Video con comentario al Evangelio del domingo 34° "A"
Cristo Rey
https://youtu.be/HSbmx8yfrak
Eduardo
Video con comentario al Evangelio del domingo 34° "A"
Cristo Rey
https://youtu.be/HSbmx8yfrak
Eduardo
Cristianos católicos, cristianos evangélicos, judíos…
Eduardo de la Serna
Empiezo pidiendo
perdón a otros grupos religiosos no incluidos en el título; se debe solamente a
mi ignorancia. Imagino que los habrá también… creo que los habrá, pero por
desconocimiento no me atrevo a señalarlo…
Me
refiero a que hay judíos, católico romanos y evangélicos que apoyan a Javier
Milei, y hay judíos, católico romanos y evangélicos que se oponen a él con
todas sus fuerzas. Y puesto que la razón esgrimida en ambos casos es religiosa,
obviamente algo hay que analizar. ¿Cómo es posible que con argumentación religiosa
haya sectores de una misma confesión que defienden vehementemente y otros que
la detestan visceralmente? Y, sospecho, además, que el planteo trasciende lo
religioso y puede internarse en otras disciplinas como la política, lo
económico, las ciencias sociales, etc. Ahora bien, los textos – especialmente los
tenidos por “sagrados” – ¿pueden leerse según le place al lector?
Es el
momento del fundamentalismo. Por fundamentalismo se entiende la lectura de los
textos “al pie de la letra”: “lo que dice, ¡así es!”, sin ninguna interpretación
de qué quiere decir el autor o autora, cuál es el contexto histórico, político,
social, cultural, etc., de quienes son destinatarios o destinatarias, qué
género escoge quien escribe para comunicar algo, etc. Para ejemplificar esto de
un modo fácilmente comprensible, notemos el uso de la ironía. Si yo dijera, por
caso, “nuestro gran amigo, el neoliberalismo”, debería resultar evidente para
los lectores que el neoliberalismo no es ni remotamente amigo, sino todo lo
contrario, se trata del enemigo de la vida, enemigo de la justicia, enemigo del
bienestar de todas y todos, en especial de los pobres. Pero, “a la letra” es
evidente que dije “nuestro gran amigo”. Y un lector desprevenido (o mal
intencionado, acaso) puede decir que nuestras relaciones con el neoliberalismo
son de “amistad”. Hacen falta, en este caso, conocer al autor (en este caso un
adversario del neoliberalismo), los destinatarios (un grupo que se ve o vería
perjudicado por este) y, además, saber que el género es “irónico”. Con los
textos sagrados ocurre lo mismo (y repito que, aunque lo sospecho, no me atrevo
a hablar de otros además de los mencionados). Se trata de textos escritos por
autores, dirigidos a comunidades en situaciones concretas. Para los creyentes,
es en ese autor, esa intencionalidad “estratégica”, ese género literario
escogido, a esa comunidad en la que todo texto “DEBE SER INTERPRETADO”. Es
decir, la lectura “al pie de la letra” (= fundamentalista) la deforma, la seca,
la anula. Y nos deforma, seca y anula.
Y, creo
que es evidente, en los apoyos o cuestionamientos arriba mencionados, se trata
claramente de fundamentalismo. Cualquier lectura situada de los textos de lo
que solemos llamar Antiguo Testamento, por ejemplo, que es lo que nos
une a evangélicos, católico romanos y judíos, deja bien en claro, por ejemplo,
que el individualismo es aberrante, que no se puede ser sin otros y otras, que
la justicia es constitutiva de nuestras creencias, que la propiedad privada es
ciertamente relativa, etc.
Como
dije, este fundamentalismo trasciende las fronteras de los textos religiosos y
se adentra en lo político, económico, etc. Pero parece más que evidente que esta
lectura es siempre “más fácil”: se lee, ¡se obedece! ¡Nada hay que pensar! Menos
aun que debatir, cuestionar, preguntar, analizar.
Una
lectura fundamentalista de los textos sagrados lleva a la obediencia ¡y listo!
Mientras que una lectura “crítica” (los católico-romanos, concretamente,
sabemos que esta lectura crítica es la lectura “correcta” [= ortodoxa] de la
Biblia, mientras que al fundamentalismo lo llama “suicidio del pensamiento”)
nos invita a pensar, debatir, analizar.
Y,
obviamente, además, una lectura de tal modo, nos invita a preguntarnos ¿cómo es
ese Dios que solo quiere ser obedecido, aunque nos duela, nos cueste o nos mate?
¿Cómo es ese Dios (o dios, preferentemente) que no quiere que pensemos, que seamos
felices, sino que, en el altar de la supuesta “obediencia”, nos hace elegir al
torturador, al que nos aniquilará, o al león que devorará al rebaño?
Evidentemente, en ese dios, sí que ¡yo no creo!
Esteban, el primer testigo
Eduardo de la Serna
Mirando los textos bíblicos es muy poco lo que sabemos sobre Esteban.
Poco, pero que alcanza para descubrir un camino. Todas las referencias a él las
encontramos en el libro de los Hechos de los Apóstoles.
En primer lugar, se nos dice que los Apóstoles (“los Doce”) no daban
abasto con la predicación y otras actividades como el servicio de las mesas de
las viudas (6,1-2). Entonces deciden elegir “Siete” para esta tarea, y poder
dedicarse a la oración y la predicación de la Palabra (6,3). Sin embargo, lo
primero que vemos de estos “Siete” es precisamente que se dedican a la
predicación (6,10), y nada se dice sobre las “mesas”. El primer mencionado de
estos siete es precisamente Esteban, de quién se dice que era “hombre lleno de
fe y de Espíritu Santo” (6,5). Esteban y Felipe son mencionados a partir de
este instante señalándose su práctica evangelizadora (6-8). Más adelante, de
Felipe se dirá que es “evangelista” (21,8).
Lo primero que se destaca es que eran “helenistas”, a diferencia de los
Doce que eran “hebreos” (6,1). Sin duda esto indica que los Doce eran judíos
seguidores de Jesús provenientes de Palestina (hablaban “hebreo”), mientras los
Siete eran judíos seguidores de Jesús que hablaban griego. Por eso pareciera
que mientras los Doce se dedican a anunciar a Jesús a los judíos de habla
semita, los Siete se dedican a predicar a los judíos dispersos por el mundo,
que hablaban griego; en primer lugar, por las regiones de Judea y Samaría.
Por otra parte parece que, los “helenistas”, relativizaban casi hasta el extremo las instituciones judías como el Templo o la Ley, cosa que molestaba a los “hebreos” (6,11.13). Así, comienza una persecución de estos a aquellos, y Esteban es encarcelado, luego juzgado y finalmente ejecutado.
Sin embargo, hay elementos de la predicación de Esteban y de su condena
que son muy llamativos, y merecen nuestra atención.
En la predicación, claramente aparece una relativización, y casi negación, como dijimos, de las instituciones principales de Israel, la ley y el Templo, de allí que los “hebreos” lo interpreten como “blasfemia” (que se castiga con la muerte por apedreamiento sacando al culpable fuera de la ciudad, como se indica en Deuteronomio 17,2-7). Los judíos sabían que, si bien a Dios sí se lo puede encontrar en el Templo, Él es más grande que el Templo, y no se lo puede encerrar en él (Ex 3,5.12; Mal 1,11, algo que casi parece rechazado en Is 66,1-2); sin embargo, Esteban va más allá y no afirma - como era de esperar - que Dios “no habita sólo en el Templo” sino que afirma claramente que “Dios no habita en casas hechas por mano de hombre” (7,48, donde cita Isaías 66). Es interesante – además – refrescar que la fórmula “hecho por mano de hombre” en la Biblia suele decirse acerca de los ídolos (2 Re 19,18; Jdt 8,18; Sal 115,4; Sab 13,10; Is 37,19; cosa que repite también la carta a los Hebreos 9,11.24) , con lo que Esteban no solamente cuestiona el Templo sino que afirma que han hecho de él un ídolo. Por otra parte, recuerda que la Ley ya había dicho que Dios enviaría un “profeta semejante a Moisés”, con lo cual tampoco la Ley debe absolutizarse. Jesús es ese profeta, y por tanto es superador de la Ley. Así da razón a su relativización del Templo y la Ley en la predicación acerca de los efectos de la obra de Cristo.
Dicho esto, los “hebreos” deciden matarlo ("blasfemo"; 6,11), y el autor de Hechos recurre
a una interesante referencia: ocurre con Esteban, como con Jesús (Mc 14,55-58), que se
recurren a testigos falsos que aludirán a la destrucción del Templo (6,12-14); también como a Jesús (Mc 14,62), los escandaliza que Esteban vea “al Hijo del hombre
entre nubes” (7,56); como Jesús (Lc 23,34), Esteban perdona a quienes lo están
asesinando (7,60); y, finalmente, como Jesús (Lc 23,46), entrega su espíritu (7,59).
Frente a esto, se deciden ejecutarlo para lo cual lo sacan fuera de la
ciudad (7,58) como ocurre con Jesús (Mt 21,39 / Lc 20,15). Algo semejante también había
ocurrido con Nabot, asesinado con testigos falsos (1 Re 21,10) a quién, como
Esteban (7,58), “sacaron fuera de la ciudad, lo apedrearon y murió” (21,13).
Es interesante notar, para empezar, la creatividad en la predicación de
Esteban, por lo que conocemos de Hechos. La creativa fidelidad a los textos bíblicos
que permitieron ir descubriendo la novedad aportada por el acontecimiento
pascual de Jesús, y las consecuencias para la predicación de los primeros
cristianos en el ambiente “helenista”. En segundo lugar, notar, cómo desde el
comienzo, los escritos cristianos pusieron en estrecho paralelo la vida y la
muerte de los mártires con la vida y la muerte de Jesús. Como Jesús, los mártires
no son matados por su odio a la fe, sino por la referencia a la vida y
predicación de Jesús, predicador de buenas noticias, y de un Dios Padre que
quiere reinar, para ser alternativa a los reinados violentos y deshumanizadores
de su ambiente.
El texto finaliza señalándonos que el perseguidor Saulo - que luego será Pablo – era testigo, y aprobaba su muerte (7,58; 22,20). No es casualidad que será luego Pablo el que continuará la predicación a los “helenistas”. No es en vano recordar que “la sangre de los mártires es semilla de cristianos”, como afirmará más tarde Tertuliano (†220); Así como luego del martirio de Rutilio Grande, de mons. Romero se hablaba que su propia “conversión” había sido “el primer milagro de Rutilio”, Pablo parece ser el primer milagro de Esteban. Su incorporación inesperada en el movimiento de Jesús parece dar razón a esto.
Imagen tomada de https://caminocatolico.com/oracion-a-san-esteban-por-la-iglesia-y-los-martires-de-hoy-por-p-carlos-garcia-malo/
La gratuidad del Reino y su contraste imperial
La parábola del Evangelio se ha interpretado habitualmente de un modo estricto, en el que se destacarían las exigencias y responsabilidades que tenemos para con Dios. Sin embargo, recientemente se ha propuesto otra interpretación que parece dar respuesta a muchos temas que quedaban sin ser aclarados.
Para empezar
el inicio no es el frecuente en otras parábolas en las que se afirmaba que el
reino “es semejante a” (cf. 25,1; cf. 20,1; 13,31.33.44.45.47), aquí se
afirma que “así cómo”, con lo que no es evidente que se refiera a algo “semejante”.
Y – como veremos – no lo es.
El tema del “propietario ausente” es importante en los estudios desde las ciencias sociales: la tierra no es de los campesinos que la trabajan sino de miembros de las elites gobernantes que se han apoderado de ellas por impuestos, usura, préstamos y deudas… Es habitual que los ricos presten a los campesinos a usura sabiendo que no podrán pagar y más temprano que tarde se apropiarán de las tierras. Para que la tierra sea productiva debe ser trabajada, para lo que recurrirán a campesinos desocupados, esclavos (doulos), jornaleros. Era frecuente, en Oriente especialmente, que los que se habían empeñado trabajaran la tierra para seguir intentando pagar lo adeudado.
Es importante entender que – el castellano ayuda a confundir – el “talento” no es referencia a la capacidad de cada uno, sino que se trata de un valor monetario. Es interesante recordar que en los ambientes campesinos las transacciones se realizaban por canje o trueque, sólo en los ambientes de la burocracia se utilizaba moneda. Originalmente el talento es una medida de peso (de gran peso) y las había de oro, plata o cobre. Se ha calculado, en general, un valor de 6.000 jornales por talento.
La “producción” de los dos primeros personajes de la parábola es llamativa. No es habitual que algo produzca un 100%; pero eso sí es comprensible en el caso de la usura. Sin embargo, aquí se lo señala casi con normalidad. Pero el tercer siervo (doulos) no ha puesto a “producir” el talento, sino que lo devuelve intacto. Pero lo hace por “miedo” a su “señor” porque es “un hombre duro que cosecha donde no sembró y recoge donde no esparció” (v.24). Sorpresivamente, el señor le reconoce esta parte: “sabías que cosecho donde no sembré…” (v.6). En este caso, lo que “debería” era dar el dinero a los “banqueros” para recibir “intereses” (tokos). El término “intereses” en el NT sólo se encuentra en este texto y su paralelo de Lucas 19,23; y en todos los casos del Antiguo Testamento se trata de algo definitivamente contrario a la voluntad de Dios: Ex 22,24; Lev 25,36.37; Dt 23,20; Sal 14,5; Jer 9,5; Ez 18,8.13.17; 22,12… el ambiente no parece amable, sino el de la usura: el dueño ausente cosecha donde otros han sembrado y se han endeudado y empobrecido, y – por eso mismo – se ha quedado con sus tierras.
Como castigo ante esto, al que no supo - o no quiso por "miedo"- hacer producir el dinero, se le quita el talento para dárselo al que más tiene, y a aquel se lo expulsa. Allí, a las “tinieblas de fuera”, al “llanto y rechinar de dientes”, algo muy parecido a la cárcel. La frase se encuentra también en 8,12 señalando que “los hijos del reino” serán arrojados allí, y el rey vengativo de 22,13 arroja al que no tiene vestido de fiesta. En estos casos el contexto parece aludir a la situación presente de las autoridades judías en tiempos de Mateo en la que resulta patente la violencia que Roma ha ejercido contra la ciudad y las autoridades al finalizar la guerra judía. El rechazo de Israel a Jesús ha permitido que los paganos se sienten a la mesa (8,12) y la ciudad es destruida e incendiada por el rechazo a los enviados del rey. Estar sin vestido de fiesta es un nuevo rechazo (22,7.13).
Podemos
afirmar, entonces, que el propietario ausente y su actitud en nada se asemejan
al “reino” (recordar el comienzo de la parábola). Es muy parecido,
precisamente, a lo que la dinámica imperial y su economía esperan: usura,
préstamos, premio al que produce, torturas y cárcel. La dinámica de la
gratuidad del reino es exactamente lo contrario. El reino no se asemeja a ese
señor, sino que está en las antípodas. El que es coherente con el reino es el
que no presta el dinero a usura es ese, el último, el que es expulsado,
torturado y rechazado por el capitalista.
El video con comentario al Evangelio puede verse en
https://youtu.be/Ez40JxUDp9c
también en
https://blogeduopp1.blogspot.com/2023/11/video-con-comentario-al-evangelio-del_13.html
La Iglesia debe ser profética
Eduardo de la Serna
Ha pasado
hace décadas el tiempo en el que por “profetismo” se entendía una visualización
del futuro. Es claro que los profetas, en la Biblia – de ella hablamos – son aquellos
y aquellas que dicen una palabra de parte de Dios a un tiempo concreto. En una
situación determinada, en la que el pueblo y sus dirigentes dudan el camino a
seguir, o simplemente lo siguen, Dios no permanece indiferente a su pueblo y “habla”
por la boca de sus “mediadores”. Habla fortaleciendo el camino andado, o
corrigiendo desvíos o directamente rechazando propuestas contrarias a su proyecto
para el pueblo.
Hay un
punto de partida claro: Dios quiere que su pueblo viva “el derecho y la
justicia” (mishpat we tzedaqá, en hebreo) como se expresa por
doquier en los textos bíblicos. Entonces, cuando los dirigentes o el mismo
pueblo no dirigen sus caminos en esa dirección, los profetas no dudan en
hablar, aun arriesgando su vida o su seguridad (los ejemplos, en la Biblia,
huelgan). Es verdad que por doquier existen los “falsos profetas”, aquellos que
afirman que “hablan de parte de Dios” cuando en realidad Dios no les ha mandado
hacerlo. No es fácil el discernimiento, por cierto, pero a veces el tiempo,
otras veces la concreción de lo señalado, y, en otras, elementos varios, revelan
la fidelidad o no aquel o aquella que hablan la palabra de Dios.
No es el
caso señalar los criterios, que son variados según los momentos históricos y políticos,
pero lo cierto es que existen. Jesús mismo, en el evangelio de Lucas señala un
elemento para sus contemporáneos: el
insulto y la ofensa fue el padecimiento de los profetas, mientras que los
aplausos fueron frecuentes a los falsos profetas (6,22-23.26).
Pero el Nuevo Testamento, que se encuentra en el
período histórico-teológico judío de la “ausencia de profetas”, no teme en
afirmar desde el comienzo, que ese tiempo ha terminado: Dios ha abierto las “compuertas”
del cielo, el espíritu ha descendido, y con Jesús comienza un nuevo tiempo.
Todos los seguidores de Jesús, que también han recibido el mismo espíritu de
Dios, son, ¡deben ser!, proféticos. La Iglesia toda lo es y debe ser.
Los Padres de la Iglesia continuaron esta imagen
repitiendo, por ejemplo, que, desde el bautismo, todos somos “reyes – profetas –
sacerdotes”.
No se trata de “mandar” sobre “el mundo”. ¡No! La
Iglesia está llamada a decir una palabra, de parte de Dios, para todos, todas,
todes sus miembros. Pero, además, al vivir conforme a la voluntad de Dios, el
derecho y la justicia, el ser capaces de arriesgar la vida por los otros por
amor, como el de Jesús… al vivir de esa manera, “ser luz de las naciones”,
mostrar a todos que “otro mundo es posible”.
Como Iglesia (como miembro de ella) no pretendo que
los que no se sienten parte de ella hagan lo que yo creo que es bueno, lo que
se “debe”. Sí pretendo que así vivan mis hermanos y hermanas, y que, además,
viviendo de esa manera, los “de fuera” vean un modo alternativo, y ojalá, mejor
de vivir. Un modo de vida que ¡vale la pena!
Pero eso no significa que la Iglesia (y no me
refiero a individuos, sino al colectivo, en especial al colectivo “jerárquico”)
siempre sea profética. No han sido, no son y no serán pocas las veces que se “extingue
el espíritu” y se “desprecia la profecía” al decir de san Pablo (1 Tes 5,19-20).
Hay momentos de la historia en los que no es sensato
callar. Ya en la dictadura cívico militar con bendición eclesiástica, la
Conferencia Episcopal creyó que era “tiempo de callar” (tempus tacendi,
decían, porque parece que en latín es más adecuado). Y la sociedad entera,
cristianos y no, se escandalizó de ese profetismo apagado y espíritu extinguido.
Y parece que, luego de esto, muchas veces, el cuerpo eclesial jerárquico se ha
resistido a hablar (insisto que no me refiero a personas aisladas).
Esta semana se reunió, como lo hace siempre dos veces
al año, la Conferencia Episcopal. La situación del país parece extremadamente
grave como para callar. Habló, por ejemplo, la Federación Argentina de Iglesias
Evangélicas (FAIE), habló el llamamiento Argentino-Judío, hablaron artistas,
docentes, y hasta los seguidores de Taylor Swift… ¿los obispos argentinos?
¡Silencio! ¿El profetismo? ¡Te lo debo!
Foto tomada de https://www.freepik.es/fotos-premium/huellas-pie-luz-sol-horizonte_49531512.htm
Eliseo, el profeta marginal
Eduardo
de la Serna
En Israel, hubo muchos profetas con modos de actuar
y vivir muy diferentes entre sí. Eliseo, por ejemplo, el sucesor o heredero de
Elías (2 Re 2,1-15) – así como Josué había sido sucesor o heredero de Moisés
(Núm 27,18-23; Dt 34,9) – no parece muy semejante a la mayoría de los profetas
que conocemos.
Para empezar, se nos dice que forma parte de un grupo marginal, que vive en las afueras de las ciudades (2 Re 4,8-17. 42-44), y en conflicto constante
con los reyes de Israel, descendientes del rey Omrí. Esta situación de conflicto
lo llevará a intervenir activamente en la elección de un rey vecino (1 Re
19,15; 2 Re 8,7-15) y alentar el derrocamiento del propio (2 Re 9,1-10).
Por otra parte, Eliseo – a diferencia de Elías – anda no en soledad sino siempre rodeado de grupos de profetas (2 Re
2,3.5.7.15; 4,1. 38; 5,22) que lo llaman respetuosamente “padre” (2 Re 13,14;
ver 2,12). Estos grupos de profetas, eran comunes en la antigüedad en esta
región, y conocemos su modo de actuar, de entrar en trance, profetizar y de vivir
por muchos escritos de la época que se conservan (ver 1 Re 18,26-29);
obviamente, la mayoría de estos no eran creyentes en Yahvé, pero en este caso
sí lo eran. Con frecuencia estos grupos proféticos eran consultados por
diferentes personas para conocer una palabra, una propuesta, o la voluntad de
los dioses frente a diversas circunstancias: ¿Qué hacer o dejar de hacer? ¿Debo
emprender esta campaña o no? ¿Y esta alianza? Muchas autoridades dependen de
estos profetas hasta para recibir un embajador, o dejarlo esperando hasta que
las señales sean o no favorables.
Cuando se compone el libro de los Reyes, notamos que el
autor – o autores – recogió un conjunto de anécdotas de Eliseo – también de
Elías – probablemente recopilado por sus discípulos (1 Re 19,16-21; 2 Re 2-13).
Lo que le interesa al recopilador – porque forma parte fundamental de su
catequesis – es algo característico del profeta: su intensa y exclusiva fe en
el Dios de Israel, Yahvé. El conflicto con la familia real – con la que también
se enfrentó Elías – tiene que ver precisamente con el abandono de estos de la
fe yahvista, y la propaganda y propagación de los dioses de las tribus cananeas, en especial
el llamado Baal (ver 1 Re 21,23-29 y 2 Re 9,1-10). Sin duda, esto es algo a
señalar: las autoridades solían reconocer y consultar este grupo de profetas,
como hemos dicho, pero en este caso son despreciados y marginados precisamente
por ser profetas de Yahvé y no de Baal. Un problema que quizás Eliseo no pudo
manejar es que quién él había ungido para reemplazar a la dinastía de Omrí, el
general Jehú, resultó ser terriblemente sanguinario (2 Re 9,11-10,36), lo que
años más tarde será criticado por otro profeta, Oseas (Os 1,4).
Resulta interesante notar que Eliseo, cosa que no
suele constar que ocurra con los demás profetas, fue llamado al seguimiento por
su maestro Elías (1 Re 19,19-21), es ungido por éste (1 Re 19,16), y realizan
ambos una serie de hechos muy semejantes, puestos a modo quizás de “vidas
paralelas” (comparar: (ver 1 Re 17,7-16 y 2 Re 4,1-7; 1 Re 17,17-24 y 2 Re
4,18-37; 2 Re 2,12 y 2 Re 13,14). Otro elemento a tener en cuenta es que Eliseo
se caracteriza por una serie de hechos milagrosos – y otros legendarios – que
superan a los de su maestro (ver 2 Re 2-6; y también 13,20-21).
Cuando los Evangelios – en especial san Lucas – nos
presentan a Jesús, nos dirán que en algunas cosas se asemeja a Eliseo (ver Lc
4,27), y que, en muchas otras, lo supera claramente (ver 2 Re 4,42-44 y Lc
9,12-17; 1 Re 19,20 y Lc 9,61-62).
A diferencia de la mayor parte de los profetas que conocemos por la
Biblia, Eliseo no es tan reconocido por el contenido de sus palabras como por
sus acciones, sean estas políticas o populares; en eso se parece más a los
profetas de su ambiente histórico y geográfico, como dijimos. Pero a semejanza de los profetas
bíblicos, Eliseo se caracteriza por una firme adhesión al Dios de Israel, en
quien pone toda su confianza. Cuando se enfrenta con los reyes, lo hace por eso
mismo, y cuando realiza signos, o milagros, estos pretenden que el Dios Yahvé sea
el único reconocido entre su pueblo. La fe y confianza en Dios es el único
motor del obrar del profeta, y es – a su vez – el único objetivo de sus
acciones. ¿Y de las nuestras?