El
“satán” de Job
Para evitar malos entendidos,
lo primero que es importante señalar es que, cuando en el libro de Job se habla
de “satán” no tenemos que pensar en “el diablo”, “Satanás” o imágenes
semejantes.
En segundo lugar, es
importante tener en cuenta que el libro de Job no es una “historia” de cosas
ocurridas, sino una obra literaria (puede imaginarse como una obra de teatro) que
pretende transmitir algo. En ella, se presentan diversos personajes, y “satán”
es uno de estos.
Aclarado esto, notemos que el
libro de Job es bastante extenso, tiene 42 capítulos y “satán” solamente se
encuentra en el capítulo 1 y la primera parte del capítulo 2. El término es
hebreo y significa “adversario”, son los que acusan, en ocasiones falsamente
(ver 2 Samuel 19,23, “adversario”, o Salmo 109,29, “los que me acusan”; en
ambos casos, en hebreo, se usa el término “satán”). Ahora bien, el libro de Job
presenta una primera parte narrativa, donde se narran escenas, para después, a
partir del capítulo 3 entrar en un largo esquema poético de diálogo de Job con
sus amigos para, finalmente, dar entrada a Dios, siempre en el poema. La narración nos
ubicará en una situación que llevará a Job a la casi desesperación y el
posterior debate poético. Pero por alguna razón Job se encuentra en tal situación, y
“satán” es parte fundamental de ello. Veamos.
En los capítulos 1 y 2 nos
encontramos a Dios con su corte. Dios está muy conforme con la religiosidad de
Job que, en el relato, se nos presenta claramente (1,1-5); pero, como “fiscal”
de la corte, “satán” acusa: esa religiosidad no es desinteresada: Job lo es –
dice el acusador – porque Dios lo colmó de bienes. Y, entonces, encontramos una
especie de “apuesta” entre Dios y el fiscal sobre si la religiosidad de Job es
o no interesada. La clave, entonces, radica en poder constatar esto: si Job perdiera
todo, ataca el fiscal - satán (y era “el más grande de todos los hijos de Oriente”, v.3) seguramente no
sería religioso (capítulo 1). Entonces, Dios autoriza al fiscal a quitarle
todos los bienes a Job, y, a pesar de eso, “Job no pecó ni maldijo a Dios”
(1,22). Nuevamente Dios está muy conforme con la religiosidad de Job, y,
nuevamente, el fiscal / satán le afirma a Dios que esta tiene como fundamento
tener una vida sana, y, nuevamente, Dios autoriza a satán a provocar en Job una
horrible enfermedad (capítulo 2). Insistimos en que se trata de una obra literaria, porque, caso contrario, sería algo muy extraño.
Todo esto, la pérdida de sus bienes, y la pérdida de su salud motiva – como dijimos – el largo debate de Job con los amigos. Pero, detengámonos en satán. Como corresponde a un fiscal en un tribunal, debe acusar a fin de que quede manifiesta la culpabilidad o la inocencia de una persona. En este caso, mientras Dios se manifiesta conforme por la religiosidad de Job, el acusador pone en duda que esta sea gratuita y desinteresada. Si no hubiera motivos (riquezas o salud, en este caso) se vería patentemente si lo es o no. Obviamente el resto del libro se dedicará a mostrar que sí lo es, y eso se manifiesta ya desde el comienzo; pero no es de balde “exorcizar” a este satán.
Como es evidente, el término “satanás” remite al diablo, es decir,
al “jefe de los ejércitos adversarios de Dios”, se trata de una figura espiritual,
evidentemente, y, por cierto, totalmente negativa. El satán del libro de Job,
en cambio, desempeña el mismo papel que un fiscal en una corte. Papel que no es
agradable, por cierto, para los acusados o sospechados, pero no debemos
transformarlo necesariamente en alguien “malo”. Es evidente, eso sí, que la actitud de este “satán”, esta cualidad de “adversario”, con el tiempo (es
decir, más adelante en el tiempo, después del libro de Job) se empezó a ver
cada vez más de un modo negativo, hasta que llegará a ser, nada menos, que el
nombre que se da al diablo, pero esto ocurre ya en ambientes griegos (por
ejemplo, Eclesiástico 21,27 y es frecuente en el Nuevo Testamento). En esta
misma corriente, el libro del Apocalipsis, que suele dar importancia al
conflicto entre Dios y las fuerzas espirituales adversarias, de las que el
Imperio romano es su instrumento, afirma que
«Ahora ya ha llegado la
salvación, el poder y el reinado de nuestro Dios y la potestad de su Cristo,
porque ha sido arrojado el acusador de nuestros hermanos, el que los acusaba
día y noche delante de nuestro Dios» (12:10).
Como se ve, más adelante, el “acusador” no es ya – como
en Job – un férreo acusador de la corte, sino que es claramente un “adversario”
de Dios, uno que pretende hacer perder a las hermanas y hermanos, uno del que,
unos renglones más arriba, se había dicho, nada menos que
«…fue arrojado el gran Dragón, la
Serpiente antigua, el llamado Diablo y Satanás, el seductor del mundo entero;
fue arrojado a la tierra y sus Ángeles fueron arrojados con él» (12:9).
Como podemos ver, un “sencillo” fiscal de la corte, de un
relato “religioso”, con el paso del tiempo se transformó en un personaje
detestable del que celebramos que haya sido “arrojado” a la tierra donde ya no
tiene fuerza porque ha llegado el reinado de nuestro Dios. El de Job, en
cambio, seguiría en la corte celestial cumpliendo una tarea.
Imagen tomada de https://www.facebook.com/photo.php?fbid=404587109718075&id=160293180814137&set=a.394376250739161
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