. Nadie le cuenta a un/a amigo/a un secreto profundo si creyera que la amistad podría romperse en el futuro. La definitividad existe en el horizonte del amor. 

Es cierto que el texto bíblico que alude al sacerdocio, afirma que Jesús, por la resurrección, es hecho sacerdote de un modo nuevo al de Israel (por eso es al modo de Melquisedec, es decir, no al modo de Leví), y que, a diferencia de los sacerdotes antiguos que, al morir, eran reemplazados, Jesús, que ya no muere por estar resucitado, lo es para siempre (Hebreos 5,6; 6,20; 7,17). No se refiere, en el texto, al ministerio ordenado. Y el “para siempre” tiene otro sentido diferente al que suele darse.

El matrimonio, como sacramento, es más complejo aún, y fue, seguramente, el último en ser incorporado en la lista de los siete. La comparación que hace un discípulo de Pablo (Efesios 5,25) del amor entre Cristo y la Iglesia en clave matrimonial parece haber influido en esta interpretación.

Pero… 

Los que tenemos decenas de amigos que dejaron el ejercicio del ministerio de curas y más decenas que formaron nuevas parejas (además de otros modos de relaciones) de ninguna manera aceptamos que se las y los considere de un modo negativo. Distinto es cuando en un estado o en otro mediara una traición (en una pareja o en un estado clerical, que ya sería otro tema muy diferente). Es cierto que conozco muchos curas que insisten, persisten y resisten como curas, y parejas que siguen unidos, seguramente después de haber vivido, experimentado, o soportado adversidades; algunas bien complejas. En suma, podría decir que conozco quienes han quebrado la definitividad y viven nuevas experiencias, muchas de ellas con felicidad y alegría; y conozco muchas y muchos que han mantenido el compromiso aquel también con alegría y felicidad. Y quizás en esta alegría y felicidad radique el tema. Curas o matrimonios que persisten sin felicidad, que viven sin alegría, sólo parecen “condenados” a la amargura y hasta el malhumor que luego repercutirá en hijos, amigues, comunidades. Que no lo merecen. No se trata de una alegría circunstancial, ocasional o momentánea, sino de un estado de plenitud. El cual siempre será contagioso para otras y otros.

A lo mejor, la idea sería un “para siempre que sea feliz” en esta vida que he elegido. Para que esa felicidad se irradie a quienes nos rodean. Al fin y al cabo, esa definitividad no era para nosotros sino para los otros. Y que, entonces, siempre pueda comunicar a todas y todos, una vida que nos fue regalada y para la cual hemos elegido un estado. De dar vida, y vida feliz se trata estos estados, y esa vida, en los otros seguramente sea “para siempre”.


Foto tomada de https://www.freepik.es/vector-gratis/reloj-arena-realista-3d-arena-interior-aislado-sobre-fondo-transparente-oscuro_3266515.htm

miércoles, 13 de abril de 2022

Imágenes de Dios

Imágenes de Dios

Eduardo de la Serna



Una imagen es una expresión (pintura, escultura, fotografía, etc.) que nos permite de cierto modo “tener presente” al objeto o sujeto “imaginado”. Ver fotos suele ser la ocasión de recordar otros momentos o lugares, personas o mascotas, por ejemplo. Por supuesto que las hay mejores o peores, más realistas o menos. ¿Quién no escuchó, por ejemplo, decir que alguien no salió bien en una foto? Nadie duda que se trata de esa persona, pero la pose, la toma, las luces, o lo que fuere no la presentan adecuadamente. O así lo ven algunos.

En tiempos en que no existía la fotografía, las imágenes eran “hechas por manos”, sean esto pinturas, sobre relieves, esculturas, por ejemplo. En ese caso, se podría decir que de ese modo es como el artista “imagina” al sujeto representado. Y – acá viene un elemento muy importante – al imaginarlo de determinada manera, en cierto modo, lo limita. Decir que “así es” también indica que “de otro modo no es”. Y esto es un problema cuando hablamos de Dios. Si Dios se identifica con un chacal, o un gato, por ejemplo, podemos imaginarlo de ese modo; y entonces, cualquier imagen de chacales o gatos nos permitiría representarlo, pero jamás con la imagen de un ibis o una lechuza. Eso sería otro Dios. Y cuando Dios no se identifica con nada de todo eso, pues resulta imposible identificarlo, y toda imagen sería una distorsión. Sería sólo “hechura de manos”. Esa es la razón por la que en la Biblia hebrea se ha prohibido hacer / tener imágenes de Dios. Sin duda que se refiere a imágenes “de Dios”, porque en una ocasión ante una plaga de ratas manda hacer una imagen de una rata de oro (la que luego estará en el arca de la alianza; 1 Sam 6,5.11) o también una serpiente de bronce (Núm 21,9) e incluso dos querubines de oro deben estar en el altar (Ex 25,18). Es Dios el que no puede ser imaginado, porque no puede ser limitado. Aunque, debemos decirlo, en ocasiones Él mismo acepta un límite y al crear al ser humano se señala que es “a su imagen” (Gen 1,26) del mismo modo que un hijo es la “imagen” de su padre (Gen 5,3). La creación deja ver al invisible, repite Pablo (Rom 1,20).

En el Nuevo Testamento hay un pequeño cambio. Ciertamente sigue estando vedado tener una imagen de la divinidad (esa es la crítica de Jesús a la moneda del Emperador que tiene una “imagen” suya y se aclara que se trata del “divino hijo”, ver Mc 12,16); pero Jesús mismo “es la imagen de Dios invisible” (Col 1,15) y los seres humanos (o los cristianos) están destinados en sí mismos “a reproducir la imagen de su Hijo” (Rom 8,29). Evidentemente, a partir de la encarnación, la Palabra “se hizo carne” y, por tanto, es razonable y posible imaginarla.

Esto no puede significar que podemos “limitar” a Dios. Si significara eso, nos estaríamos haciendo un ídolo, y no estaríamos “dejando a Dios ser Dios”. Por eso es interesante la insistencia en la Biblia (AT y NT) en cuestionar lo que es “hecho por manos”, como los “dioses” (Dt 4,28) o “ídolos” (Is 2,8; Jer 1,16 etc.) [por supuesto que se refiere a algunas cosas “hechas por manos”, no a la mayoría de otros hechos que son positivos, como la labranza, las edificaciones, las ofrendas, etc.] pero esto debe tenerse presente: “Asiria no nos salvará, no montaremos a caballo; no volveremos a llamar 'dios nuestro' a las obras de nuestras manos; en ti encuentra compasión el huérfano”. (Os 14,3). De hecho, es interesante que en algunas ocasiones donde la Biblia se refiere a ídolos o imágenes, la biblia griega lo traduce por “hecho por manos” (ver Sab 14,8), y – también es interesante – ese término, en el NT se encuentra 6 veces, 5 de las cuales se refieren al Templo que se ha divinizado; algo sin duda criticado por los escritores cristianos.

En este sentido, entonces, es razonable imaginar – tener imágenes –... a Jesús (y, mucho más aún, a sus amigas y amigos de la historia, como las y los santos) siempre y cuando – lo cual es obvio – esto no sea visto como una “imagen de Dios” (o, para ser precisos, no más imagen de Dios que la que un [buen] ser humano lo es).

Pero, todavía queda un elemento interesante para añadir. Todos y todas tenemos en nuestra mente una imagen interna de Dios. Creemos (imaginamos) que Él es de determinada manera, que actúa de determinado modo (o no). Y sería imposible no tenerla. Incluso los no creyentes afirman no poder / aceptar creer en un dios al que imaginan de determinado modo. Ciertamente muchas cosas, positivas o negativas en nuestra vida han influido en que tengamos esa imagen interna de Dios. Pero sería fundamental tener claro que Dios es siempre más, siempre más “perfecto” que esa imagen que tenemos de él. De allí la indispensable actitud de “dejar a Dios ser Dios”, es decir, no pretender que quede reducido o “limitado” a la imagen que de Él tenemos. Ponerle límites a Dios, aunque sean los que nos parecen razonables, no nos permitirá encontrarnos con el Dios de la Biblia, y el papá de Jesús.

 

Foto tomada de https://www.alamy.es/artesano-haciendo-mascaras-nepalesas-en-bhaktapur-nepal-image349331750.html

martes, 12 de abril de 2022

Comentario Triduo Pascual "C"

 Saber reconocer los signos de vida para creer en el resucitado

Triduo Pascual

 Eduardo de la Serna


Como hemos señalado la semana pasada, los comentarios serán breves a las lecturas del Evangelio del jueves y viernes y más extensos a las lecturas del domingo.

Jueves Santo

Lectura del Evangelio: Juan 13,1-15


Los estudiosos coinciden en general en que el Evangelio de Juan tiene 2 grandes partes. En 13,1 comienza solemnemente la segunda parte.  La clave parece estar en la llegada de “la hora” anunciada en la primera parte como algo futuro. Y esta hora ha llegado con el “paso” de Jesús de este mundo al Padre. Este “paso” tiene claras connotaciones pascuales (Pascua = paso) aunque la cena de Jesús no sea cena pascual. Este paso viene marcado por el “amor extremo” a “los suyos”. La unidad literaria parece seguir hasta el v.20 (como el doble “en verdad” del v.21, la frase conclusiva de v.20 y el nuevo comienzo del v.21 lo indican). La característica principal viene dada por el “lavado de los pies”. Esto es propio de los esclavos (ser esclavo y servir son la misma palabra en griego), y la palabra está mencionada en la interpretación que hace Jesús del hecho (omitida en la liturgia, en el v.16). La negativa de Pedro a ser lavado tiene ese sentido, y esto es algo que será comprendido “más tarde”. Jesús, a continuación, lo explica: es algo que deben hacer “unos con otros”, es la expresión del amor que es verdadero cuando se vuelve “servicio”; ese es el “amor extremo”.

Viernes Santo


Lectura del Evangelio de la Pasión: Juan 18,1-19,42


Resumen: La pasión según san Juan nos muestra un Jesús siempre soberano, del principio al fin es quien decide “voluntariamente” su situación;  la comunidad de discípulos –representados en su madre y el discípulo amado- están al pie de la cruz y reciben el espíritu, y todo el AT alcanza en Jesús su plenitud.

El relato de la Pasión de Jesús según Juan, que se lee todos los años el Viernes Santo tiene muchas unidades e ideas que son propias de Juan y merecerían ser destacadas. Trataremos se señalar las principales.

Jesús aparece como soberano, él es quien conduce los acontecimientos. Por ejemplo. Él determina que dejen ir libres a sus compañeros ya que lo buscan a él. Con ironía clásica de Juan, ante el “Yo soy” de Jesús (es el nombre divino en Éxodo) caen en tierra, algo característico de los que ven a Dios. Jesús repite dos veces este término, “yo soy”, lo que debe tenerse presente. Pedro dirá dos veces “no soy”, a continuación. Por otra parte, como hace otras veces, Juan corrige o precisa datos de los Sinópticos como quién empuñó la espada e incluso el nombre del servidor del Sumo Sacerdote.

Con nueva ironía, Juan señala que cuando Jesús fue llevado a casa del Sumo Sacerdote, Pedro “y otro discípulo” (no dice de qué discípulo se trata; ¿el discípulo amado? No parece) “siguen” a Jesús. El verbo es irónico porque Pedro ya le había dicho a Jesús que lo seguiría (13,36-37), pero lo seguirá “físicamente”, no discipularmente. De hecho, “no es” (18,17.25). Recién cuando Pedro vaya realmente a dar la vida por Jesús, Él le dirá “sígueme” (21,19).

Ya en el “pretorio” (Juan no tiene “juicio religioso”, sino sólo un interrogatorio) el rol de Pilato es bastante limitado. Se pasa toda esta unidad “entrando” y “saliendo” ya que los judíos no quieren entrar para poder comer la pascua (18,28; lo que muestra que para Juan la cena de Jesús no fue cena pascual).

Hay algunas ideas que es bueno destacar. A Jesús no lo van a buscar con “armas y palos” sino con “antorchas, lámparas y palos” (18,3) porque viven en la oscuridad, son de las "tinieblas”; Pilato no sabe qué es la verdad, porque es “de la mentira” (18,38). Esto es importante, especialmente si recordamos que el diablo es “el padre de la mentira” (8,44) y el “príncipe de este mundo” (12,31; 14,30; 16,11). Esto dice relación con la afirmación de que “mi reino no es de este mundo” que se suele interpretar como si se separaran en dos niveles las realidades, este mundo, tierra - “no de este mundo”, cielo.  En realidad, en Juan “mundo” es el ambiente adverso a Jesús (por eso el “príncipe de este mundo”). En este mundo – podríamos parafrasear - hay quienes viven (y reinan) según las tinieblas, la mentira y la muerte, y otros viven según la luz, la verdad y la vida. A eso Juan lo llama “estar en el mundo”, “no ser del mundo” (17,11.16). Por tanto, “mi reino no es de este mundo” no refiere al cielo, sino a que no se deja guiar por los criterios del “príncipe de este mundo”. Por ejemplo, si así fuera “mi gente habría combatido” (18,36). El reino que Jesús propone es reino de paz.

Otro elemento a tener en cuenta es que los judíos (que en Juan, como también “mundo” refiere al grupo hostil a Jesús) afirman que “no tenemos más rey que el César” (19,15). Israel es el pueblo que tiene a Dios por rey, pero acá se confirman como “amigos del César” (19,12).

Pilato lo entrega para que sea crucificado, y el que lleva la cruz es Jesús, no el Cireneo; seguramente como Isaac lleva la leña para el sacrificio (Gen 22,6).

La vestidura de Jesús que se sortearán los soldados no tiene costura, se debe romper para partirla. Jesús viene a provocar unidad que la violencia, la mentira y las tinieblas rompen.

Juan incorpora una novedad al pie de la cruz, su madre y el discípulo amado. Por un lado, ambos personajes tienen gran carga simbólica en el Evangelio. Lo simbólico es evidente porque es absolutamente improbable que los romanos permitieran a alguien estar cerca de un crucificado. Por otro lado, llama nuevamente la atención que Jesús a su madre la llame – como en Caná (2,4) - “mujer”. No es razonable mirarlo atendiendo a lo “histórico” como señalando la crudeza del acontecimiento, o el dolor de una madre, sino en la familia que aquí se suscita. Una “mujer” (¿como Eva?) y un “discípulo” ejemplar, “amado”, que la “recibe como suya”. 

Jesús es tan soberano, en Juan, que su muerte ocurre por determinación suya. A la hora de la matanza de los corderos de pascua, sin que se le quiebren las piernas, como a los corderos, y con la última gota de sangre, como a los corderos, con una rama de hisopo, como a los corderos; Juan  nos reitera algo que señala desde el comienzo de su Evangelio, y es que Jesús reemplaza en su propia persona todo lo “religioso” de Israel: el Templo, las fiestas litúrgicas, la vid… el cordero pascual. Y al morir “entregó su espíritu”.

Finalmente, a diferencia de los Sinópticos, Jesús es sepultado y embalsamado [ungido con bálsamo en las vendas “según la costumbre judía de sepultar” (19,40)]. En un jardín comenzó el drama (18,1) y en un jardín concluye (19,41).



Domingo de Resurrección:


 1ª lectura: Hechos 10,34a. 37-43


Resumen: una síntesis del ministerio y pascua de Jesús da pie a la predicación a los paganos, y a que se derrame sobre ellos el Espíritu dando así lugar a la absoluta novedad de la universalidad.

El texto de Hechos es extenso. Y repetitivo. De hecho la liturgia sólo se detiene en lo central y fundamental, pero no está de más mirar la idea principal antes de detenernos en él. Se trata de una unidad cuidadosamente armada por Lucas, presentando los personajes, y repitiendo y explicando las escenas más de una vez. Sinteticemos: una vez las presenta, la siguiente le da su sentido y en tercer momento la explica ante los Doce (10,1-26. 27-48; 11,1-18). ¿Por qué la insistencia? Pues porque el paso que se dará es casi contrario a todo lo que se decía en el A.T. y en la predicación de Jesús. ¿Cómo se justifica el bautismo a paganos sin exigir nada, como la circuncisión, si el AT distinguía judíos de paganos y si Jesús había dicho “no vayan a territorios extranjeros… sólo a las ovejas perdidas del Pueblo de Israel”. El cambio que se dará en esta unidad es tan fundamental, tan decisivo que hace falta dejar bien claro, ¡insistentemente!, que es conducido por el Espíritu Santo (10,19.44.45.47; 11,2.15.16), un éxtasis-visión (10,10.28; 11,5) o por el Ángel del Señor (10,3.7.22.30; 11,13). En el centro de esto se encuentra la predicación de Pedro a los paganos en orden a “escuchar lo que le fue ordenado por el Señor” (10,33) y al decir esto se derrama el Espíritu (10,44) lo que causa que Pedro “mandó que fueran bautizados” (10,48). El texto que nos propone hoy la liturgia es, precisamente, este discurso de Pedro a los paganos contando “lo que sucedió…” (10,37).

Obviamente no interesa la historicidad de los acontecimientos que es pasible de sospecha (el predicador primero a los paganos resulta “Pedro” y no Pablo, por ejemplo). Vayamos al texto.

El discurso presenta una primera parte “histórica”, comenzando por el bautismo de Juan, el ministerio de Jesús (sintetizado en que “pasó haciendo el bien”, v.39), fue matado y resucitado apareciéndose a testigos elegidos (37-41). Pero esto no finaliza allí (como es característico de Lucas, cf. Lc 24,46-48) y debe continuar con la predicación,  por ahora reducida “al Pueblo” (es decir, a Israel; v.42). Es a continuación que dará el siguiente paso cuando el Espíritu se derrame sobre los paganos lo que deja atónitos a los circuncisos al ver que el Espíritu Santo  se derramaba también sobre los paganos (v.45); a esto se lo ha llamado “Pentecostés de los paganos” (quizás de un modo un poco simplista, pero justo en lo literario de Hechos). La introducción: “veo que Dios no hace acepción de personas” (v.34) y esta conclusión del don del Espíritu – ambas omitidas en la liturgia - son las que le dan sentido a toda la unidad.

Veamos brevemente el discurso: Lucas presenta una síntesis geográfica (en Judea comenzando en Galilea) e histórica (del bautismo a la muerte-resurrección) del ministerio de Jesús. Algunos elementos característicos de la teología de Lucas están señalados: el rol del Espíritu Santo en el ministerio de Jesús, el enfrentamiento con el diablo, el rol de testigos de los apóstoles, señalados como los que comieron y bebieron con él, el mandato de predicar, el rol de los profetas y el perdón. Todo esto – como se dijo - en un marco histórico-geográfico, también característico de Lucas. Estamos – entonces - en una síntesis de la predicación, del “evangelio” de Lucas presentado en pocos versículos. De eso se trata este discurso que provoca la aceptación del evangelio por parte de los paganos y desencadena la que probablemente sea la máxima revolución de toda la historia de la Iglesia. Los paganos, despreciados y rechazados en Israel son ahora invitados a integrarse por el bautismo y la aceptación del Evangelio como miembros plenos del pueblo de Dios.



2ª lectura: Colosenses 3,1-4


Resumen: La “comunión de los santos” permite que entre Cristo resucitado y la comunidad peregrina haya una relación tan estrecha que ya desde “ahora” vivamos como resucitados.

La liturgia permite hoy la elección de una entre dos lecturas; hemos seleccionado el texto de Colosenses

Un discípulo de Pablo, pasado ya un buen tiempo, decide enfrentar, como si Pablo lo hiciera, una serie de nuevos problemas. Escribir que el autor es Pablo es una manera obvia de decir “yo soy su discípulo y sé que esto es lo que Pablo les diría si estuviese vivo”. Uno de los temas – no el principal de la carta, pero si importante - es que la venida de Jesús que se esperaba inminente (ver 1 Tes 4,15-17; 1 Cor 15,51-52) se demora. En este sentido, en el cristianismo de la segunda generación surgen fundamentalmente dos respuestas. Una – patente, por ejemplo, en 2 Pe 3,3-4.8-10 - señala que esta se demora para dar a todos la ocasión de la conversión, otra, habitual en los discípulos de Pablo, como el autor de Colosenses, señala que en cierta manera ya vino, que ya estamos de algún modo resucitados. Podríamos decir que faltan “ultimar algunos detalles”. La parte teórica de la carta finaliza en 3,4 ya que en 3,5 saca las conclusiones prácticas de lo dicho para la vida de la comunidad. 3,1-4 aparece como una conclusión teórica de todo lo dicho que es claramente cristocéntrico. Un tema característico de esta carta, y su “parienta” a los Efesios es la idea de que Cristo es cabeza del cuerpo que es la Iglesia. Hay una unión profunda entre ambos, tal que puede verse, como la hay entre el cuerpo y su cabeza (1,18.24; 2,19). Por eso presenta a Cristo como “el primer nacido de entre los muertos” (1,18), los demás seguirán sus pasos.

Esto es lo que da razón a la primera frase del texto de la liturgia que es ciertamente sorprendente: “han resucitado con Cristo”. No es “resucitarán” sino que ya lo han hecho (en griego es un aoristo, lo que significa que es algo que ha ocurrido en un momento concreto y preciso del pasado). Es típico de Pablo, y acá lo repite su discípulo, señalar una tensión entre la realidad (indicativo) y lo que se debiera (imperativo). Acá la tensión es que puesto que ya estamos resucitados, debiéramos buscar lo de arriba. El Jesús de Juan afirmaba que es “de arriba” (8,23), y al dirigirse a Dios Jesús levanta los ojos para arriba (11,41). Arriba refiere claramente al cielo (ver Hch 2,19), de allí viene la “Jerusalén de arriba” (Ga 4,26) y desde “arriba” Jesús llama a Pablo para un premio (Fil 3,14). De hecho, el versículo siguiente contrasta lo de arriba con lo de la “tierra”, arriba está Cristo sentado a la diestra de Dios. También en Efesios  se afirma que Jesús está sentado a la derecha en los cielos (1,20). La imagen es tradicional (ver Mt 26,64; Mc 14,62; 16,19; Hch 2,34; 7,55.56 [aunque en estos vv., está “de pie”]; Heb 8,1; 1 Pe 3,22). Como claramente lo destaca Hch 2,34, el texto es una alusión al Sal 110,1 que es un Salmo que canta al rey como “virrey” de Dios. El cristianismo primitivo, como lo señala la abundancia de citas, recurrió a este texto para manifestar el cumplimiento de las escrituras en la resurrección de Jesús y su lógica “ausencia” posterior.

Buscar lo de arriba, aspirar a lo de arriba son evidentemente un paralelismo. Aspirar no es preciso, el verbo fronéô es también pensar, sostener y es casi exclusivamente paulino (x26 de las que x22 en Pablo [10 en Fil y 9 en Rom], una en Mt, Mc y Hch, y acá en Colosenses).  Hay dos textos paulinos que hacen más claro el sentido
Efectivamente, los que viven según la carne, desean [fronoûsin] lo carnal; mas los que viven según el espíritu, lo espiritual” (Rom 8,5) y 
“algunos se comportan como enemigos de la cruz de Cristo, cuyo final es la perdición, cuyo Dios es el vientre, y cuya gloria está en su vergüenza, que no piensan [fronoûntes] más que en las cosas de la tierra. (Fil 3,19). 
En ambos casos, lo que se ambiciona es vivir según la novedad que trajo Cristo, o - por el contrario - vivir como si no hubiera tocado nuestra existencia. No se trata – entonces - de llevar una suerte de “vida espiritual” o “celestial” sino a sacar todas las conclusiones que la vida “en Cristo” supone para nuestra existencia. Por eso afirmará que “hemos muerto” y “nuestra vida está oculta” en Dios, es decir “a la derecha de Dios”.

Por cuanto ya estamos con Cristo en Dios, cuando Cristo vuelva – como hemos señalado, lo que ocurrirá sin la tensión de las primeras comunidades, por cuanto ya estamos con él - la venida será menos “espectacular” que lo que parecía en un primer momento. Y junto con él apareceremos los que ya estemos con él. “Nuestra vida” está oculta – como Cristo - junto a Dios; pero él aparecerá, y ya es “vida de ustedes” (v.4) y “ustedes aparecerán en gloria” (ver 1,27).

Resucitados con él, escondidos con él, aparecerán como él, en gloria como él… la unión entre el Cristo glorioso y el cristiano es tan estrecha para el discípulo de Pablo que casi pareciera que no hay nada ya que esperar, sólo toca vivir aquello que ya somos.



Evangelio según san Juan 20,1-9


Resumen: Los signos de la resurrección están presentes y allí deben los discípulos amados aprender a “creer sin ver”.

Con un cambio cronológico Juan da comienzo a una nueva unidad, “el primer día de la semana”, es decir el “domingo”. La escena nos presenta una mujer sola que va al sepulcro. No va con otras a ungirlo, porque en Juan Jesús sí fue ungido, por tanto no espera que alguien le corra la piedra. Con mucha verosimilitud se ha propuesto que el rol de las mujeres en torno a la tumba, con sus cantos y llantos haciendo memoria del muerto parece haber sido el punto de partida de la proclamación y anuncio del Evangelio. Nada se dice de que María Magdalena, que ya la habíamos encontrada al pie de la cruz con otras mujeres y el discípulo amado (19,25), se haya asomado a la tumba ni lo que vio, pero en el mensaje a Pedro y al otro discípulo les dice que “se han llevado al Señor y no sabemos (¡plural!) dónde lo han puesto”. Aquí desaparece de la escena la Magdalena hasta v.11 donde está llorando (¿por el duelo?), se asoma al sepulcro (¡ahora sí!) y ve dos ángeles. Ellos y luego Jesús, que se le aparece, le preguntan por qué llora desencadenando una nueva escena. Siendo que esta finaliza con María yendo a los discípulos a contar lo visto, pareciera que el redactor del cuarto Evangelio expresamente adelantó la escena de Pedro y el discípulo amado por algún motivo teológico (que señalaremos). Es decir, los vv.3-10 parecen adelantados de su lugar original, y la razón parece estar en el rol que juegan tanto Pedro como el discípulo Amado en el Evangelio de Juan.

María no va a “los discípulos” sino sólo a Pedro y el discípulo amado y ellos “salen” (v.3) hacia el sepulcro, “corren” (v.4).La escena está construida de modo sencillo. Van, llegan y vuelven. Obviamente el centro temático está en lo que ocurre en la tumba.

Veamos. Se dice que corren ambos, pero hay una diferencia entre ambos. El discípulo amado corre más rápido, ve el interior de la tumba, no entra. Espera a Pedro. Pedro se demora más, “lo sigue”, entra al sepulcro y ve las vendas y el sudario. Nuevamente entra en escena el discípulo amado, que ahora entra y “vio y creyó”. Concluye con una referencia a “la Escritura” (sin citar el texto de referencia) y la resurrección. Finalmente (omitido en la liturgia), vuelven a casa.

La construcción, como se ve es muy sencilla, pero hay elementos interesantes a tener en cuenta.

Pedro y el discípulo amado. Salvo la escena de la cruz, el discípulo amado, el héroe de la comunidad joánica, está junto a Pedro. Pero siempre aparece como más cercano a Jesús que Pedro (de hecho es “el amado” por Jesús), en la cena es el que está junto a Jesús, no Pedro (13,23-25), es el que en la pesca le dice a Pedro que el que está en la orilla “es el Señor” (21,7), y cuando Pedro ha confesado 3 veces a Jesús que lo ama, del discípulo se dice que “permanece con Jesús hasta su vuelta” (21,22). En este caso, corre más rápido, “ve y cree”. En general se piensa que la comunidad de Juan, que se remite al discípulo amado, corre cada vez más el riesgo de sectarizarse, se distancia cada vez más de todos los grupos – incluso cristianos - del entorno. Entonces un redactor quiere evitar toda ruptura poniendo al héroe de ellos en buena relación con el héroe de otras comunidades, Pedro. Es verdad que el discípulo amado es más importante para ellos, pero hay otras ovejas que no son de este rebaño, hay otras comunidades con las que estamos en comunión, al fin y al cabo también aman a Jesús. Es cierto que tres veces lo negó, pero tres veces le confesó su amor, aunque “nuestro héroe” permanezca fiel hasta el final. Aquí parece estar la primera razón del adelantamiento del texto que hemos señalado. Los primeros en acercarse al misterio de la Pascua son Pedro y el discípulo amado, y ambos entran al sepulcro y creen en la escritura (notar el plural, a pesar del singular anterior, que diremos).

Ver y creer: el tema es central en Juan, y es lo fundamental de la escena. No hay aquí apariciones del resucitado (esas vendrán a continuación en el evangelio), sólo hay una tumba y vendas. De Pedro se dice que “vio”, del discípulo amado que “vio y creyó”. Veamos brevemente. En el relato se usan 3 verbos griegos diferentes, al llegar el discípulo amado “ve (blépô) las vendas en el suelo”; luego Pedro “miró (teôréô) las vendas en el suelo y el sudario… no junto a las vendas sino plegado en un lugar aparte (quizás para insinuar que no se trata de que el cadáver fue robado)”; finalmente, al entrar el discípulo amado “vio (oráô) y creyó”. El primer “ver” (blépô) es también observar. Es lo que hizo María en el v.1: “vio la piedra quitada”. Lo encontramos 17x en Juan, de las que 9x en el relato de la curación del ciego (cap.9). Como es propio en Juan, allí se mueve en dos niveles: se alude claramente a la visión física (“ahora veo”) pero aludiendo a un ver distinto, aludiendo a la fe, como se ve en el v.39: “Y dijo Jesús: «Para un juicio he venido a este mundo: para que los que no ven, vean; y los que ven, se vuelvan ciegos»”. Es, entonces, un ver que prepara la fe. El segundo “ver” (teôréô) (24x en Juan) es más bien físico; en el relato del ciego, se aplica a los vecinos que “veían” al ciego mendigando; sin embargo se usa también para “ver los signos” (2,23; 6,2; 7,3), sin embargo, algunos “ven” al Hijo y “creen” (6,40) y serán resucitados “en el último día”, porque “el que me ve, ve al que me envió” (12,45), pero al despedirse a Jesús no lo verán, como el mundo no ve al espíritu Paráclito, aunque los discípulos sí lo verán (14,17.19). Finalmente el tercer uso (oráô) es el más común (82x). En el relato del ciego lo encontramos al principio (v.1, Jesús lo vio) y al final (v.37) “ese que has visto” que es el momento culminante de la fe del ciego. Ya en el discurso del pan de vida este verbo se relaciona estrechamente a “creer”: “le dijeron: ¿Qué señal haces para que viéndola creamos en ti?” (6:30), “me han visto y no creen” (6,36), el que “ve” a Jesús, “ve” al Padre (14,9), “afirma que no lo “verán”, y Jesús declara bienaventurados a “los que no han visto y han creído” (20,29). Esto nos permite suponer que no parece haber demasiada diferencia entre los tres, aunque el tercero está más estrechamente ligado a “creer”.

Por su parte “creer” es quizás la palabra principal (o una de ellas) de todo el Evangelio (98x). Todo él se escribió “para que crean” y “creyendo tengan vida” (20,31). Decir que el discípulo amado “cree” es decir que alcanza la vida. Amor – vida – creer (es interesante que en Juan no aparece jamás el sustantivo, “fe”) constituyen el todo. Y lo interesante es que es de este discípulo que se afirma que “cree”, y sin ver sino los signos de la resurrección. “Ve” lo mismo que Pedro, pero esté “ve y cree”.

Siendo que para esto se ha escrito el Evangelio, siendo que se declaran felices a los que creen sin haber visto, y siendo que el discípulo amado – ejemplo del verdadero y buen discípulo - cree sin ver sino los signos de la resurrección, el relato nos desafía a creer con los signos (de los tiempos) y así tener la misma “vida” (que es vida divina).


+ o Evangelio según San Lucas 24,1-12

El sepulcro vacío no habla; incluso puede ser mal comprendido. Debe ser interpretado (los personajes celestiales son los que lo hacen), pero hay algo más que eso. Hace falta la palabra interpretativa, la fe de las mujeres y la comunicación del hecho.

Las mujeres hacen lo que se debe hacer y cuando se debe hacer: esperan que pase el sábado y llevan lo necesario para “embalsamar” a Jesús. Hay un tiempo de reposo y un tiempo de movimiento.

Allí ven algo inesperado expresado con el mismo verbo: encuentran el sepulcro abierto, y no encuentran el cuerpo de Jesús. Pero, ante esto se les hacen presentes dos enviados divinos que ellas reciben religiosamente (con el rostro en tierra). Los enviados de Dios le dan sentido al “no-encuentro” (no está aquí – está resucitado), porque buscan en el lugar equivocado (en el lugar de los muertos al que es viviente). 

Pero en la explicación de lo que encuentran las invitan a hacer memoria, cosa que ellas hacen (recuerden – recordaron, dejando en el medio de ambos verbos el dicho de Jesús sobre la pascua que ahora ha alcanzado su cumplimiento), y lo que recuerdan es una profecía realizada sobre la muerte y la resurrección, que Lucas precisa que es ese día (apuntaba el sábado [23,54] – descansaron el sábado [23,56; notar que al comienzo y al final del Evangelio se insiste en el fiel cumplimiento de las leyes; lo mismo al comenzar Hechos: Lc 2,22.39; Hch 1,12] – el día después del sábado [24,1, literalmente dice "uno desde el sábado"]). Recordar implica creer. Y ellas no pueden quedarse con la noticia sin comunicarla (lo que hemos visto y oído), aunque los varones no quieran creer "cosas de mujeres".

Foto tomada de http://www.fondos10.net/fondos-de-pantalla-de-paisajes/amanecer-en-el-campo-wallpapers-24724

Video con comentarios a los Evangelios del Triduo Pascual

 Video con comentarios a los Evangelios del Triduo Pascual



o también puede verse en

https://youtu.be/1fWDvTvMWmk


¡Felices Pascuas!

Eduardo

sábado, 9 de abril de 2022

Cosas de la vida y una Pascua

Cosas de la vida y una Pascua

 Eduardo de la Serna



¡No es vida!, dijo un enfermo

de enfermedad terminal.

¡No es vida!, dijo una madre

al ver a su hija ¡tan mal!

 

¡No es vida!, así dice el pobre

por no poderse sentar

en la mesa de la vida,

donde comen los demás.

 

¡Es vida! dicen los novios;

o aquel que puede jugar,

el juego de la alegría,

el juego de la amistad.

 

¡Es vida! dicen aquellos

en los acuerdos de paz;

y quienes se miran fijo

al momento de brindar.

 

Parece que vida es mucho,

muy distinto de respirar.

Hay vida, y más vida y vida,

para vivir, celebrar.

 

Y esa vida al infinito,

nos expande y se hace más,

nos hace vivos, vivientes,

y con vida para dar.

 

La vida la recibimos,

quizás de papá y mamá;

pero la vida es más grande,

hay que mirar más allá.

 

Y el más allá de la vida,

que es vida del más acá,

es vida con Dios amigo

y amiga divinidad.

 

Y vida que Él nos regala,

para a su vez regalar

y que sean muchos los vivos

y que crezca sin parar.

 

Y ser un pueblo de vivos,

un pueblo donde cantar,

y que mira para el Cielo

y se dirige hacia allá.

 

En una Pascua la vida,

es vida que se nos da;

es una vida divina

para vivir, celebrar.

 

Para que vivos, vivientes,

demos vida a los demás;

y vivos y caminantes,

festejemos caminar.

 

Foto tomada de https://www.predicasbiblicas.com/bosquejos-biblicos/389-viviendo-una-vida-agradable-para-dios