viernes, 7 de julio de 2023

Empollando

Empollando

Eduardo de la Serna



Hace muchos años, un cura, que era famoso por sus luchas para que los laicos sean escuchados, se quejaba – ante una consulta – porque no había habido tiempo para hablar del tema en las comunidades. Era cierto, pero yo le pregunté ¿eso no corre el riesgo de que queremos que se escuche a la gente que piensa como nosotros? Se sonrió, y si bien los rostros no deben ser interpretados, me pareció como que decía “así es… así debe ser”, o algo semejante.

Vaya esto como anécdota, simplemente. La Iglesia universal está en camino sinodal. ¡Bien por ello! Coincido con aquel que ha dicho que, si la Iglesia no es sinodal, ¡no es Iglesia! Las conferencias episcopales eligen – de acuerdo al número de sus miembros – los obispos que participarán en el encuentro (lista que debe ser aprobada en Roma ¿? ¿cómo? ¿por qué? ¿y eso?). El Papa (los Papas) tiene, además, la capacidad (derecho, autoridad, libertad) de elegir participantes a dedo (basta mirar los elegidos por el papa Benito para participar en Aparecida – además de los elegidos por cada conferencia – como para ponerse en estado de alerta). Es decir: además de los que participarán por derecho propio (aunque alguno pueda ser vetado ab initio), el Papa puede elegir (¡elige!) una lista indeterminada de participantes. ¡A dedo!

Es decir, vamos a consultar, escuchar y dialogar (= sínodo) con aquellos que nosotros elegimos, para que nos digan lo que nosotros preguntamos (no más) … No me parece demasiado sinodal eso.

Si se eligieran – por poner un ejemplo – un X número de profesores elegidos por los profesores, de provinciales elegidos por los provinciales, religiosos o religiosas elegidos por sus pares, etc. creo que la cosa sería distinta… Pero ver los nombres, ¡siempre los mismos nombres!, me hacen preguntarme por qué debería esperar algo novedoso, creativo, positivo… ¿Por qué debería creer que el espíritu sopla en esos caminos preestablecidos y no dónde a él/ella se le ocurre? Al fin y al cabo, se repite el dicho de un viejo cura conocido, que ya está en la Pascua: “el Espíritu Santo empolla los huevos que le ponen”.

 

Foto tomada de https://www.pxfuel.com/es/free-photo-jdgpz

jueves, 6 de julio de 2023

Jesús enseña a rezar

Jesús enseña a rezar

Eduardo de la Serna



Todos sabemos que Jesús enseñó una oración a sus amigos y amigas; es la que conocemos, habitualmente como el “Padrenuestro”. El relato, en los evangelios se encuentra en Mateo y en Lucas, en ningún otro lado, aunque haya indicios de ella en otras ocasiones (como por ejemplo en Marcos 14,36). Ya hemos señalado en más de una ocasión que cada Evangelio tiene su propia intención para anunciar la Buena Noticia a cada comunidad según la vida y los problemas que cada una de ellas tuviera y – por lo tanto – lo que cada autor ve conveniente resaltar, insistir, proponer, omitir, etc. En el caso del "Padrenuestro", aunque el núcleo de la oración es idéntico, en uno y otro Evangelio tienen diferencias que son, insistimos, propias de lo que cada Evangelio quiere predicar (nunca insistiremos lo suficiente en repetir que los Evangelios no son informes históricos de cosas que Jesús dijo o hizo sino catequesis en las que cada Evangelista predica a su comunidad partiendo de algunos elementos históricos).

En este sentido, Mateo quiere invitar a un grupo de cristianos que vienen del ambiente judío a que cambien el eje de los tres grandes actos propios de la piedad de Israel: la limosna, la oración y el ayuno. Ante personas que querían que todos vieran cuan religiosos eran, y fueran reconocidos y aplaudidos por todos, Jesús insiste en que todo eso debe hacerse en privado, “en lo secreto”; se trata de algo que se hace “para Dios” no para la gente, no para el aplauso. Y es en este contexto que, agrega, no se trata de repetir palabras, que Dios ya las conoce, lo que interesa es la actitud de la comunidad. Y, en este contexto, enseña su oración (6,7-16).

Lucas, en cambio, narra que cuando los amigos de Jesús lo ven en oración - algo que en este Evangelio el Señor hace frecuentemente - le piden que les enseñe una oración que los identifique, algo que les sea propio, así como hizo Juan, el Bautista, que enseñó una a sus discípulos (11,2-4).

Tenemos, entonces, una oración donde está lo esencial, en Mateo; y una oración que identifica a los cristianos, en Lucas.

Pero una vez señalado esto, es evidente, que hay diferencia entre ambos textos. La versión de Lucas es un poco más breve, como puede verse sencillamente; la de Mateo en cambio, es la que habitualmente suele rezarse en las comunidades, y es más amplia.

Notemos, además, algunos elementos importantes:

La primera parte (en ambas versiones) hace referencia a Dios: Padre, tu reino, tu nombre, tu voluntad; la segunda parte (también en ambos casos) hace referencia a la comunidad: nuestro pan, perdónanos, no nos pongas en tentación… La primera se dirige a un “tú”, la segunda alude a un “nosotros”. La relación con Dios es inseparable de la vida en comunidad, del encuentro común; la oración cristiana no es un ámbito de relación personal (e individualista) con Dios, sino la relación comunitaria con un Dios, que es Padre (y Madre, nos gustaría acotar) de todos y todas, que elige encontrarse con sus hijos e hijas, con su Pueblo.

Para poder ver bien las diferencias lo pondremos en paralelo:

Mateo 6,9-13

Lucas 11,2-4

9 Padre

nuestro que estás en los cielos,

2 Padre,

santificado sea tu Nombre;

santificado sea tu Nombre,

10 venga tu Reino;

venga tu Reino,

hágase tu Voluntad así en la tierra como en el cielo.

 

11 Nuestro pan cotidiano dánoslo hoy;

3 danos cada día nuestro pan cotidiano,

12 y perdónanos nuestras deudas, así como nosotros hemos perdonado a nuestros deudores;

4 y perdónanos nuestros pecados porque también nosotros perdonamos a todo el que nos debe,

13 y no nos dejes caer en tentación,

mas líbranos de lo malo.

y no nos dejes caer en tentación».


Como puede verse, hay pequeñas diferencias en la fórmula del pan y de las deudas y el perdón, y, a su vez, Mateo añade algunos elementos, en la mención a Dios, la realización de su voluntad y el pedido de ser librados de lo malo (o del Malo). En futuros aportes haremos referencias a ambos aspectos.


Imagen tomada de https://www.trendigitaltech.com/padre-nuestro/

martes, 4 de julio de 2023

La cruel inhumanidad

La cruel inhumanidad

Eduardo de la Serna



Con alguna frecuencia he señalado que un gato no puede ser in-gatuno, un perro no puede ser in-canino, pero los seres humanos somos capaces (lamentablemente ¡muy capaces!), de ser in-humanos. Y quizás haya que señalar desconcertantemente que esa horrible capacidad es lo que nos constituye en humanos.

Desde que Johann Baptist Metz se preguntó ¿cómo hablar de Dios después de Auschwitz? Surgieron decenas de preguntas similares. Sea en el mismo sentido, como ampliando el lugar de la crueldad: Ayacucho (Gustavo Gutiérrez), El Mozote (Jon Sobrino), la ESMA… La pregunta es teológica, en general. ¿Dónde estaba Dios? Él / ella parecía (o realmente estaba) ausente. Las preguntas se multiplicaban: no sólo cómo hablar de él / ella sino si realmente estaba: si no estaba, ¡no es Dios!, si estaba en los campos de concentración (o demás lugares atroces), ¡no es Dios!, si estaba en los perpetradores, ¡no es Dios! Si no estaba en las víctimas ¡no es Dios!

Pero me quiero detener en otra pregunta; similar. Inspirada. ¿Dónde estaba la humanidad? (porque no es cuestión de siempre “responsabilizar” a Dios de lo que es tarea de los humanos, ¿no?) ¿Cómo hablar de humanidad allí donde la inhumanidad era “reina y señora”? Allí donde unos seres humanos eran pisoteados, maltratados, torturados y ejecutados por otros seres humanos. Inhumanizadas las víctimas, inhumanizadores los victimarios.

Sabemos, lamentablemente hasta el hartazgo, de miles de seres humanos que son capaces de indiferencia ante el dolor de otros (hoy se habla de empatía… o de ausencia de ella). No es demasiada humanidad esta. Pero quiero ir, todavía, más allá. Quisiera llegar al espanto, a la actitud de aquellos y aquellas que son capaces de tal. Sabemos que Annah Arendt lo llamó “la banalidad del mal” lo que le causó innumerables críticas a las que respondió, también, innumerablemente. Mischa, el hermano de Etty Hillesum (ambos asesinados en Auschwitz) comentaba “un muchacho de mi misma edad que, con toda naturalidad y sin mosquearse te puede pegar un tiro”. Y Simone Weil señalaba:

«Sí, es verdad que el miedo desempeña un papel importante en la carnicería; pero donde yo estaba no parecía tener tanta importancia [...] Mi teoría es que una vez que las autoridades temporales y espirituales han decidido que las vidas de ciertas personas carecen de valor, nada es tan natural en el ser humano como matar. Tan pronto como saben que pueden matar sin temor a represalias, empiezan a matar, o al menos, animan a los asesinos con sonrisas de aprobación».

Cuando somos capaces de mirar “al otro” como un “tú” y tender hacia un “nosotros” (lo que políticamente Cristina Kirchner indicó como “la patria es el otro”) podremos empezar a responder ¿Qué es el ser humano (Mensch)?, al decir de Martin Buber: “el ser humano empieza a ser un yo a partir de un tú”. ¿No es la expresión más cabal de inhumanidad la negación de un tú (de todo tú)? Y cuando esa negación propone – y ejecuta – la aniquilación del tú, la inhumanidad alcanza su grado sumo. Y debe ser “monumento” (que se origina en “amonestar” y también en “molestar”; para no olvidar, para que nos moleste y duela verlo).

Los miles y miles de casos de abusos sexuales de menores (varones y mujeres) ciertamente permiten ver un “yo” que se alza y ensalza ignorando absolutamente un “tú”. La tortura, como expresión evidente de la degradación (también del perpetrador), disfrazada de “pretensa búsqueda de información”, las violaciones en masa, usando el cuerpo de las mujeres como arma de guerra, los juegos (sic) buscando ser creativos en los diferentes modos de muerte entre indefensos (desde los modos de crucificar de antaño hasta la matanza de niños del batallón Atlacatl, en El Mozote)… Inhumanidad, sólo inhumanidad.

Curiosamente, insisto, el ser humano es capaz de inhumanidad. Y eso – irónicamente – es propio de lo humano porque sólo esta especie es capaz. Se llama libertad, sí, pero también tiene miles de otros nombres. Sólo el ser humano es libre, y por eso capaz de las más grandes expresiones de humanidad, de vida, de alegría, de solidaridad, de generosidad, de arte, de santidad, de impulsos de esperanza. Y, todo lo contrario. Pero, quizás, sólo porque es capaz de la barbarie seamos capaces de ver y amar la humanidad humana. El odio, el miedo, el desprecio, la negación de todo tú (a veces con la excepción del pequeño “nosotros” de los que son simplemente otros “yo”) nos deshumaniza y deshumaniza a todos los demás a los que no “valoramos”, no reconocemos y, por supuesto, no amamos. Aquel que invitó al amor universal, incluso hasta el propio enemigo, supo quebrar desde la raíz la crueldad, supo aniquilar (= hacer nada) la inhumanidad, porque – y esta es la ironía más maravillosa – solo el humano muy humano es capaz de ser divino.

Eduardo de la Serna

Con alguna frecuencia he señalado que un gato no puede ser in-gatuno, un perro no puede ser in-canino, pero los seres humanos somos capaces (lamentablemente ¡muy capaces!), de ser in-humanos. Y quizás haya que señalar desconcertantemente que esa horrible capacidad es lo que nos constituye en humanos.

Desde que Johann Baptist Metz se preguntó ¿cómo hablar de Dios después de Auschwitz? Surgieron decenas de preguntas similares. Sea en el mismo sentido, como ampliando el lugar de la crueldad: Ayacucho (Gustavo Gutiérrez), El Mozote (Jon Sobrino), la ESMA… La pregunta es teológica, en general. ¿Dónde estaba Dios? Él / ella parecía (o realmente estaba) ausente. Las preguntas se multiplicaban: no sólo cómo hablar de él / ella sino si realmente estaba: si no estaba, ¡no es Dios!, si estaba en los campos de concentración (o demás lugares atroces), ¡no es Dios!, si estaba en los perpetradores, ¡no es Dios! Si no estaba en las víctimas ¡no es Dios!

Pero me quiero detener en otra pregunta; similar. Inspirada. ¿Dónde estaba la humanidad? (porque no es cuestión de siempre “responsabilizar” a Dios de lo que es tarea de los humanos, ¿no?) ¿Cómo hablar de humanidad allí donde la inhumanidad era “reina y señora”? Allí donde unos seres humanos eran pisoteados, maltratados, torturados y ejecutados por otros seres humanos. Inhumanizadas las víctimas, inhumanizadores los victimarios.

Sabemos, lamentablemente hasta el hartazgo, de miles de seres humanos que son capaces de indiferencia ante el dolor de otros (hoy se habla de empatía… o de ausencia de ella). No es demasiada humanidad esta. Pero quiero ir, todavía, más allá. Quisiera llegar al espanto, a la actitud de aquellos y aquellas que son capaces de tal. Sabemos que Annah Arendt lo llamó “la banalidad del mal” lo que le causó innumerables críticas a las que respondió, también, innumerablemente. Mischa, el hermano de Etty Hillesum (ambos asesinados en Auschwitz) comentaba “un muchacho de mi misma edad que, con toda naturalidad y sin mosquearse te puede pegar un tiro”. Y Simone Weil señalaba:

«Sí, es verdad que el miedo desempeña un papel importante en la carnicería; pero donde yo estaba no parecía tener tanta importancia [...] Mi teoría es que una vez que las autoridades temporales y espirituales han decidido que las vidas de ciertas personas carecen de valor, nada es tan natural en el ser humano como matar. Tan pronto como saben que pueden matar sin temor a represalias, empiezan a matar, o al menos, animan a los asesinos con sonrisas de aprobación».

Cuando somos capaces de mirar “al otro” como un “tú” y tender hacia un “nosotros” (lo que políticamente Cristina Kirchner indicó como “la patria es el otro”) podremos empezar a responder ¿Qué es el ser humano (Mensch)?, al decir de Martin Buber: “el ser humano empieza a ser un yo a partir de un tú”. ¿No es la expresión más cabal de inhumanidad la negación de un tú (de todo tú)? Y cuando esa negación propone – y ejecuta – la aniquilación del tú, la inhumanidad alcanza su grado sumo. Y debe ser “monumento” (que se origina en “amonestar” y también en “molestar”; para no olvidar, para que nos moleste y duela verlo).

Los miles y miles de casos de abusos sexuales de menores (varones y mujeres) ciertamente permiten ver un “yo” que se alza y ensalza ignorando absolutamente un “tú”. La tortura, como expresión evidente de la degradación (también del perpetrador), disfrazada de “pretensa búsqueda de información”, las violaciones en masa, usando el cuerpo de las mujeres como arma de guerra, los juegos (sic) buscando ser creativos en los diferentes modos de muerte entre indefensos (desde los modos de crucificar de antaño hasta la matanza de niños del batallón Atlacatl, en El Mozote)… Inhumanidad, sólo inhumanidad.

Curiosamente, insisto, el ser humano es capaz de inhumanidad. Y eso – irónicamente – es propio de lo humano porque sólo esta especie es capaz. Se llama libertad, sí, pero también tiene miles de otros nombres. Sólo el ser humano es libre, y por eso capaz de las más grandes expresiones de humanidad, de vida, de alegría, de solidaridad, de generosidad, de arte, de santidad, de impulsos de esperanza. Y, todo lo contrario. Pero, quizás, sólo porque es capaz de la barbarie seamos capaces de ver y amar la humanidad humana. El odio, el miedo, el desprecio, la negación de todo tú (a veces con la excepción del pequeño “nosotros” de los que son simplemente otros “yo”) nos deshumaniza y deshumaniza a todos los demás a los que no “valoramos”, no reconocemos y, por supuesto, no amamos. Aquel que invitó al amor universal, incluso hasta el propio enemigo, supo quebrar desde la raíz la crueldad, supo aniquilar (= hacer nada) la inhumanidad, porque – y esta es la ironía más maravillosa – solo el humano muy humano es capaz de ser divino.


Foto tomada de http://archivo.lavoz.com.ar/suplementos/temas/09/06/28/nota.asp?nota_id=529313

Comentario a las lecturas del domingo 14º "A"

 La revelación de Jesús desata un conflicto por los destinatarios escogidos

DOMINGO DECIMOCUARTO - "A"


Eduardo de la Serna



Lectura de la profecía de Zacarías     9, 9-10

Resumen: en medio de los oráculos del profeta irrumpe un canto a un rey humano que sorprenderá por su humildad y su firmeza. Es con ella que llegará la paz a las naciones en un rey desarmado y que alcanzará a toda la tierra, con límites geográficos jamás vistos.

El texto de Zacarías irrumpe en medio de una serie de oráculos conflictivos que hacen referencia a los pueblos vecinos. En este contexto se alude a la “hija de Sión” haciendo referencia a un “rey” que viene. Pero este rey es humano, no se refiere a Dios, como sí ocurre en muchos textos posteriores al exilio; algo novedoso en un tiempo en el que ya no hay reyes en Israel. Este rey es calificado de “justo, victorioso y humilde”. Para algunos autores, se asemeja al personaje de Is 53 en cuanto a que Dios lo hace justo, lo salva  y es humilde (vv.4.6.7.10). Los primeros jefes de Israel montaban en burros, como este: Gen 49,10-11; Jue 5,10; 10,4; 12,14; 2 Sam 19,27; cf. 1 Re 1,33.38). La humildad ciertamente contrasta con lo habitual en la monarquía que era el lujo y el boato (1 Re 10,14-29; Jer 17,25; 22,4)

Pero esta humildad no está reñida con la firmeza que manifestará el rey combatiendo contra la guerra y la violencia. Para ello se enfrenta con las armas del mismo pueblo de Dios (cuernos de Efraín –norte- y caballos de Jerusalén –sur-), como ya lo había señalado Mi 5,9-10. Él (y no Dios) proclamará la “paz a las naciones” (Is 2,2-4 // Mi 4,1-3), y –sin ejército- alcanzará un territorio que ni siquiera David tuvo (de mar a mar, del río al confín de la tierra).

La humildad por un lado, y su firmeza por el otro parecen paradojales. Cosas reservadas antiguamente a Dios se esperan aquí de un rey humano. El mesianismo bíblico empieza a desplegarse, aunque este sea –probablemente- el último texto antes de empezar el periodo intertestamentario. Por otro lado, quizás haya que ver en el texto una crítica al poder de los sacerdotes alentando la esperanza en un rey por venir.


Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los cristianos de Roma     8, 9. 11-13

Resumen: la vida y la muerte, el espíritu y la carne se presentan ante los lectores como dos caminos. El creyente tiene abierto ante sí el camino de la vida por estar conducido por el espíritu de Dios que es espíritu dador de vida. 


Por cinco domingos consecutivos leeremos, a partir de hoy, el importantísimo capítulo 8 de la carta a los romanos. Allí san Pablo da un cierre a toda la primera parte de la carta, estableciendo, fundamentalmente un contraste con el ser humano de la debilidad, la ley y el pecado que ha presentado en el cap. 7. Ante esa debilidad la persona se encuentra sin salida: ¿quién me librará? (v.24), no hago el bien que quiero sino el mal que no quiero (v.19), es el pecado el que habita en mí (v.17). Ese ser humano sin salida encuentra otro camino:
 
Pues lo que era imposible a la ley, reducida a la impotencia por la carne, Dios, habiendo enviado a su propio Hijo en una carne semejante a la del pecado, y en orden al pecado, condenó el pecado en la carne, a fin de que la justicia de la ley se cumpliera en nosotros que seguimos una conducta, no según la carne, sino según el espíritu (8,3-4) 

Ese ser humano que se dirigía a la muerte encuentra súbitamente abierto el camino hacia la vida, algo expresado –como es frecuente en Pablo- en los términos “carne” y “espíritu”. Con esta temática en el horizonte conviene leer la lectura (y las que siguen los próximos domingos) de este capítulo.

Los términos “carne” y “espíritu” son los que marcan el ritmo de esta unidad, pero estos no han de entenderse –como lo hemos señalado otras veces- en sentido del dualismo helénico, sino en un sentido “escatológico”, es decir, señalando la llegada del fin de los tiempos – comenzada en la resurrección de Cristo a la que nos unimos plenamente por el bautismo – en la cual el espíritu es el don por excelencia recibido por los que creen. Los que no creen, en cambio, están precisamente ante esa debilidad sin salida de la que hablaba en el cap. 7. Podríamos parafrasearlo de este modo: “ustedes no están en el tiempo de la carne sino en el tiempo del espíritu”; pertenece a Cristo (es de Cristo) quien tiene su espíritu. El v.10 – omitido por el texto litúrgico – hace referencia a la muerte, que es consecuencia del pecado (5,12.21; 6,23; 7,13; 8,2) y a la vida, fruto del espíritu por la justicia que viene de la fe (1,17; 3,22.25.26.28.30; 4,3.5.9.11.13; 5,1…). Ese espíritu que Dios ha dado es dador de vida, como ya lo ha mostrado al resucitar a Jesús de entre los muertos; por eso, nuestros cuerpos, que caminan hacia la muerte, recibirán ese mismo espíritu que es dador de vida (1 Cor 15,45). 

Así, los creyentes, no deben nada a la carne, sino al espíritu, y por tanto están frente a dos opciones (dos caminos, como es frecuente en la literatura bíblica): la vida y la muerte según vivan “según la carne” o “según el espíritu” (v.13).


Evangelio según san Mateo     11, 25-30

Resumen: tres pequeñas unidades ponen a Jesús en conflicto con las autoridades judías de tiempos de Mateo mostrando la predilección de Jesús, y en él, del Padre, por los pequeños, los que están sobrecargados por los fariseos. 


En medio de una serie de textos en los que Jesús se encuentra con gente que no lo comprenden del todo (unos más, otros menos, pero ninguno plenamente) Mateo presenta estos tres dichos de Jesús que se encuentran en el Evangelio de hoy. El texto comienza señalando “en aquel tiempo” (en ekeínô tô kairô) y la siguiente unidad (12,1) comienza con la misma fórmula marcando así el límite del texto en 11,25-30 como lo presenta la liturgia. 

Los tres dichos son fácilmente reconocibles: el primero Jesús se dirige a Dios (vv.25-26), en el segundo Jesús habla a su auditorio sobre su relación con Dios como de Padre e hijo (v.27) y finalmente una invitación al auditorio a recibir el mensaje de Jesús (vv.28-30).

I) vv.25-26: en el contexto del relato, Jesús acaba de señalar que su mensaje no fue recibido en Corazín, Betsaida, Cafarnaúm, ciudades donde hay importantes grupos rabínicos en tiempos en que se compone el Evangelio de Mateo. En contraste con estos “sabios e inteligentes ” (sofôn kaì synerôn) que se niegan a aceptar el mensaje de Jesús, los “pequeños” (nêpios) lo han recibido: un “pequeño” grupo de la región, los destinatarios del Evangelio. Esto es algo que refleja la voluntad de Dios. En un marco semejante (y constituye la única vez que vuelve a encontrarse en Mateo el término “pequeños”, nêpios, 21,15-15) los niños (paidós) gritan “Hosana” ante la llegada de Jesús al templo, lo que provoca el rechazo de sumos sacerdotes y escribas a quienes Jesús les cita la Escritura: “de la boca de los pequeños (nêpiosy lactantes (thêlazóntôn) te preparaste alabanza” (Sal 8,3). Nuevamente se encuentra un contraste entre los “pequeños” (en este caso mostrados como sinónimo de “niños”) y los letrados frente a Jesús. 

Lo llamativo es que Jesús señala que estas cosas Dios las ha “ocultado” (kriptô) algo que es importante en Mateo. Lo “oculto” ha de ser “revelado”, como se ve la ciudad en la cima del monte (5,14), como las parábolas lo manifestarán (13,35), como el tesoro escondido (13,44) que es expresión del Reino; pero en este caso está en contraste con lo revelado a los pequeños. La situación de la comunidad de Mateo en contraste con la importante comunidad rabínica de su tiempo y región (en Antioquía) parece estar en el núcleo del relato, algo que –a su vez- manifiesta la actitud de los “sabios e inteligentes” hacia Jesús en el Evangelio. Ese ocultamiento a unos y revelación a otros es lo que le place (eudokía) a Dios. Es interesante que una imagen semejante, de contraste con los "sabios e inteligentes" se encuentra en Pablo en 1 Corintios: "Como está escrito: Acabaré con la sabiduría de los sabios y confundiré la inteligencia de los inteligentes" (1,19).


II) v. 27: Pero este ocultamiento – revelación es algo que Dios ha manifestado en el accionar del hijo. Puesto que solamente el hijo conoce al Padre, el modo de revelación que el hijo ha escogido refleja esto que da placer a Dios. El uso de "Padre e hijo" en esta unidad tiene bastante “color joánico” ya que “hijo” en absoluto (“el hijo”) no es habitual en los Sinópticos, y sí es muy frecuente en Juan. La relación entre el hijo Jesús con su Padre (abbá) es tal que puede afirmar que “lo conoce” (otro tema joánico), y precisamente por eso lo revela en sus palabras, pero también en el modo de revelarlo, que implica a los destinatarios. Jesús se ha dirigido – y el capítulo de las parábolas, que se aproxima es una buena expresión de esto – a los que no contaban a los ojos de los “sabios e inteligentes”, y por esto lo han rechazado. 

III) vv.28-30: Es precisamente a esos destinatarios a los que ahora Jesús se dirige, los que están cansados (kopiáô es cansancio por lo que resulta trabajoso, fatiga) y están “cargados” (fortízô) ya que Jesús les ofrece “aliviar” (anapaúô). El alivio es lo que provoca, por ejemplo, el descanso sabático (Ex 23,12; Dt 5,14) o también el descanso que debe tener la tierra (Lev 25,2). Lo religioso no puede ser motivo de cansancio y carga. El “yugo” es imagen de lo que los oprimía en Egipto (Lev 26,13), Babilonia (Jer 27,11), o la opresión de los griegos (1 Mac 8,18; 13,41), la esclavitud en general (Gal 5,1); Salomón ha oprimido a una parte importante del pueblo y a su hijo se le pide que “alivie el yugo” (2 Cr 10,9). Pero la imagen también es usada como expresión de “sometimiento” a la ley (Sir 51,26; Sof 3,9; Hch 15,10). Como los maestros de la ley, Jesús también tiene un yugo pero él mismo se presenta como manso (praûs; a los que Jesús llama bienaventurados porque serán consolados, 5,5, y alude al rey montado en burro de Zac 9,9 en 21,5) y humilde de corazón (tapeinós tê kardía; sabiendo que Dios ensalza al que se humilla, 23,12). Este yugo de Jesús dará “reposo” (anapausis, como ya lo había señalado) ya que es “suave” (jrêstós, suave, bueno, agradable) y la “carga” (fortíon) es ligera (elafrós, suave, leve). El texto aparece en claro contraste con las cargas pesadas (barys) que los fariseos echan en las espaldas de sus discípulos (23,4, a pesar que lo más “pesado”, importante, “de la ley es la justicia, la misericordia y la fe”, 23,23). 

El texto es ciertamente conflictivo con los fariseos de tiempos de Mateo (como se ve claramente en el cap.23) con quienes el evangelista está en conflicto; a los lectores les contrasta dos yugos, dos mensajes y –por lo tanto- dos actitudes frente a él, la aceptación de los pequeños, y la incomprensión de los “sabios e inteligentes”. No es diferente a lo que dice el texto del profeta: 

Yo decía: «Naturalmente, el vulgo es necio, pues ignora el camino de Yahveh, el derecho de su Dios. Voy a acudir a los grandes y a hablar con ellos, porque ésos conocen el camino de Yahveh, el derecho de su Dios». Pues bien, todos a una habían quebrado el yugo y arrancado las coyundas”. (Jer 5,4-5) 

La novedad de Jesús viene dada, precisamente, por ser el hijo que conoce al Padre y elige el modo y los destinatarios de la revelación: los pequeños.



foto tomada de www.catolicidad.com

lunes, 3 de julio de 2023

jueves, 29 de junio de 2023

Los pescadores en Israel

Los pescadores en Israel

Eduardo de la Serna



Sabemos que los pescadores son aquellas personas que se ocupan de extraer pescados del agua. Pero no es menos evidente que los hay de diverso modo: con barca o sin ella, con red o con anzuelo, en pequeño grupo familiar o asociados, en el lago o en el mar…

Dejemos de lado la pesca marítima, la cual, salvando la costera, no es nada frecuente en un pueblo que no es marinero como era el caso del Israel bíblico. El lago de Galilea era fuente frecuente de peces, los que, luego eran salados para su conservación; también se pescaba en el rio Jordán (no así en el Mar Muerto). Pedro, que como sabemos, tenía la pesca como oficio familiar, pesca con anzuelo un pez en un relato en el que Jesús quiere reforzar su imagen de “hijo del Dios abbá” (Mt 17,27), pero es frecuente verlo pescando con red (Mc 1,16; Jn 21,6). El verbo pescar no es habitual en el Antiguo Testamento (Is 19,8; Jer 16,16) aunque ciertamente el pescado formaba parte de la dieta de los pueblos cercanos al agua; de hecho, uno de los asistentes a la predicación de Jesús llevaba consigo unos panes y un par de pequeños peces (Mc 6,38.41.43; 8,7). En Jerusalén, una de las puertas de la ciudad es conocida como “la puerta de los peces” (2 Cr 33,14; Neh 3,3; 12,39; Sof 1,10); en el Templo ideal que imagina Ezequiel el agua será abundante, y abundarán los peces (47,9.10). Zebedeo, el padre de Juan y Santiago tiene una pequeña empresa dedicada a la pesca ya que tiene "jornaleros" (Mc 1,29). Un forastero, en la orilla (que los lectores sabemos que se trata de Jesús resucitado, cosa que ignoran los discípulos) les pide pescado a los pescadores de la barca, aunque la tarea había sido infructuosa, sin embargo, al llegar a tierra, lo ven con pan, unas brasas y un pez sobre ellas (Jn 21,5-9).

Puesto que el lago de Galilea es muy extenso, en ocasiones recibe el nombre de “mar” a pesar de no serlo y ser de agua dulce. Una barca (o varias) y redes son el modo frecuente de recolección y trabajo, que solía realizarse de noche (Lc 5,5; cf. Jn 21,3). Como es evidente, y una parábola lo remarca, en la red se recoge todo sin distinción, por lo que, luego se deben seleccionar, por ejemplo, los peces puros de los impuros, que, por no poder comerse, se devuelven al agua (Mt 13,47-48; ver Lev 11,9-12; Dt 14,9-10). Pero durante el Imperio romano, el lago era tenido como “propiedad” del Imperio y, por lo tanto, estos cobraban impuestos altísimos a los pescadores. Fue por eso que, cuando se declara la guerra judía contra Roma (años 66-70 d.C.), los pescadores se aliaran con la ciudad contra los romanos (el tema económico, además del religioso, fue importante en la guerra). Era frecuente, por lo tanto, que los pescadores se asociaran entre sí para poder ayudarse mutuamente en el pago de esos impuestos (Lc 5,7). Además del permiso – pago – para ejercer la pesca, se dice que, por cada carga de camello de pescado seco, el impuesto era de 10 denarios. Por cada carga importada de burro de pescado seco, el impuesto era de 3 denarios, y si se exportaba, era de 10 denarios. Se pagaban también altas tasas por el pescado traído a la ciudad (recordar que un denario era el valor de un jornal).

Hay un elemento interesante en los relatos vocacionales de los primeros seguidores de Jesús; sabemos que ellos eran pescadores, y que Jesús les propone cambiar a ser “pescadores de personas” (Mc 1,16.17), el término griego usado es alieús, pero en Lucas, a pesar de indicar que había dos barcas de “pescadores”, Jesús sube a una de ellas, la de Simón; luego de la escena de una pesca fantástica, invita a Pedro a “pescar personas” pero Lucas cambia el término y ya no utiliza alieús sino zôgréô (término que, por ejemplo, es usado en Núm 31,15.18 en el sentido de “dejar con vida”), que se refiere a capturar, atrapar, pero dejando con vida lo capturado. Ciertamente el sentido metafórico de “atrapar personas” refuerza acá su sentido: el Jesús de Lucas invita a Pedro a atender la vida de aquellos que han sido “pescados”.

Un tema aparte, que aquí solo mencionamos someramente, es la importancia de la barca. Ya hemos señalado que esta es importante para pescar “mar adentro” (Lc 5,4), pero, puesto que Jesús desarrolla su ministerio con frecuencia entre los pueblos y aldeas costeras, es evidente que el traslado por barco es el adecuado y, en este caso, el tema no siempre es la pesca sino en ocasiones se trata de la movilidad. Cuando se hace referencia, por ejemplo, a la barca de Pedro, y esta entendida como “la Iglesia”, se trata de una lectura simbólica usada por algunos escritores posteriores al Nuevo Testamento, pero esta no es precisamente bíblica.


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martes, 27 de junio de 2023

Comentario a las lecturas del domingo 13º "A"

 Jesús no se desentiende de los suyos y de cómo son acogidos

Domingo decimotercero – “A”

Eduardo de la Serna



Lectura del segundo libro de los Reyes        4:8-11, 14-16

Resumen: el relato de Eliseo, en medio de otras acciones del profeta, muestra a una mujer importante acogiéndolo hospitalariamente, y la recompensa que recibirá engendrando un hijo.

En el llamado “ciclo de Eliseo” es frecuente encontrar milagros; ningún profeta de Israel es tan portentoso como él en este aspecto.

La hospitalidad – tema importantísimo en el ambiente del desierto – de la mujer (y su marido; es de notar que es ella y no él quien ocupa un lugar preponderante en el relato) no se limita a acogerlo cuando “pasa” sino incluso a edificarle una habitación. La causa es porque se trata de “un santo hombre de Dios” (îsh ’elohîm qadôsh), la mujer es calificada de “gran mujer” (’ishah gedôláh) y en el relato es ella quién lleva la iniciativa, toma las decisiones y actúa en consecuencia.  

No era bueno, en aquel tiempo, quedar como desagradecido, y así quiere obrar Eliseo manifestando su gratitud por haber sido “recibido como profeta” (el tema, al que alude el texto del Evangelio, es el que motiva su incorporación en este día). Guejazí, el criado de Eliseo (que es importante en este capítulo pero actúa de modo negativo en el próximo), que actúa como intermediario en estas unidades, lo pone al tanto de la situación: la mujer no tiene hijos y su marido es anciano. También es interesante notar que no se hace referencia al topos habitual de la “esterilidad” de la mujer (de hecho, el anuncio de que tendrá un hijo no es motivo de júbilo sino de serena incredulidad). Es de señalar que el relato es más extenso y complejo (vv.8-37): en un primer diálogo (por intermedio de Guejazí) Eliseo le ofrece interceder ante el rey o el ejército (lo que revela el status importante del profeta), lo que la mujer declina. El anuncio de un nacimiento se concreta, y el niño nace. Pero enferma y muere (siempre centralizado en la mujer, el marido es más bien “actor de reparto”) por lo que la sunamita va a buscar a Eliseo reclamándole que “no pidió” un hijo, lo cual motiva a Eliseo a devolverle la vida. Esta revivificación del niño es lo central del relato (y paralelo a Elías, 1 Re 17,17-24), pero está omitido en el texto litúrgico solo centrado en “el que recibe a un profeta” y su recompensa.


Lectura de la carta de san Pablo a los Romanos    6:3-4, 8-11

Resumen: estar sumergidos en Cristo nos hace morir al pasado, morir a la muerte para introducirnos en una vida nueva, un morir al pecado para vivir en la vida de Cristo.

Luego de una importante unidad (1,16-5,11) en la que Pablo quiere destacar a los romanos que aunque “todos pecaron” Dios no descargó sobre ellos su merecida cólera sino que lo hizo con “justicia” (= misericordia) dedica el resto de la unidad teórica a mostrar las consecuencias de esta justicia en los creyentes (5,12-8,39). La lectura de la semana pasada había mostrado que “todos” somos libres del pecado porque “donde abundó el pecado sobreabundó la gracia” (5,20), ahora (cap. 6) quiere mostrar que somos a su vez “libres de la muerte”.

Una serie de elementos propios de la carta dan comienzo a la unidad: “¿qué diremos?” (3,5; 4,1; 6,1; 8,31; 9,14.30) frase (frecuentemente, como aquí, una síntesis de lo hasta ahora señalado que espera una respuesta negativa: “¡de ningún modo!” (v.1). Esto se sintetiza con “¿es que ignoran?” (6,3; 7,1) que también supone una respuesta negativa: ciertamente no lo ignoran. La reflexión incluye un potencial (pues si…, ei gàr, también habitual [13 veces] en la carta).

El texto litúrgico luego de la presentación temática (vv.3-4) omite el “pues, si…” para continuar en “y si...” (v.8) destacando la consecuencia del hecho en la comunidad.

El castellano no permite descubrir fácilmente el juego visual de Pablo: los que fuimos bautizados (= sumergidos) en Cristo Jesús” fuimos sumergidos (= bautizados) en su muerte [es sabido que “bautizar” significa en castellano “sumergir”]. La dinámica muerte-sepultura-resurrección de Cristo nos integra a quienes nos hemos bautizado en Cristo. La imagen de la persona que desaparece de la vista al sumergirse en el agua para el bautismo, y que en ese hecho “muera” el hombre viejo (v.6) permite que al emerger, levantarse (= resucitar) una vida nueva.

Breve nota sobre el “hombre nuevo”. Pablo no habla del “hombre nuevo”, pero sí contrasta el “hombre viejo” con “una vida nueva”. Los discípulos de Pablo, que escribieron Colosenses y Efesios, sí hablan de “hombre nuevo”, pero de “un solo hombre nuevo”, Cristo (Ef 2,15). Estando “en él”, revestidos de él (por el bautismo; Col 3,10; Ef 4,24) se alcanza justicia, santidad y verdad. La imagen de “ser hombres nuevos” es posterior al ambiente bíblico.

Sin embargo, Pablo tiene claro que aunque hayamos muerto al pecado, eso no significa que poseamos un estado definitivo. De allí que señala que “los que hemos muerto con Cristo [el tiempo griego está en aoristo, lo que indica un momento puntual; es decir, nuestro bautismo], creemos que también viviremos [futuro] con Él” (v.8). Esa vida es la responsabilidad del creyente.

“Si hemos muerto con Cristo”, Él murió “de una vez para siempre, de allí el poder de la resurrección que aniquila el “señorío” de la muerte. El juego de palabras y de sentidos es suficientemente claro:

Asi, él murió
al pecado murió para siempre
pero él vive, vive para Dios (v.10)

Es interesante por un lado el doble “él” “murió” (apéthanen, indicativo aoristo) y el doble “él” “vive” (, indicativo aoristo). El primero dice relación “al” (dativo) pecado, muerte para siempre, el segundo dice relación “al” (dativo) Dios.

Una nota sobre “su muerte fue morir al pecado”. Los escritores bíblicos son unánimes en negar pecado en Cristo (Jn 9,16.31; Heb 4,15; 1 Pe 2,22; 1 Jn 3,5), ¿cómo se debe entender esto, entonces? “Dios lo hizo pecado” (2 Cor 5,21), “envió a su propio Hijo de modo semejante a la carne del pecado y con respecto al pecado condenó el pecado en la carne” (Rom 8,3). Al asumir solidariamente la humanidad pecadora, en su muerte dio muerte al pecado. Para siempre.

La conclusión de esta parte es evidente: “así pues ustedes” (houtôs kaì hymeîs) aludiendo, precisamente, a esta muerte y esta vida, como la de Cristo ya que “hemos muerto con” Él. Afirma que debemos “considerarnos:

Muertos al (dativo) pecado
Vivos a (dativo, “para”) Dios

Es precisamente todo lo que se vive a partir del bautismo (indicativo) lo que debemos (imperativo) vivir en consecuencia.

Es importante notar que en Pablo “el pecado” no se trata de algo que se “comete”, no se entiende en nuestro sentido habitual de tal o cual pecado, sino como un “poder” (= señorío) que domina sobre la humanidad, o que ha perdido su capacidad y “autoridad”. No figura en el horizonte paulino la idea de hacer esto o aquello que es o no pecado, sino de vivir sometidos al poder del pecado o ser liberados (por Cristo) de este señorío.

Y todo esto – como es frecuente en Pablo – ha de ser “en Cristo”. “En” como una suerte de espacio “en el que se está” alude precisamente al bautismo (sumergidos “en””) y su consecuencia. Vivir, actuar, ser “en Cristo” es lo propio de los discípulos, de la vida conforme el bautismo, de vivir en los tiempos definitivos y plenos.


+ Evangelio según san Mateo         10:37-42

Resumen: una serie de dichos de Jesús sobre cómo ser discípulos y cómo comportarse con ellos destaca la estrecha relación entre el maestro y los suyos. Dios y su enviado no se desentienden de los discípulos, aunque estos deben caracterizarse por una serie de notas que los ponen en estrecha relación con Jesús.

En el largo discurso a los enviados a la misión Mateo finaliza con una serie de dichos aislados (logia) que parecen no tener relación entre sí, aunque señala que quienes vivan de determinada manera son discípulos mientras que no lo son quienes no lo hacen y qué ocurre con los que reciban o no a los que lo son. Se los puede calificar de “dichos que garantizan la fidelidad”.

+ logion de “amar más” que a la familia;
+ logion de “no tomar la cruz”;
+ logion de la vida perdida o encontrada
+ logion de ser recibidos como recepción de Jesús
+ logion de la recepción de profetas y justos
+ logion de dar de beber

Todos estos dichos suponen una conclusión por lo hecho/dejado de hacer: ese tal “no es digno”, la perderá/encontrará, me recibe, recibe recompensa…

Veamos brevemente:

  •         Un logion doble destaca que no se puede amar más que a Jesús a padre o madre ni a hijo o hija. Quién lo hiciera “no es digno de mí”.
  •      Un logion sobre tomar o no la cruz.
  • Un logion antitético señala el contraste entre quien busca, que perderá y quién pierda que encontrará.
  • Un logion sobre los destinatarios y su relación con Cristo: quien recibe a ustedes me recibe a mí, y ese recibe al que me ha enviado.
  • Dos logia sobre recibir a otro como profeta o como justo y la condigna recompensa de profeta o justo.
  • Finalmente un logion anunciando la recompensa a quien dé de beber un vaso de agua a un pequeño creyente.
Sin embargo, los tres primeros conforman una cierta unidad: “el que” aludiendo a características (activas) que deben tener los que son seguidores de Jesús. Estos son continuados por una triple referencia (pasiva) a “recibir”. La conclusión refiere a los “pequeños” (mikroi), es decir a los miembros de la comunidad de Mateo (18,10.14), los “discípulos”.

Algunas anotaciones sobre estos dichos de Jesús:

Amar padres / madres / hijos / hijas “más que” a Jesús es algo sumamente razonable en Israel. El amor expreso a los padres está señalado en el mismísimo Decálogo. Jesús se pone a sí mismo por encima de la familia. Lucas utiliza el verbo “odiar” (14,26) pero se trata de un semitismo en el sentido de “amar menos”. Se trata de lo que nosotros llamaríamos una “escala de valores” y Jesús se pone por encima del valor soberano de la familia.

Nota sobre la familia: en general, en los evangelios es habitual la relativización de la familia, lo cual manifiesta un esquema contracultural ante el valor cuasi absoluto de la familia de su tiempo. No se trata de que Jesús no la valore, ciertamente, pero que la ubica en un lugar secundario con respecto a los valores del Reino. Se trata de lo que se ha llamado “fidelidades en conflicto”.

Lo que señala es que quien no valore a Jesús por encima de todo, “no es digno” de él. La dignidad permite recibir a los mensajeros (10,11), y recibir (o no) la paz (10,13). Se deben dar “frutos dignos de la conversión” (3,8) como han de ser “dignos” los invitados a las bodas (22,8). Ser dignos de Jesús es una cierta valuación (precisamente para quienes valoran correctamente el amor primero: a Jesús).

Tomar la cruz y seguir a Jesús (van juntos) supone una identificación con el Maestro. Asumir su proyecto con todas sus consecuencias. En este caso “tomar” es aferrarse, agarrar (lambánô); el verbo habitual es aírô, cargar, asir, aunque Lc 14,27 (y Jn 19,17) utiliza bastazô, en el sentido de arrastrar, tirar; en 23,26 usa férô (cargar, llevar). “Tomar” en este caso no hace referencia a cargarla, ni a arrastrarla sino a hacerla propia, tomar en posesión. Se trata de asumir la cruz y seguir a Jesús.

El contraste entre encontrar y perder es habitual (el texto se repite en 16,25). Lo usa Abraham cuando “regatea” con Dios a fin de evitar la destrucción de la ciudad (Gén 18,28.29.30.31.32). Encontrar algo perdido no autoriza a nadie a apropiárselo (Dt 22,3). En Lc 15 la imagen de lo perdido - encontrado alude a la misericordia de Dios (vv. 8.9.24.32); en este caso se trata de perder / encontrar la “psyjê” (vida, alma), donde “encontrar” ha de entenderse en el sentido de “buscar”. Sin duda se ha de entender en el mismo sentido de lo anterior: Jesús debe estar por encima, ya no de la familia, sino aun de la valoración de la propia “vida”. Así como era imposible amar “más que a mí”, “no es digno de mí”, en este caso se trata de perder la vida “por mi”; la centralidad de Jesús es la clave de interpretación de estos logia.

Luego nos encontramos con los textos que destacan la recepción: la unión entre Cristo y los suyos es habitual en Mateo: Jesús está donde dos o más se reúnen “en mi nombre” (18,20), y aquel que expresamente se había señalado como “Dios con nosotros” (1,23) afirma que no se irá sino que “estaré con ustedes todos los días hasta el fin del mundo” (28,20). Por otra parte, recibir a Jesús es recibir al Padre que lo ha enviado (cf. Mc 9,37). “Recibir” es acoger a los enviados de Jesús (10,14), como también se acoge a un niño “en mi nombre” (18,5).

De un modo excesivamente repetitivo sintetiza la recompensa de un profeta o de un justo (3 veces cada palabra en sólo medio versículo). La “recompensa” es término agradable a Mateo (x1 en Marcos, x3 en Lucas y x10 en Mateo; x1 en Juan y x1 en Hechos). La recompensa puede ser eterna (5,12) o terrena (6,1.2.5.16). “Profetas” y “justos” son una bina propia de Mateo (10,41; 13,17; 23,29), aquí quizás paralelos.

Dar un “vaso fresco” a los pequeños es hacerlo al mismo Jesús (“tuve sed y me dieron de beber”, 25,35) por cuanto llevan el nombre de discípulos. Nuevamente se alude a la recompensa. Si en la primera parte el acento estaba puesto en el compromiso y modo de ser del discípulo, aquí se destaca la actitud de “otros” frente a ellos, y la toma de partido de Dios, que no se desentiende de sus amigos.


El video son comentario al Evangelio en
https://blogeduopp1.blogspot.com/2023/06/video-con-comentario-al-evangelio-del_26.html
o también en
https://youtu.be/ijhymGQZI8I


Foto tomada de Sputnik Mundo