Carta abierta a Javier Milei
Sr. Presidente (lo de “estimado” lo obvio por razones evidentes):
Desde hace ya demasiado tiempo usted hace referencia a temas
teológicos. Temas que, ciertamente, ignora en absoluto.
Es evidente que, como nos pasa a todos, usted ignora
muchísimas cosas. Y, sería sensato, no aludir a ellas, precisamente por
ignorarlas. Nadie le cuestionaría nada por su silencio.
Pero, y especialmente en los últimos tiempos, usted habla de
Dios, del horizonte judeo-cristiano, y hasta en ocasiones osa citar la Biblia o
aludir a ciertos textos. Y, precisamente porque los ignora, cualquiera con un
poco de conocimiento no fundamentalista sabe que no dicen lo que usted dice que
dicen.
Es más, mirando la Biblia (como un todo, porque quedarse en
un párrafo aislado es algo no solamente sin sentido, sino, además falso de toda
falsedad) creo evidente que si algo no inspira ni su gobierno ni sus palabras
es el mundo judeo-cristiano. La centralidad hebrea en mishpat we tzedaqá
– derecho y justicia y cristiana en el agápê - amor, la reacción de Dios ante
el tze’aq – clamor y las
splagjna – entrañas de compasión de Jesús, no se parecen en nada a sus
invitaciones de odio y desprecio. ¡En nada!
Usted
citó recientemente los habitualmente llamados “Diez Mandamientos” (mal aludidos,
por cierto); permítame recordarle que allí hace referencia a la importancia
dada al “nombre de Dios” (shem YHWH ‘elohim) pronunciado en vano, falsamente y
que Jesús retoma pidiendo que “santificado sea tu nombre” (tò onomá sou), es
decir, que haciendo su voluntad en la tierra, como se hace en el cielo, la
gente “santifique” el santo nombre de Dios… Por lo menos, no provoque que mucha
gente se aleje o desprecie a Dios por lo que le oye a usted decir en su nombre.
En suma…
No le pido que cambie sus políticas perversas, injustas, coloniales y de pecado…
Lo creo incapaz de hacerlo (y ¡sería feliz de equivocarme!), pero creo que
puedo pedirle que deje de tomar el nombre de Dios en vano. Lo que hace en
nombre del dogma austríaco, hágalo en ese nombre, pero silencie el nombre de
Dios. Dios no se lo merece, y los que tratamos de seguir Sus huellas (de Él, no
suyas, por cierto) tampoco. No amontone “brasas ardiendo sobre su cabeza” (Proverbios
25,22 y Romanos 12,20) ya bastante
tendrá que explicar cuando Dios, la Patria y el pueblo se lo demanden…
Pbro. Dr. Eduardo
de la Serna
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