viernes, 6 de febrero de 2026

Febrero de 1976, Pepe, Pancho y el MEDH

Febrero de 1976, Pepe, Pancho y el MEDH

Eduardo de la Serna




La dictadura cívico-militar con bendición eclesiástica irrumpió en nuestra sociedad el 24 de marzo de 1976, pero muchos anticipos la fueron preparando: un amago de golpe del brigadier Capellini (18 de diciembre de 1975), el modelo económico neoliberal (Rodrigazo, 2 de junio de 1975), un decreto para “aniquilar el accionar de elementos subversivos que actúan en la provincia de Tucumán”  (5 de febrero 1975), ampliado luego por Italo Luder, en ejercicio de la presidencia, el 6 de octubre (decretos 2770, 2771 y 2772), ejecución de las medidas que "sean necesarias a efectos de aniquilar el accionar de los elementos subversivos en todo el territorio del país" (2772), un ultimátum de “90 días” dado al gobierno por el entonces general Jorge Rafael Videla (24 de diciembre 1975) y, por supuesto, el accionar impune de la Triple A y otros grupos violentos paraoficiales.


En este contexto sangriento son asesinados en febrero de 1976 dos miembros del clero, José Pepe Tedeschi y Francisco Pancho Soares.


Pepe había sido salesiano, y fue secuestrado por unos sicarios de la villa Itatí, en Bernal subiéndolo a un Torino blanco (la leyenda posterior lo transformó en un Ford Falcon). Hay elementos no totalmente claros de los últimos momentos de Pepe: el obispo Plaza (sin autoridad jurisdiccional) le escribe diciendo que debe volver a la parroquia y ejercer allí su ministerio; cuando Pape es “chupado” y Juanita, su mujer, embarazada de 9 meses buscaba desesperada alguna respuesta, el obispo de Avellaneda, Antonio Quarraccino le responde “quién sabe lo que habrá hecho”. Según Pio Laghi Quarraccino “se interesó en forma inmediata hasta que fue encontrado su cuerpo…” (16 de febrero 1976; cf. La Verdad los hará libres t. II,242 n.80). Su cuerpo fue encontrado en La Plata algunos días después, torturado y asesinado. Los salesianos quisieron velarlo en la parroquia cosa que la familia aceptó si no iba el obispo Quarraccino. Sin embargo, hay informaciones que Pepe había dejado la congregación y pasado al clero diocesano (es decir, de Avellaneda). Destaquemos que, con divisiones, había salesianos que se desentendieron de Pepe, mientras otros pretendían reclamos o protestas. La situación violenta, por un lado, y haber dejado la congregación por otro, motivaban estos debates.


Se dice que su cuerpo se encuentra en el cementerio de la Inspectoría Salesiana de La Plata en la calle 44. Creo que – si no hay mal que por bien no venga – al menos los salesianos preservaron los restos mortales de Pepe; no es difícil imaginar un destino de fosa común si el obispo de Avellaneda hubiera quedado a cargo del cuerpo.


Pancho, después de pertenecer a los Agustinos Asuncionistas y un breve paso por la Trapa (Francia) se incorpora a la diócesis de San Isidro. En una casilla en Carupá, Tigre la madrugada del 13 de febrero escucha “padre Pancho”. Vivía con su hermano Arnaldo y ambos se asoman siendo los dos ametrallados. Pancho muere al instante, mientras que Arnaldo fallece tiempo después. Antonio María Aguirre, el obispo diocesano le informa al nuncio Pio Laghi que Pancho “no era ciertamente un padre tercermundista” (26 de febrero de 1976). La frase que repitió el luego obispo de San Isidro Alcides Jorge Pedro Casaretto fue “murió Pancho” (no llegó a tanto como para decir “se” murió), nunca “lo murieron”. Pancho fue asesinado. Lo cierto es que, ante la desidia, su destino sí fue una fosa común.

Días después, la Conferencia Episcopal Argentina produce un breve comunicado “sobre el asesinato de un sacerdote” firmado por mons. Adolfo Tortolo, presidente de la Conferencia Episcopal. Allí no dice el nombre de “este sacerdote” (el texto es – como lamentablemente era de esperar – ambiguo), y como si indicara que por “condescendencia divina” somos “ungidos del Señor” por lo que esto constituye un “sacrilegio” pareciera más grave asesinar curas que asesinar “gente”. Muy lejos estaba mons. Oscar Romero que (ante el asesinato de Rafael Palacios) decía que “esto es comunión de amor. Sería triste que en una patria donde se está asesinando tan horrorosamente, no contáramos entre las víctimas también a los sacerdotes”. Curioso que en el texto de mons. Tortolo no haya reclamo de clarificación, denuncia, exigencias de investigación y, ¡horror!, se mencione el asesinato de “un sacerdote” … pareciera que Pepe, con su situación irregular no mereció ningún reconocimiento ni tampoco un tibio comunicado.


Estos dos asesinatos motivaron que, en el mismo mes de febrero, el día 27, en la Iglesia de la Santa Cruz, reunidos numerosos laicos, religiosos, presbíteros y pastores se diera origen al Movimiento Ecuménico por los Derechos Humanos. Poco tiempo después, ordenado obispo Jorge Novak, junto con otros referentes, como el obispo metodista Federico Pagura fueron copresidentes. Su primera celebración pública se realizó en la catedral de Quilmes el 22 de diciembre de 1976.


Así lo cuenta Jorge Novak:


«Unos meses antes de ser ordenado obispo, como presidente de la junta de religiosos en la Argentina, había empezado a tomar contacto con el MEDH, que se estaba organizando. Luego me incorporé de lleno y participé de su fundación. La explicación de todo esto es muy sencilla: apenas abrí la puerta de la curia entraron, al principio a cuentagotas, pero después muchísimos familiares de desaparecidos. Gente que con sólo saber que un obispo los recibía y los escuchaba quería, más que denunciar, buscar un consuelo, un apoyo. Era muy impresionante: horas y horas de escuchar gente. Salía uno y entraba otro. Siempre la misma historia. Eso me marcó profundamente como pastor; escuchar todas esas confidencias y tratar de brindar consuelo me imprimió un carácter, una señal. En ese sentido, debo decir que la vida misma hizo de mí un obispo de la solidaridad y el respeto de la persona humana. Aún quienes hubieran tenido ideas equivocadas, todos eran dignos de ser respetados» (Jorge Novak).


Señalemos simplemente, a modo conclusivo, que muchas veces Novak propuso que toda la Conferencia Episcopal Argentina se incorporara al MEDH. En todos los casos, la respuesta fue el silencio. El mismo silencio con el que recibió las muertes de Pepe, de Pancho y de otros 30.000 detenidos desaparecidos.

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