Comentario al Evangelio del domingo 26º A
o también en
Eduardo
“Mi reino no es de este mundo”
Eduardo de la Serna
Para empezar, como se ha dicho
frecuentemente, y es evidente y razonable, no se debe citar un dicho aislado y
descontextualizado, por lo que es bueno mirarlo en su integridad.
El relato, un tanto extenso,
muestra a Pilato “saliendo” del Pretorio hacia donde están los judíos y “entrando” donde está
Jesús para su interrogatorio. Los judíos no quieren entrar al edificio para no
contaminarse entrando en territorio pagano ya que esa noche esperan celebrar la
Pascua (18,28). La acusación contra Jesús es que se trata de un “malhechor”,
alguien que obra el mal (18,30). Ante esa acusación no se comprende la pregunta
de Pilato a Jesús al “entrar”: “¿eres el rey de los judíos?” (19,33). Él Señor, que
enfrenta la situación con notable dignidad, le pregunta si eso lo afirma él o
si lo dicen otros (19,34). “¿Qué has hecho?”, repregunta Pilato indicando que
fue entregado por las autoridades judías. Es en este contexto que Jesús
pronuncia el conocido dicho:
Respondió
Jesús: - Mi Reino no es de este mundo; si mi Reino fuera de este mundo, mis
servidores pelearían para que yo no fuera entregado a los judíos; pero mi Reino
no es de aquí (18,36).
Pero el diálogo continúa todavía
y Pilato vuelve a preguntarle si es rey. A esto, Jesús responde enigmáticamente:
Respondió
Jesús: - Tú dices que yo soy rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido
al mundo: para dar testimonio de la verdad. Todo aquel que es de la verdad,
escucha mi voz (18,37).
Y. antes de salir nuevamente donde
los judíos, Pilato pregunta “¿Qué es la verdad?”, y se va sin esperar respuesta.
Con esto tenemos ya algunos
elementos para mirar atentamente el texto.
La acusación de malhechor ligada
a la pregunta sobre si Jesús es rey parece ubicar el juicio en un contexto de
conflicto. Los malhechores, o los “salteadores”, como Barrabás (18,40) eran –
en tiempos del Evangelio de Juan – grupos de sicarios violentos claramente anti
romanos. La pregunta sobre si es rey implica si Jesús pretende tomar el poder.
Por eso, a la reiteración de la misma, Jesús le dice “tú dices que soy rey”, es
decir, “eso no es algo que yo diga; eres tú quien lo dice”. Y al señalar el reino
“de este mundo” destaca que, de serlo, sus sirvientes combatirían. Obviamente
Pilato no puede comprenderlo. Porque “se mueve con otras categorías”. Por eso,
cuando Jesús afirma que su misión es ser testigo de la verdad, que los de “la
verdad” escuchan su voz, Pilato no entiende. No es de la verdad y por eso
pregunta de qué se trata, y, precisamente por no serlo, no espera respuesta, no
la comprendería.
La “verdad”, en el Evangelio de
Juan también es una terminología muy densa. La verdad se vive, se obra (3,21), Jesús es “el camino, la
verdad y la vida” (14,6), Dios debe ser adorado en “espíritu y en verdad”
(4,23.24) porque el diablo es “padre de la mentira” (8,44). Jesús es la luz verdadera (1,9),
el pan verdadero (6,32), la vid verdadera (15,1) … es el verdadero profeta
(6,14) y es verdaderamente el Salvador del mundo (4,42). La verdad, entonces,
es la fidelidad, la lealtad a las cosas de Dios (algo que, por cierto, Pilato
no es). Por eso la verdad-fidelidad nos hace libres, es decir, ¡hijos!, no esclavos.
El “mundo”, entonces, en Juan
tiene cierta ambigüedad: Dios lo ama y le entrega a su hijo (3,16) que quita
“el pecado del mundo” (1,29), es enviado al mundo (10,36) para que el mundo se
salve (3,17; 12,47). El mundo espera a Jesús como profeta (6,14) y como “el
Cristo, el Hijo de Dios” (11,27) que ha de venir al mundo, es la luz del mundo
(8,12; 9,5; 12,46). Pero “el mundo” es también el ambiente adverso a Jesús, que
no lo ha recibido (1,10), con obras adversas a Dios que Jesús pone de
manifiesto (7,7). No puede recibir al espíritu de la verdad (14,7) y no puede
ver a Jesús, cosa que sí hacen sus amigos (14,19). La paz del mundo, la Pax
Romana, es la de la opresión y la injusticia (14,27), gobernado por el
“príncipe de este mundo” (14,30). Por eso odia a Jesús y a los suyos (15,18)
“que estaban en el mundo” (13,1). Están en el mundo, pero no pertenecen a
“este” mundo (17,13-18) aunque – como Jesús – son enviados a él (17,18). En su
Pascua, Jesús “ha vencido al mundo” (16,33).
En este contexto, el diálogo de
Jesús con Pilato resulta clarificador. “Este mundo”, en este caso, es el de Pilato, el de la
violencia imperial (que está en el trasfondo de toda la escena de la Pasión; “vuelve la espada a la vaina”, 18,10),
el de quienes no pueden entender el mensaje de Jesús, su testimonio de la
verdad. Pero hay otros, en este mundo, los amigos de Jesús, los que escuchan su
voz, los que pretenden una paz “desarmada y desarmante”: Pero este mundo, que
es Pilato (“no tenemos más rey que
el César”, 19,15), tiene un príncipe, el padre de la mentira, el asesino
desde el principio (8,44). Jesús es rey de otro mundo, un mundo de paz, de
verdad, de vida, un mundo que sus amigos y amigas debemos edificar, construir
para todas y todos. No se trata de que Jesús es rey “en el cielo”, sino que “ha
bajado del cielo” para “dar vida al mundo” (6,33). Jesús mismo se nos da como
alimento, pan vivo bajado del cielo, que debemos recibir creyendo, pan para la
vida del mundo (6,51). Jesús “habiendo amado a los suyos que estaban en el
mundo, los amó hasta el extremo” (13,1) y a eso nos invita “como yo los he
amado” (13,34). Sus discípulos, naciendo “de lo alto” entran en el Reino de Dios (3,3-5) y se
dejan conducir por el espíritu (3,8) que es “de la verdad” (14,17; 15,26; 16,13), que bajó del cielo y
permanece en Jesús (1,32.33) y se dona a sus amigos en su Pascua (7,39; 19,30;
20,22) para continuar su reino en este mundo.
El amor
llegará en nosotros a su perfección si somos en el mundo lo que él fue y
esperamos confiados el día del juicio (1 Juan 4,17).
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La desconcertante gratuidad del Dios de Jesús
Dt 4:29 | Jer 29:13-14 | Is 55:6 |
Desde allí buscarás a Yahveh, tu Dios; y le encontrarás si le buscas con todo tu corazón y con toda tu alma. | Me buscarán y me encontrarán cuando me soliciten de todo corazón me dejaré encontrar de ustedes (– oráculo de Yahveh–; devolveré sus cautivos, los recogeré de todas las naciones y lugares a donde los arrojé– oráculo de Yahveh– y los haré tornar al sitio de donde los hice que fuesen desterrados). | Busquen a Yahveh mientras se deja encontrar, llámenle mientras está cercano |
… “dado que estas tierras exigen un gran trabajo, se han acostumbrado a hacer partícipes a sus mujeres de los padecimientos que implican estos trabajos. Al trabajar por un salario, codo con codo, hombres y mujeres, ocurrió en nuestros días un hecho insólito y sorprendente, que afectó a una mujer en particular: Estaba encinta y trabajaba al lado de los hombres por un salario, y en el momento en que le sobrevinieron los dolores del parto, se dirigió en silencio hacia unos arbustos. Allí dio a luz, y envolviendo al niño con hojas, lo escondió; luego se reincorporó al trabajo emprendido y soportó su padecimiento, sin dejar que se trasluciera nada de lo que había pasado. Y cuando el recién nacido se puso a llorar y se hizo manifiesto el suceso, el capataz no pudo en modo alguno persuadirla a dejar el trabajo; no se liberó de su sufrimiento hasta que el que la había contratado se apiadó de ella y, tras darle la paga, la eximió de sus obligaciones” (Diadoro de Sicilia, s.Iº, libro IV, 20).
«un rey contrató a muchos trabajadores, a las dos horas pasó a ver a los obreros, y viendo, tomó a uno de la mano y habló con él, paseándose, hasta el atardecer. Pero a la hora de recibir el jornal, éste recibió lo mismo que todos los demás. Esto provocó que los otros murmuraran “trabajó dos horas y le has pagado el jornal entero”. El rey respondió: “con esto no les hago ninguna injusticia: este trabajador ha realizado en dos horas más que ustedes en todo el día”... del mismo modo, R. bar Hiyya realizó en 28 años más que algunos doctores encanecidos en 100 años».
Un camello no pasa por el ojo de una aguja
Eduardo de la Serna
Como estamos viendo en los textos recientes, hay algunos “dichos”
de Jesús que parecen causar molestia y se los intenta adaptar o deformar de
modo que no resulten ofensivos. No es casual que muchos de estos textos hagan
referencia a los ricos y los pobres.
Uno de ellos, quizás de los más “molestos” es aquel en el
que Jesús dice que “es más fácil que un camello entre (o atraviese, Marcos) por
un orificio (ojo, Marcos) de aguja que un rico entre en el reino de Dios” (Mt
19,24 / Mc 10,25 / Lc 18,25).
Hay varios aspectos interesantes a tener en cuenta, al menos
brevemente, antes de mirar el dicho de Jesús. Por ejemplo, que para el término “aguja”,
Mateo y Marcos usan una palabra (rhafídos) mientras que Lucas la modifica y utiliza otra (belónês) que puede indicar también la punta de una
flecha. Otro aspecto muy interesante es que Mateo, que casi siempre utiliza “reino
de los cielos” para evitar mencionar a Dios, porque resultaría chocante para el
auditorio, en este caso (y unos pocos más) prefiere “Reino de Dios”,
seguramente con la intención de ser provocativo.
El texto del
camello y el ojo de la aguja viene precedido de otro dicho que debe ser señalado:
“difícilmente los que tienen riquezas / un rico (Mateo) entrarán en el reino de
Dios / de los cielos (Mateo)” (Mc 10,23 y paralelos) lo que motiva la sorpresa de
los discípulos en Marcos. Habitualmente se entendía que una persona que
tenía riquezas, era porque había sido bendecido por Dios y, por lo tanto, era razonable que entrara en el Reino. Por eso la duda: ¿entonces quién podrá
salvarse? Lo imposible para los seres humanos es posible para Dios, cosa que –
en Lucas – ya sabíamos desde el anuncio del ángel a María (Lc 1,37).
Señalemos
brevemente que, en esta unidad, Jesús enfrenta una cuestión sobre la mujer (y
la separación matrimonial), sobre los niños y – aquí – sobre los pobres. En
estos casos vemos que Jesús confronta con “lo establecido”: la mujer no es un
objeto descartable, los niños, los que no tiene mérito alguno, son el modelo y “de
ellos es el Reino” y, finalmente, los pobres puesto que las riquezas de quien se niega a compartir
con ellos sus bienes no permiten el acceso al Reino… Dios mira con otros ojos y Jesús
nos invita a hacer suya su mirada.
Pero como el
texto resultaba chocante, se lo “suavizó” de dos modos:
“¿Hemos visto alguna vez a un hombre imaginar una palmera datilera de oro o un elefante pasando por el ojo de una aguja?” (bBer 55b)
Señalemos,
además, que con cierta frecuencia Jesús recurre a algunas exageraciones (se las
conoce como hipérboles). En Mateo y Lucas encontramos un ejemplo
evidente: “¿Cómo es que miras la paja que hay en el ojo de tu hermano, y no
reparas en la viga que hay en tu propio ojo?” (Lc 6,41); es evidente que nadie
tiene una viga en el ojo, pero la exageración invita a pensar la situación; del
mismo modo, es imposible que un camello (el animal más grande para el ambiente)
pase por el agujero más pequeño (el ojo de una aguja). Al decir de muchos
estudiosos, ante la “suavidad” que algunos proponen: “un camello es un camello
real, y una aguja es una aguja real”.
Suele ocurrir que cuando los textos o dichos de Jesús nos
incomodan, buscamos suavizarlos o adaptarlos. Más sensato (¡más cristiano!)
sería mirar bien lo que Jesús dice y dejarnos enseñar por él. De eso se trata
el Reino de Dios.
“Perdónanos como perdonamos”
“Si tu hermano peca, repréndele; y si se arrepiente, perdónale. Y si peca contra ti siete veces al día, y siete veces se vuelve a ti, diciendo: ‘Me arrepiento’, le perdonarás”. (Lc 17,3-4).La referencia al “siete” (ver Pr 24,16) indica “siempre”. La ampliación viene dada por la superación de estas “siete veces” (heptákis) a un “setenta veces siete” (hebdomêkontákis heptá). Los lectores asiduos de la Biblia –como lo era la comunidad de Mateo- reconocerían en este “setenta veces siete” una referencia a Lamec (Gén 4,24), en la única vez que el término hebdomêkontákis heptá vuelve a encontrarse en ella.
Lamec dijo a sus mujeres: – Ada y Sila, escúchenme; mujeres de Lamec, pongan atención a mis palabras: maté a un hombre por herirme, a un joven por golpearme. En efecto: dos veces siete será vengado Caín, pero Lamec setenta y siete (Gen 4:23-24; el “setenta y siete” hebreo se trasforma en setenta “veces” siete con el sufijo “--kis”, veces, en la traducción griega)
“y perdónanos nuestras deudas, así como nosotros hemos perdonado a nuestros deudores; y no nos dejes caer en tentación, mas líbranos del mal. «Que si ustedes perdonan a los hombres sus ofensas, los perdonará también a ustedes su Padre celestial; pero si no perdonan a los hombres, tampoco el Padre de ustedes perdonará sus ofensas". (Mt 6,12-15)
Las deudas, ayer y hoy
Eduardo de la Serna
Contraer deudas es algo habitual en la
historia humana. Y que esto es, en ocasiones, algo grave o hasta dramático, no
es menos frecuente. Y, como es fácil de comprender, el dramatismo viene dado
por las consecuencias de esta situación.
Sin pretender ser exhaustivo, pero sí
ilustrativo, presento algunas notas bíblicas que pueden permitirnos vislumbrar
caminos o salidas.
En Israel, el criterio de base es que se
trata de un “pueblo de hermanos”, hijos todos de “Abraham, Isaac y Jacob”, y,
por tanto, estará alentado o vedado todo aquello que no implique esta relación.
La tierra, tema medular en un pueblo campesino, es, en realidad, de Dios, que
la ha dado en una suerte de “concesión” a una familia / clan… Por eso la tierra
no puede ser vendida ni expropiada (obviamente, cuando Israel pierde su libertad
y es vasallo de babilonios, persas, griegos o romanos, esta legislación pierde
vigencia). Sin embargo, puede ocurrir que por mala cosecha, sequía, plagas, negligencia
u otros motivos, alguna familia deba pedir prestado para la siguiente cosecha;
y, obviamente, esa deuda se debe pagar; mientras tanto, el acreedor ha obtenido
una “prenda” del deudor a fin de garantizar su pago. Sin embargo, esta prenda
no puede poner en riesgo la vida del pobre. Por ejemplo,
Si tomas en
prenda el manto de tu prójimo, se lo devolverás al ponerse el sol, porque con
él se abriga; es el vestido de su cuerpo. ¿Sobre qué va a dormir, si no?
Clamará a mí, y yo le oiré, porque soy misericordioso (Éxodo 22,25-26; ver
Deuteronomio 24,17).
Tampoco
tomarás en
prenda las dos piedras de un molino, ni siquiera la piedra de moler, porque
sería tomar en prenda una vida. (Deuteronomio 24,6)
Incluso se critica duramente a quienes
toman en prenda “el asno del huérfano” o “el buey de la viuda” (Job 24,3) o
hasta a los “hijos del pobre” (Job 24,9; ver Neh 5,2), e, incluso, al acreedor
que se abusa de la deuda (Ezequiel 18,7.12) y no devuelve la prenda explotando
al débil, o inclusive exigiendo prendas excesivas por una deuda pequeña (Miqueas
2,10).
Como se ve, ciertamente uno es el
criterio y otra, muy distinta, es la praxis.
Pero aun en los casos en los que
el endeudamiento es justo, hay una serie de criterios que deben ser tenidos en
cuenta en Israel:
Si se empobrece tu hermano y vende algo de su propiedad, su goel más cercano vendrá y rescatará lo vendido por su hermano. Si alguno no tiene goel, adquiera por sí mismo recursos suficientes para su rescate; calcule los años pasados desde la venta y devuelva al comprador la cantidad del tiempo que falta; así volverá a su propiedad. Pero si no halla lo suficiente para recuperarla, lo vendido quedará en poder del comprador hasta el año jubilar, y en el jubileo quedará libre; y el vendedor volverá a su posesión. (Levítico 25,25-28)
Si tu hermano hebreo, hombre o mujer, se vende a ti, te servirá durante seis años y al séptimo le dejarás libre. Al dejarle libre, no le mandarás con las manos vacías; le harás algún presente de tu ganado menor, de tu era y de tu lagar; le darás según como te haya bendecido Yahveh tu Dios (Deuteronomio 15,12-14).
En tiempos de Jesús, la situación
era muy diferente, ciertamente, ya que el imperio romano imponía su propia ley.
Un judío no podía tener a otro judío como esclavo, pero nada impedía que los
romanos lo tuvieran, o que compraran (o expropiaran) tierras. Los impuestos
romanos eran exorbitantes, y los campesinos (la inmensa mayoría de la
población) empezaba a acumular deudas. Esto llevaba a un incremento de las
mismas con lo que los antiguos propietarios debían ceder las tierras y
terminaban trabajando en ellas como esclavos. En la República Romana, la ley Poetelia
Papiria (s. IV a.C.) prohibió la esclavitud por deudas de los ciudadanos
romanos, pero esto no aplicaba necesariamente a los no romanos, además, que no
en todos los tiempos y lugares fue respetada…
A modo de ejemplo, cuando en el
año 66 d.C. se produce el levantamiento contra Roma en Jerusalén (que
finalizará con la guerra, y la destrucción de la ciudad en el año 70 d.C.), a
fin de conseguir el apoyo de los campesinos
Inferiores en
número y empuje, los soldados del rey retrocedieron y evacuaron la ciudad alta.
Irrumpieron en ella los vencedores y prendieron fuego a la casa del sumo
sacerdote Ananías y los palacios de Agripa y Berenice. Luego llevaron el fuego
hasta los archivos públicos, dándose prisa en destruir los contratos de los
préstamos, impidiendo la cobranza de las deudas, con el objeto de incorporar a
sus filas a la multitud de deudores y lanzar contra los ricos a los pobres,
seguros de la impunidad. Habiendo huido los guardianes, pegaron fuego a los
edificios (Flavio Josefo, La Guerra de los Judíos II, 426-427).
No hace falta detenerse a señalar
la frecuencia en que el tema de las “deudas” se encuentra en los textos de
Jesús. Se trata, ciertamente, de deudas económicas (Mateo 18,24-34; 23,16.18;
Lucas 7,41; 16,5-7) y son incluidas, nada menos, que en la oración que caracteriza
a los discípulos (Mateo 6,12; Lucas 11,4). El perdón de las deudas de los
hermanos es, o debiera ser, una característica constitutiva, de los seguidores
de Jesús.
El mundo judeo-cristiano,
entonces, no niega las deudas, pero las relativiza. La vida, la relación mutua
como hermanos, está en primer lugar y por encima de todo, aunque eso
significara pérdida económica. Una sociedad, un gobierno que se autopercibe “judeo-cristiano”,
no puede sostener que se trata de “relaciones entre privados”, que no se debe
intervenir, y que se debe priorizar el mercado. Debe procurar, por todos los
medios, que se priorice la vida de los y las pobres, a menos que el Dios del
que habla se asemeje más a Saturno, la divinidad romana que comía a sus propios
hijos. El Dios de la Biblia, en cambio, es el que prioriza y celebra la vida
empezando por la vida de las víctimas… es decir, de las y los hermanos.
Imagen de Francisco de Goya, Saturno devorando a su hijo, tomada de https://es.wikipedia.org/wiki/Saturno_devorando_a_su_hijo