Pensando el nacimiento de Juan, el bautista
Eduardo de la Serna
Es sabido que en la Iglesia
católica romana suelen celebrarse las festividades de los santos teniendo en
cuenta la fecha de sus muertes. Ciertamente no por una glorificación necrófila
del sufrimiento, sino por su “paso a la inmortalidad”, su encuentro para
fundirse en un abrazo con Dios, la comunión con la Trinidad…
Pero, y es para destacar, se
celebran a la vez tres nacimientos: el de Jesús (25 de diciembre), el de la
Virgen María (8 de septiembre) y el de Juan, el bautizador (24 de junio). ¿Por
qué esta distinción? Destacar los dos primeros parece fácil de comprender, pero
no es evidente el porqué del tercero.
Digamos algo de Juan, entonces,
que da razón a esta sorprendente celebración.
Hablando de Juan a la multitud,
Jesús dice algo importante:
«Entre los
nacidos de mujer no hay ninguno mayor que Juan; sin embargo, el más pequeño en
el Reino de Dios es mayor que él». (Lucas 7,28 / Mateo 11,11).
¿Por qué dice esto Jesús? ¿Qué
quiere decir?
Sin duda, Juan era un profeta.
Los escritos cristianos lo presentan así, pero también escritos judíos. El
historiador Flavio Josefo (siglo I) dice:
Herodes lo
hizo matar, a pesar de ser un hombre justo que predicaba la práctica de la
virtud, incitando a vivir con justicia mutua y con piedad hacia Dios, para así
poder recibir el bautismo. Era con esta condición que Dios consideraba
agradable el bautismo; se servían de él no para hacerse perdonar ciertas
faltas, sino para purificar el cuerpo, con tal que previamente el alma hubiera
sido purificada por la rectitud. Hombres de todos lados se habían reunido con
él, pues se entusiasmaban al oírlo hablar. Sin embargo, Herodes, temeroso de
que su gran autoridad indujera a los súbditos a rebelarse, pues el pueblo
parecía estar dispuesto a seguir sus consejos, consideró más seguro, antes de
que surgiera alguna novedad, quitarlo de en medio, de lo contrario quizá tendría
que arrepentirse más tarde, si se produjera alguna conjuración. Es así como por
estas sospechas de Herodes fue encarcelado y enviado a la fortaleza de Maquero,
de la que hemos hablado antes, y allí fue muerto. [Antigüedades judías XVIII,
117-119]
Los Evangelios nos muestran que,
entre esas personas que se hicieron bautizar, estaba Jesús. La popularidad de
Juan, entonces, es causante de su muerte para un gobernante celoso de su poder,
como era Herodes Antipas, hijo de Herodes.
Pero los evangelios, que evidentemente
están centrados en Jesús, muestran a Juan como un profeta “precursor”, Juan “prepara…”
Sin duda Juan fue más que eso, pero desde la mirada cristiana allí se pone el
acento. Es en ese contexto que Jesús pronuncia la frase recién citada. ¿Quién
era Juan? De todos modos, es interesante señalar el “sin embargo” que
marca un contraste entre “el más grande” y “el más pequeño”, y la clave viene
dada por “el Reino de Dios”. Hay un “antes”, los “nacidos de mujer”, y un
después, “en el reino de Dios”. Jesús presenta a Juan como el “más grande” de
los personajes de la Antigua Alianza, pero que no es discípulo del Reino de
Dios.
Así se entiende otra frase de
Jesús:
La ley y los
profetas llegan hasta Juan. A partir de entonces se anuncia la Buena Noticia
del reino de Dios y todos tienen que esforzarse para entrar en él. (Lc 16,16)
“La ley los profetas” quiere
decir “toda la Biblia” hebrea; y si la ley y los profetas (desde una
perspectiva cristiana, obviamente) fue preparando el camino para la llegada de
Jesús, nadie, ¡nadie!, fue más explícito que Juan; podríamos decir, “él lo vio”,
“él lo preparó” (con el bautismo), “él lo anunció” …
Y esto lo destaca claramente el
Evangelio de Lucas hablándonos del nacimiento de Juan.
Lucas pone en claro paralelo dos
anuncios, dos nacimientos, el de Juan y el de Jesús: en ambos se aparece
Gabriel (1,19 / 1,26), a ambos les dice el conocido “no temas” (1,13 / 1,30), a
ambos les anuncia el nacimiento de un hijo y destaca su futuro ministerio (1,13-17
/ 1,32-33), a ambos les anuncia el nombre (1,13 / 1,31), ambos presentan duda (1,18
/ 1,34) y a ambos Gabriel les da un signo de que así Dios lo quiere (1,20 /
1,36). Finalmente, ambos nacen, ambos son circuncidados el octavo día, y a
ambos se les pone el nombre dado por el ángel (1,57.59.60 / 2,7.21). El texto
termina sintetizando que “el niño crecía” (1,80 / 2,40). Sin embargo, este evidente
paralelo no significa que los anuncios y nacimientos sean iguales: Zacarías e
Isabel son ancianos y ella es estéril (como tantos casos del Antiguo
Testamento, por ejemplo Abraham y Sara), María en cambio es una jovencita; el
nacimiento de una estéril suele indicar la importancia del que vendrá, en cambio
el nacimiento de una virgen es una absoluta novedad, y ya desde el seno materno
el niño Juan salta de alegría al presentir a Jesús (1,41.44), de allí que
Isabel la llame a María, “la madre de mi señor” (1,43).
Juan, entonces, sintetiza en sí
mismo todo el Antiguo Testamento (“la ley y los profetas”); Juan - para decirlo
claramente – no es “cristiano” sino la plenitud de lo antiguo, el “mayor de los
nacidos de mujer”. Ahora, con él – o, mejor dicho, a partir de él, después de
él – empieza la novedad del Reino.
Celebrar el nacimiento de Juan,
entonces, es mirar aquello que decía San Agustín: Novum in Vetere latet et
in Novo Vetus patet (“el Nuevo en el Antiguo late y en el Nuevo el Antiguo
está patente”; Quaestiones in Heptateuchum 2,73) y lo repetía el Concilio
Vaticano II:
Dios, pues,
inspirador y autor de ambos Testamentos, dispuso las cosas tan sabiamente que
el Nuevo Testamento está latente en el Antiguo y el Antiguo está patente en el
Nuevo. Porque, aunque Cristo fundó el Nuevo Testamento en su sangre, no
obstante, los libros del Antiguo Testamento recibidos íntegramente en la
proclamación evangélica, adquieren y manifiestan su plena significación en el
Nuevo Testamento, ilustrándolo y explicándolo al mismo tiempo (D.V. 16).
Imagen tomada de https://www.aciprensa.com/noticias/51099/hoy-la-iglesia-catolica-celebra-el-nacimiento-de-san-juan-bautista
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