jueves, 24 de septiembre de 2026

Dios y el César. Un problema.

Dios y el César. Un problema.

Eduardo de la Serna



Habitualmente hay tres razones por las que un texto bíblico hoy es malinterpretado: (1) un texto sacado de su contexto; (2) terminología/s que significan hoy algo muy diferente a lo que significaba ayer (por razones culturales, históricas, geográficas…) o (3) la lectura de un párrafo o frase aislada. La Biblia, que es también obra humana, debe ser leída, interpretada, comprendida y, por sobre todas las cosas, intentando entender, con todos los medios a nuestro alcance, qué es lo que el autor bíblico pretendió decir; y, sabiendo, además, que puede haber (con frecuencia lo hay) textos que complementan, corrigen, desmienten, precisan lo señalado. La lectura fundamentalista es muy “fácil”: dice esto, ¡es esto!, y DEBE ser obedecida. ¡Listo! La lectura histórico-crítica (que, por otra parte, es la que pretende el Magisterio de la Iglesia que se utilice como punto de partida), es más ardua, a veces complicada, y a veces (¡muchas veces!) desestabilizadora.

Valga esto para mirar qué dice el texto (en su contexto) el cual solemos leer como “den al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios” … (Mc 12,17; Mt 22,21; Lc 20,25).

El texto se encuentra en los tres Sinópticos (Mt / Mc / Lc) con algunas diferencias. Marcos, al que siguen los otros evangelios, presenta tres encuentros de Jesús con grupos judíos; en este caso con fariseos acompañados por herodianos (no en Lucas), los que, como su nombre lo indica, eran partidarios de Herodes. Ellos le formulan a Jesús una pregunta malintencionada: ¿está permitido dar el impuesto al César o no? Se supone permitido “religiosamente”, ya que han dicho que “enseña el camino de Dios con verdad”. La trampa radica en que, si Jesús respondiera que sí está permitido, los grupos religiosos, como los fariseos, podrían mostrarlo al pueblo como alguien que acepta la superioridad del Imperio; si respondiera negativamente, los grupos políticos, como los herodianos, podrían mostrarlo a las autoridades como subversivo. Respondiera lo que respondiera, la salida parecía imposible. “¿Por qué me tientan?” (Mc / Mt), les replica Jesús, y les pide “un denario” (Mateo agrava la cosa pidiendo “la moneda del impuesto”, es decir, con la que “pagan”). Y Jesús contrapregunta: “¿de quién es esta imagen y la inscripción?” La respuesta es obvia: ¡del César! Es aquí donde Jesús formula el dicho en cuestión…

Veamos: no hay dudas en “lo del César al César” y “lo de Dios a Dios”, la clave radica en el verbo. En griego se usa apodídômi. Dídômi es “dar”; la preposición “apo”, que supone una separación, “a consecuencia de…”, puede traducirse por “pagar” o por “devolver”; obviamente supone una deuda que debe resarcirse. Se refiere, entonces a algo que sería debido al César, pero (y es llamativo que Jesús añada la referencia a Dios ya que no era el tema de la pregunta) también lo que es debido a Dios. ¿Qué sería lo debido a Dios en este caso? Porque la lectura habitual parece presentar dos horizontes, el horizonte político y el religioso que “no se tocan”. Pero, ¿es eso lo que dice Jesús? No debemos olvidar que esto parte de la pregunta sobre “la imagen y la inscripción”. ¿Hay una imagen en Jerusalén, y, ¡para peor!, en el Templo? ¿No están terminantemente prohibidas en Israel las imágenes? ¡Ciertamente sí! El César le ha robado a Dios “lo que es de Dios” haciéndose una imagen. ¿Y la inscripción? En los denarios en el anverso se dice: “Ti (berio) Cesar, H(ijo del) D(ivino) Augusto” y en el reverso, “Pontíf (ice) Máximo”. Nuevamente se le ha robado a Dios lo que es de Dios, ¿es hijo de Dios el César? Y acá la frase desafiante de Jesús: “si es del César, páguenle, pero, si es de Dios ¡devuélvanle a Dios lo que es de Dios!”

Del laberinto en el que lo han puesto, Jesús sale como era de esperar de él: Dios es el rey (reinado de Dios). Obviamente esto no debió gustarle a los herodianos, y, en las acusaciones para justificar la condena lo dicen claramente: “–Hemos encontrado a éste incitando a la rebelión a nuestra nación, oponiéndose a que paguen tributo al césar…” (Lc 23,2). Jesús no presenta dos “mundos” distintos e intocables, sino que pretende un mundo en el que Dios reine, y lo hace cuando nos relacionamos como hermanas y hermanos, no cuando hay un “imperio” que decide, y lacayos que “obedecen”. El que “enseña el camino de Dios con verdad” sabe que, si el César le roba a Dios lo que es de Dios, en el mundo prima la injusticia, la opresión y la muerte, mientras que, si se “devuelve a Dios lo que es de Dios”, en un mundo de hermanas y hermanos, brilla la paz, la fraternidad / sororidad y al brillar, Dios está reinando y los “espías del imperio” no pueden “sorprenderlo con ninguna palabra delante del pueblo” (Lc 20,26).


Imagen tomada de https://blognumismatico.com/2024/04/10/denario-de-tiberio-el-denario-del-tributo/

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